Historiales clínicos

E) HISTORIALES CLÍNICOS (*)
1895
1) LA SEÑORA EMMY DE N. (cuarenta años) de Livonia
EL día 1 de mayo de 1889 comencé a prestar asistencia médica a una señora de
aproximadamente cuarenta años, cuyo padecimiento y personalidad llegaron a
inspirarme tan vivo interés, que hube de dedicarle gran parte de mi tiempo, poniendo un
tenaz empeño en lograr su curación. Tratábase de una histérica a la que no presentaba
dificultad alguna sumir en estado de sonambulismo, y habiendo advertido esta
circunstancia, decidí emplear con ella el método iniciado por Breuer de la investigación
en la hipnosis, método que me era conocido por los datos que mi colega hubo de
proporcionarme sobre el historial clínico de su primera paciente. Era éste mi primer
ensayo de dicho método terapéutico; estaba aún muy lejos de dominarlo y, en realidad,
no llegué a profundizar suficientemente en el análisis de los síntomas patológicos, ni
tampoco lo ajusté a un plan suficientemente regular. Para dar una idea precisa del estado
del enfermo y de mi propia conducta médica, creo ha de ser lo mejor transcribir aquí las
notas diarias tomadas por mí durante las tres primeras semanas del tratamiento. En
llamadas e intercalaciones iré dando cabida al mejor conocimiento que sobre algunos
puntos me ha proporcionado mi experiencia ulterior.
1 de mayo de 1889. -Encuentro a la paciente, mujer de aspecto aún juvenil y
rasgos fisonómicos muy finos y característicos, tendida en un diván, con un almohadón
bajo la nuca. Su rostro presenta una expresión contraída y doliente. Tiene los ojos
entornados, la mirada baja, fruncido el entrecejo e intensamente señalados los surcos
nasolabiales. Habla trabajosamente y en voz muy baja. A veces tartamudea, presa de una
afasia espasmódica. Sus dedos, entrelazados, muestran una constante agitación.
Frecuentes contracciones, a manera de «tics», recorren los músculos de su cara y cuello,
algunos de los cuales, especialmente el esternocleidomastoideo, resaltan plásticamente.
Con frecuencia se interrumpe al hablar para producir un singular sonido inarticulado.
Su conversación es perfectamente coherente y testimonio de una cultura y una
inteligencia nada comunes. De este modo me resulta tanto más extraño ver que cada dos
minutos se interrumpe de repente, contrae su rostro en una expresión de horror y
repugnancia, extiende una mano hacia mí con los dedos abiertos y crispados y exclama
con voz cambiada y llena de espanto: «iEstése quieto! ¡No me hable! ¡No me toque!» Se
halla, probablemente, bajo la impresión de una terrorífica alucinación periódica y
rechaza con tales exclamaciones la intervención de toda persona extraña. Este fenómeno
cesa luego tan repentinamente como surgió, y la enferma continúa la interrumpida
conversación sin aludir para nada a aquél, ni tampoco excusar o aclarar su conducta, por
lo cual es de sospechar que no se ha dado cuenta de la interrupción.
Sobre sus circunstancias personales me es conocido lo siguiente: Su familia,
originaria de la Alemania Central, reside, hace ya dos generaciones, en las provincias
rusas del mar Báltico, en las cuales se halla ricamente afincada. De catorce hermanos
que fueron -ella hacía el número trece-, sólo cuatro quedan con vida. Su madre, mujer
enérgica y severa, la había educado cuidadosamente, aunque con excesivo rigor. A los
veintitrés años casó con un rico industrial, muy inteligente y laborioso, pero mucho
mayor que ella, el cual murió repentinamente de un ataque al corazón, después de corta
vida matrimonial. Este doloroso acontecimiento y las preocupaciones y disgustos que le
ha originado la educación de sus dos hijas, las cuales cuentan hoy dieciséis y catorce
años, respectivamente, y han sido siempre muy enfermizas, hallándose afectadas de
diversas perturbaciones nerviosas, constituyen, según ella, las causas de su
padecimiento. Desde la muerte de su marido, hace catorce años, ha estado siempre
enferma, con mayor o menor intensidad. Hace cuatro años, un tratamiento combinado de
masaje y baños eléctricos le procuró un pasajero alivio. Fuera de esto, todos sus
esfuerzos para recobrar la salud han sido totalmente infructuosos. Ha viajado mucho y
da muestras de vivo interés intelectual. Actualmente reside en una finca que posee a
orillas del Báltico, próxima a una importante ciudad. Pero hace cuatro meses hubo de
sentirse peor, y se trasladó a Abazia, buscando en vano un alivio a sus males, y luego, de
aquí a Viena, donde lleva seis semanas sometida a tratamiento por una de nuestras
primeras autoridades médicas.
Al acudir a mí acepta sin objeción alguna mi propuesta de separarse de sus hijas,
dejándolas al cuidado de la institutriz, y entrar en un sanatorio, en el que yo pueda verla
diariamente.
El día 2 de mayo acudo por la tarde al sanatorio, y observo que la enferma acusa
un violento sobresalto cada vez que la puerta de su habitación se abre inesperadamente.
En consecuencia, recomiendo al personal del establecimiento que no entre sino después
de llamar y oír la contestación de «¡Adelante!». A pesar de esto, la paciente se estremece
cada vez que alguien entra.
En este día se queja principalmente de frío y dolores en la pierna derecha. Le
prescribo baños templados y masaje en todo el cuerpo dos veces al día.
Es extraordinariamente asequible a la hipnosis. Poniendo un dedo ante sus ojos y
ordenándole: «¡Duerma usted!», cae en el acto hacia atrás, con una exclamación de
confusión y estupor. Le sugiero un sueño tranquilo, mejoría de todos sus síntomas, etc.,
y me escucha con los ojos cerrados, pero dando muestras de intensa atención, mientras
que su fisonomía va serenándose poco a poco, hasta adquirir una expresión completa de
paz. Después de la primera sesión de hipnosis conserva un oscuro recuerdo de mis
palabras durante aquélla, pero a partir de la segunda se presenta un sonambulismo total
(amnesia). Antes de comenzar el tratamiento le había anunciado que iba a hipnotizarla, a
lo cual no puso objeción alguna. No ha sido hipnotizada nunca, pero sospecho que ha
leído algo sobre la hipnosis, aunque no sé cuál puede ser la idea que del estado hipnótico
se forma.
El tratamiento de baños templados, masaje y sugestión hipnótica fue continuado
en los siguientes días. La enferma dormía bien, se reponía a ojos vistas y pasaba la
mayor parte del día tranquila y reposada. Le estaba permitido ver a sus hijas, leer y
despachar su correspondencia.
El día 8 de mayo, en mi visita matinal, me relata terroríficas historias de animales,
hallándose aparentemente en estado normal. Así, me señala un ejemplar del Frankfurter
Zeitung y me dice haber leído en él que un muchacho, aprendiz, ha maniatado a un niño
y le ha introducido en la boca un ratón blanco, muriendo el niño del susto. Luego me
cuenta que el doctor K. ha remitido a Tiflis un cajón lleno de ratas blancas. Una
profunda expresión de espanto acompaña sus palabras. Extendiendo hacia mí su mano
crispada, exclama repetidamente: «¡Estése quieto! ¡No me hable! ¡No me toque! ¡Mire
que si en mi cama hubiera escondido alguno de esos bichos!… (Espanto.) ¡Figúrese lo
que pasará al abrir el cajón! ¡Entre las ratas hay una muerta to-da ro-í-da!»
Durante la hipnosis me esforcé en disipar tales alucinaciones zoológicas. Mientras
la enferma dormía, cogí el periódico y encontré la noticia de que un muchacho,
aprendiz, había sido objeto de malos tratos, pero sin que se tratara en ella para nada de
ratas ni ratones. Esto último constituía, pues, un delirio de la enferma, agregado por ella
a su lectura.
Por la tarde le hablé de nuestra conversación matinal sobre las ratas blancas. No
recuerda nada de ella, se asombra de haber dicho tales cosas y acaba riendo alegremente.
Antes de mi visita ha tenido algo de jaqueca, pero «muy corta; sólo le ha durado
dos horas».
Durante la hipnosis la invitó a hablar, consiguiéndolo después de leve esfuerzo.
Habla en voz baja y reflexiona un momento antes de cada respuesta. Su expresión
cambia correlativamente al contenido de su relato, serenándose en cuanto pongo fin, por
sugestión, a la impresión que el mismo le causa. Le pregunto por qué se asusta con tanta
facilidad, y me responde: «Son recuerdos de mi primera infancia.» ¿De qué época?
«Primeramente, de cuando tenía cinco años y mis hermanos me asustaban arrojándome
bichos muertos. Por entonces tuve el primer ataque -desvanecimiento y convulsiones-;
pero mi tía me dijo que debía hacer todo lo posible por dominar tales ataques, y no volví
a tener ninguno. Luego, de cuando a los siete años vi a una hermana mía muerta y
metida en el ataúd; después, de cuando mi hermano, teniendo yo ocho años, me asustaba
disfrazándose de fantasma con una sábana blanca, y por último, de cuando, a los nueve
años, entré a ver el cadáver de mi tía y, hallándome ante él, se le abrió de repente la
boca.»
Esta serie de motivos traumáticos, que la paciente me comunica en respuesta a mí
pregunta de por qué era tan asustadiza, debía de hallarse ya constituida y organizada en
su memoria, pues en caso contrario no le hubiera sido posible buscar y reunir, en un
espacio tan breve como el que medió entre mi pregunta y su contestación, los recuerdos
de sucesos pertenecientes a épocas tan diversas de su infancia. Al finalizar cada uno de
los fragmentos de su relato experimenta contracciones generales y muestra una
expresión de espanto. Después del último abre con violencia la boca y respira como
angustiada. Las palabras correspondientes a la parte temerosa de su relato surgen
trabajosa y anhelantemente de sus labios. Por fin vuelve a serenarse su fisonomía.
Preguntada, confirma que durante su narración veía plásticamente ante sí, con sus
colores correspondientes, las escenas que iba refiriendo. En general, piensa con gran
frecuencia en dichas escenas, y durante los últimos días las ha rememorado
especialmente. Cada vez que piensa en ellas las ve surgir ante sí con todo el vivo relieve
de la realidad. Ahora comprendo por qué me habla con tanta frecuencia de escenas en
las que intervienen animales y cadáveres. Mi terapia consiste en desvanecer tales
imágenes de manera que no puedan volver a surgir ante sus ojos. Para robustecer Ia
sugestión paso varias veces mis manos sobre sus párpados.
9 de mayo, por la tarde. -Ha dormido bien, sin que haya sido necesario renovar la
sugestión; pero por la mañana ha tenido dolores de estómago, que ya se le iniciaron ayer
en el jardín, donde permaneció demasiado tiempo con sus hijas. Accede, sin dificultad, a
limitar a dos horas y media la permanencia de aquéllas a su lado. Pocos días antes se
había reprochado tenerlas muy abandonadas. Hoy la encuentro algo excitada; muestra la
frente contraída, produce el singular chasquido antes descrito y se interrumpe, con
frecuencia, al hablar. Durante el masaje me cuenta que la institutriz de sus hijas ha traído
consigo un atlas de historia de la civilización, en el que había estampas -unos indios
disfrazados de animales- que la han asustado mucho. «¡Imagínese que de repente
adquieran vida!...» (Espanto.)
En la hipnosis le pregunto por qué la han asustado tanto aquellas estampas, siendo
así que ya no le dan miedo los animales, y me contesta que la han recordado visiones
que tuvo cuando la muerte de su hermano (teniendo ella diecinueve años). Sobre este
recuerdo volveré más adelante. Luego le pregunto si ha hablado siempre
interrumpiéndose y tartamudeando de cuando en cuando, y desde qué tiempo padece
aquel «tic» (el singular chasquido). Responde que el tartamudeo es un fenómeno de su
enfermedad, y que el «tic» lo tiene desde una vez que, hace cinco años, se hallaba
velando a su hija menor, enferma de gravedad, y se propuso guardar el más absoluto
silencio. Intento debilitar la importancia de este recuerdo diciéndole que, después de
todo, a su hija no le ha pasado nada, etcétera. Ella: «Pero el "tic" me vuelve cada vez que
me asusto o me sobresalto.» Le mando no asustarse más de las estampas de los indios.
Lo que deben causarle es risa, y ella misma habrá de Ilamarme la atención sobre
aquéllas. Así sucede, en efecto, al despertar. Busca el libro; me pregunta si lo he visto
ya; lo abre por la página en que se halla la estampa tan temida, y se ríe a carcajadas de
las grotescas figuras; todo ello sin la menor señal de miedo y con rostro sereno. En esto
entra inesperadamente el doctor Breuer, acompañado por el médico del sanatorio. La
paciente se asusta y da muestras repetidas de gran excitación, de manera que los dos
visitantes abandonan enseguida la estancia. Entonces explica su excitación diciendo que
la habitual aparición del médico del sanatorio con los otros visitantes la impresiona
desagradablemente.
Durante esta sesión de hipnotismo hago, además, desaparecer, por medio de pases,
el dolor de estómago, y digo a la paciente que después de la comida esperará que se le
vuelva a iniciar; pero que no será así.
AI anochecer. -Por vez primera la encuentro alegre y decidora. Da muestras de un
gracejo que yo no sospechaba en mujer de continente tan severo, y, revelando una plena
consciencia de su mejoría, se burla del tratamiento prescrito por mi antecesor. Hacía ya
tiempo que tenía intención de sustraerse a él, pero no encontraba una fórmula cortés para
llevarlo a cabo, hasta que una observación del doctor Breuer, al que consultó una vez, le
proporcionó una salida. Viendo que parezco extrañar su relato, se asusta y me reprocha
vivamente haber cometido una indiscreción, pero se deja luego tranquilizar,
aparentemente, por mí. No ha tenido dolores de estómago, a pesar de haberlos esperado.
En la hipnosis le digo que me comunique otros sucesos más que la hayan
atemorizado duraderamente, y con igual prontitud que la vez primera me relata otra serie
de ellos, procedentes de años posteriores, afirmando de nuevo que ve con frecuencia
ante sí dichas escenas, con todos sus detalles. Teniendo quince años vio cómo se
Ilevaban al manicomio a una prima suya; quiso pedir auxilio, pero no pudo, y perdió la
voz hasta la noche de aquel día. Como durante el estado de vigilia suele hablarme
muchas veces de manicomios y sanatorios para enfermos mentales, la interrumpo y la
invito a comunicarme otras ocasiones de su vida en las que se haya tratado de locos. Me
cuenta entonces que su madre estuvo también algún tiempo en un manicomio. Además,
tuvieron una criada que había servido a una señora, internada después en uno de tales
establecimientos, y que solía referirle historias terroríficas a ellos referentes, tales como
la de que los enfermos eran atados a la silla y cruelmente golpeados, etc. Durante este
relato, la enferma crispa sus manos, dando muestras de espanto y denotando que ve
plásticamente todo aquello de que habla. Por mi parte, me esfuerzo en rectificar su idea
de los manicomios, y le aseguro que en adelante podrá oír hablar de estos
establecimientos sin que ello suponga relación alguna con su propia persona. Estas
palabras devuelven a su rostro la serenidad.
Luego continúa su relación de recuerdos atemorizantes. Teniendo quince años
encontró un día a su madre tendida en el suelo, conmocionada por los efectos de un rayo
caído en las proximidades, y cuatro años después, al volver un día a su casa, la halló
muerta, con el rostro todo contraído. Naturalmente, me es mucho más difícil debilitar
estos recuerdos. Después de largas explicaciones le aseguro que en adelante tampoco
verá ante sí tales imágenes sino de un modo muy borroso y pálido. Por último me cuenta
que, teniendo diecinueve años, alzó una piedra, y al ver un sapo bajo ella perdió el habla
durante algunas horas.
En esta hipnosis me convenzo de que sabe todo lo que en la sesión anterior
sucedió, mientras que en estado de vigilia no recuerda nada de ello.
10 de mayo, por la mañana. -Hoy ha tomado, por vez primera, un baño de
salvado, en lugar del baño caliente habitual. La encuentro con expresión malhumorada y
contraída, envueltas las manos en un chal y quejándose de frío y dolores. A mis
preguntas, responde que los dolores se los ha producido la incomodidad del baño en el
que se ha bañado, demasiado corto. Durante el masaje comienza de nuevo a reprocharse
su indiscreción del día anterior con respecto al doctor Breuer; la tranquilizo con la
piadosa mentira de que sabía todo lo sucedido antes de contármelo ella, y de este modo
desaparece su excitación (chasquidos, contracción del rostro). Mi influencia sobre la
enfermedad se manifiesta ya siempre desde el comienzo de la sesión de masaje. Recobra
la tranquilidad y la claridad intelectual, y encuentra, sin necesidad de interrogarla en la
hipnosis, los motivos de su malestar anterior. La conversación que mantiene conmigo
durante el masaje no es tampoco tan falta de significación como parece, sino que
contiene la reproducción casi completa de los recuerdos y nuevas impresiones que han
influido sobre ella desde nuestra última entrevista, y recae con frecuencia,
inesperadamente, sobre reminiscencias patógenas, que la misma enferma se prohibe sin
necesidad ya de invitación por mi parte. Sucede como si se hubiera apropiado mi
procedimiento y utilizara la conversación aparentemente sin objeto y guiada tan sólo por
la casualidad para completar la hipnosis. De este modo Ilega hoy a hablar de su familia,
y mediante toda clase de rodeos, a la historia de un primo suyo -hombre raro y de
inteligencia limitada-, al que sus padres hicieron extraer en una sesión toda la dentadura.
Este relato se desarrolla acompañado de gestos de espanto y repetida exclamación de la
fórmula protectora: «iEstése quieto! iNo me hable! iNo me toque!» Después vuelve a
serenarse su fisonomía y se muestra alegre y contenta. Compruebo, pues, que su
conducta en el estado de vigilia es determinada por la experiencia adquirida en el estado
de sonambulismo, de la cual, despierta, creía no saber nada.
En la hipnosis vuelvo a preguntarle qué es lo que le ha disgustado, y recibo las
mismas respuestas, pero en orden inverso: 1.a Su indiscreción del día anterior. 2.a Los
dolores causados por la incomodidad del baño. Hoy le pido me explique la significación
de las frases «¡Estése quieto!», etc., y me dice que cuando tiene ideas angustiosas teme
ver interrumpido su curso, pues entonces se embrolla aún más su pensamiento y crece su
malestar. La frase «¡Estése quieto!» se explica por el hecho de que las figuras de
animales que se le aparecen en estados de malestar adquirían movimiento y se arrojaban
sobre ella en cuanto alguien hacía un movimiento ante su vista. Por último, la
advertencia «¡No me toque usted!» se enlaza a los siguientes sucesos: 1º. Su hermano,
enfermo por el abuso de la morfina, padecía terribles ataques, y en uno de ellos
(teniendo la paciente diecinueve años) la había asido fuertemente entre sus brazos. 2º.
Un conocido suyo había sufrido un súbito ataque de locura hallándose de visita en su
casa, y la había agarrado de un brazo. 3º. Un caso análogo que no recuerda con
precisión. 4º. Su hija menor, en el curso de una enfermedad, se le había abrazado,
delirando, al cuello con tanta fuerza, que casi la ahoga. Cuándo este último suceso, tenía
la paciente veintiocho años. No obstante pertenecer estos sucesos a tan diversas épocas,
la paciente me los refiere en rápida sucesión y dentro de una sola frase, como si
constituyeran un único acontecimiento en cuatro actos. Advirtiendo que la función de la
fórmula protectora es guardarla de la repetición de sucesos semejantes, hago desaparecer
por sugestión tal temor y consigo así que no vuelva a pronunciarla.
Al volver por la tarde la encuentro muy contenta. Riendo, me cuenta haberse
asustado de un perrito que le ha ladrado en el jardín. Sin embargo, observo en ella cierta
excitación interna, que sólo desaparece después de preguntarme si me ha desagradado
una observación que me hizo el día anterior durante eI masaje y negarlo yo. Hoy,
después de un intervalo de sólo catorce días, ha vuelto a presentársele el período. Le
prometo conseguir su regularización por medio de la sugestión hipnótica, y fijo en la
hipnosis un intervalo de veintiocho días.
Además le pregunto si recuerda lo último que hubo de relatarme y si no tiene idea
de que ayer nos quedara algún punto por aclarar. Pero, como era lo correcto, comienza
por referirse a la frase «¡No me toque!», de la que tratamos en la sesión matinal de
hipnosis. Tengo, pues, que retrotraerla al tema del día anterior, en el cual la había
interrogado sobre el origen de su tartamudeo periódico, recibiendo por toda contestación
un rotundo «No lo sé». Por esta razón le había encargado que recordase dicho extremo
hasta la hipnosis de hoy, en la cual me da, sin reflexión previa ninguna, pero muy
excitada y con interrupciones espasmódicas del habla, la respuesta siguiente: «Cuando
una vez se desbocaron Ios caballos del coche en que iban mis hijas, y cuando otra vez
iba yo en coche con ellas por el bosque, y cayó un rayo en un árbol delante de los
caballos, y los caballos se espantaron, y yo pensé: Ahora tienes que procurar no hacer
ruido ninguno, pues si gritas, los caballos se asustarán más y el cochero no podrá
retenerlos. Entonces empezó el tartamudeo.» Este deshilvanado relato la ha excitado
extraordinariamente. Luego me dice que el tartamudeo se inició a raíz del primero de los
sucesos referidos pero desapareció a poco, retornando después del segundo, análogo,
para hacerse ya crónico. Borro el recuerdo plástico de tales escenas y la invito luego a
representárselas de nuevo. La paciente da muestras de intentarlo, pero ya sin alterarse. A
partir de aquí habla durante la hipnosis corrientemente, sin interrupción ninguna
espasmódica.
Como la encuentro bien dispuesta a proporcionarme aclaraciones, le pregunto
también qué otros acontecimientos de su vida la han asustado igualmente, hasta el punto
de conservar su recuerdo plástico. En su respuesta incluye una serie de tales sucesos: 1º.
Un año después de la muerte de su madre se hallaba en casa de una señora francesa,
amiga suya. Ésta la envió, en unión de otra muchacha, a buscar un diccionario en una
habitación contigua, y al penetrar en ella vio levantarse de una cama a una persona
idéntica a la que había dejado en la habitación de la que venía. Ante tan extraña
aparición quedó como clavada en el suelo. Luego le dijeron que se trataba de un muñeco
preparado para embromarla. Por mi parte, le explico que aquello tuvo que ser una
alucinación, y apelo a su buen juicio actual, consiguiendo que desaparezca de su
fisonomía toda señal de alteración. 2º. Su hermano, enfermo por el abuso de la morfina,
sufría terribles ataques, en los cuales la asía fuertemente, asustándola. De este mismo
suceso me había hablado ya esta mañana, y como prueba le pregunto en qué otras
ocasiones la había asido alguien con violencia. Para mi mayor satisfacción y sorpresa
reflexiona esta vez largo rato y pregunta luego, insegura: «¿Mi hija pequeña?», siéndole
ya imposible recordar los otros dos sucesos análogos que por la mañana me había
referido. Así, pues, mi prohibición y el sugerido desvanecimiento de tales recuerdos han
obrado eficazmente. 3º. Hallándose junto al lecho de su hermano, una tía suya, que había
acudido con el empeño de convertirle al catolicismo, asomó de repente su pálido rostro
por encima de un biombo. Observando haber llegado aquí a la raíz de su constante temor
a las sorpresas, le pregunto cuáles otras ha experimentado, obteniendo la siguiente serie:
1ª. Un amigo, que pasaba temporadas en su casa, solía entrar furtivamente en las
habitaciones y asustar a los que en ellas estaban. 2ª. Después de la muerte de su madre
enfermó de algún cuidado, y le fue prescrita una cura de aguas en determinado
balneario. Hallándose en éste, una loca, hospedada en su mismo hotel, se equivocó
varias noches de habitación y entro en la suya, llegando hasta la misma cama. 3ª. En su
viaje desde Abazia a Viena, un desconocido abrió cuatro veces la portezuela de su
coche, quedándose mirándola fijamente cada una de ellas durante un gran rato. La
singular conducta de aquel individuo acabó por asustarla tanto, que llamó al revisor.
Como final, borro todos aquellos recuerdos, despierto a la paciente y le aseguro
que aquella noche dormirá bien, suprimiendo por hoy la sugestión correspondiente en la
hipnosis. De la mejoría de su estado general testimonia su observación de que hoy no ha
dedicado un solo momento a la lectura. Ella, que, llevada antes por su interior
tranquilidad, tenía siempre que estar haciendo algo, vive ahora en un feliz ensueño.
11 de mayo, por la mañana. -Hoy es el día señalado por el doctor N. para
reconocer a la hija mayor de la paciente, que se ha quejado de trastornos de la
menstruación. Encuentro a mi enferma algo intranquila; pero su excitación se manifiesta
ahora por signos somáticos más débiles que antes. De vez en vez exclama: «Tengo
miedo; tanto miedo, que me parece que voy a morirme.» Le preguntó si es acaso el
doctor N. quien le inspira temor, y me responde que tiene miedo, pero no sabe a qué ni a
quién. Hipnotizada luego, antes de la visita del doctor N., me confiesa que tiene miedo
de haberme ofendido con una observación que me hizo ayer durante el masaje,
observación que ahora le parece descortés. También le tiene miedo a todo lo nuevo, y,
por tanto, al nuevo médico. Logro tranquilizarla, y luego, despierta ya, se conduce muy
bien en la visita del doctor N. Tan sólo dos veces da alguna muestra de sobresalto, pero
no tartamudea ni chasca la lengua. Terminada la visita, vuelvo a hipnotizarla para hacer
desaparecer un posible resto de excitación. Está muy satisfecha de su conducta y pone
grandes esperanzas en su curación. Por mi parte, aprovecho estas manifestaciones para
demostrarle que no hay por qué asustarse de lo nuevo, que también puede ser bueno.
Por la tarde la encuentro muy tranquila, y en la conversación que mantenemos
antes de la hipnosis, se descarga de muchos reparos y escrúpulos. En la hipnosis le
pregunto cuál es el suceso de su vida que ha dejado en ella un efecto más duradero y
surge con mayor frecuencia en su memoria. Respuesta: «La muerte de mi marido.» La
invito a relatarme este suceso con todo detalle y así lo hace, dando muestras de profunda
emoción, pero sin tartamudear ni chascar la lengua.
Hallándose ambos en un lugar de la Riviera que les gustaba mucho, iban un día de
paseo, y al atravesar un puente, su marido sufrió un ataque cardiaco y cayó al suelo,
donde permaneció como muerto algunos minutos; pero se repuso pronto y pudo volver a
casa por su pie. Poco tiempo después, estando ella en la cama, convaleciente de un
parto, su marido, que almorzaba a su lado en una mesita, se levantó de repente, la miró
con expresión extraña y cayó muerto al suelo. Ella se tiró de la cama y mandó llamar al
médico, pero todo fue inútil. La paciente hace aquí una pausa y continúa luego: «La niña
que por entonces había yo dado a luz, y que sólo contaba unas semanas, estuvo enferma
durante más de seis meses, y yo misma tuve también que guardar cama con pertinaces
fiebres.»
A continuación, adoptando una expresión de enfado, como cuando nos referimos a
una persona de la que estamos hartos, expone, cronológicamente ordenadas, todas las
molestias y preocupaciones que su hija menor le ha causado; «Durante mucho tiempo se
había mostrado extraña y anormal; gritaba y lloraba de continuo; no dormía, y sufría una
parálisis de la pierna izquierda, de cuya curación llegaron a desesperar los médicos. A
los cuatro años tenía visiones, y no andaba ni hablaba, de manera que llegaron a creerla
idiota. Los médicos declararon que padecía meningitis, mielitis y otras diversas
afecciones graves.»
Al llegar aquí la interrumpo, indicándole que aquella niña goza hoy de una
floreciente salud normal, y la despojo de la posibilidad de ver nuevamente aquellos
tristes sucesos, no sólo desvaneciendo el recuerdo plástico, sino expulsando de su
memoria toda la reminiscencia, como si jamás hubiese existido en ella. Asimismo, le
prometo que de este modo cesará la temerosa espera de sucesos desgraciados que de
continuo la atormentan y desaparecerán los dolores generales, de los que precisamente
ha vuelto a quejarse durante su relato, después de no haber hablado de ellos en varios
días.
Para mi sorpresa, inmediatamente después de mi última sugestión, comienza a
hablar del príncipe L., cuya fuga de un manicomio constituía por entonces el suceso del
día, y manifiesta nuevas representaciones terroríficas referentes a los establecimientos
de este género, tales como la de que para calmar a los enfermos se los somete a duchas
heladas o se los sujeta a un aparato giratorio que los hace dar vueltas rápidas. Tres días
antes, cuando me expresó por vez primera su miedo a los manicomios, había yo
interrumpido sus manifestaciones al terminar de contarme una primera historia -la de
que los enfermos eran amarrados a sillas-, y observo ahora que tales interrupciones son
contraproducentes, y que lo mejor es escuchar hasta el final las manifestaciones de la
enferma sobre cada punto concreto. La dejo, pues, agotar ahora el tema y borro las
nuevas imágenes terroríficas, apelando a su buen juicio actual, y argumentando que debe
prestar a mis palabras mayor crédito que a las temerosas historias relatadas por una
estúpida criada.
Observando que tartamudea un poco, le pregunto nuevamente de qué procede
aquel defecto. Silencio. «¿No lo sabe usted?» «No.» «¿Por qué?» (Con violencia y
enfado.) «¿Por qué? Porque no bebo.» En esta manifestación creo ver un resultado de
mis sugestiones; pero en seguida expresa el deseo de ser despertada, y yo accedo a ello.
EPICRISIS
Sin una previa y detallada fijación del valor y el significado de la palabra
«histeria», no es fácil decidir si un caso patológico puede situarse bajo dicho concepto o
incluirse entre las demás neurosis (no puramente neurasténicas). Por otra parte, tampoco
en el sector de las neurosis mixtas corrientes se ha llevado aún a cabo una labor
ordenadora de diferenciación y delimitación. De este modo, si para diagnosticar la
histeria propiamente dicha acostumbramos, hasta ahora, guiarnos por la analogía del
caso de que se trate con los casos típicos conocidos de tal enfermedad, es indudable que
el de Emmy de N. debe ser diagnosticado de histeria. La frecuencia de los delirios y de
las alucinaciones, en medio de una absoluta normalidad de la función anímica; la
transformación de su personalidad y de la memoria durante el sonambulismo artificial;
la anestesia de la extremidad dolorosa, ciertos datos de la anamnesia, etc., no dejan lugar
a dudas sobre la naturaleza histérica de la enfermedad o, por lo menos, de la enferma. Si,
a pesar de todo esto, puede ofrecernos alguna duda tal diagnóstico, ello depende de
determinado carácter de este caso, que nos da pretexto para desarrollar una observación
de orden general. Según ya hemos expuesto en el primer capítulo del presente trabajo,
consideramos los síntomas histéricos como efectos y restos de excitaciones que han
actuado en calidad de traumas sobre el sistema nervioso. Cuando la excitación primitiva
queda derivada por reacción o mediante una elaboración intelectual, no subsisten tales
restos. Así, pues, habremos ya de tener en cuenta cantidades, aunque no mensurables, y
describiremos el proceso diciendo que una magnitud de excitación afluyente al sistema
nervioso queda transformada en síntomas permanentes, en aquella medida, proporcional
a su montaje, en la que no ha sido utilizada para la acción exterior. Ahora bien: en la
histeria estamos acostumbrados a comprobar que una parte importante de la «magnitud
de la excitación» del trauma se transforma en síntomas puramente somáticos. Esta
peculiaridad de la histeria es lo que ha constituido durante mucho tiempo un obstáculo
para considerarla como una afección psíquica.
Si en gracia a la brevedad denominamos «conversión» a la transformación de la
excitación psíquica en síntomas somáticos permanentes, característica de la histeria,
podemos decir que el caso de Emmy de N. muestra un escaso montante de conversión;
la primitiva excitación psíquica permanece circunscrita en él, casi por completo, al
sector psíquico, haciéndole así presentar una gran analogía con los de neurosis no
histéricas. Existen casos de histeria en los que la conversión afecta a todo el incremento
de excitación, de manera que los síntomas somáticos de la histeria emergen en una
consciencia aparentemente normal. Sin embargo, es más corriente la conversión
incompleta, de suerte que por lo menos una parte del afecto concomitante al trauma
perdura en la consciencia como componente del estado de ánimo.
Los síntomas psíquicos de nuestro caso de histeria con escaso montante de
conversión pueden agruparse bajo los conceptos de transformación de estado de ánimo
(angustia, depresión, melancolía), fobias y abulias. Estas dos últimas clases de
perturbación psíquica, consideradas por los psiquíatras de la escuela francesa como
estigmas de la degeneración nerviosa, se muestran en nuestro caso suficientemente
determinadas por sucesos traumáticos, constituyendo, en su mayor parte, como luego
demostraremos, fobias y abulias traumáticas.
Algunas de las fobias podían contarse, sin embargo, entre las primarias, comunes
a todos los hombres y especialmente a los neurópatas. Así, ante todo, la zoofobia (miedo
a las serpientes, a los sapos y a todas aquellas sabandijas que reconocen por soberano a
Mefistófeles), el miedo a las tormentas, etc. Pero también estas fobias fueron
intensificadas por sucesos traumáticos. Así, el miedo a los sapos, por la impresión de la
sujeto, siendo niña, el día que su hermano le arrojó un sapo muerto, lo que le produjo un
ataque de contracciones histéricas; el miedo a las tormentas, por el sobresalto ya
descrito, que dio lugar al vicio de castañetear la lengua, y el miedo a la niebla, por sus
paseos en Ruegen. De todos modos, el miedo primario y, por decirlo así, instintivo
desempeña, considerado como estigma psíquico, el papel principal en este grupo.
Las demás fobias, más especiales, aparecen también determinadas por sucesos
particulares. El miedo a un sobresalto súbito e inesperado es consecuencia de la
tremenda impresión recibida al ver morir repentinamente a su marido, fulminado por un
ataque al corazón. El miedo a las personas extrañas, y en general a todo el mundo,
demuestra ser un residuo de la época en la que se vio perseguida por la familia de su
marido y creía descubrir en cada desconocido un agente de sus perseguidores o pensaba
que todo el que a ella se aproximaba conocía las infamias que verbalmente o por escrito
se difundían sobre ella. EI miedo a los manicomios y a sus infortunados huéspedes se
relaciona con toda una serie de tristes sucesos acaecidos en su círculo familiar y con los
relatos que, siendo niña, escuchó de labios de una estúpida criada. Esta última fobia se
apoya, además, por un lado, en el horror instintivo primario del hombre sano al demente
y, por otro, en su preocupación, común a todo nervioso, de sucumbir a la locura. El
miedo, particularmente especializado, a tener a alguien detrás de ella aparece motivado
por varias temerosas impresiones de su infancia y épocas posteriores. Después del
suceso del hotel, particularmente penoso para el sujeto por integrar un elemento erótico
se acentuó más que nunca su miedo a la entrada subrepticia de una persona extraña en su
cuarto. Por último, el miedo a ser enterrada viva, tan frecuente en los neurópatas,
encuentra una completa explicación en su creencia de que su marido no estaba muerto
cuando sacaron de la casa el cadáver, creencia en la que se manifiesta
conmovedoramente la incapacidad de aceptar la brusca interrupción de la vida de la
persona amada. Por lo demás, todos estos factores psíquicos sólo pueden explicar, a mi
juicio, la elección de las fobias, pero no su duración. Por lo que a esta respecta, hemos
de tener en cuenta un factor neurótico, o sea, la circunstancia de que la paciente
observaba desde años atrás una completa abstinencia sexual, motivo frecuentísimo de
tendencia a la angustia.
Menos aún que las fobias, pueden ser consideradas las abulias de nuestros
enfermos como estigmas psíquicos consiguientes a una disminución general de la
capacidad funcional. EI análisis hipnótico del caso demuestra más bien que las abulias
se hallan condicionadas por un doble mecanismo físico, simple en el fondo. La abulia
puede ser de dos clases. Puede ser, sencillamente, una consecuencia de la fobia, y así
sucede cuando la fobia se enlaza a un acto propio (salir de casa, buscar la sociedad de
los demás, etc.) en lugar de a una expectación (que alguien pueda introducirse
subrepticiamente en el cuarto, etc.), siendo entonces la angustia enlazada con el
resultado del acto la causa de la coerción de la voluntad. Sería equivocado presentar esta
clase de abulias al lado de sus fobias correspondientes como síntomas especiales; pero
ha de tenerse en cuenta, sin embargo, que tales fobias pueden existir, cuando no son
demasiado intensas, sin conducir a la abulia. La otra clase de abulias se halla basada en
la existencia de asociaciones no desenlazadas y saturadas de afecto, que se oponen a la
constitución de otras nuevas, sobre todo a las de carácter penoso. La anorexia de nuestra
enferma nos ofrece el mejor ejemplo de una tal abulia. Si come tan poco, es porque no
halla gusto ninguno en la comida, y esto último depende, a su vez, de que el acto de
comer se halla enlazado en ella, desde mucho tiempo atrás, con recuerdos repugnantes,
cuyo montante de afecto no ha experimentado disminución alguna. Naturalmente, es
imposible comer con repugnancia y placer al mismo tiempo. La repugnancia
concomitante a la comida desde muy antiguo no ha disminuido porque la sujeto tenía
que reprimirla todas las veces, en lugar de libertarse de ella por medio de la reacción.
Cuando niña, el miedo al castigo la forzaba a comer con repugnancia la comida fría, y en
años posteriores, el temor a disgustar a sus hermanos le impidió exteriorizar los afectos
que la dominaban mientras comía con ellos.
He de referirme aquí a un pequeño trabajo en el que intenté dar una explicación
psicológica de las parálisis histéricas, llegando a la conclusión de que la causa de tales
parálisis era la inaccesibilidad de un círculo de representaciones -por ejemplo, del
correspondiente a una extremidad- a nuevas asociaciones. Esta inaccesibilidad asociativa
procedería, a su vez, de que la representación del miembro paralizado se hallaba incluida
en el recuerdo del trauma, cargado de afecto no derivado. Con ejemplos tomados de la
vida ordinaria mostraba que tal catexis de una representación por afecto no derivado trae
siempre consigo cierta medida de inaccesibilidad asociativa, o sea, de incompatibilidad
con nuevas catexis.
No me ha sido posible todavía demostrar tales hipótesis en un caso de parálisis
motora por medio del análisis hipnótico, pero puedo aducir la anorexia de Emmy de N.
como prueba de que el mecanismo descrito es, efectivamente, el de algunas abulias, y
las abulias no son sino parálisis psíquicas muy especializadas o -según la expresión
francesa- «sistematizadas».
El estado psíquico de Emmy de N. puede caracterizarse haciendo resaltar dos
extremos: 1º. Perduran en ella, sin haber experimentado derivación alguna, los efectos
penosos de diversos sucesos traumáticos; así, la tristeza, el dolor (desde la muerte de su
marido), la cólera (desde las persecuciones de que fue objeto por parte de la familia del
muerto), la repugnancia (desde las comidas que se vio forzada a ingerir), el miedo
(desde los múltiples acontecimientos terroríficos de que fue protagonista o testigo), etc.
2º. Existe en ella una intensa actividad mnémica, que tan pronto espontáneamente como
a consecuencia de estímulos del presente (por ejemplo, en el caso de la noticia de haber
estallado la revolución de Santo Domingo) atrae a la consciencia actual, trozo por trozo,
los traumas, con todos sus efectos concomitantes. Mi terapia se enlazó a la marcha de
dicha actividad mnémica e intentó solucionar y derivar, día por día, lo que en cada uno
de ellos surgía a la superficie hasta que la provisión asequible de recuerdos patógenos
pareció quedar agotada.
A estos dos caracteres psíquicos, propios, a mi juicio, de todos los paroxismos
histéricos, podríamos enlazar varias observaciones, que aplazaremos hasta haber
dedicado alguna atención al mecanismo de los síntomas somáticos.
No es posible aceptar para todos los síntomas somáticos la misma génesis. Por el
contrario, incluso en el caso de Emmy de N., poco instructivo desde este punto de vista,
nos muestra que los síntomas somáticos de una histeria surgen de muy diversos modos.
A mi juicio, una parte de los dolores de la sujeto se hallaba orgánicamente determinada
por aquellos leves trastornos (reumáticos) musculares, a los que ya nos referimos antes;
trastornos más dolorosos para los nerviosos que para los normales. En cambio, otra parte
de sus dolores era, muy probablemente, un símbolo mnémico de las épocas de
excitación en las que hubo de asistir a enfermos de su familia, épocas que tanto lugar
habían ocupado en la vida de la paciente. Estos últimos dolores pudieron tener también
alguna vez, primitivamente, una justificación orgánica, pero después fueron objeto de
una elaboración que los adaptó a los fines de la neurosis. Estas afirmaciones sobre los
dolores de Emmy de N. se apoyan en observaciones realizadas en otros casos, que más
adelante expondré, pues su propio caso no llegó a proporcionarme aclaración suficiente
con respecto a este punto concreto.
Parte de los singulares fenómenos motores de la sujeto eran simplemente una
manifestación, nada difícil de reconocer como tal, de sus estados de ánimo. Así, al
extender las manos crispando los dedos (manifestación del terror), la contracción del
rostro, etc. De todos modos, esta expresión de los estados de ánimo era más viva y
menos retenida de lo que la mímica habitual de la sujeto, su educación y su raza hacían
esperar. En efecto, fuera de los estados histéricos, la paciente era muy mesurada y sobria
en la expresión de sus emociones. Otra parte de sus síntomas motores se hallaba según
ella, en conexión directa con sus dolores. Si agitaba incesantemente sus dedos (1888) o
se retorcía las manos (1889), era para retenerse de gritar, motivación que recuerda uno
de los principios establecidos por Darwin para el esclarecimiento de los movimientos
expresivos; esto es, el principio de la «derivación de las excitaciones», por medio del
cual explica, por ejemplo, el agitar la cola de los perros. La sustitución de los gritos por
otras inervaciones motoras en los casos de estímulos dolorosos es algo que todos
conocemos. Aquel que se propone mantener inmóvil la boca y la cabeza durante la
intervención del dentista y evita también separar las manos de los brazos del sillón,
acaba siempre por mover los pies.
Los movimientos análogos a «tics» observables en la sujeto -el castañetear la
lengua, la tartamudez, la repetición del nombre «Emmy» en sus accesos de confusión
mental y la fórmula compuesta: «Estése quieto. No hable usted. No me toque»-,
muestran una complicada forma de conversión. Dos de estas manifestaciones motoras, la
tartamudez y el castañeteo, encuentran su explicación en un mecanismo calificado por
mí de «objetivación de la representación contrastante» en un ensayo publicado por la
Revista de Hipnotismo (tomo primero, 1893). Este proceso sería, en el caso que nos
ocupa, el siguiente: «La histérica, agotada por la fatiga y la preocupación que le
ocasiona la enfermedad de su hija, se halla sentada a la cabecera del lecho en el que la
misma yace, y comprueba que, ¡por fin!, ha logrado conciliar el sueño. En su vista,
formula el firme propósito de evitar todo el ruido que pudiera despertar a la enfermita.
Este propósito hace surgir, probablemente, una representación contrastante, el temor de
que, a pesar de todo, haría algún ruido que despertase a la pequeña del tan deseado
reposo. Tales representaciones contrastantes, opuestas al propósito, se constituyen en
nosotros, singularmente, cuando no nos sentimos seguros de la ejecución de un
propósito importante.»
El neurótico, en cuya consciencia de sí mismo falta muy pocas veces un rasgo de
depresión y expectación angustiosa, forma gran cantidad de tales representaciones
contrastantes o las percibe con mayor facilidad, dándoles, además, mayor importancia.
En el estado de agotamiento de nuestra paciente, la representación contrastante, que en
otras circunstancias hubiera sido rechazada, demuestra ser la más fuerte y es la que se
objetiva, originando, con espanto de la sujeto, el tan temido ruido. Para la explicación
total del proceso, habremos de suponer que el agotamiento de la paciente no es sino
parcial, recayendo únicamente, para expresarnos en los términos de Janet y sus
discípulos, sobre el yo primario de la sujeto, y no teniendo por consecuencia una igual
debilitación de la representación contrastante.
Suponemos, además, que el factor que da al suceso un carácter traumático y fija el
ruido producido por la sujeto, en calidad de síntoma somático evocador de toda la
escena, es el espanto que le causó comprobar que, contra toda su voluntad, acababa por
producirlo. Llego incluso a creer que el carácter mismo de este «tic», consistente en
varios sonidos espasmódicamente emitidos y separados por ligeras pausas, revela huella
del proceso al que debe su origen. Parece haberse desarrollado una lucha entre el
propósito y la representación contrastante -la «voluntad contraria»-, lucha que ha dado al
«tic» su carácter peculiar y limitado la representación contrastante a desusados caminos
de inervación de los músculos vocales.
Un suceso de análoga naturaleza dejó tras de sí la inhibición espasmódica del
habla, la singular tartamudez, con la diferencia de que el recuerdo no eligió aquí, para
símbolo del suceso, el resultado de la inervación final, o sea, el grito sino el proceso
mismo de inervación, esto es, el intento de una inhibición convulsiva de los órganos
vocales.
Ambos síntomas, el castañeteo y la tartamudez, afines por su génesis, entraron,
además, en mutua asociación, y su repetición en una ocasión análoga a las de su origen
los convirtió en síntomas permanentes. Una vez llegados a esta categoría, encontraron
distinto empleo. Nacidos en un intento estado de sobresalto, se unieron desde este punto
(conforme al mecanismo de la histeria monosintomática, del que más adelante
trataremos) a todos los estados de este género, incluso a aquellos que no podían dar
ocasión a la objetivación de una representación contrastante.
Acabaron, pues, por hallarse enlazados a tantos traumas y por tener tan amplia
razón de reproducirse en la memoria, que llegaron a interrumpir constantemente el
habla, sin estímulo ninguno que a ello los llevase, a manera de un «tic» falto de todo
sentido. Pero el análisis hipnótico pudo demostrar que aquel aparente «tic» poseía un
preciso significado, y si el método de Breuer no consiguió, en este caso, hacer
desaparecer de una vez y por completo ambos síntomas, ello fue debido a que la catarsis
sólo recayó sobre los tres traumas principales, sin extenderse a los secundariamente
asociados.
La repetición del nombre «Emmy» en los accesos de confusión mental que, según
las normas de los ataques histéricos, reproducen los frecuentes estados de perplejidad de
la paciente durante el tratamiento al que su hija estuvo sometida, se hallaba enlazada,
por medio de un complicado encadenamiento de ideas, al contenido del acceso y
correspondía quizá a una fórmula protectora usada por la enferma contra el mismo. Esta
exclamación hubiera sido también, probablemente, susceptible, dado un más amplio
aprovechamiento de su significación, de convertirse en un «tic», como ya lo había
llegado a ser la complicada fórmula protectora: «No me toque usted», etc.; pero la
terapia hipnótica detuvo, en ambos casos, el ulterior desarrollo de estos síntomas. La
exclamación «¡Emmy!», recientemente surgida cuando me llamó la atención, se hallaba
aún limitada a su lugar de origen; esto es, al acceso de confusión mental.
Cualquiera que sea la génesis de estos síntomas motores -el castañeteo, por
objetivación de una representación contrastante; la tartamudez, por simple conversión de
la excitación psíquica en un fenómeno motor, y la exclamación «IEmmy!» y la otra
fórmula más extensa, como dispositivos protectores, por un acto voluntario de la
enferma, en el paroxismo histérico-; cualquiera que sea su génesis, repetimos, poseen el
carácter común de hallarse en una visible conexión -primitiva o permanente- con
traumas, de los cuales constituyen símbolos en la actividad mnémica.
Otros de los síntomas somáticos de la enferma no eran de naturaleza histérica; por
ejemplo, los calambres en la nuca, que hemos de considerar como una jaqueca
modificada, debiendo incluirse, por tanto, entre las afecciones orgánicas y no entre las
neurosis. Pero a ellos suelen enlazarse casi siempre síntomas histéricos. Así, Emmy de
N. los aprovechaba como contenido de sus ataques histéricos, no mostrando, en cambio,
los fenómenos típicos de esta clase de accesos.
Para completar la característica del estado psíquico de esta paciente,
examinaremos ahora las modificaciones patológicas de la consciencia en ella
observables. Del mismo modo que los calambres en la nuca, también las impresiones
penosas (cf. el último delirio en el jardín) o las alusiones a cualquiera de sus traumas
provocaban en la enferma un estado delirante en el cual -según las escasas
observaciones que sobre este extremo puedo realizar- dominaban una disminución de la
consciencia y una forzosa asociación, análogas a Ias que comprobamos en el fenómeno
onírico, quedando sumamente facilitadas las alucinaciones y las ilusiones, y siendo
deducidas conclusiones falsas o hasta insensatas. Este estado, comparable con el de
enajenación mental, sustituye verosímilmente al ataque, siendo quizá una psicosis aguda
surgida como equivalente del ataque histérico, psicosis que podríamos calificar de
«demencia alucinatoria». EI hecho de que a veces se revelase un fragmento de los
antiguos recuerdos traumáticos, como fundamento del delirio, nos muestra otra analogía
de estos estados con el ataque histérico típico. El paso desde el estado normal a este
delirio tiene lugar, a veces, de un modo imperceptible. Al principio del tratamiento se
extendía el delirio a través de todo el día, haciéndose así difícil decir, con respecto a
cada uno de los síntomas, si correspondían únicamente -como los gestos- al estado
psíquico, en calidad de síntomas del acceso, o habían Ilegado a ser, como el castañeteo y
la tartamudez, verdaderos síntomas crónicos. Muchas veces, sólo a posteriori se Iograba
diferenciar qué pertenecía al delirio y qué al estado normal. Estos dos estados se
hallaban separados por la memoria, asombrándose la paciente cuando se la hacía ver lo
que el delirio había introducido en una conversación sostenida en estado normal. Mi
primera conversación con ella constituyó un singularísimo ejemplo de cómo se
mezclaban ambos estados sin tener la menor noticia de otro. Una sola vez me fue dado
comprobar, durante este desequilibrio psíquico, un influjo de consciencia normal, que
perseguía el presente. Ello fue cuando me dio la respuesta, procedente del delirio, de que
era una mujer del siglo pasado.
EI análisis de este delirio de Emmy de N. no pudo llevarse a su último término,
porque el estado de la paciente mejoró en seguida, hasta tal punto, que los delirios se
diferenciaron con toda precisión de la vida normal, limitándose a los accesos de
calambres en la nuca. En cambio, logré una amplia experiencia sobre la conducta de la
paciente en un tercer estado psíquico; esto es, en el sonambulismo artificial. Mientras
que en su propio estado normal ignoraba lo que había experimentado psíquicamente en
sus delirios o en el sonambulismo, disponía en este último de los recuerdos
correspondientes a dichos tres estados, siendo realmente el sonambulismo su estado más
normal. Haciendo abstracción, en primer lugar, de que en el sonambulismo se mostraba
menos reservada para conmigo que en sus mejores momentos de la vida corriente,
hablándome de sus circunstancias familiares, etc., mientras que fuera de dicho estado
que trataba como a un extraño, y prescindiendo también de su completa sugestibilidad
como sujeto hipnótico, puedo afirmar que durante el sonambulismo se hallaba en un
perfecto estado normal. Era muy interesante observar que este sonambulismo no
mostraba, por otra parte, ningún carácter supranormal, entrañando todos los defectos
psíquicos que atribuimos al estado normal de consciencia. Los siguientes ejemplos
aclararán los caracteres de la memoria de la paciente en eI estado de sonambulismo. En
una de nuestras conversaciones me habló de lo bonita que era una planta que adornaba el
hall del sanatorio, preguntándome luego: «¿Puede usted decirme cómo se llama? Yo
sabía antes su nombre alemán y su nombre latino, pero he olvidado ambos.» La paciente
era una excelente botánica, mientras que yo hube de confesar mi ignorancia en estas
materias. Pocos minutos después le pregunté en la hipnosis: «¿Sabe usted ahora el
nombre de la planta que hay en el hall?». Y, sin pararse a reflexionar un solo instante,
me contestó: «Su nombre vulgar es hortensia; el nombre latino lo he olvidado de
verdad.» Otra vez, sintiéndose bien y muy animada, me hablaba de una visita a las
catacumbas romanas, y al hacerme su descripción le fue imposible hallar los nombres
correspondientes a dos lugares de las mismas, sin que luego, en la hipnosis, lograse
tampoco recordarlos. Entonces le mandé que no pensase más en ellos, pues al día
siguiente, cuando se hallara en el jardín y fueran ya cerca de las seis, surgirían de
repente en su memoria.
Al siguiente día hablamos de un tema sin relación alguna con las catacumbas,
cuando de súbito se interrumpió, exclamando: «¡La cripta y el columbarium, doctor!»
«iAh! Esas son las palabras que ayer no podía usted encontrar. ¿Cuándo las ha
recordado usted?» «Esta tarde, en el jardín, poco antes de subir.» Con estas últimas
palabras me indicaba que se había atenido estrictamente al momento marcado, pues solía
permanecer en el jardín hasta las seis. Así, pues, tampoco en el sonambulismo disponía
de todo su conocimiento, existiendo aún para ella una consciencia actual y otra
potencial. Con frecuencia sucedía también que al preguntarle yo, en el sonambulismo,
de dónde procedía determinado fenómeno arrugaba el entrecejo y contestaba
tímidamente: «No lo sé.» En estos casos acostumbraba yo decirle: «Reflexione usted un
poco y en seguida lo sabrá», como así sucedía, en efecto, pues al cabo de algunos
instantes de reflexión me proporcionaba casi siempre la respuesta pedida.
Cuando esta inmediata reflexión no tenía resultado, daba a la paciente el plazo de
un día para recordar lo buscado, obteniendo siempre la información deseada. La sujeto,
que en la vida corriente evitaba con todo escrúpulo faltar a la verdad, no mentía tampoco
nunca en la hipnosis: únicamente le sucedía a veces dar informaciones incompletas,
silenciando una parte de las mismas, hasta que yo la forzaba a completarlas en una
segunda sesión. En general, era la repugnancia que el tema le inspiraba lo que sellaba
sus labios en estas ocasiones. No obstante estas restricciones, su conducta en el
sonambulismo daba la impresión de un libre desarrollo de su energía mental y de un
completo dominio de su acervo de recuerdos.
Su gran sugestibilidad en el sonambulismo se hallaba, sin embargo, muy lejos de
constituir una falta patológica de resistencia. En general, mis sugestiones no le
producían más impresión que la que era de esperar, dada una semejante penetración en
el mecanismo psíquico en toda persona que me hubiese escuchado con gran confianza y
completa claridad mental, con la sola diferencia de que esta paciente no podía en su
estado normal observar con respecto a mí una disposición favorable. Cuando no me era
posible aducirle argumentos convincentes, como sucedió con respecto a la zoofobia, y
quería actuar por medio de la sugestión autoritaria, se pintaba siempre una expresión
tirante y desconocida en el rostro de la sujeto, y cuando al final le preguntaba: «Vamos a
ver: ¿seguirá usted teniendo miedo a ese animal?», su respuesta era: «No… Porque usted
me lo manda.» Estas promesas, que sólo se apoyaban en su docilidad a mis mandatos, no
dieron nunca el resultado apetecido, análogamente a las instrucciones generales que le
prodigué, en lugar de las cuales hubiera podido repetir, con igual resultado, la sugestión:
«Ya está usted completamente sana.»
La sujeto, que conservaba tan tenazmente sus síntomas contra toda sugestión, y
sólo los abandonaba ante el análisis psíquico o la convicción, se mostraba, en cambio,
docilísima cuando la sugestión versaba sobre temas carentes de relación con su
enfermedad. En páginas anteriores hemos consignado ya varios ejemplos de tal
obediencia posthipnótica. A mi juicio, no existe aquí contradicción alguna. En este
terreno había también de vencer, como siempre, la representación más enérgica.
Examinando el mecanismo de la «idea fija» patológica, la hallamos basada y apoyada en
tantos y tan intensos sucesos, que no puede asombrarnos comprobar su propiedad de
oponer victoriosa resistencia a una representación contraria no provista sino de cierta
energía. Un cerebro del que fuese posible hacer desaparecer por medio de Ia sugestión
consecuencias tan justificadas de intensos procesos psíquicos sería verdaderamente
patológico.
Al estudiar el estado de sonambulismo de Emmy de N. surgieron en mí
importantes dudas sobre la exactitud del principio de Bernheim: «Tout est dans la
sugestion», y de la deducción de Delboeuf, su ingenioso amigo: «Comme qu'il n'y a pas
d'hypnotisme.» Todavía hoy me es imposible comprender que mi dedo extendido ante
los ojos del paciente y el mandato «¡Duerma usted!» hayan podido crear por sí solos
aquel especial estado anímico, en el cual la memoria de los enfermos abarca todas sus
experiencias psíquicas. Todo lo más, podía haber provocado dicho estado, pero nunca
haberlo creado por medio de mi sugestión, dado que los caracteres que presentaba,
comunes en general a los estados de este orden, me sorprendieron extraordinariamente.
El historial clínico de esta enferma antes transcrito muestra con suficiente claridad
en qué forma desarrollaba yo mi acción terapéutica durante el sonambulismo. Combatía,
en primer lugar, como es uso de la psicoterapia hipnótica, las representaciones
patológicas dadas por medio de razonamientos, mandatos e introducción de
representaciones contrarias de todo género; pero no me limitaba a ello, sino que
investigaba la génesis de cada uno de los síntomas para poder combatir también las
premisas sobre las cuales habían sido construidas las ideas patológicas. Durante estos
análisis sucedía regularmente que la enferma rompía a hablar, dando muestras de
violenta excitación, sobre temas cuyo afecto no había hallado hasta entonces exutorio
distinto de la expresión de las emociones. No me es posible indicar cuánta parte del
resultado terapéutico siempre obtenido correspondía a esta supresión por sugestión in
statu nascendi y cuánta a la supresión del afecto por medio de la reacción, pues dejé
actuar conjuntamente ambos factores.
2) MISS LUCY R.
(treinta años)
A fines de 1892, un colega y amigo mío envió a mi consulta a una joven paciente,
a la cual tenía en tratamiento a consecuencia de una rinitis supurada crónica. La causa de
la tenacidad de su padecimiento era, como más tarde se demostró, una caries del
etmoides. En los últimos días se había quejado la enferma de nuevos síntomas, que mi
colega, muy perito en la materia, no podía atribuir ya a la afección local. Habiendo
perdido por completo el olfato se veía perseguida la paciente, casi de continuo, por una o
dos sensaciones olfativas totalmente subjetivas, que se le hacían en extremo penosas.
Además de esto, se sentía deprimida y fatigada, sufría pesadez de cabeza, había perdido
el apetito y no se encontraba capaz de desarrollar actividad ninguna.
Era esta enferma de nacionalidad inglesa y ejercía las funciones de institutriz en el
domicilio del director de una fábrica enclavada en un arrabal de Viena. De constitución
delicada y pigmentación muy pobre, gozaba de salud normal, fuera de la indicada
afección a la nariz. Padecía depresión y fatiga, se veía atormentada por sensaciones
olfativas de carácter subjetivo, y presentaba, como síntoma histérico, una clara analgesia
general, conservando, sin embargo, una plena sensibilidad al tacto. Tampoco presentaba
disminución ninguna del campo visual. EI interior de la nariz se demostró totalmente
analgésico y sin reflejos, aunque sensible al tacto. La capacidad de percibir sensaciones
olfativas aparecía por completo anulada, tanto con respecto a los estímulos específicos
como a los de cualquier otro género (amoniaco, ácido acético). El catarro nasal supurado
se encontraba ya, al acudir la enferma a mi consulta, en un período de mejoría.
En la primera tentativa de llegar a la comprensión de este caso hubimos de
interpretar las sensaciones olfativas de carácter subjetivo como síntomas histéricos,
permanentes, dada su calidad de alucinaciones periódicas. Siendo quizá la depresión el
afecto concomitante al trauma, debía de ser posible hallar un suceso en el que tales
olores, que ahora se habían hecho subjetivos, fueron objetivos, y este suceso había de ser
el trauma del cual constituirían dichas sensaciones olfativas un símbolo que retornaba de
continuo a la memoria. O quizá fuera más acertado considerar las alucinaciones
olfativas, en unión de la depresión concomitante, como un equivalente del ataque
histérico, pues por su naturaleza de alucinaciones periódicas no podían constituir
síntomas histéricos permanentes. De todos modos, esta cuestión carecía de importancia
en el caso de que se trataba, sólo rudimentariamente desarrollado. Lo esencial era que
las sensaciones olfativas de carácter subjetivo mostrasen una especialización que pudiera
corresponder a su origen de un objeto real perfectamente determinado.
Esta hipótesis quedó en seguida confirmada. A mi pregunta de cuál era el olor que
la perseguía con más frecuencia, contestó que «como a harina quemada». Hube, pues, de
suponer que este olor a harina quemada había sido realmente el que había reinado en la
ocasión del suceso traumáticamente eficaz. La elección de sensaciones olfativas para
símbolos mnémicos de traumas es, ciertamente, muy desusada, pero en este caso podía
explicarse por la circunstancia de que la afección nasal de la sujeto la Ilevaba a conceder
especial atención a todo lo relacionado con la nariz y sus percepciones. Sobre la vida
particular de la paciente sólo sabía que las niñas cuyo cuidado le estaba encomendado
habían perdido, hacía varios años, a su madre, después de breve y aguda enfermedad.
Así, pues, decidí tomar el olor a «harina quemada» como punto de partida del
análisis. Relataré la historia de este análisis tal y como hubiera debido desarrollarse en
circunstancias favorables. En realidad, aquello que debió resultar de una sola sesión nos
ocupó varias, dado que la paciente no podía acudir a mi casa más que a la hora de
consulta, durante la cual no podía dedicarle sino poco tiempo. De este modo, y no
pudiendo abandonar la sujeto todos los días sus obligaciones, para recorrer el largo
camino que la separaba de mi domicilio, resultó que uno solo de nuestros diálogos
analíticos sobre un extremo concreto necesitado de esclarecimiento, se extendía, a veces,
a través de más de una semana, quedando interrumpido en el punto al que había llegado
al final de una sesión, para ser reanudado en la siguiente.
Miss Lucy R. no caía en estado de sonambulismo al intentar con ella la hipnosis.
Así, pues, renuncié al sonambulismo y llevé a cabo todo el análisis hallándose la
paciente en un estado que, en general, se diferenciaba quizá muy poco del normal.
Llegado a este punto, creo deber explicarme más detalladamente que hasta aquí
sobre la técnica de mi procedimiento. Cuando, en 1889, visité las clínicas de Nancy, oí
decir al doctor Liébault, gran maestro en la hipnosis: «Si dispusiésemos del medio de
sumir en el estado de sonambulismo a todos los sujetos, la terapia hipnótica sería la más
poderosa de todas.» En la clínica de Bernheim parecía casi existir tal arte y ser posible
aprenderlo en su director. Pero en cuanto quise ejercerlo con mis propios enfermos,
observé que, por lo menos para mis fuerzas, existían en este campo estrechos límites, y
que cuando a las dos o tres tentativas de hipnotizar a un paciente no Ilegaba a
conseguirlo, podía ya renunciar en absoluto a utilizar con él dicho método terapéutico.
Asimismo, el tanto por ciento de sujetos hipnotizables permaneció en mi práctica
médica muy por bajo del nivel indicado por Bernheim.
De este modo se me planteó el dilema de prescindir del método catártico en la
mayoría de los casos en que podía encontrar aplicación, o atreverme a emplearlo fuera
del sonambulismo en los casos de influencia hipnótica muy ligera o incluso dudosa. El
grado de hipnosis al que correspondía -según una de las escalas existentes al efecto- el
estado de sonámbulo me era por completo indiferente, puesto que cada una de las armas
de la sugestibilidad es, de todos modos, independiente de las demás, y así, la
provocación de estados de catalepsia o de movimientos automáticos, etc., no supone una
mayor facilidad en la reanimación de recuerdos olvidados, tal y como yo la precisaba.
De este modo me habitué pronto a prescindir de las tentativas encaminadas a determinar
el grado de hipnosis, pues tales tentativas despertaban en toda una serie de casos la
resistencia del enfermo, disminuyendo aquélla su confianza en mí, que tan precisa me
era para mi labor psíquica, mucho más importante. Por otro lado, me fatigaba ya oír, en
los casos de hipnosis poco profunda, que a mi mandato «Va usted a dormir. Duerma
usted», contestaba el sujeto: «No me duermo, doctor», y tener entonces que entrar en un
distingo demasiado sutil, replicando: «No me refiero al sueño corriente, sino a la
hipnosis. Fíjese bien. Está usted hipnotizado. No puede usted abrir los ojos, etcétera.
Además, no necesito que duerma», etc. De todos modos, estoy convencido de que
muchos de mis colegas en la psicoterapia saben eludir con mayor habilidad que yo estas
dificultades, y podrán, por tanto, emplear otros procedimientos. Mas, por mi parte, opino
que si tenemos la seguridad de que el empleo de una palabra nos ha de poner en un
aprieto, haremos bien en eludir dicha palabra y sus consecuencias. Así, pues, en aquellos
casos en los que de la primera tentativa no resultaba el estado de sonambulismo o un
grado de hipnosis con modificaciones somáticas manifiestas, abandonaba aparentemente
el hipnotismo, exigía tan sólo la «concentración», y como medio para conseguirla,
ordenaba al paciente que se tendiese en un diván y cerrase los ojos. Con este
procedimiento creo haber conseguido alcanzar el más profundo grado de hipnosis
posible en tales casos.
Pero al renunciar al sonambulismo, renuncié quizá también a una condición
previa, sin la cual parecía inutilizable el procedimiento catártico, fundado en la
circunstancia de que en el estado de ampliación de la consciencia disponían los
enfermos de ciertos recuerdos y reconocían ciertas conexiones, inexistentes, al parecer,
en su estado normal de consciencia. Así, pues, faltando la ampliación de la memoria,
dependiente del estado de sonambulismo, tenía que faltar también la posibilidad de
establecer una determinación causal, que el enfermo no podía comunicar al médico por
serle desconocida, pues los recuerdos patógenos son precisamente «los que faltan en la
memoria del paciente en su estado psíquico habitual, o sólo se hallan contenidos en ella
muy sumariamente».
De esta nueva dificultad me salvó mi recuerdo de haber visto llevar a cabo al
mismo Bernheim la demostración de que las reminiscencias del sonambulismo sólo
aparentemente se hallaban olvidadas en el estado de vigilia, y podían ser despertadas en
éste mediante una ligera intervención del hipnotizador. Así, un día sugirió a una
sonámbula la alucinación negativa de que él, Bernheim, no se hallaba presente, y luego
trató de hacerse advertir por la sujeto, utilizando para ello toda clase de medios, incluso
la agresión, sin que le fuera posible conseguirlo. Acto seguido la despertó y le preguntó
qué era lo que le había hecho mientras ella le creía ausente, respondiendo la enferma,
con expresión de asombro, que no recordaba absolutamente nada. Pero Bernheim no se
satisfizo con esta declaración negativa; aseguró a la sujeto que iba a recordarlo todo en
seguida, y colocando una mano sobre su frente, como para ayudarla a concentrar sus
pensamientos, consiguió que relatase todo aquello que en el estado de sonambulismo
parecía no haber advertido ni saber en el de vigilia.
Así, pues, tomé por modelo este singular e instructivo experimento y decidí
adoptar como punto de partida la hipótesis de que mi paciente sabía todo lo que había
podido poseer una importancia patógena, tratándose tan sólo de obligarla a comunicarlo.
De este modo, cuando llegábamos a un punto en el que a mis preguntas: «¿Desde
cuándo padece usted este síntoma?», o «¿De dónde procede?», contestaba la sujeto: «No
lo sé», adopté el procedimiento de colocar una mano sobre la frente de la enferma, o
tomar su cabeza entre mis dos manos, y decirle: «La presión de mi mano despertará en
usted el recuerdo buscado. En el momento en que las aparte de su cabeza verá usted algo
o surgirá en usted una idea. Reténgalo usted bien, porque será lo que buscamos. Bien;
ahora dígame lo que ha visto o se le ha ocurrido.»
Las primeras veces que empleé este procedimiento (no fue con miss Lucy R.)
quedé yo mismo sorprendido de comprobar que me proporcionaba, realmente, lo
buscado; y debo hacer constar que desde entonces no me ha fallado casi nunca,
mostrándome siempre el camino que debía seguir mi investigación y haciéndome
posible llevar a término todo análisis de este género sin necesidad de recurrir al
sonambulismo. Poco a poco llegué a adquirir una tal seguridad, que cuando un paciente
me manifestaba no haber visto nada ni habérsele ocurrido cosa alguna, le afirmaba
rotundamente que no era posible. Seguramente habían tenido conocimiento de lo
buscado, pero lo habían rechazado, no reconociéndolo como tal. Repetiríamos el
procedimiento cuantas veces quisiesen y verían cómo siempre se les ocurriría la misma
cosa. Los hechos me dieron siempre la razón. Lo que sucedía en estos casos es que los
enfermos no habían aprendido aún a dejar en reposo su facultad crítica y habían
rechazado el recuerdo emergente a la ocurrencia, considerándolos inaprovechables y
creyendo se trataba de elementos extraños al tema tratado; pero en cuanto llegaban a
comunicarlos, revelaban ser lo que se buscaba. Algunas veces, cuando la comunicación
tenía efecto a la tercera o cuarta tentativa, manifestaba el sujeto que aquello se le había
ya ocurrido la primera vez, pero que no había querido decirlo.
Este procedimiento de ampliar la consciencia supuestamente restringida resultaba
harto penoso y, desde luego, mucho más que la investigación en el estado de
sonambulismo, pero me hacía independiente de dicho estado y me permitía penetrar un
tanto en los motivos de los que depende muchas veces el «olvido» de recuerdos. Puedo
afirmar que este «olvido» es, con frecuencia, voluntario, pero que nunca se consigue
sino aparentemente.
Más singular aún que este hecho me ha parecido el de que cifras y fechas
aparentemente olvidadas hace mucho tiempo pueden también ser despertadas de nuevo
por medio de un procedimiento análogo, demostrándose así una insospechada fidelidad
de la memoria.
La limitación del campo en el que ha de llevarse a cabo la elección tratándose de
cifras y fechas, nos permite apoyarnos en el conocido principio de la teoría de la afasia,
de que el conocimiento es, como función de la memoria, menos importante que el
recordar espontáneamente.
Así, pues, al paciente que no puede recordar en qué año, mes y día se desarrolló
determinado suceso, le vamos diciendo sucesivamente los años de que puede tratarse,
los nombres de los doce meses del año y las treinta y una cifras de los días del mes,
asegurándole que al llegar la cifra verdadera se abrirán sus ojos automáticamente o
sentirán que se trata de lo buscado. En la mayoría de los casos se deciden realmente los
pacientes por una fecha determinada, y con gran frecuencia se ha podido comprobar, por
notas tomadas en la época correspondiente, que la fecha de referencia había sido
acertadamente reconocida. Otras veces, y con otros enfermos, la conexión de los hechos
recordados demostró que la fecha hallada por el procedimiento descrito era,
indiscutiblemente, la buscada. El paciente recordaba, por ejemplo, que la tal fecha
correspondía al cumpleaños de su padre, y agregaba luego: «Claro, y precisamente
porque ese día era el cumpleaños de mi padre esperaba yo que sucediese tal y tal cosa (el
suceso sobre el que recaía en aquellos momentos el análisis).»
No puedo aquí sino rozar este tema. La conclusión que de todo esto deduje fue
que los sucesos importantes, desde el punto de vista patógeno, con todas sus
circunstancias accesorias, son fielmente conservados por la memoria, aun en aquellos
casos en los que parecen olvidados y carece el enfermo de la facultad de recordarlos.
Después de esta larga pero indispensable digresión, volvemos al historial de miss
Lucy R. Las tentativas de hipnotizarla no llegaban a provocar en ella el estado de
sonambulismo, sino un simple estado de influjo más o menos ligero, en el que
permanecía tranquilamente echada sobre un diván, con los ojos cerrados, expresión algo
rígida e inmovilidad casi completa. Preguntada si sabía en qué ocasión advirtió por vez
primera el olor a harina quemada, respondió: «IYa lo creo! Fue, aproximadamente, hace
dos meses, dos días antes de mi cumpleaños. Me hallaba con las dos niñas de las que soy
institutriz en su cuarto de estudio y jugábamos a hacer una comidita en un hornillo
preparado al efecto, cuando me entregaron una carta que el cartero acababa de traer. Por
el sello y la letra del sobre reconocí que la carta era de mi madre, residente en Glasgow,
y me dispuse a abrirla y leerla. Pero las niñas me la arrebataron, gritando que
seguramente era una felicitación por mi cumpleaños y que me la reservarían para ese
día. Mientras jugaban así, dando vueltas en derredor mío, se difundió por la habitación
un fuerte olor a harina quemada. Las niñas habían abandonado su cocinita, y una pasta
de harina, que estaba al fuego, había comenzado a achicharrarse. Desde entonces me
persigue este olor sin dejarme un solo instante y haciéndose más intenso cuando estoy
excitada.» «¿Ve usted ahora claramente ante sí esa escena que me acaba de contar?»
«Con toda claridad, tal y como se desarrolló.» «¿Y cómo explica usted que la
impresionase tanto?» «Me impresionó el cariño que las niñas me demostraban en aquella
ocasión.» «¿No se mostraban siempre así con usted?» «Sí; pero precisamente en aquel
momento en que recibía carta de mi madre…» «No comprendo por qué la carta de su
madre y el cariño de las niñas habían de formar un contraste, como parece usted indicar
con sus palabras.» «Es que tenía intención de volverme a Inglaterra con mi madre, y me
costaba trabajo abandonar a las niñas, a las que quiero mucho.» «¿Por qué pensaba usted
irse con su madre? ¿Es que vive sola y la había llamado a su lado? ¿O estaba enferma
por entonces y esperaba usted noticias suyas?» «No; está delicada, pero no precisamente
enferma, vive con otra señora.» «Entonces, ¿por qué pensaba usted dejar a las niñas?»
«Porque mi posición en la casa era un tanto difícil. El ama de llaves, la cocinera y la
institutriz francesa, suponiendo que yo trataba de salirme de mi puesto, tramaron en
contra mía una pequeña conjura, yendo a contar al abuelo de las niñas toda clase de
chismes en perjuicio mío, y cuando, por mi parte, acudí a él y al padre de mis educandas
en queja contra tales maquinaciones, no encontré en ellos el apoyo que esperaba. Viendo
esto, presenté mi dimisión al padre, el cual me rogó afectuosamente que reflexionara
sobre tal extremo un par de semanas y le comunicara entonces mi resolución definitiva.
En estas vacilaciones, pero casi decidida a abandonar la casa, me hallaba cuando sucedió
la escena relatada. Después he resuelto quedarme.» «Y aparte de su cariño a las niñas,
¿no había algo más que la retuviese a su lado?» «Sí; su madre era pariente lejana de la
mía, y en su lecho de muerte me hizo prometerle que velaría por sus hijas, no
separándome jamás de su lado y sustituyéndola cerca de ellas. Al despedirme de la casa
habría, pues, faltado a mi promesa.»
Con esto parecía quedar terminado el análisis de la sensación olfativa de carácter
subjetivo. Esta sensación había sido, pues, en un principio, objetiva, como yo había
supuesto, hallándose íntimamente enlazada con un suceso, una pequeña escena en la
cual habían entrado en conflicto afectos contrarios, el sentimiento de abandonar a las
niñas y los disgustos que a ello la impulsaban. La carta de su madre hubo de recordarle
los motivos de tal resolución, puesto que al dejar la casa pensaba irse con ella. El
conflicto de los afectos había elevado el momento a la categoría de trauma, y la
sensación olfativa con él enlazada había perdurado como símbolo de dicho trauma.
Quedaba aún por aclarar por qué razón había elegido la enferma para símbolo de trauma,
y entre todas las percepciones sensoriales, aquella escena, precisamente el olor de harina
quemada, inclinándome yo a explicar esta elección por la afección nasal de la sujeto. A
mis preguntas directas sobre este extremo contestó que precisamente por dicha época
padecía un fuerte catarro que la privaba casi por completo de toda sensación olfativa. En
su excitación durante la escena descrita percibió, sin embargo, el olor a harina quemada,
el cual venció su anosmia, orgánicamente motivada.
Con todo, no me di por satisfecho con la explicación así alcanzada. No obstante
ser harto plausible, echaba de menos en ella una razón admisible de que la serie de
excitaciones experimentadas por la sujeto y el conflicto de los afectos hubiesen
conducido precisamente a la histeria. Así, pues, me preguntaba por qué todo ello no se
había desarrollado dentro de los límites de la vida psíquica normal o, dicho de otro
modo, qué era lo que justificaba la conversión dada en este caso y cuál la razón de que,
en lugar de recordar constantemente la escena misma de referencia, prefiriese la paciente
rememorar, como símbolo de su recuerdo, la sensación de dicha escena enlazada. Estas
preguntas hubieran sido impertinentes y superfluas si se hubiese tratado de una histérica
antigua, en la que tal mecanismo de conversión fuese habitual; pero nuestra paciente no
había adquirido la histeria sino con ocasión de este trauma o, por lo menos, de este
pequeño historial patológico.
Ahora bien: por el análisis de casos análogos sabíamos ya que en los casos de
adquisición de la histeria es indispensable la existencia de una previa condición: la de
que una representación sea expulsada voluntariamente de la consciencia (reprimida) y
excluida de la elaboración asociativa.
En esta representación voluntaria veo también el fundamento de la conversión de
la magnitud de excitación, sea parcial o total dicha conversión. La magnitud de
excitación que no puede entrar en asociación psíquica encuentra, con tanto mayor
facilidad, el camino equivocado, que conduce a una inervación somática. El motivo de la
represión misma no podía ser sino una sensación displaciente, la incompatibilidad de
una idea destinada a la represión con el acervo de representaciones dominantes en el yo.
Pero la representación reprimida se venga haciéndose patógena.
Del hecho de que miss Lucy R. sucumbiese en el momento de referencia a la
conversión histérica deduje, pues, la conclusión de que entre las premisas del trauma
debía de existir una que la sujeto silenciaba o dejaba en la oscuridad voluntariamente,
esforzándose por olvidarla. Enlazando su cariño a las niñas con su susceptibilidad con
respecto a las demás personas de la casa, no cabía sino una sola interpretación, que tuve
el valor de comunicar a la enferma: «No creo -le dije- que todas esas razones que me ha
dado sean suficientes para justificar su cariño a las niñas. Sospecho más bien que está
usted enamorada del padre, quizá sin darse cuenta exacta de ello, y que alimenta usted la
esperanza de ocupar de hecho el puesto de la madre fallecida. De esto dependería
también el haberse usted vuelto de repente tan susceptible con respecto a las demás
personas de la casa, después de haber convivido pacíficamente con ellas varios años.
Teme usted que descubran sus esperanzas y se burlen de ellas.»
A estas palabras mías respondió la sujeto con su habitual concisión: «Sí; creo que
tiene usted razón.» «Y si sabía usted que amaba al padre de las niñas, ¿por qué no me lo
ha dicho hasta ahora?» «No lo sabía hasta ahora, o, mejor dicho, no quería saberlo;
quería quitármelo de la imaginación; no volver a pensar en ello, y creo que en estos
últimos tiempos había llegado a conseguirlo».
«¿Por qué no quería usted confesar su inclinación amorosa? ¿Es que se
avergonzaba usted de querer a un hombre?» «No; no soy tan ñoña como para eso, y sé
muy bien que no somos responsables de nuestros sentimientos. Si algo me resulta
penoso, era que se tratase de la persona que me tiene a su servicio, en cuya casa vivo y
con respecto a la cual no me siento con tan plena independencia como ante cualquier
otra. Y siendo yo una muchacha pobre y él un hombre rico y de familia distinguida, todo
el mundo se reiría de mí si sospechase algo.»
Sin ninguna resistencia, me relata después el nacimiento de aquella inclinación.
Durante el primer año de su estancia en la casa había vivido tranquilamente en ella
dedicada al cumplimiento de sus deberes y exenta de todo deseo irrealizable. Pero una
vez, el padre de sus educandas, hombre muy serio, constantemente ocupado en sus
funciones de director de fábrica y que siempre había observado una gran reserva, inició
con ella una conversación sobre las exigencias de la educación infantil, durante la cual
se mostró más abierto y cordial que de costumbre, diciéndole cuánto contaba con ella
para mitigar la orfandad de sus hijas mientras que en sus ojos se reflejaba un singular
enternecimiento…
En este momento comenzó a amarle y a acariciar la esperanza que tal
conversación había despertado en ella. Sólo al ver que aquel diálogo no tenía
consecuencia alguna y que, contra sus esperanzas, no llegaba otro momento de igual
carácter íntimo y cordial, decidió expulsar de su pensamiento sus amorosas
imaginaciones. En la actualidad coincide conmigo en la hipótesis de que la ternura que
observó en la mirada de su interlocutor durante la conversación mencionada era
provocada por el recuerdo de su esposa muerta. Asimismo se da perfecta cuenta de que
sus deseosamorosos son totalmente irrealizables.
Este mi diálogo analítico con la paciente no produjo en el estado de la misma la
inmediata modificación fundamental de su estado que yo esperaba. Miss Lucy continuó
quejándose de mal humor y depresión continuos. Sólo por las mañanas se sentía algo
tonificada por una cura hidroterápica que hube de prescribirle. El olor a harina quemada,
si bien no había desaparecido por completo, era ya más débil y menos frecuente,
presentándose únicamente cuando la enferma se excitaba.
La persistencia de este símbolo mnémico me hizo suponer que integraba no sólo
la representación de la escena principal relatada, sino la de otros pequeños traumas
secundarios, y, por tanto, me dediqué a investigar todo aquello que pudiera hallarse en
relación con la escena de la harina quemada, revisando los temas referentes a los
disgustos domésticos de la sujeto, la conducta del abuelo de las niñas, etc.; investigación
durante la cual fue haciéndose cada vez más rara la sensación olfativa de carácter
subjetivo. Por esta época sufrió el tratamiento una larga interrupción, motivada por un
recrudecimiento de la afección nasal de miss Lucy, siendo entonces cuando se descubrió
que padecía una carie del etmoides.
Al volver a mi consulta me contó que, con ocasión de las fiestas de Navidad,
había recibido numerosos regalos, y no sólo por parte del abuelo y el padre de las niñas,
sino también del personal doméstico de la casa, como si todos quisieran reconciliarse
con ella y borrar de su memoria los conflictos de los pasados meses. Pero esta pública
muestra de afecto no le había causado impresión ninguna.
Habiéndole preguntado por el olor a harina quemada, me comunicó que había
desaparecido por completo, pero sólo para ser sustituido por un olor a humo de tabaco,
olor que ya antes percibía; pero que, mientras existió el de harina quemada, estaba
dominado y casi oculto por él. Ahora surgía sin mezcla alguna y muy intenso.
No podía, pues, satisfacerme mucho el resultado de mi terapia. Tropezaba con
aquel inconveniente que siempre se atribuye a toda terapia puramente sintomática, o sea
el de no hacer desaparecer un síntoma sino para que otro ocupe su lugar. Sin embargo,
emprendí con empeño la labor analítica encaminada a conseguir la supresión de este
nuevo símbolo mnémico.
Pero esta vez no sabía la paciente de dónde podía provenir su sensación olfativa
de carácter subjetivo, ni en qué ocasión importante había sido antes objetiva. «Todos los
días fuman los señores en casa -me dijo-, y no puedo recordar ahora si en alguna ocasión
importante para mí reinaba verdaderamente este olor que ahora me persigue.» No
obstante, persistí en mi propósito e invité a la enferma a hacer un esfuerzo de memoria,
auxiliándola yo por medio de la presión de mis manos sobre su frente. Ya indiqué antes
que la sujeto pertenecía al tipo «visual», presentando así sus recuerdos una gran
plasticidad. Bajo la presión de mi mano surgió, efectivamente, en la sujeto una imagen
mnémica, vacilante y fragmentaria al principio. Tratábase del comedor de su casa, en el
que esperaba, con las niñas, que los señores vinieran a almorzar. «Ahora estamos
sentados todos en derredor de la mesa: los señores,la institutriz francesa, la gouvernante,
las niñas y yo. Pero esto pasa todos los días.» «Siga usted mirando la imagen y la verá
usted desarrollarse y detallarse.» «Es cierto; hay, además, un convidado: el jefe de
contabilidad, un señor ya viejo, que quiere a las niñas como si fueran de su familia. Pero
este señor viene muchas veces a almorzar y su presencia no significa ahora, por tanto,
nada especial.» «Tenga usted paciencia y siga considerando lo que ve. Seguramente
encontrará algo.» «No pasa nada. Nos levantamos de la mesa, las niñas se despiden y
suben luego conmigo al segundo piso, como todos los días.» «¿Y nada más?» «Espere
usted. Realmente pasa algo particular. Ahora veo bien la escena. Al despedirse las niñas,
el jefe de contabilidad quiere besarlas. Pero el padre le grita con violencia: `¡No bese
usted a las niñas!' Tan inesperada salida de tono me impresionó profundamente, y como
los señores estaban fumando, se me quedó fijado el olor a humo de tabaco que en la
habitación reinaba.»
Esta había sido, pues, la segunda escena más profundamente situada, que había
actuado en calidad de trauma y dejado tras de sí un símbolo mnémico. Mas ¿de dónde
procedía la eficacia traumática de esta escena? Para dilucidar esta cuestión pregunté a la
paciente: «¿Cuál de las dos escenas se desarrolló antes: la que me acaba de relatar o
aquella otra del olor a harina quemada?» «La que ahora le he contado precedió a la otra
cerca de dos meses.» «Pero si las violentas palabras del padre no se dirigían a usted,
¿por qué la impresionaron tanto?» «De todos modos, no estaba bien que tratase así a un
anciano, que además era un buen amigo y un invitado. Todo esto se puede decir
cortésmente.» «Así, pues, le hirió a usted la grosera forma en que procedió el padre de
sus educandas y se avergonzó usted por él, o pensó, quizá, que si por una tal minucia
atropellaba de tal modo a un antiguo amigo e invitado, ¿qué no haría con ella si fuese su
mujer?» «No; eso no.» «Pero, de todos modos, ¿lo que la impresionó a usted fue la
violencia del padre?» «Sí; siempre le molestaba que besasen a sus hijas.» Llegados a
este punto, surge en la paciente, bajo la presión de mi mano, el recuerdo de una escena
más anterior aún, que constituyó el trauma verdaderamente eficaz y prestó a la
desarrollada con el jefe de contabilidad su eficacia traumática.
EPICRISIS
EL caso patológico que precede no carece de interés, a pesar de tratarse de una
historia leve, con muy pocos síntomas. Por el contrario, me parece muy instructivo que
también una neurosis tan simple necesite tantas premisas psíquicas, y un examen más
detenido de su historial clínico me inclina incluso a considerarlo como modelo de un
tipo de la histeria; esto es, de aquella forma de histeria que una persona sin tara
hereditaria alguna de este género puede adquirir por la acción de sucesos apropiados
para ello. Entiéndase bien que no hablo de una histeria independiente de toda
disposición, pues lo más probable es que no exista tal histeria; pero de este género de
disposición sólo hablamos cuando el sujeto muestra ya hallarse histérico, sin que antes
se haya revelado en él indicio ninguno de disposición. La disposición neurópata, tal y
como generalmente se entiende, es algo distinto y aparece determinada antes de la
explosión de la enfermedad por la medida de las taras hereditarias del sujeto o por la
suma de sus anormalidades psíquicas individuales. Deninguno de estos dos factores
presentaba miss Luccy R. el menor indicio, y de este modo podemos considerar su
histeria como adquirida sin que esto suponga más que la capacidad -probablemente muy
extendida- de adquirir la histeria, capacidad cuyas características ignoramos aún casi por
completo. En tales casos, lo esencial es la naturaleza del trauma y, desde luego, también
la reacción del sujeto contra el mismo. Condición indispensable para la adquisición de la
histeria es que entre el yo y una representación a él afluyente surja una relación de
incompatibilidad. En otro lugar espero demostrar cuán diversas perturbaciones
neuróticas surgen de los distintos medios que el yo pone en práctica para librarse de tal
incompatibilidad. La forma histérica de defensa -para la cual es necesaria una especial
capacidad- consiste en la conversión de la excitación en una inervación somática,
consiguiéndose así que la representación insoportable quede expulsada de la consciencia
del yo, la cual acoge, en su lugar, la reminiscencia somática nacida por conversión -en
nuestro caso, las sensaciones olfativas de carácter subjetivo- y padece bajo el dominio
del afecto, enlazado con mayor o menor claridad a tales reminiscencias. La situación así
creada no puede experimentar ya modificación alguna, dado que la contradicción que
hubiera exigido la derivación del afecto ha sido suprimida por medio de la represión y la
conversión. De este modo, el mecanismo que crea la