Capítulo 1

La ciudadela de Trecén, donde se alza el palacio, fue construida por gigantes en tiempos inmemoria-les. Pero el palacio lo edificó mi bisabuelo. Al amanecer, si uno mira desde Calauria, allende el estrecho, las columnas centellean con un rojo ígneo y las murallas son doradas. Todo brilla con colores claros sobre el fondo de los oscuros bosques de la montaña.

Nuestro linaje es heleno y procede de la simiente del inmortal Zeus. Adoramos a los dioses del cielo antes que a la Madre Día y a los dioses de la tierra. Y nunca mezclamos nuestra sangre con la de la gente de la ribera, que poseyó la tierra antes que nosotros.

Mi abuelo tenía unos quince hijos en su casa cuando nací. Pero su reina y sus hijos murieron, y que-dó sólo mi madre. En cuanto a mi padre, decían en el palacio que me había engendrado un dios. Cuando yo tenía cinco años, advertí que algunos lo dudaban. Pero mi madre nunca me hablaba del asunto; y no re-cuerdo haberme molestado en preguntárselo.

Cuando cumplí los siete, llegó el día del sacrificio del caballo, una gran fecha en Trecén.

Ese sacrificio se realiza cada cuatro años, de manera que yo no recordaba nada del último. Sabía que se refería al caballo rey, pero creía que se trataba de un homenaje. Para mí, nada podía ser más ade-cuado. Yo lo conocía bien.

El caballo rey vivía en la gran pradera de los caballos, abajo en la llanura. Yo lo había visto desde el techo del palacio husmear el viento, con la blanca crin alborotada, y montar sus yeguas. Y sólo el último año lo vi luchar por su reino. Uno de los señores de la casa, al ver desde lejos que empezaba el duelo, se acer-có a caballo hasta las laderas cubiertas de olivos para verlo de cerca y me llevó a la grupa. Observé cómo los grandes garañones escarbaban la tierra con las patas delanteras, arqueaban los cuellos y proferían sus relinchos de guerra; luego se embistieron con las crines al viento y enseñando los dientes. Por fin, el venci-do se desplomó; el caballo rey resopló junto al caído, irguió la cabeza relinchando y se alejó al trote hacia sus esposas. Nunca le habían puesto una brida y era salvaje como el mar. Ni el propio rey lo montaría ja-más. Pertenecía al dios.

Habría bastado su valor para que yo lo amara. Pero tenía otra razón. Lo creía mi hermano.

Poseidón, sabía yo, podía adoptar a su antojo la forma de un hombre o de un caballo. Afirmaban que, bajo su forma humana, me había engendrado. Pero en algunas canciones tenía también hijos-caballos, veloces como el viento del norte e inmortales. El caballo rey debía de ser uno de ellos. Por eso, me pareció evidente que debíamos encontrarnos. Yo había oído decir que él apenas tenía cinco años de edad: «De modo que, aunque él sea más grande, yo soy el mayor — pensé—. A mí me toca hablar».

Cuando el caballerizo mayor volvió a la pradera para elegir los potros destinados a los carros, conse-guí que me llevara. Mientras ejecutaba su tarea me dejó con un gañán, el cual dibujó en el polvo un tablero y se puso a jugar con un amigo. Pronto, ambos se olvidaron de mí. Trepé a la empalizada y fui en busca del rey.

Los caballos de Trecén son helenos de pura sangre. Nunca nos cruzamos con la pequeña raza de la gente de la ribera, a la que le arrebatamos la tierra. Cuando me colocaba a su lado, parecían muy altos. Al tender la mano para acariciar a uno, oí al caballerizo mayor que gritaba detrás de mí, pero cerré los oídos. «Todos me dan órdenes —pensé—. ¡Ojalá yo fuera el caballo rey! Nadie le da órdenes a él.» Entonces lo vi,


solo, parado sobre una pequeña loma, contemplando cómo escogían los potros en los confines de la dehe-sa. Me acerqué, pensando, como hace todo niño alguna vez: «Esto es la belleza».

Él me había oído y se volvió para mirar. Alargué la mano como de costumbre y lo llamé: «¡Hijo de Po-seidón!». Entonces acudió trotando, como hacen todos los caballos de los establos. Yo había traído un te-rrón de sal y se lo ofrecí.

Hubo cierto alboroto a mis espaldas. El palafrenero gritó, y al girarme vi que el caballerizo mayor le pegaba. Luego, pensé, sería mi turno; los hombres me hacían gestos desde las balaustradas, maldiciéndo-se unos a otros. Me sentía más a salvo donde estaba. El caballo rey se hallaba tan cerca que distinguía las pestañas de sus ojos oscuros. Las crines le caían por la frente como una cascada blanca entre relucientes piedras. Tenía los dientes tan grandes como las placas de marfil de los yelmos de guerra; pero el labio, cuando lamió la sal que yo le ofrecí en la palma de la mano, era más suave que el pecho de mi madre. Cuando agotó la sal, me rozó la mejilla con la suya y me husmeó el pelo. Luego, volvió trotando a su cerro, meneando la larga cola. Sus cascos, con los cuales, como supe después, había matado a un león de la montaña, resonaban sobre la pradera como los pies de un bailarín.

Entonces me agarraron por todas partes y me retiraron de la dehesa. Me sorprendió ver al caballerizo mayor pálido como un enfermo. Me montó en silencio en su cabalgadura y apenas me habló durante el tra-yecto de regreso. Después de tanto alboroto, temí que mi abuelo me zurrara. Me miró un rato cuando me acerqué a él, pero sólo dijo:

—Teseo, fuiste a la pradera de los caballos invitado por Peiros. Ha sido de muy mala educación cau-sarle problemas. Cualquier yegua que estuviera criando pudo haberte arrancado el brazo. Te prohíbo que vuelvas.

Esto había sucedido cuando yo tenía seis años de edad, y la fiesta del caballo debía celebrarse el año siguiente.

Era la festividad principal de Trecén. Los preparativos de palacio duraban una semana. En primer lu-gar, mi madre llevaba a las mujeres al río Hilicos, a lavar la ropa. La cargaban en mulas y la llevaban hasta el agua más limpia, la de la poza donde caía la cascada. El Hilicos nunca merma ni se enturbia, ni siquiera cuando hay sequía; pero ahora, en verano, estaba bajo. Las viejas frotaban las prendas livianas en la orilla y las golpeaban contra las piedras; las muchachas se recogían las enaguas y pisoteaban los pesados man-tos y frazadas en mitad de la corriente. Una de ellas tocaba un caramillo, cuyo ritmo seguían las demás, chapoteando y riendo.

Mientras la ropa se secaba al sol sobre las rocas, las muchachas se desnudaban y se bañaban, lle-vándome con ellas. Fue la última vez que me permitieron ir allí: mi madre notó que yo comprendía las bro-mas.

El día de la fiesta desperté al amanecer. Mi vieja nodriza me vistió con mis mejores galas: mis calzas nuevas de piel de ciervo con trencillas, mi cinturón rojo trenzado sobre cuerda y con cierre de cristal y mi collar de abalorios de oro. Cuando me peinó, fui a ver cómo se vestía mi madre. Acababa de salir del baño y le estaban poniendo las faldas por la cabeza. Los flecos de siete hileras, cosidos con zarcillos de oro y pen-dientes, campanilleaban y brillaban al agitarlos. Cuando le abrocharon el ceñidor labrado en oro y la faja del corpiño, mi madre contuvo con fuerza el aliento y luego lo dejó escapar, riendo. Tenía los senos suaves como la leche y los pezones tan rosados que nunca se los pintaban, aunque aún los llevaba desnudos, ya que tenía entonces poco más de veintitrés años.

Le quitaron los rizadores del pelo (más oscuro que el mío, de color del bronce pulido) y comenzaron a peinarla. Salí corriendo a la terraza, que rodeaba todos los aposentos reales al ocupar entero el techo del gran salón. La mañana era roja, y las columnas, pintadas de carmesí, parecían llamaradas. Oí, en el patio, a los señores de la casa que se reunían en atavío de guerra. Era lo que yo esperaba.

Venían de dos en dos y de tres en tres; los guerreros barbados, conversando; los jóvenes, riendo y forcejeando, gritándoles a los amigos o fingiendo golpearse con los mangos de las lanzas. Lucían sus cas-cos de cuero con altos penachos, engastados en bronce o reforzados con tiras de cuero. Sus anchos pe-chos y hombros, acicalados con ungüentos, despedían un brillo bermejo a la luz rosada, y sus calzas de cuero sobresalían rígidas de los muslos, haciendo que los delgados talles, ceñidos con los cintos de las espadas, parecieran aún más esbeltos. Esperaban, intercambiando noticias y habladurías y adoptando po-ses destinadas a impresionar a las mujeres, los jóvenes en actitud perezosa, con la parte superior de sus altos escudos, apoyada en la axila izquierda y el brazo derecho estirado para sujetar la lanza. Tenían el labio superior pulcramente afeitado, para que sus flamantes barbas destacaran mejor. Escudriñé los dibujos de los escudos, los peces, pájaros o serpientes repujados sobre el cuero, mientras buscaba a los amigos para saludarlos, los cuales alzaron sus lanzas en forma de respuesta. Siete u ocho eran tíos míos. Mi abue-lo los había engendrado en el palacio con mujeres de buena cuna, trofeos de sus guerras de antaño o rega-los de los reyes vecinos.


Los señores de la tierra se apeaban de sus caballos o de sus carros; iban también desnudos hasta la cintura porque hacía calor, pero ostentaban todas sus joyas; incluso en los rebordes de las botas lucían borlas de oro. Las voces de los hombres eran cada vez más sonoras y graves y desbordaban los muros del patio. Me cuadré y me ajusté el cinto; miré a un joven de barba incipiente y conté los años con mis dedos.

Entró Tálao, el jefe del ejército, hijo de la juventud de mi abuelo y de la esposa de un guerrero captu-rado en batalla. Vestía sus mejores galas: el casco, trofeo de los juegos celebrados durante el funeral del gran rey de Micenas, revestido de dientes de jabalí tallados, y sus dos espadas, la larga, con empuñadura cristalina, que solía dejarme desenvainar, y la corta, adornada con una cacería de leopardo incrustada en oro. Los hombres se tocaron la frente con las lanzas; él los contó con la vista y, parándose sobre la gran escalinata delante de la gran columna maestra que sostenía el dintel, prominente la barba como la proa de un barco de guerra, gritó: —¡Viene el dios! —Todos salieron en tropel del patio. Cuando me inclinaba a mi-rar, entró el guardia de mi abuelo y le preguntó a la doncella de mi madre si el señor Teseo estaba listo para salir con el rey.

Yo confiaba en ir con mi madre. Y creo que ella se proponía lo mismo. Pero me avisó que estuviese preparado para cuando me requiriera su padre.

Era la sacerdotisa principal de la Madre Día en Trecén. En tiempos de la gente de la ribera, eso habría bastado para que fuese una reina soberana; y si nosotros hubiésemos hecho sacrificios sobre la piedra umbilical, nadie la habría precedido. Pero Poseidón es el marido y señor de la Madre, y en su fiesta, los hombres van delante.

Por eso cuando oí decir que iría con el abuelo, me sentí convertido en un hombre.

Corrí hacia las almenas y miré entre los dientes. Entonces vi a qué dios seguían los hombres. Habían soltado al caballo rey, que correteaba a sus anchas por la llanura.

Toda la aldea parecía haber salido a darle la bienvenida. Galopó por los campos comunales de cereal y nadie alzó una mano para detenerlo.

Cruzó por las judías y el centeno y habría subido hasta las laderas de olivares; pero había allí algunos de los hombres y se desvió.

Mientras yo miraba, en el patio desierto rechinó un carro. Era el de mi abuelo; y recordé que debía ir con él. A solas en la terraza, bailé de alegría.

Me llevaron abajo. Erito, el auriga, estaba ya en su puesto, erguido como una estatua, con su corta túnica blanca y sus grebas de cuero, y con los largos cabellos recogidos; sólo los músculos del brazo se le movían, refrenando los caballos. Me montó en el carro, para que esperara a mi abuelo. Me sentía impacien-te de verlo en arreo de guerra, porque en aquellos tiempos era muy alto. La última vez que estuve en Tre-cén, cuando mi abuelo tenía ochenta años, se había vuelto liviano y seco como un viejo saltamontes y can-taba con voz aguda junto a la lumbre. Yo habría podido levantarlo en brazos. Murió un mes después que mi hijo, pues supongo que ya no había nada que lo retuviese. Pero entonces era un hombretón.

Salió, por fin, con su vestidura sacerdotal y su faja, con un cetro en vez de lanza. Subió agarrándose a la baranda del carro, puso el pie en los soportes y dio la orden de partir. Mientras traqueteábamos por la carretera de guijarros, sólo se le habría podido tomar por un guerrero, con faja o sin ella. Iba esparrancado y balanceándose a todo lo ancho del carro, como acostumbran hacer los hombres que van a campo traviesa con armas en las manos. Cuando yo lo acompañaba, tenía que colocarme a su izquierda; le hubiera puesto nervioso tener algo delante del brazo con que empuñaba la lanza. Siempre me parecía sentir la protección de su escudo ausente.

Al ver desierto el camino, me asombré y le pregunté dónde estaba la gente.

—En Esfera —dijo, asiéndome del hombro para sujetarme al pasar por un bache—. Te llevo a ver el rito porque pronto servirás allí al dios.

Esta noticia me sorprendió. Me pregunté qué servicios podía necesitar un dios caballo y me imaginé peinándole la crin o vertiendo ambrosía ante él en cuencos de oro. Pero era también Poseidón el de los cabellos azules, el que provoca las tormentas; y el gigantesco y el negro toro de la tierra a quien los creten-ses, según tenía yo entendido, alimentaban con mancebos y vírgenes. Después de cavilar un poco, dije a mi abuelo:

—¿Cuánto tiempo me quedaré?

Me miró la cara, se echó a reír y me revolvió el cabello con su manaza.

—Un mes cada vez —dijo—. Sólo servirás en el santuario y en el manantial sagrado. Es hora de que cumplas tus deberes con Poseidón, tu dios natal. Por eso hoy te consagraré, después del sacrificio. Pórtate respetuosamente y no te muevas hasta que te avisen; y recuerda que estás conmigo. —Habíamos llegado a la playa del estrecho, donde estaba el vado.

Yo contaba con cruzarlo chapoteando, en el carro; pero nos esperaba una barca, para salvaguardar nuestras mejores ropas. Ya del otro lado, volvimos a montar y costeamos durante algún tiempo la playa de



Calauria, viendo desde allí Trecén. Luego, nos internamos entre los pinos. Las patas de los caballos repi-quetearon sobre un puente de madera y se detuvieron. Habíamos llegado a la pequeña isla sagrada que estaba en el dedo gordo de la grande; y los reyes deben ir por su pie en presencia de los dioses.

El pueblo esperaba. Sus vestimentas, sus guirnaldas y los penachos de los guerreros brillaban en el claro, más allá de los árboles. Mi abuelo me tomó de la mano y me condujo por la cuesta arriba del pedre-goso sendero. A ambos lados había una fila de jóvenes de pie, los mocetones más altos de Trecén y Calau-ria, con las largas melenas recogidas y coronándoles las cabezas como crines. Cantaban, marcando el rit-mo de todos a la vez con el pie derecho. Era un himno a Poseidón Hipio. Contaba en qué se parece el pa-dre caballo a la fecunda tierra: su empenachada cabeza y sus ojos claros recuerdan el amanecer sobre las montañas, su lomo y sus ijares son como el ondular de los campos de centeno; y cuando bate la tierra con los cascos, los hombres y las ciudades tiemblan y se derrumban las casas de los reyes.

Yo sabía que esto era cierto, porque vi reconstruir el techo del santuario: Poseidón había derribado las columnas de madera y algunas casas y abierto una grieta en los muros del palacio. No me sentí muy bien aquella mañana de la catástrofe; me preguntaron si estaba enfermo y me eché a llorar. Pero en cuanto pasó el susto me encontré mejor. Tenía entonces cuatro años y ya casi lo había olvidado.

Nuestra parte del mundo estuvo siempre consagrada al sacudidor de la tierra; los jóvenes cantaban sus muchas proezas. Incluso el vado, decía el himno, era obra suya; había golpeado con los pies el fondo del estrecho y el mar se redujo a un hilo de agua que ascendió luego hasta inundar la llanura. Antes pasa-ban por allí los barcos; según una profecía, algún día le asestaría un arponazo y el mar volvería a hundirse.

Mientras caminábamos entre los adolescentes, mi abuelo los escudriñó buscando posibles guerreros. Pero yo había visto más allá, en el centro del calvero sagrado, al propio caballo rey, que mordisqueaba tranquilamente la hierba dispuesta sobre un trípode. Lo habían domado el último año, no para el trabajo sino para esta ocasión, y hoy le habían dado un pienso con una sustancia especial al amanecer. Pero aunque eso yo no lo sabía, no me sorprendió que tolerase a la gente que lo rodeaba; me habían enseñado que lo propio de un rey era recibir los homenajes con donaire.

El altar estaba adornado con guirnaldas de ramas de pino. El aire estival traía fragancias de resina, de flores e incienso, del sudor del caballo, del de los cuerpos de los jóvenes y de la sal del mar. Los sacer-dotes se adelantaron, coronados de pino, para saludar a mi abuelo como sumo sacerdote del dios. El viejo Cónidas, cuya barba era tan blanca como la crin del caballo rey, posó su mano sobre mi cabeza, asintiendo y sonriendo. Mi abuelo le hizo una señal a Diocles, mi tío favorito, un corpulento joven de dieciocho años, de cuyo hombro colgaba la piel de un leopardo muerto por él mismo.

—Cuidad del niño hasta que estemos a punto para él —dijo mi abuelo.

Diocles respondió:

—Sí, señor.

Y me condujo hasta la escalinata del altar, lejos del sitio donde estaba él con sus amigos. Llevaba puesto el brazal de la serpiente de oro con ojos de cristal y se recogía el pelo con una cinta púrpura. Mi abuelo había conquistado a la madre de Diocles en Pilos, como segundo premio de la carrera de carros, y siempre la había apreciado mucho; era la mejor bordadora del palacio. Diocles era un joven alegre y audaz que me permitía cabalgar en su mastín. Pero hoy me miraba con cara solemne y temí ser una carga para él.

El viejo Cónidas le trajo a mi abuelo una corona de pino trenzada con lana, que debía estar previa-mente hecha, pero no apareció a tiempo. En Trecén siempre hay algún pequeño tropiezo; allí no hacemos las cosas con la facilidad de los atenienses. El caballo rey mascó un poco de pienso del trípode y ahuyentó a las moscas con la cola.

Había otros dos trípodes: un cuenco que contenía agua y otro con agua y vino. Mi abuelo se lavó las manos en el primero y un criado joven se las secó. El caballo rey irguió la cabeza y ambos parecieron mi-rarse. Mi abuelo puso la mano sobre el blanco hocico y lo acarició con fuerza: el animal bajó la cabeza y la levantó con una ligera sacudida. Diocles se inclinó hacia mí y me dijo:

—Fíjate, consiente.

Lo miré. Ahora se le veía claramente la barba al contraluz. Dijo:

—Eso significa un buen augurio. Un año afortunado.

Asentí, pensando que la finalidad del rito se había cumplido y que regresaríamos a casa. Pero mi abuelo esparció sobre el lomo del caballo la harina que había en un plato de oro; luego, tomó un cuchillo muy afilado y brillante y le cortó un mechón de la crin. Le dio un poco a Tálao, situado cerca de él, y otro poco al primero de los señores.

Después se volvió hacia mí e hizo una seña. La mano que tenía Diocles sobre mi hombro me empujó hacia adelante.

—Ve —susurró—. Ve y tómalo.



Me adelanté, oyendo murmurar a los hombres y arrullar a las mujeres como tórtolas apareándose. Sabía ya que el hijo de la reina tenía más jerarquía que los hijos de las mujeres del palacio, pero nunca lo había notado en público. Pensé que me honraban así porque el caballo rey era mi hermano.

Me pusieron en la mano cinco o seis recias cerdas blancas. Me proponía darle las gracias a mi abue-lo; pero ahora sentí que emanaba de él la presencia del rey, solemne como un leño de roble sagrado. Por eso, como los demás, me toqué en silencio la frente con el mechón. Luego volví, y Diocles dijo:

—Bien hecho.

Mi abuelo hizo un amplio gesto con las manos e invocó al dios. Lo saludó como sacudidor de la tierra, hacedor de olas, hermano del rey Zeus y marido de la Madre, pastor de las naves y amigo de los caballos. Oí un relincho al otro lado de los pinares, donde estaban amarradas las yuntas de los carros, prontas a co-rrer en honor del dios. El caballo rey irguió su noble testa y respondió sin alborotarse.

La plegaria fue larga y me perdí en mis pensamientos, hasta comprender, por el tono, que el final se acercaba: «Así sea, señor Poseidón, de acuerdo con nuestra plegaria; y acepta la ofrenda». Mi abuelo ex-tendió el brazo y alguien le puso en la mano un hacha de gran tamaño y reluciente filo. Había de pie hom-bres de elevada estatura que tenían cintas de cuero de buey en las manos. Mi abuelo palpó el filo del hacha y, como en el carro, separó los pies y los asentó firmemente en el suelo.

Mató con mucha habilidad y limpieza. Yo mismo, en presencia de todos los atenienses, me conforma-ría con no hacerlo peor. Pero ésta es la hora en que aún lo recuerdo. Recuerdo cómo se encabritó el caba-llo rey y se quedó erguido como una torre, sintiendo su muerte, arrastrando a los hombres como si fueran niños; recuerdo la raja escarlata en la blanca garganta, el olor fétido y caliente; la pérdida de la belleza, la merma de las fuerzas, la desaparición del valor; y el dolor, la ardiente piedad que sentí cuando se desplomó de rodillas y posó su lustrosa cabeza en el suelo. Aquella sangre pareció desgarrarme el alma, como si hubiese brotado de mi propio corazón.

Me sucedía lo que al niño recién nacido, a quien han mecido día y noche en su blanca caverna, sin conocer otra, cuando lo sacan a donde el aire áspero lo taladra y la violenta luz le hiere los ojos. Pero entre mi madre, mezclada con las mujeres, y yo, estaba el cadáver trémulo y ensangrentado y mi abuelo con el hacha carmesí. Miré a Diocles, que contemplaba la agonía tranquilamente apoyado en su lanza. Sólo me respondieron las cuencas vacías de los ojos de la piel de leopardo y la mirada enjoyada de la serpiente de su brazal.

Mi abuelo sumergió una copa en el cuenco de la ofrenda y vertió el vino en el suelo. Me parecía ver fluir a chorros la sangre de su mano. El olor a cuero curtido del escudo de Diocles y el olor a hombre de su cuerpo me llegaron mezclados con el de la muerte. Mi abuelo entregó la copa al criado e hizo una seña. Diocles se pasó la lanza al brazo del escudo y me cogió de la mano.

—Ven —dijo—. Mi padre te necesita. Ahora hay que consagrarte.

Pensé: «También consagraron al caballo rey». El día luminoso se onduló ante mis ojos cegados por las lágrimas de pena y de terror. Diocles hizo girar su escudo sobre el brazal para cubrirme con una especie de techo de cuero y me enjugó los párpados con su mano joven y dura.

—Compórtate —dijo—. El pueblo te está mirando. Vamos... ¿Dónde está ese guerrero? Eso no es más que sangre.

Retiró el escudo y vi que la gente miraba sin parpadear.

Al ver todos aquellos ojos los recuerdos volvieron a mi memoria. «Los hijos de los dioses no temen a nada —pensé—; ahora van a verlo, sea como sea». Y aunque en mi alma todo era tinieblas y llanto, mis pies avanzaron.

Y entonces vibró un rumor de mar en mis oídos; una cadencia y una marejada que me acompañaban, que me guiaban. Lo oí entonces por primera vez.

Avancé con la ola, como si ella me abriera paso por la muralla que había ante mí; y Diocles me con-dujo hacia adelante. Por lo menos, sé que me llevaban: él o alguien que adoptaba su forma, como suelen hacer los inmortales. Y lo mismo que sé que había estado solo antes, ya no lo estaba. Mi abuelo mojó un dedo en la sangre del sacrificio e hizo la señal tridente sobre mi frente. Luego, él y el viejo Cónidas me con-dujeron debajo del fresco techo de paja que cubría el manantial sagrado y arrojaron al agua una ofrenda votiva, un toro de bronce con los cuernos de oro. Cuando salimos, los sacerdotes habían cortado del cadá-ver la parte del dios y el olor a grasa quemada impregnaba el aire. Pero no lloré hasta estar en casa, y mi madre me preguntó: «¿Qué ocurre?»

Entre sus senos, enredado en su lustroso cabello, lloré como para purificar mi alma con las lágrimas. Ella me acostó y me cantó y, cuando me tranquilicé, dijo:

—No te aflijas por el caballo rey: se ha ido con la Madre Tierra, que es quien nos ha creado a todos. Tiene un millar de miles de hijos y los conoce uno por uno. El caballo rey valía demasiado para que alguien lo montara aquí; pero ella encontrará a algún gran héroe, un hijo del Sol o del viento del norte, para que sea



su amigo y su amo, y galoparán todo el día y nunca se cansarán. Mañana, le llevarás a la Madre Tierra un regalo para él y yo le diré que tú le haces la ofrenda.

Al día siguiente, fuimos juntos a la piedra umbilical. Había caído del cielo hace muchísimo tiempo, en épocas inmemoriales. Los muros del patio hundido donde se hallaba eran mohosos y los rumores del pala-cio no perturbaban el recinto. La sagrada serpiente de la casa tenía su agujero entre las piedras; pero sólo se dejaba ver por mi madre cuando ella le traía su leche. Mi madre dejó mi pastel de miel sobre el altar y le dijo a la diosa para quién era. Cuando nos íbamos, volví los ojos y la vi sobre la fría piedra, y recordé el aliento vivo del caballo sobre mi mano, su labio tierno, tibio y movedizo.

Estaba sentado entre los perros de la casa, en el umbral del gran salón, cuando mi abuelo pasó y me dijo algo a modo de saludo.

Me levanté y le respondí, porque no se podía olvidar que era el rey. Pero me mantuve quieto, con los ojos bajos y golpeando con un dedo del pie una grieta entre las lajas. Debido a los perros, no lo había oído llegar; de lo contrario, me hubiera marchado. «Si él pudo hacer eso —pensaba yo—, ¿cómo se puede con-fiar en los dioses?» Mi abuelo volvió a hablar, pero yo sólo dije «Sí» y no quise mirarlo. Lo sentí parado junto a mí, cavilando, mirándome desde su alta talla. A poco, dijo:

—Ven conmigo.

Lo seguí por la escalera hasta su cuarto del primero piso, donde engendrara a mi madre y a sus de-más hijos y donde moriría. Yo había subido rara vez allí; en su vejez, él pasaba todo el día en ese cuarto, porque daba al sur y la chimenea del gran salón lo atravesaba y caldeaba. El lecho real, en el otro extremo del aposento, medía dos metros y medio de largo por dos de ancho y era de ciprés pulido, con incrustacio-nes y tallas. El cobertor de lana azul con cenefa de grullas volanderas le había costado a mi abuela medio año de afanarse en el gran telar. Al lado, había un cofre con aros de bronce para la ropa; y para las joyas, otro de marfil sobre una tarima pintada. Las armas colgaban de la pared: el escudo, el arco, la espada larga y la daga, su cuchillo de caza y su casco de cuero con penacho, forrado de otro cuero carmesí que no se gastaba. No había muchas cosas más, salvo las pieles del piso y una silla. Mi abuelo se sentó y me señaló el escabel.

Por la escalera subían ahogados los rumores del salón, de mujeres que frotaban los largos caballetes con arena y que apartaban a los hombres, para que no las molestaran, con forcejeos y risas. Mi abuelo la-deó la cabeza, como un perro viejo instalado en su pedestal. Luego, dejó descansar las manos sobre los brazos del sillón con leones tallados, y dijo:

—Bueno, Teseo... ¿Por qué estás enojado?

Alcé la vista hasta sus manos. Los dedos se curvaban formando algo así como la boca abierta de un león; sobre el índice, se veía el anillo real de Trecén, con la Madre dispuesta para el culto sobre una colum-na. Tiré de la piel de oso extendida en el suelo y guardé silencio.

—Cuando seas rey, lo harás mejor que nosotros —dijo—. Sólo los feos y los viles morirán; lo que es valiente y hermoso vivirá eternamente. ¿Es así como gobernarás tu reino? —Para cerciorarme de si se es-taba burlando de mí, lo miré a la cara. Entonces, el sacerdote del hacha sólo me pareció un sueño. Mi abue-lo alargó la mano, me atrajo contra sus rodillas y me hundió los dedos entre el pelo, como hacía con sus perros cuando buscaban que les hiciera caso.

—Conocías al caballo rey, era amigo tuyo. Por lo tanto, sabes que fue él quien hubo de elegir entre ser rey o no serlo.

Yo seguía callado, recordando el gran combate entre los dos caballos y sus belicosos relinchos.

—Sabes que vivió como un rey, con el más selecto de los piensos y montando a todas las yeguas que se le antojaban. Y nadie le pidió que lo pagara trabajando —dijo.

Abrí la boca y dije:

—Tuvo que pelear para conseguirlo.

—Es cierto. Más tarde, cuando pasara la flor de la edad, vendría un garañón más joven y lo vencería en combate, arrebatándole su remo. Moriría penosamente o lo alejarían de su pueblo y de sus esposas para morir sin honor. Ya viste que era orgulloso.

—¿Era tan viejo? —pregunté.

—No —dijo mi abuelo, y su manaza arrugada seguía inmóvil sobre la cabeza de león—. No más viejo como caballo que Tálao como hombre. Murió por otro motivo. Pero si te digo el porqué, debes escucharme, aunque no lo comprendas. Cuando seas mayor, si estoy aquí, volveré a decírtelo; en caso contrario, lo habrás oído por lo menos una vez y siempre recordarás algo.

Mientras hablaba entró una abeja y zumbó entre los cabrios pintados. Todavía hoy, ese ruido me evoca la escena.


—Cuando yo era niño, conocí a un hombre de edad, como tú me conoces a mí —me dijo—. Pero era más viejo: el padre de mi abuelo. Sus fuerzas habían desaparecido y se sentaba al sol o junto al hogar. Me contó este relato que te narraré yo ahora y que quizá le repitas tú algún día a tu hijo.

Recuerdo que, en ese instante, alcé la vista para ver sí sonreía.

—Hace mucho —me dijo—, nuestro pueblo vivía en el norte, más allá del monte Olimpo. Decía, y le irritaba que yo lo dudara, que ellos nunca habían visto el mar. En vez de agua, tenían un mar de hierba, que se extendía hasta donde alcanza el vuelo de las golondrinas, desde el sol que sale hasta el que se pone. Vivían de lo que les daban sus rebaños y no construían ciudades; cuando sus animales agotaban las hier-bas, se iban a donde hubiera otros pastos. No sentían añoranza del mar, como nosotros, ni de las cosas buenas que produce la tierra al cultivarla; no las conocían; y tenían pocas artes, porque eran gente nómada. Pero disfrutaban de un ancho cielo, que atrae las mentes de los hombres hacia los dioses; y daban sus primeros frutos al inmortal Zeus, que es quien envía la lluvia.

»Cuando se trasladaban, los varones daban vueltas, alrededor de carros, custodiando a los rebaños y a las mujeres. Cargaban con el peso del peligro, como ahora; es el precio que pagan los hombres por el honor. Y todavía hoy, aunque vivimos en la isla de Pélope y construimos murallas, y cultivamos olivos y cebada, los robos de ganado siguen costando sangre. Pero el caballo significa algo más. Con los caballos, les quitamos estas tierras a la gente de la ribera que nos precedió aquí. El caballo será el signo de la victo-ria mientras nuestra sangre tenga memoria.

»Nuestro pueblo vino al sur poco a poco, abandonando sus tierras originarias. Quizá Zeus no enviase lluvia o el pueblo fuese ya demasiado numeroso o lo acosaran enemigos. Pero mi bisabuelo me dijo que vinieron por voluntad del omnisciente Zeus, porque éste era el lugar de su moira.

—¿Qué es eso?

—¿La moira? —dijo—. La forma definitiva de nuestro destino, la línea que lo circunscribe. Es la mi-sión que nos asignan los dioses y la parte de gloria que nos adjudican; los límites que no debemos fran-quear y el objetivo que nos ha sido asignado. La moira es todo eso.

Pensé en lo que me había dicho, pero aquello era demasiado grande para mí. Pregunté:

—¿Quién les dijo que vinieran?

—El señor Poseidón, que gobierna todo lo que se extiende bajo el cielo, la tierra y el mar. Se lo orde-nó al caballo rey, y el caballo rey los guió.

Me incorporé: aquello sí que lo podía comprender.

—Cuando necesitaron nuevos pastos, lo soltaron; y él, velando por su pueblo como le había reco-mendado el dios, husmeó el aire en busca de alimento y agua. Aquí, en Trecén, cuando sale en busca del dios, lo soltamos por los campos del otro lado del vado. Lo hacemos en conmemoración de aquellos días en que era libre y los señores lo seguían, para presentar batalla si le cortaban el paso; pero sólo el dios le de-cía adónde debía ir.

»Por eso siempre lo consagraban antes de soltarlo. El dios sólo inspira a los suyos. ¿Comprendes es-to, Teseo? Sabes que, cuando Diocles caza, Argo le cobra las presas. Pero no lo haría por ti; y por su cuen-ta sólo atraparía piezas pequeñas. Pero como es el perro de Diocles, sabe lo que él quiere.

»El caballo rey señaló el camino; los señores lo despejaron; y el rey guió al pueblo. Cuando la obra del caballo rey hubo concluido, se lo entregaron al dios, como viste ayer. Y en esos tiempos, dijo mi bis-abuelo, la misma suerte corría el rey que el caballo rey.

Miré a mi abuelo con cara dubitativa; y, no obstante, sin asombro.

Algo había dentro de mí que no encontraba extraño aquello. Él asintió y me pasó los dedos por el pe-lo; sentí un escalofrío en el cuello.

—Los caballos van al sacrificio a ciegas; pero los dioses han dotado a los hombres de conocimiento. Cuando consagraron al rey, él conocía su moira. En tres años o en siete o en nueve, o sea cual fuere la costumbre, su plazo expiraría y lo reclamaría el dios.

»Y siguió consintiendo; de lo contrario, no habría sido rey y no hubiera recaído en él el poder de guiar al pueblo. Cuando fueron a elegirlo entre la familia real, aquél fue su signo: que prefería una vida breve y gloriosa con el dios, a vivir mucho tiempo en el anonimato, como el buey que se ceba en el pesebre. Las costumbres cambian, Teseo, pero ese rasgo no cambia nunca. Recuérdalo, aunque no lo comprendas.

Quise decir que lo comprendía. Pero callé, como en el robledal sagrado.

—Más tarde, la costumbre cambió. Quizá tuvieran a un rey del que no podían prescindir, porque la guerra o la peste hubieran diezmado a la familia real. O acaso Apolo les descubriera algún secreto. Pero dejaron de ofrendarle al rey en ocasiones establecidas. Lo conservaban para sacrificarlo en último término, para apaciguar las grandes cóleras de los dioses, cuando no enviaban lluvias o el ganado moría o durante


una cruenta guerra. Y nadie tenía derecho a decirle: «Es hora de hacer la ofrenda». Él era el más próximo al dios, porque consentía en su moira; y recibía personalmente la orden del dios.

Mi abuelo hizo una pausa y le pregunté:

—¿Cómo?

—En distintas formas. Con un oráculo, un augurio o el cumplimiento de alguna profecía; o, si el dios estaba cerca, mediante algún signo que intercambiaban entre ellos, algo que se veía o se oía. Y lo mismo sucede aún, Teseo. Conocemos nuestra hora.

Yo no hablaba ni lloraba, pero apoyé la cabeza contra su rodilla. Advirtió que iba comprendiéndolo.

—Escucha y no lo olvides, que voy a revelarte un misterio. No es el sacrificio, tanto si se produce en la juventud o en la vejez como si el dios lo perdona; no es el derramamiento de sangre el que suscita el poder. Es el consentimiento, Teseo. La buena disposición lo es todo.

Eso limpia el corazón y la cabeza de todas las cosas sin importancia y los abre al dios. Pero un lava-do no dura toda una vida: tenemos que renovarlo o el polvo vuelve a cubrirnos. Y lo mismo sucede con esto. Hace veinte años que gobierno en Trecén y cuatro veces he enviado al caballo rey a Poseidón. Cuando le pongo la mano sobre la cabeza para hacerlo asentir, no es sólo para bendecir al pueblo con los augurios. Lo saludo como a mi hermano ante el dios y renuevo la moira.

Mi abuelo calló. Alcé los ojos y vi que miraba fijamente hacia el exterior, por entre los pilares rojos de la ventana, contemplando la línea azul oscura del mar. Nos quedamos sentados durante algún tiempo; él jugaba con mi cabello como rasca un hombre a su perro para apaciguarlo, por temor a que lo moleste y distraiga de sus meditaciones.

Pero no se me ocurrió nada que decirle. La semilla se queda inmóvil cuando acaba de caer en el sur-co.

Por fin, mi abuelo se irguió, sobresaltado, y me miró.

—Bueno, hijo mío. Los augurios vaticinan que reinaré largo tiempo. Pero a veces exageran; y dema-siado pronto es mejor que demasiado tarde. Todo esto es muy penoso para ti. Pero el hombre que hay de-ntro de ti ha lanzado su reto y ese hombre sabrá mantenerlo.

Mi abuelo se levantó de repente, se desperezó y, a grandes zancadas, se dirigió a la puerta; su grito arrancó ecos en la tortuosa escalera. Enseguida, acudió corriendo Diocles, que estaba abajo, y dijo:

—Aquí estoy, señor.

—Mira a este mocetón —dijo mi abuelo—. La ropa le viene ya pequeña y no hace otra cosa que jugar con los perros de la casa y rascarse. Llévatelo y enséñale a montar a caballo.



Teseo: El rey debe morir


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