Capítulo 3

La guerra del Ática duró cerca de un mes. Fue la más larga desde los tiempos de Pandión, el padre de mi padre. Como sabe todo el mundo, expulsamos del país a los Palántidas. Tomamos el Ática, captura-mos su baluarte y levantamos allí el alto altar a Poseidón que se ve desde los barcos que van por alta mar. Y tomamos cerca de allí la Colina de Plata, con los esclavos que trabajaban la mina y cincuenta grandes lingotes de plata fundida. Así se duplicó el reino y obtuvimos un rico botín. Los hombres de Eleusis volvieron tan bien provistos como los atenienses, con ganado y mujeres, armas y todo lo que capturamos. Tuve moti-vos para enorgullecerme de la generosidad de mi padre. Es verdad, como dijera Medea, que tenía fama de tacaño; pero había tenido que pensar siempre en la guerra siguiente. Puedo atestiguar ante cualquiera que me abrió generosamente su mano.

Vivimos bien aquel invierno, porque habíamos recogido la cosecha antes de la guerra y nos apode-ramos también de la de Palas. Todas las festividades se celebraron a lo grande. Cuando había fiesta en Atenas, los eleusinos acudían a presenciarla y regresaban; se hicieron grandes amistades y hubo muchos casamientos. Como yo había traído al reino seguridad y riquezas, consideraron en Eleusis que la diosa me favorecía; y, ayudado por el consejo de mi padre, comencé a poner orden. A veces hacia las cosas a mi modo, porque yo conocía mejor a aquella gente. Pero nunca se lo dije.

Pasaba buena parte del tiempo con él, en Atenas, y asistía a sus juicios. Me compadecía de él, por-que los atenienses eran muy pendencieros. Desde tiempos inmemoriales la ciudadela nunca había caído; pero la llanura fue invadida antaño por toda clase de pueblos, por la gente de la ribera en una ocasión y por helenos en otra, de modo que el Ática era un país con tanta variedad de razas como Eleusis, pero esas razas nunca se mezclaban. Había grupos, con jefes que hacían el papel de reyezuelos, que no sólo tenían sus costumbres, lo cual es muy natural, sino también sus leyes, de modo que los vecinos nunca estaban de acuerdo sobre qué era lo justo. Como cabe suponer, las venganzas de sangre eran casi tan habituales co-mo los matrimonios, y no pasaba una sola fiesta sin que mataran a alguien, ya que ésa era la oportunidad en que la gente se dejaba ver por sus enemigos. Cuando estaban al borde de una guerra entre clanes, ape-laban en última instancia a mi padre para que fallara litigios con veinte años de historia. Se explicaba que el rostro de mí padre estuviera comido de arrugas y le temblara la mano.

Me pareció que se agotaría prematuramente. No sé por qué, ya que era prudente y había conservado durante tantos años su reino, pero intuía que lo amenazaban peligros por todas partes y que, si le sucedía alguna desgracia, yo sería el culpable por no haberlo cuidado mejor.

Una noche, cuando mi padre salía del salón de audiencias cansadísimo, le dije:

—Padre, toda esa gente viene al país por su propia voluntad; te reconocen como gran rey. ¿No com-prenden que son más atenienses que acamenses o cualquier otra cosa? Calculo que la guerra duró casi el doble de lo que debió durar por culpa de sus rencillas.

Me contestó:

—Pero tienen apego a sus costumbres. Si les suprimo alguna, creerán que favorezco a sus rivales y ayudarán a mis enemigos. El Ática no es Eleusis.

—Lo sé, señor —dije, y me quedé cavilando.

Había subido a su cuarto a beber una cuajada junto al fuego. El sabueso blanco me buscó la mano; siempre procuraba lamer las sobras.

A poco, dije:

—¿Has pensado alguna vez, señor, en reunir a todos los hombres de buena sangre? Debe de haber algunas cosas que quieran todos: conservar sus tierras, mantener el orden, cobrar sus impuestos. Podrían aprobar conjuntamente algunas leyes para el bien común. Los artesanos también quieren un precio justo por su trabajo, para no verse reducidos a salarios de hambre; los agricultores deben necesitar alguna norma eficaz sobre lindes, ganado extraviado y el uso de los pastos de montaña. Si esos tres grupos convinieran entre sí algunas leyes para su propio interes, eso los uniría y rompería el predominio de los clanes. Luego, si un jefe disputara con otro o un artesano con otro artesano, recurrirían a Atenas. Y con el tiempo habría una sola ley.

Mi padre negó con la cabeza.

—No, no. Habría dos motivos de conflicto en lugar de uno solo —dijo, y suspiró, porque estaba can-sado—. Eso está bien pensado, hijo mío, pero se opone demasiado a la costumbre.

—Pues bien, señor —repliqué—, en estos precisos momentos están desconcertados, al haberse agregado al reino todas esas nuevas tierras del sur. Se lo tomarían mejor ahora que dentro de diez años. En verano se celebra la fiesta de la diosa, a la que todos adoran bajo uno u otro nombre. Podríamos cele-brar unos juegos para festejar la victoria y crear una nueva costumbre, con lo que se reunirían con ese mo-tivo. Así los tendrías disponibles.

—¡No! —dijo él—. Por una vez, tengamos diversiones y no sangre.

Su voz se había vuelto más aguda y me reproché incomodarlo cuando estaba fatigado. Pero yo sen-tía un latido constante en la cabeza, como un pájaro enjaulado, que me decía: «Estoy perdiendo una opor-tunidad, una gran ocasión; cuando llegue el día, tendré que pagarlo».

Pero no le dije nada a mi padre; porque había sido bueno conmigo, recompensó a mis soldados y me rindió honores.

En su casa había una muchacha, un trofeo de guerra; era morena, de buenos colores y luminosos ojos azules. Había pertenecido a uno de los hijos de Palas, en la casa de Sunio. Al verla entre las cautivas, me gustó y me propuse elegirla cuando se repartiera el botín. Nunca me imaginé que mi padre eligiese a una mujer. Vio aquella muchacha y la escogió antes que nada. Ahora que Medea había desaparecido, no tenía a su lado ninguna mujer digna del lecho real; pero cuando aquello ocurrió, yo, por ser joven y tontito, me sentí asombrado y hasta un poco escandalizado, como si lo lógico hubiese sido que eligiese a una mujer de cincuenta años. Desde luego, deseché esos pensamientos.

Yo tenía a mi muchacha del istmo, Filona, que era muy buena chica y en realidad valía diez veces más que la otra, que resultó una ramera siempre a la busca de hombres. No me molesté en prevenir a mi padre. Cierto día, recuerdo, estando en la terraza, aquella mujerzuela entró corriendo por una puerta lateral y topó conmigo. Se disculpó, y se apoyó sobre mí tal como lo hubiera hecho de estar desnudos. Su desver-güenza me encolerizó. La repelí (se habría caído de no chocar contra la pared), y luego la arrastré al para-peto y le volqué la mitad del cuerpo por encima.

—Oye, ojos de ramera —dije—. Ahí es adonde vas a ir a parar si te sorprendo alguna vez haciéndole una mala jugada a mi padre o perjudicándolo.

Se alejó, encogida y asustada, y desde entonces tuvo más recato. Y no necesité decírselo a él.

Entre Atenas y Eleusis, y en las cabalgadas por el Ática para poner orden después de la guerra, transcurrió el invierno y fluyeron montaña abajo los torrentes de nieve derretida. En las húmedas riberas olían las violetas. Los ciervos jóvenes venían en busca de los sembrados tiernos; cuando fui a cazarlos, animé a mi padre a que me acompañase y tomara el aire; él no salía lo suficiente. Estábamos en las laderas de Licabetos y habíamos subido a caballo entre los pinos hasta el paraje donde el terreno se vuelve pedre-goso, cuando su caballo tropezó y lo lanzó sobre una roca. Un estúpido cazador había puesto allí una red y la dejó al irse. Se acercó corriendo y disculpándose, como si hubiese roto una olla de cocina en vez de haber estado en un tris de matar al rey. Yo estaba ayudando a mi padre, muy magullado, y me levanté y le hice tragar a aquel hombre de un puñetazo tres o cuatro de sus propios dientes, para que no olvidara lo que había hecho. Y le dije que había salido del paso bien librado.

Cierto día mi padre me dijo:

—Pronto los barcos volverán a navegar y podrán viajar las mujeres. ¿Qué te parece si mandara por tu madre? Le gustará verte, y a mí me alegrará volver a verla.

Observaba la impresión que me causaban sus palabras y adiviné que no decía todo lo que pensaba, porque era un hombre cauteloso. Se proponía hacerla reina de Atenas; y por mi bien, por lo demás; porque ella era más joven que yo cuando él la viera por última vez. «Seguramente, cuando la vea querrá llevársela de nuevo a la cama —pensé—. Salvo cuando está enferma o cansada, su piel parece aún la de una mu-chacha y no tiene una sola cana. Y esto es lo que ha anhelado durante tanto tiempo: que le rindan honores en casa de mi padre.» Recordé haberla visto en el baño de niño, luciendo sus joyas y pensé que sólo un dios era digno de abrazarla.

Y dije:

—Ella no podría partir hasta que despierte la serpiente de la casa con su nueva piel ni antes de haber realizado el sacrificio de primavera y recibido las ofrendas. En esa época tiene mucho trabajo. Luego, ven-drá.

Por eso mi padre postergó el aviso, porque era demasiado pronto.

Recuerdo un susto que me dio mi padre en esa época. Una de las esquinas de la terraza superior da directamente sobre el costado del peñón. Cuando se mira hacia abajo, las casas parecen tan pequeñas como si las hubiesen hecho los niños con barro, y los perros que se solean en los tejados se diría que son escarabajos. Se divisa desde allí la mitad del reino, hasta las montanas. Cierto día vi a mi padre inclinado

junto a una gran grieta de la balaustrada de piedra. Esto me sobresaltó tanto que me quedé sin respiración. Luego corrí y tiré de él hacia atrás. Me miró alarmado, pues no me había visto llegar; cuando le mostré el peligro que corría, no le dio importancia y dijo que la grieta había estado allí siempre. Entonces yo mismo mandé por un albañil para repararla, por si a él se le olvidaba. Más adelante, siempre que lo veía allí me desasosegaba.

A mi padre le gustaba tenerme a menudo en Atenas, verme sentado con él en el salón o andando en-tre la gente. Yo no tenía ningún inconveniente, salvo que eso me alejaba de Eleusis, donde podía hacer las cosas a mi manera. En Atenas observaba, y solía ver a gente dudosa que estaba demasiado encumbrada, y a gente capaz de desempeñar funciones de responsabilidad reducida a tareas humildes; o bien veía que resultaban complicadas cosas que habrían podido ser fáciles. Si decía algo, mi padre sonreía y replicaba que los jóvenes siempre quieren erigir las murallas de Babilonia en un día.

En palacio vivía una mujer que había pertenecido a mi abuelo desde antes de que naciera mi padre. Tenía más de ochenta años y no trabajaba mucho, pero la usaban para mezclar los perfumes del baño y secar las hierbas aromáticas. Una vez, estando yo en la bañera, se acercó y me tiró de un mechón, y dijo:

—Vuelve, muchacho. ¿Adónde te has escapado?

Se le permitía siempre aquellas libertades por ser tan vieja; sonreí y dije:

—A Eleusis.

—¿Y qué es lo que le falta a Atenas?

—¿A Atenas? —dije—. Nada —Mi padre me había dado dos hermosas habitaciones, en cuyos muros hizo pintar varios guerreros a caballo y algunos leones; me gustaban tanto que los he conservado hasta hoy—. A Atenas no le falta nada —repetí—. Pero hay en Eleusis asuntos pendientes de los que debería estar ocupándome en este momento.

Me cogió la mano que tenía en el borde de la bañera y me volvió hacia arriba la palma.

—Una mano entrometida —dijo—. Siempre haciendo cosas, nunca dejando hacer. Espera, pastor del pueblo, espera a los dioses; ellos te enviarán sobrada tarea. Ten paciencia con tu padre. Ha tardado mucho en poder decir: «Aquí está mi hijo», y ahora quiere vivir treinta años en uno. Sopórtalo, muchacho; tú eres quien tiene tiempo de sobra.

Retiré bruscamente mi mano.

—¿Qué quieres decir, vieja lechuza? —exclamé—. Le faltan treinta años para ser tan viejo como tú, que pareces tener cuerda para otros diez. ¡Pero si para cuando el dios mande por él a lo mejor seré yo tan viejo como él ahora! ¿Acaso le deseas mal? —Luego lamenté mis palabras y dije—: No, no deberías hablar a la ligera, aunque no lo hagas con mala intención.

Me escrutó entre sus párpados grises y arrugados.

—Ten calma, pastor de Atenas. Les eres caro a los dioses. Los dioses te salvaran.

—¿A mí? —dije, mirándola fijamente.

Pero se había alejado, arrastrando los pies. Era la mujer más vieja del palacio y ya no estaba muy en sus cabales.

Llegó la primavera; aparecieron tiernas yemas verdes en las oscuras vides y se oyó el reclamo del cuclillo. Y mi padre me dijo:

— Hijo mío, debiste de nacer por esta época del año.

Le respondí:

—Sí. Así me lo dijo mi madre. —Se golpeó la mano con el puño.

—Pero ¿qué hemos estado haciendo? Tengo que dar una fiesta para ti. ¡Tu madre debería estar aquí! Ya no podemos esperarla; toda Atenas sabe cuándo estuve en Trecén, y si éste no es el mes de tu nacimiento, no eres mi hijo. Bueno, no tiene nada de extraño que yo lo haya olvidado. Te hiciste hombre antes de tiempo y me perdí tu juventud. Será, también, tu fiesta triunfal.

Pensé en mi madre y en lo que se le debía.

Enseguida, dije:

—Podemos hacer sacrificios ese día, y mandar por ella a Trecén y hacer la fiesta después.

Pero él cabeceó, diciendo: —Eso no servirá. Coincidirá con la época del tributo y la gente no querrá celebrarlo.

Como yo pensaba en la guerra y, además, en todo lo sucedido desde mi llegada a Atenas, no caí en a qué tributo se refería; preocupado por mi madre, olvidé preguntárselo.


Al llegar el día, madrugué, pero él se había levantado antes. El sacerdote de Apolo me peinó y me afeitó la pelusa de las mejillas y el mentón. Le di más trabajo de lo que suponía; la barba no se me notaba mucho, al ser el vello fino y rubio.

Mi padre sonrió, dijo que tenía algo que enseñarme y me llevó a las caballerizas. Los mozos de cua-dra abrieron las puertas de par en par. Dentro había un carro nuevo, de madera de ciprés, con incrustacio-nes de marfil y ruedas ribeteadas de plata, toda una obra maestra de artesanía. Riendo, me dijo que mirara bien la clavija: esta vez no encontraría cera.

Aquel regalo colmaba mis mayores deseos. Se lo agradecí hincándome sobre una rodilla y ponién-dome su mano en la frente; pero él me respondió:

—¿Por qué tanta prisa, antes de haber visto los caballos? Eran dos corceles negros idénticos, con manchas blancas en la frente, ambos recios y lustrosos, hijos del viento del norte. Mi padre dijo:

—Ya ves, los hemos metido aquí con la misma limpieza con que Hermes el embaucador robó los bueyes de Apolo. El carro, cuando estabas en Eleusis; y los caballos, esta misma mañana, mientras aún dormías.

Se frotó las manos. Me conmovió ver que se tomaba tantas molestias para darme una sorpresa como si yo fuese un niño.

—Tenemos que sacarlos —dije—. Padre, concluye tus ocupaciones temprano y seré tu auriga.

Convinimos en que, después de los ritos, iríamos en carro a Peonia, al pie del Himeto.

Una nutrida multitud aguardaba en las laderas, alrededor del santuario de Apolo. Estaban invitados a la fiesta los notables de Atenas y los de Eleusis, así como todos los acompañantes. Mientras el sacerdote examinaba las entrañas de la víctima, demorándose largo rato, oí un zumbido entre los atenienses, como si circulara alguna noticia; y me pareció que una oscura nube pasaba delante del sol. Soy un hombre a quien le gusta saber qué sucede en torno de él; pero no podía abandonar mi sitio para interrogar a nadie y fuimos al sacrificio de Poseidón y de la Madre, en el altar doméstico. Después, busqué a mi padre, pero se había ido a alguna parte; a acabar sus ocupaciones, supuse, tal como teníamos planeado.

Cambié mi vestimenta por una túnica de auriga y unas grebas de cuero labradas, y me recogí el pelo en el cogote; luego, fui a ver mis caballos y les di un poco de sal y muestras de afecto, para hacerles com-prender que era su amo. Oí bullicio y agitación en el palacio, pero eso era de prever en un día de fiesta. Un joven y gallardo palafrenero estaba lustrando un arnés; alguien lo llamó y él, dejando el trapo y la cera, se alejó con cara de temor. Me pregunté qué habrían descubierto que había hecho, pero no pensé más en el asunto.

Dejé los caballos, estuve viendo las incrustaciones del carro, con figuras de delfines y palomas, y pal-pé el eje; pero hasta de esos placeres me harté y no pude dejar de pensar: «¡Qué lentos son los viejos! A estas alturas, ya lo habría hecho yo todo tres veces». Llamé a un palafrenero y le dije que llevara el carro pendiente abajo; en cuanto a los caballos, no podía soportar la idea de perderlos de vista. Me pareció que el gañán me miraba de una manera extraña al alejarse; pero deseché la idea, encogiéndome de hombros, aunque empezaba a sentirme inquieto.

Esperé mucho tiempo, hasta que los caballos se impacientaron, y decidí ir a ver por qué se retrasaba mi padre. En ese preciso instante lo vi venir, solo. Ni siquiera se había cambiado de ropa; yo hubiera jurado que no recordaba que lo estaba esperando. Parpadeó y dijo:

— Lo siento, hijo; tendrá que ser mañana. —Respondí que lamentaba perder su compañía, lo cual era cierto, aunque pensé también que ahora podría hacer correr a los caballos. Luego, volví a mirar su semblante.

—¿Qué sucede, padre? Has tenido noticias; y malas noticias, además.

—No es nada —dijo—. Pero ciertos asuntos me han retenido. Saca a los caballos, muchacho. Pero entra al volver por la poterna y ve por la escalera. No quiero que cruces el mercado.

Lo miré frunciendo el entrecejo y dije:

—¿Por qué? —Tenía presente que yo acababa de librar una guerra por él; y aquélla era la fiesta de mi mayoría de edad.

Se irguió y respondió, con aspereza:

—Hay veces en que debes obedecer sin preguntar las razones.

Procuré no enfadarme. Mi padre era el rey y tenía derecho a ser reservado; pero pasaba algo impor-tante y me enloquecía ignorarlo; además de que, siendo yo joven y presuntuoso, temía que mi padre come-tiera alguna torpeza sin mi ayuda. «Y yo lo pagaré cuando me llegue la hora, si vivo lo bastante», pensé.

Sentí que la ira me invadía, recordé mi deber y su bondad, y apreté los dientes y las manos. Descubrí que temblaba de pies a cabeza y sudaba, cual caballo que contienen y espolean a la vez.

—Deberías confiar en que sólo pienso en tu bien —dijo él en tono de reproche.
Tragué saliva y dije, despacio:

—Me parece que nos hemos equivocado en la cuenta, señor, y que aún no soy un hombre sino que sigo siendo niño.

—No te enojes, Teseo. —Había casi súplica en la voz de mi padre.

Y entonces, pensé: «Debo hacer lo que dice; me ha colmado de bondades; es mi padre, es el rey y el sacerdote; es triplemente sagrado para el eterno Zeus». Y luego, me dije: «No tiene fuerzas ni para enfren-tarse conmigo. ¿Qué piensa hacer con esa mano trémula?». Pero sentí que yo temblaba aún más. Tenía miedo de mí mismo y no sabía de qué, como si alguna forma oscura revoloteara entre el sol y yo.

Mientras estaba yo en silencio, salió del palacio un hombre; uno de los señores de la casa, un indivi-duo lento y torpe.

—Rey Egeo —dijo—, te he buscado por todas partes. Todos

los mancebos y doncellas están ya en el mercado; y el capitán cretense dice que, si no vienes, no es-perará al sorteo y elegirá él mismo a los catorce.

Mi padre contuvo con esfuerzo la respiración y ordenó en voz baja: —Vete, imbécil.

El señor puso cara de sorpresa y se fue. Mi padre y yo nos quedamos mirándonos. Enseguida yo le dije:

—Padre, lamento haber sido brusco cuando ya tienes tantos problemas. Pero... ¿por qué no me has hablado de eso? —No contestó, sino que se pasó la mano por las cejas. Continué—:¡Salir corriendo por la poterna y huir! ¡En qué clase de idiota me convertiría si lo hiciese! ¡Por Zeus tonante! Soy el señor de Eleu-sis. Ni siquiera la insolencia de los cretenses basta para quitar de en medio a un rey. ¿Por qué he de ocul-tarme? Debiera hallarme allí ahora, en mi ropa de antes, demostrándole al pueblo que no celebro fiestas cuando ellos están de duelo. Y, además, debo enviar de regreso a mis acompañantes. No es decoroso que anden rondando por allí mientras se entrega como prisioneros a unos jóvenes atenienses; esas cosas cau-san malestar. ¿Dónde está el heraldo? Quiero que los llame.

Pero mi padre seguía callado. Sentí un hormigueo en la piel, como los perros cuando se avecina una tempestad.

—¿Qué? —dije—. ¿Qué sucede?

Contestó por fin:

—No puedes llamarlos ahora. Los cretenses vinieron temprano; y se los llevaron con los demás.

Di un paso adelante y dije:

—¿Qué dices? —Había levantado la voz más de lo que me proponía. Los caballos se sobresaltaron; indiqué con un gesto al palafrenero que se los llevara.

—Padre —dije, finalmente—, ¿has obrado bien? Yo respondo de ellos ante mi pueblo. —En mi es-fuerzo por no gritar, casi susurraba; no confiaba en mí mismo. Y agregué—:¿Cómo te has atrevido a ocul-tármelo?

—Te apasionas con demasiada facilidad para afrontar a los cretenses cuando estás irritado —replicó. Lo vi al borde de las lágrimas y eso casi me desquició—. Aquí hubo una riña en cierta ocasión y mataron a uno de sus príncipes. Este tributo es la multa que nos imponen por aquello. La próxima vez mandarían cien naves y asolarían el aís. ¿Qué podía yo hacer? ¿Qué podía hacer? —Sus palabras me devolvieron la cor-dura. Comprendí que mi padre me había juzgado con exactitud.

Mi padre cabeceo.

—El rey Minos se entera de todo. Sabe que los remos están unidos ahora. No creo que renuncie a sus exigencias.

—Pues yo les juré que si venían a Atenas no correrían peligro —dije, aferrando la empuñadura de mi daga y procurando calmarme.

Mi padre cavilaba, acariciándose la mandíbula.

—Si resultara elegido uno de tus hombres, tendrías un buen argumento para que te perdonaran tu tri-buto. A veces, Teseo, conviene que muera un hombre para salvar a un pueblo. —Me llevé la mano a la cabeza. Sentía que me campanilleaba en los oídos. Él continuó diciendo—: Después de todo, sólo son mi-noanos, no helenos.

El campanilleo seguía sonando en mis oídos, unas veces más fuerte y otras más flojo. Y grité: —Minoanos o helenos, ¿qué importa eso? He jurado defenderlos ante el dios. ¿En qué me convierte esto? ¿Qué papel hago yo? —Dijo algo: que yo era su hijo y el pastor de Atenas. Yo apenas lo oía, como sí su voz me llegara desde detrás de un muro. Oprimí el puño crispado contra la frente.

—¡Padre! —dije—. ¿Qué voy a hacer? —Pero cuando las palabras brotaron de mis labios, comprendí que no se las había dicho a él. Poco después, mi cabeza se calmó un poco y entonces oí que me pregunta-ba si me sentía mal.

—No, señor —dije—. Me siento mejor; ya sé lo que debo hacer: salvar mi honor. Si ellos no sueltan a mi gente, debo correr el albur del sorteo, como los demás.

—¡Tú! —dijo, abriendo la boca y los ojos—. ¿Estás loco, muchacho? —Luego, recobró su aspecto habitual y se acarició la barba—. Bueno —dijo por último—. Harías bien en volver a Eleusis. Tienes buen criterio para esas cosas. Si estás con ellos, serán más pacientes. Sí. Después de todo, es una buena idea.

Me alegró verlo sereno de nuevo. Puse la mano sobre su brazo.

—No te preocupes, padre. El dios no me elegirá si no es mi destino. Voy a cambiarme y vuelvo.

Me alejé corriendo y me puse lo primero que encontré a mano, un traje de caza de piel de gamo sin teñir, con borlas verdes en las perneras. Apenas me fijé en la prenda entonces; pero más tarde la conocería a fondo. Mi padre seguía donde yo lo había dejado; un chambelán que acababa de recibir órdenes se aleja-ba de él a toda prisa.

Desde la terraza norte, se veía la plaza del mercado. Habían retirado los rediles del ganado y los puestos de la fiesta. Los mancebos y las doncellas estaban de pie en el lado norte, donde se alza el altar dedicado a todos los dioses. Al bajar, oímos llantos.

Cuando llegamos, los cretenses ya habían terminado. Descartados los altos y los gordos, los enfer-mos, los cojos y los retrasados mentales, quedaban los ágiles y vivaces, los fuertes y esbeltos; los hombres a la derecha y las vírgenes a la izquierda. O, por lo menos, así había sido al empezar; pero algunos se habían juntado en el centro y se adivinaba, por las actitudes, cuáles eran novios declarados y cuáles habían conservado su secreto hasta aquel día. Muchas de ellas eran casi niñas. Sólo las vírgenes podían ser dan-zarinas del minotauro; se celebraban muchas bodas precipitadas antes de la época del tributo. Los creten-ses siempre traían a una sacerdotisa para solucionar estas discusiones.

Más de una tercera parte de mis acompañantes estaba entre los jóvenes. Cuando me acerqué, me saludaron con la mano. Vi que confiaban en ser librados inmediatamente, ahora que yo estaba allí. Les con-testé con idéntico saludo, como si creyera lo mismo. Luego, sentí clavárseme unos ojos en la espalda y vi que los atenienses me miraban. Adiviné sus pensamientos al ver que yo andaba libre junto a mi padre. En-tre los jóvenes reunidos para el sorteo los había menores de dieciséis años y de mi misma estatura. Me acordé de mi abuelo diciéndome que yo tenía exactamente esa talla. Todo aquello me angustió y me enco-lerizó. Me volví hacia los cretenses.

Al verlos por primera vez, me sobresalté; porque eran negros. Había olvidado las levas extranjeras de Minos. Vestían faldillas de piel de leopardo y cascos de piel de caballo, con las crines y orejas. Los escudos eran negros y blancos, de algún animal listado que yo desconocía. Sus lustrosos hombros centelleaban al sol y para mirar la ciudadela tenían que alzar la cabeza y poner los ojos en blanco. Por lo demás, guarda-ban el mayor silencio, como ninguna otra tropa que yo haya visto, con los escudos y jabalinas bien alinea-dos. Era un solo cuerpo con cien cabezas. Al frente estaba el capitán, el único auténtico cretense presente.

Mi idea de los cretenses procedía de los que estuvieron en Trecén. Aquellos me parecieron mercade-res que imitaban los modales altivos del palacio de Cnosos en un lugar donde nadie los podía apreciar. Ahora tenía allí al modelo; y comprendí que las copias habían sido lamentables.

También el capitán parecía afeminado a primera vista. Iba vestido para un desfile y con la cabeza desnuda; un guapo niño negro le sostenía el casco y el escudo. La cabellera negra, rizada y lustrosa como las de las mujeres, le caía por la espalda hasta la cintura y llevaba el rostro tan rasurado que costaba adver-tir que frisaba en los treinta años. Su única indumentaria consistía en un grueso cinto arrollado a la esbelta cintura y un taparrabos de bronce dorado. Alrededor del cuello lucía un grueso collar de oro y abalorios de cristal. Vi todo esto antes de que él se dignara mirarme; esto y su pose, que era como la del príncipe victo-rioso de una pintura mural a quien no conmueven las palabras, el tiempo, los avatares, las lágrimas ni la ira, hasta que la guerra o los terremotos derrumben la pared.

Me acerqué y él me miró entre sus largas pestañas negras. Era un par de dedos más bajo que yo y me dio a entender claramente que tal era la talla propia de un caballero. Antes de que yo abriera la boca, dijo:

—Lo siento, pero a menos que tengas una exención por escrito no puedo hacer nada.

Como empezaba a sentirme irritado, recordé las palabras de mi padre y dije sin alzar la voz:

—No se trata de eso. Soy Teseo, rey de Eleusis.

Me respondió, con fría cortesía y sin aparentar timidez:

— Discúlpame, entonces.

—Tienes ahí a una docena de jóvenes de mi séquito, todos esos que aún no tienen barba. Están en calidad de invitados en Atenas. Tendréis que esperar a que me los lleve.


Enarcó las cejas.

—Me han informado que Eleusis es actualmente un estado vasallo de Atenas, un feudo del heredero del rey, con quien, según creo, tengo el honor de hablar.

Era como dialogar con un hombre de bronce bruñido.

—No soy vasallo de nadie —dije—. Eleusis es mi reino. Maté al último rey de acuerdo con la costum-bre. —Él levantó las cejas—. Y nuestro tributo, que se paga cada dos años, consiste en grano y vino — agregué. Tenía buena memoria para esas cosas.

—Si hubieras recurrido por escrito a la tesorería, habrían podido estudiar el asunto —dijo con su voz algo áspera—. Yo no soy tasador: recaudo donde me ordenan. Después de todo, en estos parajes hay mu-chos reyes. En Creta, sólo tenemos uno.

Me ardían las manos de ganas de agarrarlo, ponérmelo sobre la rodilla y romperle la espalda. Pero pensé en la gente. Él se percató de mi cólera y dijo, sin apasionamiento:

—Créeme, príncipe, que este sorteo no lo he elegido yo. Es una molestia con que debo cargar. Tengo en cuenta las costumbres locales dondequiera que voy. En Corinto, cuando llego al puerto, encuentro a los mancebos y las doncellas en el muelle. Eso me ahorra tiempo y trabajo, como podrás imaginarte.

—No lo dudo —repliqué—. Mientras que en Atenas debes esperar a que se haga justicia en presen-cia del pueblo.

—Sí, sí, eso se supone. Es evidente, pues, que no puedo tomar en cuenta lo que me pides. Imagína-te lo que pensarían si fueras librando a tal joven y a tal otro. El pueblo supondría que, a tu edad, no obras sin conocimiento de tu padre; que estás salvando a los hijos de sus amigos o quizás a algún joven de tu predilección. Entonces, tendríamos problemas. Puedo soportar el retraso, pero no un tumulto. Créeme, en-tiendo algo de estas cosas.

Yo seguía sin tocarlo e incluso conteniendo la voz. Sólo repliqué: —No has pasado aún medio día aquí. ¿Me dices a mí lo que piensa el pueblo?

—No te ofendas —dijo sin reflexionar—. Te digo lo que sé. Vosotros elegisteis este sistema. Mejor di-cho, tu padre lo eligió. Bien, lo acepto a pesar de lo engorroso que es; pero me cuidaré de que se cumpla. Temo que ésta es mi última palabra. ¿Adónde vas? —Le cambió el tono de voz: detrás de él, la fila de gue-rreros negros se arqueó como el lomo de un leopardo cuando se dispone a saltar.

Me volví y dije, para que se me oyera:

—Voy a unirme a mi pueblo y a compartir la suerte que disponga el dios.

Oí un estruendo de voces y vi que mi padre miraba a un lado y a otro. Mientras avanzaba, me sobre-saltó sentir una mano en el hombro. Me volví: era el capitán cretense. Dejando a sus hombres en formación, había corrido tras de mí con sus pies pequeños y ágiles.

Me habló al oído y me dijo:

—Vuelve a pensártelo. No consientas en que la gloria y el relumbrón te ofusquen. Un buen danzarín de toros dura seis meses, a lo sumo. Escúchame; si quieres ver mundo, puedo conseguirte un empleo en el palacete; podrás navegar con nosotros gratis.

Ahora ya no tenía nada que perder por darme gusto, y repliqué: —Envíame a tu hermano mayor, mu-chachita, y que me pida él que sirva yo a Minos por un jornal.

Al darle la espalda, vi que sus ojos oscuros y vivaces no parecían irritados, sino penetrantes y calcu-ladores.

Crucé la plaza del mercado y me situé junto a los acompañantes. Ellos me rodearon y me palmearon la espalda, como antes, cuando yo sólo era rey por un año. Un rumor recorría la plaza del mercado: sordo al principio y ruidoso luego. Los atenienses me vitoreaban, lo cual me asombró, teniendo en cuenta su angus-tia. «La verdad es que éste también es mi pueblo —pensé—. Ahora, puedo ser el paladín de todos.» Colo-caron una mesa delante de mi padre y pusieron sobre ella dos grandes cuencos redondos con los ribetes pintados, y él dijo al pueblo:

—He aquí, atenienses, las tablillas con los nombres de vuestros hijos. Y he aquí la tablilla del mío.

Dejó caer un montón de tablillas, tintineando, dentro del cuenco de la derecha y el pueblo volvió a vi-torear. Luego, el rey llamó al capitán cretense, por ser un extranjero sin parientes en Atenas, para que re-volviera los cuencos. Mientras éste lo hacía con el mango de su lanza y cara de aburrido, mi padre alzó las manos e invocó al dios, pidiéndole que eligiera él las víctimas del sacrificio y proclamándolo sacudidor de la tierra y amigo de los toros. Al oír estas palabras, recordé la maldición de la hechicera y sentí un escalofrío en el cuello. Miré a mi padre, pero su semblante seguía inmutable.

Primero sortearon a las muchachas. El sacerdote de Poseidón, con los ojos vendados, metió la mano en el cuenco y le dio una tablilla a mi padre, quien se la entregó al heraldo para que leyera el nombre. Cada vez veía clavarse los ojos de los parientes en la tablilla, y las filas de rostros parecían una larga y pálida serpiente llena de ojos. Luego, leían el nombre y una familia gritaba y gemía o un hombre salía corriendo de alguna parte y se ponía a pelear con los guardias, hasta que lo derribaban. Y durante unos instantes todos los demás estaban contentos, hasta que sacaban otra tablilla. Pero la última muchacha era tan bella y tan joven, con unos ojos tan dulces, que no sólo su familia sino todos lloraron por ella. Los negros rodearon a las muchachas para mantener a raya al pueblo. Luego, les tocó el turno a los mozos.

Sacaron dos tablillas de atenienses, y a continuación oí el nombre de uno de mis guardias, Menestes, cuyo padre poseía siete barcos. Salió de la fila con gesto firme, volviendo los ojos una sola vez para mirar a su amigo y luego a mí. Después le tocó el turno a un ateniense, cuya madre gritó como si la despedazaran, hasta tal punto que el joven palideció y se puso a temblar de pies a cabeza. Pensé: «Mi madre nunca me habría humillado así. Pero en quien debo pensar es en mi padre. Esto es más penoso para él que para la mayoría de ellos, ya que soy su único hijo». Miré el estrado donde estaba él. El sacerdote de Poseidón me-tía en ese momento la mano en el cuenco para sacar otra tablilla. En el mismo instante hubo cierta agitación entre la multitud, ya que una mujer se había desmayado por no sé qué motivo. Vi que mi padre miraba de reojo para saber qué sucedía.

Me paralicé, como si Helios hubiese detenido a sus caballos en medio de los cielos. Si un hombre pudiera evitar enterarse de algo antes de saberlo, yo no lo habría sabido. Pero el hecho estaba allí antes de que pudiese impedirlo. Desde los diez años de edad, me había sentado en el salón de audiencias, obser-vando al pueblo. Antes de entender cuál era el litigio ya sabía a quién afectaba y a quién no. Miré las filas de ojos, todos fijos en el cuenco, al unísono como las jabalinas de los soldados. Pero mi padre no mostraba temor.

Lo comprendí, pero poco a poco: la idea penetró a rastras en mi corazón. Sentí frío en el vientre y en los ijares; tuve la sensación de que la vergüenza me recubría la carne como una capa de polvo. Mis pensa-mientos vagaban de un lado a otro, persiguiendo un olor fétido. «¿Qué había en la tablilla que se puso por mí? —pensé—. No estaba en blanco, porque entonces alguien podría haberse dado cuenta. Debía repetir el nombre de otro joven. Quizá de alguno de los ya elegidos; nunca lo sabré.» Así pensaba yo. Luego, me asaltó la cólera como un tormentoso oleaje, tamborileando sobre mi cabeza y sacudiéndome el cuerpo, hasta casi volverme loco. Me fijé en lo que tenía delante y vi sobre el estrado alto a un hombre que vestía un manto y un collar de rey. Y me pareció estar viendo a mi enemigo, a un extraño que me había escupido en la cara en presencia del pueblo; mis dedos ansiaban aferrar su garganta, como buscaran la de Cerción cuando luchábamos por el reino de Eleusís.

Permanecí inmóvil, casi inconsciente, envuelta la cabeza en la negrura de las hijas de la noche, que batían sus alas de bronce. Y entonces vino Apolo, el que aniquiló las tinieblas, y me liberó. Adoptó la forma del joven que estaba a mi lado, me tocó el hombro y dijo: — Teseo, calma.

La niebla roja desapareció de mis ojos. Pude hablar y respondí:

—Esos cretenses me han encolerizado.

Luego, pude pensar. Y cavilé: «¿Qué ha pasado? ¿Qué ha hecho mi padre? Lo que haría en este ca-so cualquier padre que pudiera. Y es el rey. Tiene que pensar en su reino. Es cierto que me necesitan aquí. Yo no debería pensar únicamente como un guerrero. ¿Ha ido algún otro a Creta por mí? He llevado a esos jóvenes a la guerra y nunca pensé en causarles daño, aunque algunos debían morir. ¿Por qué detesto, pues, a mi padre, y más aún a mí mismo, y la vida me resulta insoportable?».

Mientras tanto, habían sacado una tablilla: era la de Amintor, un eleusino de alta cuna, indómito y al-tanero. A diferencia del joven que lo precediera, o quizá por eso mismo, avanzó alegre, haciendo bromas. El sacerdote se dispuso a repetir el sorteo.

«¿Qué es lo que me duele? —pensé—. ¿Qué significa esta cólera?» Miré a mi padre; y recordé cómo había invocado a Poseidón, rogándole que eligiera a las víctimas. Y pensé: «¡Sí! ¡Eso es! Se ha burlado del dios, del guardián de la casa, del que lo condujera a engendrarme. ¡Tengo pleno derecho a sentirme furio-so! Ese hombre se ha burlado de mi padre». Entonces me comprendí a mí mismo.

No podía decirle aquello en voz alta al dios para que todo el pueblo lo supiera. Por lo tanto, me hin-qué sobre una rodilla, posé las manos sobre la tierra y murmuré de manera que sólo él lo oyese:

— ¡Sacudidor de la tierra! ¡Padre! Si te han robado alguna ofrenda, dímelo y muéstrame qué debo dar.

Esperé, para cerciorarme de si la tierra temblaba; pero el suelo estaba inerte bajo las palmas de mis manos. Mas yo sabía que él tenía un mensaje para mí y que no deseaba que me retirase. Oí, como nacien-do de las entrañas de la tierra, un rumor de olas marinas, que saltaban, estallaban en sibilante espuma y decían: «¡Teseo! ¡Teseo!».

Entonces adiviné lo que quería el dios.

Fue como un lanzazo en mi corazón. Yo había ido allí a correr un riesgo de uno entre treinta. Ahora, al ver que era seguro, el dolor proyectaba una negra sombra sobre mis ojos y el sol se enfriaba. Pensé en mis proyectos para Atenas: esperaba obligar a mi padre a hacer cosas pequeñas y me reservaba las grandes para cuando llegara mi hora. Me arrodillé donde estaba, con el cabello tapándome el rostro y con mi nombre resonándome en los oídos, y pensé en mi vida; en las cacerías con la guardia, en las fiestas y dan-zas, en mi aposento con leones en los muros; en una mujer que yo deseaba y a quien me proponía hablarle en la fiesta; en mis hermosos caballos, que habían apenas sentido el peso de mi mano; en el peán de gue-rra, en la encendida furia del combate y en los cantos de triunfo. Y pensé: «El dios no puede decirlo en se-rio. Me trajo aquí para que fuera rey».

—Padre Poseidón —susurré—, quítame otra cosa. No te pediré que me des larga vida si logro hacerme con un nombre y que me recuerden en Atenas. Ahora será como si nunca hubiese nacido. Si quie-res mi vida, permíteme morir aquí, luchando, y dejar algún testimonio de mí, la canción de un bardo y una tumba. —Oí que llamaban a un ateniense. Era el último de los siete varones. Padre Poseidón, te daré mis caballos, los mejores que he tenido. Coge cualquier cosa, menos esto.

El ruido del mar se tomó más débil en mis oídos y pensé: «El dios aceptará los caballos». Pero no se esfumaba como siempre, extinguiéndose en el aire, sino prolongándose mientras se alejaba, menguando poco a poco. Y pensé: «El dios me abandona». Escuché. Aquel rumor me decía: «Haz lo que quieres, hijo de Egeo. Mira, ahí tienes a tu padre. Olvida mi voz, que no volverás a oír, y aprende a reinar como él. Sé libre. Tú no eres mío, a menos que elijas serlo».

Evoqué mi vida, remontándome muy atrás, hasta la infancia. «Es demasiado tarde para ser el hijo de Egeo», pensé.

Me levanté y me aparté el pelo de la cara. Se llevaban al último de los jóvenes elegidos por la suerte. No iba por su propia voluntad porque tenía miedo; mientras lo conducían, miraba sin cesar a su alrededor, como si creyese que aquello le podía suceder a cualquiera menos a él. «Le sorprenderá descubrir que tiene razón», cavilé, y poco me faltó para reír; porque acababa de sentir que el dios volvía a mí.

Se me había alegrado el corazón. Me sentí seguro, como en un día propicio. Respiré un aire diáfano. La amenaza se había disipado, las alas y garras de bronce vacilaban sin acabar de abalanzarse sobre mí. Perdí el miedo: estaba de suerte, iba con el dios. Al adelantarme, la voz de un viejo dijo en mis recuerdos: «El consentimiento nos hace libres».

Me acerqué con paso ágil al estrado, me subí de un salto y dije al heraldo:

—Dame esa última tablilla.

Me la entregó. Una voz pronunció mi nombre, pero no volví la cara. Saqué la daga y taché el nombre garabateado en la tablilla y escribí: «Teseo». Se la devolví al heraldo y dije:

—Vuelve a llamar.

El heraldo se quedó mirándome. Una mano que yo conocía se estiró y le arrebató la tablilla. Así que le grité al cretense:

—Ese llamamiento estaba equivocado, capitán. El nombre de la tablilla es el mío.

De la multitud surgió un rumor. Creí que iban a vitorearme de nuevo. Pero lo que oí fue un gran gemi-do de duelo, una queja que ascendía a los cielos, como cuando el heraldo proclama que el rey ha muerto. Ante aquellos susurros lastimeros no supe qué hacer. En mi corazón resonaba una música solemne. Cuan-do me adelanté hacia ellos, una mano me aferró, pero me zafé y grité: —No os apenéis, atenienses. Me envía el dios. Me ha convocado para los toros y tengo que obedecer su señal. Pero no lloréis por mí. Volve-ré. —Yo no tuve conciencia de estas palabras hasta pronunciarlas: me las inspiraba el dios. Iré con vuestros hijos y cuidaré de ellos. Serán mi gente.

Ellos se habían alejado llorando y sus voces se desvanecieron; sólo aquí y allá se oía aún sollozar a alguna madre que había perdido a su hijo. Me volví y vi a mi padre.

Su rostro era el de un hombre herido de muerte. Parecía la imagen de un sueño horripilante que ya daba por terminado. Y, sin embargo, como si sus ojos reflejaran los míos, también hacía pensar en un hom-bre acosado que se ha librado de su perseguidor.

Sufría, eso por lo menos era seguro, y el dolor se manifestaba en forma de cólera. Sin importarle que lo oyeran, me preguntó por qué debía yo odiarlo y abandonarlo en sus últimos años a sus enemigos; qué mal me había hecho, qué crimen era el suyo. Aquello debía de ser hechicería, pensó; me haría exorcizar y lo que yo había hecho en un momento de locura quedaría anulado.

—Señor —dije—, ¿crees que yo habría obrado así espontáneamente? Conozco la voz de Poseidón. Debes dejarme ir o se irritará. Estafar a un dios es mal negocio.

Cuando apartó la mirada, me sentí avergonzado. Bastante sufría él ya.

—Padre, el dios tiene buenas intenciones con nosotros — dije—. Todo va bien. Si los toros me ma-tan, aceptará el sacrificio y levantará la maldición. Y si regreso, también será para bien. Todo va bien; así lo creo yo.


El capitán cretense se acercaba con cautela a escuchar. Mi padre le lanzó una mirada que lo obligó a alejarse, canturreando y jugando con el sello que llevaba en la muñeca. Luego, el rey me dijo en voz baja:

—Al parecer nadie escapa a su destino. ¿Cómo supiste que tu nombre no estaba en el cuenco? —Nuestros ojos se encontraron y agregó—: No pude hacerlo. Temí que los soldados se dijeran en adelante: «Temía a su hijo, que era un jefe y un guerrero. Por eso, en la época del tributo, lo mandó a los toros de Creta».

Sus palabras me sorprendieron, el que hubiese podido pasársele semejante idea por la cabeza.

—Padre —repliqué—, debe de ser la diosa. Está enojada con nosotros: detesta a todos los hombres que gobiernan.

Oí toser a mi lado. Era el cretense, que se impacientaba. Comprendí que ahora, por lo que yo mismo había hecho, aquel hombre se había convertido en mi amo.

Me quité la espada del cinto y la deposité en las manos de mi padre.

—Guárdamela hasta mi regreso —le dije—. No sé qué quiere de mí el dios. Pero si un hombre vuelve de los toros de Minos, le habrá ofrecido muchas veces su vida al dios y renovado muchas veces su consa-gración. Entonces, quizás, lo ilumine algún poder para guiar al pueblo. Así me lo enseñaron cuando era un niño. Seré ese rey o no seré nada.

Se me acercó y me tomó la cara entre las manos, contemplándome largo rato. Rara vez pensaba en él como sacerdote. Pero ahora noté que lo era. Por fin dijo:

—Un rey así será el rey.

Luego reflexionó en silencio y dijo:

—Si llega ese día, pinta de blanco las velas de tu barco. Pondré un vigía en el promontorio de Sunio. Cuando se encienda el faro significará que el dios tiene un mensaje para mí. Una vela blanca. Recuérdalo.

—Señor —dijo el cretense, con su voz fría y cortante—, tanto me da si tu hijo viene con nosotros o no, con tal de que no haya desorden. Pero haz el favor de terminar con este asunto. Esas mujeres pronto se sacarán los ojos.

Miré a mi alrededor. Las madres de los muchachos elegidos discutían sobre cuál de sus hijos debía ser liberado por mí. Sus parientes se a—cercaban. El cretense tenía razón al temer complica ciones.

—No hay nada que discutir —dije—. La última tablilla lleva mi nombre. Heraldo, anúncialo.

El último de los jóvenes sorteados se acercó, se arrodilló ante mí, se puso mi mano en la frente y me suplicó que le permitiera hacerme algún favor. Parecía un pobre niño. Al volver un poco la cabeza, vi que Bayo lloraba. Era más juicioso que todos los demás acompañantes; pero leí en su rostro una historia que nunca me había contado. Lo único que podía hacer yo era estrecharle la mano.

—Padre —dije—, haz que los eleusinos reúnan su asamblea, porque de lo contrario las mujeres vol-verán a adueñarse del poder. Todo está como debe estar. —Yo no había terminado, pero el cretense esta-ba harto. Les gritó a sus soldados una orden, cortante como el chillido de un zorro azul, y formaron una doble columna con un espacio vacío en medio, de una perfección admirable. Mi padre me abrazó; por cómo lo hizo comprendí que no esperaba volver a verme. Las madres de las víctimas traían pequeños paquetes con alimentos, reunidos precipitadamente para el viaje. La madre del último joven se me acercó con gesto apocado, con la mano sobre la frente, y me dio el hatillo preparado para su hijo.

Cuando me coloqué entre las dos filas de soldados, pensé que me habría puesto mejor ropa de haber sabido que iría a Creta.




Teseo: El rey debe morir


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