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En los tiempos clásicos la leyenda de Teseo tenía un aderezo tan fabuloso (más adelante se presenta un breve esquema de la misma) que ha sido desechada a veces como un mero cuento de hadas o, a partir de Frazer, como un mito religioso. Esta precipitada solución no fue compartida por quienes han observado la notable permanencia de la tradición griega; y los racionalistas tuvieron su primer tropiezo cuando sir Art-hur Evans descubrió el palacio de Cnosos, con su laberíntica complejidad, sus hachas sagradas epónimas, numerosas representaciones de jóvenes y muchachas ejecutando la danza del toro y los sellos donde apa-recía grabado el Minotauro con su cabeza de toro. Una vez respaldada por los hechos la faceta más fantás-tica de la historia, resulta tentador adivinar dónde la pátina del cuento de hadas puede haber disfrazado realidades humanas.
Entre los griegos clásicos, era un axioma que los héroes primitivos fueron hombres de estatura gigan-tesca. Los huesos de un guerrero de la Edad del Bronce, desenterrados en Esciros por Cimón, fueron acla-mados sin vacilar como los de Teseo, basándose exclusivamente en su tamaño. Pero un joven aceptado para la danza del toro sólo podía tener la complexión ligera y nervuda que requieren las audaces acrobacias y que aparece en todos los frescos y figurillas. Y, en realidad, los principales datos de la historia de Teseo apoyan esta conjetura. Los hombres que dominan con su estatura a los adversarios no tienen ninguna ne-cesidad de elaborar una ciencia de la lucha; y Teseo aparece a menudo combatiendo contra enemigos monstruosos y salvándose a duras penas gracias a su ingenio. La tradición de que emuló las proezas de Heracles bien puede preservar alguna antigua mofa sobre cómo se resarcen los hombres pequeños y enér-gicos. Hace pensar en Napoleón.
Si se examina la leyenda a esa luz, emerge una personalidad bien definida. Se trata de un peso lige-ro; valeroso y agresivo, recio y ágil; de fuerte sexualidad y más bien promiscuo; quisquillosamente orgulloso, pero que se apiada del oprimido; y recuerda a Alejandro por su precocidad, su don de mando y su sentido romántico del destino. Sería acorde con la moda igualitaria de nuestro tiempo concebir a Teseo como un aventurero innominado que llegó a Atenas, después de haber sido un próspero bandido en el istmo, y obligó al rey a nombrarlo su heredero. Pero, aparte de que esto habría sido para Egeo un suicidio, salvo que lo protegiera un estrecho vínculo de sangre, la partida voluntaria de Teseo hacia Creta lo caracteriza como un hombre educado y adiestrado para su papel en la arquetípica tragedia de la realeza aquea.
No cabe duda de que el sacrificio regio fue impuesto a veces por el propio rey y que se practicó hasta tiempos documentados. El semihistórico Codro escenificó su propia muerte en combate contra los dorios, al enterarse de que la Pitia había vaticinado la derrota de los enemigos si él caía en la lucha. Herodoto afirma que Leónidas de Esparta resistió en las Termópilas, después de retirarse sus aliados, guiándose por un oráculo análogo. En época tan tardía como el año 403 a. de J.C., el adivino del ejército libertador de Trasí-bulo, quizá formalmente la suprema jerarquía en razón de sacerdocio, les predijo la victoria si cargaban después de haber caído un hombre, y él mismo se abalanzó sobre las lanzas enemigas.
Que yo sepa, no se ha sugerido antes que Teseo poseyera el aura del terremoto, un instinto bien co-nocido entre los animales y los pájaros. Aún hoy, semejante don sería precioso en cualquier ciudad o aldea griega; a los hombres de la Edad del Bronce seguramente les habría parecido divino. El favor y la protec-ción del sacudidor de la tierra aparecen recalcados en toda la leyenda, y hay que destacar que la mortal maldición que fue su don a Teseo tuvo por respuesta una ola gigantesca. La pasión de Poseidón por Pélope (el bisabuelo de Teseo en la leyenda) sugiere un rasgo hereditario. El Peloponeso es una zona tan sísmica que las estatuas del museo de Olimpia están rodeadas de grandes cajones de arena, dispuestos para amor-tiguar su caída.
A juzgar por los hallazgos de Cnosos, es evidente que las fiestas de toros cretenses igualaban a las de España en popularidad. No es inconcebible que un torero importante, que disfrutaría quizá del prestigio combinado de un Manolete y un Nijinski, pudiese llegar a ser el amante de una princesa y desempeñar al-gún papel en la caída del régimen. Los arqueólogos están de acuerdo en que el palacio fue incendiado, saqueado y reducido a ruinas por el terremoto, aunque no se sabe si esto sucedió de forma simultánea o sucesiva. Los desdeñosos apodos dados a los siervos cretenses aparecen sugeridos en las inscripciones lineales de Cnosos. Junto al salón del trono se encontró una pequeña sala donde parece ser que el rey pasaba algunos ratos, quizá por motivos religiosos. En el propio salón, había signos de haberse interrumpi-do súbitamente una unción con óleo ceremonial.
La leyenda contiene muchas cosas a primera vista improbables que, cuando se examinan, sólo son detalles poco esenciales. Por ejemplo, Teseo no pudo llevarse de Atenas a sus imitadores de mujeres dis-frazados, ya que los danzarines del toro iban casi desnudos; pero el ardid de la puerta es bastante verosí-mil. Y en cuanto a la copa envenenada, lo único increíble es que Egeo eligiera un banquete público para cometer el grave crimen de asesinar a un invitado. Dada la meteórica carrera conquistadora de Teseo, lo más probable es que se produjera la tentativa. El episodio debe de haber sido uno de los temas favoritos del teatro griego, donde la inevitable presencia del coro puede haber influido en el relato. En cuanto a su ocul-tación en Trecén, el tema del heredero que permanece escondido hasta que alcanza la edad suficiente para defenderse está difundido por todo el mundo y hoy es corriente en los relatos populares africanos. Constitu-ye un lugar común de las sociedades donde reina la inseguridad; una treta tan natural que hasta los anima-les la ponen en práctica. Al examinar cualquier narración muy antigua, también conviene recordar que los primitivos tienen un fuerte sentido dramático y lo aplican a sus vidas.
No hay pruebas de que haya existido la palabra heleno en la época micénica. La he usado porque pa-ra mucha gente es un término menos restringido que el de aqueo.
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Teseo: El rey debe morir
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