Capítulo 9

Desperté con la cabeza pesada, cuando todos los equipos ya estaban de pie. Mientras iba a buscar el desayuno, bostezando, vi que Amintor me observaba. Enseguida me preguntó cómo había dormido.

No estaba habituado a que me hiciese reproches. Pero recordé cómo me había ido la víspera y que Amintor era eleusino.

—Tonto —dije—, ¿crees que estuve de galanteo? Me mandaron llamar. Minos está moribundo. A es-tas horas, debe de haber muerto.

Era mejor para él no saber más.

—¿Muerto —dijo Amintor. Miró a su alrededor—. Todavía no; fijate en que no hay llantos.

Era verdad. Después del misterio ejecutado en el silencio y la oscuridad de la noche, me había olvi-dado de esperar el clamor. No cabía duda de que mi golpe fue mortal. Labris le había partido el cráneo. Y dije:

—Pues se está muriendo rápidamente, estoy seguro.

Seguro, pensé, que ya lo habrá encontrado alguien.

—Bueno —replicó Amintor—. Entramos en el momento decisivo. Mientras tanto, está la danza del to-ro; más vale que duermas un poco más.

—No estoy cansado —dije, para que no se pusiera nervioso; Amintor siempre estaba pendiente de cuidarme—. Además, nunca harían la danza con el rey de cuerpo presente.

—No vendas el becerro antes de que haya parido la vaca —me respondió él.

Había sido el más temerario de los acompañantes antes de llegar a Creta; su función de receptor del danzarín lo serenó.

Volví a mi catre para tranquilizarlo, diciéndole que no dijera nada a los demás. Saberlo sólo serviría para enervarlos, y podría notárseles. Cerré los ojos; pero estaba bien despierto y pendiente de las voces que anunciarían la muerte del rey. De vez en cuando veía entre los párpados a alguna Grulla que se acer-caba de puntillas para mirarme. Temían que me sucediera alguna desgracia en el redondel, ya que faltaba muy poco para la danza. Parecieron transcurrir horas. Me sentía demasiado desasosegado para estarme quieto y volví a levantarme. Llegó el mediodía y nuestra comida; y las Grullas comieron sobriamente, como debe hacerse antes de la danza. Descansamos alrededor de una hora, jugando a los dados; después, oí-mos los caramillos y los tamboriles, y llegó la hora de ir.

Hacía sol. Olía a polvo tibio y se sentía también la penetrante fragancia de las hojas primaverales. Para pedir suerte, tocamos el altar dedicado a todos los dioses que había junto a la puerta de los danzari-nes. A su alrededor, sentados en el suelo, estaban los lisiados sacros, los danzarines que salieran del re-dondel por su pie después de una cornada, pero que nunca volverían a bailar. Algunos eran ancianos cal-vos y viejas arrugadas que se pasaban la vida allí desde hacia cincuenta años. Se rascaban y charlaban al sol, amenazando con decirnos malos augurios si no les dábamos limosnas; poníamos nuestras dádivas en sus platillos, mientras escuchábamos la música y tensábamos los músculos para bailar.

La arena estaba ya caliente bajo el sol; en las gradas de las mujeres había revuelo y rumores; los ju-gadores cantaban las apuestas. Nos acercamos al altar y alcé la vista, queriendo leer en el rostro de Ariad-na si estaba enterada de lo que había perdido. Pero nada se traslucía a través del maquillaje ritual.

Nos desplegamos en círculo dentro del ruedo y yo ocupé mi lugar frente a la puerta del toro. Antes de que la levantaran, oímos detrás de ella un bramido. Adiviné que a todas las Grullas que estaban a mi alre-dedor se les habían empinado las orejas como a los perros. Lo mismo me sucedió a mí. En aquel sonido se adivinaba que ocurría algo anormal.

Rechinaron las cadenas de la puerta. Me dispuse a fijarme en el toro cuando se detuviera a mirar en derredor. En sus días malos, entraba con la cabeza baja, se paraba y removía las patas delante ras. La puerta se levantó, con gran estruendo, y yo alcé el brazo para hacerle el saludo del jefe de equipo. Creo que aún agitaba la mano cuando me encontré con la bestia encima. Sin mirar a derecha ni a izquierda, sin dete-nerse a tomar aliento, se había lanzado cruzando el ruedo, como un jabalí que está al acecho, como un venablo dirigido a mi corazón.

Tenía el cerebro embotado por la falta de sueño, pero mi cuerpo pensó por mí. Me arrojé a un lado; el cuerno del toro me golpeó de refilón en el muslo y me derribó. Rodé por el suelo y me levanté con esfuerzo, escupiendo polvo y parpadeando para quitármelo de los ojos. La sangre caliente me corría por la pierna. Se oyó un chirrido, como si todas las mujeres hubieran sido violadas a la vez.

Me aparté el pelo de los ojos. Hipón se había encaramado en la cabeza del toro, aferrándose como un monito en medio de un huracán, mientras que Amintor y Menestes lo cogían de los cuernos. Estando el toro en estas condiciones, aquello no podía prolongarse mucho tiempo. Los ojos del animal estaban inyec-tados en sangre y vi una espuma amarilla en la boca; reaccionaba como si estuviera loco. Miré la maraña humana que el animal tenía encima de la cabeza y no me gustó mucho; pero sólo había una solución. Cuando la bestia se cuadró un instante, me agarré a las puntas de los cuernos y salté sobre mis tres com-pañeros, para caer en el pescuezo del toro. Lo monté, agarrándome a los cuernos y golpeándole la papada con los talones. Eso lo distrajo de los demás, que pudieron zafarse. Se lanzó a la carga conmigo encima, tan veloz como un carro de guerra. Hubo un estruendo como el fragor de la batalla y oí que diez mil gargan-tas vociferaban: «¡Teseo! ¡Teseo!»

Miré por entre los mechones caídos sobre mi frente y vi que Amintor se movía junto al toro, esperan-do el momento de atraparme cuando me soltara de la bestia. Todas las Grullas daban vueltas alrededor, muy cerca. El animal no estaba en condiciones de responderles; aunque me sentía destrozado no podía bajarme aún.

—¡Apartaos! —grité—. ¡Dejadme cabalgar! Rodeé con mis pies la garganta del toro, tratando de oprimirle la tráquea y de obligarlo a ir más despacio por falta de aire.

Embistió de frente, cabeceando y revolviéndose tanto que tuve la sensación de que se me desenca-jaban las mandíbulas. Y las Grullas me habían desobedecido por primera vez. Forcejeaban por todas par-tes. Cuando Heracles se detuvo un momento, vi que Melanto y Crisa se habían colgado de los cuernos; luego desaparecieron, no pude ver cómo. Las salpicaduras de espuma me caían en el rostro y los brazos y notaba un extraño olor acre.

Los rostros vociferantes se acercaban. El toro se precipitaba hacia la barrera. Ahora tenía que bajar-me o me aplastaría. Solté los cuernos; a pesar de todo, Amintor me esperaba. Cuando me dejó en el suelo, comprendí que estaba perdido, que seguiría sentado en el suelo cuando el toro viniera por mí. También Amintor estaba agotado y se le oía jadear. Y se acercaban las Grullas, pero sin aliento y lentas, por haber hecho más de lo debido. Yo esperaba que Heracles se volvería al llegar a la barrera. Pero en cambio se oyó un gran estrépito, chasquidos y gritos. El toro había embestido contra la barrera.

Era de cedro y del grosor del brazo, pero hizo que se tambalea ra. Llovieron nueces, golosinas y aba-nicos, e incluso un perrito faldero. Un cuerno se hincó en la barrera y Heracles forcejeó hasta sacarlo; y entonces, se dio la vuelta. Pero a mí, todo el coso me daba vueltas. Yo sólo sabía una cosa: que me habían dado una cornada y que, si uno se tiende en esas circunstancias, su sangre es para la Madre.

Me puse en pie, resollando y tambaleándome. A mi lado, Amintor me daba ánimos con blasfemias y cariñosos epítetos minoanos, a la vez que invocaba a los dioses. Está prohibido sostener a las víctimas. El toro se acercó. Avanzaba muy despacio, como en un sueño. Pensé que debía de estar aturdido. Sus gran-des ojos, salidos de las órbitas e inyectados en sangre, miraban los míos. Hice acopio de mis últimas fuer-zas y procuré adivinar por dónde daría la cornada. La bestia dobló la cabeza. La inclinó y la bajó hasta tocar la arena. Las patas delanteras le flaquearon. Se ladeó como zozobra un barco en la tempestad y se desmo-ronó sobre la arena.

Se hizo el silencio y un susurro entre temeroso y asombrado estalló como un oleaje. Luego, empeza-ron los vítores. La visión se me fue aclarando, aunque me sentía débil y mareado. Vi que mi herida, aunque sangrante, no era profunda. El ruedo parecía un jardín, pues la gente lanzaba como enloquecida todo lo que había traído, abanicos y chales, abalorios y flores. Las Grullas se reunieron a mi alrededor, sucias, magulla-das y cubiertas de arañazos, con arena en el pelo, churretes de sudor y las timadas caras. Formión cojeaba; Crisa le debía la vida, según me dijo ella después. Cuando la muchacha se acercó de la mano de Melanto, vi que tenía un corte en el pómulo del que manaba la sangre; ya no sería jamás el lirio perfecto que partiera de Atenas. Hélice bromeaba con Tebe; como también sucede en la guerra, había perdido el miedo en el preciso instante en que ese temor habría tenido sentido. La sonrisa burlona de Amintor era boba por efecto de la debilidad; la mía era igualmente lacia y sin duda no menos estúpida. Telamón me ofreció su hombro, pero lo alejé con un gesto. Mi chica, que estaba en el altar, se había asustado bastante; por lo menos, pude saludarla de pie.

Estaba muy erguida en el estrado. Sus pinturas resaltaban como las de una muñeca. Me sentí orgu-lloso de que se hubiera dominado para no traicionamos; aunque no tenía el don de la vista ni el del oído, pensé que sería toda una reina.

El viejo Heracles yacía allí mismo, donde había caído. Sobre su cabeza habían arrojado un ramillete de anémonas. Mientras lo miraba, se estremeció y tuvo una convulsión, y se le posaron moscas en los ojos.

Y desde lo alto, donde las graderías baratas hormigueaban de cretenses, surgió un murmullo grave y so-lemne, como si aquellos hombres hubieran visto un augurio.

Fuimos hacia la puerta. Yo estaba cansado, pero no tan cansado como para no pensar. Me acordé de la guardia que custodiaba a los toros sagrados: ningún plebeyo podía entrar en aquel recinto. Miré el palco vacío de Minos y el contiguo. Allí estaba sentado nuestro dueño, recibiendo felicitaciones por su equipo. Pero vi sus ojos mientras él no veía los míos.

Una vez fuera de la vista del público, no fui tan orgulloso como para no aceptar que me llevaran en angarillas. En la Casa del Toro, la curandera me lavó y curó la pierna y me dio un cordial caliente con espe-cias, mientras Áctor miraba, silbando entre dientes. Nuestros ojos se encontraron. Actor lanzó una mirada hacia la curandera, meneó la cabeza reclamando silencio y se fue.

Talestris se detuvo junto a mi jergón, con una mano en la cadera, revolviéndose con la otra la negra melena. Le hice señas de que se acercara. Se inclinó y me miró, no como mira una mujer a un hombre heri-do, sino como observa un guerrero que está al acecho y que espera una señal. Le dije en voz baja:

—Al toro le han dado un bebedizo. —Ella asintió. Agregué—: ¿Están bien escondidas las armas? As-terión debe de saber algo. —Me preguntaba, al hablar, cuánto tardaría Asterión en mandar a buscarme y qué muerte me daría.

Talestris dijo:

—No puede saber mucho. De lo contrario, las armas ya habrían desaparecido. Sí, están a salvo. No te preocupes; no servirás para nada mientras no hayas descansado.

La vi alejar a los danzarines que se acercaban para hablar conmigo. No era tonta; sabía que, si yo no descansaba ahora, quizá no tuviera tiempo de hacerlo luego. Me quedé tendido, pensando en sus palabras, con la cabeza embotada por la fatiga y por los medicamentos de la curandera.

«Asterión no puede saber que maté a Minos; de lo contrario, me hubiera ejecutado públicamente. Tampoco puede estar enterado de la existencia de las armas, porque entonces éstas habrían desaparecido. Pero, ¿sabe lo de la señora? ¿O lo que quiso dar a entender ella con sus oráculos? ¿Ha interrogado a Pé-rimo o a sus hijos? ¿Qué sabe?» Pensaba en estas cosas; pero me iba adormeciendo contra mi voluntad. Volví a oír zumbar la cháchara de los cretenses, para quienes el dios había matado al toro a mis pies. «Bueno —pensé—; desde luego que ha estado de nuestra parte.» Y creí sentir aún su presencia allí, so-lemne y caviloso, de modo que los ruidos de la Casa del Toro me parecían demasiado estridentes y me molestaban. Pero en el momento mismo en que lo pensaba me quedé dormido. Soñé con mi infancia, con el servicio que prestaba en el altar de la isla a la hora quieta del mediodía y oyendo el manantial.

Cuando desperté, encendían las lámparas y los danzarines se sentaban a comer. Amintor, que segu-ramente estaba esperando que yo abriera los ojos, se acercó y me preguntó qué debía traerme. Me senté, aunque me sentía demasiado entumecido para hacerlo, y pregunté si tenía alguna noticia sobre la muerte de Minos.

Amintor miró a su alrededor. Pero no había nadie cerca; todos los danzarines comían.

—No, Teseo. ¿Quién te ha dicho eso? ¿Se puede confiar en sus palabras? Dicen que, cuando la flota partió rumbo a Sicilia, antes de las tormentas, Minos se fue con ella, pero que se ha mantenido en secreto. Aseguran que fue a tomar la isla por sorpresa y que por eso no se habló del asunto. Esto lo han desmentido en el palacete, lo cual hace pensar que puede ser cierto. —Amintor me trajo sopa, una torta de cebada y un poco de miel. Comí acodado sobre el jergón, preguntándome cuánto tardaríamos en recibir la noticia de que Minos había muerto en Sicilia. «En realidad —cavilé—, Asterión es una bestia que piensa; y de prisa, ade-más. Ha sido una astucia desmentirlo; debo reconocer que eso no se me habría ocurrido.» Y luego, pensé: «Pero debe necesitar tiempo, aún. Los hechos lo demuestran.» Llegó la curandera y me estuvo explorando. Me untó con aceite y me dio masajes en las piernas, sobándome y dándome palmadas; examinó mi herida, recitando hechizos, y dijo que cicatrizaría muy bien. En la mesa, los danzarines estaban sentados junto a su vino dos veces aguado, en la última hora de conversación antes de que se llevaran a las muchachas. Me estiré bajo las manos de la vieja, sintiendo que mis tendones se relajaban y la sangre fluía a sus anchas. Sólo quedaba el escozor del vino sobre mi rozadura y una pesada somnolencia. Me volví, cuando ella se fue, para dormir de nuevo. Entonces vi a Áctor, el entrenador, de pie junto a mi catre.

—Ajá —dijo—. ¡Conque has resucitado! Lo escribiré en la puerta de la Casa del Toro y me ahorraré molestias. Has dormido profundamente. Cuando estabas acostado ahí durante el terremoto, mientras todos los extranjeros que nunca habían sentido ninguno se desgañitaban gritándoles a sus dioses, miré si habías muerto; pero estabas tan campante como un niño de pecho.

—¿Un terremoto? —dije, mirándolo. Y agregué—: ¡Ah, sí! Recordé la sensación del dios caviloso; yo estaba entonces demasiado cansado para percibir una advertencia.

—No fue gran cosa —dijo Actor—. Un estante con vasijas se desmoronó en la cocina. Bueno, las Grullas tendrán que atrapar a otro toro.

Me miró. Esta vez, no nos oía nadie.

—¿Qué le dieron al toro? —pregunté—. Llegué a olerlo en el aliento.

—¿Cómo voy yo a saberlo? —Actor miró de nuevo a su alrededor—. Supongo que será lo mismo que les dan a sus animales los apostadores antes de las peleas de perros. Los perros generalmente sobreviven, pero debe de ser difícil calcular la dosis para un toro. —

Áctor se había inclinado, pero ahora se sentó en el suelo a mi lado, para bajar la voz.

—A alguien a quien no nombraremos debe de habérsele escurrido el dinero entre las manos. Si ne-cesita todavía un talento de oro, tendrá que esperar al verano, que es cuando llegarán sus barcos.

—¿De oro? —dije, pensando que mi cordial debía contener amapolas. Porque aún estaba torpe. Ác-tor dijo—: Habla un fantasma. —Esta expresión significaba que lo dicho no se podía repetir ante testigos—. Tiene algo entre manos que le está vaciando la caja de caudales. Durante todo el día, sus agentes han es-tado recorriendo Cnosos para recaudar impuestos, cobrar arrendamientos, estrujar a los deudores, conse-guir préstamos de los fenicios. Bueno, ya sabes cómo van tus apuestas. Hace tres meses, a la par; ahora seis a ocho; y siguen siendo un quebradero de cabeza para los corredores. Ve a ver a cualquiera de ellos y trata de apostar a que Teseo vivirá; no te lo aceptarán. Si apuestas por las Grullas, tienes que hacerlo a los puntos. Pero esta mañana, tengo entendido, en todo Cnosos se apostaba a que habría una muerte en la danza, en una proporción de ciento a uno o más; a la chita callando y en distintos sitios. Y poco más o me-nos al mismo tiempo, para evitar que las apuestas bajaran. ¿Qué deduces de eso?

—¿Qué deduzco? —dije—. ¿Qué debo deducir? Sólo soy un danzarín de toros de tierra firme. En mi aldea somos gente sencilla.

Sentía vértigo. Áctor me miró, rascándose la cabeza y dijo:

— Duerme, muchacho. Aún estás ofuscado.

Los párpados me pesaban como si fueran de plomo; el sueño me abrazaba más que una amante. Pe-ro pensé que, si cerraba los ojos, luego creería que todo aquello lo había soñado. Vi que Amintor estaba a pocos pasos y le hice una seña.

—Tengo algo que decirte —le dije—. Trae a Talestris también. Vinieron los dos y se inclinaron sobre mi jergón, escudriñandome como si estuviese a punto de desintegrarme.

—Estad tranquilos —les dije—. El Minotauro no sabe nada. Ha hecho esto para obtener oro.

Si hubiese hablado en babilonio, ellos no se habrían quedado más perplejos. Los comprendí.

—Minos ha muerto. No lo dudéis. Está oculto en algún lugar del Laberinto, arrinconado sin ritos como el cadáver de un ladrón, para darle tiempo a Asterión. Asterión necesita comprar tropas y amigos; pero no puede pedir fondos a la tesorería real mientras no se notifique el fallecimiento. Está atrapado entre dos cuernos, digámoslo así. Por eso apostó a que el toro causaría una muerte, para hacer subir las apuestas.

Ellos me miraban con la boca abierta, como unos tontos de pueblo. Poco me faltó para reír.

Por fin, Amintor replicó despacio: —¿Lo hizo por oro? Pero nosotros somos las Grullas. Hemos baila-do un año para él.

Talestris echó atrás la cabeza.

—¡Madre de las yeguas! —exclamó.

Y en realidad, parecía una verdadera hija de Poseidón Hipio, con la recia melena oscura echada hacia atrás y las ventanas nasales hinchadas. Puso los puños en jarras y mostró de reojo, como una potra perversa, el blanco azulado de sus ojos negros.

—¿Qué son esos cretenses? ¡Ellos y sus baños y su mucho hablar de los bárbaros! ¡Son vacíos co-mo calabazas exprimidas! ¡Si los sacudiéramos, sonarían a hueco! ¿Por qué esperamos, Teseo? — En otros tiempos, en Eleusis, habría sido Amintor el primero en hablar. Pero ahora se tomaba su tiempo. Esta-ba inmóvil, con las negras cejas fruncidas sobre su nariz de gavilán, acariciando el lugar donde debía haber estado su daga.

—Teseo —dijo—, ¡cómo nos ha despreciado ese hombre! —. Asentí.

—Sí —dije—. Siempre ha sentido menosprecio por nosotros.

—La venganza es un derecho de todo hombre que no es mujer —repuso él—. Si Asterión lo hubiese hecho sabiendo que había armas ocultas en la Casa del Toro, yo no habría tenido peor opinión de él. Pero lo único que sabe de nosotros es nuestra reputación; y nos ha vendido como a las cabras sobrantes en un mal año. ¡Basta, Teseo! ¡Por Poseidón el de los cuernos negros, basta! Por esto, le arrancaremos el cora-zón.




Teseo: El rey debe morir


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