LA ACTITUD PSÍQUICA DE LA MUJER ANTE LA VIDA SEXUAL (Nota XXXVIII) No es fácil encontrar unos fundamentos inamovibles para el examen dé éste problema. Lo que más le correspondería a la corriente dentista de nuestros días sería estudiar el idioma de la sangre, sacar conclusiones de la validez de las glándulas de secreción internas y de sus correlaciones, suponiendo finalmente que el cuadro ideal de la conducta sexual debiera producirse forzosamente cada vez que el inventario de los requisitos somáticos esté en regla. Sin embargo, ya al llegar a este punto se plantea el problema: Pero, ¿cuál es el cuadro ideal que se nos antoja, cuando medimos y sospesamos? ¿El objetivo del desenvolvimiento sexual de la mujer depende única y exclusivamente de la aptitud de sus glándulas germinativas, de los factores coadyuvantes y contrarrestantes? ¿Cuál es la tesis ética del juez acerca del bien y del mal, al disponerse a pronunciar su fallo? ¿Busca la mayor posibilidad de ser feliz, la máxima riqueza en hijos, la más completa realización de los impulsos? ¿Postula la igual valía de los dos sexos o la subordinación de uno de ellos al otro? Cuantos problemas, cuantos objetivos presenté la evolución de la mujer, tantos postulados acarreará de unas formas de vida sexuales. La literatura acerca de este gran problema de la humanidad es desbordante. Más luz que todos los trabajos científicos sobre estesector de cuestiones —que van acompañados desde luego de una corriente monstruosa de solemnes- estupideces seudocientificas esparcen las obras de los poetas, escritores, pintores y escultores. A partir de la Biblia, a través de los cuentos y leyendas, y hasta la novelé y el drama modernos, por todas partes —y sobre todo en la poesía lírica de poetas y poetisas— vemos tratado él problema erótico. Y puesto que el arte ha sido hasta la fecha casi exclusivamente obra de hombres, al igual de la ciencia, se refleja en ellos, ante todo, lo que él hombre sabe : la sabiduría del hombre acerca del alma de la mujer. Sin embargo, no pocas veces, quedan grandes partes sin esclarecer en ésta alma femenina, trayendo a nuestra memoria la afirmación- sentada por tantos adivinadores de misterios, antiguos y modernos: “¡la mujer es un enigma!”. El carácter marcadamente varonil en los juicios, es, sin duda alguna, una desventaja, y llega a degradar no raras veces a la mujer, a través de, la visión del hombre, convirtiéndola en mero objetó de éste o, contrariamente, de los impulsos femeninos. La mayor parte de los examinadores no llega a ver más allá de la misión de la mujer de ser bella y de poner hijos en el mundo. Además quedan puestos de relieve tan acentuadamente las llamativas faltas de carácter, de la libertad espiritual, de las ambiciones objetivas de la capacidad para la vida profesional y publica, con la sola finalidad de probar qué la existencia de la mujer se justifica casi única y ex clusivamente por el amor y por la mision de cuidar de la progenitura. Este juicio llega a influir poderosamente la mentalidadde las mismas mujeres. Por regla general, ellas mismas parecen querer hablar con la voz de los hombres, adaptándose al papel que el varón se ha dignado concederles. En un impulso de exacerbada rebeldía, George SAND despedaza por completo este sistema, exclamando: «¡ La virtud de la mujer I... ¡ Esto es un invento muy bueno para los hombres!». En efecto, al examinar de cerca todos esos hechos, se nos impone el pensamiento de que, junto a los fundamentos físicos de la actitud sexual de la mujer, deben influir en ella aún otros factores que llegan a modificar muy poderosamente el curso de su vida erótica. En grandes líneas generales, podemos considerar como tales factores de influencia el espíritu de la civilización actual, él gran número y hasta el exceso de mujeres y la gran preponderancia del hombre, con su privilegio de solicitar las cosas de la vida más activamente, con sus bases económicas más estables y con su mejor preparación para saber y actuar. Hasta el punto que nos sea posible entrever, la educación de las muchachas para su papel de mujer cuenta ya de antemano, entre todas las condiciones, con estos factores, y procura obtener su adaptación a los mismos. Una acritud anímica de la mujer que no enfoque sino única y exclusivamente una sexualidad que dependa meramente de su corporeidad, es decir, una sexualidad aislada por completo de los demás factores, una tal concepción, tan sólo se puede encontrar en idiotas o dementes. En todos los demás casos, toda forma de vida sexual cuenta con una actitud preconcebida y preparada frente al problema del amor. Hay una cosa Segura: la forma sexual de la mujer no es de ningún modo algo unívoco, y muéstrase como dependiente de múltiples factores. Y aun cuando sea posible determinar cierta homogeneidad en determinadas épocas, en determinados y diferentes lugares, en distintos pueblos, en diferentes edades, en analogía a los fenómenos de la moda, sin embargo, no será muy difícil convencerse de que, a pesar de todas las apariencias de una homogeneidad, («Todos sus males y todas sus quejas pueden curarse desde un punto determinado», dice maliciosamente Mefistófeles en el Fausto de GOETHE), toda actitud individual acusa diferencias de mucho peso. Si alguien quisiera deducir del deseo muy extendido en las, mujeres de encontrar a su hombre, una disposición sexual deseable, bien preparada, por ser socialmente oportuna, ese alguien podría meditar un poco que a la mujer se la sugiere la elección de su pareja por la estrecha limitación de su radio de acción, .por la tradición, por el amor propio personal y por motivos económicos, cuando menos con la misma intensidad que por unos meros impulsos sexuales. Estos últimos son dirigibles, con todo y su fundamentación orgánica, en íntima correspondencia con la forma de vida del individuo, por sus verdaderos objetivos finales; son, además, susceptibles de cambios y pueden ser sometidos a un “entrenamiento” en cualquier sentido. Los rudimentos de un impulso sexual, existentes ya en los años de la infancia, quedan modelados por la civilización circundante y se les domina o se les hostiga, como a todos los demás impulsos e instintos, mediante vivencias qué provienen de diversos sectores además del de la sexualidad. Si una educación consigue, por ejemplo, crear en una muchacha una actitud general manifiestamente pasiva en la vida toda, entonces, también su conducta erótica acusará el mismo rasgo fundamental pasivo. No somos capaces, sino en los casos individuales, de determinar todas esas influencias que ha tenido una acción sobre la expresión erótica de una mujer. No se puede esperar una verdadera causalidad en las formas de expresión anímica, como lo es la actitud psíquica de la mujer ante la vida sexual. Todas las sensaciones orgánicas, todas las vivencias, pasan por el filtro de la personalidad y quedan englobadas en una perspectiva individual. Considerada desde el punto de vista de un tipo ideal, toda utilización de los factores antes mencionados, todo sentimiento de valor y las consecuencias del mismo, quedan desarrollados de un modo más o menos erróneo. Siempre experimentará y valorará una mujer el acercamiento, la solicitación y la presencia y carácter de su compañero, según el objetivo que ella se haya fijado en su conducta ante la vida. El erotismo no es nunca un impulso sexual puro y animal, como no es tampoco —tal como lo creyera SCHOPENHAUER un mero anzuelo de la Naturaleza con la finalidad de asegurar la procreación de la especie humana, sino que es una parte importante y de muy alta calificación del sentimiento de comunidad humano que refleja la persona toda, y también el grado del enlace con la vida social y con la preparación a una vida en común con otro ser. La investigación psicológico-individual pudo demostrar que el desarrollo de la capacidad de amar queda fomentado por determinadas condiciones, mientras que puede ser amenazado por otras. Lo que tiene influencia decisiva es la situación de la persona durante su infancia, así como el encaminamiento adecuado de la muchacha hacia su futuro papel femenino en el momento más propicio. La confianza en las propias fuerzas, una perspectiva optimista del porvenir, la capacidad para establecer contacto con los demás humanos, la inclinación a esparcir en torno suyo alegría, el sentimiento no crítico de la propia pertenencia al sexo femenino, así como el respeto al papel sexual de la mujer, son, sin duda alguna, siempre, unos factores fomentadores de ello. El desconociomiento del propio papel femenino, o la vacilación duran-te algunos .años de la infancia,.así como el estar enlazada afectivamente a una sola y determinada persona de la familia, los sentimientos generales de debilidad o de inferioridad, una educación desprovista de amor, la desconfianza frente a sí misma y frente a tos demás, la propia fealdad, como también la propia belleza y, ante todo, un menosprecio, de la mujer, pueden perturbar entre todas las circunstancias la oportuna preparación al amor. Es de capital importancia la situación de la niña durante la infancia. Si el matrimonio de los padres no es feliz, si vé la grosería, la embriaguez o la ligereza del padre, o basta una infidelidad conyugal del mismo que haya llegado a ser patente, entonces la hija de tal padre tendrá siempre un singular miedo a que le pudiera tocar en suerte igualmente el sino de su desdichada y humillada madre. Su actitud y conducta frente a los hombres no podrá estar entonces nunca libre, aun cuando éstos tengan la más excelente constitución sexual, de desconfianzas, dudas e inhibiciones. Su finalidad y su objetivo en la vida consistirá en no tener que experimentar nunca ninguna humillación que ya eo ipso, debe dar de antemano por segura por el mero hecho de ser mujer este su objetivo final la obligará a excluir el papel femenino, introduciendo en toda su vida en general, y en Su actitud frente al hombre en particular, todo un sistema de «seguridades» que volvemos a encontrar bajo la forma de inhibiciones, síntomas nerviosos y perversiones. Paralelamente con estos fenómenos, encontramos toda la concepción del mundo, la lógica, las costumbres y él «enfretamiento» del impulso sexual, ya en todo el curso de la vida de una mujer de tales antecedentes, obligada a seguir un camino que la conduzca lejos del hombre. Siempre según la contextura peculiar de la persona en cuestión, contextura que queda ya más o menos establecida después de los primeros años de su vida, el objetivo final y natural del erotismo se transformará —siempre de conformidad y en virtud de las experiencias personales y de la perspectiva más o menos errónea— en un objetivo de substitución, en una subrogación. Esta subrogación (Nota 43) está comprendida siempre en el sector de las cosas sin importancia y de bagatela —perversiones de toda clase y acentuación dé determinados detalles de la vida erótica— o bien cumple tan sólo con una parte de la misma —frigidez—; origina el miedo, la indiferencia o el asco hacia el hombre, o bien adopta cierto aire viril y desempeña, tanto en la vida sexual como en todo su modo de vivir, un papel de hombre. Esta desviación parcial o, al contrario, demasiado acentuada del papel femenino, se manifiesta también de un modo harto característico. La repulsión al parto y a la lactancia es muy frecuente; pero puede ocurrir también, en casos más benignos que el niño llegue a ser para la mujer en antagonismo con el hombre- el objetivo final exclusivo de su existencia. En la mayor parte de los casos que pertenecen a esta categoría, existen síntomas neuróticos de toda clase que impiden el desarrollo homogéneo del erotismo. También en la propensión a prostituirse y en las tendencias polígamas excesivas se traduce la repulsión al papel de mujer. Una expresión harto elocuente de esta declinación del papel femenino es también el vaginismo. Si buscamos un punto de vista homogéneo para la comprensión de todos esos fenómenos perjudiciales al papel femenino, lo encontraremos en lo insatisfechas que se hallan ciertas muchachas con su situación social en nuestra civilización, insatisfacción alimentada aún más por la verdadera o aparente preponderancia del hombre y por la actitud de lucha que de ello deriva y que recorre todas las graduaciones, desde la rebeldía abierta hasta la sumisión silenciosa. La propensión a cambiar esta situación produce toda clase de ideales de ginecocracia (o sea gobierno o dominio de las mujeres) y de emancipación, y degenera en la vida personal en cien formas diversas de la «protesta varonil». KANT, en su antropología, llama la atención sobre el mismo reconocimiento de hechos, y HERDEH encontró en su colección de canciones de novias de todas las literaturas y de todos los tiempos tan sólo temas de contenido triste. Ejerce asimismo una influencia amarga y precozmente desanimadora la superstición universalmente divulgada de la inferioridad de la mujer y su exclusión casi completa de los grandes rendimientos de la ciencia y de las artes, fenómenos todos que tienen sus causas, ora en; la preparación insuficiente,ora en la estructuración varonil de las formas de expresión artística, ya que en la danza y en el teatro las mujeres alcanzan a menudo las cimas más altas. No es de admirar, pues, que el descontento con el papel femenino lleva la mujer a simular actitudes y gustos varoniles en la moda en los deseos y fantasías, en la conducta en la vida y en el erotismo; no es de admirar tampoco que, según las apreciaciones de médicos expertos, el número de mujeres frígidas llegue—a pesar de su excelente constitución sexual—a un 70 por 100. Junto a todos estos motivos contrarios que obstaculizan el despliegue libre de la sexualidad en el sentido de una expresión social y cultural, y, sin embargo, íntimamente enlazada con ello, Ja preparación insuficiente o francamente mala para el amor constituye un impedimento grave para la armonía en el erotismo. La desconfianza mutua existente por doquier, él egocentrismo excesivo, la inclinación a superar y dominar a la pareja y el temor a serle inferior» se oponen a una entrega incondicional de todo el ser y envenenan las relaciones amorosas. Muchachas no muy bellas temen de antemano perder pronto él afecto de su marido; otras mujeres, verdaderamente hermosas, se encuentran deprimidas, creen ser unos meros objetos sexuales para él hombre y consideran su dignidad humana ofendida, fenómenos que pueden quedar fomentados por las costumbres de solterón del hombre, por un comportamiento poco hábil durante el contacto sexual o por su mala inteligencia del verdadero significado de lasexualidad viril. La falta de habilidad, la brutalidad o el llegar a herir la sensibilidad anímica en el acto de la primera cohabitación, pueden conducir igualmente a una depresión duradera. Lo mismo debe decirse de las limitaciones celosas de la libertad de movimiento en los primeros tiempos del matrimonio, y del hecho de dejar embarazada a la mujer a pesar del convenio de no hacerlo y hasta contra la voluntad de la misma. Vivencias aterradoras durante la infancia, prejuicios que suscitan miedo acerca de los dolores y los peligros propios de la mujer, no son tampoco los más indicados para aliviar los sentimientos de inferioridad. El desenvolvimiento del impulso sexual invita, sin embargo, a la mujer, a medida que se despiertan en ella impulsos de determinadas clases, a actos autoeróticos y onanísticos. Puede llegar de este modo, tarde o temprano, a causa de una seducción o, sencillamente, por sí misma, en parte por su medio ambiente y por la cultura recibida y en parte, impulsada aún más por los mismos factores, a procurarse el placer mediante la masturbación, que, aunque en sí no acarree ningún daño, puede dar lugar, sin embargo, a , un “entrenamiento” en el sentido del autoerotismo, «entrenamiento» qué desde luego, inhibe el desenvolvimiento del erotismo nomal y de sus derivados, fortaleciendo sobre manera los factores contrarios, ya que —funcionando como una válvula de escape siempre pronta a entrar en acción— puede llegar a disminuir la tensión sexual. El antagonismo de la teoría aquí expuesta con las opiniones de los “somatistas”, parece ser muy grande. Ocupan el primer plano de nuestros asertos dificultades y errores de nuestra civilización, una orientación deficiente y una insuficiente preparación; en cambio, los constítucionalistas no asignan a estos factores su debido valor y los hacen aparecer como unos meros epifenómenos de deficiencias de la secreción interna. En contra de ello podríamos argumentar ante todo de la siguiente manera : 1. Incluso el organismo mejor estructurado puede llegar a un fracaso completo a consecuencia de errores y equivocaciones. 2. Bajo determinados aspectos, se ha tenido suficiéntemente en cuenta en nuestras teorías e interpretaciones la minusvalía de ciertos órganos y las glándulas de secreción interna, aunque, desde luego, siempre con una concatenación más importante que las meras correlaciones orgánicas, o sea preguntando siempre en qué sentido llega a influir tal minusvalia sobre la relación del individuo a los postulados de la civilización en cuyo seno vive, cómo influye en él sentimiento del valor propio, y si conduce o no a una autoapreciación menguada. 3. El «entrenamiento» somático y anímico que se produce en caso de una actitud hostil a la comunidad de la mujer, hace resaltar en la vida anímica valoraciones e intereses completamente diferentes y cambia incluso, en todos los casos, secundariamente, los fundamentos orgánicos de la función sexual, de cuya merma resultan nuevos impedimentos. Los excitantes del mundo exterior que fomentan la función, quedan declinados; los impulsos del órgano quedan interceptados o desplazados; el órgano queda relegado en un descanso artificial, y puede llegar a ser disminuido aún más considerablemente mediante la actitud vital cambiada a viva fuerza. En la «huelga del hambre» de las muchachas, por ejemplo, que se inicia quizá siempre a base de una «protesta varonil» y de la declinación rotunda del papel sexual de la mujer, desaparece, como consecuencia del excesivo adelgazamiento, la sustancia de las glándulas germinativas, así como la de las otras glándulas de secreción interna ; sin embargo, ya con antelación, quedó desconectado (por decirlo así) el aparato sexual al llenarse todo el aparato anímico de intereses de orden alimenticio y evacuatorio. De este modo, llegamos a comprender que todos los llamados rasgos «femeninos» dependen hasta un punto extremo de las relaciones energéticas sociales entre hombre y mujer, les deben su origen, y pueden ser modelados o destruidos por ellas. Hasta los rasgos que aparezcan como congénitos, como espera de la pareja, pasividad, reserva, sentimiento del pudor femenino, maternidad, monogamia, obedecen —mucho más de lo que se supone generalmente— a las corrientes de la época y quedan dirigidos por el objetivo final. Hasta ciertos rasgos de exhibicionismo, justificados cási siempre por la moda, pueden ser interpretados neutralmente ; sin embargo, en caso de tomar forma ya algo más concreta, revelan un carácter más activo. En relación con ello y con la desvalorización de la pareja, encontramos muy frecuentemente una sobrevaloración fetichista de detalles de importancia secundaria, que delimita unas fronteras a la elección amorosa, muy a menudo barreras igualmente fuertes que el idealizar demasiado al compañero. Ambos postulados pueden ser tan difíciles de cumplir que fracasáría contra ellos hasta la misma perfección de un hombre. Muy á menudo no son más que unos meros pretextoé mal comprendidos para determinar de antemano el fracasó rotundo de toda búsqueda de compañero. En lo demás, la elección amorosa —que corresponde siempre, también, a una autolimitación del impulso sexual y de su superestructura—obedece a los móviles más variados. Las impresiones de la primera infancia, la imagen del padre y de los hermanos, y hasta la nacionalidad de cada cual, ejercen una influencia altamente codeterminadora. La elección en el amor —hasta cuando se realice sin limitaciones— corresponderá siempre, incondicionalmente, a las peculiaridades, a los errores ya las preferencias dé la actitud personal. Un sentimiento recto de las propias fuerzas, cosa que sólo muy raras veces se encuentra, dará la palma a hombres de análoga estructura ; muchachas que propenden en secreto hacia la superioridad, se sienten atraídas hacia, hombres débiles, hacia inválidos; o escogen compañero por debajo de su propia esfera social. También la elección del hombre por parte de la mujer entre las personas que la rodean ó incluso de su misma familia revela un sentimiento de flaqueza, así como la inclinación hacia hombres considerablemente más jóvenes o mucho más viejos que ella. Muy a menudo queda fortalecida una línea materna de un modo muy poco fecundo, propendiendo al salvamento o la regeneración de hombres que han ido rebajándose, e intenta reprimir las reglas inquebrantables del erotismo normal. El amor lesbiano, el perseverar en fantasías sexuales, la masturbación y las poluciones, no son sino otras tantas manifestaciones de la protesta varonil, revelándonos la existencia de un miedo al hombre y una completa declinación del mismo. Unos sueños homosexuales no son—tal como se suele admitir a menudo, equivocadamente— la comprobación de la homosexualidad, sino señales de un «entrenamiento» en un sentido equivocado. Inclinaciones hacia la poliandria; un flirtear excesivo; la manía de comprometerse con hombres; fantasías de eocotte ; anhelos exagerados pidiendo hombre, señalan ya, nías allá de sí mismos, un intento de la negación de la posibilidad de un matrimonio. El adulterio es siempre una señal de la iniciada rebeldía contra el hombre, un acto de venganza que queda disimulado bajo el velo de un erotismo oportunamente incitado. La primera menstruación da muy frecuentemente la señal de la declaración de las hostilidades contra el papel de mujer, en el caso de que exista una preparación insuficiente para el mismo. A menudo, la resistencia vuelve a manifestarse de nuevo con cada aparición del menstruo. Los dolores que se presentan de vez en cuando en esta fase, sin que haya suficientes motivos orgánicos, parecen ser debidos a contracciones voluntarias, que refrenan el libre curso de la sangre, y a la insatisfacción y repulsión contra todo el fenómeno. Aboga asimismo en pro de esta interpretación el hecho de que, muchas veces, esos dolores desaparecen en el matrimonio, cuando ha tenido lugar ya una reconciliación amplia con el propio papel femenino. La opinión harto divulgada de que el menstruo representa una impureza o una enfermedad —propagada a veces hasta por médicos— pesa dolorosamente sobre la conciencia de las mujeres y produce en ellas muy frecuentemente graves depresiones anímicas. En esa época es muy frecuente un aumento de los sentimientos eróticos. ¿Acaso porque no acarreen ningún peligro? En mujeres que consideran la juventud y la belleza como casi los únicos bienes de su sexo, el avecinarse la menopausia y la llegada de la misma es un momento extraordinariamente fatal, lleno de consecuencias graves. El último y mísero resto de su confianza en sí misma se pierde entonces irremisiblemente. A menudo intentan recobrarla por el camino de unas exigencias exageradas a las personas que las rodean, exigencias que derivan de la tonalidad afectiva desesperada de la mujer que envejece. Algunas se precipitan en aventuras eróticas» cayendo en terribles conflictos; el erotismo no desaparece en esta época, sino que tan sólo queda ridiculizado, rechazado, sin que se le tome ya en serio. Una actitud equivocada en la vida se venga tanto en el hombre como en la mujer. Si hemos puesto de manifiesto la importancia preponderante de la actitud individual de cada cual ante ellos, y la de las actitudes deficientes y equivocadas, eso no representa ninguna desconsideración de .los fundamentos orgánicos del erotismo, sino tan sóÍo una comprobación necesaria. Ahora bien, si se nos pidiera que enumeráramos las premisas que se efectúan de modo insuficiente en la mayoría de los casos, y que deberían cumplirse para lograr una actitud sana de la mujer ante la vida sexual, mencionaríamos las siguientes: 1. Aclaración precoz sobre la inmutabilidad del papel sexual y completa reconciliación con el mismo. 2. Preparación pedagógica al amor en consonancia con el sentimiento de comunidad. 3. Consideración y respeto ante el papel de la mujer. 4. Actitud de franca afirmación ante la vida y la sociedad humana.
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El problema del homosexualismo y otros estudios sexuales. Alfred Adler (1936)
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