Segunda parte

C) SEGUNDA PARTE
PSICOPATOLOGÍA
25-9-1895.
LA primera parte de este Proyecto contiene todo lo que pude deducir, en cierto
modo a priori, de su hipótesis básica. remodelándolo y corrigiéndolo de acuerdo con
unas pocas experiencias objetivas. En esta segunda parte procuro determinar con mayor
precisión este sistema erigido sobre dicha hipótesis básica, recurriendo para ello al
análisis de ciertos procesos patológicos. En una tercera parte intentaré estructurar,
fundándome en las dos anteriores, las características del suceder psíquico normal.
PSICOPATOLOGÍA DE LA HISTERIA
[1] La compulsión histérica
COMENZARÉ por ocuparme de algunos fenómenos que se encuentran en la
histeria, sin ser necesariamente privativos de la misma.
A quienquiera que haya observado esta enfermedad le habrá llamado ante todo la
atención el hecho de que los casos de histeria se encuentran sometidos a una compulsión
ejercida por ideas hiperintensas [*]. Así, por ejemplo, una idea puede surgir en la
consciencia con una frecuencia particular, sin que lo justifique el curso de los hechos, o
bien puede ocurrir que la activación de esta neurona sea acompañada por consecuencias
psíquicas incomprensibles. La emergencia de la idea hiperintensa tiene resultados que,
por una parte, no pueden ser suprimidos y, por la otra, no pueden ser comprendidos:
desencadenamientos de afectos, inervaciones motrices, inhibiciones. El individuo no
carece, en modo alguno, de endospección [insight] en cuanto al extraño carácter de la
situación en que se encuentra preso.
Las ideas hiperintensas también ocurren normalmente, siendo ellas las que
confieren al yo su carácter peculiar. No nos sorprenden cuando conocemos su desarrollo
genético (educación, experiencia) y sus motivaciones. Estamos acostumbrados a ver en
ellas el resultado de poderosos y razonables motivos. Las ideas hiperintensas histéricas,
por el contrario, nos llaman la atención por su extravagancia: son representaciones que
no producirían efecto alguno en otras personas y cuya importancia no atinamos a
comprender. Nos parecen intrusas, usurpadoras y, en consecuencia, ridículas.
Por consiguientes, la compulsión histérica es: 1) incomprensible; 2) refractaria a
toda elaboración intelectual; 3) incongruente en su estructura.
Existe una compulsión neurótica simple que puede ser confrontada con la
histérica. Así, por ejemplo, supóngase que un hombre haya corrido peligro de muerte al
caer de un coche y que desde entonces se sienta impedido de viajar en coche. Semejante
compulsión es: 1) comprensible, pues conocemos su origen: 2) congruente, pues la
asociación con el peligro justifica la vinculación del viajar en coche con el miedo.
Tampoco esta compulsión es, sin embargo, susceptible de ser resuelta por elaboración
intelectual 2). Mas dicha característica no puede ser considerada como absolutamente
patológica, pues también nuestras ideas hiperintensas normales suelen ser insolubles por
la reflexión. Estaríamos tentados de negar a la compulsión histérica todo carácter
patológico, si la experiencia no nos demostrara que tal compulsión sólo persiste en una
persona normal durante un breve espacio a partir de su causación, desintegrándose luego
gradualmente. La persistencia de una compulsión es, pues, patológica y traduce una
neurosis simple.
Ahora bien: nuestros análisis demuestran que una compulsión histérica queda
resuelta en cuanto es explicada; es decir, en cuanto se la torna comprensible. Así, estas
dos características serían esencialmente una y la misma. En el curso del análisis también
llegamos a conocer el proceso por el cual ha surgido la apariencia de absurdidad e
incongruencia. El resultado del análisis es, en términos generales, el siguiente.
Antes del análisis, A es una idea hiperintensa que irrumpe demasiado
frecuentemente a la consciencia y que, cada vez que lo hace, provoca el llanto. El sujeto
no sabe por qué A le hace llorar; considera que es absurdo, pero no puede impedirlo.
Después del análisis, se ha descubierto que existe una idea B, que con toda razón
es motivo de llanto y que con toda razón se repite a menudo, mientras el sujeto no haya
realizado contra ella cierta labor psíquica harto complicada. El efecto de B no es
absurdo, le resulta comprensible al sujeto y aún puede ser combatido por él.
B guarda cierta relación particular con A, pues alguna vez hubo una vivencia que
consistía en B + A. En ella, A era sólo una circunstancia accesoria, mientras que B era
perfectamente apta para causar dicho efecto permanente. La reproducción de este suceso
en el recuerdo se lleva a cabo ahora como si A hubiese ocupado el lugar de B. A se ha
convertido en un sustituto, en un símbolo de B. De ahí la incongruencia: A es
acompañada de consecuencias que no parece merecer, que no se le adecuan.
También normalmente tiene lugar la formación de símbolos. El soldado se
sacrifica por un trapo de colores izado en una pértiga, porque éste ha llegado a ser para
él el símbolo de la patria, y a nadie se le ocurriría considerarlo por eso neurótico. Pero el
símbolo histérico funciona de distinta manera. El caballero que se bate por el guante de
su dama sabe, en primer lugar, que el guante debe toda su importancia a la dama, y en
segundo lugar, su veneración del guante no le impide en modo alguno, pensar también
en la dama y rendirle servicio de otras maneras. El histérico que es presa del llanto a
causa de A, en cambio, no se percata de que ello se debe a la asociación A-B, y B misma
no desempeña el menor papel en su vida psíquica. Aquí, la cosa ha sido totalmente
sustituida por el símbolo.
Esta afirmación es cierta en el más estricto sentido. Cada vez que desde el exterior
o desde las asociaciones actúa un estímulo que debería, en propiedad, catectizar B, es
evidente que en su lugar aparece A en la consciencia, al punto de que la naturaleza de B
puede inferirse fácilmente de las motivaciones que tan extrañamente suscitan la
emergencia de A. Cabe formular estas condiciones expresando que A es compulsiva y
que B está reprimida (por lo menos de la consciencia). El análisis ha llevado al
sorprendente resultado de que a cada compulsión le corresponde una represión, que para
cada irrupción excesiva a la consciencia existe una amnesia correspondiente.
El término «hiperintenso» traduce características cuantitativas y es lógico suponer
que la represión tenga el sentido cuantitativo de una sustracción de cantidad (Q); así, la
suma de ambos [es decir, de la compulsión más la represión] equivaldría a lo normal. En
tal caso, solo la distribución [de cantidad] estaría alterada. Algo se le ha agregado a A,
que le ha sustraído a B. El proceso patológico es un proceso de desplazamiento, tal
como hemos llegado a conocerlo en los sueños, o sea un proceso primario.
[2] Génesis de la compulsión histérica.
Plantéanse ahora varias preguntas muy significativas. ¿En qué condiciones ocurre
semejante formación patológica de un símbolo o (por otro lado) semejante represión?
¿Cuál es la fuerza impulsora que interviene? ¿En qué estado se encuentran las neuronas
respectivas de la idea hiperintensa y de la idea reprimida?
Nada habría que revelar en todo esto y nada se podría deducir de ello, si no fuese
porque la experiencia clínica nos enseña dos hechos. Primero, que la represión afecta
exclusivamente ideas que despiertan en el yo un afecto penoso (displacer); segundo, que
dichas ideas pertenecen al dominio de la vida sexual.
Podemos presumir sin vacilaciones que es ese afecto displacentero el que impone
la represión, pues ya hemos admitido la existencia de una defensa primaria, que
consistiría en la inversión de la corriente cogitativa apenas tropieza con una neurona
cuya catexis desencadene displacer.
Dicha presunción quedó justificada por dos observaciones: 1) una catexis
neuronal de esta última especie no es, por cierto, la que puede convenir a la finalidad
original del proceso cogitativo, o sea a establecer una situación y de satisfacción; 2)
cuando una experiencia de dolor es terminada de manera refleja la percepción hostil
queda reemplazada por otra. [Véase el final del parágrafo 13].
Sin embargo, podemos adquirir una convicción más directa acerca del papel
desempeñado por los efectos defensivos. Si investigamos el estado en que se encuentra
la [idea] B reprimida, comprobamos que es fácil hallarla y llevarla a la consciencia. Esto
resulta sorprendente, pues bien podíamos haber supuesto que B realmente estaría
olvidada y que no habría quedado en y el menor rastro mnemónico de la misma. Nada
de eso: B es una imagen mnemónica como otra cualquiera; no está extinguida; pero si,
como sucede habitualmente, B es un complejo de catexis, entonces se eleva una
resistencia extraordinariamente poderosa y difícil de eliminar contra toda elaboración
cogitativa de B. Es perfectamente lícito interpretar esta resistencia contra B como la
medida de la compulsión ejercida por A, y también es dable concluir que la fuerza que
antes reprimió B vuelve a actuar ahora en la resistencia. Al mismo tiempo, empero,
averiguamos algo más. Hasta ahora, sólo sabíamos que B no podía tornarse consciente,
pero nada sabíamos sobre la conducta de B frente a la catexis cogitativa. Pero ahora
comprobamos que la resistencia se dirige contra toda elaboración cogitativa de B, aun
cuando ésta haya llegado a ser parcialmente consciente. Así, en lugar de «excluida de la
consciencia», podemos decir excluída del proceso cogitativo [de la elaboración
intelectual. (Nota del T.)].
Por tanto, es un proceso defensivo emanado del «yo» catectizado el que conduce a
la represión histérica, y con ello, a la compulsión histérica. En tal medida, el proceso
parece diferenciarse de los procesos y primarios.
[3] La defensa patológica.
Con todo, estamos lejos de haber hallado una solución. Como sabemos, el
resultado de la represión histérica discrepa muy profundamente del que arroja la defensa
normal, acerca de la que contamos con precisos conocimientos. Es un hecho de
observación general el de que evitamos pensar en cosas que despiertan únicamente
displacer y que lo conseguimos dirigiendo nuestros pensamientos a otras cosas. Sin
embargo, aun cuando logremos que la idea B, intolerable, surja raramente en nuestra
consciencia, merced a que la hemos mantenido lo más aislada posible, nunca logramos
olvidarla en medida tal que alguna nueva percepción no nos la vuelva a recordar.
Tampoco en la histeria es posible evitar semejante reactivación; la única diferencia
radica en que [en la histeria] lo que se torna consciente -es decir, lo que es catectizadoes
siempre A, en lugar de B. Por consiguiente, es esta inconmovible simbolización la
que constituye aquella función que excede de la defensa normal.
La explicación más obvia de esta «función en exceso» consistiría en atribuirla a la
mayor intensidad del afecto defensivo. La experiencia demuestra, sin embargo, que los
recuerdos más penosos, que necesariamente deberían despertar el mayor displacer
(recuerdos de remordimiento por malas acciones), no pueden ser reprimidos y
reemplazados por símbolos. La existencia de una segunda precondición necesaria para la
defensa patológica -la sexualidad- también sugiere que la explicación habría de ser
buscada por otra parte.
Es absolutamente imposible admitir que los afectos sexuales penosos superen tan
ampliamente en intensidad a todos los demás afectos displacenteros. Debe existir algún
otro atributo de las ideas sexuales para explicar por qué sólo ellas están expuestas a la
represión.
Cabe agregar aquí aún otra observación. Es evidente que la represión histérica
tiene lugar con ayuda de la simbolización, del desplazamiento a otras neuronas. Podríase
suponer ahora que el enigma radicase exclusivamente en el mecanismo de este
desplazamiento y que la represión misma no estuviera necesitada de explicación alguna.
Sin embargo, cuando lleguemos al análisis de la neurosis obsesiva, por ejemplo, ya
veremos que en ella existe una represión sin simbolización; más aún: que la represión y
la sustitución se encuentran allí separadas en el tiempo. Por consiguiente, el proceso de
la represión sigue siendo la clave del enigma.
[4] La prvton jedoz [*] [Proton Pseudos] histérica.
Como hemos visto, la compulsión histérica se origina por un tipo particular de
movimiento cuantitativo (simbolización) que probablemente sea un proceso primario,
dado que es fácil demostrar su intervención en el sueño [*]. Vimos, además, que la
fuerza impulsora de este proceso es la defensa por parte del yo, la cual, sin embargo,
nada realiza en este caso que exceda de la función normal. Lo que necesitamos explicar
es el hecho de que un proceso yoico pueda llevar a consecuencias que estamos
habituados a encontrar únicamente en los procesos primarios. Tendremos que atenernos,
pues a comprobar la intervención de condiciones psíquicas muy particulares. La
observación clínica nos enseña que todo esto sólo ocurre en la esfera de la sexualidad, de
modo que dichas condiciones psíquicas especiales quizá puedan ser explicadas
derivándolas de las características naturales de la sexualidad.
Ahora bien: realmente existe en la esfera sexual una constelación psíquica
particular que bien podría ser aplicable para nuestros fines y que, conocida por nosotros
empíricamente, será ilustrada ahora por medio de un ejemplo [*].
Emma se encuentra dominada por la compulsión de no poder entrar sola en una
tienda. La explica con un recuerdo que data de los doce años (poco antes de su
pubertad), cuando entró en una tienda para comprar algo y vio a los dos dependientes (a
uno de los cuales recuerda) riéndose entre ellos, ante lo cual echó a correr presa de una
especie de susto. En tal conexo se pudo evocar ciertos pensamientos en el sentido de que
los dos sujetos se habrían reído de sus vestidos y de que uno de ellos le había agradado
sexualmente.
Tanto la relación de estos fragmentos entre sí como el efecto de la experiencia
resultan incomprensibles. En caso de que hubiese sentido algún displacer porque se
reían de sus vestidos, hace mucho que dicho afecto debería haberse corregido, por lo
menos desde que viste como una dama. Además, nada cambia en sus vestidos el que
entre en una tienda sola o acompañada. El hecho de que no necesita protección se
desprende de que, como sucede en la agorafobia, ya la compañía de un niño pequeño
basta para hacerla sentirse segura. Luego está el hecho, totalmente incongruente, de que
uno de los hombres le gustó, tampoco esto sería modificado en lo mínimo por entrar en
la tienda acompañada. Por consiguiente, los recuerdos evocados no explican ni el
carácter compulsivo ni la determinación del síntoma.
Prosiguiendo la investigación se descubre un segundo recuerdo que, sin embargo,
niega haber tenido presente en el momento de la escena I y cuya intervención tampoco
es posible demostrar. Cuando contaba ocho años fue dos veces a una pastelería para
comprarse unos confites, y en la primera de esas ocasiones el pastelero la pellizcó los
genitales a través de los vestidos. A pesar de esa primera experiencia, volvió una
segunda y última vez. Más tarde se reprochó haber retornado a la pastelería, como si con
ello hubiese querido provocar el atentado. En efecto, su torturante «mala conciencia»
pudo ser atribuida a dicha vivencia.
Ahora atinamos a comprender la escena I (con los dependientes), combinándola
con la escena Il (con el pastelero). Sólo necesitamos establecer el eslabón asociativo
entre ambas. La propia paciente indica que dicho eslabón estaría dado por la risa. La risa
de los dependientes le habría recordado la mueca sardónica con que el pastelero
acompañó su atentado. Ahora podemos reconstruir todo este proceso de la siguiente
manera. Los dos dependientes se ríen en la tienda, y esa risa le evoca
(inconscientemente) el recuerdo del pastelero. La segunda situación tiene otro punto de
similitud con la primera, pues una vez más se encuentra sola en una tienda. Junto con el
pastelero, recuerda el pellizco a través de los vestidos; pero entre tanto ella se ha vuelto
púber y el recuerdo despierta -cosa que sin duda no pudo hacer cuando ocurrió- un
desencadenamiento sexual que se convierte en angustia. Esta angustia le hace temer que
los dependientes puedan repetir el atentado, y se escapa corriendo.
Es evidente que aquí nos hallamos ante dos clases de procesos y que se intrican
mutuamente y que el recuerdo de la escena II (con el pastelero) se produjo en un estado
distinto al de la primera. El curso de los hechos podría representarse de la siguiente
manera:
En esta figura, las ideas representadas por puntos negros corresponden a
percepciones que además fueron recordadas. El hecho de que el desencadenamiento
sexual había ingresado en la consciencia es demostrado por la idea, incomprensible de
otro modo, de que se sintió atraída por el dependiente que se reía. Su decisión de no
permanecer en la tienda por miedo a un atentado era perfectamente lógica, teniendo en
cuenta todos los elementos del proceso asociativo. Pero del proceso aquí representado
nada entró en la consciencia salvo el elemento «vestidos», y el pensamiento
conscientemente operante estableció dos conexiones falsas en el material respectivo
(dependientes, risa, vestidos, atracción sexual); primero, que se reían de ella por sus
vestidos, y segundo, que se había sentido sexualmente excitada por uno de los
dependientes.
El complejo en su totalidad (indicado por la línea de puntos) estaba representado
en la consciencia por la sola idea de «vestidos»: a todas luces la más inocente. En este
punto se había producido una represión acompañada de simbolización. El hecho de que
la conclusión final -el síntoma- quedase construido con entera lógica, de modo que el
símbolo no desempeña ningún papel en él, es en realidad una característica privativa de
este caso.
Se podría considerar perfectamente natural que una asociación pase por un
número de eslabones intermedios inconscientes antes de llegar a uno consciente, como
ocurre en este caso. Entonces, el elemento que ingresa a la consciencia sería aquel que
despierta especial interés. Pero lo notable de nuestro ejemplo es, precisamente, el hecho
de que no ingresa a la consciencia aquel elemento que despierta interés (el atentado),
sino otro, en calidad de símbolo (los vestidos). Si nos preguntamos cuál puede haber
sido la causa de este proceso patológico interpolado, sólo podemos indicar una: el
desencadenamiento sexual, del que también hay pruebas en la consciencia. Este aparece
vinculado al recuerdo del atentado, pero es muy notable que no se vinculase al atentado
cuando el mismo ocurrió en la realidad. Nos encontramos aquí ante el caso de que un
recuerdo despierte un afecto que no pudo suscitar cuando ocurrió en calidad de vivencia,
porque en el ínterin las modificaciones de la pubertad tomaron posible una nueva
comprensión de lo recordado.
Ahora bien: este caso es típico de la represión que se produce en la histeria.
Siempre comprobamos que se reprime un recuerdo, el cual sólo posteriormente llega a
convertirse en un trauma. El motivo de este estado de cosas radica en el retardo de la
pubertad con respecto al restante desarrollo del individuo.
[5] Condiciones determinantes de la prvton jedoz uut [Proton Pseudos histérica].
Aunque no es habitual en la vida psíquica que un recuerdo despierte un afecto que
no lo acompañó cuando era una vivencia, tal es, sin embargo, lo más común en el caso
de las ideas sexuales, precisamente porque el retardo de la pubertad constituye una
característica general de la organización. Toda persona adolescente lleva en sí rastros
mnemónicos que sólo pueden ser comprendidos una vez despertadas sus propias
sensaciones sexuales; toda persona adolescente, pues, lleva en sí el germen de la histeria.
Claro está que habrán de intervenir también otros factores concurrentes, ya que esta
tendencia tan general queda limitada al escaso número de personas que realmente se
tornan histéricas.
Ahora bien: el análisis nos demuestra que lo perturbador en un trauma sexual es,
sin duda, el desencadenamiento afectivo, y la experiencia nos enseña que los histéricos
son personas de las que sabemos que, en unos casos, se han tornado prematuramente
excitables en su sexualidad, por estimulación mecánica y emocional (masturbación), y
de las que, en otros casos, podemos admitir que poseen una predisposición al
desencadenamiento sexual precoz. El comienzo prematuro del desencadenamiento
sexual y la intensidad prematura del mismo son, a todas luces, equivalentes, de modo
que esta condición queda reducida a un factor cuantitativo.
¿Cuál es, pues, el significado de esta precocidad del desencadenamiento sexual?
Todo el acento debe caer aquí sobre la maduración precoz, pues no es posible sostener
que el desencadenamiento sexual origine, de por sí, la represión, dado que ello
convertiría, una vez más, la represión en un proceso de frecuencia normal.
[6] Perturbación del pensamiento por el afecto
Nos vimos obligados a admitir que la perturbación del proceso psíquico normal
depende de dos condiciones: 1) de que el desencadenamiento sexual arranque de un
recuerdo, en lugar de una vivencia; 2) de que el desencadenamiento sexual ocurra
prematuramente. En presencia de estas dos condiciones se producirá una perturbación
que excede lo normal, pero que puede hallarse ya preformada en la normalidad.
La más cotidiana experiencia nos enseña que el despliegue afectivo inhibe el
curso normal del pensamiento y que lo hace de distintas maneras. En primer lugar,
pueden ser olvidadas muchas vías de pensamiento que de otro modo habrían sido
tomadas en cuenta, como también ocurre, por otra parte, en los sueños. Así, por ejemplo,
en la agitación causada por una intensa preocupación me ha sucedido que olvidara
recurrir al teléfono, que acababa de ser instalado en mi casa. La vía recientemente
establecida sucumbía aquí en el estado afectivo; la facilitación, es decir, la antigüedad,
ganaba el predominio. Con semejante olvido se pierde la capacidad de selección, la
adecuación y la lógica del proceso, tal como ocurre también en el sueño. En segundo
lugar, también sin que haya olvido alguno pueden adoptarse vías que de otro modo
habrían sido evitadas: en particular, vías que conducen a la descarga, como, por ejemplo,
acciones realizadas bajo la influencia del afecto. En suma, pues, el proceso afectivo se
aproxima al proceso primario no inhibido.
De esto se desprenden varias consecuencias. Primero, que en el
desencadenamiento afectivo se intensifica la propia idea desencadenante; segundo, que
la función principal del yo catectizado consiste en evitar nuevos procesos afectivos y en
reducir las viejas facilitaciones afectivas. Estas condiciones sólo podemos
representárnoslas de la siguiente manera. Originalmente, una catexis perceptiva en su
calidad de heredera de una vivencia dolorosa, desencadenó displacer, siendo reforzada
por la cantidad [Qh] así desencadenada y avanzando luego hacia la descarga por vías de
derivación que ya se encontraban en parte prefacilitadas. Una vez establecido un yo
catectizado, la función de la «atención» para nuevas catexis perceptivas se desarrolló de
la manera que ya conocemos [véase el final del parágrafo 13], y esta atención sigue
ahora, con catexis colaterales, el curso adoptado por la cantidad que emana de W. De tal
manera, el desencadenamiento de displacer queda cuantitativamente restringido y su
comienzo actúa, para el yo, como una señal de poner en juego la defensa normal. Así se
evita la fácil y excesiva generación de nuevas experiencias de dolor, con todas sus
facilitaciones. Cuanto más intenso sea, empero, el desprendimiento de displacer tanto
más difícil será la tarea a cumplir por el yo, pues éste, con sus catexis colaterales, sólo es
capaz de proveer hasta cierto límite un contrapeso a las cantidades [Qh] intervinientes,
de modo que no puede impedir por completo la ocurrencia de un proceso primario.
Además, cuanto mayor sea la cantidad que tiende a derivarse, tanto más difícil
será para el yo la labor cogitativa que, según todo parece indicarlo, constituiría en el
desplazamiento experimental de pequeñas cantidades (Qh). La «reflexión» en una
actividad del yo que demanda tiempo y que se torna imposible cuando el nivel afectivo
entraña grandes cantidades (Qh). De ahí que el afecto se caracterice por la precipitación
y por una selección de métodos similar a la que se adopta en el proceso primario.
Por consiguiente, el yo procura no permitir ningún desencadenamiento de afecto,
ya que con ello admitiría también un proceso primario. Su instrumento para este fin es el
mecanismo de la atención. Si una catexis desencadenante de displacer escapase a la
atención, el yo llegaría demasiado tarde para contrarrestara. Tal es, precisamente, lo que
ocurre en la proton pseudos histérica. La atención está enfocada sobre las percepciones,
que son los factores desencadenantes normales del displacer. Aquí, en cambio, no es una
percepción, sino una traza mnemónica, la que inesperadamente desencadena el
displacer, y el yo se entera de ello demasiado tarde, ha permitido que se llevara a cabo
un proceso primario, simplemente porque no esperaba que ocurriera.
Existen, sin embargo, también otras ocasiones en las que un recuerdo desencadena
displacer, cosa que es plenamente normal en el caso de los recuerdos recientes. Ante
todo, si un trama (una vivencia de dolor) ocurre por primera vez cuando ya existe un yo
-los primeros de todos los traumas escapan totalmente al yo-, prodúcese un
desencadenamiento de displacer, pero simultáneamente actúa también el yo, creando
catexis colaterales. Si más tarde se repite la catectización de la traza mnemónica,
también se repite el displacer, pero entonces se encuentran ya presentes las facilitaciones
yoicas, y la experiencia demuestra que el segundo desencadenamiento de displacer es de
menor intensidad, hasta que, después de suficientes repeticiones, queda reducida a la
intensidad de una mera señal, tan conveniente para el yo [*]. Así, pues, lo esencial es
que en ocasión del primer desencadenamiento de displacer no falte la inhibición por el
yo, de modo que el proceso no tenga el carácter de una vivencia afectiva primaria
«póstuma». Tal es precisamente lo que ocurre empero, cuando el recuerdo es el primero
en motivar el desencadenamiento de displacer, como es el caso en la proton pseudos
histérica.
Con todo esto quedaría confirmada la importancia de una de las ya citadas
precondiciones que nos ofrece la experiencia clínica: el retardo de la pubertad posibilita
la ocurrencia de procesos primarios póstumos.