Capítulo 1

Me levanté al amanecer, cuando me despertaron los balidos de la majada, y me lavé en el arroyo, al-go que mis anfitriones contemplaron con asombro, pues su último baño había sido en manos de la coma-drona. A partir de allí, el camino se hacía más fácil y bajaba hacia el mar. Pronto, al otro lado de una angos-ta franja de agua, vi la isla de Salamina y, a mi alrededor, una fértil llanura, con frutas y campos de cereal. La carretera descendía a una ciudad de la ribera, un puerto de mar atestado de barcos. Varios mercaderes con los que me crucé me dijeron que era Eleusis.

Resultaba agradable ver de nuevo una ciudad y estar en un país con leyes; y más agradable aún sa-ber que era la última parada antes de Atenas. Decidí que ordenaría que dieran pienso a los caballos y los almohazaran, mientras yo comía y visitaba las cosas dignas de verse en Eleusis. Luego, cuando llegué al linde de la ciudad, vi la carretera flanqueada de gente atenta y los tejados atestados de curiosos.

A los jóvenes les gusta creer que son alguien, pero incluso a mí me resultó aquello sorprendente. Además, me extrañó que, habiendo venido tantos a verme, nadie levantara la voz ni me preguntara por nada.

Ante mí estaba el mercado. Refrené el paso de mis caballos para respetar los puestos de los merca-deres. Luego, los detuve; la gente se interponía en mi camino como un sólido muro. Nadie hablaba y las madres acallaban a sus chiquillos.

En el centro de la multitud había una mujer majestuosa; un esclavo sostenía una sombrilla sobre su cabeza. Tendría unos veintisiete años; su cabellera, coronada por una diadema de púrpura cosida con oro, era roja como cobre iluminado por el fuego. La rodeaba una veintena de mujeres, como los cortesanos a un rey; pero no había ningún hombre cerca de ella, salvo el esclavo de la sombrilla. Debía de ser, a un tiempo, sacerdotisa y reina. Y su reino era minoano, con toda seguridad. Así se llaman a sí mismos las gentes de la ribera: minoanos. Todos saben que, entre ellos, las noticias corren con una rapidez fulminante.

Por mero respeto, bajé de mi carro y me adelanté, llevando a los caballos de la brida. Aquella mujer no sólo me miraba; comprendí que me estaba esperando. Cuando me acerqué y la saludé, entre la multitud se ahondó el silencio, como cuando se escucha a un arpista que afina su instrumento. Dije:

—Te saludo, señora, en nombre de cualquier dios o diosa que se honre aquí con preferencia a todos los demás. Porque creo que sirves a una divinidad poderosa, a quien el viajero debe rendir homenaje antes de seguir su camino. Un hombre ha de respetar a los dioses que encuentra en su ruta, si quiere que su viaje termine bien.

La desconocida me respondió, hablando despacio en griego y con el acento de los minoanos: —Realmente, tu viaje ha sido bendecido y aquí termina.

Me quedé mirándola, sorprendido. Parecía estar diciendo palabras preparadas para ella; detrás de todo aquello, atisbaba furtivamente otra mujer. Y dije:

—Señora, soy forastero en este país y voy a Atenas. El huésped a quien esperas debe de ser alguien más importante que yo: un jefe o quizás un rey.

Al oír esto, ella sonrió. La gente se acercó más a nosotros, murmurando; no enojados, sino, como los pastores junto a la hoguera, todo oídos.

—Hay un solo viaje que hacen todos los hombres —dijo la mujer—. Vienen de la Madre y hacen lo que los hombres están predestinados a hacer, hasta que ella tiende la mano y los llama para que vuelvan.

Evidentemente, aquel país pertenecía a la religión antigua. Tocándome la frente en señal de respeto, dije:

—Todos somos sus hijos.

¿Qué querría de mí aquella mujer? Seguro que la ciudad sí sabía ya de qué se trataba.

—Pero algunos están predestinados a más altos destinos — declaró ella—. Como tú, forastero, que vienes aquí, cumpliendo los augurios, el día en que el rey debe morir. —Entonces comprendí. Pero no quise dejarlo entrever. Estaba aturdido y necesitaba ganar tiempo.

—Gran señora —dije—, si tu señor ha recibido su llamada, ¿qué tiene eso que ver conmigo? ¿Qué dios o diosa está irritado? Nadie se halla de duelo; nadie parece tener hambre; no se ve humo en el cielo. Es a él a quien corresponde decirlo. Pero si quiere que yo le dé muerte, es él quien debe mandar por mí.

Ella se irguió, frunciendo el entrecejo.

—¿Qué es un hombre para tener derecho a elegir? La mujer lo forma en sus entrañas; él crece y siembra su simiente como la hierba y cae en el surco. Sólo la Madre, que es quien pare a los hombres y a los dioses y vuelve a llevárselos, está sentada junto al hogar encendido del universo y vive eternamente.

La desconocida alzó la mano: las mujeres que la servían la rodearon y un hombre se adelantó para llevar de la brida a mis caballos.

—Ven —me dijo ella—. Debes prepararte para la lucha.

Eché a andar a su lado. La gente nos acompañaba, rodeándonos, con un rumor como el de las olas en un bajío. Investido por sus expectativas, no me sentía como era en realidad, sino tal como querían ellos que fuera. Uno no adivina la fuerza de esos misterios hasta que toma parte en ellos.

Mientras caminaba en silencio junto a la reina, recordé lo que me había contado un hombre sobre un país donde existe la misma costumbre. Me dijo que, en esas tierras, no hay en todo el año un rito que con-mueva e impresione más a la gente que la muerte del rey, y agregó: «Lo ven en el apogeo de su suerte, entronizado en su esplendor, ostentando oro; y, entonces, viene hacia él, a veces desconocido y anónimo, otras veces señalado por los augurios ante todo el pueblo, el que le trae su sino. En ocasiones, la gente lo sabe antes de que el propio rey se entere. Tan solemne es el día que, si alguno de los presentes siente algún dolor, miedo o achaque propios, queda purgado de sus males por la piedad y el terror; se le calman y se duerme. Hasta los niños lo perciben. Los pastorcillos de las montañas, que no pueden abandonar a sus rebaños para ver el espectáculo, se representan unos a otros en las laderas, con canciones y pantomimas, el día de la muerte del rey».

Este pensamiento me despertó. «¿Qué estoy haciendo? —pen sé—. He ofrecido un mechón de ca-bellos a Apolo; he servido a Poseidón, el marido y señor de la Madre, que es inmortal. ¿Adónde me lleva esta mujer? ¿A matar al hombre que mató a alguien el año pasado, y a yacer con ella durante cuatro esta-ciones para bendecir el trigo, hasta que se levante de mi lecho para traerme a su vez al que me matará? ¿Será ésa mi moira? Ella tal vez tenga augurios; pero ninguno ha llegado hasta mí. No me guía ningún sue-ño de hijo de la tierra, como al caballo rey ebrio de amapolas. ¿Cómo me liberaré?» No obstante, la miraba de soslayo, como mira un hombre a la mujer que sabe que está a su disposición. Tenía el rostro demasiado ancho y la boca no muy hermosa; pero la cintura era de palmera y sólo un muerto habría podido permane-cer impasible ante sus pechos. La sangre de los minoanos de Eleusis se ha mezclado con la de los reinos helenos de ambos lados; el color y la forma de aquella mujer eran helenos; pero no su rostro. Ella sentía mi mirada y andaba erguida, con la cabeza bien alta. La orla de la sombrilla carmesí me cosquilleaba el pelo. Pensé: «Si me niego, el pueblo me despedazará. Soy el que siembra su cosecha. Y esta mujer, que es el campo donde germina, se enfurecerá». En el andar de una mujer se adivinan ciertas cosas, aunque ella no quiera. «Es una sacerdotisa, conoce la magia de la tierra y su maldición perdura. La Madre Día debe de haber reparado en mí. Fui engendrado para apaciguar su cólera. Y es una diosa a la que no se puede tratar a la ligera.» Habíamos llegado al camino costero. Miré al este y vi las colinas del Ática, resecadas por el estío y descoloridas por el sol del mediodía; estaban a media jornada de camino. Pensé: «¿Cómo podría acercarme a mi padre, cuya espada llevo y decirle: "Una mujer me invitó a luchar y huí"? No, el destino ha puesto en mi camino este combate de garañones, como puso al bandido Escirón. Hagamos lo que me piden y confiemos en los dioses».

—Señora —dije—, hasta ahora nunca había estado a este lado del istmo. ¿Cómo te llamas?

Sin mirarme y sin alzar la voz, ella respondió:

—Perséfone. Pero los hombres tienen prohibido pronunciar mí nombre.

Acercándome más a ella, repliqué:

—Un nombre que parece un murmullo. Un nombre para la oscuridad. —Pero ella no contestó y, a continuación, pregunté—: ¿Y cómo se llama el rey a quien he de matar?

Me miró con cara de sorpresa y contestó con indiferencia:

— Se llama Cerción —lo mismo que si le hubiese preguntado el nombre de un perro sin dueño. Por un momento, creí que me iba a decir que no tenía hambre.

Junto a la playa, la carretera ascendía hacia un lugar liso y despejado, situado al pie de un cerro. Una escalera llevaba a la terraza donde se erguía el palacio, de columnas rojas con pedestales negros y muros

amarillos. El risco sobre el que se alzaba estaba socavado; la hendidura era oscura y sombría y penetraba en la tierra a ras del suelo. La brisa traía de dentro un ligero hedor a carne podrida.

La mujer señaló el espacio liso que había delante y dijo:

—Ese es el campo de lucha.

Vi que el tejado del palacio y la terraza estaban atestados de gente. Los que nos habían acompañado se dispersaron por las laderas. Miré la hendidura y pregunté:

—¿Qué sucede con el vencido?

Ella me respondió:

—Va hacia la Madre. Al llegar la siembra de otoño, traen su carne y la echan en los surcos y se con-vierte en grano. Feliz el hombre que, en la flor de la edad, logra fama y fortuna, y cuya vida se agota antes de que lo agobie la amarga vejez.

Respondí:

—Sin duda que ha sido feliz.

Y la miré a la cara. No se sonrojó, sino que alzó el mentón. Le dije:

—Me enfrentaré con este Cerción en combate, ¿verdad? No será como cuando el sacerdote ofrenda a la víctima.

Me habría repugnado ver que aquel hombre no había elegido él mismo su hora y me sentí satisfecho cuando ella asintió.

—¿Y las armas? —pregunté.

—Sólo aquellas con que nacen los hombres —dijo ella.

Miré en derredor y repliqué: —¿Me dirá las reglas un hombre de tu pueblo? —Ella me miró, perpleja; supuse que debido a mi acento helénico e insistí—: Las leyes del combate.

Ella frunció las cejas y respondió:

—La ley es que el rey debe morir.

Entonces lo vi bajar por los anchos peldaños que llevaban a la ciudadela, para enfrentarse conmigo. Lo reconocí inmediatamente

porque estaba solo.

La gente del palacio abarrotaba la escalinata, pero todos se apartaron, abriéndole paso, como si su muerte fuese una enfermedad contagiosa. Era mayor que yo; su barba negra bastaba para ocultarle la mandíbula y no creo que tuviese menos de veinte años. Cuando me miró, comprendí que yo le parecía un niño. Su estatura no superaba mucho la mía y sólo resultaba alto para ser minoano; pero era delgado y vigoroso como los leones de la montaña. El recio cabello negro, demasiado corto y tupido para caer en bu-cles, le cubría el cuello como una rizada crin. Cuando nuestros ojos se encontraron, pensé: «Ha estado donde estoy yo ahora y el hombre con quien luchó apenas es ya un montón de huesos bajo la roca». Y también pensé: «No está conforme con morir».

Nos rodeaba un gran silencio lleno de ojos. Y me conmovió, como algo curioso e intenso, la idea de que aquellos espectadores no se sintieran ni siquiera a sí mismos tanto como nos sentían a nosotros. Me pregunté si a él le pasaría lo mismo.

Mientras tanto, advertí que, después de todo, él no estaba solo. Se le había acercado una mujer, si-guiéndolo, que lloraba a su lado. Pero él no se volvió a mirarla. Si la oía, tenía otras cosas en que pensar.

Bajó algunos peldaños más, sin mirar a la reina, con los ojos clavados en mí.

—¿Quién eres y de dónde vienes? —Hablaba el griego con mucho acento extranjero, pero lo com-prendí. Me pareció que nos habríamos entendido aunque no lo hablara.

—Soy Teseo, de Trecén, la isla de Pélope. Vine en son de paz, camino de Atenas. Pero, según pare-ce, los hilos de nuestras vidas se entrecruzan.

—¿De quién eres hijo? —preguntó.

Al mirar su rostro, comprendí que la única intención de sus preguntas era la de saber que seguía siendo rey y un hombre que caminaba al sol sobre la tierra, y repliqué:

—Mi madre colgó su ceñidor para la diosa. Soy hijo del bosquecillo de mirtos.

Los que escuchaban dejaron oír un suave murmullo, como de cañas que crujen. Pero sentí que la re-ina se movía a mi lado. Ella me miraba fijamente; y, ahora, Cerción la miró a ella, para prorrumpir luego en carcajadas. Tenía los dientes blancos y fuertes. Entre el pueblo, sorprendido, se produjo un revuelo; yo sa-bía tan poco a qué atenerme como ellos. Sólo cuando el rey se volvió hacia mí, riendo, supe que su burla era de amargura. Estaba parado en la escalinata y reía; y la mujer situada detrás de él se cubría el rostro con ambas manos, encorvada y vacilante.


El rey acabó de bajar. Cara a cara con él, vi que era tan robusto como me había parecido.

—Bueno, hijo del bosquecillo, hagamos lo que quiere el destino. Esta vez no habrá ventajas para nin-guno de los dos. La señora no sabrá por quién tocar el gong.

No comprendí; pero adiviné que hablaba para los oídos de ella, no para los míos.

Mientras hablábamos, se había abierto un santuario próximo y trajeron de allí un gran trono pintado de rojo, con dibujos de serpientes y espigas. Lo colocaron cerca del campo de lucha, junto con un gran gong de bronce sobre un estrado. La reina se sentó, con sus mujeres a su alrededor, sosteniendo la maza del gong como si fuese un cetro.

«No —pensé—. Habrá ventajas, sí que las habrá. Él lucha por su reino, que yo no deseo, y por su vi-da, que tampoco deseo arrebatarle. No puedo odiarlo como debe odiar un guerrero a su enemigo; ni siquie-ra sentirme encolerizado, a no ser con su pueblo, que lo abandona como cuando huyen las ratas de un gra-nero vacío. Si yo fuera un hijo de la tierra, sentiría que sus deseos luchan a mi favor. Pero no puedo bailar al son de sus caramillos; soy un heleno.» Una sacerdotisa me condujo a una esquina del campo, donde dos hombres me desnudaron, me untaron aceite y me hicieron adelantarme para que todos me vieran. El pueblo me vitoreó, pero eso no me causó alegría; sabía que habrían hecho lo mismo con cualquiera que viniese a matar al rey. Ni siquiera ahora que Cerción estaba desnudo y pude apreciar su fuerza, logré odiarlo. Miré a la reina, pero no habría sabido decir si estaba irritado o no contra ella, porque la deseaba. «Bueno —me dije—, ¿no es eso suficiente para luchar?» El mayor de los hombres, que parecía ser un guerrero, me pre-guntó:

—¿Qué edad tienes, muchacho?

El pueblo escuchaba y respondí:

—Diecinueve años.

Esto me dio más fuerzas. El que había hablado me miró el mentón, que tenía menos pelo que el plu-món de un ganso joven, pero no dijo nada más.

Nos condujeron hacia el trono, donde estaba sentada la reina bajo su sombrilla orlada de flecos. Sus volantes recamados de oro centelleaban bajo la luz y también sus enjoyadas sandalias. Sus turgentes se-nos, de tonos dorados y rosados, se redondeaban como melocotones y le resplandecía la melena pelirroja. Tenía en las manos una copa de oro y me la tendió. El ardiente sol hacía brotar de la copa fragancias de vino con especias, de miel y queso. Al tomarla, le sonreí y pensé: «Es una mujer y eso lo explica todo». La reina no cabeceó como antes, pero me miró a los ojos como para leer un augurio; y en los suyos, yo vi mie-do.

Una muchacha grita mientras la persiguen por el bosque, pero calla cuando la atrapan. No otra cosa entendí yo; y eso me encrespó la sangre y me alegré de haber dicho que tenía diecinueve años. Bebí aque-lla mezcla y la sacerdotisa le tendió la copa al rey.

Cerción bebió a su vez un trago largo. El pueblo lo miraba; pero nadie profería vítores. Sin embargo, se había desnudado de buena gana y se portaba con valor; y durante un año había sido rey de todos ellos. Recordé lo que había oído contar sobre la antigua religión. «No les importa —pensé—. No les importa, aun-que va a morir por ellos, o al menos eso esperan, y verterá su vida en el grano. Es la víctima expiatoria. Al mirarlo, ellos sólo ven sus penurias del año, la cosecha que se malogró, las vacas estériles, las enfermeda-des. Quieren eliminar sus dificultades con él y empezar de nuevo.» Me irritaba pensar que su muerte no estaba en su mano, sino que divertiría con el espectáculo al populacho que no participaba en el sacrificio, que no ponía nada de su parte. Adiviné que, entre todos aquellos seres, él era el único a quien yo hubiera podido amar. Pero leí en su semblante que nada de aquello le resultaba extraño; le causaba amargura, pero no hacía preguntas, ya que era un hijo de la tierra como ellos. «También él me tomaría por loco si adivinara mis pensamientos. Soy un heleno; soy yo, no él, quien está solo». La reina se puso de pie, con la maza del gong en la mano. Nos colocamos frente a frente en el campo de lucha; desde ese momento, sólo miré a los ojos a él. Algo me decía que no era como los luchadores de Trecén.

La madera produjo un sonido agudo al golpear el gong. Esperé, bien plantado sobre los dedos de los pies. ¿Avanzaría él directamente, como un heleno, y me agarraría de la cintura? No, había acertado yo. Avanzó al sesgo, buscando que el sol me diera en los ojos. No se movía con nerviosismo, sino con pasos lentos y silenciosos, como un gato cuando se dispone a saltar. Por algo había presentido yo, aunque él hablara mal el griego, que teníamos un idioma común. Ahora lo estábamos hablando. También él era un luchador reflexivo.

Sus ojos, de color pardo dorado, fulguraban como los de un lobo. «Sí —pensé—. Y debe de ser veloz como un lobo. Dejémosle acercarse; si se quiere arriesgar, ya lo hará. Después será más prudente.» Me lanzó un violento golpe a la cabeza, para obligarme a que me inclinara hacia la izquierda; así que salté hacia la derecha. Fue una buena idea, porque descargó un puntapié como la coz de un caballo sobre el lugar donde supuso que me encontraría. Sólo ver aquella coz causaba dolor, pero no demasiado, y le cogí la pierna. Al mismo tiempo que le hacía perder el equilibrio, salté sobre él y lo lancé de costado, tratando de

caerle encima y hacerle presa en la cabeza. Pero era rápido, rápido como un gato. Me atrapó el pie y me derribó y, casi antes de que yo hubiese tocado el suelo, me giró para aplicarme una presa de tijera. Le ases-té un puñetazo en la mandíbula y me zafé a duras penas. Luego comenzó la lucha en serio. Pronto olvidé que había tardado en encolerizarme; uno deja de preguntarse qué mal le ha hecho un hombre cuando las manos de éste tratan de arrebatarle la vida.

Cerción tenía el aspecto de ser un caballero. Pero la mirada de la reina me había puesto en guardia cuando yo le pregunté por las reglas. Todo es lícito en la lucha, entre la gente de la ribera, y nada está prohibido. De aquel combate, salí con una oreja perforada, como les sucede a los perros de pelea. Todavía me queda la marca. En cierto momento, poco faltó para que mi adversario me vaciara un ojo, y si cedió fue para que yo no le rompiera el pulgar. No tardé en sentirme más furioso que frío; pero no podía permitirme el lujo de correr riesgos sólo por el placer de hacerle daño. Cerción parecía una piel de buey curtida, con un núcleo de bronce.

Mientras nos retorcíamos y nos propinábamos patadas y golpes, ya no pude seguir aparentando que tenía diecinueve años. Peleaba contra un hombre en la plenitud de sus fuerzas antes de haber alcanzado la mía. Mi sangre y mis huesos me susurraban que él resistiría más que yo. Entonces empezó a sonar el gong.

El primer golpe lo dio el mango de la maza. Era como un martillo revestido con una almohadilla. Pro-dujo un gran estruendo que zumbaba en los oídos; juro que el sonido habría podido oírse bajo tierra. Y mientras el gong temblaba y vibraba, las mujeres canturreaban una salmodia.

Las voces bajaban y subían, bajaban y subían cada vez más. Era como el viento del norte cuando sopla y ruge en los desfiladeros de las montañas; como el lamento de mil viudas en una ciudad en llamas; como el aullido de la loba a la luna. Y debajo de las voces y por encima de las voces, dentro de la sangre y del cráneo y de las entrañas, resonaba el bramido del gong.

El estrépito me enloqueció. Mientras me traspasaba una y otra vez, comenzó a dominarme una idea fija de demente; debía matar a mi hombre y acabar con aquel ruido.

Al mismo tiempo que este frenético impulso se hacía fuerte dentro de mí, mis manos y mi espalda percibieron que mi adversario desfallecía. A cada vibración del gong, sus fuerzas cedían. Era su muerte la que le zumbaba en los oídos, envolviéndolo como una nube de humo, arrastrándolo hacia la tierra. Todo estaba contra él: el pueblo, el misterio y yo. Pero luchaba como un valiente.

Estaba tratando de estrangularme, cuando levanté ambos pies y lo arrojé hacia atrás. Antes de que recobrara el aliento, salté sobre él, lo aferré por el brazo y lo lancé por encima de mí. Quedó tendido de bruces, conmigo sobre su espalda, y no pudo levantarse. El canto subió de tono hasta trocarse en un largo gemido y, luego, se sumió en el silencio. Vibró el último golpe de gong y se extinguió.

El rostro de mi adversario estaba hundido en el polvo; pero adiviné sus pensamientos al verlo tantear aquí y allá, buscando alguna escapatoria, y cuando comprendió, por fin, que todo había terminado. En ese momento, mi cólera se esfumó. Olvidé el dolor, para recordar solamente su valor y su desesperación. «¿Por qué he de cargar con su sangre? —pensé—. Nunca me hizo daño, salvo para cumplir su moira.» Desplacé un poco el peso de mi cuerpo, con mucho cuidado, porque él era muy mañoso, a fin de que pudiera apartar la cara del suelo. Pero no me miró: estaba pendiente de la grieta negra de debajo de la roca. Aquél era su pueblo y su vida estaba entretejida con el acaecer colectivo. No tenía salvación.

Apoyé la rodilla en su espinazo. Manteniéndolo sujeto contra el suelo, porque era un hombre al que no se le podía ceder una sola pulgada, le rodeé la cabeza con el brazo y la doblé hacia atrás, hasta que sentí tensársele el cuello. Entonces le dije en voz baja al oído, porque eso nada tenía que ver con la gente que nos rodeaba, que no había aportado lo más mínimo al sacrificio, estas palabras: «¿Ha de ser ahora?». Él murmuró: «Sí». Yo dije: «No me responsabilices, pues, a mí de esta muerte, sino a los dioses de allá abajo». Él respondió: «Estás dispensado». Y, luego, pronunció no sé qué invocación. La dijo en su propio idioma, pero confié en él. Di un fuerte tirón de la cabeza y oí el crujido al partírsele el cuello. Cuando miré, me pareció que sus ojos conservaban aún una chispa de vida; pero cuando le volví la cabeza a un lado, esa chispa había desaparecido.

Me levanté y oí que el pueblo dejaba escapar un profundo suspiro, como si todos ellos acabaran en ese momento de hacer el amor.

«Así empieza esto —pensé—, y sólo un dios podría saber el final.» Habían traído un catafalco y colo-caron al rey encima. Salió del trono un agudo alarido. La reina bajó del estrado y se abalanzó sobre el ca-dáver, mesándose los cabellos y clavándose las uñas en la cara y en el pecho. Parecía una mujer que aca-ba de perder a su amado señor, al hombre que se la llevó virgen de la casa paterna; como si tuviera hijos pequeños y le faltara parentela que les ayudase. Así lloraba ella, de modo que la miré con asombro. Pero ahora, todas las mujeres de su séquito berreaban y lloraban también, y comprendí que era la costumbre.

Siguieron plañendo, apaciguando al flamante espectro. Al quedarme solo entre aquellos extraños que no cesaban de mirarme, sentí deseos de preguntar: «¿Y ahora?» Pero el único hombre a quien conocía


había muerto. A poco, vino una vieja sacerdotisa y me condujo al santuario. Se dijo que llorarían al rey has-ta la puesta del sol; luego, me purificarían de la sangre derramada y desposaría a la reina.

En una habitación donde había una bañera de arcilla pintada, las sacerdotisas me bañaron y curaron mis heridas. Todas ellas hablaban el griego con el sonsonete de la gente de la ribera, ceceando y parlo-teando con locuacidad. Pero también en su idioma usaban palabras griegas. En Eleusis hay tanto tráfico marítimo que las lenguas y la sangre se han mezclado. Me pusieron una larga túnica blanca y me peinaron, y luego me dieron carne y vino. Lo único que yo podía hacer era escuchar los gemidos, y esperar y pensar.

Se estaba poniendo el sol cuando oí bajar por la larga escalera a la comitiva fúnebre, con cantos ele-giacos y llantos, y el son estridente de las gaitas y del entrechocar de los discos de bronce. Desde una ven-tana, vi una sinuosa procesión de mujeres, vestidas de carmesí y con velos negros. Cuando concluyó el canto elegíaco, se oyó un griterío, entre alarido y exclamación de triunfo. Adiviné que el rey volvía.

Poco después, al anochecer, las sacerdotisas regresaron para llevarme a la ceremonia de la purifica-ción. En la ventana brillaba un resplandor rojo; y, cuando abrieron la puerta, vi por todas partes luces tem-blorosas. Había antorchas hasta donde alcanzaba la vista, llenando el recinto, subiendo en torrente hacia la ciudadela y penetrando en la ciudad. Pero reinaba el silencio, aunque estaba todo el pueblo, desde los ni-ños de doce años hasta los ancianos. Las sacerdotisas me condujeron en profundo silencio a la playa, don-de tenían varadas sus barcas. Cuando el agua nos tocó los pies, clamaron: —¡Al mar! —Al oír esto, todos se internaron en el agua. Los que lucían vestiduras blancas las conservaron; muchos se desnudaron por completo, tanto los hombres como las mujeres; pero todo lo hacían con gran solemnidad y portando las antorchas encendidas. La noche estaba serena; el mar parecía sembrado de mil lenguas de fuego, cada llama con su cabrilleante reflejo.

La reina me condujo adelante, hasta que las aguas me alcanzaron al pecho, y alzó su antorcha para que todos me viesen. Yo estaba allí para purificarme de la sangre vertida; ellos, supongo, se quitaban de encima la mala suerte y la muerte. Yo era joven y había matado a un hombre de barba crecida; aunque era la magia de la tierra la que lo había puesto en mis manos, saboreaba mi victoria. Además, iba hacia la reina; y con la oscuridad, llegó el deseo.

En Salamina, al otro lado del estrecho, las lámparas ardían en las casas. Pensé en mi hogar, en mi familia y en Calauna, que estaban del otro lado de las aguas. Todo me era extraño allí, salvo el mar, que era el mismo que llevara a mi padre hacia mi madre. Me solté el cinto, me quité la túnica y se la di a la sacerdo-tisa. Ella me clavó los ojos, sorprendida; pero me lancé al agua y nadé más allá de todos, hasta internarme en el estrecho. Detrás de mí, las antorchas parecían una rompiente de fuego a lo largo de la playa; y arriba brillaban las estrellas.

Durante algún tiempo, guardé silencio, mientras flotaba en el mar. Luego, dije:

—¡Poseidón el de los cabellos azules, sacudidor de la tierra, caballo-padre! Eres el señor de la diosa. Si serví bien tu altar en Trecén, si estabas allí cuando me engendraron, guíame hacia mi moira. Sé mi ami-go en este país de mujeres.

Me volví para regresar a nado, sumergido en el agua. Junto al roce en los oídos, percibí la vibración de la marejada y pensé: «Sí, él me recuerda». Y volví nadando hacia las antorchas y allí estaba la suma sacerdotisa, agitando su tea y gritando hacia todas partes: «¿Dónde está el rey?».

Parecía una vieja nodriza cuyos niños han crecido demasiado para ella. Eso, supongo, fue lo que me hizo nadar bajo el agua y surgir riendo delante de sus narices, hasta tal punto que dio un salto y poco le faltó para dejar caer la antorcha. Casi esperé una bofetada. Pero se limitó a mirarme, murmurando algo en el habla minoana y cabeceando.

Mientras volvía, completamente mojado, me extrañó notar que las heridas me escocían a causa de la sal; el combate se me antojaba ya algo muy lejano. En cuanto al pueblo, habría podido creerse que Cerción nunca había existido. Pero mientras yo miraba más allá del campo de lucha, iluminado por las antorchas, vi junto a la grieta de la roca a la mujer que lo llorara, de bruces sobre la desnuda piedra, desgreñada e inmó-vil como una muerta. Algunas mujeres le gritaban desde la escalinata, censurándola. Poco después, bajaron sin parar de hablar, la levantaron y la condujeron al palacio. En el santuario, me secaron y untaron con acei-tes, y me peinaron de nuevo; luego, me trajeron una túnica bordada, un collar de girasoles de oro y el anillo del rey. La diosa estaba tallada en el oro, con mujeres que la adoraban y la pequeña imagen de un adoles-cente. Yo tenía un corte en el pómulo, donde Cerción me había golpeado con el puño.

Cuando estuve listo, pedí la espada. Dijeron, sorprendidas, que no la necesitaba.

—Así lo espero —dije—. Pero, como voy a la casa de mi esposa y no ella a la mía, es natural que la lleve.

Ellas no lo comprendieron. Yo no podía decir que era la espada de mi padre; pero cuando manifesté: «Me la dio mi madre», me la trajeron en el acto. Los hijos de la tierra lo heredan todo de sus madres, hasta los nombres.

Fuera, había una guardia de jóvenes que cantaban y músicos. No me condujeron al palacio, sino al recinto de abajo. La canción era en minoano, pero todo lo daban a entender los lascivos gestos histriónicos. Uno cuenta con algunas bromas cuando le traen a la novia, pero todo tiene un límite. Además, pensé, yo sabía qué me esperaba y no necesitaba maestros.

La canción se trocó en himno. Era la canción del cereal de aquellas tierras, en la que se cuenta cómo brota toda una espiga donde se ha sembrado una semilla, gracias a la Madre Día, de cuyo vientre nace todo. Luego, cantaron las alabanzas de la reina, aclamándola con la palabra Core, su nombre no prohibido. Poco después, llegamos a los peldaños que penetraban bajo tierra. Inmediatamente cesó la canción y reinó el silencio. La sacerdotisa apagó su tea y me tomó de la mano.

Me condujo hacia abajo, entre tinieblas, por un pasaje tortuoso, y luego subimos un breve trecho. Las paredes se separaron más y percibí un perfume de mujer. Recordé habérselo notado a la reina al andar junto a ella, intenso como el del asfódelo. La sacerdotisa me soltó; oí alejarse sus pasos y que su mano rozaba las paredes. Me desnudé y dejé la roja detrás de mí, conservando solamente mi espada en la mano izquierda. Después, me adelanté y palpé la cama. Dejé apoyada la espada, alargué los brazos y encontré a la reina. Me asió de los hombros y, luego, bajó las manos; y lo que yo había aprendido con las muchachas de Trecén me pareció una bagatela, como los juegos dc los niños antes de tener conocimiento. De pronto, ella gimió como una virgen. Hubo un estrépito de címbalos y un resonar de cuernos. La luz de las antorchas me cegó; oí mil voces que reían y vitoreaban. Entonces me di cuenta de que estábamos en una caverna con las puertas de la boca cerradas; el pueblo había estado esperando fuera, para verlas abiertas.

Por un momento me sentí demasiado aturdido para moverme. Luego, se me encendió la cólera como arden las montañas en verano. Aferré la espada, di una voz y me precipité hacia la puerta. Pero entre gritos y chillidos, me vi detenido por aquella multitud de mujeres que habían estado contemplando el espectáculo en primera fila. Todas gritaban y proferían exclamaciones, como si yo fuera el primer hombre que vieran enojado por semejante causa. Nunca, hasta el día de mi muerte, comprenderé a los hijos de la tierra.

Repelí a las mujeres y cerré las puertas con estruendo. Luego, regresé a zancadas y me incliné sobre el lecho.

—¡Ramera descarada! —dije—. Mereces la muerte. ¿No te avergüenzas de ti misma? ¿No tienes respeto por mi honor? ¿No podías haberme prestado a algún hombre de tu casa para que vigilara la puerta, ya que yo no he traído a un amigo? ¿O no tienes parientes para cuidar del decoro? En el país de donde vengo, el más humilde de los campesinos se tomaría una sangrienta venganza por esto. ¿Soy un perro, acaso? La oí respirar, jadeante, en las tinieblas, que parecían más negras después de la luz de las antor-chas.

—¿Qué pasa? —dijo—. ¿Te has vuelto loco? Siempre se hace la exhibición.

Quedé atónito. No sólo con Cerción, sino también con quién sabe cuántos hombres antes de él, ella se había exhibido ante el pueblo. Fuera resonaba la música, una estrafalaria melodía ejecutada por flautas y liras; los tambores martilleaban como la sangre en los oídos. La reina dijo:

—Ahora ya se acabó. Ven aquí.

La oí rebullirse en la cama. —No —dije—. He bebido veneno. Has humillado mi hombría.

Percibí la fragancia de su cabello y sentí su mano sobre mi cuello.

—¿Qué me ha hecho la Madre al mandarme a un salvaje domador de caballos de los hijos del cielo, y a un auriga de ojos azules sin ley ni modales ni respeto por nada? ¿No entiendes siquiera que hay la hora de la siembra y la de la cosecha? ¿Cómo puede confiar el pueblo en la cosecha, si no ve que la siembran? Ya hemos hecho lo necesario; no nos pedirán más. Ha llegado el momento de gozar nosotros.

Su mano se deslizó sobre mi brazo, entrelazó sus dedos con los míos y los apartó de la empuñadura de la espada. Cuando me hubo atraído más cerca, olvidé que lo que ella sabía se lo habían enseñado unos muertos cuyos huesos yacían cerca de nosotros, bajo el peñasco. Los tambores aceleraban el ritmo y las flautas sonaban con creciente estridencia a cada golpe de los címbalos. Aprendí más en aquella noche que en tres años enteros con las muchachas de Trecén.



Teseo: El rey debe morir


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