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Eso lo puso de cara a la litera, que vio entonces por primera vez. Por un momento, la risa desapare-ció de su rostro, como la máscara al romperse la cinta que la sujeta. Pero recuperó el porte y la silla de ma-nos y se alejó traqueteando. La carretera de Cnosos asciende desde el puerto entre huertos y olivos platea-dos. Hay un país detrás de sus mortíferos acantilados. Los soldados negros nos escoltaban; pero Leuco me rehuía, lo cual no me extrañó, porque yo había hecho enfadar a un señor muy poderoso y esa enfermedad es contagiosa. Las casas de los ricos mercaderes que flanqueaban la carretera parecían palacios de redu-cidas dimensiones; yo tenía la esperanza que alguna fuese la morada del rey, pero cesé de preguntar cuando vi las sonrisas de los negros.
Dejamos atrás las casas y Leuco se me acercó como quien sopesa un caballo dudoso. Le pregunté:
—¿Quién es el hombre de la silla?
Miró a su alrededor, disimulando, como hacían los cortesanos, y finalmente dijo:
—Has sido imprudente. Era el hijo del rey, Asterión.
Me eché a reír y repliqué: —Un nombre de estrella para un mortal.
Leuco dijo:
—Tú no debes usarlo. Al heredero se le debería llamar Minotauro.
Recordé algo. Algo así como una pluma me rozó el pelo rapado del cogote. Pero no dije nada a los demás; aquello sólo tenía que ver con mi propia moira.
La carretera salía a una fértil planicie, cerrada por una cordillera. La silueta de las montañas parecía un gran hombre barbudo tendido sobre un catafalco. Lo comenté e Iro dijo:
—He oído hablar de esto. Lo llaman el Zeus Muerto.
—¡Muerto! —exclamaron las Grullas al unísono, escandalizadas por la impiedad.
—Sí —replicó Iro—. Estos hijos de la tierra creen que muere todos los años.
Yo seguía mirando la montaña cuando Melanto gritó: — ¡Mirad! ¡Mirad! Y entonces, en una estriba-ción de la cordillera que penetraba en la planicie, vi por primera vez la Casa del Hacha.
Imagínense todos los palacios que hayan visto, unos junto a otros y superpuestos. Todo eso sería apenas una casita en comparación con la Casa del Hacha. Era un palacio dentro de cuyos límites se podría haber asentado una ciudad. Coronaba el cerro y se descolgaba por las laderas, terraza tras terraza, hilera tras hilera de columnas de color rojo intenso y reluciente, ahusadas hacia la base y con una franja de ese color azul oscuro y brillante que aman los cretenses al pie y arriba. Detrás, en la sombra del mediodía, veí-anse pórticos y balcones realzados por muros pintados que centelleaban en la penumbra como arriates de flores. Las copas de los altos cipreses apenas asomaban sobre los tejados de los patios donde crecían. En el tejado más alto, un enorme par de cuernos se erguía hacia el cielo.
La visión me cortó el aliento, como un golpe en el vientre. Yo había oído relatos contados por quienes los escucharan a los viajeros, pero me imaginaba aquello a semejanza de lo que conocía. Me sentí como un rebaño de cabras llegado de las colinas de tierra adentro que ve por primera vez una ciudad. Abrí la boca con el asombro del campesino embobado y la cerré con rapidez, antes de que Leuco se percatara. Ahora, cuando nadie me hería, sí que me daban ganas de llorar. A mi alrededor, las Grullas parloteaban y proferían exclamaciones de asombro. Al poco, Amintor me dijo:
—¿Dónde están las murallas? —Miré. El palacio se alzaba sobre una suave pendiente; pero no tenía mejores murallas que una vivienda común, lo justo para mantener fuera a los ladrones y dentro a los escla-vos. Incluso carecía de almenas y sólo lo coronaban los insolentes cuernos, un par hacia cada lado. Tal era el poder de Minos. Sus murallas eran las aguas, que dominaban sus buques. Miré largo rato, en silencio, tapándome la cara de desesperación. Me sentía como un niño que se ha metido entre guerreros con su lanza de madera. También me sentí tosco e ignorante, lo cual es aún más doloroso para un joven.
—Todo eso está muy bien —dije—. Pero si la guerra llegara a Creta, no podrían defender eso ni un solo día.
Leuco me había oído. Pero estando allí, en su país, estaba demasiado contento para enfadarse. Dijo, con su negligente sonrisa:
—La Casa del Hacha está ahí desde hace mil años y nunca se ha caído, salvo cuando la sacudió el Toro de la Tierra. Ya era vieja cuando vosotros los helenos erais todavía pastores en las tierras del norte. Veo que dudas de mí, pero eso es natural. Hemos aprendido de los egipcios a calcular los años y las épo-cas. Vosotros, según creo, soléis decir: «Desde tiempos inmemoriales».
Entramos al palacio por la gran puerta de poniente. A ambos lados, había gente mirando. Teníamos delante la gran columna de dintel roja; más allá, las pintadas sombras. Avancé, mirando al frente. Si alguien hablaba o me desconcertaba alguna cosa nueva, me detenía y me volvía despacio, como si apenas me dignara a darme por enterado. Cuando lo recuerdo, todo este prurito por disimular la sorpresa, por no poner cara de patán deslumbrado, me parece cómico, una vanidad infantil. Pero la huella de esos días ha sido indeleble. He oído decir a la gente en Atenas que mi aspecto es más regio que el de mi padre. Pero ya era muy ágil de joven y aguzaba las orejas como un perro ante todo lo que me rodeaba. Fue en la Casa del Hacha donde aprendí a inmovilizarme y a reservar la velocidad para cuando la necesitara.
La gente del palacio había acudido en tropel a curiosear; sin embargo, parecía menos importante que la que acudiera a vernos en el puerto. Eso me intrigó, pero no supe sacar conclusiones.
Pasamos junto al cuarto de la guardia y entramos en la gran sala del trono para audiencias. Rebosa-ba de soldados y sacerdotisas, de sacerdotes y cortesanos; y junto a la pared del fondo, había un alto trono blanco, pero estaba vacío.
Volvimos a esperar, pero esta vez con el mayor decoro. La gente miraba con discreción e intercam-biaba murmullos. Para matar el tiempo, alcé los ojos hacia los muros; y entonces, olvidé mi decisión de no mirar nada nuevo. Porque allí estaba pintada la danza del toro, desde el juego con el toro hasta el fin: belle-za y dolor, habilidad y gloria, ligereza y miedo, y gracia y sangre, toda aquella música feroz. No pude apartar los ojos hasta que le oí murmurar a una mujer: — Mirad a ése. Ya quiere aprender.
Pero en ese instante las voces dijeron:
—Sht...
Las lanzas de los guardias tintinearon. Entró el rey Minos y subió por el lateral del estrado y se sentó en el trono blanco tallado, reposando las manos sobre las rodillas como los dioses de Egipto. Vestía una larga túnica roja con cinto y parecía alto; pero quizá fuera un efecto de los cuernos. La luz del pórtico se reflejaba un poco en su rostro dorado y en sus ojos de cristal.
En el silencio, noté que las Grullas contenían la respiración jadeante. Pero eso fue todo. Los viejos cretenses dicen que fuimos el primer grupo de víctimas que, al ver a Minos con su máscara de toro, no gri-taron de terror.
La máscara, solemne y noble, era obra de algún gran artífice. Pero antes de que yo hubiese visto lo suficiente, terminó el espectáculo. Leuco se adelantó y dijo unas palabras en cretense; todos los ritos de la danza del toro se realizan en ese antiguo idioma. Por un momento, tuvimos la sensación de ser observados desde detrás del cristal; luego, un guante de oro hizo un gesto, las lanzas volvieron a tintinear, el rey salió y nos condujeron afuera de la sala de recepción, por corredores pintados y entre columnatas listadas por las sombras; después subimos por una gran escalera abierta al cielo y recorrimos nuevos pasadizos y galerías, hasta que ya no distinguíamos el norte del sur; y cada vez nos internamos más y más en la Casa del Hacha, que los cretenses llaman el Laberinto.
Por fin, entramos en una gran habitación. Al otro lado del umbral, sobre una columna que servía de pedestal, vi la doble hacha cretense, la sagrada Labris. Entonces adiviné que aquel enorme recinto era un santuario. Y en el otro extremo distinguí a la diosa, sobre la que caía la luz que entraba sesgada por el te-cho. Medía unos tres metros de altura y la coronaba una diadema de oro; alrededor de la cintura, un delan-tal de oro cubría una falda de muchos volantes, primorosamente decorada con esmaltes y piedras precio-sas. El rostro era de marfil, lo mismo que los redondos senos desnudos, y llevaba enroscadas en los brazos serpientes de oro. Tenía las manos extendidas a poca distancia de la tierra, como diciendo: «No te mue-vas».
Avanzamos, entre murales que representaban el culto de la diosa. Vi ante sus pies una larga mesa de ofrendas con incrustaciones de oro y a su alrededor semblantes que también reconocí. Allí estaban los no-bles que vinieran a recibirnos al puerto y, entre ellos, tan ancho como dos, el fornido Asterión, cuyo título era el Toro de Minos.
Leuco nos detuvo a unos diez pasos de distancia. Permanecimos a la espera. La gente de la mesa cuchicheaba. Luego, de detrás de la diosa pintada, salió una diosa de carne.
Junto a la gran imagen parecía pequeña y tampoco como mujer era alta, pese a su elevada diadema. Lucía la vestidura completa de la diosa, salvo las serpientes. Hasta la piel, de un dorado pálido, tersa y cla-ra, parecía de marfil. Sus erguidos senos redondos tenían los pezones dorados, como los de la diosa. Am-bos rostros llevaban las mismas pinturas, los ojos rodeados de negro, las cejas arqueadas y espesadas, la boquita enrojecida. Daba la impresión de que el rostro que recubrían también debía ser el mismo. Desde la infancia, había visto a mi madre ataviada para su función sacerdotal; pero me sentí impre-sionado. Ella nunca pretendía ser más que una sierva de la deidad. Aquella figura pequeña y rígida tenía un porte que podía pretender cualquier cosa.
Se acercó a la mesa de las ofrendas y apoyó encima las adelantadas manos. Era la misma postura de la diosa. Luego, habló; unas pocas palabras, solamente, en el antiguo idioma: una voz clara y fresca, como agua fría que cae sobre piedras frías. Bajo los párpados, muy cargados de pintura, se movían unos ojos oscuros, contemplándonos; por un momento, se encontraron con los míos. Un sobresalto me traspasó, afectándome como no lo había conseguido la máscara toruna de Minos. Era una mujer-diosa, y joven.
Se quedó de pie ante la mesa, esperando, y los nobles se adelantaron, cada cual con una tablilla de arcilla en la mano. Señalaban a alguno de nosotros y dejaban la tablilla sobre la mesa. Comprendí que de-bían de ser ofrendas, como las que recibía mi madre en nombre de la diosa, tantas tinajas de aceite o de miel, tantos trípodes; ella lo leía en voz alta y el devoto pagaba después. Esto parecía lo mismo, aunque todo en cretense; sólo que aquí compraban los animales para el sacrificio. Vi al hombre del monito azul señalando a Iro; el del gato, a Crisa; la anciana, a mí. El último que se acercó fue Asterión y tiró su ofrenda de forma que campanilleó. Ella la leyó en voz alta; los demás se quedaron mirando y susurrando alguna cosa, retrocedieron con aire sombrío. La diosa de carne dijo una frase en la que entendí el nombre de Aste-rión y éste asintió, satisfecho, mirando con desdén a los demás. Durante un momento, ella permaneció in-móvil, con las manos sobre la mesa, en actitud ritual. Luego, cuando sus ojos se encontraron con los de Asterión, alzó la tablilla en las palmas de las manos y le mostró que estaba rota.
Reinó el silencio, un silencio punzante. Lo vi mirarla fijamente, con la barbilla hundida en el cuello to-runo, sonrojándose. La mirada de ella se encontró con la de Asterión, pero su rostro siguió impasible, con-servando la semejanza con la imagen. Luego, le volvió la espalda y salió por donde había entrado, y todos se llevaron el puño a la frente en señal de respeto. También yo hice el saludo. Nunca resulta prudente des-deñar a los dioses del lugar, dondequiera que esté uno.
Los cortesanos salieron del santuario; cuando franqueaban el umbral, vi que juntaban las cabezas. Asterión se aproximó a Leuco, nos señaló y dio una orden. Leuco hizo una profunda reverencia; parecía paralizado de terror. Por mi parte, me erguí, esperando que me dijeran qué me aguardaba. Pero nuestro nuevo amo giró sobre sus talones y ni siquiera me miro.
Tampoco lo hicieron las Grullas. Tenían los ojos bajos.
«¿Cómo voy a mirarlos a la cara? —pensé—. Todos ellos pagarán el precio de mi orgullo. Pero ¿có-mo podía yo desmentir a Poseidón? El dios me habría abandonado.» Ahora comprendía claramente que sólo los nobles más ricos habían acudido al puerto. Eran los que podían permitirse consagrar a la diosa a un danzarín de toros; querían buscar alguno que los dejara bien. Aquel rito del santuario era un asunto solem-ne, que se remontaba, supongo, a una época en que respetaban más a sus dioses. Allí, podían examinar-nos a sus anchas y valoramos.
«Debo de haber estado loco al suponer que mi insolencia le impediría compramos —pensé—. Natu-ralmente, me compró para vengarse. Pero ¿y los demás?» En el preciso instante en que me preguntaba si, en el caso de que saliéramos corriendo de allí, alguien lograría escapar, entró un joven y le dijo con aire negligente a Leuco:
—¿He llegado tarde? Ya puedes dejarlos a mi cargo.
Vi que cumplía una rutina; por lo tanto, me fui con él y las Grullas nos siguieron. Nuevamente, reco-rrimos corredores, escaleras y terrazas, y cruzamos un gran patio abierto. Luego, había una entrada baja y otro pasadizo, que descendía en suave pendiente. Y comencé a oír un ruido. Mientras escuchaba, sentí que unos dedos fríos me tocaban la mano. Eran los de Crisa; pero ella guardaba silencio y los demás contenían la respiración. En algún espacio hueco bramaba un toro, entre muros que devolvían el eco; y nosotros avanzábamos en esa dirección.
Miré al hombre que nos conducía. Andaba con aire despreocupado y no parecía pesaroso ni alegre, sino sumido en sus pensamientos. Oprimí la mano de Crisa y dije a los demás:
— Escuchad. Eso no es cólera —porque, ahora que estábamos más cerca, podía juzgar el sonido y lo reconocí.
Entramos en una cripta de techo bajo, donde penetraba la luz por ventanas casi al nivel del suelo; el resto estaba bajo tierra. En medio, a mayor profundidad aún, se hallaba el gran foso cuadrado de los sacrifi-cios. El bramido del toro producía un estrépito que casi le rajaba a uno la cabeza. El animal yacía sobre el gran altar de piedra, amarrado y desjarretado, esperando el cuchillo.
Bramaba, se erguía y golpeaba la piedra con la cabeza; pero en el foso todo lo demás estaba orde-nado y tranquilo: el joven y robusto sacerdote, cuya única vestimenta era un mandil y que sostenía en la mano la doble hacha, la mesa con los jarros y cuencos de las libaciones, las tres sacerdotisas y la señora del santuario.
El joven que nos conducía nos guió hasta el borde del foso, cuya profundidad era, poco más o me-nos, de la altura de un hombre y donde había peldaños para bajar. Hizo el gesto reverencial y bajó. Lo miré con extrañeza, y él dijo con aire impaciente entre el estruendo que hacía el animal: —Hay que purificarse.
E iba a bajar, pero lo así del brazo:
—¿Quién es esa muchacha? —le pregunté, señalándosela, para mayor claridad, dado el ruido.
—Silencio, bárbaro. Es la sagrada Ariadna, la diosa terrenal.
Miré. Ella me había visto señalarla y tenía la espalda rígida. Comprendí que no se la podía agraviar así como así. Me toqué la frente y guardé silencio.
Ariadna hizo una larga pausa, como censurándome. Luego, nos indicó que bajáramos. Nos detuvi-mos en el foso ante ella, mientras los bramidos del toro nos martillaban los oídos. Ella dijo algo en cretense, las palabras de un ritual, e hizo un signo. El sacerdote alzó el hacha y la descargó; y la sangre brotó como un manantial y cayó en el cuenco de las libaciones. El bramido fue disminuyendo hasta desaparecer y la cabeza del toro quedó colgando.
Una sacerdotisa trajo una larga vara con un penacho en el ex tremo y se lo tendió. Pero Ariadna lo rechazó y dijo, en griego:
— Debéis ser purificados para los dioses del averno. ¿Hay alguien entre vosotros que haya derrama-do la sangre de un pariente? Decid la verdad. Pesa una maldición mortal sobre el que mienta.
Mientras habló en cretense, Ariadna había sido diosa de pies a cabeza; pero al hablar en griego se equivocó una vez y percibí una voz humana. Las sacerdotisas volvieron la cara como si se hubiese roto el ritual.
Me adelanté y dije:
—Yo he hecho eso. Hace poco, maté a varios de mis primos, a tres de ellos con mis propias manos. El hermano de mi padre murió también, aunque no lo maté yo.
Ella cabeceó y dijo algo a las sacerdotisas. Luego me habló:
— Sal, pues. Hay que purificarte aparte.
Me indicó que me acercara al altar por donde corría la sangre del toro. Ahora estaba muy cerca de ella y vi bajo las pintadas cejas un pelo suave. En el recinto se sentía el hedor espeso y caliente de la san-gre. Entonces me dije: «Quizá sea una diosa terrenal; pero huele a mujer». Me recorrió el cuerpo un ligero escalofrío y los latidos del corazón se me aceleraron.
Ariadna dijo, hablando con precisión, como si cada palabra fuese un grano de oro que contara:
—¿Por qué mataste a esos hombres? ¿En una riña? ¿O para saldar una deuda de sangre?
Denegué con la cabeza y dije:
—No, en la guerra, defendiendo el reino de mi padre.
Ella preguntó:
—¿Y tu padre es el rey legítimo?
Su cabello era hermoso y oscuro, con un leve brillo: le caía un tirabuzón sobre el pecho y distinguí unas diminutas arrugas en el pezón dorado. Recordé dónde estábamos, retrocedí un paso y contesté:
—Sí.
Ariadna asintió, con gesto grave; pero vi que el tirabuzón volvía a subir y a bajar y la sangre me zum-bó en los oídos.
Instantes después, dijo sosegadamente, palabra por palabra:
— ¿Y naciste en su casa, de una de sus mujeres? La miré de plano a la cara. Ella no rehuyó mis ojos, pero sus párpados temblaron.
—Mi madre es la señora de Trecén —dije—, hija del rey Piteo y de su esposa, la reina Climene. Soy Teseo, hijo de Egeo, hijo de Pandión, pastor de Atenas.
Ariadna se mantenía tan erguida y tiesa como la imagen del santuario; pero un pequeño disco de oro de su diadema reflejó la luz al temblar.
—Entonces, ¿por qué estás aquí? —preguntó.
—Me ofrecí por el bien de mi pueblo —dije—. Recibí la señal.
Durante unos instantes reinó el silencio y esperé. Luego, ella replicó con voz algo apresurada: —Puedes ser purificado de esta sangre porque salvaste la de tu padre.
Las sacerdotisas le ofrecieron de nuevo la vara, pero ella les volvió la espalda y sumergió el dedo en el cuenco del que brotaba el vapor de la sangre caliente e hizo sobre mi pecho los signos del tridente y la paloma. Sentí la sangre, cálida y viscosa, junto con la yema de su dedo, suave y fresca. El contacto me
traspasó. Decidí no mirarla; es demasiado peligroso desnudar a una diosa, aunque sea con el pensamiento. Luego, miré. Pero ella observaba el cuenco del agua que le ofrecían para que se enjuagara los dedos.
Poco después hizo una señal, como si estuviese impaciente, y las sacerdotisas me apartaron de ella. Entonces, cogió el rociador por el mango y sumergió el penacho en la sangre, roció a las Grullas y profirió una invocación. Luego se dirigió directamente a la escalera. Cuando se recogió la falda para subir, vi sus pequeños pies, arqueados y esbeltos, pintados de color rojo claro en los dedos y en los talones. Todas las grandes damas del Laberinto van descalzas. Nunca salen del recinto por su propio pie.
Nuevamente recorrimos la Casa del Hacha. A veces, veíamos una pintura ante la cual ya habíamos pasado; luego, doblábamos y volvíamos a verlos. Pero por fin llegamos a un pasadizo que terminaba en una gran puerta, tachonada con clavos de bronce. El joven le asestó un golpecito con la empuñadura de su da-ga; un guardia la abrió y nos hizo entrar y esperar. El pasillo continuaba y, al fondo, se oían voces que reso-naban en un majestuoso salón. Las voces eran de muchas personas y todas jóvenes. Poco después se presentó un hombre de unos cuarenta años, que parecía mitad cretense y mitad heleno; era delgado, de corta barba oscura y con algo de auriga o domador de caballos. El joven dijo:
—Esta es la nueva tanda, Áctor. Para adiestrarla como equipo. Ésa es la orden.
El hombre nos miró de arriba abajo, entornando sus ojos negros. Otro más que nos sopesaba como a caballos. Pero no era un comprador. Aquel hombre haría el trabajo. Resopló y dijo:
—Conque es verdad. ¿Los tomó a todos? —Y volvió a mirarnos—. ¿Todo el grupo? —preguntó—. ¿Qué se propone? ¿No debo darles un director? ¿Y qué he de hacer con el Corintio?
El joven se encogió de hombros (un gesto al que son aficionados los cretenses) y replicó: —Ese es mi ruensaje. Pregúntale al amo.
Y se fue.
La puerta se cerró ruidosamente detrás de nosotros. El hombre aquel volvió a miramos de arriba aba-jo, frunciendo el entrecejo y silbando entre dientes. Tanto le daban las muchachas como los jóvenes. Cuan-do llegó a mí, dijo:
—Eres viejo para este juego. ¿Cómo has llegado aquí? Te empieza a crecer la barba. —Y antes de que yo pudiera responderle, agregó—: Bueno, estás bien hecho para esto; ya veremos, ya veremos. Tene-mos que sacar el mejor provecho de lo que nos dan, con unos amos que pretenden enseñarnos nuestro oficio. — Murmuraba para sí, como el palafrenero que almohaza un caballo; luego, dijo de improviso—: Esto es la Casa del Toro. Los ejercicios han terminado; pronto comeréis.
Alzó el pulgar y se fue.
Yo esperaba que nos dijeran, por fin, qué debíamos hacer. Pero sólo éramos unos potros novatos que enviaban a la dehesa. Recorrí el pasadizo, seguido por las Grullas. En la entrada, el ruido acudió a nuestro encuentro.
Estábamos en un gran salón, con el techo sostenido por columnas de cedro; la luz entraba por altas ventanas situadas bajo los aleros. Las paredes estaban estucadas de blanco y revestidas de garabatos y dibujos hechos con tiza. Por todas partes había jóvenes y muchachas, llamándose, discutiendo y riendo, persiguiéndose y saltando unos sobre otros, tirándose pelotas, cuchicheando en grupos de dos o tres, más unos cuantos aislados y dormitando: adolescentes y virgenes de todos los colores, blancos y negros, more-nos y dorados, con mínimos taparrabos de cuero coloreado por única vestimenta, además de abalorios o joyas. Los altos muros nos devolvían los ecos de una docena de idiomas y otras tantas clases de griego chapurreado, que parecía la lengua común. En el centro del salón había un gran toro berrendo, quieto, aun-que tenía dos jóvenes montados en el lomo y una muchacha se balanceaba sobre uno de sus cuernos. Asombrado, me acerqué.
Una muchacha fue la primera en vernos. Tenía cara de fenicia, con la nariz ganchuda de color olivá-ceo; llevaba la boca pintada y el taparrabos bordado de azul y oro. Era esbelta, pero se le dibujaban los músculos como si fuera un joven luchador. Durante un instante estuvo mirándonos; luego, se llevó los de-dos a la boca y lanzó un agudo silbido que arrancó ecos por todo el salón. El griterío se interrumpió. Todos se volvieron y vi un forcejeo alrededor del toro. El animal bramó y volvió la cabeza hacia nosotros. Néfele lanzó un chillido.
—Cállate —dije.
Había visto las miradas expectantes y sabía que nos tendían alguna trampa. El toro no se acercó, li-mitándose a mugir y a agitar los cuernos. Al acercarme, oí en su interior un crujido y una risa ahogada. Un flaco jovencito moreno salió de un salto por un agujero que había en el vientre del animal. La bestia estaba tallada en madera; encima, le habían estirado una piel de toro y los cuernos eran de bronce dorado. Tenía las patas fijas sobre una tabla de roble con ruedecillas de bronce.
Una multitud se reunió a nuestro alrededor, escrutándonos y haciéndonos preguntas, que no enten-díamos porque hablaban mal griego y todos a la vez. Algunos tocaron la señal que había sobre mi pecho y señalaron a los demás y les hablaron.
Sobre el lomo del toro de madera quedaba un jinete, sentado a sus anchas. Se puso en equilibrio so-bre las yemas de los dedos, bajó de un salto y cayó delante de mí. Evolucionó por los aires con maestría, como si volara. Era delgado y más bajo que yo: un minoano con un poco de sangre helénica. Se mantuvo de puntillas como un bailarín, dio un paso atrás y nos miró de arriba abajo. Yo nunca había visto un joven como aquél. A primera vista, parecía un acróbata. Pero los pesados collares de oro, los brazaletes enjoya-dos, las gemas del centelleante cinturón y del taparrabos no eran falsos dorados: llevaba encima el rescate de un príncipe. Su cabello, castaño claro, le colgaba en largas trenzas rizadas, peinadas y aseadas como las de una muchacha, y tenía los ojos pintados. Pero, a pesar de todas estas cosas, semejaba una joven pantera; era delgado, musculoso y fuerte. Tenía una gruesa cicatriz curva sobre las costillas del lado dere-cho.
Ladeó la cabeza, sacudiendo los aretes de cristal y enseñando sus dientes blancos.
—¡Bueno! —dijo—. Conque éstos son los alegres atenienses que han llegado a Creta bailando. Va-mos, bailad para nosotros ahora, estamos deseosos de veros.
Su risa era maliciosa. Pero no me irritó. Para mí, aquel joven era algo así como un sacerdote que iba a revelarme un misterio. Me parecía haber estado allí antes y que mi alma recordaba aquel sitio que estaba entretejido con mi moira desde antes de nacer yo.
Le contesté, simplemente:
—Ninguno de nosotros es bailarín, salvo Hélice. Hemos bailado para demostrar que formamos un so-lo grupo.
—¿De veras? —replicó él, mirándome con el entrecejo fruncido—. ¿Y de quién fue la idea? ¿Tuya?
—Lo planeamos juntos, en una asamblea —dije.
Volvió a fruncir el entrecejo y luego empezó a pasearse a nuestro alrededor, examinando atentamen-te a cada uno de nosotros. Muchos nos habían mirado aquel día; pero éste nos vio. Sentí como si me pene-trase una afilada cuchilla, buscando mis puntos vulnerables. Cuando el joven llegó a Néfele, la escudriñó con una sonrisa evasiva y luego le dio un golpecito bajo el mentón, diciéndole: —No te preocupes por nada de esto, querida; ya lo harás cuando te toque.
Luego, descubrió que Crisa miraba con los ojos muy abiertos a una muchacha alta, con un collar de turquesas, que le había cogido las manos y le chistaba algo al oído.
—¡Vamos! —dijo, dándole una palmada en las nalgas a la otra. Dale tiempo para que lo vea todo.
Melanto apartó de un tirón a Crisa y la rodeó con el brazo. El joven se echó a reír y regresó a grandes zancadas junto a mí.
—Bueno —dijo—. Ya se ve que formáis un solo grupo. ¿Sabéis que sois el primer equipo con un jefe novato?
Sorprendido repliqué: —¿Cómo lo sabes tú? El propio preparador acaba de enterarse.
Él rió con desdén.
—¡Bah! Ése nunca se entera de nada, a menos que se lo digamos nosotros —dijo—. Todas las noti-cias de palacionos llegan a nosotros antes; los danzarines de toros van a todas partes.
Un joven que estaba cerca dijo insidiosamente:
—Tú sí, ya lo sabemos.
Pero él no le hizo caso y continuó: —Cuando me enteré de que dirigirías tú en vez de yo, me conven-cí de que el Minotauro quiere tu muerte. Pero ahora lo dudo.
Repliqué: —Apostaría a que sí, porque hemos discutido.
—¡Ah...! —Mi interlocutor dio un salto, a la vez que echaba atrás la cabeza, con una gran risotada, y se asestaba tal palmada en el muslo que todas sus joyas tintinearon. Voy a simpatizar contigo, ateniense. Sí, vas a gustarme, después de todo. ¿Es verdad que le tiraste su sello al mar? ¿Sabes a cuánto van las apuestas a tu favor? — Yo empezaba a percibir la atmósfera de aquel lugar, que me excitaba como un vino fuerte.
—¿No sabes aún cómo te favorecen las apuestas? —insistió—. Aquí tendrás que conservar la calma. ¿Cómo te llamas? —Le dije todos mis nombres y le pregunté el suyo.
—En la Casa del Toro me llaman el Corintio.
—¿Por qué? —pregunté—. ¿Eres el único de Corinto?
Él respondió, con despreocupación: —Ahora sí.
Comprendí, entonces, su afectación y sus numerosas joyas, y por qué cuando hablaba nadie lo inte-rrumpía. En otros tiempos, muy lejanos, yo había querido ser guerrero, ser rey. Ahora, aquello estaba olvi-dado; sólo una ambición me consumía. Ninguna de las personas a quienes se lo conté en mi país lo com-prendió, ni siquiera Pirítoo, mi más íntimo amigo. Ya lo dice el refrán: sólo aquellos a quienes ha mordido la serpiente pueden contar qué se siente.
—El preparador pensaba que nos dirigirías tú —dije.
Pensé que mi ignorante intromisión sólo había perjudicado a las Grullas.
Me miró a la cara, ladeando una de las cejas. Sus ojos lo dejaban a uno desnudo de valor. Luego, se encogió de hombros a la manera cretense, haciendo que los aretes bailaran y destellaran con la luz.
—¡Ay! Ése no sabe nada. Ya te lo he dicho. Prefiere que yo no adiestre a un equipo nuevo, porque ha apostado por mí para otros tres meses. Es un imbécil. Tu toro sabe tu nombre antes de que lo paran; eso decimos en la Casa del Toro.
—Es la moira —respondí, comprendiéndolo—. ¿Hay aquí al guien que pertenezca a Asterión? Él chasqueó la lengua.
—¡Pertenecerle! Pareces un campesino. Es un amo como cual quier otro. Sólo que lo bastante rico, según parece, para ofrecerle equipos enteros al dios en lugar de bailarines sueltos. Eso ha dado que hablar. Sólo el rey lo había hecho antes. Mi señor tiene la cabeza muy alta estos días. Pero vosotros los atenienses no habéis llegado aquí sin ser purificados... ¿Verdad? Supongo que sois gente del dios del cielo; pero su-pongo que sabréis ya a quién le pertenecemos todos.
—¿Al sacudidor de la tierra? —dije; luego hice una pausa y pregunté, aparentando el mayor desinte-rés posible—: ¿O a la diosa terrenal?
Me replicó: —Oh, supongo que a los dos, como manda la costumbre local. Pero a ella no volverás a verla, salvo en la danza del toro. Es Ariadna, la más sagrada, la señora del Laberinto. Sólo la verás en su santuario. Nadie la ve en ningún otro sitio, lo mismo que al rey.
En ese momento, alguien gritó en griego que ya estaba la comida. El caballete estaba montado en el otro extremo del salón y los bailarines corrieron hacia allí. Comprendí que debíamos poner término a nues-tra conversación. Habría sido engreimiento por mi parte sentarme junto a él. Quienquiera que fuese en su país, Corinto, pastor o marino quizás, aquí él era un gran príncipe y yo no era nadie. Esto no me extrañó ya.
La comida era sencilla, pero abundante y muy sabrosa. En realidad, una vez servida la Casa de Mi-nos, lo más selecto iba a la Casa del Toro. Los danzarines vivían bien en Cnosos; tan bien como el caballo rey el año que le toca reunirse con el dios.
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Teseo: El rey debe morir
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