Capítulo 8

Pocas noches después, Ariadna me dijo:

—Mañana es el día en que doy mis oráculos.

—Deberías dormir —repliqué, y la atraje y le besé los párpados. Era demasiado tierna, pensé, para soportar sin salir magullada la locura de un dios.

Me respondió:

—No vienen muchos helenos. A ésos les diré las cosas de costumbre. Pero les revelaré a los creten-ses que vendrá un nuevo rey del verano para desposar a la diosa y bendecir el país. Jacintos floreciendo en un campo de sangre. Eso lo recordarán.

Asombrado, le pregunté:

—Pero, ¿cómo puedes saber lo que dirá a través de ti el dios antes de haber bebido la copa u olido el humo?

—¡Ay! —dijo Ariadna—, no consumo yo mucho de eso: da vértigos y luego duele la cabeza como si fuera a romperse.

Me sentía escandalizado, pero no contesté. Si era cierto que el dios ya no les hablaba, resultaba ex-traño que ella lo mencionase sin deplorarlo. Pero recordé que los cretenses juegan a esas cosas como ni-ños. Así que me limité a volver a besarla.

—Haré que se les grabe en la cabeza —dijo—. Me pintaré la cara de blanco y me pondré una raya ro-ja bajo los párpados. Me envolveré en una nube de humo (tanto les da con lo que se haga), pondré los ojos en blanco y me moveré a trompicones. Cuando haya hablado, me desplomaré.

Tardé en hablar. Finalmente dije: —Eso es un misterio femenino. Pero mi madre me dijo cierta vez que, cuando está en el foso de la serpiente, cualquiera que sea la pregunta, aunque sea una bagatela que el más estúpido debiera saber sin molestar a una deidad, ella siempre hace una pausa antes de contestar y escucha, por si la diosa lo prohíbe.

—También yo hago siempre una pausa —dijo Ariadna—. Me han enseñado como es debido, igual que a tu madre. Una pausa hace que la gente atienda. Pero como ves, Teseo, Creta no se parece a la tierra firme. Tenemos más gente, más ciudades, más asuntos que armonizar. En el palacio, solamente, trabajan noventa escribas. Cada mes habría un caos si no se pudieran prever los oráculos.

Ariadna me hundió en el pelo los dedos que tenía en las sienes y oí que esos dedos me decían: «Te amo, bárbaro mío».

Me dije que tanto daba; que, cuando nos casáramos, yo estaría allí para interponerme entre el dios y el pueblo. Pero lamentaba que ella no hubiese oído la llamada: un rey, lo mismo que un artesano, desea transmitir su arte a sus hijos.

Pronto hubo menos tiempo para pensar; desde entonces estuvimos ocupados.

En el viejo archivo situado debajo del Laberinto, me encontré con Périmo y sus dos hijos. El oficio de su familia consistía en archivar los juicios del rey; sólo ellos y sus empleados principales utilizaban aquel lugar, pues los documentos eran muy antiguos. Si Minos quería conocer los precedentes antes de dar un veredicto, mandaba por el archivero. Se trata de un antiguo misterio, transmitido de padres a hijos desde su fundador, un príncipe llamadora Damanto.

Cuando el rey enfermó y Asterión se hizo cargo de los litigios, mandó por Périmo, le reveló un fallo que se proponía dar y le pidió un precedente que lo apoyara. Cuando Périmo le presentó nueve sentencias en sentido contrario, Asterión le ordenó que siguiera buscando. El archivero no contestó; se encerró en los archivos a buscar, hasta que expiró el plazo y Asterión tuvo que cometer la injusticia por su cuenta. Pero todos sabían que sólo esperaba su oportunidad, y Périmo no quería darle tiempo.

Tenía unos cincuenta años, las cejas hirsutas, la barba veteada de negro y gris como la ceniza de le-ña, y los ojos redondos y feroces de un búho encaramado en el hueco de un árbol. Yo lo compadecía; Pé-rimo se habría entendido con mi abuelo. Era impropio de él conspirar en los sótanos con maquillados dan-zarines de toros. Yo tenía que salir siempre de la Casa del Toro acicalado como para una fiesta o una cita; de lo contrario, habría llamado la atención. Sin embargo, no había olvidado nada de lo aprendido en el salón de audiencias de mi abuelo, en el de mi padre ni en el mío propio. Al cabo, Périmo se olvidó de mis galas de danzarín de toros. Sus hijos parecían hombres honrados; el mayor tenía cara de amanuense y el menor era un oficial de la casa real de aspecto muy cretense, con bucles y talle mimbreño, pero con el coraje de un soldado. Dijo que podía contar poco, más o menos, con uno de cada tres hombres de la guardia real, con los que respetaban el juramento prestado, y con los que detestaban a Asterión. Era hora ya, pensé, de ade-lantar las cosas en la Casa del Toro.

Yo había confiado en las Grullas desde el primer momento; pero pronto tendría que apelar a otros y busqué un jefe de equipo en quien pudiera confiar. Elegí a una muchacha llamada Talestris, una sauromán-tica. Esas mujeres tienen muchas costumbres propias de las amazonas, sirven con las armas a la Virgen de la Luna y combaten en la guerra junto a los hombres. Cuando la vi por primera vez, Talestris tenía un as-pecto muy exótico; vestía una capa multicolor y unos pantalones de piel de gamo, y olía a cuajada. Su país está más allá del viento nordeste, detrás del Cáucaso, y allí sólo se cambian de ropa una vez al año. Pero desnuda y limpia, Talestris era una hermosa muchacha, algo más varonil de lo deseable para la cama de uno, pero con todos los encantos de un saltarín de toros. Entre ellos, el valor; porque, desde su primer día, me observaba con envidia.

Como me gustaba su temple, le enseñé todo lo que pude; y cuando la nombraron jefe de los Grifos, volvió a dirigirse a mí en busca de consejo. La puse en guardia contra un joven que temía al toro, diciéndole que los perjudicaría; cuando ellos dejaron que la bestia lo matara y consiguieron otro mejor, Talestris los ligó con un juramento semejante al nuestro y desde hacía más dedos meses ni uno solo había muerto. Por eso la gente estaba habituada a vernos conversar. Se lo dije todo, salvo que yo era el amante de la señora. Talestris era una muchacha dada a las muchachas; pero tengo comprobado que a ninguna mujer le gusta oírle decir a uno los sentimientos que le inspira otra.

Cuando se enteró, dio un doble salto mortal, porque seguía siendo salvaje. Pero distaba de ser tonta. Después de charlar un rato sobre su agreste país y sus amigos, a quienes confiaba ahora en volver a ver, me pidió que le consiguiera un arco, porque ésa era su arma. Le dije que lo intentaría; ahora que nos en-tendíamos con la guardia leal, nos llegaba buen material de la armería. Me rogó que le permitiera decírselo a sus Grifos, ya que no tenían secretos entre ellos; y como esto me pareció buena señal, le di mi permiso. Pronto lo supieron todos los equipos ligados por votos de camaradería. En cuanto a los demás, lucharían cuando llegase la hora; pero no se podía estar seguro de que no le dieran a la lengua.

La levadura, pues, fermentaba en silencio, sin ninguna clase de locuras. El secreto lo guardaba gente de vidas estrechamente ligadas; traicionar al equipo significaba verse rematado por el toro en la danza si-guiente. Esto sólo se veía en los ojos de los compañeros si uno estaba previamente al tanto.

Entonces empezamos a llevar armas a la Casa del Toro. Amintor y yo enseñamos a los demás jóve-nes de las Grullas y a tres o cuatro jefes de equipo el camino que pasaba por el cuarto de la lámpara; nues-tros amigos de la guardia habían reunido las armas debajo. Hacía frío y usábamos capas para ocultar las cosas, aunque nos vimos obligados a aserrar las varas de las lanzas y jabalinas. Los arcos cretenses son cortos y de buen peso para las mujeres. Las muchachas escondían todas esas cosas y muchas flechas en escondrijos y agujeros hechos debajo del piso.

Ariadna había comunicado sus oráculos a los cretenses. Me contó, llena de orgullo, que se había ex-presado con frases fragmentarias, no demasiado claras, pero tampoco demasiado oscuras; cómo puso los ojos en blanco y se dejó caer entre sus serpientes sin colmillos, y al despertar aturdida preguntó qué había dicho. Ahora, dijo, acababa de mandar a una vieja en quien podía confiar para que hiciera circular habladu-rías y le recordara a la gente el anillo del muelle. Pronto sería el momento de alertar a los jefes y cabecillas.

La primavera llega pronto en Creta. Las ánforas pintadas de los aposentos de palacio contenían nar-cisos y ramilletes de flores de almendro; los jóvenes se adornaban el cabello con violetas y las damas enga-lanaban a sus muñecos, que mecían hasta mediados del verano y colgaban luego de los árboles frutales, porque juegan con los sacrificios como con cualquier otra cosa. El sol se iba haciendo tibio, la nieve se de-rretía en las cumbres de las montañas, y en la calina que precedía al viento del sur el mar estaba tranquilo y apacible. Yo asistía a las fiestas de la gente de palacio, donde a veces había un prestidigitador o un bailarín, una muchacha con pájaros domesticados o un bardo de ultramar. Me acercaba cuanto podía y les hacía sentir mi nombre y mi acento heleno. Pero no llegaba ningún mensaje de Atenas.

Pasaron los días y los capullos de almendro de los jarrones pintados iban cayendo como copos de nieve sobre las losas pintadas. Un jefe de clan, dueño de tierras cerca de Faistos, que no había querido vender al requerírselo Asterión, murió repentinamente de una extraña enfermedad; sus herederos se asus-taron y vendieron la tierra. Los cretenses nativos murmuraban por las esquinas y contaban largas historias sobre otros tiempos. En la Casa del Toro los danzarines juntaban las cabezas, como de costumbre, ya que siempre nadaban en chismes e intrigas. Pero si se los escuchaba, se los oía hablar de sus hogares y pa-rientes, lo mismo que el arroyo helado se derrite en primavera. Transcurrían los días. Y una noche oí el estruendo de una tormenta que empezaba a ulular sobre los techos adornados con cuernos y por los patios del Laberinto. Era el viento del sur que soplaba y que cierra las aguas cretenses a los barcos del norte.

Estaba tendido boca arriba, con los ojos abiertos, escuchando.
Al rato, se acercó una sombra. Siempre había alguien rondando por la Casa del Toro cuando apaga-ban las lámparas. Pero era Amintor. Se inclinó sobre mí y me dijo:

—Llega pronto este año. Medio mes antes, dicen los cretenses. Es la moira. Teseo, nadie puede evi-tarlo. Saldremos del paso con lo que tenemos.

—Sí, eso haremos —repliqué—. Quizás el hermano de Hélice no haya vuelto a Atenas.

Los cretenes esperaban el viento desde hacía ya una semana. Pero Amintor había combatido bajo mis órdenes en el istmo y en el Ática, y quería salvar mi buena reputación.

Al día siguiente, en la Casa del Toro, Talestris me llevó a un rincón y me dijo:

—¿Qué sucede, Teseo? Pareces abatido. Nadie piensa mal de ti por el hecho de que sople el viento. Lo que dijiste sobre los barcos helenos fue un buen tema de conversación para los guerreros; nos dio áni-mos mientras nos preparábamos. Ahora no los necesitamos.

Me dio una palmada en el hombro como un muchacho y se alejó. Pero yo sentía ensombrecerse la Casa del Toro, lo mismo que ella.

Fui despacio a la nueva reunión en la catacumba del archivo. El viejo Périmo se limitó a asentir con una sonrisa ceñuda, como si hubiésemos ganado una apuesta. Era un hombre de la ley, como dicen en Creta; forma parte de su oficio contar con lo peor. Tenía buen concepto de mí porque yo no le había prome-tido nada. Poco después, dijo:

—Mi hijo tiene un plan. Aunque es temerario, puede servir, a falta de otro mejor.

Su voz era hosca, pero vi en sus ojos orgullo y dolor.

El hijo guerrero de Périmo, que se llamaba Alectrión, dio un paso adelante, saliendo de entre los pol-vorientos estantes y arrugados pergaminos como un martín pescador de un árbol seco. La vaga luz de la lámpara brilló sobre su collar y sus brazales de bronce con incrustaciones; llevaba una faldilla sembrada de esos relucientes escarabajos verdes que disecan en Egipto y usan como joyas; y olía a jacintos. Dijo que si muriera un jefe del grupo de Asterión, todos asistirían a los funerales y nosotros podríamos apoderarnos del Laberinto mientras estuvieran ausentes.

—Bien pensado —dije—. ¿Hay alguno enfermo? —Él se echó a reír, mostrando los blancos dientes. Hay una goma que las beldades cretenses mascan para blanquearlos.

—Sí. Festo está enfermo, aunque él no lo sabe.

Era el jefe de la guardia personal de Asterión; un individuo corpulento, de esqueleto heleno y nariz ro-ta debido a que practicaba el pugilismo. Fruncí las cejas y pregunté:

—¿Cómo podría hacerse eso?

—Oh, Festo cuida mucho de su salud. La única manera de hacerlo es obrar abiertamente. Haré que pelee conmigo; espero que elegirá las lanzas.

Para mí era una novedad el hecho de que aún existieran en Creta ofensas mortales; pero no podía-mos permitimos el lujo de arriesgar la vida de aquel hombre. Como Alectrión me llevaba cinco años, no pu-de decir nada, salvo: —¿Cuándo será eso?

—No sabría decirlo aún; tengo que encontrar algún buen motivo o Festo sospechará que es una ar-gucia. Conque ten preparada a tu gente. —Dije que así lo haría y nos separamos; él y su padre se dirigieron a la escalera que usaban ellos, y yo al santuario. Nunca mirábamos adónde íbamos al separarnos. Ni si-quiera los amigos cortesanos de Alectrión y su padre conocían el lugar donde nos reuníamos; todo nuestro plan dependía de que se mantuviera el secreto de las catacumbas.

Fui a la habitación de Ariadna y le conté mis novedades. Dijo que se alegraba de que no fuese yo quien combatiera con Festo, a quien no sería fácil matar; luego preguntó cuándo se efectuaría el combate, porque tenía que verlo. Le dije que lo ignoraba y no hablamos más; con todo aquel asunto, nos faltaba siempre tiempo para el amor. Al despedirnos, nos dijimos que, cuando nos casáramos, nos quedaríamos en la cama hasta que el sol estuviera en lo alto de la montaña. La noche siguiente nos tocaba hacer el ayuno previo a la danza del toro.

Pero a la siguiente noche, después de la cena, oí risas en las puertas de la Casa del Toro y tintineo de oro. No resultaba barato entrar allí después del anochecer: el soborno debía ser cuantioso. Entró Alec-trión, ágil y resplandeciente, con la faldilla adornada con placas de nácar y jazmines en los cabellos. Lucía un collar de sardónice veteado y un cinto de cabrito revestido de pan de oro. Avanzó a grandes zancadas entre los danzarines, flirteando con tal o cual joven, hablando de las apuestas y del último toro, como cual-quier aristócrata que sigue los avatares del coso. Pero vi que me buscaba con la mirada y fui a su encuen-tro.

—¡Teseo! —dijo, guiñándome el ojo y echándose atrás el pelo—. Juro que eres el más voluble de los hombres. ¡Olvidaste mi fiesta y has comido en la Casa del Toro! Tienes el corazón de cuarzo. Bueno, te perdono, no obstante, si vienes a oír la música. Pero date prisa; el vino está ya servido.

Le rogué que me perdonara y dije que iría. «El vino está servido» era la señal convenida entre noso-tros para indicar que algo no podía esperar.

Salimos al gran patio; al ser temprano aún, estaba inundado de la luz de las lámparas y lleno de gen-te con antorchas que se paseaba de un lado a otro. Alectrión buscó mis ojos y luego se apoyó en una co-lumna, con pose cretense. Como pasaba alguien, dijo: «¿Cómo puedes ser tan cruel?», jugando con mi collar y atrayéndome contra él. Después dijo en voz baja: —Minos te llama. El camino está señalado como antes. Debes ir solo.

Hablaba como si se lo hubiese aprendido de memoria. Pero yo sólo había recibido hasta entonces noticias del rey por medio de la diosa. Lo miré fijamente, tratando de calarlo. Su aire cretense, sus ornamen-tos, su actitud de pisaverde, todo me hacía sospechar de él, una vez que me entraron las dudas. Yo ignora-ba su reputación entre los guerreros. Mis ojos se encontraron con los suyos. Me tomó del brazo, aparente-mente con suavidad y ternura, pero en realidad con fuerza.

—Tengo una prenda que darte. Mírala y acéptala como un regalo de amor. —Y abrió la mano, dicien-do: Me encargaron que te dijese que ha sido purificada con fuego. —Y luego, cuando alguien pasó a nues-tro lado—: Úsalo, querido, y piensa en mi.

El anillo que tenía en la palma de la mano era de oro blanco, muy viejo y pesado, cincelado al estilo antiguo, puntiagudo y solemne. Pero aún se distinguía una gastada figura: toro de hombros para arriba, hombre lo demás.

Me lo deslizó en la mano. Obedeciendo a su mirada de advertencia, sonreí, volviendo la cabeza a de-recha e izquierda. Yo había visto aquel anillo otra vez. De modo que me incliné sobre su hombro, como había visto hacer a los jóvenes en Creta, y susurre: — Es suficiente. ¿Qué quiere?

Me rodeó el talle con el brazo y murmuró: —No lo dijo. Se trata de algo grave. —Luego miró por en-cima de mi hombro y murmuró muy deprisa—: Uno de los hombres de Asterión. No debemos mostramos demasiado bien avenidos. Pronto, recházame.

Me zafé tímidamente de Alectrión y me alejé. Aunque me sentía un poco bobo, ya no dudaba de él.

En la catacumba, encontré el segundo hilo atado y una linterna sorda de arcilla. Nunca había estado allí solo. Es natural que, cuando uno se halla con una muchacha, espere audacia de sí mismo; pero ahora aquellas viejas conejeras me parecían fantasmagóricas y horripilantes, pobladas, se diría, por los muertos que quedaron aplastados allí dentro cuando el sacudidor de la tierra se encolerizó. Los murciélagos que revoloteaban alrededor de la luz de la linterna parecían almas sin acceso al río de los muertos. Cuando, por fin, llegué hasta el guardián que me miraba desde debajo del mohoso yelmo con las cavernas de sus ojos, fue como si me hubiese encontrado con un camarada: sabía quién era y que pertenecía a un dios. Le hice un signo propiciatorio y pareció que dijera: «Pasa, amigo».

Cuando llegué a la puerta de arriba, cubrí la linterna y me detuve a escuchar. En la escalera no había nadie. Cerré la puerta tras de mí y vi (porque esta vez había luna) cómo se encajaba en la pared. Había un orificio por donde se podía introducir un dedo y echar el pestillo. La blanca luz lunar iluminaba la escalera, pero el alto trono quedaba en sombra. Crucé de puntillas y vi un leve resplandor que se filtraba por debajo de la puerta. Al acercarme, olí el incienso. Rasqué en el panel y su voz me invitó a entrar.

Estaba sentado en su silla de respaldo alto, con la misma máscara y con las manos apoyadas sobre las rodillas. Sin embargo algo era distinto. La habitación estaba limpia de residuos. El incienso ardía delante de un pedestal con un símbolo o imagen. Y también había cambiado su persona, que emanaba serenidad y una gran fuerza.

Me toqué el pecho en un gesto de saludo y dije en voz baja:

— Señor, aquí estoy.

Me indicó que me quedase frente a él, para poder verme a través de la máscara. Esperé. El ambiente era asfixiante y fétido, el humo me escocía los ojos. Sentía una gran tentación de dormir; recordaba que al día siguiente teníamos danza del toro.

—Teseo —dijo, y su voz ahogada parecía más clara y más grave—, ha llegado la hora. ¿Estáis lis-tos? —Me sentí preocupado y me pregunté qué habría fallado en nuestros planes.

—Lo estamos, señor, si hace falta —respondí—. Pero sería mejor el día de los funerales.

—El día y el rito son los adecuados —dijo—. Pero no basta con el animal del sacrificio. Se nos exige algo, pastor de Atenas; a mí tolerarlo, a ti hacerlo.

Señaló con la mano diestra desnuda el pedestal que estaba detrás del sahumerio. Entonces vi el ob-jeto sagrado que había allí. Era un hacha de dos cabezas, enhiesta sobre el mango en la piedra pulida.

Permanecí inmóvil. No había previsto nada tan solemne. —Los dioses pueden enviar un signo cuan-do nuestros oídos ya no los escuchan —dijo—. Enviaron a un niño para guiarme. —Por un momento me pregunté qué quería decir Minos. Pero, aunque Alectrión tuviera veintitrés años, él debía de conocerlo des-de que nació.
Los cristales convexos de la máscara se habían vuelto hacia mí. Miré el hacha envuelta en humo azul. Lo que él me pedía era decoroso y bueno en todos los sentidos. Pero mi mano no se alzaba. Esto no era Eleusis, donde yo había luchado contra un hombre vigoroso para defender mi vida. Pensaba: «Es lo bastante viejo para ser mi padre».

—Desde hace dos años ya, cada vez que respiro doy fuerzas a mi enemigo —dijo—. Sólo he vivido para proteger a mi hija. Ni uno solo de los miembros de la familia real se atrevió a pedirla; nadie osó inter-ponerse entre él y el trono del grifo. Ahora que he encontrado a un hombre, ¿por qué concederle un solo día más? Cuida de ella. Tiene la sangre de su madre; pero el corazón dominará la sangre.

Se levantó. Me llevaba media cabeza.

—Ven —dijo, y oí dentro de la máscara una risa apagada, que me sobresaltó como los murciélagos de las catacumbas—. Nuestro Minotauro de largos cuernos nos saca bastante ventaja, pero no puede ser Minos mientras los sacerdotes no hayan visto mi cadáver. Y ellos saben a quién obedece la guardia. Ojalá yo pudiera verle la cara cuando la culpa de la sangre vaya en pos de él. Ven, Teseo; ya no hay nada que te detenga. Ya tienes el anillo. Labris espera; quítala del soporte.

Me acerqué al pulido pedestal. El hacha tenía la misma forma que la que usábamos en el ruedo. El mango era de bronce con serpientes talladas; pero cuando miré la cabeza, vi que era de pie dra.

Entonces alcé el puño en gesto reverencial, comprendiendo que era la mismísima Madre La—bris, el guardián de la casa desde los orígenes. Minos dijo:

—Hace doscientos años que no se carga a un rey, pero se acordará. Lleva tanto tiempo en el oficio que casí podría hacerlo sola.

La alcé de su base. Oscuras sombras batían sus alas a mi alrededor, como cuervos. Respondí:

—Si el dios lo manda... Nosotros no somos más que perros guardianes, que hacen presa o sueltan al oír sus nombres. Pero esto va contra mis sentimientos.

—Eres joven —dijo él No consientas en que esto te turbe. Estás destruyendo mi cárcel.

Tanteé el hacha que tenía en mi mano: estaba bien equilibrada.

—Intercede por mí más allá del río, cuando los vengadores te pregunten qué mano te derribó —dije—. Si vivo, cuidaré de que tu tumba esté bien provista de todo lo que debe tener un rey; no pasarás hambre ni escasez en los tenebrosos senderos subterráneos.

Respondió:

—Te recomendaré allí como un hijo mio, si eres bueno con mi niña—. Si no, te lo demandaré.

—No temas —dije—. Ella es mi vida.

Se arrodilló delante de la imagen de la Madre Tierra y me dio la espalda—; luego se quitó la máscara y la dejó ante si. Su cabello negro tenía anchas vetas blancas y el cuello que se entreveía era como la cor-teza de un árbol seco. Dijo, sin volverse:

—¿Tienes espacio suficiente? Alcé el hacha y dije:

—Si, para un hombre de mi talla hay suficiente espacio.

—Ha—ib, pues, cuando yo invoque a la Madre.

Durante unos instantes guardó silencio; luego le gritó algo a la Madre en la lengua antigua y dobló la cabeza. Mi mano aún era reacia; pero su honor exigía que no le hiciese esperar. Por lo tanto, descargué el hacha, que cayó con fuerza junto con mi brazo, como si conociera su oficio. La cabeza se descolgó y el cuerpo se desplomó a mis pies. Retrocedí; las carnes se me encogían, muy a pesar mío. Pero cuando hube repuesto en su sitio la Labris para que se relamiera después del largo ayuno, me volví de nuevo hacia él y saludé a su espectro que emprendía el viaje. La cabeza estaba vuelta hacia mí, y, aunque se hallaba en la sombra, vi algo que me dejó sin aliento; no era el rostro de un hombre, sino el de un león.

Salí corriendo entre las cortinas y me detuve jadeante en la frescura del aire nocturno. Me temblaban las piernas y tenía las manos heladas. Pero poco después, cuando logré pensar, me alegré por él. Com-prendí que los dioses lo habían señalado con un distintivo honroso, después de que Minos se hubiera sacri-ficado por el bien de su pueblo. Así pueden favorecer ellos a los hombres, luego de un largo silencio; cuan-do la sangre y la muerte, y la amargura del dolor por lo que no tiene remedio, han taponado el oído que escucha más que la misma tierra. Lo mismo podrán hacer, al final, incluso conmigo.

Un centelleo de claridad lunar hirió la albardilla del hundido altar. Miré a mi alrededor y vi contra la pa-red el alto trono blanco de Minos, flanqueado por los bancos de los sacerdotes, y detrás los grifos guardia-nes pintados sobre un campo de lirios. Un búho ululó y en algún rincón del palacio un niño se puso a llorar hasta que lo calmó su madre. Luego reinó el silencio.

Allí había peligro y ya debía haberme ido; pero aquel lugar parecía estar reservado sólo para mí, para sus dioses protectores y para el espectro que aguardaba la balsa en la orilla de los suspiros. Me pareció que, si me escapaba como un ladrón, mi actitud no estaría a la altura de lo sucedido. Sentía que él me es-taba viendo. De modo que crucé el suelo pintado y me senté en el trono de Minos, dejando descansar las manos sobre las rodillas y la cabeza contra el respaldo del tronco, erguido y caviloso. Por fin, oí fuera de las puertas las voces de la guardia que anunciaban la ronda. Entonces me levanté sin hacer ruido y volví por la oscura maraña, siguiendo el camino que indicaba el hilo.




Teseo: El rey debe morir


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