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De manera que recorrí por segunda vez el camino del istmo hacia Eleusis y la gente se subió a los te-jados para verme; pero esta vez no fue en silencio.
Hice que los acompañantes encabezaran la marcha y yo cabalgué a la cabeza del ejército. El rey de Megara me había dado un caballo de silla como regalo de honor. La guardia exhibía sus trofeos y avanzaba al son de las flautas, cantando. Nos seguían los carros con el botín, las mujeres y el ganado que habíamos reunido.
Las ramas verdes y las flores que arrojaban desde los tejados nos dificultaban el paso. A la hora en que la sombra de un hombre duplica en longitud al mismo hombre, llegamos a la rampa de la ciudadela, y la guardia se dividió para dejarme entrar delante.
Cuando penetré bajo la torre que negreaba de gente, las puertas se abrieron con un gemido y el cen-tinela tocó su cuerno. Las banderas del gran patio se desplegaron ante mí, y en las altas murallas resonaron los cascos de mi caballo. Sobre el tejado se apiñaba la gente de palacio como se aglomeran las abejas en invierno; pero guardaban silencio y de las ventanas no pendían paños de colores vivos. Sólo había un in-tenso sol de rayos oblicuos, la dentada sombra del alero, atestada de cabezas y, sobre los amplios escalo-nes, entre las pintadas columnas, una mujer de falda ancha y rígida, con diadema púrpura, alta e inmóvil, que proyectaba una sombra larga y fija como una columna.
Desmonté al pie de la escalinata y se llevaron mi caballo. La reina esperó, sin bajar un solo peldaño a mi encuentro. Subí hasta estar frente a ella y vi su rostro, semejante a marfil pintado, donde se incrustaban unos ojos de oscura cornalina. Sobre los hombros, peinados con unas trenzas en que se mezclaban el oro y la plata, le caían los mismos cabellos pelirrojos que yo viera por última vez, manchados de sangre y polvo, sobre la tierra del istmo.
Tomé su fría mano y me incliné hacia ella con el beso de la salutación, para que lo viera el pueblo. Pero no la rocé con los labios; porque no quería añadir el ultraje a la sangre que había entre nosotros. Mi boca le rozó el pelo de la frente, ella pronunció una frase formal de bienvenida y entramos en el palacio, el uno junto al otro.
Cuando estábamos en el salón, dije:
—Tenemos que hablar a solas. Subamos; allí tendremos tranquilidad.
Me miró y dijo:
—No temas. Sé guardar el decoro.
La alcoba estaba en sombras, salvo un rayo del sol poniente que daba sobre una pared. De una per-cha colgaba un bordado en blanco y púrpura, y junto a la ventana había una lira con franjas de oro. Contra la pared estaba la gran cama, con su cobertor de algaba y púrpura.
—Señora, ya sabes que he matado a tu hermano —dije—. ¿Conoces la razón?
Ella respondió, con voz resonante como una playa desierta:
— ¿Quién puede desmentirte, ahora que él ha muerto?
—¿Cuál es el castigo por matar al rey antes de su hora? —dije, y vi que sus labios estaban blancos bajo los dientes—. No obstante, yo lo maté en combate y he hecho que lo traigan para que celebres sus funerales, porque yo no deshonraría a tu linaje. Sus soldados no consideran que yo me haya portado mal con él. Como ves, han dejado que yo fuera su jefe al regresar.
Ella me dijo entonces:
—¿Qué soy yo, pues? ¿La cautiva de tu lanza?
Ahora, la ira caldeaba la pintura de sus mejillas; vi que sus senos de pezones dorados subían y baja-ban. Pero al oír sus palabras mis pensamientos la abandonaron para evocar a Filona, botín de un pirata y un ladrón, que nunca se había acostado con un hombre que fuera mejor que una bestia y que sólo conocía la ternura que yo le enseñara. Filona me había despertado de mi primer sueño llorando, rogándome que no la vendiera ni cediera a nadie.
—Como siempre, señora, eres la reina —respondí.
—Pero ahora eres rey, heleno, ¿no es así? —Pensé que el decoro exigía más gravedad y menos as-pereza de una mujer en duelo; pero no era a mí a quien correspondía decirlo. La última mancha de sol so-bre la pared se había vuelto de un rojo suave, y en la jaula de mimbre el pájaro blanco ahuecaba las plumas para dormir.
—Habrá tiempo, más tarde, para hablar de eso —dije—. Ahora tengo en las manos una sangre de la que tú no puedes purificarme ni sería decoroso que yo te lo pidiese. Cuando esté libre de ella, volveré y compensaré a sus hijos por esa muerte.
Entre las sombras del anochecer, me miró y preguntó:
— ¿Cuando vuelvas? ¿De dónde?
—De Atenas —dije, y me pareció increíble poder pronunciar al fin el nombre de esa ciudad—. La gen-te dice que allí hay un templo de la Madre en la ciudadela y un santuario de Apolo con un manantial sagra-do. Por lo tanto, podrán purificarme de la sangre tanto los dioses del cielo como los del averno. Le pediré al rey que me purifique.
Ella llevaba en la muñeca un brazalete, una serpiente de oro enroscada. Le dio un tirón y dijo:
—¡Atenas, ahora! ¿No has hecho bastante ya en Megara? Ahora quieres hacerte amigo de un Erécti-da. ¡Hermoso linaje para que te purifique! Más vale que lleves tú el agua.
Yo esperaba de ella una cólera muy distinta. Parecía que le hubiera hecho algún desaire, y no que le hubiese matado a un pariente.
—¿No sabes que su abuelo saqueó Eleusis, mató al rey antes de tiempo y violó a la reina? —dijo—. Desde entonces, los Eréctidas han caído bajo la maldición de la Madre. ¿Por qué crees que Egeo tuvo que edificarle un santuario a la Madre en su acrópolis y solicitar aquí una sacerdotisa? Y tardará mucho en lavar la maldición. ¡Ése es el hombre que quieres que te purifique! ¡Espera a que tus jóvenes, que tanto te apre-cian, sepan adónde los llevas!
—Un suplicante no va con guerreros —repliqué—. Iré solo a Atenas.
Ella volvió a tirar de su brazalete. Parecía indecisa. «Está furiosa porque me voy —pensé—. Pero al mismo tiempo, quiere que me vaya.» La reina dijo:
—No sé nada de ese Apolo. ¿Cuándo te vas?
—Cuando mi correo traiga respuesta. Quizá dentro de dos días, quizá mañana.
—¡Mañana! —exclamó ella—. Has llegado al atardecer y el sol no se ha puesto aún.
—Cuanto antes me vaya, antes volveré —dije.
Anduvo hacia la ventana; luego regresó a mi lado. Olí la fragancia de su cabello y recordé cómo la había deseado. Luego se volvió hacia mí, como el gato que enseña los dientes afilados y la enrollada len-gua.
—Eres un joven audaz, heleno. ¿No temes ponerte en manos de Egeo, ahora que él ha visto qué cla-se de vecino te propones ser? Egeo ha luchado por sus pocas rocas y sus escasos campos metidos entre montañas como un lobo por su cubil; ha enflaquecido guerreando contra sus propios parientes. ¿Confiarías en un hombre semejante, a quien nunca has visto?
—Sí —dije—. ¿Por qué no? El suplicante es sagrado.
La última mancha de luz había desaparecido del muro; las colinas estaban grises y sólo la más alta de las cumbres sonrojada como el seno de una virgen. Las plumas del pájaro tenían la suavidad de la lana y le tapaban por completo la cabeza. Cuando miré hacia donde caía ya la noche sobre Atenas, una de las mujeres de palacio entró con pasos sigilosos y dispuso el gran lecho.
Me escandalizó tan indecoroso desatino; pero no me correspondía censurar a la camarera por eso. Me volví hacia la reina. Ella me miró con ojos inexpresivos y dijo a la muchacha:
—Puedes irte.
Cuando la camarera salía, le dije:
—Prepárame una cama en el aposento de levante. Dormiré allí hasta que me haya purificado de la sangre.
Los ojos de la muchacha se abrieron de sorpresa, como si yo hubiese dicho algo nunca oído; luego se cubrió la boca y salió corriendo de la habitación. Yo dije:
—Es una tonta y además una descarada. Harías bien en venderla.
Nunca comprenderé a la gente de la ribera. Yo no había querido desairar a su familia; hablaba con toda cortesía. Me asombró ver lo ofendida que se mostró la reina ante estas palabras. Se estrujó las manos y me enseñó los dientes entre los labios.
—¡X~<i C, pileS' ¡Vete en busca de Egeo! <1 ¡n~¡ ¡<lii o! Sois tal para cual. —Se echó a reír; pero mis pensamientos estaban ya en Atenas.
—Sí, vete con él, tú que quieres ser más grande que tu destino. Y cuando llegue la hora del ajuste de cuentas, recuerda que tú elegiste.
—Que me juzgue Zeus, el que todo lo ve —dije yo. Y salí.
Al día siguiente, lo primero que hice fue pedir una pluma y un papiro. Habían pasado un año o dos desde la última vez que escribiera algo; por lo tanto practiqué antes sobre cera, por si había perdido esa habilidad u olvidado alguna de las letras. Y no porque mi carta debiera contener secretos; pero quería trazar mis primeras palabras a mi padre con mi propia mano y no mediante un escriba. Descubrí que recordaba aquel don, y que aún era capaz de escribir con la bella letra que me enseñara mi preceptor. Firmé con el nombre de Cerción y sellé la carta con el anillo del rey; y me quedé sentado, escuchando los cascos del caballo del correo que se alejaban por la carretera de Atenas.
Esta ciudad apenas estaba a dos horas de Eleusis y durante todo el día esperé el regreso del mensa-jero. Aunque no le había dado a mi padre ningún motivo para apresurarse, yo era joven y la impaciencia me roía el corazón, y ninguna explicación me parecía demasiado descabellada para aquella demora. Pero el correo no regresó hasta después del mediodía siguiente.
En la terraza inferior había un banco negro de basalto, entre pilares cubiertos de jazmines amarillos. Me aislé allí y abrí la carta. Era más corta que la mía y estaba escrita con buena letra. Egeo me daba la bienvenida a Atenas como huésped suyo, se refería de paso a mis victorias y aceptaba encargarse de mi purificación.
Enseguida ordené a alguien que llamase al correo. Creo que me proponía, como había querido hacerlo tantas veces con distintas personas desde mi llegada a Eleusis, preguntarle qué clase de hombre era el rey de Atenas. Pero ahora, como siempre, esa pregunta no me parecía decorosa. Por lo tanto, sólo le pregunté, como se hace con todos los correos, qué noticias traía.
El emisario me contó varias cosas, que he olvidado, y luego añadió: —Todos aseguran que la sacer-dotisa pronto será reina. Me erguí en mi asiento y dije:
—¿Cómo es eso?
—Es que una maldición persigue al rey, señor. Sus parientes reclaman el reino, ninguna de sus es-posas le ha dado un hijo varón y los cretenses no quieren renunciar a su tributo, a pesar de todos sus rue-gos.
Pregunté de qué tributo se trataba.
—Catorce bailarines de toros, que se deben entregar cada año, señor. Y los cretenses sólo aceptan lo mejor. Las señoras del santuario dicen que eso es un signo para él.
El correo hizo una pausa, como si se le hubiera atascado algo en la garganta.
—¿Esa sacerdotisa procede de Eleusis? —pregunté.
—Sirvió aquí, señor, en el santuario. Pero procede de otro santuario del norte, de allende el Heles-ponto. Dicen que es presciente y que sabe invocar al viento; el pueblo de Atenas la llama la Sagaz o la Bru-ja Escita. El rey se acostó con ella ante la diosa hace mucho tiempo, a causa de un oráculo que recibió la sacerdotisa cuando el reino sufrió no sé qué infortunio. Dicen que ahora la elevará hasta su condición y restablecerá las antiguas costumbres. —Comprendí por qué el correo no me miraba a los ojos. Prosiguió, muy deprisa—: Bueno, señor. Ya sabes cómo son los atenienses para las habladurías. Lo más probable es que eso se deba a los dos hijos que ella ha tenido con él y a que el rey no tiene todavía heredero.
Me levanté del banco de basalto y dije:
—Tienes licencia para irte.
El correo se retiró precipitadamente. Empecé a pasearme por la terraza bajo el pálido sol otoñal y vi que la gente que había venido a hablar conmigo se iba en silencio. Pero poco después mis pensamientos se serenaron. Pensé: «He despedido a ese hombre antes de tiempo. Debí recompensarlo: una advertencia oportuna es cosa de los dioses. En cuanto a mi padre, ¿qué derecho tengo a enfadarme con él? Durante estos dieciocho años no tomó esposa, en consideración a mi madre y a mí. Yo habría venido antes, de haber podido levantar la piedra».
El sol estaba alto aún y mi sombra era corta. Pensé: «El hombre que duerme cuando ha recibido una advertencia no merece recibirla. ¿Por qué esperar hasta mañana? Iré hoy».
Volví a palacio y llamé a las mujeres para que me vistieran. El traje rojo de cuero que trajera de Tre-cén era heleno y estaba casi nuevo. Me puse al cinto la espada con la serpiente de los Eréctidas; y para ocultarla hasta el momento adecuado, me colgué del hombro una capa azul corta, como las que suelen usarse para estar en casa.
Elegí a dos criados para que me acompañaran. Un guardia me parecía poco apropiado para un supli-cante; además, quería dejar claro que iba como amigo y sin desconfianza. Esos dos servidores debían ser todo mi séquito; pero en el preciso instante en que partía, mi cautiva Filona me agarró de la capa, deshecha en lágrimas y balbuciendo que todas las mujeres decían que la reina la mandaría matar apenas yo volviese la espalda. La besé y le dije que los chismes de palacio eran iguales en todas partes. Pero me miraba como mira a la lanza la liebre acorralada; y después de pensarlo bien, llegué a la conclusión de que no confiaba del todo en la reina. Por eso, aun siendo un incordio, ordené a uno de los criados que la montara en su mu-la.
Cuando me trajeron mi caballo, avisé a la reina de que deseaba despedirme de ella. Me mandó decir que se sentía enferma y que no podía hablar con nadie. Yo la había visto paseándose por su terraza; en cualquier caso, había guardado las formas.
Así que monté a caballo y los acompañantes me vitorearon en el patio, pero no como antes; ahora yo era el jefe militar y no estaba tan vinculado a ellos como en los primeros tiempos. Eso me habría entristeci-do en otro momento; pero ahora los saludé de buen humor y pronto los olvidé, al sentir en la cara la brisa de las colinas áticas.
La carretera seguía la playa y luego se internaba tierra adentro. La hierba de otoño estaba calcinada y descolorida, las oscuras adelfas cubiertas de polvo. En la atalaya fronteriza tuve que decirles a los ate-nienses quién era; no me esperaban hasta la mañana. Pensé que mi prisa había sido infantil y propia de un advenedizo y que me tratarían con menosprecio. Pero se mostraron muy corteses. Cuando proseguí la marcha, uno de sus correos me adelantó en dirección a Atenas.
De pronto, en un recodo de la carretera, entre las bajas colinas verdes, vi que erguía su enorme mole un gran peñasco liso, como un estrado que erigieran los titanes para atacar desde allí a los dioses. Sobre la cumbre, resplandeciente al sol poniente, había un palacio real de columnas color rosa y murallas bermejas con cuadros blancos y azules. A tanta altura se perfilaba contra el fondo del cielo, que los guardias aposta-dos en las troneras parecían pequeños como labor de orfebre, y sus lanzas, finas como el alambre. Contuve el aliento. No esperaba ver nada semejante.
Ante mí, en la llanura, la carretera se dirigía a las murallas de la ciudad y a las puertas de la torre. En lo alto había una guarnición de arqueros y hombres provistos de jabalinas; de los dientes de las almenas, pendían como un friso los escudos revestidos de cuero. Allí, nadie me preguntó mi nombre. Una barra ma-ciza atrancaba todos los edificios. La gran puerta destinada a los caballos giró sobre su base de piedra y se abrió: dentro había una guardia presentando honores militares, el mercado y las pequeñas casas acurruca-das bajo el peñasco o encaramadas por las pendientes. El capitán de la guardia envió a dos de sus hom-bres para que guiaran de la brida a mi caballo hacia el palacio.
El montículo era escarpado por todas partes, salvo por el oeste. Por allí ascendía empinada y tortuo-sa la carretera, flanqueada por un gran paredón protector. El camino permitía andar sin dificultad, pero pron-to se hizo demasiado empinado para subirlo a caballo y tuvieron que llevar al mío de la brida. El paredón iba a morir en el edificio del cuerpo de guardia; los soldados se tocaron la frente con las varas de las lanzas y me abrieron paso. Abajo, a buena distancia, vi calles y murallas, la planicie ática que se extendía hasta el mar y las colinas; y en las cimas de las colinas, las tonalidades violáceas del anochecer, como una corona de púrpura y oro. Tenía ante mí la puerta principal de la ciudadela: la piedra del dintel estaba pintada a fran-jas azules y carmesíes y ostentaba el emblema regio, una serpiente enroscada a un olivo. Los últimos rayos del sol parecían cristal amarillo, eran brillantes y claros.
El lugar me impresionó profundamente. Aunque había oído decir cosas, no me imaginaba sino una colina de ésas sobre las que construyen los reyes y los caudillos. No suponía que mi padre fuera el señor de tan poderoso baluarte. Ahora comprendí por qué había resistido sin doblegarse y durante tanto tiempo a todos sus enemigos; aquello se podía defender, pensé, contra el mundo entero en armas. Comprendí lo que había oído contar: que, desde que el rey Zeus creara a los hombres, un rey había vivido siempre sobre la acrópolis de Atenas y que, aun antes de haber aparecido los hombres, ésta era una fortaleza de gigantes nacidos de la tierra que tenían cuatro manos que utilizaban para correr. A la vista están las grandes rocas que reunieron los gigantes en tiempos inmemoriales.
Franqueé la puerta interior que daba a la explanada de la ciudadela. Vi pasearse a los centinelas, que ahora eran hombres y ya no parecían juguetes; y, frente a mí, el palacio, con su terraza que miraba al norte. Si mi padre estaba allí, pensé, me habría visto llegar. Mi respiración se aceleró más que si escalara una montaña y me humedecí los labios resecos con la lengua.
Pasé entre las casas de la gente de palacio y entre algunos recios árboles, pinos y cipreses, planta-dos para protegerse del viento y para que dieran sombra. Delante de la columna maestra de la gran puerta, esperaba de pie un chambelán, con la copa de la bienvenida en las manos. Después de la larga cabalgada y de haber trepado hasta allí, aquel vino me pareció el más fresco y mejor que hubiese catado. Mientras lo bebía, pensé que había alcanzado por fin el término de mi viaje; con aquel trago me convertía en huésped de mi padre.
Se llevaron mi caballo y me guiaron por el patio y los aposentos de los huéspedes. Las mujeres habí-an llenado ya la bañera y todo el recinto estaba empapado en fragante vapor. Mientras me cepillaban la ropa, estuve en el agua, mirando lo que me rodeaba. Al llegar, me había deslumbrado el esplendor de la ciudadela. Pero una vez dentro, aquello parecía un reino agobiado por la guerra. Las cosas estaban muy cuidadas, las pinturas de las paredes retocadas y frescas, los utensilios del baño eran lustrosos y los un-güentos estaban bien combinados. Pero las mujeres eran escasas, en su mayoría feas y de edad madura, y en el mobiliario se distinguían los agujeros vacíos de donde habían sacado los remaches de oro. Me dije: «Ha soportado él solo durante demasiado tiempo su carga. Ahora ya no sentirá necesidad de nada».
Me secaron, ungieron, vistieron y peinaron. En la puerta, me esperaba un noble para llevarme al sa-lón. Caminé por un peristilo, sobre un piso de losas con dibujos de dientes de perro y olas; a mi izquierda, había columnas de cedro talladas; a mi derecha, un friso de grifos cazando ciervos. Los criados cuchichea-ban y atisbaban en las puertas a mi paso. Mis botas resonaban y la empuñadura de mi espada golpeaba ruidosamente los tachones del cinto. Comencé a oír el estrépito del salón, voces que hablaban, copas y platos tintineantes, escabeles y bancos arrastrados sobre el suelo de piedra, una lira que afinaban y alguien que regañaba a un esclavo.
Al fondo del salón había un peldaño entre dos columnas. En este bajo estrado se sentaba el rey. Acababan de traerle la mesa y la pusieron delante de su sillón.
Lo único que aprecié desde el umbral fue que tenía los cabellos oscuros. Esto lo presentía, ya que mi madre lo había confundido con Poseidón. Al acercarme, vi que aquel color castaño estaba veteado de gris y que las preocupaciones habían dejado su huella en el semblante del rey. Alrededor de los ojos, la tez esta-ba oscurecida, y las comisuras de la boca eran profundas como tajos de espada. La barba ocultaba el men-tón, pero la piel afeitada de alrededor de la boca delataba abatimiento; además, revelaba cautela, algo que yo debía haber previsto. Esperaba ver en su rostro el molde que estampara el mío; pero el suyo era más alargado, no tenía los ojos azules sino pardos, más hundidos y no tan separados, y la nariz era algo picuda mientras que la mía era recta; y así como mi cabello caía hacia atrás, el suyo le colgaba a los lados de las sienes, estrechándole la frente. Dondequiera que estuviese en el salón, se habría adivinado que era el rey; pero yo no veía al hombre que sintiera el hálito de Poseidón y nadara por las borrascosas aguas hasta la Casa del Mirto. Mas era él y yo sabía que irremediablemente tendría que resultarme extraño.
Avancé entre los bancos, con los ojos fijos en él. A su derecha, había una silla vacía sobre la que es-taban encaramados dos halcones; y a su izquierda vi sentada a una mujer. Cuando me acerqué, él se le-vantó para saludarme y se adelantó. Esto me alegró; no estaba seguro de si me recibiría como a un rey. Era un poco más alto que yo: me llevaba un par de dedos.
Dijo lo que prescribe la costumbre en esas ocasiones, dándome la bienvenida y rogándome que co-miera y bebiese antes de molestarme en hablar. Le di las gracias y sonreí. Me sonrió en respuesta, pero poco; no con acritud, pero sí con cierto envaramiento, como si hubiese perdido el hábito de sonreír.
Me senté y me trajeron mi mesa, y el rey le señaló al trinchador los mejores bocados, para que me los sirviera. Mi plato quedó repleto, casi más lleno de lo que podría comer, aunque tenía hambre. Él sólo esco-gió para sí unas mollejas de ternera y le dio la mayor parte al sabueso blanco que se recostaba contra su silla. Por el camino, se me había ocurrido la absurda idea de revelarle mi identidad en el salón, en presencia de todos; ahora, al verlo en toda su pompa, un rey él y yo todavía un desconocido, tuve más sentido del decoro. Además, quería conocerlo antes.
Mientras comíamos, vi por el rabillo del ojo que la mujer me miraba a hurtadillas. Antes de sentarme, la había saludado y le había visto el rostro. No era helena ni pertenecía a la gente de la ribera; era carirre-donda, de nariz algo roma, con los ojos pequeños y sesgados. Su delicada boca se curvaba y cerraba sobre una sonrisa secreta. La frente, estrecha y pálida, la coronaba una diadema del ancho de la mano hecha de flores y hojas de oro; entre la cascada de su abundante melena negra, le caían cadenas de oro con capullos del mismo metal.
El chambelán volvió a acercarse con el vino. Yo no quise más, pero el rey había vaciado su gran copa de oro y le ordenó con un gesto que se la llenara. Cuando alzó la copa vi mi mano junto a la suya. La forma, los dedos, el ángulo de los pulgares e incluso las uñas, todo era idéntico. Se me cortó el aliento y me quedé mirando, seguro de que él lo notaría y se asombraría. Pero la mujer le hablaba en voz baja y aquello pasó inadvertido.
Mi plato estaba vacío. Cuando indiqué que no comería más, él me dijo:
—Real huésped, a juzgar por tu aspecto eres heleno. Y me parece que, desde antes de llegar al pa-lacio de Eleusis, estabas familiarizado con la morada de algún rey.
Le respondí, sonriendo:
—Señor, es cierto. A ningún hombre le diré con mayor gusto que a ti el linaje de que provengo. Pero excúsame de hacerlo ahora y te explicaré mis razones más tarde. Sabes ya el favor que he venido a pedir-te. En cuanto al hombre a quien maté, combatí con él en lucha leal, pese a que intentó asesinarme. —Y le conté cómo había ocurrido, agregando—: No me agradaría que me creyeras un hombre que se mueve entre tinieblas.
Miró la copa que tenía en la mano y dijo:
—Antes debes hacerles una ofrenda a las hijas de la noche. Ésta es la señora Medea, que es quien celebrará el sacrificio.
La mujer me miró con sus ojos sesgados y yo respondí:
—Hay que apaciguar siempre a la Madre, que acoge en su regazo a las víctimas de la violencia. Pero yo, señor, como tú, soy heleno. Tengo que ir antes al santuario de Apolo, el que aniquiló las tinieblas.
Vi que ella lo miraba, pero él no lo notó.
—Sea como quieres —me dijo el rey—. La noche es fría. Levantémonos y bebamos nuestro vino jun-to a la lumbre de mi aposento. Allí estaremos más a nuestras anchas.
Subimos por la escalera que había detrás del estrado y el sabueso blanco nos siguió en silencio. La habitación del rey daba sobre la terraza norte. Era casi de noche y había salido una luna baja de otoño. No se veía la ciudad de abajo sino sólo las montañas de alrededor. En el redondo hogar del aposento real ardía una lumbre de leña aromática; delante, había dos sillas, y cerca, junto a un bastidor de bordar, otra. Un pe-destal tallado sostenía una lámpara de malaquita verde; el mural de las paredes representaba una cacería de ciervos con muchos jinetes. La cama era de madera de cedro, con colgaduras rojas.
Nos sentamos; un criado colocó una mesita para vino, pero no trajo el vino. El rey se inclinó y acercó las manos al fuego. Vi que temblaban y pensé: «Ha bebido bastante en el salón y prefiere esperar».
Ahora era el momento. Pero se me trababa la lengua; no sabía cómo empezar. «Ya dirá él algo», pensé. Me limité, pues, a alabar la ciudadela y su guarnición. Él replicó que su baluarte nunca se había ren-dido a ningún enemigo y yo le contesté:
—No caerá mientras esté en manos de hombres que lo conozcan.
Porque yo había visto un par de sitios por donde tropas habituadas a las montañas podían escalar sus flancos. El rey me lanzó una mirada fugaz; y pensé que no había sido de buena educación escrutar tan minuciosamente sus murallas cuando él sólo me consideraba un huésped. Por eso, cuando se refirió a la guerra del istmo, me alegró hablar del tema. En realidad, yo había ensayado ya por el camino el relato de mis victorias, como acostumbran a hacer los jóvenes. No quería que tuviese ningún motivo para avergon-zarse de mí.
Me dijo:
—Y ahora eres el rey de Eleusis; rey de verdad y no sólo de nombre. Todo en una sola estación.
—Pero si crucé el istmo no fue por esas razones —dije—. Todo eso han sido azares del camino, si es que esas cosas pueden presentarse por azar.
Me miró, con cierto aire indagador, por debajo de sus oscuras cejas.
—¿Conque Eleusis no es el lugar de tu moira? ¿Miras más allá?
Sonreí y dije:
—Si.
Pensé: «Ahora hablaré». Pero cuando tomaba aliento para hacerlo, él se levantó del asiento y se acercó a la ventana. El perrazo fue detrás. Para no permanecer sentado mientras el rey estaba de pie, me levanté también y lo seguí a la terraza sin antorchas. La luz de la luna bañaba la tierra; el peñasco proyec-taba su enorme sombra sobre los oscurecidos campos de abajo. Dije:
—Las colinas están secas. Me gustaría verlas en primavera y blancas de nieve. ¡Qué claridad hay aquí! Se ve el espectro de la luna. ¿Hay siempre tanta claridad en Atenas?
—Sí —dijo él—. El aire es muy limpio aquí.
Repliqué: —Atenas le sale a uno al encuentro mientras asciende, como sí las mismas piedras emana-ran luz. Los arpistas la llaman la sólida casa de Erecteo. En realidad, podría llamarla el baluarte de los dio-ses.
El rey se volvió y regresó al interior del aposento. Al seguirlo, lo encontré parado de espaldas a la lámpara, cuya luz me daba en los ojos. Dijo:
—¿Qué edad tienes?
—Diecinueve años —le respondí.
La mentira brotó espontáneamente de mis labios, después de tanto repetirla—. Luego, cuando recor-dé con quién hablaba, advertí lo gracioso de la situación y eso me hizo reír.
—¿Qué sucede? —me preguntó. Su voz parecía fatigada, casi vieja.
—Tengo mis buenas razones —respondí. Pero antes de que pudiera continuar se abrió la puerta de par en par y entraron Medea y un criado con una bandeja de marquetería. Las dos copas de oro de la ban-deja contenían vino caliente aromatizado con especias y su fragancia llenó el aposento.
Medea, con pasos silentes y los ojos bajos, se acercó al rey. El rey dijo:
—Beberemos luego. Déjalas sobre la mesa.
El criado las dejó, pero ella comentó:
—Se estropeará si se enfría.
Y se las volvió a ofrecer al rey. Entonces él tomó una copa en sus manos y Medea me trajo la otra, decorada con ristras de palomas en las asas y leones tallados que acechaban detrás de grandes hojas.
El vino olía bien, pero la buena educación me obligaba a esperar a que él brindara por mí. El rey permanecía inmóvil, con su copa decorada con una serpiente en el asa entre las manos; Medea aguardaba en silencio. De pronto, él se volvió y le dijo:
—¿Dónde está la carta que me mandó Cerción?
Medea lo miró con cara de extrañeza, y se acercó a un cofre de marfil que había sobre un pedestal. Vi mi carta en sus manos. El rey me rogó:
—:¿Quieres decirme su contenido? Dejé mi copa y tomé la carta de manos de Medea. Los ojos del rey parecían penetrantes; yo no los creía torpes.
Le leí la misiva y dijo:
— Gracias. Logré leer la mayor parte, pero no estaba seguro de varias palabras.
Miré la carta, perplejo, y dije:
—Creí haberla escrito con buena letra.
Él me respondió con el aire preocupado del hombre que tiene la mitad de su espíritu en otra parte:
—Sí, sí. La letra es buena. Tu escriba sabe el griego; pero lo escribe como un bárbaro.
Solté la carta, como si me hubiese mordido. No sólo sentí el rostro arrebolado sino incluso el diafrag-ma, y me quité la capa de los hombros. Sin pensarlo, por no quedarme parado como un tonto, tomé la copa y la alcé para beber.
Cuando mi boca la tocó, sentí que me la arrancaban de las manos. El vino caliente se derramó sobre mi rostro y salpicó mi vestimenta. La copa de oro cayó con ruido metálico en las losas pintadas del suelo y formó un gran charco, en el que se conglomeró un poso más oscuro que el vino.
Me quedé mirando al rey, mientras me secaba la cara. Sus ojos estaban clavados en mí, como si vie-ran la mismísima muerte. Ni un moribundo habría podido estar más pálido. El espectáculo me devolvió la sensatez y vi la espada desnuda a mi lado. «¡Debí haber hablado! —pensé—. ¡Qué mal lo he hecho todo! El sobresalto lo ha aturdido.» Lo tomé del brazo y dije:
—Siéntate, señor. Lo lamento. Un instante más y te lo habría dicho todo.
Lo conduje a su silla. Se agarró al respaldo y se mantuvo en pie, sin aliento. Mientras me inclinaba hacia él, pensando qué más podía decirle, el perro blanco se acercó con pasos silenciosos, volviendo del balcón, y empezó a lamer el vino derramado. El rey avanzó, se abalanzó sobre el perro, lo cogió del cuello y lo hizo retroceder. Oí el tintineo de unos adomos de mujer; la sacerdotisa Medea, a quien su silencio me hiciera olvidar, cabeceaba de cara al rey. Entonces comprendí.
La cicuta no es tan fría ni el agraz tan punzante como lo fue aquel descubrimiento para mi corazón. Me quedé petrificado; cuando la mujer condujo al perro hacia la puerta y se fue con él, la dejé salir sin mo-ver una mano. El rey se reclinó sobre el respaldo de la silla, como si sólo eso lo salvara de caer, y por fin oí su voz, áspera y sorda como un estertor.
—Dijiste diecinueve. Dijiste que tenías diecinueve años.
Ese sonido me despabiló. Levanté la copa del suelo, olí las heces y la puse ante él.
—Tanto da —dije—. Bastaba con que fuese tu huésped. En cuanto a lo otro, no tiene por qué pre-ocuparnos ya.
Dio la vuelta a su silla, a tientas, y se sentó y se cubrió el rostro con las manos. Me desprendí del cin-to y puse mi espada junto a la copa.
—Consérvala si la conoces y sabes en qué usarla —dije—. No es mía. La encontré debajo de una piedra.
Vi que las uñas se le clavaban en la frente. De sus labios brotó un quejido como el que se le escapa a un hombre cuando le extraen la lanza de una herida mortal y aprieta los dientes para contenerse. Lloraba como si le arrancaran el alma del cuerpo, mientras yo seguía inmóvil y agobiado, lamentando no poder hun-dirme en la tierra o disolverme en el aire. Sólo cuando hubo llorado, sentí que era mi padre; y cuando lo sentí, sólo fue para helarme de vergüenza al ver que había llegado tan bajo. Estaba tan humillado como si yo mismo hubiese cometido aquella infamia. En el suelo había un puñado de charquitos de vino pisoteados; las heces de la copa tenían un nauseabundo olor agridulce. Algo me llamó la atención al moverse; al otro lado del cuarto estaba de pie el criado, boquiabierto. Cuando lo miré, trató de escabullirse.
—El rey te da licencia —le dije yo. Y escapó.
El fuego fue decayendo hasta reducirse a unas brasas; el calor me oprimía, así como mi envaramien-to, y el rey se revolvía con los dedos el cabello cano. Di la espalda a todo aquello y salí entre las pintadas columnas al balcón. De pronto reinaba el silencio y se veía una gran extensión iluminada por la luna. Som-brías montañas lo cercaban por todas partes, con su color ámbar oscuro. Abajo, sobre las murallas, dos centinelas hicieron un aspa con sus lanzas al cruzarse. Un cantor, a lo lejos, entonaba algo con voz apenas perceptible y apagados rasgueos de la lira. La ciudadela estaba entre la tierra y el cielo, en un resplandor inmóvil que parecía brotar de ella misma, y allá abajo, en las sombras, las rocas titánicas capuzaban hacia la llanura.
Apoyé las manos en la balaustrada y miré los muros, cuyas raíces se incrustaban en la roca viva. Y mientras estuve allí, todo aquello parecía anegar mi alma, como una marejada cantarina, y me llenaba el corazón, y se inmovilizaba dentro de mí como unas aguas quietas. Y pensé: «Esta es mi moira».
Mi alma se volcaba en pos de ella. En ese instante, todo lo demás era como pasajeras nubes de pol-vo o como lluvia de verano. Pensé: «¿Qué significaba todo ese clamor que había dentro de mí? Ella ha conocido a mil reyes. ¿Quién podría decir cuántos han odiado a sus padres o a sus hijos, o amado a muje-res pérfidas, o llorado por esto o por aquello? Todo eso formaba parte de su condición de mortales, de lo que va a la tumba con ellos y con ellos se consume. Sólo esto sobrevive: que fueron reyes de Atenas, que hicieron sus leyes, ensancharon sus límites o fortalecieron sus murallas. Alta ciudad de la diadema púrpura, cuyas piedras exhalan luz, tu demonio me trajo aquí, creyendo yo que era mi voluntad. Siente mi mano, pues, conoce mi paso, recíbeme; vendré cuando tus dioses me llamen y me iré a una señal tuya. Vine a ti siendo niño, oh baluarte de Erecteo; pero tú harás de mí un rey».
A poco, sentí una nueva calma a mi alrededor. Pero el zumbido del canto aún revoloteaba en el aire. El ruido que había cesado era el del llanto de mi padre. Lo vi, mentalmente, donde estaba yo ahora, con-templando la ciudadela, cuando los enemigos la asediaban o los campos estaban grises por la sequía o cuando llegó la noticia de que había un nuevo rey en la frontera, un rey para quien Eleusis no era lo bastan-te grande. Sólo gracias a que él la había conservado bien, estaba yo allí esta noche. Pensé en las fatigas de su lucha y en sus innumerables añagazas, y en la vieja esperanza que se volvía ahora veneno para su vien-tre.
Entré. Mi padre estaba sentado en su silla, con los codos sobre la mesa y el rostro entre las manos, contemplando con ojos mortecinos la espada. Me hinqué de rodillas ante él y dije:
—Padre.
Entornó los ojos, como si no estuviese seguro de lo que veía ni de lo que oía.
—Padre —dije—, ya lo ves; es cierto que el destino nunca llega como lo esperan los hombres. Los dioses han hecho esto para demostramos que somos mortales. Dejemos de afligimos y empecemos de nuevo.
Se secó los ojos con la mano y me miró durante largo rato en silencio. Por último, dijo:
—¿Quién podría decir qué han hecho ellos o por qué? En ti hay algo que nunca se vio en mí.
Se apartó el pelo de los ojos, adelantó un poco la cabeza y luego retrocedió. Comprendí que, des-pués de lo sucedido, yo debía ser el primero en abrazarlo. Y lo hice, aunque con timidez y temiendo además que eso volviera a hacerlo llorar. Pero se dominó y ambos pensamos, me parece, que la próxima vez el abrazo nos sería más fácil. Luego fue hacia la puerta, dio una palmada y le dijo al soldado que acudió:
—Toma una guardia de cuatro y trae a la señora Medea, consienta en venir o no.
Cuando el soldado se alejaba, le dije a mi padre:
—No la encontrarás.
Me contestó:
—Las puertas se cierran de noche y también la poterna—. Medea está aquí, a menos que sepa volar. —Y agregó— :¿Cómo te llamas? Me quedé mirándolo al oír estas palabras y ambos casi sonreímos. Cuan-do se lo dije, replicó:
—Es el nombre que tu madre y yo elegimos juntos. ¿Por qué no lo has usado para firmar tu carta?
Le conté lo que le había prometido a mi madre y él me preguntó por ella y por mi abuelo. Pero estaba pendiente de oír las pisadas de la guardia cuando llegara. Pronto las oímos. Él se interrumpió, se sentó caviloso y me dijo:
—No te sorprendas de lo que yo diga ahora y pon cara de asentimiento.
Cuando la trajeron a la habitación, Medea andaba adelantada, como quien quiere saber por qué se le ofende. Pero en sus ojos había cautela.
Mi padre dijo:
—Medea, he recibido una señal de los cielos; conque acepta por amigo de la casa al rey de Eleusis. Sus enemigos son los míos. ¿Me entiendes? Ella frunció sus negras cejas.
—Eres el rey. Si eso es lo que has decidido, así será. ¿Me has hecho traer a rastras para decírmelo?
—No —dijo él—. Mi amigo el rey, antes de ir a Eleusis, navegó hacia el norte, más allá del Helespon-to, a Cólquida, donde tú naciste. Dice que pesa sobre ti una maldición de sangre, que has matado a tu her-mano. ¿Qué tienes que decir a eso? —Ahora la sorpresa de Medea era sincera. Se volvió hacia mí enfada-da y comencé a comprender la intención de mi padre.
—Todos lo sabían —dije—. Huiste al sur para eludir la venganza.
—¿Qué mentira es ésa? —gritó ella.
Pero yo la observaba; en sus ojos había confusión, no inocencia. Había cometido alguna iniquidad allí. Mi padre dijo:
—Él me lo ha dicho todo y lo ha jurado.
Ante esto, ella gritó, furiosa: —Entonces, es un perjuro. En su vida ha puesto el pie fuera de la isla de Pélope, hasta la primavera de este año.
Mi padre la miró a los ojos y dijo:
—¿Cómo lo sabes? —El rostro de la sacerdotisa se tornó rígido como una máscara de arcilla. Mi pa-dre dijo—: Eres una mujer sabía, Medea; con razón te llamaron así. Sabes leer en los guijarros y en el agua y en las manos de los hombres; conoces las estrellas; sabes hacer el humo que provoca sueños verdade-ros. ¿No sabes quién es su padre?
Medea respondió:
—Eso no lo he visto. Me lo impidió la niebla.
Pero su voz había perdido veracidad y revelaba miedo.
Comprendí que mi padre era un juez prudente que conocía su oficio y tenía mucho que enseñarme. Se dirigió a mí: —Yo no estaba seguro. Ella podría haberlo hecho por ignorancia, por haber interpretado mal los augurios. —Luego, le preguntó al capitán de la guardia—: ¿Dónde la habéis encontrado?
—En la muralla sur —dijo el capitán—. Estaba con sus dos hijos y trataba de hacerlos bajar por allí con ella. Pero la roca es escarpada y tenían miedo.
—Ahora estoy seguro —dijo mi padre—. Teseo, la dejo en tus manos. Haz con ella lo que creas con-veniente.
Medité. Sin duda, mientras Medea siguiese viva, en alguna parte del mundo los hombres padecerían las consecuencias. Le dije a mi padre:
—¿Qué género de muerte dais aquí? —De improviso, como una serpiente, ella se deslizó entre los guardias (adiviné que éstos la temían) y se acercó a mi padre. Vi en sus rostros, a pesar de ellos, la intimi-dad del hombre y la mujer que han compartido el lecho.
Medea dijo sin alzar la voz:
—¿Es digno de ti lo que estás haciendo?
El sólo respondió:
—Sí.
—Piénsalo, Egeo. Durante cincuenta años has vivido con la maldición de Eleusis y sentido su peso. ¿Has elegido bien?
Respondió:
—He elegido con los dioses.
Medea tomó aliento para decir algo; pero él gritó: — ¡Lleváosla! Los guardias la rodearon. Pero ella se volvió hacia el que parecía temerla más y le escupió en el brazo; la lanza del soldado cayó ruidosamente y él se quedó inmóvil, palidísimo, aferrándose la muñeca. Mientras los demás se movían a su alrededor, tratando de sujetarla pero temiendo su contacto, Medea gritó—: Siempre has sido tacaño, Egeo. ¿Qué clase de negocio creías haber hecho con nosotros? ¿Liberarte de la maldición y pagarlo solamente con la vida de algún vagabundo extranjero? ¡Oro por cagajón! ¿Es eso lo que pensabas? — Mi padre me miró, como quien se ve obligado a hacerlo contra su voluntad. Entonces, adiviné qué palabras había tratado de acallar. Sentí frío en el vientre: una suerte de sobresalto que no era asombro. Me acordé del pájaro perico que pia-ba al alba y de las paredes pintadas. Me pregunté cuántas veces me había acostado con la reina después de que ella planeara mi muerte.
Al ver que la mano de mi padre se movía para dar una orden, dije:
—Aún no.
Luego reinó el silencio, salvo los dientes castañeteantes del guardia que dejara caer la lanza.
—Medea —dije—, ¿sabía también la reina de Eleusis de quién soy hijo? —La vi escudriñar mi sem-blante para descubrir qué respuesta quería yo. Pero yo había madurado en aquella última hora y me reser-vé mis pensamientos.
Su voz se tomó malévola: —Al principio sólo quería eliminarte, como a un perro que muerde. Pero cuando su hermano falló, me envió algo tuyo y miré en el cuenco de tinta.
Mi padre me dijo:
—Tu esposa me advirtió que habías jurado gobernar Atenas. Yo te lo habría dicho, pero no tan pron-to. Eres joven y quizá la amabas.
No contesté, porque estaba pensando, y él agregó:
—Ella me habría liberado de la culpa de mi abuelo, para convertirme en el asesino de mi hijo. Sirves a una mujer encantadora, señora.
Ahora, yo había terminado de meditar y alcé los ojos.
—No te preocupes por eso, señor. Me viene bien. Me aclara mi camino.
Al oírlo, ella se volvió rápidamente hacia mí. Sus ojos sesgados se entornaron y centellearon, la boca se le contrajo y luego se distendió; yo retrocedí un paso, comprendiendo que Medea tenía auténticos pode-res.
—¡Oh, sí! —dijo ella—. Tu camino está claro ahora, heleno. Sigue la larga sombra que proyectas ante ti. Tu padre morirá pronto. Cortó diez años del hilo de su vida cuando te arrebató la bebida de la mano.
Detrás de ella, los guardias permanecían inmóviles, con las mandíbulas desencajadas y los ojos muy abiertos. Mi padre estaba pálido, pero no dejó de fijarse en cómo acogían ellos la noticia. Pero ella me clavó los ojos, balanceándose un poco, como hace la serpiente para paralizar a la presa. Los guardias se habían apartado, formando un apretado grupo; pero yo estaba solo.
—Teseo —dijo Medea en voz baja, como si su sibilante lengua fuese bífida—, Teseo de Atenas. Cru-zarás las aguas para bailar en sangre. Serás rey de las víctimas. Recorrerás el laberinto entre llamas y lo recorrerás entre tinieblas. Tres toros te esperan, hijo de Egeo. El toro de la tierra, el toro del hombre y el toro del mar.
Sentí que me helaba el contacto de su animadversión y el de los espectros de rostros velados que evocaba. Yo nunca había sido maldecido antes. Aquello era como el oscuro escalofrío que se siente cuando la serpiente de la tierra aflora al sol. Al retroceder los guardias, mi padre se interpuso entre ella y yo.
—¿Quieres una buena muerte, perra? —le preguntó—. Si es así, ya has dicho bastante.
Ella respondió con frialdad:
—No alces tu mano contra mí, Egeo. —Y se diría que usaba los secretos del lecho compartido para crearse sus poderes de bruja, en vez de las uñas o los cabellos.
—¿Creéis que vais a engañar a las hijas de la noche, tú y tu bastardo? Él pagará tu deuda; sí, y con intereses. Tú has salvado al hijo de una noche, que se presentó ante ti como un desconocido. Pero el hijo a quien él mate será el fruto de su más caro amor, el hijo de su corazón.
Yo era joven. Había engendrado hijos aquí y allá, pero aún no pensaba en un hijo de mi linaje ni en lo que yo quería que fuese. No obstante, así como un hombre puede pararse de noche sobre un peñasco y adivinar debajo grandes profundidades que no logra ver, así sentí cernirse sobre mí desde lejos toda la an-gustia que no es posible imaginar antes de que surja ni debe ser recordada después. Yo era un extraño para mí mismo. Los guardias hablaban en susurros. Delante de mi rostro, se alzaba la mano de mi padre haciendo el signo contra el mal. Ella aprovechó bien su oportunidad. Doblándose como una liebre, pasó por en medio de todos y corrió hacia el balcón. Oí el rumor de sus volantes salpicados de jucas y de sus ágiles pies; luego, sólo las pisadas de los guardias, que fingían darse prisa. Busqué a tientas mi espada; recordé dónde estaba y la cogí. Un centinela acudió desde la galería, alarmado por el ruido, y chocó con la guardia.
—¿Adónde ha ido? —grité.
Él señaló con la mano y yo me precipité afuera. Se había levantado una brisa que soplaba desde el mar. La húmeda niebla me helaba el rostro y se adhería a las lajas. La luna parecía un ovillo de lana. Re-cordé lo oído sobre Medea: que sabía convocar al viento; la galería estaba desierta. Penetré por el vano de una puerta y caí sobre un viejo dormido en la cama. Mientras él tartamudeaba, me incorporé y recobré mi espada. Había una abertura cubierta con una cortina que se balanceaba como si acabaran de moverla. Más allá, un pequeño rellano adonde llegaba la luz de la lámpara que había al pie de la escalera. Eché a correr escaleras abajo; luego vi en la esquina de la pared la sombra de una mujer con el brazo en alto.
Sin duda era la bruja, porque me hechizó. Porque de eso se trataba. Mis manos se tornaron frías y me sudaban. Las rodillas perdieron su fuerza y las sentí temblar. Mi corazón se puso a dar saltos dentro del pecho, la respiración se me hizo jadeante y casi me asfixiaba. Sentí un hormigueo en la piel y en el cuero cabelludo, y se me erizaron los pelos. Y tenía los pies pegados al suelo: no querían llevarme más adelante.
El hechizo me paralizaba como si hubiese echado raíces; las entrañas se me revolvían como si estu-viese enfermo. La sombra se movió y desapareció de la pared. Esto debilitó el hechizo, que comenzó a disiparse. Bajé corriendo la escalera, pero era tan empinada que me obligó a ir despacio. Los peldaños me llevaron a un pasadizo y luego a un patio oscuro y lleno de viscosa niebla. Nada se movía allí.
Me volví y oí un estrépito en lo alto. El viejo con quien tropezara estaba despertando a todo el mundo, gritando que un guerrero alto había salido corriendo de la cámara del rey con una espada desenvainada en la mano. Todo el palacio estaba alborotado. Acudió corriendo una muchedumbre de cortesanos, desnudos detrás de sus escudos, y me habrían atravesado con sus lanzas, pero mi padre salió a tiempo. Las antor-chas recién encendidas, húmedas de niebla, despedían una humareda hedionda; los viejos tosían en aque-lla atmósfera, las mujeres corrían de aquí para allá chillando, los niños lloraban, los hombres se gritaban conjeturas de una punta a otra de los patios. Por fin, encontraron al heraldo, para que acallara el estrépito con su cuerno. Mi padre me condujo a la galería, no para decirles quién era yo, sino para estar seguro de que nadie me iba a matar. Calmó todos los temores y les prometió buenas noticias para el día siguiente; luego, les dijo que Medea había hecho algo abominable para los dioses y los hombres, y que no se debían abrir las puertas hasta que la capturasen.
Restaurada la calma, mi padre me preguntó si había visto a la hechicera cuando la perseguía. Le dije que no, lo cual era cierto; porque no la había visto a ella, sino sólo a su sombra. Y de esto prefería no hablar; porque el hechizo que Medea había lanzado sobre mí era muy maligno y si uno habla de esas cosas les da poder. Apolo Peán, el que aniquiló las tinieblas, haz que nunca vuelva a sentir nada parecido.
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Teseo: El rey debe morir
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