Capítulo 1

Al final nos fuimos de Creta en un barco que encontramos en un olivar.

No sólo la tierra había sentido el tridente de Poseidón. El mar en reflujo, que embarrancara las quillas en Amnisos, había vuelto con el terremoto. Destrozó el muelle y varó los barcos, inundó la ciudad baja y mató a más gente que una guerra. Pero algunas naves fueron arrastradas tierra adentro y se posaron con suavidad, como la hallada por nosotros entre los olivos. La acarreamos hacia el agua sobre troncos de árbo-les partidos.

Montamos guardia a bordo de día y de noche, hasta que el tiempo nos permitió zarpar. En toda Creta imperaba el caos. Apenas se supo que se había derrumbado la Casa del Hacha, los nativos cretenses se rebelaron en todas partes, arrasaron las fortalezas y saquearon los palacios. A veces perecían los señores y toda su familia; en otras ocasiones huían a las montañas; a los pocos que eran queridos por el pueblo los dejaron en paz. A cada momento llegaban rumores y los hombres mandaban por mí, pidiéndome que acau-dillara tal o cual grupo. A todos les daba yo la misma respuesta: que volvería pronto. No era mi propósito reinar en Creta como un danzarín de toros que acaudilla esclavos liberados para dedicarse al saqueo. Re-gresaría como rey, tanto de helenos como de cretenses. Ahora no faltarían barcos; si no conseguía suficien-tes en el Ática, Trecén y Eleusis, los reyes helenos se disputarían el derecho a participar en la empresa; más de lo que yo quería, si no me daba prisa. A partir de ese momento, la tierra firme gobernaría las islas. En ningún reino heleno volverían a huir a las colinas los mozos y las muchachas al avistar las velas creten-ses.

Embarcaron con nosotros los danzarines de toros procedentes de tierras helénicas y también los mi-noanos de las Cícladas. Sólo se quedaron dos muchachas, para casarse con cretenses, con hombres que se habían enamorado de ellas viéndolas en el ruedo y les enviaban regalos y cartas, pero que no las habían tratado hasta ahora. Esas muchachas pertenecían a otros equipos; incluso ahora que nuestros corazones miraban hacia la patria, las Grullas seguíamos siendo una familia.

No tuvimos mayores dificultades para reclutar la tripulación. Muchos hombres habían matado a viejos enemigos suyos en el tumulto y querían huir antes de que los alcanzara la venganza. Construimos un refu-gio cerca del barco y no permitimos que las muchachas se alejaran mucho solas, ni yendo armadas de pies a cabeza. Eran momentos de desorden.

Cuando por fin sopló viento favorable, nos reunimos en la playa y matamos un toro para ofrecérselo a Poseidón, junto con libaciones de miel, aceite y vino, agradeciéndole sus favores y rogándole que bendijera nuestra travesía. Tampoco olvidamos a Pelia, señora del mar. Ariadna hizo la ofrenda. Llevaba la ropa raída y su séquito de sacerdotisas fueron dos pobres viejas que se apretujaban junto a una hoguera de estacas. Pero su belleza me seguía cortando la respiración, lo mismo que cuando se erguía en el altar dorado por encima del redondel.

Apagamos el fuego con vino; el buque se deslizó por los rodillos y flotó al tocar el agua. Levanté a la señora en mis brazos y fui vadeando hasta depositarla de pie en la cubierta. De nuevo estaba en un barco cretense, contemplando el revuelto mar oscuro como el vino, y viendo los imponentes acantilados amarillos cuyos pies se hundían en la espuma. Pero Ariadna lloraba por su país, y, mientras yo le hablaba del Ática, se perdió de vista el último rastro de tierra.

Al día siguiente vimos una gran humareda. Cuando anochecía, el piloto me dijo:

—Es en Caliste, donde debemos recalar esta noche. Hay un bosque en llamas o guerra.

—De eso hemos tenido de sobra —dije—. Vigila y, si arde la ciudad, pon proa a Ánafe.

Seguimos navegando y el humo se cernía en el cielo como una gran nube negra cargada de truenos. Cuando nos acercamos, comenzó a caer sobre nosotros una avalancha de cenizas, que ennegreció el bar-co, nuestras carnes y nuestras ropas. A poco, el vigía llamó al piloto y los vi conversar en la proa. Me acer-qué a ellos y noté que los dos estaban pálidos. El piloto dijo:

—Hasta la tierra ha cambiado.

Miré la costa gris, y era cierto. Sentí un retortijón de terror en el vientre. Me reconcentré para escu-char al dios; su terrible cólera parecía leerse en el propio cielo. Pero no me envió ninguna advertencia; salvo la nube negra, todo estaba tranquilo. Por lo tanto, dije:

—Acerquémonos.

Así lo hicimos. El viento fresco que se levantó a continuación arrastró todo el humo hacia el norte; el sol crepuscular daba una luz tenue y nítida. Y entonces, estando al oeste de Caliste, vimos la espantosa obra del dios.

La mitad de la isla había desaparecido, cercenada de las cumbres de las colinas y hundida en el mar; y donde estuvo la montaña humeante no quedaba nada. El dios se lo había llevado todo, toda aquella gran masa de rocas, tierra y bosque, los pastos de las cabras, los olivares, los huertos y viñedos, los rediles de las ovejas y las casas; todo, todo había desaparecido; sólo quedaba agua, una gran bahía cóncava al pie de los enormes y escarpados peñascos donde flotaban los restos de la catástrofe; y fuera de la bahía, solitario sobre una franja de tierra, se levantaba humeante un pequeño montículo que era cuanto sobrevivía de la majestuosa chimenea de Hefesto.

A nuestro alrededor, el mar estaba sembrado de pájaros muertos y bardas medio carbonizadas; un brazo de mujer, que parecía un pez blanco, flotaba a la deriva. Me estremecí y recordé el desasosiego que me causara aquel lugar en el viaje de ida. Sin duda, allí debía de haberse cometido alguna gran impiedad, algo que había hecho que los dioses ocultaran los rostros en la niebla del cielo. Recordé cómo era todo aquello un año antes, engalanado de frutales en flor, de aspecto tan inofensivo como un niño sonriente, salvo por el fatal resplandor. Proseguimos enseguida, pues los marineros no querían detenerse. Pensaban que, en semejante lugar, hasta el mar y el aire debían de estar impregnados de la ira del dios, la cual podía adherirse a un hombre y sorberle la médula de los huesos. Algunos querían sacrificar al grumete para que Poseidón, el de los oscuros cabellos, no nos persiguiera—. Pero yo dije que era evidente que el dios se había cobrado lo que le debían y que su cólera no apuntaba contra nosotros. Abandonamos aquel paraje, pues, y de muy buena gana, por cierto; los remeros picaban más deprisa que el ritmo que marcaba el con-tramaestre, para alejarse lo antes posible. Hubo una puesta de sol tan soberbia como jamás la habíamos visto, terrorífica, con unas grandes e imponentes nubes purpúreas sobre el dorado cielo carmesí, verde y dorado, tiñendo todo el cielo con unos colores que tardaron en disiparse. Lo consideramos un signo de que los dioses se habían sosegado y de que seguían siéndonos propicios. Empujados por una ligera brisa, lle-gamos a los acantilados a medianoche y allí nos refugiamos. A la mañana siguiente, el viento era favorable. Nos dirigimos hacia la alta mole de Día, la fértil isla a cuya ciudad llaman Naxos.

Antes del anochecer estábamos en el puerto, viendo las laderas de las colinas, ricas en olivos entre el cereal verde, con huertos y vides. La Madre ha amado tanto a Día que no es de extrañar que le hayan pues-to su nombre. Es la más grande de las Cícladas y también la más rica. Desde lejos vimos el palacio real, que se alza entre viñedos, una edificación alta y reluciente a la usanza de Creta. Ariadna sonrió y me lo señaló; me alegré de que aquel edificio le recordara su país. Caliste había templado sus ánimos.

Dos o tres danzarines del toro eran originarios de allí. Abrazando a jubilosos parientes, les narraron su historia. Éramos el primer barco que llegaba de Creta después del desmoronamiento del Laberinto; hasta entonces, la población de Naxos sólo tenía noticias sueltas, de tercera mano. Nos dijeron a voces que habí-an visto horribles augurios: un estruendo como el de mil truenos, lluvia de cenizas y el cielo nocturno en llamas sobre Caliste. Aquello había sucedido, según supimos, el mismo día y a la misma hora en que se incendió la Casa del Hacha.

Nuestras noticias los llenaron de terror y de asombro. Desde tiempos inmemoriales, Minos había sido el gran rey de todas las islas, se comerciaba de acuerdo con sus leyes y se le pagaban tributos. El tributo de Día era muy grande, dada la riqueza del país. Aquel año habían tenido que abonarlo una vez más; ahora se podrían quedar con sus aceitunas y su grano, con sus ovejas y su miel, y con aquel vino que nadie podía superar; y todos los jóvenes y muchachas bailarían en su patria. Al día siguiente habría una fiesta, la fiesta de Dionisos, que fue quien plantó personalmente en la isla las primeras vides cuando desembarcó allí pro-cedente del este como futuro esposo de la Madre; y celebrarían la efeméride como nunca.

Pero lo que más les impresionó de todo fue saber quién era Ariadna. La población de Día es variada, pero Naxos y su casa real son cretenses, de la antigua estirpe sin sangre helénica. Profesan la antigua reli-gión y los gobierna una reina. Por eso, cuando vieron entre ellos a la diosa terrenal, se sintieron más impresionados que de haber recibido al propio Minos. La instalaron en una litera, para que sus pies no tocaran el suelo, y la llevaron al palacio. Yo anduve a su lado y el resto nos siguió.

En el pórtico del palacio, dejaron la litera en el suelo y el mayordomo trajo una copa de salutación. Nos condujeron al baño y luego al salón. La reina estaba sentada delante de la columna maestra, en un sillón de madera de olivo con incrustaciones de perlas y plata; cubría su escabel una badana teñida de es-carlata. Sobre un taburete bajo estaba sentado a su lado un joven moreno, de extraños ojos sombreados, a quien supuse el rey.

Ella se puso en pie y avanzó a nuestro encuentro. Era una mujer de unos treinta años, bella aún y genuinamente cretense, de oscuros cabellos rizados, senos voluminosos pero redondos y turgentes, y el delgado talle ceñido de oro. Le tendió a Ariadna ambas manos y le dio el beso de bienvenida. Las sirvientas del palacio habían engalanado suntuosamente a ésta con el guardarropa de la propia reina, poniéndole un vestido azul oscuro en el que titilaban los colgantes de plata; y sus ojos, recién pintados, centelleaban a la luz de las lámparas.

Las mesas estaban servidas con comida y asiento para todos los danzarines, aunque éramos casi cuarenta. La reina era gentil y nos instó a comer y beber antes de contar nuestra historia. Ariadna se sentó a su derecha, con preferencia a todas las demás mujeres. Cuando dije que era su marido (íbamos a casa-mos en Atenas, pero yo no quería que Ariadna perdiera su buen nombre) me colocaron a su izquierda, junto al rey. Era el rey un joven de dieciséis años, vivaz y gallardo; hecho de pies a cabeza, se hubiera dicho, para la alegría y el amor. No parecía lo bastante vigoroso para haber luchado por su reino y me pregunté cómo lo habrían elegido; pero no me molesté en preguntárselo. Tenía algo que yo no acertaba a definir, una especie de demonio que brillaba en sus ojos; y no porque tuviesen la mirada incierta, como los de los hom-bres cuyos sentidos están perturbados; más bien parecían demasiado inmóviles. Se diría que lo que miraba lo iba a sorber con los ojos hasta exprimirlo. Cuando le pusieron en la mano su copa de oro, la hizo girar para ver el dibujo entero y la acarició durante largo rato con los dedos. Conmigo se mostró muy cortés, pero ocultando, como persona educada, sus pensamientos inconexos. Sólo una vez lo vi mirar a la reina, con una tristeza que no supe descifrar, porque parecía entreverado de motivos oscuros. Aunque aún no había necesidad de hablar, fuera de las cortesías propias de la mesa, algo me apesadumbraba en su silencio, y dije, sólo para romperlo:

—Mañana tendréis aquí la fiesta de un dios.

Alzó los ojos para mirarme, no con un mensaje sino como si mirara la copa de vino, a las mujeres o la llama de la lámpara encendida. Luego respondió:

—Sí.

Nada más que eso; pero avivó algo en mi espíritu y de pronto lo comprendí todo. Recordé que Pilas me había dicho en las montañas que circundaban Eleusis: «Reconozco el semblante del hombre que prevé su fin».

El rey lo leyó en mi rostro. Por un momento nuestros ojos se encontraron y quisieron hablarse. Sentí la tentación de decirle: «Ven a mi barco antes del amanecer y zarparemos al alba. También yo he pasado por lo que pasas tú; y, como ves, me he librado. Un hombre es algo más que la carne, el grano y el vino de que se alimenta. No sé cómo se llama eso; mas existe un dios que conoce su nombre». Pero cuando lo miré a los ojos, no encontré en ellos nada a que pudiera dirigirme. Era un hijo de la tierra y la vieja serpiente reptaba ya camino de su alma.

Bebimos, pues, nuestro vino y no me asombró que tomara mucho. No hablábamos gran cosa, porque yo nada tenía que decir; no sé si él sabía que yo lamentaba su suerte, ni si eso le servía de consuelo o lo irritaba.

Cuando terminamos de comer, la reina nos pidió que le contáramos nuestra historia. Y Ariadna narró cómo se había desmoronado el Laberinto, cómo recibí yo la advertencia y quién era yo. El hecho de hablar de mí en presencia de otros la hizo sonrojarse, y a mí, desear que se hiciera de noche. Pero noté que la reina la compadecía cuando supo que la señora iba a un reino heleno gobernado por hombres. En cuanto al rey, escuchaba con sus oscuros ojos muy abiertos y encendidos por los reflejos de las lámparas; y com-prendí que tanto le habría dado que le contaran una historia de titanes o sobre los antiguos amores de los dioses, ya que contemplaba la noche, la fiesta y la luz de las antorchas por última vez.

Ariadna concluyó su relato y yo hablé también cuando la reina me invitó a hacerlo.

—¡Ay! —dijo cuando me hubo oído—. ¿Quién puede llamarse afortunado antes de conocer su final? Señora, has vivido un cambio que se sale de lo normal. —Luego reparó en las buenas maneras y se inclinó hacia mí, diciendo—: Con todo, el destino se apiadó de ti a la larga.

Yo hice una reverencia y Ariadna sonrió. Pero recordé lo que me había dicho en Creta: «Eres un bár-baro; mi nodriza me decía que los bárbaros se comen a los niños malos». Y pensé para mis adentros: «¿Le pareceré siempre en el fondo de su alma un danzarín de toros de tierra firme, aun cuando sea rey?»

La reina seguía hablando: —Ahora debéis cobrar ánimos y olvidar vuestras penas. Tú y tu marido y los tuyos tenéis que quedaros para nuestra fiesta de mañana y honrar al dios que alegra a los hombres.

Al oír esto, no miré al joven que tenía a mi lado. Mi único deseo era zarpar con las primeras luces del día. Busqué los ojos de Ariadna, pero ella ya estaba agradeciendo la invitación. Fuera se levantaba un sua-ve viento que podría impedimos hacernos a la mar al día siguiente; si después de desairar a aquella gente no lográbamos partir, la situación sería desagradable. Ahora que había caído Creta, vendrían tiempos con-fusos; tal vez fuera necesario tener amigos. Por lo tanto, puse buena cara y me mostré satisfecho.

Después de escuchar al arpista, la reina nos dio las buenas noches y se levantó del sillón. El rey también se despidió y se puso en pie. De nuevo se encontraron mis ojos con los de él y mi corazón estalla-ba en deseos de decirle algo; pero pasó el impulso y me quedé en silencio. Vi que, al subir la escalera, la reina le cogía la mano.

Retiraron las mesas e hicieron las camas de los hombres en el salón; se llevaron a las mujeres, para pesar de todos los que se habían convertido en amantes desde que abandonáramos la Casa del Toro. En-tre ellos, Telamón y Néfele. Pero, a juzgar por lo que yo había oído decir sobre el rito del día siguiente, sólo se trataba del ayuno que precede a la fiesta.

A Ariadna y a mí nos dieron un hermoso aposento en el piso de los reyes. Aquélla sería nuestra pri-mera noche en una cama grande. Por eso, aunque el viento había amainado, no le di mucha importancia al retraso, si bien dije que hubiera sido muy preferible estar de regreso. Ariadna me respondió:

—Sí, pero sería una lástima perdemos la fiesta. Nunca he visto cómo la celebran aquí.

Como nadie le había dicho lo que yo sabía, no hablé más y pronto nos dormimos.

Nos despertaron los cantos a primera hora de la mañana siguiente. Nos vestimos y, con los demás, bajamos entre el pueblo a la playa. Allí ya estaban bailando, y los cántaros de vino puro, oscuro y fuerte, dulce como las uvas maduras, corrían de mano en mano. La gente nos saludaba; enardecidos por el vino y las risas, comenzamos a sentir esa identificación con la fiesta que es el don mágico de Baco.

Todos miraban hacia el mar; pronto se saludó a una vela con gritos de éxtasis. El barco dobló el pro-montorio en dirección a la isleta sagrada que estaba enfrente mismo de la costa; y todas las mujeres empe-zaron a perderse. Los nativos de Naxos se llevaron a nuestras muchachas, y también alejaron a Ariadna de mi lado. No vi razón para oponerme, sabiendo con cuántos honores la trataban.

La nave se acercó empavesada con ramas verdes y guirnaldas. El mástil, las palas de los remos y la proa eran dorados; la vela, escarlata. Las muchachas cantaban en cubierta, tocando el tambor y los carami-llos y haciendo sonar los címbalos. En la proa, envuelto en una piel de cervato, coronado de hiedra verde y de pámpanos tiernos, iba de pie el rey, muy ebrio, ebrio de vino y del dios; cuando saludó al pueblo con la mano, vi una loca alegría en sus ojos ensombrecidos.

En la isla sagrada lo esperaban su séquito y su carroza. La gente se acercó a la nave vadeando y la remolcó hacia la playa; al rey lo llevaron a tierra en volandas, entre el estruendo de la música.

Pronto iba el carro por el vado donde el agua llegaba hasta la rodilla. Lo arrastraban hombres que lu-cían pieles de leopardo y cuernos de toro. Tiraban con sogas y yugos; los que bailaban alrededor tenían colgados de los ijares grandes falos de cuero que rebotaban con sus saltos. Cantaban, hacían payasadas y gritaban obscenidades a la gente. Luego, venía el carro dorado y, detrás, las mujeres.

Se acercaron redoblando los címbalos, con largas guirnaldas compartidas entre varias o agitando los tirsos sagrados sobre largas estacas. Bailaban y cantaban al mismo tiempo, pero su canto era frenético y confuso, porque las ménades se habían puesto ya las máscaras. Sobre los lisos hombros y los brazos que se retorcían, y sobre los senos bamboleantes, se veían cabezas de leones y leopardos, de linces y de lo-bos. El oscuro cabello cretense ondeaba suelto a sus espaldas. Pensé que nadie habría reconocido entre ellas ni siquiera a su propia hermana o esposa. El rey estaba de pie en su carro dorado, riendo, con la mira-da extraviada y tambaleándose, ebrio, a cada sacudida del carro. De cuando en cuando, tomaba un puñado de granos de cereal del arcón que había a su lado y los esparcía sobre el pueblo, o bien, con gestos es-pasmódicos, rociaba al gentío con el vino de su copa de oro. Entonces, la gente se abalanzaba hacia él para recibir la bendición y las mujeres gritaban: «¡Evohé! ¡Evohé!»

Los hombres que arrastraban el carro se pusieron a saltar y echaron a correr hacia el camino de la colina. Entonces, el brazo del rey agitó la copa y lo oí cantar.

El pueblo comenzó a desplazarse en avalancha, de la playa a las colinas; y me sentí identificado con la fiesta, pues ésa es la magia del dios. Pero esperé a que Ariadna volviera de la isla, ahora que el rito había concluido, para ir juntos a compartir la locura y el amor. La carroza y la música estaban muy lejos y me impacienté, pero seguí esperando. No quería que anduviera por allí sola, sin mí. No se debe enfadar uno por lo que hacen las mujeres en el frenesí de Baco; la manera de conservar a la propia es poseerla uno mismo.

Algunos jóvenes bailaban al son de la siringa; me uní a ellos hasta que gritaron: «¡A las colinas!», y corrieron detrás de los demás. Pero ella no aparecía. Algunas mujeres cruzaron el vado hasta llegar a la playa, pero eran viejas o estaban grávidas. Le pregunté a una de ellas si había visto a Ariadna. Se quedó mirándome y dijo:

—Pues está con la reina y las ménades, siguiendo al dios. —Uno no dura mucho con los toros si le falta aliento, así que yo alcancé muy pronto a la multitud. Yendo solo por la carretera, me sentí irritado y nervioso; pero había varias Grullas bebiendo y bailando en un huerto florecido; me alargaron sus manos y volví a identificarme con la fiesta de nuevo. La gente de la hacienda sacó su mejor vino en honor del dios y habría sido una grosería salir corriendo. Pero pronto seguimos nuestro camino y subimos a los pastos, en lo alto de las colinas. Yo había visto ya la nieve de las cumbres.

Ascendimos mucho más allá de la tierra cultivada, entre tomillo y brezo, y rocas grises alisadas y desgastadas por la lluvia y calientes del sol, donde campaban y se soleaban los lagartos. En esas altas montañas, da la sensación de que el mar y el cielo son una sola cosa, un gran éter redondo de azul cente-lleante, donde flotan ingrávidas las islas grises. Me arrojé con los jóvenes sobre el césped, jadeando, riendo y bebiendo. Encontramos no sé dónde un gran cántaro de vino, decorado con imágenes de pulpos retorci-dos y de algas. Amintor, un joven de Naxos y yo estuvimos lanzándonos chorros de vino, gritando y farfu-llando. Luego, el joven de Naxos vio algo, se levantó de un salto y se alejó corriendo. Lo vi perseguir a una muchacha entre las rocas.

Las mujeres a quienes la locura no domina del todo comienzan a separarse del séquito de las ména-das del dios en los cerros bajos. Se despojan de sus máscaras de animales, dejando el misterio a quienes lo sienten, y vagabundean soñando o medio enloquecidas por las laderas, y se entregan al amor.

«Seguro que la encontraré ahora», pensé yo. Ariadna no era más que una invitada y ya había hecho todo lo que se esperaba de ella. El resto estaría encantada de perdérselo. Así que subí con los demás. Aho-ra, estaba lleno de vino e identificado con la fiesta, y el pesar de la víspera me había desaparecido. Aquello era cosa de los hijos de la tierra y nada se nos pedía a los forasteros, salvo que nos alegráramos. A lo lejos, al otro lado del cerro, oí un chillido agudo como el gorjeo de los pájaros: eran las ménades que aún iban alrededor del rey. Pronto encontraría a mi muchacha. «O —pensé mientras ascendíamos tambaleándonos y cantando hacia el límite de las nieves— por lo menos a una muchacha.» Entrelazamos los brazos para for-mar una fila y cantamos y gritamos e hicimos circular el vino; yo y el minoano que estaba a mi lado juntamos las cabezas, nos gritamos nuestra historia al oído y nos juramos amistad eterna. Pronto llegamos al princi-pio de la nieve, que formaba charcos y lagos entre los pastos verdipardos de la montaña, húmedos y loza-nos. Nos arrodillamos y nos echamos de bruces en la hierba para refrescamos después de la ascensión y el vino.

Me puse en pie y vi, más arriba, las manchas de nieve. Había huellas de muchos pies, un brote de vid aplastado y una flauta hecha añicos. Debían de haber abandonado el carro al hacerse pedregoso el terreno. No lejos de allí se distinguía una línea escarlata; un chal, pensé, que se le habría caído a alguna muchacha. Pero al acercarme vi que era, o había sido, un cervato. No quedaba mucho para reconocerlo, pero sí la cabeza. Estuve contemplándolo en silencio; de momento, el ardor de mi sangre se había acallado y helado.

Estando allí quieto, algo frío me golpeó el cuello y me volví. Había un bosquecillo de pinos un poco más arriba, en el pliegue de la montaña; de allí surgían risas y una muchacha se parapetaba detrás de un árbol. Alcé la mano y encontré una bola de nieve en mis cabellos. Lancé un grito, pues, y eché a correr.

El pinar era tupido, la alfombra que formaban las pinochas, blanda y seca. La muchacha chillaba y desaparecía tras los árboles, entre asustada y lo contrario. La atrapé al borde de una pequeña hondonada y rodamos enzarzados hasta el fondo. Era una joven de Naxos, de ojos como endrinos y nariz respingona. No sé cuánto tiempo nos quedamos allí; el tiempo de Dionisos es distinto del de los hombres. Poco después oí una risita y vi a otra muchacha que nos observaba desde arriba y trepé para hacérselo pagar caro. Termi-namos por juntarnos los tres y volví a perder la noción del tiempo. Perdí toda la noción de peligro, y la ten-sión, el furor belicoso y las preocupaciones propias de un rey. Aquello parecía lo único que valía la pena; estar unido a la montaña viva, con sus pájaros y sus cabras, sus lobos, sus serpientes y campánulas al sol, bebiendo la miel fuerte de su generoso pecho, viviendo cada aliento según se presentara.

En cierto momento, mientras yacíamos medio dormidos, viendo las copas entrelazadas de los pinos contra el cielo azul y oyéndolas mecerse suavemente, la brisa nos trajo desde lejos un chillido agudo y vio-lento como el de un pájaro; un chillido largo y estridente que acabó por desvanecerse en el silencio. Pero ahora el bosque era todo murmullos y besos, sofocados forcejeos y gemidos, que reemplazaban a la quie-tud. También yo alargué la mano hacia la muchacha que tenía a mi lado. Era inútil pensar. En sus ojos no había nada que solicitara palabras a un heleno.

El mágico tiempo de Dionisos se deslizaba sin sentir; y el sol, al recogerse, revistió de oro las colinas. Los que estaban menos ebrios gritaron que se nos haría de noche en la montaña, si no nos íbamos. Enton-ces descendimos bajo la gran bóveda celeste, clara y amarilla sobre las islas de color púrpura; cantando

viejas canciones, levantando el culo de las jarras de vino y llevando de la mano a las muchachas, hasta que empezaron las alquerías y luego desaparecieron.

En Naxos, ardían ya las lámparas. La larga caminata me había disipado la embriaguez; tenía los miembros colmados de la dulce laxitud de la juventud y los ojos pesados de sueño. Miré el palacio, fulguran-te de antorchas, pensando que, cuando me encontrara allí con Ariadna, no le haría preguntas ni contestaría a las suyas, con lo cual seguiríamos siendo amigos. Ahora, ella debía de estar bañándose; yo mismo me imaginé plácidamente sumergido en agua tibia y fragantes ungüentos.

Al anochecer, con las nubes nocturnas tocadas por pinceladas de fuego, andábamos por un camino rural que serpenteaba entre los olivares. Todas las muchachas habían vuelto a sus casas y las canciones se extinguían. Mientras caminábamos en grupos de dos y de tres, el joven que iba a mi lado me tocó el bra-zo, se salió del camino y echó por el campo. Por todas partes, los hombres se perdían entre las sombras; y al volver la cara, vi un revuelo blanquecino, como si fueran espectros que bajaban lentamente por la ladera, culebreando y medio escondiéndose entre el bosque. Los hombres se sentaron debajo de los árboles, don-de no había cebada sembrada. Miré al joven que me había hecho una seña; pero él sólo dijo, en voz baja: —Más vale no encontrarse con ellos.

Me senté y esperé, contemplando la carretera que se esfumaba bajo la luz crepuscular; nadie había dicho que estuviese prohibido mirarla. Poco después aparecieron aquellos hombres, tambaleándose, con aspecto de andar en sueños. Algunos aún tenían puestas las máscaras; desde sus cuellos doblados y sus hombros caídos, miraban con los ojos muy abiertos feroces rostros de linces y de leopardos hembras; pero a veces las máscaras colgaban de las flojas tiras de cuero y se les veían los entreabiertos labios, fláccidos de cansancio, y los párpados entornados. Arrastraban los caramillos y los címbalos, atados a sus manos lacias; llevaban las largas melenas caídas sobre la cara, con brezos enredados y coágulos resecos.

Las salpicaduras de sangre los asemejaban a panteras moteadas; iban manchados en los brazos desnudos, en el pecho y en la ropa. Tenían los pies cubiertos de polvo blanco; las manos, oscuras de tierra. Las varas de los tirsos, que arrastraban tras de sí como los soldados heridos sus lanzas, retenían huellas de manos ensangrentadas. Me cubrí la boca y aparté los ojos. El joven de Naxos tenía razón: no podía dar suerte fijarse en los detalles.

Tardaron en pasar. Oí los pasos arrastrados, las piedras removidas sin querer a puntapiés, las ex-clamaciones entrecortadas que proferían los que, al tropezar, se agarraban a otros para no caerse. Luego, el rumor se extinguió y, al volver a mirar, los vi fundirse con las sombras en el recodo de la carretera. Me levantaba cuando oí aproximarse un rechinar de ruedas y esperé para ver de qué se trataba.

Era el carro dorado, que se alejaba vacío. Al ser liviano, dos hombres tiraban de él sin esfuerzo, uno de cada vara. Se habían quitado de la cabeza los pesados cuernos de toro, pero retenían las pieles de leo-pardo por toda indumentaria. Siguieron su camino trabajosamente, hablando en susurros, como hombres que han tenido una larga jornada de labranza; eran dos nativos de Naxos, un joven y un hombre con barba.

El carro pasó y nadie venía siguiéndolo; era lo último y me levanté para irme. Entonces, cuando esta-ba de pie, vi la trasera del carro. No iba vacío. Sobre el entablado yacía un cuerpo que saltaba inerte con las sacudidas del vehículo. Vi una falda azul desgarrada y un piececito arqueado, con pintura roja en los dedos y en el talón.

Salí corriendo de la arboleda y me agarré a la baranda del carro: los hombres que lo llevaban a ras-tras, al sentir mi peso, se detuvieron y se volvieron. El más joven dijo:

—Eso que haces, forastero, no te dará suerte, tenlo por seguro.

El mayor habló, a su vez: —Déjala en paz hasta la mañana. En el templo no sufrirá ningún daño.

—¡Espera! —dije—. La veré tanto si me trae suerte como si no. ¿Qué le han hecho? ¿Está muerta? Ellos se miraron, perplejos.

—¿Muerta? —dijo el más joven—. No. ¿Por qué iba a estar muerta?

Y el mayor agregó: —Nuestro vino de Naxos no le hará daño, forastero. Es buenísimo y reservamos el mejor para hoy. Déjala en paz; no debes interrumpir su sueño. Mientras duerma, seguirá siendo la esposa del dios.

En su manera de hablar, adiviné que era un sacerdote. También adiviné, no sé por qué, que la había poseído en la montaña. Le volví la espalda y subí al carro.

Ariadna estaba acurrucada de costado, junto a las máscaras de toro con cornamenta que los hom-bres se habían quitado para aliviarse la frente. Los revueltos cabellos parecían los de un niño dormido, sal-vo en las pegajosas puntas. Sus párpados reposaban, tersos y lustrosos, sobre los ojos, y sus mejillas pa-recían lozanas bajo las oscuras pestañas. La reconocí por las pestañas y por el blando seno que le mecía el brazo. No me dejaba verle la boca la sangre que la cubría. Estaba abierta, porque respiraba jadeante; vi sus dientes, parejos, con costras de sangre reseca. Cuando me incliné sobre ella, sentí el fétido hedor de la sangre mezclado con el del vino.

Poco después le toqué el hombro en el sitio donde no lo tapaba la blusa desgarrada. Suspiró y mur-muró algo que no logré oír y se le movieron los párpados. Alargó la mano.

La tenía cerrada contra su seno, como la niña que se ha llevado a la cama su juguete. Luego, cuando trató de abrirla, la sangre que tenía adherida a los dedos le impidió separarlos. Pero abrió la palma y enton-ces vi lo que contenía.

Cerca de un año me había pasado yo sentado junto al redondel cretense, presenciando la danza del toro cuando no intervenía. Vi morir a Sinis el doblador de pinos y conservé el porte propio de un guerrero. Pero ahora me aparté, me recosté contra un olivo y poco me faltó para que se me saliera el corazón del pecho. Respiraba con dificultad y me daba escalofríos el fresco de la noche; me castañeteaban los dientes y me deshacía en lágrimas. Por fin, sentí una mano sobre mi hombro. Era el sacerdote barbudo, un hombre fornido, de cuerpo moreno y ojos oscuros; tenía las piernas arañadas y magulladas de haber corrido por las colinas, y manchadas de vino. Me miró con tristeza, como yo había mirado la víspera al rey, sin saber qué decirme. Nuestros ojos se encontraron, como los de los hombres que se saludan en el mar, pero cuyas palabras se lleva el viento. Volví la cara, avergonzado de que me viese conmovido.

Al rato, oí algo y miré. El joven que tenía la lanza del carro sobre el hombro se alejaba, tirando del vehículo. Di unos pasos por la carretera, siguiéndolo. Sentía frío en el vientre y las piernas me parecían de plomo. El sacerdote andaba conmigo sin estorbarme. Luego, cuando me detuve, se paró y me tendió la mano.

—Vete en paz, huésped heleno. Es un dolor para el hombre presenciar misterios que no comprende. Ceder sin preguntar, no saber demasiado: tal es la sabiduría del dios. Ella es de nuestra sangre; ella sí lo entiende.

Recordé muchas cosas: los cuernos ensangrentados de los toros, su voz en el Laberinto en llamas. Ella me había dicho la primera noche que era totalmente cretense. Pero no era así; también era hija de Pa-sifae.

El carro que arrastraba el joven dobló el recodo y brilló entre los olivos. Ascendía por el cielo una luna primaveral muy luminosa que todo lo volvía lívido y nítido, pero oscurecía las sombras del follaje. La vetea-da piel del sacerdote y sus piernas salpicadas parecían identificarse con el tronco del árbol contra el cual se había recostado, observándome. Pensaba en sus cavilaciones, cualesquiera que fuesen, y yo en las mías.

El crepúsculo se apagaba y la luna asomaba la cara sobre el mar, rielando una senda blanca que centelleaba entre las ramas al moverse. Vi la luna y su luminosidad; pero aquel lugar había cambiado para mí. El cielo estrellado era nítido y brillante sobre las montañas color ámbar; y la ciudadela en alto resplan-decía también por sí misma, como si sus piedras exhalaran luz.

«En realidad —pensé—, no me ha traído suerte ver desde demasiado cerca y demasiado pronto. Lo que he visto me reportará un lecho frío y un espectro frío. Lo que debo hacer ahora no me será perdonado por el difunto Minos en la casa de Hades. Tanto peor para mí. Pero mejor para la fuerte casa de Erecteo, que existió mucho antes que yo y seguirá existiendo mucho después. No volveré a esa luz con la mano llena de oscuridad; ni siquiera con la oscuridad de un dios.» Miré al sacerdote. Había vuelto la cara hacia la luna, que se reflejaba en sus ojos abiertos; su cuerpo estaba inmóvil como un olivo o una serpiente sobre una piedra. Parecía un hombre de los que conocen la magia de la tierra y profetizan en el frenesí de la dan-za. Y entonces pensé en el gran Laberinto, que se había mantenido en pie mil años; y cómo Minos había dicho que la voz del dios ya no los llamaba.

«Todas las cosas cambian, salvo los dioses, que viven eternamente —pensé—. Y... ¿quién sabe? Después de mil años, quizás incluso ellos oigan en su morada entre nubes la voz que llama al rey para que vuelva y le otorguen la misma inmortalidad, —pues, ¿acaso no superan los dones de los dioses los de los hombres?, y todo su poder y su gloria subirán como el humo hacia un cielo más alto, y serán absorbidos por un dios superior. Eso sería la muerte en vida, si es que puede existir semejante cosa. Pero esto es vivir muerto, la locura sin el oráculo, la sangre sin el oído que escucha y el consentimiento que libera al alma. Sí, eso es la muerte, no cabe duda—.» Mis pensamientos me trajeron el recuerdo de la habitación que había detrás del templo, donde ella me llamara bárbaro. Sentí sus dedos en mi pecho y su voz que susurraba: «Te amo de una manera insoportable». Y la vi despertar al día siguiente en otra habitación muy distinta, lavada de la sangre, con la locura tal vez del todo olvidada, mirando a su alrededor con ojos de asombro y buscán-dome. Pero el carro había desaparecido por el camino de la colina, cuesta abajo. Ni siquiera me llegaba ya el chirrido de las ruedas.

Me volví hacia el sacerdote y advertí que tenía los ojos posados en mí.

—He hecho algo funesto —dije—. Quizás eso le haya disgustado al dios. Hoy es el día de su fiesta. Será mejor que me vaya.

Me respondió:

—Tú has adorado y él perdonará la ignorancia de un forastero. Pero será mejor que no te quedes demasiado tiempo.

Miré el camino, desierto y blanquecino a la luz de la luna.

—Una sacerdotisa real ha sido llamada a participar en este misterio. ¿La honrarán aquí, en Día?

—No temas —dijo—. La honrarán.

—Entonces, ¿le dirás a tu reina por qué nos vamos así, de noche, sin darle las gracias ni despedir-nos? —repliqué.

—Sí —dijo él—. Ella lo comprenderá. Se lo diré por la mañana—; esta noche estará cansada.

Hubo una pausa y busqué otro mensaje en mi corazón, donde más se dejaba sentir la necesidad. Pe-ro no tenía nada que decir.

Por último, el sacerdote me dijo: —No te aflijas más. Los dioses adoptan muchas formas; y los propó-sitos de los hombres no coinciden con los suyos. Eso es lo que sucede ahora mismo.

El sacerdote se apartó del árbol y se alejó por el bosquecillo. Eché a andar por la carretera y llegué al puerto, que parecía dormido. La guardia seguía junto al barco y no muy ebria, y parte de la tripulación había bajado a pernoctar en tierra. Soplaba una brisa nocturna del sur suficiente para henchir las velas; no impor-taba que los remeros estuviesen perezosos. Les dije que era arriesgado quedarse, que debían buscar a los demás y traerlos cuanto antes. Se dieron buena prisa, que poco cuesta despertar los temores de los hom-bres en tierra extraña.

Cuando se hubieron ido dije al contramaestre que reuniera a los danzarines. Luego, durante algún tiempo, estuve solo junto al mar. Me imaginé el día siguiente a Ariadna, en la islita sagrada, mirando el mar, buscando con los ojos nuestra vela; pensando quizá que alguna otra muchacha de la fiesta me había impul-sado a abandonarla o que yo nunca la había amado, sino sólo usado para que me ayudara a escapar de Creta. Bien podría pensarlo. Pero la verdad no hubiese sido mejor.

Mientras me paseaba, escuchando el chapoteo de las olas en la costa, los crujidos de mis pies sobre las conchillas y la soñolienta canción de la guardia nocturna, vi una pálida figura que vagabundeaba junto al agua y oí llorar. Era Crisa, con su melena dorada suelta sobre los hombros, pálida a la luz de la luna y es-condiendo la cara para sollozar. Le retiré las manos del rostro. No las tenía sucias, sólo manchadas de pol-vo y lágrimas.

Le dije que se consolara y no llorase más, a pesar de todo lo que había visto; que era mejor no pen-sar en lo ocurrido durante el frenesí del dios, porque aquel misterio era arduo para los helenos. — Zarpa-mos esta noche —dije—. Llegaremos a Delos por la mañana.

Me miró con expresión confundida. Recordé su valor en el coso y cómo me había hecho volver en mí cuando perdí la serenidad. Crisa tragó saliva, se echó atrás el cabello y se secó los ojos.

—Lo sé, Teseo. Lo sé. Todo ha sido el frenesí del dios y él lo olvidará mañana. Él lo olvidará y sólo yo lo recordaré.

Era algo en lo que no podía ayudarla. Habría podido decir que todo pasa, si hubiese tenido tiempo de aprenderlo yo mismo. Mientras cabeceaba, vi que varios danzarines corrían hacia el barco. El farol del guardián me permitió verles las caras; uno de los primeros era Amintor. Había abierto la boca para interro-garme, pero miró de nuevo. Se volvió hacia Crisa, tímidamente, y se rezagó; comprendí que temía el enfado de la muchacha. Los ojos de ambos se encontraron, escudriñándose a la vaga luz de las antorchas; de pronto, Amintor corrió hacia Crisa y le cogió la mano. Los dedos de ambos se enlazaron tan apretados co-mo el engaste de un orfebre en un anillo.

No los molesté con razones, porque no las necesitaban, y sólo les dije que debían ayudarme a traer a los demás danzarines; teníamos que hacernos a la mar a medianoche. Se alejaron corriendo, todavía cogi-dos de la mano, hacia Naxos, donde se iban apagando las lámparas para el resto de la noche.

La luna rielaba su centelleante estela sobre el mar. Una oscura sombra la interrumpía, la islita de Dionisos; vi el techo del santuario con sus cuernos cretenses y una pequeña ventana iluminada. Habían dejado a la muchacha con una lámpara, pensé, por temor a que sintiera miedo al despertar en un lugar ex-traño. Cuando pasó la medianoche y embocamos el estrecho bajo las Pléyades a punto de ponerse, vi que la luz aún estaba encendida. Siguió luciendo, inconmovible, hasta que el horizonte la ocultó, velando el sue-ño de Ariadna mientras yo huía.




Teseo: El rey debe morir


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