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Cierto día, al toro de Dédalo se le rompió una palanca y no movía la cabeza. Vinieron unos artesanos a arreglarla. Los danzarines se agolparon en el primer momento a mirar; luego, cansados del largo y meticu-loso trabajo, se fueron.
Yo me quedé por allí, ya que siempre me inspira curiosidad ver cómo se hacen las cosas. Para en-tonces ya había aprendido un poco de cretense, escuchando las palabras de los rituales y oyendo hablar a los criados, y entendí la mayor parte de las cosas que decían los hombres, mientras trabajaban, sobre una torre que estaban construyendo en la costa sur, para que sirviera de atalaya a los vigías contra los egipcios, en caso de guerra. Otro respondió que él, por lo pronto, no le tenía ninguna inquina al faraón; se decía que éste sólo adoraba al dios sol y que desdeñaba a todas las demás divinidades, pero que era bueno con los artesanos.
—Antes sólo se hacían copias; consideraban impío al hombre que veía las cosas de manera perso-nal; ahora se puede disfrutar con la propia destreza. Dicen que en Egipto hasta leyes tienen los artesanos y que pueden trabajar para quien quieran. Por mí, que vengan los egipcios.
Me acerqué más y dije:
—En el Ática, tenemos leyes para las artes. Y también para los agricultores. Se reúne la asamblea del gremio y el rey vela por que se haga justicia.
Yo estaba lejos de mi país y lo veía, no tal como era, sino como soñaba hacerlo. El sueño había cre-cido en mi alma sin advertirlo yo. Ellos me escucharon, al principio, porque yo era Teseo el de las Grullas; todos los cretenses se interesaban por la danza del toro; pero, de pronto, el capataz dijo:
—Si el rey de tu país desembarca aquí algún día, Teseo, nos encontrará a muchos de nosotros dis-puestos a combatir por él, a cambio de leyes como esas.
Otros dijeron lo mismo. Me alejé, aturdido, y apenas lograba zafarme de mis cavilaciones cuando la gente me hablaba. Pero pronto mi animación desapareció. Las tierras helénicas estaban lejos, allende el mar y yo no tenía mensajeros.
Pero no podía olvidar. Todas las noches rezaba al padre Poseidón, extendiendo las manos sobre la tierra. Insistía al no recibir respuesta. Y estuve repitiéndome junto al oído del dios hasta cansarlo. Y por fin, me oyó.
Estaba yo en una fiesta cuando apareció un acróbata que actuaría para los invitados: era un joven esbelto, demasiado rubio para ser otra cosa que heleno. También yo debí de llamarle la atención, porque vi que no me quitaba los ojos de encima. Era un hábil contorsionista; parecía tener articulaciones en todas partes, como las serpientes. Y mientras tanto, yo pensaba que debía de haberlo visto en alguna parte, an-tes. Cuando descansaba, sus ojos volvieron a encontrarse con los míos; le hice señas para que se acercara y le pregunté de qué ciudad procedía. Su rostro se iluminó al oírme hablar en griego.
—Mi oficio me hace viajar —dijo—. Pero soy ateniense.
—Ven a hablar conmigo después —le dije.
Me excusé temprano, sin llamar la atención de nadie por eso, ya que los danzarines de toros necesi-tan dormir. En el patio, el joven ateniense vino a mi encuentro con pasos silenciosos, y antes de que yo pudiera preguntarle algo, me murmuró al oído:
—Se asegura que eres el jefe de los danzarines de toros. ¿Es cierto?
—Eso dicen —contesté.
—Entonces, por amor de Zeus, dime dónde entierran a las víctimas y cómo puedo llegar allí. He veni-do hasta aquí para hacer las ofrendas por mi hermana, a quien se llevaron de Atenas en la época del último tributo. Tengo que ganarme el pasaje trabajando; de lo contrario, habría preferido morirme a bailar para esos cretenses. Ella y yo somos mellizos. Era mi pareja en las actuaciones. Bailábamos antes de saber caminar.
El corazón me dio un vuelco y casi se me agarrotó la garganta.
—Llévate a tu casa tus ofrendas —dije—. Tu hermana Hélice vive aún.
Me bendijo y siguió hablando un poco, antes de suplicarme que le dijera cómo podía llevársela de allí.
—Tú solo nunca lo conseguirías —le dije—. Ni siquiera los hombres salimos del Laberinto; y a las muchachas las encierran en la Casa del Toro. Tendrías una muerte cruel y la dejarías acongojada. Pero tal vez podrías salvarla antes de que le llegue su toro si le llevas un mensaje mío al rey de Atenas.
Lo vi sobresaltarse en la oscuridad. Me cogió del brazo y me llevó junto a la luz que entraba por el vano de una puerta; luego, me soltó el brazo y murmuró: —¡Mi señor! No te había reconocido.
Todos los saltarines de toros se pintan los ojos. Eso señala la posición de uno, como el hecho de lle-var objetos de oro. El hermano de Hélice era demasiado educado para comentarlo.
—Nunca te he visto de tan cerca en Atenas. Toda la ciudad te lloró y el rey parece haber envejecido diez años. ¡Cómo alabará a los dioses por esta noticia!
—Y te lo agradecerá a ti, además.
Los ojos del joven brillaron, como es natural, y me rogó que le diera el mensaje, para ocultarlo bien. Le dije:
—No, nos costaría la vida a los dos si lo descubrieran. Debes aprendértelo de memoria.
Recuerda que está en juego la vida de tu hermana y repítelo cuando yo te lo haya dicho.
Medité un momento y agregué: —Salud, padre. Creta está tan madura que se pudre y quinientos bar-cos pueden tomarla. Los nativos cretenses odian a sus amos. Pídele sus naves al gran rey de Micenas; habrá un inmenso botín para repartir. Y reúne a la flota en Trecén, ya que los barcos de guerra cretenses no hacen escala allí. Cuando lleguen tus soldados armaré a los danzarines del toro y me apoderaré del Labe-rinto.
El joven ateniense lo aprendió enseguida, porque era muy despierto, y me preguntó:
—¿Tendrías alguna prueba de que digo la verdad, señor, para dársela al rey? Es un hombre cauto.
Tenía razón, pero no se me ocurrió qué podía darle.
—Si te pide una prueba, dile: «Teseo pregunta si el jabalí blanco aún bebe vino».
Y nos separamos. Le dije cuándo podría ver actuar a Hélice, pero añadí: —No le escribas. Eso la dis-traería del toro. Yo se lo diré después.
Después de darle la noticia a Hélice a solas, reuní a las Grullas, les hice jurar que guardarían el se-creto y les revelé el plan.
—Es un secreto de las Grullas —dije—. Es demasiado pronto para decírselo a los demás. Alguno se iría de la lengua. En cuanto a los amigos y amantes que tenemos en el Laberinto, les perdonaremos la vida cuando demos el golpe; pero, hasta entonces, nuestro juramento nos obliga a callar y, entre tanto, hay que encontrar un sitio donde ocultar las armas cuando las consigamos. Tendremos que armar también a las muchachas.
Miré las paredes de la Casa del Toro. Todo estaba más desnudo que un campo; sólo teníamos nues-tros hatillos. Luego, Melanto dijo:
—Podríamos ocultarlas fácilmente en nuestras habitaciones. Aquello es una vieja conejera destarta-lada, llena de agujeros, rincones y tablas flojas. Sólo están vigiladas las puertas de salida.
Repliqué:
—Eso bastaría para vuestras armas, pero no para las de los hombres. Apuesto diez contra uno a que tendremos que salir de noche y forzar vuestras puertas luego.
Hubo una pausa. Luego Hipón me miró con los ojos entornados y dijo:
—Teseo, si queremos que las muchachas salgan de noche, creo que yo podría meterme ahí.
Todos nos quedamos mirándolo. Hipón se volvió hacia Tebe, le susurró algo y se fueron juntos. Su ausencia duró algún tiempo y, conversando, los olvidamos. Luego apareció Tebe, no vestida de danzarina, sino con su indumentaria ateniense. «¿Qué habrá hecho para estar tan linda? —pensé—. Ésa no es Tebe.» La muchacha se acercó, entornando los ojos y ciñéndose un chal sobre el pecho. Era Hipón. Al final, nos había recompensado por nuestra paciencia. Todos comprendieron que había escogido el lugar más peligro-so. Entonces Iro dijo:
—¡Esperad, queridos amigos, hasta que me hayáis visto a mí! —Aquello era prometedor. Yo sabía que sólo los hombres tenían prohibido visitar a las muchachas. Muchas damas del palacio venían de visita después del anochecer, sobornando al guardia y regalando algo a la sacerdotisa. Nos sentimos con más ánimos. Yo sólo albergaba un temor: que la esperanza nos causara demasiada tensión y nos hiciera bailar peor. Ahora no podía permitirme el lujo de perder a ninguno de mis compañeros, ya que quizás aquélla fue-se la última vigilia antes del amanecer.
Si alguien llevaba un collar flojo en el ruedo, siempre se lo sujetaba con un lazo de hilo quebradizo, por si se le enganchaba en los cuernos. Era una vieja costumbre. Pero ahora yo inducía a las Grullas a hacer lo mismo con sus cinturones debajo de la hebilla. Lo hice después de haber visto cómo el toro derribaba a un medo, enganchándolo por el cinturón, y lo mataba. Muchos danzarines imitaron el ardid, pero, de hecho, fui el primero en ponerlo a prueba. Había resbalado muy cerca de Heracles y sentí que el toro me pillaba. El cinturón aguantó unos instantes y me creí perdido: luego, cedió. Al alejarme, con pasos bastante torpes, pero ileso, advertí que el taparrabos se me caía al suelo, lo alejé de un puntapié y me quedé de pie en el redondel, totalmente desnudo.
En las gradas, los espectadores se habían puesto a vociferar, contando con verme por fin muerto. En-tonces cambiaron de tono: los hombres estallaron en carcajadas, las mujeres se removieron y chillaron. Mientras tanto, Menestes y Pilia habían atraído al toro y Crisa estaba saltando. Pero la gente había visto ya aquellas cosas y yo concentraba toda su atención. En las graderías debía de haber, por lo menos, quince mil cretenses.
Nunca había pensado en verme así; pero ahora sentía arderme todo el cuerpo al tener que seguir desnudo hasta el final de la danza. Ni siquiera advertí que el toro se volvía hacia mí hasta que Néfele gritó mi nombre. La muchacha lo alejó y Amintor y yo tuvimos que salvarla a su vez, lo que hizo que me olvidara de mí mismo; pero cuando de nuevo tuve un reposo me encolericé con los cretenses. La cólera es mala amiga en el ruedo. Eso me hizo ver mi locura.
«¡Vaya! —pensé—. Un esclavo hizo mi vestido; pero a mí me hizo el omnipotente Zeus. ¿Debo sen-tirme avergonzado ante estos estúpidos hijos de la tierra, que creen que Zeus muere todos los años? ¿Yo, que soy un heleno?» Y giré sobre mí mismo para enfrentar al toro y bailé con él para que dudara de mí; cuando lo hube mareado hasta ponerlo bizco, di medio salto mortal y una voltereta sin manos; el público dejó de reír y me vitoreó. Pronto Heracles se amohinó, dio media vuelta y se alejó con paso cansino; la dan-za había terminado y me dirigí a dar la cara en la lasciva Casa del Toro. Supongo que sólo recuerdo aquel estúpido incidente a causa de lo que sucedió poco después.
Al día siguiente por la tarde un esclavo me trajo un mensaje sobre arcilla, invitándome a una fiesta en nombre de un joven noble a quien yo conocía. Al oscurecer, me bañé y vestí. (Por todo el Laberinto hay surtidores y no es necesario traer agua del exterior.) Cuando iba por un peristilo, surgió una mujer de detrás de una columna, me tocó el brazo y dijo:
—Télefo no tiene fiesta esta noche.
Llevaba la cabeza cubierta con un manto, pero vi que tenía canas y estaba doblada por los años.
—Acaba de invitarme —repliqué—. ¿Está enfermo, pues, o de duelo?
—Él no te ha llamado —dijo ella—. Sígueme; te mostraré adónde debes ir.
Me zafé de su mano. Estaba harto de aquellas tonterías que terminaban siempre igual, con cualquier mujer que uno no deseaba. A veces, sólo querían vengarse de una rival. Aquel lugar estaba repleto de intri-gas. Y dije:
—Si no me ha llamado, me iré a dormir. Pero antes se lo preguntaré a él.
—¡Silencio! —dijo ella.
La escudriñé en la penumbra. Ni tenía aspecto de alcahueta ni hablaba como tal; tampoco parecía una criada. Tenía los ojos grises como las griegas y cara de ser de buena cuna; y al mirarla con detenimien-to, la noté asustada.
Esto me desconcertó. Los apostadores ganaban si el toro me mataba, pero las apuestas no cubrían la muerte fuera del coso. No recordaba que ninguno de los maridos a quienes había puesto los cuernos hubiese llevado su enojo más allá de una mirada dura; en el Laberinto estaban habituados a esas cosas. Y yo me alejaba de las mujeres celosas. Con todo, adiviné un peligro; un peligro y algo más. Allí había secre-tos; yo era joven; habría sido una tortura no enterarme a aquellas alturas.
—¿Qué quieres de mí? —pregunté—. Dime la verdad y ya veremos.
—No puedo decirte nada —repuso ella Pero puedo jurarte, por mí y por los que me han mandado, que nadie se propone causarte daño y que no sufrirás ningún mal si haces lo que te digo.
—Quieres que me fíe a ciegas —dije—. ¿Se trata de algo contra mi honor?
Ella replicó con mordacidad, pero sin ponerse nerviosa: —¡No, por cierto! Hay más honor del que te mereces. —Y apartando la cara, dijo—: No vengo por mi voluntad.
Desde luego que no era una alcahueta ni una criada. Más bien parecía la matrona de una gran casa.
—Veamos ese juramento —repliqué.
Lo dijo mecánicamente, en la antigua lengua cretense de los rituales; y entonces se me ocurrió que debía de ser una sacerdotisa. El juramento era fuerte y respondí:
—Guíame.
Me dio una capa que traía consigo y me indicó:
—Usa esto. Tu ropa es de colores demasiado vivos y atrae la luz.
Me puse la capa y me dijo que la siguiera a diez pasos de distancia. Echó a andar con rapidez, como un conejo viejo que busca su conejera; luego, descolgó una pequeña lámpara de un soporte y me condujo a lugares que yo nunca había visto antes, sorteando herrerías y carpinterías, cocinas y hediondos patios con estiércol.
Finalmente entramos a un depósito lleno de leña y dejó que la alcanzara. Pasamos de perfil entre las pilas de leños; detrás había un espacio despejado y una trampilla de madera. Me señaló en silencio la ani-lla. Indiscutiblemente, aquella mujer nunca había sido criada.
La trampilla estaba recién engrasada y se abrió sin hacer ruido. Descendían unos peldaños de made-ra iluminados por el vago y lejano resplandor de una lámpara. Olía a grano, a aceite y a cera, y también al frescor de la tierra.
Bajé algunos peldaños y vi a mi alrededor grandes tinajas, más altas que un hombre. Tenían asa para poder correrlas; en la sombra, aquellas asas parecían orejas y dedos. Esperé a mi guía; ella se inclinó y me dijo al oído:
—Ve a aquella columna, más allá de las tinajas de grano. Tiene atado un hilo alrededor. Cógelo y ve adonde te lleve el hilo. No lo sueltes y no sufrirás ningún daño. Si te extravías y vas a parar a las catacum-bas del tesoro, los guardias te matarán.
—¿Por qué me abandonas? —dije, y la aferré de la muñeca para retenerla.
Aquello no me gustaba; olía a traición y a emboscada. La mujer me dijo, altiva y enojada:
—Te lo he jurado. Ni yo ni los que me envían acostumbran ser perjuros. Suéltame; me lastimas; más vale que seas más cortés en el lugar a donde vas.
Su enfado parecía sincero y la solté. Me dijo, con una amargura que no me estaba destinada:
—Aquí termina mi encargo; no me interesa conocer el resto. Tal es la orden que me han dado.
Bajé por los peldaños y oí cerrarse sin ruido la trampilla. Estaba rodeado por todas partes por las ca-tacumbas del Laberinto; largos pasadizos con columnas flanqueadas de arcones o estantes para tinajas y cajones; nichos atestados de vasijas de arcilla pintadas; túneles con rincones para toneles y cofres; una maraña de tenebrosas cavernas, que la penumbra cerraba como con un corcho. Un gran gato gris saltó junto a mí, algo cayó con estrépito y una rata dio un chillido furioso.
Rodeé las tinajas de grano, en cada una de las cuales cabían dos hombres de pie y encontré la co-lumna en cuestión. Tenía un estante con una lámpara, una pequeña mecha sobre un montoncito de arcilla. A la piedra labrada estaba sujeto un cuenco de ofrendas que olía a sangre rancia. Era uno de esos pilares maestros de la casa en que los cretenses hacen sus sacrificios, para sentirse fortalecidos cuando el Toro de la Tierra sacude el suelo.
La delgada cuerda que lo rodeaba había sido atada poco antes, porque estaba limpia de sangre. Cuando recogí el cabo suelto del suelo, una serpiente doméstica se metió silbando en su tinaja, a menos de un metro de mi mano. Retrocedí, sobresaltado y con los brazos erizados; pero tenía cogida la cuerda y la seguí.
Me condujo, serpenteando, por oscuros almacenes que olían a vino y a aceite, a higos y a especias. De vez en cuando, al doblar un recodo, surgía colgada entre tinieblas la luz de alguna lamparita igual que la primera, que señalaba el camino más bien que lo iluminaba. Cuando di la vuelta a un pilar, un grito áspero y extraño, sofocado, me puso los pelos de punta. En el suelo mojado había un viejo pozo de malsano olor; una gran rana estaba encaramada en el brocal, pálida como un cadáver. Luego, el camino se estrechaba y a ambos lados palpé ásperas paredes de piedra, donde se me escurrían cosas entre los dedos. Oí un latido ahogado al otro lado de la pared, irregular como el de un corazón aterrorizado; cuando apliqué el oído a la piedra, noté que una voz leve y grave maldecía y gritaba, reclamando luz e invocando a los dioses. Pero pocos pasos después dejé de oírla; aquella mazmorra debía de estar bastante lejos.
Luego, encontré un gran recinto lleno de sombras sinuosas, donde se amontonaban muebles, sopor-tes para lámparas y jarrones. Una larga prolongación del recinto se perdía en la oscuridad; pero, al escudri-ñarlo, distinguí pilas de escudos y lanzas cubiertos de polvo. Entonces, me arrepentí de no haber ido dejan-do rastros de mi camino; y arrancando un trocito de revestimiento del pilar más próximo, rasqué el signo de Poseidón. Después, seguí marcando cada columna que me salía al paso.
De allí, el hilo pasaba a un pasadizo sumido en tinieblas, donde sólo pude avanzar tanteando mi ca-mino a lo largo de las paredes. Las telarañas me cosquilleaban la cara y una rata me pisó el pie al cruzar. Yo me acordaba de las víboras y andaba con cautela. Aquel pasadizo iba ascendiendo y el aire se hacía más cálido. Al final había otra lámpara y un gran aposento que servía de archivo: estantes con pergaminos que crujían al paso de los ratones; mohosos rollos de cuero antiguo; manojos de papiros con signos a tinta descoloridos; arcos y cestos llenos de objetos de arcilla y tablillas. El polvo me hizo estornudar y los ratones se dispersaron a toda prisa.
Luego, tras otro pasillo, volví a ver luz. Entré en una larga cámara que era un depósito de artículos para el culto. Había trípodes y cuencos, vasos de óleo con anchos pedestales y angostos cuellos; copas para libaciones con senos tallados a los lados; hachas sagradas, máscaras y cuchillos sacrificiales; y una gran pila de muñecos con miembros articulados. El hilo sorteaba montones de soportes para incensarios y de emblemas sobre largas varas y un carro fúnebre dorado de los que sirven para llevar a los príncipes a sus tumbas. Pasé junto a un alto armario abierto donde se veían vestidos de mujer, con incrustaciones de oro y olor a casia. Luego, había unos peldaños de piedra que ascendían y una puerta entreabierta. El ex-tremo del hilo estaba atado al picaporte. Empujé la puerta, que se abrió sin el menor ruido. Ahora, me hallé en un recinto de techo alto y con el piso limpio. Olía a aceite perfumado, a cera de abejas, a incienso, a vino con especias y a bronce bruñido. Una gran forma se irguió ante mí, recortándose el perfil oscuro contra la resplandeciente luz de la lámpara: era la espalda de una mujer de tres metros de estatura, subida en un plinto y coronada por una diadema. Era la diosa del gran santuario, donde los nobles habían pujado por nuestra consagración cuando llegamos. Pero ahora yo estaba detrás de ella, donde no se me veía.
Luego vi detrás de su sombra otra, más pequeña y oscura. Era una mujer envuelta de pies a cabeza en un largo manto negro. Sólo se le veían los ojos, unos ojos cretenses, oscuros y sesgados, de tupidas pestañas y finas cejas, con la frente como la nata. No alcanzaba a ver más, ni la figura ni el pelo de aquella mujer, porque el vestido que la envolvía lo tapaba todo; sólo noté que parecía ser de talle fino y que no era muy alta. Cerré la puerta, dejando el hilo a mi espalda y entré. La capa que me habían prestado estaba sucia de polvo y telarañas. La dejé caer y me quedé a la espera.
La desconocida hizo un pequeño ademán para que me acercara, sacando apenas las yemas de sus dedos del manto. Me aproximé a dos pasos de ella; entonces noté en sus párpados que era joven. Y dije:
—Aquí estoy. ¿Quién ha mandado por mí? —Habló por fin, pero sin quitarse el manto de la boca, de modo que su voz sonaba débil y ahogada; pero se percibía con claridad, como la hoja de una espada aun-que esté envainada.
—¿Eres Teseo, el danzarín de toros? Me pareció extraño que no me conociera; toda Cnosos va a la danza del toro.
—Si lo dudas, no puedo probarlo —respondí. Pero sus párpados temblaron y eran jóvenes; por eso, dije—: Sí, soy Teseo. ¿Quién me necesita y por qué?
—Soy sacerdotisa —dijo—. Sirvo a la diosa terrenal. Ella me ha enviado a interrogarte.
Entonces, dejó caer el manto, descubriendo el rostro, y vi que era delicado, que iba sin pintar y esta-ba muy pálido. Tenía la nariz recta y fina, y la boca parecía pequeña porque los ojos eran muy oscuros y grandes. Después de descubrirse la cabeza, me miró en silencio y se echó atrás, contra el pedestal de la estatua. Esperé y dije:
—¿Y bien? Vi movérsele la punta de la lengua entre los labios. También la vieja había tenido miedo. Con todo, no podía creer que allí, en el más santo de los lugares, alguien me matara. Eso parecía absurdo. Vi moverse el manto donde ella lo sujetaba con los dedos.
—Se trata de algo muy penoso, casi impío —dijo—. La diosa dice que hay que interrogarte. Debes responder, so pena de maldición. Hemos sabido que la gran sacerdotisa de Eleusis te escogió rey del año; que, después de haberla desposado, sublevaste al pueblo contra ella y la hiciste ejecutar; que has mutilado el culto de la Madre y profanado el Misterio. ¿Es verdad todo eso?
—Sólo es cierto que soy rey de Eleusis —respondí—. La diosa me escogió, o por lo menos así me lo dijeron. Y fue al rey del año anterior a quien maté, de acuerdo con la costumbre, y no a la reina.
La sacerdotisa se ciñó más el manto, de manera que se le distinguían los brazos cruzados.
—¿Qué costumbre es ésa? ¿Cómo lo mataste?
—Con mis manos, luchando —dije.
Me miró con los ojos muy abiertos y se limitó a asentir. Agregué: —Estaba en la frontera cuando la serpiente de la casa picó a la reina. Ella interpretó que era una señal de cólera por parte de la Madre y se fue. Ni siquiera sé si ha muerto; puedo jurar, si quieres, que no la maté.
Ella se miró sus manos ocultas.
—¿Te apesadumbró eso? ¿La querías mucho? —Negué con la cabeza.
—Había tratado en tres ocasiones de hacerme asesinar; una vez, por mano de mi propio padre, sin que él supiese quién era yo. Merecía la muerte. Pero la dejé en manos de la diosa.
La sacerdotisa hizo una pausa y dijo, aún con los ojos bajos:
— ¿Por qué se enfadó? ¿Habías estado con otra?
—Sólo en la guerra, como sucede en todas partes —respondí— . No, no fue por eso; creyó que me proponía cambiar la costumbre. Y lo hice. Yo provengo de un linaje real. Pero no profané el Misterio. El pueblo estaba contento; de lo contrario, ellos mismos me habrían matado.
Después de otra pausa, ella dijo:
—¿Y estás dispuesto a jurar que todo eso es cierto?
Repliqué: —¿Qué juramento quieres? Te he dicho estas cosas bajo pena de maldición.
Sus labios se entreabrieron y se cerraron con rapidez. Pensé: «A esta mujer se le ha olvidado algo. Es una sacerdotisa, sí, pero, ¿qué más?»
—Es verdad —dijo la sacerdotisa—, no es necesario que jures.
Volvió a guardar silencio y vi que el paño se movía sobre sus manos.
«Y ahora, ¿qué? —pensé—. Y si todo esto es tan complicado... ¿por qué no se ocupa una sacerdoti-sa de mayor edad? No es normal confiar estas cosas a jovencitas.» La joven estaba inmóvil y pensativa, doblando y desdoblando un pliegue del manto. Dije:
—Hace tres temporadas que estoy con los toros. Si el dios o la diosa están irritados contra mí, no ne-cesitan ir muy lejos para encontrarme.
Volvió a decir: —Es cierto. —Vi que se pasaba la lengua por los labios y tragaba saliva. Quizá la Ma-dre te tenga destinado a otra cosa.
Pensé: «Ahora dirá la verdad». Y esperé. Pero como no continuaba, dije:
—Quizá sea así. ¿Has recibido tú algún augurio? — La sacerdotisa abrió la boca, pero sólo brotó su aliento. El pecho le palpitaba bajo los brazos.
—¿Qué sucede? —pregunté, y me acerqué un poco más.
De improviso habló, con una vocecita aguda, rápida y jadeante: —Estoy aquí para interrogarte. No para que tú me hagas preguntas. Sencillamente porque en el santuario tenemos que saber todas esas co-sas. Por eso enviamos a buscarte.
—He contestado lo mejor posible —dije—. ¿Debo volver por el mismo camino? ¿O puedo cruzar el patio? —Y me incliné para recoger mi capa; pero mirándola en todo mornento.
—Espera —replicó—. Aún no tienes permiso para irte.
Solté de nuevo la capa; sólo había querido sonsacarla un poco.
Mientras esperaba, noté que tenía el cabello hermoso y ondulado, con brillo sedoso. Bajo la ceñida vestimenta se apreciaba un talle pequeño; y los pechos, que se acunaban entre las manos con tanta delica-deza, debían de ser mórbidos.
—Vamos, habla —le dije—. No te voy a comer.
Un bucle del pelo, que se le metía dentro del vestido, se enderezó de pronto como si tiraran de la punta.
—Yo tenía que preguntarte para la diosa, es decir, para los archivos del santuario...
La sacerdotisa se interrumpió y dije:
—Bueno. ¿Qué me quieres preguntar? —Parpadeó y dijo, más deprisa:
—No sabemos nada sobre el rito de la Madre en Atenas. ¿En qué consiste la ceremonia? ¿Cuántas sacerdotisas participan? ¿Cuántas muchachas? ¿Qué víctimas se ofrecen? Explícamelo todo desde el prin-cipio y no dejes nada por decir.
La miré fijamente, sorprendido. Por fin repliqué: —Pero, señora... Hay seis muchachas en la Casa del Toro, todas atenienses y conocedoras del ritual. Cualquiera de ellas podría decírtelo mejor que un hombre.
Ella comenzó a hablar y luego se interrumpió a mitad de la frase. De improviso su rostro, tan pálido, se tomó rosado como las montañas por la mañana. Me acerqué a ella a zancadas y apoyé las manos sobre el plinto, junto a sus hombros, para retenerla donde estaba.
—¿Qué juego es éste? —dije—. ¿Por qué me preguntas cosas sin objeto? ¿Para qué me retienes aquí? ¿Es esto una emboscada? ¿Van a hacerles daño a los míos durante mi ausencia? Basta de mentiras, ya; quiero la verdad.
Mi rostro estaba cerca del suyo. Sus ojos suplicaban como los de un cervato atrapado y temblaba de pies a cabeza. Hasta su gruesa vestimenta se estremecía. Me sentía avergonzado. La había amenazado como si ella fuese un guerrero; lo cual también me hacía sonreír.
La aferré para inmovilizarla y se le escapó un suspiro entrecortado que parecía un sollozo reprimido.
—No —dije—, no digas nada. Estoy aquí y tanto da por qué.
Ya lo ves, te obedezco y no pido explicaciones. Tengo razones de sobra.
Alzó el rostro, bañado en colores cambiantes; y algo que no sabría nombrar se agitó en mi espíritu. Ahora que estaba cerca, percibía la fragancia de su cabello y de su cuerpo.
—¿Quién eres? —le pregunté. Y sentí agarrotárseme la garganta: la reconocí.
Ella lo vio en mi mirada. Sus ojos negros se dilataron y, con un grito, se escurrió por debajo de mi brazo y huyó corriendo. Vi escabullirse su sombra detrás de la gran imagen y desaparecer. El enorme salón quedó desierto y lleno de ecos; las únicas pisadas eran las mías. La vestimenta negra de la sacerdotisa estaba en el suelo; también habían desaparecido los susurros y los chasquidos de su falda. Di unas vueltas, tratando de descubrir dónde podía haberse escondido; era imposible que hubiese llegado a la puerta del fondo, pero oí cerrarse algo.
—¿Dónde estás? —grité—. Sal, porque es seguro que te encontraré.
Pero mi voz resonaba demasiado en los grandes espacios vacíos del santuario: sentí que la presen-cia se irritaba y no me atreví a seguir gritando. Luego, estando inmóvil, vi proyectarse una sombra debido a la nueva luz que había aparecido a mi espalda. Giré bruscamente sobre mis talones y me acordé de que no tenía armas. Pero al ver de dónde provenía la luz, mi respiración se aceleró. El plinto se había abierto deba-jo de la imagen. Dentro, un luminoso fuego azul centelleaba sobre un trípode. Iluminaba a la Madre Tierra, viva, coronada por su diadema; unas serpientes se enroscaban como guirnaldas en sus brazos extendidos. Sus manos las asían por la mitad; la luz brillaba sobre las lustrosas pieles y las oí silbar.
Mi corazón me martilleaba dentro del pecho; hice la reverencia temblándome la mano. Bien plantado sobre mis pies, miré a la Madre Tierra y ella me miró, y la vi parpadear.
Permanecí quieto y callado. La llama vacilaba y la Madre Tierra miraba al frente. Di un paso adelante, sin hacer ruido, y luego otro y otro. Ella no había tenido tiempo de pintarse la cara y llevaba la diadema algo torcida. Cuando me acerqué, noté que jadeaba por haber contenido la respiración. Extendió los brazos rígi-dos y las serpientes se retorcieron, molestas por la luz y ansiando volver a su morada. Pero no me fijé en ellas al acercarme; escudriñaba el rostro de la diosa.
Cuando alargué las manos hacia las serpientes, sabía perfectamente que les habían arrancado los dientes.
En los oscuros ojos de la diosa fluctuaba el reflejo de dos llamitas. Al pie del altar, adelanté la mano y deslicé mis dedos sobre los de ella. Cuando le apresé la mano, la serpiente, al quedar suelta, se enroscó por un instante alrededor de nuestras muñecas y nos unió las manos; luego, se deslizó al suelo y desapare-ció. De la Madre Tierra, señora de todos los misterios, surgía una virgen que quería huir; una muchacha que ha dado un paso adelante y tres atrás y quiere castigar lo que la ha asustado. Le tomé la otra mano; la otra serpiente ya había huido.
—Vamos, pequeña diosa —dije—. ¿Por qué tienes miedo? No voy a hacerte daño.
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Teseo: El rey debe morir
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