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Después de la señal del dios, ya no dudaba de que crecería hasta alcanzar una buena estatura. Es-peré estación tras estación, confiado. Había visto que otros niños se volvían muy altos en un par de años, sin que ningún dios les ayudara.
Dos metros y medio, pensé, le habían bastado a Heracles y debían bastarme a mí; pero me confor-maría con dos si así lo exigía el sacudidor.
Cumplí los once años y terminé mi servicio a Poseidón, y solté un jabalí bastante crecido, cuyos col-millos comenzaban a despuntar, en el gran salón, cuando cenaba allí el rey de los tirios. Dado que era más joven de lo que me había parecido, colaboró conmigo a cazarlo, pegando voces, y dijo que nunca había pasado una velada mejor; pero mi abuelo me azotó de todos modos, diciendo que aquél podía haber sido fácilmente el gran rey de Micenas.
Cumplí los doce años y jugué en el bosquecillo con la hija de un terrateniente de trece. Esto se quedó en nada: la niña me rechazó, regañándome y diciendo que la había lastimado. Argumenté que, a juzgar por todo lo que sabía, aquello la honraba; pero ella replicó que estaba segura de que yo obraba mal.
Con todo, iba alcanzando la virilidad. En este sentido, estaba más desarrollado que otros niños mu-cho mayores. Pero seguía siendo casi el más bajo de mi generación; y cuando Simo trajo un mensaje del santuario, vi que me llevaba toda la cabeza.
Ahora, mi tío Diocles podía peinarse algo la barba y no tardaría en casarse. Se reía de mis apuros cuando tenía dificultades con todos los demás, me enseñaba las habilidades de la guerra y la caza, y trata-ba de que hiciera buen uso de mis bríos. Pero cierto día, teniendo yo trece años, me encontró desalentado junto al campo de lucha y me dijo: —Mira, Teseo. Nadie puede hacerlo todo. Algunas cosas requieren ser liviano; otras, ser pesado. ¿Por qué no te aceptas a ti mismo tal como eres? Estás progresando muy bien. Eres el mejor saltador que hay aquí, en longitud y en altura; ganas casi siempre las carreras pedestres; como jinete, eres capaz de montar cualquier caballo; superas a Dexio, que es superior a todos los demás. Y tienes una vista muy certera, tanto con el arco como con la jabalina; sé que Maleo lanza la jabalina más lejos, pero ¿da en el blanco tantas veces como tú? Serás un guerrero, si sigues así; no te asustas, tienes agilidad y la fuerza de un adulto. Si eres razonable y logras conocerte, rara vez volverás de los juegos sin dos o tres premios. Eso debe bastarle a cualquiera. Es hora ya de que dejes de afligirte y de derrochar el tiempo en torneos donde sólo cuenta el peso. Nunca serás un luchador, Teseo. Afronta esa verdad, de una vez por todas.
Nunca lo había visto tan serio; y comprendí que sentía verdadero afecto por mí. Por lo tanto, le res-pondí:
—Sí, Diocles. Supongo que tienes razón.
Ahora, yo era demasiado grande para llorar y pensé: «Hasta ha olvidado por qué quiero ser grande. No es que quiera herirme, como Simo, nada de eso. Sencillamente, es que no se le ocurre. No le entra en la cabeza».
Habían pasado cuatro años desde que recibiera la señal de Poseidón. En la juventud, cuatro años significan mucho tiempo. Y hasta la gente le concedía menos importancia a que yo no tuviera la talla de los hombres engendrados por los dioses.
Cumplí los catorce años; estábamos en la luna de los cereales y en mi país era la época de la cose-cha. Mi madre recibió las ofrendas de la diosa y le leyó los juramentos escritos sobre planchas de arcilla. Por la noche, fue al patio central y, al seguirla hasta el sendero del claustro, oí que le hablaba en voz baja de la cosecha a la serpiente de la casa; porque, como decía mi madre, si le ocultábamos algo no tendría-mos suerte al año siguiente. Me rezagué entre las sombras, pensando que ella debía de haberle dicho an-taño a la serpiente quién era mi padre. Quizá le hablara de mí ahora. Pero espiar los misterios de las muje-res significa la muerte para los hombres. Por temor a oír una sola palabra de lo que estaba diciendo, esca-pé.
Al día siguiente se celebraba la fiesta del grano. Por la mañana, ella hizo una ofrenda a la Madre en la columna sagrada, posando muy enhiesta y con la gracia del humo que asciende. Nadie habría creído que su vestimenta sacra fuese tan pesada, con los flecos repletos de rombos de marfil y discos de oro que en-trechocaban. «¿Por qué no me lo dice? —pensé—. ¿Necesita que le expliquen que sufro?» Y la ira ardió en mí como una barra al rojo vivo, golpeándome el corazón en el sitio más enternecido por el amor.
Más tarde celebramos los juegos. Contemplé las luchas, a aquellos hombrones que se aferraban por la cintura, esforzándose por levantarse el uno al otro del suelo. Ahora, uno tiene que penetrar en las colinas del interior para ver el antiguo estilo heleno; pero, en aquellos tiempos, no había otro en la isla de Pélope y los hombres demostraban la misma habilidad en la lucha que en los concursos de tiro.
En las pruebas para muchachos, gané el premio de saltos, la carrera pedestre y el lanzamiento de ja-balina, como vaticinara Diocles. Cuando entregaron los trofeos en la era, recibí una bolsa con puntas de flechas, un par de jabalinas y un cinturón con adornos de color grana. Cuando me retiraba con los premios, oí una voz entre la multitud que decía: —Tiene los ojos azules y es rubio como un heleno; pero el cuerpo es como el de la gente de la ribera: flaco, ágil y pequeño.
Y alguien respondió, en voz baja:
—Bueno... ¡Nunca se sabe!
Salí. La luna de los cereales brillaba, grande y dorada. Dejé mis trofeos en el suelo y fui hasta el mar.
La noche estaba serena. La luz de la luna iluminaba el estrecho y un ave nocturna cantaba, con voz suave y burbujeante, como el agua en una tinaja angosta. De lo alto llegaban cantos y palmoteo de manos
que marcaban el ritmo de la danza.
Entré en el agua tal como estaba, con el cinturón y las calzas. Quería alejarme de los hombres y de sus voces. Cuando la corriente me llevó a mar abierta, me dije: «Si soy hijo del dios, él cuidará de mí. Si no lo soy, me ahogaré y no me importa».
Más allá de los bajíos y el promontorio, el estrecho se abría al mar. Luego, en Calauria, oí música y distinguí antorchas que se movían; y como era un niño, quise acercarme a ver. Me volví y empecé a nadar hacia la isla, pero las luces parecían cada vez más pequeñas. Comprendí que podía morir; y deseé vivir. Mientras nadé a favor de la corriente, no tuve que esforzarme; pero cuando la combatí, se mostró cruel y fuerte. Comencé a sentirme cansado y entumecido; las polainas de cuero me estorbaban en las pantorrillas y el cinturón mojado me oprimía y me cortaba el aliento. Una ola me golpeó la cabeza y me sumergí bajo el agua.
No lograba salir a flote: me parecía que me estaba hundiendo hasta el fondo mismo del mar y que me estallaban el pecho y la cabeza. Pensé: «El dios me rechaza. He vivido para una mentira y nada me queda ya. ¡Ay, si pudiera estar muerto sin tener que morir! Morir es penoso, más penoso de lo que yo creía». Me relampagueaban los ojos y veía escenas: mi madre en el baño, un giboso del que se burlaban los niños, el santuario en la quietud del mediodía; los jóvenes ejecutando la danza del caballo para el dios; y el sacrificio, y a mi abuelo haciéndome señas con la mano manchada de sangre. Y luego, igual que a los siete años, oí dentro de mí la marejada que me llevaba a la superficie y parecía decirme: «Estate tranquilo, hijo, y déjame que te lleve. ¿Crees que no soy lo bastante fuerte para eso?».
Mi miedo se disipó. Dejé de luchar y mi rostro hendió las aguas. Me tendí sobre el mar, tan a mis an-chas como el niño perdido a quien el padre encuentra en la montaña y devuelve a casa entre sus brazos. Al doblar el promontorio, la corriente se dirige de nuevo a la playa. Pero yo no habría vivido para recordarlo si no hubiese sido por Poseidón, pastor de los barcos.
Al amparo de las colinas, el mar estaba sereno y el aire plácido. Al trepar hacia las antorchas, des-aparecieron los restos del frío que me entumecía. Me sentí ligero y afortunado, colmado por el dios. Pronto vi luz entre las hojas de los manzanos y a los bailarines girando; había caramillos, cantos y resonar de pies.
Era una pequeña fiesta de aldea, en una pendiente cubierta de huertos. Las luces estaban en los postes de alrededor, pues la danza de las antorchas había terminado. Los hombres bailaban en ese mo-mento la danza de las codornices, con máscaras emplumadas y alas, girando y cojeando, inclinándose y simulando los reclamos de las codornices; las mujeres, en coro, cantaban la melodía, palmoteando y zapa-teando. Cuando salí a la luz de las antorchas, dejaron de cantar, y la más alta de las muchachas, la beldad de la aldea a quien los hombres silbaban y piropeaban, exclamó: —¡Ahí está el huros de Poseidón! ¡Mirad su cabello, mojado por el mar! Y se echó a reír. Pero cuando la miré vi que no se burlaba de mí.
Después de la danza, me escapé con ella y yacimos juntos, escondidos entre la hierba alta y húmeda que había bajo los manzanos, ahogando mutuamente nuestras risas cuando uno de sus pretendientes pasó corriendo y gritando. Luego, ella me apartó de sí; pero sólo lo hizo para coger una fruta caída que tenía debajo de la espalda. 16
Aquélla fue mi primera muchacha y poco después tuve mi primera guerra. Los hombres de Hermíone llegaron del norte, cruzando las colinas, y se llevaron treinta cabezas de ganado. Cuando oí que mis tíos daban voces y reclamaban sus caballos y sus armas, me escabullí, luego de aprovisionarme en la armería y en el establo. Salí furtivamente por la poterna y los alcancé en el camino de las colinas. A Diocles, mi actitud lo divirtió. Fue lo último que le hizo gracia en su vida: uno de los invasores lo mató de un lanzazo. Cuando murió, perseguí a caballo al que lo había matado, lo desmonté y lo rematé con mi daga. Mi abuelo se había enojado de que fuera sin su permiso; pero no me censuró después, diciendo que era natural que vengara a Diocles, que siempre había sido bueno conmigo. Furioso, ni siquiera noté que mataba por primera vez a un
hombre; sólo sabía que deseaba verlo muerto, como a un lobo o un oso. Recuperamos todo el ganado an-tes del anochecer, salvo dos vacas que se despeñaron por un tajo de la montaña.
A los pocos meses, llegó de nuevo la época del tributo al rey Minos.
Los bienes que debíamos entregar estaban reunidos en el puerto: cueros y aceite, lana y cobre, y ja-balinas preñadas. La gente se mostraba adusta, pero yo tenía otras preocupaciones. Sabía que en esa época separaban a los niños pequeños de los mayores y los mandaban a las colinas a ocultarse. Hice ofrendas a Poseidón, a Zeus y a la Madre, orando en secreto para que me ahorraran aquella humillación. Pero, poco después, mi abuelo me dijo:
—Teseo, cuando estés en las montañas, serás el primer responsable si hay cuellos rotos o ganado robado. Ya lo sabes.
Mi corazón censuró a los ingratos dioses. —¿Debo ir yo, señor? Sin duda, deshonraré a esta casa si me oculto. Ellos nunca se apoderarían de mí; no pueden tener tan pobre opinión de nosotros.
Mi abuelo me miró con aire impertinente.
—Opinarán que eres un niño como los que necesitan para la danza de los toros; eso y nada más. No hables cuando no sepas.
Yo pensé: «Bueno, eso es bastante categórico».
—¿Quién es el rey Minos para tratar como un conquistador a las casas reales? —pregunté—. ¿Por qué le pagamos tributo? ¿Por qué no le hacemos la guerra? —Mi abuelo se dio unos golpecitos en el cinto.
—Vuelve más tarde, cuando yo tenga menos que hacer — dijo—. Mientras tanto, te diré que le pa-gamos tributo a Minos porque domina el mar. Si detuviera a los barcos que traen estaño, no podríamos fundir bronce y tendríamos que hacernos las espadas de piedra, como los primeros hombres del mundo. En cuanto a la guerra, Minos tiene suficientes naves para traer aquí a cinco mil hombres en un solo día. Re-cuerda también que mantiene las rutas del mar libres de piratas, que nos costarían más que él.
—Bien está un tributo —dije—. Pero llevarse a seres humanos es tratar a los helenos como esclavos.
—Mayor razón para evitarlo. En Corinto y Atenas dejaban ver a los jóvenes a quienes podían llevar-se, pero en otros países tienen ya más cuidado. ¡Hablas de la guerra con Creta como si fuese una incursión para robar vacas! Estás poniendo a prueba mi paciencia. Pórtate bien en las montañas. Y la próxima vez que yo mande por ti, lávate la cara.
Todo esto era amargo para mi flamante virilidad.
—Tendríamos que ocultar también a algunas muchachas — dije—. ¿Podríamos elegir a las nuestras? Me miró con gesto adusto.
—El que le ladra a su hueso es un perro joven. Tienes licencia para retirarte.
Fue un momento muy amargo para mí ver a los muchachos mayores pasearse por Trecén con aire fanfarrón mientras dos señores de la casa se llevaban a los pequeños y débiles a regañadientes.
Aunque los lisiados y enfermizos se quedaron también en Trecén, todos nos sentimos deshonrados para siempre. Estuvimos cinco días en las montañas, durmiendo en un granero, cazando y trepando, pe-leando a puñetazos y persiguiendo liebres; éramos una plaga para nuestros guardianes porque intentába-mos probarnos a nosotros mismos que servíamos para algo. A uno de nosotros le picó en un ojo un cuervo y un par, como supimos después, engendraron hijos; las muchachas de las colinas eran salvajes, pero da-das al amor. Luego vino alguien en mula a decirnos que los cretenses habían zarpado hacia Tiro, y pudimos volver a nuestros hogares.
Pasó el tiempo y crecí, pero no alcancé a los demás en estatura; y el campo de lucha fue para mí un lugar de sufrimientos, pues había niños a los que yo llevaba un año pero eran capaces de levantarme del suelo. Ya no confiaba en medir dos metros y medio, me conformaba con llegar a los dos metros, y pronto cumpliría dieciséis años.
Cuando había baile, mis preocupaciones siempre se disipaban; y llegué a la música a través de la danza. Me gustaban las noches de invierno en el salón, cuando pasaban de mano en mano la lira, y me ponía contento cuando me tocaba el turno. En una de esas veladas tuvimos a un huésped, un señor de Pilos. Cantaba bien y, para agasajamos, nos narró la historia de Pélope, el héroe fundador de nuestra estir-pe. No era la canción favorita de Trecén, que narraba la carrera disputada por Pélope para conseguir la mano de una hija del rey de la tierra y cómo alanceaba el monarca a todos los pretendientes cuando sus carros doblaban el último mojón, hasta que el ardid de la clavija de cera le permitió ganar. Esta canción, en cambio, hablaba de la juventud de Pélope y de cómo Poseidón, el de los cabellos azules, lo amaba y le anunciaba los terremotos si pegaba la oreja al suelo; le pusieron Pélope por la mancha de tierra que tenía en la mejilla.
Me reservé mis pensamientos. ¡Conque el origen de la advertencia era ése! No una promesa hecha por el dios a mí, sino una habilidad innata, como la dulce voz del hombre que cantaba. Me la había legado la sangre de mi madre.
Al día siguiente, con el corazón aún dolido, fui en busca de mis amigos; pero todos los jóvenes lucha-ban. Me quedé parado junto al campo de lucha, observando el polvo blanco que subía hacia las hojas de los álamos: era demasiado orgulloso para probar suerte con los adolescentes de mi peso, porque los que eran mis dignos adversarios eran menores que yo.
Los miré forcejear y gruñir, levantándose en vilo y derribándose mutuamente; y pensé en la facilidad con que se puede hacer caer un hombre si algo le golpea de costado en el pie que sostiene su peso. Enton-ces, pierde el equilibrio y cae; eso me sucedió a mí con una piedra que flanqueaba la carretera. Miré el pie y, luego, los cuerpos, y reflexioné sobre aquello.
En ese preciso instante, Maleo, un mocetón bastante desgarbado, gritó: —¡Ven a pelear conmigo, Teseo! Luego, soltó la carcajada; y no porque me aborreciera, sino porque él era así. Dije:
— ¿Por qué no? —Y al oír mis palabras, se asestó palmadas en las rodillas y bramó de júbilo. Cuan-do estábamos enzarzados y trató de levantarme, lo obligué a inclinarse un poco. Luego, lo golpeé con el talón y se desplomó como una piedra.
Durante algún tiempo, con la ayuda de la polvareda y de mi agilidad, derribé a los jóvenes de Trecén mediante esta sola treta; hasta que un día, al despertar, me sentí feliz y, sin ningún motivo, me fui al puerto. Había allí un mercader de Egipto que compraba cueros y cuernos. Dos chiquillos morenos, flexibles como víboras, forcejeaban desnudos en el muelle. Luchaban, no peleaban; y aunque sólo a medias estaban adiestrados en aquel arte, me di cuenta de cuánto eran capaces de hacer. Compré higos dulces y miel, subí a bordo y volví con media docena de tretas tan útiles como mi golpe de talón y capaces de derribar al hom-bre más pesado. En esos tiempos, yo ignoraba que los egipcios eran duchos en la materia. Aquello me pa-reció un presagio llegado directamente del dios.
Ahora, predomina el estilo ateniense adondequiera se va; por eso, también, uno tiene que buscar ad-versarios de su peso, si quiere progresar. Pero yo sigo siendo árbitro en los juegos de Poseidón, porque eso le gusta a la gente. A veces, me pregunto quién será el árbitro en mis juegos funerarios. En otros tiempos, pensé que sería mi hijo; pero ya ha muerto.
Pronto, hasta los hombres de Trecén venían a verme luchar y acepté medirme con algunos. Aunque aprendieron varias de mis presas, me reservé ciertos golpes porque una idea lleva a otra. Y la gente empe-zó a comentar que debía de haber algo entre el dios y yo; porque, ¿cómo podía resistir yo frente a hombres mucho más recios, a menos que el sacudidor de la tierra alargase la mano para atraerlos al suelo? Por eso, cuando frisaba los diecisiete años, me sentía más satisfecho de mí mismo, aunque apenas medía cinco pies y medio. Esto no me había impedido poseer muchachas; y los hijos que engendré eran rubios y helenos. Sólo uno era pequeño y moreno; pero también lo era el hermano de la muchacha.
Llegó el mes de mi nacimiento, en el que cumpliría los diecisiete años. Y el día de mi cumpleaños, en el segundo cuarto de luna, mi madre me dijo a solas:
—Teseo, ven conmigo. Quiero que veas algo.
Los latidos de mi corazón se interrumpieron. Un secreto guardado durante tanto tiempo es como una cuerda de lira tensa casi hasta romperse que tañe con el roce de una simple pluma o de una leve brisa. El silencio me avasallaba, como había ocurrido momentos antes del terremoto.
Mi madre me hizo pasar por la poterna y ascendimos hacia las colinas. Yo iba detrás de ella, en si-lencio. La senda bordeaba un desfiladero y el torrente de la montaña que fluía por el fondo parecía verde a causa de los helechos de abajo y los árboles de arriba; lo cruzamos por una gran roca lisa, puesta allí por los gigantes en tiempos inmemoriales. Y mientras tanto, yo pensaba que mi madre estaba tranquila y triste, y se me helaba el corazón: su semblante no era el propio de las mujeres favorecidas por los dioses.
Nos alejamos del torrente y entramos en el bosquecillo sagrado de Zeus. Era muy viejo ya en los tiempos en que la gente de la ribera poseía aquellas tierras, antes que nosotros. Y aun ellos sólo sabían que ese bosque existe allí desde tiempos inmemoriales.
Reina allí un silencio tan extraordinario que se oyen caer las bellotas. Estábamos en primavera: las hojas de las grandes ramas nudosas eran tiernas; y alrededor de los troncos, que los brazos de dos hom-bres apenas lograban abarcar, crecían flores con forma de estrella. Las hojas del año anterior olían a moho bajo nuestros pies y eran blandas y negras o pardas y crujientes. Durante todo el trayecto no habíamos hablado y ahora hasta el chasquido de las ramitas resonaba.
En el corazón del bosque estaba el lugar más sagrado, allí donde había caído el rayo de Zeus. El vie-jo roble incendiado estaba casi podrido, tanto tiempo hacía de aquello. Pero, aunque las enormes ramas perecían entre las zarzas, se erguía aún un tocón que recordaba un diente, un tocón que tenía una vida secreta: había unos leves brotes verdes en las raíces, en los sitios donde éstas afloraban combadas como
rodillas sobre la tierra. El paraje es tan sagrado que ningún retoño se ha atrevido a crecer allí desde que lo hirió el conglomerador de nubes; por las brechas del techo vegetal se ve el mar.
Mi madre seguía andando con sus sandalias de hebillas de oro, recogiéndose la falda para subir la ladera. Manchas de sol color cervato le moteaban su hermosa cabellera broncínea y la fina camisa que vestía bajo la blusa por la que se transparentaban los rosados pezones de sus movedizos senos. Tenía la frente ancha y los ojos grises y muy separados; las delicadas cejas casi se unían sobre su nariz recta y orgullosa; los arcos superciliares eran su rasgo más hermoso, junto con la bóveda tersa y límpida que as-cendía desde los párpados. Como todas las sacerdotisas, tenía una boca hecha para los secretos; pero era una boca seria, no taimada como algunas que se ven. Aunque yo nunca notaba ningún parecido entre noso-tros, cuando la gente me lo decía, me alegraba oír que tenía sus ojos. (Los míos parecían más azules por-que mi piel estaba bronceada y mi mentón era muy mío; mejor dicho, muy de mi padre.) Pero para mí, más que nada, mi madre era la sacerdotisa que nadie osaba discutir. Parecía estar acorazada como una diosa; de modo que, aunque me hubiese dicho que mi padre era Tiestes, el cojo que le preparaba el perfume para el baño, o un porquerizo de las colinas, eso no la habría afectado ni deshonrado a ella, sino solamente a mí.
Me condujo al robledal sagrado, se detuvo y vi una piedra a sus pies.
La reconocí. La había hallado en mi niñez, cuando Dexio y yo fuimos por primera vez de puntillas al robledal y nos desafiamos bajo la mirada de los árboles; las dríadas que viven allí fijan los ojos con mayor intensidad que nadie en las espaldas de los transeúntes. Era una antigua laja gris; colocada como altar, supongo, cuando Zeus lanzó por primera vez su rayo. Yo nunca había encontrado allí a nadie, pero a me-nudo se veían cenizas frescas, como si alguien hubiese hecho una ofrenda. Ahora, volvían a estar; parecían casi tibias. De pronto, me pregunté si sería mi madre la visitante. Quizá tuviese algún augurio del cual que-ría hablarme. Me volví hacia ella; sentía la piel de los brazos erizada.
—Teseo —dijo. Hablaba con voz ronca y yo la miré con asombro—. No te enojes conmigo: no es nin-gún capricho mío. Le hice a tu padre el juramento que los dioses no se atreven a violar; de lo contrario, no estaríamos aquí. Le prometí, junto al río y a las hijas de la noche, no decirte quién eres, salvo que tú solo logres levantar esta piedra.
Mi corazón dio un vuelco: las sacerdotisas de sangre real nunca hacen esos juramentos a petición de hombres de origen humilde. Me fijé bien en ella y noté que había llorado.
Luego, tragó saliva con tanto esfuerzo que lo oí.
—Las pruebas a que debes someterte y que él te dejó están enterradas aquí. Dijo que yo debía po-nerte a prueba a los dieciséis años, pero comprendí que era demasiado pronto. Ahora, debo hacerlo. Fluye-ron sus lágrimas y se secó el rostro.
Yo dije enseguida:
—Muy bien, madre. Pero siéntate ahí y no me mires.
Se alejó y me despojé de los brazales. Eran todo lo que usaba por encima del cinturón; iba desnudo, hiciese el tiempo que hiciese. Pero ese hábito, pensaba yo, me había hecho mucho bien.
Me agaché junto a la piedra y hundí los dedos buscando el borde inferior. Luego, fui quitando la tierra de alrededor, escarbando como un perro, con la esperanza de que la piedra fuera menos ancha en el otro extremo. Pero allí era más gruesa. Así que me volví, me puse a horcajadas, clavé los dedos debajo y tiré. Ni siquiera pude moverla.
Me detuve, jadeante y vencido, como el caballo domado a medias que descubre que el carro sigue enganchado a su espalda. Estaba derrotado antes de empezar. Era una tarea para un joven como Maleo, grande como un oso; o para Heracles, engendrado por Zeus en una noche triste; una tarea para el hijo de un dios; y entonces lo comprendí todo. «Con los dioses debe de suceder como con los hombres; un hijo puede ser legítimo, pero salir en todo a la rama materna. Mis venas sólo contienen una parte de sangre divina por nueve de humana; esto es la piedra de toque del dios y el dios me rechaza.» Recordé todo lo que había soportado y arriesgado; aquello había sido inútil desde el primer momento y mi madre había llorado de vergüenza.
Esto me enfureció. Aferré la piedra y tiré de ella, más como un animal que como un hombre, con las manos sangrantes y los tendones a punto de estallar. Olvidé a mi madre, hasta que oí el ruido de su falda y de sus pies al correr, y su voz que gritaba: —¡Deténte!
Me volví hacia ella, con el rostro chorreando sudor. Estaba tan fuera de mí que le grité, como si fuera una campesina: —¡Te he dicho que te alejaras!
—¿Estás loco, Teseo? —dijo ella—. Te matarás.
—¿Por qué no? —repliqué.
—¡Ya sabía yo lo que iba a pasar! —exclamó ella, oprimiéndose la frente con la mano. Yo no habla-ba: casi la aborrecía.
Ella dijo:
—Él debió confiar en mí. Sí. Aunque yo fuera joven.
Luego, vio que la miraba, expectante, y se cerró la boca con dos dedos. Me volví para irme y lancé un grito de dolor; se me había desgarrado un músculo de la espalda y aquello me pilló de sorpresa. Mi madre se me acercó y lo palpó con suavidad; pero rehuí sus ojos.
—Teseo, hijo mío —dijo. Y su dulzura casi me desmoronó; tuve que apretar los dientes—. Nada me prohíbe decirte esto: no soy yo quien no te aprueba, y creo ser buen juez.
Guardó silencio, mirando por la abertura del follaje hacia el mar azul. Al cabo, dijo:
—La gente de la ribera era ignorante: creía que el inmortal Zeus muere cada año. Por eso no podían adorar como es debido a la Madre, tal cual sabemos hacerlo los helenos. Pero, por lo menos, comprendían que más vale dejarles ciertas cosas a las mujeres.
Hizo una breve pausa; mas advirtió que yo esperaba que se marchara. De modo que ella se fue y yo me dejé caer al suelo.
La tierra negra del robledal, saturada de fragancias primaverales, absorbió mis lágrimas entre las hojas caídas desde tiempos inmemoriales. El bosquecillo de Zeus no es un lugar donde se pueda desafiar a los dioses. Yo estaba enfadado con Poseidón, que había destruido mi orgullo como si derribara una colum-na por capricho. Pero, poco después, vi que no me había hecho mal, sino muchos favores. Habría sido un pecado ultrajarlo; y hasta algo indigno de un caballero, que nunca debe ser superado en crueldad por un enemigo ni en bondad por un amigo. Por eso regresé cojeando a casa y me metí en el baño caliente que mi madre me tenía preparado. Ella me frotó con aceite de hierbas; pero no nos hablamos.
No pude luchar durante quince días y dije a los otros muchachos que me había caído en la montaña. Por lo demás, la vida siguió siendo igual que siempre; salvo que la luz se había apagado. Aquellos a quie-nes les haya sucedido esto me comprenderán; no muchos, me atrevería a afirmar, porque esos hombres mueren fácilmente.
Para un hombre en tinieblas, sólo hay un dios al que orar.
Yo nunca había sido devoto de Apolo. Pero, desde luego, siempre le recé antes de empuñar una lira o un arco; y cuando salía a cazar, nunca era mezquino con su parte. Apolo me había procurado buenos morrales repetidas veces. Aunque es muy sagaz y conoce todos los misterios, hasta los de las mujeres, es un heleno y un caballero. Si se recuerda esto, es más fácil de lo que parece no agraviarlo. No le gusta que le impongan las lágrimas, como no le gusta al sol la lluvia. Pero comprende el dolor; si se le ofrece en una canción, él se lo lleva.
En el bosquecillo de laurel próximo al palacio, donde Apolo tenía un altar, le hice ofrendas y toqué pa-ra él todos los días. De noche, en el salón solía narrar historias de guerra; pero, cuando estaba solo en el bosquecillo y me escuchaba únicamente el dios, cantaba sobre el dolor, sobre las jóvenes vírgenes sacrifi-cadas en la víspera de sus bodas o sobre las damas de las ciudades incendiadas que lloran a sus señores caídos, o entonaba las viejas elegías que nos ha legado la gente de la ribera, o hablaba de los jóvenes héroes que aman a una diosa durante un año y adivinan la inminencia de su muerte.
Pero no se puede estar siempre cantando. A ratos, la melancolía volcaba su negrura sobre mí como una nube invernal cargada de nieve. Y no podía soportar a la gente. En esos días, me iba a las colinas, solo, con mi arco y mi perro.
Cierto día de verano, me había alejado bastante, persiguiendo piezas menores con mis flechas; pero el viento me engañó y apenas conseguí cobrar una liebre. Estaba aún en las cumbres cuando se desvane-cían las últimas luces del día y, al mirar abajo, vi las sombras de las montañas que listaban la isla. Al pie de las laderas cubiertas por los árboles y las sombras, se elevaba el humo de Trecén, débil y azul. Debían de estar despabilando las lámparas. Pero en las copas de los árboles los pájaros seguían lanzando sus dulces reclamos nocturnos y una intensa luz perfilaba las briznas de hierba.
Salí a la pelada cumbre del cerro donde el sol da antes que en ninguna parte por la mañana y donde tiene Apolo su altar. Por dos lados se ve el mar; y al oeste, las montañas que rodean Micenas. Hay una casa para los sacerdotes, hecha de piedra, porque allí arriba los vientos son violentos; y un pequeño san-tuario de piedra para los objetos sagrados. El piso es muelle, de brezo y tomillo; y el altar se alza contra el cielo.
Mi estado de ánimo seguía siendo sombrío. Había decidido no ir a comer al salón; sólo podía ofender a alguien y crearme enemigos. En el puerto había una muchacha que me soportaría, porque ése era su oficio. Brotaba del altar una borrosa voluta de humo y me detuve a saludar al dios. Tenía en la mano la lie-bre que había matado. Y pensé: «No vale la pena partirla. No hay que ser mezquino con Apolo. Que la ten-ga íntegra; bastantes veces me ha dado él algo por nada».
El altar recortaba su negro contorno contra el claro cielo crepuscular, amarillo como las prímulas. Humeaba aún por el sacrificio nocturno, y el olor de la carne quemada impregnada de vino se cernía en el aire. La casa de los sacerdotes estaba en silencio, sin luces y sin humo. Quizás ellos estuviesen acarreando
leña o agua. En todo el mundo no se veía a un solo ser humano; sólo la luz tenue y pura, y los grandes es-pacios azules que se extendían a lo lejos, por las montañas, los mares y las islas. Hasta el perro se acobar-daba de la soledad; tenía la pelambre oscurecida y lo oí gimotear. La brisa nocturna me rozó el arco, que emitió un zumbido, agudo y extraño. Y, de pronto, aquel lugar agobió mi alma, como cuando una hormiga se ahoga en un río. Habría dado cualquier cosa por ver a una vieja recogiendo leña o a cualquier ser viviente. Pero en toda aquella vastedad nada se movía; sólo sonaba el arco, apagado como un mosquito. Me tem-blaba la nuca y jadeaba al respirar. Entré casi corriendo en el bosque de la ladera, como un ciervo asusta-do, aplastando a mi paso las ramas, hasta que el follaje me detuvo. Me sentí tenso, con el cabello erizado como la pelambre de un perro, y una clara voz me dijo al oído:
—No vengas tarde esta noche o te perderás al arpista.
Reconocí la voz. Era la de mi madre. También reconocí las palabras, porque las había pronunciado aquella misma tarde, cuando yo salía. Le respondí sin prestarle atención, pensando en mis cuitas, y las olvidé en el acto. Ahora, como un eco, volvía su sonido.
Fui al santuario y deposité la liebre sobre la mesa de las ofrendas para que la hallaran los sacerdotes. Luego, volví a mi casa por el bosque sumido en sombras. El estado de ánimo sombrío que me impulsara a salir se había disipado; estaba ansioso de cenar, de vino y de compañía.
Aunque me di prisa, llegué bastante tarde; mi abuelo frunció el entrecejo al verme y me percaté de que el arpista estaba ya preparado. Me dirigí al pie de la mesa, donde estaba sentado el músico entre los señores de la casa, y éstos me hicieron lugar junto a él.
Era un hombre de edad madura, moreno y enjuto, de ojos hundidos y boca cavilosa. La vida que lle-vaba le había enseñado a sentirse cómodo en la mesa de los reyes; no se sentía ni muy encumbrado ni muy humilde y resultaba fácil hablar con él. Me dijo que venía de Tracia, donde había servido en un santua-rio de Apolo. El dios le tenía prohibido comer carne y beber vino fuerte; comió queso y verduras, y aun esto con moderación, porque iba a cantar. Su manto centelleaba de oro y parecía regalo de algún rico rey; pero estaba doblado sobre el banco, a su lado, mientras él comía vestido de limpio lino blanco. Era un hombre sosegado, hablaba de su arte como un artesano y tenía sangre de la gente de la ribera, como tantos bar-dos.
Mientras comíamos, conversamos sobre la manera de hacer las liras; de cómo se elegía el carey, se estiraba la piel para que resonara y se implantaban los cuernos. La lira que hice luego salió tan buena que aún la uso. Después, despejaron las mesas; los criados nos limpiaron las manos con toallas mojadas en agua de menta; entró mi madre y se sentó junto a la columna. A juzgar por su modo de saludar al arpista, me pareció que éste le había cantado algo en el piso de arriba.
Los criados se retiraron al fondo del salón a comer y a escuchar; mi abuelo ordenó que trajeran su instrumento al arpista y lo invitó a empezar.
El músico se puso su vestidura de cantar, que era azul y estaba salpicada de pequeños soles dora-dos, de modo que a la luz de las antorchas parecía rociada de fuego. Luego, él se concentró y yo les pedí a los jóvenes que no le hablaran. Adiviné que era un maestro porque no se había sentado a comer vestido con su ropa profesional. Por cierto que, desde el primer acorde, nada se movió en el salón, fuera de un pe-rro que se espulgaba.
La canción que nos brindó fue la Balada de Micenas, donde se narraba cómo Agamenón, el primer gran rey, arrebató sus tierras a la gente de la ribera y se casó con su reina. Pero cuando el monarca se fue a la guerra, ella repuso la antigua religión y eligió a otro rey; y cuando su señor regresó, lo inmoló pese a su resistencia. El hijo de ambos, a quien habían ocultado los helenos, volvió al llegar a la edad viril para restau-rar el culto de los dioses del cielo y vengar al muerto. Pero llevaba en su sangre la antigua religión, para la cual lo más santo que hay es una madre. Por eso, cuando hizo justicia, el horror lo enloqueció y las hijas de la noche lo persiguieron por medio mundo. Finalmente, agonizante, se desplomó sobre el umbral de Apolo, el que aniquiló las tinieblas. Y el dios avanzó hacia él y alzó su mano. Ambos aullaron juntos, como sabue-sos despojados de sus presas; la tierra volvió a engullirlos y el joven rey quedó en libertad. Es un relato terrible, que no se podría soportar de no ser por cómo acaba.
Cuando el arpista terminó, el tintineo de las copas sobre la madera habría podido oírse desde el pue-blo. A poco, mi madre hizo señas de que quería hablar.
—Querido padre, esta noche les será alabada a los que no han estado presentes. Ahora, mientras el bardo bebe para refrescarse la garganta, ¿por qué no le pides que se siente con nosotros y nos cuente sus viajes? He oído decir que conoce el mundo hasta sus últimos confines.
Naturalmente, mi abuelo lo invitó y cambiaron de lugar la silla del músico. También yo me acerqué y me pusieron un escabel junto a las rodillas de mi madre. Después de haberlo dejado beber y de felicitarlo, mi madre le preguntó al arpista cuál había sido el más largo de sus viajes.
—Sin duda, señora, el que hice hace dos años al país de los hiperbóreos. Está al norte y al oeste de las Columnas de Heracles, en ese verde mar sin riberas que engulló a la Atlántida. Pero Apolo es el dios
protector de los hiperbóreos. Ese año, construyeron ellos el segundo recinto de su gran santuario. Yo canté canciones de trabajo mientras levantaban los pilares.
—¿Qué país es el que está detrás del viento norte? —pregunté.
—Un país al que oscurecen los bosques —me respondió—y reverdece la lluvia. Sus habitantes han edificado sobre las peladas cimas de las colinas y los altos páramos, para estar a salvo de las fieras y de sus enemigos. Pero es una tierra ideal para los bardos y para que los sacerdotes de Apolo aprendan los misterios del dios. Me alegré de visitarlo porque yo también soy un sacerdote. Tracia es mi tierra natal, pero el dios me hace ir de un sitio a otro. Fue su oráculo de Delos el que me hizo emprender ese viaje. Fui allí a cantar para él cuando los emisarios vinieron al sur con sus ofrendas por el camino del ámbar. El gran rey de los hiperbóreos mandó decir que tenía entre manos aquella vasta obra y pidió un sacerdote de Delos, por ser éste el centro del culto peán, así como de las Cicladas y del mundo entero. Se lo plantearon al oráculo de la caverna, quien contestó que debían mandar al cantor de Tracia. Por ese motivo fui yo.
El arpista nos habló del viaje, que había sido frío, tormentoso y arriesgado. Un temporal los empujó hacia el norte de la isla; allí, dijo, pasaron entre dos rocas flotantes, blancas como el cristal, que casi se cerraban sobre el barco; y encima de una de ellas había un monstruo negro, con siete cuellos como ser-pientes y siete cabezas de perro que aullaban.
Lancé un vistazo a mi abuelo, que me guiñó el ojo cuando el bardo no miraba. «Después de todo, ese hombre no habla bajo juramento», decían sus ojos.
Mi madre preguntó:
—¿Y cómo habían construido el santuario de Apolo?
—A la usanza local: con un círculo de pilares sobre el que apoyaron dinteles. El círculo interior estaba allí desde tiempos inmemoriales. Es un símbolo del misterio de Apolo. Mientras yo estuve, los sacerdotes me admitieron en los misterios menores y aprendí cosas que le sirven a un hombre durante toda su vida.
—Ya que esas cosas son secretas, háblanos del edificio —dijo mi madre.
—Una obra de titanes. Grandes bloques de piedra toscamente labrada, cada uno del tamaño de la casa de un pobre. Pero los traían desde muchas leguas de distancia, de una montaña sagrada, haciéndolos rodar por las colinas y flotar por los ríos. Algunos de esos bloques tardaron años en llegar. Pero, cuando hubo que alzarlos, el gran rey mandó a buscar albañiles en Creta. Aunque se hubieran reunido los hombres más fuertes del mundo, sin máquinas no habrían podido moverlos.
Luego, el bardo contó cómo aquel rey y otros seis que usaban el santuario habían hecho trabajar a todo su pueblo: tanta era la gente que se necesitaba, aun colaborando los cretenses con sus poleas y pa-lancas. Y aun toda esa multitud parecía débil y frágil junto a las enormes rocas, como hormigas que arras-tran guijarros.
—Entonces comprendí por qué Apolo había enviado un bardo. Los cretenses no lo saben todo, aun-que así lo crean. Saben elevar piedras, pero no los corazones de los hombres. La gente tenía miedo. Yo comprendí la razón de mi presencia e invoqué al dios; y éste me dio el poder de sentir el trabajo y de con-vertirlo en música. Canté las alabanzas del dios y marqué el compás. Al poco tiempo, los siete reyes, con sus hijos y señores, se adelantaron y colaboraron en el acarreo en honor de Apolo, mezclados con el pue-blo. Entonces fueron elevando las rocas y colocándolas en los huecos dispuestos por los cretenses. Y que-daron firmes.
Cuando hubo descansado el bardo, le pedí que nos recitara un par de versos de sus canciones de trabajo. Sonrió y dijo que eso sería como una danza sin bailarines; pero cuando las cantó, vi que los viejos señores, cuyas manos nunca habían conocido la experiencia de una tarea en común, se mecían en sus asientos como sí remaran en una galera. El arpista era famoso por esas canciones; en toda la extensión de aquellas tierras, los reyes que planeaban alguna gran obra de piedra mandaban por él para que marcara el ritmo a los que elevaban las rocas y diera suerte a las murallas. Desde que murió, no hay quien lo pueda imitar; la gente sencilla dice, y lo cree, que las piedras se elevaban solas gracias a él.
Ahora, ya era el momento de darle sus presentes. Mi abuelo le regaló un hermoso broche; pero mi madre aportó un grueso ceñidor trabajado en oro, digno de un rey. Como el arpista me había enseñado tanto, me creí obligado a entregarle también algo fuera de lo normal y me desprendí de mi anillo negro, uno de mis más preciados bienes. Era de un metal precioso, hecho en un país lejano, muy pesado y tan duro que habría servido para afilar una espada de bronce. Me alegró verlo complacido por aquel objeto raro; el oro le sobraba. 22
Mi madre y, luego, mi abuelo, reunieron a su gente y se fueron a acostar. Los esclavos desarmaron los caballetes y trajeron las camas para los solteros. Vi que el bardo se acomodaba y le pregunté si le gus-taba alguna de las mujeres del palacio, pero él dijo que quería dormir. Entonces, salí al patio. La noche era clara. El alero dentado y el centinela, con la lanza y el cuerno, destacaban su negra silueta contra la luz de las estrellas. Detrás de mí, en el salón, los señores de la casa se acostaban con sus muchachas capturadas o compradas; y los jóvenes faltos de compañía la buscaban por los procedimientos habituales. Pasó una jovencita que me era conocida: pertenecía a mi madre y se había pasado la velada sentada junto a la silla de su ama. Corrí y la atrapé de la cintura. Sólo se defendió con las palmas de las manos; no éramos del todo extraños el uno para el otro. Forcejeamos y reímos en voz baja, y ella dijo que bueno, que sucedería lo que tenía que suceder, pero que yo sería su perdición; y entramos en el salón cuando apagaban la última antorcha.
Más tarde, le pregunté, en voz muy baja para que nadie pudiera oírme, qué le había dicho mi madre al bardo al recompensarlo. Pero estaba soñolienta y me respondió que no lo recordaba.
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Teseo: El rey debe morir
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