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Así que partí por tierra hacia Atenas. Aunque mi abuelo considerara que yo había obrado como un estúpido y se sentía preocupado por mí, no pudo pedirme que me desdijera de lo manifestado ante el pue-blo y deshonrara a nuestra familia. Mi madre fue a ver a la serpiente de la casa, para conseguir un oráculo. Aunque vislumbró peligros en mi camino, no vio la muerte. Pero dijo, llorando, que los peligros eran muy grandes y que ella no podía darme ninguna seguridad. Me hizo jurar que no diría el nombre de mi padre hasta estar junto a él; temía que cayese en manos de los enemigos de mi progenitor y, para consolarla, se lo prometí. Le pregunté si tenía algún mensaje para él, pero denegó con la cabeza, diciendo que yo era su mensaje y que hacía mucho tiempo de todo lo demás.
Dos días después, les pusieron los arneses a mis caballos y me monté junto a mi auriga. Mi intención era guiar yo mismo, pero Dexio me rogó que le permitiera acompañarme. Lo había amamantado una yegua, como dice el refrán; como auriga o amigo, no se podía pedir nada mejor.
Franqueamos con gran estrépito las grandes puertas de Trecén que construyeron los gigantes y don-de mi bisabuelo había colocado la divisa de nuestra casa, una piedra de rayo sobre una columna, con un águila a cada lado. Mi abuelo, mis tíos y algunos jóvenes me acompañaron hasta la playa, donde el camino dobla hacia el noroeste. Luego, ellos regresaron y comenzó mi viaje. La primera noche dormimos en Epi-dauro, en el santuario de Apolo Curador; la segunda, en Céncreas. Cuando vimos de noche, sobre la plani-cie, el contorno del montículo redondeado de Corinto, comprendimos que al día siguiente cruzaríamos el istmo.
El cruce duró un día. Tal es la verdad, por más necedades que digan los arpistas. Ahora me conformo con desmentir las fábulas, que ningún hombre sensato debería creer, y no me preocupo de lo demás. Le son caras al pueblo y no ofenden a nadie.
No encontramos monstruos ni maté yo a ningún gigante con una porra, que es un arma de necios pa-ra un hombre que dispone de espada y lanza. Conservé mis armas, aunque más de uno trató de quitárme-las; no necesitaba monstruos, dados los hombres con quienes me encontraba. El istmo es un territorio es-cabroso, donde el camino serpentea y nunca se alcanza a ver muy lejos. Entre las rocas que lo flanquean, los ladrones están al acecho.
Dexio se hacía cargo del carro mientras yo afrontaba lo que viniera. Él tenía siempre que estar listo para alejarnos en cualquier momento. Era su misión y la cumplía bien. Como no contábamos con relevo de caballos, no podíamos arriesgar los nuestros. Ahora, después de tantos años, todas aquellas escaramuzas se me confunden, excepto la última.
Recuerdo el istmo de color azul intenso, casi negro; el cielo límpido en lo alto, con alguna nube oca-sional; y siempre a la derecha peñascos oscuros cuyos pies bañaba el mar cerúleo. El polvoriento camino rosado, el matorral y los sombríos pinos estaban siempre hundidos entre esas profundidades azules. El mar estaba en calma; visto desde arriba, anegaba la visión como otro cenit, pero más azul; más azul que el la-pislázuli o el zafiro o la flor más azul que haya; y anegaban también la vista las sombras que rodeaban las profundas raíces de las rocas, verdes y de un púrpura uva, como los reflejos de las torcaces. Rara vez debí de contemplar el espectáculo con serenidad. Yo estaba pendiente de avistar otras cosas. Pero es el azul lo que recuerdo.
Recuerdo eso y la sensación de un territorio sin ley. En la ruta del istmo, un hombre herido junto al camino, con la sangre negra de moscas y la boca agrietada por la sed, es una señal que induce a los viaje-ros a espolear a sus asnos y perderse de vista. No había mucho que hacer cuando lo encontrábamos. Re-cuerdo a uno a quien sólo pude rematar piadosamente, como a un perro corneado por un jabalí. Lo hice con rapidez, mientras el infortunado bebía; sintió el sabor del agua antes de morir.
A mediodía, hallamos refugio en el lecho de un río, donde en verano apenas fluía un hilo de agua pa-ra los caballos. Nos ocultaba sin encerrarnos en una trampa. Después de desuncir los caballos y comer, Dexio se alejó entre las rocas; y pronto me pareció que llevaba ausente mucho tiempo. Llamé sin obtener respuesta y fui a buscarlo. Las rocas eran escarpadas y, para trepar más de prisa, dejé mi lanza al pie. Cuesta creer que uno haya sido en otros tiempos tan ingenuo.
Desde lo alto de la barranca, no tardé en verlo. Dexio estaba tendido a los pies de un individuo forni-do que lo despojaba de sus brazales. Sin duda, lo había sorprendido por la espalda, impidiéndole gritar; vi la maza dejada en el suelo por el bandido mientras operaba. Dexio se movió un poco; vivía aún. Recordé có-mo lo había salvado del toro. Ahora, de nuevo, era yo quien lo ponía en peligro. Me disponía a volver en busca de mi lanza, cuando vi que el hombre, que se había apoderado de cuanto poseía Dexio, empezaba a hacer rodar su cuerpo hacia el borde del despeñadero. El camino pasaba por allí muy cerca del precipicio: —¡Deténte! ¡Déjalo! —grité desde el borde de la roca.
El bandido alzó los ojos. Era ancho de espaldas y rubicundo, de cuello grueso y barba bifurcada. Al verme se echó a reír y empujó a Dexio con el pie.
Trepé por las rocas, pero costaba escalarías.
—¡Déjalo en paz! —volví a gritar.
Y oí desfallecer mi voz. Con los brazos en jarras, el bandido yociferó: —¿Qué eres, bucles de oro, su muchacha o el jovencito de sus sueños? —y agregó una obscenidad, que celebró con una alegre risotada; y en plena risa, empujó a Dexio con el pie y lo lanzó al abismo por el tajo. Oí el grito, que se corto en seco.
La ira se apoderó de mí. Me invadió el tronco, los brazos y piernas, hasta tal punto que me pareció haberme quedado sin peso; al saltar de la roca, la furia me dio alas y me trasladó a donde no habría alcan-zado un momento antes. Hasta el pelo se me erizó, como la crin del caballo rey en el combate. Caí de pie, me erguí y eché a correr. Apenas sentía la tierra bajo los pies. Él esperaba, boquiabierto, y sólo reía ya a medias. Cuando me acerqué, su risa se extinguió.
Después, descubrí los rastros que me dejaron sus dientes y sus uñas. En aquellos momentos no sen-tí nada, pero noté que aquel hombre no era buen luchador y confiaba en su maza. Le hice una presa de brazo cuando intentó estrangularme y lo volteé por encima de mi cabeza. Quedó tendido como Dexio, atur-dido, con la cabeza sobre el borde de la roca a punto de despeñarse. No creo que supiera adónde iba, has-ta que se vio volando por los aires. Entonces, noté que volvía a abrírsele la boca, pero no para reír. Junto al agua había una gran piedra redonda, en forma de tortuga, en la que se estrelló de cabeza. Allí los acantila-dos son altos.
Fui a ver el sitio donde había caído Dexio. Yacía muerto sobre una roca afilada y bañada por el mar, que jugaba con su túnica blanca y su cabello castaño. Bajé hasta tan cerca de él como me fue posible y rocié la tierra a fin de facilitarle su viaje, prometiéndole las ofrendas para más tarde. Por lo menos, le había proporcionado lo que más necesitan los asesinados.
Mientras daba de comer a los caballos y los uncía, mi torpeza me recordó la pericia de Dexio, des-aparecida como se consume una astilla en el fuego. Subí al carro y empuñé las riendas, y supe qué significa estar solo.
Algo más adelante, un hombre me salió al encuentro con una reverencia y me dijo que la gente esta-ba saqueando la casa de Escirón, el salteador a quien yo había matado, y se ofreció a guiarme hasta allí para que pudiera reclamar la parte que me correspondía. Le dije que la tomara él, si podía, y me alejé, de-jándolo alicaído. Al chacal no le gusta cazar sus piezas.
Aquél fue mi último combate en el istmo. Unas veces, tuve suerte; otras, la gente me rehuyó. Al ano-checer, lo había cruzado y recorría las colinas de Megara, junto al mar. Oscurecía y, al este, las montañas del Ática destacaban su negrísima mole contra el cielo nuboso. El camino era solitario; sólo se oía aullar a los lobos o gemir a algún conejo atrapado por el zorro. Pronto el camino se hizo peligroso para los caballos, con tan poca luz, y tuve que guiarlos de la brida.
Además de poner a prueba sus fuerzas, se requieren otras cosas para formar a un hombre.
Ahora que nadie me amenazaba, me sentía abandonado como un niño. Aquel camino escabroso y sombrío parecía olvidado por los dioses del cielo y entregado a los demonios de la tierra, hostiles al hombre. Me dolía aún el cuerpo después de la lucha; me palpaba las heridas y lloraba a mi amigo. Para consolarme, recordé que el rey de Megara era heleno y pariente de mi padre. Pero sólo me rodeaba la noche hostil y pensé que mi padre no me había enviado una sola palabra desde que naciera. Me acordé de Trecén, del gran salón, de la leña que ardía olorosa sobre la ancha masa de ceniza caliente, de mi madre sentada entre las mujeres y de la lira pasando de mano en mano.
De pronto, se oyó una algarabía de perros y de silbidos; y, al doblar el recodo siguiente, vi una hogue-ra. Había un redil de toscas piedras y espinos, y alrededor del fuego estaban sentados seis u ocho pastorci-tos de cabras, el mayor de los cuales no tendría trece años y el menor, ocho o nueve. Tocaban el caramillo para darse valor con la música y ahuyentar a los espectros nocturnos. Al verme, se dispersaron corriendo y se ocultaron entre las cabras; pero, cuando los llamé, no tardaron en salir de sus escondites, y me senté con ellos a calentarme.
Me ayudaron a desenganchar los caballos. Sin duda, se sentían ya aurigas y me indicaron dónde hallaría agua y forraje.
Compartí con ellos mis higos y mi pan de cebada, y ellos conmigo su queso de leche de cabra, mien-tras me llamaban «señor» y me preguntaban de dónde venía. No todo lo que yo podía contarles sobre la jornada era adecuado para niños de su edad en un paraje tan solitario, pues ya tenían bastante con el temor que les inspiraban los leopardos y los lobos. Pero les enseñé la maza de Escirón, que llevaba conmigo, y les dije que se había terminado para siempre aquel hombre, pues, al parecer, era un espantajo que los per-seguía en sueños. Los pastorcillos estaban sentados o tendidos a mi alrededor, con la rebelde melena caí-da sobre los brillantes ojos y la boca abierta, dando agudos chillidos de asombro, y me preguntaban cómo era tal o cual sitio situado a diez millas de allí como si me hablaran de Babilonia.
Ya había anochecido. No se veía el entenebrecido mar ni las negras montañas y yo sólo distinguía los toscos muros del redil, las borrosas formas de las cabras que había dentro y el círculo de rostros enroje-cidos por el fuego, que se reflejaba en el gastado caramillo, en los ojos amarillos de un perro ovejero, en la empuñadura de un cuchillo de hueso o en alguna maraña de pelo rubio. Me trajeron ramas y hojas para que me hiciera una cama y nos tendimos junto a las ascuas. Cuando los pastorcitos se metieron debajo de dos raídas mantas, como perritos que riñen por un lugar junto a la lumbre, sólo quedó fuera uno pequeño, el pigmeo de la camada. Le vi acercarse las rodillas al mentón y le ofrecí parte de mi capa; olía a estiércol de cabras y tenía más pulgas que un perro viejo, pero, después de todo, era mi anfitrión. Al poco, me dijo:
—¡Ojalá tuviéramos siempre a un hombre con nosotros! A veces, truena o se oye algún león.
Él se durmió pronto; pero yo me quedé tendido junto a la hoguera velando, y observando las fulguran-tes estrellas. «¿Qué es ser rey? —pensé—. ¿Hacer justicia, ir a la guerra en defensa del pueblo de uno, hacer las paces con los dioses? Con seguridad que es esto.»
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Teseo: El rey debe morir
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