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A oscuras, poco antes del amanecer, la muchacha me despertó al irse. Yo había soñado; y, al des-pertar, recordé mi sueño. Había visto el santuario hiperbóreo, grandes grúas y máquinas recortadas contra un cielo gris, enormes rocas que subían y reyes haciendo peso sobre las palancas. Y se me ocurrió una idea, una idea enviada directamente por el dios.
Me puse en pie y salí al patio del leñador del palacio. Apenas se vislumbraba el amanecer; ni siquiera se habían levantado aún los esclavos y sólo en los campos iban despertándose los hombres. La oscuridad era aún tal que me resultaba difícil encontrar lo que necesitaba; pero tenía que llevarlo conmigo, porque nadie puede tocar con una herramienta los robles de Zeus. Di con un leño corto y grueso, y con otros dos más largos, cuyos extremos recorté en forma de cuña. Los até y, echándomelos torpemente al hombro —porque no estaba habituado a llevar cargas—, fui al robledal. El cielo estaba rojizo cuando trepé por el desfi-ladero; al llegar al bosquecillo, vi la laja del altar esmaltada de fulgores, como la vestimenta del arpista. Dejé caer en el suelo mi carga y recé a Apolo.
—¡Apolo Peán —le dije—, Apolo previsor! Si ofendo a algún dios haciendo esto, envíame un presa-gio.
Miré hacia lo alto. El azul había aparecido en el cielo; y vi cómo, en las alturas, un águila describía círculos. Basculó las alas y se lanzó impetuosamente hacia la izquierda, donde la ocultó el ramaje. «Bien —pensé—. Ningún dios podría decirlo mejor.» Y luego: «Debí haber venido antes a verlo». Porque había sen-tido de más y razonado de menos, oyendo lo que estaba dispuesto a oír, no lo que se había dicho. No se trataba de levantar la roca con las manos desnudas, sino de hacerlo yo solo. Clavé bien la palanca y tensé la espalda; el extremo de la roca se levantó y, de un puntapié, metí debajo el punto de apoyo. Luego, recor-dé que debía sacar algo de allí dentro; al soltar la palanca, la piedra volvería a caer. Me senté a pensar so-bre la raíz de roble; y, al verla sobresalir del suelo, adiviné lo que tenía que hacer. Por suerte, había traído una palanca más larga. Me serviría para hacer de cuña debajo de la raíz.
Hacer tanta presión habría sido fácil para un hombre más corpulento, pero era muy trabajoso para mí. Con todo, esta vez me proponía lograrlo aunque me costara la vida, porque sabía que era posible. Dos ve-ces estuve a punto de conseguirlo y otras tantas el peso volvió a levantar la palanca; pero, cuando me col-gué del leño por tercera vez, oí el rumor marino de Poseidón. Entonces, adiviné que ahora iba a lograrlo. Y lo conseguí.
Me aparté para tomar aliento. La piedra se había ladeado sobre el extremo grueso; el fino estaba apuntalado por la palanca y en la base se abría en enorme hueco, como una boca tenebrosa. Y por un mo-mento no quise saber nada más de aquello. Me sentía como un salteador de tumbas cuando lo detiene el temor a la ira de los muertos. Quizá confiara en que lo que hubiese allí saliera a mi encuentro: un potro ala-do o un manantial de agua salada. Pero nada salió. Entonces, me tendí y metí la mano, tanteando.
Toqué la tierra y las piedras, y un gusano viscoso que se sobresaltó. Luego, di con un paño enmohe-cido que envolvía algo duro. Retiré la mano; me parecía tocar un hueso. Nada de aquello concordaba con lo esperado. La viscosidad del gusano me había causado náuseas. Me serené y volví a palpar. Aquello era demasiado recto para ser un hueso. A la luz del sol vi un gran fardo, unas hebras de oro que brillaban entre el moho. Los gusanos habían anidado allí y salió, retorciéndose, un ciempiés amarillo. Pensé: «Un augurio de muerte. Claro que siempre lo supe. ¿Debo saber más?» El fardo me repugnaba; habría preferido des-hacer lo hecho y dejar dormir en la tierra el destino oculto. Luego, me sacudí como un perro, cogí el paño y lo removí. El oro saltó y brilló a la luz. Presentí que no debía dejar caer aquello porque sería un mal augurio. Soy un hombre que obra con rapidez después de haber decidido, y lo atrapé. Entonces comprendí por qué no debía dejar caer aquel objeto. Era una espada.
El paño había conservado limpia de tierra la empuñadura, más trabajada que la de mi abuelo. Consis-tía en un ingenioso nudo de serpientes enroscadas; las voluminosas cabezas formaban el puño y las colas se superponían sobre la hoja, que, aunque con verdín, seguía íntegra y era la obra de un maestro forjador. Pensé: «Una gran espada helena. Era un caballero, por lo menos».
Se habían disipado, pues, mis más serios temores. Pero también se esfumaban mis mejores espe-ranzas. Hasta entonces, en algún oscuro rincón de mi corazón, albergaba la esperanza de que Poseidón se ablandaría y me reconocería. Y pensé: «Ese viejo del palacio lo supo desde que yo estaba en el vientre de mi madre. Si me hubiese dejado en paz, en vez de atiborrarme de cuentos de niños, el día de hoy habría sido perfecto para mí. Es él quien ha puesto este sabor de cenizas en mi boca».
Volví a mirar el paño. Contenía algo más. Encontré un par de sandalias, estropeadas por el moho y engastadas con amatistas; las hebillas eran unas pequeñas serpientes de oro labrado. Me quité una de las mías y comparé las suelas. No se llevaban mucho. «¡Ajá! — pensé—. ¡Todo Trecén para dar con un higo enmohecido! Lo he encontrado tal como lo escondió él.» Y me reí. Pero de mal humor.
Saqué mi palanca y dejé caer la piedra. Antes de irme, me acordé de Apolo y le prometí un gamo si me concedía lo pedido en mi plegaria. Es un caballero y no se puede ser un patán con él, se esté enfadado o no.
En el palacio, la gente aún se dedicaba a las tareas de las primeras horas de la mañana. Yo tenía hambre y me comí una hogaza entera con medio panal de miel. Luego, con la espada en el cinto, fui a la habitación de mi madre y rasqué en la puerta.
Acababa de vestirse y su doncella la estaba peinando. Me miró la cara y el cinto y despidió a la don-cella. Junto a su silla, había una mesita con los peines y el espejo. Sonrió y dijo:
—Bueno, Teseo. ¿Te envió el dios un sueño? —La miré con asombro. Pero no se le pregunta a una sacerdotisa cómo sabe las cosas.
—Sí, madre —dije—. Tengo las sandalias, también. ¿Quién era él? —Enarcó las cejas, que parecían el plumaje de un cernícalo, finas y claras, pero plumosas en los extremos interiores.
—¿Era, dices? ¿Por qué supones que ha muerto? —Esto me concedió una pausa; me esperaba algo así aunque no lo hubiese pensado. Mi ira se retorció, como un animal atrapado y enjaulado.
—Bueno —dije—. Tengo su regalo. El primero en diecisiete años; pero me ha costado conseguirlo.
—Había una razón —replicó ella. Y cogió el peine y se alisó el cabello hacia delante—. Él me dijo: «Si no tiene fuerza, necesitará inteligencia. Si no tiene ni lo uno ni lo otro, todavía podrá ser un buen hijo para ti en Trecén. Así pues, consérvalo contigo. ¿Por qué has de enviarlo a morir a Atenas?».
—¿A Atenas? —dije, mirándola fijamente. Atenas apenas era un nombre para mí.
Ella repuso, con cierta impaciencia, como si yo debiera saberlo: —Su abuelo tuvo demasiados hijos y él ninguno. Nunca conservó su trono durante un año con tranquilidad, ni su padre antes que él.
Me miró y, luego, se concentró en el cabello que se estaba peinando.
—Vamos, Teseo. ¿Crees que los jefes o los señores llevan espadas como ésa? Hablaba con voz ás-pera, como las jovencitas, como si fuera tímida y procurara ocultarlo. Entonces, pensé: «¿Por qué no? Tie-ne treinta y tres años y han pasado casi dieciocho desde la última vez que estuvo con un hombre». Y me sentí más irritado por ella de lo que me irritara por mí mismo antes.
—¿Cómo se llama? —dije—. Debo de haber oído su nombre, pero no lo recuerdo.
—Egeo —dijo mi madre, como si hablara para sí—. Egeo, hijo de Pandión, hijo de Cécrope. Son de la simiente de Hefesto, señor del fuego de la tierra, el que desposó a la Madre.
—¿Desde cuándo es mejor la simiente de Hefesto que la de
Zeus? —pregunté. Pensaba en todo el trabajo que me había tomado por complacer a aquel hombre, creyéndolo un dios—. Debió bastarle y aun sobrarle el hecho de que yo fuese tu hijo. ¿Por qué te dejó aquí?
—Había una razón —dijo ella otra vez—. Tenemos que encontrar un barco para mandarte a Atenas.
—¿A Atenas? —repetí—. ¡Oh, no, madre! Eso está demasiado lejos. Han pasado dieciocho años de su pasatiempo nocturno y él nunca se ha interesado por el fruto de aquella noche.
—¡Basta! —exclamó mi madre, princesa y sacerdotisa de pies a cabeza. Pero perduraba la tímida aspereza. Me avergoncé de mí mismo. Acercándome a su silla, le besé la cabeza.
—Perdóname, madre —dije—. No te enojes, sé cómo son esas cosas. Yo mismo he poseído a un par de muchachas que ni siquiera deseaban ser mías. Y si alguien ha pensado de ellas lo peor, no he sido yo. Pero si el rey Egeo quiere un lancero más para su casa, que se lo busque en su país. Aunque no se quedó contigo, hizo lo mejor que podía hacer en esas circunstancias; te dio un hijo que te defenderá.
Mi madre aspiró hondo; luego, dejó escapar el aliento casi riendo.
—¡Pobre niño...! Si no sabes nada, la culpa es tuya. Habla con tu abuelo. Más vale que lo sepas de sus labios que de los míos.
Tomé un bucle de su cabello recién peinado y me lo enrosqué alrededor de un dedo. Quise decirle que le habría perdonado que tomara a un hombre para su placer, pero no que aquel hombre la tomara para el suyo, marchándose luego. Mas sólo dije:
—Sí, iré a verlo. Es bastante tarde.
Pero me quedé para cambiarme de ropa. Estaba lo bastante enfadado para tomarme muy en serio mi porte. Mi mejor vestimenta era de color ante rojo oscuro, con el justillo adornado con botones de oro y las calzas con borlas de piel de cabrito, haciendo juego con las botas. Me estaba ciñendo la espada cuando recordé que nadie se presenta armado ante el rey.
Al coronar la angosta escalera, su voz me ordenó que entrara. Mi abuelo había estado resfriado y aún no salía de su cuarto. Se cubría los hombros con una manta, y, sobre un pedestal, junto a su silla, había un cuenco que aún conservaba restos de comida. Su rostro cetrino empezaba a tener huellas de la edad. Pero yo no quería renunciar a mi ira y permanecí de pie ante él, en silencio. Mis ojos se encontraron con los su-yos, viejos y apagados; comprendí que estaba al tanto. Luego, me saludó con un vivaz movimiento de ca-beza y me señaló el escabel.
—Puedes sentarte, hijo mío.
Movido por la costumbre, arrimé el escabel y me senté. Mi abuelo había ejercido durante bastante tiempo el oficio de rey y sus dedos tenían imperio, como los de los arpistas tienen música. Sólo cuando volví a encontrarme en mi banco de la niñez, con los pies en los viejos y gastados zapatos de piel de oso y los brazos alrededor de las rodillas, comprendí a qué papel de tonto me había reducido mi abuelo. Cerca de mi cara estaba el cuenco de la comida, que olía a cebada y a miel, a huevos y a vino: un olor a vejez y a infan-cia. Sentí que mi enfado de hombre se volvía infantil. Sus ojos acuosos parpadeaban, acusando la malicia que sienten los viejos ante los jóvenes cuando sus propias fuerzas han desaparecido.
—Bueno, Teseo. ¿Te dijo tu madre quién eres? —Acurrucado a sus pies como un cautivo engrillado, con el corazón henchido de amargura, respondí:
—Sí.
—¿Y tienes cosas que preguntarme? —No contesté—. ¿O que preguntarle a tu padre, si lo prefieres? —Yo no me atrevía a hablar: mi abuelo era el rey—. Ahora te reconocerá como heredero si le muestras la espada.
Sorprendido, exclamé: —¿Por qué habría de hacerlo, señor? Supongo que tendrá hijos en su casa.
—Ninguno nacido en matrimonio. En cuanto a los demás, recuerda que, aunque es un Eréctida, lo cual es bastante valioso, nosotros somos de la casa de Pélope y nos ha engendrado el olímpico Zeus.
Tuve en la punta de la lengua la pregunta: «¿Como me engendró Poseidón, señor?» Pero no se la hice; no, a decir verdad, porque fuese mi abuelo, sino porque no me atreví.
Me miró a la cara; luego, se envolvió en la manta y dijo, con tono impertinente:
—¿Nunca cierras la puerta al entrar? Esta habitación parece un granero.
Me levanté y la cerré.
—Antes de hablar sin guardarle respeto de tu padre, permíteme que te diga que, de no ser por él, habrías sido hijo de un pescador o de un campesino; o bien de un esclavo.
Me alegré de estar de pie. Enseguida dije:
—Sólo me puede decir eso, sin pagarlo caro, el padre de mi madre.
—Tu boca les está robando a tus oídos —dijo él—. Calma, muchacho, y escucha lo que voy a decirte.
Me miró y esperó. Me mantuve firme durante un momento; luego, recuperé el asiento a sus pies.
—El año que precedió a tu nacimiento, Teseo, cuando tu madre contaba quince años, tuvimos un ve-rano sin lluvia. El grano aún no había engordado en la espiga y las uvas parecían bayas de seto; el polvo formaba una capa tan densa que enterraba los pies y nada prosperaba, salvo las moscas. Y, con la sequía, llegó una enfermedad que respetaba a los viejos, pero se llevaba a los niños, a las doncellas y a los jóve-nes. Al principio, se les enfermaba una mano o cojeaban; luego, se desplomaban y las fuerzas desaparecí-an hasta de sus costillas, de manera que no podían aspirar el hálito de la vida. Los que sobrevivieron siguen lisiados, como Tiestes el destilador, con su pierna corta. Pero en su mayoría morían.
»Quise saber a qué divinidad habíamos agraviado y apelamos antes que nada a Apolo, señor del ar-co. Respondió, por medio de las entrañas de la víctima, que él no había disparado contra nosotros; pero no dijo más. También Zeus guardaba silencio y Poseidón no enviaba augurios. Era, poco más o menos, la época del año en que la gente busca la víctima propiciatoria. Eligieron a un bizco que, según afirmaban, causaba mal de ojo y lo golpearon con tanta furia que, cuando se dispusieron a quemarlo, ya no le quedaba vida. Pero no llovía y se morían los niños.
»Perdí a tres hijos aquí, en el palacio: los dos varones de mi esposa y uno que, debo confesarlo, me era más caro aún. En su agonía, era como si ya estuviese muerto; sólo vivían sus ojos, que me pedían ayu-da para respirar. Cuando lo dejamos en la tumba, me dije: "Sin duda, se acerca el momento de mi moira. Pronto el dios me enviará una señal". Puse en orden mis asuntos y, durante la cena, miré a mis hijos, sen-tados alrededor de la mesa, sopesándolos, para escoger a mi heredero. Pero no recibí ningún aviso.
Al día siguiente, llegó tu padre a Trecén, procedente de Delfos, a fin de embarcar hacia Atenas. Haría dos travesías por mar, para eludir el camino del istmo. Mi estado de ánimo no se prestaba a la com-pañía; pero el huésped es sagrado y, por lo tanto, hice todo lo que pude. Pronto me alegré de hacerlo. Tu padre era más joven que yo, pero la adversidad lo había madurado; conocía a los hombres. Después de la cena, comenzamos a compartir nuestras cuitas; él nunca supo lo que yo acababa de perder. Su primera esposa había sido estéril; la segunda falleció de sobreparto tras nacerle una hija muerta. Tu padre fue a consultar el oráculo; pero la respuesta resultó sombría y enigmática y ni la sacerdotisa logró interpretarla. Ahora, volvía a un reino turbulento, sin un heredero que le sirviese de apoyo.
Por eso, ambos éramos hombres sufrientes y nos comprendíamos. Despedí al arpista e hice traer una silla para tu padre; junto a este hogar donde estamos tú y yo, hablamos tranquilamente de nuestros pesares.
Cuando nos quedamos a solas, me contó cómo sus hermanos, ávidos de apoderarse del reino, habían descendido a provocarle un escándalo a su propia madre, una dama muy respetable, proclamándolo bastardo. Ahí, me pareció, había una desventura tan grande como la mía. Luego, mientras hablábamos, hubo un gran alboroto en el salón de abajo, gemidos y gritos. Salí a ver.
»Era la sacerdotisa de la diosa, la hermana de mi padre. Estaba rodeada de mujeres que gritaban, golpeándose los pechos y arañándose las mejillas con las uñas hasta sangrar. Me detuve en la escalinata y pregunté qué sucedía. Me contestó:
—Le has dado al pueblo dolor tras dolor, rey Piteo, ofrendándoles regalos a los dioses del cielo que ya estaban saciados y haciéndole pasar hambre al altar más próximo a tu hogar. Es la segunda noche que llevo harina y leche a la piedra umbilical y por segunda vez las ha rechazado la serpiente de la casa. ¿Espe-rarás a que todos los vientres de Trecén hayan perdido el fruto de sus afanes? Haz sacrificios, haz sacrifi-cios. Es la Madre quien está colérica.
»Ordené inmediatamente que prepararan un holocausto de cerdos, reprochándome haber dejado to-do aquello en manos de las mujeres. Debí adivinar en el silencio de Apolo que nuestras desventuras no provenían del cielo. A la mañana siguiente matamos a los cerdos alrededor de la piedra umbilical. Sus chilli-dos arrancaron ecos en toda la casa y el olor de sus entrañas impregnó el aire durante todo el día. Cuando la sangre hubo calado en la tierra, vimos llegar nubes del oeste. Se cernían, grises, en lo alto, pero la lluvia que contenían no cayó.
»Vino la sacerdotisa y me condujo al patio umbilical y me mostró la sinuosa huella dejada por la ser-piente de la casa, que era donde ella leía los augurios.
»—La serpiente me ha revelado ahora lo que enfureció a la Madre —dijo—. Han pasado veinte años, ni uno menos, desde que una muchacha de esta casa colgó su ceñidor para la diosa. Etra, tu hija, es mujer desde hace dos años, pero ¿ha consagrado su virginidad? Mándala a la Casa del Mirto y que no rechace al primero que venga, aunque sea un marinero o un esclavo, ni aunque tenga empapadas las manos en la sangre de su propio padre. De lo contrario, la Madre Día no se ablandará hasta que esto se convierta en un país sin niños.
Mi abuelo me miró con cierto desdén.
—Bueno, jovencito terco, ¿empiezas a comprender? Asentí, demasiado rebosante de revelaciones para hablar.
—Me marché, agradecido, como lo habría estado cualquier otro en mi situación, de que la cosa no fuese peor. Pero lo sentía por mi hija. Y no porque ella pudiera quedar deshonrada ante el pueblo; los cam-pesinos han mezclado su sangre con la de la gente de la ribera y han asimilado esas costumbres con la leche materna. Bueno, yo no había prohibido aquella costumbre, pero tampoco la impuse yo; y, ciertamente, a tu madre no la criaron para esperar semejante cosa. Me irritó ver que la sacerdotisa se alegraba. Había enviudado joven, sin que la volviera a pretender ningún hombre, y no simpatizaba con las muchachas boni-tas. Mi hija era tímida y altiva; yo temía que se enamorase de algún individuo bajo que, por brutalidad o por rencor contra quienes eran más que él, la tomara con la rudeza con que se posee a una ramera. Pero, más que nada, me disgustaba la sangre humilde que aquello le podía traer a mi linaje. Si nacía un vástago, no se le podría dejar vivir. Pero nada de eso pensaba decirle a mi hija; bastante tenía ella ya por aquel día.
»La busqué en los aposentos de las mujeres. Me escuchó en silencio y no se quejó; era poca cosa, dijo, y bien valia la pena hacerlo por los niños; pero cuando le tomé las manos las sentí frías. Volví al lado de mi huésped, abandonado desde hacia largo rato, y él me dijo:
»—Amigo mío, ¿alguna nueva pesadumbre?
»—Menor que la última —dije.
»Se la conté. No le di demasiada importancia, por no parecer débil; pero, como he dicho ya, tu padre comprendía a los hombres. Y dijo:
—He visto a la virgen. Es digna de engendrar reyes. Y recatada.
Esto es muy penoso para ti y para ella.
»Esa mesa que ves ahí nos separaba. De pronto, él le descargó un puñetazo. "Sin duda, Piteo, algún dios pensaba en mi bien cuando me condujo aquí. Dime... ¿a qué hora del día van al bosquecilio las mu-chachas?" Y yo le contesté: "A la de la puesta del sol, o poco antes". "¿Por costumbre, solamente? ¿O hay alguna ley sagrada?" "Ninguna, que yo sepa", respondí, comenzando a comprender su intención. "Enton-ces, dile a la sacerdotisa que la virgen vaya allí mañana. Y si está antes del amanecer, ¿quién lo sabrá, aparte de tú y yo? Así, saldremos ganando los tres: yo, un heredero, si el cielo se apiada de mí; tú, un nieto de sangre decorosa por ambas ramas; y tu hija... Bueno, dos esposas llegaron hasta mí vírgenes, y entien-do algo de mujeres. ¿Qué me dices, amigo mío?"
»—Alabados sean los dioses —respondí—. Hoy se han acordado de mi casa.
»—Entonces, sólo resta decírselo a la virgen —dijo él—. Y tratándose de un hombre a quien ya cono-ce y de quien no teme ningún mal, sentirá menos temor.
»Asentí, pero un pensamiento me acosaba aún.
»—No —dije—. Ella forma parte de mi casa; debe ir al sacrificio consintiendo; de lo contrario, éste perdería su virtud. Que esto quede entre tú y yo.
»Cuando pasó el primer cuarto de la noche, fui a despertar a tu madre. Pero estaba desvelada en su lecho, con la lámpara al lado.
»—Hija mía —le dije—. He tenido un sueño, enviado sin duda por algún dios, en el cual vi que ibas al bosquecillo antes del amanecer, para cumplir tus obligaciones con la diosa a las primeras luces del día. Conque levántate y prepárate.
»Ella me miró a la luz de la lámpara, con los ojos aún dilatados, y respondió: —Entonces, padre, lo haré cuanto antes. —Y agregó—: Es un buen augurio para los niños.
»Poco después, tu madre vino envuelta en una capa de piel de zorro, porque la noche era fría. Su vieja nodriza, a quien yo no le había dicho nada, nos acompañó hasta la playa, llevándola de la mano y narrándole cuentos de viejas sobre muchachas a quienes visitaran los dioses. Hicimos subir a tu madre a la barca y yo mismo remé.
»Atraqué donde el prado se extiende hasta la playa. En el cielo se arremolinaban grandes nubes; resplandecía la luna, parpadeando sobre las relucientes hojas de los mirtos y sobre la casa de madera de cedro que estaba sobre las rocas próximas al agua. Cuando llegábamos, la luna se ocultó. Tu madre me dijo: "Se acerca una tormenta. Pero no importa: tengo mi lámpara y la yesca". Se las había traído, ocultas en la capa. "Eso, no —dije quitándoselas—. Recuerdo que mi sueño lo prohibía." Aquello me llegaba al corazón, pero temí que algún ladrón nocturno viera la luz. La besé y dije: "La gente de nuestro linaje ha nacido para cosas como éstas: es tu moira. Pero si les somos fieles, los dioses no nos abandonarán". De modo que la dejé y ella no lloró ni trató de retenerme. Y cuando se alejaba de mí, entrando por su voluntad en la casa a oscuras, Zeus tronó en el cielo y empezó a llover.
»La tormenta sobrevino de repente. Yo no había manejado un remo desde la infancia y me costó lle-gar al embarcadero. Cuando lo alcancé, empapado, busqué con la mirada a tu padre, para darle la barca. Entonces, oí, en el cobertizo de los botes, la cascada risa de una vieja y vi, a la luz de un relámpago, a la nodriza que se había refugiado allí para protegerse de la lluvia. "No busques al novio, rey Piteo; tenía prisa. La sangre joven, je, je... Aquí guardó sus ropas, secas; no las necesitará para la tarea de esta noche." "¿Qué quieres decir, vieja estúpida? —le pregunté yo. La travesía no me había mejorado el humor—. ¿Dónde está él?" "Pues ya debe de estar allí. La buena diosa le dio ánimos y se fue con gusto. Dijo que el agua de mar era más tibia que la lluvia, y que la virgen, sola en semejante noche, necesitaría compañía. Es un hombre hermoso, por cierto; desnudo, parece un dios. ¿Acaso no lo atendí yo en el baño, cuando vino aquí por primera vez? ¡Ay, la gente no miente cuando te llama Piteo el Sabio!"» Bueno, Teseo. Así fue tu padre al encuentro de tu madre. Según me contó ella más tarde, tu madre no pasó de la entrada de la Casa del Mirto, por temor a la oscuridad que reinaba dentro. Cuando la luz del amanecer iluminó el cielo, vio Tre-cén sobre las aguas y la barca, lejos ya; cuando la imagen se esfumó, sus ojos se empañaron y no vio na-da. Poco después, retumbó cerca de allí el trueno y hubo un relámpago; y delante de ella, sobre la laja de piedra que había en el pórtico, deslumbrante a la clara luz azul, vio a un hombre desnudo, de prestancia regia, con cabello y barba goteantes y una ristra de algas sobre los hombros. Dado el temor que le inspiraba aquel paraje, la fatiga y las cosas que le había contado la vieja por el camino, tu madre no dudó que el pro-pio señor Poseidón había venido a reclamarla. Otro relámpago se la mostró a tu padre hincada de rodillas, con los brazos cruzados sobre el pecho, esperando el placer del dios. Entonces, él la levantó en vilo y la besó y le dijo quién era. Poco después, en la casa, ella lo cubrió con su capa de piel de zorro. Y ése fue tu origen.
Mi abuelo calló. Al cabo, yo dije:
—Mi madre conserva aún la capa. Está gastada y se le cae el pelo. En cierta ocasión, pregunté por qué la guardaba—.Luego, añadí:
—¿Por qué se me ha ocultado todo esto?
—Comprometí a la nodriza con un juramento que la asustó, imponiéndole silencio. Después de la tormenta, tu padre volvió por el mismo camino y yo llevé a la sacerdotisa para que viera las pruebas de lo ocurrido. Pero ni ella ni nadie sabían quién era el hombre. Tu padre me dijo que tu vida correría peligro, incluso en Trecén, si quienes pretendían el trono en el Ática se enteraban de tu linaje. La fantasía de tu madre me conmovió y la hice pasar por cierta. Cuando se supo mi deseo, la gente que tenía otras ideas se las reservó.
Mi abuelo hizo una pausa; se había posado una mosca sobre el filete de oro del cuenco, descendió para sorber las heces y se ahogó. Él murmuró algo sobre los servidores holgazanes y apartó la taza. Luego, se sumió en sus cavilaciones, contemplando por la ventana el mar estival. Poco después, dijo:
—Desde entonces, no he cesado de hacerme preguntas... ¿Qué le sugirió a tu padre, un hombre ra-zonable de más de treinta años, la idea de cruzar a nado el estrecho como un niño alocado? ¿Por qué esta-ba tan seguro de haber engendrado a un hijo, él, que se casó dos veces y no tuvo ninguno? ¿Quién puede seguir el rastro de los inmortales cuando sus pieles hollan la tierra? Y me he preguntado, a fin de cuentas, si fueron mis ojos o los de tu madre los que vieron claro. Recibimos la señal del dios cuando abrimos los bra-zos a nuestra moira.
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Teseo: El rey debe morir
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