MATERIAL Y FUENTES DE LOS SUEÑOS AL revelarme el análisis que el sueño de la inyección de Irma constituía una realización de deseos, se apoderó de nosotros un vivísimo interés por comprobar si con ello habíamos descubierto un carácter general del fenómeno onírico, y acallamos por el momento todas aquellas otras curiosidades científicas que en el curso de la labor de interpretación habían surgido en nuestro ánimo. Mas ahora, una vez llegados al final del camino que en aquella ocasión elegimos entre todos los que ante nosotros se abrían, podemos ya volver sobre nuestros pasos y escoger un nuevo punto de partida para proseguir en un distinto sentido nuestra exploración de los problemas del sueño, aunque de este modo perdamos de vista por algún tiempo el tema, no agotado aún, ni mucho menos, de la realización de deseos. Desde que mediante la aplicación de nuestro procedimiento de interpretación onírica no es posible descubrir un contenido latente de los sueños, muy superior en importancia a su contenido manifiesto, tenemos que sentirnos incitados a examinar de nuevo uno de los problemas que el fenómeno onírico plantea, para ver si este nuevo conocimiento puede acaso procurarnos la solución de aquellos enigmas y contradicciones que mientras no conocíamos sino el contenido manifiesto de los sueños nos parecían inasequibles. En nuestro primer capítulo expusimos detalladamente los juicios de los autores sobre la conexión de los sueños con la vida despierta y sobre la procedencia del material onírico. Recordemos ahora aquellas tres peculiaridades de la memoria onírica que, habiendo sido observadas por muchos, nadie había logrado aún esclarecer. Dichas peculiaridades eran: 1ª Que el sueño prefiere evidentemente las impresiones de los días inmediatos anteriores (Robert, Strümpell, Hildebrandt, Weed-Hallam). 2ª Que efectúa una selección conforme a principios diferentes de aquellos a los que se adapta nuestra consciencia despierta, recordando no lo esencial e importante, sino lo accesorio y desatendido. 3ª Que dispone de nuestras más tempranas impresiones infantiles, llegando hasta reproducir detalles de dicha edad que nos parecen nimios y que en nuestra vida despierta teníamos por olvidados hace ya mucho tiempo. Claro es que donde los investigadores han observado estas peculiaridades de la selección del material onírico ha sido en el contenido manifiesto. a) Lo reciente y lo indiferente en el sueño. Ateniéndome a mi experiencia personal sobre la procedencia de los elementos emergentes en el contenido onírico, habré de sentar en primer término la afirmación de que en todo sueño puede hallarse un enlace con los acontecimientos del día inmediatamente anterior. Cualquiera que sea el sueño que escojamos, propio o ajeno, comprobaremos siempre la verdad de este principio que nos proporciona en la investigación del suceso del día anterior que ha podido constituir el estímulo de un sueño, el punto de partida del análisis del mismo. Con gran frecuencia resulta, efectivamente, este cambio el más corto y ventajoso para lograr la interpretación. En los dos sueños que hasta ahora hemos sometido a más minucioso análisis (el de la inyección de Irma y el de mi tío José) esta relación con los sucesos del día anterior aparece tan evidente que no necesita de esclarecimiento ninguno. Mas con el fin de demostrar su generalidad expondré una serie de ejemplos tomados de mi propia crónica onírica, aunque sin comunicar por ahora de cada sueño más que la parte necesaria para el descubrimiento de la fuente onírica buscada: 1. Voy de visita a una casa en la que sólo después de muchas dificultades se me deja entrar. Mientras tanto hago esperar a una mujer. Fuente: Conversación de la tarde anterior con una parienta mía sobre la necesidad de esperar antes de realizar una compra que desea. 2. He escrito una monografía sobre cierta especie de plantas (indeterminada en el sueño). Fuente: Por la mañana había visto en el escaparate de una librería una monografía sobre los ciclámenes. 3. Veo en la calle a dos mujeres, madre e hija. Esta última ha sido paciente mía. Fuente: Una paciente a la que tengo en tratamiento me ha comunicado por la tarde las dificultades que su madre opone a la continuación del mismo. 4. Voy a la librería y me suscribo a una publicación periódica; el coste de la suscripción es de veinte florines al año. Fuente: Mi mujer me ha recordado la tarde anterior que le debo veinte florines del dinero que le doy todas las semanas. 5. Recibo una carta del comité socialdemócrata, carta en la que se me considera como miembro del mismo. Fuente: Durante el día he recibido cartas del comité electoral liberal y de la Unión humanitaria, de la cual soy socio. 6. Veo a un hombre sobre una escarpada roca en medio del mar. Todo ello a la manera pictórica de Böcklin. Fuente: Dreyfus en la isla del Diablo y noticias de parientes míos residentes en Inglaterra, etc. Podríamos preguntarnos si esta conexión del sueño con la vida diurna no va nunca más allá de los sucesos del día inmediatamente anterior, o si, por el contrario, puede extenderse a impresiones anteriores, dentro siempre de un próximo pretérito. No es ésta cuestión de esencial importancia; pero una vez planteada, me inclinaría a resolverla en el sentido del exclusivo privilegio del último día anterior al sueño, o como en adelante lo denominaremos, del día del sueño (Traumtag). Todas cuantas veces he creído hallar que la fuente de un sueño había sido una impresión anterior al mismo en dos o tres días he podido comprobar después, mediante un más detenido examen, que dicha impresión había sido recordada de nuevo en el día del sueño y que, por tanto, entre el momento del mismo y el día de la impresión se había intercalado -precisamente en el día del sueñouna reproducción de dicha impresión, siéndome dado hallar asimismo la ocasión reciente de la que podía haber partido el recuerdo de la impresión más pretérita. En cambio, no he podido nunca comprobar que entre la impresión diurna estimulante y su retorno en el sueño se hallase intercalado un intervalo regular de importancia biológica (como primer intervalo de este género indica H. Swoboda el de dieciocho horas). H. Ellis, que también ha dedicado suma atención a este problema, indica que no ha podido hallar en sus sueños, a pesar de haberla buscado «con especial cuidado», un tal periodicidad de la reproducción. A este propósito relata un sueño en el que, trasladado a España, sale de viaje en dirección a una localidad cuyo nombre era Daraus, Varaus o Zarauz. Al despertar le fue imposible recordar ningún lugar de nombre parecido y dejó de ocuparse de su sueño. Pero meses después cayó en la cuenta de que Zarauz era una estación situada entre San Sebastián y Bilbao, línea por la que había viajado doscientos cincuenta días antes del sueño. Así, pues, habremos de opinar que todo sueño posee un estímulo entre los acontecimientos del día a cuya noche corresponde y que las impresiones del pretérito más próximo (con exclusión del día anterior a la noche del sueño) no muestran el contenido onírico una relación diferente a la de otras impresiones cualesquiera pertenecientes a tiempos indefinidamente más lejanos. El sueño puede elegir su material de cualquier época de nuestra vida, por lejana que sea, a la que, partiendo de los sucesos del día del sueño (las impresiones «recientes»), puedan alcanzar nuestros pensamientos. Pero ¿a qué obedece esta predilección por las impresiones recientes? Sometiendo a más riguroso análisis uno de los sueños antes citados podremos establecer quizá alguna hipótesis sobre este punto. Elegiré para ello el sueño de la monografía botánica. Contenido onírico: He escrito una monografía sobre una cierta planta. Tengo el libro ante mí y vuelvo en este momento la página por la que se hallaba abierto y contiene una lámina en colores. Cada ejemplar ostenta, a manera de herbario, un espécimen disecado de la planta. Análisis: Por la mañana he visto en el escaparate de una librería un libro nuevo, titulado Los ciclámenes, seguramente una monografía sobre este género de plantas. Los ciclámenes son la flor preferida de mi mujer. Me reprocho no acordarme sino pocas veces de traerle flores, sabiendo lo mucho que le gustan. El tema traer flores me recuerda una historia que he relatado hace poco, en una reunión de amigos míos, utilizándola como prueba de que el olvido constituye con gran frecuencia la realización de un propósito de lo inconsciente y permite siempre deducir una conclusión sobre los secretos pensamientos del olvidadizo. Una señora joven, que se hallaba acostumbrada a recibir de su marido un hermoso ramo de flores el día de su cumpleaños, echa de menos esta muestra de cariño en uno de tales días y rompe a llorar amargamente. El marido no acierta a explicarse este llanto y cuando ella le revela la causa se excusa, alegando haber olvidado totalmente qué día era, y quiere salir en seguida a comprar las flores. Pero la mujer continúa desconsolada, viendo en el olvido de su esposo una prueba de que ya no ocupa ella en sus pensamientos igual lugar que antes. Mi mujer ha encontrado hace dos días a esta señora de L., la cual le dijo que se sentía mejor de salud y le preguntó por mí. En años anteriores había acudido a mi consulta para someterse a tratamiento. A estas asociaciones libres se agregan luego las que siguen: realmente he escrito en una ocasión algo análogo a una monografía sobre una planta -un estudio sobre la coca- que orientó la atención de K. Koller sobre la propiedad anestésica de la cocaína. En mi trabajo se indicaba ya como posible este empleo del citado alcaloide, pero no se estudiaba a fondo la cuestión. Con relación a este tema se me ocurre ahora que en la mañana del día siguiente a este sueño (cuya interpretación no tuve tiempo de emprender hasta las últimas horas de la tarde) ocupó durante algún tiempo mi pensamiento la idea de la cocaína dentro de una especie de fantasía diurna que mi imaginación se entretuvo en construir. Pensé, en efecto, que si alguna vez tenía la desgracia de padecer una glaucoma, iría a Berlín y me haría operar, en casa de un amigo mío, por un médico conocido de él, pero al que no revelaría mi personalidad. No sabiendo quién era yo, me hablaría de la facilidad con que, merced a la introducción de la cocaína, podía ya llevarse a cabo tales operaciones. Por mi parte, me guardaría muy bien de revelar que había tenido participación en dicho descubrimiento. A esta fantasía se enlazaron pensamientos sobre lo embarazoso que es para un médico solicitar para si propio el auxilio profesional de otros colegas. No dándome a conocer al oculista berlinés, podría pagarle, como otro enfermo cualquiera, sus servicios. Después de surgir en mi memoria el recuerdo de esta ensoñación diurna, advierto que detrás de la misma se esconde el recuerdo de un determinado suceso. Poco tiempo después del descubrimiento de Koller padeció mi padre un glaucoma, siendo operado por el doctor Königstein, oculista y amigo mío. El mismo doctor Koller se encargó de efectuar la anestesia por medio de la cocaína, y al terminar la operación nos hizo observar que para ella nos habíamos reunido las tres personas que habíamos participado en la introducción de dicho alcaloide como anestésico. Mis pensamientos van ahora, continuando su curso, hasta la última vez en que hube de recordar toda esta historia de la cocaína. Fue esto hace pocos días, cuando leí un escrito de felicitación en el que los alumnos y ex alumnos del laboratorio testimoniaban su agradecimiento al claustro de profesores del mismo. Entre los títulos de gloria de la institución, se citaba el descubrimiento en ella realizado por K. Koller de la propiedad anestésica de la cocaína. Advierto ahora, de repente, que mi sueño se halla enlazado a un suceso de la tarde anterior. Dialogando precisamente con el doctor Königstein sobre una cuestión que me apasiona siempre que me ocupo de ella, le había ido acompañando hasta su casa. En el portal tropezamos con el profesor Gärtner (jardinero) y su joven esposa, no pudiendo yo por menos de felicitarlos por su floreciente aspecto. El profesor no pudiendo yo por menos de felicitarlos por su floreciente aspecto. El profesor Gärtner es uno de los autores del escrito a que antes me referí, y debió, sin duda, recordármelo. También la señora de L., cuyo desencanto en el día de su cumpleaños hube antes de relatar, fue citada, aunque con distinto motivo, en la conversación que sostuvimos el doctor Königstein y yo. Intentaré interpretar también las restantes determinantes del contenido onírico. La monografía contiene un espécimen disecado de la planta, como si de un herbario se tratara. A la idea herbario enlaza un recuerdo de mis tiempos escolares. El director del establecimiento de enseñanza en que yo estudiaba reunió una vez a los alumnos de las clases superiores, y los encargó de revisar y limpiar el herbario de la casa, en el que se habían encontrado pequeñas larvas de polilla (Bücherwurm; literalmente, gusano de los libros). Desconfiando, sin duda, en la eficacia de mi ayuda, no se me entregaron sino muy pocas hojas, en las que recuerdo había algunos ejemplares de plantas crucíferas. Mis conocimientos de botánica no han sido nunca cosa mayor. Al examinarme de esta disciplina me fue presentada también una crucífera, sin que lograse reconocerla, y hubiera sido reprobado a no salvarme mis conocimientos teóricos. Desde las crucíferas pasa mi pensamiento a las compuestas. En realidad, la alcachofa es una flor de la familia de las compuestas y precisamente aquella a la que podría denominar mi flor preferida. Más cariñosa que yo, suele mi mujer traerme con frecuencia esta flor del mercado. Veo ante mí la monografía que he escrito. Tampoco esto carece de una relación. Aquel amigo mío residente en Berlín al que antes hube de referirme, y que posee en alto grado la facultad de imaginación plástica, me escribió ayer: «No dejo de pensar en tu libro sobre los sueños. Lo veo terminado ante mí, y paso sus hojas lleno de interés.» Le envidio profundamente esta facultad de visión. ¡Ojalá pudiese ver también yo mi libro terminado ante mí! La lámina en colores. -Siendo estudiante de Medicina compliqué extraordinariamente mi trabajo por el afán de no estudiar sino en monografías. A pesar de mis limitados medios económicos, adquirí varias importantes publicaciones médicas, cuyas láminas en colores me encantaban. Este afán de buscar lo completo en cada cuestión me enorgullecía. Cuando luego comencé a publicar por mi cuenta, tuve que dibujar las láminas correspondientes a mis trabajos, y sé que una de ellas salió tan imperfectamente, que motivó las burlas de un benévolo colega. A esto se enlaza, no sé muy bien cómo, un muy temprano recuerdo infantil. Mi padre tuvo un día la humorada - apenas justificable desde el punto de vista educativo- de entregarnos a mí y a la mayor de mis hermanas, para que lo estropeáramos y destruyéramos a nuestro antojo, un libro con láminas en colores. (Descripción de un viaje por Persia). Por entonces tenía yo cinco años y mi hermana no llegaba a tres. El cuadro que formábamos mi hermana y yo, destruyendo gozosamente el libro -al que fuimos arrancando las hojas una por una (como a una alcachofa)-, es casi el único perteneciente a aquella edad, del que conservo aún un recuerdo plástico. Cuando después comencé mi vida de estudiante, se desarrolló en mí una gran afición a poseer libros (correspondiente a la inclinación a estudiar en monografías; una afición como las que aparecen en las ideas del sueño con respecto a los ciclámenes y a las alcachofas). Llegué ser un gusano de los libros (cf. herbario). Desde que hube de comenzar a reflexionar sobre mí mismo, he referido siempre esta primera pasión de mi vida a la impresión infantil antes indicada, o, mejor dicho, he reconocido que dicha escena infantil constituye un recuerdo encubridor de mi posterior bibliomanía. Naturalmente, no tardó en mostrárseme que las pasiones nos acarrean con facilidad amargos sinsabores. Teniendo diecisiete años se me acumuló en la librería una elevada cuenta, en ocasión en la que no disponía de medios para saldarla, y apenas me sirvió de excusa para con mi padre el buen motivo de mis gastos. El recuerdo de este suceso de juventud me lleva en seguida a la conversación que con mi amigo el doctor Königstein mantuve la tarde anterior al sueño; conversación en la que tratamos también del reproche que, como en el citado suceso juvenil, suele hacérseme ahora, de dejarme arrastrar demasiado por mis aficiones y preferencias. Por razones que no hacen al caso, prescindiré de continuar aquí la interpretación de este sueño, y me limitaré a indicar el camino que a la misma conduce. Durante la labor de análisis me ha sido recordada repetidamente mi conversación con el doctor Königstein. Pasando revista a los temas en ella tratados, se me hace comprensible el sentido del sueño. Todas las rutas mentales iniciadas, o sea, las referentes a las aficiones de mi mujer y a las mías propias, a la cocaína a las dificultades de la asistencia médica entre colegas, a mi predilección por los estudios monográficos y mi descuido de determinadas disciplinas, como la botánica, todo esto es continuado en la interpretación, hasta desembocar en una cualquiera de las numerosas ramificaciones de mi diálogo con el oculista. Mi sueño presenta nuevamente el carácter de una justificación, de una defensa de mi derecho análogamente al de la inyección de Irma, antes analizado. Pudiera incluso decirse que continúa el tema que en dicho sueño se iniciaba y lo desarrolla en relación con un nuevo material surgido con posterioridad a él. La misma forma expresiva del sueño, en apariencia indiferente, muestra ahora un particularísimo carácter. Así como en el sueño de Irma trato de justificarme alegando ser un médico concienzudo y aplicado, hago constar ahora, en mi sueño, que soy el autor de un valioso y utilísimo trabajo (sobre la cocaína), y tanto en uno como en otro caso me escudo en la alegación correspondiente para afirmar un derecho. Es como si de los méritos expuestos dedujese una conclusión en la forma siguiente: «…siendo así, creo que puedo permitirme…» Pero en el ejemplo presente puedo prescindir de exponer al detalle la interpretación, pues el propósito que me guiaba al comunicar este sueño era tan sólo el de investigar en un caso práctico la relación del contenido onírico con el suceso estimulador del día del sueño. Mientras no me era conocido sino el contenido manifiesto, no se me evidenciaba más que una sola relación del sueño con una impresión diurna; en cambio, una vez efectuado el análisis, se me revela, en otro suceso del mismo día, una segunda fuente del sueño. La primera de estas impresiones a las que el sueño se refiere es de carácter indiferente, constituyendo una circunstancia accesoria: el haber visto en el escaparate de una librería un libro cuyo título atrae fugitivamente mi atención y cuyo contenido apenas debía interesarme. La segunda impresión posee, en cambio, un alto valor psíquico: he dialogado con mi amigo el oculista durante cerca de una hora, haciéndole determinadas indicaciones de gran interés para ambos, y esta conversación ha provocado en mí la emergencia de recuerdos acompañados de los más diversos sentimientos. Además, nuestro diálogo quedó interrumpido, antes de terminar, por la llegada de unos amigos ¿Qué relación tienen entre sí y con el sueño las dos impresiones diurnas señaladas? El contenido manifiesto no encuentro sino una alusión a la impresión indiferente, y de este modo queda confirmado que el sueño acoge con preferencia en dicho contenido aquello que en la vida diurna no posee sino un carácter secundario. Por el contrario, en la interpretación onírica nos conduce todo al suceso importante, justificadamente estimulador. Si, como constituye la única forma acertada, juzgo el sentido del sueño por el contenido latente que el análisis nos ha revelado, habré llegado inopinadamente a un nuevo e importante conocimiento. El enigma de la preferencia exclusiva del sueño por los fragmentos sin valor de la vida diurna desaparece por completo y queda probada la inexactitud de aquellas afirmaciones que pretende que la vida anímica de la vigilia no continúa en el sueño, y que el mismo prodiga, en cambio, actividad psíquica en materia insignificante. La verdad es totalmente opuesta. Aquello que nos ha impresionado durante el día domina también las ideas del sueño, y sólo por aquellas materias que en la vigilia han estimulado nuestro pensamiento nos tomamos el trabajo de soñar. La explicación más próxima de por qué sueño con la impresión diurna indiferente, siendo otra, justificadamente estimuladora, la que ha provocado mi sueño, es quizá la de que se trata nuevamente de un fenómeno de la deformación onírica, proceso que antes atribuimos a un poder psíquico que reina a título de censura. El recuerdo de la monografía sobre los ciclámenes es empleado como si constituyese una alusión a mi diálogo con Königstein, idénticamente a como en el sueño de la comida fracasada queda representada la amiga de la sujeto por la alusión salmón ahumado. Fáltanos averiguar por conducto de qué elementos intermedios puede entrar la impresión producida por la monografía en una relación alusiva con mi conversación con el oculista, pues a primera vista nos es imposible hallar conexión alguna de este género. En el ejemplo de la comida fracasada queda establecida una tal relación desde el primer momento, pues el salmón ahumado pertenece, a título de plato preferido de la amiga, al círculo de representaciones que la persona de la misma ha de despertar en la sujeto del sueño. Pero en nuestro nuevo ejemplo se trata de dos impresiones separadas, que al principio no tiene nada común, sino el haber surgido en un mismo día. La monografía me ha llamado la atención por la mañana, y la conversación se desarrolló a finales de la tarde. La respuesta que a estos hechos nos da el análisis es la siguiente: tales relaciones, inexistentes al principio entre las dos impresiones, quedan establecidas subsiguientemente entre los respectivos contenidos de representaciones. En la redacción del análisis he hecho ya resaltar los elementos intermedios correspondientes. A la representación de la monografía sobre los ciclámenes no habría yo enlazado, probablemente, si no hubieran sobrevenido influencias de distinto origen, más que una sola idea: la de que dicha flor es la preferida de mi mujer, o quizá también el recuerdo de la historia de la señora de L., ideas que no creo hubieran bastado para provocar un sueño. There needs no ghost, my lord, come from the grave, To tell us this. (Hamlet.) Pero he aquí que el análisis me recuerda que la persona que interrumpió nuestra conversación se llamaba Gärtner (jardinero) y que hallé a su mujer floreciente. Además, recuerdo ahora, a posteriori, que en mi conversación con Königstein hablé también de una paciente mía que lleva el bello nombre de Flora. Por medio de estos elementos intermedios, pertenecientes al círculo de representaciones de la botánica, es como he debido de llevar a cabo el enlace de los dos sucesos diurnos, el indiferente y el interesante. A continuación fueron estableciéndose otras relaciones, siendo la primera la de la cocaína, la cual podía unir congruente y justificadamente la persona del doctor Königstein y una monografía botánica escrita por mí. Estas relaciones fortifican la fusión de los dos círculos de representaciones en uno sólo, permitiendo de este modo que un fragmento del primer suceso pudiera ser utilizado como alusión al segundo. Sé que esta explicación será combatida y calificada de arbitraria o artificiosa. ¿Qué hubiera sucedido si no hubiéramos encontrado al profesor Gärtner (jardinero) y a su floreciente esposa y si la paciente de que hablamos se hubiese llamado Ana y no Flora? La respuesta es sencilla. Si estas relaciones de ideas no hubieran existido hubieran sido elegidas otras distintas. Nada más fácil, en efecto, que establecer relaciones de este género; los chistes, adivinanzas y acertijos que nos hacen reír o nos entretienen en la vida diurna lo demuestran constantemente. El dominio del chiste es limitado. Pero aún hay más; si no hubiera sido posible establecer entre las dos impresiones del día relaciones intermedias suficientemente eficaces, habría tomado el sueño una forma distinta; otra cualquiera de las infinitas impresiones indiferentes que durante el día experimentamos y olvidamos casi en el acto habría tomado para el sueño el lugar de la «monografía» y habría entrado en conexión con el contenido de la conversación y representado a éste en el sueño. El que ninguna otra impresión, sino precisamente la de la monografía, fuese llamada a tomar a su cargo este papel es señal de que era la más apropiada para el establecimiento de la conexión. No debe admirarnos nunca, como al Juanito Listo (Hänschen Schlau), de Lessing, «que sean sólo los ricos los que más dinero tienen.» En el proceso psicológico por medio del cual llega la impresión indiferente a constituirse en representación de lo psíquicamente importante tiene que parecernos todavía harto arduo y singular. En otro capítulo nos plantearemos la labor de aproximar más a nuestra inteligencia las peculiaridades de esta operación aparentemente incorrecta, pues, por el momento, queremos limitarnos al resultado de dicho proceso, resultado que los conocimientos deducidos de numerosísimos análisis oníricos nos fuerzan a aceptar. Lo que del proceso advertimos es como si mediante los indicados elementos intermedios se llevase a cabo un desplazamiento de lo que podríamos denominar el «acento psíquico», hasta conseguir que representaciones débilmente provistas de intensidad inicialmente adquieran, por apropiación de la intensidad de otras mejor provistas al principio, una energía que las capacite para forzar el acceso a la consciencia. Tales desplazamientos no nos admiran cuando se trata de la aplicación de magnitudes de afecto o en general de actos motores. Que la solterona sin familia transfiera su ternura a sus animales caseros, que el solterón se convierta en apasionado coleccionista, que el soldado defienda hasta la muerte algo que en realidad no es sino una seda de colores, que en las relaciones amorosas nos colme de felicidad un apretón de manos prolongado durante un segundo o que un pañuelo perdido produzca en Otelo un ataque de ira, son ejemplos de desplazamientos psíquicos que nos parecen incontrovertibles. En cambio, el que del mismo modo y conforme a los mismo principios se establezca una conclusión sobre lo que llega a nuestra consciencia y lo que es usurpado a la misma, esto es, sobre lo que pensamos, nos hace la impresión de algo morboso y lo calificamos de error mental cuando lo observamos en la vida despierta. Anticipando aquí el resultado de consideraciones que más adelante habremos de exponer, revelaremos que el proceso psíquico que hemos reconocido en el desplazamiento onírico se nos demostrará, ya que no patológicamente perturbado, sí distinto de lo normal; esto es, como un proceso de naturaleza más bien primaria. De este modo interpretaremos la inclusión de restos de sucesos secundarios en el contenido del sueño como un fenómeno de la deformación onírica (por desplazamiento) y recordaremos que en este proceso deformador vimos una consecuencia de la censura que vigila a la comunicación entre dos instancias psíquicas. Esperamos, por tanto, que el análisis onírico nos descubra siempre la fuente verdadera y psíquicamente importante situada en la vida diurna, cuyo recuerdo ha desplazado su acento sobre el recuerdo indiferente. Esta concepción nos sitúa en abierta contradicción con la teoría de Robert, inutilizable ya para nosotros. En efecto, resulta que el hecho que quería explicar Robert no existe, pues la hipótesis de su existencia se basa en el error que supone la no sustitución del contenido aparente del sueño por el verdadero sentido del mismo. Pero no es ésta la única objeción que puede oponerse a dicha teoría. Si el sueño tuviera realmente la función de libertar nuestra memoria, por medio de una labor psíquica especial, de las «escorias» del recuerdo diurno, el trabajo realizado mientras dormimos sería muy superior al que pudiera significar nuestra actividad anímica despierta. Las impresiones indiferentes del día de las que habíamos de proteger nuestra memoria son infinitamente numerosas, y la noche entera no bastaría para hacerlas desaparecer. Mucho más verosímil es que el olvido de las impresiones indiferentes se realice sin intervención activa de nuestros poderes anímicos. No obstante, parece haber algo que nos advierte que no debemos todavía echar a un lado sin más detenido examen las teorías de Robert. Hemos dejado inexplicado el hecho de que una de las impresiones indiferentes del día -y precisamente del últimoproporcione siempre al contenido onírico un elemento. Entre esta impresión y la verdadera fuente onírica en lo inconsciente no siempre existen relaciones desde un principio, sino que, como ya hemos visto antes, quedan establecidas después, durante la elaboración del sueño, y como para facilitar el desplazamiento que la misma ha de llevar a cabo. Tiene, pues, que existir una coerción que imponga el establecimiento de tales relaciones precisamente con el impresión reciente, aunque nimia, y esta última tiene que ser, por una cualidad particular cualquiera, apropiada para ello. En caso contrario sería igualmente fácil que las ideas latentes desplazasen su acento sobre un fragmento inesencial de su propio contenido de representaciones. Los conocimientos que a continuación expongo, deducidos de mis análisis, pueden conducirnos a una explicación satisfactoria de esta cuestión. Cuando un día ha traído consigo dos o más sucesos capaces de provocar un sueño quedan ambos mencionados en el mismo por una única totalidad, como si el fenómeno onírico obedeciese a una coerción que le obligase a formar con ellos una unidad. Ejemplo: Una tarde de verano subí a un coche del ferrocarril, en el que encontré a dos amigos míos que no se conocían entre sí. Uno de ellos era un colega mío de gran fama, y el otro, un miembro de una distinguida familia a la que presto mi asistencia profesional. Aunque presenté en seguida a ambos señores, no entablaron durante todo el largo viaje conversación seguida entre ellos, sino que se limitaron a tomar parte en las que por separado hube yo de iniciar con cada uno. En una de ellas rogué a mi colega que recomendase a sus amistades a un conocido común que comenzaba por entonces el ejercicio de la Medicina. Mi colega me observó que estaba convencido de los méritos del principiante, pero que su insignificante figura le había de hacer más difícil el acceso a las casas de personas distinguidas, replicándole yo que precisamente por eso se hallaba necesitado de recomendación. Al otro de mis compañeros de viaje le pregunté poco después por el estado de su tía -madre de una de mis pacientes-, de la que sabía se hallaba gravemente enferma. A la noche siguiente a este viaje soñé que aquel amigo mío para el cual había solicitado ayuda se hallaba en un elegante salón y pronunciaba con toda la serena corrección de una acabado hombre de mundo y ante una selecta concurrencia, en la que situé a todas las personas distinguidas y ricas que me eran conocidas, un discurso necrológico en memoria de la anciana tía de mi compañero de viaje, a la que mi sueño daba ya por muerta. (Confieso francamente que no me hallaba en muy buenas relaciones con esta señora.) Así, pues, mi sueño había hallado de nuevo conexiones entre las dos impresiones del día y había compuesto por medio de ellas una situación unitaria. Sobre la base de conocimientos análogamente adquiridos por mi experiencia en la interpretación de los sueños sentaré aquí el principio de que para la elaboración onírica existe también una especie de fuerza mayor que la obliga a reunir en una unidad en el sueño todas las fuentes de estímulos dadas. Esta coerción que actúa sobre la elaboración de los sueños se nos revelará en el capítulo que a esta última consagraremos como una parte de la condensación, otro proceso psíquico primario. b) Lo infantil como fuente onírica. Como tercera de las peculiaridades del contenido onírico, hemos señalado, de acuerdo con todos los autores (incluso Robert), la de que en el sueño pueden emerger impresiones de tempranas épocas de nuestra vida, de las cuales no dispone nuestra memoria en la vigilia. Fácilmente se comprenderá que no es nada sencillo determinar la frecuencia con que esto sucede, pues al despertar no sabemos reconocer el origen de tales elementos de nuestros sueños. La demostración de que se trata de impresiones de la infancia tiene, por tanto, que realizarse de un modo objetivo, cosa también difícil, dado que sólo en muy raros casos disponemos de los datos necesarios. A. Maury refiere, como especialmente demostrativa, la historia de un individuo que se disponía a hacer un viaje para visitar su ciudad natal, de la que faltaba hacía veinte años, y la noche anterior a la partida soñó que se hallaba en un lugar desconocido y encontraba en la calle a un señor, también desconocido, con el que entablaba conversación. Llegando luego al fin de su viaje, comprobó que el lugar de su sueño existía realmente en las cercanías de su ciudad natal y que el incógnito individuo era un anciano amigo de su difunto padre. Esta circunstancia prueba que en su niñez había visto tanto el lugar como al individuo de su sueño, el cual debe interpretarse, además, como un sueño de impaciencia, análogo al de aquella paciente mía que pensaba ver al hombre a quien amaba en un concierto para el que ya tenía tomados los billetes, y el del niño al que su padre había prometido llevar de excursión a un lugar determinado. No habiendo sometido este sueño al análisis, no nos es posible, naturalmente, indicar los motivos por los que reprodujo, precisamente, tales impresiones de la infancia del sujeto. Uno de mis discípulos, que se vanagloriaba de que sólo raras veces sufrían sus sueños los efectos de la deformación onírica, me comunicó uno en el que había visto a su antiguo preceptor acostado con una criada que había servido en su casa hasta que él tuvo once años. Asimismo le parecía reconocer la habitación en que dicha escena se desarrollaba. Su hermano, al que relató este sueño, le confirmó, con grandes risas, su completa realidad. Recordaba muy bien -pues en la época a que él tuvo once años. Asimismo le parecía reconocer la habitación en que dicha escena se desarrollaba. Su hermano, al que relató este sueño, le confirmó, con grandes risas, su completa realidad. Recordaba muy bien -pues en la época a que le sueño se refería tenía ya seis años- que la amorosa pareja le emborrachaba co cerveza cuando hallaba ocasión favorable a su nocturno comercio. Nuestro sujeto, que por entonces sólo tenía tres años, no era considerado como obstáculo, aunque dormía en la misma alcoba. Existe aún otro caso en el que, sin necesidad de interpretación, puede afirmarse que el sueño contiene elementos de la infancia. Sucede esto cuando se trata de sueños de los denominados perennes, o sea de aquellos que habiendo sido soñados por vez primera en la infancia, retornan después, periódicamente, en la edad adulta. Aunque no he tenido nunca tales sueños perennes, puedo citar algunos ejemplos de este género que me ha sido dado observar. Un médico, cercano ya a los treinta años, me refirió que en su vida onírica solía aparecérsele, desde su más temprana infancia hasta el presente, un león amarillo, cuya figura podía describir con todo detalle. Un día descubrió que tal imagen onírica correspondía a un león de porcelana, perdido o roto hace muchos años, que había habido en su casa y constituyó, según le dijo su madre, el juguete predilecto de su más temprana niñez, cosa que él no recordaba en absoluto. Si desde el contenido manifiesto volvemos la vista a las ideas latentes que el análisis nos revela, comprobaremos, con asombro, que también en aquellos sueños en que nunca se nos hubiera ocurrido sospecharlo colaboran tales sucesos infantiles. Al mismo médico del «león amarillo» debo un ejemplo singularmente interesante e instructivo de tal sueño. Después de leer la descripción que Nansen escribió de su expedición polar, soñó que en medio del desierto de hielo prestaba sus servicios profesionales al valeroso explorador, aplicándole corrientes eléctricas para curarle unos dolores de vientre que le aquejaban. En el análisis de este sueño recordó una anécdota de su niñez, sin la cual no sería posible explicarlo. Teniendo tres o cuatro años, oyó una conversación sobre los viajes de exploración (Entdeckungsreisen) y preguntó a su padre si aquello era una enfermedad muy grave, confundiendo los viajes (Reisen) con los retortijones (Reißen). Las burlas de sus hermanos grabaron para siempre en su memoria el recuerdo de este suceso. En mi sueño de la monografía botánica se da un caso idéntico al que precede. Al analizarlo tropiezo, en efecto, con el recuerdo infantil, conservado, de que teniendo yo cinco años me dio mi padre un libro con láminas en colores, para que lo destruyera a mi antojo. Se me objetará quizá que es dudoso que este recuerdo participase realmente en la conformación del sueño, siendo más probable que la relación con él quedase posteriormente establecida en la labor analítica; pero la riqueza y el enlace de las asociaciones testimonian en contrario; ciclamen -flor preferida -plato preferido - alcachofas- arrancar, como a una alcachofa, hoja por hoja (expresión muy usada en aquel tiempo con referencia al proyectado reparto del Imperio chino) -herbario- «gusano de los libros» (cuyo plato preferido son los libros). Además, puedo asegurar que el último sentido de este sueño, que no hemos expuesto, se halla en íntima relación con el contenido de la escena infantil. En otra serie de sueños nos enseña el análisis que el mismo deseo que ha provocado el sueño que lo realiza procede de la vida infantil, haciéndonos ver, con asombro, que en el sueño continúa viviendo el niño con sus impulsos infantiles. Proseguiré aquí el análisis de un sueño al que ya debemos interesantes esclarecimientos: el de que mi amigo R. es mi tío. Hemos llevado la interpretación hasta descubrir como motivo el deseo de ser nombrado profesor, y nos explicamos el cariño del sueño por mi amigo R. como una oposición contra el rebajamiento de mis otros dos colegas contenido en las ideas latentes. Tratándose de un sueño propio, puedo continuar su análisis, declarándome insatisfecho con la solución alcanzada. Sé perfectamente que en la vida despierta hubiera sido muy distinta mi opinión sobre mis dos colegas, tan maltratados en las ideas latentes. El poder del deseo de no compartir su suerte en lo que a la promoción a profesor se refiere, me pareció insuficiente para esclarecer por completo la antimonia que se patentiza entre mis juicios en la vida despierta y los del sueño. Si mi ansia de poseer el citado título fuera realmente tan grande, sería prueba de una ambición morbosa que no creo poseer. No sé cómo opinarían sobre este punto aquellos que creen conocerme bien. Quizá sea realmente ambicioso; pero, aunque así fuera, hace ya mucho tiempo que mi ambición hacía cosas muy distintas del título de profesor. ¿De dónde procede entonces la ambición que el sueño me atribuye? Se me ocurre ahora que una anciana campesina profetizó a mi madre que yo sería un grande hombre. Tales profecías deben ser harto frecuentes, pues nunca faltan madres a quienes halagar ni ancianas -campesinas o no- que, viendo pasado su reino en el mundo, vuelven los ojos al porvenir. Supongo que la buena profecía valdría algo a la vieja sibila. ¿Podrá acaso ser esto lo que me ha inspirado ansia de grandeza? Pero en este momento recuerdo otra impresión de posteriores años infantiles, más apropiada para iluminarnos sobre este punto concreto. Un día que nos hallábamos en una cervecería del Prater, a la que solían llevarme mis padres cuando ya tenía yo once o doce años, nos llamó la atención un individuo que iba de mesa en mesa y por una pequeña retribución improvisaba versos sobre el tema que se le indicara. Mis padres me enviaron a llamarle, y el poeta, agradecido al mensajero, improvisó, antes que se le señalara tema alguno, unos versos en los que indicó la posibilidad de que yo llegara a ser ministro. Recuerdo bien la impresión que me causó esta segunda profecía. Sucedió esto en la época del «Ministerio burgués», y mi padre había traído hacía pocos días a casa los retratos de los ministros doctores Herbst, Giskra, Unger, Berger, etc. Varios de estos ministros eran judíos, de manera que todo buen muchacho de esta confesión podía ya decirse que llevaba la cartera de ministro en sus portalibros. Con las impresiones de aquella época debe hallarse también relacionado el que yo decidiese primero estudiar Derecho, no cambiando de idea sino poco antes de comenzar el plazo de inscripción en la Universidad. La carrera de Medicina es incompatible con la política y, por tanto, con la aspiración de llegar a ministro. Observo ahora, volviendo a mi sueño, que el mismo me traslada desde el insatisfecho presente a los tiempos, preñados de esperanzas, del Ministerio burgués, y realiza, en lo que le es posible, mi deseo de entonces. Maltratando a mis dos colegas, dignos de la mayor estimación, por el hecho de ser judíos, pero bajo el pretexto de que el uno es imbécil y el otro delincuente, me conduzco como si fuera el propio ministro; esto es, me pongo en el lugar que el mismo ocupa. ¡Magnífica venganza! El ministro me niega el nombramiento de profesor y yo le despojo de su puesto en mi sueño. En otro caso me fue dado observar que, aunque el deseo provocador del sueño sea contemporáneo, queda robustecido por lejanos recuerdos infantiles. Trátase aquí de una serie de sueños cuya base común es el vivo deseo de hacer un viaje a Roma. Por la época en que tuve estos sueños pensaba que dicho deseo habría de quedar incumplido aún mucho tiempo, pues los días que yo podía disponer para un viaje pertenecían a la estación en la que precisamente no debe permanecer en Roma ningún hombre cuidadoso de su salud. En estas circunstancias soñé una noche que veía a través de la ventanilla del tren el Tíber y el puente de Sant-Angelo; luego echaba a andar el tren en dirección contraria y pensaba yo que tampoco aquella vez se lograba mi deseo de visitar la Ciudad Eterna. El paisaje de mi sueño correspondía a un dibujo que el día anterior había visto fugitivamente en casa de un enfermo. En otro sueño me conduce alguien a lo alto de una colina y me muestra Roma envuelta en niebla y tan lejana aún, que me asombro de verla con tanta precisión. El contenido de este sueño rebasa el espacio que aquí desearíamos concederle. En él puede reconocerse fácilmente, a título de motivo, el deseo de «ver desde lejos la tierra de promisión». Lübeck es la primera ciudad que he visto envuelta en niebla, y la colina de mi sueño tiene como antecedente el Gleichenberg. En un tercer sueño me encuentro ya en Roma, según me dice el mismo. Mas, para desencanto mío, veo ante mí un paisaje que no tiene nada de ciudadano: un pequeño río de oscuras aguas, con negras rocas a un lado, y al otro, extensas praderas matizadas de grandes flores blancas. Veo a un cierto señor Zucker (azúcar), al que conozco superficialmente, y decido preguntarle por el camino que lleva a la ciudad. Descomponiendo el paisaje del sueño en sus elementos, las flores blancas me recuerdan a Ravena, ciudad que conozco y que sustituyó por algún tiempo a Roma como capital de Italia. En los pantanos de Ravena vimos bellísimos nenúfares en medio del agua negra. El sueño hace crecer estas flores en las praderas, como nuestros narcisos de Aussee, para evitarnos las molestias que en nuestra estancia en Ravena teníamos que afrontar para cogerlas en medio del pantano. Las negras rocas, tan próximas al río, recuerdan vivamente el valle del Tepl, junto a Karlsbad. Este último nombre me da la explicación del singular fragmento de mi sueño, en el que pregunto al señor Zucker el camino. Descubrimos aquí, en el material con el que el sueño se halla tejido, dos de aquellas divertidas anécdotas judías que suelen entrañar una profunda sabiduría, amarga a veces, y que con tanta frecuencia citamos en nuestras cartas y conversaciones. En una de ellas se nos cuenta de un judío que se introdujo sin billete en el rápido de Karlsbad. Descubierto y expulsado, volvió a subir y volvió a ser descubierto, pero continuó, tenazmente, su manejo, siendo objeto, a cada nueva revisión, de peores tratos. Un conocido que le vio en una de estas ocasiones le preguntó adónde iba y obtuvo la contestación siguiente: «Si mi constitución (física) lo resiste…, hasta Karlsbad.» Próxima a ésta reposa en mi memoria otra historieta de un judío desconocedor del francés, al que le indujeron a preguntar en París por el camino de la rue Richelieu. También París ha sido durante mucho tiempo objeto de mis deseos, y la felicidad que me invadió al pisar por vez primera su suelo la interpreté como garantía de que también se me lograrían otros deseos. El preguntar el camino es una alusión directa a Roma, pues conocido es que «todos los caminos llevan a Roma». El nombre Zucker (azúcar) alude nuevamente a Karlsbad, balneario al que mandamos los médicos a nuestros enfermos de diabetes, que es una enfermedad constitucional. La ocasión de este sueño fue la proposición que mi amigo de Berlín, me había dirigido de reunirnos en Praga, aprovechando las fiestas de Semana Santa. De los temas que con él pensaba tratar surgen nuevas relaciones con el azúcar y la diabetes. Un cuarto sueño, muy próximo al que antecede, me traslada de nuevo a Roma. Estoy ante una esquina y me admira el gran número de anuncios y carteles alemanes en ella fijados. El día antes había escrito -con profética visión- a mi amigo que Praga no debía ser una residencia muy agradable para dos viajeros alemanes. Así, pues, mi sueño expresaba al mismo tiempo el deseo de reunirme con mi amigo en Roma y no en una ciudad bohemia, y el de que en Praga se observase una mayor tolerancia con respecto al uso de alemán, deseo este último que procedía sin duda de mis tiempos de estudiante. Por otro lado, recuerdo que en los tres primeros años de vida debí de comprender el checo, pues he nacido en un pueblo de Moravia cuya población era eslava en su mayoría. Unos versos infantiles checos que oí teniendo diecisiete años se grabaron tan fácilmente en mi memoria, que todavía puedo repetirlos de corrido, a pesar de no tener la menor idea de su significación. Vemos, pues, que tampoco estos sueños carecen de múltiples relaciones con impresiones de mis primeros años infantiles. Durante mi último viaje por Italia, en el que visité, entre otros lugares, el lago Trasimeno, se me reveló, después de haber llegado hasta el Tíber y haber tenido que emprender, contra mi deseo, el regreso, hallándome a ochenta kilómetros de Roma, el refuerzo que a mi anhelo de la Ciudad Eterna proporcionaban determinadas impresiones de mi infancia. Maduraba por aquellos días el plan de ir a Nápoles al siguiente año, sin detenerme en Roma, cuando recordé una frase que debía de haber leído en alguno de nuestro clásicos: «No puede decidirse quién hubo de pasear más febrilmente arriba y abajo por su cuarto después de haber hecho el plan de marchar hacia Roma, si Aníbal o el rector Winckelmann.» En mi viaje había yo seguido las huellas de Aníbal; como a él, me había sido imposible llegar a Roma y había tenido que retroceder hasta Campania. Aníbal, con quien me hallaba ahora estas analogías, fue mi héroe favorito durante mis años de Instituto, y al estudiar las guerras púnicas, todas mis simpatías fueron para los cartagineses y no para los romanos. Más adelante, cuando en las clases superiores fui comprendiendo las consecuencias de pertenecer a una raza extraña al país en que se ha nacido, y me vi en la necesidad de adoptar una actitud ante las tendencias antisemitas de mis compañeros, se hizo aún más grande ante mis ojos la figura del guerrero semita. Aníbal y Roma simbolizaron para mí, respectivamente, la tenacidad del pueblo judío y la organización de la Iglesia católica. La importancia que el movimiento antisemita ha adquirido desde entonces para nuestra vida espiritual contribuyó a la fijación de los pensamientos y sentimientos de aquella época. El deseo de ir a Roma llegó de este modo a convertirse, con respecto a mi vida onírica, en encubridor y símbolo de otros varios, para cuya realización debía laborar con toda la tenacidad y resistencia del gran Aníbal, y cuyo cumplimiento parece a veces tan poco favorecido por el Destino como el deseo de entrar en Roma que llenó toda la vida de aquel héroe. Se me revela ahora el suceso de juventud que manifiesta aún su poder en todos estos sentimientos y sueños. Tendría yo diez o doce años cuando mi padre comenzó a llevarme consigo en sus paseos y a comunicarme en la conservación sus opiniones sobre las cosas de este mundo. Una de estas veces, y para demostrarme que yo había venido al mundo en mucho mejor época que él, me relató lo siguiente: «Cuando yo era joven salí a pasear un domingo por las calles del lugar en que tú naciste bien vestido y con una gorra nueva en la cabeza. Un cristiano con el que me crucé me tiró de un golpe la gorra al arroyo, exclamando: `¡Bájate de la acera, judío!' `Y tú, ¿qué hiciste?', pregunté entonces a mi padre. `Dejar la acera y recoger la gorra', me respondió tranquilamente. No pareciéndome muy heroica esta conducta de aquel hombre alto y robusto que me llevaba de la mano, situé frente a la escena relatada otra que respondía mejor a mis sentimientos: aquella en la que Amílcar Barca, padre de Aníbal, hace jurar a su hijo que tomará venganza de los romanos. Desde entonces tuvo Aníbal un puesto en mis fantasías.» Todavía creo poder perseguir mi predilección por el general cartaginés hasta un período más temprano de mi infancia, resultando así que no se trataría nuevamente en este caso sino de la transferencia a un nuevo objeto de una relación afectiva ya constituida. Uno de los primeros libros que cuando aprendía a leer cayeron en mis manos fue la obra de Thiers titulada El Consulado y el Imperio, y recuerdo que pegué en la espalda de mis soldados de madera cartulinas con los nombres de los mariscales, siendo ya entonces Massena (Manasés) mi preferido. (Esta predilección puede explicarse también por la circunstancia de coincidir, con cien años de diferencia, la fecha de nuestro nacimiento.) El paso de los Alpes hace también coincidir a Napoleón con Aníbal. El desarrollo de este ideal guerrero podría quizá perseguirse, a través de años aún más tempranos de mi infancia, hasta los deseos de mis relaciones -tan pronto amistosas como hostiles- con un niño un año mayor que yo habían de despertar en el más débil de todos. Cuando más ahondamos en el análisis de los sueños, más frecuentemente descubrimos las huellas de sucesos infantiles que desempeñan, en el contenido latente, el papel de fuentes oníricas. Vimos ya que sólo muy raras veces llegan a constituir los recuerdos, reproducidos sin modificación ni corte alguno, todo el contenido manifiesto de un sueño. Sin embargo, existen varios ejemplos comprobados de este género de sueños, a los que añadiré algunos más, relacionados nuevamente con escenas infantiles. Uno de mis pacientes tuvo un sueño que constituía la completa reproducción, apenas deformada, de un incidente de carácter sexual, reproducción que fue reconocida en el acto como un fidelísimo recuerdo. La huella mnémica de dicho incidente no había desaparecido por completo de la memoria despierta del sujeto, pero sí se mostraba ya un tanto borrosa y oscura, y su vivificación constituyó un resultado de la labor analítica anterior. Cuando tenía doce años había ido el sujeto a visitar a un compañero suyo que se hallaba en cama, y que al hacer un movimiento, seguramente casual, mostró sus desnudeces. Poseído por una especie de obsesión a la vista de los genitales de su amigo, descubrió el visitante los suyos y echó mano al miembro del otro; pero al ver que éste le miraba con disgusto y asombro se turbó extraordinariamente y retiró su mano. Veintitrés años más tarde repitió un sueño esta escena con todos sus detalles y hasta con los mismos matices de los sentimientos que en ella surgieron, aunque modificándola en el sentido de adjudicar al sujeto el papel pasivo en lugar del activo y sustituir la persona del compañero del colegio por otra, perteneciente al presente. Regularmente, sin embargo, no es representada la escena infantil en el sueño sino por una alusión, y tiene que ser desarrollada y completada por medio del análisis. La comunicación de ejemplos de este género no puede poseer gran fuerza demostrativa, pues carecemos de toda garantía sobre la exactitud de los sucesos infantiles correspondientes, los cuales no son reconocidos por la memoria cuando pertenecen a épocas muy tempranas. El derecho a deducir de sueños estos sucesos infantiles surge, durante la labor psicoanalítica, de toda una serie de factores, cuyo testimonio conjunto parece merecedor de crédito. Separadas de su contexto para los fines de la interpretación onírica, no harán quizá estas referencias de sueños a sucesos infantiles sino muy escasa impresión, sobre todo teniendo en cuenta que ni siquiera puedo comunicar todo el material sobre el que la interpretación se apoya. Sin embargo, no creo que estos motivos sean suficientes para prescindir de su exposición. I. Todos los sueños de una de mis pacientes presentan como carácter común el apresuramiento. Se apura (sie hetzt sich) para llegar a tiempo a alguna parte, no perder un tren, etc. En uno de estos sueños se dispone a visitar a una amiga suya. Su madre le aconseja que tome un coche, pero ella echa a correr y cae al suelo una y otra vez. El análisis nos muestra en estos sueños reminiscencias de juegos infantiles de dicho carácter (Kinderhetzereien; sabido es también que los vieneses llaman Hetz a la confusión o el tumulto, provocados intencionadamente para la consecución de determinados fines), y con respecto especialmente al sueño antes detallado, el recuerdo del conocido trabalenguas infantil consistente en pronunciar con la mayor rapidez posible, como si de una palabra se tratara, la frase La vaca corrió hasta que se cayó (Die Kuh rannte bis sie fiel). Todos estos inocentes juegos entre infantiles amiguitos son recordados por constituir la sustitución de otros menos inocentes. II. Otro sueño de una paciente distinta. «Está en una amplia habitación, llena de diversos aparatos, que le parece corresponder a la idea que ella se forma de un establecimiento ortopédico. Oye decir que yo no tengo tiempo y que en la sesión de tratamiento participaron hoy otros cinco. No queriendo aceptar esta comunidad, se niega a echarse en la cama -o lo que sea- para ella destinada y permanece en pie en un rincón, esperando que yo diga que no es verdad. Las otras se burlan de ella mientras tanto. Son tonterías suyas. Al mismo tiempo le parece como si estuviera haciendo pequeños cuadrados.» La primera parte de este sueño constituye un enlace del mismo con el tratamiento psicoanalítico y la transferencia sobre mí, siendo su segunda parte la que contiene la alusión a una escena infantil. Ambos fragmentos quedan soldados entre sí por la mención de la cama. El «establecimiento ortopédico» se refiere a palabras mías, en las que comparé el tratamiento, por su duración y naturaleza, con un tratamiento ortopédico. Asimismo le había dicho yo al principio de la cura que por el momento no podía dedicarle mucho tiempo, pero que más adelante le dedicaría una hora diaria. Esta circunstancia despertó en la paciente su antigua susceptibilidad, carácter principalísimo de los niños predestinados a la histeria, los cuales no se consideran nunca satisfechos, por mucho que sea el cariño que se les demuestre. Mi paciente era la menor de seis hermanas (de aquí, con otras cinco), y como tal, la preferida del padre; mas, sin embargo, le parecía que el mismo no le dedicaba aún tiempo y atención suficiente. El esperar que yo diga que no es verdad se deriva de los hechos siguientes: su sastre le había enviado un vestido, y ella había entregado su importe al pequeño aprendiz que fue a llevárselo, preguntado después a su marido si tendría que pagar nuevamente en el caso de que aquel chiquillo perdiese el dinero. El marido, para embromarla, contestó afirmativamente (las burlas del sueño), y ella repitió una y otra vez su pregunta, esperando que acabase por decirle que no era verdad. A esto corresponde, en el contenido latente, la idea de si me tendrá que pagar el doble cuando me dedique doble tiempo, idea de carácter «roñoso» o «sucio» (schmutzig). (La falta de limpieza en la época infantil es sustituida con gran frecuencia en los sueños por la avaricia, siendo el adjetivo schmutzig, con su doble significado de «roñoso» y «sucio», lo que constituye el puente entre ambas representaciones.) Si el fragmento onírico de «esperar que yo diga que no es verdad», etc., constituye una representación indirecta de la palabra schmutzig, concordarán con ello el permanecer en pie en un rincón y el no querer echarse en la cama, a título de elementos de una escena infantil en que la paciente fue castigada a permanecer en pie en un rincón por haber ensuciado la cama, amenazándosela, además, con que papá no la querría ya y sus hermanas se burlarían de ella, etc. Los pequeños cuadrados aluden a una sobrinita suya que le han enseñado la habilidad matemática de inscribir cifras, creo que en nueve cuadrados, de manera que sumadas en cualquier dirección den 15. III. Un sueño masculino. «Ve a dos muchachos peleándose. Por los utensilios que en derredor de ellos advierte, deduce que son aprendices de tonelero. Uno de ellos tiene derribado al otro. El caído lleva pendientes con piedras azules. Con el bastón en alto, se dirige hacia el vencedor para castigarle. Pero el muchacho se refugia al lado de una mujer que hay junto a una valla, como si de su madre se tratase. Es una mujer de aspecto humilde y está de espaldas al durmiente. Luego se vuelve y le dirige una mirada tan torva y feroz, que echa a correr, asustado. Antes advierte que los párrafos inferiores de la mujer, laxos y caídos, dejan asomar la carne roja.» Este sueño ha aprovechado, con gran amplitud, triviales sucesos del día anterior. En él vio, efectivamente, dos muchachos que reñían en la calle, teniendo uno de ellos derribado al otro, y cuando se dirigió a ellos para separarlos, emprendieron ambos la fuga. El elemento «aprendices de tonelero» queda aclarado a posteriori por otro sueño en cuyo análisis empleó el sujeto la locución «desfondar el tonel». Sobre los «pendientes con piedras azules», observa que son un adorno muy llevado por las prostitutas. Con esta asociación concuerda la reminiscencia de una conocida canción en la que se trata de dos muchachos. «El otro muchacho se llamaba María» (esto es, era una muchacha). La mujer, en pie junto a la valla: después de la escena de la riña estuvo paseando por la orilla del Danubio y aprovechó lo solitario de aquellos lugares para orinar contra una valla. Continuando su paseo, encontró una mujer, ya entrada en años y decentemente vestida, que le sonrió amable y quiso hacerle aceptar su tarjeta. La mujer de su sueño aparece junto a la valla en actitud idéntica a la suya cuando se puso a orinar; corresponde, pues, a la representación de una mujer orinando, y con esta representación concuerda perfectamente la repugnante visión de la carne roja asomando por el borde de los párpados inferiores, visión que no puede referirse sino a la de los genitales femeninos, abiertos cuando la mujer se pone en cuclillas para orinar. El sujeto debió de presenciar alguna vez, en su infancia este espectáculo, y el mismo resurge ahora, en su recuerdo, bajo la forma de «herida» o «carne viva». Su sueño reúne las dos ocasiones en que siendo niño le fue dado contemplar los genitales de sus infantiles compañeras: al derribarlas jugando y al orinar. En el análisis surge también el recuerdo de los castigos o amenazas de que su padre le hizo objeto al descubrir su temprana curiosidad sexual. IV. Detrás del siguiente sueño de una señora mayor se esconde toda una serie de recuerdos infantiles reunidos en una fantasía. «Sale apresuradamente a hacer varias comisiones. Al llegar al "Graben", se desploma en el suelo de rodillas, como "reventada". En derredor suyo se arremolina un grupo de gente en el que predominan los cocheros de punto, pero nadie la auxilia. Varias veces intenta en vano incorporarse. Por fin debe de haberlo conseguido, pues la meten en un coche que va a llevarla a su casa. A través de la ventanilla la arrojan una pesada cesta muy voluminosa (parecida a una cesta de la compra).» La sujeto de este sueño es aquella paciente que en su vida onírica es siempre apurada, como de niña apuraba ella a las demás. La primera escena de su sueño procede, sin duda alguna, del recuerdo de haber visto caer a un caballo en la calle o en las carreras, accidente al que alude también la expresión «como reventada». En años anteriores había sido la sujeto una gran amazona, y es de suponer que en sus años infantiles sirviera también alguna vez de caballo a sus compañeros de juego. A este tema de la «caída» pertenece su primer recuerdo infantil, referente al hijo de su portero, muchacho de diecisiete años, que, habiendo sufrido en la calle un ataque epiléptico, fue traído a su casa en su coche. Ella no presenció este escena, sino que solamente la oyó relatar; pero la representación del ataque epiléptico y del «caído» adquirió un gran poder sobre su fantasía e influyó después en la forma de sus ataques histéricos. Cuando una mujer sueña que «cae», suele esto tener, casi siempre, un sentido sexual. Con ello se convierte en una «mujer caída». c) Las fuentes oníricas somáticas. Cuando intentamos despertar el interés de un hombre culto, pero profano en estas materias, por los problemas del fenómeno onírico y le preguntamos con tal propósito cuáles son a su juicio las fuentes de los sueños, observamos casi siempre que el interrogado cree poseer un exacto conocimiento de una parte por lo menos de esta cuestión. Pensará, en efecto, inmediatamente en la influencia que las digestiones perturbadas o difíciles, la posición del durmiente y los pequeños estímulos exteriores manifiestan ejercer la formación de los sueños, y no parecerá sospechar que después de tener en cuenta todos estos factores quede aún algo necesitado de esclarecimiento. En nuestro capítulo de introducción examinamos con toda minuciosidad el papel que la literatura científica atribuye con respecto a la formación de los sueños a las fuentes somáticas de estímulos. Por tanto, no necesitamos ahora sino recordar los resultados de dicha investigación. Hemos visto que se distinguían tres clases de fuentes oníricas somáticas; los estímulos sensoriales emanados de objetos exteriores, los estados internos de excitación, de base exclusivamente subjetiva, y los estímulos somáticos procedentes del interior del organismo. Observamos asimismo la predilección de los autores por las fuentes somáticas y su tendencia a situar muy en último término las psíquicas o excluirlas totalmente. Al examinar las pruebas aducidas en favor de las primeras, advertimos: 1º Que la importancia de las excitaciones objetivas de los órganos sensoriales -originadas en parte por estímulos casuales sobrevenidos durante el reposo y en parte por aquellos otros que no pueden ser mantenidos a distancia de la vida anímica durmiente- queda comprobada por numerosas observaciones y confirmada experimentalmente. 2º Que la función de las excitaciones sensoriales aparece demostrada por el retorno de las imágenes hipnagógicas en los sueños; y 3º Que la amplia referencia efectuada de nuestras imágenes y representaciones oníricas a un estímulo somático interno no es comprobable en toda su extensión, pero encuentra un punto de apoyo en la influencia, generalmente reconocida, que el estado de excitación de los órganos digestivos, urinario y sexual ejerce sobre el contenido de nuestros sueños. El estímulo nervioso y el estímulo corporal serían, pues, las fuentes somáticas de los sueños; esto es, las únicas fuentes oníricas, según algunos autores. Pero, además de esto, hemos acogido en nuestra introducción toda una serie de dudas referentes no tanto a la exactitud como a la suficiencia de la teoría de los estímulos somáticos. Por muy seguros que hubieran de sentirse los representantes de esta teoría con respecto a los fundamentos afectivos de la misma -sobre todo en lo relativo a los estímulos nerviosos accidentales y externos, fácilmente comprobables en el sueño-, ninguno de ellos llegó a desconocer por completo la imposibilidad de derivar en su totalidad de estímulos nerviosos exteriores el rico contenido de representaciones del fenómeno onírico. Miss Mary Whiton Calkins ha examinado desde este punto de vista durante seis semanas sus propios sueños y los de otra persona. Sólo en un 13,2 por 100 y un 6,7 por 100, respectivamente, pudo descubrirse una percepción sensorial externa, y únicamente dos de los sueños investigados se demostraron derivables de sensaciones orgánicas. De este modo nos confirma aquí la estadística lo que ya un rápida revisión de nuestra propia experiencia nos había hecho sospechar. Muchos investigadores se conformaron con hacer resaltar el «sueño de estímulo nervioso», entre las demás formas oníricas, como una especie de sueño mejor y más completamente investigada. Spitta dividía los sueños en «sueños de estímulo nervioso» y «sueños de asociaciones»; pero claro está que una tal solución no podía considerarse satisfactoria mientras no se hubiera conseguido descubrir el lazo de unión entre las fuentes oníricas somáticas y el contenido de representaciones del sueño. Resulta, pues, que a la objeción antes señalada, relativa a la insuficiente frecuencia con que nos es posible referir los sueños a fuentes de estímulos exteriores, se agrega ahora la de que la admisión de dichas fuentes oníricas no nos proporciona sino un muy incompleto esclarecimiento de cada sueño. Los representantes de esta teoría nos son deudores de dos importantes explicaciones: por qué la verdadera naturaleza del estímulo exterior no es nunca reconocida, sino singularmente equivocada en el sueño (cf. los sueños del despertador, capítulo 2), y por qué el resultado de la reacción del alma a la percepción de este estímulo, cuya verdadera naturaleza no reconoce, puede ser tan indeterminablemente variable. En respuesta a esta interrogación, alega Strümpell, como ya vimos antes, que a consecuencia de su apartamiento del mundo exterior durante el estado de reposo, no se halla el alma en situación de dar la exacta interpretación del estímulo sensorial objetivo, sino que se ve obligada a construir ilusiones sobre la base de la indeterminada excitación dada. He aquí las propias palabras de Strümpell: «Cuando durante el reposo, y por efecto de un estímulo nervioso, externo o interno, surge en el alma y es percibido por ella un proceso psíquico cualquiera - sensación, complejo de sensaciones, sentimiento, etc.- despierta este proceso, tomándolas del círculo de impresiones de la vigilia que aún perduran en el alma, imágenes sensitivas, o sea, percepciones anteriores, que aparecen desnudas o revestidas de sus valores psíquicos correspondientes. De este modo reúne dicho proceso en derredor suyo un número más o menos considerable de tales imágenes, las cuales dan a la impresión procedente del estímulo nervioso su valor psíquico. Como lo hacemos al referirnos a nuestra actividad anímica en la vida despierta, decimos también aquí que el alma interpreta, durante el estado de reposo, las impresiones producidas por el estímulo nervioso. Resultado de esta interpretación es el sueño de estímulo nervioso; esto es, un sueño cuyos elementos se hallan condicionados por el hecho de que un estímulo de dicho género desarrolla su efecto psíquico en la vida anímica conforme a las leyes de la reproducción.» Idéntica en todo lo esencial a esta teoría es la afirmación de Wundt, de que las representaciones oníricas emanan, en su mayor parte, de estímulos sensoriales -incluso de aquellos pertenecientes a la sensación vegetativa general-, siendo, por tanto, casi siempre, ilusiones fantásticas y, sólo en su más pequeña parte, representaciones mnémicas puras elevadas a la categoría de alucinaciones. Para la correlación que de esta teoría resulta entre el contenido onírico y los estímulos del sueño, encuentra Strümpell el excelente paralelo (cap. 2) de «los sonidos que los diez dedos de un individuo profano en música producen al recorrer al azar el teclado de un piano». Conforme a este punto de vista, no aparecería el sueño como un fenómeno anímico originado por motivos psíquicos, sino como el resultado de un estímulo fisiológico que se manifiesta en una sintomatología psíquica por no ser capaz de otra distinta exteriorización del aparato sobre el que el estímulo actúa. En una análoga hipótesis se halla basada, por ejemplo, la explicación que Meynert intentó dar de las representaciones obsesivas por medio de la famosa comparación de la esfera del reloj, en la que resaltan algunas cifras impresas en mayor relieve. Por predilecta que haya lelgado a ser esta teoría de los estímulos oníricos somáticos y por atractiva que parezca, es, sin embargo, fácil descubrir su punto débil. Todo estímulo onírico somático que durante el reposo incita al aparato anímico a su interpretación por medio de la formación de ilusiones, puede motivar un sinnúmero de tales tentativas de interpretación y, por tanto, alcanzar su representación en el contenido onírico por infinitos elementos diferentes. Pero la teoría de Strümpell y Wundt no nos indica motivo alguno que regule la relación entre el estímulo externo y la representación onírica elegida para su interpretación, dejando así inexplicada la «singular selección» que los estímulos «llevan a cabo, con gran frecuencia, en su actividad reproductiva» (Lipps: Hechos fundamentales de la vida onírica, pág. 170). Contra la hipótesis fundamental de toda la teoría de la ilusión, o sea, la de que durante el reposo no se halla el alma en situación de reconocer la verdadera naturaleza del estímulo sensorial objetivo, se han elevado también diversas objeciones. Así, Burdach, el viejo fisiólogo sostiene la afirmación contraria de que también durante el estado de reposo es el alma capaz de interpretar acertadamente las impresiones sensoriales que hasta ella llegan y reaccionar conforme a tal interpretación exacta. En demostración de su aserto, aduce que determinadas impresiones sensoriales, importantes para el durmiente, quedan excluidas de la general indiferencia del mismo (la nodriza que despierta al más leve rumor del niño), y que nuestro nombre, pronunciado en voz baja, interrumpe nuestro reposo, mientras que otras impresiones auditivas más intensas, pero indiferentes, no obtienen igual resultado, lo cual supone que el alma dormida sabe también diferenciar las impresiones (cap. 2, apart. e). De estos hechos deduce Burdach que durante el reposo no existe una incapacidad para interpretar los estímulos sensoriales, sino una falta de interés con respecto a ellos. Los mismos argumentos alegados por Budach en 1830 retornan luego, sin modificación alguna en la impugnación de la teoría de los estímulos somáticos escrita por Lipps en 1883. Según este punto de vista, se nos muestra el alma semejante a aquel durmiente que a la pregunta: «¿Duermes?», contesta: «No»; pero interpelado a seguidas con la petición: «Entonces préstame diez duros», se escuda con la evasiva: «Estoy dormido.» La insuficiencia de la teoría de los estímulos oníricos somáticos puede todavía demostrarse por otro camino diferente. Puede, en efecto, observarse que los estímulos externos no provocan obligadamente sueños, aunque dado el caso de que soñemos aparezcan representados en el contenido onírico. Ante un estímulo epidérmico o de presión sobrevenido durante el reposo, disponemos de diversas reacciones. En primer lugar, podemos hacer caso omiso de él y ver luego, al despertar, que hemos dormido con una pierna fuera de las sábanas o un brazo en mala postura, sin que nada nos lo haya advertido durante la noche. La Patología nos muestra numerosísimos casos en los que diversos estímulos sensoriales y de movimiento intensamente excitantes, no han tenido efecto alguno durante el reposo. En segundo lugar, podemos advertir la sensación mientras dormimos a través de nuestro reposo, como sucede regularmente con los estímulos dolorosos, pero sin entretejer en un sueño el dolor percibido. Asimismo podemos despertar con objeto de poner fin al estímulo. Por último, el que el estímulo nervioso nos induzca a la formación de un sueño no es sino una cuarta reacción posible de frecuencia igual a las otras tres. Esto último no sucedería si el motivo de los sueños no residiese fuera de las fuentes oníricas somáticas. Dándose cuenta de la laguna que antes señalamos en la explicación de los sueños por la intervención de estímulos somáticos, han intentado otros autores -Scherner y luego Volkelt- determinar más estrictamente aquellas actividades anímicas que, tomando como base los estímulos somáticos, hacen surgir toda la variedad de imágenes oníricas. Situando así nuevamente la esencia de los sueños en lo anímico y en una actividad psíquica. Scherner no se limitó a dar una poética descripción, llena de vida, de las peculiaridades psíquicas que se desarrollan en la formación de los sueños, sino que creía firmemente haber descubierto el principio que rige la conducta del alma con respecto a los estímulos que a ella se ofrecen. Desarrollando con plena contingencia su fantasía, libre de sus trabas diurnas, tiende, según Scherner, la elaboración onírica a representar simbólicamente la naturaleza del órgano del que se emana el estímulo. Fórmase de este modo una especie de «clave de los sueños» que nos permitiría deducir de las imágenes oníricas las sensaciones somáticas y los estados orgánicos y de excitación que las han provocado. Así, la imagen onírica de un gato es expresión de un malhumorado estado de ánimo, y el pan, con su blanca y lisa superficie, representa, en nuestros sueños, la desnudez. El cuerpo humano, en su totalidad, es representado por la fantasía onírica con la imagen de una casa, y un órgano aislado, por una parte de la misma. En los «sueños de estímulo dental» corresponden a la boca una alta galería abovedada, y al descenso hasta el tubo digestivo, una escalera. En el «sueño de dolor de cabeza» queda precisada la situación dominante de este órgano por la imagen de un techo cubierto de repugnantes arañas semejantes a «sapos». Para designar un mismo órgano suele emplear el sueño diversos símbolos. El pulmón y su actividad respiratoria quedan simbolizados por un estufa encendida y la corriente de aire que aviva su fuego; el corazón, por cajas y cestos vacíos, y la vejiga, por objetos redondos, en forma de bolsa, o simplemente cóncavos. Muy importante es el hecho de que al final del sueño suele aparecer sin disfraz alguno y casi siempre adscrito al cuerpo mismo del sujeto el órgano del que parte el estímulo o la función a él correspondiente. Así, el «sueño de estímulo dental» termina, por lo general, con una escena en la que el sujeto extrae de su boca una larga «muela». Esta teoría de la interpretación onírica no fue ciertamente muy bien acogida por los demás investigadores, que la tacharon de extravagante e incluso se negaron a reconocer lo que, a mi juicio, hay en ella de verdad. Como puede verse, conduce a la habilitación de la interpretación de los sueños por medio de símbolos, empleada por los antiguos, con la única diferencia de que el sector del que ha de extraerse la interpretación queda limitado al perímetro de la personalidad física humana. la carencia de una técnica científica de interpretación tiene que disminuir necesariamente la capacidad de aplicación de la teoría de Scherner. La interpretación onírica en ella basada no excluye tampoco la arbitrariedad, tanto menos cuanto que se admite la posibilidad de que un estímulo halle, en el contenido onírico, diversas representaciones. Así fue ya imposible a Volkelt, continuador de las hipótesis de Scherner, comprobar la simbolización del cuerpo humano en los sueños por medio de la imagen de la casa. También tenía que contribuir a la no aceptación de esta teoría el hecho de considerar la elaboración onírica como una actividad inútil y desprovista de todo fin, asignada al alma, la cual se limitaría a fantasear sobre el estímulo dado, sin tender, ni lejanamente siquiera, a algo semejante a una derivación o supresión del mismo. Existe, por último, otra objeción que conmueve gravemente la construcción teórica de Scherner de la simbolización de estímulos somáticos por los sueños. No faltando nunca estímulos de este género, y siendo el alma, según opinión general, más accesible a ellos durante el reposo que en la vida despierta, no se comprende cómo no sueña de continuo, a través de toda la noche y cada noche, con todos los órganos. Si queremos eludir esta objeción, alegando que para despertar la actividad onírica es necesario que de los distintos órganos -ojos, oídos, boca, intestinos, etc.- emanen estímulos especiales, tropezaremos con la dificultad de demostrar que tales incrementos de excitación son de carácter objetivo, cosa que sólo en un limitado número de sueños nos resulta posible. Si el sueño de volar constituye una simbolización del movimiento de ascenso y descenso de los lóbulos del pulmón al respirar, debería ser soñado con mucha mayor frecuencia, según observa ya Strümpell, o habría de advertirse durante él una intensificación de la actividad respiratoria. Una tercera posibilidad -quizá la más verosímil- es la de que, periódicamente, surjan motivos especiales para consagrar atención a las sensaciones viscerales regularmente existentes. Pero este caso nos lleva más allá de los límites de la teoría de Scherner. El valor de las especulaciones de Scherner y Volkelt reside en precisar una serie de caracteres del sueño necesitados de explicación y cuyo examen promete conducirnos a nuevos conocimientos. Es perfectamente cierto que los sueños contienen simbolizaciones de órganos y funciones somáticos, y también que el agua indica en ellos, con frecuencia, un estímulo de origen vesical, y que los genitales masculinos pueden ser representados por una columna, una vara enhiesta, etc., etc. Aquellos sueños que, en oposición a la pálida policromía de otros, muestran un extenso campo visual y vivos colores, deberán interpretarse, con seguridad casi completa, como sueños de estímulo visual. Asimismo, tampoco puede negarse la colaboración de la formación de ilusiones en aquellos otros que contienen ruidos y murmullos de voces. Sueños como el de Scherner, en el que dos filas de bellos adolescentes rubios, situadas frente a frente sobre un puente, se atacan, luchan y vuelven a sus posiciones primitivas repetidamente, hasta que el sujeto se sienta sobre el puente y se extrae de la mandíbula una larguísima muela, o como el análogo de Volkelt que muestra al durmiente dos filas de cajones y termina también con la extracción de una muela, y, en general, todas las formaciones oníricas de esta clase, de las cuales comunican ambos autores numerosos ejemplos, no permiten condenar como ociosa invención la teoría de Scherner sin antes investigar el nódulo de verdad que indudablemente contiene. En caso contrario, habríamos de consagrarnos a procurar un distinto esclarecimiento para la supuesta simbolización del presunto estímulo dental. Nuestros análisis de sueños nos han proporcionado un importante argumento del que aún no hemos hecho uso en la discusión de las fuentes oníricas. Si por medio de un procedimiento que los demás investigadores no han aplicado a los sueños por ellos examinados, conseguimos demostrar que el sueño posee un valor propio, a título de acto psíquico, que el motivo de su formación se halla constituido por un deseo y que el material inmediato para la constitución de su contenido es proporcionado por los sucesos del día anterior, quedará juzgada, sin necesidad de más amplio proceso, toda otra teoría onírica que no utilice un tan importante instrumento de investigación y considere en consecuencia al sueño como una reacción psíquica, inútil y enigmática a estímulos somáticos. Para no hacer objeto a estas teorías de un tal juicio adverso, habríamos de suponer que existían -cosa harto inverosímil- dos clases de sueños, perteneciendo exclusivamente a una de ellas todos los examinados por los investigadores que nos precedieron, y a la otra todas los analizados por nosotros. Descartada esta hipótesis, no nos quedará ya más que incorporar a nuestra teoría de los sueños los hechos en que se basa la de los estímulos oníricos somáticos. Esta labor quedó ya iniciada cuando sentamos el principio de que la elaboración de los sueños se halla bajo el imperio de una fuerza que la obliga a constituir una unidad con todos los estímulos oníricos simultáneamente existentes. Vimos entonces que cuando, como resto del día anterior, perduran dos o más sucesos que trajeron consigo una impresión, quedan reunidos en un sueño los deseos de ellos emanados, y también que para constituir el material del sueño se reúnen la impresión psíquicamente valiosa y los sucesos indiferentes del día anterior, siempre que puedan establecerse entre ambos elementos representaciones comunicantes. El sueño se nos muestra así como una reacción a todo lo actual simultáneamente dado en la psiquis durmiente, y la labor analítica a que hasta ahora hemos sometido el material onírico nos lo presenta como una colección de restos psíquicos -huellas mnémicas- a los que (por la predilección del material reciente e infantil) hemos tenido que atribuir un carácter psicológicamente indeterminable por el momento. No nos es nada difícil predecir lo que sucederá cuando a estas actualidades mnémicas se agregue durante el estado de reposo nuevo material de sensaciones. Tales estímulos resultan asimismo importantes para el sueño por el hecho de ser actuales, y son unidos a las demás actualidades psíquicas, proporcionando con ellas el material para la formación del sueño. O dicho de otro modo: los estímulos sobrevenidos durante el reposo son objeto de una elaboración que los convierte en una realización de deseos, cuyos restantes elementos se hallan constituidos por los restos diurnos psíquicos que ya conocemos. Esta unión no es, desde luego, obligada, pues ya hemos visto que podemos reaccionar de varios modos a los estímulos sobrevenidos durante el reposo; pero en aquellos casos en que se lleva a efecto conseguimos hallar un material que constituye en el contenido del sueño una representación de las dos clases de fuentes oníricas, las somáticas y las psíquicas. La acumulación de material somático a las fuentes oníricas psíquicas no modifica en nada la esencia del sueño, el cual permanece siendo una realización de deseos, cualquiera que sea la forma en que la expresión de la misma quede determinada por el material actual. La importancia y significación de los estímulos exteriores para el sueño varia conforme a una serie de circunstancias especiales. Imagino que una acción conjunta de los factores individuales fisiológicos y accidentales dados es lo que decide, en cada caso, la conducta que hemos de seguir con respecto a un intenso estímulo objetivo sobrevenido durante el reposo. Según la profundidad habitual y accidental del reposo y la intensidad del estímulo, quedará éste reprimido de manera a no interrumpir nuestro descanso; nos veremos obligados a despertar o intentaremos dominar el estímulo entretejiéndolo en un sueño. Correlativamente a la variedad de estas constelaciones se manifestarán los estímulos con mayor o menor frecuencia en los sueños de un individuo que en los de otro. Así, por lo que a mí respecta, gozo de tan profundo reposo y me defiendo con tal tenacidad contra todo lo que pudiera perturbarlo, que sólo muy raras veces se mezclan en mis sueños causas externas de excitación, al paso que los motivos de orden psíquico me incitan fácilmente a soñar. De todos los sueños propios por mí anotados, sólo hay realmente uno que pueda ser referido a una fuente de estímulos objetivos (una sensación dolorosa), pero precisamente en él creemos muy instructivo comprobar el resultado onírico del estímulo exterior. «Voy montado en un caballo gris. Al principio monto con inseguridad y torpeza o como si fuese en una difícil postura, distinta de la corriente. Encuentro a mi colega el doctor P., que viene también a caballos, pero con gran arrogancia, y viste un traje de grueso paño. Al llegar junto a mí, me hace no sé qué advertencia (probablemente la de que voy mal montado). Pero ya voy encontrándome cada vez mejor sobre el inteligentísimo corcel, descanso cómodamente sobre la silla y me siento tranquilo y confiado como si estuviera en mi casa. En lugar de silla lleva el caballo un largo almohadón que cubre por completo su lomo, desde el cuello hasta la grupa. Después de avanzar largo trecho por una calle, doy media vuelta y quiero desmontar ante una pequeña capilla abierta, pero luego desmonto realmente junto a otra que se alza poco más allá. El hotel está en la misma calle. Podría dejar que el caballo fuera solo hasta él, pero prefiero llevarlo de la brida. Es como si me avergonzase de llegar allí montado. A la puerta del hotel hay un «botones» que me enseña una tarjeta que yo mismo he encontrado y se burla de mí. En la tarjeta hay escrito y doblemente subrayado: No comer, y después un segundo propósito (impreciso): algo como No trabajar. A ello se añade la vaga idea de que me hallo en una ciudad extranjera en la que no trabajo.» Nada indica, a primera vista, que este sueño haya surgido bajo la influencia o mejor dicho, bajo la coerción de un estímulo doloroso. Durante el día anterior me habían hecho sufrir extraordinariamente, convirtiendo en tortura cada uno de mis movimientos, varios furúnculos de que venía padeciendo. Uno de ellos, situado en la raíz del escroto, había llegado a alcanzar el volumen de una manzana y me causaba, al andar, insoportables dolores. La fatiga, la alteración febril y la desgana consiguiente, unidas a la intensa labor que, a pesar de todo, hube de realizar durante el día, acabaron de ensombrecer mi ánimo. En esta situación no me hallaba ciertamente muy facultado para consagrarme a mis ocupaciones profesionales, pero teniendo en cuenta el carácter de mi padecimiento y la región de mi cuerpo en la que se manifestaba, existía otra actividad para la que, sin duda alguna, me encontraba aún menos capacitado. Tal actividad es la de montar a caballo, y precisamente es la que el sueño me atribuye como la más enérgica negación imaginable de mi padecimiento. Ignoro en absoluto el arte de la equitación, no sueño nunca nada que con ella se relacione, y sólo una vez he montado en un caballo, por cierto en pelo y sin que ello me produjera placer alguno. Pero en mi sueño monto como si no tuviera furúnculo ninguno en el periné, o, mejor dicho, precisamente porque no quiero tenerlo. Las silla, tal y como el sueño la describe, es la cataplasma que me apliqué al acostarme, y cuyo efecto calmante me ha permitido conciliar el reposo. Así protegido, no he advertido, durante algunas horas, indicio ninguno de mi padecimiento. Luego, cuando las sensaciones dolorosas comenzaron a hacerse más vivas y amenazaron con despertarme, vino el sueño a tranquilizarme, diciéndome: «Puedes seguir durmiendo. No tienes furúnculo ninguno, pues montas a caballo, cosa que no es posible con un divieso en el periné.» El dolor quedó de este modo ensordecido y pude, en efecto, seguir durmiendo. Pero aún hay más. El sueño no se ha limitado a sugerirme la inexistencia del furúnculo, sosteniendo tenazmente una representación incompatible con el mismo - conducta semejante a la que observamos en la demencia alucinatoria de la madre que ha perdido un hijo, o en la del comerciante arruinado-, sino que ha utilizado los caracteres de la misma sensación que niega y los de la representación empleada con objeto de reprimirla, para enlazar a la situación onírica los elementos actuales dados en el alma y proporcionarles un medio de expresión. El color gris del caballo en que monto corresponde al del traje que mi colega el doctor P. llevaba la última vez que le vi. (Un traje de color sal y pimienta.) Los alimentos fuertemente especiados me han sido indicados como causa de mi furunculosis más probablemente que el azúcar, en la que se piensa también al investigar la etiología de tal enfermedad. Mi amigo P. acostumbra mirarme con cierta arrogancia desde que me sustituyó en la confianza de una paciente en cuyo tratamiento creía yo haber realizado grandes habilidades (Kunststücke) -al principio de mi sueño voy montado en una difícil postura como un jinete que realizase habilidades ecuestres en el circo-, Kunstreiter), pero que, en realidad, me llevó a donde quiso, como el caballo al inexperto jinete de la conocida anécdota. De este modo llega el caballo a la categoría de símbolo de dicha paciente (en mi sueño lo encuentro muy inteligente). El encontrarme luego a caballo «tan seguro y confiado como si estuviera e mi casa», se refiere a la situación que yo ocupaba en casa de dicha enferma hasta que fui sustituido por P. «Yo creí que se mantenía usted más firmemente sobre la silla», me había dicho días antes, aludiendo a este suceso, uno de los pocos grandes médicos de Viena que me son favorables. Por otro lado, ha sido también una difícil habilidad continuar atendiendo a mi labor psicoterápica durante ocho o diez horas diarias, no obstante mis dolores. Sé, sin embargo, que en tal estado no me será posible seguir ejerciendo mi difícil actividad profesional, y el sueño aparece colmado de lúgubres alusiones a las consecuencias de tal interrupción de mi trabajo: No trabajar y no comer. Proseguiendo la interpretación, veo que la elaboración onírica ha conseguido hallar el camino que va desde la situación optativa de montar a caballo hasta muy tempranas escenas de mi infancia (peleas con un sobrino mío, un año mayor que yo, residente hoy en Inglaterra). Mi sueño ha tomado, además, elementos de mis viajes a Italia, pues la calle que en él recorro responde a impresiones visuales recibidas en Verona y en Siena. Una interpretación más profunda me lleva a ideas latentes de carácter sexual y me hace recordar lo que en una paciente mía, |