Capítulo séptimo

PSICOLOGÍA DE LOS PROCESOS ONÍRICOS
ENTRE los sueños que me han sido comunicados por otras personas se encuentra
uno que reclama ahora especialmente nuestra atención. Su verdadera fuente me es
desconocida, pues me fue relatado por una paciente, que lo oyó, a su vez, en una
conferencia sobre el sueño y a la que hizo tal impresión que se apresuró a soñarlo por su
cuenta; esto es, a repetir en sus propios sueños algunos de sus elementos para expresar
con esta transferencia una coincidencia en un punto determinado.
Los antecedentes de este sueño prototípico son como sigue: un individuo había
pasado varios días, sin un instante de reposo, a la cabecera del lecho de su hijo,
gravemente enfermo. Muerto el niño, se acostó el padre en la habitación contigua a
aquella en la que se hallaba el cadáver y dejó abierta la puerta, por la que penetraba el
resplandor de los cirios. Un anciano, amigo suyo, quedó velando el cadáver. Después de
algunas horas de reposo soñó que su hijo se acercaba a la cama en que se hallaba, le
tocaba en el brazo y le murmuraba al oído, en tono de amargo reproche: «Padre, ¿no ves
que estoy ardiendo?» A estas palabras despierta sobresaltado, observa un gran
resplandor que ilumina la habitación vecina, corre a ella, encuentra dormido al anciano
que velaba el cadáver de su hijo y ve que uno de los cirios ha caído sobre el ataúd y ha
prendido fuego a una manga de la mortaja.
La explicación de este sueño conmovedor es harto sencilla y fue acertadamente
desarrollada, según me comunica mi paciente, por el conferenciante. El resplandor entró
por la puerta abierta en la estancia donde se hallaba reposando el sujeto, y al herir sus
ojos, provocó la misma conclusión que hubiera provocado en estado de vigilia; esto es,
la de que la llama de un cirio había producido un fuego en un lugar cercano al cadáver.
Es también muy posible que, antes de acostarse, pensara el padre en la posibilidad de tal
suceso, desconfiando de que el anciano encargado de velar al cadáver pudiera pasar la
noche sin pegar los ojos.
Tampoco nosotros encontramos nada que objetar a esta solución y nos
limitaremos a agregar que el contenido del sueño tiene que hallarse superdeterminado y
que las palabras del niño habrán de proceder de otras pronunciadas por él en la vida real
y enlazadas a circunstancias que hubieron de impresionar al padre. La queja «estoy
ardiendo» pudo muy bien ser pronunciada por el niño durante su enfermedad bajo los
efectos de la fiebre, y las palabras «¿no lo ves?» habrán de corresponder a otra ocasión
cualquiera ignorada por nosotros, pero seguramente saturada de afecto.
Una vez que hemos reconocido este sueño como un proceso pleno de sentido y
susceptible de ser incluido en la coherencia de la actividad psíquica del sujeto, podemos
dar libre curso a nuestro asombro de que en tales circunstancias, en las que lo natural
parecería que el sujeto despertase en el acto, haya podido producirse un sueño. Esta
circunstancia nos lleva a observar que también en este sueño se da una realización
dedeseos. El niño se conduce afectivamente en él como si aún viviera y advierte por sí
propio a su padre de lo sucedido, llegando hasta su lecho y tocándole en el brazo, como
lo hizo probablemente en aquel recuerdo del que el sueño toma la primera parte de sus
palabras. Así, pues, si el padre prolonga por un momento su reposo es en obsequio de
esta realización de deseos. El sueño quedó antepuesto aquí a la reflexión del
pensamiento despierto porque le era dado mostrar al niño nuevamente en vida. Si el
padre hubiera despertado primero y deducido después la conclusión que le hizo acudir al
lado del cadáver, hubiera abreviado la vida de su hijo en los breves momentos que el
sueño se le presentaba.
Sobre la peculiaridad que en este sueño atrae nuestro interés no puede caber la
menor duda. Hasta ahora nos hemos ocupado predominantemente de averiguar en qué
consiste el sentido oculto de los sueños, por qué camino nos es dado descubrirlo y cuáles
son los medios de que se ha servido la elaboración onírica para ocultarlos. Los
problemas de la interpretación de los sueños ocupaban hasta aquí el centro de nuestro
campo visual; pero en este punto tropezamos con el sueño antes mencionado, que no
plantea a la interpretación labor ninguna y cuyo sentido aparece dado sin el menor
disfraz; pero que, sin embargo, conserva los caracteres esenciales que tan singularmente
distinguen al fenómeno onírico de nuestro pensamiento despierto. Una vez que hemos
agotado todo lo referente a la labor de interpretación, nos es dado observar cuán
incompleta continúa siendo nuestra psicología del sueño.
Pero antes de dirigir nuestro pensamiento por estos nuevos derroteros queremos
hacer un alto y volver los ojos atrás con objeto de comprobar si en nuestro camino hasta
aquí no hemos dejado inadvertido algo importante, pues no nos ocultaremos que hemos
recorrido ya la parte cómoda y andadera del mismo. Hasta ahora todos los senderos por
los que hubimos de avanzar nos han conducido, si no me equivoco mucho, a lugares
despejados, al esclarecimiento y a la comprensión total; pero desde el momento en que
queremos penetrar más profundamente en los procesos anímicos que se desarrollan en el
sueño, todas nuestras rutas desembocarán en las tinieblas. Ha de sernos imposible
esclarecer totalmente el sueño como proceso psíquico, pues esclarecer una cosa significa
referirla a otra conocida, y por el momento no existe conocimiento psicológico ninguno
al que podamos subordinar aquellos datos que como base de una aclaración pudiéramos
deducir del examen psicológico del fenómeno onírico. Por el contrario, nos veremos
obligados a establecer una serie de nuevas hipótesis relativas a la estructura del aparato
anímico y al funcionamiento de las fuerzas que en él actúan, hipótesis que no podemos
desarrollar mucho más allá de su primera conclusión lógica, so pena de ver perderse su
valor en lo interminable. Aun cuando no cometamos falta alguna en nuestros procesos
deductivos y tengamos en cuenta todas las posibilidades lógicamente resultantes, la
probable imperfección de la concatenación de los elementos amenazará echar por tierra
todos nuestros cálculos. La más minuciosa investigación del sueño o de otra cualquier
función aislada no es suficiente para proporcionarnos deducción algunasobre la
construcción y el funcionamiento del instrumento anímico, pues para lograr tal resultado
habremos de acumular todo lo que un estudio comparativo de una serie de funciones
psíquicas nos demuestre como constantemente necesario. Así, pues, las hipótesis
psicológicas que hemos extraído del análisis de los procesos oníricos habrán de esperar
hasta que puedan ser agregados a los resultados de otras investigaciones encaminadas a
llegar al corazón del mismo problema partiendo de otros distintos puntos de ataque.
A) El olvido de los sueños.
Dirigiremos en primer lugar nuestra atención a un tema del que se deriva una
objeción a la que hasta ahora no hemos atendido y que pudiera parecer susceptible de
echar por tierra los resultados de los esfuerzos que hemos dedicado a la interpretación de
los sueños. Desde diversos sectores se nos ha objetado que, en realidad, desconocemos
en absoluto el sueño que queremos interpretar o, mejor dicho, que no poseemos garantía
ninguna de la exactitud de nuestro conocimiento del sueño [véase el índice temático].
Aquello que del sueño recordamos, y a lo que aplicamos nuestra técnica interpretadora,
aparece, en primer lugar, fragmentado por la infidelidad de nuestra memoria,
particularmente incapaz para la conservación del sueño, y ha perdido, quizá, la parte más
importante de su contenido. En efecto, cuando comenzamos a conceder atención a
nuestros sueños nos quejamos, muchas veces, de no lograr recordar de todo un extenso
sueño más que un pequeñísimo fragmento, y aun éste, sin gran confianza en la exactitud
de nuestro recuerdo. En segundo lugar, todo nos hace suponer que nuestro recuerdo del
sueño no es solamente fragmentario, sino también infiel. Lo mismo que dudamos de que
lo soñado haya sido realmente tan incoherente y borroso como en nuestra memoria
aparece, podemos poner en duda que el sueño fuera tan coherente como lo relatamos,
pues al intentar reproducirlo hemos podido llenar con nuevos materiales, arbitrariamente
elegidos, las lagunas dadas o producidas por el olvido, adornando y perfeccionando el
sueño hasta hacer imposible determinar cuál fue su verdadero contenido. Así, hemos
encontrado en varios autores (Spitta, Foucauld, Tannery) la hipótesis de que todo lo que
en el sueño significa orden y coherencia ha sido introducido en él a posteriori, al intentar
recordarlo y reproducirlo en un relato. Vemos, pues, que corremos el peligro de que nos
sea arrebatado de la mano el objeto mismo cuyo valor nos hemos propuesto determinar
en estas investigaciones.
Hasta ahora hemos venido haciendo caso omiso de esta advertencia en nuestras
interpretaciones y hemos dedicado a los elementos más insignificantes e inseguros del
contenido manifiesto la misma atención que a los más precisos y más seguramente
recordados. En el sueño de la inyección de Irma encontramos la frase siguiente: «Me
apresuro a llamar al doctor M.» y supusimos que este pequeño detalle no hubiera llegado
al sueño si no hubiera sido susceptible de una derivación especial. En efecto, el examen
de este elemento nos llevó a la historia deaquella desdichada paciente, a cuyo lado hice
acudir con toda premura a uno de mis colegas, más renombrado y antiguo que yo en la
profesión. En el sueño, aparentemente absurdo, que trata como quantité negligéable la
diferencia entre 51 y 56, aparecía mencionado varias veces el número 51. En lugar de
encontrar natural e indiferente esta repetición, dedujimos de ella la existencia de una
segunda serie de pensamientos en el contenido latente, serie que había de llevar el
número 51, y persiguiendo sus huellas, llegamos a los temores que me inspiraba la edad
de cincuenta y un años, considerada por mí como un momento peligroso para la vida del
hombre, idea que se hallaba en absoluta contradicción con la serie dominante que
entrañaba un orgulloso desprecio del tiempo. En el sueño non vixit hallé una
interpolación insignificante, que al principio dejé desatendida: «Viendo que P. no le
comprende, me pregunta Fl.», etc. Pero luego, cuando la interpretación quedó detenida,
volví sobre estas palabras y encontré en ellas el punto de partida del camino que llevaba
a una fantasía infantil dada en las ideas latentes como foco intermedio. En este camino
me orientaron, además, los conocidos versos: «Pocas veces me habéis comprendido, -
pocas veces os he comprendido yo, - sólo cuando nos encontramos en el fango -
pudimos comprendernos en seguida.» (*) Cualquier análisis podría proporcionarnos
ejemplos de cómo precisamente los rasgos más insignificantes del sueño resultan
imprescindibles para la interpretación y del retraso que sufre el análisis cuando los
desatendemos al principio. Análoga atención minuciosa hemos dedicado en la
interpretación a los matices de la expresión oral en la que el sueño nos era relatado, e
incluso cuando esta expresión resultaba insuficiente o desatinada, como si el sujeto no
hubiese conseguido construir la versión exacta de su sueño, la hemos aceptado tal y
como nos era ofrecida, respetando todos sus defectos. Hemos considerado, pues, como
un texto sagrado e intangible algo que, en opinión de los autores, no es más que una
rápida y arbitraria improvisación. Este contraste demanda un esclarecimiento.
Pero este esclarecimiento resulta favorable a nuestras opiniones, aunque sin quitar
la razón a los investigadores citados. Desde el punto de vista de nuestros nuevos
conocimientos sobre el nacimiento del sueño no existe aquí, en efecto, contradicción
ninguna. Es cierto que deformamos el sueño al intentar reproducirlo, pues llevamos a
cabo un proceso análogo al que describimos como una elaboración secundaria del sueño
por la instancia del pensamiento normal. Pero esta deformación no es, a su vez, sino
parte de la elaboración por la que pasan regularmente las ideas latentes a consecuencia
de la censura. Los investigadores han sospechado u observado aquí la actuación
manifiesta de la deformación onírica; pero a nosotros no puede impresionarnos este
fenómeno, pues conocemos otra más amplia deformación, menos fácilmente visible, que
ha actuado ya sobre el sueño en sus ideas latentes. La equivocación de los autores reside
únicamente en que consideran arbitraria y, por tanto, no susceptible de solución ninguna,
y muy apropiada para inspirarnos un erróneo conocimiento del sueño, la modificación
que el mismo experimenta al ser recordado y traducido en palabras. Esta opinión supone
un desconocimiento de la amplitud que la determinación alcanza en lo psíquico. No hay
en tales modificaciones arbitrariedad ninguna. En general, puede demostrarse que
cuando una serie de ideas ha dejado indeterminado un elemento, hay siempre otra que
toma a su cargo tal determinación. Así, cuando nos proponemos decir al azar un número
cualquiera, el que surge en nuestro pensamiento y parece constituir una ocurrencia
totalmente libre y espontánea se demuestra siempre determinado en nosotros por ideas
que pueden hallarse muy lejos de nuestro propósito momentáneo. Pues bien, las
modificaciones que el sueño experimenta al ser recordado y traducido en la vigilia no
son más arbitrarias que tales números; esto es, no lo son en absoluto. Se hallan
asociativamente enlazadas con el contenido, al que sustituyen, y sirven para mostrarnos
el camino que conduce a este contenido, el cual puede ser, a su vez, sustitución de otro.
Al analizar los sueños de mis pacientes suelo someter esta afirmación a una
prueba que jamás me ha fallado. Cuando el relato de un sueño me parece difícilmente
comprensible, ruego al sujeto que lo repita, y he podido observar que sólo rarísimas
veces lo hace con las mismas palabras. Pero los pasajes en los que modifica la expresión
revelan ser, por este mismo hecho, los puntos débiles de la deformación de los sueños, o
sea aquellos que menos resistencia habrán de oponer a la penetración analítica. El sujeto
advierte por mi ruego que pienso esforzarme especialmente en la solución de aquel
sueño, y bajo la presión de la resistencia trata de proteger los puntos débiles de la
deformación onírica, sustituyendo una expresión delatora por otra más lejana; pero de
este modo me llama la atención sobre la expresión suprimida, y por el esfuerzo que se
opone a la solución del sueño me es también posible deducir el cuidado con el que el
mismo ha tejido su trama.
Más descaminados andan los autores cuando adscriben tanta importancia a la duda
que nuestro juicio opone al relato del sueño. Esta duda echa de menos la existencia de
una garantía intelectual, aunque sabe muy bien que nuestra memoria no conoce, en
general, garantía ninguna, no obstante lo cual nos sometemos, con frecuencia mucho
mayor de la objetivamente justificada, a la necesidad de dar fe a sus datos a duda de la
exacta reproducción del sueño o de datos aislados del mismo es nuevamente una
derivación de la censura de la resistencia que se opone al acceso de las ideas latentes a la
consciencia, resistencia que no queda siempre agotada con los desplazamientos y
sustituciones por ella provocados y recae entonces, en forma de duda, sobre aquello
cuyo paso ha permitido. Esta duda nos oculta fácilmente su verdadero origen, pues sigue
la prudente conducta de no atacar nunca a elementos intensos del sueño y sí,
únicamente, a los más débiles y borrosos. Pero sabemos ya que entre las ideas latentes y
el sueño ha tenido efecto una total transmutación de todos los valores psíquicos,
transmutación necesaria para la deformación, cuyos efectos se manifiestan
predominantemente y a veces exclusivamente en ella. Cuando un elemento del sueño, ya
borroso de por sí, se muestra, además, atacado por la duda, podemos ver en ello una
indicación de que constituye un derivado directo deuna de las ideas latentes proscritas.
Sucede aquí lo que después de una gran revolución sucedía en las repúblicas de la
antigüedad o del Renacimiento. Las familias nobles y poderosas, que antes ocupaban el
Poder, quedaban desterradas, y todos los puestos eran ocupados por advenedizos, no
tolerándose que permaneciera en la ciudad ningún partidario de los caídos, salvo
aquellos que por su falta de poder no suponían peligro ninguno para los vencedores, y
aun estos pocos quedaban despojados de gran parte de sus derechos y eran vigilados con
desconfianza. En nuestro caso, esta desconfianza queda sustituida por la duda. De este
modo, al iniciar todo análisis, ruego al sujeto que prescinda en absoluto de todo juicio
sobre la precisión de su recuerdo y considere con una absoluta convicción la más
pequeña posibilidad de que un elemento determinado haya intervenido en su sueño.
Mientras que en la persecución de un elemento onírico no nos decidamos a renunciar a
toda consideración de este género, permanece el análisis estacionario. El desprecio de un
elemento cualquiera trae consigo, en el analizado, el efecto psíquico de impedir la
emergencia de todas las representaciones indeseadas que detrás del mismo se esconden.
Este efecto no tiene, en realidad, nada de lógico, pues no sería desatinado que alguien
dijese: «No sé con seguridad si este elemento se hallaba contenido en el sueño; pero con
respecto a él se me ocurre, de todos modos, lo siguiente…» Mas el sujeto no dice nunca
tal cosa, y precisamente este efecto perturbador del análisis es lo que delata a la duda
como una derivación y un instrumento de la resistencia psíquica. El psicoanálisis es
justificadamente desconfiado. Una de sus reglas dice: Todo aquello que interrumpe el
progreso de la labor analítica es una resistencia.
También resulta imposible fundamentar el olvido de los sueños mientras no lo
referimos al poder de la censura psíquica. La sensación de que hemos soñado mucho
durante una noche y sólo muy poco recordamos puede tener en una serie de casos un
sentido diferente, quizá el de que una amplia elaboración onírica no ha dejado en toda la
noche tras sí más que aquel solo sueño. Pero, salvo en estos casos, no podemos dudar de
que el sueño se nos va olvidando paulatinamente a partir del momento en que
despertamos. Lo olvidamos incluso en ocasiones en que realizamos los mayores
esfuerzos para que no se nos escape. Pero, a mi juicio, así como suele exagerarse la
amplitud de este olvido, se exagera también la de las lagunas que en el sueño creemos
encontrar. Todo aquello que el olvido ha suprimido del contenido manifiesto puede ser
reconstruido, con frecuencia, en el análisis. En toda una serie de casos nos es dado
descubrir, partiendo del único fragmento recordado, no el sueño mismo, que tampoco es
lo importante, sino las ideas latentes en su totalidad. Esta labor reclama, ciertamente,
gran atención y gran dominio de sí mismo en el análisis, y esta misma circunstancia nos
muestra que en el olvido del sueño no ha dejado de intervenir una intención hostil.
El estudio, durante el análisis, de un grado preliminar del olvido nos proporciona
una prueba convincente de la naturaleza tendenciosa del olvido del sueño, puesto al
servicio de la resistencia.
Sucede muchas veces que en medio de la labor deinterpretación emerge un
fragmento del sueño, que hasta el momento se consideraba como olvidado. Este
fenómeno onírico arrancado del olvido resulta ser siempre el más importante y más
próximo a la solución del sueño, razón por la cual se hallaba más expuestos que ningún
otro a la resistencia. Entre los ejemplos de sueños reproducidos en la presente obra
hallamos uno de estos casos, en el que hube de completar a posteriori un fragmento del
contenido manifiesto del sueño realizado. Me refiero al sueño en el que tomo venganza
de mis poco agradables compañeros de viaje, sueño que, por su grosero contenido, he
dejado casi sin interpretar.
El fragmento suprimido era el siguiente: Refiriéndome a un libro de Schiller, digo:
It is from…; pero dándome cuenta de mi error, rectifico al punto: It is by… El joven
advierte entonces a su hermano: «Lo ha dicho bien.»
El hecho de rectificarnos a nosotros mismos en el sueño, que tanta admiración ha
despertado en algunos autores, no merece analizarse extensamente. Preferiremos, pues,
mostrar el recuerdo que sirvió de modelo a este error de expresión cometido en el sueño.
A los diecinueve años hice mi primer viaje a Inglaterra, y me hallaba un día a la orilla
del Irish Sea, dedicado a la pesca de los animales marinos que la marea iba dejando al
bajar sobre la playa, cuando en el momento en que recogía una estrella de mar
(Hollthurn y holoturias son de los primeros elementos manifiestos de mi sueño) se me
acercó una niña y me preguntó: Is it a starfish? Is it alive?… Yo respondí: Yes; he is
alive; pero dándome cuenta de mi error, rectifiqué en seguida. Esta falta gramatical
quedó sustituida en el sueño por otra en la que los alemanes solemos incurrir fácilmente.
La frase «El libro de Schiller» debe traducirse empleando la palabra from, como al
principio lo hago. Después de todo lo que hemos averiguado sobre las intenciones de la
elaboración onírica y sobre su falta de escrúpulos en la elección de medios, no puede ya
asombrarnos comprobar que si la elaboración ha llevado a cabo esta sustitución ha sido
porque la similicadencia de la palabra from con el adjetivo alemán fromm (piadoso)
hace posible una enorme condensación. Pero ¿qué significa este inocente recuerdo de mi
estancia en una playa en conexión con el sueño? Pronto lo descubrimos; el sueño se
sirve de él para demostrar con un ejemplo de carácter completamente inofensivo que
coloco el artículo -o sea lo sexual- en un lugar indebido (Geschlechtswort, artículo,
significa literalmente «palabra de género o de sexo»; das Geschlechtiche = lo sexual). Es
ésta una de las claves de dicho sueño. Aquellos que conozcan la derivación del título del
libro `Matter and Motion y Molière en Le Malade imaginaire': La matière est elle
laudable ? (a motion of the bowels) podrán completar fácilmente la interpretación.
Por medio de una demostración ad oculos nos es posible probar asimismo que el
olvido del sueño es, en su mayor parte, un efecto de la resistencia. Un paciente nos dice
que ha soñado, pero que ha olvidado por completo su sueño. Por tanto, me hago cuenta
de que no hubo tal sueño y continúo mi labor analítica. Pero de repente tropiezo con una
resistencia, y para vencerla desarrollo ante el paciente determinada explicación y le
ayudo areconciliarse con una idea displaciente. Apenas he conseguido esta
reconciliación exclama el sujeto: «Ahora recuerdo ya lo que he soñado.» La resistencia
que había estorbado el desarrollo de su pensamiento despierto era la misma que había
provocado el olvido del sueño, y una vez vencida en la vigilia, surgió libremente el
recuerdo.
En esta misma forma puede recordar el paciente, al llegar a determinado punto del
tratamiento, un sueño que tuvo días antes y que hasta entonces reposaba en el olvido.
La experiencia psicoanalítica nos ha proporcionado otra prueba de que el olvido
del sueño depende mucho más de la resistencia que de la diferencia entre el estado de
vigilia y el de reposo, como los autores suponen. Me sucede con frecuencia -y también a
otros analistas y a algunos pacientes sometidos a este tratamiento- que, habiendo sido
despertado por un sueño, comienzo a interpretarlo inmediatamente, en plena posesión de
mi actividad mental. En tales casos no he descansado hasta lograr la total comprensión
del sueño, y sin embargo, me ha sucedido que luego, al despertar había olvidado tan
completamente la labor de interpretación como el contenido manifiesto del sueño,
siendo mucho más frecuente la desaparición del sueño en el olvido, arrastrando consigo
la interpretación, que la conservación del sueño en la memoria por la actividad
intelectual desarrollada. Pero entre la labor de interpretación y el pensamiento despierto
no existe aquel abismo psíquico con el que los autores quieren explicar exclusivamente
el olvido de los sueños. Cuando Morton Prince intenta refutar mi explicación del olvido
de los sueños alegando que no se trata sino de un caso especial de la amnesia de los
estados anímicos disociativos y afirma que la imposibilidad de aplicar mi explicación de
esta amnesia especial a los demás tipos de amnesia le hace también inadecuada para
llevar a cabo su más próximo propósito, recuerda con ello al lector que en todas sus
descripciones de estos estados disociativos no aparece ni una sola tentativa de hallar la
explicación dinámica de tales fenómenos. De no ser así, hubiera tenido que descubrir
que la represión (y correlativamente la resistencia por ella creada) es la causa tanto de
estas disociaciones como de la amnesia del contenido psíquico de las mismas.
Un experimento realizado por mí mientras me hallaba consagrado a la redacción
de la presente obra me demostró que los sueños no son objeto de un olvido mayor ni
menor del que recae sobre los demás actos psíquicos y que su adherencia a la memoria
equivale exactamente a la de las funciones anímicas restantes. En mis anotaciones
conservaba gran número de sueños propios que no había sometido a análisis o cuya
interpretación quedó interrumpida por cualquier circunstancia. Entre estos últimos
recogí algunos, soñados más de dos años antes, e intenté su interpretación con objeto de
procurarme material para ilustrar mis afirmaciones. Los resultados de este experimento
fueron todos positivos, sin excepción alguna, e incluso me siento inclinado a afirmar que
esta interpretación, realizada al cabo de tanto tiempo, tropezó con menos dificultades
que la emprendida recién soñados los sueños correspondientes, circunstancia explicable
porla desaparición, en el intervalo, de algunas de las resistencias que entonces
perturbaron la labor analítica. Comparando las interpretaciones recientes con las
realizadas al cabo de dos años, pude comprobar que estas últimas revelaban mayor
número de ideas latentes, pero que entre ellas retornaban sin excepción ni modificación
alguna todas las halladas en la primera interpretación. Este descubrimiento no llegó a
asombrarme demasiado, pues recordé que desde mucho tiempo atrás seguía con mis
pacientes el procedimiento de interpretar aquellos sueños que recordaban haber soñado
en años anteriores, del mismo modo, que si fueran sueños recientes, empleando en la
labor analítica el mismo procedimiento y obteniendo idénticos resultados. Cuando por
vez primera llevé a cabo esta tentativa, me proponía al emprenderla comprobar mi
sospecha de que el sueño se comportaba aquí en la misma forma que los síntomas
neuróticos, hipótesis que demostró ser perfectamente exacta. En efecto, cuando someto
al tratamiento psicoanalítico a un psiconeurótico (un histérico, por ejemplo), me es
necesario esclarecer tanto los primeros síntomas de su enfermedad, desaparecidos
mucho tiempo antes, como los que de momento le atormentan y le han movido a acudir
a mi consulta, y siempre tropiezo con menos dificultades en la solución de los primeros
que en la de los segundos. Ya en mis Estudios sobre la histeria, publicado en 1895 pude
comunicar la solución de un primer ataque histérico de angustia padecido por una mujer
de cuarenta años (Cecilia M.) cuando sólo había cumplido quince. Aquellos sueños que
fueron soñados por el sujeto en sus primeros años infantiles y que con gran frecuencia se
conservan con toda precisión en la memoria durante decenios enteros presentan casi
siempre gran importancia para la comprensión de la evolución y de la neurosis del
sujeto, pues su análisis protege al médico contra errores e inseguridades que podrían
confundirle. (Adición 1919.)
Incluiré aquí, aunque no se halle muy estrechamente ligada a la materia, una
observación relativa a la interpretación de los sueños que orientará, quizá, al lector,
deseoso de comprobar mis afirmaciones analizando los suyos.
No creo que espere nadie poder interpretar fácilmente y sin el menor esfuerzo sus
sueños. Ya para la percepción de fenómenos endópticos y de otras sensaciones
sustraídas generalmente a la atención es preciso cierta práctica, aunque no existe ningún
motivo psíquico que se rebele contra este grupo de percepciones. Con mucho mayor
motivo ha de sernos más difícil apoderarnos de las «representaciones involuntarias».
Aquel que a ello aspire deberá seguir fielmente las reglas analíticas que ya en diversas
ocasiones hemos indicado y reprimir durante su labor toda crítica, todo prejuicio y toda
parcialidad afectiva o intelectual. Su lema deberá ser el que Claude Bernard escogió para
el investigador en el laboratorio fisiológico: Travailler comme une bête; esto es, con
igual resistencia e igual despreocupación de los resultados que pueden obtenerse.
Aquellos que sigan estas normas verán grandemente facilitada su labor.
La interpretación de un sueño no se consigue siempre al primer intento. Muchas
veces sentimos agotarse nuestra capacidad de rendimiento después de seguir una
concatenación de ocurrencias, y el sueño no nos dice ya nada. En tales casosdebemos
interrumpir nuestra labor y dejarla para el día siguiente. Al volver sobre ella atraerá
nuestra atención otro fragmento del contenido manifiesto y hallaremos acceso a una
nueva capa de ideas latentes: Este procedimiento puede ser calificado de interpretación
onírica «fraccionada».
Lo más difícil es convencer al principiante de que no debe considerar terminada
una completa interpretación del sueño que se le muestre coherente, llena de sentido y
explique todos los elementos del contenido manifiesto. En efecto, además de esta
interpretación, puede haber aún otra distinta que se le ha escapado. No es, realmente,
fácil hacerse una idea de la riqueza de los procesos mentales inconscientes que en
nuestro pensamiento existen y demandan una expresión, ni tampoco de la habilidad que
la elaboración despliega para matar siete moscas de una vez, como el sastre del cuento,
hallando formas expresivas de múltiples sentidos. Nuestros lectores tenderán siempre a
reprocharnos un excesivo derroche de ingenio; pero aquel que, analizando sus sueños,
adquiera cierto conocimiento de la materia tendrá que reconocer lo injusto y equivocado
de tal observación.
En cambio, no puedo agregarme a la afirmación expresada por H. Silberer de que
todos los sueños -o sólo ciertos grupos de sueños- reclaman dos diversas
interpretaciones, que se hallan, además, íntimamente relacionadas entre sí. La primera
de estas interpretaciones, a la que califica de interpretación psicoanalítica, daría al sueño
un sentido cualquiera, generalmente de un carácter sexual infantil; la segunda, más
importante y designada por él con el nombre de interpretación analógica, mostraría
aquellas ideas más fundamentales, y con frecuencia muy profundas, que la elaboración
onírica ha tomado como materia. Silberer no ha demostrado esta afirmación con la
comunicación de una serie de sueños analizados por él en ambos sentidos. A mi juicio,
se halla total y absolutamente equivocado. La mayor parte de los sueños no reclaman
segunda interpretación ninguna y, sobre todo, no son susceptibles de una interpretación
analógica. En las teorías de Silberer, como en otros estudios de estos últimos años, se
transparenta el influjo de una tendencia que quisiera velar las circunstancias
fundamentales de la formación de los sueños y desviar nuestra atención de sus raíces
instintivas. En algunos casos, en los que parecían confirmarse las afirmaciones de
Silberer, me demostró después el análisis que la elaboración onírica había tenido que
llevar a cabo la labor de transformar en un sueño una serie de ideas muy abstractas y no
susceptibles de representación directa; labor que intentó solucionar apoderándose de un
material ideológico distinto, más fácilmente representable, pero cuya relación con el
primero era harto lejana, pudiendo ser calificada de alegoría. La interpretación abstracta
de un sueño así formado es proporcionada siempre, directamente, por el sujeto. En
cambio, la interpretación exacta del material suplantado tiene que ser buscada por los
conocidos medios técnicos.
La pregunta de si todo sueño puede obtener una interpretación debe ser contestada
en sentido negativo. No debemos olvidar que aquellos poderes psíquicos de los que
depende la deformación de los sueños actúan siempre en contra de la
laborinterpretadora. Se nos plantea, pues, el problema de si con nuestro interés
intelectual, nuestra capacidad para dominarnos, nuestros conocimientos psicológicos y
nuestra experiencia en la interpretación de los sueños conseguiremos dominar la
resistencia interna. De todos modos, siempre lo conseguimos en grado suficiente para
convencernos de que el sueño es un producto que posee un sentido propio e incluso para
llegar a sospechar tal sentido. Un sueño inmediatamente posterior nos permite muchas
veces confirmar nuestra primera interpretación y continuarla. Toda una serie de sueños
que se suceden a través de semanas o meses enteros reposan con frecuencia sobre los
mismos fundamentos y deben ser sometidos conjuntamente a la interpretación. En lo
sueños sucesivos podemos observar muchas veces que uno de ellos toma como centro
aquello que en el otro sólo aparece indicado en la periferia, e inversamente, de manera
que ambos se completan recíprocamente para la interpretación. Ya hemos demostrado en
varios ejemplos que los sueños diferentes, soñados en la misma noche, deben ser
considerados siempre en el análisis como una totalidad.
En los sueños mejor interpretados solemos vernos obligados a dejar en tinieblas
determinado punto, pues advertimos que constituye un foco de convergencia de las ideas
latentes, un nudo imposible de desatar, pero que por lo demás no ha aportado otros
elementos al contenido manifiesto. Esto es entonces lo que podemos considerar como el
ombligo del sueño, o sea el punto por el que se halla ligado a lo desconocido. Las ideas
latentes descubiertas en el análisis no llegan nunca a un límite y tenemos que dejarlas
perderse por todos lados en el tejido reticular de nuestro mundo intelectual. De una parte
más densa de este tejido se eleva luego el deseo del sueño.
Volvamos ahora a las circunstancias del olvido del sueño. Observamos que hemos
omitido deducir de ellas una importante conclusión. Cuando la vida despierta muestra la
evidente intención de olvidar el sueño, formado durante la noche, sea en su totalidad
inmediatamente después de despertar o fragmentariamente en el curso del día, y cuando
reconocemos en la resistencia anímica el factor principal de este olvido, factor que ya ha
actuado victoriosamente durante la noche, surge entre nosotros la interrogación de qué
es lo que ha hecho posible la formación de los sueños, a pesar de tal resistencia.
Tomemos el caso extremo, en el que la vida despierta suprime por completo el sueño,
como si jamás hubiese existido.
Teniendo en cuenta el funcionamiento de las fuerzas psíquicas, hemos de decirnos
que el sueño no se hubiera formado si la resistencia hubiera regido durante la noche
como en la vigilia. Nuestra conclusión es que la resistencia pierde durante la noche una
parte de su poder. Sabemos que no desaparece por completo, pues hemos visto que la
deformación impuesta a los sueños dependía directamente de ella. Pero se nos impone la
posibilidad de que quede disminuida durante la noche y que esta disminución de la
resistencia sea lo que hace posible la formación del sueño, siendo entonces
perfectamente natural que al hallar de nuevo, con el despertar, todas sus energías vuelva
a suprimir en el acto aquello que tuvo que aceptar mientras sehallaba debilitada. La
psicología descriptiva nos enseña que la condición principal de la formación de los
sueños es el estado de reposo del alma, afirmación a la que por nuestra parte
añadiremos, a título de esclarecimiento, que el estado de reposo hace posible la
formación de los sueños, disminuyendo la censura endopsíquica.
Nos inclinamos a considerar esta conclusión como la única que es posible deducir
de los hechos del olvido del sueño y a desarrollar otras deducciones sobre las
circunstancias energéticas del reposo y de la vigilia, pero preferimos dejar esta labor
para más adelante. Una vez que hayamos profundizado algo más en la psicología del
sueño veremos que podemos representarnos aún de otro modo distinto la creación de las
condiciones que hacen posible su formación. La resistencia opuesta al acceso de las
ideas latentes a la consciencia puede, quizá, ser eludida sin necesidad de una previa
debilitación.
B) La regresión.
Una vez que nos hemos precavido contra las objeciones, o hemos indicado, por lo
menos, cuáles son las armas que para nuestra defensa poseemos, no debemos aplazar por
más tiempo la iniciación de nuestras investigaciones psicológicas para las que ya nos
hallamos preparados. Ante todo, reuniremos los resultados principales que hasta ahora
nos ha proporcionado nuestra investigación. El sueño es un acto psíquico importante y
completo. Su fuerza impulsora es siempre un deseo por realizar. Su aspecto, en el que
nos es imposible reconocer tal deseo, y sus muchas singularidades y absurdidades
proceden de la influencia de la censura psíquica que ha actuado sobre él durante su
formación. A más de la necesidad de escapar a esta censura, han colaborado en su
formación una necesidad de condensar el material psíquico, un cuidado de que fuera
posible su representación por medio de imágenes sensoriales y, además -aunque no
regularmente-, el cuidado de que el producto onírico total presentase un aspectoracional
e inteligente. De cada uno de estos principios parte un camino que conduce a postulados
e hipótesis de orden psicológico. Deberemos investigar la relación recíproca existente
entre el motivo optativo y las cuatro condiciones indicadas, así como las de estas últimas
entre sí. Por último, habremos de incluir al sueño en la totalidad de la vida anímica.
Al principio del presente capítulo hemos expuesto un sueño que nos plantea un
enigma cuya solución no hemos emprendido todavía. La interpretación de este sueño no
nos opuso dificultad ninguna, pareciéndome únicamente que había de ser completada.
Nos preguntamos por qué en este caso se producía un sueño en vez del inmediato
despertar el sujeto, y reconocimos como uno de los motivos del primero el deseo de
representar al niño en vida. Más adelante veremos que en este sueño desempeña también
un papel otro deseo distinto; pero por lo pronto dejaremos establecido que fue para
permitir una realización de deseos por lo que el proceso mental del reposo quedó
convertido en un sueño.
Fuera de la realización de deseos no hay más que un solo carácter que separe en
este caso los dos géneros de actividad psíquica. La idea latente sería: «Veo un
resplandor que viene de la habitación en la que está el cadáver. Quizá haya caído una
vela sobre el ataúd y se esté quemando el niño.» El sueño reproduce sin modificación
alguna el resultado de esta reflexión, pero lo introduce en una situación presente y
percibida por los sentidos como un suceso de la vigilia. Este es, como sabemos, el
carácter psicológico más general y evidente del sueño. Una idea, casi siempre la que
entraña el deseo, queda objetivizada en el sueño y representada en forma de escena
vivida.
¿Cómo podremos explicar esta peculiaridad característica de la elaboración
onírica, o, hablando más modestamente, cómo podremos incluirla entre los procesos
psíquicos?
Un examen más detenido nos hace observar que la forma aparente de este sueño
nos muestra dos caracteres casi independientes entre sí. El primero es la representación
en forma de situación presente, omitiendo el «quizá». El otro es la transformación de la
idea en imágenes visuales y en palabras.
La transformación que las ideas latentes experimentan por el hecho de quedar
representado en presente lo que ellas expresan en futuro no resulta quizá muy evidente
en este sueño, circunstancia que depende del particular papel, realmente accesorio, que
en él desempeña la realización de deseos. Tomemos otro sueño en el que el deseo
onírico no se distinga de la continuación durante el reposo de los pensamientos de la
vigilia; por ejemplo, el sueño de la inyección de Irma. En este sueño la idea latente que
alcanza una representación aparece en optativo: «¡Ojalá fuese Otto el culpable de la
enfermedad de Irma!» El sueño reprime el optativo y lo sustituye por un simple
presente: «Sí; Otto tiene la culpa de la enfermedad de Irma.» Es ésta, pues, la primera de
las transformaciones que todo sueño incluso aquellos que aparecen libres de
deformación, lleva a cabo con las ideas latentes. Pero esta primera singularidad del
sueño no habrá de detenernos mucho y nos bastará recordar la existencia de fantasías
conscientes y de sueños diurnos que proceden del mismo modo con su contenido de
representaciones. Cuando Mr. Joyeuse, el célebre personaje deDaudet, vaga sin
ocupación alguna a través de las calles de París para hacer creer a sus hijas que tiene un
destino y se halla desempeñándolo, sueña con los acontecimientos que podrían
proporcionarle un protector y una colocación y se los imagina en presente. El fenómeno
onírico utiliza, por tanto, el presente en la misma forma y con el mismo derecho que el
sueño diurno. El presente es el tiempo en que el deseo es representado como realizado.
El segundo de los caracteres antes mencionados es, en cambio, peculiar al sueño y
lo diferencia de la ensoñación diurna. Este carácter es el de que el contenido de
representaciones no es pensado, sino que queda transformado en imágenes sensoriales a
las que prestamos fe y que creemos vivir. Advertiremos desde luego que no todas los
sueños presentan esta transformación de representaciones en imágenes sensoriales. Hay
algunos que no se componen sino de ideas, no obstante lo cual nos es imposible
discutirles el carácter de sueños. Mi sueño «autodidasker la fantasía diurna con el
profesor N.» es uno de éstos, en los que apenas intervienen elementos sensoriales, como
si hubiéramos pensado su contenido durante la vigilia. Asimismo hay en todo sueño algo
externo, elementos que no han quedado transformados en imágenes sensoriales y que
son simplemente pensados o sabidos del mismo modo que en la vigilia. Recordemos,
además, que tal transformación de representaciones en imágenes sensoriales no es
exclusiva del sueño, sino que aparece también en la alucinación, esto es, en aquellas
visiones que constituyen un síntoma de la psiconeurosis o surgen independientemente de
todo estado patológico. La relación que aquí investigamos no es, pues, exclusiva del
sueño, pero constituye de todos modos su carácter más notable. Su comprensión exige
que ampliemos nuestras especulaciones.
Entre todas las observaciones que sobre la teoría de los sueños nos ofrecen las
obras de los autores ajenos al psicoanálisis hallamos una muy digna de atención. En su
obra Psicofísica (tomo II, pág. 526) influye el gran G. Th. Fechner la hipótesis de que la
escena en la que los sueños se desarrollan es distinta de aquella en la que se desenvuelve
la vida de representación despierta, y añade que sólo esta hipótesis puede hacernos
comprender las singularidades de la vida onírica.
La idea que así se nos ofrece es la de una localidad psíquica. Vamos ahora
prescindir por completo de la circunstancia de sernos conocido también anatómicamente
el aparato anímico de que aquí se trata y vamos a eludir asimismo toda posible tentación
de determinar en dicho sentido la localidad psíquica. Permaneceremos, pues, en terreno
psicológico y no pensaremos sino en obedecer a la invitación de representarnos el
instrumento puesto al servicio de las funciones anímicas como un microscopio
compuesto, un aparato fotográfico o algo semejante. La localidad psíquica
corresponderá entonces a un lugar situado en el interior de este aparato, en el que surge
uno de los grados preliminares de la imagen. En el microscopio y en el telescopio son
estos lugares puntos ideales; esto es, puntos en los que no se halla situado ningún
elemento concreto del aparato. Creo innecesario excusarme por la imperfección de estas
imágenes y otras que hande seguir. Estas comparaciones no tienen otro objeto que el de
auxiliarnos en una tentativa de llegar a la comprensión de la complicada función
psíquica total, dividiéndola y adscribiendo cada una de sus funciones aisladas a uno de
los elementos del aparato. La tentativa de adivinar la composición del instrumento
psíquico por medio de tal división no ha sido emprendida todavía, que yo sepa. Por mi
parte, no encuentro nada que a ella pueda oponerse. Creo que nos es lícito dejar libre
curso a nuestras hipótesis, siempre que conservemos una perfecta imparcialidad de
juicio y no tomemos nuestra débil armazón por un edificio de absoluta solidez. Como lo
que necesitamos son representaciones auxiliares que nos ayuden a conseguir una
primera aproximación a algo desconocido, nos serviremos del material más práctico y
concreto.
Nos representamos, pues, el aparato anímico como un instrumento compuesto a
cuyos elementos damos el nombre de instancias, o, para mayor plasticidad, de sistemas.
Hecho esto, manifestamos nuestra sospecha de que tales sistemas presenten una
orientación especial constante entre sí, de un modo semejante a los diversos sistemas de
lentes del telescopio, los cuales se hallan situados unos detrás de otros. En realidad no
necesitamos establecer la hipótesis de un orden verdaderamente especial de los sistemas
psíquicos. Nos basta con que exista un orden fijo de sucesión establecido por la
circunstancia de que en determinados procesos psíquicos la excitación recorre los
sistemas conforme a una sucesión temporal determinada. Este orden de sucesión puede
quedar modificado en otros procesos, posibilidad que queremos dejar señalada, desde
luego. De los componentes del aparato hablaremos en adelante con el nombre del
«sistema y».
Lo primero que nos llama la atención es que este aparato compuesto de sistema y
posee una dirección. Toda nuestra actividad psíquica parte de estímulos (internos o
externos) y termina en inervaciones. De este modo adscribimos al aparato un extremo
sensible y un extremo motor. En el extremo sensible se encuentra un sistema que recibe
las percepciones, y en el motor, otro que abre las esclusas de la motilidad. El proceso
psíquico se desarrolla en general pasando desde el extremo de percepción hasta el
extremo de motilidad. Así, pues, el esquema más general del aparato psíquico
presentaría el siguiente aspecto:
Este esquema no es más que la realización de la hipótesis de que el aparato
psíquico tiene que hallarse construido como un aparato reflector. El proceso de reflexión
es también el modelo de todas las funciones psíquicas.
Introduciremos ahora fundadamente una primera diferenciación en el extremo
sensible. Las percepciones que llegan hasta nosotros dejan en nuestro aparato psíquico
una huella a la que podemos dar el nombre de huella mnémica (Erinnerungsspur). La
función que a esta huella mnémica se refiere es la que denominamos memoria.
Continuando nuestro propósito de adscribir a diversos sistemas los procesos psíquicos,
observamos que la huella mnémica no puede consistir sino en modificaciones
permanentes de los elementos del sistema. Ahora bien: como ya hemos indicado en otro
lugar, el que un mismo sistema haya deretener fielmente modificaciones de sus
elementos y conservar, sin embargo, una capacidad constante de acoger nuevos motivos
de modificación supone no pocas dificultades. Siguiendo el principio que seguía nuestra
tentativa, distribuiremos, pues, estas dos funciones en sistemas distintos, suponiendo que
los estímulos de percepción son acogidos por un sistema anterior del aparato que no
conserva nada de ellos; esto es, que carece de toda memoria, y que detrás de este sistema
hay otro que transforma la momentánea excitación del primero en huellas duraderas. La
figura número 2 corresponde a este nuevo aspecto del aparato psíquico.
Sabido es que las percepciones que actúan sobre el sistema P perduran algo más
que su contenido. Nuestras percepciones demuestran hallarse también enlazadas entre sí
en la memoria, conforme, ante todo, a su primitiva coincidencia en el tiempo. Este hecho
es el que conocemos con el nombre de asociación. Ahora bien: el sistema P no puede
conservar las huellas para la asociación, puesto que carece de memoria. Cada uno de los
elementos P quedaría insoportablemente obstruido en su función si un resto de una
asociación anterior se opusiera a una nueva percepción. Habremos, pues, de suponer que
los sistemas mnémicos constituyen la base de la asociación. Esta consistirá entonces en
que, siguiendo la menor resistencia, se propagará la excitación preferentemente de un
primer elemento Hm a un segundo elemento, en lugar de saltar a otro tercero. Un
detenido examen nos muestra, pues, la necesidad de aceptar la existencia de más de uno
de estos sistemas Hm, en cada uno de los cuales es objeto de una distinta fijación la
excitación propagada por los elementos P. El primero de estos sistemas Hm contendrá
de todos modos la fijación de la asociación por simultaneidad, y en los más alejados
quedará ordenado el mismo material de excitación según otros distintos órdenes de
coincidencia, de manera que estos sistemas posteriores representarían, por ejemplo, las
relaciones de analogía, etc. Sería, naturalmente, ocioso querer describir la significación
psíquica de uno de estos sistemas. Su característica se hallaría en la intimidad de sus
relaciones con los elementos del material mnémico bruto; esto es, si queremos aludir a
una teoría más profunda, en los escalonamientos de la resistencia conductora de estos
elementos.
Habremos de intercalar aquí una observación de carácter general que entraña
quizá una importantísima indicación. El sistema P, que no posee capacidad para
conservar las modificaciones; esto es, que carece de memoria, aporta a nuestra
consciencia toda la variedad de las cualidades sensibles. Por el contrario, nuestros
recuerdos, sin excluir los más profundos y precisos, son inconscientes en sí. Pueden
devenir conscientes, pero no es posible dudar que despliegan todos sus efectos en estado
inconsciente. Aquello que denominamos nuestro carácter reposa sobre las huellas
mnémicas de nuestras impresiones, y precisamente aquellas impresiones que han
actuado más intensamente sobre nosotros, o sea las de nuestra primera juventud, son las
que no se hacen conscientes casi nunca. Pero cuando los recuerdos se hacen de nuevo
conscientes no muestran cualidad sensorial alguna o sólo muy pequeña, en comparación
conlas percepciones. Si pudiéramos comprobar que la memoria y la cualidad que
caracteriza el devenir consciente se excluyen recíprocamente en los sistemas y , se nos
ofrecería una prometedora visión de las condiciones de la excitación de la neurona.
Todo lo que hasta ahora hemos supuesto sobre la composición del aparato
psíquico en su extremo sensible ha sido sin tener en cuenta para nada el sueño ni las
explicaciones psicológicas que de su estudio pueden deducirse. Este estudio nos
proporciona, en cambio, gran ayuda para el conocimiento de otro sector del aparato.
Hemos visto que nos era imposible explicar la formación de los sueños si no nos
decidíamos a aceptar la existencia de dos instancias psíquicas, una de las cuales somete
a una crítica la actividad de la otra; crítica de la que resulta la exclusión de esta última de
la consciencia.
La instancia crítica mantiene con la consciencia relaciones más íntimas que la
criticada, hallándose situada entre ésta y la consciencia a manera de pantalla. Hemos
encontrado, además, puntos de apoyo para identificar la instancia crítica con aquello que
dirige nuestra vida despierta y decide sobre nuestra actividad voluntaria y consciente. Si
ahora sustituimos estas instancias por sistemas, quedará situado el sistema crítico en el
extremo motor del aparato psíquico supuesto. Incluiremos, pues, ambos sistemas en
nuestro esquema y les daremos nombres que indiquen su relación con la consciencia.
Al último de los sistemas situados en el extremo motor le damos el nombre de
preconsciente para indicar que sus procesos de excitación pueden pasar directamente a la
consciencia siempre que aparezcan cumplidas determinadas condiciones; por ejemplo, la
de cierta intensidad y cierta distribución de aquella función a la que damos el nombre de
atención, etc. Este sistema es también el que posee la llave del acceso a la motilidad
voluntaria. Al sistema que se halla detrás de él le damos el nombre de inconsciente
porque no comunica con la consciencia sino a través de lo preconsciente, sistema que
impone al proceso de excitación, a manera de peaje, determinadas transformaciones.
¿En cuál de estos sistemas situaremos ahora el estímulo de la formación de los
sueños? Para mayor sencillez, en el sistema Inc., aunque, como más adelante
explicaremos, no es esto rigurosamente exacto, pues la formación de los sueños se halla
forzada a enlazarse con ideas latentes que pertenecen al sistema de lo preconsciente.
Pero también averiguaremos en otro lugar, al tratar del deseo onírico, que la fuerza
impulsora del sueño es proporcionada por el sistema Inc., y esta última circunstancia nos
mueve a aceptar el sistema inconsciente como el punto de partida de la formación de los
sueños. Este estímulo onírico exteriorizará, como todos los demás productos mentales, la
tendencia a propagarse al sistema Prec. y pasar de éste a la consciencia.
La experiencia nos enseña que durante el día aparece desplazado por la censura de
la resistencia, y para las ideas latentes, este camino que conduce a la consciencia a través
de lo preconsciente. Durante la noche se procuran dichas ideas el acceso a la
consciencia, surgiendo aquí la interrogación de por qué camino y merced a qué
modificación lo consiguen. Si el acceso de estas ideas latentes a la consciencia
dependiera de una disminución nocturna de la resistencia que vigila en la frontera entre
lo inconsciente y lo preconsciente, tendríamos sueños que nos mostrarían el carácter
alucinatorio que ahora nos interesa. El relajamiento de la censura entre los dos sistemas
Inc. y Prec. no puede explicarnos, por tanto, sino aquellos productos oníricos exentos de
imágenes sensoriales (recuérdese el ejemplo «autodidasker») y no sueños como el
detallado al principio del presente capítulo.
Lo que en el sueño alucinatorio sucede no podemos describirlo más que del modo
siguiente: la excitación toma un camino regresivo; en lugar de avanzar hacia el extremo
motor del aparato, se propaga hacia el extremo sensible, y acaba por llegar al sistema de
las percepciones. Si a la dirección seguida en la vigilia por el procedimiento psíquico,
que parte de lo inconsciente, le damos el nombre de dirección progresiva, podemos decir
que el sueño posee un carácter regresivo.
Esta regresión es una de las más importantes peculiaridades psicológicas del
proceso onírico; pero no debemos olvidar que no es privativa de los sueños. También el
recordar voluntario, la reflexión y otros procesos parciales de nuestro pensamiento
normal corresponden a un retroceso, dentro del aparato psíquico, desde cualquier acto
complejo de representación al material bruto de las huellas mnémicas en las que se halla
basado. Pero durante la vigilia no va nunca esta regresión más allá de las imágenes
mnémicas, y no llega a reavivar las imágenes de percepción, convirtiéndolas en
alucinaciones. ¿Por qué no sucede también esto en el sueño? Al hablar de la
condensación onírica hubimos de suponer que la elaboración del sueño llevaba a cabo
una total transmutación de todos los valores psíquicos, despojando de su intensidad a
unas representaciones para transferirlas a otras. Esta modificación del proceso psíquico
acostumbrado es la que hace posible cargar el sistema de las P hasta la completa
vitalidad en una dirección inversa, o sea partiendo de las ideas.
No creo que nadie incurra en error sobre el alcance de estas explicaciones. Hasta
ahora no hemos hecho otra cosa que dar un nombre a un fenómeno inexplicable.
Hablamos de regresión cuando la representación queda transformada, en el sueño, en
aquella imagen sensible de la que nació anteriormente. De todos modos, también
necesitamos justificar este paso, pues podría objetársenos la inutilidad de una
calificación que no ha de enseñarnos nada nuevo. Pero, a nuestro juicio, ha de sernos
muy útil este nombre de regresión por enlazar un hecho que nos es conocido al esquema
antes desarrollado de un aparato psíquico; esquema cuyas ventajas vamos ahora a
comprobar por vez primera, pues con su sola ayuda, y sin necesidad de nuevas
reflexiones, hallaremos el esclarecimiento de una de las peculiaridades de la formación
de los sueños. Considerando el proceso onírico como una regresión dentro del aparato
anímico por nosotros supuesto, hallamos la explicación de un hecho antes
empíricamente demostrado; esto es, el de que las relaciones intelectuales de las ideas,
latentes entre sí, desaparecen en la elaboración delsueño o no encuentran sino muy
trabajosamente una expresión. Nos muestra, en efecto, nuestro esquema que estas
relaciones intelectuales no se hallan contenidas en los primeros sistemas Hm, sino en
otros anteriores a ellos, y tienen que perder su expresión en el proceso regresivo hasta
las imágenes de percepción. La regresión descompone en su material bruto el ajuste de
las ideas latentes.
Mas ¿por qué transformaciones resulta posible esta regresión, imposible durante el
día? Sospechamos que se trata de modificaciones de las cargas de energía de cada uno
de los sistemas; modificaciones que los hacen más o menos transitables o intransitables
para el curso de la excitación. Pero dentro de cada uno de estos aparatos podía
producirse este mismo efecto por medio de modificaciones diferentes. Pensamos,
naturalmente, en seguida en el estado de reposo y en las modificaciones de la carga
psíquica que el mismo provoca en el extremo sensible del aparato. Durante el día existe
una corriente continua desde el sistema y de las P hasta la motilidad. Pero esta corriente
cesa por la noche, y no puede ya presentar obstáculo ninguno a la regresión de la
excitación.
Esta circunstancia constituiría aquel «apartamiento del mundo exterior» en el que
algunos autores ven la explicación de los caracteres psicológicos del sueño. Sin
embargo, al explicar la regresión del sueño habremos de tener en cuenta aquellas otras
regresiones que tienen efecto en los estados patológicos de la vigilia; regresiones a las
que nuestra anterior hipótesis resulta inaplicable, pues se desarrolla, a pesar de no
hallarse interrumpida la corriente sensible, en dirección progresiva.
Las alucinaciones de la histeria y de la paranoia y las visiones de las personas
normales corresponden, efectivamente, a regresiones; esto es, son ideas transformadas
en imágenes. Pero en estos casos no experimentan tal transformación más que aquellas
ideas que se hallan en íntima conexión con recuerdos reprimidos o inconscientes. Uno
de los histéricos más jóvenes que he sometido a tratamiento, un niño de doce años, no
puede conciliar el reposo, porque en cuanto lo intenta ve caras verdes con ojos
encarnados, que le causan espanto. La fuente de esta aparición es el recuerdo reprimido,
pero primitivamente consciente, de un muchacho, al que vio varias veces hacía cuatro
años, y que constituía un modelo de vicios infantiles; entre ellos, el de la masturbación;
vicio que también practicó el sujeto, reprochándoselo ahora amargamente. Su madre
había observado por entonces que el vicioso niño tenía un color verdoso, y los ojos,
encarnados (los párpados, ribeteados). De este recuerdo procede, pues, el fantasma que
le impide conciliar el reposo y que está destinado después a recordarle la predicción que
le hizo su madre de que tales niños se vuelven idiotas; no consiguen aprender nada en la
escuela y mueren jóvenes. Nuestro pequeño paciente demuestra la realización de una
parte de esta profecía, pues no avanza en sus estudios, y teniendo consciencia de ello, le
espanta que pueda también realizarse la segunda parte. El tratamiento logró devolver en
poco tiempo el reposo, hacerle perder el miedo y terminar el año escolar con notas
sobresalientes.
Agregaré aquí la solución de una visión que me fue relatada por una histérica de
cuarenta años; visión muy anterior a la enfermedad que le llevaba a mi consulta. Al
despertar una mañana vio ante sí a su hermano mayor, que se hallaba recluido en un
manicomio. Su hijo pequeño dormía en la cama junto a ella, para evitar que se asustase y
le diesen convulsiones si veía a su tío, le tapó la cabeza con la colcha, desvaneciéndose
entonces la aparición. Esta visión no era sino la elaboración de un recuerdo infantil,
consciente, pero íntimamente enlazado con todo el material inconsciente, dado en la vida
anímica de la sujeto. La niñera le había relatado que su madre, muerta cuando ella tenía
año y medio, había padecido convulsiones epilépticas o histéricas desde un susto que le
dio su hermano (el tío de la sujeto), apareciéndosele a guisa de fantasma con una colcha
sobre la cabeza. La visión contiene los mismos elementos que el recuerdo: la aparición
del hermano, la colcha, el sobresalto y sus efectos; pero estos elementos han sido
ordenados en una forma distinta y transferidos a otras personas. El motivo, harto
transparente, de la visión; esto es, del pensamiento por ella sustituido, es la preocupación
de que su hijo pequeño que presenta un extraordinario parecido físico con su tío pueda
tener igual desgraciado destino.
Los dos ejemplos que anteceden no carecen de cierta relación con el estado de
reposo, y son quizá por tanto, poco apropiados para la demostración que con ellos me
proponía alcanzar. Pero mi análisis de una paranoica alucinada, y los resultados de mis
estudios, aún no publicados, sobre la psicología de la neurosis robustecen la afirmación
de que en estos casos de transformación represiva de las ideas hemos de tener en cuenta
la influencia de un recuerdo reprimido o inconsciente, infantil en la mayoría de los
casos. Este recuerdo arrastra consigo a la regresión; esto es, a la forma de
representación, en la que el mismo se halla dado psíquicamente, a las ideas con él
enlazadas y privadas de expresión por la censura. Mencionaremos aquí como un
resultado del estudio de la histeria el hecho de que las escenas infantiles (trátese de
recuerdos o de fantasías) son vistas alucinatoriamente cuando se consiguen hacerlas
conscientes, y sólo después de explicar al paciente su sentido es cuando pierden este
carácter. Sabido es también que incluso en personas que no poseen en alto grado la
facultad de la reminiscencia visual suelen conservar los recuerdos infantiles más
tempranos un carácter de vivacidad sensorial hasta los años más tardíos.
Si recordamos cuál es el papel que en las ideas latentes corresponde a los sucesos
infantiles o a las fantasías en ellos basadas; con cuánta frecuencia emergen de nuevo
fragmentos de los mismos en el contenido latente, y cómo los mismos deseos del sueño
aparecen muchas veces derivados de ellos, no rechazaremos la probabilidad de que la
transformación de las ideas en imágenes visuales sea también en el sueño la
consecuencia de la atracción que el recuerdo, representado visualmente, y que tiende a
resucitar, ejerce sobre las ideas privadas de consciencia, que aspiran a hallar una
expresión. Según esta hipótesis, podría también describirse el sueño como la sustitución
de la escena infantil, modificada por su transferencia a lo reciente. Laescena infantil no
puede conseguir su renovación real y tiene que contentarse con retornar a título de
sueño.
El descubrimiento de la importancia, hasta cierto punto prototípica, de las escenas
infantiles (o de sus repeticiones fantásticas) para el contenido manifiesto del sueño hace
que una de las hipótesis de Scherner sobre las fuentes de estímulos interiores resulte
totalmente superflua. Supone Scherner que aquellos sueños que presentan una especial
vivacidad de sus elementos visuales, o una particular riqueza en estos elementos, tienen
por base una excitación interna del órgano de la visión. Por nuestra parte y sin entrar a
discutir esta hipótesis, admitiremos la existencia de tal estado de excitación en el sistema
perceptivo psíquico del órgano de la visión; pero haremos constar que este estado de
excitación ha sido creado por el recuerdo y constituye la renovación de la excitación
visual experimentada en el momento real al que corresponde. No poseo ningún ejemplo
propio de tal influencia de un recuerdo infantil. Mis sueños son generalmente pobres en
elementos sensoriales; pero en el más bello y animado que he tenido durante estos
últimos años me fue fácil referir la precisión alucinatoria del contenido manifiesto a
cualidades sensibles de impresiones recientes. En páginas anteriores hemos citado un
sueño, en el que el profundo azul del agua, el negro de humo arrojado por las chimeneas
de los barcos y el rojo oscuro y el sepia de los edificios me dejaron una profunda
impresión. Si algún sueño puede ser referido a una excitación visual, ninguno mejor que
éste. Pero ¿qué es lo que la había producido? Una impresión reciente, que vino a agregar
a una serie de impresiones anteriores. Los colores que vi en mi sueño eran, en primer
lugar, los de las piezas de una caja de construcción, con las que mis hijos habían
edificado el día inmediatamente anterior a mi sueño un espléndido palacio. En las piezas
de esta caja de construcción podía encontrarse el mismo rojo oscuro, el mismo azul y el
mismo negro que en mi sueño veo. A esta impresión vinieron a agregarse las de mi
último viaje a Italia: el bello color cálido sepia de la tierra. La belleza cromática del
sueño no era, pues, sino una repetición de la que el recuerdo me mostraba.
Concretemos ahora todo lo que hemos averiguado sobre aquella peculiaridad del
sueño, que consiste en transformar su contenido de representaciones en imágenes
sensoriales. No habremos esclarecido este carácter de la elaboración onírica refiriéndolo
a leyes conocidas de la Psicología, pero lo hemos extraído en condiciones desconocidas,
y lo hemos caracterizado, dándole el nombre de carácter regresivo
C) La realización de deseos.
El sueño con que iniciamos el presente capítulo, o sea el del padre al que se le
aparece su hijo muerto; nos da ocasión para examinar determinadas dificultades, con las
que tropieza lateoría de la realización de deseos. Todos hemos extrañado que el sueño
no pueda ser sino una realización de deseos, y no sólo por la contradicción que supone la
existencia de sueños de angustia. Después de comprobar por medio del análisis que el
sueño entrañaba un sentido y un valor psíquico, no esperábamos en modo alguno una tan
limitada y estricta determinación de tal sentido. Según la definición correcta, pero
insuficiente, de Aristóteles, el sueño no es sino la continuación del pensamiento durante
el estado de reposo. Pero si nuestro pensamiento crea durante el día tan diversos actos
psíquicos -juicios, conclusiones, refutaciones, hipótesis, propósitos, etc.-, ¿cómo puede
quedar obligado luego, durante la noche, a limitarse única y exclusivamente a la
producción de deseos? ¿No habrá quizá gran número de sueños que entrañen otro acto
psíquico distinto; por ejemplo, una preocupación? ¿Y no será éste realmente el caso del
sueño antes expuesto, en el que del resplandor que a través de sus párpados recibe
durante el reposo deduce el sujeto la conclusión de que una vela ha caído sobre al ataúd
y ha podido prender fuego al cadáver, y transforma esta conclusión en un sueño, dándole
la forma de una situación sensible y presente? ¿Qué papel desempeña aquí la realización
de deseos? Es acaso posible negar en este sueño el predominio de la idea, continuada
desde la vigilia o provocada por la nueva impresión sensorial?
Todo esto es exacto, y nos obliga a examinar más detenidamente el sueño desde
los puntos de vista de la realización de deseos y de la significación de los pensamientos
de la vigilia en él continuados.
La realización de deseos nos ha hecho ya dividir los sueños en dos grupos. Hemos
hallado sueños que mostraban francamente tal realización, y otros en los que no nos era
posible descubrirla sino después de un minucioso análisis. En estos últimos sueños
reconocimos la actuación de la censura onírica. Los sueños no disfrazados, demostraron
ser característicos de los niños. En los adultos parecían -quiero acentuar esta restricción-,
parecían, repito, presentarse también sueños optativos, breves y francos.
Podemos preguntarnos ahora de dónde procede en cada caso el deseo que se
realiza en el sueño. Pero, ¿a qué antítesis o a qué diversidad podemos referir este «de
dónde»? A mi juicio, nos es posible referirlo a la antítesis existente entre la vida diurna
consciente y una actividad psíquica inconsciente durante el día y que sólo a la noche
puede hacerse perceptible. Hallamos entonces tres posibles procedencias del deseo: 1º
Puede haber sido provocado durante el día y no haber hallado satisfacción a causa de
circunstancias exteriores, y entonces perdura por la noche un deseo reconocido e
insatisfecho. 2º Puede haber surgido durante el día, pero haber sido rechazado, y
entonces perdura en nosotros un deseo insatisfecho, pero reprimido; y 3º Puede hallarse
exento de toda relación con la vida diurna y pertenecer a aquellos deseos que sólo por la
noche surgen en nosotros, emergiendo de lo reprimido. Volviendo a nuestro esquema del
aparato psíquico localizaremos un deseo de la primera clase en el sistema Prec.; de los
de la segunda, supondremos que han sido obligados a retroceder desde el sistema Prec.
al sistema Inc., y que si se han conservado tienen que haberse conservado en él. Por
último,de los deseos pertenecientes a la tercera clase, creemos que son totalmente
incapaces de salir del sistema Inc. ¿Habremos de suponer que sólo los deseos emanados
de estas diversas fuentes tienen el poder de provocar un sueño?
Examinados los sueños que pueden proporcionarnos datos para contestar a esta
pregunta, observamos en primer lugar la necesidad de considerar como una cuarta fuente
de deseos provocados de sueños los impulsos optativos surgidos durante la noche (le
sed, la necesidad sexual, etc.), y nos inclinamos después a afirmar que la procedencia del
deseo no influye para nada en su capacidad de provocar un sueño. Recordemos el sueño
del niño que continúa la travesía interrumpida aquella tarde y todos los demás ejemplos
de este género que a su tiempo expusimos. Todos estos sueños quedan explicados por un
deseo insatisfecho, pero no reprimido, del día. Los ejemplos de deseos reprimidos que se
exteriorizan en sueños son numerosísimos. Me limitaré a exponer el más sencillo que de
esta clase he podido encontrar. La sujeto es una señora un tanto burlona. Durante el día
le han preguntado repetidas veces qué juicio le merecía el novio de una amiga suya más
joven que ella. Su verdadera opinión es que se trata de un hombre adocenado, y la
hubiera manifestado gustosa; pero en obsequio a su amiga, la sustituye por grandes
alabanzas. Aquella noche sueña que le dirigen la misma pregunta y que responde
diciendo: «Cuando en la tienda saben ya de lo que se trata, basta con indicar el número.»
Por último, nos ha demostrado el análisis que en todos los sueños que han pasado por
una deformación procede el deseo de lo inconsciente y no pudo ser observado durante el
día. De este modo todos los deseos nos parecen al principio equivalentes y de igual
poder para la formación de los sueños.
No puedo demostrar aquí que en realidad suceden las cosas de otro modo; pero
me inclino mucho a suponer una más severa condicionalidad del deseo onírico. Los
sueños infantiles no permiten dudar de que su estímulo es un deseo insatisfecho durante
el día; pero no debemos olvidar que se trata del deseo de un niño, con toda la energía de
los impulsos optativos infantiles. En cambio, no me parece verosímil que un deseo
insatisfecho pueda bastar para provocar un sueño en un sujeto adulto. Opino más bien
que el dominio progresivo de nuestra vida instintiva por la actividad intelectual nos lleva
a renunciar cada vez más a la formación o conservación de deseos tan intensos como los
que el niño abriga. Claro es que dentro de esto puede haber diferencias individuales y
conservar unas personas el tipo infantil de los procesos anímicos durante más tiempo
que otras, diferencias que observamos también en la debilitación de la representación
visual originariamente muy precisa. Pero, en general, creo que el deseo insatisfecho
durante el día no basta para crear un sueño en los adultos. Concedo que el sentimiento
optativo procedente de la consciencia puede contribuir a provocar un sueño pero nada
más. El sueño no nacería si el deseo preconsciente no quedase robustecido por otros
factores.
Estos factores proceden de lo inconsciente. Imagino que el deseo consciente sólo
se constituye en estímulo del sueño cuando consigue despertar un deseo inconsciente de
efecto paralelo conel que reforzar su energía. Conforme a los indicios deducidos del
psicoanálisis de la neurosis, considero que tales deseos inconscientes se hallan siempre
en actividad y dispuestos siempre a conseguir una expresión en cuanto se les ofrece
ocasión para aliarse con un sentimiento procedente de lo consciente y transferirle su
mayor intensidad. Parece entonces como si únicamente el deseo consciente se hallara
realizado en el sueño; pero una pequeña singularidad en la estructura del mismo nos
permitirá seguir las huellas del poderoso auxiliar llegado de lo inconsciente. Estos
deseos de nuestro inconsciente, siempre en actividad y, por decirlo así, inmortales,
deseos que nos recuerdan a aquellos titanes de la leyenda sobre los cuales pesan desde
tiempo inmemorial inmensas montañas que fueron arrojadas sobre ellos por los dioses
vencedores y que aún tiemblan de tiempo en tiempo, sacudidas por las convulsiones de
sus miembros; estos deseos reprimidos, repito, son también de procedencia infantil,
como nos lo ha demostrado la investigación psicológica de las neurosis. Así, pues,
retiraré mi afirmación anterior de que la procedencia del deseo era una cuestión
indiferente, y la sustituiré por la que sigue: El deseo representado en el sueño tiene que
ser un deseo infantil. En los adultos procede entonces del Inc. En los niños, en los que
no existe aún la separación y la censura entre el Prec. y el Inc., o en los que comienza a
establecerse poco a poco, el deseo es un deseo insatisfecho, pero no reprimido, de la
vida despierta. Sé que estas afirmaciones no pueden demostrarse en general; pero insisto
en que pueden comprobarse frecuentemente, aun en ocasiones en las que no lo
sospechábamos.
Los sentimientos optativos procedentes de la vida despierta consciente pasan, por
tanto, a segundo término en la formación de los sueños, pues no podemos atribuirles
importancia mayor de la que atribuimos a las sensaciones surgidas durante el reposo en
la formación del contenido manifiesto (véase anteriormente). Permaneciendo dentro de
los límites que el proceso mental que voy desarrollando me prescribe, dirigiré ahora mi
atención a los restantes estímulos psíquicos procedentes de la vida diurna y que no
poseen el carácter de deseos. Cuando decidimos entregarnos al reposo podemos
conseguir la cesación interina de las cargas psíquicas de nuestro pensamiento despierto.
Aquellas personas que así lo logran con facilidad gozan de un tranquilo reposo. Dícese
que Napoleón I era un sorprendente ejemplo de este género. Pero no siempre
conseguimos tal cosa, y cuando la conseguimos, no siempre por completo. Los
problemas aún no solucionados, las preocupaciones que nos atormentan y una multitud
de impresiones diversas continúan la actividad mental durante el reposo y mantienen el
desarrollo de procesos anímicos en el sistema que hemos calificado con el nombre de
preconsciente. Estos estímulos mentales que continúan durante el reposo pueden ser
divididos en los grupos siguientes: 1º Aquellos procesos que durante el día no han
podido llegar a tiempo por haber quedado interrumpidos a causa de una circunstancia
cualquiera. 2º Aquello que ha permanecido interminado o sin solución por paralización
de nuestra energía mental. 3º Aquello que hemos rechazado y reprimido durante el día.
A estos tres grupos se añade otro másimportante, formado por aquello que la labor
diurna de lo preconsciente ha estimulado en nuestro Inc. Por último, podemos agregar,
como quinto grupo, el formado por las impresiones diurnas indiferentes y, por tanto,
inderivadas.
Las intensidades psíquicas que estos restos de la vida diurna introducen en el
estado de reposo, sobre todo las pertenecientes al grupo de lo inderivado, poseen mayor
importancia de lo que pudiera creerse, pues constituyen excitaciones que luchan durante
la noche por alcanzar una expresión, mientras que el estado de reposo imposibilita el
curso acostumbrado del proceso de excitación a través de lo preconsciente y su término
por el acceso a la consciencia. Mientras tenemos consciencia de nuestros procesos
mentales normales nos es imposible, en efecto, conciliar el reposo. No puedo decir cuál
es la modificación que el estado de reposo provoca en el sistema Prec.; pero es
indudable que la característica psicológica del sueño ha de ser buscada escencialmente
en las modificaciones de la carga psíquica de este sistema, que domina también el
acceso a la motilidad, paralizada durante el reposo. En cambio, no sé de ningún dato de
la psicología del sueño que pueda inclinarnos a admitir que el reposo introduce alguna
transformación en el sistema Inc., si no es secundariamente. La excitación nocturna
desarrollada en el Prec. no encuentra otro camino que el seguido por las excitaciones
optativas procedentes del Inc., y tiene que buscar refuerzo en este último y dar los
rodeos de las excitaciones inconscientes. Pero ¿cuál es la significación de los restos
diurnos preconscientes con respecto al sueño? No cabe duda de que penetran en gran
número en él, utilizan su contenido manifiesto para imponerse a la consciencia también
durante la noche, llegando incluso a dominar el contenido del sueño y a obligarle a
continuar la labor diurna. Es también indudable que los restos diurnos pueden tener el
carácter de deseos, del mismo modo que cualquier otro. Resulta muy instructivo y es
decisivo para la teoría de la realización de deseos observar cuáles son las condiciones a
las que se tienen que someter para hallar acogida en el sueño.
Recordemos uno de los ejemplos antes expuesto: el sueño que me muestra a mi
amigo Otto con los signos de la enfermedad de Basedow. El mal aspecto de mi amigo
me había preocupado durante el día, y he de suponer que continuó preocupándome
durante el reposo. Mi pensamiento se esforzaba sin duda en descubrir qué era lo que
podía tener Otto. Esa preocupación halló por la noche una expresión en el sueño citado,
cuyo contenido es desatinado y no deja reconocer realización ninguna de deseos. Pero
investigando de dónde podía proceder aquella desmesurada representación de mi
preocupación diurna, me reveló el análisis la conexión buscada, mostrándome que en el
sueño me identificaba con el profesor R. e identificaba a Otto con el barón de L. Esta
sustitución de las ideas diurnas no puede tener más explicación que la siguiente: en mi
inconsciente debo hallarme dispuesto de continuo a identificarme con el profesor R.,
puesto que satisfago así uno de los inmortales deseos infantiles, o sea el deseo de
grandeza. Determinadas ideas hostiles contra mi amigo Otto, ideascensuradas y que
hubieran sido rechazadas en la vigilia, aprovecharon la ocasión para alcanzar una forma
expresiva, pero al mismo tiempo también mi preocupación diurna a él relativa quedó
expresada por medio de una sustitución en el contenido manifiesto. La idea diurna, que
no era un deseo, sino por el contrario, una preocupación dolorosa, tuvo que crearse una
conexión con un deseo infantil y reprimido, al que después de prepararlos
convenientemente hizo «nacer» en la consciencia. Cuanto más dominante fuera esta
preocupación, más poderoso podía ser el enlace que había de ser creado. Entre el
contenido del deseo y el de la preocupación no necesitaba existir conexión ninguna,
como, en efecto, no existe en nuestro ejemplo.
Creemos ha de ser muy útil dedicar ahora nuestra atención al problema de cómo
se conduce el sueño cuando encuentra en las ideas latentes un material de naturaleza
opuesta a la realización de deseos, esto es, cuando dichas ideas entrañan una
preocupación, una reflexión dolorosa o un conocimiento penoso. En estas circunstancias
puede darse la alternativa siguiente: a) La elaboración consigue sustituir todas las
representaciones displacientes por representaciones contrarias y reprimir los efectos
displacientes que a las primeras corresponden, y entonces resulta un puro sueño de
satisfacción, o sea una franca realización de deseos, en la que nada tenemos que
investigar. b) Las representaciones penosas pasan más o menos transformadas, pero bien
reconocibles, al contenido manifiesto. Este es el caso que nos hace dudar de la exactitud
de la teoría optativa del sueño y precisa de una mayor investigación. Tales sueños de
contenido penoso pueden desarrollarse en medio de la mayor indiferencia del sujeto,
traer consigo afectos displacientes que parecen justificados por su contenido de
representaciones o conducir, por último, a la interrupción del reposo mediante el
desarrollo de angustia. (Adición de 1919.)
El análisis nos demuestra que también estos sueños displacientes son realizaciones
de deseos. Un deseo inconsciente y reprimido, cuya satisfacción habría de ser sentida
con displacer por el yo del soñador, ha aprovechado la ocasión que le es ofrecida por la
conservación de la carga psíquica de los restos diurnos penosos y le ha prestado su
apoyo, haciéndolos susceptibles de provocar un sueño. Pero mientras que en el caso a)
coincida el deseo inconsciente con el consciente, en el caso b) surge la discordia entre lo
consciente y lo inconsciente -lo reprimido y el yo- y queda constituida la situación de la
fábula de los tres deseos cuya realización concede el hada al anciano matrimonio (véase
más adelante). La satisfacción producida por la realización del deseo reprimido puede
ser tan grande, que equilibre todos los afectos penosos correspondientes a los restos
diurnos, y el sueño presentará entonces un matiz afectivo indiferente, aunque constituye
por un lado la realización de un deseo y por otro la realización de algo temido. Pero
también puede suceder que el yo dormido tome una parte mayor en la formación del
sueño y reaccione con una enérgica indignación contra la satisfacción lograda por el
deseo reprimido, reacción que desencadenará afectos displacientes e incluso llegará a
poner fin al sueño, interrumpiendo el reposo con el desarrollo deangustia. No es, pues,
difícil reconocer que los sueños de angustia y los displacientes son también, como los
sueños de satisfacción, realizaciones de deseos.
Los sueños displacientes pueden ser asimismo sueños punitivos. Hemos de
conceder que al reconocerlo así agregamos a la teoría del sueño algo nuevo en cierto
sentido. Aquello que en ellos queda realizado es igualmente un deseo inconsciente. El de
un castigo del soñador por un deseo ilícito reprimido. De este modo se adaptan estos
sueños a la ley de que la fuerza impulsora de la formación onírica tiene que ser prestada
por un deseo perteneciente a lo inconsciente. Un análisis psicológico más útil nos
permite reconocer la diferencia que los separa de los demás sueños optativos. En los
casos del grupo b), el deseo inconsciente provocador del sueño pertenecía a lo
reprimido. En los sueños punitivos se trata también de un deseo inconsciente, pero al
que no podemos agregar ya a lo reprimido, sino al yo. Los sueños punitivos indican,
pues, la posibilidad de una más amplia participación del yo en la formación de los
sueños. El mecanismo de este proceso se nos hace mucho más transparente en cuanto
sustituimos la antítesis entre lo «consciente» y lo «inconsciente» por la del yo y lo
«reprimido». Pero esta sustitución no puede ser llevada a efecto sin un previo
conocimiento de los procesos de la psiconeurosis. Me limitaré, pues, a observar que los
sueños punitivos no se hallan enlazados generalmente a la condición de la existencia de
restos diurnos penosos. Por el contrario, surgen con mayor facilidad en circunstancias
contrarias, esto es, cuando los restos diurnos son ideas de naturaleza satisfactoria, pero
que expresan satisfacciones ilícitas. Partiendo de estas ideas, no llega entonces al sueño
manifiesto elemento ninguno que represente una contradicción directa de las mismas,
análogamente a como sucedía en los sueños del grupo a). El carácter esencial de los
sueños punitivos sería el de que en ellos no es el deseo inconsciente procedente de lo
reprimido (del sistema Inc.) el que se constituye en formador del sueño, sino el deseo
que reacciona a él, procedente del yo, aunque también inconsciente (esto es,
preconsciente).
Procuraré aclarar estas afirmaciones con la exposición de un sueño propio, que
muestra, sobre todo, la forma en que la elaboración onírica procede con un resto diurno
de penosas preocupaciones:
El principio es un tanto borroso: «Digo a mi mujer que tengo que darle una noticia
muy satisfactoria. Mi mujer se asusta y no quiere oírme, pero le aseguro que es algo que
ha de regosijarla, y comienzo a contarle que el cuerpo de oficiales del Arma a la que
nuestro hijo pertenece ha mandado una cantidad de dinero (¿5.000 coronas?)…, algo de
reconocimiento…, distribución… Mientras tanto, he entrado con mi mujer en un cuartito
que parece ser una despensa para sacar algo de él. De repente, veo a mi hijo. No viene
de uniforme, sino que trae un traje de sport muy ceñido (como la piel de una foca) con
una pequeña capita. Se sube sobre una cesta que hay al lado de un cajón, como si
quisiera colocar algo encima de este último. Le llamo, pero no me responde. Me parece
ver que trae la cara o la frente vendada yque se ajusta algo en la boca introduciendo algo
en ella. Sus cabellos han encanecido. Pienso si estará muy agotado y si llevará dientes
postizos. Antes de haber podido llamarle por segunda vez despierto sin sentir angustia,
pero con palpitaciones. El reloj señala las dos y media.»
No siéndome posible comunicar un análisis completo de este sueño, me limitaré a
hacer resaltar algunos puntos decisivos. El motivo del sueño estaba constituido por
penosas preocupaciones del día. Mi hijo se hallaba combatiendo en el frente y no
teníamos noticias suyas hacía ya más de una semana. En el contenido latente encuentra
expresión el convencimiento de que ha muerto o está herido. Al principio del sueño,
observamos un enérgico esfuerzo para sustituir las ideas penosas por sus contrarias.
Tengo que comunicar a mi mujer algo muy satisfactorio, el envío de una cantidad, el
reconocimiento, la distribución. (La cantidad procede de un satisfactorio deseo real de
mi práctica médica e intenta, por tanto, desviar el tema.) Pero este esfuerzo fracasa en
absoluto. Mi mujer sospecha algo terrible y no me quiere oír. Los disfraces bajo los que
el sueño se presenta son en extremo transparentes, y todos los elementos revelan su
relación con aquello que debe ser reprimido. Si mi hijo ha muerto, sus camaradas me
remitirán sus efectos y tendré que distribuir su herencia entre sus hermanos. De los
oficiales caídos en el campo de batalla se dice que han merecido el reconocimiento de la
Patria. El sueño tiende, pues, directamente a dar expresión a aquello que al principio
quería negar, proceso en el cual se hace notar, a través de las deformaciones, la
tendencia realizadora de deseos. (El cambio de lugar durante el sueño puede ser
interpretado, quizá, en el sentido del simbolismo del umbral, establecido por Silberer.)
No sospechamos qué es lo que le presta la necesaria fuerza impulsora. En la escena
onírica no se nos muestra mi hijo como alguien que «cae», sino como alguien que
«sube». En su juventud ha sido un intrépido alpinista. (No se nos aparece de uniforme,
sino vestido con un traje de sport.) Esto es, el accidente que ahora tememos le haya
sucedido ha sido sustituido por otro anterior (una vez que se rompió una pierna
patinando). La hechura singular de su traje, con el que parece una foca, nos recuerda a
otro individuo, más joven, de nuestra familia, a nuestro gracioso nietecito. El cabello
gris alude al padre de este niño, nuestro yerno, duramente castigado por la guerra. ¿Qué
quiere esto decir? Pero basta. El lugar en que el sueño se desarrolla -una despensa-, el
cajón del que mi hijo quiere coger algo (o sobre el que quiere colocar algo, en el sueño),
son indudables alusiones a un accidente que sufrí por mi propia culpa. Teniendo unos
dos o tres años quise alcanzar una golosina de un armario de la despensa y me subí sobre
una banqueta colocada encima de una mesa, pero me caí y me di un golpe que pudo
haberme costado perder los dientes. Este elemento del sueño constituye un reproche:
«Te está bien empleado», equivalente a un sentimiento hostil contra mi hijo.
Profundizando en el análisis descubrí el sentimiento oculto al que pudiera satisfacer la
temida desgracia de mi hijo. Es la envidia de la juventud, envidia que el hombre maduro
siente siempre por mucho que crea haberla dominado, y resulta indudableque
precisamente la dolorosísima emoción que habría de surgir si dicha desgracia se
confirmara es la que reanima, como atenuante, tal realización reprimida de deseos.
(Adición de 1919.)
Podemos ya precisar qué es lo que el deseo inconsciente significa para el sueño.
Concedo que existe una clase de sueños cuyo estímulo procede predominante o hasta de
un modo exclusivo de los restos de la vida diurna, y opino que incluso mi deseo de
recibir algún día el título de profesor extraordinario me hubiera dejado dormir tranquilo
aquella noche si no hubiera perdurado aún en mí el cuidado que la salud de mi amigo me
inspiraba. Pero este cuidado no habría provocado, sin embargo, sueño ninguno, pues la
fuerza impulsora de que el sueño precisaba tenía que ser reforzada por un deseo. Así,
pues, para formar el sueño tuvo mi preocupación que buscar tal deseo y aliarse con él.
Trataremos de aclarar estas circunstancias por medio de una comparación tomada de la
vida social. Es muy posible que la idea diurna represente en la formación del sueño el
papel de socio industrial: el socio industrial posee una idea y quiere explotarla: pero no
puede hacer nada sin capital y necesita un socio capitalista que corra con los gastos. En
el sueño el capitalista que corre con el gasto psíquico necesario para la formación del
sueño es siempre, cualquiera que sea la idea diurna, un deseo de lo inconsciente.
Otras veces se reúnen ambos caracteres en una misma persona, caso el más
corriente en el sueño: la labor diurna ha provocado un deseo inconsciente, y éste crea
entonces el sueño. También para todas las demás modificaciones posibles de la
asociación económica empleada aquí como ejemplo hallamos un paralelo en los
procesos oníricos. El socio industrial puede aportar una pequeña suma al capital; varios
socios industriales pueden dirigirse al mismo capitalista o varios capitalistas reunir entre
sí lo necesario para auxiliar al socio industrial. Correlativamente, hay también sueños
mantenidos por más de un deseo. Podríamos continuar así hasta agotar todas las
variantes de la relación económica que hemos escogido como término de comparación;
pero no lo creemos necesario. Aquello que en estas especulaciones sobre el deseo
onírico haya quedado aún incompleto será completado más adelante.
El tertium comparationis del paralelo establecido, esto es, la cantidad disponible,
puede ser aún más sutilmente utilizado para el esclarecimiento de la estructura del
fenómeno onírico. En la mayoría de los sueños hallamos un centro que posee una
especial intensidad sensorial. Este centro constituye regularmente la representación
directa de la realización de deseos, pues cuando deshacemos los desplazamientos de la
elaboración hallamos sustituida la intensidad psíquica de los elementos de las ideas
latentes por la intensidad sensorial de los elementos del contenido manifiesto. Los
elementos más próximos a la realización de deseos pueden ser ajenos al sentido de la
misma y constituir ramificaciones de ideas displacientes contrarias al deseo, que por
medio de una conexión, artificialmente creada muchas veces con los elementos