La actitud psicosexual del hombre

(Nota XXXIX)

Los puntos de vista principales que es preciso tener en cuenta al examinar este problema, son idénticos a los que tuvimos que considerar al estudiar, la vida amorosa de la mujer. Solemos establecer, como tabla de medida, un tipo ideal del hombre, y en último análisis tenemos en cuenta la distancia del caso concreto de este ideal, siempre de conformidad con sus aptitudes para la convivencia humana y para la convivencia del hombre y la mujer. También nuestra valoración de la manera de ser peculiar de un hombre depende absolutamente de esas premisas previas. Sólo que nuestra civilización ha venido concediendo desde muy antiguo al hombre unos manifiestos privilegios en la vida amorosa, privilegios que procura denegar a la mujer. El mayor radio de acción en la vida sexual del hombre está determinado ante todo por el que disfruta en la vida general. Su papel sexual le queda considerablemente facilitado por el hecho, de que no debe temer en su actividad erótica consecuencias como el embarazo; además, por la parte- activa de la solicitación que le incumbe ep el amor y por la tradición, que representa un poder inmenso.
A esto se añade aún —en cierta consonancia con las condiciones que acabamos de mencionar—- la moral más relajada y de «señor» del hombre/para quien la moral sexual vigente no limita unas fronteras tan reducidas como para la mujer.
El impulso sexual del hombre se acusa con intensidad rariable ya desde mucho antes de la pubertad; puede emprender, sin embargo, durante la fase prepuberal, así como durante la pubertad, unas vías completamente equivocadas. De esta manera la conducta de un hombre frente a los problemas de la vida determinará también, en todos los casos, incluso su desenvolvimiento sexual; Esto es tanto más comprensible cuanto que no existe ninguna medida fija del impulso-sexual, puesto que sus manifestaciones pueden quedar aumentadas o disminuidas por múltiples influencias.
Ya en la niñez algo avanzada se ponen de relieve del modo más claro y elocuente tales influjos, así como las grandes orientaciones anímicas. En un principio, la preparación sexual consiste en la consolidación de un papel de niño muy en consonancia con las posibilidades de éste en una comprensión creciente del problema sexual, y en proponerse atrevidamente ciertos objetivos en sentido del amor y del matrimonio. Nuestra civilización y sus instituciones les facilitan el trabajo a los maestros y profesores, anticipándose a ellos. Otra clase de vestidos, otros juegos, otras medidas educativas intentan encauzar la marcha del desarrollo en la dirección deseada. La vida que rodea al muchacho, las analogías en el .reino animal, las intervenciones educativas, y, en la mayoría de los casos, una aclaración hecha entre compañeros, llegan a fomentar la comprensión del secreto sexual; la lectura, el teatro y el cine, y muy a menudo también la seducción por parte de mayores, la completan y la acaban. Y como, además, el muchacho ha de tropezar en su vida por todas partes con los hechos del amor y del matrimonio; como todas las medidas educativas están; al servició, al mismo tiempo, de una solución social del problema del amor y del matrimonio en el porvenir, a modo de premisa previa de todo, y como el impulso sexual, que va creciendo en él, busca ya instintivamente una solución por el estilo, la concepción del mundo del muchacho se va formando en el sentido indicado.
La conducta del muchacho frente al otro sexo acusa, en un príncipio y por regla general, unas señales manifiestas de una actitud de hostilidad y de suficiencia. Una repugnancia feroz contra el vestido femenino y aún más contra la suposición de que pudiera ser una niña, se encuentra muy frecuentemente como señal exagerada, de la búsqueda del sexo propio. Incluso en los últimos años de la infancia y en la coeducación se pone de relieve, generalmente, el sentimiento de la superioridad, y como si fuera por compromiso, a las muchachas se les niega toda pretensión por parte de ellas a la igualdad. «Vom Mädchen reisst sich stols der Knabe !» «De la niña se aparta orgulloso el muchacho», según canta un poeta alemán.
En medio de este gesto crítico, llaman la atención de vez en cuando rasgos de delicadeza y de amoríos, y a veces ya a la edad de cuatro, cinco o seis años se manifiestan inclinaciones amistosas o, por el contrario, criticase ironías de «mal gusto». Una propensión a la burla, y hasta ataques efectivos, no son fenómenos muy raros. El impulso sexual puede dar lugar, ya a partir de los primeros años de la vida, al onanismo. No raras veces y a causa de una seducción, se llega ya en la primera infancia a una masturbación recíproca o —sobre todo en los barrios bajos y míseros de las metrópolis—a un comercio sexual normal. Es de notar asimismo, en la evolución de los niños, cuánto más fácil les resulta emprender el camino del homosexualismo mediante la masturbación recíproca que ir por el camino recto de la normalidad. Es generalmente el año, 14 de la vida el que acarrea la vuelta decisiva hacia el onanismo, que apresa casi a todos los muchachos, para que puedan llegar a liberarse de él tarde o temprano. Hacia esta época de la pubertad, el impulso sexual ahogado se abre camino en poluciones más o menos frecuentes. Fenómenos de cansancio y «mala cara» en esta época, son casi siempre las consecuencias del miedo a coger alguna enfermedad o alguna perturbación evolutiva. El onanismo y las poluciones de la edad puberal y juvenil pueden ser superados sin que dejen huella alguna. Si, en cambio, perduran durante largos años, entonces es preciso interpretarlos como intentos por parte del joven de excluir de su existencia a la mujer.
En la pubertad, y aun poco después, encontramos por regla general la elaboración de una representación ideal de ,1a muchacha, ideal que acusa generalmente los rasgos de alguna persona determinada del medio ambiente del muchacho. Esta representación ideal acusará más tarde una susceptibilidad a rápidos y frecuentes cambios, de la misma manera que también ideales de otra clase pueden ir difumándose. Asimismo se encuentra en no pocos casos el miedo a manchar esta representación ideal, o a la muchacha que ella simboliza, mediante unos pensamientos sensuales. Paralelamente pueden aparecer las representaciones más lúbricas en forma de fantasías. Muy a menudo es el onanismo el factor seductor de que los deseos sensuales queden traducidos a ,la realidad. Junto a
esta pureza del alma, encuéntrase muy a menudo, y en sorprendente proximidad a ella, una propensión a la más grosera sensualidad o a emprender relaciones sexuales para las cuales suele recurrirse por regla general —siempre en la línea de menor resistencia— a prostitutas o sirvientas. Ambas variedades representan unas válvulas de escape que están continuamente dispuestas a funcionar, y que acarrean a veces una desviación definitiva de las vías del amor y del matrimonio. Sin embargo, no faltan educadores demasiado doctos o demasiado incultos que inciten, a la juventud a orientarse hacia esos dos caminos completamente equivocados. Interceptar el paso hacia ellos solo lo logrará quien no esté convencido de la necesidad de un comercio sexual precoz, pero que tampoco deje de reconocer los plenos derechos a un amor verdadero en el cual ambas partes están dispuestas a sacrificarse mutuamente una en favor de otra.
Tradiciones y costumbres de la sociedad, reuniones sociales, bailes y otras empresas en las que ambos sexos pueden participar en iguales proporciones, fomentan y favorecen la inclinación, una vez ya producida, hacia las muchachas. El “entrenamiento” a reunirse está en marcha incesantemente. En la imaginación, en la calle, en el teatro, al contemplar representaciones gráficas o plásticas, se producen continuamente incitaciones que ayudarán a inclinarse hacia el amor y el matrimonio. Naturalmente, el casamiento va enlazado hoy día, siempre y en muy alta medida, con unos problemas de orden meramente material y con el de la profesión. Hasta llegar a ello queda aún un plazo de tiempo relativamente largo durante el cual muchos jóvenes caen en la incivilidad sexual o son víctimas de las enfermedades sexuales.
Si el hombre se acerca luego al matrimonio, entonces ya no sólo tiene que habérselas con los categóricos postulados del matrimonio. (Nota XL) sino que tiende a introducir también casi siempre en éste sus exigencias individuales, que muy a menudo no encuentran en ello suficiente espacio y llegan a perturbar las relaciones amorosas. La nueva situación llegará a ser entonces una piedra de toque para el matrimonio que se avecina. En su preparación quedará reflejada de todos modos la concepción del mundo del individuo en cuestión, así como la actitud que ocupa ante la mujer. Su elección queda orientada por sus exigencias ideales respecto a la mujer y al matrimonio. Si el joven futuro esposo no ha quedado desengañado por su madre o por su hermana, o si ha podido hacerse valer frente a ellas, siempre se asemejará a ellas la muchacha de su elección, tanto espiritual como corporalmente. Si es un hombre que anhela cariño, se orientará sin falta hacia una muchacha de la que pueda esperar verse mimado. SÍ le gusta imponerse después de luchar, entonces buscará a una mujer que pueda considerar como fuerte y enérgica de otro modo, dará la preferencia, tanto en la manera de ser como en la estatura y fuerzas, a una muchacha que le parezca fácil de dirigir. Que en estas selecciones se producen, desde luego, numerosísimos errores v falsas suposiciones, no nos ha de extrañar, sobre todo por la sencilla razón de que ninguna muchacha soporta una opresión duradera.
Si el joven está suficientemente preparado para él matrimonio, entonces el curso posterior del mismo y su actitud sexual dependerán completamente de su compa-
ñera. Si también ella trata de establecer la consonancia
con su marido, entonces ambas partes nos ofrecerán el cuadro de un erotismo en armonía. Éste caso es sin duda muy raro, lo que es una prueba manifiesta de
lo insuficiente que es la preparación de la prole para el. Matrimonio. En tales casos, se desarrollará, íntimamente enlazado con el erotismo, un sentimiento de compañerismo incondicional, de modo que toda ampliación desagradable quedará excluida de antemano, o sera fácilmente superable; También para la prole quedará bastante sitio en tales matrimonios felices, y los hijos serán a su vez como unos compañeros. El problema erótico encontrará una solución común y por decisión libre de ambos, sin que sea experimentado como una dictadura de una de las partes; ninguno de los dos se sentirá mero «objeto». La pertenencia erótica no quedará menguada por nada en absoluto, hasta que en edad muy avanzada, hacia los años sesenta de la vida, llegue a apagarse poco a poco. El comercio sexual no acusará deficiencia alguna, y no dará tampoco lugar a estados de mal humor ni a depresiones o tristezas.
Ocurre todo lo contrario en las (personas insuficientemente preparadas. Su preparación defectuosa se hará sentir dolorosamente en todas las situaciones, sin que ellos mismos se den cuenta de ello, tanto en la fase que sigue inmediatamente a la pubertad como en todo el periodo en que es posible, y hasta deseable, tener relaciones eróticas. Un sentimiento de inseguridad o de falta de confianza en sí mismo hará que tales seres vean en tas relacienes eróticas, y por tanto también en 1a mujer y en su entrega a ella, unos peligros más o mehos graves para su persona. Faltará en ellos aquélla linca recta que es una de las exigencias principales de todo erotismo sano. Mostrarán en su conducta rodeos, vueltas y desviaciones, cuya forma más grave creemos entrever en la homosexualidad y en el autoerotísmo. Sin embargo, también los demás desplazamientos del objetivo sexual, como fetichismo; sadismo, masoquismo u otras perversiones; nos revelan claramente la antigua falta de confianza y los intentos de suplantar por unas Satisfacciones de placer dé carácter «privado» aquellas formas que nos brinda la sociedad, para evitar de está manera toda decisión sobre los propios valores o no valores. También son reveladores de la misma pusilanimidad el hecho de escoger a una prostituta como pareja, y la inclinación a entablar relaciones muy fácilmente rompibles y en las que no haya que temer consecuencias. Quien haya llegado a comprender debidamente este dinamismo, sabrá apreciar no menos debidamente y con suma facilidad en el Don Juan y en toda acentuación de las inclinaciones polígamas, aquella falta de ánimos que es propia de los hombres que no se sienten impulsados a la acción y prefieren obtener sin grandes trabajos unos éxitos más o menos gratuitos. Toda vida erótica es Zweisamkeit (Nota 44), según decía NIETZSCHE, o sea, un rendimiento meritorio de dos compañeros de igual valor que forman la pareja. La tendencia del uno a prevalecer sobre el otro precisamente en el amor, que no deja ningún lugar a las vanas satisfacciones de orgullos personales, es un abuso y un vicio que rompe sin tardanza el cuadro de la unión erótica, puesto que tal conducta no cuenta con las leyes inexorables del amor.
La energía del impulso sexual es variable, y sin duda no queda determinada de una vez para siempre en la fórmula constitucional. Se puede observar una súbita llamarada del mismo tras una latencia o tras un periodo de conducta moderada, y viceversa. Sin duda, el ocuparse en impresiones, cuadros, lecturas y conversaciones de carácter sexual, podrá producir un aumento en la tensión sexual, puesto que ello suprime determinadas inhibiciones justificadas o injustificadas. También la abstinencia practicada dentro de ciertos límites suele conducir generalmente a tales aumentos. Las dos experiencias que acábamos de mencionar han sido la causa de que haya médicos superficiales que se atrevan a recomendar con miras terapéuticas una u otra cosa. Son hechos conocidos que la carencia de satisfacción sexual, así como su rechazamiento, dan lugar á deseos más intensos, mientras que un abandono demasiado laxo conduce a una alteración del impulso. La conducta erótica del hombre depende, según acabamos de ver, de múltiples factores. No podemos descubrir en parte alguna un impulso sexual primario y desprovisto de toda-influencia, que teóricamente no seria una imposibilidad, ni poseemos una medida objetiva para su intensidad, puesto que siempre obran en él unas influencias harto fuertes. Ni respectó a aquellos hombres que han vuelto la espalda desde un principio al amor y al matrimonio, seriamos capaces --exceptuando en un solo caso— de decir algo sobre la intensidad de su impulso sexual, porque en tales casos se trata, por regla general, de un «entrenamiento» en sentido de la abstinencia, esto es, de inhibiciones que se deben a la manera de ser peculiar (y probablemente neurótica) de la persona en cuestión. Solamente en el caso de un hábito eunutoide o de órganos genitales en gran manera, atrofiados e impotentes para el comercio sexual, así como en él de un infantilismo completo de los órganos sexuales, tal como se produce, por ejemplo, como consecuencia de las diferentes dolencias de la hipófisis, tras una castración precoz y en determinadas enfermedades tales como diabetes y afecciones renales, de carácter grave, en la tabes dorsal, etc., podemos permitirnos deducir de los hechos manifiestos una impotentia coeundi orgánicamente, determinada y una falta de impulso sexual. Encontraremos igualmente muy lógico y comprensible que la sexualidad acuse una creciente disminución con la edad, apagándose por completo hacia los setenta años.
La mayor parte de las diversas formas de la impotentia coéundi, así como la eyaculatio o su completa falta, son producto de unas inhibiciones psíquicas debidas siempre a errores básicos, y al eliminarse éstas, oportunamente, pueden desaparecer a su vez. El medio soberano para ello estriba en una transformación de la personalidad en un ser no sólo humano, sino un verdadero congénere nuestro (un cohumano, como se dice en alemán)
lleno de ánimo y consciente de sí mismo. Una tal transformación debiera realizarse según un plan muy bien concebido y sistemático, lo mejor de acuerdo con los principios básicos de la Psicología del Individuo. Sin embargo, no se podría 'poner en duda que a veces se realiza tras una sota palabra acertada o luego de una intervención del médico) sin que ni éste ni el enfermo se den cuenta de que el valor y el ánimo de este último van aumentando; No se puede negar tampoco que sea posible obtener el mismo resultado también gracias a determinados medicamentos, los llamados afrodisiacos, una vez comprobada su eficacia. Muy a menudo, ya el mero hecho de que el paciente vaya a ver al médico significa que está presente en él una fuerza que se va concentrando y que tan sólo busca una ayuda desde fuera en forma de aprobación y asentimiento del médico. En tal situación toda terapia puede tener éxito.
Desde tiempos inmemoriales, tanto los doctos como los profanos se han esforzado en encontrar unos medios que fuesen capaces de integrar el impulso erótico. Peces, amuletos, brebajes, representaciones eróticas y testículos de animales; luego, más tarde, extractos de éstos, según el consejo del famoso BROWN-SÉQUARD, debían venir en ayuda de la fuerza viril decayente. En estos últimos tiempos fueron ante todo STEINACH y sus discípulos, VORONOFF y otros, quienes intentaron conseguir la misma finalidad, ya mediante la exclusión unilateral de testículos, ya por medio de la implantación de los mismos. Pero a pesar de todo cuanto llevamos dicho, los fracasos pesan mucho más en él balance que los eventuales, éxitos. La opinión de STBINACH sobre la «glándula puberal» está siendo aún muy discutida, pero encuentra cada día más y más decididos adversarios.
Existe otro grupo de teorías que son algo más que una mera hipótesis y menos que-una comprobación empírica, tal como lo hemos explicado ya antes (Nota XLI). Según las mismas, la actitud sexual del hombre frente a la mujer dependería en primer lugar —exclusivamente—- de la valía de las glándulas germinativas, o bien —según SCHOPEN-
HAUER, MOEBIÜS, FLIESS, WEININGER, HIRSCHFELD- de un rasgo femenino en la organización corporal del hombre. Los trabajos experimentales de STEINACH, que son considerados por muchos como prueba decisiva —masculinización de ratas hembras, feminización de ratas machos, mediante unas transformaciones correspondientes en las glándulas germinativas— sólo acusan antagonismos muy salientes, sin mostrar al mismo tíempo los finos matices que encontramos en los hombres. De todos modos, es muy problemático que, aún cuando se llegue a la afeminación artificial extrema del hombre, por ejemplo, mediante la castración o la-, implantación , de ovarios, y en caso de que se produzcan' todas las imaginables consecuencias físicas que ello pueda acarrear, sea forzosa una transformación anímica, en la misma forma que se ha descrito ya en las ratas. Los numerosos casos de seudohermafroditas que habían sido sometidos, a consecuencia de sus rasgos, preminentemente femeninos, a una educación y una preparación para vivir como mujeres, sin que acusaren transformaciones objetivamente comprobables en sus glándulas de secreción, interna, así como los eunucos y eunucoides, cuyo porté y ademanes varoniles no pueden ser puestos en duda, corroboran la opinión de que, en la especie humana, la preparación anímica desempeña un papel mucho más importante que entre los animales inferiores.
Sin embargo, la importancia que pueden alcanzar en el hombre las inhibiciones anímicas, o bien su desaparición, en su actitud frente a la mujer, queda puesta de relieve por muy numerosos fenómenos de la vida amorosa. La depresión anímica puede, de la misma manera, conducir a la desaparición que a la recrudescencia extraordinaria del impulso hacia otras mujeres. Son sobre
todo los pensamientos de venganza contra una determi-
nada mujeríos qué fácilmente hacen inflamarse al hombre en amor hacia otra. Del mismo modo, muy a menudo, asistimos a un derrumbamiento de la sexualidad cuando él matrimonio parece amenazar ya muy de cerca a un solteron empedernido. Se observan casos de satiriasis, esto es, un estado de excitación continuo en los órganos genitales —exceptuando los casos de leucemia—, a veces a causa de una interrupción duradera del comercio sexual. En maníacos es la desaparición de las inhibiciones lo que cauga la excitación sexual. En paralíticos, dementes seniles y alcohólicos se encuentra indistintamente aumentada o disminuida la necesidad sensual.

* * *

Después de todo lo dicho, llegamos a la conclusión de que el matiz y el grado de la conducta social, tanto en el hombre como en la mujer, se derivan de su personalidad respectiva, reflejan su actividad en general, y, en caso de que los órganos sexuales se hallen aproximadamente intactos, son el resultado de su preparación y de su entrenamiento. No cabe dudar de que el hombre desarrollado normalmente se «entrena» sin cesaran el sentido del ideal erótico que más le atrae, y que la suma que este «entrenamiento» llega a totalizar es tan grande, que no sería posible calcularla; se efectúa en todo momento: al ir por la calle, al tratarse con el otro sexo, al compararse con otros compañeros de idéntico sexo, etc. En resumen, existe un ((entrenamiento)) continuo para el desempeño del papel sexual y con las miras puestas en el ideal sexual que se fija uno. Por consiguiente, no nos debe admirar que aun cuando hayamos ya descubierto los errores que impulsaron a una persona hacia un desarrollo equivocado, nos hallemos todavía ante otra dificultad; nos encontramos poco más o menos en la misma situación en que se halla el zurdo que no se ha dado cuenta de haber sido postergado por la Naturaleza, esta madrastra suya, al dotarle de un brazo derecho menos hábil, y al que le damos a conocer su deficiencia; con ello el zurdo no llegara a compensar su deficiencia hasta el punto de poder Ser equiparado a aquel que tenga pleno dominio de su brazo y mano derechos. La dificultosa tarea consiste en esto: en hacer sufrir, en someter posteriormente a aquellas personas que hayan llegado a apartarse de lo sexualmente normal, al mismo entrenamiento que en una persona
normal desempeña un papel de capital importancia.
La dificultad de esta tarea puede medirse debidamente si recordamos que hemos designado el comercio sexual sin amor como un vicio, la educación hacia el cual no podría ser dé ningún modo misión ni deber del médico aun cuando por ahora no sea éste tampoco capaz de suprimirlo del mundo. En cuanto a mí, nunca impulsaré a una persona a entablar contacto con una prostituta, ni le insinuaré que emprenda alguna aventura amorosa.
Volvemos a encontrar aquí la misma dificultad que hallamos en todos los problemas de la educación, ante los cuales los demás suelen hablar de una «falta de talento»): se trata de hallar la manera de llevar a un «entrenamiento» mejor a personas mal preparadas y mal entrenadas, pero sin causarles ni a ellos ni a la colectividad daño ni perjuicio alguno, no cabe duda de que el, método a seguir desempeña aquí un papel decisivo. El elemento constitutivo más importante del método psicológico-individual, por nosotros preconizado, para suplir o suplantar el entrenamiento social deficiente de este entrenamiento afectivo y de la conducta que corresponde al despliegue de una vida amorosa normal, consiste en infundir ánimo con miras a un sentimiento de comunidad capaz de colaboración (Nota XLII); en estructurarse mejor en el seno de la férrea lógica de la convivencia humana, de la cual la vida amorosa no es sino un aspecto parcial; en una palabra, en una comprensión mejor del SENTIDO DE LA VIDA.



El problema del homosexualismo y otros estudios sexuales. Alfred Adler (1936)


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Nota XXXIX