Capítulo 7

En un rincón del templo, detrás de la imagen, había una puerta con cortinajes y un pequeño aposen-to. Allí iba ella a comer cuando los ritos resultaban largos, y a que la vistieran y peinaran. Era una habitación sencilla como la de una niña, sólo que sembrada de símbolos y vasijas sagrados en vez de juguetes. En el rincón había una bañera, pintada de azul por dentro, donde nadaban peces. Y un lecho para descansar si se fatigaba.

La llevé a esa habitación. Allí se despojó de su diadema cargada de oro y de su pesada vestimenta; y sus sirvientas le aflojaron el enjoyado cinto, que ningún hombre había soltado aún. Era tímida y sólo vi el recinto un instante, porque apagó la lámpara enseguida.

Luego salió la luna, su luz se colaba entre las paredes del patio y se desparramó por el suelo. Me acodé para mirarla; mi pelo cayó sobre el de ella y la joven fue trenzándolos juntos.

—Oro y bronce —dijo—. Mi madre era rubia, pero yo soy completamente cretense. Se avergonzaba de mí.

—El bronce vale más —dije yo—. Del bronce provienen el honor y la vida. Dale a mi enemigo una lanza de oro y una espada de oro también.

No quise hablar de su madre, después de todo lo que había oído, y preferí besarla. Se colgó de mi cuello con todo su peso y me atrajo hacia sí. Parecía una salamandra joven que se encuentra por primera vez ante el fuego; temerosa al principio y que sólo cuando se lanza a las llamas reconoce su elemento. Un viejo dicho afirma que el linaje de Minos tiene en la sangre el fuego del sol.

Dormimos, nos despertamos y dormimos. Me decía: —¿Estoy despierta? Una vez, soñé que estabas aquí y no quería despertarme. — Le demostré que estaba despierta y volvió a dormirse. Nos habríamos quedado allí hasta la mañana; pero, poco antes del amanecer, la vieja entró en el templo y rezó con su voz aguda y cascada, y golpeó los címbalos antes de alejarse.

Fue entonces cuando aprendí a dormir de día. Ni siquiera los gritos que resonaban en la Casa del To-ro me despertaban.

La segunda noche me pusieron el hilo de otra manera. Había una trampilla en una vieja habitación abandonada, mucho más próxima. Me condujo la misma vieja que me llevara con tantos rodeos para evitar que aprendiera el camino. Estaba emparentada, por el lado materno, a la difunta reina Pasifae. Con el nue-vo itinerario tardé mucho menos; y seguía pasando junto a la antigua armería.

Esa noche, había vino junto a la cama y dos copas de oro para beber.

—Parecen las copas de las libaciones —observé.

Ella respondió, sin darle importancia al asunto:

—Y lo son.

Mi madre me había enseñado a respetar las cosas sagradas. Pero mi madre sólo era una sacerdoti-sa.

La lámpara no se apagó aquella noche. Mis ojos estaban ciegos para todas las demás mujeres y el anochecer de aquel día se me había hecho interminable.

En plena noche, me dijo: —No vivo hasta que llegas aquí. Es una muñeca la que anda y habla y usa mi ropa mientras estoy tendida esperándote.

—Pequeña diosa, mañana por la noche no podré venir —dije con esfuerzo, pero seguía siendo una Grulla y me ligaba nuestro juramento—. Al día siguiente, habrá danza del toro. El amor y los toros no se llevan bien. Pero nos veremos cuando salga al coso.

Ella me estrechó entre sus brazos, llorando: —No puedo soportarlo. Cada vez que saltas se diría que me clavan una espada en el corazón. Ahora será mil veces peor. Haré que te saquen de la Casa del Toro. Que piensen lo que quieran. Soy la diosa terrenal.

Era toda una mujer al decir esto. Sus palabras me hicieron sonreír. Comprendí entonces que nunca se le había ocurrido igualarse a los dioses. Su antiguo título sólo significaba un rango y un cargo. Allí, todos los ritos sagrados habían surgido como juegos o como simples ornamentos de corte. Ella no sabía el porqué de mi sonrisa y sus ojos me lo reprocharon.

—Corazoncito mío, no puedes sacarme de la Casa del Toro — dije—. Me he ofrecido al dios para responder por mi pueblo. Mientras los míos bailen, bailaré con ellos.

—Pero eso sólo es... —Se dominó y agregó—: Sólo es una costumbre de tierra firme. Aquí, en Creta, nunca se ha sacrificado a un rey en doscientos años. En lugar de eso, colgamos a nuestros muñecos de los árboles y la Madre no se enfada.

Hice sobre ella el signo contra el mal. Los fulgores de sus ojos oscuros siguieron el movimiento de mi mano como si fuera una niña.

—Tú te ofreciste y la Madre te entregó a mí —dijo.

—Todos somos hijos de ella. Pero Poseidón me entregó a mi pueblo. Él mismo me habló y no puedo abandonar a mi gente.

Ella alargó la mano hacia el toro-amuleto del Corintio, que yo no me quitaba ni siquiera desnudo, y lo echó atrás por encima de mi hombro.

—¡Tu gente! ¡Seis jóvenes y siete muchachas! ¡Tú, que eres digno de gobernar un reino!

—No, si no soy digno de gobernarlos a ellos. Pocos o muchos, tanto da, cuando uno se ha puesto en manos del dios.

Retrocedió para mirarme a la cara, pero sin soltar un mechón de cabellos, como si temiera que me escapase.

—También yo estoy en manos de un dios —dijo—. Pelia la de las palomas me ha atrapado. Esto, es-te amor que parece una flecha que no se puede arrancar, es su locura. Cuando uno intenta sacarla, la intro-duce más aún. Mi madre me llamaba pequeña cretense; yo aborrecía a los helenos y sus ojos azules; pero Pelia es más fuerte que yo. Sé muy bien lo que está haciendo. Te envió aquí para que fueras Minos.

Me quedé mirándola, sintiendo que se me entreabría la boca de horror. Pero, por lo que yo veía, sus ojos eran inocentes del todo, salvo del asombro que les inspiraban los míos. Por fin, dije:

—Pero señora... El rey es tu padre.

Me miró desconcertada, como un niño que no sabe qué es lo que ha hecho mal.

—Está muy enfermo y no tiene ningún hijo varón —respondió.

Entonces la comprendí. Pero aquello era importante y yo iba captándolo poco a poco.

—¿Qué sucede? —me preguntó—. ¿Por qué me miras como si yo fuera mala? —Estaba tendida de costado; en la cintura se le sombreaban pequeños pliegues. Los acaricié con la mano.

—Lo siento, pequeña diosa. Soy forastero aquí. En Eleusis, cuando fui a luchar, fue la reina quien me condujo.

Contempló mi mechón de pelo, que no había soltado, y luego alzó los ojos para mirarme y dijo sin enojo, pero como sorprendida:

— Eres un bárbaro. Mi niñera decía que los bárbaros se comen a los niños malos. Te amo de una manera indecible.

Después hablamos sin palabras. Pero un hombre no es una mujer y no se le puede impedir que pien-se durante mucho tiempo. A poco, dije:

—Quizá tu padre no tenga hijos; él lo sabrá mejor que nadie. Pero tiene un heredero. —Su perfil se despabiló a la luz de la lámpara.

—Lo odio —dijo. La recordé en el templo, cuando había mirado a Asterión por encima de la tablilla ro-ta. Continuó—: Siempre lo he odiado. Cuando era pequeña, mi madre me abandonaba cuando él venía. Ellos tenían sus secretos. Ella se reía de mí y me llamaba su pequeña cretense; pero nunca de él, aunque era mucho más moreno que yo. Cuando murió y la enterraron, me arañé el rostro y el pecho hasta hacerme sangre; pero tuve que taparme los ojos con el pelo para disimular que no podía llorar.

—¿Lo sabías, entonces?

—Lo sabía sin saberlo, como saben las cosas los niños. Mi padre es un hombre taciturno; rara vez me hablaba. Pero yo sabía que se burlaban de él cuando murmuraban en las esquinas; por eso, lo amaba. La joven clavó los dedos en la cama. Sé quién lo mató. Lo sé. Lo sé.

—Pero me has dicho que estaba enfermo —dije.

—Está muerto —replicó—. Muerto en vida. Desde hace un año, y aún más, no se le ha visto la cara; ahora nunca sale de su cuarto. Cuando lo haga, será en su carroza funeraria. Jura guardar este secreto. Tienes que obligarte tú solo; yo nunca podría, nunca, maldecirte. Me comprometí con el juramento. Luego ella dijo—: Es leproso. —Sentí, como se siente siempre, que aquella palabra era un dedo frío contra mi car-ne.

—Eso es muy fuerte. Pero proviene de los dioses.

—No. Proviene de otro leproso, o de algo suyo. Todos los médicos lo dicen. Cuando descubrieron que mi padre era leproso, desnudaron y examinaron a todos los que lo rodeaban; pero estaban limpios. Yo misma pensé que era un hechizo o una maldición. Pero recordé que, un año antes, él había perdido un bra-zal que usaba todos los días. Desapareció durante un mes; lo encontraron en un lugar donde lo habían bus-cado antes y se lo puso. Bajo ese brazal aparecieron las primeras señales.

Todo esto me pareció demasiado fantástico.

—De haber habido un traidor en su casa, ¿por qué no el veneno, que es rápido? —dije—. Los lepro-sos viven mucho si tienen techo y quien los alimente. —Pero me preguntaba por qué Minos no se había dirigido al dios desde el primer día. Asterión habría podido esperar años: encontraría algo más seguro.

Ella replicó:

—Ha encontrado lo más seguro. Si mi padre hubiera muerto inmediatamente y a él lo hubiesen pro-clamado Minos, habría habido guerra. La familia no lo hubiese tolerado. Ahora, poco a poco, Asterión ha ido concentrando el poder en sus manos: comprando a unos, asustando a otros. Al principio, cuando mi padre daba órdenes las obedecían. Ahora, no llegan hasta los hombres a quienes las envía y el capitán de la guardia se ha comprado una nueva finca. Nadie sabe ya quién es partidario de Asterión. Nadie se atreve a preguntarlo. —Y agregó—: Gobierna ya como un rey.

Desde luego, comprendí; no sólo esto, sino todo lo demás.

—Pero —dije—, entonces a Creta la gobierna un hombre que no pertenece a ningún dios, que no ha sido consagrado. Tiene todo el poder; sin embargo, no ha consentido en hacer el sacrificio. ¿Ha consenti-do? Una sombra veló su mejilla, como si quisiera sonreír; pero, con aire grave, negó con la cabeza.

—Entonces, el dios nunca hablará con él —dije—. ¿Cómo puede guiar al pueblo? ¿Quién verá llegar el peligro? ¿Qué sucederá si el dios se irrita y nadie se ofrece? ¡Recibe el servicio, el tributo y el honor, y no da nada! ¡Nada! ¡Ya sabía yo que era un ser monstruoso! ¡Será la muerte para tu pueblo, si lo dejan vivir! ¿Por qué lo obedecen los jefes? ¿Por qué lo soportan? —La joven guardó silencio durante unos instantes; luego, alargó la mano por encima de mi hombro y recobró el toro de cristal, poniéndolo sobre mi pecho.

—Me dijiste: «Hazle a mi enemigo una espada de oro». Es lo que hemos hecho aquí: hacer nuestras espadas de oro. No lo había comprendido hasta que te conocí. —Sus palabras me sorprendieron.

Ella dijo:

—Me crees una niña porque no había estado antes con ningún hombre. Pero sé algunas cosas. Comprendí que traías un destino para Amnisos, cuando te desposastes con el mar.

—¡Conque eras tú quien atisbaba entre las cortinas! —Luego, hubo entre nosotros una conversación propia de amantes. Pero más tarde le pregunté—: ¿Qué quisiste decir con eso de que me desposé con el mar? Me miró con sus ojos luminosos y profundos, que no eran infantiles.

—¿Por qué crees que tiró Asterión el anillo al agua?

—Para que yo me ahogara, desde luego. No podía hacerme ejecutar.

—O sea que lo hiciste sin saberlo; en ese caso, es seguro.

Cuando le pregunté qué quería decir, respondió:

—Cuando proclaman a un nuevo Minos, siempre se casa con la señora del mar. Le lanza un anillo.

Me acordé de que los nativos cretenses se habían quedado mirando y murmurando. Él les había da-do un augurio que recordar, que resultaba azaroso como los verdaderos augurios. Él me había usado; lo mismo le habría dado un perro. Me había despreciado hasta en eso.

—Así que quedó en ridículo cuando le devolviste el anillo — dijo Ariadna—. Pero ¿y cuando lo arro-jaste tú al mar y te casaste con la señora? ¡Cómo me reí detrás de las cortinas! Y luego, pensé: «Quizá sea un auténtico augurio». Adiviné que los cretenses así lo entenderían. También él lo pensó y por eso arregló el asunto lo mejor posible, convirtiéndose en tu mecenas. Comprendió que serías saltarín de toros y espe-raba ser el último en reír.

Mientras tanto, yo cavilaba. Enseguida, dije:

—¿Cómo se entiende Asterión con los cretenses? Según las antiguas costumbres indígenas, la san-gre de la reina debiera de bastarles; no le dan mucha importancia al padre.

Temí que esto pudiera sonar demasiado tosco; pero no era eso lo que la tenía preocupada.

—Sí —dijo—, lo sabe. Hasta hace poco los despreciaba y no significaban nada para él, salvo para el trabajo. Ellos se dirigían a mí. Ese es mi papel, escuchar súplicas y plegarias; los cretenses prefieren orarle a una mujer. Y yo trataba de ayudarles. Sabía lo que significa sentirse desdeñado. Trasladaba sus plegarias a mi padre: así fue como hablé con él por primera vez. Me decía: «Sólo eres una diosa, pequeña Ariadna. Ser un emisario es algo muy serio». Pero a menudo hacía lo que yo le pedía.

Le sequé los párpados con el dedo, diciendo: —¿Y ahora?


—Asterión los corteja. Antaño, si eran víctimas de una iniquidad, él no movía una mano. Ahora, los apoyará incluso si su causa es injusta, salvo que sea contra algunos de sus paniaguados. Hasta en el per-sonal de palacio va reuniendo a gente de familia cretense, como Lenco. ¿Comprendes por qué mi padre debe morir poco a poco?

—Eso está mal —dije—. ¿Se ha ganado muchos adeptos Asterión?

—Los cretenses no olvidan fácilmente. Aquellos a quienes ha insultado no lo perdonan. Pero si algu-no ha sido agraviado por un heleno, se incorpora a su bando.

Seguimos conversando, pero no recuerdo más. La cabeza me daba vueltas de sueño, de pensar y de los tibios olores de su pelo y de sus senos.

En la siguiente danza del toro, cuando miré hacia el altar, me pareció que todo el mundo debía de sa-berlo y adiviné que ella pensaba lo mismo. Pero nadie notó nada. Hice una nueva suerte, bajando del lomo de Heracles con un salto mortal de espaldas y cayendo de pie. Lo había practicado durante toda la mañana sobre el toro de madera, para demostrarle a Ariadna de lo que yo era capaz. Luego, les dije a las Grullas todo lo que honradamente podía revelarles; no había querido preocuparlos antes de la danza. Les expliqué que, según se decía, el rey estaba enfermo y Asterión conspiraba para enfrentar a los cretenses con los helenos y apoderarse del trono.

—Eso significa que no nos queda mucho tiempo —dije—. Si los cretenses lo apoyan, Asterión podrá defender las costas de una flota helena mientras conserve su aprecio. Y seguirá así hasta que esté a salvo en el trono; un año, o dos, o tres; más tiempo del que duraremos nosotros aquí. Tendremos que asestar el golpe pronto.

—Haremos lo que podamos, Teseo —dijo Iro—; pero no tenemos muchas armas aún.

Él e Hipón habían robado más armas que nadie; tenían mejores posibilidades. Dije:

—Sé de una armería; con un poco de suerte, allí habrá armas para todos.

Me proponía traerme unas pocas cada vez y ocultarlas en un lugar del cual pudiéramos sacarlas con rapidez. Pero no quería que me hicieran demasiadas preguntas.

Esa noche, en el pequeño cuarto de Ariadna, volamos juntos como salta la chispa hacia la mecha. Dos días y una noche de separación habían sido tanto como un mes. En realidad, la víspera poco me había faltado para correr hacia ella, con danza del toro o sin danza; sólo que, cuando me levanté, vi que Amintor dormía y me acordé de los míos.

Al cabo de tres noches, nuestro amor tenía ya sus recuerdos y su pasado. Teníamos nuestras pala-bras secretas para reír y para besarnos. Pero hasta mientras reíamos y jugábamos, o nos hundíamos a fondo en el amor como se zambulle el delfín, yo sentía terror; no sé si a causa del sitio donde estaba o por-que el amor de los reyes y las reinas, aun en secreto, es un rito que se hace para el pueblo y ante los dio-ses.

Cuando me iba, descolgué la lámpara de la columna sagrada y me dirigí al almacén de armas. Como había previsto, todas las armas eran viejas; lo nuevo y bueno estaba arriba, en la armería. Se distinguían los peldaños y se adivinaba adónde llevaban; pero la armería debía de estar bien custodiada. Yo andaba sin hacer ruido y engrasaba los goznes de los arcones con aceite de lámpara. Estaban llenos de flechas; pero los arcos se veían deformados por el tiempo y las cuerdas estaban rotas. Lo que más me atraía eran las lanzas y las jabalinas, todas ellas de un modelo antiguo, algo pesadas pero muy sólidas. Sólo que demasia-do largas para ocultar las bajo la vestimenta, aun llevando capa.

Con todo, emprendí la tarea de trasladarlas, noche tras noche, a la catacumba que había debajo del cuarto de la lámpara, de donde podríamos sacarlas con rapidez. Junto a la columna había una pila de viejas tinajas de aceite, en su mayoría vacías; las telarañas demostraban que no las movían y quedaba un espacio libre detrás de ellas. Pocas noches después, encontré un cajón con puntas de lanzas y una piedra de afilar. Fue el mejor de los hallazgos. Comencé a afilar las puntas de lanza, para convertirlas en dagas, y llevarlas a la Casa del Toro, para que las escondieran las muchachas.

Había hecho jurar a las Grullas que guardarían el secreto, incluso con sus amantes y queridas; por lo tanto, también me sentía comprometido por ese juramento. Además, con aquella muchacha uno no podía confiarse a medias. Ariadna tenía una veta indómita que conmueve a los hombres por su hondura, como el fuego de Hefesto, que sólo el terremoto arranca de la montaña. Después de mirarme fijamente con ojos de asombro, se sumía en la lechosa calma de un niño de pecho saciado y se quedaba dormida.

A veces, cuando hablaba de su padre y de las vicisitudes del reino, me sentía tentado a hablar y pe-dirle ayuda. Confiaba en su corazón. En cuanto a su cabeza, era joven, apenas tenía dieciséis años; muy pronto había revelado sus secretos; y, más que nada, me daba miedo su odio contra Asterión. Él no era un novato como lo fuera yo al llegar a Eleusis. Si el rostro de una mujer le decía: «Algo te va a suceder, aunque no lo sepas», a Asterión no se le escaparía el mensaje.

Poco más o me nos en esta época, Asterión me invitó a otra de sus fiestas; y advertí que Ariadna me había dicho la verdad. No había un solo invitado que pareciese ni aun a medias heleno. Todos eran creten-ses, o casi cretenses; gente de la pequeña nobleza, cuyas casas habían sido importantes antes de la llega-da de los helenos. Y la actitud de Asterión conmigo había empeorado. No me insultaba abiertamente, tal como entiende el insulto un hombre de su calaña. Eso no le habría valido elogios, ya que todo cretense simpatiza con los saltarines de toros. Pero daba a entender claramente que sólo me había invitado para entretener a sus distinguidos amigos, y yo adivinaba que, en el fondo, lo que pretendía era humillar a un heleno en presencia de ellos. Enseguida, me pidió que cantara una canción de mi patria. Hablaba sin alzar la voz, pero como el vencedor al cautivo.

Reflexioné en silencio y decidí: «Bueno. Si acepto, nadie podrá decir que soy su huésped».

Pedí una lira y la afiné al modo heleno. Asterión se retrepó en su asiento, sonriendo. Pero vi que el taimado Leuco miraba con los ojos entornados. Había viajado y sabía cuáles son las habilidades de un ca-ballero en mi país.

No le cuadra a un cautivo cantar los triunfos de sus antepasados. Tampoco quería yo revelarle a na-die que la guerra me rondaba por la cabeza. Pero deseaba que aquellos cretenses se acordaran de mí y no precisamente como el imbécil por el que esperaba hacerme pasar Asterión. Por eso, canté una de las anti-guas elegías aprendidas en mi ciudad, en Trecén. Es la que cantan en toda la isla de Pélope; a menudo, cuando los bardos evocan a una ciudad sitiada, incluyen esa elegía en su canto, pero a veces la entonan sola. Habla del heredero del rey, el pastor del pueblo, que se despide de su esposa besándola junto a la verja cuando parte para la batalla en la que sabe que morirá.

«Déjame ir y no trates de retenerme —dice el príncipe—. Si vacilo, pasaré vergüenza ante los guerre-ros y ante las damas de ceñidor de oro y flotantes faldas. Tampoco lo aceptaría mi corazón, porque me educaron para ser valiente, para combatir en la vanguardia defendiendo el honor de mi padre y el mío. En el fondo, sé que la sagrada ciudadela debe caer, que el rey y su pueblo perecerán; pero no es eso lo que más me acongoja; no, no se trata de mi padre ni de mi madre ni de mis audaces hermanos, derribados por los suelos. Sufro por ti, pensando en el día en que te llevarán deshecha en lágrimas a los barcos enemigos, concluyendo así tus días de libertad. Me parece verte lejos, en la casa de alguna extranjera, trabajando en el telar o recorriendo el empinado sendero al regresar del manantial, cargada con pesados cántaros de agua. Y alguien que te vea llorar le dirá a otro quién fue tu esposo, haciéndote recordar tu dolor, el dolor de que haya muerto el hombre que habría protegido tu libertad. Ojalá yo haya muerto y me cubra la tierra antes que ver que te llevan y oírte gritar.» En el Laberinto tienen criados para que toquen música. Asterión no esperaba que al hijo de un rey le hubiesen enseñado a cantar como es debido. Cuando vi que los cretenses se sonaban, comprendí que no se burlarían de mí. Al terminar la elegía, me rodearon; y así, supe quiénes de ellos no eran aún lacayos de Asterión, y por cierto que parecían ser muchos. Me limité a mantenerme impasible. Pero él no pudo decir nada; yo sólo lo había complacido.

Esa noche, dije a Ariadna:

—He estado en el palacete. Tenías razón. Si hay que pararlo, más vale hacerlo pronto.

—Lo sé —dijo—. Lo mataría yo misma si supiera cómo.

La sentí tan tierna entre mis manos como un pichón. Aunque ella había nacido del mismo vientre que Asterión, las palabras de Ariadna eran tan violentas que me impresionaron. Había estado sola, sin nadie a quien recurrir. Dije:

—Calla y escucha. Si yo pudiera avisar a mi pueblo y me enviaran barcos, ¿qué pasaría? Como comprenderás, eso significa la guerra. ¿Por quién combatirían los cretenses? —Se volvió hacia mí en la oscuridad y meditó con el mentón apoyado sobre las manos.

—Lucharían por ellos mismos. Se rebelarían contra las familias helenas, cuando los jefes se marcha-ran a la guerra. Sucederían cosas horribles, correría sangre por todas partes. Pero eso es lo que haría el propio Asterión; es lo que quiere hacerles a los cretenses. Cuando los haya usado, cuidará de que su rebe-lión sea la última. Sí, morirán para conseguir una cadena aún más pesada.

Ariadna juntó los brazos y recostó la cabeza sobre ellos. Pero después, dijo:

—Pero si...

—¿Qué? —dije, acariciándole el cabello.

Meneó la cabeza y replicó: —Tengo que pensarlo. Mira dónde está Orión, observa con qué rapidez pasa la noche.

Y entonces iniciamos nuestra despedida, que duró bastante, y no volvimos a hablar del asunto.

Ahora ya había transportado armas suficientes para todos los danzarines de la Casa del Toro, hom-bres y mujeres, y le había dicho a Amintor dónde estaban, para que lo supiese alguien si yo moría. Las mu-chachas tenían ocultas en sus aposentos unas treinta dagas. Estábamos ya en invierno y a veces la danza del Toro se suprimía, debido a la lluvia o la nieve; desde hacía mucho tiempo, la gente del Laberinto no salía a honrar a su dios. Pero si prescindíamos de la danza, practicábamos en cambio con el toro de Déda-lo; y a veces nos entregábamos a nuestros propios juegos, los jóvenes contra las muchachas, o bailábamos si nos sentíamos enmohecidos; en fin, hacíamos cualquier cosa con tal de mantenernos ágiles. Yo había visto languidecer a otros equipos y las consecuencias que de ahí se derivaban.

Era nuestra tercera temporada en la Casa del Toro. Para entonces conocíamos todos los azares a que estaban expuestos los danzarines, a quienes los cretenses llaman los ternerillos de Poseidón. Sabía-mos de qué viven y cómo mueren; lo que mata a un danzarín en la primera semana y lo que lo mata al cabo de medio año. Y cierto día, Amintor me tocó el brazo mientras las muchachas estaban luchando (la sacerdo-tisa no les dejaba practicar la lucha con los hombres) y me dijo en voz baja:

—Crisa está creciendo.

Nuestros ojos se encontraron. No había necesidad de decir más. Crisa tenía catorce años al partir de Atenas; y era helena de pies a cabeza. Si sobrevivía, sería como la diosa virgen, alta y bien planta da. Pero las muchachas altas no viven mucho en el redondel.

Dije a Amintor:

—Después del invierno y antes de los grandes vientos de la primavera, vendrán los barcos.

Lo comparé conmigo cuando no miraba. También él había crecido tres dedos.

Ahora Amintor me era muy querido. Habíamos trabajado tanto juntos que nuestros pensamientos es-taban identificados: él sabía cómo saltaría yo antes de que lo supiese yo mismo. En el palacio, circulaba el rumor de que éramos amantes. Ya no nos molestábamos en negarlo. Eso nos protegía de las estupideces de los cortesanos de Cnosos, con sus flores y sellos, sus melindrosos versos y acechos nocturnos, y nos procuraba algo de qué reír. En los últimos tiempos, eso me había sido útil; podíamos hablar de nuestros secretos sin que nos vigilaran y, ahora que habían terminado mis vagabundeos con las mujeres, me salvaba de muchas especulaciones. Pero la noche que precedía a la danza del toro yo siempre dormía solo, incluso desde dos noches antes si advertía que mi vista había perdido práctica. Lo cual me costaba, porque era joven y ni siquiera había besado a otra mujer desde mi encuentro con Ariadna. Pero mi gente y yo estába-mos lejos de nuestro país. Para seguir siendo rey, no disponía de leyes ni de guerreros, sino sólo de lo que fuera capaz por mí mismo. Aquel reino era pequeño; la menor grieta bastaría para hacerlo añicos.

Si le decía a Ariadna que no podía ir, ella jamás me lo reprochaba, por lo me nos con palabras. Pero yo adivinaba sus pensamientos en sus manos. Ariadna quería oírme decir: «Que venga el día de mañana, que el toro me mate y mate a los míos; todo lo doy por bien perdido a cambio de una noche en tus brazos». Entonces ella me hubiera contestado: «¡No! ¡No vengas! Te juro que no me encontrarás». Sólo deseaba oírme decir esto. Pero yo era joven y me tomaba muy en serio mi vocación, como un deber sagrado con el que sería una impiedad jugar o arrojárselo a una muchacha como una sarta de abalorios. En aquellos días, uno de mis oídos estaba siempre atento a las palabras del dios.

(Hoy, nada me costaría complacer así a una mujer. El dios ya no me habla desde que mi hijo murió sobre las rocas, junto al mar. Yo había oído la advertencia en la tierra: «Cuidate de la cólera de Poseidón», le dije, y él se lo tomó como quiso; también yo estaba enfadado. Prefirió considerarlo una maldición y yo no le volví a hablar. Vi cómo se alejaba aquel alto mocetón, con sus grandes caballos de Trecén, hacia el an-gosto camino. Guardé silencio. Ahora, es el dios quien calla.) Pero recuerdo, aunque ha transcurrido mucho tiempo, que la noche siguiente a la danza del toro nuestro encuentro fue como un vino puro, todo fuego y miel con especias, y que hizo que valiera la pena haber estado separados. Recuerdo cómo lloró Ariadna por no sé qué estúpida discusión, la primera que hubo entre nosotros desde que éramos amantes.

Al poco rato, dije:

—¿Se te ha ocurrido algún plan?

—Sí —dijo ella—. Mañana por la noche te lo diré.

—¿Por qué no ahora? —pregunté.

Pero me dijo que era largo de contar, que esa noche no había tiempo, y me mordisqueó, sin apretar, como un gatito. Al día siguiente, se me notaban mucho las huellas de sus dientes. Pero una magulladura nada significa en la Casa del Toro.

A la noche siguiente, iba a reunirme con ella atravesando las catacumbas cuando, en las sombras del almacén del templo, vi moverse algo. Me llevé la mano hacia mi daga de fabricación casera; entonces, la figura salió a la luz y vi que era ella. Nos abrazamos entre la carroza funeraria dorada y la pila de muñecas. Ariadna iba envuelta en la misma capa oscura que otras veces.

—Ven conmigo —dijo—. Hay alguien con quien debes hablar.

Cogió de un estante una linterna redonda de arcilla, de esas que se oscurecen con sólo tapar el agu-jero. Cuando abrí la boca para preguntarle, me la cubrió con la mano, diciendo: —Silencio. Ni el menor rui-do. Tenemos que pasar por debajo mismo del palacio.

El camino serpenteaba por las entrañas del Laberinto. Pasamos junto a una antigua y tosca mampos-tería que parecía obra de titanes o de los primeros hombres de la tierra. Porque aquello era el corazón de los cimientos de la primitiva Casa del Hacha, el baluarte del cretense Minos, dos palacios anterior. Aquellos poderosos pilares, fortalecidos con la sangre de mil víctimas, habían resistido a la furia de Poseidón cuando se derrumbaron todos los muros que sobresalían del suelo.

A veces, Ariadna cubría la lámpara y me oprimía la mano en señal de precaución; arriba, en la piedra, por alguna estrecha grieta, penetraba un destello de luz y se oían voces que discutían o que hacían el amor. Poco a poco, nuestro camino se fue haciendo descendente, lo cual me indujo a pensar que nos dirigíamos hacia el oeste, siguiendo el declive de la colina.

Allí no había depósitos, pero se veían escombros de antiguos terremotos, tinajas rotas modeladas sin torno y utensilios viejos y rústicos. Y en un sitio donde el suelo estaba más parejo, afloraba el blanco cráneo de un hombre, delante de uno de los grandes pilares, con los restos de un viejo casco de cuero. Era el guardián del umbral, el vigoroso guerrero que se entierra vivo debajo de los lugares sagrados para que su espectro combata a los demonios y los ahuyente. Me sobresalté y luego le hice un saludo militar, como cuadraba para honrarlo. Ariadna había pasado ya por allí antes y se limitó a apartar su falda.

Por fin, llegamos a unos peldaños y una angosta puerta. Ella me hizo señas de que me quitara las sandalias y no hablara. Luego, apagó de un soplo la linterna.

La puerta se abrió sin hacer ruido. Dos placas de mi collar tintinearon al entrechocar; ella las silenció con la mano y me indicó que las sujetara. Luego, me condujo a través de un aposento pequeño y oscuro, donde mis pies pisaron sobre losas pulidas. Más allá, había otra puerta; luego, aire y espacio, y algo que parecía luz después de las tinieblas. Era el resplandor de las estrellas que penetraba tres tramos de escale-ras por la abertura del techo. Después de la escalera había un corredor y, al fondo, un altar hundido. Se sentía un olor solemne, rancio y sacro. En la pared situada frente al altar, había unas pinturas que no se distinguían bien, debido a la penumbra, y en el centro de la pared, un tronco blanco y alto.

Ariadna me hizo atravesar todo esto y salimos. Después había una puerta, por debajo de la cual se filtraba la débil luz de una lámpara. Murmuró: «Espera», y la abrió; detrás, un cortinaje bordado se cerró al pasar ella. Oí murmullos y un sonido metálico. Luego habló una voz, que no era la de Ariadna, sino la de un hombre; pero extrañamente alterada, apagada y confusa por el eco. Me causó escalofríos. Pero era dulce y cansina, incluso triste. Decía: —Puedes entrar.

Aparté el cortinaje y olí la fragancia de las resinas al arder. El aire estaba azulado por el humo. Escu-driñé entre las volutas y me detuve en seco, con el corazón batiéndome las costillas.

La habitación era pequeña y sencilla, con ascuas que agonizaban en el hogar. Había estantes para copas, platos y vasijas de tocador; otros, con rollos de pergaminos; y una mesa, con recado de escribir, sobre la que ardía una lámpara de jade. En una silla, junto a la mesa, con las manos sobre las rodillas, es-taba sentado un hombre con cabeza de toro dorada y ojos de cristal.

Una voz cansada, que sonaba cavernosa dentro de la máscara, dijo:

—Ven, hijo de Egeo, y ponte donde pueda verte.

Me adelanté y saludé con el puño sobre la frente.

Él lanzó un largo suspiro, que silbó contra la máscara como el viento entre las cañas.

—No te ofendas, pastor de Atenas, si cubro mi rostro ante el hijo de tu padre. Hace mucho tiempo que tiré mi espejo. Es mejor que los huéspedes vean este rostro que hizo Dédalo para el cretense Minos.

Tomó la lámpara de la mesa y la alzó, moviendo la cabeza porque la máscara no le dejaba ver bien. Luego, dijo:

—Sal, hija mía y vigila la escalera.

Ariadna salió en silencio y esperé. Había tal quietud que oí crepitar el incienso en el plato de pórfido. Detrás de su exquisita fragancia, se cernía el pesado olor de la enfermedad. La mano derecha del hombre, desnuda sobre las rodillas, era larga y delgada; la otra estaba cubierta por un guante. Enseguida dijo:

—Había oído que el rey Egeo no tenía hijos. Cuéntame algo sobre tu madre.

Le conté mi nacimiento y, cuando me lo preguntó, cómo me había criado. Escuchó en silencio Cuan-do le mencionaba algún rito sagrado, alargaba la mano hacia sus tablillas y me pedía que se lo explicara todo, escribía con rapidez y asentía. Luego, dijo:

—Pero tú has cambiado las costumbres en Eleusis. ¿Cómo fue eso?

—Sucedió por casualidad, porque puse la mano en lo que encontré a mi alcance —dije.

Y le conté cómo había ocurrido. En cierto momento me detuve, al oírlo toser un poco asfixiado dentro de la máscara y creyendo que se había quedado sin respiración. Pero me hizo gesto de que siguiera hablando; y me di cuenta de que se reía. Cuando le conté cómo había llegado a Atenas, me dijo:

—Dicen, Teseo, que tú mismo escribiste tu nombre en la tablilla de echar a suertes para venir aquí. ¿Es cierto? ¿O lo que pretende Leuco es excusarse? Me gustaría saberlo.

—Sí que es cierto —respondí—. Leuco es un hombre que ama el orden. Me mandó el dios. Me hizo llegar una señal para que me sacrificara por mi pueblo.

Él se inclinó hacia adelante y volvió a alzar la lámpara.

—Sí, eso me dijo ella. Conque es cierto.

Se acercó otra tablilla sin usar, tomó una pluma nueva y alijada, y empezó a escribir deprisa, como un hombre que se siente complacido.

—Vamos —dijo—. Háblame de eso. Afirmas que el dios te habló. Has oído la voz que llama al rey. ¿Cómo habla? ¿Con palabras? ¿Como la música o el viento? ¿Cómo llama?

Pensé: «Hace bien, visto que mi nacimiento no está atestiguado, en pedirme pruebas de que he oído la llamada». Pero apenas le había hablado de aquello a mi propio padre y me costaba ponerlo en palabras.

—Te lo agradeceré —dijo él—. Aquí el tiempo se me hace muy largo. Estoy escribiendo un libro sobre las costumbres antiguas y sobre este asunto los archivos no sirven de nada.

Me quedé mirándolo. El asombro me trababa la lengua. Creía haber oído mal, pero no sabía cómo preguntárselo. Por cortesía, empecé a tartamudear algo; pero las palabras se extinguieron y ambos guar-damos silencio, mirándonos.

El primero en hablar fue él. Apoyó la cabeza contra una mano y preguntó, con voz triste y ahogada: —¿Qué edad tienes, hijo mío?

—Si vivo hasta la primavera, mi señor, cumpliré diecinueve — respondí.

—Y al oscurecer, cuando revolotean los murciélagos, ¿los oyes chillar?

—Sí, naturalmente —repliqué—. A menudo hay por la noche.

—Les gritan a los jóvenes. Y cuando pasa el viejo, no callan; es el oído del viejo el que se ha endure-cido. Lo mismo sucede con las familias reales; y entonces es el momento de pensar en nuestra muerte. Cuando el dios te llama, Teseo, ¿qué sientes en tu corazón? —Hice una pausa para recordar. A pesar de lo que yo sabía, supuse que me comprendería. Lo cual es extraño, porque no siempre me había sucedido con mi padre. Con las palabras que pude hallar, le abrí mi corazón en aquella estancia pequeña y asfixiante a Minos, el nacido de la estrella, el señor de las islas.

Cuando hube dicho lo que tenía que decir, la pesada máscara se le hundió en el pecho; y me detuve, avergonzado de haberlo fatigado. Pero volvió a alzar sus ojos de cristal y asintió lentamente: —Conque has hecho la ofrenda —dijo—. Sin embargo, es tu padre quien reina.

Sus palabras resonaron en mi alma con mayor profundidad aún que las pronunciadas por mi abuelo mucho tiempo antes; con una profundidad que escapaba a mis propios pensamientos.

—Tanto da. El buen pastor da la vida por sus ovejas —dije.

Permaneció unos instantes sumido en cavilaciones; luego se irguió y apartó las tablillas.

—Sí, sí, mi hija tenía razón. Dudaba de sus palabras, lo confieso. Un demonio perverso ronda nuestra casa. Pero ella ha elegido bien. Nacerá de la muerte. Tú eres lo que debía venir; ya no lo dudo.

Hizo un signo con la mano en el espacio, entre nosotros dos. Aunque sus antepasados habían aban-donado las tierras helénicas en tiempos remotos, vi que seguía siendo tan sacerdote como rey.

Se movió en la silla como si se dispusiera a despejar una parte de la mesa; luego cabeceó.

—Esta enfermedad se adhiere a cuanto uno toca. De no ser por eso, te invitaría a sentarte y te ofre-cería la copa de la familia, como debe hacer un hombre que concede la mano de su hija.

Poco me faltó para hincarme de rodillas ante él. Pero vi que no quería veneración, sino un brazo en el cual confiar.

—Señor —dije—, te lo prometo de todo corazón. No descansaré hasta que la haya hecho reina.

Asintió y adiviné que sonreía.

—Bueno, Teseo, basta ya de cortesías. Se les deben a tu linaje y a tu honor. Pero mi hija ya te habrá dicho que es todo lo que puedo dar.

Dije no sé qué y él hurgó entre sus papeles, cabeceando y a veces susurrando, como hacen los en-fermos que pasan mucho tiempo solos; no sé si hablaba para sí o para mí. Luego, dijo en voz alta:

— Cuando él era un niño, me seguía como una sombra, el becerro negro con el estigma de nuestra vergüenza; no dejaba que yo lo olvidara. Me seguía en las cacerías, cuando me embarcaba y en el palacio de verano; lloraba cuando yo lo obligaba a volver al lugar que le correspondía. Me llamaba padre y me mi-raba a los ojos cuando le ordenaba callarse. Debí prever que me destruiría. Sí, sí, dan ganas de reír; todo ha discurrido tan sobresabido como una vieja canción. Impedí el sacrificio y eso alentó mi muerte. Si hubiera realmente dioses, no habrían podido hacerlo mejor.

Hizo una pausa y oí ruido de ratones detrás del estante de libros.

—Sólo los esclavos vienen ahora aquí. El más alto se para en la puerta y hace entrar al más bajo. El hombre ha muerto y está más que maduro para la carroza funeraria. Pero el rey debe vivir un poco más, hasta haber acabado su obra. Con la niña, Teseo, debe haber un nuevo comienzo. —Luego, agregó en voz baja—: Ve a ver si ella nos oye.

Me acerqué a la puerta y vi a Ariadna a la luz de las estrellas, sentada en la albardilla del altar hundi-do. Volví y dije:

—No.

Él se inclinó hacia adelante en su sillón, aferrándose a los brazos del mueble. Su voz grave era un murmullo dentro de la máscara toruna; tuve que acercarme para oír. El asfixiante olor me sofocaba, pero lo disimulé, recordando lo que me había explicado sobre los esclavos.

—A ella no se lo he dicho. Ha visto ya demasiado mal. Pero sé lo que hará esa bestia con nuestro li-naje. Les prometió a esos cretenses un reino cretense, y eso ha comenzado ya. Pero en un reino así él sólo puede reinar por derecho de la señora. En los tiempos del Minos cretense, se casaban como en Egipto.

Los latidos de mi corazón se debilitaron. Me paralicé al comprender. Ahora entendí por qué el gran Minos había recibido a un niño-toro de tierra firme, un hijo bastardo de un pequeño reino y lo había ofrecido a la diosa. Y por qué hablaba Ariadna de matar al hijo de su madre. Conociendo ya el mal, lo había adivina-do.

Tomé mi decisión.

—Señor —dije—, he avisado a mi padre de que estoy vivo y le he pedido que me envíe barcos.

Se irguió en la silla.

—¿Qué dices? Mi hija no me ha contado nada de eso.

—Era algo demasiado serio para confiárselo a una muchacha —respondí.

—¿Has recibido una respuesta? ¿Vendrán? —Tomé aliento para hablar. Entonces comprendí que iba a expresarme como un niño. Aquella conversación me enseñó a conocerme a mí mismo.

—No lo sé. Mi padre no tiene suficientes barcos. Le dije que se los pidiera al gran rey de Micenas. —Minos movió la cabeza, como para mirarme. Pero lo pensé sin parar de hablar Me atrevería a afirmar que el gran rey le habrá dicho: «Teseo es hijo tuyo, pero no mío. Él dice que es posible conquistar Cnosos; pero es un danzarín de toros que quiere volver a ver su país. ¿Y si mandamos los barcos y Minos los hunde? En-tonces todos seremos esclavos». Mi padre es un hombre prudente: si el gran rey opina así, lo encontrará sensato.

Minos asintió con aire sombrío.

—Y ahora es demasiado tarde para mandar otro mensaje por el tormentoso mar.

—Entonces, debemos confiar en nosotros mismos —dije—. Si vienen los helenos, tanto mejor.

Se retrepó en la silla y dijo:

—¿Qué puedes tú hacer?

—Cuento con los danzarines de toros. Combatirán todos, hasta los que temen al toro, incluidas las muchachas; combatirán con la esperanza de salvar la vida. Les estoy consiguiendo armas con toda la rapi-dez posible. Puedo tomar el Laberinto con ellos, si conseguimos ayuda fuera de la Casa del Toro.

Alargó la mano hacia unos papeles que tenía al lado.

—Hay algunos hombres en quienes se puede confiar —afirmó. Y me leyó algunos nombres.

—Dromeo no, señor —repliqué—. Ahora nada entre dos aguas; lo he visto en el palacete.

Suspiró y apartó los papeles, diciendo: —Lo crié desde niño, al morir su padre.

—Pero está Périmo —dije—. Se ha mantenido firme y tiene hijos. Sabrá qué otros son dignos de con-fianza—. Necesitamos dos cosas: armas y alguien que nos consiga la colaboración de los cretenses.

Hablamos un rato de estas cosas y, por último, él dijo:

—Por más harto que esté de la vida, viviré hasta que estés a punto.

Recordé que había pensado lo peor de él por no haberse dirigido al dios y me sentí avergonzado.

—Avísame si tienes noticias de Atenas —me dijo.

Contesté que así lo haría. Luego, me imaginé a mi padre entrando en su carro por la Puerta del León y subiendo por el empinado camino que conduce a la Casa de Micenas. Lo vi sentado a la mesa con el gran rey. Pero no me lo imaginaba en la sala del piso alto, enardeciendo al rey para que entrara en guerra, animándolo a lanzar cuanto antes al mar sus frágiles naves. Mi padre había conocido demasiadas dificultades, lo cual lo envejeció prematuramente. Imaginé los oscuros y borrascosos mares cuyo embravecido oleaje rodeaba a Creta, y los vi desiertos.

—Con barcos o sin ellos, señor, reconoceremos nuestra hora cuando llegue —dije—. Estoy en manos de Poseidón. Él me envió y no me abandonará. Me enviará un signo.

Eso dije, para alegrar su soledad, porque dudaba de que tuviésemos barcos mientras no fuese a bus-carlos yo mismo. Pero los dioses nunca duermen. Y en verdad que Poseidón, el de los oscuros cabellos, me oyó.




Teseo: El rey debe morir


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