Parte teórica

C). PARTE TEÓRICA
6. -Relación del chiste con los sueños y lo inconsciente
AL final del capítulo dedicado a la investigación de la técnica del chiste
indicábamos que los procesos de condensación, con o sin formación de sustitutivo, de
desplazamiento y de representación por contrasentido, antinómica e indirecta, etcétera,
que coadyuvaban a la génesis del chiste, mostraban una amplia coincidencia con los
procesos de la elaboración de los sueños. En consecuencia, nos propusimos estudiar
oportunamente con todo cuidado tales analogías y además investigar la comunidad que
las mismas revelaban entre el chiste y los sueños. Esta labor comparativa quedaría en
extremo simplificada si pudiéramos suponer conocido por nuestros lectores uno de los
términos sobre los que ha de recaer: la elaboración del sueño. Pero creo que obraremos
más acertadamente prescindiendo de tal suposición. Se me figura que mi Interpretación
de los sueños, publicada en 1900, produjo en mis colegas de disciplina más
«desconcierto» que «esclarecimiento», y sé que otros círculos de lectores se han
contentado con reducir el contenido de mi teoría a una fórmula («realización de deseos»)
de fácil retención, pero harto susceptible de equivocado empleo.
En el continuo manejo de los problemas en dicha obra tratados a que da motivo mi
actividad médica de psicoterapeuta, no he tropezado aún con nada que me obligara a
modificar o rectificar los conceptos en ella vertidos. Puedo, por tanto, esperar con toda
tranquilidad que una más amplia comprensión me justifique o que una penetrante crítica
logre patentizar la existencia de errores fundamentales en mi teoría. En este lugar, y para
hacer posible la labor comparativa que interesa a nuestra investigación, expondré
concretamente algunos extremos de mi concepción de los sueños y de su elaboración
psíquica.
Conocemos tan sólo nuestros sueños por el recuerdo de apariencia generalmente
fragmentaria que de ellos poseemos al despertar. Se nos muestran entonces como un
conjunto de impresiones sensorias -visuales en su mayoría, pero también de otro géneroque
nos han fingido un suceso y con las cuales pueden hallarse mezclados procesos
mentales (el «saber» en el sueño) y manifestaciones afectivas. Este recuerdo de nuestro
sueño ha sido calificado por mí de contenido manifiesto del sueño, y es muchas veces
totalmente absurdo y embrollado, y otras, sólo lo primero o lo segundo. Pero aun en
aquellas ocasiones en que se muestra por completo coherente, como sucede en algunos
sueños de angustia, constituye algo extraño a nuestra vida psíquica y de cuyo origen nos
es imposible darnos cuenta. La explicación de estos caracteres del sueño se ha buscado
hasta ahora en el sueño mismo, considerándolo como manifestación de una actividad
irregular, disociada y -por decirlo así- «dormida» de los elementos nerviosos.
Inversamente, he mostrado yo que el singular «contenido manifiesto del sueño»
puede siempre hacerse comprensible considerándolo como la transcripción deformada e
incompleta de determinadas formaciones psíquicas correctas, a las que puede aplicarse
el nombre de ideas latentes del sueño. Al conocimiento de estas ideas podemos llegar
dividiendo en sus elementos el contenido manifiesto, sin tener para nada en cuenta su
eventual sentido aparente y persiguiendo después los hilos de asociación que parten de
cada uno de los elementos aislados. Estos hilos de asociación se entretejen unos con
otros y conducen, por último, a una trama de pensamientos que no sólo son totalmente
correctos, sino que pueden ser incluidos sin esfuerzo alguno en aquel conjunto de
nuestros procesos psíquicos, del que poseemos perfecta consciencia. Por medio de este
«análisis» queda despojado el contenido del sueño de todas aquellas singularidades que
antes nos causaban extrañeza; mas, si esta labor analítica ha de lograr sus fines, nos será
necesario rechazar firmemente las objeciones críticas que durante ella se elevaron en
nosotros contra la reproducción de las asociaciones provocadas por cada elemento del
contenido manifiesto.
De la comparación del contenido manifiesto del sueño con las ideas latentes
descubiertas por medio de análisis surge el concepto de la «elaboración del sueño»,
nombre con el que designamos el conjunto de procesos de transformación que han
convertido las ideas latentes en el contenido manifiesto. Producto de esta elaboración
son aquellas singularidades del fenómeno onírico que tan extrañas parecen a nuestro
pensamiento despierto.
La función de la elaboración onírica puede ser descripta en la siguiente forma: un
complicado conjunto de ideas construido durante el día y que no ha llegado a resolverse
-un resto diurno- conserva todavía durante la noche su correspondiente acervo de
energía -el interés- y amenaza con perturbar el reposo nocturno. Para evitarlo, se
apodera entonces de él la elaboración y lo transforma en un sueño, fenómeno
alucinatorio inofensivo para el reposo.
Tal resto diurno deberá ser apto, si ha de ofrecer un punto de apoyo a la
elaboración de los sueños, para hacer surgir un deseo, condición nada difícil de llenar.
Este deseo -que surge de las ideas latentes- constituye el grado preliminar y luego el
nódulo del sueño. La experiencia adquirida en los innumerables análisis verificados -y
no únicamente la especulación teórica- nos dice que en el niño basta un deseo
cualquiera, restante de la vida despierta, para provocar un sueño que se muestra en estos
casos comprensible y coherente, breve casi siempre y reconocible como una «realización
de deseos». En el adulto parece constituir condición general del deseo provocador del
fenómeno onírico la de ser extraño al pensamiento consciente; esto es, la de ser un deseo
reprimido o hallarse intensificado por circunstancias desconocidas de la consciencia. Sin
aceptar lo inconsciente en el sentido antes indicado, nos sería imposible desarrollar la
teoría del sueño ni interpretar los datos suministrados por los análisis. La actuación de
este deseo inconsciente sobre el correcto material consciente de las ideas latentes
produce, pues, el sueño, el cual es entonces hecho descender a lo inconsciente, o mejor
dicho, sometido al procedimiento peculiar a los procesos mentales inconscientes y
característico de los mismos. Lo que de los caracteres del pensamiento inconsciente y de
sus diferencias del «preconsciente», capaz de consciencia, conocemos, se debe, hasta
ahora, únicamente a los resultados de la «elaboración onírica».
Una teoría totalmente nueva, nada sencilla, y contraria a nuestros hábitos mentales
no puede ganar en luminosidad al ser expuesta abreviadamente. Con estas explicaciones
no puedo, por tanto, pretender otra cosa que remitir al lector al extenso análisis que de lo
inconsciente llevo a cabo en mi Interpretación de los sueños y a los trabajos de Lipps,
que, a mi juicio, son de una capital importancia en esta materia. Sé perfectamente que
todas aquellas personas que hayan seguido fielmente una disciplina filosófica
determinada o se agrupen bajo la enseña de alguno de los llamados sistemas filosóficos,
repugnarán aceptar la existencia de «lo psíquico inconsciente» en el sentido de Lipps y
mío, y querrán demostrarnos su imposibilidad por la definición misma de lo psíquico.
Mas aparte de que todas las definiciones son convencionales y pueden modificarse
fácilmente, he visto, con frecuencia, que personas que negaban lo inconsciente como
absurdo e imposible no conocían siquiera aquellas fuentes de las que, al menos para mí,
ha surgido la necesaria aceptación de dicho concepto. Estos adversarios de lo
inconsciente no habían presenciado jamás los efectos de una sugestión posthipnótica, y
aquellos datos que como muestra les comunicaba yo de mis análisis de sujetos
neuróticos no hipnotizados les causaban el mayor asombro. No habían nunca
reflexionado que lo inconsciente es, en realidad, algo que no «sabemos», pero que nos
vemos obligados a deducir, y lo suponían algo capaz de la percatación consciente, pero
en lo que no se había pensado todavía por hallarse fuera del «punto de mira de la
atención». Nunca tampoco habían intentado convencerse de la existencia de tales
pensamientos en su propia vida anímica por medio de un análisis de alguno de sus
sueños, y cuando yo les he guiado en la realización de tal análisis han quedado
asombrados y confusos ante sus propias ocurrencias o asociaciones libres. Mi impresión
es la de que la aceptación de lo inconsciente halla en su camino grandes obstáculos
afectivos, fundados en que no queremos conocer nuestro inconsciente y, por tanto,
hallamos un cómodo expediente en negar en absoluto su posibilidad.
Así, pues, la elaboración del sueño, a la que retornamos después de la anterior
digresión, somete el material ideológico, que le es dado en optativo, a un singularísimo
proceso. En primer lugar, le hace pasar del optativo al presente, sustituyendo el «¡ojalá
fuera!» por un «es». Este «presente» es el destinado a la representación alucinatoria,
proceso que yo he calificado de «regresión» de la elaboración del sueño; esto es, el
recorrido desde los pensamientos a las imágenes de percepción, o, si queremos hablar en
función de la tópica -aún desconocida y no interpretable anatómicamente- del aparato
psíquico, desde el campo de las formaciones ideológicas al de las percepciones
sensoriales. Por este camino, opuesto a la dirección evolutiva de las complicaciones
anímicas, llegan las ideas del sueño a adquirir perceptibilidad y se constituye una escena
plástica como nódulo de la imagen onírica manifiesta. Para alcanzar tal capacidad de
representación sensorial, han tenido ya que experimentar las ideas latentes profundas
transformaciones en su expresión. Mas durante la transformación regresiva de las ideas
en imágenes sensoriales, son aquéllas objeto de nuevas modificaciones, que en parte
reconocemos como necesarias y en parte nos producen sorpresa. Como obligada
consecuencia accesoria de la regresión, desaparecen en el contenido manifiesto casi
todas aquellas relaciones que mantenían formando un todo a las ideas latentes. La
elaboración del sueño no se hace cargo para exponerlo en el contenido manifiesto más
que del material bruto de las representaciones y no de las relaciones intelectuales que las
enlazan y entretejen. No podemos, en cambio, derivar de la regresión que supone la
transformación de las ideas en imágenes sensoriales otra parte de la elaboración del
sueño, y precisamente aquella que nos es más importante para establecer la analogía de
la misma con la elaboración del chiste. El material de las ideas latentes experimenta
durante la elaboración onírica una extraordinaria compresión o condensación, cuyos
puntos de partida son las coincidencias que casualmente, o conforme al contenido,
existen entre las ideas latentes. Cuando las coincidencias no nos son suficientes para una
amplia condensación se crean otras nuevas pasajeras y artificiosas, y para este fin se
emplean preferentemente, palabras capaces de varios diferentes sentidos. Estas nuevas
coincidencias encaminadas a facilitar la condensación pasan, como representantes de las
ideas latentes, al contenido manifiesto, de manera que un elemento del sueño
corresponde a un nudo o cruce de las ideas latentes, y con relación a las mismas, tiene
que calificársele de «superdeterminado». La condensación es la parte más fácilmente
visible de la elaboración del sueño. Para hallarla nos bastará comparar la extensión de la
relación escrita del contenido manifiesto de un sueño con la de las ideas latentes del
mismo descubiertas por el análisis.
Menos sencillo resulta convencerse de la segunda gran transformación que la
elaboración del sueño hace experimentar a las ideas latentes, o sea de aquel proceso que
hemos calificado de «desplazamiento del sueño». Este proceso se revela por el hecho de
aparecer centralmente y con gran intensidad sensorial en el contenido manifiesto, lo que
en las ideas latentes era periférico y accesorio, o a la inversa. El sueño se muestra
entonces desplazado con respecto a las ideas latentes, y principalmente a este
desplazamiento se debe que aparezca como extraño e incomprensible para la vida
anímica despierta. Para que tal desplazamiento pueda realizarse tiene que pasar
libremente la energía de carga desde las representaciones importantes a las triviales,
proceso que en el pensamiento normal susceptible de consciencia hace siempre la
impresión de un error intelectual.
La condensación, el desplazamiento y la transformación encaminada a facilitar la
representación son las tres grandes funciones que hemos de atribuir a la elaboración
onírica. Agrégase a ellas una cuarta función, a la que en la Interpretación de los sueños
no concedimos quizá toda la atención que merece y de la que tampoco aquí podemos
ocuparnos por no tener punto alguno de contacto con los fines de nuestra actual
investigación. En un penetrante y cuidadoso desarrollo de las ideas de la «tópica del
aparato anímico» y de la «regresión» -y sólo un estudio de esta clase daría todo su valor
a estas hipótesis- debiera intentarse determinar en qué estaciones de la regresión se
realiza cada una de las diversas transformaciones de las ideas latentes. Este intento no ha
sido emprendido aún por nadie; mas, no obstante, podemos asegurar que el
desplazamiento del material ideológico se lleva a cabo mientras éste se halla aún en el
grado de los procesos inconscientes. En cambio, la condensación deberemos
representárnosla como un mecanismo que actúa a lo largo de todo el proceso hasta su
llegada a los dominios de la percepción, o por lo menos como una actuación simultánea
de todas las fuerzas que toman parte en la elaboración. Por último, y dada la prudencia
que es necesario observar en el manejo de estos problemas, me contentaré con indicar
que la elaboración del sueño, o sea el proceso que lo prepara, debe situarse en la región
de lo inconsciente. De este modo tendríamos que distinguir en la elaboración onírica tres
estadios: en primer lugar, el paso de los restos diurnos preconscientes a lo inconsciente,
paso al que tendrán que coadyuvar las condiciones del reposo nocturno; en segundo, la
elaboración del sueño propiamente dicha, en el inconsciente, y, por último, la regresión
del material onírico así elaborado a la percepción en la que el sueño se hace consciente.
Las fuerzas que participan en la elaboración del sueño son las siguientes: el deseo
de dormir; la carga de energía restante aún los a los restos diurnos después de su
minoración por el estado de reposo; la energía psíquica del deseo inconsciente
provocador del sueño y la fuerza contraria de la «censura», que reina en nuestra vida
despierta y no queda del todo suprimida durante el sueño. A la elaboración del sueño
corresponde, sobre todo, la misión de vencer la coerción de la censura, y precisamente
esta misión es la que es llevada a cabo por el desplazamiento de la energía psíquica
dentro del material de las ideas latentes.
Recordemos en qué ocasión nos hizo pensar nuestra investigación del chiste en los
sueños. Al descubrir que el carácter y el efecto del chiste se hallaban ligados a
determinadas formas expresivas o medios técnicos, entre los cuáles los más singulares
eran las diversas especies de condensación, desplazamiento y representación indirecta,
vimos que procesos de idénticos resultados nos eran ya conocidos como peculiares a la
elaboración de los sueños. Coincidencia tal tiene que hacernos deducir que la
elaboración del chiste y la de los sueños han de ser idénticas, por lo menos en un punto
esencial. La elaboración de los sueños nos ha descubierto, a mi juicio, con toda claridad
sus principales caracteres. En cambio, de los procesos del chiste queda aún encubierta
precisamente aquella parte que podríamos comparar a la elaboración onírica: el proceso
de la elaboración del chiste en la primera persona. ¿Por qué no abandonarnos a la
tentación de reconstruir este proceso por analogía con la formación del sueño? Algunos
de los rasgos del sueño son tan extraños al chiste que nos es imposible transportar la
parte de elaboración onírica que a ellos corresponde sobre la elaboración de los chistes.
La regresión del proceso mental a la percepción falta seguramente en el chiste; mas los
otros dos estadios de la elaboración de los sueños, el descenso de un pensamiento
preconsciente a lo inconsciente y la elaboración inconsciente, nos proporcionarían,
transportados a la elaboración del chiste, idénticos resultados a los que en la misma
podemos observar. Nos decidiremos, por tanto, a suponer que el proceso de la formación
del chiste en la primera persona es el siguiente: Un pensamiento preconsciente es
abandonado por un momento a la elaboración inconsciente, siendo luego acogido, en el
acto, el resultado por la percepción consciente.
Antes de examinar en detalle esta hipótesis, saldremos al paso de una posible
objeción. Partiendo nosotros del hecho de que las técnicas del chiste muestran procesos
idénticos a los que nos son conocidos como peculiaridades de la elaboración de los
sueños, se nos pudiera objetar fácilmente que no hubiéramos descrito las técnicas del
chiste como condensación, desplazamiento, etc., ni hubiéramos hallado tan amplias
coincidencias entre los medios representativos del chiste y los del sueño, si nuestro
anterior conocimiento de la elaboración onírica no hubiera inclinado ya en este sentido
nuestra concepción de la técnica del chiste. Tal génesis de dichas coincidencias no
constituiría, ciertamente, la más firme garantía de su real existencia fuera de nuestro
prejuicio. Y si a todo esto agregamos la circunstancia de que los investigadores que en el
examen de estos problemas nos han precedido no mencionan para nada tales procesos,
parecerá harto justificada la objeción opuesta a nuestra teoría. Pero lo mismo hubiera
podido suceder que la fuerza de penetración que el previo conocimiento de la
elaboración de los sueños ha prestado a nuestra labor investigadora, fuese precisamente
lo que nos ha permitido descubrir las coincidencias observadas, que antes permanecían
ocultas. En último término siempre podrá quedar resuelta esta cuestión por medio de un
examen crítico que, analizando ejemplos de chiste, demuestre que nuestra teoría de su
técnica es forzada o artificiosa y que existen otras más evidentes y profundas que hemos
dado de lado en favor de la nuestra, o compruebe la existencia efectiva de las
coincidencias por nosotros señaladas. A mi juicio, no tenemos por qué temer tal crítica;
nuestros experimentos de reducción nos han mostrado en qué formas expresivas
habíamos de buscar las técnicas del chiste, y dando a éstas nombres que anticipaban el
resultado de coincidencia de la técnica del chiste con la elaboración del sueño, no
hicimos nada a que no tuviésemos derecho, pues realmente todo ello no constituye más
que una simplificación fácilmente justificable.
Aún podrá hacérsenos otra objeción que, si bien presenta una menor importancia,
nos es, en cambio, imposible rebatir tan fundamentalmente. Pudiera opinarse que las
técnicas del chiste por nosotros descubiertas son efectivamente admisibles; pero que no
son todas las existentes, pues, influidos por el modelo de la elaboración onírica, no
habríamos buscado más que aquellas técnicas que con ella se hallasen de acuerdo,
mientras que otras, desdeñadas por nosotros, hubiesen demostrado que la coincidencia
deducida no era, ni mucho menos, general. No nos atrevemos a afirmar, desde luego,
que hayamos conseguido explicar la técnica de todos los chistes que se encuentran en
circulación y, por tanto, admitimos la posibilidad de que nuestra enumeración de las
técnicas del chiste demuestre ser incompleta; pero, por otra parte, estamos seguros de no
haber omitido intencionadamente ninguna de las que han aparecido a nuestra vista, y
podemos afirmar que los más frecuentes, importantes y característicos medios técnicos
del chiste no han escapado a nuestra atención.
El chiste posee aún otro carácter que se adapta satisfactoriamente a nuestra teoría
de su elaboración, establecida por analogía con la del sueño. Decimos que «hacemos» el
chiste, pero nos damos perfecta cuenta de que en este acto nos conducimos de muy
distinto modo a cuando exponemos un juicio o presentamos una objeción. El chiste
posee en alto grado el carácter de «ocurrencia involuntaria». Un instante antes no
sabemos cuál es el chiste que vamos a hacer y pronto sólo necesitamos revestirlo de
palabras. Se siente más bien algo indefinible, que compararíamos, más que a nada, a una
absence (ausencia), a una repentina desaparición de la tensión intelectual, y, en el acto,
surge el chiste de un solo golpe, y la mayor parte de las veces provisto ya de su
revestimiento verbal. Algunos de los medios del chiste hallan también empleo fuera del
mismo en la expresión de nuestros pensamientos; por ejemplo: la metáfora y la alusión.
Podemos hacer una alusión intencionadamente. En este caso, nos damos cuenta (por la
audición interna) de la forma expresiva directa de nuestro pensamiento; pero un
obstáculo, producto de la situación externa, nos impide manifestarla en dicha forma.
Entonces nos proponemos sustituir la expresión directa por una forma de la indirecta y
escogemos la alusión. Mas la alusión así nacida bajo nuestro ininterrumpido control no
será nunca chistosa por muy acertada que sea. En cambio, la alusión chistosa surge sin
que hayamos podido perseguir en nuestro pensamiento tales etapas preparatorias. No
queremos evaluar exageradamente esta diferencia, que no creemos constituya nada
decisivo; pero, de todos modos, sí haremos constar que se adapta perfectamente a
nuestra hipótesis de que en la elaboración del chiste dejamos caer por un momento en lo
inconsciente un proceso mental que surge luego de nuevo en calidad de chiste.
Los chistes muestran también asociativamente una diferente conducta. Con
frecuencia rehúsan acudir a nuestro pensamiento en el momento en que los requerimos
y, en cambio, surgen otras veces, como involuntariamente y en puntos de nuestro
proceso mental en que no comprendemos cómo han podido entretejerse. Son éstos
caracteres de escasa importancia, pero que de todos modos constituyen indicaciones de
la procedencia inconsciente del chiste.
Resumamos ahora todos aquellos caracteres del mismo que pueden considerarse
producto de su formación en lo inconsciente. Ante todo, hallamos la singular brevedad
del chiste, signo no indispensable, pero sí muy característico. Cuando lo hallamos por
primera vez nos inclinamos a ver en él una manifestación de la tendencia
economizadora, pero rechazamos en seguida tal concepción ante importantes
concepciones contrarias. Actualmente nos parece más bien un signo de la elaboración
inconsciente que el pensamiento del chiste ha experimentado. Lo que a este carácter
corresponde en el sueño -la condensación- no lo podemos hacer coincidir con ningún
otro factor más que con la localización en lo inconsciente, y tenemos que suponer que en
el proceso mental inconsciente se dan las condiciones que para tal condensación faltan
en lo preconsciente. No podemos extrañar que en el proceso de condensación se pierdan
algunos de los elementos a él sometidos, mientras otros, a los que pasa su energía de
carga, quedan intensificados y robustecidos. La brevedad del chiste sería, como la del
sueño, un necesario fenómeno concomitante de la condensación que en ambos tiene
lugar; esto es, un resultado del proceso de condensación. A este origen debería también
la brevedad del chiste su especialísimo carácter, que no nos es posible precisar más, pero
que sentimos como algo muy singular.
Hemos definido antes varios de los resultados de la condensación, el múltiple
empleo del mismo material, el juego de palabras y la similicadencia como economía
localizada, y hemos derivado de tal economía el placer que el chiste (inocente) nos
procura. Posteriormente descubrimos la intención original del chiste en la consecución
de dicho placer por medio del manejo de palabras, cosa que le era aún permitida como
juego; pero que luego, en el curso del desarrollo intelectual, le fue prohibida por la
crítica de la razón. Por fin, ahora nos hemos decidido a aceptar que tales
condensaciones, puestas al servicio de la técnica del chiste, nacen automáticamente, sin
intención determinada, en lo inconsciente durante el proceso mental. Mas ¿no aparecen
aquí dos distintas teorías incompatibles sobre el mismo hecho? No lo creo; trátase,
ciertamente, de dos distintas teorías que necesitaremos armonizar, pero que desde luego
no son contradictorias. Una es sencillamente extraña a la otra, y cuando lleguemos a
establecer una relación entre ellas habremos realizado un considerable progreso en
nuestro conocimiento. Que tales condensaciones son fuentes de placer es cosa muy
compatible con la hipótesis de que hallan en lo inconsciente las condiciones de su
génesis; en cambio, vemos el motivo de la sumersión en lo inconsciente en la
circunstancia de que en él se logra fácilmente la condensación productora de placer que
el chiste precisa. También otros dos factores que a primera vista parecen totalmente
extraños entre sí y que se encuentran, como por un indeseado azar se demostrarán, en
cuanto profundicemos un poco, como íntimamente unidos y hasta consubstanciales. Me
refiero a las dos conclusiones antes establecidas de que el chiste podía hacer surgir al
principio de su desarrollo en el grado de juego, esto es, en la infancia de la razón, tales
condensaciones aportadoras de placer y de que, por otra parte, lleva a cabo la misma
función en grados más elevados mediante la sumersión del pensamiento en lo
inconsciente. Lo que sucede es que lo infantil es la fuente de lo inconsciente y que los
procesos mentales de este género son precisamente los únicos posibles durante la
primera época infantil. El pensamiento que para la formación del chiste se sumerge en lo
inconsciente busca allí la antigua sede del pasado juego con palabras. La función
intelectual retrocede por un momento al grado infantil para apoderarse así nuevamente
de la infantil fuente de placer. Si la investigación de la psicología de las neurosis no nos
lo hubiera revelado ya, la del chiste nos haría sospechar que la singular elaboración
inconsciente no es otra cosa que el tipo infantil de la labor intelectual. Mas no es nada
fácil descubrir en el niño esta ideación infantil, cuyas singularidades conserva luego el
adulto en su inconsciente, pues en la mayoría de los casos queda, por decirlo así,
rectificada in statu nascendi. Algunas veces consigue, sin embargo, manifestarse, y en
ellas reímos de lo que denominamos «simpleza infantil». Todo descubrimiento de tal
inconsciente nos hace, en general, un efecto «cómico».
Los caracteres de estos procesos mentales inconscientes se muestran con mayor
claridad en las manifestaciones de los enfermos atacados de algunas perturbaciones
psíquicas. Es muy verosímil que, conforme a la antigua hipótesis de Griesinger, nos
fuese más fácil llegar a la comprensión de los delirios de los enfermos mentales,
prescindiendo para interpretarlos de las exigencias del pensamiento consciente y
aplicándoles un procedimiento interpretativo análogo al que aplicamos a los sueños.
También para el sueño hemos hecho valer nosotros, a su tiempo, este punto de vista del
«retorno de la vida anímica al estado embrional».
Hemos examinado tan minuciosamente, en lo que respecta a los procesos de
condensación, la significación de la analogía entre el chiste y el sueño, que en los
procesos restantes podemos ser ya más concisos. Sabemos que los desplazamientos que
aparecen en la elaboración del sueño indican la actuación de la censura del pensamiento
consciente, y, por tanto, al hallar el desplazamiento entre las técnicas del chiste nos
inclinaremos a suponer que también la elaboración del mismo interviene un poder
coercitivo. Así es, en efecto: la tendencia del chiste a conseguir el antiguo placer en el
disparate o en el juego con palabras encuentra, hallándose el sujeto en un estado de
ánimo normal, el obstáculo que debe ser vencido en cada caso. Mas en la forma en que
la elaboración del chiste consigue esta victoria es en donde se muestra una diferencia
decisiva entre el chiste y el sueño. En la elaboración onírica, el vencimiento del
obstáculo se realiza siempre mediante desplazamientos y por la elección de
representaciones lo bastante lejanas a las efectivamente dadas para poder traspasar la
censura; pero, sin embargo, derivadas de ellas y provistas de toda su carga psíquica, que
han adquirido por una completa transferencia. Así, pues, en ningún sueño dejan de
existir desplazamientos -y, por cierto, más amplios que en ningún otro proceso-,
debiéndose considerar como tales no sólo las desviaciones de la ruta mental, sino
también todas las especies de representación indirecta y especialmente la sustitución de
un elemento importante, pero que sería repelido por la censura, por otro indiferente que
parezca inocente a la misma, aun constituyendo una lejana alusión al primero.
Asimismo, la sustitución por un simbolismo, una metáfora o una minucia. No puede
negarse que trozos de esta representación indirecta se constituyen ya en las ideas
inconscientes del sueño; por ejemplo, la representación simbólica y metafórica, pues, si
no, no hubiese llegado la idea representada al grado de la expresión preconsciente. Las
representaciones indirectas de este género y aquellas alusiones cuya relación con lo
aludido puede establecerse fácilmente son también habituales medios de expresión de
nuestro pensamiento consciente. Mas la elaboración del sueño exagera hasta lo ilimitado
el empleo de estos medios de la representación indirecta. Bajo la presión de la censura
cualquier conexión resulta suficiente para que la sustitución por la alusión quede
constituida y el desplazamiento se verifica con toda libertad y sin sujetarse a condición
alguna.
7. -El chiste y las especies de lo cómico
(1)
EL camino por el que hemos logrado aproximarnos a los problemas de lo cómico
se aparta bastante de los seguidos por investigadores anteriores. Pareciéndonos que el
chiste, considerado generalmente como un subgrupo de la comicidad, ofrecía suficientes
peculiaridades para ser objeto por sí mismo de una investigación directa, hemos ido
eludiendo, mientras nos ha sido posible, su relación con la más amplia categoría de lo
cómico, aunque no sin hallar en el curso de nuestra labor algunos datos muy importantes
para el conocimiento de la comicidad. Así, hemos descubierto, sin gran dificultad, que la
conducta social de lo cómico es distinta de la del chiste. Lo cómico no precisa sino de
dos personas: una que lo descubre y otra en la que es descubierto. La participación de
una tercera persona, a la que lo cómico es comunicado, intensifica el proceso cómico,
pero no agrega a él nada nuevo. Por el contrario, el chiste precisa obligadamente de
dicha tercera persona para la perfección del proceso aportador de placer, pudiendo, en
cambio, prescindir de la segunda cuando no es agresivo o tendencioso. El chiste «se
hace» y la comicidad «se descubre», o sea, en primer lugar, en las personas, o,
secundariamente y merced a una transferencia, en los objetos, situaciones, etc. En
nuestro análisis del chiste hemos averiguado que no es en personas extrañas a nosotros,
sino en nuestros propios procesos mentales, donde el mismo halla las fuentes de placer
que de alumbrar se trata. Vemos también que el chiste sabe abrir de nuevo fuentes de
placer que habían devenido inaccesibles, y que lo cómico le sirve con frecuencia de
fachada y se sustituye al placer preliminar que tendría que lograr por medio de la técnica
ya investigada en capítulos anteriores, circunstancias todas que indican la existencia de
múltiples relaciones entre el chiste y la comicidad. Mas los problemas de lo cómico
muestran tal complicación y han eludido tan obstinadamente los esfuerzos de la
investigación filosófica, que no podemos abrigar la esperanza de que, partiendo del
estudio del chiste, hemos de lograr resolverlos sin dificultad. Además, si para la
investigación del chiste disponíamos de un instrumento -el conocimiento de la
elaboración de los sueños- del que no pudieron servirse los que en el estudio de esta
materia nos han precedido, para la investigación de la comicidad no poseemos nada
análogo que facilite nuestra labor. Debemos, pues, hallarnos preparados a no descubrir
de la esencia de la comicidad mucho más de lo que ya se nos ha revelado al estudiar el
chiste como parte hasta cierto punto integrante de la misma, que entrañaba en su esencia
-intactos o modificados- determinados rasgos de lo cómico.
Lo ingenuo es la especie de lo cómico más cercana al chiste. Es, en general,
«descubierto» como la comicidad, y no «hecho», como el chiste, carácter que presenta
con mayor exclusividad que ninguna otra especie de lo cómico, pues dentro de lo
cómico puro cabe todavía cierta voluntad de hacer surgir la comicidad; esto es, de
aquello que, por analogía con la corriente expresión de «poner en ridículo», pudiéramos
denominar «poner en cómico». Lo ingenuo tiene que producirse, sin nuestra
intervención, en los actos o palabras de otras personas, que ocupan el lugar de la
segunda persona del chiste o de la comicidad, y nace cuando el sujeto parece vencer sin
esfuerzo alguno una coerción que en realidad no existe en él. Esta ausencia, en el sujeto,
de la coerción que nosotros suponemos existente, es condición precisa de lo ingenuo,
pues, si no, no lo calificaríamos de tal, sino de desvergonzado, y no despertaría nuestra
hilaridad, sino nuestra indignación. El efecto de lo ingenuo es irresistible y nada difícil
de comprender. Un gasto de coerción efectuado habitualmente por nosotros deviene de
pronto superfluo por la audición de la ingenuidad y es descargado en la risa, sin que sea
necesaria desviación alguna de la atención, dado que la remoción del obstáculo se lleva
a cabo directamente y no por medio de un proceso puesto en actividad por un estímulo
determinado. Nos conducimos aquí de un modo análogo al de la tercera persona del
chiste, a la que el ahorro de coerción es regalado sin necesidad de esfuerzo alguno por su
parte.
Tras el conocimiento que de la génesis del chiste hemos adquirido persiguiendo el
desarrollo de este último desde su grado de juego, no puede maravillarnos que lo
ingenuo aparezca sobre todo en los niños, y secundariamente, en los adultos poco
cultivados, a los que, por su escaso desarrollo intelectual, podemos considerar como
niños. Naturalmente, los dichos ingenuos se prestarán mejor que los actos de igual
naturaleza para establecer una comparación de la ingenuidad con el chiste, dado que éste
encuentra su habitual forma expresiva en la palabra y no en la acción. Ahora bien: es
muy significativo el hecho de que determinadas manifestaciones ingenuas, como las de
los niños, puedan, sin violencia alguna, ser igualmente calificadas de «chistes
ingenuos». En algunos ejemplos podremos ver con facilidad tanto aquello en lo que el
chiste y la ingenuidad coinciden como aquello en que difieren.
Una niña de tres años y medio advierte a su hermano: «No comas tanto. Te
pondrás malo y tendrás que tomar una Bubizin (por medicina).» «¿Bubizin? -pregunta la
madre-. ¿Qué es eso?» «Sí -replica la niña-; cuando yo estuve mala, también tuve que
tomar una `Medizin'». La niña cree que el remedio que le prescribió el médico se
llamaba `Mädi-zin' por estar destinado a ella (Mädi = niña, nena); y deduce que, siendo
para su hermanito, deberá llamarse Bubizin (Bubi = niño, nene). Las palabras de la niña
se nos muestran como un chiste verbal por similicadencia; pero considerándolas como
tal chiste, apenas si nos harán sonreír forzadamente. En cambio, como ingenuidad nos
parecen excelentes y nos mueven a risa. Mas ¿qué es lo que en este caso constituye la
diferencia entre el chiste y lo ingenuo? Observamos, desde luego, que tal diferencia no
estriba en la expresión verbal ni tampoco en la técnica, que son idénticas para ambas
posibilidades, sino en un factor a primera vista muy alejado de las mismas. La
determinación dependerá exclusivamente de que supongamos que el sujeto ha tenido la
intención de hacer un chiste o que, por el contrario, no ha hecho sino deducir de buena
fe una consecuencia, dejándose guiar por su infantil ignorancia. Sólo en este último caso
se tratará de una ingenuidad.
Vemos, pues, que lo ingenuo nos ofrece, por vez primera en el curso de estas
investigaciones, un caso de transporte del oyente al proceso psíquico de las personas
productoras. El análisis de un segundo ejemplo confirmará esta hipótesis:
Dos hermanos, una niña de doce años y un niño de diez, representan ante un
público familiar una obra teatral de la que ellos mismos son autores. La escena
representa una cabaña a orillas del mar. En el primer acto se lamentan los dos únicos
personajes, un pobre pescador y su mujer, de lo trabajoso y miserable de su vida. El
marido decide embarcar en un bote y salir a buscar fortuna en lejanos países. Una
cariñosa despedida pone fin al primer acto. Al comenzar el segundo han pasado varios
años. El pescador ha hecho fortuna y torna a su hogar con una gran bolsa de dinero.
Encuentra a su mujer esperándole en la puerta de la choza y le hace el relato de sus
aventuras. La buena mujer, no queriendo ser menos, le responde, llena de orgullo:
«Tampoco yo he estado holgazaneando todo este tiempo. Mira.» y abriendo la puerta de
la cabaña, le muestra doce niños -todos los muñecos de los actores-autores- durmiendo
en el suelo… Al llegar a este punto quedó la representación interrumpida por las
estruendosas carcajadas del auditorio, y los intérpretes enmudecieron, llenos de
asombro, ante aquella inesperada hilaridad de sus familiares, que hasta entonces habían
constituido un público modelo de corrección. Estas risas se explican por la circunstancia
de que los espectadores suponen, naturalmente, que los infantiles autores desconocen
aún por completo las condiciones del nacimiento de los niños y creen, por tanto, que una
mujer puede vanagloriarse de la descendencia obtenida durante una larga ausencia del
esposo y que éste ha de regocijarse del fausto suceso. Aquello que los autores han
producido basándose en su ignorancia puede calificarse de absurdo o desatinado, y esta
ignorancia infantil, que tan radicalmente transforma el proceso psíquico en el oyente, es
lo que constituye la esencia de la ingenuidad. Es fácil, por tanto, incurrir en error al
apreciar lo ingenuo, suponiendo existente en el niño una ignorancia ya desaparecida,
error que es con frecuencia aprovechado por el sujeto infantil para permitirse, simulando
ingenuidad, libertades que de otro modo no le serían consentidas.
El análisis de estos ejemplos nos descubre y aclara la posición de lo ingenuo entre
el chiste y lo cómico. La ingenuidad (verbal) coincide con el chiste en la expresión y en
el contenido, haciendo nacer un equivocado empleo de palabras, un absurdo o un «dicho
verde». Pero el proceso psíquico que se realiza en la primera persona y que tan
interesante y misterioso se nos ha mostrado en el chiste falta aquí por completo. La
persona ingenua cree haberse servido normalmente de sus medios expresivos e
intelectuales. No abriga la menor arrière-pensée (segunda intención) ni extrae placer
alguno de la producción de la ingenuidad. Todos los caracteres de la misma dependen
tan sólo de la interpretación del oyente, el cual ocupa aquí el lugar de la tercera persona
del chiste. La primera persona -el autor de la ingenuidad- crea ésta sin esfuerzo alguno,
y la complicada técnica, destinada en el chiste a paralizar la coerción que la razón
técnica pudiera ejercer, no tiene por qué existir en la ingenuidad, puesto que la misma se
halla aún libre de tal coerción y puede producir directamente -sin recurrir a transacción
alguna- el desatino o la procacidad. En este sentido constituye lo ingenuo aquel caso
límite del chiste que resultaría de hacer igual a cero, en la fórmula de la elaboración del
mismo, la magnitud de la censura. Si para la eficacia del chiste era condición que ambas
personas se hallasen sometidas a idénticas o muy análogas coerciones o resistencias
internas, en cambio, lo será de la ingenuidad que una de las personas posea coerciones
de las que la otra está libre. De estas personas, la primera será la que decida si algo
constituye o no una ingenuidad y, además, la única en la que lo ingenuo producirá una
aportación de placer. Este placer que la ingenuidad hace surgir podemos determinarlo
como producto de la remoción de una coerción, y dado que el placer del chiste posee
idéntico origen -un nódulo de placer verbal o disparatado y una envoltura de placer de
remoción y de minoración-, podremos fundar en la analogía de sus relaciones con la
coerción el íntimo parentesco del chiste con la ingenuidad. En ambos nace placer de la
remoción de una coerción interna; mas el proceso psíquico que se verifica en la persona
receptora (que en la ingenuidad es, generalmente, nuestro propio yo, mientras que en el
chiste puede éste ocupar el puesto de persona productora) es en la ingenuidad mucho
más complicado que en el chiste y, en cambio, mucho más sencillo el correspondiente a
la persona productora. Sobre la persona receptora tiene la ingenuidad oída que actuar,
desde cierto punto de vista, como chiste -circunstancia que aparece patente en los
ejemplos antes expuestos-, pues, como con el chiste sucede, facilita en dicha persona, y
sin el menor esfuerzo por parte de la misma, la remoción de la censura. Mas sólo una
parte del placer provocado por la ingenuidad puede explicarse por este proceso, y aun
esta parte desaparecería en casos como el de la procacidad ingenua, ante la cual
podríamos reaccionar con igual indignación que ante una franca procacidad, si un
diferente factor no nos ahorrara dicha indignación y produjera al mismo tiempo la parte
más importante del placer de lo ingenuo.
Este otro factor está constituido por la condición, antes indicada, de que para
aceptar algo como una ingenuidad tiene que sernos conocida la falta de coerción íntima
en la persona productora. Sólo cuando esta falta nos consta reímos en lugar de
indignarnos. Tomamos, por tanto, en cuenta el estado psíquico de la persona productora
y nos transportamos a él tratando de comprenderlo por medio de su comparación con el
nuestro propio, comparación de la que resulta un ahorro de gasto que descargamos por
medio de la risa. A esta explicación pudiéramos preferir otra más sencilla, consistente en
suponer que, al darnos cuenta de que la persona productora no tenía necesidad de
dominar ninguna coerción, devenía superflua nuestra indignación. De este modo, la risa
nacería de la indignación ahorrada. Mas para alejarnos de esta hipótesis, que habría de
inducirnos en error, estableceremos una definida separación entre dos casos que antes
expusimos conjuntamente. Lo ingenuo que ante nosotros aparece puede ser de la
naturaleza del chiste, como en los ejemplos expuestos, y también de la del «dicho
verde», o, en general, pertenecer a aquello que motiva nuestra repulsa, sobre todo si se
trata no ya de palabras, sino de actos. Este último caso es especialmente apto para
confundir nuestro juicio, pues en él pudiéramos aceptar que el placer nacía de la
indignación ahorrada y transformada. Pero el primer caso, el de la ingenuidad puramente
verbal, nos sirve de guía. Así, la ingenua frase de la `Bubizin' puede hacer de por sí el
efecto de un chiste harto débil y no da el menor motivo de indignación. Es éste,
ciertamente, el caso menos frecuente, pero también el más puro e instructivo. Al aceptar
que la niña cree de buena fe y sin segunda intención alguna en la identidad de las sílabas
`Medi' de `Medizin' con el nombre que cariñosamente le dan sus familiares (Mädi =
nena), experimenta nuestro placer una intensificación que no tiene ya nada que ver con
el placer del chiste. Consideramos, pues, lo dicho por la niña desde dos puntos vista, una
vez, tal y como en ella se ha producido, y otra, tal y como se produciría en nosotros. De
esta comparación resulta que la niña ha hallado una identidad que sabemos inexistente y
ha traspasado una barrera que en nosotros continúa alzada, y prosiguiendo luego nuestra
reflexión nos damos cuenta de que si queremos comprender la ingenuidad podemos
ahorrarnos el gasto necesario para mantener en pie dicha barrera. El gasto que como
resultado de esta comparación queda libre constituye la fuente del placer de la
ingenuidad y es descargado por medio de la risa, siendo el mismo que hubiéramos
transformado en indignación si el infantil desarrollo intelectual de la persona productora
y la naturaleza de lo manifestado no excluyeran en este caso todo motivo para ello. Mas
tomando ahora al chiste ingenuo como modelo para el caso restante, o sea el de lo
ingenuo que es objeto de nuestra repulsa, veremos que también en esta clase de
ingenuidades puede nacer el ahorro de coerción directamente del proceso comparativo,
no siendo necesario suponer una naciente indignación ahogada en sus comienzos. Tal
indignación no sería, por tanto, sino el empleo en otro lugar del gasto libertado, empleo
contra el cual eran necesarios en el chiste complicados dispositivos protectores.
Esta comparación y este ahorro de gasto resultante de nuestra identificación con el
proceso psíquico que se verifica en la persona productora, sólo no siendo privativos de
lo ingenuo podrán adquirir cierta importancia. Y realmente surge en nosotros la
sospecha de que este mecanismo, totalmente extraño al chiste, es una parte, y quizá la
esencial, del proceso psíquico de lo cómico. De este modo, lo ingenuo no sería sino una
de las especies de la comicidad, y lo que en nuestros ejemplos de ingenuidades verbales
se agrega al placer del chiste sería placer «cómico», producido, en general, por el ahorro
de gasto resultante de la comparación de las manifestaciones de otra persona con las
nuestras propias. Mas dado que al llegar a este punto nos hallamos ante cuestiones que
pueden llevarnos muy lejos, terminaremos ante todo nuestro examen de la ingenuidad.
Ésta sería, pues, una de las especies de lo cómico, en tanto en cuanto su placer nace de la
diferencia de gasto resultante de la comparación estimulada por nuestro deseo de
comprender determinada manifestación de otra persona, y se aproximaría al chiste por la
condición de que el gasto ahorrado en dicha comparación tiene que ser un gasto de
coerción.
Establezcamos aún, rápidamente, algunas analogías y diferencias entre los
conceptos a los que hemos llegado últimamente y aquellos otros que constan ha largo
tiempo en la psicología de la comicidad. La identificación, el querer comprender, no son
otra cosa que el «prestar cómico» que desde Jean Paul desempeña un papel en el análisis
de la comicidad. La «comparación» de un proceso psíquico que se realiza en otra
persona con el nuestro propio, corresponde al «contraste psicológico», para el cual
hallamos por fin aquí un lugar, después de haberle buscado inútilmente alguna
aplicación en el chiste. Mas en la explicación del placer cómico nos separamos de
muchos investigadores para los que dicho placer nace de la oscilación de la atención
entre las representaciones que han de ser contrastadas. Pareciéndonos incomprensible tal
mecanismo del placer, preferimos indicar que de la comparación de los contrastes nace
una diferencia de gasto que, cuando no recibe empleo distinto, es susceptible de ser
descargada y constituye, por tanto, una fuente de placer.
Al aproximarnos al problema de lo cómico, lo hacemos con cierto temor. Sería
presuntuoso esperar que nuestro esfuerzo consiguiera aportar algo decisivo para la
solución de un problema que la intensa labor de toda una serie de brillantes pensadores
no ha logrado aún esclarecer satisfactoriamente en todos sus aspectos. No nos
proponemos, por tanto, más que perseguir por algún trecho, en los dominios de lo
cómico, aquellos puntos de vista que en la investigación del chiste han demostrado
poseer un innegable valor.
Lo cómico aparece primeramente como un involuntario hallazgo que hacemos en
las personas; esto es, en sus movimientos, formas, actos y rasgos característicos, y
probablemente al principio tan sólo en sus cualidades físicas, pero luego también en las
morales y en aquello en que éstas se manifiestan. Más tarde, y por una especie de
personificación muy frecuente, encontramos lo cómico en los animales y en objetos
inanimados. Resulta, pues, la comicidad susceptible de ser separada de las personas
siempre que de antemano conozcamos las condiciones en que las mismas resultan
cómicas. De este modo nace la comicidad de la situación y con tal conocimiento aparece
la posibilidad de hacer resultar cómica, a voluntad, a una persona, colocándola en
situaciones en las que dichas condiciones de lo cómico se muestren ligadas a sus actos.
El descubrimiento de que está en nuestro poder el hacer resultar cómica a una persona
cualquiera -incluso la nuestra propia- abre el acceso a insospechadas consecuciones de
placer cómico y da origen a una técnica muy amplia. Los medios de que para ello
disponemos son, entre otros muchos, la imitación, el disfraz, la caricatura, la parodia y,
sobre todo, el colocar a la persona de que se trate en una situación cómica.
Naturalmente, pueden todas estas técnicas entrar al servicio de tendencias hostiles y
agresivas, haciendo resultar cómica a una persona con el fin de mostrarla ante los demás
como desprovista de toda autoridad o dignidad y sin derecho a consideración ni respeto.
Mas aun cuando tal intención constituyera siempre el fondo de todo intento de hacer
resultar cómica a una persona, no tendría por qué ser éste el sentido de lo cómico
espontáneo.
Ya con esta desordenada revisión de las manifestaciones de la comicidad nos
damos cuenta de que debemos atribuir a la misma condiciones de origen mucho más
amplias que a lo ingenuo. Para descubrir el rastro de tales condiciones, lo principal será
acertar en la elección del punto de partida de nuestra labor, y recordando que la
representación escénica más primitiva, la pantomima, utiliza la comicidad de los
movimientos para provocar la risa, elegiremos esta especie de lo cómico para comenzar
por ella la investigación que nos proponemos. A la interrogación de por qué reímos de
los movimientos de los clowns, responderíamos que porque nos parecen excesivos e
inapropiados. Reímos, pues, de un gasto desproporcionado. Busquemos ahora la
condición fuera de la comicidad artificialmente provocada; esto es, allí donde aparece
involuntariamente. Los movimientos infantiles no nos parecen cómicos, aunque el niño
patalea y salta sin objeto visible. En cambio, sí hallamos cómico el que el niño que
aprende a escribir saque la lengua y siga con ella los movimientos de la pluma. En este
manejo vemos un superfluo gasto de movimiento que nosotros ahorraríamos al
dedicarnos a igual actividad. Del mismo modo hallamos cómicos, en el adulto, otros
movimientos que acompañan innecesariamente a la actividad principal o que
simplemente nos parecen superar la medida normal del gesto expresivo. Casos puros de
esta clase de comicidad son aquellos movimientos que el jugador de bolos ejecuta
después de haber arrojado la bola, como si con ellos quisiera regular su curso, y también
los gestos que exageran la expresión normal de nuestros pensamientos, aunque sean
involuntarios, como sucede en los enfermos de corea (baile de San Vito). Igualmente
parecerán cómicos los movimientos de nuestros modernos directores de orquesta a todas
aquellas personas poco versadas en música que no comprendan a qué fin corresponden.
De esta comicidad de los movimientos se deriva la de las formas corporales y de los
rasgos fisonómicos, que son considerados como el resultado de un movimiento
exagerado e inútil. Unos ojos demasiado abiertos, una nariz ganchuda, unas orejas muy
separadas del cráneo, una joroba o cualquier análogo defecto físico, sólo se hacen
cómicos en tanto en cuanto nos representamos los movimientos que serían necesarios
para su constitución, representación en la que atribuimos a las partes del cuerpo
correspondientes mayor movilidad de la que realmente poseen. Encontramos
innegablemente cómico que una persona pueda mover las orejas y aún nos lo parecería
más que pudiera mover la nariz. Gran parte de la comicidad que en los animales
hallamos procede de que vemos en ellos movimientos que no podemos imitar.
Mas ¿cómo llegamos a reír cuando reconocemos como inútiles y exagerados los
movimientos de otros? A mi juicio, lo que nos lleva a reír es la comparación de los
movimientos observados en los demás con los que, hallándonos en su lugar, hubiésemos
ejecutado. Claro es que a los dos términos de la comparación habremos de aplicar la
misma medida, y ésta será precisamente aquel gasto de inervación que va ligado con la
representación del movimiento correspondiente a cada uno de ellos. Esta afirmación
necesitará ser ampliada y explicada.
Lo que aquí ponemos en relación es, por un lado, el gasto psíquico
correspondiente a determinada representación, y por otro, el contenido de esta última.
Nuestra afirmación implica que el primero de dichos factores no es esencial y
generalmente independiente del segundo; esto es, del contenido de la representación y,
sobre todo, que la representación de algo considerable necesita de un gasto mayor que la
de algo pequeño. Mientras no se trata más que de la representación de diversos grandes
movimientos, no presenta el establecimiento de nuestra afirmación, ni su comprobación
experimental, graves dificultades, pues vemos en seguida que, en este caso, coincide una
cualidad de la representación con otra de lo representado, aunque la Psicología nos
prevenga siempre contra tales confusiones.
La representación de determinado movimiento considerable la adquirimos al
ejecutarlo por vez primera espontáneamente o por imitación, acto en el que, además,
descubrimos en nuestras sensaciones de inervación una medida para tal movimiento.
Cuando observamos en otra persona un movimiento análogo a cualquiera de los
que por experiencia propia conocemos, el camino más seguro para la comprensión o
percepción del mismo, será el ejecutarlo por imitación, y entonces podemos decidir, por
comparación, en qué movimiento -el nuestro o el ajeno imitado- fue mayor el gasto por
nosotros efectuado. Tal impulso a la imitación aparece seguramente siempre que
observemos un movimiento. Mas, en realidad, no llevamos a cabo tal imitación, como
tampoco seguimos deletreando cuando el deletrear nos ha enseñado ya a leer. En el lugar
de la imitación muscular del movimiento colocamos la representación del mismo por
medio de nuestro recuerdo de los gastos efectuados en movimientos análogos. La
representación o «pensamiento» se diferencia, ante todo, de la acción o ejecución, por
ser mucho más pequeña la carga psíquica cuyo desplazamiento provoca y por impedir la
descarga del gasto principal. Mas ¿de qué manera se manifiesta en la representación el
factor cuantitativo -la mayor o menor magnitud- del movimiento percibido? Y si falta
una exposición de la cantidad en la representación formada por cualidades, ¿cómo
podremos diferenciar las representaciones de movimientos diferentemente grandes y
establecer la comparación que constituye aquí la cuestión capital?
En este punto nos indica el camino la Fisiología, mostrándonos que también
durante el proceso de ideación parten inervaciones hacia los músculos, aunque no
correspondan sino a un modestísimo gasto, lo cual nos hace suponer que este gasto de
inervación que acompaña al proceso representativo es empleado en la exposición del
factor cuantitativo de la representación y ha de ser mayor cuando es representado un
movimiento considerable que cuando se trata de uno pequeño. La representación del
movimiento mayor sería también realmente la mayor; esto es, la acompañada de mayor
gasto.
La observación nos muestra directamente que los hombres nos hallamos
acostumbrados a expresar lo grande y lo pequeño de los contenidos de nuestras
representaciones por un diverso gasto, como en una especie de mímica de ideación.
Cuando un niño, un adulto poco cultivado o un sujeto perteneciente a ciertas razas
de escaso desarrollo intelectual describen o comunican algo, puede verse fácilmente que
no se contentan con hacer comprensible su representación por la elección de palabras
apropiadas, sino que exponen también el contenido de la misma por medio de
movimientos expresivos, uniendo de este modo la exposición mímica a la verbal e
indicando al mismo tiempo las cantidades y las intensidades. Al decir «una alta
montaña» elevarán la mano por encima de su cabeza, y si su frase es «un enano
chiquitín», la bajarán hasta cerca del suelo. En aquellos casos en que tales sujetos han
perdido ya el hábito de pintar con sus manos aquello que describen, lo harán elevando o
bajando la voz, y si también logran dominar esta costumbre puede apostarse que abrirán
mucho los ojos al hablar de algo grande y los entornarán cuando se refieran a algo
pequeño. Lo que de este modo expresan no son sus sentimientos personales, sino
realmente el contenido de su representación.
¿Habremos, pues, de suponer que esta necesidad de mímica es despertada por las
exigencias de la comunicación y que gran parte de este medio expositivo escapa en
general a la atención del oyente? Creo más bien que esta mímica, aunque menos
marcada, subsiste con independencia de toda comunicación y aparece también cuando el
sujeto se representa algo a sí mismo exclusivamente o piensa algo de una manera
plástica. Por tanto, los individuos antes señalados expresarán por medio de
modificaciones somáticas y del mismo modo que en la descripción verbal su
representación íntima de lo grande y lo pequeño, aunque tales modificaciones pueden
quedar reducidas a una diversa inervación de los rasgos fisonómicos y los órganos
sensorios. Esto nos hace pensar que la inervación física consensual al contenido de lo
representado fue el comienzo y origen de la mímica destinada a la comunicación. Para
hacerse inteligible a los demás no necesitó dicha inervación más que intensificarse hasta
resultar fácilmente perceptible. Claro es que al exponer de este modo mi opinión de que
a la «expresión del contenido de las representaciones», me doy perfecta cuenta de que
mis observaciones sobre las categorías de lo grande y lo pequeño no agotan el tema.
Todavía pudiéramos agregar muchas interesantes consideraciones antes de llegar a los
fenómenos de tensión por los que una persona revela físicamente la concentración de su
atención y el nivel de abstracción que alcanza, en un momento determinado, su
pensamiento. Creo importantísima esta materia y opino que la prosecución del estudio
de la mímica ideativa sería tan útil en otros dominios de la Estética como lo ha sido aquí
para la inteligencia de lo cómico.
Volviendo a la comicidad del movimiento, repetiremos que con la percepción de
determinado ademán nace el impulso a su representación por cierto gasto. Realizamos,
pues, en la percepción de dicho movimiento, o sea en nuestra voluntad de comprenderlo,
cierto gasto, conduciéndonos en esta parte del proceso psíquico, exactamente como si
nos situáramos en el lugar de la persona observada. Probablemente, al mismo tiempo,
advertimos el fin a que tiende dicho movimiento y podemos estimar, por anterior
experiencia, la magnitud de gasto necesaria para alcanzar tal fin.
En este punto prescindimos ya de la persona observada y nos conducimos como si
quisiéramos lograr por nuestra cuenta el fin al que el movimiento tiende. Estas dos
posibilidades de representación nos llevan a una comparación del movimiento observado
con el nuestro propio.