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Cuando, con el frescor de la mañana, nos hicieron subir al palacio y vi, desde la terraza superior, la centelleante estela que trazaba el sol sobre el mar, pensé: «Hace apenas cuatro días que salí de mi casa, y heme aquí convertido en rey».
En Eleusis, nada les parece lo bastante bueno para el nuevo rey. Ahogan sus días en miel. Recibe collares de oro y dagas con incrustaciones, le ponen túnicas de seda de Babilonia, lo ungen con aceite de rosas de Rodas; las bailarinas le arrojan flores; el bardo, por temor a que no comprenda los cumplidos, repi-te las canciones en griego. Las muchachas suspiran: todas están enamoradas del rey. Las viejas arrullan: es el hijo de todas. Y entre los acompañantes, la guardia de jóvenes de alta cuna que tienen posibilidades de ser reyes, yo parecía el hermano de todos. Al principio, no me di cuenta de que no era el hermano ma-yor, sino el menor y mimado por todos los demás. Tenía otras cosas en que pensar.
La gran cámara que servía de alcoba daba al sur. Al despertar por la mañana, sólo se veía, por la an-cha ventana, el cielo coloreado de rosa, las colinas del Ática, purpúreas al amanecer, y la gran bahía rodea-da de tierra. En los muros había pintadas espirales blancas y flores rosadas; el suelo era a cuadros rojos y negros. El lecho era de ébano egipcio, con espigas incrustadas hechas de oro, y tenía un cobertor de pieles de algalia ribeteado de granate. En una jaula de mimbre, junto a la ventana, vivía un pájaro de lisas plumas blancas irisadas, como de nácar, que piaba al salir el sol y que, cuando uno menos lo esperaba, se ponía a hablar. A mí me sobresaltaba y la reina se echaba a reír. Los rayos del primer sol le encendían a ella los cabellos; unos cabellos fuertes y flexibles que, al recogérselos, me llenaban ambas manos.
Yo me pasaba todo el día esperando la noche. A veces, me quedaba dormido a mediodía y no des-pertaba hasta el anochecer; entonces ya no me dormía hasta el alba. Apenas caí en que, en el sacrificio conyugal, aunque yo mataba a las víctimas, era la reina quien las ofrendaba, como si ella fuese el rey. En los juegos, gané la prueba del lanzamiento de jabalina y de salto, y una estúpida carrera de caballos con ponis minoanos. También gané la prueba de tiro con arco, aunque suponía que andaría mal de la vista por falta de sueño.
No hubo torneos de lucha; al parecer, esto ya estaba dirimido. Pero quien crea que tales juegos fúne-bres se celebran en honor del rey difunto, se equivoca; eran en mi honor. Cerción había desaparecido de la vista y del pensamiento del pueblo; he llorado yo más a un perro que ellos a Cerción. Y, lo más importante, ahora yo era Cerción. Ése era el título de los reyes en Eleusis, como se les llama Faraón en Egipto y Minos en Creta. Por eso, aquel hombre ni siquiera había dejado un nombre.
Pasaron días y más días, y se reanudaron las tareas de palacio. El ejército se adiestraba en la llanu-ra, arrojando lanzas contra un cerdo disecado o tirando al blanco. Pero eso, por lo que fui viendo, nada te-nía que ver conmigo. No era conveniente que los jefes del ejército cambiaran cada año. Las tropas estaban al mando de Janto, el hermano de la reina. Era un hombre corpulento para ser minoano, y tan pelirrojo co-mo su hermana, pero aquel pelo no le sentaba bien. Tenía los ojos bermejos como los zorros. Hay pelirrojos fogosos y fríos, y él era de los fríos. Solía hablarme como un hombre a un muchacho, lo cual me irritaba. Aunque me llevaba una docena de años, poco más o menos, yo era el rey; y, demasiado nuevo aún en Eleusis, creía que eso significaba algo.
A diario, la reina concedía audiencia. Al ver el salón lleno de mujeres, no comprendí, al principio, que atendía todos los asuntos del reino sin mí. Pero las mujeres eran jefes de familia: venían para hablar de litigios de tierras, de tasas o de dotes matrimoniales. Los padres no pintaban nada en Eleusis, y no podían elegir esposa para sus hijos ni legarles un nombre y, menos aún, bienes. Los hombres permanecían de pie en el fondo del salón hasta que las mujeres terminaban de hablar; y si la reina quería el consejo de un hom-bre, mandaba por Janto.
Una noche, a la hora de acostarnos, le pregunté a la reina si había en Eleusis algo que el rey pudiera hacer. Sonrió y dijo:
—¡Oh, sí! Suéltame el collar, se me ha enganchado en el pelo. —No me moví y me limité a mirarla—. ¿Por qué habría de hacer el rey tareas de amanuense entre hombres viejos y feos? —preguntó. Luego dejó caer el ceñidor y la enagua y dijo, acercándose—: Mira, me oprime aquí y me duele.
Y aquella noche no hablamos más.
Poco después, me enteré por casualidad de que ella había recibido a un embajador de Rodas y ni si-quiera me lo había dicho. Lo supe en la terraza inferior; los mayordomos de palacio se enteraron antes. Eso concluyó de irritarme. Nadie me había agraviado así desde la infancia.
«¿Por quién me toma —pensé—. ¿Porque tengo menos barba que su hermano de ojos zorrunos se cree que necesito niñera? ¡Truenos de Zeus! Yo maté a su marido.» La ira me empañó los ojos.
Oí voces a mi alrededor. Los jóvenes acompañantes me escoltaban, como siempre. Yo apenas los distinguía aún; no había tenido tiempo de conocerlos. Me agobiaron a preguntas:
—¿Qué pasa, Cerción?
—¿Te preocupa algo? Pareces enfermo.
—No, más bien se diría que está enojado.
—Cerción... ¿hay algo que yo pueda hacer por ti?
Respondí que no pasaba nada. Era demasiado orgulloso para decir que me habían tratado con lige-reza. Pero aquella noche, cuando sus mujeres se retiraron, le pregunté a la reina qué se proponía.
Me miró perpleja. Al parecer, no atinaba a comprender mi enfado. Dijo que no había hecho nada que contrariara la costumbre imperante; y comprendí que así era. En cuanto a tratarme con ligereza... sacudió la melena y se rió de mí entre sus mechones, de soslayo. La mañana siguiente amaneció verde y dorada. Una trenza de cabellos rojos me cosquilleaba el pecho. Las colinas áticas nadaban en una bruma dorada, sobre un mar centelleante, y parecían lo bastante cercanas para darles con una flecha. Pensé que eran extrañas las costumbres de los minoanos y cuán difícil le resultaba a un heleno comprenderlas. Porque ella me había elegido y me había hecho luchar y ungido rey. Sin embargo, ni ella ni nadie me preguntaron si consentía en mi moira.
El pájaro blanco despertó y pió. La voz de ella, desde la cama, dijo, completamente despierta:
—Estás pensando. ¿En qué? —Le di la respuesta que más le gustaba. Yo era el primer heleno con quien se había casado. Desde ese día, desperté de mis sueños. Había pasado los largos días de Eleusis durmiendo, bailando o luchando con los jóvenes, tocando la lira o contemplando el mar. Ahora, comencé a buscar una ocupación. No es propio de mí estar ocioso.
Los acompañantes eran quienes se hallaban más cerca de mí. En caso de estallar una guerra, yo tendría por lo menos el mando de mi guardia. Aunque Janto mandara las demás tropas. Era hora de pres-tarles alguna atención. Estos jóvenes, como digo, nunca se separaban de mí, salvo cuando estaba en la cama con la reina. Todos eran bien formados, educados y presentables, pues de lo contrario no habrían desempeñado aquellas funciones; los habían elegido para esas actividades, no para hazañas de armas.
Yo no necesitaba de su protección, porque en Eleusis ningún delito era más espantoso que matar al rey antes de que le llegara la hora. Después de sufrir muchas torturas, al asesino lo encerraban vivo en una tumba, para que las hijas de la noche hicieran con él a su antojo. El caso había sucedido en tiempos remo-tos y, aun así, ocurrió sólo debido a una circunstancia lamentable. Pero los acompañantes eran un adorno del rey, que el pueblo gustaba ver a su alrededor.
Todos hablaban más o menos bien el griego, lo cual era allí el rasgo distintivo de los señores. Cuando empecé a hablar con ellos me parecieron muy frívolos, comidos de mezquinos celos y rivalidades; sufrían con los desaires como un gato con el agua y competían entre sí constantemente. Yo les inspiraba curiosi-dad por ser heleno y, según supe más tarde, a causa de un oráculo sobre mi persona que se le había ocul-tado al pueblo. Recordé la risa del difunto rey; pero eso no me revelaba nada.
A juzgar por lo que había visto hasta entonces, aquellos jóvenes habían hecho poco más que jugar a la guerra. No les faltaban bríos, por lo que supuse que los reyes no se habían preocupado mucho por el futuro de más allá de su reinado. Pero yo, dondequiera que esté, he de meter baza.
Los hombres se enmohecen pronto con los ejercicios de patio; por eso, los llevé a las colinas. Al prin-cipio, iban de mala gana; los eleusinos son gente del llano y desprecian las montañas, por ser tierras yer-mas que sólo sirven para los lobos y los salteadores. Les pregunté cómo se las componían cuando les ro-baban el ganado, si no conocían las fronteras. Acogieron estas palabras sin inmutarse y me confesaron que, en efecto, los megarenses se llevaban a menudo sus rebaños tratando de compensar las pérdidas que les causaban los bandidos del otro lado del istmo.
—Bueno —dije—. A eso hay una sola respuesta. Debemos conseguir que nos teman más.
Por lo tanto, hice trepar a mis guardias; capturamos un gamo y asamos nuestra presa junto a un arro-yo de montaña, y los jóvenes disfrutaron de la jornada. Pero, cuando regresábamos, uno de ellos me dijo:
—No se lo digas a nadie, Cerción. Seguro que la próxima vez te lo impedirán.
—¡Ah! —dije, frunciendo el entrecejo—. ¿Quién me lo impedirá, en tu opinión?
Hubo murmullos y oí decir:
—¡Tonto! ¿No comprendes que es heleno?
Luego, alguien dijo cortésmente:
—Mira... Trae muy mala suerte que el rey muera a destiempo.
Esto era cierto. Hay una canción minoana sobre un joven rey que vivió en tiempos remotos y a quien mató un jabalí, pese a que la reina le había prohibido cazar. Dicen que las anémonas están teñidas con su sangre. Aquel año se malogró la aceituna y nadie sabe si hubo alguna otra consecuencia funesta.
No obstante, volvimos a las colinas al día siguiente y también al otro. Eleusis está entre dos reinos helenos; cuando a los adolescentes les pesaba la férula de sus madres, miraban de reojo las tierras de los hombres. De manera que salíamos en secreto y ellos se sentían contentos consigo mismos. Yo les regalaba como premios mis trofeos de caza, que no podía exponer en el palacio; pero debía tener cuidado para que no riñeran entre ellos, siendo tan dados a la rivalidad. El tiempo fue transcurriendo así; cuando nos hubimos acostumbrado a nuestra manera de hablar, nos creamos un lenguaje propio, un griego-minoano entretejido de bromas y retruécanos. Nadie podía entenderlo, más que nosotros.
Cierto día, habiéndonos dispersado por la montaña, oí que se gritaban: —¡Se nos ha perdido el Chi-co!
—¿Dónde está el Chico? ¿Lo has visto?
Aparecí, y alguien dijo:
—Ahí está.
Había soportado muchas cosas en Eleusis, pero no estaba dispuesto a tragarme una insolencia. Me adelanté, recordando que todos creían que yo tenía diecinueve años y que el mayor de ellos no contaba más de veintiuno.
—Al próximo que me llame Chico, lo mato —dije.
Todos me miraron boquiabiertos.
—¿Y bien? —dije—. Aquí estamos en la frontera. El que me mate puede huir; o puede tirar mi cadá-ver por un tajo, si lo prefiere, y decir que me caí. No me esconderé entre las faldas de la diosa. Pero vea-mos antes quién es capaz de matarme. ¿Quién me cree un chico? Que dé un paso adelante y lo diga.
Hubo un silencio; luego, el mayor, un joven llamado Bayo, que tenía una espesa barba, dijo:
—Pero, Cerción, si nadie quiere insultarte aquí... Todo lo contrario.
Muchos confirmaron sus palabras, gritando:
—¡Es el nombre que te damos!
Y también:
—Cerción no es nada, es un nombre frío.
Y:
—Todos los buenos reyes tienen apodos.
Y uno de ellos, siempre audaz y temerario, dijo, riendo:
— Todo es fruto de nuestro afecto, Cerción. Bien sabes que puedes contar con nosotros cuando quie-ras.
Dos o tres más gritaron algo, corroborándolo, entre bromas y veras; y, momentos después, dos de ellos empezaron a luchar.
Les di licencia para alejarse y le resté importancia al asunto. Todo el mundo sabe que entre los mi-noanos suceden muchas cosas así; y no hay de qué asombrarse. Se debe a que esos jóvenes siguen ata-dos a las faldas maternas cuando ya son hombres. Sus madres hasta les eligen esposa. Luego, van a casa de su mujer y cambian una enagua por otra. Cuando un hombre vive así, se enorgullece más del amigo a quien puede elegir, que lo admira y remeda y se jacta de su amistad, que de las mujeres de su casa. No veo razón para desdeñar esta conducta; la mayoría de las costumbres tienen un motivo; incluso entre los hele-nos, cuando hay una guerra larga, las muchachas escasean y los jefes tienen preferencia con ellas, las amistades entre los jóvenes se hacen más tiernas.
Uno puede ser, como yo, un hombre con las mujeres y, sin embargo, no disgustarle tener amigos en un país extraño, o una guardia leal. Si hubiesen sido quisquillosos o molestos, me habría preguntado, al ser joven, cómo los soportaría; pero, por una vez, ser rey significaba algo.
—Bueno —les dije—. En mi país, hasta los reyes tienen nombre. El mío es Teseo.
Y empezaron a emplearlo, aunque aquello iba, sin duda, contra la costumbre imperante.
Si yo hubiese preferido a alguno, habría habido derramamientos de sangre e interminables intrigas; he oído contar cosas así. Pero bastaba con tener cuidado. Unos pocos hablaban en serio; otros eran volu-bles, tenían sus propios amigos o estaban enamorados de muchachas, por lo general, de muchachas con las que sus madres no querían casarlos. Me exponían problemas de esa índole y, cuando me era posible, yo defendía su causa ante la reina. Pero hiere el orgullo de un hombre engatusar a una mujer por no poder hacer otra cosa. Como cuando era niño, empecé a buscar maneras de probarme a mí mismo. Me habría gustado una guerra; pero al oeste estaban los megarenses, amigos y parientes de mi padre; y al este, mi progenitor.
Había oído hablar mucho de las guerras de ganado con Megara; algunos de mis jóvenes eran lo bas-tante mayores para haber intervenido en la última personalmente. El rey Niso, decían, era demasiado viejo, para combatir, pero su hijo Pilas sabía pelear por dos. Supe, por alusiones recogidas aquí y allá, que el hermano de la reina no era muy querido por sus soldados. Nadie ponía en duda su valor, pero le considera-ban despótico y ávido de botín. Entre las tropas había una expresión proverbial: «La parte de Janto».
Mi abuelo me había dicho: «Cuídate al pasar por Megara de no causar ningún agravio o tendrás gresca. El rey Niso es el único aliado seguro de tu padre; es hermano de tu abuela. El rey Pandión huyó de Atenas durante las guerras por el reino; tu propio padre nació en Megara». Al acercarse el otoño, tenía pre-sentes esas palabras. Es la época de las incursiones, antes de que el invierno cierre los caminos. Una vez en el campo de batalla —pensé—, sería lamentable no desafiar a Pilas a singular combate; si no lo hiciera, entonces sí que el pueblo podría llamarme el Chico. Pero, tanto si lo mataba yo como si me mataba él, mi padre saldría perdiendo. Comencé a temer tanto esta guerra como podría temerla un hombre que tuviera miedo de combatir.
Mientras yacía al amanecer en mi pintada alcoba, meditando, antes de que el blanco pájaro piara con la luz del sol, comprendí que era hora de escapar a Atenas. Pero ¿cómo? Le habría sido más fácil a un esclavo que a un rey. Yo estaba siempre entre gente, bailando en las fiestas o desfilando en el cortejo del sacrificio (aunque nunca lo ofrecía); adondequiera que iba, la guardia me acompañaba; y de noche, bastaba con que me moviera en la cama para que la reina se despertase. Las cacerías eran en las colinas; pero yo sabía que los acompañantes, suponiendo que estaría herido en alguna parte, enviarían los perros a bus-carme. Además, los castigarían por haberme perdido; los matarían, muy probablemente; y empezaba a sentirme responsable de ellos. Estando tan a menudo en su compañía, no podía evitarlo.
Además, en el caso de que lograra huir, llegaría a la corte de mi padre reducido a la condición de mendigo fugitivo y quizá la reina lo amenazaría con una guerra. ¡Hermoso papel haría yo huyendo de una mujer! Quería llegar a presencia de mi padre hecho un hombre de quien se ha oído hablar. Para que él dije-ra, antes de reconocerme: «¡Ojalá yo tuviera un hijo así!».
«¡No! —pensé—. ¡Por el inmortal Zeus! Tengo tiempo por delante. El otoño, el invierno y la primave-ra. Si no llego a Atenas a cara descubierta y precedido de mi fama, merezco quedarme en Eleusis y aceptar la moira de sus reyes.» Observé lo que me rodeaba, escuché y pensé. Cavilé sobre los megarenses y sobre Pilas, el hijo de Niso, que tenía fama de buen guerrero. Sólo había una manera de rehuir el combate con él y conservar mi buen nombre: de algún modo, y muy pronto, debíamos hacernos amigos. Pensé en tal o cual recurso; pero, con todo, no veía la manera de lograrlo.
Mientras tanto, la noche conservaba su dulzura; a la canción del arpista, durante la cena, parecía siempre sobrarle un verso. Pero yo no me preguntaba ya cómo podría abandonar a la reina. Nunca le hablaba de asuntos de estado en presencia de nadie, por temor a que me humillara con respuestas que supusieran un desaire; pero si lo intentaba de noche, ella me acariciaba como a un niño. En mi país, cuando yo apenas tenía diez años, mi abuelo solía tenerme a su lado, en silencio, mientras dictaba sus veredictos, y me preguntaba después mi opinión. Aquí, algunos litigantes se dirigían a mí con sobornos, buscando ganar-se mi favor, como si yo fuese una concubina. Desde luego, se trataba de mujeres y por eso no podía partir-les la boca.
A menudo, veía en palacio a los hijos de la reina. Sólo eran cinco, aunque ella se había casado con diez reyes. Con el último no había tenido ninguno; y yo esperaba, como todo hombre, que conmigo sí se embarazara. Pero, a veces, oía hablar a las nodrizas y se habría dicho que aquellos hijos eran un favor dispensado por ella a sus padres; como si eligiera a qué reyes les daría hijos. Por eso, nunca se lo pregun-té. Sabía que, si descubría que me consideraba indigno de engendrarle un hijo, me irritaría demasiado para responder de mis actos.
Cierto día, ella se enteró de que yo había perseguido un leopardo. A juzgar por la reprimenda, se habría creído que me habían sorprendido trepando a un manzano con mi primer par de pantaloncitos. Que-dé estupefacto. Mi propia madre, que me recordaba como un chiquillo desnudo como un gusano, no habría dicho semejantes cosas. Luego, urdí respuestas, pero ya era tarde. Aquella noche, en la cama, le volví la espalda, pensando que eso era algo contra lo cual se vería impotente. Pero hasta ahí me venció; sabía de esas cosas. A la mañana siguiente, mis ojos se abrieron antes del canto del gallo y me sentí avergonzado. Comprendí que debía hacer algo para recobrar mi buen nombre. No estaba dispuesto a ser un hombre du-rante la noche y un niño durante el día por darle gusto a una mujer.
Volvería a cazar, pensé; y, esta vez, sería algo grande. Hice saber a los pastorcitos de la montaña que agradecería cualquier información sobre presas. No tardó en venir a verme uno de ellos.
—Cerción —dijo—, la gran jabalina Fea está en los montes de la frontera. Viene de Megara y tiene su cubil en la Montaña Rajada. Dicen que tiene allí una carnada de jabatos. —Siguió hablándome del animal; yo ya sabía algo sobre el asunto. Los megarenses afirmaban que tenía alojada en el flanco una punta de lanza y que por eso aborrecía a los hombres; cuando nadie la acosaba, salía de su escondite y mataba a los campesinos porque sí. Ya había causado cinco víctimas.
Esa era precisamente la presa que yo estaba buscando. Le di al niño un regalo que le hizo pegar sal-tos de alegría.
—¡Ojalá la buena diosa te dé a ti otro tanto, Cerción! El rey Niso ha puesto precio a esa bestia: un trí-pode y un buey. —Esto me sugirió una idea—. Lo llamé de nuevo cuando se iba y le pregunté—: ¿Caza en la frontera Pilas, el hijo de Niso?
El pastorcillo me respondió:
—Lo hará sin duda, señor, ahora que el jabalí está allí. Siempre lo persigue.
—Avísame, si lo veis —le dije. Me trajo la noticia pocos días después.
Reuní a mi guardia y dije a los jóvenes:
—Tengo noticia de que hay una brava fiera en las colinas.
Al oír esto, el más indisciplinado de ellos, un adolescente moreno llamado Amintor, profirió un aullido que se tragó en seco. Oí que la voz de alguien proponía una apuesta. Desde luego, sabían que yo había recibido órdenes. No hay lugar para los chismes como un palacio de mujeres, donde todos saben a medio-día cuántas veces ha abrazado uno a su esposa la noche anterior. Todos habían estado esperando a ver qué haría yo. Los eleusinos gustan de los hechos dramáticos más que del vino.
—Pilas de Megara y sus amigos creen que podrán acorralar a la jabalina de Cromión. No creo que debamos permitir que eso suceda, puesto que el animal está en nuestro territorio, a este lado de la frontera.
A los jóvenes se les agrandaron los ojos. Los vi propinarse codazos y susurrarse, lo cual me sorpren-dió bastante, no teniéndolos yo por asustadizos. Luego, alguien dijo:
—¡Una jabalina! Entonces me acordé de que esos animales son sagrados en Eleusis. No me hizo ninguna gracia; desde que había tenido noticia de Fea, me había propuesto perseguir al animal. Pero, cuando volví a pensarlo, se me ocurrió que acaso fuera para bien.
—Tranquilizaos —dije—. Tenemos que partir antes de que el sol esté alto. Pilas nos lleva la delante-ra.
Temía que alguno de ellos se acobardara y nos delatase. Si los mantenía juntos, se estimularían unos a otros. Ahora estaba de moda entre ellos ser heleno.
Partimos mientras la reina celebraba audiencia. Nadie lo notó. Yo había obrado con maña y no guar-dábamos nuestras lanzas ni el resto del equipo guerrero en Eleusis. Estaban en una caverna de una finca de la montaña. Al llegar allí arriba, descansamos de nuestra larga ascensión, y el hermano del pastorcito, que acechaba la presa, nos trajo noticias. Los hombres de Pilas habían acorralado ya a Fea; pero el animal se había abierto paso entre ellos, después de matar a dos perros y de destrozarle la pierna a un cazador. La lluvia borró su rastro; y el niño, para reservarnos el animal, les había dado a los megarenses una pista falsa. El jabalí seguía en el mismo sitio donde se había ocultado.
La lluvia se cernía sobre las colinas; bajo las oscuras nubes azulencas, el perfil de la montaña pare-cía negro y amenazador. Allá abajo, a lo lejos, se extendía la llanura y la playa de Eleusis bañadas en tenue luz solar. Era como si la negrura nos acompañase. Uno de los guardias, que era pequeño, atezado y mi-noano ciento por ciento, dijo:
—Quizá la diosa esté enfadada.
Miré el oscuro matorral y las rocas desmoronadas, bajo la negrura de las nubes, y me estremecí. La Madre de Eleusis no se parece a la Madre de Trecén. Pero yo era heleno; me había comprometido en pre-sencia de todos mis hombres; para retroceder ahora, más me valía estar muerto.
—La señora tendrá su parte y también Apolo —dije.
Cuando nombré al dios, una mancha de sol inundó la ladera.
Entre un montón de rocas desprendidas en un antiguo alud, recostadas unas contra otras y entre-mezcladas con árboles incipientes, estaba el cubil del jabalí.
Colocamos las redes lo mejor posible. No estaban clavadas en firme porque había rocas bajo la tie-rra. Cuando estuvieron en su sitio, soltamos los perros; los animales se mostraron ansiosos de ir, pero no tanto de quedarse. Comenzaron a salir algunos, tambaleándose entre las rocas, ladrando y aullando. Re-gresaban cada vez más; y entre ellos salió, como vomitado por la montaña, algo que parecía un canto roda-do negro. Luego, vi que era un ser vivo.
Yo había pensado: «Bueno, sólo una lechona puede ser tan grande». Me sentí bien recompensado por mi presunción. Los jabalíes machos que habíamos cazado en mi patria eran lechoncillos a su lado. Pa-recía un superviviente del mundo de los titanes y de los gigantes nacidos de la tierra que sobreviviera en una solitaria grieta de las colinas. Sólo que no era vieja, los grandes colmillos curvos de su larga jeta negra parecían blancos y frescos donde no estaban ensangrentados. Yo no había valorado debidamente el coraje de los megarenses; no se habían asustado de una nadería.
«¿Dónde me he metido? —pensé—Tengo la muerte ante mí y la vergüenza a mis espaldas. Y la muerte me acecha detrás, también, si mis propios hombres me desprecian.» Los jóvenes de la guardia es-taban atemorizados: consideraban un presagio las dimensiones del animal.
Ahora, la fiera estaba en las redes, debatiéndose y resollando. Me adelanté para aprovechar mi única buena oportunidad. Al cabo de un instante, las estacas saltaron de la tierra y el jabalí avanzó, arrastrando la maraña de redes y rodeado de perros. Si yo no lo detenía ahora, se metería entre los acompañantes. Pero no lograría detenerlo. No pesaba lo bastante.
Cerca, había una roca alta, con una cara lisa que miraba hacia el jabalí. Era mi última esperanza. El animal se detuvo, desorientado por las redes que lo envolvían. Con suerte, eso aminoraría su embestida. Salté apoyándome en mi lanza, recosté la espalda contra la roca y apunté al jabalí. El movimiento llamó la atención al animal, que se lanzó derecho hacía mí.
Tropezó en el camino. Aun así, necesité todas mis fuerzas para detener su embestida y evitar que se me partiera la lanza, que le penetró en el pecho por debajo de la paletilla. Yo había apoyado el mango co-ntra la roca que tenía a mi espalda. Fue el peso del propio jabalí, no el mío, lo que le clavó la lanza. Pero era yo quien tenía que sostenerla en aquella posición.
El jabalí odiaba a los hombres. Comprendí que, revolviéndose, tironeando y gruñendo, no luchaba por su vida sino por la mía. Sujeto por mi delgada lanza a aquella descomunal fuerza de la naturaleza, me sen-tía ligero como la hierba; me veía golpeado y magullado contra la roca que tenía a la espalda, como si la propia montaña tratara de matarme sobre su pecho, como a un mosquito molesto. Mi lanza podía quebrarse en cualquier momento. Entonces, cuando me preparaba para aguantar la embestida, el jabalí dio un tirón y poco faltó para que se me dislocara el brazo. Me sentí casi perdido; y el animal volvió a tirar. Debió de alte-rar la dirección de la punta de la lanza. Se retorció y revolvió una vez más, con tanta violencia que destrozó el mango de la lanza contra la roca; pero era la última convulsión de la agonía.
Permanecí inmóvil y jadeante, demasiado agotado al principio para sentir o saber nada. Cuando me recosté contra la roca, mi sangre se adhería a ella como el almuérdago. Luego, me pareció oír, muy lejos, los vítores de los acompañantes; y aunque los pies apenas me sostenían, la vida resucitó dentro de mí. Me sentí como se siente el hombre que ha hecho lo que le destinaban los dioses: libre, radiante y colmado de felicidad. Los acompañantes se abalanzaron a mi encuentro. Entusiasmados, gritaban: «¡Chico, Chico!» Y me lanzaron a los aires. Ya no me importaba aquel apodo, pero me dolían las magulladuras. Pronto, al ver la sangre, me dejaron en el suelo y se acusaron y censuraron unos a otros. Dije:
—Bastará con grasa de jabalina.
Pero un hombre que estaba en la ladera replicó:
—Tengo un poco de ungüento. Está a tu disposición.
Vi a un guerrero heleno de unos veintiocho años. Su cabello rubio estaba trenzado y recogido para la caza; tenía la barba recortada, el labio superior bien afeitado y los ojos de un gris claro, brillantes y vivaces. Lo seguía un joven con lanzas para cazar jabalís y un grupo de cazadores. Le di las gracias y le pregunté, por guardar las formas, si era Pilas, hijo de Niso, aunque sabía que lo era. Se notaba en todos los detalles.
—Sí —dijo—. Me has arrebatado mi presa, muchacho, pero el espectáculo me ha salido barato. Ten-go entendido que eres el Cerción de este año, el que ha venido por el istmo.
Le dije que sí y pareció apenarse al oírlo, lo cual me resultó extraño después del tiempo que llevaba en Eleusis. En cuanto a lo de llamarme muchacho, no se podía esperar razonablemente que el heredero de un reino heleno tratara a quien era rey por un año como sí perteneciera a la realeza.
—Sí —dije—. Soy Cerción, pero me llamo Teseo. Soy heleno.
—Eso parece —dijo él, mirando el jabalí.
Y llamó a su portalanzas para que me untara la espalda con aceite. Me alegró saber que era un no-ble, ya que se trataba de su primo.
Mientras tanto, una muchedumbre se había agolpado a nuestro alrededor y oí que varios de mis jó-venes insultaban a los megarenses. Esto podía provocar conflictos enseguida, tratándose de hombres que acababan de estar en guerra. Les hice señal de que callaran, pero estaban demasiado satisfechos de sí mismos. Cuando me iba, Pilas dijo:
—Puedes reclamarle la recompensa a mi padre: un trípode y un buey.
En medio de todo aquel alboroto hasta yo me había olvidado del premio, aunque era precisamente lo que buscaba. Nada habría podido complacerme más.
—¡Escuchad! —grité—. He aquí a un hombre que no conoce la mezquindad. Aunque ha perdido su presa, me recuerda que debo reclamar el premio.
Entonces, los acompañantes se sosegaron, avergonzados, y yo dije:
—El buey será nuestro festín de la victoria, porque la presa pertenece a la señora y a Apolo. Lo asa-remos aquí e invitaremos a estos guerreros a compartirlo con nosotros.
Pilas parecía hombre capaz de aguantar una broma y por eso le dije, aparte:
—La carne de puerco les está prohibida, pero el buey de Megara siempre es dulce al paladar.
Se echó a reír y me dio una palmada en el hombro. Entre las rocas, había unos jabatos que chillaban.
—¡Por Zeus! —dije—. Olvidaba la camada. Si tu padre quiere a esos animalitos, llévaselos con mis saludos.
Pilas envió a un hombre a las rocas. La camada constaba de cuatro hembras y siete machos; de mo-do que le habíamos ahorrado algunos problemas a la gente de aquellos lugares.
Mis hombres se pusieron a desollar el jabalí. Más tarde, me hice un buen casco de guerra con su piel y sus dientes; el cuero se trabajaba bien, era flexible y resistente. Antes de que acabaran de desollarlo, volvieron los enviados de Pilas con el premio. También trajeron leña para el asado y para quemar la ofren-da. Vi a Pilas perplejo cuando mis minoanos ofrendaron a Apolo; pero por entonces era ya una costumbre de mi guardia. Estimaban al dios que protege a los hombres de la ira de las diosas y sabe mantener a raya a las hijas de la noche. Lo que no había logrado yo era que apreciasen a Poseidón. En Eleusis, los maridos de la madre, como los de la reina, tienen poca importancia.
Con todo esto, habíamos llegado a la hora en que las sombras se alargan. Las nubes se habían disi-pado y una luz color vino dorado bañaba las montañas. Dije yo a Pilas:
—No se puede andar por estas montañas a oscuras, pero sería una lástima abandonar este festín como si estuvieseis de marcha. ¿Por qué no buscar un refugio al amparo del viento, y hojas y ramas sobre las que dormir? Entonces, podremos cantar y contar historias hasta la medianoche.
Se le abrieron los vivaces ojos y me pareció que iba a reírse. Pero aquella expresión se borró de su rostro y dijo cortésmente que nada sería más de su gusto. Me volví hacia mis hombres y los vi a todos re-unidos en un apretado grupo. Bayo se me acercó y me susurró al oído:
—Teseo, ¿no será esto ir demasiado lejos?
—¿Por qué? —repliqué.
—Has de saber que el rey nunca duerme fuera —dijo él en un susurro.
Yo no había pensado siquiera en eso, tan satisfecho me sentía de vivir otra vez como un hombre en-tre hombres. Por nada del mundo me excusaría ahora con Pilas y me expondría a ser el hazmerreír de los helenos.
—Para todo hay una primera vez —dije.
Bayo tomó aliento.
—¿No comprendes? Tu vida peligra desde que la reina dijo que no. Y has matado un jabalí hembra. Y, ahora, si duermes fuera, ella creerá que has estado con una mujer.
Bayo tenía buenas intenciones, pero había ido demasiado lejos.
—Esas son cosas que se solventan entre marido y mujer. Tú has hablado, Bayo, y yo te he escucha-do. Ahora, ve y ayuda a los demás.
Colocaron los asadores y la yesca encendió el fuego. Anocheció y la hondonada se llenó del resplan-dor de las llamas como se llena de vino el cuenco de las ofrendas. En realidad, sólo nos faltaba vino, cuan-do llegaron hombres de una aldea que había al pie de las colinas con todo un odre, para agradecernos el haber matado a Fea. Estuvieron contemplando el trofeo y yo pensé: «Cuando oscurezca, la noticia habrá llegado a Eleusis. Bueno. Ya que hemos empezado, adelante».
La carne estaba asada y nuestros dientes, impacientes. Pilas compartió conmigo su copa de cuerno con filete de oro; los demás bebían del odre. Todos cantaban, aprendiendo helenos y minoanos los estribi-llos ajenos. Al principio, mis muchachos estaban cohibidos y, luego, se soltaron; fueron helenos por una noche, pero con temor al mañana. Yo mismo tampoco lo olvidaba.
Al aumentar el alboroto, Pilas y yo nos acercamos el uno al otro. Era la hora de conversar. Para eso había matado yo a Fea. Pero era más consciente ahora de mi juventud que cuando tenía al jabalí ensartado en mi lanza. A menudo, en Trecén, ayudaba a mi abuelo a agasajar a hombres como aquél. Me mostraba cortés con ellos en el salón; le decía al arpista con qué debía lisonjearlos o les cantaba yo mismo; y los despedía con los regalos que se hacen a los huéspedes cuando bajan del cuarto de arriba, terminada ya su visita. Por entonces yo era un chiquillo y no participaba en los asuntos de los hombres. Mientras meditaba sobre esto, oí murmurar a un megarense: —A medida que la reina envejece, los reyes son más jóvenes. Ahí tienes a uno sin barba.
Aquello me favoreció. Porque, como Pilas era un caballero y temió que yo lo hubiese oído, me pidió que contara cómo había matado a Escirón. Eso era darme hecha la mitad de la tarea.
Cuando se reanudaron los cantos, hablábamos aún del istmo. Dije:
—Logré abrirme paso y llegar vivo, y lo hice solo. Pero, a estas horas, algún otro estará robando en el tramo de carretera donde operaba Escirón. Y lo mismo sucederá mientras no se limpie el camino del istmo de extremo a extremo. No es trabajo para un solo hombre ni para un solo reino.
Cantaban ruidosamente; el vino volvía a circular. Añadí: — Dos podrían hacerlo.
Vi brillar sus ojos. Pero Pilas era astuto y había vivido en el mundo diez años más que yo.
—¡Eso significaría guerra! Pero ¿interesaría a los eleusinos? ¿De qué servirían sus rutas marítimas si estuviesen despejadas las carreteras? —Cabeceé; ya había pensado en eso.
—El camino pasa también por Eleusis. Les traería comercio cuando el invierno cierra las rutas por mar. Además —agregué, sonriendo—, su ganado engordará en paz si los megarenses conservan el suyo.
Pilas se echó a reír. Vi que me escuchaba de hombre a hombre. Pero pronto lo perdería si mis pala-bras le parecían demasiado simplistas o temerarias, y dije:
—Tu padre tendría que negociar con Janto, el hermano de la reina, no conmigo. Pero todos saben en Eleusis que Janto lucha por el botín. Dile que las bodegas de los ladrones están repletas. Eso le hará inte-resarse.
Pilas me pasó su cuerno de beber y poco después, dijo:
—Lo has pensado todo bien, Teseo. Dime, ¿qué edad tienes?
—Diecinueve años —respondí.
Y casi hasta me lo creí yo.
Me miró y se echó a reír con una risita sofocada.
—¿Qué hicieron en Eleusis? Tendieron trampas para cazar un ciervo y atraparon un leopardo. ¿No lo saben aún? Dime, muchacho, ¿por qué haces eso? ¿De qué te servirá el año que viene a estas horas?
—Cuando mueras, Pilas, te construirán una tumba revestida de piedra labrada. Te pondrán un anillo en el dedo, y en las manos, tu espada; te darán tu mejor lanza y la copa de la que bebes en el salón. Des-pués de cien años, cuando el anillo cuelgue flojo del hueso, los ancianos les dirán a sus nietos: «Ésa es la tumba de Pilas, hijo de Niso, y éstas fueron sus hazañas». Y los niños se lo dirán a sus nietos, y ellos a los suyos. Pero, en Eleusis, a los reyes muertos los entierran en los campos, como estiércol de caballo, y no tienes nombre. Si yo no escribo mi epitafio, ¿quién lo hará?
Pilas asintió y dijo:
—Es una buena razón.
Pero me seguía mirando y adiviné lo que iba a decir a continuación.
—Teseo, he vivido casi treinta años cerca de Eleusis. Sé qué aspecto tiene el hombre que presiente su fin. Los hijos de la tierra lo llevan en la sangre. Van hacia su fin como los pájaros atraídos por la danza de la serpiente. Pero, si la serpiente danza ante el leopardo, es el leopardo quien salta primero. —Pilas era astuto; habría sido estúpido mentirle.
Y dije:
—En el país de donde vengo, los hombres se obligan mediante acuerdos. —Y agregué—: Pero yo podría hallar mi fin en la batalla—. ¿Quién quiere vivir sin un nombre?
—No tú, desde luego. Pero con una levadura como la tuya en acción, podrían cambiar las costumbres de Eleusis. Se cuenta que ocurrieron cosas así en tiempos de nuestros antepasados.
Sus palabras despertaron pensamientos dormidos en mi corazón. Ahora, después de mi victoria, otras cosas parecían posibles y yo era demasiado joven para ocultarlo. Miré hacia el fuego de la hoguera y Pilas dijo:
—Sí. Y podríamos encontrarte un vecino con inquietudes.
Me gustó su franqueza. Nos entendíamos.
—Lo que estamos comiendo no es el buey de tu padre y mi premio —dije—. No sé cuál de nosotros es el huésped y cuál el anfitrión, pero, de todos modos, hemos compartido el fuego.
Escudriñó mi rostro con una de sus habituales miradas penetrantes y joviales; luego, me tomó la ma-no y me la estrechó.
El fuego se apagaba, las cenizas se volvieron rojas y grises, con algunas chispas doradas; los perros masticaban huesos.
Cuando reinó el silencio, nos recostamos y hablamos en susurros; vi que más de uno de mis minoa-nos velaba para observar si Pilas me hacía el amor. Convinimos en instigar la guerra para aquel otoño, me-jor que esperar hasta la primavera; como yo, él era de los que deciden una cosa y la hacen.
—Pídele a tu padre que diga que Cerción sabe cruzar el istmo. A mis jóvenes no les gusta ser la re-taguardia.
Se echó a reír y me lo prometió. Luego, nos dormimos. Yo, bocabajo, porque me dolía la espalda. A la mañana siguiente, cuando emprendimos el regreso, Pilas me dio como regalo de anfitrión su copa con filete dorado. Los acompañantes se quedaron mirándonos y preguntándose si habrían velado el suficiente tiempo por la noche.
Poco después del mediodía, llegamos a Eleusis. Vi que el pueblo nos aguardaba y la gente vitoreó la jeta del jabalí, que dos soldados llevaban sobre sus lanzas. Yo estaba harto de ocultar mis actos como un niño travieso.
No encontré a la reina en la sala del palacio. La niñera principal estaba allí con los niños y la lanzade-ra pendía del telar. Cuando subí, hallé atrancada la puerta de la alcoba.
Me alejé, sintiendo que me ardía la cara. Era demasiado joven para tomarme aquello con despreocu-pación. Pensé que se sabría en todo el reino que mi mujer me echaba del dormitorio, como a un esclavo. Cuando golpeé con los nudillos, por segunda vez, oí dentro la risita de una criada; y otras dos pasaron cuando me alejaba, disimulando sus sonrisas. Ella no me trataba con tanto desdén cuando nos acostába-mos.
Tenía ante mí la escalera que iba al tejado. La subí corriendo y avisté la terraza real. No estaba muy lejos y sólo había, al fondo, una mujer que tendía ropa. Me deslicé entre los dientes de las murallas, me colgué de las almenas y me dejé caer. Desde niño sabía saltar con agilidad.
Caí de pie y me disloqué un poco el tobillo; no lo bastante para hacerme cojear, pero me dolía y eso agravó mi cólera. Corrí hacia la ventana de la alcoba, abrí de par en par las cortinas y encontré a la reina bañándose.
Por un momento, la situación me recordó el dormitorio de mi madre diez años antes: la camarera, con las horquillas y el peine, el vestido, tendido sobre la cama, el vapor perfumado que emanaba la reluciente arcilla roja. Mi madre era más blanca, y su fragancia, más fresca y primaveral; debía de ser más joven que la reina entonces, pero yo no pensé en nada de esto. Oí la sibilante respiración de la reina y vi su rostro.
En cierta oportunidad, en mi infancia, teniéndome prometida mi preceptor una paliza, entré casual-mente antes de lo esperado y lo sorprendí abofeteando a una muchacha del palacio. La zurra fue terrible. También ahora llegaba demasiado pronto. Ella se quedó mirándome, metida en la bañera hasta las rodillas, con el rostro sin pintar y húmedo de vapor, con un pie fuera y estirado para que le cortaran las uñas. Com-prendí que me lo haría pagar caro.
Retiró el pie, haciendo caer el cuchillo de la camarera.
—Sal y espera —me dijo—. No hemos terminado.
Como si yo fuese un criado. Era, precisamente, lo que yo necesitaba. —No tiene importancia que no hayáis salido a darme la bienvenida, señora —dije—. Algo os lo impidió. No hablemos más del asunto.
Y me senté en la cama. Hubo revuelo y agitación entre sus mujeres. Pero adiviné, por el silencio ge-neral, que la temían. En el cuarto de mi madre, aquello habría sido como un palomar cuando entra el gato.
La reina se sentó muy erguida en la bañera; yo cogí su blusa púrpura y miré el bordado.
—Bonita labor, señora —dije—. ¿Es obra vuestra? —Ella hizo una señal a una de las mujeres, la cual la envolvió en un lienzo blanco mientras se ponía en pie.
—¿Qué significa esta insolencia? ¿Has perdido el juicio? Levántate y vete.
Miré a las doncellas y contesté:
—Hablaremos cuando estemos a solas, señora. Recordemos quiénes somos.
De improviso, ella se abalanzó sobre mí, con la ropa apretada contra su cuerpo y el rojo cabello lla-meante. No recuerdo ya todos los epítetos con que me obsequió: domador de caballos, bárbaro, hijo de ladrones de ganado, patán del norte, salvaje indigno de vivir en una casa. —Las mujeres se apretujaron junto a la puerta, como ovejas asustadas. Me levanté de un salto, gritando—:¡Salid de aquí! Y mientras es-taban boquiabiertas aún, las empujé afuera y atranqué la puerta.
Volví rápidamente junto a la reina y la aferré de los codos, apartando bien sus manos de mis ojos.
—Señora —dije—, nunca he pegado a una mujer. Pero jamás he conocido a ninguna que se olvidara tanto de quién es. Mi honor no consiente que mi esposa me insulte como si fuera un ladrón. Callaos y no me obliguéis a infligiros un correctivo. No sería agradable para ninguno de los dos.
Por un momento, permaneció envarada entre mis manos. Luego, abrió la boca. Yo sabía que debía de haber guardias cerca de allí. Pero tenía que elegir entre eso y la alternativa de dejar que mandara ella.
Cuando vi que sus ojos miraban hacia donde estaban los guardias, le tapé la boca con la mano. Trató de mordérmela, pero no la retiré. Para ser mujer, era vigorosa. Mientras forcejeábamos, tropezamos y caí-mos en la bañera, volcándola. Luego, quedamos tendidos en un charco, sobre el suelo a cuadros, entre los olores de los aceites derramados, los ungüentos y los potes rotos del escabel. La sábana de baño, que no le habían ceñido bien al cuerpo, se tornó pesada con el agua tibia y se arrastró por el suelo. «Por una vez, en esta habitación, será un hombre quien diga qué debe hacerse», pensé. En ese mismo instante, sentí un dolor en el hombro, como si me hubiera picado una abeja. Ella había agarrado el cuchillo caído de cortar las uñas. No era muy largo, pero si lo bastante, me parece, para llegarme al corazón; no obstante, yo me había movido haciéndole fallar el golpe.
La sangre se extendió por el lino húmedo formando grandes manchas escarlatas. Mientras, yo seguía tapándole la boca con la mano.
—Piénsalo antes de llamar —dije—. Tus guardias están al otro lado de la puerta; mi daga está aquí. Si me envías al mundo de las sombras antes de tiempo, por Zeus que me acompañarás.
Le di un momento para pensarlo y luego la solté. Respiró hondo —creo que casi la había estrangula-do— y entonces, volvió la cara contra el lino ensangrentado y lloró entre espasmos.
Yo era demasiado joven y no me esperaba aquello. Durante unos instantes, permanecí tendido a su lado, mirándola como un tonto, y no se me ocurrió nada mejor que retirar un cacharro roto que tenía bajo la espalda, por temor a que se cortase, mientras mi sangre le caía sobre el pecho. Se la sequé con la sábana y logré contener un poco la herida. Luego, levanté en vilo a la reina, sacándola del charco y de aquel caos, y la llevé a la cama.
Poco después, una de las mujeres rascó en la puerta y preguntó si la reina necesitaba algo.
—Sí —dije—. Que nos traigan vino.
Cuando lo trajeron, yo mismo lo recibí; y después, ya no nos levantamos hasta la hora de encender las lámparas. Habríamos podido quedarnos hasta más tarde, pero ella dijo que debían despejar la habita-ción antes de la noche. Debo confesar que parecía haber sufrido el saqueo de un ejército invasor.
Después de esto, hubo un periodo de calma en Eleusis. Me propuse complacer a la reina; ahora que le había demostrado que yo no era el perro de nadie, no tenía ganas de pelear. Ya no dormía fuera ni sentía en realidad deseos de vagabundear. Una o dos de sus muchachas me miraban de soslayo, ahora que me creían infiel; pero yo rehuía sus ojos. A veces, veía a la mujer que había llorado a Cerción. Era una de las doncellas encargadas del baño; pero, cuando venía a servirme, yo acostumbraba llamar a otra. Las miradas de odio son más dolorosas cuando uno está desnudo.
Habíamos tenido la primera helada matinal cuando llegaron heraldos del rey de Megara para solicitar a los eleusinos que le ayudaran a limpiar el istmo. Las condiciones eran las que yo había convenido con Pilas: no más incursiones para robar ganado, una participación justa en el botín y paso libre por ambos re-inos para el tránsito del otro cuando la carretera estuviese despejada.
Janto convocó una asamblea de guerra en la llanura, junto a la playa. Aquélla era la única asamblea de hombres que autorizaba la ley del país. Asistí con mi guardia y la situé en el lugar habitual. Les dije que hiciésemos una entrada digna, enérgica pero sin fanfarronería, lo cual, a mi entender, caracteriza al hombre que concibe que pueda ponerse en duda su valor. Los guerreros parecieron aprobar ese porte.
Los heraldos megarenses hablaron para exponer los argumentos que los reyes no gustan de escribir en sus cartas. El consejo se desarrolló con sumo orden. Aquellos hombres habían copiado de los helenos el uso del cetro y no vi hablar a nadie sin tenerlo. No tardaron en decidir la guerra, pero los más viejos eran partidarios de esperar hasta la primavera.
Todo esto estaba muy bien para la gente que tenía el resto de su vida por delante. Me levanté y bus-qué con la mano la vara con relieves de oro.
—En invierno, los hombres se comen la riqueza del verano — dije—. ¿Por qué han de regalarse esos ladrones bastardos durante una estación con un ganado cebado que podría ser nuestro? ¿Y por qué han de calentarles las camas cautivas que cambiarían de dueño de buena gana? —A los jóvenes esto les gustó y aplaudieron—. Además, si nos demoramos tanto, se enterarán de nuestras intenciones —dije—. Eso les dará tiempo de reforzar las torres y de enterrar el oro. Perderemos la parte más rica del botín. Eso, en el mejor de los casos.
Todos opinaron que lo que yo decía era sensato; también Janto se mostró de acuerdo. Recordó a los demás que necesitaríamos dos días de marcha, sin cruzar el mar, y dio su decisivo voto a favor de luchar en otoño.
El heraldo de Megara propuso entonces que Cerción, que tenía experiencia en el istmo, acaudillara la vanguardia. Miré a Janto, de quien esperaba que se opusiera de uno u otro modo. Pero, cuando se hizo el silencio y pudo hablar, el hermano de la reina dijo muy cortésmente que no tenía nada que objetar.
Me sentí muy satisfecho de mí mismo. Creía que Janto impediría mi plan. Un par de veces, desde la pelea en la cámara matrimonial, había sorprendido sus ojos clavados en mí. Pensé que mi elocuencia lo había convencido. Un joven es aún más joven cuando se cree todo un hombre.
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Teseo: El rey debe morir
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