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Platón y los efebos |
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Platón, cuyo verdadero nombre era Aristocles (427-347 a.C.) y que nació y murió en Atenas, después de una vida que, al menos para aquellos tiempos, le obligó a efectuar verdaderos viajes alrededor del mundo. Pertenecía a una de las principales familias atenienses. Bajo la di- rección del gran Sócrates, se dedicó a la filosofía y durante ocho años fue su discípulo y probablemente también su amante. Después viajó con discípulos de Sócrates, convertidos en alumnos suyos, a Megara para incorporarse a la escuela de Euclides, y más tarde a Cirenaica y Egipto. Según la versión oficial, quería «ampliar» sus horizontes. Así llegó al sur de Italia, a Sicilia y a la corte de Dionisio I, donde se intere- saron por él, aunque el interés no tardó en decrecer. Dionisio le entre- gó al enviado de Esparta, entonces enemistada con Atenas, y aquél le vendió como esclavo. Sin embargo, fue comprado por un mecenas que permitió su regreso a Atenas. Le adjudicaron el nombre de Platón, o quizá se lo dio a sí mismo, debido a su corpulenta constitución o tal vez a la anchura de su rostro. En realidad no era un rostro varonil, sino más bien delicado, por no decir femenino. Según las diferentes versiones, por ejemplo la de Aris- tóteles, siempre estaba serio, incluso melancólico. Su voz era fina y un poco estridente. Sin ser un buen orador, hablaba con pasión, lo cual le ayudó a fundar en Atenas una academia donde enseñaba a sus alum- nos -que nunca fueron muy numerosos- y donde discutía con ellos so- bre todos los problemas posibles. Un principio no carente de peligro ya que, además de resultar un poco sospechoso a las autoridades ate- nienses a causa de sus viajes, sus enseñanzas no siempre coincidían con el criterio oficial de Atenas; dicho de otro modo, tenía sus diferen- cias con la ley. ¿Por qué? Pues porque defendía el amor entre hombres, si bien con cierta cautela. Contra lo que vulgarmente se cree, en la Grecia antigua la ho- mosexualidad no estaba bien vista. En cambio, Platón veía en ella la única relación amorosa entre seres humanos libres capaz de alcanzar un cierto nivel. Las relaciones con mujeres, en especial con la esposa, podían ser satisfactorias para los sentidos, pero la mayoría de las lla- madas amas de casa carecían de cultura. Y eran aburridas. Las hetairas no sólo poseían más atractivo, sino que eran más discretas, pero esta- ban en venta, al igual que el amor de los efebos, afición que se llamaba paidofilia o pederastía, como asimismo se denominan en la actuali- dad. En la Grecia antigua esta expresión era más bien peyorativa. Pero, como ya se ha dicho, estaba prohibida en amplios círculos de la sociedad, por lo que afamados poetas como Aristófanes la conver- tían en blanco de sus ataques, lo cual demuestra bien a las claras que la pederastía estaba muy difundida. Razón de más para hablar de ella en la academia, mejor dicho, dis- cutir sobre ella en lo que ahora llamaríamos un «simposio» y que Pla- tón tituló El banquete. Se trata, como en todas las obras de Platón, de diálogos tal vez ficticios, cuando no situados años y hasta décadas atrás en el tiempo, entre personas más o menos famosas. En El ban- quete aparecen: Apolodoro, Glaucón, Aristodemo, Sócrates (aunque
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Platón
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de forma indirecta), representados por Diptima, Agatón, Faidros, Pausanias, Erixitímaco, Aristófanes y Alcibíades. Si se quiere, El banquete, que ostentaba el subtítulo «Sobre el amor», era una obra de teatro, pero nada dramática, ya que sus perso- najes hablan una o varias veces, pero nunca actúan. El bello Faidros expresa repetidamente su queja: «¿No es espantoso, me dice con frecuencia, querido Erixitímaco, que los poetas compon- gan himnos y cánticos para todos los otros dioses, mientras ninguno de ellos ha dedicado una sola oda al dios Eros? Si quieres tomar en consi- deración a esos hombres estimables, los sofistas, quienes por cierto han dedicado a Heracles grandes alabanzas en prosa, como el excelen- te Prodicos, te diré que no es inmerecido, pero recientemente llegó a mis manos un libro en el que se ensalzaba la utilidad de la sal, y encon- trarás muchos otros que glorifican cosas similares, haciendo gala de un enorme celo, ¡mientras ningún hombre se ha dignado hasta el día de hoy ensalzar al dios Eros! ¡Relegar al olvido a un dios tan encumbrado! En este asunto doy toda la razón a Faidros y no sólo estoy dispuesto a declarar aquí mi total conformidad con él, sino que creo conveniente que todos los que estamos ahora reunidos dirijamos un himno de ala- banza al dios en cuestión. Si esta idea merece vuestra aprobación, dis- pondremos de suficiente tema para nuestro diálogo. Propongo que, empezando por la derecha de la hilera, cada uno de nosotros haga un panegírico de Eros con las palabras más bellas que pueda encontrar.» Así pues el tema queda establecido desde el principio. Hablemos en primer lugar de Eros, dios del amor. El Eros de Platón es diferente del de la mayoría; se trata del amor entre seres del mismo sexo y en particular de la inclinación de un hombre hacia otro hombre. Según él, como ya se ha dicho, la mujer desempeña un papel secundario. Sólo mediante «astucias» logra convencer al hombre de que se acueste con ella y, para colmo, casi siempre después de reducirle a un estado de embriaguez. El acto sexual se lleva a cabo contra su voluntad; el hijo hereda todo lo bueno del padre y todo lo malo de la madre, la cual -siempre según Platón- no es más que el castigo al pecado del hombre. La mujer es solamente un producto accidental entre el hombre y el ani- mal y sólo sirve para el matrimonio. No se menciona para nada el hecho de que los hombres también pueden amar a las mujeres o vice- versa. Platón no comprendió en absoluto la singularidad sexual de la mu- jer. Nunca la menciona cuando habla del amor, refiriéndose sólo al de los efebos. En resumen, su Eros es lo que hoy llamamos amistad y no se reduce a la unión corporal. Según él, su verdadera justificación es la espiritualidad. Semejante criterio no podía resultar agradable a las autoridades, ya que el amor de los efebos y también, naturalmente, la negación de la mujer, hacían imposible la fecundación. Platón intenta anular los ataques de las autoridades explicando . que entre pederastía y amor a los adolescentes, que todavía son casi ni- ños, existe una diferencia. A saber: «Los pederastas no aman a los ni- ños, sino a aquéllos que ya empiezan a tener uso de razón.» Concede abiertamente, y según parece con algo de cinismo, que el
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amor entre un hombre y un adolescente debe tener en cuenta la opi- nión pública y «desarrollarse preferentemente a escondidas». Lo cual no soluciona el problema del Estado ateniense porque, quien se acuesta con un muchacho «contribuye a la extinción de la es- pecie humana, puesto que el semen no puede echar raíces ni fructifi- car entre rocas y piedras». Se promulgan leyes contra el «amor platónico», que en realidad no es más que el amor de los efebos, en contradicción con el significado actual de la palabra, que alude al amor por una mujer sin consecuen- cias físicas. Verdad es que también impone limitaciones: «El amante puede besar al amado y acariciarle como a un hijo por el placer de hacerlo, pero su trato con el objeto de su devoción no debe ofrecer nunca la apariencia de traspasar estas fronteras.» ¿Qué fronteras? Es de suponer que tales formulaciones tienen como fin evitar las consecuencias legales del amor de los efebos. Es un hecho bien conoci- do que por lo menos en una parte de Grecia -en los Estados dóricos- las relaciones homosexuales entre hombres mayores y jóvenes eran muy corrientes -sobre todo en la llamada sociedad-, pese a la ley, pro- mulgada por Licurgo, que castigaba dichas relaciones con la muerte o al menos con el destierro. Por otra parte, tampoco en Esparta, que era oficialmente anti- homosexual, iban las cosas como «sería de desear». También aquí la cuestión demográfica juega un papel importante. Esparta está super- poblada de esclavos y siervos, mientras que los espartanos libres son cada vez menos numerosos. Como ya hemos visto, las cosas son diferentes en Atenas. El amor de los efebos no sólo está prohibido oficialmente, sino que también es ridiculizado y objeto de burla, como en las obras de Aristófanes. También Jenofonte está en contra, opinando que «el efebo no toma parte en el placer amoroso del hombre -como la mujer- sino que observa con indiferencia la voluptuosidad del borracho, por lo que no es de extrañar que sienta muy pronto desprecio por el amante». Y con- tinúa: «Quien presta un poco de atención, no tarda en descubrir que aquellos que aman de acuerdo con la moral no cometen nada reproba- ble, mientras que las relaciones impúdicas han incitado muchos he- chos dignos de la repulsa general.» Esto podría ser una simple disquisición filosófica. En cuanto a Platón, indudablemente homosexual, está lejos de compartir este punto de vista. Una y otra vez Platón, o las personas que hablaban por él, intentó presentar el amor de los efebos como algo no exclusivamente físico, sino de carácter educativo, es decir, que la vocación pedagógica del hombre maduro es aleccionadora. El amor de los efebos es una disci- plina, tanto más importante cuanto que el mundo de los adultos está corrompido. Pero en realidad no se trata sólo de educar. Platón ensalza, quizá contra su voluntad, la belleza del cuerpo masculino, «¡la rebeldía e in- dependencia del aparato genital masculino, cuya palpitante sensuali-
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dad no admite ninguna resistencia y es inasequible como un animal a cualquier dictado de la razón!» En cambio, los órganos sexuales feme- ninos sólo sirven para la procreación, la cual (asombrosamente) des- pierta en la mujer una auténtica «avidez». El hecho de que el hombre no sienta este impulso procreador -casi han de obligarle a realizar el acto sexual- no significa en absoluto, como afirma Aristófanes, que sea «contrario a la naturaleza». ¿Cómo puede ser contrario a la naturaleza enamorarse de un joven tan bello e inteligente como Charmides? Porque Charmides no sólo es un deleite para la vista, sino que, como ha afirmado Sócrates, es ade- más bello de espíritu, tímido, se muestra respetuoso con la edad y cul- tiva, según Platón, la mesura, la reflexión y la continencia. De modo similar se expresa Platón sobre el joven Dión, cuñado del tirano Dio- nisio I, que era su discípulo preferido y será en cierto modo su hijo y heredero. Alcibíades, que también aparece en El banquete, aunque ligera- mente embriagado, y es un joven de extraordinario talento y hermosu- ra, a la vez que ávido de poder, pese a haber sido educado por Sócrates, opina que la belleza de un joven no es lo importante, que lo decisivo es la sabiduría del maestro. Al final queda patente que el agraciado joven ama a su maestro, por lo menos con más ardor que éste a su discípulo. Más tarde Alcibíades fue un político de renombre. Pero la sabiduría del «amante» maduro sólo se menciona de vez en cuando -para conceder de nuevo la palabra a Platón-, mientras se glo- rifica continuamente la belleza de los efebos y adolescentes. De hecho, las leyes contra los pederastas sólo se aplicaron entre el pueblo llano. Los homosexuales cuya identidad se conocía o suponía, eran casi siempre miembros de los círculos aristocráticos y conserva- dores, lo cual tiene, por otra parte, una explicación lógica. El Eros ho- mosexual, que en contraposición con el heterosexual o «normal» no se basa en la igualdad, sino en la desigualdad, encaja francamente mal en la democracia, ya que ésta exige igualdad, incluso en el amor, re- presentada por la heterosexualidad. La relación homosexual es siem- pre la excepción, un estilo de vida que sólo pueden adoptar unos po- cos elegidos. Así razona Platón. Sin embargo, en El banquete -quizá por consideración a las autori- dades- permite que tomen la palabra los adversarios de la homosexua- lidad. A este respecto hemos mencionado ya a Aristófanes. También el galeno Erixitímaco tiene sus reservas contra los homosexuales, aun- que concede que desde el punto de vista médico no constituyen ningu- na amenaza. El propio Platón expresa ciertas dudas cuando subraya de vez en cuando que no sólo se trata de satisfacer la necesidad sexual, sino tam- bién de la educación. Describe con gran claridad y realismo la lucha de la conciencia moral contra los deseos de la sexualidad; sólo puede escribir de este modo una persona que conoce el tema por propia experiencia. Descri- be la lucha de la moral -en el sentido más elevado de la palabra- con- tra el instinto, representando al alma como un tronco de dos caballos,
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uno bueno y uno malo, o sea, la razón y los apetitos inmorales: «Cuando el conductor de un tiro, después de vislumbrar el rostro del amor y sentir el alma enardecida por semejante contemplación, es espoleado por los agudos pinchazos del deseo, un caballo, siempre obediente, se detiene por sí solo, dominado por la vergüenza y reacio a correr tras el amado, mientras el otro, indiferente al látigo y las espue- las, se lanza en violenta carrera hacia su meta, obligando al otro corcel y al conductor, sometidos al más cruel de los combates, a correr hacia el amado y ceder a los imperativos del amor. Al principio se resisten ambos, reacios a la idea de ser forzados a cometer un acto malo y cen- surable, pero al final, ante la insistencia maligna, acceden voluntaria- mente a cometer tal acto. Y así llegan para contemplar el semblante luminoso del amado efebo.» Pero si a pesar de todo el conductor consigue detener el tronco, uno de los caballos «siente su alma húmeda de sudor por la vergüenza y la confusión, mientras el otro prorrumpe en airadas imprecaciones e injurias contra el conductor y su compañero de tronco, llamándoles cobardes y acusándoles de haber incumplido su palabra. Quiere obli- garles a seguir adelante, aunque ellos se resistan, y si cede al final a sus ruegos, se trata sólo de una tregua. Y cuando llega la hora señalada, avisa a ambos, que simulan no darse cuenta de lo que ocurre, y les obliga, relinchando y avanzando, a galopar hacia el amado y repetir su propuesta, y cuando están cerca, baja la cabeza, menea la cola, muer- de la valla y se adelanta con el mayor descaro». Como es natural, si todo va bien, el caballo malo es dominado y casi perece de miedo cuando ve al hermoso adolescente. Pero el asun- to no termina aquí. Suele ocurrir que el efebo se sienta a su vez lleno de concupiscencia y cuando amante y amado «se acercan y se tocan según las posiciones corporales y demás movimientos del acto, brota el manantial de aquella corriente que Zeus, como amante de Ganíme- des, llamó Himeron al derramarla en el amado; una parte le penetra y otra fluye hacia fuera al no encontrar cabida. Ahora el amado adoles- cente está también lleno de amor, está enamorado, pero no sabe de qué ni comprende su estado de ánimo, aunque puede describirlo... y como en el espejo sólo se ve reflejado en su amante, no comprende nada. Si el otro está presente, conoce la calma que precede a su tor- mento, y si está ausente, siente nostalgia y es correspondido con la misma nostalgia porque es una copia del amor. Pero él no lo califica con el nombre de amor, sino con el de amistad, que es similar al pri- mero, sólo que siente en menor grado la necesidad de ver al otro, de to- carle, besarle y descansar junto a él. Y es probable que pronto lo haga. Cuando ambos comparten el lecho, el caballo sin riendas del amante no necesita buscar palabras en su conductor y exige una pequeña com- pensación por sus muchos apuros. El del efebo no encuentra palabras, pero lleno de un ardor violento y desconocido abraza al amante y le besa en sus pensamientos, ya que el hombre a quien acaricia es un amigo fiel; y cuando se acuestan juntos, es posible que sienta demasia- da exaltación para negar algo a su amante si éste se lo pide. Sólo el otro caballo, el que obedece al conductor, intenta sustraerse con vergüenza y discreción». Pero casi siempre vence el caballo malo. Por ejemplo, en el caso de Platón y Dión. Pero dejemos a Platón, primer historiador de la homosexualidad. Como discípulo y amante de Sócrates, apenas podía imaginar una vida sin amor homosexual y, sobre todo, no quería hacerlo. En El ban- quete la defiende por boca de sus invitados, en un intento de librar del estigma de antinatural el amor de los efebos. Fue tan lejos que hemos de preguntamos si en realidad tuyo intención de presentar el asunto con la seriedad y el tono trágico que asumen sus «invitados». Quizá se oculte en ello un determinado propósito: el de que no le tomaran demasiado en serio, demasiado textualmente, ya fuera por- que no quería descubrirse -aunque lo hace- ni despertar de su somno- lencia a las autoridades. Sea como fuere, en sus últimas obras, escritas ya en la vejez. Platón arremete contra la pederastía, pero hay que tener en cuenta que entonces ya no podía ser sexualmente activo. Llamó al amor homosexual «fuente de indecibles males», aunque sin precisar para quién. ¿Para el Estado? ¿Para sí mismo? ¿Para sus amigos? A este respecto habría que recordar que en Faidros, una obra anterior a El banquete, ya sugirió con toda claridad que era mejor silenciar las rela- ciones entre un hombre y un efebo «por consideración a la opinión pública». Una explicación con la que por cierto no fue consecuente en El banquete. Lo que se escribió y publicó en Grecia después de Platón fue tan oficial y abiertamente contrario a la homosexualidad, tan hostil a ella, que todos intentaron olvidar a Platón, al menos temporalmente.
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