Primera parte

B) PRIMERA PARTE
ESQUEMA GENERAL
INTRODUCCIÓN
LA finalidad de este proyecto es la de estructurar una psicología que sea una
ciencia natural; es decir, representar los procesos psíquicos como estados
cuantitativamente determinados de partículas materiales especificables, dando así a esos
procesos un carácter concreto e inequívoco. El proyecto entraña dos ideas cardinales:
1. lo que distingue la actividad del reposo debe concebirse como una cantidad (Q)
sometida a las leyes generales del movimiento;
2. como partículas materiales en cuestión deben admitirse las neuronas. N y Qh
[neuronas y cantidad] [*]. Actualmente se emprenden muchos intentos de esta especie.
[1] PRIMERA TESIS BÁSICA
LA CONCEPCIÓN CUANTITATIVA
ESTA concepción, se deriva directamente de observaciones clínicopatológicas, en
particular de las relativas a las representaciones hiperintensas, tal como ocurren en la
histeria y en la neurosis obsesiva, donde, como veremos más adelante, el carácter
cuantitativo se destaca con mayor claridad que en condiciones normales. [Véase la
segunda parte.] Procesos tales como los de estimulación, sustitución, conversión y
descarga, que son observados y descritos en relación con dichos trastornos, inducen
directamente a concebir la excitación neuronal como cantidades fluentes. Parecía lícito,
pues, intentar una generalización de lo que en estos casos se había comprobado.
Partiendo de esta concepción, se pudo establecer un principio básico de la actividad
neuronal con referencia a la cantidad (Q), un principio que prometía ser muy ilustrativo,
ya que parecía comprender la función [neuronal] en su totalidad. Me refiero al principio
de la inercia neuronas según el que las neuronas tienden a descargarse de cantidad (Q).
La estructura y el desarrollo de las neuronas, así como su función, deben ser concebidos
sobre esta base.
El principio de inercia explica, en primer lugar, la división estructural de las
neuronas en dos clases -motrices y sensitivas-, como un dispositivo destinado a
contrarrestar la recepción de cantidad (Q) por medio de su descarga. El movimiento
reflejo se comprende ahora como una forma establecida de efectuar tal descarga. El
principio de inercia nos da el motivo del movimiento reflejo. Si desde este punto
retrocedemos en nuestro examen, podemos vincular, en primer término, el sistema
neuronal (como heredero de la irritabilidad general del protoplasma) con la superficie
exterior irritable de la célula, segmentada por vastos sectores [de sustancia] no irritable.
Un sistema neuronal primarlo emplea esa cantidad (Qh), así adquirida, [únicamente]
para descargarla hacia los mecanismos musculares a través de las vías correspondientes,
manteniéndose así libre de estímulos. Este proceso de descarga constituye la función
primaria de los sistema neuronales.
Es éste el punto en que puede desarrollarse una función secundaria, pues entre los
diversos métodos de descarga son preferidos y conservados aquellos que entrañan un
cese de la estimulación: fuga del estímulo. En general, se mantiene aquí una proporción
entre la cantidad de excitación y el esfuerzo requerido para la fuga del estímulo, de
modo que el principio de inercia no sea violado por ello.
Desde un comienzo, sin embargo, el principio de inercia es trasgredido por otra
condición. A medida que aumenta la complejidad interna [del organismo], el sistema
neuronal recibe estímulos de los propios elementos somáticos -estímulos endógenos-,
que también necesitan ser descargados. Se originan en las células del organismo y dan
lugar a las grandes necesidades [fisiológicas]: hambre, respiración, sexualidad. El
organismo no puede sustraérseles, como lo hace frente a los estímulos exteriores, o sea
que no puede emplear la cantidad (Q) que poseen para aplicarla a la fuga del estímulo.
Aquellos estímulos cesan únicamente bajo determinadas condiciones que deben ser
realizadas en el mundo exterior. (Piénsese, por ejemplo, en las necesidades nutricias).
Para llevar a cabo tal acción [creadora de dichas condiciones]-una acción que bien
merece ser calificada de «específica»- se requiere un esfuerzo que es independiente de
las cantidades endógenas (Qh) y que, por lo general, es mayor [que ellas], ya que el
individuo se encuentra sometido a condiciones que cabe designar como apremio de la
vida [*]. Con ello, el sistema neuronal se ve obligado a abandonar su primitiva tendencia
a la inercia; es decir, al nivel [de tensión] = 0. Debe aprender a tolerar la acumulación de
cierta cantidad [Qh] suficiente para cumplir las demandas de la acción específica. En la
forma en que lo hace se traduce, sin embargo, la persistencia de la misma tendencia,
modificada en el sentido de mantener, por lo menos, la cantidad (Qh) en el menor nivel
posible y de defenderse contra todo aumento de la misma; es decir, de mantener
constante [su nivel de tensión]. Todas las funciones del sistema neuronal deben ser
sometidas al concepto de la función primaria o al de la función secundaria, impuesta por
el apremio de la vida [*].
«---------------------------------------------------------------------
[2] SEGUNDA TESIS BÁSICA
LA TEORÍA DE LA NEURONA
LA idea de combinar esta «teoría de la cantidad» (Qh) con la noción de la
neurona, establecida por la histología moderna, constituye el segundo pilar de nuestra
teoría. La esencia de esta nueva noción es la de que el sistema neuronal está formado por
neuronas discretas, homólogas en su estructura, que contactan entre sí a través de una
sustancia intermedia extraña, que terminan las unas en las otras como si lo hicieran
sobre trozos de tejido extraño y en las cuales se hallan preestablecidas determinadas
direcciones de conducción, ya que reciben estímulos a través de las prolongaciones
celulares [dendritas] y los emiten por un cilindroeje [axón]. A ello se agregan sus
exuberantes ramificaciones de diverso calibre.
Si se combina esta representación de las neuronas con la concepción de la teoría
de la cantidad (Qh), se llega a la noción de una neurona (N) catectizada, llena de
determinada cantidad (Qh), aunque en otras ocasiones puede estar vacía. El principio de
inercia halla expresión en la hipótesis de una corriente dirigida desde las prolongaciones
celulares [dendritas] hacia el cilindroeje [axón]. Cada neurona aislada es así un modelo
del sistema neuronal en su totalidad, con su división en dos partes, siendo entonces el
cilindroeje su órgano de descarga. En cuanto a la función secundaria, que requiere una
acumulación de cantidad (Qh) se concibe admitiendo que existen resistencias opuestas a
la descarga; la estructura misma de la neurona induce a localizar todas esas resistencias
en los contactos [entre las neuronas], que de tal modo funcionarían como barreras. La
admisión de estas barreras de contacto es fructífera en múltiples sentidos.
[3] LAS BARRERAS DE CONTACTO [*]
LA primera justificación de esta hipótesis radica en la consideración de que la
conducción pasa en este punto por un protoplasma indiferenciado, en lugar de transcurrir
por protoplasma diferenciado, como lo hace en el restante recorrido por el interior de la
neurona, siendo probable que este último sea un protoplasma más apto para la
conducción. Esta circunstancia sugiere que la capacidad de conducción estaría ligada a
la diferenciación, siendo de suponer pues, que el propio proceso de conducción crea una
diferenciación en el protoplasma y, con ello, una mejor capacidad para la conducción
ulterior.
Además, la teoría de las barreras de contacto tiene las siguientes ventajas. Una de
las características principales del tejido nervioso es la memoria, es decir, en términos
muy generales, la capacidad de ser permanentemente modificado por procesos únicos,
característica que contrasta tan notablemente con la conducta de una materia que deja
pasar un movimiento ondulatorio, para retornar luego a su estado previo. Toda teoría
psicológica digna de alguna consideración habrá de ofrecer una explicación de la
«memoria». Ahora bien: cualquier explicación de esta clase tropieza con la dificultad de
admitir, por un lado, que una vez transcurrida la excitación, las neuronas queden
permanentemente modificadas con respecto a su estado anterior, mientras que, por otra
parte, no es posible negar que las nuevas excitaciones inciden, en términos generales,
sobre las mismas condiciones de recepción que hallaron las excitaciones anteriores. Así,
las neuronas habrían de estar al mismo tiempo modificadas e inalteradas o, dicho de otro
modo, «indiferentes». No es dable imaginar de primera intención un aparato capaz de
tan complejo funcionamiento. La salida radica, pues, en adjudicar a una clase de
neuronas la capacidad de ser permanentemente influidas por la excitación, mientras que
la inmutabilidad, o sea, la característica de estar vírgenes ante toda nueva excitación,
correspondería a otra clase de neuronas. Así surgió la distinción corriente entre «células
perceptivas» y «células mnemónicas», una distinción que no concuerda, empero, con
ningún contexto y que nada puede invocar en su favor.
La teoría de las barreras de contacto [*] adopta esta salida formulándola en los
siguientes términos. Existen dos clases de neuronas: primero, aquellas que dejan pasar
cantidad (Qh) como si no poseyeran barreras de contacto, o sea, que después de cada
pasaje de una excitación quedan en el mismo estado que antes; segundo, aquellas en las
cuales se hacen sentir las barreras de contacto; de modo que sólo difícil o parcialmente
dejan pasar cantidad (Qh) a través de ellas. Las neuronas de esta segunda clase pueden
quedar, después de cada excitación, en un estado distinto al anterior, o sea, que ofrecen
una posibilidad de representar la memoria [*].
Así, pues, existen neuronas permeables (que no ofrecen resistencia y que nada
retienen), destinadas a la percepción, y neuronas impermeables (dotadas de resistencia y
tentativas de cantidad [Qh]), que son portadoras de la memoria, y con ello,
probablemente, también de los procesos psíquicos en general. Por consiguiente, desde
ahora llamaré al primer sistema de neuronas «j», y al segundo, «y» [*].
A esta altura conviene aclarar qué presunciones acerca de las neuronas y son
imprescindibles si pretendemos abarcar con ellas las características más generales de la
memoria. La argumentación es la siguiente: Dichas neuronas son permanentemente
modificadas por el pasaje de una excitación (o bien, aplicando la teoría de las barreras de
contacto: sus barreras de contacto quedan en un estado permanentemente alterado).
Ahora bien: como la experiencia psicológica nos enseña que existe algo así como un
«sobreaprendizaje», basado en la memoria, esa alteración debe consistir en que las
barreras de contacto se tornen más aptas para la conducción -menos impermeables -, o
sea, más semejantes a las del sistema j. Designaremos este estado de las barreras de
contacto como «grado de facilitación» [Bahnung]. En tal caso, podremos afirmar que la
memoria está representada por las facilitaciones existentes entre las neuronas y.
Supongamos que todas las barreras de contacto y estén igualmente facilitadas
[gebahnt] -o lo que es lo mismo, que ofrezcan la misma resistencia -: en tal caso,
evidentemente, no se podrá deducir de ellas las características de la memoria. Esta es, en
efecto, una de las fuerzas determinantes y orientadoras en relación con la vía que
adoptan las excitaciones, y si la facilitación fuese igual por doquier, no se explicaría por
qué una vía habría de ser preferida a otra. De ahí que sea más correcto afirmar que la
memoria está representada por las diferencias de facilitación entre las neuronas y.
Ahora bien: ¿de qué depende la facilitación en las neuronas y? De acuerdo con la
experiencia psicológica, la memoria (es decir, la fuerza persistente de una vivencia)
depende de un factor que es dable describir como «magnitud» de la impresión, así como
de la frecuencia con que una misma impresión se repite. O bien, en los términos de
nuestra teoría: la facilitación depende de la cantidad (Qh) que pasa a través de una
neurona en el proceso excitativo y del número de veces que este proceso se repite.
Adviértese así que la cantidad (Qh) es el factor efectivo, que cantidad y facilitación son
el resultado de la cantidad (Qh) y, al mismo tiempo, lo que puede sustituir la cantidad
[*].
Estas consideraciones nos llevan a recordar, casi involuntariamente, que la
tendencia primaria de los sistemas neuronales, una tendencia sostenida a través de todas
las modificaciones, es la de evitar ser cargados con cantidad (Qh) o la de disminuir en lo
posible esta carga. Bajo la presión del apremio de la vida, empero, el sistema neuronal se
ha visto obligado a conservar una reserva de cantidad (Qh). Con este fin ha tenido que
aumentar el número de sus neuronas, y los elementos agregados han debido ser
impermeables. Pero ahora evita, por lo menos en parte, la repleción con cantidad (Qh) -
es decir, evita la catexis -, por medio del establecimiento de facilitaciones. Adviértase,
pues, que las facilitaciones sirven a la función primaria.
La necesidad de localizar la memoria en la teoría de las barreras de contacto exige
aún algo más: es preciso que a cada neurona y le correspondan, en general, varias vías
de conexión con otras neuronas; es decir, varias barreras de contacto. De ello depende,
en efecto, la posibilidad de la selección [de vías por la excitación. I.], que a su vez es
determinada por la facilitación. Siendo esto así, es evidente que el estado de facilitación
de cada barrera de contacto debe ser independiente del de todas las demás barreras de
una misma neurona y, pues de otro modo no subsistiría, una vez más, ninguna
preferencia [entre las vías]; es decir, ninguna motivación. De esto puede derivarse una
inferencia negativa acerca de la índole del estado facilitado. Si se imagina una neurona
llena de cantidad (Qh) -es decir, catectizada -, sólo cabe concebir que esta cantidad (Qh)
esté uniformemente distribuida por todas las regiones de la neurona, o sea, también por
todas sus barreras de contacto. En cambio, nada obsta para que nos imaginemos que en
el caso de una cantidad (Qh) fluente ésta siga sólo una vía particular a través de la
neurona, de modo que sólo una de sus barreras de contacto quede sometida a la acción
de la cantidad (Qh) fluente y conserve luego la facilitación que ésta le proporciona. Por
tanto, la facilitación no puede fundarse en una catexis retenida, pues ello no daría lugar a
diferencias de facilitación en las barreras de contacto de una misma neurona.
Queda por ver en qué consiste, aparte de esto, la facilitación. De primera intención
podría pensarse que consiste en la absorción de cantidad (Qh) por las barreras de
contacto. Este punto quizá sea aclarado más adelante. La cantidad (Qh), que ha dejado
tras sí una Facilitación, es descargada, sin duda alguna, precisamente merced a dicha
facilitación, pues ésta aumenta la permeabilidad. A propósito de esto, sea dicho que no
es necesario que la facilitación persistente después de un pasaje de cantidad (Qh) sea tan
grande como fue durante el pasaje mismo de aquélla. Es posible que sólo subsista una
fracción de ella, en forma de facilitación permanente. De la misma manera, aún no es
posible establecer si un solo pasaje de una cantidad 3 Qh es equivalente a tres pasajes de
una cantidad Qh [*]. Todos estos puntos habrán de ser considerados una vez que la
teoría haya experimentado nuevas adaptaciones a los hechos psíquicos.
[4] EL PUNTO DE VISTA BIOLÓGICO
LA admisión de dos sistemas neuronales j y y, el primero de los cuales está
formado por elementos permeables y el segundo por elementos impermeables, permite
explicar, pues, una de las particularidades de todo sistema neuronal: su capacidad de
retener y de permanecer, no obstante, receptivo. Toda adquisición psíquica consistiría
entonces en la articulación del sistema y por suspensiones parciales y topográficamente
determinadas de la resistencia a nivel de las barreras de contacto, resistencia que
distingue j de y. Con el progreso de esa articulación la libre receptividad del sistema
neuronal llegaría efectivamente a un límite.
Con todo, quien se dedique a la construcción de hipótesis científicas sólo podrá
tomarlas en serio una vez que se adapten desde más de una dirección a los
conocimientos ya establecidos y siempre que de tal modo sea posible restarles su
carácter arbitrario de construcciones ad hoc. Contra nuestra hipótesis de las barreras de
contacto podríase objetar que presupone la existencia de dos clases de neuronas,
fundamentalmente distintas en sus condiciones funcionales, a pesar de que a primera
vista parece faltar toda base para tal distinción. Morfológicamente al menos -es decir,
desde el punto de vista histológico -, no se conoce ninguna prueba en apoyo de la
misma.
¿Dónde más podríase buscar un fundamento para esta división en dos clases? De
ser posible en el desarrollo biológico del sistema neuronal, que, como todo lo demás, es
para el científico natural algo que se ha formado sólo paulatinamente. Quisiéramos saber
si las dos clases de neuronas pueden haber tenido distinta significación biológica y, en
caso afirmativo merced a qué mecanismo se habrían desarrollado hasta alcanzar dos
características tan dispares como la permeabilidad y la impermeabilidad. Naturalmente,
la solución más satisfactoria sería la de que el mecanismo que perseguimos se
desprendiera directamente de sus [respectivas] funciones biológicas primitivas, pues en
tal caso habríamos hallado una sola respuesta para ambas preguntas.
Recordemos ahora que el sistema neuronal tuvo, desde un principio, dos
funciones: recibir estímulos del exterior y descargar las excitaciones de origen
endógeno. Se recordará también que fue precisamente de esta última función de donde
surgió la necesidad de un mayor desarrollo biológico, bajo la presión del apremio vital.
Podríase suponer ahora que nuestros dos sistemas j y y, habrían sido los que asumieron
respectivamente cada una de esas funciones primarias. El sistema j sería entonces aquel
grupo de neuronas que recibe los estímulos exteriores, mientras que el sistema y
contendría las neuronas que reciben las excitaciones endógenas. En tal caso no
habríamos inventado j y y, sino que simplemente los habríamos descubierto, restando
sólo el problema de identificarlos con los elementos ya conocidos. Efectivamente, la
anatomía nos enseña que existe un sistema de neuronas (la sustancia gris medular) que
se encuentra exclusivamente en contacto con el mundo exterior y otro sistema
superpuesto (la sustancia gris del cerebro) que no posee contactos periféricos directos,
pero que es el substrato del desarrollo del sistema neuronal y de las funciones psíquicas.
El cerebro primitivo concuerda bastante bien con nuestra caracterización del sistema y,
siempre que podamos admitir que el cerebro tiene vías de conexión directa e
independientes de j con el interior del cuerpo. Ahora bien: los anatómicos desconocen el
origen y el significado biológico original del cerebro primitivo; de acuerdo con nuestra
teoría, tendría que haber sido nada menos que un ganglio simpático. He aquí la primera
posibilidad de ensayar nuestra teoría, cotejándola con un material fáctico [*].
Por el momento identificaremos, pues, el sistema y con la sustancia gris del
cerebro. Ahora se comprende fácilmente, partiendo de nuestras consideraciones
biológicas iniciales, que es precisamente [el sistema] y el que más debe estar sujeto a un
desarrollo progresivo por multiplicación de sus neuronas y por acumulación de cantidad;
también se advierte cuán adecuado es que y esté constituido por neuronas impermeables,
dado que de otra manera no podría cumplir los requerimientos de la acción específica.
Mas ¿de qué manera adquirió y la característica de la impermeabilidad? Después de
todo, también j posee barreras de contacto, y si éstas no cumplen función alguna, ¿por
qué habrían de cumplirla las de y? Suponer que existe una diferencia primordial en el
valor de las barreras de contacto de j y de y tendría, una vez más, el cariz dudoso de lo
arbitrario, aunque bien podríamos pretender, siguiendo la línea del pensamiento
darwiniano, que las neuronas impermeables son imprescindibles y que, por tanto, deben
subsistir.
Otra salida de esta dificultad, empero. parece más fructífera y menos ambiciosa.
Recordemos que aun las barreras de contacto de y quedan sometidas, en última
instancia, a la facilitación, y que es precisamente la cantidad (Qh) la que las facilita.
Cuanto mayor sea la cantidad (Qh) que interviene en el curso de la excitación, tanto
mayor será la facilitación, pero ésta entraña una aproximación a las características de las
neuronas j. Así, pues, atribuyamos la diferencia no a las neuronas, sino a las cantidades
con que ellas se ven enfrentadas, y entonces tendremos buenas razones para presumir
que por las neuronas j transcurren cantidades frente a las cuales la resistencia de las
barreras de contacto es insignificante, mientras que a las neuronas y sólo llegan
cantidades del mismo orden de magnitud que esa resistencia. De ser así, una neurona j se
tornaría impermeable y una neurona y permeable, siempre que pudiésemos intercambiar
su localización y sus conexiones; pero retienen sus características distintivas
simplemente porque las neuronas j sólo están conectadas con la periferia y las neuronas
y sólo con el interior del cuerpo. De tal modo, una distinción de esencia queda
reemplazada por una distinción del medio al que [las neuronas] están destinadas.
Ahora, empero, tendremos que examinar nuestra presunción de que las cantidades
de estimulación que llegan a las neuronas desde la periferia exterior serían de un orden
superior a las que les llegan desde la periferia interior del cuerpo.
Existen, en efecto, muchos datos en favor de tal presunción. En primer lugar no
cabe duda alguna de que el mundo exterior es la fuente de todas las grandes cantidades
de energías, pues la física nos enseña que aquél consiste en poderosas masas en violento
movimiento y que este movimiento es transmitido por dichas masas. El sistema j, que
está orientado hacia ese mundo exterior, tendrá la misión de descargar con la mayor
rapidez posible las cantidades (Qh) que incidan sobre las neuronas, pero en cualquier
caso estará siempre sometido a la influencia de cantidades considerables (Q).
Según todos nuestros conocimientos, el sistema y está fuera de contacto con el
mundo exterior; únicamente recibe cantidades (Q), por un lado, de las propias neuronas
j, y por el otro, de los elementos celulares del interior del cuerpo, quedando ahora por
establecer tan sólo si es probable que estas cantidades de estimulación sean de una
magnitud relativamente baja. A primera vista quizá parezca contradictorio que a las
neuronas y deban atribuírsele dos fuentes de estimulación tan dispares como j y las
células somáticas, pero es precisamente en este punto donde recibimos un decidido
apoyo de la más reciente histología de los sistemas neuronales. Ella nos enseña, en
efecto, que las terminaciones de las neuronas y las conexiones entre las neuronas se
ajustan a un mismo patrón estructural, y que las neuronas terminan. las unas sobre las
otras, de la misma manera que terminan en los elementos somáticos; probablemente
también sea homólogo el carácter funcional de ambos procesos. De tal manera es
admisible que en las terminaciones nerviosas actúen cantidades similares que en las
conexiones intercelulares. También es verosímil suponer que los estímulos endógenos
sean del mismo orden de magnitud intercelular. A propósito, es aquí donde se nos abre
una segunda oportunidad para examinar la validez de nuestra teoría.
[5] EL PROBLEMA DE LA CANTIDAD
NADA sé acerca de la magnitud absoluta de los estímulos intercelulares, pero me
aventuro a suponer que es de una magnitud relativamente inferior [a la magnitud de los
estímulos teleneuronales, (Nota del T.)] y del mismo orden de resistencia de las barreras
de contacto, cosa que, de confirmarse, sería fácilmente comprensible. Esta hipótesis
dejaría a salvo la similitud esencial de las neuronas j y y y al mismo tiempo explicaría
biológica y mecánicamente su diferencia en cuanto a la permeabilidad.
A falta de pruebas al respecto, son tanto más interesantes ciertas perspectivas y
concepciones que arrancan de dicha hipótesis. Ante todo, si realmente nos hemos
formado una impresión correcta de la magnitud de las cantidades (Q) en el mundo
exterior, podemos preguntarnos si la tendencia fundamental del sistema neuronal, o sea,
la de mantener su cantidad (Q) reducida a cero, es suficientemente realizada mediante la
rapidez de descarga, o si no actúa ya en el proceso de la recepción misma de estímulos.
Comprobamos, en efecto, que las neuronas j no terminan libremente en la periferia, sino
a través de formaciones celulares, siendo éstas y no dichas neuronas las que reciben los
estímulos exógenos. Estos «aparatos teleneuronales» [*] -en el sentido más amplio del
término - bien podrían tener la finalidad de impedir que las cantidades exógenas (Q)
incidan con toda su intensidad sobre j, sino que sean previamente atenuadas. En tal caso
cumplirían la función de «pantallas de cantidad» (Q), que sólo dejarían pasar fracciones
de las cantidades exógenas (Q).
Con ello concordaría el hecho de que el otro tipo de terminaciones nerviosas -el
de las terminaciones libres, sin órgano teleneuronal - sea, con mucho, el más común en
la periferia interna del cuerpo. Allí parecen ser innecesarias las pantallas de cantidad
(Q), probablemente porque las cantidades (Qh) que allí son recibidas no necesitan ser
reducidas al nivel intercelular, dado que de por sí ya se hallan en ese nivel.
Siendo posible calcular las cantidades (Q) recibidas por las terminaciones de las
neuronas j, ello quizá ofrezca un recurso para formarse una noción de las magnitudes
que pasan entre las neuronas y y que, como vimos, son del mismo orden que las
resistencias de las barreras de contacto.
Además, aquí asoma una tendencia que bien podría determinar el hecho de que el
sistema neuronal esté formado por varios sistemas: una tendencia cada vez más amplia a
mantener la cantidad (Qh) apartada de las neuronas. Así, la estructura del sistema
neuronal serviría al propósito de apartar la cantidad (Qh) de las neuronas, mientras que
su función serviría al propósito de descargar dicha cantidad.
[6] EL DOLOR [*]
TODO los dispositivos de índole biológica tienen un límite de eficiencia, más allá
del cual fracasan. Esta falla se traduce por fenómenos rayanos en lo patológico y que, en
cierto modo, constituyen los prototipos normales de las manifestaciones patológicas.
Hemos visto que el sistema neuronal está instalado de tal manera que las grandes
cantidades exteriores (Q) quedan apartada de j y aún más de y. Esta finalidad es
cumplida por las pantallas teleneuronales y por por el hecho de que y se halla sólo
indirectamente conectado con el mundo exterior ¿Existe algún fenómeno que pueda ser
interpretado como el equivalente del fracaso de estos dispositivos? Tal fenómeno es,
según creo, el dolor.
Cuanto sabemos del dolor concuerda con este concepto. El sistema neuronal tiene
la más decidida tendencia a la fuga del dolor. Vemos en ella una manifestación de su
tendencia primaria a evitar todo aumento de su tensión cuantitativa (Qh) y podemos
concluir que el dolor consiste en la irrupción de grandes cantidades (Q) hacia y.De esta
manera ambas tendencias quedan reducidas a una y la misma.
El dolor pone en función el sistema j tanto como el sistema y; ningún obstáculo
puede oponerse a su conducción; es el más imperativo de todos los procesos. Las
neuronas y parecen ser, pues, permeables al mismo, de modo que el dolor debe consistir
en la acción de cantidades (Q) de un orden relativamente elevado.
La causa desencadenante del dolor puede consistir, por un lado, en un aumento de
cantidad: toda excitación sensible (aun las de los órganos sensoriales más elevados)
tiende a convertirse en dolor a medida que aumenta el estímulo, cosa que cabe
interpretar sin lugar a dudas como una falla [del mecanismo, (Nota del T.)]. Por otra
parte, puede ocurrir dolor en presencia de pequeñas cantidades exteriores, caso en el
cual aparece siempre vinculado con una solución de continuidad; es decir, una cantidad
exterior (Q) que actúa directamente sobre las terminaciones de las neuronas j sin
mediación de los «aparatos teleneuronales», origina dolor. Con ello el dolor queda
caracterizado como la irrupción de cantidades (Q) excesivas hacia j y y; es decir, de
cantidades (Q) que son de un orden de magnitud aún mayor que el de los estímulos j.
Es fácil comprender el hecho de que el dolor recorra todas las vías de descarga.
Según nuestra teoría de que cantidad (Q) produce facilitación, es evidente que el dolor
deja tras sí facilitaciones permanentes en y, como si la descarga de un rayo hubiera
pasado por ella. Es posible que estas facilitaciones barran por completo la resistencia de
las barreras de contacto y establezcan [en y] vías de conducción como las que existen en
j.
[7] EL PROBLEMA DE LA CUALIDAD
HASTA ahora ni siquiera hemos mencionado el hecho de que toda teoría
psicológica, además de cumplir los requisitos planteados por el enfoque científico
natural, debe satisfacer aún otra demanda fundamental. En efecto, habrá de explicarnos
todo lo que conocemos de la más enigmática manera, a través de nuestra «consciencia»,
y dado que esta consciencia nada sabe de lo que hasta ahora hemos estado
presuponiendo -de cantidades y de neuronas -, dicha teoría habrá de explicarnos también
esta falta de conocimiento.
Al punto se nos torna explícita una premisa que hasta ahora nos ha guiado sin que
nos apercibiéramos de ella. En efecto, hemos venido tratando los procesos psíquicos
como algo que bien podría prescribir de ser conocido por la consciencia, de algo que
existe independientemente de ella. Estamos preparados para comprobar que algunas de
nuestras presunciones no sean confirmadas por la consciencia, y si rehusamos dejarnos
confundir por esta discrepancia, lo hacemos como consecuencia lógica de nuestra
presunción de que la consciencia no nos daría una información completa ni fidedigna de
los procesos neuronales, pues la totalidad de éstos debería ser considerada de primera
intención como inconsciente y a ser inferida igual que todos los demás fenómenos
naturales.
En tal caso, sin embargo, el contenido de la consciencia habrá de ser situado en la
serie de nuestros procesos y cuantitativos. La consciencia nos suministra ese algo que se
ha dado en llamar cualidades, o sea, sensaciones que en una amplia gama de variedades
son distintas y cuya alteridad es discernida en función de las relaciones con el mundo
exterior [*]. En esta alteridad aparecen series, similitudes, etc., pero en realidad no hay
en ella nada cuantitativo. Cabría preguntarse cómo se originan las cualidades y dónde se
originan; pero son éstas cuestiones que requieren la más detenida investigación y que
sólo podremos abordar aquí con carácter aproximado.
¿Dónde se originan las cualidades? No, por cierto, en el mundo exterior, pues de
acuerdo con nuestra concepción científico -natural, a la que aquí pretendemos someter
también la psicología, en el mundo exterior sólo existen masas en movimiento y nada
más. ¿Acaso se originan en el sistema j? Esto estaría de acuerdo con el hecho de que las
cualidades aparezcan vinculadas a la percepción, pero lo contradicen todos los datos
que, con justa razón, hablan en favor de la localización de la consciencia en los niveles
más altos del sistema neuronas ¿Se originan entonces en el sistema y? Contra ello cabe
aducir una importante objeción. Los sistemas j y y actúan conjuntamente en la
percepción; pero existe un proceso psíquico que evidentemente tiene lugar tan sólo en y;
me refiero a la reproducción, al recuerdo; mas precisamente este proceso se halla, en
términos generales, desprovisto de cualidad. Normalmente el recuerdo no produce nada
que posea el carácter peculiar de la cualidad perceptiva. De tal modo cobramos ánimo
suficiente para admitir que podría existir un tercer sistema de neuronas -«neuronas
perceptivas» podría llamárselas -, que serían excitadas juntamente con las otras en el
curso de la percepción, pero no en el de la reproducción, y cuyos estados de excitación
darían lugar a las distintas cualidades, o sea, que serían las sensaciones conscientes [*].
Si adherimos firmemente a la noción de que nuestra consciencia sólo suministra
cualidades, mientras que las ciencias naturales únicamente reconocen cantidades, se
desprende, como si fuera por regla de tres, una característica de las neuronas
perceptivas. En efecto, mientras la ciencia se ha impuesto como objeto el reducir todas
nuestras cualidades perceptivas a cantidad exterior, cabe presumir que la estructura del
sistema neuronal consiste en dispositivos destinados convertir la cantidad exterior en
cualidad, con lo que se impondría una vez más la tendencia primaria al apartamiento de
toda cantidad. Vimos que los aparatos teleneuronales constituyen una pantalla destinada
a permitir que sólo fracciones de la cantidad exterior lleguen a actuar sobre j, mientras
que, al mismo tiempo, j efectúa la descarga gruesa de cantidad. De tal modo, el sistema
y ya quedaría protegido de las cantidades de orden mayor y sólo se vería enfrentado con
las de magnitud intercelular. Prosiguiendo este razonamiento cabe presumir que el
[sistema W*] sea movido solamente por cantidades aún más reducidas. Podría ser que el
carácter cualitativo (es decir, la sensación consciente) sólo aparezca cuando las
cantidades han quedado excluidas en la medida de lo posible. Claro está que no es
posible eliminarlas por completo, pues también esas neuronas perceptivas deben ser
concebidas como catectizadas con cantidad (Qh) y tendientes a lograr su descarga.
Con esto no encontramos, empero, frente a una dificultad que parecería
insuperable. Hemos visto que la permeabilidad depende del efecto producido por la
cantidad (Qh) y que las neuronas y ya son de por sí impermeables. Pero como las
cantidades (Qh) intervinientes son aún más pequeñas, las neuronas perceptivas habrán
de ser todavía más impermeables. Es inadmisible, sin embargo, atribuir tal característica
a las neuronas portadoras de la consciencia, pues la rápida mutabilidad de su contenido,
el carácter fugaz de la consciencia, la fácil y rápida combinación de cualidades
simultáneamente percibidas, todo esto sólo es compatible con una permeabilidad total de
las neuronas perceptivas y con su completa restitutio in integrum [*]. Las neuronas
perceptivas se conducen como verdaderos órganos de percepción y en ellas no
encontramos ningún dato para localizar la memoria. Henos aquí, pues, ante una
permeabilidad, una completa facilitación, que no proceden de cantidades. ¿De dónde
proceden entonces?
Sólo ve una salida: revisar nuestra hipótesis básica sobre el decurso de cantidad
(Qh). Hasta ahora sólo pude concebirlo como una transferencia de cantidad (Qh) de una
neurona a otra, pero debe poseer otra característica más -una característica de índole
temporal -, pues también la mecánica de los físicos le concede este atributo temporal aun
a los movimientos de masas en el mundo exterior. Designaré esta característica
simplemente como «el período» y admitiré entonces que la resistencia de las barreras de
contacto rige sólo para la transferencia de cantidad (Q), pero que el período del
movimiento neuronal se propaga a todas partes sin inhibición alguna, como si fuera por
un proceso de inducción.
Mucho queda por hacer aquí en cuanto a la aclaración de los aspectos físicos pues
las leyes generales del movimiento también deben regir aquí sin contradicciones. Mi
hipótesis, empero, va aún más allá, admitiendo que las neuronas perceptivas serían
incapaces de recibir cantidades (Qh), pero que en cambio asumen el período de la
excitación, y que esta condición suya de ser afectada por un período, mientras admiten
sólo una mínima carga de cantidad (Qh), constituye el fundamento de la consciencia.
También las neuronas y tienen, naturalmente, su período, mas éste se halla desprovisto
de cualidad o, mejor dicho, es monótono [*]. Las desviaciones de este período psíquico
específico llegan a la consciencia en forma de cualidades.
¿Dónde se originan estas diferencias del período? Todo parecería indicar los
órganos de los sentidos, cuyas cualidades pretendemos representar por diferencias de
período del movimiento neuronal. Los órganos de los sentidos no sólo actúan como
pantallas de cantidad (Q) -como todos los demás aparatos teleneuronales-, sino también
como cribas, pues sólo dejan pasar estímulos procedentes de ciertos procesos con
períodos determinados. Es probable que transfieran luego estas diferencias a j,
comunicando al movimiento neuronal cualquier período cuya diferencia [cuya
característica diferencial. (Nota del T.)] sea en algún modo análoga [a la de los procesos
del mundo exterior. (Nota del T.)] o sea, energía específica -, y son estas modificaciones
las que pasan de j a través de y hacia W, para engendrar allí, donde están casi
desprovistas de cantidad, sensaciones conscientes de cualidad [*]. Esta transmisión de
cualidad no es durable, no deja tras de sí rastro alguno y no puede ser reproducida.
[8] LA CONSCIENCIA
SOLO mediante hipótesis tan complicadas y poco evidentes he podido hasta ahora
incluir los fenómenos de la consciencia en el conjunto de la psicología cuantitativa.
Naturalmente, es imposible tratar de explicar por qué los procesos excitativos de
las neuronas perceptivas (wN) [*] traen aparejada la consciencia. Para nosotros sólo se
trata de hallar en las neuronas perceptivas (wN) procesos que coincidan con las
características de la consciencia conocidas por nosotros y cuyas variaciones sean
paralelas a las de ellas. Ya veremos que no es difícil lograrlo, aun en sus detalles.
Antes, sin embargo, digamos algunas palabras sobre la relación de esta teoría de la
consciencia con otras teorías. De acuerdo con una teoría mecanicista moderna, la
consciencia no sería más que un mero apéndice agregado a los procesos fisiológicos -
psíquicos, un apéndice cuya ausencia nada modificaría en el curso del suceder psíquico.
De acuerdo con otra teoría, la consciencia sería la faz subjetiva de todo suceder psíquico,
o sea, que sería inseparable de los procesos fisiológico -anímicos. La teoría que aquí
desarrollo se encuentra entre estas dos. La consciencia es aquí la faz subjetiva de una
parte de los procesos físicos [que se desarrollan] en el sistema neuronal -a saber, de los
procesos perceptivos (procesos w) -, y su ausencia no dejaría inalterado el suceder
psíquico, sino que entrañaría la ausencia de toda contribución del sistema W (w).
Si representamos la consciencia por neuronas perceptivas (wN) surgen varias
consecuencias. Estas neuronas deben tener una descarga por más pequeña que ella sea, y
debe existir alguna manera de llenar las neuronas perceptivas con cantidades (Qh), en la
escasa medida que les es imprescindible. La descarga se realiza, como toda otra
descarga, en la dirección de la motilidad, debiéndose recordar aquí que la conversión
motriz entraña, evidentemente, la pérdida de toda característica cualitativa, de toda
peculiaridad periódica. La repleción de las neuronas perceptivas con cantidad sólo puede
hacerse desde y, puesto que no estamos dispuestos a admitir ninguna conexión directa de
este tercer sistema con j. No atinamos a indicar cuál puede haber sido el primitivo valor
biológico de las neuronas perceptivas.
Hasta ahora, empero, sólo pudimos describir muy parcialmente el contenido de la
consciencia, pues además de las series de cualidades sensoriales encontramos en ella
otra serie muy distinta: la de las sensaciones de placer y displacer, que ahora habremos
de interpretar. Dado que hemos establecido con certeza una tendencia de la vida psíquica
hacia la evitación del displacer, estaríamos tentados de identificarla con la tendencia
primaria de la inercia. En tal caso el displacer coincidiría con un aumento del nivel
cuantitativo (Qh) o con un aumento cuantitativo de la presión: equivaldría a la
percepción sensación cuando se produce un aumento de cantidad (Qh) en y. El Placer
sería la [correspondiente] sensación de descarga. Dado que se supone que el sistema W
debe ser llenado desde y, se desprende que la catexis aumentaría en W al elevarse el
nivel en y y disminuiría al caer éste. Placer y displacer serían entonces las sensaciones
correpondientes a la propia catexis de W, a su propio nivel, funcionando W y y, en
cierto modo, como vasos comunicantes. De idéntica manera también llegarían a la
consciencia los procesos cuantitativos en y, o sea, una vez más, como cualidades [véase
el parágrafo 7].
Las sensaciones de placer y de displacer entrañan la pérdida de la capacidad de
percibir las cualidades sensoriales, que están localizadas, por así decirlo, en la zona
indiferente entre placer y displacer [*]. Esto podría traducirse así: las neuronas
perceptivas (wN) exhiben una capacidad óptima para admitir el período del movimiento
neuronal cuando tienen una catexis determinada, mientras que al elevarse ésta surge el
displacer, y al debilitarse, el placer, hasta que la capacidad receptiva se extingue por
completo cuando falta toda catexis. Sería preciso concebir la forma de movimiento [en
cuestión] que corresponda a estos datos.
«------------------------------------------------------------------------
[9] FUNCIONAMIENTO DEL APARATO
PODEMOS formarnos ahora la siguiente concepción sobre el funcionamiento del
aparato constituido por j y w.
Desde el exterior inciden magnitudes de excitación sobre las terminaciones del
sistema j, topándose primero con los aparatos teleneuronales, que los fragmentan en
fracciones cuyo orden de magnitud probablemente sea superior al de los estímulos
intercelulares (¿o quizá aun del mismo orden?). Aquí nos encontramos con un primer
umbral: por debajo de determinada cantidad no puede constituirse ninguna fracción
eficaz, de modo que la efectividad de los estímulos está limitada en cierto modo a las
cantidades de magnitud mediana. Al mismo tiempo, la naturaleza de las envolturas
nerviosas actúa como una criba, de manera que en las distintas terminaciones nerviosas
no todos los tipos de estímulos pueden ser efectivos. Los estímulos que realmente llegan
a las neuronas j poseen una cantidad y una característica cualitativa [*]; en el mundo
exterior forman una serie de la misma cualidad [que los estímulos] y de creciente
[magnitud de] cantidad, desde el umbral hasta el límite del dolor.
Mientras los procesos forman en el mundo exterior un continuo bidireccional -
[ordenado de acuerdo] con la cantidad y con el período (cualidad)-, los estímulos que les
corresponden se hallan, de acuerdo con la cantidad, reducidos primero y luego limitados
por selección, y en cuanto a su cualidad son discontinuos, de modo que ciertos períodos
ni siquiera pueden actuar como estímulos.
La característica cualitativa de los estímulos se propaga ahora sin impedimentos
por j, a través de y, hacia w, donde genera la sensación; está representada por un período
particular del movimiento neuronal, que no es, por cierto, el mismo que el del estímulo,
pero que guarda con él determinada relación, de acuerdo con una fórmula de reducción
desconocida por nosotros. Este período no se mantiene durante largo tiempo y se
extingue hacia el lado de la motilidad; además, como puede pasar sin impedimento,
tampoco deja tras de sí ninguna memoria.
La cantidad del estímulo j excita la tendencia a la descarga en el sistema nervioso
al convertirse en una excitación motriz proporcional. El aparato de la motilidad está
directamente acoplado a j; las cantidades así convertidas producen un efecto que les es
cuantitativamente muy superior, pues ingresan en los músculos, las glándulas, etc.,
actuando en ellos por liberación [de cantidad], mientras que entre las neuronas sólo tiene
lugar una transferencia [de cantidad].
A nivel de las neuronas j terminan también las neuronas y, a las que es transferida
una parte de la cantidad (Qh), pero sólo una parte; quizá una fracción correspondiente a
la magnitud de los estímulos intercelulares. Llegados aquí podríamos preguntarnos si la
cantidad [Qh] transferida a y no sería por ventura proporcional a la cantidad [Q] que
corre por j, de modo tal que un estímulo más considerable produzca también un efecto
psíquico más considerable. Aquí parece actuar un dispositivo especial que, una vez más,
mantiene cantidad (Q) apartada de y. Las vías sensitivas de conducción en j poseen, en
efecto, una estructura peculiar, ramificándose continuamente y presentando vías de
variable grosor que concluyen en numerosos puntos terminales, lo que quizá tenga el
siguiente significado:
un estímulo más poderoso sigue una vía distinta que otro más débil. Así, por ejemplo,
Qh1 recorrerá únicamente la vía I y en el punto terminal a transmitirá una fracción a y.
Qh2 [es decir, una cantidad dos veces mayor que Qh1] no transmitirá en a una fracción
dos veces mayor, sino que podrá pasar también por la vía II, que es más delgada, y
abrirá un segundo punto terminal hacia y [en b]; Qh3 abrirá la más delgada de las vías y
transferirá asímismo por el punto terminal g [véase la figura]. De tal manera, la vía j
única quedará aliviada de su carga y la mayor cantidad en j se traducirá por el hecho de
catectizar varias neuronas en y, en lugar de una sola. Cada una de las catexis de las
distintas neuronas y puede, en tal caso, ser de magnitud aproximadamente igual. Si Qh
en y produce una catexis en y, entonces Qh3 se expresa por catexis en y1 + y2 + y3. Así,
cantidad en j se expresa por complejidad en b. De tal manera la cantidad (Q) queda
apartada de y, por lo menos dentro de ciertos límites. Esto nos recuerda mucho las
condiciones postuladas por la ley de Fechner [*], que de tal modo admitiría una
localización [determinada].
De esta manera, y es catectizada desde j con cantidades (Q) que normalmente son
pequeñas. Mientras la cantidad de la excitación j se expresa en y por la complejidad, su
cualidad se expresa por la topografía, dado que, de acuerdo con las relaciones
anatómicas, los distintos órganos sensoriales sólo se comunican a través de j con
determinadas neuronas y. Pero y también recibe catexis del interior del cuerpo, de modo
que sería admisible dividir las neuronas y en dos grupos: las neuronas del pallium, que
son catectizadas desde j, y las neuronas nucleares, que son catectizadas desde las vías
endógenas de conducción [*].
[10] LAS VÍAS DE CONDUCCIÓN y
LA porción nuclear de y está conectada con aquellas vías por las cuales ascienden
las cantidades endógenas [Q] de excitación. Sin excluir la posibilidad de que estas vías
estén conectadas con j, debemos seguir sustentando nuestra presunción original de que
hay una vía directa que lleva del interior del cuerpo a las neuronas y. Esto implica,
empero, que y se halla expuesto sin protección alguna a las cantidades (Q) procedentes
de esa dirección, y en este hecho [como veremos en la página siguiente] radica
precisamente el impulso motor del mecanismo psíquico.
Cuanto sabemos acerca de los estímulos endógenos puede expresarse en la
hipótesis de que son de índole intercelular, que se generan en forma continua y que sólo
periódicamente se convierten en estímulos psíquicos. La idea de su acumulación es
inevitable y la intermitencia de su efecto psíquico conmina a admitir que en el curso de
su conducción tropiezan con resistencias superables únicamente al aumentar la cantidad
[de excitación]. Las vías de conducción se encuentran, pues, articuladas en serie, con
varias barreras de contacto intercaladas hasta llegar al núcleo y. Por encima de
determinada cantidad [Q], empero, los estímulos endógenos actúan en forma continua, y
todo aumento de la cantidad (Q) es percibido como un aumento del estímulo y. Esto
implica entonces un estado en el cual la [vía de] conducción se ha tornado permeable. La
experiencia demuestra, además, que una vez descargado el estímulo y, la [vía de]
conducción vuelve a recuperar su resistencia.
Un proceso de esta especie se denomina sumación. Las vías de conducción y se
llenan por sumación hasta que se tornan permeables. Evidentemente, lo que permite que
ocurra la sumación es la pequeñez del estímulo individual. También se ha comprobado
la sumación en las vías de conducción j -por ejemplo, en la conducción del dolor-, pero
en este caso sólo interviene en presencia de pequeñas cantidades. El reducido papel que
desempeña la sumación en el sector j hablaría en favor de que allí actúan, efectivamente,
cantidades de magnitud más considerable. Las cantidades muy pequeñas parecen ser
retenidas por la acción liminal de los aparatos teleneuronales, mientras que, no
existiendo éstos en el sector y, sólo actúan pequeñas cantidades [Qh] [*].
Es digno de mención que las neuronas de conducción y puedan allí mantenerse
alternando entre las características de la permeabilidad y de la impermeabilidad, gracias
a que recuperan casi por completo su resistencia a pesar del pasaje de cantidad (Qh).
Esta propiedad es absolutamente contradictoria con aquella otra que hemos atribuido a
las neuronas y, o sea, la de quedar permanentemente facilitadas por el pasaje de cantidad
(Qh) [parágrafo 3]. ¿Cómo explicar esta contradicción? Admitiendo que el
restablecimiento de la resistencia al cesar el pasaje de una corriente es un atributo
general de las barreras de contacto. No existe entonces dificultad alguna en conciliar
esto con el hecho de que las neuronas y son influidas [por el pasaje de cantidad] en el
sentido de la facilitación. Para ello sólo necesitamos suponer que la facilitación restante
después del pasaje de cantidad [Q] no consiste en la abolición de toda resistencia, sino
en su reducción a un imprescindible mínimo permanente. Durante el pasaje de cantidad
(Q) la resistencia está suspendida, pero luego se restablece, aunque sólo hasta un nivel
particular, dependiente de la cantidad (Q) transcurrida, de modo que la vez siguiente
podrá pasar una cantidad menor (Q), y así sucesivamente. Una vez establecida la
facilitación más completa, subsistirá todavía cierta resistencia, igual para todas las
barreras de contacto, que también exigirá, pues el acrecentamiento de las cantidades (Q)
hasta un umbral determinado, a fin de que éstas puedan pasar. Tal resistencia sería una
constante. Por consiguiente, el hecho de que las cantidades endógenas (Qh) actúen por
sumación no significa otra cosa sino que estas cantidades están compuestas por
magnitudes de excitación muy pequeñas y menores que la constante. De ahí, pues, que
las vías endógenas de conducción se hallen totalmente facilitadas.
De esto se desprende, sin embargo, que las barreras de contacto y son, en general,
más altas que las barreras de las vías [endógenas] de conducción, de modo que en las
neuronas nucleares puede producirse una nueva acumulación de cantidad (Qh). Desde el
momento en que la vía de conducción alcanza su nivel de saturación, dicha acumulación
no tiene límite alguno. Aquí, y se encuentra a merced de la cantidad (Q), y de tal modo
surge en el interior del sistema el impulso que sustenta toda actividad psíquica.
Conocemos esta fuerza en la forma de la voluntad, el derivado de los instintos [*] [véase
el final del parágrafo 18].
[11] LA VIVENCIA DE SATISFACCIÓN
La repleción de las neuronas nucleares en y tendrá por resultado una tendencia a
la descarga, una urgencia que se libera hacia la vertiente de la motilidad. De acuerdo con
la experiencia, la primera vía que es recorrida en tal proceso es la que conduce a la
alteración interna (expresión de las emociones, grito, inervación vascular). Pero como
demostramos inicialmente [parágrafo 1], ninguna descarga de esta especie puede agotar
la tensión, pues a pesar de aquélla persiste la recepción de estímulos endógenos, que
restablece la tensión y. En este caso la estimulación sólo puede ser abolida por medio de
una intervención que suspenda transitoriamente el desprendimiento de cantidad (Qh) en
el interior del cuerpo, y una intervención de esta índole requiere una alteración en el
mundo exterior (aporte de alimento, aproximación del objeto sexual), que, siendo una
acción específica, sólo puede ser alcanzada a través de determinadas vías. El organismo
humano es, en un principio, incapaz de llevar a cabo esta acción específica, realizándola
por medio de la asistencia ajena al llamar la atención de una persona experimentada
sobre el estado en que se encuentra el niño, mediante la conducción de la descarga por la
vía de la alteración interna [por ejemplo, mediante el llanto del niño 1.]. Esta vía de
descarga adquiere así la importantísima función secundaria de la comprensión
[comunicación con el prójimo. (Nota del T.)], y la indefensión original del ser humano
conviértese así en la fuente primordial de todas las motivaciones morales [véase la
tercera parte] [*].
Una vez que el individuo asistente ha realizado para el inerme el trabajo de la
acción específica en el mundo exterior, el segundo se encuentra en situación de cumplir
sin dilación, por medio de dispositivos reflejos, la función que en el interior de su cuerpo
es necesaria para eliminar el estímulo endógeno. La totalidad de este proceso representa
entonces una vivencia de satisfacción, que tiene las más decisivas consecuencias para el
desarrollo funcional del individuo. En efecto, tres cosas se producen en su sistema y: 1)
Se efectúa una descarga permanente, poniendo fin con ello a la urgencia que generó
displacer en W. 2) Se produce la catectización de una o de varias neuronas del pallium,
que corresponde a la percepción de un objeto. 3) A otros puntos del pallium llegan las
noticias de la descarga lograda mediante el desencadenamiento del movimiento reflejo
que siguió a la acción específica. Entre estas catexis [2) y 3)] y las neuronas nucleares
[que fueron catectizadas a partir de fuentes endógenas durante el estado de urgencia. I.]
establécese entonces una facilitación.
(Las noticias de la descarga refleja surgen gracias a que todo movimiento, en
virtud de sus consecuencias accesorias, da lugar a nuevas excitaciones sensitivas -de piel
y músculos-, que producen en y una imagen motriz).
En cuanto a la facilitación, se origina de una manera que nos ofrece una visión
más profunda del desarrollo de y. Hasta ahora hemos visto que las neuronas y son
influidas por las neuronas j y por las vías de conducción endógena, mientras que las
distintas neuronas y están aisladas las unas de las otras por barreras de contacto con
poderosas resistencias. Existe, sin embargo, una ley fundamental de asociación por
simultaneidad, que actúa durante la actividad y pura (durante el recuerdo reproductivo) y
que constituye la base de todas las conexiones entre las neuronas y. Comprobamos que
la consciencia (es decir, la catexis cuantitativa) pasa de una neurona y (a) a otra (b),
siempre que la (a) y (b) hayan sido, en algún momento, catectizadas simultáneamente
desde j o desde alguna otra parte. En otros términos, la catectización simultánea a-b ha
llevado a la facilitación de una barrera de contacto. De ello se desprende, expresándolo
en los términos de nuestra teoría, que una cantidad [Qh] pasa más fácilmente de una
neurona a otra catectizada, que a una no catectizada.
Así, la catexis de la segunda neurona actúa de la misma manera que un aumento
de catexis en la primera. En este caso, una vez más, la catexis se revela como algo que,
con respecto al pasaje de cantidad [Qh], es equivalente a la facilitación. [Véase el
parágrafo 3.]
Aquí nos encontramos, pues, con un segundo factor de importancia para la
determinación del curso que sigue una cantidad [Qh]. Una cantidad en la neurona a no
sólo se dirigirá en dirección de la barrera más facilitada, sino también hacia la que esté
catectizada en su vertiente opuesta. Estos dos factores pueden reforzarse mutuamente o
aun antagonizarse en determinados casos.
Así, la vivencia de satisfacción conduce a una facilitación entre las dos imágenes
mnemónicas [la del objeto deseado y la del movimiento reflejo. I.] y las neuronas
nucleares que han sido catectizadas durante el estado de urgencia. (Es de suponer que en
[el curso de] la descarga producida por la satisfacción, también las imágenes
mnemónicas quedan vacías de cantidad [Qh].) Con el restablecimiento del estado de
urgencia o de deseo, la catexis pasa también a los dos recuerdos, reactivándolos. Es
probable que el primero en experimentar esta activación desiderativa sea la imagen
mnemónica del objeto.
No tengo duda alguna acerca de que la activación desiderativa produce en primer
término algo similar a una percepción, o sea, una alucinación. Si ésta lleva a la
realización del acto reflejo, su consecuencia ineludible será la defraudación.
[12] LA VIVENCIA DEL DOLOR
En condiciones normales, y está expuesto a cantidad (Qh) desde las vías
endógenas de conducción, y en condiciones anormales (aunque todavía no patológicas,
lo está en aquellos casos en que cantidades excesivas (Q) irrumpen a través de los
dispositivos de pantalla en j, o sea, en el caso del dolor. El dolor produce en y: 1) un
gran aumento del nivel [de cantidad], que es sentido como displacer por W: 2) una
tendencia a la descarga, que puede estar modificada en determinados sentidos; 3) una
facilitación entre esta tendencia a la descarga y una imagen mnemónica del objeto
algógeno. Además, es indudable que el dolor posee una cualidad especial que se
manifiesta paralelamente al displacer.
Si la imagen mnemónica del objeto (hostil) [es decir, algógeno] es recatectizada
por un motivo cualquiera (por ejemplo, por nuevas percepciones), surge un estado que
no es el del dolor, pero que guarda con él cierta semejanza. Este estado incluye el
displacer y la tendencia a la descarga que corresponde a la vivencia de dolor. Dado que
el displacer significa un aumento del nivel [de cantidad], surge la cuestión de origen de
esta cantidad (Qh). En la vivencia del dolor propiamente dicha, era la cantidad exterior
(Q) irrumpiente la que elevaba el nivel en y. En su reproducción -en el afecto- la única
cantidad (Qh) que se le agrega es la cantidad [Q] que catectiza el recuerdo, siendo
evidente que ésta es de la misma índole que cualquier otra percepción y que no puede
resultar, pues, en un aumento general de cantidad (Qh).
Nos vemos obligados a admitir así que la catectización de los recuerdos
desencadena displacer en el interior del cuerpo, o sea, que hace surgir nuevas cantidades
de displacer. El mecanismo de este desencadenamiento sólo cabe imaginarlo de la
siguiente manera. Tal como existen neuronas motrices que en presencia de cierto grado
de repleción conducen cantidades (Qh) hacia los músculos, descargándolas, deben
existir también neuronas «secretoras» que al ser excitadas causan en el interior del
cuerpo la generación de algo que actúa como estímulo sobre las vías endógenas de
conducción hacia y, o sea, que influyen sobre la producción de cantidades endógenas
(Qh) y, en consecuencia, no descargan cantidad (Qh), sino que la aportan por vías
indirectas. A estas neuronas secretoras [*] las llamaremos «neuronas llave» [*]. Es
evidente que sólo son excitadas a partir de cierto nivel en y. Merced a la vivencia
dolorosa se establece una excelente facilitación entre la imagen mnemónica del objeto
hostil y estas neuronas llave, en virtud de la cual se libera entonces displacer en el
afecto.
Esta hipótesis tan desconcertantes pero indispensable, es confirmada en cierta
manera por lo que ocurre en la liberación de impulsos sexuales. Al mismo tiempo se nos
impone la presunción de que los estímulos endógenos estarían constituidos en ambos
casos por productos químicos cuyo número y variedad bien puede ser considerable.
Dado que la liberación de displacer puede ser extraordinariamente grande, aun frente a
una minúscula catexis del recuerdo hostil, es dable concluir que el dolor deja tras de sí
facilitaciones particularmente abundantes y extensas. Es en este conexo cómo llegamos
a presumir que la facilitación depende totalmente de la [magnitud de la] cantidad [Qh]
alcanzada, de modo que el efecto facilitante de 3Qh puede ser mucho mayor que el de 3
x Qh [Qh repetida tres veces].
[13] AFECTOS Y ESTADOS DESIDERATIVOS
Los residuos de los dos tipos de vivencias [de satisfacción y de dolor] que
acabamos de considerar son los afectos y los estados desiderativos, que tienen en común
el hecho de entrañar un aumento de la tensión cuantitativa en y, producido en el afecto
por un desprendimiento repentino, y en el deseo, por sumación. Ambos estados tienen la
mayor importancia para el pasaje de cantidad en y, dado que dejan tras de sí
motivaciones de tipo convulsivo en favor de dicho pasaje. El estado desiderativo
produce algo así como una atracción positiva hacia el objeto deseado, o, más bien, hacia
su imagen mnemónica, mientras que de la vivencia dolorosa resulta una repulsión, una
aversión a mantener catectizada la imagen mnemónica hostil. He aquí, pues, la atracción
desiderativa primaria y la defensa [rechazo] primaria [*].
La atracción desiderativa se explica fácilmente admitiendo que la catexis del
recuerdo amable en el estado de deseo supera ampliamente en cantidad (Qh) a la catexis
en el caso de la simple percepción, de modo que en el primer caso existe una facilitación
particularmente buena entre el núcleo y y la correspondiente neurona del pallium.
Más difícil de explicar es la defensa [rechazo] primaria o represión, es decir, el
hecho de que una imagen mnemónica hostil sea abandonada lo más rápidamente posible
por la catexis [*]. Sin embargo, su explicación bien podría residir en el hecho de que las
vivencias dolorosas primarias fueron resueltas y terminadas por una defensa refleja. La
emergencia de otro objeto, en lugar del hostil, actuó entonces como señal de que la
vivencia dolorosa había terminado; ahora el sistema y, aprendiendo por su experiencia
biológica, trata de reproducir el estado en y que indicó otrora el cese del dolor. Con la
expresión aprender por la experiencia biológica acabamos de introducir una nueva base
de explicación que habrá de gravitar por sí sola, aunque al mismo tiempo no excluye.
sino que requiere, la reducción a principios mecánicos. es decir. a factores cuantitativos
[*]. En el caso que estamos considerando, bien podría ser el aumento de cantidad (Qh),
producido invariablemente cada vez que se catectizan recuerdos hostiles, el que impulsa
forzosamente a una intensificación de la actividad de descarga y con ello al drenaje [de
cantidad] también de los recuerdos.
[14] INTRODUCCIÓN [DEL CONCEPTO] DEL «YO» [*]
Con nuestra hipótesis de la atracción desiderativa y de la tendencia a la represión
ya nos hemos referido de hecho a un estado de y no considerado todavía, pues estos dos
procesos indican que en y se ha establecido una organización cuya presencia dificulta
pasajes [de cantidad] que al ocurrir por primera vez se realizaron de una manera
determinada [es decir, que fueron acompañados por satisfacción o por dolor. I.]. Esta
organización se denomina el yo. Resulta fácil imaginarla si consideramos que la
recepción regularmente repetida de cantidades endógenas [Qh] por determinadas
neuronas (del núcleo) y la consiguiente acción facilitante emanada de esa recepción
repetida, darán por resultado un grupo de neuronas que retiene una catexis constante
[véase parágrafo 10], o sea, que corresponde al portador de la reserva [de cantidad] que,
según vimos, se deduce perentoriamente de la función secundaria [*]. El yo debe ser
definido, pues, como la totalidad de las catexis y existentes en un momento dado, siendo
necesario distinguir en ellas una porción permanente y otra variable. Resulta fácil
comprender que las facilitaciones entre neuronas y también forman parte del dominio
del yo, ya que representan otras tantas posibilidades de determinar la extensión que de
momento en momento habrá de tener el yo cambiante.
Aunque este yo debe tender por fuerza a librarse de sus catexis por la vía de la
satisfacción, no consigue hacerlo de otra manera, sino determinando la repetición de
vivencias de dolor y de afectos, proceso que debe cumplir por la siguiente vía, que en
términos generales se califica como la de la inhibición.
Una cantidad (Qh) que irrumpa desde cualquier parte en una neurona se propagará
a través de la barrera de contacto que esté más facilitada y dará lugar a una corriente
dirigida en dicho sentido. Expresándolo más claramente: la corriente de cantidad (Qh) se
distribuirá hacia las distintas barreras de contacto en proporción inversa a sus respectivas
resistencias, y cuando una fracción [de cantidad] incida sobre una barrera de contacto
cuya resistencia sea superior a aquélla, no pasará prácticamente nada a través de ésta. Es
fácil que tal distribución sea distinta para cada magnitud de cantidad (Qh) que se halle
en la neurona, ya que en tal caso podrán formarse fracciones que excedan los umbrales
de otras barreras de contacto. Así, el curso adoptado dependerá de las cantidades (Qh) y
de las intensidades relativas de las facilitaciones.
Hemos llegado a conocer, empero, un tercer factor poderoso. Si una neurona adyacente
está catectizada simultáneamente, ello actúa como una facilitación transitoria de las
barreras de contacto entre ambas neuronas, modificando así el curso [de la corriente],
que de otro modo habría seguido la dirección de la única barrera de contacto facilitada.
Así, pues, una catexis colateral actúa como inhibición para el pasaje de cantidad (Qh).
Imaginemos el yo como una red de neuronas catectizadas y bien facilitadas entre sí:
aproximadamente así:
En tal caso, una cantidad (Qh) que, habiendo penetrado desde el exterior (j) en [la
neurona] Ó, hubiese seguido la neurona b en caso de no ser influida, es ahora influida de
tal modo por la catexis colateral Ó, en [la neurona] a, que sólo cederá una fracción [de
cantidad] a b, o quizá ni siquiera llegue a esta [neurona] b. En otros términos, cuando
existe un yo, por fuerza debe inhibir los procesos psíquicos primarios.
Tal inhibición, empero, representa una decidida ventaja para y. Supongamos que a
sea un recuerdo hostil y b una neurona-llave para el displacer: en tal caso la evocación
de a tendrá por efecto primario una liberación de displacer, que quizá sea superflua y
que en todo caso lo es cuando se despliega en plena magnitud. Pero existiendo la acción
inhibidora de Ó, el desencadenamiento de displacer quedará muy reducido, y al sistema
neuronal se le habrá evitado, sin sufrir ningún otro daño, el desarrollo y la descarga de
cantidad. Ahora podemos imaginarnos fácilmente que el yo, con la ayuda de un
mecanismo que llama su atención sobre la inminente recatectización de la imagen
mnemónica hostil, sea capaz de llegar a inhibir el pasaje [de cantidad] desde la imagen
mnemónica hacia el desencadenamiento del displacer, por medio de una copiosa catexis
colateral que pueda ser reforzada de acuerdo con las necesidades. Más aún: si admitimos
que el desencadenamiento displacentero inicial [de cantidad Qh] sea recibido por el
propio yo, tendremos en este mismo [desencadenamiento] la fuente de la cantidad que la
catexis colateral inhibidora exige del yo.
La defensa [rechazo] primaria será entonces tanto más poderosa cuanto más
intenso sea el displacer.
[15] EL PROCESO PRIMARIO Y EL PROCESO SECUNDARIO EN y
De lo que hasta aquí hemos expuesto se desprende que existen dos situaciones en
las cuales el yo en j (que en cuanto a sus tendencias podemos considerar como la
totalidad del sistema nervioso) está expuesto a caer, ante procesos no influidos en y, en
un estado inerme y a sufrir el daño consiguiente.
La primera de estas situaciones se da cuando el yo, encontrándose en estado de
deseo, recatectiza de nuevo el recuerdo del objeto y pone luego en función el proceso de
descarga, no pudiéndose alcanzar entonces la satisfacción, porque el objeto no existe en
la realidad, sino sólo como un pensamiento imaginario. En un principio, y es incapaz de
establecer esta distinción, pues sólo puede operar sobre la base de la secuencia de
estados análogos entre sus neuronas [es decir, sobre la base de su experiencia previa de
que la catectización del objeto fue seguida por satisfacción. I.]. Así, necesita disponer de
un criterio venido de otra parte para distinguir entre la percepción y la representación
[idea] [*].
En segundo lugar, y necesita un signo que dirija su atención a la recatectización de
la imagen mnemónica hostil y que le permita prevenir, por medio de catexis colaterales,
el consiguiente desencadenamiento de displacer. Si y es capaz de efectuar esta
inhibición a tiempo tanto el desprendimiento de displacer como la defensa consiguiente
serán leves, mientras que en caso contrario se producirá un displacer enorme y una
excesiva defensa primaria.
Tanto la catexis desiderativa como el desprendimiento de displacer, cuando se
produce la recatectización del recuerdo respectivo, pueden ser biológicamente
perjudiciales. La catexis desiderativa siempre lo es cuando sobrepasa determinada
medida y favorece con ello la descarga, mientras que el desencadenamiento de displacer,
siempre lo es, por lo menos cuando la catexis de la imagen mnemónica hostil emana
(por asociación) de y mismo y no del mundo exterior. También en este caso se necesita,
pues, un signo que permita distinguir la percepción del recuerdo (representación).
Ahora bien: probablemente sean las neuronas perceptivas las que suministran este
signo, el signo de realidad. Ante cada percepción exterior se produce en W una
excitación cualitativa que en un principio carece, empero, de toda importancia para y. Es
preciso agregar, pues, que la excitación perceptual conduce a una descarga perceptual y
que de ésta (como de todo otro tipo de descarga) llega una noticia a y. Es esta noticia de
una descarga procedente de W (w) la que constituye el signo de cualidad o de realidad
para y.
Si el objeto deseado es catectizado copiosamente, al punto de ser
alucinatoriamente activado, también dará lugar al mismo signo de descarga o de realidad
que comúnmente sigue a la percepción exterior. En este caso fracasará, pues, el criterio
[de diferenciación]. Pero si la catexis desiderativa se realiza bajo inhibición, como podrá
ocurrir si el yo está patentizado, cabe concebir el caso cuantitativo de que la catexis
desiderativa no sea la suficientemente intensa como para producir un signo de cualidad,
mientras que la [correspondiente] percepción exterior lo habría producido. En este caso,
pues, el criterio conserva su valor. La diferencia entre estos dos casos radica en el hecho
de que, mientras el signo de cualidad derivado del exterior aparece siempre, cualquiera
que sea la intensidad de la catexis, el derivado de y sólo se da en presencia de
intensidades elevadas. Por consiguiente, es la inhibición por el «yo» la que facilita un
criterio para la diferenciación entre la percepción y el recuerdo. La experiencia biológica
enseñará entonces a no iniciar la descarga mientras no haya llegado el signo de realidad
y a no impulsar con tal fin, por encima de una determinada medida, la catexis de los
recuerdos deseados.
Por otro lado, la excitación de las neuronas perceptivas también puede servir para
proteger el sistema y en el segundo de los casos previstos, es decir, al dirigir la atención
de y hacia la presencia o la ausencia de una percepción. Con tal fin debemos aceptar que
las neuronas perceptivas (wN) poseían originalmente una conexión anatómica con las
vías procedentes de los distintos órganos sensoriales y que su descarga volvió a ser
dirigida hacia los aparatos motores pertenecientes a esos mismos órganos sensoriales. En
tal caso la noticia de esta última descarga (o sea la noticia de la atención refleja) actuará
para y como una señal biológica de que debe enviar una cantidad de catexis hacia las
mismas direcciones.
Resumiendo: en presencia de inhibición por un yo catectizado, los signos de
descarga w sirven, en términos muy generales, como signos de realidad que y aprende a
aprovechar por experiencia biológica. Si el yo se encuentra en estado de tensión
desiderativa en el momento en que surge tal signo de realidad, hará que la descarga se
dirija en el sentido de la acción especifica. Si el signo de realidad coincide con un
aumento del displacer, y producirá una defensa de magnitud normal, merced a una
catexis colateral adecuadamente grande y situada en el lugar indicado. Si no ocurre
ninguna de estas dos circunstancias les decir, si no existe un estado desiderativo ni un
aumento del displacer en el momento en que se recibe un signo de realidad. I.], la
catexis podrá desarrollarse sin impedimento alguno y de acuerdo con las condiciones en
que se encuentren las facilitaciones. La catexis desiderativa, llevada hasta el punto de la
alucinación, y el desencadenamiento total de displacer, que implica un despliegue
completo de la defensa, los consideramos como procesos psíquicos primarios. En
cambio, aquellos procesos que sólo son posibilitados por una buena catexis del yo y que
representan versiones atenuadas de dichos procesos primarios, los denominamos
procesos psíquicos secundarios. Se advertirá que la precondición ineludible de estos
últimos es una correcta utilización de los signos de realidad, que a su vez sólo es posible
si existe una inhibición por parte del yo [*].
[16] EL PENSAMIENTO COGNOSCITIVO Y EL PENSAMIENTO
REPRODUCTIVO [*]
Hemos adelantado, pues, la hipótesis de que, en el curso del proceso desiderativo,
la inhibición por parte del yo lleva a una moderación de la catexis del objeto deseado,
que permite reconocer a ese objeto como no real. Continuemos ahora nuestro análisis de
este proceso, y advertiremos que puede darse más de una posibilidad.
Supongamos, como primer caso, que la catectización desiderativa de la imagen
mnemónica sea acompañada por la percepción simultánea de la misma [es decir, por la
percepción del propio objeto al que se refiere el recuerdo. I.]. En tal caso las dos catexis
se superpondrán (situación que no es biológicamente aprovechable); pero al mismo
tiempo surge de W un signo de realidad que, como la experiencia lo demuestra, lleva a
una descarga eficaz [*]. Así, este caso queda resuelto fácilmente.
En el segundo caso existe una catexis desiderativa y, concomitantemente, una
percepción; pero ésta no concuerda por completo con aquélla sino sólo en parte. Es
oportuno recordar, en efecto, que las catexis perceptivas nunca son catexis de neuronas
únicas, sino siempre de complejos [de neuronas]. Hasta ahora hemos podido pasar por
alto esta característica; pero ha llegado el momento de tomarla en cuenta. Supongamos
que la catexis desiderativa afecte, para expresarlo en términos muy generales, neurona a
+ neurona b, mientras que las catexis perceptivas estén fijadas a neurona a + neurona c.
Siendo éste el caso más común -más común, por lo menos, que el de la identidad-,
merece una consideración particular. También aquí la experiencia biológica enseña que
es arriesgado iniciar la descarga mientras los signos de realidad no hayan confirmado la
totalidad del complejo, sino sólo una parte del mismo. Ahora, empero, se encuentra un
método para perfeccionar la similitud, convirtiéndola en identidad. Comparando este
complejo W [perceptivo] con otros complejos W, se puede descomponerlos en dos
porciones: el primero, que por lo general permanece constante, es precisamente esa
neurona a, y el segundo es la neurona b, habitualmente variable. El lenguaje establecerá
más tarde, para denominar este proceso de análisis, el término juicio, descubriendo al
mismo tiempo la semejanza que realmente existe, por un lado, entre el núcleo del yo y la
porción constante del complejo perceptual, y por el otro, entre las catexis cambiantes del
pallium y la porción inconstante del complejo perceptual; además, el lenguaje calificará
la neurona a como «la cosa», y la neurona b, como su actividad o atributo; en suma,
como su predicado.
Así, la judicación es un proceso y que sólo se torna posible merced a la inhibición
ejercida por el yo y que es provocarlo por la desemejanza entre la catexis desiderativa de
un recuerdo y una catexis perceptiva que le sea similar. De esto se desprende que la
coincidencia de estas dos catexis habrá de convertirse en una señal biológica para poner
fin a la actividad del pensamiento [al acto cogitativo. (Nota del T.)] e iniciar la descarga
[*]. Al no coincidir las dos catexis surge el impulso a la actividad del pensamiento, que
volverá a interrumpirse cuando coincidan.
Es posible proseguir el análisis de este proceso. Si la neurona a coincide
[interviene tanto en la catexis desiderativa como en la perceptiva.I.], pero en lugar de la
neurona b es percibida la neurona c, entonces la actividad del yo seguirá las conexiones
de esta neurona c y hará surgir nuevas catexis a lo largo de estas conexiones mediante el
flujo de cantidad, hasta que finalmente se abra un acceso a la neurona b faltante. Por
regla general, aparece una imagen motriz intercalada entre las neuronas c y b, y al ser
reactivada esta imagen por la realización efectiva de un movimiento, quedará establecida
la percepción de la neurona b y, con ello, la identidad perseguida. Supongamos, por
ejemplo [para tomar el caso del lactante. I.], que la imagen mnemónica deseada sea la
del pecho materno con el pezón, visto de frente, pero que la primera percepción real
obtenida de dicho objeto haya sido una visión lateral, sin el pezón. La memoria del niño
contendrá entonces una experiencia adquirida casualmente al mamar, según la cual la
imagen frontal se convierte en una imagen lateral cuando se realiza un determinado
movimiento cefálico. La imagen lateral percibida ahora lo conduce al movimiento de la
cabeza, y una prueba le demostrará que éste debe efectuarse en sentido inverso, a fin de
obtener la percepción de la imagen frontal.
En este ejemplo aún no interviene en gran manera el juicio, pero representa una de
las posibilidades de llegar, mediante la reproducción de las catexis, a una acción que ya
pertenece al sector accidental de la acción específica.
No cabe duda de que el elemento subyacente a esta migración a lo largo de las
neuronas facilitadas es cantidad (Qh) procedente del yo catectizado y que dicha
migración no es reñida por las facilitaciones, sino por un fin. ¿Cuál es entonces este fin y
cómo puede ser alcanzado?
El fin es retornar a la neurona b, faltante, y suscitar la sensación de identidad, es
decir, el momento en el cual sólo se encuentra catectizada la neurona b y la catexis
migratoria está a punto de desembocar en ella. Dicho fin se alcanza desplazando
experimentalmente la cantidad (Qh) por todas las vías [posibles], y es claro que para tal
propósito será necesario emplear una cantidad, ora mayor, ora menor, de catexis
colateral, según que se pueda aprovechar las facilitaciones preexistentes o que sea
necesario contrarrestarlas. La lucha entre las facilitaciones fijas y las catexis fluctuantes
caracteriza el proceso secundario del pensamiento reproductivo, en contraste con la serie
primaria de asociaciones.
¿Qué es lo que dirige el curso de esta migración? El hecho de que el recuerdo de
la representación desiderativa se mantiene catectizado durante todo el tiempo en que la
cadena asociativa es perseguida desde la neurona c. Como ya sabemos, gracias a esta
catectización de la neurona b todas sus eventuales conexiones se tornarán, a su vez, más
facilitadas y accesibles.
En el curso de esta migración puede suceder que una cantidad (Qh) [*] tropiece
con un recuerdo relacionado con una vivencia dolorosa, provocando así un
desencadenamiento de displacer. Dado que esto significa un signo seguro de que la
neurona b no puede ser alcanzada por dicho camino, la corriente se apartará
inmediatamente de la catexis en cuestión. No obstante, las vías displacenteras conservan
todo su valor como orientadoras de la corriente de reproducción.
[17] MEMORIA Y JUICIO
El pensamiento reproductivo tiene, pues, un propósito práctico y un fin
biológicamente establecido, a saber: volver a dirigir hacia la catexis neuronal faltante
una cantidad (Qh) que se halla emigrando desde la percepción sobrante. En tales
condiciones se alcanza la identidad y, al mismo tiempo, el derecho a la descarga,
siempre que aparezca además el signo de realidad desde la neurona b. Pero el proceso
también puede independizarse de este último fin [o sea, de la descarga], tendiendo
únicamente a la identidad. En tal caso nos encontraremos ante un puro acto cogitativo
[de pensamiento], pero que, en todo caso, más tarde podrá ser prácticamente
aprovechado. Además, en estas condiciones el yo catectizado se conduce de manera
exactamente igual.
Abordemos ahora una tercera posibilidad que puede darse en el estado
desiderativo [para las dos primeras, véase antes parágrafo 16]: la de que en presencia de
una catexis desiderativa pueda surgir una percepción que no coincida en ninguna forma
con la imagen mnemónica deseada (que llamaremos Mem +). En tal caso surgirá un
interés por (re)conocer esta imagen perceptiva, de modo que quizá se logre encontrar, a
pesar de todo, un camino que conduzca desde aquélla hacia Mem +. Es de suponer que
con este fin [toda] la percepción sea hipercatectizada asimismo desde el yo, como en el
caso anterior lo fue únicamente el elemento neuronal c. Si la percepción no es
absolutamente nueva, hará recordar y evocará ahora el recuerdo de alguna percepción
con la cual coincida por lo menos en parte. El proceso cogitativo que ya hemos descrito
será repetido entonces frente a esta imagen mnemónica, aunque ahora lo será, en cierto
modo, sin el fin que antes le ofreció la representación desiderativa catectizada.
En las medidas en que las catexis coinciden, no dan motivo a la actividad
cogitativa. Pero las porciones discrepantes, en cambio, «despiertan el interés» y pueden
dar lugar a dos clases de actividad cogitativa. O bien la corriente se dirigirá a los
recuerdos evocados y pondrá en función una actividad mnemónica errátil (que será
dirigida, pues, por las diferencias y no por las semejanzas), o bien permanecerá
concentrada en las porciones recién surgidas [de la percepción], poniendo entonces en
función una actividad judicativa igualmente errátil.
Supongamos que el objeto presentado por la percepción sea similar al propio
sujeto [percipiente]: que sea, en efecto, un semejante. En tal caso, el interés teórico que
se le dedica queda explicado también por el hecho de que un objeto semejante fue, al
mismo tiempo, su primer objeto satisfaciente, su primer objeto hostil y también su única
fuerza auxiliar. De ahí que sea en sus semejantes donde el ser humano aprende por
primera vez a (re)conocer. Los complejos perceptivos emanados de estos sus semejantes
serán entonces en parte nuevos e incomparables, como, por ejemplo, sus rasgos, en la
esfera visual: pero otras percepciones visuales (los movimientos de sus manos, por
ejemplo) coincidirán en el sujeto con su propio recuerdo de impresiones visuales muy
similares emanadas del propio cuerpo, recuerdos con los cuales se hallarán asociados
otros recuerdos de movimientos experimentados por él mismo. Igualmente ocurrirá con
otras percepciones del objeto; así, por ejemplo, cuando éste emita un grito, evocará el
recuerdo del propio grito del sujeto, y con ello el de sus propias vivencias dolorosas. De
tal manera, el complejo del semejante se divide en dos porciones, una de las cuales da la
impresión de ser una estructura constante que persiste coherente como una cosa,
mientras que la otra puede ser comprendida por medio de la actividad de la memoria, es
decir, reducida a una información sobre el propio cuerpo del sujeto [*]. Este proceso de
analizar un complejo perceptivo se llama (re)conocerlo; implica un juicio y llega a su
término una vez alcanzado este último fin. Como se advierte, el juicio no es una función
primaria, sino que presupone la catexis de la porción dispar [no coincidente] del
complejo a partir del yo. En un principio el juicio no tiene ninguna finalidad práctica, y
parecería que en el curso del enjuiciamiento fuese descargada la catexis de los elementos
dispares [del complejo], pues ello explicaría por qué las actividades, los «predicados»,
tienen sólo una frágil vía de conexión con el elemento «sujeto» del complejo. [Véase la
tercera parte de este Proyecto].
Estas consideraciones podrían inducirnos a profundizar el análisis del acto
judicativo; pero con ello nos apartaríamos de nuestro tema actual.
Conformémosnos, pues, con dejar bien establecido que es el primitivo interés en
establecer la situación de satisfacción el que lleva en un caso a la reflexión reproductiva
y en el otro a la judicación, como medios para llegar, desde la situación perceptual dada
en la realidad, a la situación que es deseada. En todo esto sigue siendo una condición
ineludible que los procesos y no transcurran libres de toda inhibición, sino sometidos a
la actividad del yo. Con ello quedaría demostrado el sentido eminentemente práctico de
toda actividad cogitativa.
[18] PENSAMIENTO Y REALIDAD
Así, el fin y el término de todos los procesos cogitativos es el establecimiento de
un estado de identidad, el traspaso de una cantidad de catexis (Qh) emanada del exterior
a una neurona catectizada desde el yo. El pensamiento cognoscitivo o judicativo
persigue una identidad con una catexis corporal, mientras que el pensamiento
reproductivo persigue una identidad con una catexis psíquica (con una vivencia propia
del sujeto). El pensamiento judicativo opera con anticipación al reproductivo,
ofreciéndole facilitaciones ya listas para el ulterior tránsito asociativo. Si una vez
concluido el acto cogitativo se le agrega a la percepción el signo de realidad, entonces se
habrá alcanzado un juicio de realidad, una creencia, llegándose con ello al objetivo de
toda esa actividad.
En lo que se refiere al juicio, cabe agregar todavía que su condición es,
evidentemente, la presencia de experiencias somáticas, sensaciones e imágenes motrices
en el propio sujeto. Mientras falten estos elementos, la porción variable del complejo
perceptivo no podrá llegar a ser comprendida, es decir, podrá ser reproducida, pero no
establecerá orientación alguna para nuevas vías de pensamiento. Así, por ejemplo -
hecho que tendrá importancia más adelante [en la segunda parte]-, ninguna experiencia
sexual podrá producir efecto alguno mientras el sujeto no haya tenido sensaciones
sexuales, es decir, en términos generales, antes del comienzo de la pubertad.
El juicio primario parece presuponer un menor grado de influencia por el yo
catectizado que los actos reproductivos de pensamiento. Aunque [por lo general] se trata
entonces de una asociación que es perseguida a través de una coincidencia parcial [entre
la catexis desiderativa y la catexis perceptiva.I.], sin ser modificada en absoluto, también
existen casos en los cuales el proceso asociativo del juicio se lleva a cabo con plena
corriente de cantidad. La percepción equivaldría aproximadamente a un objeto nuclear
más una imagen motriz. Mientras se percibe W, se imita los movimientos mismos, es
decir, se inerva la propia imagen motriz (que ha sido suscitada por la coincidencia con la
percepción), en grado tal que realmente se llega a efectuar el movimiento. Puede
hablarse así de que una percepción tiene un valor imitativo. O bien la percepción evoca
la imagen mnemónica de una propia sensación dolorosa, de modo que se siente entonces
el displacer correspondiente y se repiten los movimientos defensivos adecuados. He aquí
el valor conmiserativo de una percepción.
No hay duda de que estos dos casos nos presentan el proceso primario actuando
en el juicio; podemos admitir que toda judicación secundaria surgió por atenuación de
esos procesos puramente asociativos. Así, el juicio, que más tarde se convertirá en un
medio de (re) conocimiento de un objeto que quizá tenga importancia práctica, es en su
origen un proceso de asociación entre catexis que llegan desde el exterior y catexis
derivadas del propio cuerpo: una identificación entre noticias o catexis procedentes de j
y del interior. Quizá no sea errado suponer que el enjuiciamiento también indica la
manera en que cantidades (Q) procedentes de j pueden ser transmitidas y descargadas.
Lo que llamamos las cosas son residuos que se han sustraído al juicio.
El ejemplo del juicio nos ofrece un primer indicio de las discrepancias
cuantitativas que es preciso estatuir entre el pensamiento y el proceso primario. Es lícito
suponer que en el acto del pensamiento parte de y una tenue corriente de inervación
motriz, pero, naturalmente, sólo si en el curso de dicho acto se ha inervado una neurona
motriz o una neurona-llave [es decir, secretora]. Con todo, sería equivocado considerar
esta descarga como el propio proceso cogitativo, del cual no es más que un efecto
accesorio y no intencionado. El proceso cogitativo consiste en la catectización de
neurona y, con alteración de las facilitaciones obligadas [previas] por una catectización
colateral desde el yo. Desde un punto de vista mecánico es comprensible que en dicho
proceso sólo una parte de la cantidad (Qh) pueda seguir las facilitaciones y que la
magnitud de esta parte sea constantemente regulada por las catexis. Pero no es menos
evidente que con ello se economiza, al mismo tiempo, cantidad (Qh) suficiente para
hacer que la reproducción sea provechosa. De otro modo, toda la cantidad (Qh) que se
necesitará para la descarga final sería gastada durante su pasaje en los puntos de salida
motriz. Así, el proceso secundario es una repetición del primitivo curso [de excitación]
en y, pero en un nivel atenuado y con cantidades menores.
¡Con cantidades (Qh) menores aún -se podrá objetar aquí- que las que
normalmente corren por las neuronas! ¿Cómo es posible abrir a cantidades tan pequeñas
(Qh) las vías que sólo son transitabas para cantidades mayores que las que y recibe
habitualmente? La única respuesta posible es que esto debe ser una consecuencia
mecánica de las catexis colaterales. Tendremos que encontrar condiciones tales que en
presencia de una catexis colateral puedan pasar cantidades pequeñas (Qh) por
facilitaciones que de otro modo únicamente habrían sido viables para cantidades
grandes. La catexis colateral liga, por así decirlo cierta magnitud de la cantidad (Qh) que
corre por la neurona.
El pensamiento debe satisfacer también otra condición: no habrá de alterar
sustancialmente las facilitaciones establecidas por los procesos primarios, pues si lo
hiciera falsearía las trazas de la realidad. Respecto a esta condición, baste observar que
la facilitación probablemente sea el resultado de un pasaje único de una cantidad
considerable y que la catexis, por más poderosa que sea en el momento, no deja tras de
sí un efecto de comparable duración. Las pequeñas cantidades (Q) que pasan en el curso
del pensamiento no pueden, en general, superar las facilitaciones.
Sin embargo, no cabe duda de que el proceso cogitativo deja tras de sí trazas
permanentes, dado que el siguiente repensar demanda un esfuerzo mucho menor que el
primer pensar. Por tanto, a fin de que la realidad no sea falseada, deben existir trazas
especiales -verdaderos signos de los procesos cogitativo- que constituyen una «memoria
cogitativa»: algo que hasta ahora no es posible formular. Más adelante veremos de qué
manera las trazas de los procesos cogitativos se diferencian de las que deja la realidad
[*].
[19] PROCESOS PRIMARIOS: EL DORMIR Y EL SUEÑO
Plantéase ahora el problema de cuáles son los medios cuantitativos que sostienen
el proceso primario y. En el caso de la vivencia de dolor, trátase evidentemente de la
cantidad (Q) que irrumpe desde el exterior; en el caso del afecto, es la cantidad liberada
por facilitación; en el proceso secundario del pensamiento reproductivo, es evidente que
una cantidad mayor o menor (Qh) puede ser transferida desde el yo a la neurona c [*];
dicha cantidad puede ser calificada de interés cogitativo, siendo proporcional al interés
afectivo, cuando éste es susceptible de desarrollarse. La cuestión es si existen procesos y
de índole primaria para los cuales sea suficiente la cantidad (Qh) traída desde j, o si a la
catexis j de una percepción se le agrega automáticamente un aporte de y (la atención),
siendo sólo éste el que torna posible un proceso y. Esta alternativa habrá de quedar
abierta a la posibilidad de ser resuelta por referencia a algunos hechos psicológicos
particulares.
Uno de estos hechos importantes es el de que los procesos primarios y, similares a
los que han sido gradualmente suprimidos por la presión biológica en el curso de la
evolución de y, vuelven a presentársenos diariamente durante el estado de dormir. Un
segundo hecho de idéntica importancia es el de que los mecanismos patológicos,
revelados por el más detenido análisis en las psiconeurosis, guardan la más estrecha
analogía con los procesos oníricos. De esta comparación, que desarrollaremos más
adelante, se desprenden las más decisivas conclusiones. [Véase también al final del
parágrafo 20] [*].
Antes, empero, es preciso adaptar el hecho del dormir al conjunto de nuestra
teoría. La precondición esencial del sueño es fácilmente reconocible en el niño. El niño
duerme mientras no lo atormenta ninguna necesidad física o ningún estímulo exterior
(por ejemplo, el hambre o las sensaciones de frío y humedad). Se duerme una vez que ha
obtenido su satisfacción (en el pecho). Así, también el adulto se duerme con facilidad
post coenam et coitum [después de la comida y del coito]. Por consiguiente, la condición
prev