Prólogo y notas al libro de Berheim

II
PRÓLOGO Y NOTAS AL LIBRO DE BERNHEIM
«De la Suggestion et de ses applications à la thérapeutique»
(1888-1889)
EL presente libro ya ha sido calurosamente recomendado por el profesor Forel, de
Zurich, y cabe esperar que sus lectores sepan hallar en él todas las virtudes que
indujeron al traductor a presentarlo en lengua alemana. Comprobarán, en efecto, que la
obra del doctor Bernheim, de Nancy, ofrece una admirable introducción al estudio del
hipnotismo, un tema que ya no puede ser soslayado por el médico; que en muchos
sentidos es estimulante y hasta reveladora; que es perfectamente apta para destruir la
creencia de que el hipnotismo sigue rodeado de una «aureola de absurdidad», como
Meynert lo sostiene.
El éxito de Bernheim y de sus colegas de Nancy que siguen la misma orientación
consiste precisamente en haber librado de su carácter extraño a las manifestaciones del
hipnotismo, vinculándolas con los fenómenos ya familiares de la vida psíquica normal y
del dormir. Según mi opinión; el principal valor de este libro radica en las pruebas que
ofrece sobre las relaciones entre los fenómenos hipnóticos y los procesos habituales de
la vigilia y del sueño, revelando al mismo tiempo las leyes psicológicas que rigen en
ambos sectores. De tal manera, el problema de la hipnosis es trasladado íntegramente a
la esfera de la psicología, y la «sugestión» queda establecida como núcleo del
hipnotismo y como clave para su comprensión. Además, en los últimos capítulos se
reseña la importancia de la sugestión en sectores ajenos al de la hipnosis. En la segunda
parte de este libro se demuestra que el uso de la sugestión hipnótica dota al médico con
un poderoso método terapéutico, que parece ser, en efecto, el más adecuado para
combatir ciertos trastornos nerviosos y el más adaptado a su mecanismo. Con ello, el
presente volumen adquiere una extraordinaria importancia práctica. Su insistencia en el
hecho de que tanto la hipnosis como la sugestión hipnótica pueden ser aplicadas, no sólo
en casos de histeria y en los neurópatas graves, sino también en la mayoría de las
personas sanas, está destinada a extender el interés del médico por este método
terapéutico mucho más allá del restringido círculo de los neuropatólogos.
El tema del hipnotismo ha tenido la recepción más desfavorable que se pueda
imaginar entre las luminarias de la profesión médica alemana, salvo escasas
excepciones, como Krafft-Ebing y Forel, entre otros. No obstante, es lícito aventurarse a
expresar que el anhelo de que los médicos alemanes dediquen su atención a este
problema y a esta técnica terapéutica, recordando que en el campo de las ciencias
naturales sólo la experiencia, y nunca la autoridad sin experiencia, puede pronunciar el
veredicto final, sea éste en favor o en contra. Así, las objeciones que hasta ahora se han
hecho oír en Alemania contra el estudio y la aplicación de la hipnosis, sólo son
atendibles en virtud del renombre de sus autores, de modo que al profesor Forel le ha
resultado fácil refutar en su breve trabajo una multitud de tales objeciones.
Hace unos diez años, la opinión dominante en Alemania todavía era de duda en
cuanto a la realidad de los fenómenos hipnóticos, explicando los hechos respectivos por
una combinación de credulidad por parte del observador, con simulación por parte de los
sujetos sometidos a las experiencias. Tal posición ya no es defendible actualmente,
gracias a los trabajos de Heidenhain y Charcot, para nombrar sólo a los más famosos
entre quienes profesan su creencia en la realidad del hipnotismo. Aun los más violentos
de sus opositores se han percatado de ello, y en consecuencia suelen incluir en sus
publicaciones intentos de explicar la hipnosis, reconociendo así, de hecho, la existencia
de los respectivos fenómenos, a pesar de que traducen todavía su evidente propensión a
negar la realidad de aquélla.
Otro punto de vista hostil a la hipnosis la condena como peligrosa para la salud
mental del sujeto, endilgándole el epíteto de «una psicosis experimentalmente
provocada». La demostración de que la hipnosis puede llevar a consecuencias nocivas
en casos aislados no contradice, empero, su utilidad general, como, por ejemplo, la
ocurrencia de casos aislados de muerte en la narcosis por cloroformo no excluye su
aplicación en la anestesia quirúrgica en general. Es muy notable, sin embargo, que esta
analogía no sea susceptible de extensión, pues el mayor número de accidentes en la
narcosis por cloroformo afecta a aquellos cirujanos que realizan el mayor número de
operaciones mientras que la mayoría de los informes sobre las consecuencias nocivas de
la hipnosis proceden de aquellos observadores que menos práctica han tenido con ella,
mientras que todos los investigadores que disponen de una larga experiencia son
unánimes en cuanto a la innocuidad de este procedimiento. Por tanto, para evitar los
efectos deletéreos de la hipnosis probablemente sólo sea preciso aplicarla en forma
cautelosa, con suficiente aplomo y seguridad, y en casos adecuadamente seleccionados.
Cabe agregar que nada se gana con llamar a las sugestiones «ideas compulsivas», y a la
hipnosis, «una psicosis experimental». Es más probable que las ideas compulsivas
puedan ser aclaradas por su comparación con las sugestiones que recíprocamente, y
quien se asuste ante el epíteto de «psicosis» bien puede preguntarse si nuestro natural
fenómeno del dormir no posee por lo menos los mismos títulos para tal calificación, si es
que algo se gana siquiera con la aplicación de términos técnicos fuera de su propia
esfera. No; de este sector no le amenaza a la causa del hipnotismo peligro alguno, y en
cuanto un número suficiente de médicos estén en condiciones de comunicar
observaciones tales como las contenidas en la segunda parte de este libro de Bernheim,
podrá darse por establecido el hecho de que la hipnosis es una condición innocua, y su
inducción, un procedimiento «digno» de todo médico.
EN este libro se plantea también otra cuestión que actualmente divide a los
partidarios del hipnotismo en dos campos opuestos. Los unos, cuyas opiniones son
propugnadas aquí por el doctor Bernheim, sostienen que todos los fenómenos del
hipnotismo reconocen el mismo origen; es decir, que proceden de una sugestión, de una
representación consciente infundida en el cerebro de la persona hipnotizada por una
influencia exterior y aceptada por aquélla como si hubiese surgido espontáneamente. De
acuerdo con esta concepción, todas las manifestaciones hipnóticas serían, pues,
fenómenos psíquicos, efectos de la sugestión. El otro partido, por el contrario, insiste en
que por lo menos una parte de las manifestaciones hipnóticas se fundan en alteraciones
fisiológicas; es decir, en desplazamientos de la excitabilidad en el sistema nervioso, sin
participación alguna de aquellos sectores del encéfalo cuya actividad entraña la
consciencia, de modo que prefieren hablar de «fenómenos físicos o fisiológicos de la
hipnosis».
El tema principal de esta controversia es el grande hypnotisme, o sea el conjunto
de fenómenos descrito por Charcot en sujetos histéricos hipnotizados. A diferencia de
las personas normales hipnotizadas, dichos casos histéricos exhibirían tres niveles de
hipnosis, cada uno de los cuales se distingue por determinados signos físicos muy
particulares, como la enorme hiperexcitabilidad neuromuscular, las contracturas
sonambúlicas, etc. Se comprenderá fácilmente cuánta importancia tiene la citada
controversia conceptual para este conjunto de hechos. Si los partidarios de la teoría de la
sugestión están en lo cierto, todas las observaciones efectuadas en la Salpêtrière son
inválidas y aun se convierten en errores de observación. La hipnosis de las histéricas no
tendría entonces ninguna característica propia, y cualquier médico podría producir a su
gusto una sintomatología cualquiera en sus pacientes hipnotizados. El estudio del grande
hypnotisme no nos enseñaría qué alteraciones de la excitabilidad se suceden en el
sistema nervioso de los casos histéricos como consecuencia de determinados estímulos
aplicados; sólo averiguaríamos qué intenciones sugirió Charcot a sus sujetos de
experiencia, en una forma inconsciente para él mismo, y esto sería absolutamente
indiferente para nuestra comprensión de la hipnosis tanto como de la histeria.
Es fácil advertir adónde conducen las implicaciones de esta concepción y cuán
conveniente explicación nos ofrece para la sintomatología de la histeria en general. Si la
sugestión por el médico falsea los fenómenos de la hipnosis histérica, es muy posible
que también interfiera en la observación de la restante sintomatología histérica; es decir,
que establezca para los ataques, las parálisis, las contracturas histéricas, etc., ciertas
leyes cuyo único y exclusivo vínculo con la neurosis radica en dicha sugestión y que,
por tanto, carecerán de todo valor en cuanto otro médico observe casos histéricos en otro
lugar. Esta conclusión debe ser deducida con todo rigor y en efecto, ya ha sido
sustentada. Hückel ha expresado su convicción de que el primer Transfer (transferencia
de la sensibilidad de una parte del cuerpo a la parte homóloga del lado opuesto)
manifestado por una histérica le había sido sugerido en cierta ocasión histórica, y que
desde entonces los médicos han seguido reproduciendo constantemente, por medio de la
sugestión, este síntoma pretendidamente fisiológico.
Estoy convencido de que esta concepción será muy bien venida para todos
aquellos que tienden a negar que los fenómenos histéricos están gobernados por leyes,
opinión que aún hoy predomina en Alemania. He aquí un flagrante ejemplo de cómo el
descuido del factor psíquico de la sugestión indujo a un gran observador al error de crear
un tipo clínico falso y artificial, gracias al carácter caprichoso y fácilmente maleable de
una neurosis.
Sin embargo, no es difícil demostrar en detalle la objetividad de la sintomatología
histérica. Las críticas de Bernheim bien pueden estar plenamente justificadas frente a
investigaciones como las de Binet y Féré; en todo caso, harán sentir su importancia por
el hecho de que en toda investigación futura de la histeria y del hipnotismo se tendrá
más en cuenta la necesidad de excluir el factor de la sugestión. Los elementos
principales de la sintomatología histérica, empero, se hallan a salvo de toda sospecha de
haber sido originados por la sugestión del médico. En efecto, informes procedentes de
tiempos pasados y de países remotos, que Charcot y sus discípulos han recopilado; ya no
dejan lugar a duda de que las particularidades de los ataques histéricos, de las zonas
histerógenas, de las anestesias, las parálisis y las contracturas, se han manifestado en
todas partes y en todas las épocas tal como se presentaron en la Salpêtrière, cuando
Charcot realizó allí sus memorables investigaciones sobre esa magna neurosis.
Precisamente el transfert, que parece prestarse tan fácilmente para demostrar el origen
sugestivo de los síntomas histéricos, es sin lugar a dudas un proceso genuino. Es dable
observarlo en casos de histeria que no han sido influidos en modo alguno, pues a
menudo se observan pacientes cuya hemianestesia, típica en todo sentido, deja indemne
un órgano o una extremidad que en el lado insensible del cuerpo conserva su
sensibilidad, mientras que la zona correspondiente del lado indemne se ha tornado
anestética. Además, el transfert es un fenómeno fisiológicamente explicable, pues, como
lo han demostrado las investigaciones realizadas en Alemania y en Francia, constituye
meramente la exageración de una relación que existe normalmente entre las partes
simétricas del cuerpo, o sea que en forma rudimentaria puede ser producido también en
personas normales. Otros muchos trastornos histéricos de la sensibilidad arraigan
asimismo en relaciones fisiológicas normales, como tan elegantemente lo han
demostrado las investigaciones de Urbantschitsch. No es ésta la oportunidad adecuada
para justificar detalladamente toda la sintomatología de la histeria, pero podemos dar por
establecido que en lo esencial es de índole real y objetiva y que no es falseada por la
sugestión emanada del observador. Esto no implica negar en modo alguno que el
mecanismo de las manifestaciones histéricas sea psíquico, pero dicho mecanismo no es
el de la sugestión por parte del médico.
Con la demostración de que en la histeria intervienen fenómenos fisiológicos
objetivos, ya no es necesario renunciar a la posibilidad de que el «gran» hipnotismo
histérico presente manifestaciones que no obedecen a la sugestión por parte del
observador. La demostración de su ocurrencia real ha de quedar librada a una futura
investigación especialmente destinada a este fin. Por consiguiente, la escuela de la
Salpêtrière deberá probar que las tres fases de la hipnosis histérica pueden ser
inequívocamente demostradas, aun en un sujeto recién ingresado y manteniendo el
investigador la mayor escrupulosidad en su conducta frente al mismo. No cabe duda de
que tal demostración será accesible a corto plazo, pues ya ahora la descripción del
grande hypnotisme contiene síntomas decididamente reacios a una concepción
psicológica. Me refiero al aumento de la excitabilidad neuromuscular durante la fase
letárgica. Quien haya tenido oportunidad de observar cómo durante la letargia una suave
presión sobre un músculo -aunque sólo se trate de un músculo facial o de uno de los tres
músculos externos del pabellón auricular, que nunca son contraídos en vida- precipita en
contracción tónica todo el fascículo afectado por la compresión, o cómo la presión sobre
un nervio superficial revela su distribución terminal: todo el que haya visto esto se verá
forzado a admitir que dicho efecto debe ser atribuido a razones fisiológicas o a un
entrenamiento deliberado, y no vacilará en excluir como causa posible toda sugestión no
intencionada. La sugestión, en efecto, no puede producir nada que no se halle ya entre
los contenidos de la consciencia o que no haya sido introducido en ella. Nuestra
consciencia, empero, sólo conoce el resultado final de un movimiento, y nada sabe de la
acción o la disposición de cada músculo interviniente, ni de la distribución anatómica de
los nervios relacionados son aquéllos. En un trabajo que ha de aparecer en breve
demostraré que la caracterización de las parálisis histéricas depende de este hecho y que
ése es el motivo por el cual la histeria no presenta parálisis de músculos aislados, ni
parálisis periféricas, ni parálisis faciales centrales. El doctor Bernheim no debía haber
dejado de producir el fenómeno de la hyperexcitabilité neuromusculaire, omisión que
constituye una sensible brecha de su argumentación en contra de las tres fases.
Existen, pues, fenómenos fisiológicos, por lo menos en el gran hipnotismo
histérico; pero en el pequeño hipnotismo normal, que, como Bernheim insiste con razón,
es más importante para nuestra comprensión del problema, todas las manifestaciones
obedecerían a la sugestión, se producirían por medios psíquicos. Aun el mismo sueño
hipnótico sería una consecuencia de la sugestión, apareciendo merced a la sugestibilidad
normal del ser humano, cuando Bernheim suscita la expectación del dormir. En otras
ocasiones, sin embargo, el mecanismo del sueño hipnótico parecería ser distinto. Todo el
que haya hipnotizado asiduamente se habrá encontrado con sujetos que sólo difícilmente
pueden ser dormidos por medio de la palabra, mientras que responden con facilidad si se
les hace fijar la vista durante cierto tiempo. Más aún: ¿quién no ha tenido la experiencia
del paciente que cae en sueño hipnótico sin que se lo quiera hipnotizar y sin que
poseyera evidentemente, la menor concepción previa de la hipnosis? Así, una enferma
toma asiento para someterse a un examen oftalmológico o a una laringoscopia, no
teniendo el médico ni la paciente la menor expectación del sueño hipnótico; no obstante,
apenas cae sobre sus ojos el reflejo de la lámpara, aquélla se duerme y, quizá por vez
primera en su vida, se encuentra hipnotizada. Es evidente que en tal caso cabe excluir la
intervención de todo nexo psíquico consciente. Nuestro sueño natural, que Bernheim ha
comparado tan acertadamente con la hipnosis, muestra análogas reacciones. Por lo
general, nos provocamos el sueño por medio de la sugestión, mediante una preparación
y expectación psíquica del mismo pero en ocasiones nos domina sin el menor esfuerzo
por nuestra parte, como consecuencia del estado fisiológico de la fatiga. Cuando se mece
a un niño para dormirlo o se hipnotiza a un animal manteniéndolo inmovilizado,
tampoco sería lícito invocar una causación mental. Llegamos así al punto de vista que
Preyer y Binswanger han adoptado en la Realenzyklopädie de Eulenburg: hay en el
hipnotismo fenómenos psíquicos tanto como fisiológicos, y la hipnosis misma puede ser
provocada de una o de otra manera. Hasta en la propia descripción que Bernheim ha
dado de su hipnosis es inconfundible la intervención de un factor objetivo independiente
de la sugestión. Si no fuera así, la hipnosis sería distinta, de acuerdo con la
individualidad de cada experimentador, como lógicamente lo ha señalado Jendrássik;
sería imposible comprender por qué el aumento de la sugestibilidad sigue siempre una
secuencia regular, por qué la musculatura únicamente puede ser influida en el sentido de
la catalepsia, y así sucesivamente.
Debemos dar la razón a Bernheim, empero, en cuanto a que la división de los
fenómenos hipnóticos en fisiológicos y psíquicos despierta en nosotros una impresión
harto insatisfactoria y exige urgentemente un lazo de conexión entre ambas series. La
hipnosis, sea producida de una o de otra manera, es siempre una y la misma y presenta
idénticas manifestaciones. La sintomatología de la histeria insinúa en múltiples sentidos
un mecanismo psicológico, aunque no es preciso que éste sea el de la sugestión.
Finalmente, el problema de la sugestión es mucho menos dificultoso que el de las
correlaciones fisiológicas, ya que su modo de acción es indudable y relativamente claro,
mientras que nada sabemos acerca de las influencias mutuas de la excitabilidad nerviosa
a las cuales deben reducirse los fenómenos fisiológicos. En las siguientes
consideraciones espero poder exponer someramente el tan buscado nexo entre los
fenómenos psíquicos y los fisiológicos del hipnotismo.
En mi opinión, el empleo inconstante y ambiguo del término «sugestión» confiere
a dicha antítesis una agudeza que no posee en realidad. Merece la pena analizar qué
puede considerarse, legítimamente, como «sugestión». Es evidente que dicho término
entraña alguna especie de influjo psíquico, y me inclino a opinar que la sugestión se
distingue de las demás formas de influencia psíquica, como la orden, la comunicación o
la instrucción, entre otras, porque en su caso se despierta en un cerebro ajeno una
representación que no es examinada en cuanto a su origen, sino que es aceptada como si
hubiese surgido espontáneamente en dicho cerebro. Un ejemplo clásico de tal sugestión
lo tendríamos cuando el médico dice a un sujeto hipnotizado: «Su brazo debe quedar en
la posición en que yo lo coloco», apareciendo a continuación el fenómeno de la
catalepsia; o bien cuando el médico vuelve a levantar el brazo del sujeto cada vez que
éste lo deja caer, hasta que aquél adivina que quiere verle levantado. En otras ocasiones,
empero, hablamos de sugestión cuando el mecanismo de origen es evidentemente
distinto. Así, por ejemplo, en muchos sujetos hipnotizados aparece la catalepsia sin la
menor orden previa: el brazo levantado permanece así espontáneamente, o el sujeto
hipnotizado conserva la posición en la cual fue dormido, a menos que se intervenga en
sentido contrario. Bernheim también llama «sugestión» a este fenómeno, declarando que
la posición se sugeriría a sí misma su propio mantenimiento; pero en este caso la parte
desempeñada por el estímulo exterior es evidentemente menor, y la del estado
fisiológico del sujeto mismo, que coarta todo impulso al cambio de posición,
indudablemente mayor que en los casos anteriores. La diferencia entre una sugestión
directa (psíquica) y una indirecta (fisiológica) quizá se advierta más claramente en el
siguiente ejemplo. Si le digo a un sujeto hipnotizado: «Su brazo derecho está paralizado;
no puede moverlo», estoy impartiendo una sugestión psíquica directa. En lugar de ello,
Charcot aplica un leve golpe sobre el brazo del hipnotizado [y el sujeto queda
incapacitado para moverlo] o le dice: «¡Mire esa cara tan horrible; golpéela!», y el sujeto
la golpea, dejando caer luego el brazo, paralizado. (Leçons du Mardi a la Salêtrière,
tomo I, 188-1888.) En estos dos casos, el estímulo exterior ha comenzado por producir
en el brazo una sensación de agotamiento doloroso, la cual sugiere a su vez la parálisis,
espontánea e independientemente de toda intervención del médico, si es que en estas
condiciones puede hablarse aún de «sugestión». En otras palabras, no se trata, en estos
casos, de sugestión, sino más bien de una estimulación a autosugestiones, las cuales,
como fácilmente se advierte, entrañan un factor objetivo, independiente de la voluntad
del médico, y revelan una conexión entre diversos estados de inervación o de excitación
en el sistema nervioso. Es a causa de tales autosugestiones que se originan las parálisis
histéricas espontáneas, y la tendencia a las mismas es mucho más característica de la
histeria que la sugestibilidad por el médico, con la cual aquélla no parece guardar
paralelo alguno.
No es necesario destacar que también Bernheim recurre con la mayor asiduidad a
tales sugestiones indirectas; es decir, a estimulaciones de la autosugestión. Su método
para inducir el sueño, tal como lo describe en las primeras páginas de este libro, es
esencialmente un método mixto; es decir, la sugestión abre de golpe las puertas que para
la autosugestión se abrirían lentamente por sí mismas.
Las sugestiones indirectas, en las cuales una serie de eslabones intermedios
surgidos de la propia actividad del sujeto se insertan entre el estímulo exterior y el
resultado, siguen siendo, a pesar de todo, procesos psíquicos, pero ya no se hallan
expuestas a la plena luz de la consciencia, que ilumina, en cambio, las sugestiones
directas. En efecto, estamos mucho más acostumbrados a concentrar nuestra atención en
las percepciones exteriores que en los procesos internos. Por tanto, las sugestiones o
autosugestiones indirectas pueden ser calificadas como fenómenos fisiológicos no
menos que psíquicos, y el término «sugestión» adquiere el mismo significado que la
provocación recíproca de estados psíquicos, de acuerdo con las leyes de la asociación.
La oclusión de los ojos lleva al sueño porque está vinculada a la representación del
sueño, como una de sus más constantes manifestaciones acompañantes: una de las partes
de los fenómenos del sueño sugiere los demás fenómenos que integran la manifestación
total del sueño. Este proceso de vinculación radica en la disposición misma del sistema
nervioso, y no en el arbitrio del médico; no puede ocurrir, a menos que se funde en
alteraciones de la excitabilidad de las partes respectivas del cerebro, en la inervación de
los centros vasomotores, etc., y presenta así una faz psicológica a la vez que una
fisiológica. Como es el caso con cualquier otra conexión entre estados del sistema
nervioso, también ésta puede desarrollarse en ambas direcciones. La representación de
dormir puede llevar a sensaciones de fatiga en los ojos y en los músculos, y a un estado
correspondiente de los centros vasomotores; en otras ocasiones, el estado de la
musculatura o un estímulo que actúe sobre los nervios vasomotores pueden, de por sí,
despertar al durmiente, y así sucesivamente. Sólo cabe decir que sería tan unilateral
considerar únicamente la faz psicológica del proceso como atribuir a la inervación
vascular toda la responsabilidad de los fenómenos de la hipnosis.
¿Cómo afecta todo esto la antítesis entre los fenómenos psíquicos y los
fisiológicos de la hipnosis? Aquélla podía ser significativa mientras se concibiese la
sugestión como una influencia psíquica directa ejercida por el médico, que a su gusto
podía imponer cualquier sintomatología al sujeto hipnotizado; pero dicha antítesis pierde
su significado en cuanto se reconoce que aun la sugestión sólo puede desencadenar
series de manifestaciones que están basadas en las particularidades funcionales del
sistema nervioso del sujeto, y que en la hipnosis se hacen sentir también otras
características del sistema nervioso, además de la sugestibilidad. Aún cabría preguntar si
todos los fenómenos de la hipnosis deben pasar en algún punto a través de la esfera
psíquica, o sea si los cambios de excitabilidad que ocurren en la hipnosis siempre
afectan únicamente la corteza cerebral, pues éste es el único sentido que dicha pregunta
admite. Al verterla así en otros términos parecería que ya hubiésemos decidido su
respuesta. En efecto, no hay justificación alguna para establecer tal contraste entre la
corteza cerebral y el resto del sistema nervioso: es improbable que una modificación
funcional tan profunda de la corteza cerebral no sea acompañada por importantes
alteraciones de la excitabilidad en las demás partes del encéfalo. No poseemos ningún
criterio que nos permita discernir exactamente un proceso psíquico de otro fisiológico,
un acto que ocurre en la corteza cerebral de otro que tiene lugar en los centros
subcorticales, pues la «consciencia», sea ésta lo que fuere, no forma parte de todas las
actividades de la corteza cerebral ni corresponde a cualquiera de ellas siempre en igual
medida; no es una cosa vinculada a ninguna localización particular en el sistema
nervioso. Creo, por consiguiente, que la cuestión de si la hipnosis exhibe fenómenos
psíquicos o fenómenos fisiológicos debe ser rechazada en estos términos generales,
subordinando la decisión a una investigación particular para cada fenómeno individual.
En este sentido me considero con derecho a afirmar que la obra de Bernheim,
aunque, por un lado, trasciende el campo de la hipnosis, deja, por el otro, una parte del
tema fuera de consideración. Cabe esperar, sin embargo, que también los lectores
alemanes de la obra de Bernheim tengan ahora la oportunidad de reconocer cuán
instructiva y valiosa es la contribución de dicho autor al describir el hipnotismo desde el
punto de vista de la sugestión.
Viena, agosto de 1888.
NOTAS DEL TRADUCTOR
En el capítulo II de la obra citada (pág. 34 de la traducción alemana), Bernheim
describe la hipnosis de un sujeto «de temperamento nervioso», señalando dos párrafos
más adelante que «se trata de un hombre inteligente, que no es histérico ni nervioso en
absoluto». Freud agrega la siguiente nota:
Me veo obligado a señalar esta contradicción del autor, que acaba de calificar al
mismo enfermo de naturellement nerveux.
En el capítulo IV («Manifestaciones orgánicas de la hipnosis»), al referir el autor
las observaciones de «estigmas» por extravasación sanguínea efectuadas en sujetos
sugestionados por Mabille, citando el caso famoso de la «estigmatizada» Louise Lateau,
agrega Freud (pág. 72):
Véanse las experiencias similares realizadas por Jendrássik (Neurol. Centralblatt,
núm. 11, 1888) y por Krafft-Ebing.
En el capítulo VIII («Teoría del autor para explicar los fenómenos de la
sugestión»), Bernheim establece que «las manifestaciones hipnóticas… obedecen
exclusivamente a la sugestión, es decir, a la influencia ejercida por una idea sugerida y
aceptada por el cerebro. Pero lo más notable en el sujeto hipnotizado es su
automatismo… Este parece ser, a primera vista, un estado no natural y
antifisiológico…» Para restablecer la conexión entre los fenómenos hipnóticos y los de
la vida normal destaca la intervención de múltiples mecanismos automáticos en la
conducta vigil, atribuyéndolos a la abolición parcial del control cerebral y a la liberación
de los mecanismos medulares. Freud discrepa de tal interpretación en la siguiente nota
(pág. 116):
Me parece injustificado e innecesario admitir que un acto de ejecución cambie de
localización en el sistema nervioso, si ha comenzado con consciencia, para continuar
luego inconscientemente. Es mucho más probable que la zona respectiva del cerebro
pueda operar con una magnitud variable de atención (o de consciencia).
Bernheim continúa su argumentación (pág.117) invocando el desarrollo del
encéfalo, en particular su mielinización progresiva en el recién nacido, y concluyendo
que el cerebro no mielinizado sería inerte, sin citar en tal texto a Flechsig. Freud agrega:
Este pasaje contiene algunas afirmaciones que ya no concuerdan con nuestros
actuales conocimientos, sin que tal rectificación afecte la demostración perseguida por el
autor. Así, numerosas experiencias, las últimas de las cuales han sido efectuadas por
Exner y por Paneth, demuestran que la corteza cerebral también es excitable en el
animal recién nacido. Además, quien se inclinara a suponer que la corteza del recién
nacido contient à peine quelques tubes nerveux ébauchés, menospreciaría en grado sumo
la estructura real de dicho órgano. Finalmente, es mucho más justo atribuir a Flechsig
[que a Parrot] el mérito de haber señalado la inmadurez del cerebro infantil y su
paulatino desarrollo.
Dos notas de las págs. 122 y 162 son simplemente aclaratorias de locuciones
francesas intraducibles. En la pág. 198 Bernheim cita bibliografía alemana y Freud
señala que no la ha verificado. En la pág. 244 agrega al título «Afecciones histéricas» la
observación de que «el traductor no ha querido modificar la clasificación a que el autor
somete sus casos, aunque la considera decididamente objetable». Finalmente, al título de
la pág. 295: «Neuropatías diversas», agrega: «principalmente neurasténicas».
EPÍLOGO DEL TRADUCTOR
La publicación de esta segunda parte se ha retrasado algunos meses con respecto a
la fecha anunciada, debido a circunstancias personales del traductor. Con toda
probabilidad, ni aun así habría llegado a concluir mi labor si el doctor Otto von Springer
no hubiese tenido la inapreciable gentileza de encargarse de la traducción de todas las
historias clínicas que integran esta segunda parte, por lo cual le expreso mi más caluroso
agradecimiento.
Viena, enero de 1889.