Capítulo 2

Llegamos a Delos con la luz de la mañana; mientras nos acercábamos, el sol se colocó sobre la coli-na sagrada.

En Delos, los días soleados, hasta las piedras centellean como si fuesen de plata y parecen brillar ba-jo el beso del dios. El agua y el aire son claros como el cristal. Se pueden contar los guijarros del fondo cuando se vadea hacia la playa; y si se mira la escalera que conduce a la caverna sagrada, da la sensación de que se podría contar también cada flor de la montaña. Desde la cumbre de la colina que hay encima del santuario se desovillaba sobre un cielo de color zafiro intenso el penacho del sacrificio matinal.

Había regocijo más allá de las risas; y para nosotros los helenos, aunque era la primera vez que nuestros pies hollaban el suelo de Delos, más allá de las lágrimas, la sensación de estar siendo recibidos en la patria. Mientras iba al lago y al bosquecillo sagrado por la tibia y resplandeciente calzada, la penetrante luz blanca del sol parecía lavar mi cuerpo de la oscura tierra de Día y del abominable resplandor de Creta. Todo era allí luminoso, brillante y claro; hasta el temor al dios y el secreto de su misterio no se escondían entre sombras sino en una luz demasiado deslumbrante para los ojos humanos.

Antes de hacer los sacrificios, los que habíamos vertido sangre pedimos que nos purificaran para que ningún espectro airado nos siguiera a nuestro país. Nos bañamos en el lago que mira hacia el cielo con su redondo ojo azul; luego ascendimos al monte Citnos y, allí arriba, con el mar azul rizando su sonrisa a nues-tros pies, Apolo nos purificó y los espíritus vengadores fueron devueltos a su sitio.

Cuando terminó el rito y bajamos la larga escalera del santuario, me acordé del arpista que cantara en Trecén y remodelara el misterio en Eleusis. Me volví hacia el sacerdote que andaba a mi lado y le pre-gunté si el bardo había vuelto a Delos.

Me dijo que habían sabido que murió en su país natal, Tracia, donde oficiaba en el altar de Apolo. La vieja religión tiene allí mucho arraigo; en su juventud, el bardo había intervenido personalmente en los ritos; y las sacerdotisas se enfadaron mucho cuando erigió un altar en la montaña al que mató la serpiente. Pero después de regresar de Eleusis, fuese porque su gran fama lo había engreído o porque el dios le enviara un verdadero sueño, fue a encontrarse con las ménades en su fiesta de invierno y trató de calmar su locura cantando. Todo el mundo sabe cómo terminó aquello.

Ahora que el bardo había muerto, me dijo el sacerdote, surgían canciones y leyendas en torno a su nombre; se contaba que las piedras se elevaban al conjuro de su voz para construir muros y puertas, que le había lamido las orejas la serpiente de Apolo y que entendía el lenguaje de los pájaros.

—Dicen que la oscura Madre lo amó cuando era joven, que puso un sello sobre sus labios y le mostró los misterios dentro de la tierra. Cruzó el río de la sangre y el río del llanto; pero no pudo beber en la fuente de Leteo y vivió siete años como si fuera un solo día. Cuando se acercó la hora señalada para que ella lo dejase volver a la superficie de la tierra, la oscura Madre lo tentó a hablar mientras lo tenía aún en sus ma-nos; pero él no quiso romper el sello del silencio ni probar sus manzanas y sus granadas, que atan a los hombres para siempre, porque estaba consagrado a Apolo y a los dioses de la luz. Por eso, ella tuvo que dejarlo en libertad. Lo siguió hasta la boca misma de la caverna, escuchando su arpa y su canto, y gritando: «¡Mira atrás! ¡Mira atrás!» Pero él no se volvió hasta que estuvo a la luz del sol; y ella se hundió en la tierra, llorando sus secretos robados y su amor perdido. Eso afirma la gente.

Concluido el relato, dije:

—Él no habló de eso. ¿Es verdad?

—Hay verdades y verdades —replicó el sacerdote de Delos—. Esto es verdad a su manera.

Bajamos de la colina al bosquecillo y ofrendamos nuestro sacrificio sobre el altar de cuernos entrela-zados Y al ver a las Grullas a mi alrededor, pensé que pronto nos separaríamos para volver a nuestros hogares y se debilitarían nuestros estrechos vínculos; nunca volveríamos a formar parte de un mismo gru-po, como en el redondel. No estaba bien que una fraternidad tan afectuosa se esfumara a la ligera, barrida por el tiempo; debíamos consagrarla pese a su fugacidad. Les dije:

—Antes de irnos, bailemos para el dios.

Y pedimos música y le bailamos la danza de las Grullas, la que nos aunó por primera vez e hizo de nosotros un equipo. Los sacerdotes nos censuraron al ver que las muchachas se levantaban para bailar con los hombres; pero cuando les expliqué la razón respondieron que nada podía haber de vergonzoso en lo que tanto habían bendecido los dioses. Una vez más, mientras bailábamos, las gaviotas relampagueaban y chillaban en lo alto y a nuestro alrededor se oía el infinito rumor del mar. Teníamos por cubierta el prado que había junto al lago; y por mástil, la palmera sagrada a la que se agarrara Leto en sus dolores, durante el alumbramiento del dios. Nuestra fila se doblaba y retorcía junto a las aguas centelleantes, reavivando el recuerdo de lo que habíamos hecho con la fuerza de la mutua confianza. Cuando la danza concluyó, la ma-yoría de los ojos parpadeaban. Pero Amintor y Crisa resplandecían más que el sol de Delos, pues eran per-sonas sin pérdidas que llorar y que regresaban a su país llevando consigo toda su cosecha.

Al día siguiente, cuando salimos a remo del estrecho, hallamos un viento tan propicio que nos llevó en volandas hasta Ceos. Y en la luminosidad de la noche, vimos una nube baja de color gris sobre la línea del horizonte. Eran las cumbres de las colinas áticas.

Luego, dada nuestra impaciencia, no quisimos seguir costeando hasta el puerto, lo cual habría agre-gado unas diez millas a nuestro viaje del día siguiente; encontramos una playa resguardada al sur de la isla y acampamos allí. Ya éramos menos; al cruzar las Cícladas habíamos ido dejando en tierra a los danzari-nes que pasaban cerca de sus casas. Ahora, dijo Iro, las Grullas eran como esos viejos amigos que se en-cuentran en una fiesta y se quedan a charlar cuando todos los demás se han retirado.

Habíamos comido y nuestra hoguera se estaba reduciendo a brasas mientras oscurecía, cuando Amintor señaló con la mano y dijo:

—¡Teseo! Mira.

Lejos, al noroeste, en el lugar oscuro donde se unían el cielo y la tierra, veíase un leve y cambiante centelleo, demasiado bajo y demasiado rojo para ser una estrella. Telamón dijo:

—La primera luz de la patria. Y Menestes: —Es la hoguera de un vigía. Debe de estar en el promon-torio de Sunio.

Nos la señalamos unos a otros y alzamos las manos para dar las gracias a los dioses. Poco después, nos acostamos para dormir. La noche era serena; sólo se oía el chapoteo del mar en las rocas y el apagado chirrido de los grillos. Entonces, por primera vez, me sentí totalmente libre de Creta. Me veía otra vez en Atenas, recorriendo a caballo sus llanuras y colinas, hablando con sus habitantes, combatiendo entre sus guerreros. Tendido, contemplé el cielo plagado de estrellas, pensando en el futuro.

También reflexionaba sobre la flota que debía reunir, y pronto, para poner orden en Creta; o, de lo contrario, la isla se convertiría en otro istmo. Me pregunté cuántos barcos habría construido mi padre, si es que el hermano de Hélice le había hecho llegar mi mensaje. Si otros reyes helenos no estuvieron dispuestos a arriesgarse en una aventura contra Creta mientras Minos gobernaba las islas, eso no se les podía repro-char; me pregunté qué habría hecho yo en el lugar de mi padre. «Habría construido mis propias naves y confiado en que los dioses me indicarían el día favorable —pensé—. Y habría mandado aviso a Trecén, donde estaba seguro de encontrar ayuda. Pero yo soy joven; mi padre está cansado de sus muchas guerras y preocupaciones. Todo eso lo ha convertido en un hombre cauteloso.» Luego pensé en el Ática, con sus tribus y aldeas en guerras intestinas, y me pregunté si conseguiría algún día imponerle mi plan de los tres estados.

Me levanté y me detuve al borde del mar, de cara al norte. El fuego ardía aún y más vívido que antes; seguramente lo estaba alimentando el vigía. Quizás hubiese ardido allí todas las noches desde mi partida, o a lo mejor habrían llegado ya rumores de Creta. Me imaginé a mi padre erguido en lo alto de la ciudadela, contemplando aquellas mismas llamas; y me dolió el corazón, como cuando me regalara el carro el día de mi fiesta.

Pensé en nuestra despedida cuando me llevaron a Creta; me pareció sentir su mano sobre mi hom-bro y sus palabras de adiós resonaron en mis oídos. «Cuando llegue ese día, pinta de blanco la vela de tu barco. El dios tendrá un mensaje para mí.» «¿Qué querría decir? —pensé—. Es un hombre prematuramen-te envejecido. Quiso expresar más de lo que habría dicho en presencia del pueblo. Un mensaje, dijo; un mensaje del dios. Se proponía considerarlo una señal del dios. Seguro que, si pinto la vela, nunca volveré a verlo vivo.» El corazón me latía muy fuerte. Tuve miedo. No estaba seguro de sus intenciones ni, en el caso de conocerlas, de que las mantuviese. Era un hombre cansado. ¿Cómo se podía adivinar su intención? En el prado próximo a la orilla, se oía roncar a mis camaradas o suspirar en sueños, y los murmullos de dos amantes. Lamenté no tener el mismo motivo que ellos para velar. Estaba ante un dilema y me era difícil decidir por mí mismo.

Estaba en la playa, apretándome los ojos con las palmas de las manos hasta ver flores rojas y verdes detrás de los párpados.

Luego, volví a abrirlos y vi el resplandor de la fogata. Se me ocurrió una idea. Me quité las ropas, pe-netré en las frías aguas primaverales y me alejé de la orilla.

—¡Padre Poseidón! —dije—. He estado en tus manos y nunca me has inducido a error. Envíame un signo, ahora, dime si debo seguir con nuestra vela oscura. Si guardas silencio, haré lo que él me dijo y la pintaré de blanco.
El cielo estaba despejado, pero una leve brisa rizaba el agua.

Cuando salí a nado del amparo de la ribera, las olitas me hacían subir y bajar, y a veces rompían co-ntra mí. Cuando me tendí de espaldas para flotar sobre el agua, una ola mayor que las demás me sumergió la cabeza. El mar se cerró sobre mí. Entonces, oí claramente la señal del dios.

Dejé de luchar y las aguas me devolvieron a la superficie. Volví a la isla, ahora con el corazón en paz; porque había dejado la elección en manos del dios y él me había contestado con claridad, disipando todas mis dudas. Me había desembarazado del problema.

Fue lo que dije entonces y lo que aun digo en mi corazón cuando, en los grandes días del sacrificio, me alzo ante los dioses para hacer la ofrenda en nombre del pueblo en lo alto de la ciudadela, el sagrado baluarte de Erecteo. El gran caballo padre que acudió a mi concepción, el sacudidor de la tierra que me sostuvo y salvó a mi pueblo incluso estando enfadado, nunca me conduciría a un infortunio. Yo preví para mi padre un leve dolor y luego una alegría inesperada. ¿Cómo podía adivinar que se lo reprocharía tanto que ni siquiera esperaría a que la nave llegara a puerto para comprobar si era cierto lo que decía la vela? O quizá no fuese así. De ser un dolor íntimo, ¿no se habría portado como un hombre cualquiera, recurriendo a su espada o a la fuerte amapola que rapta el alma en sueños? Pero saltó del balcón que estaba sobre las rocas, donde una vez temí yo por su vida y lo aparté. ¿Fue el dios quien le envió su signo con tanta fuerza y claridad como a mí? Los dos estábamos en manos de Poseidón y a él le correspondía elegir.

El hombre nacido de mujer no puede escapar a su destino. Por eso, es mejor no preguntar a los in-mortales, ni afligirse en vano por lo que digan ellos. Nuestra inteligencia tiene un límite y la sabiduría consis-te en no rebasarlo. Los hombres sólo son hombres.


Teseo: El rey debe morir


Versión imprimible