Capítulo 4

Vivíamos en la Casa del Toro: una ciudad encerrada dentro de palacio y una vida sin otra salida que la muerte. Pero la ciudad es espléndida y la vida muy intensa. El hombre que está aquí pertenece a esta ciudad hasta que muere. Por eso yo, yo a quien me asoman las canas en la barba, digo aún «es», como si la Casa del Toro siguiera en pie y yo pudiera aún regresar.

Aunque los principiantes se adiestraban por separado, aprendiendo los fundamentos de la danza, las volteretas sobre las manos y los saltos mortales, todos los danzarines de toros vivían y comían juntos en la Casa del Toro; sólo después de la cena, la sacerdotisa de guardia se llevaba a las muchachas. Los hom-bres tenían acceso a los recintos del palacio y se hacía la vista gorda. Podíamos recorrer todo el Laberinto con tal de mantenernos alejados de las puertas y murallas. Ningún fugitivo las había franqueado jamás. Se decía, también, que sobre la tentativa pesaba una maldición y que luego el toro lo mataba a uno. Aparte de eso, los danzarines iban a todas partes, como dijera el Corintio, aunque aquel lugar era tan enrevesado que los amantes y las queridas enviaban siempre a una criada para que sirviera de guía. Pero a las muchachas las encerraban de noche con llave y las vigilaban durante todo el día. Su virginidad era celosamente custo-diada.

Al principio, pensé que el hecho de jugar durante todo el día con muchachas casi desnudas sin poder poseer a ninguna bastaría para enloquecer. Pero pronto descubrí que a uno nunca le faltaba una mujer en el Laberinto. En cuanto a las muchachas, se entendían entre ellas, según una costumbre tan antigua que nadie la mencionaba. Pero había algunas absolutamente vírgenes, incluso de corazón. Se habían entrega-do a la danza del toro y, despiertas o dormidas, no vivían para otra cosa. Desde que se encendían las lám-paras, la vida de cada uno era secreta para los demás. Pero en la Casa del Toro éramos camaradas, tanto los hombres como las mujeres, y compartíamos un misterio y éramos unos artesanos unidos por nuestro arte; muy a menudo, sólo unas manos que mantenían a raya la muerte de los camaradas, y nada más. Pero también éramos jóvenes y estábamos hechos de la misma materia que otros seres sacados a la luz por la Madre Día. Entre nosotros, siempre había una cuerda tensa, que no se rompía ni tampoco se aflojaba; y bastaba un roce o un suspiro para que vibrase en el aire con su sonido secreto. Muchas veces, después de haber estado con alguna dama cretense, llena de volantes y alfileres, perfumada y de cabello ensortijado, a cuyo lecho apenas permitían acceder los potes de pintura, espejos y tocadores que lo rodeaban, caía dor-mido en mi jergón de la Casa del Toro y abrazaba en sueños una cintura tan fina como un sauce, o force-jeaba en el abrazo amoroso contra unas fuertes y bien torneadas piernas desnudas, frescas y adornadas con oro.

En la Casa del Hacha, nunca realicé este sueño. Sólo años después, cuando la Casa del Toro quedó muy atrás y dejó de existir, volví a encontrar a una muchacha así y la tuve por mía. La encontré cuando ya había dejado de buscarla, montada en un caballo a pelo, con pantalones escitas y entre lanzas. Aunque era más alta que las vírgenes de la Casa del Toro, tenía los huesos finos y no costaba llevarla en brazos. Dos veces la retiré del campo de batalla en mis brazos. Incluso la segunda vez, aunque los muertos pesan más que los vivos.

La vi detener a un leopardo con su lanza. Pero a mí nunca me causó daño, después de hacerme una herida de jabalina cuando la poseí por primera vez, herida que me alegra conservar porque es todo lo que me queda de ella. También me hirió, de nuevo sin saberlo, cuando me dio un hijo de seis pies y tres dedos de estatura. Pero la diosa virgen, a quien había servido con las armas, y los dioses del averno fueron bue-nos con ella; antes de que pudiera ver su fin, le envolvieron los ojos en tinieblas.

Más todo esto aún no se había hilado en la rueca. De haberlo sabido, quizás eso me habría hecho tropezar y algún día el toro hubiera sido más rápido. O acaso no. Porque el toro de cada cual siempre ter-mina venciendo; sabe nuestro nombre desde que nace. Eso decíamos en la Casa del Toro. Cuando había-mos terminado con las lecciones de iniciación, dábamos una voltereta y una cabriola adelante o atrás, y algunos nos ejercitábamos en el potro del gimnasio y hacíamos el pino encima. Iro y yo no nos cansábamos nunca. Crisa tampoco por lo general, y muchas veces nos acompañaba Néfele. El Corintio la había juzgado con mucha perspicacia. La melindrosidad de Néfele era una comedia ante los hombres; pero había acabado engañándose a sí misma y cuando en la Casa del Toro notó que nadie reparaba en eso, demostró ser más resistente que ninguna muchacha del equipo. En cuanto a Hélice, el preparador advirtió enseguida que ella dominaba todo aquello y la envió a practicar con los saltarines sobre el toro de madera.


Desde cualquier sitio de la Casa del Toro, se veía el toro de Dédalo. Le llamaban así por su inventor, aunque todos sus componentes habían sido renovados una docena de veces, salvo los bellos cuernos de bronce pulidos por el roce de innumerables manos. Todos decían que los cuernos eran obra del propio Dé-dalo. Dentro del cuerpo hueco, entre las paletillas, había una percha donde se sentaba el hijo del prepara-dor para accionar las palancas que movían hacia aquí o hacia allá la cabeza. Bailábamos y nos contorsio-nábamos esquivándolo, mientras Áctor gritaba: «¡No! ¡No! ¡Haz como si fuera tu amante! Lo guías, te escu-rres, le haces sudar por ti; pero es una aventura amorosa y todo el mundo lo sabe». Exhortaba con estas palabras a los jóvenes, más bien que a las muchachas, porque así era Creta.

Todos los días de las primeras semanas, estuve esperando a que Asterión mandara por mí y me cas-tigara. Pero él no vino y recibí el mismo trato que los demás.

Después de la danza, venía el salto sobre el toro. Allí, sobre el animal de madera, era una pantomi-ma, apenas una sombra de aquello a que solamente dota de emoción la bestia viva y que pocos de noso-tros lograríamos. Ningún equipo tenía tantos saltarines de toros; algunos, sólo uno; pero los saltarines eran los príncipes de la Casa del Toro. En nuestra primera lección, Áctor mandó por el Corintio. Éste se paseó perezosamente, centelleante y tintineante, y le entregó a alguien, para que se lo tuviera, un holgado braza-lete con sello que llevaba en la muñeca. Luego, corrió hacia los cuernos bajos del toro y, cuando se levan-taba crujiendo, se elevó hasta una barra alta y se dejó caer, describiendo una curva como el vuelo del pája-ro, hasta que los dedos de sus pies tocaron el lomo del toro. Luego, se bajó de un salto, ágil como un corzo; y Áctor nos hizo fijarnos en cómo el ayudante que lo recibía debía amortiguar la caída del saltarín. Cuando el toro está vivo, el saltarín puede caer con menos exactitud; y, si además quiere salir vivo, le conviene caer de pie.

Tal es el salto del toro. Pero cada gran saltarín tiene sus mañas y por ellas se le conocía. Los nom-bres de esos hombres y muchachas (había muchachas entre los mejores) se recordaban durante genera-ciones. Los viejos solían mostrarse desdeñosos con los bailarines actuales, diciendo que no sabía lo que era la vida quien no había visto a tal o cual cincuenta años antes. Así era el Corintio. Decían que aprendió a hacer que el toro lo lanzara más arriba o más abajo; cuando lo lanzaba alto, sabía dar medio mortal en el aire, para caer sobre el lomo del toro con las manos y rebotar hacia el que lo recogía.

El saltarín es la gloria del equipo, pero los receptores son la vida para él: cada miembro del equipo era la vida para todos los demás. En la Casa del Toro no había cobardes; por lo menos, no duraban mucho. Cuando se sospechaba que alguien no le ayudaría a uno en un apuro, se procuraba que no viviese para demostrarlo. En el redondel del toro, eso es fácil. Ni siquiera había que ganarse muchos enemigos. Con uno bastaba.

Aprendimos con el toro de Dédalo a agarrarnos, a salvarnos y salvar a los demás; a asirnos de los cuernos del toro con las piernas y los brazos de modo que el animal no pudiera cornearnos; a coger los cuernos por delante, por detrás y por los lados, saltando encima del animal y esquivándolo; a desorientarlo cubriéndole los ojos. No está permitido hacerle daño, ni siquiera para salvar la vida: el toro es la morada del dios.

Al principio, yo no comprendía cómo era posible hacer aquellas cosas con un toro adulto. Pero en Creta están habituados a la danza del toro desde hace mil años. Esos animales son allí espléndidos; enor-mes, vigorosos y con grandes cabezas semejantes a las de los dioses; pero son torpes y se les ha extirpado la inteligencia. Uno que era vivaz y enérgico, como los helenos, y que habría podido matar al saltarín antes del espectáculo, se destinó al sacrificio. Sin embargo, los toros cretenses son al fin y al cabo toros, y nunca se puede estar seguro de ellos. Cuando se vuelven serviciales y parecen conocer la danza tan bien como uno, es el momento de tener más cuidado.

En el segundo mes de nuestro adiestramiento vimos por primera vez la danza del toro.

Habíamos querido ir antes pero Áctor lo prohibió. Dijo que, si los principiantes lo veían antes de haber adquirido cierta maestría, desesperaban de sus fuerzas y perdían valor.

El ruedo estaba en la llanura, al este del palacio. Era de madera, porque en Creta abunda la madera de construcción. Los danzarines de toros tenían su propia galería, frente a la puerta del toro y al palco del rey, pero Minos no asistía desde hacía mucho tiempo. El sumo sacerdote de Poseidón bendecía al toro. Por lo demás, el rito lo rige la diosa terrenal.

En el lugar principal del ruedo había un altar dorado, sostenido por pilares carmesíes y coronado por los cuernos sagrados. A ambos lados, estaban los asientos de las sacerdotisas y todo alrededor los de las damas palaciegas. Cuando nos instalábamos nosotros, ellas descendían de sus literas; sus esclavas dispo-nían paños y almohadones para que se sentaran y les alargaban sus abanicos. Los amigos se saludaban y besaban, ordenando que les arrimaran las sillas; pronto, aquello parecía un árbol frondoso en el que se había posado una bandada de alegres pájaros, armílando, piando y aseándose las plumas. Apilados como hojas oscuras, los pequeños cretenses sonrosados llenaban las gradas altas.

Sonaron los cuernos y se abrió una puerta detrás del altar. Allí estaba ella; recuerdo su forma, tal un lirio del campo, erguida y pequeña, con los senos y las caderas redondeados, y una cintura tan fina que cabría entre los dedos de las manos. Pero ahora estaba rígida de oro: sólo se veía el rojo del vestido cuan-do los volantes se movían. Su diadema, de unos treinta centímetros de altura, estaba coronada por un leo-pardo de oro. Si no se hubiese movido, yo habría pensado que toda ella era de orfebrería.

Todos los hombres estaban de pie, con los puños en el pecho; las mujeres se tocaban la frente. Ella subió a su alto trono. Sonaba música de arpas y flautas.

Los danzarines de toros entraron por la puerta que teníamos debajo. Avanzaron despacio pero con agilidad, de dos en dos, una muchacha y un joven, en solemne paso de danza. Los bucles aceitados y bien peinados saltaban sobre sus tersos hombros, sobre sus brazaletes y collares centelleaba la luz; los jóvenes senos de las muchachas y la parte posterior de sus pequeños taparrabos daban graciosos saltitos al bailar. Las manos y muñecas de todos ellos estaban ceñidas con correas para poderse agarrar con mayor firmeza; las botas de cuero flexible estaban acordonadas a las pantorrillas. El Corintio formaba parte de la primera pareja, alegre como un pájaro.

Dieron una vuelta al redondel y se alinearon en fila ante el trono, con el Corintio en el centro. Allí se pararon todos e hicieron una reverencia y dijeron una frase en cretense antiguo. Le di una palmada en el hombro al bailarín sentado delante de mí y le pregunté:

—¿Qué dicen?

Era una muchacha negra de Libia y no sabía gran cosa de griego. Dijo despacio, pensándolo mien-tras hablaba:

—¡Salud, Diosa! Los que vamos a morir te saludamos. Acepta nuestra ofrenda.

—¿Estás segura? —dije, impresionado por aquellas palabras— . ¿Lo habrás oído bien? —Asintió con la cabeza, en cuya negra melena había entretejidos abalorios azules y dorados, tan cerca del cuero cabe-lludo que parecían cosidos a la piel. Luego, repitió el gesto.

No contesté y, mientras cabeceaba, me dije: «En realidad, pese a todas sus grandes e ingeniosas obras, estos cretenses son unos ignorantes. Esa dama que está ahí quizá sea la sacerdotisa más grande del mundo, la de más alta cuna, la más próxima a la diosa. Pero es una mujer. No importa que diez mil cre-tenses lo nieguen. Es una mujer, tan cierto como que yo soy un hombre. Eso lo sé yo».

Miré el altar. Ella había vuelto a sentarse y de nuevo estaba inmóvil, como una estatua de oro y mar-fil. Pensé: «¿Qué estará cavilando? Ha hecho lo que no le permiten a la humanidad los dioses inmortales. Además, a ella no le perdonarán su juventud. Pero ¿quién puede salvarla? Está demasiado encumbrada para llegar hasta ella».

Los danzarines habían vuelto y se colocaron en círculo alrededor del ruedo. Sonó una trompeta. Se abrió la gran puerta de la pared que había frente a nosotros y salió el toro.

Era una bestia de porte majestuoso, de color blanco con motas marrones; de cuerpo macizo, patas cortas, frente ancha y, como todos los animales de su clase, con cuernos muy largos, que se curvaban hacia arriba y adelante; luego, bajaban y volvían a elevarse los pitones. Tenían pintadas listas longitudinales rojas y doradas.

El Corintio estaba de pie frente al animal, al otro lado del redondel, de espaldas a nosotros. Lo vi le-vantar la mano, saludando; un gesto noble, pleno de gracia y valor. Luego, los danzarines comenzaron a moverse alrededor del toro, girando en círculo como las estrellas alrededor de la Tierra; lejos al principio, pero acercándose. En el primer momento, el toro no le dio mucha importancia a aquello; pero advertí que sus grandes ojos de mirar fijo los seguían por todas partes. Meneaba la cola y movía los pies.

El ritmo de la música se aceleró y los danzarines se acercaron. Le daban vueltas al toro como una bandada de golondrinas, cada vez más cerca. El animal bajó la cabeza y escarbó con una de las patas de-lanteras. Entonces, se vio lo tonto que era. Un toro de Trecén habría elegido a cualquiera y lo habría em-bestido. Este, cuando cada danzarín pasaba corriendo cerca de su cabeza, lo miraba y se preparabas re-moviendo lentamente las patas, y se decía: «Ya es demasiado tarde», y se mostraba confuso y deseoso de empezar de nuevo. Luego, los danzarines giraron más despacio y comenzaron a jugar con el toro. Primero uno y luego otro, se detenían hasta obligarlo a volverse, para apartarse y dejárselo al siguiente danzarín. Cuanto más audaces fueran, cuanto más trabajaran al toro, mejor para ellos, a fin de cuentas. El toro es el más fuerte; pero es uno y ellos son catorce. Puede ser el primero en cansarse si se le insiste.

Y así continuó, hasta consumirse la primera excitación y el toro pareció preguntarse «Después de to-do, ¿quién me paga por esto?». Entonces el Corintio dio la vuelta para ponérsele de cara y extendió los brazos; y cesó de darle vueltas.

Se acercó, en una carrera veloz, a la hosca bestia. Era el salto que yo había visto a menudo en la Casa del Toro. Pero aquello apenas era una sombra; ahora, el Corintio tenía que bailar con un ser vivo. Se agarró a los cuernos y se balanceó entre ellos, dejándose llevar por el animal; luego se desprendió de un salto. El toro era demasiado estúpido para retroceder y esperarlo. Siguió trotando después de notar que el hombre se había alejado. El Corintio dio una voltereta en el aire, trazando una curva tan hermosa como la comba de un arco y dio la sensación de que sus dos esbeltos pies tocaran el suelo al mismo tiempo; luego, volvieron a saltar. Aquello no era saltar sino planear sobre el toro, como una libélula sobre el cañizal, mien-tras el animal pasaba por debajo. Luego volvió al suelo, con los pies aún juntos, y rozó ligeramente las ma-nos del receptor con las suyas, mero gesto de cortesía; no necesitaba apoyo. Y se alejó bailando. Estalló un griterío jubiloso en el árbol pajarera que formaba el público. Por mi parte, alargué en secreto la mano dere-cha hasta el suelo y murmuré con voz ahogada por el estruendo: «¡Padre Poseidón, haz que sea saltarín de toros!».

Los danzarines volvieron a describir círculos. Una muchacha se detuvo de puntillas, con los brazos en alto y las palmas de las manos abiertas; era árabe, con la piel oscura y larga melena negra. Tiesa como una lanza, tenía el porte de las mujeres habituadas a llevar bultos sobre la cabeza; le pendían de las orejas unos discos de oro que reflejaban los rayos del sol. Yo había visto a veces, en la Casa del Toro, el brillo de sus dientes blancos. Era altanera y burlona, pero ahora se mostraba solemne y altiva.

Se agarró a los cuernos y quiso alzarse. Quizás el torpe cerebro del toro barruntara alguna idea o el equilibrio de la muchacha fuese menos firme que el del Corintio. El caso es que, en vez de levantar la cabe-za, el animal la sacudió de un lado a otro.

La muchacha cayó sobre el testuz. Pero había logrado no soltar los cuernos. Quedó colgada como un monito, cabalgando sobre el hocico del toro, con los pies cruzados alrededor del cuello. El animal se puso a girar sobre si mismo, dando cabezazos. Oí un sordo murmullo procedente de los asientos de los hombres y, desde los de las mujeres, un parloteo agudo y jadeante. Miré el altar sostenido por pilares. Pero la dorada diosa seguía inmóvil y su pintado rostro permanecía inmutable.

Los danzarines giraban en volanderos saltos, dando palmadas y haciendo chasquear los dedos para desorientar al toro. Pero yo pensé que aquello era sobre todo espectáculo y que podían hacer algo más. Golpeé con el puño, murmurando: «¡Más cerca, mas cerca!», hasta que el joven más próximo me dijo: «Guárdate las manos, heleno»; lo había estado golpeando en la rodilla.

—El toro la matará! —dije—. Va hacia la barrera para quitársela de encima.

El joven murmuró con los ojos clavados en el ruedo: —Sí, sí, no la salvarán. Es insolente y se ha creado enemigos. —El toro buscaba la barrera, pero la larga melena de la muchacha le caía sobre los ojos y ella seguía removiendo los hombros para cegarlo.

Dije, sin aliento:

—¿No puede saltar el Corintio?

El joven me respondió, inclinándose hacia adelante de su asiento:

—Esa tarea le corresponde al receptor, no al saltarín del toro. ¿Por qué iba a salir? El Corintio, nunca ha trabajado con este equipo, hasta ahora.

En el preciso instante en que mi vecino hablaba, el Corintio se adelantó de un salto. Corrió hacia el toro por la izquierda, le asió el cuerno, se colgó y se quedó meciéndose. La muchacha, cuyas fuerzas esta-ban agotadas, se dejó caer, se levantó trabajosamente y escapó.

Yo había visto que, antes de saltar, el Corintio lanzó un vistazo a su alrededor e hizo una seña. El jo-ven que estaba a mi lado se levantó de improviso y gritó algo en su idioma natal, el de Rodas, según creo; adiviné que era una blasfemia. Yo también grité. Nadie podía durar mucho en las condiciones en que se hallaba el Corintio, salvo que acudiera alguien enseguida a colgarse del otro cuerno. El Corintio había con-tado con eso; pero nadie lo hacía.

Por fin, corrió uno de los jóvenes y fingió saltar y coger el cuerno. Pero adiviné que lo hacía por cum-plir y no de corazón. Por eso llegó tarde. El toro lo esquivó, ladeó la cabeza y se zafó del Corintio con la pata. Vi que el joven saltaba de nuevo por los aires; pero ya no se remontó con agilidad. Estaba ensartado en el cuerno, que le había perforado el diafragma, exactamente por encima del cinto. No sé si gritó o no. El estrépito era demasiado intenso. El Corintio salió lanzado por los aires y al caer tenía un gran agujero rojo en el cuerpo. El toro lo pisoteó; luego se alejó al trote. La música cesó. Los danzarines estaban inmóviles. Un profundo suspiro y un murmullo sacudieron las gradas.

En Creta usan una pequeña hacha doble, de formato sagrado, para rematar a las víctimas. Cuando la alzaban sobre el cuello del Corintio, vi que él levantó la mano un momento como para repelerla; luego trans-formó el gesto en un saludo y volvió la cabeza para recibir mejor el golpe. Era un caballero y murió como tal. De pronto me di cuenta de que yo estaba llorando, como si lo hubiese amado. Y lo amaba, aunque no como entienden el amor en Creta. Nadie lo notó. Llorar una vez se considera que trae suerte en la Casa del Toro. Además, una dama se había desplomado, con un grito, y la gente se apelotonaba a su alrededor, abanicán-dola y acercándole esencias a la nariz además de hacerse cargo de su monito.
Amarraron al toro y se lo llevaron. Se veía que estaba cansado y no hubiera aguantado mucho más. Los danzarines salieron en fila. El rodio que estaba a mi lado dijo:

—¿Por qué lo ha hecho? ¿Por qué? Era innecesario. —Luego agregó—: Supongo que lo llamaron. Supongo que le había llegado la hora.

No le respondí. Mis lágrimas se habían secado y yo estaba pensando.

El sacerdote de Poseidón llenó con sangre del Corintio una copa sacrificial plana e hizo una libación sobre la tierra. Luego avanzó, se paró ante el altar y vertió el resto hasta vaciar la copa, hablando en cre-tense. La señora del altar se puso en pie y alzó las palmas de las manos en el gesto que significaba: «Hemos concluido». Luego, salió por la puertecita que había detrás del altar. Recordé los pequeños pies pintados que había visto yo en la escalinata y el tierno seno con el tirabuzón. Un escalofrío me traspasó la carne.

Cuando volvimos a la Casa del Toro, dije a Amintor:

—Trae a las Grullas.

Esperé junto al toro de Dédalo. Nadie tenía ganas de jugar con el toro ahora y el lugar estaba a nues-tra disposición. Se acercaron las Grullas. Vi que Formión estaba pálido y Amintor se estremecía aún de ira. De las muchachas, Crisa y Tebe habían llorado; los ojos de Néfele estaban secos, y Hélice se recluyó en uno de sus silencios y no hablaba con nadie.

—Bueno —dije—, ya hemos visto la danza del toro.

Amintor profirió una exclamación vehemente, maldiciendo al equipo que había dejado morir al Corin-tio. Era un caballero, y los consideraba una guardia real que abandonaba a su señor en un trance peligroso. Lo dejé desahogarse; tenía buenas intenciones.

—Sí —dije—. Pero piénsalo; no era pariente de ellos; no le debían nada; no le habían jurado lealtad. ¿Por qué iba a serles el Corintio más querido que sus vidas? —Las Grullas me miraron, preguntándose cómo podía yo ser tan frío—. Cuando os hice prestar juramento en el barco sólo fue para manteneros uni-dos —dije—. Yo lo ignoraba todo; pero supongo que me guiaba el dios, porque estoy en sus manos. ¿Sa-béis todos ahora por qué debemos ser como parientes? —Ellos asintieron. Ahora estaban ablandados, co-mo el metal a punto para martillarlo. Había hecho bien en no demorarme.

—El Corintio ha muerto —dije—. Pero lo mismo le pasa a todo su equipo. Se entregaron a la muerte en el preciso momento en que confiaron en vivir un poco más. Y lo saben. Miradlos ahora. La vergüenza no los agobiaría tanto. Tienen miedo.

—Sí —dijo Amintor—. Es verdad.

—Cuando uno aprecia demasiado su vida en el ruedo, la pierde. Ahora son una mercancía que nadie querrá comprar. No valen para nadie más que una magulladura, un arañazo o un hilo de sangre. Y ya no están orgullosos de sí mismos. Si alguno de ellos ha tenido un dios custodio, debe estar oyendo la música de su abandono. Fijaos en sus rostros.

Pero en vez de obedecer, las Grullas me miraban como si yo tuviera el poder de cambiar las cosas. Me creían fuerte.

—Vamos a renovar nuestro juramento para que sean testigos los dioses de este lugar —dije—. Pero ahora lo juraremos con más fuerza. "Apreciaré la vida de cada Grulla tanto como la propia. Lo que yo haría si estuviera en peligro, lo mismo haré por cualquiera de nosotros, ni más ni menos. Sean testigos el río de los muertos, las hijas de la noche y el Poseidón con cabeza de toro que hay debajo de Creta. Si quebranto mi juramento, que me destruyan".

Ellos me miraron con los ojos muy abiertos. Tanto Crisa como Amintor se habían adelantado, apresu-rándose a repetir aquellas palabras mientras las recordaban bien. Ni siquiera habían mirado a sus espaldas. Les hice señal de que esperaran; veía a los demás. Y no es que acusara a los que vacilaban; el juramento era fuerte y pesado de llevar.

—¿Qué sucede? —les dije—. ¿Creéis que vais a hacerlo por mí? En realidad, ¿por qué habríais de hacerlo? Soy un rey sin techo propio, sin alimento ni ropas, ni oro, ni nada que dar, salvo, como cualquiera de nosotros, lo que valga frente a los toros. Hacedlo por vosotros mismos. Sólo somos mortales. Entre vo-sotros habrá riñas, rivalidades amorosas y todas esas cosas. Si jurarais que no las habrá quebrantaríais el juramento antes de una semana. Pero esto sí podéis jurarlo: no llevar nunca esas cuitas al redondel. Allí debemos formar parte de un solo cuerpo, como si compartiéramos una misma vida. Y la compartimos. No debemos dudar unos de otros más que el brazo que empuña la lanza del brazo que sostiene el escudo. Jurad eso.

Entonces se adelantaron varios. Dije a los demás:

—No temáis. Andaréis con paso más ligero luego, cuando no haya posibilidad de retroceder. Lo que os digo es un misterio. Lo he sabido por un sacerdote que también es rey.

Cuando todos hubieron jurado hubo un silencio. Luego, la tonta de Pilia pareció perpleja, como si hubiese bebido un trago de vino fuerte.

—Sí. Es cierto —dijo—. Me siento mejor.

Todos reímos, más que nada de la expresión de su rostro. Pero durante aquel día nos sentimos ale-gres.

Por la noche, cuando las muchachas se fueron, se me acercó un Joven; un minoano de Melos a quien sólo conocía de vista.

—El Corintio me confió a quién quería legarle sus cosas cuando encontrara su toro —dijo—. Esto es para ti.

Abrió la mano. Vi sobre la palma un pequeño toro de cristal pulimentado. El anillo de oro para colgarlo era un esbelto danzarín del toro, doblado sobre el lomo de la bestia en un salto mortal.

—¿Para mí? —dije—. Apenas nos conocíamos.

No quería que dejara de cumplirse el último deseo del Corintio a causa de la estupidez del jovencito aquel. Él se encogió de hombros.

—Oh, no es un regalo de amor. No seas tan presuntuoso. El Corintio dijo que le gustaría darse esa satisfacción. ¿No será el pago de una apuesta? —Tomé el regalo y me lo ceñí al cuello con un cordón fuer-te. No me reprochaba el haber reído y hecho payasadas con las Grullas antes de que se hubiese secado la sangre del Corintio. Él lo habría comprendido mejor que nadie.

Cuando oscureció, salí por detrás de la cocina. La puertecilla estaba entreabierta, como de costum-bre. Actor, el preparador, dijo al verme allí:

—¿A qué muchacha le toca esta noche? Aprovéchala todo lo que puedas. Cuando llegues a los to-ros, tendrás menos que perder.

Dije algo para hacerlo reír. Esa noche no buscaba a una muchacha. Sin embargo, tenía razón: la danza del toro es una señora celosa. Pero de día uno nunca estaba solo. El gran patio se hallaba desierto bajo la claridad de la luna. Fila tras fila, se alzaban los balcones soportados por pilares, apenas iluminados. Las lámparas fulguraban a ráfagas detrás de los cortinajes de paño oriental. De los tiestos con lirios y los limoneros en flor brotaba un olor intenso y dulzón. Un gato se deslizaba de una sombra a otra y otro tanto hacía un cretense que parecía llevar el mismo camino. Luego todo quedó en silencio. Los grandes cuernos que asomaban sobre el arco del tejado se erguían como si quisieran perforar las estrellas.

Extendí las manos, con las palmas hacia abajo, y las mantuve así sobre la tierra.

—Padre Poseidón, caballo padre, señor de los toros —dije—. Estoy en tus manos, cuando me llames. Eso es lo convenido entre nosotros. Pero ya que eres mi dueño, concédeme una cosa antes. Hazme salta-rín de toros. —En el último mes de adiestramiento fuimos a la dehesa en busca de nuestro toro.

El toro elige al equipo y no al revés.

Se lleva a una vaca, se la traba y se espera con las redes. La montará el toro rey, aquel a quien los demás reconozcan como tal. Mientras se aparean, hay que atar el toro a un árbol y atraparlo en la red.

Tuvimos suerte. Acababan de separar de la manada a un toro travieso. Eso significa, en Creta, lo que cualquiera de nosotros llamaría un toro como es debido, con todos sus sentidos despiertos. Había matado a un rival y a uno de los hombres que fueron a encerrarlo, y a los dos los despachó con rapidez. Ahora bra-maba en su pesebre, mientras esperaba a que lo sacrificaran.

Áctor nos condujo a la pradera. Vimos que todos los tejados del palacio estaban repletos de gente que observaba. Es un momento en que se hacen apuestas; además, no sería la primera vez que al cazarlo matara el toro a un danzarín y, desde luego, la gente lamentaría perderse semejante espectáculo.

Pero Poseidón nos favoreció. Cuando estuvo trabada la vaca, se acercaron dos toros y pelearon por ella. El nuevo rey, negro, era mucho más veloz y de cuernos anchos, lo cual es peligroso, porque esos toros siempre cornean en vez de lanzarlo a uno por los aires. Pero creo que, más por suerte que por astucia, su rival, que era rojo y blanco, le rompió uno de los cuernos en una embestida. El negro se alejó corriendo y bramando, asustado como un guerrero cuya lanza se le ha quebrado en la mano. El otro avanzó trabajosa-mente hacia la vaca.

Me ocupé de amarrarlo, puesto que me las había visto ya con toros. Lo capturamos en la red sin más que unos arañazos cuando nos derribó de rodillas. Hice que todos esperaran a que terminase; habría sido una insensatez despertar su odio. Luego, tensamos la red y tiramos. Cuando el animal hubo tropezado va-rias veces y caído una, me pareció que se decía: «Esto hay que pensarlo mejor».

Por eso, mientras lo estaba pensando, lo uncimos a la vara que había entre los bueyes y nos lo lle-vamos.

Le puse Heracles, un héroe que yo había estimado mucho en los tiempos en que me proponía llegar a medir siete pies. Más tarde, aunque sin duda Heracles fue un digno hijo de Zeus mientras vagó por la tierra, le tomé cierta inquina. Este toro parecía la imagen misma que yo me formara de Heracles: gallardo, pesado y bastante simplón. Si uno no aprende a reírse de sí mismo en la Casa del Toro, no lo aprenderá en ninguna parte.

Todavía hoy hago sacrificios a Heracles una vez a1 año, aunque no digo en nombre de qué héroe. Aquél era un toro enorme, de ancha testuz y grandes y gruesos cuernos, que le nacían donde es debido, bien adelante, lo cual le hacía embestir derecho. En el fondo, era perezoso; pero, al ser muy engreído, no le gustaba que lo trataran a la ligera. De ahí su reputación de toro bullicioso. Pero, aunque distaba de ser una bestia inofensiva, lo era más de lo que parecía, ya que tenía buena parte de su cabeza pendiente de su pesebre y de su pienso. Lo mejor de él era su lomo redondo como un barril.

Hay dos maneras de practicar con el toro, una vez atrapado. Se le encadena a una estaca del foso de prácticas, para aprender a esquivar los cuernos con gracia, o se le amarra de tal forma que no pueda correr, sino sólo mover la cabeza. Esto, para acostumbrarse a saltar sobre el toro. No se dedica mucho tiempo para ninguno de estos ejercicios; si hubiera tiempo de domarlos siquiera a medias, no habría diversión, tal como la entienden los cretenses. Con todo, ninguna ley establece que haya que enemistarse con el toro. Todos le llevábamos a Heracles un poco de sal o un puñado de hierba cuando íbamos a bailar con él. Pero el toro nos miraba de reojo, acusándonos de su cautiverio.

Ahora yo empezaba a conocer a los demás danzarines, tanto a los hombres como a las muchachas. La convivencia en la Casa del Toro no era camaderil y tierna. Cada cual conocía sus riesgos y los de todos los demás; a diario se comía, se hablaba y se forcejeaba con personas condenadas a morir: los que tenían miedo a los toros, los que se rendían y los que habían recibido un mal oráculo de sus dioses. En la Casa del Toro se adoraba a dioses de todos los rincones de la tierra; por eso, el altar que hay delante de la puerta por donde los danzarines salen al ruedo está consagrado a todos. Y casi el mismo número de maneras de adivinar se cultivaba con arena o guijarros, con abejas, con tiras de marfil, como lo hacen los helenos, o con lagartos, a la usanza de los sauromancios. Los señalados para la muerte morían y se los recordaba poco tiempo, lo mismo que la piedra arrojada a una charca deja burbujas de acuerdo con su peso. Pero unos pocos habían buscado la muerte desde su primera danza y, aunque la miraban a la cara, la muerte los re-huía.

Era imprevisible. Y esa imprevisibilidad era el aliciente de la Casa del Toro. Se decía que si un danza-rín vivía tres años, la diosa lo ponía en libertad. Nadie recordaba que alguien hubiese durado la mitad. Pero nadie conocía su destino. Se confiaba en que estallara una guerra o en que nos viéramos enredados en algún tumulto que nos permitiera huir; o en que se incendiara el palacio. A veces, de noche, me acordaba de que el Laberinto no tenía murallas y que los mares que rodeaban Creta estaban desiertos, sin islas veci-nas que la protegieran de sorpresas.

La convivencia era dura, pero sin envidias. Todo aquello para lo que alguien servía era reconocido por los demás. No existía ni rastro de esos celos que se dan entre los guerreros, los bardos o los artesanos. La gente lo abandonaba a uno delante del toro si no le tenía confianza; pero prefería que uno fuera de fiar, en cuyo caso le ayudaba a aprender. Entre los saltarines de toros tenía que haber emulación y no se divul-gaban las tretas; pero nunca los vi enemistarse, salvo por amor. En cuanto a la gloria de nuestros señores, tanto nos daba. Lo primero era nuestra preocupación, como las víctimas del antiguo foso, por sobrevivir; y, luego, la de merecer el respeto entre nosotros. Los señores, los amantes y los jugadores enviaban joyas a los danzarines, quienes las usaban todas, pues son ostentosos y gustan de las galas. Pero nadie podía juzgar como nosotros.

De noche, cuando las muchachas se iban, solíamos bailar y cantar canciones de nuestros distintos países y nos contábamos historias. A veces, en esas ocasiones, mirando a mi alrededor, pensaba: «A estos jóvenes se los podría vincular a una causa común, que los mantuviera unidos. Y la mayoría de las mucha-chas valen tanto como los hombres». Yo era un aprendiz más, y todavía no contaba para nada. Pero no puedo evitar poner la mano en lo que hay a mi alcance.

De momento me bastaba con las Grullas. Mi amigo Piritoo, que también fue rey en plena juventud, me dijo en cierta ocasión cómo le había pesado su primer año de reinado. Lo mismo me pasaba a mí. No soportaba estar en una ciudadela, rodeado por mis señores y con oro en las manos para regalar. En la leja-na Creta, en la Casa del Toro, aguantaba la carga de mi situación.

Allí aprendí, con mucho trabajo, lo que uno debe dejar en paz. En primer lugar estaba Hipón, que había sido palafrenero de mi padre: un joven modesto, taciturno, razonable, de rostro fresco y pleno de gra-cia. Se había aficionado a él un joven noble de palacio, y al cabo de una semana Hipón tenía más ínfulas y amaneramientos que Iro, se mostraba afectado y displicente, y miraba con ojos lánguidos de cretense a cualquiera que le hablase. Esto me irritaba: era poner a las Grullas en el nivel que imperaba en la Casa del Toro. Yo sentía que mi propia posición se veía afectada. Le insinué lo que pensaba, lo cual lo hirió, porque era muy sensible. Desde entonces se mostró torpe y erraba los saltos; mientras que, cuando estaba conten-to de sí mismo o había recibido un regalo de su amante, era aún más diestro que Hélice en los quites con el toro vivo. En Atenas, Hipón había sido un don nadie; aquí, podía ganarse un lugar bajo el sol. Advertí todo
esto antes de que fuera tarde; era yo, no él, quien estaba perjudicando al equipo. Hipón había descubierto su propia naturaleza, para bien o para mal, y aún podía perfeccionarse a su modo. Si lo contrariaban, no serviría de nada. Limé la aspereza de mis burlas, elogié sus aretes nuevos y observé que su estilo mejora-ba.

Luego, cuando se acercó el momento de nuestra primera danza del toro, surgieron dificultades donde yo me nos las esperaba. Hélice palideció y se volvió silenciosa, apartándose de nosotros para estar a solas. Su aspecto me resultaba familiar después de un par de meses en la Casa del Toro. Era el aspecto de los que tenían malos augurios, de los que han sido arrebatados jóvenes de su país y van perdiendo energías y ánimos, de los que se han rendido. Pero esto carecía de sentido en Hélice. En el toro de madera, su estilo era perfecto. La desnudez de la Casa del Toro le sentaba bien; aunque era delgada y casi tan plana de pe-cho como un muchacho, su gracia al bailar la asemejaba a una de esas muchachas—toro de marfil y oro que hacían los joyeros cretenses. Me acerqué a ella a solas y le pregunté si tenía uno de sus días malos. Era algo de que no hablaban mucho las muchachas; pero constituía un problema para ellas, ya que todas eran vírgenes. A veces las mataban los toros en esos días; y yo me sentía responsable de las Grullas.

Hélice tragó saliva, miró en derredor y me dijo que no le pasaba nada. Luego me confesó la verdad. Le daban miedo los toros.

Había sentido miedo desde nuestro primer ejercicio con la bestia viva.

—Me adiestré con mi hermano —dijo—. Somos mellizos; bailábamos antes de que yo supiera andar, y los dos pensamos igual. Tampoco contigo me daba miedo; tienes manos de saltimbanqui. Pero el toro es una bestia y es probable que me mate. ¿Cómo puedo saber qué hará? Pensé: «Esto es el fin de las Gru-llas». Todos los equipos, salvo el nuestro, estaban formados alrededor de un saltarín con experiencia. Crisa, Iro y yo mismo teníamos las cualidades necesarias para llegar a serlo; pero yo no sabía cuánto. Confiaba en Hélice para gustar al público en nuestra primera danza, hasta que los demás lograran afianzarse. Si Hélice no saltaba, alguien tendría que hacerlo; un equipo que no brindara espectáculo se desintegraría antes de su segunda actuación, aunque no muriera ninguno.

Era inútil censurarla. Hélice era una acróbata, no un guerrero, y no había venido a Creta por su propia voluntad. Necesitó coraje para decírmelo. Además, esto no habría sucedido en ningún otro equipo. Bastaba con que adivinaran que uno tenía miedo a los toros para que lo abandonaran frente al animal; de acuerdo con la ley de la Casa del Toro, sólo era vergonzoso dejar desamparados a los valientes. Pero Hélice había confiado en mí, dado nuestro juramento, que así se puso por primera vez a prueba.

Le hablé un rato y la hice reír, aunque sólo para complacerme; luego me alejé para meditar. Pero sólo me venía a la cabeza una potra que había tenido en Trecén y que se acobardaba de los carros. Yo la había curado del miedo como suele hacerse, acercándome a un carro en su presencia y conduciéndola luego a ella con dulzura.

Tal es la verdadera razón, que nunca se dijo en Creta, de que las Grullas dejaran suelto a su toro en el foso de prácticas. Los cretenses creían que lo hicimos por barbarie y por juego, y eso siguen contando. Pero fue mi remedio a la desesperada para hacerle perder el miedo a Hélice o, en el peor de los casos, para ver si era capaz de saltar yo en vez de ella.

Estando trabado el toro, luego de haber practicado un rato, fingí recibir un mensaje en la puerta y en-vié a Áctor a la Casa del Toro. Después grité, para poner en guardia al equipo: «¡La cadena está suelta!», y la solté mientras simulaba sujetarla.

Era un sitio que no estaba pensado para soltar a un toro: pequeño como el antiguo foso de los sacrifi-cios y con altos muros insalvables. Pero sólo había el espacio justo para una carrera y un salto, si uno era rápido, y el toro, lento. Los toros cretenses, cuando sucede algo insólito, necesitan tiempo para pensar. Entré corriendo, lo cogí por los cuernos y me monté de un salto. Mientras mi cuerpo pensaba y yo volaba por los aires, comprendí que las prácticas no habían servido para nada; esto era vida y gloria, como la pri-mera batalla de uno, como la primera muchacha. Me bajé como un tonto, con el vientre atravesado sobre el lomo del toro, pero sabía cuál había sido mi error y lo hice bien la segunda vez. Me siguió Hélice y yo la atrapé con seguridad. Bailábamos nuestra danza de las grullas alrededor del toro, orgullosos de nosotros mismos, cuando volvió Áctor y nos sorprendió.

Nos había prometido a todos una zurra con sus propias manos y cumplió su palabra. Pronto com-prendimos la razón, pues fue poco más que un cosquilleo. De modo que comprendimos que se proponía apostar por nosotros y no quería vernos muertos.

La juventud es loca, pero a veces la inspira un dios. Éramos cautivos y esclavos, cuyas idas y veni-das ya no nos pertenecían. Cuando falla el orgullo, decae el valor. Pero ahora habíamos estado con el toro en un momento elegido por nosotros mismos, como si fuéramos libres, y eso liberaba nuestros corazones. Nunca volvimos a sentirnos víctimas impotentes después de haber recorrido la mitad del camino hacia el dios.
Al día siguiente Áctor nos convocó junto al toro de madera y nos enseñó lo más necesario. Mientras los danzarines observaban, hicimos todo lo posible por quedar bien. Los amos, caballeros y damas sobor-naban para entrar y ver aquello; pero el elogio de un saltarín de toros valía por veinte de ellos. Al poco, Ác-tor nos dijo a Hélice y a mí que volviéramos a saltar y se alejó. Salté oyendo el crujido de las palancas y la charla de los danzarines. Cuando bajé, vi al hombre a quien había ido a saludar el preparador: Asterión. Había venido, por fin.

Mientras Áctor hablaba, Asterión nos estuvo observando a todos con sus ojos redondos de mirar in-móvil, que no se alteraron al encontrarse con los míos, como si fueran los ojos pintados del toro de madera. Asintió un par de veces y se fue. Pensé: «Ahora me tocará a mí». Pero al reflexionar sobre lo que haría Asterión, lo primero que se me ocurrió fue: «Me impedirá ser saltarín de toros». Yo estaba tan decidido a serlo que sólo la muerte me parecía una perspectiva peor.

El preparador volvió, pero no dijo nada. Al final me irritó tanto no saber nada, que no pude contener-me y exclamé:

—¿Qué quiere el amo? —Se encogió de hombros, frunciendo las cejas.

—¿Qué quieren todos los amos? Conocer el estado de sus danzarines. Cuando mi señor ofrece cien bueyes por un equipo, para quedar bien, le gusta obtener algo a cambio. Ten cuidado con lo que haga; es el mejor consejo que te he dado hasta ahora.

Y se alejó. Los danzarines y los saltarines de toros nos rodearon, haciendo elogios y señalando de-fectos, entre las bromas pesadas habituales en la Casa del Toro. Uno nunca se quedaba solo hasta el oscu-recer, y aun entonces con dificultades.

Poco después se me acercó Hipón.

—¿Qué sucede, Teseo? Supongo que no estarás enfermo.

Parecía una mujer de los baños y poco me faltó para decírselo. Mi ira necesitaba algo que morder; pero él no tenía malas intenciones.

—¿Te gusta que todo lo que hagamos de bueno en el redondel redunde en beneficio de ese cerdo insolente? —le pregunté—. Hasta si vivimos debemos vivir para él.

Iro estaba con Hipón. Ambos se miraron, con la languidez propia de los cretenses.

—Ah —dijo Hipón—. No te preocupes de él. No significa nada, ¿verdad, Iro? —Cambiaron una seña de inteligencia y juntaron las cabezas. Me pareció que empezaban a parecer hermanas.

—Ay, no —dijo Iro—. Es rico y hace lo que quiere, pero es un individuo muy vulgar, indigno de que se piense en él. Supongo que conoces su historia, ¿verdad, Teseo?

—No —dije—. No la recuerdo. Pero cuéntamela.

Cuando cada cual hubo invitado al otro con una risita a empezar, Iro dijo:

—Pasa por hijo de Minos. Pero todo el mundo sabe que su padre fue un saltarín de toros.

No se molestaba en bajar la voz. La Casa del Toro era el único lugar del Laberinto donde uno podía hablar a sus anchas. Hipón afirmó: —Es muy cierto, Teseo. Desde luego, no se habla de eso; pero el amigo que me lo dijo es de tan buena cuna que conoce a todo el mundo.

—Y el mío también —agregó Iro, revolviéndose el cabello—. Mi amigo no sólo compone canciones, sino que hasta las escribe. Es una costumbre cretense. Es un hombre muy refinado. Dice que ese

saltarín de toros era asirio.

—¡Bah! —interrumpió Hipón—. Con gruesas piernas y grandes barbas negras.

—¡No seas tonto! —dijo Iro—. Sólo tenía unos quince años. Fue Minos quien le cobró afición primero, Teseo, y lo mantuvo durante meses apartado del redondel, por temor a que lo matara el toro.

—Pero eso era una impiedad —dije—. Ese joven debía de estar consagrado, como nosotros.

—Ah, sí —replicó Hipón—. ¡Una gran impiedad! La gente decía que eso provocaría una maldición. Y así fue. La reina se enfadó; y acabó por fijarse en el joven. Dicen que el pobre rey fue el último en saberlo, cuando ya lo comentaba todo el Laberinto, y hasta en Cnosos... Una canción lasciva cuenta cómo lo perse-guía ella por la Casa del Toro, tan entusiasmada estaba con él; y cómo se escondía ella en el toro de made-ra. Mi amigo decía que sólo eran habladurías. Pero la reina estaba loca por él, había perdido la cabeza.

—Y cuando el rey lo descubrió, supongo que la ejecutaría, ¿no? —dije.

—¿En Creta? ¿Cómo iba a hacer semejante cosa? ¡La reina era la diosa terrenal! No, lo único que pudo hacer fue enviar al asirio a los toros. Supongo que no estaría adiestrado o que el dios estaría colérico; el caso es que su primer toro lo mató. Pero ha dejado cola.

—Supongo que, por lo menos, Minos podía haber abandonado al niño... —dije.

Iro, que distaba de ser cortés, replicó pacientemente: —Pero Teseo... Los cretenses siguen la religión antigua. El niño pertenece a la madre. Por eso el rey calló para no deshonrarse y permitió que la criatura pasara por suya. Supongo que no quiso reconocer que él no había estado con la reina. La gente se hubiera dado cuenta del porqué.

Asentí. Eso se entendía muy bien.

—Al principio, Asterión vivía recluido —dijo Hipón—. Dicen que Minos era muy cruel con él, cosa muy natural. Ahora las cosas han cambiado mucho. Asterión es astuto y ha metido baza en tantas cosas que poco le falta para ser quien gobierna el reino.

Me miró, sin seguir mis pensamientos, pero preocupado al verme conmovido. Adiviné, debajo de to-das sus tonterías, al joven mozo de cuadra razonable que conociera yo puliendo un arnés, infalible en cues-tión de caballos.

—Ya ves, Teseo, que semejante advenedizo es indigno de tu atención.

—Tienes razón —repliqué—. El viejo Heracles es más digno de estudio. Pero... ¿qué tiene que decir sobre eso Minos? —Hipón bajó la voz, más por respeto que por temor.

—Minos vive muy recluido en sus aposentos sagrados. Nadie lo ve.

Pasó el día. Al anochecer me escabullí al patio. Me senté sobre el pedestal negro de una gran colum-na roja, escuchando risitas tontas de mujeres en un cuarto del piso alto y a un joven que cantaba con una de esas arpas curvas de Egipto. Ahora yo era como el hombre aquel a quien le ha estado picando una sa-bandija debajo de la ropa y que por fin puede desnudarse y rascarse. Pero el aguijón había llegado muy adentro y la picadura aún me escocía.

Recordé la risa del Corintio cuando dije que había discutido con Asterión. Pero aquello no me había divertido; ambos proveníamos de casas reales y éramos de la clase de hombres que se buscan en el cam-po de batalla. El que yo fuera un esclavo del dios no alteraba esto. Había desafiado su ira para evitar que pujara por las Grullas, pero también por amor propio. Cuando nos adquirió, creí que lo hacía para tener en sus manos a un enemigo. Ahora sabía, por fin, cómo me consideraba. Me había comprado como compra un ricachón un caballo de tiro, aunque el animal le haya dado una coz, porque le parece veloz y buen corredor y confía en que ganará carreras. La coz no afecta a su honor: lo ha pateado un animal, no un hombre.

Cuando Asterión me llamó salvaje de tierra firme, pensé que era un insulto. Me concedí ese gran honor: había dicho lo que pensaba. De modo que me compró para su caballeriza y me entregó al prepara-dor, sin volver a acordarse más de mí; de mí, hijo de dos linajes reales, ambos descendientes de dioses, señor de Eleusis y pastor de Atenas; de mí, que recibiera el signo de Poseidón, el sacudidor de la tierra. ¡Tan poca importancia me daba! Y a él ni siquiera lo había engendrado un rey.

El Laberinto se sumió en silencio. Apagaron las lámparas; salía la luna, para eclipsar a las brillantes estrellas de Creta. Me levanté y dije en voz alta, para que me oyeran los dioses del lugar: —¡Por mi cabeza y por la cabeza de mi padre, juro que algún día sabrá de mí!



Teseo: El rey debe morir


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