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¿Cuál de los placeres de la juventud puede compararse con los preparativos para la primera gran guerra de un joven, cuando embadurna con aceite la vara de su lanza y la prueba, afila espada y daga, y la punta de la lanza, hasta que sirven para cortar un pelo, lustra su carro de combate hasta ver el reflejo de su rostro, suaviza el cuero con cera de abejas, pensando, mientras lo hace, en engañosas estocadas y quites, o ensayando con un amigo y visitando tres veces al día la cuadra para velar sus caballos? Yo estaba pre-ocupado por cómo conseguiría un auriga para el carro, pero Janto me encontró uno. Antes de mi llegada, su tiro era la única pareja de caballos helenos que había en Eleusis. Me alegró verlo tan servicial.
La noche que precedió a nuestra partida me paseé por la terraza inferior y contemplé, al otro lado del campo de lucha, las montañas del Ática que se difuminaban en el borroso cielo del este. Mientras estaba parado en la oscuridad, con los acompañantes no muy lejos, pensé en cuánto decían apreciarme y en si podía atreverme a decirle a alguno de ellos: «Si muero en la batalla, lleva mi espada a Atenas y entrégasela al rey». Pero no había nadie en quien me atreviera a confiar hasta ese punto. «Más vale así —pensé—. La esperanza nunca ha perjudicado a nadie. Así que ¿por qué habría yo de afligirlo?» De modo que me reuní con los demás y me uní a sus risas y payasadas. Daba gusto ver su entusiasmo.
Aquella noche, la reina se levantó pronto de la mesa después de cenar. Cuando la seguí, no hubo muchas palabras, pero no olvidábamos que nos esperaban noches solitarias. Después de nuestro último abrazo, me conmovió sentir sus párpados húmedos. Le dije que reservara eso para el día de mi muerte y no para presentarse ante los dioses.
Pronto me despertaron la trompeta y los gritos de los soldados al formar. Me levanté también para armarme, mientras ella seguía acostada observándome con los ojos semicerrados. El cobertor de piel de algaba con forro púrpura estaba tirado en el suelo de colores. El cabello de la reina parecía tan oscuro como el rojo pórfido a las primeras luces del amanecer.
Me ceñí el cinto, me calcé las grebas y me puse una túnica blanca con flecos, porque el tiempo era glacial. También me calcé los brazales y el collar regio; nunca me ha gustado entrar en combate con aspec-to de ser de los que prefieren no llamar la atención. Después de recogerme el pelo, me calé mi nuevo casco hecho con la piel de Fea y miré a la reina sonriendo, para recordarle cómo habíamos hecho las paces des-pués de nuestra riña. Pero ella seguía tendida, inmóvil y soñolienta, sonriendo con la boca pero no con los ojos. En la ventana clareaba el día; el pájaro blanco pió flojito y ella dijo:
—Bésame otra vez.
En el patio, que no se veía, oí el rechinar de mi carro al salir de las caballerizas. Cuando me volví pa-ra empuñar el escudo, pensé: «¿Por qué he de enojarme? Aquí soy un lobo entre una jauría de perros. Un minoano no se enojaría. Entre los hijos de la tierra, ningún hombre cuenta con llegar más arriba de lo que estoy yo. Dicen que los hombres vienen y se van, pero el niño se gesta en el vientre. No conozco ningún bien por el cual valga la pena luchar salvo por éste, ser elegido para la Madre, excitar a una mujer y morir; yo no pediría sobrevivir al apogeo de mi fortuna. ¿Por qué estoy tan irritado, pues? ¿Será por ser heleno por lo que la sangre de mi corazón me dice: "Hay algo más"? Pero no sé qué es ni si tiene nombre. Quizás haya algún arpista, hijo y nieto de bardos, que conozca la palabra. Yo sólo lo siento en mi corazón; es una alegría y un pesar».
Pero, como es sabido, no es conveniente ni prudente que un hombre se vaya a la guerra disgustado con su esposa y, menos aún, siendo rey. Por eso no le pregunté por qué seguía acostada, cuando, en reali-dad, debería haberse vestido para despedirme. Me incliné para besarla; irguió ella la cabeza como una ola atraída por la luna de la primavera y su boca, como espontáneamente, rozó la mía; luego, volvió a dejarse caer en silencio. Durante un momento, permanecí inmóvil; tenía deseos de preguntarle si había concebido un hijo mío; pero no sabía si su silencio era sagrado ni si traería mala suerte romperlo. Por eso no dije nada y me fui.
Después de cruzar la frontera, nos unimos a los megarenses y nos dirigimos al final del camino cus-todiado. Allí, se internaba en el istmo, donde nadie lo cuidaba y lo invadían las cizañas; y en vez de las ata-layas que se yerguen donde rige la ley de un rey, sólo estaban las guaridas de los bandidos, agazapadas entre los roquedos. Algunas carecían de nombre, otras tenían nombre y fama. La primera era el castillo de Sinis.
Se alzaba sobre una ladera cubierta de pinos y era una torre cuadrada construida por titanes, nadie sabe cuándo, con piedra caliza gris oscura. Sinis había instalado allí su cubil, como se aposentan las hienas en las ciudades consumidas por las llamas. Las murallas eran escarpadas; necesitaríamos escalerillas y rampas para tomarla. Cuando fuimos a talar los pinos, comprobamos que era verdad lo que se decía. Vimos amarrados a ellos pedazos de cadáveres, unas veces, un brazo o una pierna, en ocasiones, un tronco. Sinis acostumbraba doblar dos ramas jóvenes, atar a un hombre entre ellas y soltarlas luego. Las cuerdas aún colgaban de los troncos, algunos de los cuales eran ya grandes árboles de cuarenta pies de altura. Sinis llevaba muchos años en el oficio. Y, por si alguien se pregunta si le exigía ese sacrificio algún dios, he de decir que obraba así por placer y que nunca lo disimuló.
Nos apoderamos de la torre al tercer día. Sinis no había terminado de amurallar sus dominios, tan seguro de sí mismo estaba mientras ofrendaba víctimas en aquel execrado bosquecillo. Combatió en su patio como rata acorralada cuando forzamos las puertas; y gracias a mí, lo capturamos vivo, porque reco-nocí su rostro por haberlo visto al acecho la otra vez que crucé el istmo.
Celebramos unos funerales decorosos para los restos que descolgamos de los árboles; pero había trozos que no logramos alcanzar, además de lo que debían haberse llevado los cuervos. De noche, en el bosque reinaba gran animación, como en una cueva de murciélagos, a causa de las almas de los hombres insepultos que pataleaban y revoloteaban. Les dimos lo que ansiaban. Cuando Sinis vio que doblábamos unas ramas para él, ni siquiera afrontó como un hombre el ajuste de cuentas; sabía lo que era el dolor, lue-go de haberlo estudiado durante tanto tiempo. Habría que dejarlo colgado, como hiciera él con otros, hasta desangrarse. Pero mientras agonizaba, con la mayor parte de su persona colgada allí arriba y vociferando, sentí náuseas, ya que mi estómago no era tan resistente como el suyo. Me avergonzaba que alguien me viera tratar con demasiadas consideraciones a un enemigo y dije a mis jóvenes que le dispararan flechas para hacer puntería. No tardó un flechazo en acabar con Sinis. Habíamos liquidado previamente a sus hombres. Cuando hubimos sacado del castillo lo que guardaba en los almacenes, así como las mujeres, incendiamos el bosquecillo. Las lenguas de las llamas nos ocultaron la cima de la colina, y el humo se vio en Eleusis.
Acampamos a cierta distancia y llegó la hora de dividir el botín. Janto y Pilas se lo repartieron equita-tivamente, como era su deber; pero cuando vino Janto a darnos nuestra mitad, la parte que correspondió a mis jóvenes resultó algo peor que mezquina, lo cual era un desaire para mi posición. Debí haberle dicho a Janto lo que pensaba de él; pero, aunque sus tropas no le tenían mucho afecto, por lo menos lo conocían, y yo era un extraño. Por eso dije a la guardia, para que todos lo oyeran: —Esto es lo que opina Janto sobre cómo habéis combatido hoy. Bueno, un jefe militar, que debe velar por todo, no puede estar en todas partes a la vez. Quizás él no os haya observado tanto como yo. Pero yo os haré ver cuál es mi opinión.
Y dividí entre ellos mi parte, sin conservar siquiera a una muchacha con quien acostarme aquella no-che y guardándome apenas las armas de los hombres a quienes había matado con mis propias manos. Mis jóvenes se mostraron complacidos y Janto bien poco; de modo que cada cual recibió lo que merecía.
En tres o cuatro días más de guerra, tomamos y quemamos todos los grandes baluartes; pero queda-ron muchas bandas pequeñas, cuyos cubiles estaban en las cavernas y en las grietas de las rocas. Recor-dé, y se las mostré a los demás, sus señales junto a la carretera, un montón de piedras o un trapo atado a una zarza, que indicaban su ruta para que la vieran los que viniesen detrás. Y, entonces, los campesinos, que habían vivido temiéndolos y que tenían que alimentarlos cuando los bandidos no hallaban viajeros que despojar, comenzaron a confiar en nuestra fuerza y a señalarnos sus escondites. Así que los perseguimos hasta sus guaridas o los hicimos salir ahumándolos.
Entre dos de estas batidas, el ejército avanzaba por la carretera, subiendo por donde ésta bordea el acantilado. Yo iba a la cabeza, en mi carro, a paso de marcha, seguido por mi guardia. De pronto, en lo alto, en la ladera de la colina, se oyó un gran fragor y estruendo y cayeron rodando dos o tres grandes piedras del tamaño de una cabeza humana. Caían derechas hacia mí, pero chocaron contra un saliente y saltaron al camino delante de mi carro, dejando profundas huellas antes de caer rebotar al precipicio. Mis caballos se encabritaron y empinaron las orejas. Sentí que se zafaban del auriga, quien debería haberlos dominado mejor que yo por ser más corpulento, y le arrebaté las riendas. Dos de mis muchachos, arriesgándose mu-cho, vinieron corriendo, cogieron la cabeza de los caballos y entre los tres logramos calmarlos. En cuanto al auriga, aunque habíamos tenido que sacarlo de apuros, no convenía enfadarse demasiado con él, puesto que no había otro. La gente de la ribera no es muy hábil con los caballos. Además, aquel hombre había recibido su lección al asomarse al precipicio; eso lo hizo palidecer y le castañetearon los dientes. Dexio y Escirón habían muerto por aquellos parajes.
Algunos de mis jóvenes subieron enseguida a la cima de la colina, para ver si había bandidos al ace-cho. Janto, que no venía muy rezagado, envió también una patrulla. Todos volvieron sin haber hallado a nadie y sólo se encontraron entre sí. Dije:
—Por aquí hay espíritus atormentados. Dexio no recibió sus ofrendas, y Escirón, ni sepultura. Más vale que lo enterremos, antes que mate a algún viajero.
Los huesos de Escirón seguían sobre la roca con forma de tortuga, despellejados por los pájaros; con ciertas dificultades, los rescatamos y les dimos sepultura, y celebramos los ritos debidos a
Dexio. Yo tenía más motivos aquel día que muchos otros para desear que viviera.
Incluso sin bandidos, el camino del istmo es abrupto y peligroso. La legión de muertos que lo habita tiene necesidad de alivio y el sacudidor de la tierra exigía su parte. Por eso, más adelante, hice que se le erigiera un gran altar en el estrechamiento del istmo y fundé sus juegos. Tenía buenas razones para elegir ese sitio.
Llegamos allí al día siguiente. Ahora alcanzábamos a ver el baluarte de Corinto que coronaba su ro-ma montaña; del santuario de la Madre, que estaba en todo lo alto, salía humo. Y en el preciso momento en que confiábamos en rematar con eficacia nuestra obra, descubrimos que nos esperaba una encarnizada batalla.
El istmo es un territorio agreste, el terreno ideal para quienes lo conocen bien. Muchas de nuestras presas, más de las que suponíamos, se nos habían escurrido de entre las redes. Y allí estaban, olvidadas ahora sus viejas enemistades, de espaldas contra la pared. Porque detrás de ellos estaban los países de la ley, los reinos de la isla de Pélope, donde habían cometido incestos o parricidios, asesinado a sus huéspe-des, violado a vírgenes sagradas, robado los tesoros de los dioses o las tumbas de los reyes. Cuando un hombre cometía actos de esa índole, no meros asesinatos redimibles con dinero y exonerables por Apolo, se iba al istmo. Allí, sacadas por la fuerza de sus montes, en la misma llanura donde ahora nuestros solda-dos hacen sus carreras a pie ante el dios, y libran sus asaltos de pugilismo y de lucha, y vitorean a los ca-rros en el recodo, nos esperaban las huestes de los bandidos, sombrías e hirsutas como el jabalí ahuyenta-do de su guarida que se dispone a embestir.
Dispusimos nuestras tropas en forma de hoz, para cercarlos. Los megarenses se colocaron en el cen-tro, porque tenían muchos carros; yo acaudillé el flanco izquierdo de los eleusinos, y Janto, el derecho. Eso significaba que yo era el jefe de parte de las tropas, así como de mi guardia, y me gustó ver que nadie se lo tomaba a mal. Aunque yo había tenido ya mi ración de guerra, aquélla era mi primera batalla campal... Creo que no habría sentido mayor alegría aunque hubiésemos afrontado a las huestes de alguna gran ciudad, Hazor o Troya.
El día era límpido y se percibía aún el frescor de la mañana. Los pájaros cantaban en los pinares de las alturas vecinas. Mientras iba de pie en mi carro, veía proyectarse delante la sombra de mi penacho y de mi lanza de fresno. Detrás de mí, se oía la conversación de mis jóvenes, como es natural antes de la bata-lla, ligera, confusa y alegre. Yo percibía el olor del polvo y de los caballos, el de la madera y el cuero engra-sados, y el del bronce recién lustrado.
—Cuando yo dé la orden, avanza sobre ellos —dije a mi auriga—. No esperes a los de a pie; somos nosotros quienes debemos abrir brecha. ¿Tienes preparado el cuchillo para cortar los arneses si se cayera algún caballo?
Me lo mostró; pero eché de menos a Dexio. Aquel auriga no parecía un hombre dedicado en cuerpo y alma a su trabajo. A una señal de Pilas, avanzamos a paso de marcha, como el gato antes de saltar. Cuan-do ya se distinguían los dientes y los ojos del enemigo, nos detuvimos para prepararnos y yo pronuncié el discurso que tenía dispuesto para mis soldados. Lo había entresacado más que nada, a decir verdad, de las viejas canciones guerreras, pensando que no podría superar a los bardos y a los héroes. «Cuando suene la trompeta y lancemos el grito de guerra, cargaremos como el gavilán que se lanza sobre la garza, al que nada puede torcer su rumbo una vez emprendido el vuelo. Nos conocemos: ni la espada ni la lanza ni la flecha pueden herirnos, ni de lejos, como la deshonra ante nuestros propios ojos. ¡Poseidón de los cabellos azules! ¡Asolador de naves y ciudades! ¡Condúcenos a la victoria! ¡Antes de la puesta del sol, pon sus cue-llos a nuestros pies y llena sus bocas de polvo!» Los guerreros profirieron vítores; la trompeta hendió el aire resplandeciente. Les di el tono del peán y el auriga se inclinó hacia delante. Dos de mis jóvenes más vale-rosos, que se habían jurado amor eterno, se asieron de ambos lados del carro, no queriendo que yo abriera paso delante de ellos. Resonaba en mis oídos la agradable algarabía: traqueteo de carros, agudos gritos de guerra, repiqueteo de armas y escudos, tamborilear de pies y cascos, alaridos de desafío cuando los hom-bres escogían enemigo. Elegí para mí a un hombre alto que daba órdenes y cuya caída, probablemente, desalentaría a los demás. Mientras mi carro avanzaba dando tumbos sobre piedras y matorrales, yo tenía los ojos clavados en él y le gritaba que me esperase. Las filas de rostros se abalanzaron sobre mí, con son-risa burlona o con el entrecejo fruncido y cara adusta; el carro atravesó la muchedumbre como un barco de afilada proa que resbala desde el varadero al oscuro mar. Luego, de pronto, pareció como si la tierra me rechazara de su pecho. Me sentí proyectado a un costado del carro, por encima de la baranda, sobre un hombre que gruñía y que había caído conmigo al suelo. La lanza escapó de mi mano; el brazo con que afe-rraba el escudo casi se me desprendió por la articulación; la correa del casco reventó y me quedé con la cabeza desnuda. Yo y el hombre que estaba debajo de mi nos retorcimos juntos en el suelo, aturdidos. Su fétido aliento me advirtió que no era de los míos. Me repuse a tiempo y busqué a tientas mi daga y se la hundí en el cuerpo. Él cayó de espaldas, yo recobré mi escudo y me esforcé en levantarme. Antes de que
lograra arrodillarme, me vino encima un moribundo. A éste sí lo reconocí. Era uno de los jóvenes que habí-an cargado junto a las ruedas de mi carro. Le habían asestado un lanzazo entre los dientes, atravesándole el cráneo. Cuando pude zafarme de debajo de él, exhaló el último suspiro. Había interceptado una lanza dirigida contra mí.
Logré ponerme en pie y recogí mi espada. Entre el tumulto, los espantados caballos se revolvían y encabritaban, arrastrando el carro volcado, que se iba haciendo ciscos. Había perdido una de las ruedas y el ladeado eje araba la tierra. El auriga estaba despatarrado en el suelo, con la blanca vestimenta tiznada y roja. No tuve tiempo para ver más. Alcé el escudo para protegerme la cabeza de un tajo.
Por un momento me pareció estar solo entre los enemigos. Luego, se me despejó la cabeza y reco-nocí las voces que chillaban a mi espalda. Varios acompañantes me rodeaban y otros acudían, dándose voces como una jauría de perros en pos de un jabalí. Oí mi nombre. Una mano enarboló mi casco; otra se lo arrebató y me lo encasquetó en la cabeza. Canté el peán, para que todos supiesen que estaba vivo, y car-gamos.
Nunca he apreciado tanto a los guerreros que han servido bajo mis órdenes como a estos que fueron los primeros a mi mando. Eran hombres de otro país, de sangre distinta; al principio, apenas podíamos en-tendernos, pero ya no necesitábamos ningún idioma; yo adivinaba los pensamientos de cada cual, como los hermanos a los que les basta con una mirada o una sonrisa. En el año de los juegos, cuando hago el sacri-ficio, recuerdo siempre que mi vida es desde entonces un regalo de ellos.
A mediodía, la batalla había terminado. No hicimos prisioneros. Aquellos bandidos habían alimentado a los perros y milanos con cuerpos de hombres mucho mejores que ellos; ahora, les tocaba servir de carro-ña. La sorpresa de la jornada fue el botín que recogimos. Unos recibieron lo suyo y otros se hicieron cargo de la parte de sus señores caídos. Elegimos centinelas de confianza de las tres tropas para guardarlo y señores de cada reino para hacer el recuento. Los guerreros se reunieron, como se acostumbraba hacer después de las batallas, para curarse mutuamente las heridas y conversar. Mis soldados y yo estábamos sentados alrededor de un manantial que nacía entre las rocas; unos bebían el agua fresca, otros se habían desnudado para bañarse donde formaba un arroyo. Un hombre estaba gravemente herido, con la pierna partida por un lanzazo; yo se la había estado enderezando, a falta de cosa mejor, entre dos jabalinas, elo-giándole sus hazañas para hacerle olvidar el dolor. Alguien me llamó. Vi a Palans: era el joven que quedaba vivo de los dos que habían corrido junto a mi carro. Lo había echado de menos y supuse que estaría junto a la pira funeraria. Pero, ahora, arrastraba hacia nosotros a un hombre vivo, de sucia vestimenta blanca. Me levanté de un salto: era mi auriga.
—¡Salud, Rizón! — dije—. Te di por muerto al verte caer. ¿Dónde estás herido?
Palans apoyó la mano abierta sobre la espalda de Rizón con tanta fuerza que le hizo caer de frente.
—¡Herido! Míralo de pies a cabeza, Teseo. Yo le daría una oveja por cada herida que tuviera. Lo he buscado desde que terminó la batalla; me fijé en lo que sucedió cuando se desprendió tu rueda. Tú caíste de bruces, porque te pilló de sorpresa. Pero este hombre sabía hacia qué lado debía inclinarse. Juro que su cabeza no rozó el suelo; fingió estar aturdido hasta que acabó el combate.
Miré al auriga mientras se arrastraba abyectamente por el suelo y vi su rostro. En la alegría de la vic-toria, mientras me enorgullecía del valor de mis hombres, había sentido afecto por todo el mundo; ahora, penetraba en mi corazón el frío de las tinieblas. Pensé: «Este hombre es un cobarde. Pero quiso guiar un carro de combate que iba en vanguardia. ¿Por qué?».
Y, un momento después, dije:
—Vamos a ver eso.
Mis hombres volvieron conmigo al campo de batalla. Ya se estaban posando allí las aves carroñeras, desgarrando las heridas secas, y zumbaban las moscas entre los murmullos y los gemidos de los moribun-dos. Aquí y allá, nuestros soldados despojaban a los cadáveres de lo que conservaban. En medio de todo esto, embarrancado, estaba mi carro, con un caballo muerto al lado. Encontramos la rueda de bronce a pocos palmos de distancia. Dije a los hombres más próximos:
—Levantad el eje.
Lo alzaron del suelo y hurgué en el agujero la clavija. Estaba cubierto de tierra; pero, cuando raspe con mi daga, di con lo que buscaba. Lo hice rodar entre mis dedos y se lo mostré a los demás. Era cera. La clavija estaba hecha de cera.
Todos profirieron una exclamación y, mientras la examinaban, me preguntaron cómo lo había adivi-nado.
—En mi país, habla de esto una antigua canción —dije—. No debieron intentarlo con un hombre que procede de Pélope. ¿Y bien, Rizón? —Pero el auriga tenía la vista clavada en el suelo, temblaba, y no res-pondió.
—Dime por qué lo hiciste —exigí—. Ahora, nada tienes que perder. —Pero el hombre parecía enfer-mo y no contestó—. Vamos, Rizón —insistí—. ¿He alzado jamás la mano contra ti o he dañado tu buen nombre? ¿Has recibido menos que los demás cuando se repartió el botín? ¿He matado yo a algún pariente tuyo, he dormido con tu mujer o con tu sirvienta? ¿Qué mal te he hecho yo para que desearas verme muer-to?
Como Rizón no contestaba, Palans dijo:
—¿Para qué perder más tiempo, Teseo? Ya hemos visto lo suficiente.
Entonces, cuando los acompañantes le pusieron las manos encima, el auriga se dejó caer de rodillas, gritando: —¡Piedad, Cerción! Yo no quería hacerlo. Nunca te he odiado. Fue Janto quien me amenazó. Lo hice porque peligraba mi vida. Él me amedrentó.
Al oír esto, mis jóvenes contuvieron la respiración entre dientes. Sentían más temor que ira, porque yo pertenecía a la diosa y no había reinado aún la cuarta parte de mi tiempo.
—Pero —dije—, ¿por qué no me lo contaste, si no me odiabas? ¿Acaso tengo fama de olvidar a mis amigos?
Pero él sólo decía: —Me amedrentó.
Luego volvió a caer de hinojos y me rogó que le perdonara la vida.
Mis soldados me observaban. Yo me había sentido contento junto al manantial, en nuestra probada camaradería, creyendo haber hallado el único secreto de la realeza. Pero no se puede ser eternamente un niño.
—Pides demasiado —dije—. Hace un momento has tratado de matarme, porque temías a Janto más que a mí. Has sido mi maestro. Si alguno de vosotros ha usado la lanza en la batalla y conserva la espada afilada, que me traiga la espada.
Cuando me la dieron, dije:
—Ponedle la cabeza sobre la vara del yugo y sujetadlo por las rodillas y el pelo.
Así lo hicieron y ya no tuve que verle el rostro. Alcé muy alto la espada y la descargué sobre su cue-llo; y así murió, de mejor modo que la mayoría de los hombres, de no ser por el miedo.
Después de esto, hicimos sacrificios a los dioses, para agradecerles la victoria. Los eleusinos ofren-daron a su dios de la guerra, Enialio, y yo también le ofrecí víctimas; nunca es prudente descuidar a los dioses del lugar, dondequiera se esté. Pero yo levanté mi propio altar a Poseidón, y en ese mismo lugar construí más tarde su santuario.
Quemamos a los caídos. Palans había puesto el cadáver de Rizón bajo los pies de su amigo muerto; comprendí por qué le había dado caza a aquel hombre en vez de llorar al difunto. Al otro lado del humo de la pira capté los ojos enrojecidos de Janto que me acechaban. Pero el momento oportuno no había llegado aún.
Me dijeron que Pilas había sido herido en la batalla y fui a verlo. Tenía el brazo en cabestrillo, la heri-da estaba en el hombro, pero seguía dando órdenes. Después de conversar con él, me despedí, diciéndole que me alegraba de que la herida no fuese peor. Me miró con sus joviales ojos grises y dijo:
—Siento la mano del destino. El hilo de tu vida es fuerte, Teseo. Cuando esa hebra se cruza con las de los demás hombres, las desgasta. Pero así es como la tejen las Hilanderas.
Luego, anocheció. Apagamos el humo de los altares con vino y nos reunimos para el festín de la vic-toria. Nos habíamos apoderado de muchas vacas gordas, y de ovejas y cabras. Los cuerpos de los anima-les daban ya vueltas en los grandes asadores suspendidos sobre las hogueras de leña de pino y el intenso olor impregnaba el aire. Pero los ojos de los hombres se volvían antes que nada hacia el claro del centro, donde estaba apilado el botín, listo para el reparto. Las hogueras lo iluminaban: había copas y cuencos, cascos y dagas, lingotes de cobre y estaño, calderos, trípodes y buenos escudos de cuero. Al lado estaban sentadas las mujeres, cuchicheando o llorando, o bien cubriéndose los rostros con las manos o mirando con descaro a su alrededor para adivinar qué hombre les tocaría esta vez. Las sombras se hicieron verdosas al oscurecer y Helios, empenachado de colores rosados y llameante oro, se hundió en el mar oscuro como el vino. La estrella vespertina apareció, blanca como una virgen, trémula en el aire que se ondulaba sobre los fuegos. Un resplandor rojo brillaba sobre los tesoros apilados, sobre los ojos y los dientes de los guerreros, sobre los trabajados cintos de las espadas y las bruñidas armas.
Bajé por la pendiente, seguido por mis acompañantes. Todos estábamos limpios y bien peinados, con las armas pulidas. Ellos no me habían preguntado qué iba a hacer yo. Me seguían en silencio; sólo sus pa-sos me revelaban los instantes en que se volvían para mirarse.
Pilas ya estaba allí; se sentía demasiado enfermo para el festín, pero quería presenciar el reparto, como habría hecho cualquiera que conservara el aliento si tenía que habérselas con Janto. Lo saludé y busqué a mi hombre. Estaba donde me lo imaginaba, junto al botín. Me vio venir y nuestros ojos se encon-traron.
—Salud, Janto —dije—. Me hiciste un favor en Eleusis: me encontraste auriga.
—El vino a verme —contestó Janto—. Yo no lo conocía.
Entonces comprendí que Rizón no había mentido.
—Sí —dije—, todo el mundo sabe que conoces muy bien a los hombres. Me encontraste un hombre hábil. Ahora que Rizón ha muerto, no sé dónde encontraré otro. Sabía hacer de todo. Hasta fabricar clavijas sin bronce.
Con el rabillo del ojo, advertí que mil rostros se volvían hacia nosotros. Las voces callaron y, al cabo, sólo se oía el crepitar de la carne en el asador.
—Es necio escuchar al cobarde que balbucea suplicando que le perdonen la vida —dijo Janto.
Respondí:
—Pero, si tú no lo has oído, Janto, ¿cómo lo conocías tan bien?
Pareció irritarse y, después de una rápida mirada a los jóvenes que estaban detrás de mí, dijo:
—Los jóvenes hablan mucho.
Si Janto hubiera tenido alguna confianza en su propia reputación, no habría entregado tan fácilmente los acompañantes a un extranjero, pero sabía que había perdido su afecto; a ellos no les costaba creerlo culpable. Al oír las palabras de Janto, se enfurecieron y profirieron sonoros gritos.
Alcé la mano para reclamar silencio. Entonces Bayo, el mayor, se adelantó y explicó a voces a los soldados que él había visto la clavija de cera.
—Y ¿quién lanzó las piedras a la carretera, para espantar a los caballos del rey y que se despeña-ran? Uno de vosotros lo sabe.
Hubo murmullos, como si circulara un rumor.
Vi que la culera tornaba carmesí el rostro de Janto, como suele ocurrirles a los pelirrojos. Por lo gene-ral, era un hombre frío. Ahora se adelantó, gritando:
—¿No comprendéis, eleusinos, lo que se propone este hombre? Este ladrón heleno debe de estar familiarizado con los métodos de los bandidos. Conoce bien el istmo, quizás hasta haya vivido aquí. ¿Quién sabe qué hizo antes de venir a Eleusis? Ahora cree poder sublevaros contra el hombre que os condujo a la victoria, en el preciso momento en que se va a repartir el botín.
Me disponía a lanzarme sobre él, pero me contuve. Janto había perdido la cabeza y eso me ayudó a no perderla. Enarcando las cejas, dije:
—La boca está cerca del corazón. —Y hasta sus propios soldados rieron. Luego proseguí—: He aquí mi respuesta, y los eleusinos son testigos. Me has golpeado con manos ajenas. Adelántate, ahora, y usa las tuyas. Toma tu lanza y tu escudo o, si lo deseas, tu espada. Pero elige antes tu parte del botín y apártalo. Si sales vencido, juro por el inmortal Zeus que no tocaré una sola pieza de tu botín, ni oro ni bronce ni mujeres. Se repartirá entre tus hombres, por sorteo. Y con mi parte se hará lo mismo, de modo que si muero mis hombres no salgan perdiendo. ¿Estás de acuerdo? —Me miró con asombro. Aquello se le venía encima antes de lo que esperaba. Varios de los señores helenos profirieron vítores. Pilas movió la mano para impo-nerles silencio, pero el asunto había excitado a los acompañantes, quienes gritaron—: ¡Teseo! —Al oír esto, todos los demás se desconcertaron, porque iba contra la costumbre darle un nombre al rey.
Janto, al oírlo, exclamó:
—¡Joven advenedizo! Ocúpate de aquello para lo que te eligió la diosa, si es que eres capaz de hacerlo.
A lo cual contesté:
—Si la diosa me eligió, ¿por qué has querido matarme antes del plazo fijado por ella? La invoco para que sostenga mi derecho.
Para algo había oído yo los cantos minoanos. Sabía qué debía hacer el rey si era agraviado.
—¡Madre! ¡Diosa! Tú me diste vida, aunque sólo sea por poco tiempo; tú me prometiste gloria a cam-bio de los días que me tocan. No permitas que me desprecien, trátame como a hijo tuyo.
Entonces él comprendió que no tenía otra alternativa. Un hombre no invoca a esas potencias para que respalden una mentira, y todos lo sabían.
—Domador de caballos —dijo Janto—, bastante te hemos soportado ya. Tú mismo te has fijado tu destino y te has convertido en un agravio para los dioses. Ellos nos castigarán si no ponemos coto a tu inso-lencia. Acepto tu desafío y las condiciones. Elige tu parte del botín y, si te venzo, se la repartirán tus hom-bres. En cuanto a las armas, que sean lanzas. Escogimos nuestras partes. Vi que mis jóvenes reían ante la insólita modestia de Janto. No quería que la codicia de sus hombres los pusiera a mi favor. Yo tomé lo que creí equitativo, ni más ni menos. Pero la costumbre es que Cerción elija una mujer antes que nada. Su vida es breve, pero nada puede arrebatarle a un hombre los placeres que ha disfrutado.
Me acerqué a las cautivas, a quienes habían puesto de pie para que las viera. Una era una muchacha de unos quince años, alta y esbelta, cuyo cabello rubio pálido le caía sobre el rostro. La tomé de la mano y me la llevé de allí. Había visto brillar sus ojos, entre los bucles caídos sobre la frente, a la luz de la hoguera; pero ahora tenía la mirada baja y su mano estaba fría. Aunque era improbable que fuese virgen, me acordé de mi madre cuando se encaminaba al bosquecillo. Le dije a Janto:
—Si muero, cuida de que le sea entregada a un solo hombre y de que no sirva para diversión de to-dos; demasiadas rameras hemos tenido ya. Ahora es una sirvienta del rey; conque trátala como tal.
Prestamos nuestros juramentos ante Pilas y la muchedumbre, poniendo por testigos al río de los muertos y a las hijas de la noche. Luego todos los hombres retrocedieron, dejando un gran espacio entre las hogueras, y empuñamos nuestras lanzas y escudos.
Pilas se levantó y dijo:
—Empezad.
Yo sabía que estaría lento; estaba cansado de la batalla y las heridas me envaraban; pero a él debía sucederle lo mismo. Describimos un par de círculos, haciendo fintas con las lanzas. A nuestro alrededor veía una gran muralla de rostros, rojos a la luz de la hoguera, que flotaban en la oscuridad y cabeceaban siguiendo el ritmo de la lucha. Los tenía en todo momento en el rabillo del ojo, aunque yo no los miraba; no hay nada que recuerde con tanta claridad.
Le dirigí un lanzazo, pero lo desvió; y paré uno suyo con mi escudo, pero no pude retenerlo el tiempo suficiente para romperle la guardia. Volvimos a describir círculos y nos causarnos heridas de refilón, yo en su hombro, él en mi rodilla. Yo había elegido un escudo largo que se estrechaba en medio, porque era livia-no; el suyo era de lados rectos, del tipo que llaman tapahombres. Me pregunté si Janto estaría lo bastante entero para aguantar ese peso.
Describíamos círculos y nos embestíamos, y los rostros se movían como una cortina que se mece a impulsos del viento. Mientras tanto, yo me estaba decidiendo a desprenderme de la lanza. Tirar la lanza significa jugarse la vida; es más repentino que una estocada y más difícil de parar; pero si falla uno se que-da con una espada de tres pies contra una lanza que mide siete. Entonces se necesita suerte para salir bien parado.
Me fijé en los ojos de Janto, que parecían cornalinas a la luz de la hoguera, y descubrí mi costado. Él estuvo rápido y poco faltó para que me acertara. Salté atrás, como para salvarme, y alcé el escudo para cubrirme el brazo, y en el mismo instante le tiré la lanza. Debió de adivinar mi ardid, porque alzó el escudo y la lanza lo atravesó. Yo había arrojado mi arma con tanta fuerza que perforó la doble piel de toro y se quedó enganchada. Janto no pudo arrancarla y tuvo que tirar el escudo. Pero conservaba aún su lanza contra mi espada.
Avanzó hacia mí, dirigiéndome rápidos lanzazos, que yo desviaba con el escudo o con la espada, lo que me estropeaba el filo; pero no conseguía herirlo, porque mi adversario estaba fuera del alcance de mi arma y me hacía retroceder. Algo cayó en la tierra detrás y muy cerca de mí, con el ruido sordo de una pie-dra. Se repitió y pensé: «Al final me vuelven la espalda. Siempre he sido un extraño aquí». Luego, cuando retrocedí más aún, vi de qué se trataba: eran lanzas clavadas por la punta y con el mango al alcance de mi mano. Había tres a mi alrededor.
Hinqué mi espada en el suelo, por falta de tiempo para envainaría, y cogí una de las lanzas. Janto me miró con amarga ira: nadie le había arrojado un escudo a él. Se disponía a tirar la lanza, de modo que me anticipé y lo hice yo. Mi lanza le acertó entre las costillas, soltó la suya y cayó. Cuando el casco rodó por el suelo, se le desparramó la larga cabellera roja y recordé dónde había visto antes un cabello parecido.
Sus capitanes lo rodearon y uno de ellos le preguntó si quería que le sacaran la lanza, porque le cau-saba dolor. Janto dijo:
—Mi alma se iría con ella. Traed a Cerción.
Me acerqué y me detuve ante él. Mi cólera se había disipado; comprendí que su herida era mortal. Me dijo:
—El oráculo dijo la verdad. Eres el hijo del cuclillo, no cabe duda.
Ahora, al final, parecía perplejo como un niño. Se tocó la lanza que tenía clavada en el costado, mien-tras el capitán sostenía el mango, y dijo:
—¿Por qué lo hicieron? ¿Qué han ganado?
Quería decir que los hombres se habrían quedado mi botín si yo hubiese muerto. Le contesté:
—Nuestro fin está escrito desde el principio y mi hora también llegará.
Me contestó con amargura:
—Pero la mía es ésta.
Entonces callé, porque aquello no tenía respuesta. Me estuvo mirando largo rato a la cara. Luego, le dije:
— ¿Cómo quieres que te entierren y qué hemos de poner en la tumba contigo?
Con los ojos fijos en mí, preguntó:
—¿Es que piensas enterrarme?
—Sí —dije—. ¿Por qué no? Me he tomado mi desquite; los dioses odian al que se excede. Di qué quieres que se haga.
Me pareció que Janto había hecho una pausa para pensar; pero cuando habló, sólo dijo:
—Los hombres no pueden combatir con los inmortales. Sacad la lanza.
De manera que el capitán la sacó y el alma de Janto se fue con ella.
Hice que las mujeres lavaran el cadáver y ordené que lo colocaran sobre un catafalco, con una guar-dia que lo protegiera de los animales de rapiña. De lo que poseía Janto, sólo conservé sus dos espadas: había combatido bien y pertenecía a la familia real. Su parte del botín se repartió tal como habíamos conve-nido y sus hombres me hicieron el saludo militar cuando les dieron sus porciones. Después de esto, cele-bramos el banquete. Pilas se retiró temprano, a causa de la herida, y yo no me quedé a beber hasta tarde; queda irme a la cama con la muchacha elegida antes de que mis magulladuras volvieran a entumecerse.
Resultó buena y bien educada. Un pirata la había capturado en las playas de Cos, cuando ella reco-gía ágatas para un collar, y la vendió en Corinto. Se llama Filona. Mis heridas habían dejado de sangrar, pero ella no quiso acostarse hasta habérmelas vendado. Aquélla fue la primera muchacha que tuve por mi libre elección y creí que debía mostrarle desde el principio quién era el amo; pero terminé por dejarla obrar a su antojo. Debido a la promesa que le hice aquella noche, la conservo aún en mi casa y nunca se la he prestado a un huésped sin su consentimiento. Sus dos hijos mayores son míos: Iteo, el capitán de barco, y Engenes, que manda la guardia de palacio.
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Teseo: El rey debe morir
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