La etiología de la histeria

LA ETIOLOGÍA DE LA HISTERIA (*)
1896
I
CUANDO queremos formarnos una idea de la causación de un estado patológico
como la histeria, emprendemos primero una investigación anamnésica, preguntando al
enfermo a sus familiares a qué influencias patógenas atribuyen la emergencia de los
síntomas neuróticos. Lo que así averiguamos surge, naturalmente, falseado por todos
aquellos factores que suelen encubrir a un enfermo el conocimiento de su estado, o sea,
por su falta de comprensión científica de las influencias etiológicas, por falsa conclusión
de post hoc ergo propter hoc, y por el displacer de recordar determinados traumas y
sucesos sexuales o de comunicarlos. Observamos, por tanto, en esta investigación
anamnésica la conducta de no aceptar las opiniones del enfermo sin antes someterlas a
un penetrante examen crítico, no consintiendo que los pacientes desvíen nuestra opinión
científica sobre la etiología de la neurosis. Reconocemos, desde luego, la verdad de
ciertos datos que retornan constantemente en las manifestaciones de los enfermos, tales
como el de que su estado histérico es una prolongada consecuencia de una emoción
pretérita; pero, por otro lado, hemos introducido en la etiología de la histeria un factor
que el enfermo no menciona nunca y sólo a disgusto acepta: la disposición hereditaria.
La escuela de Charcot, tan influyente en estas cuestiones, ve en la herencia la única
causa verdadera de la histeria, y considera como meras causas ocasionales o «agentes
provocadores» todos los demás factores dañosos, de tan diversa naturaleza e intensidad.
No se me negará que sería harto deseable la existencia de un segundo medio de
llegar a la etiología de la histeria con mayor independencia de los datos del enfermo.
Así, el dermatólogo puede reconocer la naturaleza luética de una lesión por sus
características visibles y sin que le haga vacilar la oposición del paciente, que niega la
existencia de una fuente de infección. Igualmente, el médico forense posee medios de
precisar la cuasación de una herida sin tener que recurrir a la declaración del lesionado.
Pues bien: en la histeria existe asimismo tal posibilidad de llegar al conocimiento de las
causas etiológicas partiendo de los síntomas. Para esclarecer lo que este nuevo método
es con respecto a la investigación anemnésica habitual, nos serviremos de una
comparación basada en un progreso real alcanzado en un distinto sector científico.
Supongamos que un explorador llega a una comarca poco conocida, en la que
despiertan su interés una ruinas consistentes en restos de muros y fragmentos de
columnas y de lápidas con inscripciones borrosas e ilegibles. Puede contentarse con
examinar la parte visible, interrogar a los habitantes, quizá semisalvajes, de las cercanías
sobre las tradiciones referentes a la historia y la significación de aquellos restos
monumentales, tomar nota de sus respuestas… y proseguir su viaje. Pero también puede
hacer otra cosa: puede haber traído consigo útiles de trabajo, decidir a los indígenas a
auxiliarle en su labor investigadora, atacar con ellos el campo en ruinas, practicar
excavaciones y descubrir, partiendo de los restos visibles, la parte sepultada. Si el éxito
corona sus esfuerzos, los descubrimientos se explicarán por sí mismos; los restos de
muros se demostrarán pertenecientes al recinto de un palacio; por los fragmentos de
columnas podrá reconstituirse un templo y las numerosas inscripciones halladas,
bilingües en el caso más afortunado, descubrirán un alfabeto y un idioma,
proporcionando su traducción insospechados datos sobre los sucesos pretéritos, en
conmemoración de los cuales fueron erigidos tales monumentos. Saxa loquuntur.
Si queremos que los síntomas de un histeria nos revelen de un modo
aproximadamente análogo la génesis de la enfermedad, habremos de tomar como punto
de partida el importante descubrimiento de Breuer de que los síntomas de la histeria (con
excepción de los estigmas) derivan su determinación de ciertos sucesos de efecto
traumático vividos por el enfermo y reproducidos como símbolos mnémicos en la vida
anímica del mismo. Ha de emplearse su método -u otro de naturaleza análoga- para
dirigir retroactivamente la atención del sujeto desde el síntoma a la escena en la cual y
por la cual surgió, y una vez establecida una relación entre ambos elementos, se
consigue hacer desaparecer el síntoma, llevando a cabo en la reproducción de la escena
traumática una rectificación póstuma del proceso psíquico en ella desarrollado.
No me propongo exponer aquí la complicada técnica de este método terapéutico
ni los esclarecimientos psicológicos que su aplicación nos procura. Había de enlazar al
descubrimiento de Breuer mi punto de partida, porque los análisis de este investigador
parecen facilitarnos simultáneamente el acceso a las causas de la histeria. Sometiendo a
este análisis series enteras de síntomas en numerosos sujetos, llegamos al conocimiento
de una serie correlativa de escenas traumáticas en las cuales han entrado en acción las
causas de la histeria. Habremos, pues, de esperar que el estudio de las escenas
traumáticas nos descubra cuáles son las influencias que generan síntomas histéricos y en
qué forma.
Esta esperanza ha de cumplirse necesariamente, puesto que los principios de
Breuer se han demostrado exactos en un gran número de casos. Pero el camino que va
desde los síntomas de la histeria a su etiología es más largo y menos directo de lo que
podíamos figurarnos.
Ha de saberse, en efecto, que la referencia de un _íntoma histérico a una escena
traumática sólo trae consigo un progreso de nuestra comprensión etiológica cuando tal
escena cumple dos condiciones esenciales. Ha de poseer adecuación determinante y
fuerza traumática suficientes. Un ejemplo nos aclarará mejor que toda explicación estos
conceptos. En un caso de vómitos histéricos creemos haber descubierto la cuasación del
síntoma (excepto para un cierto residuo) cuando el análisis lo refiere a un suceso que
hubo de provocar justificadamente en el paciente una intensa repugnancia; por ejemplo,
en un accidente ferroviario, habremos de preguntarnos, insatisfechos, cómo un
sobresalto puede producir precisamente vómitos. Falta aquí toda adecuación
determinante. Otro caso de explicación insatisfactoria será, por ejemplo, la referencia de
los vómitos al hecho de haber mordido el sujeto una fruta podrida. Los vómitos aparecen
entonces determinados desde luego, por la repugnancia, pero no comprendemos que ésta
haya podido ser tan poderosa como para eternizarse en un síntoma histérico. Falta en
este caso la fuerza traumática.
Veamos ahora en qué proporción cumplen las escenas traumáticas descubiertas
por el análisis de numerosos síntomas y casos histéricos las dos condiciones señaladas.
Nos espera aquí un primer desengaño. Sucede, desde luego, algunas veces que la escena
traumática en la que por vez primera surgió el síntoma posee, efectivamente, las dos
cualidades de que precisamos para la comprensión del mismo: adecuación determinante
y fuerza traumática. Pero lo más frecuente es tropezar con alguna de la tres posibilidades
restantes, tan desfavorables para la comprensión del síntoma. La escena a la cual nos
conduce el análisis, y en la que el síntoma apareció por primera ves, se nos muestra
inadecuada para la determinación del síntoma, no ofreciendo su contenido relación
alguna con la naturaleza del mismo. O bien el suceso, supuestamente traumático, ofrece
dicha relación con el síntoma, pero se nos presenta como una impresión normalmente
inofensiva y generalmente incapaz de tal efecto. O, por último, se trata de una «escena
traumática» tan inocente como ajena al carácter del síntoma histérico analizado.
(Hacemos observar, accesoriamente, que la teoría de Breuer sobre la génesis de
los síntomas histéricos no queda rebatida por el hallazgo de escenas traumáticas de
contenido nimio. Supone Breuer, en efecto, siguiendo aquí a Charcot, que también un
suceso insignificante puede constituir un trauma y desplegar fuerza determinante
suficiente cuando el sujeto se encuentra en un estado psíquico especial, el llamado
estado hipnoide. Por mi parte, opino que en muchas ocasiones carecemos de todo punto
de apoyo para suponer la existencia de tal estado. Además, la teoría de los estados
hipnoides no nos presta auxilio ninguno para resolver la dificultades que plantea la
frecuencia con que las escenas traumáticas carecen de adecuación determinante).
Añádase ahora que a este primer desengaño que nos proporciona la práctica del
método de Breuer viene a agregarse en seguida otro, especialmente doloroso para el
médico. Cuando el análisis de un síntoma lo refiere a una escena traumática, carente de
las condiciones antes señaladas, el efecto terapéutico es nulo. Fácilmente se
comprenderá cuán grande se hace entonces para el médico la tentación de renunciar a
proseguir una labor penosa.
Pero quizá una nueva idea pueda sacarnos de este atolladero y aportarnos valiosos
resultados. Héla aquí: sabemos por Breuer que existe la posibilidad de resolver los
síntomas histéricos cuando nos es dado hallar, partiendo de ellos, el camino que conduce
al recuerdo de un suceso traumático. Ahora bien: si el recuerdo descubierto no responde
a nuestras esperanza, deberemos, quizá, continuar avanzando por el mismo camino, pues
quién sabe si detrás de la primera escena traumática no se esconderá el recuerdo de otra
que satisfaga mejor nuestras aspiraciones, y cuya reproducción aporte un mayor efecto
terapéutico, no habiendo sido la primeramente hallada sino un anillo de la concatenación
asociativa. Y es también posible que esta interpolación de escenas innocuas, como
transiciones necesarias, se repita varias veces en la reproducción, hasta que consigamos
llegar, por fin, desde el síntoma histérico a la auténtica escena traumática, satisfactoria
ya por todos conceptos, y tanto desde el punto de vista terapéutico como desde el
analítico. Pues bien: estas hipótesis quedan totalmente confirmadas. Cuando la primera
escena descubierta es insatisfactoria decimos al enfermo que tal suceso no explica nada,
pero que detrás de él tiene que esconderse otro anterior más importante, y siguiendo la
misma técnica le hacemos concentrar su atención sobre la cadena de asociaciones que
enlaza ambos recuerdos: el hallado y el buscado. La continuación del análisis conduce
siempre a la reproducción de nuevas escenas, que muestran ya los caracteres esperados.
Así, tomando de nuevo como ejemplo el caso antes elegido de vómitos histéricos, que el
análisis refirió primero al sobresalto sufrido por el enfermo en un accidente ferroviario,
suceso desprovisto de toda adecuación determinante, y continuando la investigación
analítica, descubriremos que dicho accidente despertó en el sujeto el recuerdo de otro
anterior, del que fue mero espectador, pero en el que la vista de los cadáveres
destrozados de las víctimas le inspiró horror y repugnancia. Resulta aquí como si la
acción conjunta de ambas escenas hiciera posible el cumplimiento de nuestros
postulados, aportando la primera, con el sobresalto, la fuerza traumática, y la segunda,
por su contenido, el efecto determinante. El otro caso antes citado, en el que los vómitos
fueron referidos por el análisis al hecho de haber mordido el sujeto una manzana
podrida, quedará quizá completado por la ulterior labor analítica en el sentido de que la
fruta podrida recordó al enfermo una ocasión en la que se hallaba recogiendo las
manzanas caídas del árbol y tropezó con una carroña pestilente.
No he de volver ya más sobre estos ejemplos, pues he de confesar que no
corresponden a mi experiencia real, sino que han sido inventados por mi, y
probablemente mal inventados, pues yo mismo tengo por imposibles las soluciones de
síntomas histéricos en ellos expuestas. Pero me veo obligado a fingir ejemplos por varias
causas, una de las cuales puedo exponerla inmediatamente.
Los ejemplos verdaderos son todos muchísimo más complicados, y la exposición
detallada de uno solo agotaría todo el espacio disponible. La cadena de asociaciones
posee siempre más de dos elementos, y las escenas traumáticas no forman series
simples, como las perlas de un collar, sino conjuntos ramificados, de estructura arbórea,
pues en cada nuevo suceso actúan como recuerdos dos o más anteriores. En resumen:
comunicar la solución de un único síntoma equivale a exponer un historial clínico
completo.
En cambio, queremos hacer resaltar un principio que la labor analítica nos ha
descubierto inesperadamente. Hemos comprobado que ningún síntoma histérico puede
surgir de un solo suceso real, pues siempre coadyuva a la causación del síntoma el
recuerdo de sucesos anteriores, asociativamente despertado. Si este principio se
confirma, como yo creo, en todo caso y sin excepción alguna, tendremos en él la base de
una teoría psicológica de la histeria.
Pudiera creerse que aquellos raros casos en los que el análisis refiere en seguida el
síntoma a un a escena traumática de adecuación determinante y fuerza traumática
suficientes, y con tal referencia lo suprime, como se nos relata en el historial clínico de
Anna O., expuesto por Breuer, contradicen la validez general del principio antes
desarrollado. Así parece, en efecto; mas por mi parte tengo poderosas razones para
suponer que también en estos casos actúa una concatenación de recuerdos que va mucho
más allá de la primera escena traumática, aunque la reproducción de esta última pueda
producir por sí sola la supresión del síntoma.
A mi juicio, es algo muy sorprendente que sólo mediante la colaboración de
recuerdos puedan surgir síntomas histéricos, sobre todo cuando se reflexiona que, según
las manifestaciones de los enfermos, en el momento en que el síntoma hizo su primera
aparición no tenían la menor consciencia de tales recuerdos. Hay aquí materia para
muchas reflexiones, pero estos problemas no han de inducirnos por ahora a desviar
nuestro punto de mira, orientado hacia la etiología de la histeria. Lo que habremos de
preguntarnos será, más bien, adónde llegaremos siguiendo las concatenaciones de
recuerdos asociados que el análisis nos descubre, hasta dónde alcanzan tales
concatenaciones y si tienen en algún punto su fin natural, y habrán, quizá, de
conducirnos a sucesos de cierta uniformidad, bien por su contenido, bien por su fecha en
la vida del sujeto, de suerte que podamos ver en estos factores siempre uniformes la
buscada etiología de la histeria.
Mi experiencia clínica me permite contestar ya a estas interrogaciones. Cuando
partimos de un caso que ofrece varios síntomas, llegamos por medio del análisis, desde
cada uno de ellos, a una serie de sucesos cuyos recuerdos se hallan asociativamente
enlazados. Las diversas concatenaciones asociativas siguen, al principio, cursos
retrógrados independientes; pero, como ya antes indicamos, presentan múltiples
ramificaciones. Partiendo de una escena, concatenaciones simultáneamente dos o tres
recuerdos, de los cuales surgen, a su vez, concatenaciones laterales, cuyos distintos
elementos pueden también hallarse enlazados asociativamente con elementos de la
cadena principal. Fórmase, de este modo, un esquema comparable al árbol genealógico
de una familia cuyos miembros hubiesen contraído también enlaces entre sí.
Otras distintas complicaciones de la concatenación resultan de que una sola
escena puede ser despertada varias veces en la misma cadena, presentando así múltiples
relaciones con otra escena posterior y mostrando con ella un enlace directo y otro por
elementos intermedios. En resumen: la conexión no es, en modo alguno simple, y el
descubrimiento de las escenas en una sucesión cronológica inversa (circunstancia que
justifica nuestra comparación con la excavación de un campo de ruinas) no coadyuva
ciertamente a la rápida impresión del proceso.
La continuación del análisis nos aporta nuevas complicaciones. Las cadenas
asociativas de los distintos síntomas comienzan a enlazarse entre sí. En determinado
suceso de la cadena de recuerdos correspondiente, por ejemplo, a los vómitos, es
despertado, a más de los elementos regresivos de estas escenas, un recuerdo
perteneciente a otra distinta, que fundamenta otro síntoma diferente; por ejemplo, el
dolor de cabeza. Tal suceso pertenece, así, a ambas series y constituye, por tanto, uno de
los varios nudos existentes en todo análisis. Esta circunstancia tiene su correlación
clínica en el hecho de que a partir de cierto momento surgen juntos los dos síntomas, en
simbiosis, pero sin dependencia interior entre sí. Todavía más hacia atrás hallamos
nudos de naturaleza diferente. Convergen en ellos las distintas cadenas asociativas y
hallamos escenas de las cuales han partido dos o más síntomas. A uno de los detalles de
la escena se ha enlazado la primera cadena, a otro la segunda, y así sucesivamente.
El resultado principal de esta consecuente prosecución del análisis consiste en
descubrirnos que en todo caso, y cualquiera que sea el síntoma que tenemos como punto
de partida, llegamos idefectiblemente al terreno de la vida sexual. Quedaría así
descubierta una de las condiciones etiológicas de los síntomas histéricos. La experiencia
hasta hoy adquirida me hace prever que precisamente esta afirmación, o por lo menos su
validez general, ha de despertar vivas contradicciones. O, mejor dicho, la tendencia a la
contradicción, pues nadie puede aún apoyar su oposición en investigaciones llevadas a
cabo por igual procedimiento y que hayan proporcionado resultados distintos. Por mi
parte, sólo he de observar que la acentuación del factor sexual en la etiología de la
histeria no corresponde, desde luego, en mí, a una opinión preconcebida. Los dos
investigadores que me iniciaron en el estudio de la histeria, Charcot y Breuer, se
hallaban muy lejos de tal hipótesis e incluso sentían hacia ella cierta repulsión personal,
de la que yo participé en un principio. Sólo laboriosas investigaciones, llevadas a cabo
con la más extremada minuciosidad, han podido convertirme -y muy lentamente, por
cierto- a la opinión que hoy sustento. Mi afirmación de que la etiología de la histeria ha
de buscarse en la vida sexual se basa en la comprobación de tal hecho den dieciocho
casos de histeria y con respecto a cada uno de los síntomas; comprobación robustecida,
allí donde las circunstancias lo han permitido, por el éxito terapéutico alcanzado. Se me
puede objetar, desde luego, que los análisis diecinueve y veinte demostrarán, quizá, la
existencia de fuentes distintas para los síntomas histéricos, limitando a un 80 por 100 la
amplitud de la etiología sexual. Ya lo veremos. Mas, por lo pronto, como los dieciocho
casos citados son también todos los que hasta ahora he podido someter al análisis, y
como nadie hubo de molestarse en elegirlos para favorecerme, no extrañará que no
comparta aquella esperanza y esté, en cambio, dispuesto a ir más allá de la fuerza
probatoria de mi actual experiencia. A ello me mueve, además, otro motivo de carácter
meramente subjetivo hasta ahora. Al tratar de sintetizar mis observaciones en una
tentativa de explicación de los mecanismos fisiológico y psicológico de la histeria se me
ha impuesto la intervención de fuerzas sexuales motivacionales como una hipótesis
indispensables.
Así, pues, una vez alcanzada la convergencia de las cadenas mnémicas llegamos
al terreno sexual y a algunos pocos sucesos acaecidos, casi siempre, en un mismo
período de la vida; esto es, en la pubertad. De estos sucesos hemos de extraer la etiología
de la histeria y la comprensión de la génesis de los síntomas histéricos. Mas aquí nos
espera un nuevo y más grave desengaño. Tales sucesos traumáticos aparentemente
últimos, con tanto trabajo descubiertos y extraídos de la totalidad del material mnémico,
son, desde luego, de carácter sexual y acaecieron en la pubertad del sujeto; pero fuera de
estos caracteres comunes, presentan gran disparidad y valores muy diferentes. En
algunos casos se trata, efectivamente, de sucesos que hemos de reconocer como intensos
traumas; una tentativa de violación, que revela, de un golpe, a una muchacha aún
inmadura toda la brutalidad del placer sexual; sorprender involuntariamente actos
sexuales realizados por los padres, que descubren al sujeto algo insospechado y hiere sus
sentimientos filiales y morales, etc. Otras veces se trata, en cambio, de sucesos nimios.
Una de mis pacientes mostraba como base de su neurosis el hecho de que un
muchachito, amigo suyo, le había acariciado una vez tiernamente la mano y había
apretado en otra, una de sus piernas contra las suyas, hallándose sentado junto a ella,
mientras se revelaba en su expresión que estaba haciendo algo prohibido. En otra joven
señora, la audición de una pregunta de doble sentido, que dejaba sospechar una
contestación obscena, había bastado para provocar un primer ataque de angustia e iniciar
con él la enfermedad. Tales resultados no son ciertamente favorables a una comprensión
de la causación de los síntomas histéricos. Si lo que descubrimos como últimos traumas
de la histeria son tanto sucesos graves como insignificantes y tanto sensaciones de
contacto como impresiones visuales o auditivas, no s inclinaremos, quizá, a suponer que
los histéricos son -por disposición hereditaria o por degeneración- seres especiales en los
que el horror a la sexualidad, que en la pubertad desempeña normalmente cierto papel,
aparece intensificado hasta lo patológico y subsiste duramente, o sea, en cierto modo
personas que no pueden satisfacer psíquicamente las exigencias de la sexualidad. Pero
esta interpretación deja inexplicable la histeria masculina, y aunque no pudiésemos
oponerle una objeción tan grave, no habría de ser muy grande la tentación de
satisfacernos con ella, pues de una franca impresión de incomprensividad, oscuridad e
insuficiencia.
Por fortuna para nuestro esclarecimiento, algunos de los sucesos sexuales de la
pubertad muestran una nueva insuficiencia que nos impulsa a seguir la labor analítica.
Resulta, en efecto, que también tales sucesos carecen de adecuación determinante,
aunque con mucha menor frecuencia que las escenas traumáticas de épocas posteriores.
Así, las dos pacientes citadas antes como casos de sucesos de pubertad realmente nimios
comenzaron a padecer, consiguientemente a tales, singulares sensaciones dolorosas en
los genitales, que se constituyeron en síntoma principal de la neurosis, y cuya
determinación no pudo derivarse de las escenas de la pubertad ni de otras posteriores,
pero que no admitían ser incluidas entre las sensaciones orgánicas normales ni entre los
signos de excitación sexual. Habíamos, pues, de decidirnos a buscar la determinación de
estos síntomas en otras escenas anteriores, siguiendo de nuevo aquella idea salvadora
que antes nos había conducido desde las primeras escenas traumáticas a las
concatenaciones asociativas existentes detrás de ellas.
Ahora bien: obrando así, se llegaba a la primera infancia; esto es, a una edad
anterior al desarrollo de la vida sexual, circunstancia a la cual parecía enlazarse una
renuncia a la etiología sexual. Pero ¿no hay, acaso, derecho a suponer que tampoco a la
infancia le faltan leves excitaciones sexuales y que quizá el ulterior desarrollo sexual es
influido de un modo decisivo por sucesos infantiles? Aquellos daños que recaen sobre
un órgano aún imperfecto y una función en vías de desarrollo suelen causar efectos más
graves y duraderos que los sobrevenidos en edad más madura. Y quizá aquellas
reacciones anormales a impresiones de orden sexual con las que nos sorprenden los
histéricos en su pubertad tenga, en general, como base tales sucesos sexuales de la
infancia, que habrían de ser, entonces, de naturaleza uniforme e importante. Llegaríamos
así a la posibilidad de explicar como tempranamente adquirido aquello que hasta ahora
achacamos a una predisposición, inexplicable, sin embargo, por la herencia. Y dado que
los sucesos infantiles de contenido sexual sólo por medio de sus huellas mnémicas
pueden manifestar una acción psíquica, tendríamos aquí un complemento de aquel
resultado del análisis, según el cual sólo mediante la cooperación de los recuerdos
pueden surgir síntomas histéricos.
II
NO es difícil adivinar que si he expuesto tan detalladamente el proceso mental que
antecede es por ser el que después de tantas dilaciones ha de llevarnos, por fin, a la meta.
Llegamos, en efecto, al término de nuestra penosa labor analítica y hallamos ya
cumplidas todas las aspiraciones y esperanzas mantenidas en nuestro largo camino. Al
penetrar con el análisis hasta la más temprana infancia, estos es, hasta el límite de la
capacidad mnémica del hombre, damos ocasión al enfermo en todos los casos para la
reproducción de sucesos que por sus peculiaridades y por sus relaciones con los
síntomas patológicos ulteriores han de ser considerados como la buscada etiología de la
neurosis. Estos sucesos infantiles son, nuevamente, de contenido sexual, pero de
naturaleza mucho más uniforme que las escenas de la pubertad últimamente halladas.
No se trata ya en ellos de la evocación del tema sexual por una impresión sensorial
cualquiera, sino de experiencias sexuales en el propio cuerpo de relaciones sexuales (en
un amplio sentido). Se me confesará que la importancia de tales escenas no precisa de
más amplia fundamentación. Nos limitaremos a añadir que sus detalles nos revelan
siempre aquellos factores determinantes que en las otras, posteriormente acaecidas y
reproducidas con anterioridad, habíamos echado aún de menos.
Sentamos, pues, la afirmación de que en el fondo de todo caso de histeria se
ocultan -pudiendo ser reproducidos por el análisis, no obstante el tiempo transcurrido,
que supone, a veces, decenios enteros- uno o varios sucesos de precoz experiencia
sexual, pertenecientes a la más temprana infancia. Tengo este resultado por un
importante hallazgo: por el descubrimiento de una caput Nili de la Neuropatología; pero
al emprender su discusión vacilo entre iniciarla con la exposición del material de hechos
reunido en mis análisis o con el examen de la multitud de objeciones y de dudas que,
estoy seguro, comenzarán a posesionarse de vuestra atención. Escogeré eso último, con
lo cual podremos, quizá, examinar luego más tranquilamente los hechos.
a) Aquellos que se muestran hostiles a una concepción psicológica de la histeria y
no quisieran renunciar a la esperanza de ver referidos un día los síntomas de esta
enfermedad a «sutiles modificaciones anatómicas», habiendo rechazado la hipótesis de
que las bases materiales de las modificaciones histéricas han de ser de igual naturaleza
que las de nuestros procesos anímicos normales; éstos, repetimos, no podrán abrigar,
naturalmente, confianza alguna en los resultados de nuestros análisis. La diferencia
fundamental entre sus premisas y las nuestras nos desliga de la obligación de
convencerlos en una cuestión aislada.
Pero también otros, menos enemigos de las teorías psicológicas de la histeria, se
inclinarán a preguntar, ante nuestros resultados analíticos, qué seguridades ofrece el
empleo del psicoanálisis y si no es muy posible que tales escenas, expuestas por el
paciente como recuerdos, no sean sino sugestiones del médico o puras invenciones y
fantasías del enfermo. A esta objeción habré de replicar que los reparos de orden
general, opuestos a la seguridad del método psicoanalítico, podrán ser examinados y
desvanecidos una vez que realicemos una exposición completa de su técnica y de sus
resultados. En cambio, los relativos a la autenticidad de las escenas sexuales infantiles
pueden ya ser rebatidos hoy con más de un argumento. En primer lugar, la conducta de
los enfermos mientras reproducen estos sucesos infantiles resulta inconciliable con la
suposición de que dichas escenas no sean una realidad penosamente sentida y sólo muy
a disgusto recordada. Antes del empleo del análisis no saben los pacientes nada de tales
escenas y suelen rebelarse cuando se les anuncia su emergencia. Sólo la intensa coerción
del tratamiento llega a moverlos a su reproducción; mientras atraen a su consciencia
tales sucesos infantiles, sufren bajo las más violentas sensaciones, avergonzándose de
ellas y tratando de ocultarlas, y aun después de haberlos vivido de nuevo, de modo tan
convincente, intentan negarles crédito, haciendo constar que en su reproducción no han
experimentado, como en la de otros elementos olvidados, la sensación de recordar.
Este último detalle me parece decisivo, pues no es aceptable que los enfermos
aseguren tan resueltamente su incredulidad si por un motivo cualquiera hubiesen
inventado ellos mismos aquello a lo que así quieren despojar de todo valor.
La sospecha de que el médico impone al enfermo tales reminiscencias,
sugiriéndole su representación y su relato, es más difícil de rebatir, pero me parece
igualmente insostenible. No he conseguido jamás imponer a un enfermo una escena por
mí esperada, de manera que pareciese revivirla con todas sus sensaciones
correspondientes. Quizá a otros les sea posible.
Existe, en cambio, toda una serie de garantías de la realidad en las escenas
sexuales infantiles. En primer lugar, su uniformidad en ciertos detalles, consecuencia
necesaria de las premisas uniformemente repetidas de estos sucesos, si no hemos de
atribuirla a un previo acuerdo secreto entre los distintos enfermos, y, además, el hecho
de describir a veces los pacientes, como cosa inocente, sucesos cuya significación se ve
que no comprenden, pues si no, quedarían espantados, o tocar, sin concederles valor,
detalles que sólo un hombre experimentado conoce y sabe estimar como sutiles rasgos
característicos de la realidad.
Tales circunstancias robustecen, desde luego, la impresión de que los enfermos
han tenido que vivir realmente aquellas escenas infantiles que reproducen bajo la
coerción del análisis. Pero la prueba más poderosa de la realidad de dichos sucesos nos
es ofrecida por su relación con el contenido total del historial del enfermo. Del mismo
modo que en los rompecabezas de los niños se obtiene, después de algunas tentativas la
absoluta seguridad de qué trozo corresponde a determinado hueco, pues sólo él completa
la imagen y puede simultáneamente adaptar sus entrantes y salientes a los de los trozos
ya colocados, cubriendo por completo el espacio libre; de este mismo modo demuestran
las escenas infantiles ser, por su contenido, complementos forzosos del conjunto
asociativo y lógico de la neurosis, cuya génesis nos resulta comprensible -y a veces,
añadiríamos, natural- una vez adaptados estos complementos.
Aunque sin intención de situar este hecho en primer término, he de añadir que
toda una serie de casos resulta posible también una demostración terapéutica de la
autenticidad de las escenas infantiles. Hay casos en los que se obtiene una curación total
o parcial sin tener que descender a los sucesos infantiles, y otros, en los que no se
consigue resultado alguno terapéutico hasta alcanzar el análisis su fin natural con el
descubrimiento de los traumas más tempranos. A mi juicio, los primeros ofrecen el
peligro de una recaída. Espero, en cambio, que un análisis completo signifique la
curación radical de una histeria. Pero no nos adelantemos a las enseñanzas de la
experiencia.
Constituiría también una prueba inatacable de la autenticidad de los sucesos
infantiles sexuales en que los datos suministrados en el análisis por una persona fueran
confirmados por otra, sometida también al tratamiento o ajena a él. Tales dos personas
habrían tomado parte, por ejemplo, en el mismo suceso infantil, habiendo mantenido,
quizá, de niños relaciones sexuales. Semejantes relaciones infantiles no son como en
seguida veremos, nada raras, y es también bastante frecuente que ambos protagonistas
enfermen luego de neurosis; pero; no obstante, considero como una casualidad,
singularmente afortunada, el que de los dieciocho casos me haya sido posible encontrar
en dos una tal confirmación objetiva. En uno de ellos fue el hermano mismo de la
paciente, exento de todo trastorno neurótico, quien, sin yo perdírselo, me refirió escenas
sexuales desarrolladas entre él y su hermana, no perteneciendo, desde luego, a su más
temprana infancia, pero sí a una época posterior de su niñez, y robusteció mi sospecha
de que tales relaciones podían haberse iniciado en períodos anteriores. Otra vez resultó
que dos de las enfermas sometidas a tratamiento habían tenido en su infancia relaciones
sexuales con una misma tercera persona masculina, habiéndose desarrollado algunas
escenas á trois. En ambas pacientes había surgido luego un mismo síntoma, que se
derivaba de aquellos sucesos infantiles y testimoniaba de la indicada comunidad.
b) Las experiencias sexuales infantiles, consistentes en la estimulación de los
genitales, actos análogos al coito, etc., han de ser, pues, consideradas en un último
análisis, como aquellos traumas de los cuales parten la reacción histérica contra los
sucesos de la pubertad y el desarrollo de síntomas histéricos. Contra esta afirmación se
alzarán, seguramente, desde distintos sectores, dos objeciones contrarias entre sí. Dirán
unos que tales abusos sexuales, realizados por adultos con niños o por niños entre sí, son
muy raros para poder cubrir con ellos la condicionalidad de una neurosis tan frecuente
como la histeria. Observarán, en cambio, otros, que estos sucesos son, por el contrario,
muy frecuentes, demasiado frecuentes para poder adscribirles una significación
etiológica. Objetarán, además, que no resultaría difícil hallar multitud de personas que
recuerdan haber sido objeto en su niñez de abusos sexuales y no han enfermado jamás
de histeria. Por último, se nos opondrá como más poderoso argumento el de que en las
capas sociales inferiores no surge, ciertamente, la histeria con mayor frecuencia que en
las superiores, mientras que todo hace suponer que el precepto de la interdicción sexual
de la infancia estransgredido con mucha mayor frecuencia entre los proletarios.
Comenzaremos nuestra defensa por su parte más fácil. Me parece indudable que
nuestros hijos se hallan más expuestos a ataques sexuales de lo que la escasa previsión
de los padres hace suponer. Al tratar de documentarme sobre este tema se me indicó, por
aquellos colegas a los que acudí en busca de datos, la existencia de varias publicaciones
de pediatría en las que se denunciaban la frecuencia con que las nodrizas y niñeras
hacían objeto de prácticas sexuales a los niños a ellas confiados, y recientemente ha
llegado a mi poder un estudio del doctor Stekel, de Viena, en el que se trata del «coito
infantil» (Wiener Medizinische Blätter, 18 de abril de 1896). No he tenido tiempo de
reunir otros testimonios literarios; pero aunque su número ha sido hasta aquí muy
limitado, sería de esperar que una mayor atención literaria respecto al tema confirmase
muy pronto la gran frecuencia de experiencias y actividades sexuales infantiles.
Por último, los resultados de mis análisis pueden también hablar ya por sí mismos.
En cada uno de los dieciocho casos por mí tratados (histeria pura e histeria combinada
con representaciones obsesivas, seis hombres y doce mujeres) he llegado, sin excepción
alguna, al descubrimiento de tales sucesos sexuales infantiles. Según el origen del
estímulo sexual, pueden dividirse estos casos en tres grupos. En el primer grupo se trata
de atentados cometidos una sola vez o veces aisladas en sujetos infantiles, femeninos en
su mayor parte, por individuos adultos ajenos a ellos, que obraron disimuladamente y sin
violencia, pero sin que pudiera hablarse de un consentimiento por parte del infantil
sujeto, y siendo para éste un intenso sobresalto la primera y principal consecuencia del
suceso. El segundo grupo aparece formado por aquellos casos, mucho más numerosos,
en los que una persona adulta dedicada al cuidado del niño -niñera, institutriz preceptor
o pariente cercano- hubo de iniciarle en el comercio sexual y mantuvo con él, a veces
durante años enteros, verdaderas relaciones amorosas, desarrolladas también en
dirección anímica. Por último, reunimos en el tercer grupo las relaciones infantiles
propiamente dichas, o sea, las relaciones sexuales entre dos niños de sexo distinto, por lo
general hermanos, continuadas muchas veces más allá de la pubertad, y origen de las
más graves y persistentes consecuencias para la pareja amorosa. En la mayor parte de
mis casos se descubrió la acción combinada de dos o más de estas etiologías, resultando
en algunos verdaderamente asombrosa la acumulación de sucesos sexuales de distintos
órdenes. Esta singularidad resulta fácilmente comprensible si se tiene en cuenta que
todos los casos por mí analizados constituían neurosis muy graves, que amenazaban
incapacitar totalmente al sujeto.
Cuando se trata de relaciones sexuales entre dos niños, conseguimos alcanzar
algunas veces la prueba de que el niño -que desempeña también aquí el papel agresivohabía
sido antes seducido por una persona adulta de sexo femenino, e intentaba repetir
luego con su pareja infantil, bajo la presión de su libido, prematuramente despertada, y a
consecuencia de la obsesión mnémica, aquellas mismas prácticas que le habían sido
enseñadas, sin introducir por su parte modificación alguna personal en las mismas.
Me inclino, por tanto, a creer que sin una previa seducción no es posible para el
niño emprender el camino de la agresión sexual. De este modo, las bases de las neurosis
serían constituidas siempre por personas adultas, durante la infancia del sujeto,
transmitiéndose luego los niños entre sí la disposición a enfermar más tarde de histeria.
Si tenemos en cuenta que las relaciones sexuales infantiles, favorecidas pos la vida en
común, son especialmente frecuentes entre hermanos o primos, y suponemos que doce o
quince años más tarde surgen entre los jóvenes miembros de la familia varios casos de
enfermedad, habremos de reconocer que esta emergencia familiar de la neurosis resulta
muy apropiada para inducirnos a error, haciéndonos ver una disposición hereditaria
donde no existe más que una pseudo-herencia y, en realidad, una infección transmitida
en la infancia.
Examinemos ahora la otra objeción, basada precisamente en el reconocimiento de
la frecuencia de los sucesos sexuales infantiles y en la existencia de muchas personas
que recuerdan tales escenas y no han enfermado de histeria. A esta objeción habremos
de replicar, en primer lugar, que la extraordinaria frecuencia de un factor etiológico no
puede ser empleada como argumento contra su importancia etiológica. El bacilo de la
tuberculosis flota en todas partes y es aspirado por muchos más hombres de los que
luego enferman, sin que su importancia etiológica quede disminuida por el hecho de
precisar de la cooperación de otros factores para provocar su efecto específico. Para
concederle la categoría de etiología específica basta con que la tuberculosis no sea
posible sin su colaboración. Lo mismo sucede en nuestro problema. Nada importa la
existencia de muchos hombres que han vivido en su infancia escenas sexuales y no han
enfermado luego de histeria; sí, en cambio, todos aquellos que padecen esta enfermedad
han vivido tales escenas. El círculo de difusión de un factor etiológico puede muy bien
ser más extenso que el de su efecto; lo que no puede es ser más restringido. No todos los
que entran en contacto con un enfermo de viruela o se aproximan a él contraen su
enfermedad, y, sin embargo, la única etiología conocida de la viruela es el contacto.
Si la actividad sexual infantil fuese un suceso casi general, no podría concederse
valor alguno a su descubrimiento en todos los casos examinados. Pero, en primer lugar
semejante afirmación habría de ser muy exagerada, y, en segundo, la aspiración
etiológica de las escenas infantiles no se basa tan sólo en la regularidad de su aparición
en la anamnesis de los histéricos, sino principalmente en el descubrimiento de enlaces
asociativos y lógicos entre ellas y los síntomas histéricos enlaces que la exposición de un
historial clínico completo evidencia con meridiana claridad.
¿Cuáles pueden ser, entonces, los factores que la «etiología específica» de la
histeria necesita para producir realmente la neurosis? Es éste un tema que deberá ser
tratado aparte y por sí solo. De momento me limitaré a señalar el punto de contacto en el
que engranan los dos elementos de la cuestión: la etiología específica y la auxiliar.
Habrá de tenerse en cuenta cierto número de factores: la constitución hereditaria y
personal, la importancia interna de los sucesos sexuales infantiles y, sobre todo, su
acumulación. Unas breves relaciones sexuales con un niño cualquiera, luego indiferente,
serán mucho menos eficaces que las sostenidas durante varios años con un hermano. En
la etiología de las neurosis, las condiciones cuantitativas alcanzan igual importancia que
las cualitativas, constituyendo valores liminares, que han de ser traspasados para que la
enfermedad llegue a hacerse manifiesta. De todos modos, no tengo por completa la
anterior serie etiológica, ni creo resuelto con ella el problema de cómo no es más
frecuente la histeria entre las clases inferiores. (Recuérdese, además, la extraordinaria
difusión de la histeria masculina en la clase obrera, afirmada por Charcot.) Pero debo
también advertir que yo mismo señalé hace pocos años un factor, hasta entonces poco
atendido, al que atribuyo el papel principal en la provocación de la histeria después de la
pubertad. Expuse en tal ocasión que la explosión de la histeria puede ser atribuida casi
siempre a un conflicto psíquico, en el que una representación intolerable provoca la
defensa del yo e induce a la represión. Por entonces no pude indicar en qué
circunstancias logra esta tendencia defensiva del yo el efecto patológico de rechazar a lo
inconsciente el recuerdo penoso para el yo y crear en su lugar un síntoma histérico. Hoy
puedo yo completar mis afirmaciones añadiendo que la defensa consigue su intención de
expulsar de la consciencia la representación intolerable cuando la persona de que se
trata, sana hasta entonces, integra, en calidad de recuerdos inconscientes, escenas
sexuales infantiles, y cuando la representación que ha de ser expulsada puede ser
enlazada, lógica o asociativamente, a tal suceso infantil.
Teniendo en cuenta que la tendencia defensiva del yo depende del desarrollo
moral e intelectual de la persona, comprendemos ya perfectamente que en las clases
populares sea la histeria mucho menos frecuente de lo que habría de permitir su etiología
específica.
Volvamos ahora a aquel último grupo de objeciones, cuya réplica nos ha llevado
tan lejos. Hemos oído y reconocido que existen muchas personas que recuerdan
claramente sucesos sexuales infantiles y, sin embargo, no han enfermado de histeria.
Este argumento es de por sí muy poco consistente, pero nos da pretexto para una
importante observación. Las personas de este orden no pueden, según nuestra
comprensión de la neurosis, enfermar de histeria, o, por lo menos, enfermar a
consecuencia de las escenas conscientemente recordadas. En nuestros enfermos, dichos
recuerdos no son nunca consistentes y los curamos precisamente de su histeria haciendo
conscientes sus recuerdos inconscientes de las escenas infantiles. En el hecho mismo de
haber vivido tales sucesos no podíamos ni precisábamos modificar nada. Vemos, pues,
que no se trata tan sólo de la existencia de los sucesos sexuales infantiles, sino también
de determinada condición psicológica. Tales escenas han de existir en calidad de
recuerdos inconscientes, y sólo en cuanto y mientras lo son pueden crear y mantener
síntomas histéricos. De qué depende el que estos sucesos dejan tras de sí recuerdos
conscientes o inconscientes, si de su contenido, de la época de su acaecimiento o de
influencias posteriores, son interrogaciones que plantean un nuevo problema, en el cual
nos guardaremos muy bien de entrar por ahora. Haremos constar únicamente que el
análisis nos ha aportado, como primer resultado, el principio de que los síntomas
histéricos son derivados de recuerdos inconscientemente activos.
c) Para mantener nuestras afirmaciones de que los sucesos sexuales infantiles
constituyen la condición fundamental, o, por decirlo así, la disposición de la histeria, si
bien no crean inmediatamente los síntomas histéricos, sino que permanecen en un
principio inactivos, y sólo actúan de un modo patógeno ulteriormente, al ser despertados
como recuerdos inconscientes en la época posterior a la pubertad; para mantener estas
afirmaciones, repetimos, hemos de contrastarlas con las numerosas observaciones que
señalan ya la aparición de la histeria en la infancia anterior a la pubertad. Las
dificultades que aquí pudieran surgir quedan resueltas al examinar con algún
detenimiento los datos conseguidos en el análisis sobre las circunstancias temporales de
los sucesos sexuales infantiles. Vemos entonces que la eclosión de síntomas histéricos
comienza, no por excepción, sino regularmente, en los graves casos por nosotros
analizados, hacia los ocho años, y que los sucesos sexuales que no muestran un efecto
inmediato se extienden cada vez más atrás, hasta los cuatro, los tres e incluso los dos
años de la vida del sujeto. Dado que la cadena formada por los sucesos patógenos no
aparece interrumpida, en ninguno de los casos examinados, al cumplir ocho años el
sujeto, hemos de suponer que esta edad, en la que tiene efecto la segunda dentición,
forma para la histeria un límite, a partir del cual se hace imposible su causación.
Aquellos que no han vivido anteriormente sucesos sexuales no pueden ya adquirir
disposición alguna a la histeria. En cambio, quienes los han vivido pueden ya comenzar
a desarrollar síntomas histéricos. La aparición aislada de la histeria anterior a este límite
de edad (anterior a los ocho años) habría de interpretarse como un signo de madurez
precoz. La existencia de dicho límite se halla probablemente enlazada a los procesos
evolutivos del sistema sexual. El adelantamiento del desarrollo sexual somático es un
fenómeno frecuente, y puede incluso pensarse en su impulsión por prematuros estímulos
sexuales.
Observamos así la necesidad de cierto infantilismo, tanto en las funciones
psíquicas como del sistema sexual, para que una experiencia sexual acaecida en este
período desarrolle luego, como recuerdo, un efecto patógeno. Sin embargo, no me atrevo
a sentar afirmaciones más precisas sobre la naturaleza de este infantilismo psíquico ni
sobre su limitación cronológica.
d) Pudiera también preguntársenos cómo es posible que el recuerdo de los sucesos
sexuales infantiles desarrolle tan magnos efectos patógenos cuando el hecho mismo de
vivirlos no provocó trastorno alguno. Realmente, no estamos habituados a observar que
de una imagen mnémica emanen fuerzas de las que careció la impresión real. Se
advertirá, además, con cuánta consistencia se mantiene en la histeria el principio de que
sólo los recuerdos pueden producir síntomas. Todas las escenas posteriores, en las cuales
nacen los síntomas, no son verdaderamente eficaces, y los sucesos a los que corresponde
eficacia auténtica no producen en un principio efecto alguno. Pero nos hallamos aquí
ante una cuestión que podemos muy bien desglosar de nuestro tema. Sentimos,
ciertamente, la necesidad de llevar a cabo una síntesis de toda la serie de singulares
condiciones a cuyo conocimiento hemos llegado. Para la producción de un síntoma
histérico es necesario que exista una tendencia defensiva contra una representación
penosa; esta representación ha de hallarse enlazada lógica y asociativamente con un
recuerdo inconsciente, por conducto de elementos intermedios más o menos numerosos,
que por el momento permanecen también inconscientes; el contenido de dicho recuerdo
inconsciente ha de ser necesariamente sexual y consistir en un suceso acaecido en
determinado período infantil, y no podemos menos de preguntarnos cómo es posible que
este recuerdo de un suceso innocuo en su día tenga a posteriori el efecto anormal de
llevar a un resultado patológico un proceso psíquico como el de la defensa,
permaneciendo por sí mismo inconsciente en todo ello.
No obstante, habremos de decirnos que se trata de un problema puramente
psicológico, cuya solución hace necesarias ciertas hipótesis sobre los procesos psíquicos
normales y sobre el papel que en ellos desempeña la consciencia, pero que de momento
puede quedar insolucionado, sin que ello disminuya el valor de nuestros descubrimientos
sobre la etiología de los fenómenos histéricos.
III
EL problema antes planteado se refiere al mecanismo de la producción de
síntomas histéricos. Pero nos vemos obligados a exponer la causación de estos síntomas
sin atender a aquel mecanismo, circunstancia que ha de disminuir la claridad de nuestra
exposición. Volvamos al papel desempeñado por las escenas sexuales infantiles. Temo
haber hecho formar un concepto exagerado de su fuerza productora de síntomas. Haré,
pues, resaltar de nuevo que todo caso de histeria presenta síntomas cuya determinación
no procede de sucesos infantiles, sino de otros ulteriores y a veces recientes, si bien otra
parte de los síntomas depende, desde luego, de sucesos de las épocas más tempranas. A
ella pertenecen principalmente las tan numerosas y diversas sensaciones y parestesias
genitales y de otras partes del cuerpo, síndromes que corresponden simplemente al
contenido sensorial de las escenas infantiles, alucinatoriamente reproducido y muchas
veces dolorosamente intensificado.
Otra serie de fenómenos histéricos mucho más corrientes -deseo doloroso de
orinar, dolor al defecar, trastornos de la actividad intestinal, espasmos laríngeos y
vómitos, perturbaciones digestivas y repugnancia a los alimentos- demostró ser también
en el análisis, y con sorprendente regularidad, derivación de los mismos sucesos
infantiles, quedando fácilmente explicada por peculiaridades constantes de los mismos.
Las escenas sexuales infantiles son difícilmente imaginables para un hombre de
sensibilidad sexual normal, pues contienen todas aquellas transgresiones conocidas por
los libertinos o los impotentes, alcanzando en ellas un impropio empleo sexual la
cavidad bucal y la terminación del intestino. El asombro que este descubrimiento
produce queda pronto reemplazado en el médico por una comprensión total. De personas
que no reparan en satisfacer en sujetos infantiles sus necesidades sexuales no puede
esperarse que se detengan ante ciertas formas de tal satisfacción; pero, además, la
impotencia sexual de la infancia impone irremisiblemente aquellos actos subrogados a
los que el adulto se rebaja en los casos de impotencia adquirida. Todas las extrañas
condiciones en que la desigual pareja prosigue sus relaciones amorosas: el adulto que no
puede sustraerse a la mutua dependencia concomitante a toda relación sexual, pero que
al mismo tiempo se halla investido de máxima autoridad y del derecho de castigo, y
cambia constantemente de papel para conseguir la satisfacción de sus caprichos; el niño
indefenso y abandonado a tal arbitrio, precozmente despertada su sensibilidad y
expuesto a todos los desengaños, interrumpido con frecuencia en el ejercicio de las
funciones sexuales que le son encomendadas por su incompleto dominio de las
necesidades naturales, todas estas incongruencias, tan grotescas como trágicas, quedan
impresas en el desarrollo ulterior del individuo y en su neurosis, provocando un infinito
número de afectos duraderos, que merecería la pena examinar minuciosamente. En
aquellos casos en los cuales la reacción erótica se ha desarrollado entre dos sujetos
infantiles, el carácter de las escenas sexuales continúa siendo repulsivo, puesto que toda
relación infantil de este orden supone la previa iniciación de uno de los protagonistas por
un adulto. Las consecuencias psíquicas de tales relaciones infantiles son
extraordinariamente hondas. Los dos protagonistas quedan unidos para toda su vida por
un lazo invisible.
En ocasiones son detalles accesorios de estas escenas sexuales infantiles los que
en años posteriores alcanzan un poder determinante con respecto a los síntomas de la
neurosis. Así, en uno de los casos por mí examinados, la circunstancia de haberse
enseñado al niño a excitar con sus pies los genitales de una persona adulta bastó para
fijar a través de años enteros la atención neurótica del sujeto en sus extremidades
inferiores y su función, provocando finalmente una paraplejía. En otro caso se trataba de
una enferma cuyos ataques de angustia, que solían presentarse a determinadas horas del
día, sólo se calmaban con la presencia de una de sus hermanas, careciendo de tal eficacia
el auxilio de las demás. La razón de esta preferencia hubiera permanecido en el misterio
si el análisis no hubiese descubierto que la persona que en su infancia le había hecho
objeto de atentados sexuales preguntaba siempre si se hallaba en casa dicha hermana,
por la que temía, sin duda, ser sorprendida.
La fuerza determinante de las escenas infantiles se oculta a veces tanto, que un
análisis superficial no logra descubrirla. Creemos entonces haber hallado la explicación
de cierto síntoma en el contenido de alguna de las escenas posteriores; pero al tropezar
luego, en el curso de nuestra labor, con una escena infantil de idéntico contenido,
reconocemos que la escena ulterior debe exclusivamente su capacidad de determinar
síntomas a su coincidencia con la anterior. No queremos, por tanto, negar toda
importancia a las escenas posteriores. Si se me planteara la labor de exponer aquí las
reglas de la producción de síntomas histéricos, habría de reconocer como una de ellas la
de ser elegida para síntoma aquella representación que es hecha resaltar por la acción
conjunta de varios factores y despertada simultáneamente desde diversos lados, regla
que en otro lugar he tratado de expresar con el aserto de que los síntomas histéricos se
hallan superdeterminados.
Hemos dejado antes aparte, como tema especial, la relación entre la etiología
reciente y la infantil. Pero no queremos abandonar la cuestión sin transgredir, por lo
menos con una observación nuestro anterior propósito. Ha de reconocerse la existencia
de un hecho que desorienta nuestra comprensión psicológica de los fenómenos histéricos
y parece advertirnos que nos guardemos de aplicar una misma medida a los actos
psíquicos de los histéricos y de los normales. Nos referimos a la desproporción
comprobada en el histérico entre el estímulo psíquicamente excitante y la reacción
psíquica, desproporción que tratamos de explicar con la hipótesis de una excitabilidad
general anormal o, en un sentido fisiológico, suponiendo que los órganos cerebrales
dedicados a la transmisión presentan en el enfermo un especial estado psíquico o se han
sustraído a la influencia coercitiva de otros centros superiores. No quiero negar que
ambas teorías pueden proporcionarnos en algunos casos una explicación exacta de los
fenómenos histéricos. Pero la parte principal del fenómeno, la reacción histérica anormal
y exagerada a los estímulos psíquicos, permite una distinta explicación, en cuyo apoyo
pueden aducirse infinitos ejemplos extraídos del análisis. Esta explicación es como
sigue: La reacción de los histéricos sólo aparentemente es exagerada; tiene que
parecérnoslo porque no conocemos sino una pequeña parte de los motivos a que
obedece.
En realidad esta reacción es proporcional al estímulo excitante y, por tanto,
normal y psicológicamente comprensible. Así lo descubrimos en cuando el análisis
agrega a los motivos manifiestos, conscientes en el enfermo, aquellos otros motivos que
han actuado sin que el enfermo los conociese ni pudiera, por tanto, comunicarlos.
Podría llenar página tras página con la demostración del importante principio
antes enunciado en todos y cada uno de los elementos de la actividad psíquica total de
los histéricos, pero habré de limitarme a exponer algunos ejemplos. Recuérdese la
frecuente susceptibilidad psíquica de los histéricos, que ante la menor desatención
reaccionan como si de una mortal ofensa se tratase. ¿Qué pensaríamos si observásemos
una tan elevada susceptibilidad ante motivos insignificantes entre dos personas
normales; por ejemplo, en un matrimonio? Deduciríamos que la escena conyugal
presenciada no era únicamente el resultado del último motivo insignificante y que en el
ánimo de los protagonistas habían ido acumulándose poco a poco materias detonantes
que el último pretexto había hecho estallar en su totalidad.
En la histeria sucede lo mismo. No es la última insignificante molestia la que
produce el llanto convulsivo, el ataque de desesperación y el intento de suicidio,
contradiciendo el principio de la proporcionalidad entre el efecto y la causa. Lo que pasa
es que dicha mínima mortificación actual ha despertado los recuerdos de múltiples e
intensas ofensas anteriores, detrás de las cuales se esconde aún el recuerdo de una grave
ofensa jamás cicatrizada, recibida en la infancia. Igualmente cuando una joven se dirige
los más espantosos reproches por haber permitido que un muchacho acariciase
secretamente su mano y contrae a partir de aquel momento una neurosis, puede pensarse
en un principio que se trata de una persona anormal, excéntrica e hipersensitiva, pero no
tardaremos en cambiar de idea al mostrarnos el análisis que aquel contacto recordó a la
sujeto otro análogo experimentado en su niñez y enlazado con circunstancias menos
inocentes, de manera que sus reproches se refieren en realidad a aquella antigua historia.
Por último, el enigma de los puntos histerógenos encuentra también aquí su explicación.
Al tocar uno de tales puntos realizamos algo que no nos proponíamos. Despertamos un
recuerdo que puede provocar un ataque de convulsiones, y cuando se ignora la
existencia de tal elemento psíquico intermedio se ve en el ataque un efecto directo del
contacto. Los enfermos comparten tal ignorancia y caen, por tanto, en errores análogos,
estableciendo constantemente falsos enlaces entre el último motivo consciente y el
efecto dependiente de tantos elementos intermedios. Pero cuando se ha hecho posible al
médico reunir para la explicación de una reacción histérica los motivos conscientes y los
inconscientes, se ve obligado a reconocer que la reacción del enfermo, aparentemente
exagerada, es casi siempre proporcionada y sólo anormal en su forma.
Contra esta justificación de la reacción histérica a estímulos psíquicos se objetará
con razón que de todos modos no se trata de una reacción normal, pues los hombres
sanos se conducen de muy distinto modo, sin que actúen en ellos todas las excitaciones
pasadas cada vez que se presenta un nuevo estímulo. Se experimenta así la impresión de
que en los histéricos conservan su eficacia todos los sucesos pretéritos a los que ya han
reaccionado con tanta frecuencia y tan violentamente, pareciendo estos enfermos
incapaces de llevar a cabo una descarga de los estímulos psíquicos. Hay en esto algo de
verdad. Pero no debe olvidarse que los antiguos sucesos vividos por los enfermos actúan
al ser estimulados por un motivo actual como recuerdos inconscientes. Parece así como
si la dificultad de descarga y la imposibilidad de transformar una impresión actual en un
recuerdo inofensivo dependieran precisamente de los caracteres peculiares de lo
psíquico inconsciente. Como se ve, el resto del problema es nuevamente psicología, y
psicología de un orden muy distinto al estudiado hasta ahora por los filósofos.
A esta psicología que hemos de crear para nuestras necesidades -a la futura
psicología de las neurosis- de remitirme también al exponer como final algo en lo que se
verá, quizá, al principio, un obstáculo a nuestra iniciada comprensión de la etiología de
la histeria. He de afirmar, en efecto, que la importancia etiológica de los sucesos
sexuales infantiles no aparece limitada al terreno de la histeria, extendiéndose también a
la singular neurosis obsesiva e incluso, quizá, a la paranoia crónica y a otras psicosis
funcionales. No puedo hablar aquí con la precisión deseable, porque el número de mis
análisis de neurosis obsesivas es aún muy inferior al de histeria. Con respecto a la
paranoia, sólo dispongo de un único análisis suficiente y algunos otros fragmentarios.
Pero lo que en estos casos he hallado me ofrece garantías de exactitud y me promete
resultados positivos en futuros análisis. Se recordará, quizá, que en ocasiones anteriores
he sostenido ya la síntesis de la histeria y la neurosis obsesiva bajo el título de neurosis
de defensa, aunque no había llegado aún al descubrimiento de su común etiología
infantil. Añadiré ahora que todos mis casos de representaciones obsesivas me han
revelado un fondo de síntomas histéricos, en su mayoría sensaciones y dolores, que
podían ser referidos precisamente a los más antiguos sucesos infantiles. ¿Qué es lo que
determina que de las escenas sexuales infantiles haya de surgir luego, al sobrevenir los
demás factores patógenos, bien la histeria, bien la neurosis obsesiva o incluso la
paranoia? Esta extensión de nuestros conocimientos parece disminuir el valor etiológico
de dichas escenas, despojando de su especialidad a la relación etiológica.
No me es posible dar todavía una respuesta precisa a esta interrogación, pues no
cuento aún con datos suficientes. He observado, hasta ahora, que las representaciones
obsesivas se revelan siempre en el análisis como reproches, disfrazados y deformados,
correspondientes a agresiones sexuales infantiles, siendo, por tanto, más frecuentes en
los hombres que en las mujeres, y desarrollándose en aquéllos con mayor frecuencia que
la histeria. De este hecho puede deducirse que el carácter activo o pasivo del papel
desempeñado por el sujeto en las escenas sexuales infantiles ejerce una influencia
determinante sobre la elección de la neurosis ulterior.
De todos modos, no quisiera disminuir con esto la influencia correspondiente a la
edad en que el sujeto vive dichas escenas infantiles y a otros distintos factores. Sobre
este punto habrán de decidir nuestros futuros análisis. Pero una vez descubiertos los
factores que rigen la elección entre las diversas formas posibles de las neuropsicosis de
defensa, se nos planteará de nuevo un problema, puramente psicológico: el relativo al
mecanismo que estructura la forma elegida.
Llego aquí al final de mi trabajo. Preparado a la contradicción, quisiera dar aún a
mis afirmaciones un nuevo apoyo antes de abandonarlas a su camino. Cualquiera que
sea el valor que se conceda a mis resultados, he de rogar no se vea en ellos el fruto de
una cómoda especulación. Reposan en una laboriosa investigación individual de cada
enfermo, que en la mayoría de los casos ha exigido cien o más horas de penosa labor.
Más importante aún que la aceptación de mis resultados es para mí la del método del que
me he servido, totalmente nuevo, difícil de desarrollar, y, sin embargo, insustituible para
nuestros fines científicos y terapéuticos. No es posible contradecir los resultados de esta
modificación mía del método de Breuer, dejando a un lado este método y sirviéndose tan
sólo de los hasta aquí habituales. Ello equivaldría a querer rebatir los descubrimientos de
la técnica histológica por medio de los datos logrados en la investigación macroscópica.
Al abrirnos este nuevo método de investigación, el acceso a un nuevo elemento del
suceder psíquico, a los procesos mentales inconscientes, o, según la expresión de Breuer,
incapaces de consciencia, nos ofrece la esperanza de una nueva y mejor compresión de
todas las perturbaciones psíquicas funcionales. No puedo creer que la psiquiatría dilate
por más tiempo el servirse de él.