Tercera parte

D) TERCERA PARTE
INTENTO DE REPRESENTAR LOS PROCESOS y NORMALES
5-10-1895
[1]
Debe ser posible explicar mecánicamente los denominados «procesos
secundarios», atribuyéndolos al efecto que una masa de neuronas con una catexis
constante (el yo) ejerce sobre otras neuronas con catexis variables. Comenzaré por
intentar una descripción psicológica de tales procesos.
Si por un lado tenemos el yo y por el otro W (percepciones) -es decir, catexis en y
venidas de j; (del mundo exterior)-, entonces tendremos que encontrar un mecanismo
que induzca al yo a seguir las percepciones y a influir sobre ellas. Ese mecanismo
radica, según creo, en el hecho de que, de acuerdo con mis hipótesis, toda percepción
excita w; es decir, emite un signo de cualidad [*]. Dicho más correctamente, excita
consciencia (consciencia de una cualidad) en W, y la descarga de la excitación
perceptiva provee a y con una noticia que constituye precisamente, dicho signo de
cualidad. Por consiguiente, propongo la sugerencia de que serían estos signos de
cualidad los que interesan a y en la percepción [véase parágrafo 19 de la primera parte].
Tal sería, pues, el mecanismo de la atención psíquica [*]. Me resulta difícil dar
una explicación mecánica (automática) de su origen. Creo, por tanto, que está
biológicamente determinada, es decir, que se ha conservado en el curso de la evolución
psíquica, debido a que toda otra conducta por parte de y ha quedado excluida en virtud
de ser generadora de displacer. El efecto de la atención psíquica es el de catectizar las
mismas neuronas que son las portadoras de la catexis perceptiva. Este estado de atención
tiene un prototipo en la vivencia de satisfacción [parágrafo 11 de la primera parte], que
es tan importante para todo el curso del desarrollo, y en las repeticiones de dicha
experiencia: los estados de anhelo desarrollados hasta convertirse en estados de deseo y
estado de expectación. Ya demostré [primera parte, parágrafo 16-18] que dichos estados
contienen la justificación biológica de todo pensar. La situación psíquica es, en dichos
estados, la siguiente: el anhelo implica un estado de tensión en el yo y, a consecuencia
de éste, es catectizada la representación del objeto amado (la idea desiderativa). La
experiencia biológica nos enseña que esta representación no debe ser catectizada tan
intensamente que pueda ser confundida con una percepción, y que su descarga debe ser
diferida hasta que de ella partan signos de cualidad que demuestren que la
representación es ahora real; es decir, que su catexis es perceptiva. Si surgiera una
percepción que fuese idéntica o similar a la idea desiderativa, se encontraría con sus
neuronas ya precatectizadas por el deseo; es decir, algunas de ellas, o todas, estarán ya
catectizadas, de acuerdo con la medida en que coincidan la representación [idea
desiderativa] y la percepción. La diferencia entre dicha representación y la percepción
recién llegada da dirigen, entonces, al proceso cogitativo [del pensamiento], que tocará a
su fin cuando se haya encontrado una vía por la cual las catexis perceptivas sobrantes
[discrepantes] puedan ser convertidas en catexis ideativas: en tal caso se habrá alcanzado
la identidad [*].
La atención consistirá entonces en establecer la situación psíquica del estado de
expectación también para aquellas percepciones que no coinciden, ni siquiera en parte,
con las catexis desiderativas. Sucede, simplemente, que ha llegado a ser importante
emitir catexis al encuentro de todas las percepciones. En efecto, la atención está
biológicamente justificada, sólo se trata de guiar al yo en cuanto a cuál catexis
expectante debe establecer, y a tal objeto sirven los signos de cualidad.
Aun es posible examinar más de cerca el proceso de [establecer una] actitud
psíquica [de atención]. Supongamos, para comenzar, que el yo no esté prevenido y que
entonces surja una catexis perceptiva, seguida por sus signos de cualidad. La estrecha
facilitación entre estas dos noticias intensificará todavía más la catexis perceptiva,
produciéndose entonces la catectización atentiva de las neuronas perceptivas. La
siguiente percepción del mismo objeto resultará (de acuerdo con la segunda ley de
asociación) en una catexis más copiosa de la misma percepción, y sólo esta última será
la percepción psíquicamente utilizable.
(Ya de esta primera parte de nuestra descripción se desprende una regla de suma
importancia: la catexis perceptiva, cuando ocurre por primera vez, tiene escasa
intensidad y posee sólo reducida cantidad (Q), mientras que la segunda vez, existiendo
ya una precatexis de y, la cantidad afectada es mayor. Ahora bien: la atención no
implica, en principio, ninguna alteración intrínseca en el juicio acerca de los atributos
cuantitativos del objeto, de modo que la cantidad externa (Q) de los objetos no puede
expresarse en y por cantidad psíquica (Qh). La cantidad psíquica (Qh) significa algo
muy distinto, que no está representado en la realidad, y, efectivamente, la cantidad
externa (Q) está expresada en y por algo distinto, a saber, por la complejidad de las
catexis. Pero es por este medio que la cantidad externa (Q) es mantenida apartada de y
[parágrafo 9 de la primera parte]).
He aquí una descripción todavía más satisfactoria [del proceso expuesto en el
penúltimo párrafo]. Como resultado de la experiencia biológica, la atención de y está
constantemente dirigida a los signos de cualidad. Estos signos ocurren, pues, en
neuronas que ya están precatectizadas, alcanzando así una cantidad suficiente magnitud.
Los índices de cualidad así intensificados intensifican a su vez, merced a su facilitación,
las catexis perceptivas, y el yo ha aprendido a disponer las cosas de modo tal que sus
catexis atentivas sigan el curso de ese movimiento asociativo al pasar de los signos de
cualidad hacia la percepción. De tal manera [el yo] es guiado para que pueda catectizar
precisamente las percepciones correctas o su vecindad. En efecto, si admitimos que es la
misma cantidad (Qh) procedente del yo la que corre a lo largo de la facilitación entre el
signo de cualidad y la percepción, hasta habremos encontrado una explicación mecánica
(automática de la catexis de atención. Así, pues, la atención abandona los signos de
cualidad para dirigirse a las neuronas perceptivas, ahora hipercatectizadas.
Supongamos que, por uno u otro motivo, fracase el mecanismo de la atención. En
tal caso no se producirá la catectización desde y de las neuronas perceptivas y la
cantidad (Q) que a ellas haya llegado se transmitirá a lo largo de las mejores
facilitaciones, o sea, en forma puramente asociativa, en la medida en que lo permitan las
relaciones entre las resistencias y la cantidad de la catexis perceptiva. Probablemente
este pasaje de cantidad no tardaría en llegar a su fin, puesto que la cantidad (Q) se divide
y no tarda en reducirse, en alguna de las neuronas siguientes, a un nivel demasiado bajo
para el curso ulterior. El decurso de las cantidades vinculadas a la percepción (Wq)
puede, bajo ciertas circunstancias, suscitar ulteriormente la atención o no; en este último
caso terminará silenciosamente en la catectización de cualquier neurona vecina, sin que
lleguemos a conocer el destino ulterior de dicha catexis. Tal es el curso de una
percepción no acompañada por atención, como ha de ocurrir incontables veces en cada
día. Como lo demostrará el análisis del proceso de la atención, dicho curso no puede
llegar muy lejos, circunstancia de la cual cabe inferir la reducida magnitud de las
cantidades vinculadas a la percepción (Wq).
En cambio, si el sistema W ha recibido su catexis de atención, puede ocurrir toda
una serie de cosas, entre las cuales cabe destacar dos situaciones: la del pensar común y
la de sólo pensar observando. Este último caso parecería ser el más simple; corresponde
aproximadamente al estado del investigador que, habiendo hecho una percepción, se
pregunta: «¿Qué significa esto? ¿Adónde conduce?» Lo que sucede entonces es lo
siguiente (pero en aras de la simplicidad tendré que sustituir ahora la compleja
catectización perceptiva por la de una única neurona). La neurona perceptiva está
hipercatectizada, la cantidad, compuesta de cantidad externa y de cantidad psíquica (Q y
Qh) fluye a lo largo de las mejores facilitaciones y supera cierto número de barreras, de
acuerdo con las resistencia y la cantidad intervinientes. Llegará a catectizar algunas
neuronas asociadas, pero no podrá superar otras barreras, porque la fracción [de
cantidad] que llega a incidir sobre ellas es inferior a su umbral. Seguramente serán
catectizadas neuronas más numerosas y más alejadas que en el caso de un mero proceso
asociativo que se desarrolle sin atención. Finalmente, empero, la corriente desembocará,
también en este caso, en determinadas catexis terminales o en una sola. El resultado de
la atención será que en lugar de la percepción aparecerán una o varias catexis
mnemónicas, conectadas por asociación con la neurona inicial.
En aras de la simplicidad, supongamos también que se trate de una imagen
mnemónica única. Si ésta pudiese volver a ser catectizada (con atención) desde y, el
juego se repetiría: la cantidad (Q) volvería a fluir una vez más y catectizaría (evocaría)
una nueva imagen mnemónica, recorriendo para ello la vía de la mejor facilitación .
Ahora bien: el propósito del pensamiento observador es a todas luces el de llegar a
conocer en la mayor extensión posible las vías que arrancan del sistema W, pues de tal
modo podrá agotar el conocimiento del objeto perceptivo. (Se advertirá que la forma de
pensamiento aquí descrita lleva el (re)conocimiento). De ahí que se requiera una vez
más una catexis y para las imágenes mnemónicas ya alcanzadas; pero también se
requiere un mecanismo que dirija dicha catexis a los lugares correctos. ¿Cómo, sino así,
podrían saber las neuronas y en el yo adónde debe dirigirse la catexis? Un mecanismo de
atención como el que anteriormente hemos descrito vuelve a presuponer, sin embargo, la
presencia de signos de cualidad. ¿Acaso aparecen éstos en el decurso asociativo? De
acuerdo con nuestras presuposiciones, normalmente no; pero bien podrían ser obtenidos
por medio del siguiente nuevo dispositivo. En condiciones normales, los signos de
cualidad sólo emanan de la percepción, de modo que todo se reduce a extraer una
percepción del decurso de cantidad (Qh). si el decurso de cantidad (Qh) entrañara una
descarga además del mero pasaje, esa descarga daría, como cualquier otro movimiento,
un signo de movimiento. Después de todo, los mismos signos de cualidad son noticias
de descarga. (Más adelante podremos considerar de qué tipo de descarga son noticias).
Ahora puede ocurrir que durante un decurso cuantitativo (Qh) también sea catectizada
una neurona motriz, que a continuación descargará la cantidad (Qh) y dará origen a un
signo de cualidad. Mas se trata de que obtengamos tales descargas de todas las catexis.
Pero no todas [las descargas] son motrices, de modo que con este propósito deberán ser
colocadas en una firme facilitación con neuronas motrices.
Esta finalidad es cumplida por las asociaciones verbales, que consisten en la
conexión de neuronas y con neuronas empleadas por las representaciones vocales y que,
a su vez, se encuentran íntimamente asociadas con imágenes verbales motrices. Estas
asociaciones [verbales] tienen sobre las demás la ventaja de poseer otras dos
características: son circunscritas (es decir, escasas en número) y son exclusivas. La
excitación progresa, en todo caso, de la imagen vocal a la imagen verbal y de ésta a la
descarga. Por consiguiente, si las imágenes mnemónicas son de tal naturaleza que una
corriente parcial pueda pasar de ellas a las imágenes vocales y a las imágenes verbales
motrices, entonces la catexis de las imágenes mnemónicas estará acompañada por
noticias de una descarga, y éstas son signos de cualidad, o sea, al mismo tiempo signos
de que el recuerdo es consciente. Ahora bien: si el yo precatectiza estas imágenes
verbales, como antes precatectizó las imágenes de la descarga de percepciones, se habrá
creado con ello el mecanismo que le permitirá dirigir la catexis y a los recuerdos que
surjan durante el pasaje de cantidad [Qh] [*]. He aquí el pensamiento observador
consciente.
Además de posibilitar el (re)conocimiento, las asociaciones verbales efectúan aún
otra cosa de suma importancia. Las facilitaciones entre las neuronas y constituyen, como
sabemos, la memoria, o sea, la representación de todas las influencias que y ha
experimentado desde el mundo exterior. Ahora advertimos que el propio yo también
catectiza las neuronas y y suscita corrientes que seguramente deben dejar trazas en la
forma de facilitaciones. Pero y no dispone de ningún medio para discernir entre estos
resultados de los procesos cogitativos y los resultados de los procesos perceptivos. Los
procesos perceptivos, por ejemplo, pueden ser (reconocidos) y reproducidos merced a su
asociación con descargas de percepción; pero de las facilitaciones establecidas por el
pensamiento sólo queda su resultado, y no un recuerdo. Una misma facilitación
cogitativa puede haberse generado por un solo proceso intenso o por diez procesos
menos susceptibles de dejar una impronta. Los signos de descarga verbal son los que
vienen ahora a subsanar este defecto, pues equiparan los procesos cogitativos a procesos
perceptivos, confiriéndoles realidad y posibilitando su recuerdo. [Véase más adelante el
parágrafo 3.]
También merece ser considerado el desarrollo biológico de estas asociaciones
verbales, tan importantes. La inervación verbal es primitivamente una descarga que
actúa como válvula de seguridad para y, sirviendo para regular en ella las oscilaciones
de cantidad (Qh) y funcionando como una parte de la vía que conduce a la alteración
interna y que representa el único medio de descarga mientras todavía no se ha
descubierto la acción específica. Esta vía adquiere una función secundaria al atraer la
atención de alguna persona auxiliar (que por lo común es el mismo objeto desiderativo)
hacia el estado de necesidad y de apremio en que se encuentra el niño; desde ese
momento servirá al propósito de la comunicación quedando incluida así en la acción
específica.
Como ya hemos visto [parágrafos 16-17], cuando se inicia la función judicativa
las percepciones despiertan interés en virtud de su posible conexión con el objeto
deseado y sus complejos son descompuestos en una porción no asimilable (la «cosa»)
[*] y una porción que es conocida por el yo a través de su propia experiencia (los
atributos, las actividades [de la cosa]. Este proceso, que denominamos comprender,
ofrece dos puntos de contacto con la expresión verbal [por el lenguaje]. En primer lugar,
existen objetos (percepciones) que nos hacen gritar, porque provocan dolor; esta
asociación de un sonido -que también suscita imágenes motrices de movimientos del
propio sujeto- con una percepción que ya es de por sí compleja destaca el carácter hostil
del objeto y sirve para dirigir la atención a la percepción; he aquí un hecho que
demostrará tener extraordinaria importancia. En una situación en que el dolor nos
impediría obtener buenos signos de cualidad del objeto, la noticia del propio grito nos
sirve para caracterizarlo. Esta asociación conviértese así en un recurso para conscienciar
los recuerdos que provocan displacer y para convertirlos en objetos de la atención: la
primera clase de recuerdos conscientes ha quedado así creada [*]. Desde aquí sólo basta
un corto paso para llegar a la invención del lenguaje. Existen objetos de un segundo tipo
que por sí mismos emiten constantemente ciertos sonidos, o sea, objetos en cuyo
complejo perceptivo interviene también un sonido. En virtud de la tendencia imitativa
que surge en el curso del proceso del juicio [parágrafo 18 de la primera parte] es posible
hallar una noticia de movimiento [de uno mismo] que corresponda a esa imagen sonora.
También esta clase de recuerdos puede tornarse ahora consciente. Sólo hace falta
agregar asociativamente a las percepciones sonidos deliberadamente producidos, para
que los recuerdos despertados al atender a los signos de descarga tonal se tornen
conscientes, igual que las percepciones, y puedan ser catectizados desde y.
Así hemos comprobado que lo característico del proceso del pensamiento
cognoscitivo es el hecho de que la atención se encuentre desde un principio dirigida a
los signos de la descarga cogitativa, o sea, a los signos verbales [del lenguaje]. Como
sabemos, también el denominado pensamiento «consciente» se lleva a cabo acompañado
por una ligera descarga motriz [*].
El proceso de seguir el decurso de la cantidad (Q) a través de una asociación
puede ser proseguido, pues, durante un lapso indefinido de tiempo, continuando por lo
general hasta llegar a elementos asociativos terminales, que son «plenamente
conocidos». La fijación de esta vía y de los puntos terminales constituye el
«(re)conocimiento» de lo que fue quizá una nueva percepción.
Bien quisiéramos tener ahora alguna información cuantitativa sobre este proceso
del pensamiento cognoscitivo. Ya sabemos que en este caso la percepción está
hipercatectizada, en comparación con el proceso asociativo simple, y que el proceso
mismo [del pensamiento] consiste en un desplazamiento de cantidades (Qh) que es
regulado por la asociación con signos de cualidad. En cada punto de detención se
renueva la catexis y, y finalmente tiene lugar una descarga a partir de las neuronas
motrices de la vía del lenguaje. Cabe preguntarse ahora si este proceso significa para el
yo una considerable pérdida de cantidad (Qh), o si el gasto consumido por el
pensamiento es relativamente leve. La respuesta a esta cuestión nos es sugerida por el
hecho de que las inervaciones del lenguaje derivadas en el curso del pensamiento son
evidentemente muy pequeñas. No hablamos realmente [al pensar], como tampoco nos
movemos realmente cuando nos representamos una imagen de movimiento. Pero la
diferencia entre imaginación y movimiento es sólo cuantitativa, como nos lo han
enseñado las experiencias de «lectura del pensamiento». Cuando pensamos con
intensidad realmente podemos llegar a hablar en voz alta. Pero ¿cómo es posible
efectuar descargas tan pequeñas si, como sabemos, las cantidades pequeñas (Qh) no
pueden cursar y las grandes se nivelan en masa a través de las neuronas motrices?
Es probable que las cantidades afectadas por el desplazamiento en el proceso
cogitativo no sean de considerable magnitud. En primer lugar, el gasto de grandes
cantidades (Qh) significaría para el yo una pérdida que debe ser limitada en la medida de
lo posible, dado que la cantidad (Qh) es requerida para la acción específica, tan exigente.
En segundo lugar, una cantidad considerable (Qh) recorrería simultáneamente varias
vías asociativas, con lo cual no dejaría tiempo suficiente para la catectización del
pensamiento y causaría además un gasto considerable. Por consiguiente, las cantidades
(Qh) que cursan durante el proceso del pensamiento deben ser forzosamente reducidas.
No obstante [*], de acuerdo con nuestra hipótesis, la percepción y el recuerdo deben
estar hipercatectizados en el proceso del pensamiento, y deben estarlo en medida más
intensa que en la percepción simple. Además, existen diversos grados de intensidad de la
atención, lo que sólo podemos interpretar en el sentido de que existen diversos grados de
intensificación de las cantidades catectizantes (Qh). En tal caso el proceso de la
vigilancia observadora [de las asociaciones] sería precisamente tanto más difícil cuanto
más intensa fuese la atención, lo que sería tan inadecuado que ni siquiera podemos
admitirlo.
Así nos encontramos frente a dos requerimientos aparentemente contradictorios:
fuerte catexis y débil desplazamiento. Si quisiéramos armonizarlos nos veríamos
obligados a admitir algo que podría calificarse como un estado de «ligadura» [*] en las
neuronas, que aun en presencia de una catexis elevada permite sólo una escasa corriente.
Esta hipótesis se torna más verosímil considerando que la corriente en una neurona es
evidentemente afectada por las catexis que la rodean. Ahora bien: el propio yo es una
masa de neuronas de esta especie que mantienen fijadas sus catexis; es decir, que se
encuentran en estado de ligadura, cosa que evidentemente sólo puede ser el resultado de
su influencia mutua. Por tanto, bien podemos imaginarnos que una neurona perceptiva,
catectizada con atención, sea por ello en cierto modo transitoriamente absorbida por el
yo, y que desde ese momento se encuentre sujeta a la misma ligadura de su cantidad
(Qh) que afecta a todas las demás neuronas yoicas. Si es catectizada más intensamente la
cantidad (Q) de su corriente puede quedar disminuida en consecuencia, y no
necesariamente aumentada (?). Podemos imaginarnos, verbigracia, que en virtud de esta
ligadura sea librada a la corriente precisamente la cantidad externa (Q), mientras que la
catexis de la atención quede ligada; un estado de cosas que no necesita ser, por cierto,
permanente.
Así, el proceso del pensamiento quedaría mecánicamente caracterizado por esta
condición de «ligadura» que combina una elevada catexis con una reducida corriente [de
cantidad]. Cabe imaginar otros procesos en los cuales la corriente sea proporcional a la
catexis, o sea, procesos con descarga no inhibida.
Espero que la hipótesis de semejante estado de «ligadura» demuestre ser
mecánicamente sostenible. Quisiera ilustrar las consecuencias psicológicas a que
conduce dicha hipótesis. Ante todo, parecería adolecer de una contradición interna, pues
si el estado de «ligadura» significa que en presencia de una catexis de esta especie sólo
restan pequeñas cantidades (Q) para efectuar desplazamientos, ¿cómo puede dicho
estado llegar a incluir nuevas neuronas; es decir, a hacer pasar grandes cantidades (Q)
hacia nuevas neuronas? Planteando la misma dificultad en términos más simples: ¿cómo
fue posible que se desarrollara siquiera un yo así constituido?
De esta manera nos encontramos inesperadamente ante el más oscuro de todos los
problemas: el origen del yo; es decir, de un complejo de neuronas que mantienen fijada
su catexis, o sea, que constituyen por breves períodos un complejo con nivel constante
[de cantidad] [*]. La consideración genética de este problema será la más promisora.
Originalmente el yo consiste en las neuronas nucleares, que reciben cantidad endógena
(Qh) por las vías de conducción y que la descargan por medio de la alteración interna.
La «vivencia de satisfacción» procura a este núcleo una asociación con una percepción
(la imagen desiderativa) y con una noticia de movimiento (la porción refleja de la acción
específica). La educación y el desarrollo de este yo primitivo tienen lugar en el estado
repetitivo del deseo, o sea, en los estados de expectación. El yo comienza por aprender
que no debe catectizar las imágenes motrices (con la descarga consiguiente), mientras no
se hayan cumplido determinadas condiciones por parte de la percepción. Aprende
además que no debe catectizar la idea desiderativa por encima de cierta medida, pues si
así lo hiciera se engañaría a sí mismo de manera alucinatoria. Si respeta, empero, estas
dos restricciones y si dirige su atención hacia las nuevas percepciones, tendrá una
perspectiva de alcanzar la satisfacción perseguida. Es claro entonces que las
restricciones que impiden al yo catectizar la imagen desiderativa y la imagen motriz por
encima de cierta medida son la causa de una acumulación de cantidad (Qh) en el yo y
parecerían obligarlo a transferir su cantidad (Qh), dentro de ciertos límites, a las
neuronas que se encuentren a su alcance.
Las neuronas nucleares hipercatectizadas inciden, en última instancia; sobre las
vías de conducción desde el interior del cuerpo, que se han tornado permeables en virtud
de su continua repleción con cantidad (Qh); debido a que son prolongaciones de estas
vías de conducción, las neuronas nucleares también deben quedar llenas de cantidad
(Qh). La cantidad que en ellas exista se derivará en proporción a las resistencias que se
opongan a su curso, hasta que las resistencias más próximas sean mayores que la
fracción de cantidad [Qh] disponible para la corriente. Pero una vez alcanzado este
punto, la totalidad de la masa catéctica se encontrará en un estado de equilibrio,
sostenida, de una parte, por las dos barreras contra la motilidad y el deseo; de la otra
parte, por las resistencias de las neuronas más lejanas, y hacia el interior, por la presión
constante de las vías de conducción. En el interior de esta estructura que constituye el yo
la catexis no será, en modo alguno, igual por doquier; sólo necesita ser
proporcionalmente igual; es decir, en relación con las facilitaciones. [Véase el parágrafo
19].
Si el nivel de catectización asciende en el núcleo del yo, la amplitud de éste podrá
dilatarse, mientras que si desciende, el yo se constreñirá concéntricamente. En un nivel
determinado y en una amplitud determinada del yo no habrá obstáculo alguno contra el
desplazamiento [de catexis] dentro del territorio catectizado.
Sólo queda por averiguar ahora cómo se originan las dos barreras que garantizan
el nivel constante del yo, en particular el de las barreras contra las imágenes de
movimiento que impiden la descarga. Aquí nos encontramos ante un punto decisivo para
nuestra concepción de toda la organización. Sólo podemos decir que cuando aún no
existía esta barrera y cuando, junto con el deseo, producíase también la descarga motriz,
el placer esperado debió de faltar siempre y el desencadenamiento continuo de estímulos
endógenos concluyó por causar displacer. Sólo esta amenaza de displacer, vinculada a la
descarga prematura, puede corresponder a la barrera que aquí estamos considerando. En
el curso del desarrollo ulterior la facilitación asume una parte de la tarea [de llevar a
cabo las restricciones]. Sigue en pie, sin embargo, el hecho de que la cantidad (Qh) en el
yo se abstiene de catectizar, sin más ni más, las imágenes motrices, pues si así lo hiciera
llevaría a un desencadenamiento de displacer.
Todo lo que aquí describo como una adquisición biológica del sistema neuronal
me lo imagino representado por semejante amenaza de displacer, cuyo efecto consistiría
en que no sean catectizadas aquellas neuronas que conducen al desencadenamiento de
displacer. Esto constituye la defensa primaria, lógica consecuencia de la tendencia
básica del sistema neuronal [parágrafo 1 de la primera parte]. El displacer sigue siendo
el único medio de educación. No atino a decidir, por supuesto, cómo podríamos explicar
mecánicamente dicha defensa primaria, esa no-catectización por amenaza de displacer.
De aquí en adelante me atreveré a omitir toda representación mecánica de tales
reglas biológicas basadas en la amenaza de displacer; me conformaré con poder dar,
fundándome en ellas, una descripción admisible y consecuente del desarrollo.
Existe sin duda una segunda regla biológica derivada por abstracción del proceso
de expectación: la de que es preciso dirigir la atención a los signos de cualidad (porque
éstos pertenecen a percepciones que podrían conducir a la recién surgida). En suma, el
mecanismo de la atención tendrá que deber su origen a una regla biológica de esta
naturaleza que regule el desplazamiento de las catexis del yo [*].
Podríase objetar que tal mecanismo, actuando con ayuda de los signos de
cualidad, es superfluo. El yo -se argumentará- podría haber aprendido biológicamente a
catectizar por sí solo la esfera perceptiva en el estado de expectación, en vez de esperar
que los signos de cualidad lo conduzcan a tal catectización. No obstante, podemos
señalar dos puntos en justificación del mecanismo de atención: 1) el sector de los signos
de descarga emanados del sistema W (w) es a todas luces menor y comprende menos
neuronas que el sector de la percepción; es decir, de todo el pallium de y que está
conectado con los órganos sensoriales. Por consiguiente, el yo se ahorra un
extraordinario gasto si mantiene catectizada la descarga en lugar de la percepción. 2)
Los signos de descarga o los signos de cualidad también son originariamente signos de
realidad, destinados a servir precisamente a la distinción entre las catexis de
percepciones reales y las catexis de deseos. Vemos, pues, que no es posible prescindir
del mecanismo de atención. Además, éste siempre consiste en que el yo catectiza
aquellas neuronas en las que ya ha aparecido una catexis.
Mas la regla biológica de la atención, en la medida en que concierne al yo, es la
siguiente: cuando aparezca un signo de realidad, la catexis perceptiva que exista
simultáneamente deberá ser hipercatectizada. He aquí la segunda regla biológica; la
primera era la de la defensa primaria.
[2]
De lo que antecede podemos derivar asimismo algunas insinuaciones generales
para la explicación mecánica, como, por ejemplo, aquella que ya mencionamos, en el
sentido de que la cantidad externa no puede ser representada por Qh, o sea, por cantidad
psíquica. En efecto, de la descripción del yo y de sus oscilaciones se desprende que
tampoco el nivel [de catexis] tiene relación alguna con el mundo exterior, o sea, que su
reducción o elevación generales nada modifican, normalmente, en la imagen del mundo
exterior. Dado que esta imagen se basa en facilitaciones, ello significa que las
oscilaciones generales del nivel [de cantidad] nada modifican tampoco en dichas
facilitaciones. Ya hemos mencionado también un segundo principio: el de que
cantidades pequeñas pueden ser desplazadas con mayor facilidad cuando el nivel es alto
que cuando es bajo. He aquí unos pocos puntos a los cuales habrá de ajustarse la
caracterización del movimiento neuronal, absolutamente desconocido todavía para
nosotros.
Retornemos ahora a nuestra descripción del proceso del pensamiento observador o
cognoscitivo. En él, al contrario de lo que ocurre en los procesos de expectación, las
percepciones no inciden sobre catexis desiderativas, o sea, que son los primeros signos
de realidad los que dirigen la atención del yo hacia la región perceptiva que habrá de ser
catectizada. El decurso asociativo de la cantidad (Q) que [las percepciones] traen
consigo tiene lugar por neuronas que ya están precatectizadas, y en cada pasaje vuelve a
liberarse la Qj (la cantidad perteneciente a las neuronas j), que es desplazada [a lo largo
de esas neuronas precatectizadas]. Durante este decurso asociativo se generan los signos
de cualidad (del lenguaje), a consecuencia de los cuales el decurso asociativo se
consciencia y se torna reproducible.
Una vez más podríase cuestionar aquí la utilidad de los signos cualitativos
argumentando que lo único que hacen es inducir al yo a enviar una catexis hacia un
punto en el que la catexis surgiría de todos modos durante el decurso asociativo. Pero no
son ellos mismos los que proveen estas cantidades catectizantes (Qh), sino que a lo
sumo aportan a ellas, y siendo esto así, el propio yo podría sin su ayuda hacer que su
catexis corriera a lo largo del curso adoptado por la cantidad (Q).
No cabe duda que esto es muy cierto, pero la consideración de los signos de
cualidad no es, por ello, superflua. En efecto, cabe destacar que la regla biológica de la
atención que acabamos de establecer es una abstracción derivada de la percepción y que
en un principio sólo rige para los signos de realidad. También los signos de descarga por
medio del lenguaje son, en cierto sentido, signos de realidad -aunque sólo signos de la
realidad cogitativa y no de la exterior [*]-; pero en modo alguno ha podido imponerse
para estos signos de realidad cogitativa una regla biológica como la que estamos
considerando, ya que su violación no entrañaría ninguna amenaza constante de
displacer. El displacer producido al pasar por alto el (re)conocimiento no es tan flagrante
como el que se genera al ignorar el mundo exterior, aunque ambos casos son, en el
fondo, uno y el mismo. Así, pues, existe realmente una especie de proceso cogitativo
observador, en el que los signos de cualidad nunca son evocados, o únicamente lo son en
forma esporádica, siendo posibilitado dicho proceso porque el yo sigue automáticamente
con sus catexis el decurso asociativo. Ese proceso cogitativo hasta es, con mucho el más
frecuente de todos, y en modo alguno puede considerárselo anormal es nuestro
pensamiento de tipo común; inconsciente, pero con ocasionales irrupciones a la
consciencia; en suma, es el denominado «pensamiento consciente», con eslabones
intermedios inconscientes que pueden, empero, ser conscienciados [*].
No obstante, el valor de los signos cualitativos para el pensamiento es
incuestionable. En primer lugar, la suscitación de signos de cualidad intensifica las
catexis en el decurso asociativo y asegura la atención automática, que, si bien no
sabemos cómo, está evidentemente vinculada a la emergencia de catexis. Además -lo
que parece ser más importante- la atención dirigida a los signos cualitativos asegura la
imparcialidad del decurso de asociación. En efecto, al yo le resulta muy difícil colocarse
en la situación del puro y simple «investigar» [explorar]. El yo casi siempre tiene catexis
intencionales [*] o desiderativas, cuya presencia durante la actividad exploradora
influye, como veremos más adelante sobre el curso de asociación, produciendo así un
falso conocimiento de las percepciones. Ahora bien: no existe ninguna protección mejor
contra esta falsificación por el pensamiento que la de una cantidad normalmente
desplazable (Qh) que sea dirigida por el yo hacia una región incapaz de manifestar (es
decir, de provocar) ninguna desviación semejante del decurso asociativo. Sólo existe un
expediente de esta clase: la orientación de la atención hacia los signos de cualidad, pues
éstos no equivalen a ideas intencionales, sino que, por el contrario, su catectización
acentúa todavía más el decurso asociativo, al contribuir con nuevos aportes de la
cantidad catectizante.
Por tanto, el pensamiento que es acompañado por la catectización de los signos de
realidad cogitativa o de los signos de lenguaje representa la forma más alta y segura del
proceso cogitativo cognoscitivo.
Dado que la suscitación de signos cogitativos es evidentemente útil, podemos
presumir la existencia de dispositivos especialmente destinados a asegurarla. En efecto,
los signos de pensamiento no surgen espontáneamente y sin la colaboración de y, a
diferencia de los signos de realidad. La observación nos demuestra al respecto que
dichos dispositivos no tienen en todos los procesos cogitativos la misma efectividad que
poseen en los exploradores. Una condición previa para la suscitación de signos
cogitativos es, en principio, su catectización con atención en tales condiciones esos
signos surgen en virtud de la ley según la cual la facilitación queda mejorada entre dos
neuronas conectadas y simultáneamente catectizadas, No obstante, la atracción ofrecida
por la precatectización de los signos cogitativos sólo tiene hasta cierto punto la fuerza
suficiente para superar otras influencias. Así, por ejemplo, toda otra catexis vecina al
decurso asociativo (como una catexis intencional o afectiva), competirá con aquélla [con
la precatexis de atención] y tenderá a inconscienciar el decurso asociativo. Como lo
confirma la experiencia, será producido un efecto similar si las cantidades que
intervienen en el decurso asociativo son más considerables, pues elevarán el caudal de la
corriente y acelerará con ello todo el decurso. La expresión cotidiana de que «algo
ocurrió en uno con tal rapidez que uno ni siquiera se dio cuenta» es, sin duda,
absolutamente correcta, y también es un hecho sabido que los afectos pueden interferir
la suscitación de los signos cogitativos.
De todo esto se desprende una nueva regla para nuestra descripción mecánica de
los procesos psíquicos: la de que el decurso asociativo, que no puede ser alterado por el
nivel [de catexis], puede serlo, en cambio, por la propia magnitud de la cantidad (Q)
fluente. En términos generales, una cantidad (Q) de gran magnitud adopta, a través de la
red de facilitaciones, una vía distinta que la seguida por una cantidad menor. Creo que
no será difícil ilustrar esta circunstancia.
Para cada barrera hay un valor umbral por debajo del cual ninguna cantidad (Q)
puede pasar, ni mucho menos una fracción de la misma. Dichas cantidades demasiado
pequeñas [subliminales] (Q) se distribuirán por otras dos vías cuyas facilitaciones
alcancen a superar. Pero si la cantidad (Q) aumenta, también la primera vía podrá entrar
en función, facilitando el pasaje de las fracciones que le correspondan; además, las
catexis que excedan de la barrera ahora superable también podrán llegar a hacerse sentir.
Aún existe otro factor susceptible de adquirir importancia. Cabe admitir que no todas las
vías de una neurona sean receptivas para una cantidad (Q) [en un momento dado. (Nota
del T.)], y esta diferencia puede considerarse como la anchura de vía. La anchura de vía
es en sí misma independiente de la resistencia, pues esta última puede ser alterada por la
cantidad en decurso (Abq) [*], mientras que la anchura de vía permanece constante.
Supongamos ahora que al aumentar la cantidad (Q) se abra una vía que pueda hacer
sentir su anchura, caso en el cual advertiremos la posibilidad de que el decurso de la
cantidad (Q) sea fundamentalmente alterado por un aumento en la magnitud de la
cantidad (Q) fluente. La experiencia cotidiana parece corroborar expresamente esta
conclusión.
Así, la suscitación de los signos cogitativos parece estar subordinada al pasaje de
pequeñas cantidades (Q). Con esto no pretendo afirmar que todo otro tipo de pasaje deba
quedar inconsciente, pues la suscitación de los signos de lenguaje [*] 167) no es el único
camino para la conscienciación.
¿Cómo podemos representarnos gráficamente, empero, aquel tipo de pensamiento
que se consciencia esporádicamente, es decir, las ocurrencias repentinas? Recordemos
que nuestro común pensamiento errátil [no intencional], aunque es acompañado por
precatectización y por atención automática, no da mayor importancia a los signos
cogitativos, ni se ha demostrado biológicamente que éstos sean imprescindibles para el
proceso. No obstante, suelen aparecer: 1) cuando el curso liso y llano [de asociación]
llega a un término o tropieza con un obstáculo; 2) cuando suscita una idea que, en virtud
de otras razones, evoca signos cualitativos, es decir, consciencia. Llegado aquí, empero,
he de abandonar la presente exposición.
[3]
Existen, evidentemente, otras formas del proceso cogitativo que no persiguen el
desinteresado fin del (re)conocimiento, sino algún otro fin de índole práctica. Así, el
estado de expectación, a partir del cual se desarrolló el pensamiento en general, es un
ejemplo de este segundo tipo de pensamiento. En él se retiene firmemente una catexis
desiderativa, mientras que una segunda catexis, perceptiva, emerge y es perseguida con
atención. Pero el propósito de este proceso no es descubrir adónde conducirá en general
[dicha catexis perceptiva], sino averiguar por qué vías conducirá a la activación de la
catexis desiderativa que en el ínterin ha sido retenida. Este tipo de proceso cogitativo -
biológicamente más primitivo- puede ser fácilmente representado basándonos en
nuestras hipótesis. Sea + V la idea desiderativa que se mantiene especialmente
catectizada, y W 168) la percepción que habrá de ser perseguida: en tal caso el primer
resultado de la catectización atentiva de W consistirá en que la Qj [la cantidad
perteneciente a las neuronas j] fluya hacia la neurona a, la mejor facilitada; de ésta
pasaría una vez más a la mejor vía, si no fuese interferida por la existencia de catexis
colaterales. Si de a partiesen tres vías -b, c y d, en el orden de su [grado de] facilitacióny
si d estuviera situada en la vecindad de la catexis desiderativa + V, el resultado bien
podría ser que la Qj, a pesar de las facilitaciones, no fluyera hacia c y b, sino hacia d, y
de allí hacia + V, revelándose así que la vía buscada era W -a - d - + V. Vemos actuar
aquí el principio, que ya hemos admitido hace tiempo [parágrafo 11 de la primera parte],
de que la catexis puede no seguir la facilitación, o sea, que también puede actuar contra
ella y que, en consecuencia, la catexis colateral puede modificar el decurso de cantidad
[Qh]. Dado que las catexis son modificables, está dentro del arbitrio del yo cambiar el
curso adoptado desde W en el sentido de cualquier catexis intencional.
Bajo «catexis intencional» cabe entender aquí, no una catexis uniforme, como la
que afecta todo un sector en el caso de la atención, sino una catexis en cierto modo
«enfatizante», que sobresale por encima del nivel yoico. Probablemente sea preciso
admitir que en este tipo de pensamiento con catexis intencionales simultáneamente fluye
también cantidad [Qh] desde + V, de modo que el decurso [asociativo] desde W puede
ser influido, no sólo por + V, sino también por los puntos sucesivos que recorre. La
única diferencia es, en tal caso, que la vía desde + V … es conocida y está fijada,
mientras que la vía que parte de W … a… es desconocida y aún debe ser descubierta.
Dado que en realidad nuestro yo siempre alimenta catexis intencionales -a menudo hasta
muchas al mismo tiempo-, podemos comprender ahora la dificultad de llevar a cabo un
pensamiento puramente cognoscitivo, así como la posibilidad de alcanzar en el curso del
pensamiento práctico las vías más dispares, en distintos momentos, bajo distintas
circunstancias y por distintas personas.
El pensamiento práctico también nos permite apreciar en su justo valor las
dificultades del pensamiento en general, que ya conocemos por propia experiencia.
Retomemos nuestro ejemplo anterior, en el que la corriente Qj fluiría naturalmente
[siguiendo las facilitaciones] hacia b y c, mientras que d sobresale por su estrecha
conexión con la catexis intencional o con la idea derivada de ella. Puede ocurrir
entonces que la influencia de la facilitación a favor de b…c sea tan considerable, que
supere ampliamente la atracción hacia d… + V. A fin de que, no obstante, el decurso [de
asociación] se dirija hacia + V, sería necesario que la catexis de + V y de sus ideas
derivadas fuese intensificada aún más; quizá sería necesario también que la atención
hacia W fuese modificada en el sentido de alcanzar un mayor o menor grado de
«ligadura» y un nivel de corriente que sea más favorable a la vía d… + V. Tal gasto
requerido para superar buenas facilitaciones con el objeto de atraer la cantidad (Q) hacia
vías menos facilitadas, pero más próximas a la catexis intencional, corresponde
plenamente a la dificultad del pensamiento.
El papel desempeñado por los signos de cualidad en el pensamiento práctico
apenas difiere del que tienen en el pensamiento cognoscitivo. Los signos cualitativos
aseguran y fijan el decurso [asociativo]; pero no son absolutamente indispensables para
el mismo. Si reemplazamos las neuronas y las ideas individuales, respectivamente, por
complejos de neuronas y de ideas, nos topamos con una complejidad del pensamiento
práctico que se sustrae a toda posibilidad de descripción, aunque comprendemos que
precisamente en estos casos sería conveniente llegar a conclusiones rápidas [véase
parágrafo 4 de esta tercera parte]. En el curso del pensamiento práctico, empero, los
signos cualitativos no suelen ser plenamente suscitados, y es precisamente su completo
desarrollo el que sirve para amortiguar y complicar el decurso asociativo. Cuando dicho
curso desde una percepción particular a determinadas y particulares catexis intencionales
haya sido seguido repetidamente y se encuentre estereotipado por facilitaciones
mnemónicas, generalmente no existiría ya motivo alguno para la suscitación de los
signos de cualidad.
El fin del pensamiento práctico es [el establecimiento de] la identidad, es decir, el
desemboque de la catexis Qj, desplazada, en la catexis desiderativa, que en el ínterin
habrá sido firmemente retenida. Como consecuencia puramente biológica, cesa con ello
toda necesidad de pensar y se posibilita, en cambio, la plena y total inervación de las
imágenes motrices que hayan sido tocadas durante el pasaje [de cantidad], imágenes que
en tales circunstancias constituyen un elemento accesorio permisible de la acción
específica. Dado que durante el pasaje [de cantidad] la catexis de estas imágenes
motrices sólo era de carácter «ligado», y dado que el proceso cogitativo partió de una
percepción (W) que únicamente fue perseguida en calidad de imagen mnemónica, todo
el proceso cogitativo puede independizarse tanto del proceso expectacional como de la
realidad, progresando hacia la identidad sin experimentar modificación alguna. Así [el
proceso cogitativo] parte de una mera representación [idea], y ni siquiera lleva a la
acción una vez que ha concluido, pero [en el ínterin] habrá producido un conocimiento
práctico que, dada una oportunidad real, podrá ser utilizado. La experiencia demuestra,
en efecto, que conviene tener preparado el proceso cogitativo práctico cuando se lo
necesite en virtud de las condiciones de la realidad, y no tener que improvisarlo en tal
ocasión.
Ha llegado el momento de restringir una afirmación establecida anteriormente: la
de que la memoria de los procesos cogitativos sólo es posible gracias a los signos de
cualidad, ya que en otro caso no se podrían diferenciar sus trazas de las que dejan las
facilitaciones perceptivas. Podemos atenernos a que un recuerdo real no debería
modificarse, normalmente, al reflexionar sobre el mismo; pero, por otra parte, es
innegable que el pensar sobre un tema deja trazas extraordinariamente importantes para
una próxima reflexión al respecto [*], y es muy dudoso si tal resultado surge
exclusivamente de un pensar acompañado de signos cualitativos y de consciencia.
Deben existir, pues, facilitaciones cogitativas [facilitaciones del pensamiento], pero sin
que obliteren las vías asociativas originales. Como únicamente puede haber, empero,
facilitaciones de una sola clase, se podría pensar que estas dos conclusiones serían
incompatibles. No obstante, debe ser posible encontrar una manera de conciliarlas y de
explicarlas en el hecho de que todas las facilitaciones cogitativas sólo se originaron una
vez alcanzado un alto nivel [de catexis], y que probablemente también se hagan sentir
sólo en presencia de un alto nivel, mientras que las facilitaciones asociativas, originadas
en pasajes [de cantidad] totales o primarios, vuelven a exteriorizarse cuando se dan las
condiciones de un decurso libre [*] [de cantidad]. Con todo esto no se pretende negar,
sin embargo, todo posible efecto de las facilitaciones cogitativas sobre las asociativas.
Hemos logrado así la siguiente caracterización adicional del movimiento
neuronal, todavía desconocido. La memoria consiste en facilitaciones. Las facilitaciones
no son modificadas por un aumento del nivel [de catexis]; pero existen facilitaciones que
sólo funcionan en un nivel particular. La dirección adoptada por el pasaje [de cantidad]
no es alterada, en un principio, por el cambio de nivel; pero sí lo es por la cantidad de la
corriente y por las catexis colaterales. Cuando el nivel es alto, las cantidades pequeñas
(Q) son las más fácilmente desplazables.
Junto al pensamiento cognoscitivo y al pensamiento práctico, debemos diferenciar
un pensamiento reproductivo o recordante, que en parte coincide con el práctico, pero
que no lo cubre totalmente. Este recordar es la condición previa de todo examen
realizado por el pensamiento crítico; persigue un determinado proceso cogitativo en
sentido retrógrado, retrocediendo posiblemente hasta una percepción, y al hacerlo
procede, una vez más, sin un fin dado (en contraste con el pensamiento práctico) y
recurriendo copiosamente a los signos de cualidad. En este curso retrógrado el proceso
se encuentra con eslabones intermedios que hasta entonces permanecieron inconscientes
y que no dejaron tras de si ningún signo de cualidad, pero cuyos signos cualitativos
emergerán posteriormente [ex post facto. I.]. De esto se desprende que el decurso
cogitativo puede dejar trazas por si mismos, sin necesidad de signos cualitativos. Claro
está que en algunos casos parecería que ciertos trechos [de un tren de ideas] sólo pueden
ser conjeturados porque sus puntos inicial y terminal están dados por signos de cualidad.
La reproductibilidad de los procesos cogitativos sobrepasa ampliamente, en todo
caso, la de sus signos de cualidad; pueden ser conscienciados a posteriori, aunque el
resultado de un decurso cogitativo quizá deje trazas con mayor frecuencia que sus
estadios intermedios.
En el decurso del pensamiento, sea éste cognoscitivo, crítico o práctico, pueden
ocurrir múltiples y variados sucesos que merecen una descripción. El pensamiento puede
conducir al displacer o puede llevar a la contradicción.
Examinemos el caso de que el pensamiento práctico, acompañado por catexis
intencionales, lleve a un desencadenamiento de displacer. La experiencia cotidiana nos
enseña que semejante suceso actúa como obstáculo para el proceso cogitativo. ¿Cómo es
posible entonces que ocurra siquiera? Si un recuerdo genera displacer al ser catectizado,
ello se debe, en términos muy generales, al hecho de que en su oportunidad, cuando
acaeció, la percepción correspondiente generó displacer, o sea, que formó parte de una
vivencia de dolor. La experiencia demuestra también que las percepciones de esta clase
atraen un alto grado de atención, pero que no suscitan tanto sus propios signos de
cualidad, sino más bien los de la reacción que dichas percepciones desencadenan; por
tanto, están asociadas con sus propias manifestaciones de afecto y de defensa. Si
perseguimos las visicitudes de tales percepciones una vez que se han convertido en
imágenes mnemónicas, comprobamos que sus primeras repeticiones todavía despiertan
afecto, tanto como displacer, pero que con el correr del tiempo pierden esta capacidad.
Simultáneamente experimentan otra transformación. Al principio conservan el carácter
de las cualidades sensoriales; pero cuando dejan de ser capaces de suscitar afectos
pierden también dichas cualidades sensoriales y se asemejan progresivamente a otras
imágenes- mnemónicas. Si un tren de ideas se topa con aquel tipo de imagen mnemónica
aún «indómita», se generan los signos cualitativos que le corresponden -a menudo de
carácter sensorial-, además de sensaciones displacenteras y de tendencias a la descarga,
cuya combinación caracteriza un afecto determinado, y con esto queda interrumpido el
curso del pensamiento.
¿Qué podría ocurrir con los recuerdos susceptibles de generar afecto, para que
concluyan por quedar dominados? No cabe suponer que el «tiempo» debilite su
capacidad de repetir la generación de afecto, dado que normalmente dicho factor
contribuye más bien a intensificar una asociación. Es evidente que a esas repeticiones
debe ocurrirles, en el «tiempo», algo que lleve al sometimiento de los recuerdos, y ese
algo sólo puede consistir en que [los recuerdos] lleguen a ser dominados por alguna
relación con el yo o con las catexis del yo. Si dicho proceso tarda en estos casos más de
lo que tarda normalmente, es preciso encontrarle un motivo particular; en efecto, tal
motivo radica en el origen de esos recuerdos capaces de generar afecto. Siendo trazas de
vivencias de dolor, han estado catectizados (de acuerdo con nuestra hipótesis del dolor)
con excesiva Qj [cantidad perteneciente a las neuronas j] y han adquirido una excesiva
facilitación hacia el desencadenamiento de displacer y de afecto. Por consiguiente,
deberán recibir del yo una «ligadura» especialmente considerable y reiterada, a fin de
poder compensar esa facilitación hacia el displacer.
El hecho de que los recuerdos sigan teniendo carácter alucinatorio durante tan
largo tiempo, también requiere una explicación, que sería de importancia precisamente
para nuestro concepto de la alucinación misma. Es lógico suponer que la capacidad de
un recuerdo para generar alucinaciones, como su capacidad de generar afectos, son
signos de que la catexis del yo todavía no ha adquirido ninguna influencia sobre el
recuerdo y de que en éste predominan los métodos primarios de descarga y el proceso
total o primario.
Estamos obligados a suponer que en los estados de alucinamiento la cantidad (Q)
fluye retrógradamente hacia j, y con ello hacia W (w); por tanto, una neurona ligada no
permite tal reflujo. Cabe preguntarse también si lo que posibilita dicho reflujo es la
excesiva magnitud de la cantidad que catectiza el recuerdo, pero aquí debemos recordar
que tal cantidad considerable (Q) únicamente se encuentra en la primera ocasión, en la
vivencia misma del dolor. Al producirse sus repeticiones sólo nos encontramos ante
catexis mnemónicas de magnitud habitual, que, no obstante, genera alucinación y
displacer. Sólo podemos presumir que lo logran en virtud de una facilitación
extraordinariamente intensa. De ello se desprende que una cantidad j de magnitud
común basta perfectamente para asegurar el reflujo y para excitar la descarga, con lo
cual gana importancia el efecto inhibidor de la ligadura por el yo.
Finalmente se logrará catectizar el recuerdo del dolor en forma tal que ya no
pueda exhibir reflujo alguno y que sólo pueda desencadenar un mínimo displacer. Estará
entonces dominado, y lo estará por una facilitación cogitativa suficientemente poderosa
para sostener un efecto permanente y para volver a ejercer una inhibición cada vez que
se repita posteriormente dicho recuerdo. La vía que conduce al desencadenamiento de
displacer aumentará gradualmente su resistencia en virtud del desuso, pues las
facilitaciones están sujetas a una gradual decadencia (es decir, al olvido). Sólo una vez
que esto haya ocurrido, el recuerdo habrá llegado a ser un recuerdo dominado, como
otro cualquiera.
Parece, empero, que este proceso de sometimiento del recuerdo deja tras de sí
rastros permanentes en el proceso cogitativo. Dado que antes quedaba interrumpido el
curso del pensamiento cada vez que se activaba la memoria, y se suscitaba displacer,
surge ahora una tendencia a inhibir el curso del pensamiento en cuanto al recuerdo
sometido genere su traza de displacer. Esta tendencia es muy conveniente para el
pensamiento práctico, pues un eslabón intermedio que lleve al displacer, de ningún
modo puede hallarse en la vía perseguida hacia la identidad con la catexis desiderativa.
Así surge una defensa cogitativa primaria, que en el pensamiento práctico toma el
desencadenamiento de displacer como señal de que una vía determinada habrá de ser
abandonada, es decir, de que la catexis de la atención deberá dirigirse en otro sentido
[*]. Aquí, una vez más, es el displacer el que dirige la corriente de cantidad (Qh), tal
como lo hizo de acuerdo con la primera regla biológica. Se podría preguntar por qué esta
defensa cogitativa no se dirigió contra el recuerdo cuando aún era capaz de generar
afecto. Cabe presumir, sin embargo, que en esa oportunidad se le opuso la segunda regla
biológica, la regla que postula la atención frente a todo signo de realidad y la memoria
aún indómita era perfectamente susceptible de imponer la producción de signos reales de
cualidad. Como vemos, ambas reglas se concilian perfectamente en un mismo propósito
práctico.
Es interesante observar cómo el pensamiento práctico se deja guiar por la regla
biológica de defensa. En el pensamiento teorético (cognoscitivo y crítico) ya no se
comprueba la intervención de dicha regla. Esto es comprensible, pues en el pensamiento
intencional se trata de encontrar un camino cualquiera, pudiéndose descartar todos los
que estén afectados de displacer, mientras que en el pensamiento teorético habrán de ser
explorados todos los caminos.
[4]
Cabe preguntarse todavía cómo es posible que ocurra el error en el curso del
pensamiento. ¿Qué es el error?
Tendremos que examinar aún más detenidamente el proceso del pensamiento. El
pensamiento práctico, del que procede todo pensamiento, sigue siendo también la meta
final de todo proceso cogitativo. Todas las demás formas son derivados de aquél. Es una
evidente ventaja si la conversión cogitativa que tiene lugar en el pensamiento práctico ha
podido ser cumplida de antemano y no necesita ser realizada una vez surgido el estado
de expectación, pues: 1) se gana un tiempo que podrá ser dedicado a la elaboración de la
acción específica; 2) el estado de expectación está lejos de ser particularmente favorable
al decurso cogitativo. El valor de la prontitud durante el breve intervalo que media entre
la percepción y la acción se evidencia considerando la celeridad con que cambian las
percepciones. Si el proceso del pensamiento ha persistido demasiado, su resultado se
habrá invalidado en el ínterin. Por tal razón, premeditamos.
El primero de los procesos cogitativos derivados [del pensamiento práctico] es el
de la judicación, a la cual el yo llega gracias a algo que descubre en su propia
organización: gracias a la ya mencionada coincidencia parcial entre las catexis
perceptivas y las noticias del propio cuerpo. En virtud de ella, los complejos perceptivos
se dividen en una parte constante e incomprendida -la cosa- y una parte cambiante y
comprensible: los atributos o movimientos de la cosa. Dado que el «complejo-cosa»
sigue reapareciendo en combinación con múltiples «complejos-atributo», y éstos, a su
vez, en combinación con múltiples «complejos-cosa», se da la posibilidad de elaborar
vías de pensamiento que lleven de estos dos tipos de complejos hacia el «estado de
cosa» deseado, de una manera que tenga, en cierto modo, validez general y que sea
independiente de la circunstancial y momentánea percepción real [*]. La actividad
cogitativa realizada con juicios, en lugar de complejos perceptivos desordenados,
significa, pues, una considerable economía. Pasamos por alto aquí la cuestión de si la
unidad psicológica así alcanzada también está representada en el decurso del
pensamiento por una unidad neuronal correspondiente y si ésta es otra que la unidad de
la imagen verbal.
El error puede inmiscuirse ya en el establecimiento del juicio. En efecto, los
complejos-cosa a los complejos-movimiento no son nunca totalmente idénticos, y entre
sus elementos discrepantes puede haber algunos cuya omisión vicie el resultado en la
realidad. Este defecto del pensamiento tiene su origen en la tendencia (que
efectivamente estamos imitando aquí) a sustituir el complejo por una neurona única,
tendencia a la que nos impele la inmensa complejidad [del material]. He aquí las
equivocaciones del juicio por defectos de las premisas.
Otra fuente de error puede radicar en la circunstancia de que los objetos
perceptivos de la realidad no sean percibidos completamente por hallarse fuera del
campo de los sentidos. He aquí los errores por ignorancia, ineludibles para para todo ser
humano. Cuando no es éste el caso, puede haber sido defectuosa la precatectización
psíquica (por haber sido distraído el yo de las percepciones) llevando a percepciones
imprecisas y a decursos cogitativos incompletos: he aquí los errores por atención
insuficiente.
Si ahora adoptamos, como material de los procesos cogitativos, los complejos ya
juzgados y ordenados, en vez de los complejos vírgenes, se nos ofrecerá la oportunidad
de abreviar el propio proceso cogitativo práctico. En efecto, si se ha demostrado que el
camino que lleva de la percepción a la identidad con la catexis desiderativa pasa por una
imagen motriz M, será biológicamente seguro que, una vez alcanzada dicha identidad,
esta M quedará totalmente inervada. La simultaneidad de la percepción con M creará
una intensa facilitación entre ambas, y toda próxima percepción evocará M sin
necesidad de ningún decurso asociativo. (Esto presupone, naturalmente, que sea posible
establecer en cualquier momento una conexión entre dos catexis.) Lo que originalmente
fue una conexión cogitativa laboriosamente establecida, conviértese ahora, merced a una
catectización total simultánea, en una poderosa facilitación. Sólo cabe preguntarse
acerca de ésta si sigue siempre la vía originalmente descubierta, o si puede recorrer una
línea de conexión más directa. Esto último parecería ser lo más probable y al mismo
tiempo lo más conveniente, pues evitaría la necesidad de fijar vías de pensamiento que
deben quedar disponibles para otras conexiones de la más diversa especie. Además, si la
vía cogitativa no está sujeta a la repetición, tampoco podrá esperarse en ella facilitación
alguna, y el resultado se fijará mucho mejor por medio de una conexión directa.
Quedaría por establecer, empero, de dónde procede la nueva vía, problema que seria
simplificado si ambas catexis, W y M, tuviesen una asociación común con una tercera.
La porción del proceso cogitativo que pasa de la percepción a la identidad, a
través de una imagen motriz, también podrá ser resaltada y suministrará un resultado
similar si la atención fija la imagen motriz y la pone en asociación con las percepciones,
que asimismo habrán vuelto a ser fijadas. También esta facilitación cogitativa se
restablecerá cuando ocurra un caso real.
En este tipo de actividad cogitativa, la posibilidad de errores no es obvia a primera
vista; pero no cabe duda de que se podrá adoptar una vía cogitativa inadecuada o que se
podrá resaltar un movimiento antieconómico, dado que, después de todo, en el
pensamiento práctico la selección depende exclusivamente de las experiencias
reproducibles.
Con el creciente número de recuerdos surgen cada vez nuevas vías de
desplazamiento. De ahí que se considere conveniente seguir todas las percepciones hasta
el final para hallar, entre todas las vías, las más favorables. Esta es la función del
pensamiento cognoscitivo, que así aparece como una preparación para el pensamiento
práctico, aunque en realidad sólo se haya desarrollado tardíamente de este último. Sus
resultados tienen valor para más de una especie de catexis desiderativa.
Los errores que pueden ocurrir en el pensamiento cognoscitivo son evidentes: la
parcialidad, cuando no se evitan las catexis intencionales, y la falta de integridad,
cuando no se han recorrido todos los caminos posibles. Claro está que en este caso es de
incalculable utilidad que los signos de cualidad sean evocados simultáneamente. Cuando
estos procesos cogitativos seleccionados son introducidos en el estado de expectación, es
posible que todo el decurso asociativo, desde su eslabón inicial hasta el terminal, pase
por los signos cualitativos, en vez de pasar por toda la extensión del pensamiento, y ni
siquiera es necesario que la serie cualitativa coincida entonces totalmente con la serie
cogitativa.
El displacer no desempeña ningún papel en el pensamiento teorético, de ahí que
éste también sea posible en presencia de recuerdos «dominados».
Quédanos por considerar otra forma de pensamiento: el crítico o examinador. Este
tipo de pensamiento es motivado cuando, a pesar de haberse obedecido todas las reglas,
el estado de expectación, con su acción especifica consiguiente, no lleva a la
satisfacción, sino al displacer. El pensamiento crítico, procediendo tranquilamente, sin
ninguna finalidad práctica y recurriendo a todos los signos de cualidad, trata de repetir
todo el decurso de cantidad (Qh) [*], con el fin de comprobar algún error de
pensamiento o algún defecto psicológico. El pensamiento crítico es un pensamiento
cognoscitivo que actúa sobre un objeto particular: precisamente sobre una serie de
pensamientos [cogitativa], ya hemos visto en qué pueden consistir estos últimos [¿los
defectos psicológicos? I.]; pero, ¿en qué consisten los errores lógicos?
Brevemente dicho, en la inconsideración de las reglas biológicas que gobiernan el
decurso cogitativo [las series de pensamientos]. Estas reglas establecen hacia dónde
debe dirigirse en cada ocasión la catexis de la atención y cuándo debe detenerse el
proceso del pensamiento. Están protegidas por amenazas de displacer, han sido ganadas
por la experiencia y pueden ser traducidas sin dificultad a las reglas de la lógica, lo que
habrá de ser demostrado en detalle. Por consiguiente, el displacer intelectual de la
contradicción, ante el que se detiene el pensamiento examinador [crítico], no es otra
cosa sino el displacer acumulado para proteger las reglas biológicas, que ahora es
activado por el proceso cogitativo incorrecto.
La existencia de estas reglas biológicas queda demostrada precisamente por la
sensación de displacer provocada por los errores lógicos [*].
En cuanto a la acción, sólo podremos imaginárnosla ahora como la catectización
total de aquellas imágenes motrices que hayan sido destacadas durante el proceso
cogitativo, y también quizá de aquellas que hayan formado parte de la porción arbitraria
[¿intencional? I.] de la acción especifica (siempre que haya existido un estado de
expectación). Aquí se renuncia al estado de ligadura y se retraen las catexis atentivas. En
cuanto a lo primero [el abandono del estado de ligadura], obedece sin duda a que el nivel
del yo ha caído inconteniblemente ante el primer pasaje [de cantidad] desde las neuronas
motrices. No se debe pensar, naturalmente, que el yo quede completamente descargado a
consecuencia de actos aislados, pues ello sólo podrá suceder en los actos de satisfacción
más exhaustivos. Es muy instructivo comprobar que la acción no tiene lugar por
inversión de la vía recorrida por las imágenes motrices, sino a lo largo de vías motrices
especiales. De ahí también que el afecto agregado al movimiento no sea necesariamente
el deseado, como debería serlo si se hubiese producido una simple inversión de la vía
original. Por eso es que en el curso de la acción debe efectuarse una nueva comparación
entre las noticias de movimiento entrantes y los movimiento ya precatectizados, y debe
producirse una excitación de las inervaciones correctoras, hasta alcanzar la identidad.
Aquí nos encontramos con la misma situación que ya comprobamos en el caso de las
percepciones, con la única diferencia de que aquí es menor la multiplicidad, mayor la
velocidad y existe una descarga constante y total, que allí faltaba por completo. Pero la
analogía es notable entre el pensamiento práctico y la acción eficiente. Esto nos
demuestra que las imágenes motrices son sensibles [sensoriales. I.]. Sin embargo, el
hecho peculiar de que en el caso de la acción sean adoptadas nuevas vías, en lugar de
recurrir a la inversión mucho más simple de la vía original, parece demostrar que el
sentido de conducción de los elementos neuronales está perfectamente fijado, al punto
que el movimiento neuronal quizá tenga distinto carácter en uno y en otro caso.
Las imágenes motrices son percepciones, y en calidad de tales poseen,
naturalmente, cualidad y despiertan consciencia. También es evidente que en ocasiones
pueden atraer la más considerable atención. Pero sus cualidades no son muy llamativas y
quizá no sean tan multiformes como las del mundo exterior; no están asociadas con
imágenes verbales, sino que en parte sirven más bien a esta asociación. Es preciso
recordar, sin embargo, que no proceden de órganos sensoriales altamente organizados y
que su cualidad es evidentemente monótona [véase el parágrafo 9 de la primera parte].