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Los mares que rodeaban Creta eran azules hasta ser casi negros, bravos, vacíos y desiertos. Ningu-no de nosotros había estado antes en aguas donde no se vieran tierras. Ahí, en realidad, el hombre es un grano de polvo en la palma del dios. Pero nadie sentía terror, salvo nosotros.
La gorda sacerdotisa bordaba al sol, los marineros pulían el barco, los soldados se lustraban sus os-curos brazos y piernas con aceite, y el capitán estaba sentado peinándose los largos rizos negros, desnudo, mientras su negrito le limpiaba el taparrabos dorado y el yelmo con engaste en forma de lirios.
Al anochecer hubo viento en contra; arriaron la vela y los remeros redoblaron sus esfuerzos. El barco, en vez de mecerse, empezó a cabecear. A la hora de la cena el único que tenía hambre era Menestes. Unos pocos logramos comer algo, pero antes del anochecer lo devolvimos. Luego nos quedamos tendidos sobre la cubierta, con ganas de morirnos.
«Si esto sigue mañana, estamos liquidados», pensé. Hélice yacía gimiendo, verde como un huevo de pato. Sentí mi cuerpo viscoso por el sudor frío que lo cubría. Tenía náuseas y fui tambaleándome hasta la borda. Cuando hube vaciado el estómago, miré a mi alrededor. Anochecía. El sol, ceñido de púrpura, se hundía en el resplandeciente mar; al este parpadeaban entre las nubes las primeras estrellas. Tendí la ma-no hacia Poseidón, pero no me envió signo alguno. Quizás estuviera lejos, sacudiendo la tierra en alguna parte. A nuestro alrededor sentía la presencia de otro poder, de un oculto dador de desolación o de alegría, inimaginable por el hombre, capaz de amar o desechar, pero que no tolera preguntas. Dos gaviotas pasaron junto a mí, persiguiéndose con desatinados chillidos. Me sentía entumecido y agotado y me así de la baran-dilla para no caerme.
—Madre del Mar —dije—, Pelia de las palomas nacida de la espuma, y éste es tu reino. No nos abandones mientras estemos en Creta. Ahora no tengo una ofrenda para ti; pero juro que, si vuelvo a Ate-nas, tú y tus palomas tendréis un altar en la ciudadela.
Volví a dejarme caer sobre la cubierta y me envolví la cabeza con la manta. Al tenderme se me alivia-ron las náuseas y dormí. Cuando desperté, las estrellas palidecían y el viento había cambiado; al virar el barco, íbamos empapados. La nave se deslizaba con suavidad; los remeros, estirados como perros exhaus-tos, dormían. Las Grullas despertaron y se apresuraron a devorar la comida no tocada la víspera.
Cuando amaneció del todo, vimos ante nosotros las altas costas de Creta: unos enormes acantilados amarillos y rugosos, muy escarpados, tras los que se escondía el país. Parecía una costa inhóspita.
Arriaron la gran vela e izaron otra. Todos los barcos de la flota real cretense tenían velas de gala, que reservaban limpias para entrar a puerto. Aquélla era azul oscura, con un dibujo rojo que representaba a un guerrero desnudo con cabeza de toro.
Los atenienses miraban con ojos pétreos. Néfele, siempre la primera en llorar, a menos que el infor-tunio fuese ajeno, sollozó: — ¡Ay, nos has engañado, Teseo! ¡Existe un monstruo, después de todo!
—Cállate —le dije, porque me hacía perder la paciencia. Pero a la muchacha le gustaba la rudeza masculina y se secó los ojos—. Tonta —dije—. Es el emblema de un dios. También dibujan a la serpiente de la tierra con cabeza humana. ¿Te has encontrado con ella alguna vez? —Los demás rieron y me sentí mejor.
—En la barra del puerto, preparaos —dije.
En el sitio donde los acantilados dejaban paso a la desembocadura de un río, vimos el puerto de Am-nisos. Como era más grande que Atenas, lo tomamos por el propio Cnosos. Los soldados se alinearon en formación; el capitán, con el pelo rizado, aceitado y terso, estaba en pie en el puente con el yelmo dorado puesto y la lanza en la mano; desde lejos, sentíamos su perfume. Habían recogido nuestro toldo para que se nos viera. Frente a nosotros se hallaba el muelle, atestado de gente. Yo aún no entendía nada, pero me dieron una tregua. Había cierta afectación en su manera de mirar y de andar, una afectación que se notaba inevitablemente antes de distinguirles el rostro. Parecía gente habituada a los milagros, como los caballos de tiro a los ruidos. No habían venido a estudiarnos, sino sólo a mirar por encima y pasar de largo. Las mu-jeres, cubiertas con sombrillas, juntaban sus cabezas envueltas de gemas; hombres esbeltos y semidesnu-dos, con cintos dorados, collares enjoyados y flores detrás de las orejas, se paseaban con perros moteados, tan altivos y lánguidos como ellos. Hasta los obreros parecían mirarnos por encima del hombro, como si se cruzaran con seres vulgares. Sentí que mi orgullo se esfumaba, como la sangre por una herida mortal. Ésa era la gente a quien yo quería sorprender. Los pies se me torcían sobre la cubierta al imaginar su risa.
Miré a mi alrededor. También las Grullas se habían dado cuenta. Esperaban, como espera la hora de irse a la cama el esclavo fatigado, oírme confesar que estábamos derrotados. «Tienen razón — pensé Te-nemos que morir; hagámoslo con decoro, por lo menos.» Y luego, cavilé: «Esto es Creta. Para llegar al final, sólo nos falta una única cosa. Me he hecho responsable de esta gente; ahora tengo que seguir aunque el mundo entero se burle de mí. Yo me comprometí».
Di una palmada y grité: —¡Cantad! Formaron su círculo y entonces vi que comenzaron los más va-lientes y mejores: Amintor, Crisa, Melanto, Iro e Hipón y Menestes, y la bondadosa y fea Tebe. En cuanto a Hélice, ya estaba desde el principio: era la única que no había desfallecido. Erguida sobre sus finos pies, con un porte tan orgulloso como el de los cretenses, parecía decir que aquella gente no le inspiraba terror a ella, que había bailado para reyes. Fue Hélice quien nos salvó. Hasta entonces había estado jugando, re-servándose lo mejor para el espectáculo. Los demás miraban a Hélice, no a los cretenses, cuando pasamos por el muelle. La levanté tal como ella me había enseñado y sentí cómo sus pequeñas manos, hábiles y fuertes como las de un mono, se asían a mis hombros al ponerse cabeza abajo. «El destino es nuestro amo y señor —pensé—. Ayer yo era un rey y ahora soy un saltimbanqui. Confío en que mi padre nunca lo sepa.» Oí un parloteo de voces que se llamaban entre sí, pero no pude moverme para mirar. Al imaginar todos aquellos ojos desdeñosos, lamenté no estar sepultado en el fondo del mar. Luego, Hélice me hizo señal de que la agarrara y, cuando su rostro pasaba junto al mío, me guiñó el ojo. La danza concluyó y vi que Leu-cos, en el puente, saludaba al gentío con la mano. Parecía tan satisfecho de sí mismo que me hubiera gus-tado patearlo, aun sabiendo lo que eso supondría.
Atracamos en un embarcadero alto de piedra. Más allá, había casas que parecían filas de torres, de cuatro o cinco pisos de altura. El muelle era un enjambre de rostros morenos con ojos vivaces. Entre la con-currencia había varios sacerdotes, que, supuse, habrían venido a recibirnos. Pero permanecían inmóviles, señalando y riendo entre dientes. Usaban refajos para indicar que eran servidores de la diosa; y noté, en sus rostros lisos y regordetes y en su voz atiplada, que le habían ofrecido su virilidad. Sólo estaban allí para mirar.
Estuvimos quietos mucho tiempo bajo el abrasador sol cretense, con las tropas alineadas junto a no-sotros y el capitán apoyado perezosamente en su lanza. Nadie alejaba a la multitud de nosotros. Las muje-res murmuraban, con risitas tontas; los hombres discutían; en primer plano había una turba de individuos llamativos, adornados con joyas de chafalonía, como los hombres de Trecén. Pero esta vez no pude decir-les que se quitaran de mi vista. Eran los jugadores y apostadores que habían venido a sopesar cuántos días sobreviviríamos.
Se paseaban a nuestro alrededor, charlando en un cretense atestado de palabras griegas mal usa-das, el habla de tales hombres en Cnosos. Luego, se acercaron y nos palparon los músculos, o, propinán-dose codazos, pellizcaron los senos y nalgas de las mujeres. Mientras nadie nos causara daño, estábamos a disposición de todos.
Amintor quiso golpear a uno de ellos, pero yo le sujeté el brazo. No debíamos darnos por enterados de su existencia. Yo estaba dispuesto a morir, pero no para aquello, para ir al dios con menos honor que un buey o un caballo. Más me valía saltar al mar, pensé, antes que hacer de saltimbanqui ante semejante ca-nalla.
De pronto, sonó un fuerte trompetazo a nuestras espaldas. Me volví de un salto para hacerle frente, como habría hecho cualquiera que hubiese sido un guerrero. Pero sólo estaban los jugadores, señalando y pregonando a gritos las posibilidades de cada uno de nosotros. Era un ardid que usaban con los nuevos danzarines, para ver cuál reaccionaba con mayor rapidez y cuál tenía miedo. Los ojos de Crisa estaban llenos de lágrimas; creo que nunca había oído una grosería hasta salir de su casa. Le tomé la mano, hasta que oí decir obscenidades y entonces la solté. Un individuo apestoso y repulsivamente perfumado me hun-dió los dedos en las costillas y me preguntó mi nombre. Como no me di por aludido, me gritó, cual si fuera idiota y sordo, en un griego bárbaro:
—¿Qué edad tienes? ¿Cuándo estuviste enfermo por última vez? ¿Cómo te hicieron esas cicatrices? —Me aparté de su fétido aliento y reparé en los ojos de Leuco, quien se encogió de hombros, como dicien-do: «No puedo responder de esos individuos de baja estofa. Cuando te las has visto con un caballero, no has sabido agradecerlo».
Pero la muchedumbre había vuelto la cabeza. Les seguí la mi rada y vi que atendían a la empinada calle de casas altas. Bajaban por allí tres o cuatro literas. Pronto hubo más, que llenaron la calzada. Leuco parecía muy complacido de sí mismo. Comprendí que no nos tenía allí para divertir al populacho.
Las literas se acercaban: primero iba un hombre, sentado en una silla de manos, que acariciaba so-bre sus rodillas a un gato con un collar de turquesas; luego, venían las literas de dos mujeres, con las corti-nas abiertas y las criadas corriendo a los lados para dejar chismorrear a sus amas. Se volcaban la una en la otra, revoloteando las manos al conversar, y los hombros de los portadores interiores casi desfallecían, pues todos eran de corta talla. Los que iban en las literas eran mucho más corpulentos que los cretenses que los rodeaban y también más hermosos. Eso me hizo pensar que procedían del palacio, pues sabía que en la casa real de Minos había sangre helénica y que en la corte se hablaba griego.
Dejaron en el suelo una litera tras otra; a los señores y señoras los sacaron en vilo como si fuesen va-liosísimas alhajas y les entregaron sus perritos, sus abanicos y sus sombrillas. Cada uno parecía haber traído algún juguete; un joven tenía un monito teñido de azul. Sin embargo, créase o no, de todos aquellos hombres, acompañantes cotidianos del rey que comían en su mesa y compartían su carne y su vino, ningu-no llevaba espada.
Todos se reunieron y saludaron, besándose en las mejillas o tocándose las manos, hablando con la voz nítida y aguda propia de los palaciegos. Su griego era muy puro, salvo el acento cretense, que tan afec-tado parece a un oído de tierra firme. Tienen más palabras que nosotros, porque hablan sin cesar de lo que piensan y sienten. Pero, en la mayor parte de los casos, se les entendía. Las mujeres se prodigaban epíte-tos cariñosos como los que habríamos usado nosotros con las criaturas, y los hombres les decían «queri-da», ya fuesen casadas o no; algo que, juzgando por su conducta, nadie habría podido adivinar. Vi a una mujer sola a quien besaban tres hombres.
Saludaron animadamente a Leuco, pero sin mucho respeto; se notaba que resultaba demasiado cre-tense. Pero mereció algunos besos. Una mujer con un par de periquitos situados sobre el hombro le dijo:
—Ya ves, querido, cómo confiamos en ti; nos hemos dado todo este paseo bajo el calor del mediodía sólo porque oímos rumores de que tenías algo nuevo que mostrarnos.
El hombre del gato dijo:
—Espero que tus cisnes no sean gansos.
En ese preciso instante se acercó una mujer suntuosamente vestida, de rostro avejentado y cabello rejuvenecido; yo nunca había visto aún una peluca. Se apoyaba en el brazo de un muchacho joven que nadie habría podido adivinar si se trataba de su hijo o su marido.
—¡Que se vea, que se vea! —gritó—. Hemos sido los primeros en llegar y hay que recompensamos. ¿Es ésa la muchacha? La mujer miró con ojos penetrantes a Crisa, que se había colocado muy cerca de mí.
—Pero si es una niña... —exclamó—. Dentro de tres años, sí, oh, sí, tendrá una cara como para in-cendiar ciudades. ¡Qué lástima que no vivirá tanto!
Sentí que el brazo de Crisa temblaba contra el mío y le toqué suavemente la mano. El joven se inclinó hacia la dama y le murmuró al oído: —Te entienden.
Ella se apartó, enarcando las cejas como si nos considerara unos engreídos, y replicó: —Chitón, que-rido. Después de todo, son unos bárbaros. No sienten como nosotros. —Mientras tanto, Leuco había estado hablando con el hombre del gato, a quien le oí decir ahora:
—Sí, sí, no cabe duda, pero ¿significa eso mucho? Esos reyes de tierra firme crían más que los cone-jos; apostaría a que ése tiene cincuenta.
—Pero éste es legítimo —dijo Leuco—. Más aún, el heredero... Desde luego que estoy seguro: ten-dríais que haber visto la escena. Y lo que es más, ha venido voluntariamente. Yo he entendido que es una ofrenda a Poseidón.
Una joven con grandes ojos de cierva agrandados por el maquillaje que llevaba dijo:
—¿Es cierto, entonces, que los reyes de tierra firme se inmolan aún, como cuentan las viejas cancio-nes? ¡Qué maravilla ser hombre y poder ir a visitar esos países salvajes! Dime... ¿cuál es el príncipe?
Una amiga se llevó a la boca el abanico de plumas de pavo real y susurro: —Ahí lo tienes.
Ambas se miraron de soslayo con sus ojos de pestañas azules y luego bajaron la vista. Comencé a notar que, mientras que aquellas mujeres miraban a las muchachas y hablaban de ellas como si ya estuvie-sen muertas, no procedían del mismo modo con nosotros los hombres. Creo que no acerté en ese primer día con el porqué.
Dos de los hombres acababan de pasearse a nuestro alrededor para miramos hasta hartarse, pero no con lascivia como los jugadores, sino con frialdad, como si fuéramos caballos. Oí decir a uno de ellos: —No comprendo por qué ha organizado Leuco esta exhibición. Si hubiese guardado el secreto hasta la subasta, habría podido aprovechar la oportunidad.
El otro replicó: —De ningún modo; Leuco no es el único que conoce el juego. Para él significa algo que se hable de su persona; de lo contrario, habría vendido la noticia, todos sabemos dónde.
Su interlocutor replicó: —No será a alguien del palacete. Si ése es el último en saberlo, Leuco lo la-mentará.
Su interlocutor frunció el entrecejo en silencio y apartó los ojos. Seguí la mirada de ambos.
Se acercaba otra litera; mejor dicho, una especie de carro. Lo arrastraban dos grandes bueyes, con los cuernos pintados de carmín y los pitones dorados. Un dosel de cuero labrado sostenido por cuatro varas daba sombra a una silla semejante a un trono, ocupada por un hombre.
Era muy moreno; no bermejo como la mayoría de los cretenses, sino de un color verdoso semejante al de la aceituna madura, y recio como un novillo. Tenía el cuello tan ancho como la cabeza y sólo el límite de la barba azul y negra los separaba. Le caían sobre la estrecha frente unos gruesos rizos negros, muy aceitados; la nariz era ancha, con anchas y oscuras ventanas. Un rostro bestial, se hubiera dicho, de no ser por la gruesa boca, que era una boca que pensaba. Y los ojos no decían nada. Sólo miraban fijamente, mientras que, detrás de ellos, aquel hombre parecía prepararse a hacer lo que quería. Me recordaron algo visto mucho antes y que no lograba identificar.
La litera se acercó y el criado que guiaba los bueyes los detuvo. Los cortesanos hicieron airosos sa-ludos, tocándose la frente con las yemas de los dedos. La respuesta de aquel hombre fue tosca y despre-ocupada, poco más que agitar un dedo. No se apeó, pero hizo una seña y Leuco se acercó a él, inclinándo-se. Logré percibir el diálogo de ambos.
—Bueno, Leuco. Supongo que hoy te habrás divertido. Si crees haberme divertido a mí, eres más tonto de lo que pareces.
Si esto lo hubiese dicho un jefe entre guerreros, no habría tenido mayor importancia. Pero después de tantos finos modales y pulido lenguaje como yo acababa de ver y oír, esas palabras sonaron como el rugido de un animal salvaje que irrumpe entre gente que lo teme. Todos habían retrocedido, por temor a parecer que escuchaban.
Leuco decía: —Señor, aquí nadie sabe nada. Este espectáculo del puerto lo han organizado los pro-pios muchachos y muchachas para entretenerse. La gente pensó que yo los había adiestrado, y yo no he dicho nada, guardándome la verdad para contártela. Aquí hay algo más de lo que se piensan.
El hombre de rostro bestial asintió, como si dijera con franqueza: «Bueno, quizá mientas, quizá no». Luego nos fue repasando a todos uno por uno, mientras Leuco le susurraba algo al oído. Amintor, que esta-ba cerca de mí, dijo:
—¿No será el propio Minos? Volví a mirar y fruncí el entrecejo.
—¿Ése? De ningún modo. La casa real es helena. Además, ése no es un rey.
Cuando estas palabras brotaron de mis labios, oí enmudecer a todas aquellas voces parlanchinas, como enmudecen los pájaros antes de la tormenta. Llevábamos tanto tiempo quietos, mientras hablaban de nosotros como si fuéramos reses y no comprendiéramos, que me había olvidado que también ellos nos entendían a su vez. El hombre con cara de bestia nos había oído.
Los cortesanos parecían tan asustados como si yo les hubiese arrojado un rayo, un rayo que debían fingir que no veían. Pensé: «¿A qué viene tanto alboroto? O este hombre es el rey o no lo es». Luego, vi sus ojos posados sobre mí, sus grandes ojos de mirar penetrante y un poco saltones. Y recordé dónde los había visto: parecían los del toro del palacio de Trecén cuando bajaba la cabeza para embestir.
«¿Qué he hecho? —pensé. Aquella vieja de Eleusis tenía razón cuando me llamó entrometido. Mi propósito era lograr que hablaran de nosotros aquí y ¿qué hemos conseguido? Esta bestia, que evidente-mente puede hacer lo que se le antoje, quiere ahora ser nuestro dueño: es el peor amo de Cnosos, qué duda cabe. Esto me sucede por presuntuoso: debí haberlo dejado todo en manos del dios.» Y empecé a preguntarme de qué modo saldría de aquel trance.
En ese preciso instante, el hombre aquel bajó de su silla. Dada su corpulencia, esperaba que midiera dos metros o más; pero apenas tenía la talla normal de un heleno, tan cortas eran sus rechonchas piernas en proporción con el tronco. Al acercarse, tuve una sensación que me puso la carne de gallina. No era sim-plemente su fealdad ni su aire perverso: parecía, más bien, que fuese algo contra natura.
Comenzó a dar vueltas a nuestro alrededor y a examinarnos de arriba abajo. Manipulaba a los jóve-nes como un mayordomo que compra carne; pero con las muchachas era desvergonzado, a pesar de la gente que miraba; comprendí que se consideraba muy por encima de su opinión. Melanto se puso furiosa, lo cual le agradó; Hélice, quien sin duda había aguantado muchas cosas en su profesión, permaneció inmó-vil, en silencioso desdén; Néfele se sobresaltó, lo cual le hizo reír y darle una palmada en las nalgas. Al ver que se acercaba a Crisa, que era la muchacha que yo prefería entre todas, le dije en voz baja:
—No tengas miedo. Tú perteneces al dios.
Los ojos del hombre me escudriñaron; y, me di cuenta de que me estaba dejando para el final.
Por aparentar despreocupación, aparté los ojos y mi mirada cayó sobre una litera que no estaba an-tes. La habían dejado en el suelo a poca distancia; pero las cortinas de rico paño estaban aún corridas. Uno de los portadores fue en busca de Leuco. Este se acercó inmediatamente a la litera, hizo una profunda reve-rencia y se puso el puño en la frente, con el saludo que nosotros reservamos a los dioses. Las cortinas se entreabrieron un poco, sin dejar ver nada; aunque no logré oír la voz, alguien hablaba dentro; porque, para oír mejor, Leuco hincó una rodilla en el suelo.
Yo esperaba que los demás también le rindieran honores. Pero, después de un rápido vistazo, se por-taron como si allí no hubiese nadie. Esto me causó una profunda impresión. Creía saber algo en materia de mando y de lo que se le debe a un hombre de posición. «Pero ya es algo recurrir a la invisibilidad, como un dios.» No tuve tiempo de pensar más, porque aquel hombre se me había acercado.
Me miró a los ojos; luego, puso sus negras y velludas manos sobre Crisa y la palpó de arriba abajo. Poco me faltó para estallar de ira; pero adiviné que, si lo golpeaba, ella pagaría las consecuencias. Me do-miné, pues, y dije a la muchacha:
—No le des importancia. Aquí la gente es ignorante.
Él se volvió, con mayor velocidad de lo que yo esperaba, y me aferró la cara por el mentón. Todo su cuerpo estaba perfumado con almizcle, denso y repulsivo. Sujetándome la cara con una mano, me abofeteó con la otra, con tanta fuerza que se me saltaron las lágrimas. Algo me hizo bajar el brazo derecho; más tarde, reconocí las huellas de las uñas de Crisa. Yo lo había olvidado todo de no ser por ella: había fuerza bajo su dulzura. Más allá, entre los cortesanos, oí un murmullo, como si se hubiese agraviado la costumbre; en realidad, parecían más escandalizados que yo, porque nadie cuenta con que un esclavo tenga derechos, y yo debía estar preparado para esas cosas, a pesar de las atenciones recibidas en el barco. Al oírse el rumor, él se volvió rápidamente y se encontró con rostros inexpresivos: los cortesanos eran expertos en la materia. Por mi parte, los aborrecí sólo por haber presenciado la escena. Temí que pudiesen creer que yo había llorado.
Todavía sujetándome el rostro, él dijo:
—No llores, gallito. Los toros te harán más daño. ¿Cómo te llaman en el país de donde vienes?
Respondí en voz alta, para que nadie pudiera pensar que estaba llorando:
—En Atenas me llaman el pastor del pueblo: y en Eleusis, Cerción. Pero en Trecén me llaman el huros de Poseidón.
—¿Qué me importan a mi los nombres que te dan tus
compañeros de tribu, salvaje de tierra firme? —dijo, echándome el aliento en la cara Dime tu nombre.
—Me llamo Teseo —respondí—. Te lo habría dicho antes, si me lo hubieras preguntado.
Volvió a golpearme en la cara, pero esta vez yo estaba preparado y me mantuve firme. Hubo una pausa, mientras nacía algún pensamiento detrás de aquellos ojos de mirada penetrante.
La litera cerrada estaba en el mismo sitio. Leuco se había alejado, pero los cortinajes continuaban en-treabiertos, aunque ya no se veía ninguna mano. El hombre de aspecto bestial no había mirado hacia allí desde su llegada, por haber estado ocupado con nosotros. Me pregunté si el ocupante de la litera se habría irritado por el desaire. «Lo más probable es que todos lo odien, desde los dioses hasta los perros —pensé—. Y nadie le ha pedido que hable. Pero nada es sencillo en Creta.»
—¡El huros de Poseidón! —me dijo él, con una sonrisa burlona—. ¿Y cómo es que eres de Posei-dón? ¿Acaso fue tu madre a bañarse y se topó con una anguila? —Se volvió hacia sus cortesanos, quienes rieron sofocadamente, como quien paga un impuesto. Yo le respondí:
—Soy el servidor y la ofrenda del dios. Eso es algo entre él y yo.
Asintió, con desdén en la boca y una mirada impasible, que ocultaba sus pensamientos, y que repasó luego el corro para ver si la gente lo observaba. Tenía en el índice un anillo de oro, grande y pesado; se lo quitó y lo dejó sobre la palma de su mano. Luego lo arrojó de tal modo que el anillo describió un luminoso arco bajo el sol y, después de cruzar el muelle, cayó al mar. Lo vi centellear, hundirse. Y desde la turba de los cretenses llegó un extraño murmullo, como si hubiesen visto una impiedad o algún mal augurio. Dijo:
—Bueno, kuros de Poseidón. Si eres un amigo tan íntimo de ese pez que es tu padre, él te lo devol-verá. Ve a pedírselo.
Permanecimos inmóviles un momento, mirándonos. Luego, le volví la espalda, eché a correr hacia el muelle y me lancé al agua. En el mar me sentí tranquilo y fresco, después del calor del embarcadero entre aquella muchedumbre de mirones. Capucé, abrí los ojos y vi el reluciente techo del mar en lo alto; abajo, el fondo del puerto estaba salpicado de oscuras esponjas y sembrado de restos de naves, vasijas y cestas rotas, cáscaras de frutas y calabazas hinchadas por el agua, y viejos huesos roídos.
Pensé: «Se ha burlado de mí. Sabía que yo no negaría al dios. Y aquí estoy, buscando para él, como el joven esclavo de algún pobre pescador que busca mariscos para su amo. Lo ha hecho para doblegar mi orgullo; no, para matarme, porque sabe que yo no volveré con las manos vacías. Si muero aquí abajo, la responsabilidad será mía: nadie podrá decir que él asesinó a una víctima sagrada. Sí, es una bestia que piensa. Alguien debiera matarlo».
Mientras tanto, buscaba entre las sucias aguas. Había tomado aliento antes de zambullirme, pero no lo suficiente, pues no era un buceador ducho, y empezaba a sentir opresión en el pecho. «Pronto se me ensombrecerá la visión —pensé—. Entonces seré hombre acabado.» Ante mí había una piedra y, debajo de ella, un pulpo agitaba sus tentáculos como burlándose, estirándolos y contrayéndolos; y parecía volverse ya más grande ya más pequeño, como en un sueño. Y entonces resonó un bramido en mis oídos, como cuan-do el oleaje bate una playa. «Te has jactado de mí, Teseo —me dijo la voz del mar—. Pero ¿me has reza-do?» Entonces le recé con toda mi alma al dios, ya que mi boca estaba sellada por el agua: «Ayúdame, padre. Salva a mi gente. Déjame vengar mi honor». La negrura se despejó ante mis ojos y vi en el barro, debajo del pulpo, un objeto brillante. Lo cogí; la viscosa tenaza de un tentáculo me oprimió la muñeca; lue-go, el pulpo se asustó y me soltó, manchando el agua que lo rodeaba de tinta negra. Debía de haber atra-pado el anillo para comérselo, soltándolo ahora por orden del dios. Subí a la luz como una flecha y aspiré aire, como quien vuelve de entre los muertos, y nadé hacia los peldaños del muelle, cerrando el puño con el anillo porque me venía grande en el dedo. Las Grullas agitaban las manos y gritaban mi nombre. Luego miré a mi enemigo. Adiviné que habría preparado durante mi estancia en el fondo del mar lo que iba a decir cuando volviera a tierra humillado o no volviera. Ahora, se le tensó y endureció la boca. Pero miró a su alre-dedor como antes.
Y a poco dijo:
—Bueno, bueno. Al parecer, has errado la vocación. ¡Vaya con el niño pescador! —Me quité el anillo y lo miré. Tenía tallada una diosa con una alta diadema y serpientes en las manos. Lo sostuve en la palma de la mano para que se viese bien y no dijera que lo había engañado con un guijarro.
—Aquí tienes tu anillo —dije—. ¿Lo reconoces?
—Sí —replicó, y dio la impresión de tener la mandíbula más hundida en el grueso cuello—. Dámelo.
Di un paso atrás.
—Conque ya lo has visto. Pero era una ofrenda a Poseidón. Tenemos que devolvérsela.
Y arrojé el anillo y dije, en medio del silencio general: —Si lo quieres, eso es algo entre el dios y tú.
El silencio era tan absoluto que se oyó con claridad el chapoteo del anillo al caer en el mar. Luego, todos los cretenses pobres, los estibadores, marineros y remeros, comenzaron a farfullar entre sí, chillando como monos. E incluso se oyeron murmullos y parloteos de los palaciegos, cual pájaros ocultos en el follaje. Miré la litera cerrada. La abertura entre los cortinajes se había ensanchado un poco, pero no se distinguía el interior. Adiviné que aquel espectador invisible me había impulsado a devolver el anillo al mar y me pregun-té si habría obrado con sensatez o cometido una locura. Las ondas levantadas en el agua por la caída se extinguieron y me volví para enfrentarme al dueño de la joya.
Al mirarlo lo vi encendido de cólera y me dispuse a recibir un golpe o algo peor. Pero permaneció in-móvil; duro, inmutable, me miraba sin parpadear. Luego, irguió la cabeza, abrió la boca y sus bramidos de risa resonaron en todo el muelle, ahuyentando a las gaviotas, que alzaron el vuelo entre graznidos.
—¡Bien hecho, niño pez! —rugió—. ¡Tu padre pez se lleva algo mío! Recomiéndame a él. ¡Dile que no olvide a Asterión! — Riéndose, dio media vuelta y se dirigió hacia su silla de mano.
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Teseo: El rey debe morir
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