Capítulo 2

No encontramos a la hechicera y sus hijos, a pesar de haber registrado el palacio desde el tejado hasta los cimientos de los pilares, incluida la cayema sagrada de la serpiente de la casa. Tanteamos todas las grietas de las rocas e incluso sondeamos el pozo. La gente decía que la oscura Madre había mandado a una víbora alada para que se la llevara por los aires. A eso, nada repuse. Pensé que Medea podía haber hechizado a la guardia de las puertas lo mismo que a mí.

Al día siguiente, mi padre reunió al pueblo. Desde las ventanas del palacio, vimos ascender a la gente y desplegarse en la cumbre del peñón. Mi padre dijo:

—Hoy caminan con paso ligero, sin cargas y sin que sus hijos agobien sus hombros. Sí, conocen el camino de la ciudadela. Volveremos a ver el humo sobre el Himeto cuando los Palántidas reciban esta noti-cia. Acabas de volver de una guerra. ¿Estás listo para otra?

—Padre, a eso vengo —dije. Él me miró como un hombre que ha olvidado la manera de descansar—. Eres el único que no me ha mentido —dije—. De los demás, recibí cuentos infantiles; pero tú me legaste una espada.

—¿Qué te dijeron? —preguntó.

Se lo conté, tratando de divertirlo; pero él me miró largamente y temí que estuviera acongojado aún por la noche anterior.

—Hiciste bien en dejarme al cuidado de Poseidón —dije—. Nunca me abandonó. Cuando lo llamé, siempre me habló.

Mi padre me miró y dijo:

—¿Cómo?

Yo nunca había hablado de aquello y las palabras tardaron en salirme, pero acabé diciendo: —Habla como el mar.

—Sí —dijo—. Eso es lo que caracteriza a los Eréctidas. Apareció cuando yo te engendraba.

Esperé; pero no me habló de otras veces. Por eso dije:

—¿Y cómo nos llaman al final?

—Él nos llama a un alto lugar y nosotros saltamos a su encuentro —dijo mi padre—. Vamos por nues-tra propia voluntad.

Cuando escuché sus palabras, me pareció que había sabido siempre eso.

—Es preferible a como van los hijos de la tierra —dije—. Uno debe ir como un hombre, no como un buey.

El pueblo se apretujaba ahora abajo; sus voces zumbaban como el enjambre de un árbol talado y el olor de sus cuerpos ascendía hasta nosotros.

Mi padre dijo:

—Más vale que salgamos con ellos.

Ahora que había llegado el momento, mis manos se adherían a los brazos de mi sillón. Pensé en el escrutinio de todos aquellos ojos mientras mi padre hablara. Me gusta hacer, no que me hagan.

—Padre —dije—, ¿y si ellos no creen que soy tu hijo? Pueden suponer que hemos hecho un trato: mi espada contra los Palántidas a cambio de heredar Atenas. ¿Qué sucederá si lo piensan? Se me acercó con su sonrisa desvaída y me rodeó los hombros con el brazo.

—Tres de cada cinco lo creerán. ¿Quieres que te diga lo que van a decir? «Esa vieja víbora de Egeo nunca pierde una oportunidad. He ahí a ese joven rey de Eleusis que es un heleno y no quiere seguir la suerte de sus antecesores. Es, precisamente, el hombre que Egeo necesita: alguien que le deba la vida, quienquiera que fuere su progenitor. ¿Quién podría decir si no lo manda un dios? Que tenga suerte y nada de preguntas.» Me sentí simple y joven a su lado. Prosiguió diciendo: —Mi hermano Palas tiene diez hijos de su matrimonio, todos mayores; y poco más o menos el mismo número con mujeres de la casa. Y la ma-yoría de ellos tienen hijos a su vez. Si se hicieran con el poder desgarrarían el Ática como los lobos a un caballo muerto. Tienes una gran virtud, hijo mío, que te permitirá avasallarlo todo. Eres uno y no cincuenta.
Me cogió del brazo y me condujo afuera. Descubrí que tenía razón: cualquiera que fuese su modo de pensar, la multitud me aclamó. Cuando volvimos a entrar, mi padre sonrió y dijo:

—Un buen comienzo. Bastará con darles tiempo. Verán al Eréctida en todos los rasgos de tu perso-na.

Empezábamos a conocernos un poco. Creo que si él me hubiese criado desde niño, habríamos cho-cado; pero ahora simpatizábamos y existía entre nosotros una especie de ternura. Como si la copa envene-nada nos hubiera acercado.

Mi padre ordenó que se celebrara aquella noche una fiesta y un gran sacrificio a Poseidón. Cuando se retiraron los sacerdotes, observé: —No olvides a Apolo, señor. No me han purificado aún.

—Eso puede esperar —repuso—. Lo mismo da hacerlo mañana.

—No hay mucho tiempo si cuentas con una guerra, señor. Yo quisiera ir a Eleusis mañana y poner las cosas en orden.

—¡A Eleusis! —Parecía pasmado—. Hay que solucionar antes el asunto de los Palántidas. Nos ata-carán. ¿Cómo podría yo prescindir de tantos hombres? —No entendí muy bien sus palabras.

—¿Hombres? —dije—. Los dos que traje conmigo son todo lo que necesito. No me hacen falta mu-chos servidores.

—Pero... —dijo mi padre—, ¿no te das cuenta de que la noticia llegará allí antes que tú?

—¿Podrías encargarles a tus mujeres, padre, que cuiden de la muchacha que vino conmigo? —dije yo—. Por mí, la habría dejado en Eleusis; no estoy tan atado a sus faldas como para necesitarla en todas partes; pero la reina estaba irritada con ella y podía haberle hecho daño. Es una buena muchacha, útil y educada; no te molestará y mi ausencia no durará mucho.

Mi padre se mesó el cabello, una costumbre suya cuando estaba preocupado.

—¿Estás loco? Desde hoy, tu vida no vale una uva exprimida en Eleusis. Cuando hayamos apaci-guado a los Palántidas, dispondrás de un ejército para reivindicar tus derechos.

Lo miré, sorprendido. Pero adiviné que estaba preocupado por mí. Eso me conmovió, ya que nunca me había sucedido.

—Te detendrían en la garita de la frontera —me dijo—. ¿Te habrá enloquecido la hechicera con su hechizo? —Se golpeó el muslo, como apesadumbrado. Siendo prudente y, al parecer, sincero, le irritaba no ver las cosas claras. Lamenté causarle problemas tan pronto.

—Pero, padre —dije—. Esos jóvenes me salvaron en la batalla. Derramaron su sangre y uno de ellos murió. ¿Cómo podría yo ir contra ellos como un salteador, respaldado por lanzas? Su diosa me eligió, no sé por qué. Son mi pueblo.

Él se paseó por la habitación, comenzó a hablar y siguió paseándose. Era prudente y veía diez cosas donde yo apenas veía una. Pensé: «Pero tengo que atenerme a lo que sé y hacer lo que pueda con eso. Me portaré peor con los demás; la prudencia sólo la otorgan los dioses».

—Tendré que ir, padre —dije—. Mándame con tu bendición.

—En nombre del dios, ojalá que el hilo de tu vida sea más fuerte que la maldición —dijo.

Fui purificado ese día en la cayema de Apolo, en el peñasco que había debajo de la ciudadela. En su sombra, donde el arroyo sagrado fluye por las rocas, llenaron el cántaro para lavarme de la sangre de Jan-to. Luego, a la radiante luz del sol, sacrificamos una cabra en el altar que había delante de la cayema. Por la noche, hubo una fiesta magnífica, con artistas y prestidigitadores. Mi padre hizo catar todas las viandas antes de que las comiéramos. No tenía un esclavo especial para esta operación; el hombre que había coci-nado el plato lo traía y mi propio padre le señalaba su parte; un proceder que me pareció a la vez prudente y justo.

A la mañana siguiente, madrugué. Mi padre y yo salimos a la terraza húmeda de rocío; el peñón pro-yectaba su larga sombra azul sobre los campos. Él parecía haber dormido mal y me rogó que cambiara de idea.

—Si yo pudiera hacer algo por alguien, señor, lo haría por ti — dije—. Pero he tomado a esos minoa-nos bajo mi protección. Abandonarlos dañaría mi buen nombre.

Lo compadecí. Se notaba que habría querido prohibírmelo. Le resultaba penoso, pensé, encontrarse con que su único hijo se presentaba ante él convertido ya en un rey. Pero esto no tenía remedio.

—Algo más, padre, antes de irme —le dije—. Si algún día logramos unir nuestros reinos, no quiero que los hijos de tus hijos puedan decir de mí que los llevé al cautiverio. Tendrán que venir como parientes o no venir. Dame tu palabra de que será así.

Me miró con ojos penetrantes. Y replicó: —¿Regateas conmigo?

—No, señor —respondí, por cortesía, y agregué—: Sí que parece que esté regateando. Pero es que está en juego mi honor.

Guardó silencio durante tanto tiempo que le pregunté si estaba enfadado conmigo.

—No —me contestó—. Has cumplido con tu deber—. Y lo juró inmediatamente ante mí. Luego dijo—: Veo en ti a tu abuelo. Sí, eres más el hijo de Piteo que el mío. Me atrevería a afirmar que sales ganando.

Mi caballo esperaba. Dije a mis criados que me siguieran más tarde. Presentía que ir solo me daría suerte.

En la atalaya de la frontera, correspondieron a mi saludo y me dejaron pasar de inmediato. Aquello parecía demasiado fácil, hasta que oí decir, a mis espaldas:

—Es mentira. Todos los atenienses son mentirosos.

Poco después, al doblar un recodo, vi la cumbre de la siguiente colina coronada de lanzas.

Yo estaba ya a tiro de flecha, de modo que hice avanzar a mi caballo a paso lento. Pronto, se dibujó un hombre contra el fondo del cielo. Entonces, los reconocí y agité la mano. Él hizo señas a los que lo se-guían y empezó a bajar la colina. Detuve a mi caballo, esperé y dije:

—Salud, Bayo.

—Bienvenido a casa, Teseo —dijo Bayo, y gritó a sus compañeros—: Ya os lo dije yo. Ahora, ¿qué tenéis que decir? Los acompañantes bajaron en tropel, disputando y maldiciéndose.

—Yo nunca me lo creí; fue una ocurrencia de Escopas.

—¿Qué? ¡Todos te oímos!

—Te haré tragar esa mentira.

Desenvainaron las dagas. Como en otros tiempos. Tuve que desmontar y separarlos, como a dos pe-rros de pelea.

—Vaya un recibimiento rústico —dije—. ¿Os habéis vuelto todos labradores en tres días, ¿o qué? Sentaos y dejadme que os mire.

Me senté sobre un trozo de roca y los examiné uno por uno.

—Falta un hombre, Hipsenor. ¿Dónde está? ¿Lo ha matado alguien?

Una voz dijo:

—No, Teseo. Se fue a avisar al ejército. Hubo un silencio.

Bayo dijo:

—A decirle que estás solo. Fruncí el entrecejo. —Cuando yo quiera que el ejército venga a reunirse conmigo, lo diré yo mismo —repliqué—. ¿Quién se cree que es Hipsenor? —Bayo tosió y cambió de postu-ra.

—Bueno, pero es que ya ha salido; está ahí, al otro lado de la

colina. Nosotros somos la vanguardia. —¿La vanguardia? —repetí—. Sí, espero que sí. Pero ¿contra quién piensan combatir? —Todos miraron a Bayo, que les devolvió una mirada furiosa.

—Vamos —dije—. Suéltalo. Tragó saliva y, al final, me dijo:

—Pues bien, Teseo. Anoche llegó un rumor de Atenas. Ninguno de nosotros lo creyó. Pero la reina lo consideró auténtico. —Volvió a detenerse y agregó—: Decían que le ofreciste Eleusis al rey Egeo a cambio de que te hiciera su heredero.

Se me heló el corazón y sentí náuseas. Entonces comprendí por qué mi padre me había llamado lo-co. Lo último que se me hubiera ocurrido pensar debía haber sido mi primer pensamiento. Los miré uno por uno hasta que recobraron el habla.

—Dijeron que te habían proclamado en la ciudadela.

—Todos nosotros lo desmentimos.

—Nos pusimos furiosos.

—Juramos todos que, si era cierto, te mataríamos en la frontera o moriríamos nosotros.

—Porque habíamos confiado en ti.

—No porque creyéramos en ese rumor, Teseo. Pero por si era cierto. Todo esto me dio tiempo. Mien-tras hablaban sentí aligerarse mi espíritu. Fue algo que no se puede decir con palabras. La verdad es que rara vez he necesitado que un adivino me señale mi día de suerte. Lo siento yo; lo sentí entonces.

—Lo único cierto es esto —dije—. He hecho un trato con el rey Egeo. —Se hizo un silencio tan inten-so como si todos se hubiesen muerto—. He logrado que me jurara que jamás será injusto con los hombres de Eleusis y que los tratará como a amigos y parientes. ¿Qué trato creéis que puede hacer un padre con su hijo? —Todos se quedaron mirándome en profundo silencio. No esperé a que empezaran a mirarse entre sí en vez de mirarme.

—Os dije a todos que, el día en que murió el rey, yo iba hacia Atenas —declaré—. No os revelé el nombre de mi padre porque le había jurado a mi madre, que es sacerdotisa, no revelarlo por el camino. ¿Quién de vosotros no habría obrado como yo? Ella me dio la espada de mi padre para que se la mostrara. ¿Parece la de un hombre común? Miradla. Mirad el dibujo.

Se la pasaron de mano en mano. Mi actitud me dejaba indefenso; pero, de todos modos, era uno co-ntra treinta.

Les dije:

—Yo soy el hijo del bosquecillo de mirtos que, según vaticinó el oráculo, cambiaría la costumbre. ¿No creéis que fue la diosa quien me envió? Cuando mi padre pasaba por Trecén para embarcar hacia Atenas, mi madre colgó su ceñidor para la Madre Día y así fui concebido. ¿Creéis que la dadora de dones lo olvidó? Tiene mil millares de hijos, pero nos conoce a todos y a cada uno. Sabía que yo provenía de un rey y de la hija de un rey de los helenos, a quienes gobiernan hombres. Sabía que yo soy de los que aferran lo que encuentran a su alcance. Sin embargo, me llamó a Eleusis y puso al rey en mis manos. Ella, que nos creó y que nos reclama a su tiempo, sabe mejor que nadie lo que hace. La madre cambia de actitud con sus hijos a medida que llegan a la edad viril. Todo tiene su fin, salvo los dioses, que viven eternamente.

Todos guardaron silencio, como si estuviesen escuchando al arpista. Yo no habría podido conseguirlo solo. Algo se cernía en el aire entre nosotros y yo tomaba de él lo que decía. Un bardo diría que es la pre-sencia del dios.

—Cuando vine a Eleusis, yo era un desconocido para vosotros —dije—. Hay muchos hombres que vagabundean por el mundo en busca de botín, quemando ciudades y dispersando su ganado, tirando a los hombres por las murallas y violando a las mujeres. Así viven; y si uno de ellos hubiese hecho el trato que pensáis, habría sido para él un buen negocio. Pero yo me crié en una casa de reyes, donde al heredero se le llama pastor del pueblo, porque se interpone entre el lobo y la majada. Acudimos cuando el dios nos lla-ma; y cuando se enfurece, somos la víctima. Vamos voluntariamente al sacrificio, porque los dioses se sien-ten conmovidos por las ofrendas que les hacen de buena gana. Así iré por vosotros, si se me convoca. Pero únicamente recibiré la orden del dios: sólo responderé de vosotros ante él y no ante ningún mortal. Hasta mi padre lo sabe y lo acepta. Tal fue el trato que hice en Atenas. Tomadme tal como soy. No puedo ser distin-to. Ya me habéis oído: si no soy un rey para vosotros, estoy solo y tenéis mi espada. Haced lo que creáis más conveniente y responded ante el cielo.

Esperé. Hubo un largo silencio. Luego, Bayo se levantó y se acercó al hombre que tenía la espada, la tomó de sus manos y la puso en las mías. Entonces el indisciplinado jovenzuelo Amintor gritó: — Teseo es el rey.

Y todos le hicieron coro.

Pero Bayo callaba. Cuando concluyó el griterío, se puso de un salto a mi lado y dijo a los demás:

—Sí, ahora gritáis, pero, ¿quién de vosotros afrontará la maldición? Pensadlo bien: no lo devolváis a Eleusis para dejarlo morir luego solo.

Hubo murmullos y yo dije:

—¿Qué maldición es ésa?

Bayo dijo:

—La reina invocó la maldición fría sobre cualquier hombre que te dejara pasar.

—No conozco la maldición fría —respondí—. Decídmela.

Me pareció preferible saber de qué se trataba antes que ignorar lo. Todos lo consideraron un rasgo de audacia. Bayo dijo:

—Los ijares fríos y un hogar frío, frío en la batalla y una muerte fría.

Por un momento sentí un escalofrío en el cuello. Luego cavilé y recordé cuatro cosas. Finalmente, me eché a reír.

—Mientras estaba en Atenas, la reina intentó envenenarme — dije—. Entonces supe que también Janto había actuado por orden de ella—. Una vez, por lo pronto, ella lo intentó con su propia mano: podéis ver la herida. ¿Para qué iba a tomarse tantas molestias si la maldición fija fuese eficaz? ¿O acaso lo ha sido? ¿La habéis visto actuar vosotros? —Me habían escuchado con aire solemne; pero ahora alguien, uno de los más retrasados, pronunció una broma obscena. Yo la había oído ya en otra oportunidad, pero nunca cara a cara. Todos se rieron a carcajadas; luego profirieron vítores.

A poco, un joven moreno, aquel a quien no le había gustado que matáramos a Fea, dijo:

—No obstante, ella maldijo hace dos años a un hombre. El hombre lanzó un alarido y se desplomó, tieso como una tabla; y cuando se levantó, se puso de cara a la pared y no comió ni bebió hasta morirse.

—¿Por qué no? —dije—. Quizá se lo mereciera y ningún dios lo protegía. Pero yo soy un servidor de Poseidón A lo mejor esta vez la Madre ha escuchado antes a su esposo.

Esto les gustó más que nada, sobre todo a los que cortejaban a muchachas que no eran del gusto de sus madres. Todos empezaron a vitorearme de nuevo; de ésta, los había conquistado Y a su debido tiempo, puedo decirlo ya, se casaron con las muchachas que amaban. El resultado fue que la mitad de ellos, poco más o menos, tuvo buenas esposas y la otra mitad malas, lo mismo que con la antigua usanza. Pero logra-ron manejar mejor a las malas.

Un dios debió favorecerme al poner en mi camino a los acompañantes. Eran hombres a los que yo entendía; podía hacer tanteos con ellos y ver qué me convenía más. Eran mi campo de pruebas Cuando proseguí mi camino para reunirme con el ejército, había aprendido algo que no se olvida: hasta qué punto es mas fácil conmover a muchos que a pocos.

Los soldados estaban alineados en la orilla del mar, donde las colinas descienden a la playa. Es el lugar donde se domina el camino de Atenas y donde se ha cerrado el paso desde tiempos inmemoriales Los soldados de Eleusis habían hecho un muro sobre el que estaban cuantos habían logrado subirse. No me costo hacerme oír: eran hombres de Eleusis y los devoraba la curiosidad por saber qué les diría.

De manera que los reuní en asamblea, sobre las arenas y junto a las serenas aguas del estrecho, donde volaban las blancas gaviotas, centelleando plateadas en el cielo azul, y la brisa de Salamina agitaba las plumas de los guerreros. Procuré tener presente todo lo que sabía sobre su pueblo y hablé. Desde los tiempos de sus antepasados habían vivido cerca de los reinos helenos y visto las costumbres de los países gobernados por hombres; y yo sabía muy bien que la mayoría de ellos ansiaban que también los gobernara un hombre.

Cuando terminé, vi hacia qué lado se decantaban. Pero aún tenían miedo.

—¿Qué sucede? —les dije—. ¿Creéis que la voluntad del cielo es que las mujeres os gobiernen eter-namente? Escuchadme y os diré cómo empezó eso.

Entonces todos guardaron silencio y atendieron, porque les gustaban las historias. Y les dije:

—Hace muchísimo tiempo, en la época en que los primeros hombres de la tierra hacían las espadas de piedra, todos eran ignorantes y se alimentaban, como los animales, de bayas silvestres. Eran, además, tan tontos que creían que las mujeres concebían gracias a su propia magia, sin ayuda de los hombres. ¡Por algo la mujer les parecía tan poderosa! Si ella le decía a un hombre que no, ¿quién salía perdiendo sino él? Ella, con su arte, podía concebir de los vientos y los ríos, sin deber nada a los hombres. Entonces todos los hombres se acercaban a ellas arrastrando la cara por el suelo, hasta un cierto día.

Y les conté la historia del hombre que descubrió la verdad. Todos los helenos la conocen; pero era nueva para los eleusinos y les hizo reír.

—Bien —dije—. Eso ocurrió hace mucho tiempo; hoy todos sabemos a que atenernos. Pero nadie lo creería viéndoos a alguno de vosotros. Os aferráis a vuestro miedo como si fuera un mandato del cielo.

Nuevamente comencé a sentir que algo nos unía, algo así como un cordón umbilical por donde circu-laba una sangre común. Pero los juglares dicen que es Apolo; que, si se le invoca debidamente, amarra a los oyentes con un hilo de oro y pone el extremo en nuestra mano.

Y continué, diciendo:

—Hay una medida en todas las cosas. Yo no vine aquí a desairar a la diosa de la que todos somos hijos. Así como se necesita un hombre y una mujer para engendrar un niño, también hacen falta dioses y diosas para crear el mundo. La Madre nos da el grano. Pero es la simiente del dios inmortal lo que la vivifi-ca, no un hombre mortal condenado a perecer. ¿No serían sus bodas el mayor de los espectáculos? ¿Por qué no? ¿Por qué no hacer venir al dios de Atenas al país de la diosa, con las antorchas nupciales, porque ella es grande y tal es la costumbre aquí, y reunir a los dos en la caverna sagrada, mientras ambas ciuda-des cantan y lo celebran juntas? —Yo no tenía planeado esto. Se me ocurrió mientras hablaba. Sabía que les gustaban los augurios y ver a la moira obrando entre los mortales. Quizás eso me sugirió la idea. Pero un dios lo acompaña a uno en sus días de suerte y creo que fue él quien me lo inspiró. Había llegado la hora de que ocurriese un cambio y allí estaba yo, a su disposición. Pues, más tarde, yo les organicé real-mente aquel rito Mejor dicho, mandé por el bardo que había estado en Trecén, porque parecía más ade-cuado que cualquier otro hombre de los que conocía— . Habló con las sacerdotisas más viejas, rezó a la Madre y se aconsejó con Apolo; y estableció un rito tan hermoso que nadie ha querido que se altere. Él mismo dijo que era el mejor trabajo que había hecho en su vida y que no lamentaría que fuese el último.

Era un sacerdote de Apolo Peán y quizá fuese presciente. La antigua religión les es cara a las hijas de la noche; y, guste a quien guste, ellas no quieren que cambie. Ellas posaron su mano sobre él, igual que sobre mí.

En Tracia, donde lo mataron, conservan la antigua costumbre, pese a todos sus esfuerzos . Incluso en Eleusis se resiste a desaparecer y perduran sus rastros. A fines del verano, se ve allí a la gente de la ciudad y de la aldea sentada en las laderas, presenciando cómo las pantomimas de los pastorcillos recrean los antiguos relatos de las muertes de los reyes.

Pero eso fue después. Ahora los soldados lanzaron al aire sus yelmos, blandieron sus lanzas y me rogaron que los acaudillara de regreso a la ciudad. Volví, pues, a montar a caballo, rodeado por la guardia; los eleusinos nos seguían, cantando peanes y gritando:

— ¡Teseo es el rey!

No fui directamente al palacio. Tomé el camino de abajo, el que lleva a la caverna y al campo de lu-cha.

Todas las mujeres se habían apresurado a salir, cotorreando e interrogando a los hombres; las lade-ras comenzaron a cubrirse de gente, como sucedió el día de mi llegada. Llamé a dos oficiales y les dije:

—Ordenadle a la reina que venga aquí. Que venga por su propia voluntad, si quiere; y de lo contrario, traedla por la fuerza. Los oficiales subieron al palacio. —En lo alto de la escalinata, los detuvieron varias sacerdotisas; de haber tenido más años hubiese previsto que dos hombres no bastarían. Envié a cuatro más, para que se infundieran valor entre sí. Se abrieron paso a codazos y entraron. Esperé. Y comprendí por qué había elegido aquel lugar para encontramos: para verla bajar los peldaños como lo hiciera Cerción hacia mí y antes el rey que lo precedió; cada año, durante innumerables años, un hombre en la flor de la juventud había bajado así, privado de sus fuerzas con hechizos, como el pájaro a quien fascina la danza de la serpiente, para luchar y morir.

Pronto vi volver a los hombres, pero venían solos. Esto me encolerizó; si tenía que subir yo en perso-na, el pueblo se perdería el espectáculo. Pero cuando se acercaron los vi pálidos. Y el que los encabezaba me dijo:

—Teseo, la reina se está muriendo. ¿Debemos traerla tal como está, o no? —Oí a mi alrededor voces que propalaban la noticia; era como el ruido que hacen los bancos al arrastrarlos por un salón vacío.

—¿Muriendo? —dije—. ¿Está enferma? ¿O le ha hecho daño alguien? ¿O se ha suicidado? —Todos denegaron con la cabeza, pero no hablaron de inmediato. A los eleusinos les gustan los acontecimientos dramáticos y saben realzarlos. Se volvieron hacia el de mayor edad, que tenía una voz impresionante. Y éste dijo:

—Nada de eso, Teseo. Cuando a la reina le llegó la noticia de que te traíamos de regreso como gran rey desde la frontera, se mesó los cabellos y se rasgó la vestimenta, y fue a ver a la diosa y le gritó que le diera una señal. No se sabe qué señal quería, pero gritó tres veces, golpeando la tierra con las manos. Lue-go, levantándose por fin, hizo que le llevaran la leche y se la ofrendó a la serpiente de la casa; pero la ser-piente no quiso salir a recogerla. Entonces la reina llamó a un flautista, para que tocara la música con que bailan las serpientes, y por fin salió. Cuando estaba escuchando la música y había empezado a bailar, la reina volvió a gritarle a la diosa y cogió la serpiente con la mano. La serpiente le clavó los dientes en el bra-zo y volvió a su agujero tan deprisa como cae el agua en una tinaja. Poco después la reina se desplomó, y ahora se está muriendo.

A nuestro alrededor reinaba un silencio profundo; se habría oído el más leve susurro. Dije:

—Traedla aquí. Si entro, podrían decir que la he matado yo. El pueblo debe ser testigo. —Adiviné, en el profundo silencio de los eleusinos, que aprobaban mi decisión—. Ponedla sobre la litera y no la lastiméis. Que vengan dos de sus mujeres, por sí necesita algo; pero haced que las demás se queden allí.

Y yo y el pueblo volvimos a esperar; pero los eleusinos son pacientes cuando el espectáculo vale la pena. Por fin, vi aparecer en la terraza superior la litera; la llevaban cuatro hombres y dos mujeres la flan-queaban; y detrás, contenidas por los guerreros con las lanzas cruzadas, venían las sacerdotisas enlutadas, con los rostros sangrantes y desgreñados, llorando a voces. Los peldaños de la escalinata no eran dema-siado empinados para la litera. Cada año, desde tiempos inmemoriales, se ha bajado por allí a un rey muer-to sobre su catafalco.

Bajaron y la trajeron ante mí, posaron las patas de la litera en el suelo. Era de madera de cornejo do-rada, con incrustaciones de lapislázuli.

La reina se revolvía y jadeaba; el cabello desbordaba la dorada litera y barría el suelo. Su semblante tenía la blancura del marfil nuevo, con una mancha verde bajo los ojos, y la boca parecía azul. Le cubría la tez un sudor frío y la mujer que estaba a su lado le secaba la frente con un paño manchado de la pintura desprendida de los labios y los ojos. Sólo la reconocí gracias al cabello. Parecía tan vieja como para ser mi madre.

Había querido hacerme más daño que los hombres cuyos cadáveres yo entregara a los milanos en el campo de batalla, luego de despojarlos gustosamente de su botín. Pero los estragos que padecía me im-presionaron más que si se hubiera incendiado con antorchas un gran salón real, de muros y columnas pin-tados y con cortinajes tejidos en telar, trepando las llamas hasta las vigas coloreadas y desplomándose el techo con estruendo. Recordé el cielo matinal en la alta ventana, la risa de la reina junto a la lámpara en la medianoche y su altivo andar bajo la sombrilla con flecos. Le dije:

—Estamos en manos de la moira desde el día en que nacemos. Tú has hecho lo que debías y yo también.

Se revolvió en la litera y se tocó la garganta. Luego dijo con voz ronca, pero lo bastante fuerte para que se oyera (porque era una eleusina):

—Mi maldición ha fracasado. Llegaste como anunciaban los augurios. Pero soy la guardiana del mis-terio. ¿Qué podía hacer?

—Difícil elección fue la tuya —dije.

—Elegí mal. Ella me ha vuelto la cara.

—En realidad, sus caminos son oscuros —murmuré—. Pero hiciste mal en intentar que me diera muerte la mano de mi propio padre.

Se incorporó a medias sobre un brazo y gritó: —¡Un padre no significa nada! ¡Un hombre no significa nada! Fue para castigar tu orgullo.

Luego se desplomó y una de las mujeres le acercó a la boca una redoma con vino. Bebió, cerró los ojos y descansó; puse mi mano sobre la suya y la noté húmeda y fría. La reina dijo:

—Me di cuenta de que había algo nuevo en las puertas. Cerción, tu predecesor, era demasiado en-greído. También mi hermano... Entonces llegó un heleno. El bosque de mirtos incubará la cría del cuclillo... ¿Tienes siquiera diecinueve años, como dijiste?

—No —respondí—. Pero me crié en una casa de reyes.

—Contrarié la voluntad de la Madre y ahora ella me hunde en el polvo —replicó la reina.

—Es la hora de los cambios. Sólo los bienaventurados dioses están a salvo de ellos.

Se volvió sobre la litera, pues el veneno no la dejaba estarse quieta. El mayor de sus hijos, una niña morena de ocho o nueve anos, se coló entre los guardias y corrió a su lado, llorando y abrazándola, y le preguntó si era cierto que iba a morir. La reina se serenó, la acarició y le dijo que pronto estaría mejor; y ordenó a las mujeres que se la llevaran. Luego dijo:

—Ponme en un barco veloz con mis hijos y déjame ir a Corinto. Allí tengo parientes que cuidarán de ellos. Quiero morir en la Montaña Sagrada, si consigo llegar hasta allí.

Le di mi consentimiento. Luego, le dije:

—Aunque cambiaré el sacrificio, no aboliré jamás el culto a la Madre. Todos somos sus hijos.

Ella había cerrado los ojos, pero ahora los abrió.

—Los niños y los hombres quieren tenerlo todo por nada. La vida impone la muerte y tú no cambiarás eso. —Levantaron la litera y se la iban a llevar, pero los detuve con un gesto. Inclinándome, dije:

—Dime, antes de irte, ¿llevas en las entrañas un hijo mío?

Ella volvió la cabeza y respondió:

—Tomé el medicamento. El niño apenas medía un dedo, pero se notaba ya que era varón. Por lo tan-to, hice bien. Sobre tu hijo pesa una maldición.

Les hice una seña a los portadores de la litera y se la llevaron hacia los barcos. A las mujeres que la seguían les dije:

—Llevadle sus joyas y cualquier otra cosa que pida.

Ellas comenzaron a correr de aquí para allá, azoradas, todavía con sus vestimentas negras, pero ol-vidadas del solemne duelo; parecía un hormiguero abierto por el azadón, porque de aquello no había pre-cedente. En las laderas de los alrededores, las mujeres de la ciudad cuchicheaban como estorninos. Entre la gente de la ribera es costumbre que todas las doncellas y mujeres estén enamoradas del rey, que es siempre joven, ya que cuando uno muere aparece otro. Por eso, ahora no sabían qué pensar.

Yo seguí la litera con la mirada cuando una mujer alta y de cabellos blancos, con un gran collar de oro, se me acercó con la desenvoltura con que abordan a los hombres las mujeres minoanas y dijo:

—Te ha engañado, muchacho. No morirá. Si quieres su vida, más vale que la detengas.

No le pregunté por qué odiaba a la reina y me limité a responder:

—Tenía la muerte pintada en el rostro, si es que he visto yo alguna vez la muerte.

Ella replicó: —¡Yo no te digo que no esté enferma! Pero tomó en su juventud caldo de cabeza de ser-piente y se hizo picar por víboras jóvenes para inmunizarse contra los venenos. Eso es costumbre en el santuario. Sufrirá varias horas más y luego se pondrá en pie y se reirá de ti.

Cabeceé.

—Más vale que dejemos eso en manos de la diosa; no conviene entrometerse entre la señora y la criada.

La mujer se encogió de hombros.

—Necesitarás una nueva sacerdotisa. Mi hija es de estirpe real y una muchacha capaz de gustarle a cualquier hombre. Mírala, ahí está.

Fruncí el entrecejo y poco me faltó para reír a carcajadas al ver a la pálida muchacha que se me ofre-cía y a la madre dispuesta a gobernar Eleusis. Me alejé hacia las mujeres de la reina, quienes corrían y refunfuñaban, subiendo y bajando por la escalinata. Pero una de ellas, menos ocupada, estaba de pie junto a la grieta de la roca, contemplándola por última vez. Era la que se había quedado la noche de bodas, llo-rando al difunto rey.

Subí, la cogí de la muñeca y la conduje afuera, mientras ella procuraba zafarse, temerosa al recordar, supongo yo, cuánto me había odiado y cómo lo hizo patente.

—He aquí a vuestra sacerdotisa —me dirigí al pueblo—. Una mujer que no se regocija al ver la san-gre de los hombres muertos. No me acostaré con ella; sólo la simiente de un dios puede vivificar el grano. Pero ella ofrendará los sacrificios y recibirá los augurios y será quien esté más cerca de la diosa. —Y le pregunté a ella—: ¿Aceptas?

Me miró desconcertada; luego, dijo como una niña, porque la sorpresa la había vuelto sencilla:

—Sí. Pero nunca maldeciré a nadie; ni siquiera a ti.

Esto me hizo sonreír. Pero, desde entonces, tal ha sido la costumbre.

Ese mismo día, más tarde, nombré a mis jefes principales, escogiéndolos entre los que se habían mostrado más resueltos en oponerse a las mujeres. Algunos de ellos querían que yo las privase de todos los cargos. Aunque me atraían las actitudes extremas, como a todos los jóvenes, la idea no me gustó: fo-mentaría que todas las mujeres unieran sus poderes mágicos a escondidas. Y yo quería conservar cerca de mí a un par de ellas que eran de mi gusto. Pero no me olvidaba de Medea, que había engañado a un hom-bre tan sabio como mi padre. Y estaban las viejas abuelas, que habían gobernado sus casas durante cin-cuenta años y eran más sensatas que muchos guerreros que sólo pensaban en la fama; además de su ma-gia, tenían muchísimos parientes y habrían manejado a placer a los hombres. Por eso volví a pensar en lo que había visto en Eleusis sobre el gobierno de las mujeres y elegí entre las desabridas que se alegraban de derribar a las otras. Y éstas hicieron más que los hombres por evitar que sus hermanas volvieran a en-cumbrarse. Pocos años después, las mujeres de Eleusis me solicitaron que nombrara a hombres para susti-tuirlas De manera que, al cabo, fue un favor lo que les hice.

La segunda noche de haber tomado en mis manos las riendas del reino, di una gran fiesta a los prin-cipales hombres de Eleusis en el salón real. Proporcioné la carne tomándola de mi botín de guerra, y tam-bién sobraron bebidas. Los hombres se alegraban de haber recobrado su libertad y brindaron por los días de ventura que los esperaban. En cuanto a mí, la victoria tiene un sabor dulce y es grato acaudillar a los hombres y no ser el perro de nadie. Pero, con todo, en la fiesta faltaba algo; sin mujeres, aquello resultaba rústico. Los hombres se embriagaban como tontos, se tiraban los huesos y se jactaban de la manera más necia de lo que eran capaces de hacer en la cama, como jamás se habrían atrevido a presumir en presen-cia de mujeres, porque éstas se hubieran reído de ellos. Aquello más parecía una parranda de campamento que un banquete en el salón del rey, razón por la cual no lo convertí en una costumbre. Pero esa noche me resultó útil.

Llamé al arpista, que cantó, por supuesto, la guerra del istmo. Había tenido tiempo de preparar sus canciones y logró conmovernos. Los hombres prsentes estaban ya pletóricos de sí mismos y de buen vino; cuando rebosaron también canciones, empezaron a echarse a perder como soldados. De manera que les hablé de los Palántidas.

—Tengo noticias de que están proyectando una guerra — dije—. Si se apoderan de la ciudadela de Atenas, nadie estará a salvo entre Eleusis y el istmo. Desgarrarán la llanura ática como los lobos a un caba-llo muerto, y los que sigan hambrientos mirarán hacia nosotros. Si esa horda llega a Eleusis, no dejará en pie una sola espiga ni podrá pacer una sola oveja, no quedará una tinaja intacta ni una muchacha sin violar. Tendremos suerte si logramos combatirlos en los campos áticos y no en los nuestros. Tienen un gran botín en su casa del promontorio de Sunio y estoy seguro de que nos tocaría bastante en el reparto. Entonces, después de la victoria, oiríais decir a los atenienses: «Esos eleusinos son auténticos guerreros. Seríamos necios tomándolos a la ligera. Si podemos conseguir que hombres como esos sean amigos y nuestros pa-rientes, será lo mejor que hayamos hecho jamás».

A la mañana siguiente, en la asamblea, hablé mejor. Pero nunca se encontrará a quien lo reconozca. Los presentes estaban tan ebrios y tan engreídos por su victoria sobre las mujeres, que no les habría gus-tado más el discurso si lo hubiesen compuesto a medias Apolo y Ares Enialio.

Por eso, cuando dos días después mi padre me comunicó que había humo sobre el Himeto, mandé llamar al escriba de palacio, le hice escribir una carta y le puse el sello real. La carta decía: «A Egeo, hijo de Pandión, de Teseo, en Eleusis. Reverenciado padre, que todos los dioses te bendigan con una larga vida. Voy a la guerra y llevo a mi pueblo. Seremos mil hombres.»




Teseo: El rey debe morir


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