Parte sintética

B) PARTE SINTÉTICA
4. -El mecanismo del placer y la psicogénesis del chiste
(1)
CONOCEMOS ya de qué fuentes proviene el singular placer que el chiste nos
proporciona. Podemos incurrir en el error de confundir el agrado que el contenido
ideológico del dicho chistoso nos produce con el placer privativo del chiste mismo; pero
sabemos que este placer posee dos fuentes esenciales: la técnica y las tendencias del
chiste. Lo que ahora quisiéramos averiguar es en qué forma surge el placer de estas
fuentes, o sea cuál es el mecanismo del efecto de placer; y como suponemos que esta
investigación nos ha de ser más fácil en el chiste tendencioso que en el inocente,
comenzaremos por el primero nuestro análisis.
En el chiste tendencioso surge el placer ante la satisfacción de una tendencia que
sin el chiste hubiera permanecido incumplida. No creo ya necesario insistir en las causas
de que tal satisfacción constituya una fuente de placer. Mas la forma en que el chiste la
consigue se halla ligada a condiciones especiales, cuyo examen puede ampliar
considerablemente nuestros conocimientos. Debemos distinguir dos casos. El más
sencillo es aquel en que a la satisfacción de la tendencia se opone un obstáculo exterior
que es eludido por el chiste. Así en la respuesta que Serenísimo recibe a su impertinente
pregunta y en la frase del crítico de arte al que los enriquecidos especuladores muestran
sus retratos. En el primer ejemplo, la tendencia es la de replicar a una ofensa con otra
equivalente; en el segundo, la de pronunciar un insulto en lugar de las esperadas
manifestaciones admirativas. Y lo que en ambos se opone a dichas tendencias es un
factor puramente externo; el poder o la autoridad de las personas a quienes la ofensa va
dirigida. Extrañamos, sin embargo, que estos chistes y otros análogos de naturaleza
tendenciosa carezcan, a pesar de obtener nuestro beneplácito, de la facultad de producir
un intenso efecto hilarante.
Muy distinta es la cuestión cuando no son factores externos, sino un obstáculo
interior lo que se opone a la directa satisfacción de la tendencia; esto es, cuando un
sentimiento íntimo se coloca frente a ella. Así sucede, a nuestro juicio, en los agresivos
chistes de N., persona en la que una marcada tendencia a la invectiva aparece vigilada y
contenida por una elevada cultura estética. Mas con ayuda del chiste queda, en este caso,
vencido el obstáculo interior y suprimida la coerción; proceso que, como en los ejemplos
de obstáculos exteriores, hace posible la satisfacción de la tendencia y evita, además,
una cohibición y el «estancamiento psíquico» que la acompaña.
Al llegar a este punto de nuestra labor nos sentimos inclinados a penetrar más
profundamente en las diferencias que la situación psicológica ha de presentar, según la
clase del obstáculo, pues sospechamos que la aportación de placer es mucho más grande
al ser removido un obstáculo interno que cuando se trata de uno exterior. Pero creemos
será más prudente declararnos satisfechos por el momento con uno de los resultados ya
obtenidos, esencial para la prosecución de nuestro trabajo y que podemos formular en la
forma siguiente: los casos de obstáculo exterior y los de obstáculo interior se diferencian
entre sí tan sólo en que en los segundos se remueve una coerción preexistente, y en los
primeros lo que se hace es evitar la formación de una nueva.
No creemos constituya ningún atrevimiento especulativo afirmar ahora que tanto
para la formación como para el mantenimiento de una coerción psíquica es necesario un
«gasto psíquico». Y si agregamos a esto que en ambos casos del empleo del chiste
tendencioso se consigue una aportación de placer, no será muy aventurada la hipótesis
de que tal aportación de placer corresponde al gasto psíquico ahorrado.
De este modo habríamos llegado de nuevo al principio de la economía, con el que
topamos por vez primera al ocuparnos de la técnica del chiste verbal. Mas si entonces
creímos hallar el ahorro en el empleo del menor número posible de palabras o en el de
palabras iguales, sospechamos ahora la existencia de una más amplia y general
economía de gasto psíquico y tenemos que dar paso a la esperanza de que una más
precisa determinación de este concepto -aún oscuro- del «gasto psíquico» nos aproxime
considerablemente al conocimiento de la esencia del chiste.
Al examinar el mecanismo del placer en el chiste tendencioso no pudimos vencer
por completo una cierta imprecisión, y tuvimos que aceptarla resignadamente como
castigo a nuestro atrevimiento de anteponer lo complicado a lo sencillo, intentando
esclarecer el chiste tendencioso antes que el inocente. Pasaremos, pues, ahora al examen
de este último; mas antes de hacerlo, dejaremos establecida nuestra hipótesis de que el
secreto del efecto de placer del chiste tendencioso consiste en el ahorro de gastos de
coerción o cohibición.
De aquellos ejemplos de chiste inocente en los que no existía peligro alguno de
que nuestro juicio fuera inducido en error por el contenido o la tendencia, tuvimos que
deducir la conclusión de que las técnicas del chiste son por sí mismas fuentes de placer.
Examinemos ahora si tal placer puede ser atribuido al ahorro de gasto psíquico. En un
grupo de estos chistes (los juegos de palabras) consistía la técnica en dirigir nuestra
atención psíquica hacia el sonido de las palabras en lugar de hacia su sentido, y dejar
que la imagen verbal (acústica) se sustituya a la significación determinada por relaciones
con las representaciones objetivas. Parece justificado sospechar que este proceso origina
una considerable minoración del trabajo psíquico y que, inversamente, el abstenernos de
este cómodo procedimiento, en el apropiado y riguroso empleo de las palabras, es cosa
que no llevamos a cabo sin un cierto esfuerzo. Podemos asimismo observar que, en
aquellos estados patológicos de la actividad mental en los que se halla efectivamente
limitada la posibilidad de concentrar gasto psíquico en un punto determinado, la imagen
sonora de las palabras sustituye a la significación de las mismas, y el enfermo avanza en
su discurso siguiendo las asociaciones «externas» de la representación verbal en lugar de
las «internas». También en el niño, acostumbrado aún a manejar las palabras como
objetos, observamos la tendencia a buscar tras de un mismo o análogo sonido verbal
igual significación, tendencia que es fuente de graciosos errores que hacen reír a los
adultos. Cuando después, en el chiste, hallamos un innegable placer al trasladarnos, por
el uso de la misma palabra o de otra análoga, de un círculo de representación a otro muy
lejano (como en el ejemplo del home-roulard, desde el de la cocina al de la política), este
placer puede muy bien atribuirse al ahorro de gasto psíquico. El placer que proporciona
tal «corto circuito» parece asimismo ser tanto mayor cuanto más extraños son entre sí
los dos círculos de representaciones enlazadas por la palabra igual; esto es, cuanto más
alejados se hallan uno de otro y, por lo tanto, cuanto mayor es el ahorro de camino
mental, procurado por el medio técnico del chiste. Anotemos, por último, que el chiste
se sirve aquí de un medio de conexión que a menudo es rechazado y cuidadosamente
evitado por el pensamiento regular.
Un segundo grupo de medios técnicos del chiste -unificación, similicadencia,
múltiple empleo, modificación de conocidos modismos, alusión a citas literariasmuestra
el definido carácter común de ofrecernos algo ya conocido allí donde
esperábamos encontrar algo nuevo. Este reencuentro de lo conocido es en extremo
placiente, y no hallamos dificultad alguna para reconocer tal placer como placer de
ahorro y tributo al ahorro de gasto psíquico.
Parece generalmente aceptado el hecho de que el reencuentro de lo conocido
produce placer. Así escribe Groos: «El reconocimiento se halla siempre ligado allí
donde no ha llegado a mecanizarse excesivamente (como en el acto de vestirnos, etc.), a
sensaciones de placer. Ya la simple cualidad de lo conocido se muestra acompañada por
aquel suave bienestar que invade a Fausto cuando, tras de un sospechoso encuentro,
penetra de nuevo en su laboratorio»… «Si el acto del reconocimiento es de este modo
productor de placer, podremos esperar que el hombre incurra en el deseo ejercitar esta
facultad por sí misma, y, por tanto, experimente con ella un juego. Efectivamente,
Aristóteles ve en la alegría del reconocimiento la base del goce artístico, y no puede
negarse que este principio no debe ser perdido de vista, aunque no posea una tan amplia
significación como Aristóteles le atribuye».
Groos analiza después los juegos, cuyo carácter consiste en intensificar la alegría
del reconocimiento, colocando obstáculos en el camino del mismo; esto es, provocando
un «estancamiento psíquico» que es suprimido por el acto del reconocimiento. Mas en
su intento explicativo abandona la hipótesis de que el reconocimiento es placiente por sí
mismo, y refiere al placer que en estos juegos se produce a la alegría de la consciencia
de poder o de la superación de una dificultad. A nuestro juicio, este último factor es
secundario, y no vemos en él motivo alguno para abandonar nuestra más sencilla
hipótesis de que el reconocimiento es placiente en sí, esto es, por la aminoración del
gasto psíquico, y que los juegos fundados en la consecución de este placer se sirven del
mecanismo del estancamiento psíquico, exclusivamente para elevar la magnitud del
mismo.
Se acepta asimismo que la rima, la aliteración, el estribillo y otras formas de la
repetición de sonidos verbales análogos, en la poesía, utilizan la misma fuente de placer,
o sea el reencuentro de lo conocido. En estas técnicas, que tantas coincidencias muestran
con la del «múltiple empleo», en el chiste no desempeña papel alguno visible un
«sentimiento de poder».
Dada la estrecha relación existente entre reconocimiento y recuerdo, no creemos
muy aventurada la hipótesis de que existe también un placer de recuerdo; esto es, que el
acto de recordar produce por sí mismo una sensación de placer de análogo origen. Groos
no parece muy contrario a tal hipótesis, pero deriva nuevamente el placer del recuerdo
de aquella «sensación de poder», en la que, erróneamente, a nuestro juicio, busca la
razón principal del goce en casi todos los juegos.
En el «reencuentro de lo conocido» reposa también el empleo de otro medio
auxiliar técnico del chiste, del que no hemos hablado hasta ahora. Me refiero al factor
«actualidad», que, a más de constituir en muchos chistes una generosa fuente de placer,
explica varias singularidades de la historia vital del dicho chistoso.
Por razones harto comprensibles no nos es posible utilizar como ejemplos en un
tratado sobre el chiste más que aquellos que precisamente carecen de esta condición de
«actualidad». Pero no debemos olvidar que quizá más que de tales chistes perennes
hemos reído de otros que ahora ya no nos decidimos a comunicar, porque necesitarían
de largos comentarios y ni con este auxilio llegarían a producir el efecto que antes
alcanzaron. Tales chistes no contenían más que alusiones a personas o sucesos que en
épocas pasadas fueron de «actualidad», habiendo despertado y conservado durante cierto
tiempo el interés general. Extinguido este interés, y terminado el suceso correspondiente,
perdieron ya estos chistes una gran parte de su efecto placiente. Así, el chiste que sobre
el postre que nos servían hizo nuestro anfitrión, calificándolo de home-roulard, no me
parece ahora tan bueno como entonces, cuando el Home-Rule era uno de los temas
imprescindibles en la sección política de todo periódico. Si ahora intento realzar el
mérito de este chiste por la circunstancia de que la palabra en la que reside nos conduce,
ahorrándonos un largo rodeo mental, desde el círculo de representaciones de la cocina al
tan lejano a éste de la política, en aquella época hubiera tenido que modificar mi
descripción, diciendo que «la palabra chistosa nos conducía desde el círculo de
representaciones de la cocina al de la política, muy alejado del primero, pero que había
seguramente de interesarnos por estar ocupando de continuo nuestra atención». Otro
chiste: «Esa muchacha me recuerda a Dreyfus; el ejército no cree en su inocencia», ha
perdido hoy también gran parte de su efecto, a pesar de que sus medios técnicos no han
sufrido modificación alguna. El desconcierto producido por la comparación en él
expuesta y el doble sentido de la palabra «inocencia» no son suficientes para compensar
la pérdida de efecto que supone el que la alusión, dirigida entonces a un suceso reciente
y revestido de interés inmediato, recuerde hoy tan sólo algo ya indiferente y casi
olvidado. Otros chistes de esta clase, que hoy nos producen irresistible efecto, lo
perderán en gran parte dentro de poco tiempo, y más tarde, cuando sea imposible
relatarlos sin el auxilio de un comentario aclaratorio, serán totalmente nulos, a pesar de
todas las excelencias de su técnica.
Una gran cantidad de los chistes lanzados a la circulación recorre de este modo un
curso vital en el que a una época de florecimiento sucede otra de decadencia, y luego un
total olvido. Mas por cada chiste que de este modo perece, creamos, impulsados por la
necesidad de extraer placer de nuestros propios procesos mentales y, apoyándonos en los
nuevos intereses de «actualidad», otro que lo sustituye. La fuerza vital de este género de
chistes no es algo a ellos inherente, sino tomado, por medio de la alusión, de aquellos
otros intereses cuyo curso determina los destinos del chiste. El factor «actualidad», que
se agrega como una pasajera pero generosa fuente de placer a las propias del chiste
mismo, no puede ser juzgado equivalente al reencuentro de lo conocido. Trátase más
bien de una serie de cualidades especiales de lo conocido, o sea las de ser reciente y
preciso y no hallarse aún empañado por el olvido. También en la formación de los
sueños hallamos una especial preferencia por lo reciente, y no podemos por menos de
sospechar que la asociación con lo inmediato es recompensada con una especial prima
de placer, o sea facilitada.
La unificación, que no es otra cosa que la repetición, pero ya no en el sector del
material verbal, sino en el del contenido ideológico, ha sido considerada por G. Th.
Fechner como una especial fuente de placer del chiste. Así, escribe este autor (Vorschule
der Ästhetik, I, XVIII): «A mi juicio, el principio de la conexión unitaria de lo diverso
desempeña en el sector de que nos ocupamos el papel principal; mas precisa, sin
embargo, de circunstancias accesorias que le apoyen para hacer surgir con su singular
carácter el placer que los casos de que tratamos pueden proporcionar».
En todos estos casos de repetición del mismo contexto o del mismo material
verbal, o de reencuentro de lo conocido y reciente, no podrá discutírsenos la facultad de
derivar el placer que experimentamos del ahorro de gasto psíquico, siempre y cuando
este punto de vista demuestre ser utilísimo no sólo para esclarecer numerosos detalles
del problema investigado, sino también para el descubrimiento de nuevas generalidades.
Mas antes de entrar en la aplicación de nuestra hipótesis deberemos poner en claro la
forma en que tal ahorro se efectúa, y determinar con mayor precisión el sentido de la
expresión «gasto psíquico».
El tercer grupo de las técnicas del chiste -sobre todo del chiste intelectual-, en el
que quedan comprendidos los errores intelectuales, el desplazamiento, el contrasentido,
la exposición antinómica, etc., puede presentar a primera vista un carácter especial y no
delatar parentesco alguno con las técnicas del reencuentro de lo conocido o de la
sustitución de las asociaciones objetivas por las asociaciones verbales; esto no obstante,
resulta harto fácil aplicar también a estos casos el punto de vista del ahorro o minoración
del gasto psíquico.
No puede dudarse de que es más fácil y cómodo desviarse de una ruta mental
iniciada que conservarse en ella, confundir lo heterogéneo que establecer marcadas
antítesis, y sobre todo admitir como válidas consecuencias que la lógica rechaza o
prescindir en la reunión de palabras o pensamientos, de la condición de que formen un
sentido.
Y precisamente es esto lo que realizan las técnicas de que ahora tratamos. Mas lo
extraño es que tal actividad de la elaboración del chiste constituye una fuente de placer,
siendo así que todos estos rendimientos defectuosos de la actividad mental, sólo
sensaciones de displacer nos proporcionan en otros sectores diferentes.
El «placer de disparatar» -como pudiéramos denominarlo abreviadamente- se
halla encubierto hasta su completa ocultación en la vida corriente. Para descubrirlo
tenemos que colocarnos ante dos casos especiales en los que es aún visible o se hace
visible de nuevo: la conducta del niño mientras aprende a manejar su idioma, y la del
adulto que se halla bajo los efectos de una acción tóxica. En la época en que el niño
aprende a manejar el tesoro verbal de su lengua materna le proporciona un franco placer
de «experimentar un juego» (Groos) con este material y une las palabras sin tener en
cuenta para nada su sentido, con el único objeto de alcanzar de este modo el efecto
placiente del ritmo o de la rima. Este placer va siéndole prohibido al niño cada día más
por su propia razón, hasta dejarlo limitado a aquellas uniones de palabras que forman un
sentido. Todavía en años posteriores da la tendencia a superar las aprendidas
limitaciones en el uso del material verbal muestras de su actividad en el sujeto,
haciéndole modificar las palabras por medio de determinados afijos, transformar sus
formas merced a dispositivos especiales (reduplicación) o hasta crear, para entenderse
con sus camaradas de juego, un idioma especial, esfuerzos todos que después surgen de
nuevo en determinadas categorías de enfermos mentales.
A mi juicio, sea cualquiera el motivo a que obedeció el niño al comenzar estos
juegos, más adelante los prosigue, dándose perfecta cuenta de que son desatinados y
hallando el placer en el atractivo de infringir las prohibiciones de la razón. No utiliza el
juego más que para eludir el peso de la razón crítica. Pero las limitaciones que la misma
establece en este punto son bien poca cosa comparadas con las que luego, durante la
educación, tienen que ser constituidas para lograr la exactitud del pensamiento y
enseñarle a distinguir en la realidad lo verdadero de lo falso. A estas más poderosas
limitaciones corresponde una más honda y duradera rebeldía del sujeto contra la
coerción intelectual y real, rebeldía en la que quedan comprendidos los fenómenos de la
actividad imaginativa. El poder de la crítica llega a ser tan grande en el último estadio de
la niñez y en el período de aprendizaje que va más allá de la pubertad, que el «placer de
disparatar» no se aventura ya a manifestarse directamente sino muy raras veces. Los
muchachos ya casi adolescentes no se atreven a disparatar sin rebozo alguno, pero su
característica tendencia a una actividad sin objeto me parece ser una derivación directa
del placer de disparatar. En los casos patológicos se ve muy frecuentemente cómo esta
tendencia se intensifica hasta el punto de volver a dominar las conferencias y respuestas
de los escolares; en algunos de éstos, atacados de neurosis, he podido comprobar que el
placer inconsciente que les producían sus propios desatinos tenía en lo equivocado de
sus respuestas, una participación equivalente a la de su ignorancia.
Más tarde el estudiante no prescinde tampoco de manifestar esta rebeldía contra la
coerción intelectual y real, cuyo dominio sobre su individualidad siente hacerse cada vez
más ilimitado e intolerante. Una gran parte de los chistes estudiantiles tienen su origen
en esta reacción. Con el alegre disparatar que reina en las reuniones juveniles en torno
de la mesa de una cervecería, intenta el estudiante salvar el placer de la libertad del
pensamiento que la disciplina universitaria va aminorando cada vez más. Todavía en
épocas posteriores, cuando el alegre estudiante se ha convertido en hombre maduro y,
reunido con otros de su talla en un congreso científico, se ha sentido trasladado de nuevo
a su época de aprendizaje, busca al terminar las sesiones, un periódico satírico o una
humorística conversación que, tomando a burla disparatadamente los nuevos
conocimientos adquiridos, le compensen de las nuevas coerciones intelectuales que los
mismos han traído consigo.
Mas en la edad adulta la crítica que ha reprimido el placer de disparatar llega ya a
adquirir tal fuerza, que no puede ser eludida, ni siquiera temporalmente, sin la
cooperación de medios auxiliares tóxicos. El valioso servicio que el alcohol rinde al
hombre es el de transformar su estado de ánimo; de aquí que no en todos los casos sea
fácil prescindir de tal «veneno». El buen humor surgido endógenamente o tóxicamente
provocado debilita las fuerzas coercitivas, entre ellas la crítica, y hace accesibles de este
modo fuentes de placer sobre las que pesaba la coerción. Es harto instructivo ver cómo
conforme el buen humor va imponiendo su reinado van disminuyendo las cualidades que
del chiste se exigen. El buen humor sustituye al chiste como éste tiene, a su vez, que
esforzarse en sustituir al primero, cuando falta, para evitar que permanezcan reprimidas
duramente determinadas posibilidades de placer, entre ellas el placer de disparatar.
Bajo la influencia del alcohol el adulto se convierte nuevamente en niño, al que
proporciona placer la libre disposición del curso de sus pensamientos sin observación de
la coerción lógica.
Esperamos haber demostrado que las técnicas de contrasentido del chiste
corresponden a una fuente de placer. Recordemos ahora únicamente que este placer
surge del ahorro de gasto psíquico y de la liberación de la coerción de la crítica.
Una revisión de las técnicas del chiste, que antes dividimos en tres grupos, nos
hace observar que el primero y el tercero de ellos, la sustitución de las asociaciones
objetivas por asociaciones verbales y el empleo del contrasentido, pueden reunirse en
uno solo como procedimientos de restablecer antiguas libertades y de descargar al sujeto
del peso de las coerciones impuestas por la educación intelectual. Estas técnicas son, por
decirlo así, «reducciones de la carga psíquica», y podemos colocarlas hasta cierto punto
en contraposición al ahorro que la técnica realiza en el segundo grupo. Por tanto, la
reducción del gasto psíquico ya existente y el ahorro del venidero son los dos principios
sobre los que descansan la técnica del chiste y todo el placer que la misma produce. Las
dos clases de técnica y de aportación de placer coinciden, por lo demás -en conjunto-,
con la división del chiste en verbal e intelectual.
(2)
Las reflexiones que anteceden nos han aproximado al conocimiento de una
psicogénesis del chiste, en la que intentaremos penetrar ahora más hondamente. Hemos
llegado a conocer ciertos grados preliminares del chiste, cuyo desarrollo hasta el chiste
tendencioso nos puede seguramente descubrir nuevas relaciones entre los diversos
caracteres del chiste. Anterior a éste es algo que podemos calificar de juego y que
aparece en el niño mientras aprende a emplear palabras y a unir ideas, obedeciendo
probablemente a uno de los instintos que obligan al niño a ejercitar sus facultades
(Groos). En este ejercicio descubre el sujeto infantil efectos de placer surgidos de la
repetición de lo análogo y del reencuentro de lo conocido, que demuestran ser
inesperados ahorros de gasto psíquico. No es de admirar que estos efectos de placer
impulsen al niño a dedicarse con entusiasmo a su juego, sin tener para nada en cuenta la
significación de las palabras y la coherencia de las frases. Así, pues, el primer grado
preliminar del chiste sería el juego con palabras e ideas, motivado por determinados
efectos placientes del ahorro.
A este juego pone fin el robustecimiento de un factor que merece ser calificado de
crítica o razón. El juego es entonces rechazado como falto de sentido o francamente
disparatado; la crítica lo ha hecho ya imposible. Al mismo tiempo queda también
excluida por completo la consecución de placer de fuentes tales como el reencuentro de
lo conocido, etc., salvo casualmente cuando se apodere del sujeto un alegre estado de
ánimo que, como la alegría infantil, suprima la coerción crítica. Sólo en este caso se
hace de nuevo posible el antiguo juego aportador de placer; pero el hombre no se
conforma con esperar la aparición de estas circunstancias, renunciando a procurarse el
placer a voluntad, sino que busca medios que hagan al mismo independiente de su
estado de ánimo. El subsiguiente desarrollo del juego hasta el chiste es regido por dos
aspiraciones: la de eludir la crítica y la de sustituir el estado de ánimo.
De este modo se constituye el segundo grado preliminar del chiste, o sea la
«chanza». Se trata de continuar la aportación de placer del juego y amordazar las
exigencias de la crítica, que no dejarían surgir la sensación de placer. Para alcanzar este
fin no existe sino un único camino. La yuxtaposición disparatada de palabras o la
sucesión contra sentido de pensamientos tiene forzosamente que adquirir un sentido.
Todo el arte de la elaboración del chiste se dedica a hallar aquellas palabras o
constelaciones de ideas en que esta condición se muestre cumplida. Ya aquí, en la
chanza, encuentran empleo todos los medios técnicos del chiste, y los usos del lenguaje
no hacen entre chanza y chiste ninguna distinción importante. Lo que diferencia a la
chanza del chiste es que el sentido de la frase arrancada a la crítica no necesita ser
valioso, nuevo, ni siquiera bueno; basta con que pueda expresarse en la forma escogida,
aunque sea desacostumbrado, superfluo e inútil expresarlo así. En la chanza aparece en
primer término la satisfacción de haber realizado lo que la crítica prohibía.
Así, es únicamente una chanza cuando Schleiermacher define los celos como la
pasión que busca con celo lo que dolor produce (Eifersucht ist eine Leidenschaft, die mit
Eifer sucht was Leiden schafft). También constituye una chanza el siguiente dicho del
profesor Kästner, que en el siglo XVIII explicaba Física -y hacía chistes- en la
Universidad de Gotinga: Viendo, al pasar lista a sus alumnos, que había uno cuyo
nombre era Guerra, le preguntó qué edad tenía. «Treinta años», contestó el estudiante.
«¡Ah!, entonces tengo el honor de contemplar la guerra de los Treinta años». Con una
chanza respondió Rokitansky a un individuo que le preguntaba qué profesión había
escogido cada uno de sus cuatro hijos: «Dos curan (heilen) y dos aúllan (heulen).»
Similicadencia «heilen, heulen»; esto es, dos son médicos y los otros dos cantantes. La
respuesta era justa y en ella no se decía nada que no estuviese expresado en la frase
normal: Dos son médicos y otros dos cantantes. Es, por tanto, indudable que si la frase
tomó una forma anormal fue tan sólo por el placer derivado de la unificación y la
similicadencia de los dos verbos empleados.
Me parece que vamos viendo ya claramente en esta cuestión. Hemos visto
estorbada de continuo nuestra valoración de las técnicas del chiste por el hecho de no ser
éstas privativas del mismo y, sin embargo, parecía depender de ellas toda su esencia,
dado que, suprimiéndolas por medio de la reducción, desaparecerían tanto el placer
como el carácter mismo del chiste. Mas observamos ahora que lo que hemos descrito
como técnicas del chiste, y en un cierto sentido tenemos que seguir denominando así,
son más bien las fuentes de las que el chiste extrae el placer. No podremos, por tanto,
extrañar en adelante que otros procedimientos encaminados al mismo fin extraigan
placer de las mismas fuentes. En cambio, la técnica peculiar y exclusiva del chiste se
hallará en su procedimiento de proteger el empleo de estos medios productores de placer
contra las exigencias de la crítica, que motivarían la desaparición del mismo. De este
procedimiento no podemos por ahora decir casi nada con carácter general; la elaboración
del chiste se manifiesta, como ya hemos indicado, en la selección de aquel material
verbal y aquellas situaciones intelectuales que permiten al antiguo juego, con palabras e
ideas, soportar victoriosamente el examen de la crítica. Para este fin tienen que ser
aprovechadas, con máxima habilidad todas las peculiaridades del tesoro verbal y todas
las constelaciones de la conexión ideológica. Quizá nos hallemos más adelante en
situación de caracterizar la elaboración del chiste por medio de una determinada
propiedad; mas, por lo pronto, tenemos que dejar inexplicado cómo se realiza la
selección necesaria al chiste. La tendencia y la función del chiste, consistentes en
proteger de la crítica las conexiones verbales e ideológicas productoras del placer, se
muestran ya en la chanza como sus más esenciales características. Desde el principio su
función es la de suprimir coerciones internas y alumbrar fuentes que las mismas habían
cegado. Más adelante hallaremos cómo permanece fiel a este carácter a través de todo su
desarrollo.
Nos hallamos ahora en situación de fijar al factor del «sentido en lo desatinado»,
al que los autores conceden tan grande importancia para la caracterización del chiste y
para la explicación de su efecto, de placer, en justa situación. Los dos puntos fijos de la
condicionalidad del chiste, su tendencia a continuar el juego productor de placer y su
esfuerzo en protegerlo de la crítica de la razón, aclaran, sin necesidad de más amplias
explicaciones, por qué el chiste aislado, cuando se nos muestra disparatado desde un
punto de vista, tiene, desde otro, que parecernos sensato o por lo menos, admisible. A la
elaboración del chiste corresponde lograr este efecto; allí donde no lo consigue, es
rechazado aquél como un desatino.
5. -Los motivos del chiste. El chiste como fenómeno social
HABIENDO reconocido como motivo suficiente de la elaboración del chiste la
intención de conseguir placer, parece ahora inútil resucitar esta cuestión. Mas, por un
lado, no es imposible que otros motivos diferentes tomen parte en la producción del
chiste, y por otro, no debemos dejar de incluir en nuestra investigación el problema de la
condicionalidad subjetiva del mismo.
Dos hechos nos impulsan, ante todo, a hacerlo así. La elaboración del chiste es,
desde luego, un excelente medio de extraer placer de los procedimientos psíquicos, mas
no todos los hombres se hallan igualmente capacitados para servirse de él. No se halla a
disposición de todo el mundo, y, ampliamente, sólo a la de contadas personas, a las que
caracterizamos diciendo que tienen «chiste». En este sentido, se nos muestra el «chiste»
como una especial capacidad perteneciente a la categoría de las antiguas «potencias del
alma», pero casi por completo independiente de las restantes: inteligencia, fantasía,
memoria, etcétera. Deberemos, pues, suponer, en los sujetos chistosos especiales
disposiciones o condiciones psíquicas que permiten o favorecen la elaboración del
chiste. Temo que no nos ha de ser posible profundizar mucho en este punto. Sólo en
ocasiones aisladas logramos avanzar desde la comprensión de un chiste hasta el
reconocimiento de las condiciones subjetivas existentes en el espíritu de su autor. A una
feliz casualidad se debe, no más, que precisamente el ejemplo con cuyo análisis hemos
inaugurado nuestra investigación de las técnicas nos permita penetrar hasta la
condicionalidad subjetiva del chiste. Me refiero a la chistosa frase de Heine, que antes
que nosotros analizaron ya Heyman y Lipps:
«Tan cierto como que de Dios proviene todo lo bueno, señor doctor, es que una
vez me hallaba yo sentado junto a Salomón Rotschild y que me trató como a un igual
suyo, muy familionarmente (famillionär)».
Esta frase la pone Heine en boca de un personaje cómico: el hamburgués Hirsch-
Hyacinth, agente de lotería, casado, callista y ayuda de cámara del distinguido barón
Cristóforo Gumpelino (antes Gumpel). Se ve que el poeta siente especial predilección
por ésta su criatura, pues le hace llevar la voz cantante en el relato y enunciar las más
osadas y divertidas ideas, prestándole la práctica sabiduría de un Sancho Panza. Lástima
que, llevado Heine por su falta de afición a la forma dramática, deje perderse tan pronto
esta deliciosa figura. Sin embargo, en más de una ocasión nos quiere parecer que Hirsch-
Hyacinth no es sino una transparente máscara, detrás de la cual es el poeta mismo quien
habla, y a poco que reflexionemos, adquirimos la certeza de que el cómico personaje
constituye una autoparodia del propio Heine. Así, cuando Hirsch relata la razón de haber
abandonado su verdadero nombre adoptando el de Hyacinth. «Este nombre -dice- lo
escogí porque empezaba con H, como el mío, y me evitaba hacer grabar de nuevo mis
iniciales». Es esto, exactamente, lo que sucedió a Heine cuando, al bautizarse, cambió su
nombre -Harry- por el de Heinrich. Además, todo aquel que conozca la biografía de
Heine recordará que el poeta tenía en Hamburgo, ciudad de la que hace natural a Hirsch-
Hyacinth, un tío de su mismo apellido que desempeñaba en la familia el papel de
pariente adinerado y ejerció en la vida de nuestro autor una decisiva influencia. Su
nombre era Salomón, como el del viejo Rotschild, que hubo de acoger al infeliz Hirsch
tan familionarmente. De este modo, lo que en boca de Hirsch-Hyacinth nos parecía una
chanza, muestra un fondo de amargura, atribuido al sobrino Harry-Heinrich. Sabemos
que éste quiso estrechar los lazos de unión con esta parte de su familia, y que fue su más
ardiente deseo contraer matrimonio con una hija de su tío Salomón; pero la muchacha le
rechazó, y el padre le trató siempre harto familionarmente, como a un pariente pobre.
Sus opulentos primos de Hamburgo nunca le miraron tampoco con afecto. Recuerdo
aquí lo que me contó una anciana tía mía, que por su matrimonio entró a formar parte de
la familia Heine. Un día en que, recién casada, fue a comer a casa de Salomón tuvo por
vecino de mesa a un joven silencioso y desganado, al que los demás trataban con cierto
desdén. Por su parte, tampoco tuvo ella ocasión de mostrarse muy afectuosa con su
vecino, y sólo muchos años después supo que aquel taciturno y desdeñado joven era el
poeta Enrique Heine. Este desvío de sus ricos parientes hizo sufrir mucho a Heine, tanto
en su juventud como en años posteriores, y tales emociones subjetivas dieron cuerpo al
chiste cuyo análisis nos ocupa.
También en otros chistes de este gran humorista podemos suponer la existencia de
análogas condiciones subjetivas, pero no conozco ningún ejemplo más, en el que las
mismas aparezcan tan evidentemente. No es, por tanto, nada sencillo precisar la
naturaleza de tales condiciones subjetivas, ni podemos suponer a priori a cada chiste
producto de tan complicada génesis. Tampoco en las producciones chistosas de otros
famosos ingenios hallamos camino más accesible para nuestra investigación. A veces,
como cuando nos enteramos de que Lichtenberg era un hipocondríaco, sujeto a las más
originales rarezas, nos inclinamos a pensar que las condiciones subjetivas de la
elaboración del chiste no se hallan muy alejadas de las de la enfermedad neurótica. La
gran mayoría de los chistes, especialmente de aquellos que surgen apoyándose en los
nuevos intereses de cada día, es de procedencia anónima y nos hace preguntarnos con
curiosidad qué clase de personas serán sus autores. Cuando en el ejercicio de la
Medicina se tiene ocasión de conocer a uno de aquellos individuos que sin presentar, por
lo demás, sobresalientes cualidades, son conocidos en su círculo como chistosos y
autores de muchos de los chistes en circulación, se experimenta con frecuencia la
sorpresa de ver que se trata de sujetos predispuestos a enfermedades nerviosas. Mas por
insuficiencia de pruebas nos abstenemos desde luego de erigir tal constitución
psiconeurótica en condición subjetiva necesaria o regular de la formación del chiste.
Constituyen, en cambio, un caso más transparente aquellos chistes judíos, que ya
conocemos, debidos a individuos de raza israelita, pues los que proceden de personas
extrañas no pasan nunca, como ya hemos visto, del nivel de la comicidad o de la burla
brutal. En ellos parece cumplirse, como en el chiste de Heine antes examinado, la
condición de que la propia persona participe en el contenido del chiste; condición cuya
importancia estriba en el hecho de dificultar al sujeto la crítica o agresión directa,
obligándole a buscar un rodeo.
Otras condiciones que hacen posible o favorecen la elaboración del chiste se
muestran más claramente ante nuestros ojos. El móvil de la producción de chistes
inocentes es con gran frecuencia el vanidoso impulso de mostrar nuestro propio ingenio
dándonos en espectáculo, esto es, un instinto equivalente a la exhibición en el terreno
sexual. La existencia de numerosos instintos retenidos, cuya cohibición presenta cierto
grado de inestabilidad, producirá la disposición favorable a la producción del chiste
tendencioso. Componentes aislados de la constitución sexual de un individuo pueden de
este modo actuar como motivos de la formación de chistes. Toda una serie de chistes
obscenos permite deducir en sus autores una oculta tendencia a la exhibición. Los
chistes tendenciosos agresivos resultan especialmente fáciles para aquellos sujetos en
cuya sexualidad puede demostrarse la existencia de poderosos componentes sadistas,
más o menos cohibidos en su vida individual.
La otra circunstancia que nos impulsa a investigar la condicionalidad subjetiva del
chiste es el hecho, generalmente conocido, de que nadie se contenta con hacer un chiste
únicamente para sí. A la elaboración del chiste se halla indisolublemente ligado el
impulso a comunicarlo, y este impulso es tan poderoso, que se impone con frecuencia, a
despecho de importantes consideraciones. También la comunicación de lo cómico nos
proporciona un placer, pero el impulso que a ella nos lleva no es ya tan imperativo: lo
cómico puede ser gozado aisladamente allí donde surge ante nosotros. En cambio, nos
vemos obligados a comunicar el chiste. El proceso psíquico de la formación del chiste
no parece terminar con el acto de ocurrírsenos; queda aún algo que tiende a cerrar, con
la comunicación de la ocurrencia, el desconocido mecanismo de su producción.
No nos es dado adivinar al principio en qué puede fundarse esta tendencia a la
comunicación del chiste. Mas observamos en éste una nueva peculiaridad que agregar a
aquellas que lo diferencian de lo cómico. Cuando lo cómico surge ante nosotros, lo
primero que hacemos es reír de ello, sin ocuparnos de hacer a nadie partícipe de nuestra
risa. Posteriormente, después de haber reído a nuestro gusto, es cuando quizá
encontremos un nuevo placer en comunicar lo que nos ha divertido. En cambio, no
reímos jamás del chiste que se nos ocurre, a pesar del innegable contento que el mismo
nos produce. Es, por tanto, posible que nuestra necesidad de comunicar el chiste se halle
relacionada de algún modo con tal efecto hilarante, que nos es negado como autores,
pero que se manifiesta con todo su poder en las personas a las que comunicamos nuestra
ocurrencia.
¿Por qué no reímos de nuestros propios chistes? ¿Y qué papel desempeña el
oyente?
Examinemos en primer lugar esta última interrogación. En lo cómico, toman parte
dos personas: a más de nuestro propio yo, aquella otra en la que hallamos la comicidad.
Asimismo, cuando encontramos cómico un objeto es merced a una especie de
personificación, nada rara en nuestra vida ideológica. Estas dos personas, el yo y la
persona-objeto, son suficientes para el proceso cómico. Puede agregarse a ellas una
tercera, mas no obligada ni necesariamente. Cuando el chiste no es aún sino un juego
con las propias palabras o ideas, prescinde todavía de una persona-objeto, pero ya en el
grado preliminar de la chanza, cuando ha conseguido proteger el juego y el desatino de
la censura de la razón, requiere una segunda persona a la que poder comunicar su
resultado. Mas esta segunda persona del chiste no corresponde a la persona-objeto de la
comicidad, sino a aquella tercera persona a la que se comunica el hallazgo cómico. En la
chanza parece someterse a la segunda persona la decisión de si la elaboración del chiste
ha cumplido o no su cometido como si el yo no confiase en la seguridad de su propio
juicio. También el chiste inocente, que sabemos destinado a robustecer los
pensamientos, necesita de una segunda persona para probar si ha alcanzado su intención.
Cuando el chiste se pone al servicio de tendencias desnudadoras u hostiles, podemos
describirlo como un proceso psíquico entre tres personas, las mismas que participan en
la comicidad, pero el papel desempeñado por la tercera es muy distinto: el proceso
psíquico del chiste se cumple entre la primera, o sea el yo, y la tercera, o sea el oyente, y
no como en la comicidad entre el yo y la persona-objeto.
También en la tercera persona del chiste tropieza éste con condiciones subjetivas
que pueden privarle de alcanzar su fin de conseguir placer. Como Shakespeare advierte
(Love's Labour's Lost, V, 2):
A jest's prosperity lies in the ear
Of him that hears it, never in the tongue
Of him that makes it
Aquel cuyo estado de ánimo depende de graves pensamientos no será el juez más
apropiado para confirmar con sus risas que el chiste ha conseguido su propósito de
salvar el placer verbal. Para poder constituir la tercera persona del chiste tiene el sujeto
que hallarse de buen humor o, por lo menos, indiferente. Idéntico obstáculo encuentran
el chiste inocente y el tendencioso, agregándose en este último un nuevo peligro posible:
la oposición a la tendencia que el mismo intenta favorecer. La disposición a reír de un
excelente chiste obsceno no podrá constituirse cuando el mismo se refiera a una persona
estimada por el oyente o ligada a él por lazos de familia. En una reunión de sacerdotes
católicos y pastores evangélicos no se atreverá nadie a citar la comparación de Heine
que antes expusimos, y ante un auditorio compuesto de amigos de un adversario mío, las
más chistosas invectivas que contra éste pudieran ocurrírseme, no serían acogidas como
chistes, sino como invectivas, y producirían indignación en lugar de placer. Un cierto
grado de complicidad o de indiferencia y la falta de todos aquellos factores que pudieran
hacer surgir poderosos sentimientos contrarios a la tendencia son condiciones precisas
para que la tercera persona pueda coadyuvar a la perfección del chiste.
Allí donde no aparecen estos obstáculos, oponiéndose al efecto del chiste, surge el
fenómeno cuya investigación nos ocupa, o sea el de que el placer que el chiste ha
producido se muestra con mucha más claridad en la tercera persona que en su propio
autor. Tenemos que contentarnos con decir «más claramente», aunque nuestro deseo
sería preguntarnos si el placer del oyente no es mucho más intenso que el del autor;
pero, como puede comprenderse, nos falta todo medio de comparación o medida.
Vemos, sin embargo, que el oyente testimonia su placer con grandes risas después que la
primera persona ha relatado, generalmente con grave gesto, el chiste, y que al contar de
nuevo un chiste que hemos oído, nos vemos obligados, para no echar por tierra su
efecto, a conducirnos en el relato en la misma forma que su autor se condujo al
comunicárnoslo. Surge aquí la cuestión de si podremos deducir de esta condicionalidad
de la risa alguna conclusión sobre el proceso psíquico de la elaboración del chiste.
No podemos intentar una revisión de todo lo que se ha afirmado y publicado sobre
la naturaleza de la risa. De tal propósito nos apartaría, además, la frase que Dugas, un
discípulo de Ribot, coloca al frente de su libro Psychologie du rire (1902): Il n'est pas de
fait plus banal et plus étudié que le rire; il n'en est pas qui ait eu le don d'exciter
davantage la curiosité du vulgaire et celle des philosophes, il n'en est pas sur lequel on
ait recueilli plus d'observations et bâti plus des théories et avec cela il n'en est pas qui
demeure plus inexpliqué; on serait tenté de dire avec les sceptiques qu'il faut être content
de rire et de ne pas chercher à savoir pourquoi on rit, d'autant que peut-être la réflexion
tue le rire, et qu'il serait alors contradictoire qu'elle en decouvrit les causes.
No dejaremos, en cambio, de aprovechar para nuestros propósitos una hipótesis
sobre el mecanismo de la risa, que se incluye excelentemente en nuestro círculo de
ideas. Me refiero al intento de explicación de dicho mecanismo, que Spencer lleva a
cabo en su Physiology of laughter.
Según Spencer, la risa es un fenómeno de la descarga de excitación anímica, y
constituye una prueba de que el empleo psíquico de tal excitación ha tropezado
bruscamente con un obstáculo. La situación psicológica que se resuelve en la risa es
descripta por este autor en la forma siguiente: Laughter naturally results only when
consciousness is unawares transferred from great things to small -only when there is
what we may call a descending incongruity.
En un análogo sentido, definen los autores franceses (Dugas) la risa, como una
detente, o sea un fenómeno de distensión. También la fórmula de A. Bain: Laughter a
relief from restraint, se aparta, a mi juicio, de la teoría de Spencer, menos de lo que
algunos investigadores intentan hacernos creer.
Sentimos ciertamente la necesidad de modificar el pensamiento de Spencer,
determinando, en parte, más precisamente las representaciones en él contenidas y, en
parte, transformándolas.
Diríamos nosotros que la risa surge cuando una cierta magnitud de energía
psíquica, dedicada anteriormente al revestimiento de determinados caminos psíquicos,
llega a hacerse inutilizable y puede, por tanto, experimentar una libre descarga. Tenemos
perfecta consciencia de la peligrosa sombra que arroja sobre nosotros este enunciado;
mas para que nos sirva de escudo citaremos una frase de la obra de Lipps sobre la
comicidad y el humor, obra en la que podemos hallar luminosos esclarecimentos sobre
muy distintos problemas: «Al fin y al cabo todo problema psicológico nos conduce a las
profundidades de la psicología; de modo que, en el fondo, ninguno de ellos se deja tratar
aisladamente». Los conceptos «energía psíquica» y «descarga» y el manejo de la energía
psíquica como una cantidad son familiares a mi pensamiento desde que he comenzado a
considerar filosóficamente los hechos de la Psicopatología. Ya en mi Interpretación de
los sueños (1900) he intentado estatuir, de acuerdo con la idea de Lipps, los procesos
psíquicos inconscientes en sí, y no los contenidos de la consciencia, como lo
«psíquicamente eficiente». Tan sólo al hablar del «revestimiento de caminos psíquicos»
parece que me alejo de las metáforas usadas por Lipps. Las experiencias sobre la
capacidad de desplazamiento de la energía psíquica a lo largo de determinadas
asociaciones, y sobre la casi indeleble conservación de las huellas de los procesos
psíquicos, es lo que me ha inducido a intentar representar en esta forma lo desconocido.
Para evitar una mala inteligencia posible, debo añadir que no intento proclamar como
tales caminos a las células y fibras o, en su lugar, al moderno sistema de las neuronas,
aunque los mismos deberían representarse, en una forma aún no determinable, por
elementos orgánicos del sistema nervioso.
Así, pues, según nuestra hipótesis, se dan en la risa las condiciones para que una
suma de energía psíquica, utilizada hasta entonces como carga `catexis', o revestimiento
(Besetzung), sucumba a una libre descarga, y dado que, aunque no toda la risa, sí aquella
que es producida por el chiste es un signo de placer, nos inclinaremos a referir tal placer
a la remoción de la carga. Cuando vemos que el oyente ríe y, en cambio, el autor del
chiste no, tenemos que pensar que en el primero es removido y derivado un gasto de
revestimiento (Besetzungsaufwand), mientras que en la elaboración del chiste surgen
obstáculos, que se oponen ora a la remoción, ora a la descarga. Podemos caracterizar
con gran precisión el proceso que se verifica en el oyente -la tercera persona del chiste-,
haciendo resaltar el hecho de que él mismo se proporciona, con escasísimo gasto por su
parte, el placer del chiste. Se diría que tal placer le resulta regalado. Las palabras del
chiste hacen surgir en su espíritu aquella representación o asociación de ideas cuya
formación tropezaba también en él con grandes obstáculos. Para construir
espontáneamente, como primera persona, dicha representación o asociación hubiera
tenido que poner en juego un esfuerzo propio, equivalente, por lo menos, a la cantidad
de gasto psíquico necesario para vencer la energía del estorbo, cohibición o represión.
Resulta, pues, que el oyente se ahorra todo este gasto psíquico y, conforme a nuestros
anteriores resultados, diríamos que su placer corresponde a este ahorro. Mas ahora, tras
de nuestro conocimiento del mecanismo de la risa, diremos más bien que la energía de
revestimiento, dedicada a la retención, ha devenido, a causa del establecimiento de la
representación prohibida, logrado por medio de la percepción auditiva, repentinamente
superflua, quedando removida y dispuesta a descargarse en la risa. De todos modos,
ambas explicaciones de este proceso corren paralelas, pues el gasto ahorrado
corresponde exactamente a la retención devenida superflua. Pero la segunda es más
evidente y, además, nos permite decir que el oyente del chiste ríe con la magnitud de
energía psíquica que ha quedado en libertad por la remoción de la carga de retención
(Hemmungsbesetzung); el oyente gasta riendo esta magnitud.
Dijimos antes que la circunstancia de que la persona en la que el chiste se forma
no pudiera reír indicaba que el proceso se verificaba en ella de una manera diferente a
como en la tercera persona, diferencia que podría hallarse en la remoción de la carga de
retención o en la posibilidad de descarga de la misma. Mas el primero de estos dos casos
tiene que ser excluido, como en seguida veremos. La carga de retención debe ser
removida también en la primera persona; pues si no ni hubiera llegado a existir el chiste,
cuya formación supone el vencimiento de tal resistencia, ni sería posible que la primera
persona sintiera el placer que al mismo acompaña y que tenemos que derivar de la
remoción de la retención. No queda, pues, más que el otro caso, o sea que la primera
persona no puede reír, aunque siente placer, porque la posibilidad de descarga se halla
perturbada. Una tal perturbación en la posibilidad de la descarga que constituye una
condición de la risa, puede ser producida por el inmediato destino de la energía de
revestimiento, libertada a un distinto empleo endopsíquico. Esta posibilidad es, a nuestro
juicio, importantísima, y habremos de dedicarle todo nuestro interés. Mas en la primera
persona del chiste puede hallarse realizada otra condición, que conduce al mismo
resultado. A pesar de la conseguida remoción del revestimiento de retención, puede no
haber quedado libre una magnitud de energía capaz de exteriorizarse. En la primera
persona del chiste se verifica el trabajo de elaboración del mismo, que necesariamente
ha de exigir una cierta magnitud de nuevo gasto psíquico. La primera persona hace,
pues, surgir por sí misma la energía que remueve la retención, de lo cual extrae, sin
duda, un placer, que en el caso del chiste tendencioso llega a ser muy considerable, dado
que el placer preliminar, conquistado por la elaboración del chiste, toma a su cargo la
restante remoción de la retención. Pero la cuantía del gasto producido por la elaboración
del chiste aminora, como un sustraendo, la ganancia conseguida por dicha remoción.
Este gasto es el mismo que tiene lugar en el oyente del chiste. Para apoyar todas estas
afirmaciones podemos aducir aún que el chiste pierde también en la tercera persona su
efecto hilarante en el momento en que necesita un gasto de trabajo intelectual. Las
alusiones del chiste tienen que ser evidentes, y el vacío dejado por las omisiones debe
poderse colmar con facilidad. El efecto del chiste es regularmente destruido con la
aparición del interés intelectual, circunstancia que constituye una importante diferencia
entre el chiste y las adivinanzas. Quizá la constelación psíquica no sea favorable durante
la elaboración del chiste a la libre descarga de lo conseguido. Mas no nos hallamos por
ahora en situación de hacer más profundo nuestro conocimiento de estos extremos.
Hemos podido esclarecer una parte de nuestro problema: la de por qué ríe la tercera
persona mejor que la parte restante, o sea por qué la primera no ríe.
De todos modos, apoyándonos en estos juicios sobre las condiciones de la risa y
sobre el proceso psíquico que se verifica en la tercera persona, nos hallamos facultados
para esclarecer satisfactoriamente toda una serie de peculiaridades del chiste, que ya
conocemos, pero en cuya inteligencia aún no hemos penetrado. Si en la tercera persona
ha de ser libertada una magnitud de energía de revestimiento capaz de descargar, habrán
de cumplirse varias condiciones, o, por lo menos, será su cumplimiento muy favorable.
Tales condiciones son:
1ª. Ha de quedar asegurado que la tercera persona lleva a cabo realmente este
gasto de revestimiento.
2ª. Debe evitarse que el mismo, una vez libre, halle un empleo distinto en lugar de
ofrecerse a la descarga motora.
3ª. Será en extremo ventajoso que el revestimiento sea intensificado previamente
en la tercera persona.
Al servicio de estas condiciones se hallan determinados medios de la elaboración
del chiste, que podemos reunir como técnicas secundarias o auxiliares.
1) La primera de las condiciones señaladas fija una de las cualidades de la tercera
persona como oyente del chiste. Tiene éste que coincidir psíquicamente con la primera
persona lo bastante para disponer de las mismas retenciones internas que la elaboración
del chiste ha vencido en la misma. El individuo acostumbrado a dichos crudamente
«verdes» no podrá extraer placer alguno de un ingenioso y sutil chiste desnudador, y las
agresiones de N. no serán comprendidas por las personas acostumbradas a dar libre
curso a su tendencia al insulto. De este modo, cada chiste exige su público especial, y el
reír de los mismos chistes prueba una amplia coincidencia psíquica.
Tocamos aquí un punto que nos permite vislumbrar con mayor precisión las
circunstancias del proceso en la tercera persona. Ésta debe poder constituir
habitualmente en sí la misma retención que el chiste ha vencido en la primera, de
manera que al oír el chiste despierte en ella, obsesiva o automáticamente, la disposición
a dicha retención. Tal disposición a la retención, que debemos representarnos como un
verdadero gasto de energía, análogo a la movilización de un ejército, es reconocida
simultáneamente como superflua o retrasada, y es descargada de este modo in statu
nascendi por medio de la risa.
2) La segunda condición para el establecimiento de la descarga libre, o sea la de
que sea evitado un diferente empleo de la energía libertada, nos parece, desde luego, la
más importante. Hallamos en ella la explicación teórica de la inseguridad del efecto del
chiste cuando en el oyente son despertadas representaciones fuertemente excitantes por
los pensamientos expresados en el mismo; circunstancia en la que de la coincidencia o
contradicción entre las tendencias del chiste y la serie de pensamientos que domina al
oyente depende que se conceda o niegue atención al proceso chistoso. Pero todavía
presenta mucho mayor interés teórico una serie de técnicas auxiliares del chiste, que se
hallan evidentemente al servicio de la intención de apartar la atención del oyente del
proceso del chiste y dejar que el mismo se realice automáticamente. Decimos con toda
intención «automáticamente» y no «inconscientemente», porque este último calificativo
pudiera inducirnos en error. Trátase aquí tan sólo de mantener alejada la sobrecarga de
la atención del proceso psíquico, incitado por la audición del chiste, y la utilidad de estas
técnicas auxiliares nos hace sospechar que precisamente el revestimiento de atención
toma una gran parte en la vigilia y nuevo empleo de la energía de revestimiento que
queda libertada.
No parece fácil evitar, en general, el empleo endopsíquico de cargas que han
devenido superfluas, pues en nuestros procesos mentales nos ejercitamos de continuo en
desplazar de un camino a otro tales revestimientos, sin dejarles perder por descarga nada
de su energía. El chiste se sirve a este fin de los medios siguientes: en primer lugar,
tiende a una expresión lo más breve posible, para ofrecer a la atención un mínimo de
superficie atacable. En segundo, cumple la condición, antes indicada, de ser fácilmente
comprensible; pues en cuanto exigiera una labor intelectual, una selección entre diversas
rutas mentales, peligraría su efecto, no sólo por el inevitable gasto intelectual, sino
también por el despertar de la atención. Pero, además de estos medios, utiliza el
habilísimo de desviar la atención, ofreciéndole en la expresión del chiste algo que la
encadene mientras se lleva a cabo la liberación del revestimiento impediente y su final
descarga. Ya las omisiones en la expresión verbal del chiste cumplen esta intención,
incitando a llenar los huecos por ellas producidos y alejando de este modo la atención
del proceso del chiste. Aquí se coloca al servicio de la elaboración del mismo la técnica
de la adivinanza, que llama a sí la atención. Pero aún más eficaces son las formaciones
de fachadas que hemos hallado en algunos grupos de chistes tendenciosos. Las fachadas
silogísticas cumplen a maravilla la misión de retener la atención, planteándole un
problema. Mientras comenzamos a reflexionar en la solución del mismo, nos vemos
dominados por la risa; nuestra atención ha sido vencida por sorpresa, y la descarga del
revestimiento impediente se ha efectuado por completo. Lo mismo puede decirse de los
chistes con fachada cómica, en los cuales la comicidad presta su auxilio a la técnica del
chiste. Una fachada cómica favorece en diversos modos el efecto del chiste, no sólo
facilitando el automatismo del proceso chistoso por el encadenamiento de la atención,
sino coadyuvando a la descarga producto del chiste con la producción de una descarga
preliminar, debida a lo cómico. La comicidad actúa aquí a manera de soborno, como el
placer preliminar, y de este modo comprendemos que algunos chistes puedan prescindir
por completo de dicho placer, que por muy diversos medios podrían hacer surgir, y
utilicen tan sólo la comicidad como tal placer preliminar. Entre las técnicas del chiste
propiamente dichas son el desplazamiento y la representación por lo absurdo, las que, a
más de sus especiales aptitudes, muestran en mayor parte la desviación de la atención,
que ha de favorecer el curso automático del proceso del chiste.
Sospechamos ya, y más adelante lo confirmaremos, que con la desviación de la
atención hemos descubierto un rasgo esencial del proceso psíquico en el oyente del
chiste. Por su enlace con este descubrimiento quedan aclarados otros muchos extremos.
En primer lugar, vemos por qué no sabemos casi nunca en el chiste de qué reímos,
aunque después lo podamos precisar por medio de una investigación analítica. Esta risa
es el resultado de un proceso automático, que fue hecho posible por el alejamiento de
nuestra atención consciente. En segundo lugar, llegamos a la inteligencia de aquella
singularidad del chiste, consistente en no manifestar su completo efecto en el oyente más
que cuando constituye una novedad y una sorpresa para el mismo.