Actos sintomáticos y casuales

IX. -ACTOS SINTOMÁTICOS Y CASUALES
Los actos que hasta ahora hemos descrito y reconocido como ejecuciones de
intenciones inconscientes se manifestaban como perturbaciones de otros actos
intencionados y se ocultaban bajo la excusa de la torpeza. Los actos casuales de los
cuales vamos a tratar ahora no se diferencian de los actos de término erróneo más que en
que desprecian apoyarse en una intención consciente y, por tanto, no necesitan excusa ni
pretexto alguno para manifestarse. Surgen con una absoluta independencia y son
aceptados, naturalmente, porque no se sospecha de ellos finalidad ni intención alguna.
Se ejecutan estos actos «sin idea ninguna», por «pura casualidad» o por «entretener en
algo las manos», y se confía en que tales explicaciones bastarán a aquel que quiera
investigar su significación. Para poder gozar de esta situación excepcional tienen que
llenar estos actos, que no requieren ya la torpeza como excusa, determinadas
condiciones. Deben, pues, pasar inadvertidos; esto es, no despertar extrañeza ninguna y
producir efectos insignificantes.
Tanto en mí mismo como en otras personas he observado un buen número de
estos actos casuales, y después de examinar con todo cuidado cada una de las
observaciones por mí reunidas, opino que pueden denominarse más propiamente actos
sintomáticos, pues expresan algo que ni el mismo actor sospecha que exista en ellos, y
que regularmente no habría de comunicar a los demás, sino, por el contrario, reservaría
para sí mismo. Así, pues, estos actos, al igual que todos los otros fenómenos de que
hasta ahora hemos tratado, desempeñan eI papel de síntomas.
En el tratamiento psicoanalítico de los neuróticos es donde se puede observar
mayor número de tales actos, sintomáticos o casuales. Expondré aquí dos ejemplos de
dicha procedencia, en los cuales se ve cuán lejana y sutilmente es regida por
pensamientos inconscientes la determinación de estos actos tan poco llamativos. La línea
de demarcación entre los actos sintomáticos y los de término erróneo es tan indefinida,
que los ejemplos que siguen podrían lo mismo haber sido incluidos en el capítulo
anterior.
1) Una casada joven me relató durante una sesión del tratamiento psicoanalítico,
en la cual debía ir diciendo con libertad todo lo que fuera acudiendo a su mente, que el
día anterior, al arreglarse las uñas, «se había herido en la carne al querer empujar la
cutícula de una uña para hacerla desaparecer en la raíz de la misma». Este hecho es tan
poco interesante, que asombra que la sujeto lo recuerde y lo mencione, induciendo por lo
mismo a sospechar se trate de un acto sintomático. El dedo que sufrió el pequeñísimo
accidente fue el anular, dedo en el cual se acostumbraba llevar el anillo del matrimonio,
y, además, ello sucedió en el día aniversario de la boda de mi cliente, lo cual da la herida
de la fina cutícula una significación bien definida y fácil de adivinar. Al mismo tiempo
me relató también la paciente un sueño que había tenido y que aludía a la torpeza de su
marido y a su propia anestesia como mujer. Mas ¿por qué fue en el anular de la mano
izquierda en el que se hirió, siendo en el de la derecha donde se lleva el anillo de
matrimonio? Su marido era doctor en Derecho, y siendo ella muchacha había sentido un
secreto amor hacia un médico al que se sobrenombraba en broma «Doctor en
Izquierdo». También el término «matrimonio de la mano izquierda» tiene una
determinada significación.
2) Una joven soltera me dijo en una ocasión lo siguiente: «Ayer he roto, sin
querer, en dos pedazos un billete de cien florines y he dado una de las dos mitades a una
señora que había venido a visitarme. ¿Será esto también un acto sintomático?»
Examinando el caso aparecieron los siguientes detalles: la interesada dedicaba una parte
de su tiempo y de su fortuna a obras benéficas. Una de éstas era que, en unión de otra
señora, sufragaba los gastos de la educación de un huérfano. Los cien florines eran la
cantidad que dicha otra señora le había enviado para tal objeto, y que ella había metido
en un sobre y dejado provisionalmente encima del escritorio.
La visitante, una distinguida dama que colaboraba con ella en otras obras
caritativas, había ido a pedirle una lista de nombres de personas de las que se podían
solicitar apoyo para tales asuntos. No teniendo otro papel a mano, cogió mi paciente el
sobre que estaba encima del escritorio y, sin reflexionar en lo que contenía, lo rompió en
dos pedazos, de los cuales dio uno a su amiga con la lista de nombres pedida y conservó
el otro con un duplicado de dicha lista. Obsérvese la absoluta inocencia de este inútil
manejo. Sabido es que un billete no sufre ninguna minoración en su valor cuando se
rompe, siempre que pueda reconstituirse por entero con los pedazos, y no cabía duda de
que la señora no tiraría el trozo de sobre, dada la importancia que para ella tenían los
nombres en él consignados, ni tampoco cuando descubriera el medio billete se
apresuraría a devolverlo.
Pero entonces, ¿qué pensamientos inconscientes habían sido los que habían
encontrado su expresión en este acto casual, hecho posible por un olvido? La dama
visitante estaba en una bien definida relación con la cura que yo realizaba de la
enfermedad que su joven amiga padecía, pues había sido la que me había recomendado
como médico a la paciente, la cual, si no me equivoco, se halla muy agradecida a la
señora por tal indicación. ¿Debería acaso representar aquel medio billete un pago por su
mediación? Esto seguiría siendo aún muy extraño.
Mas a lo anterior se añadió nuevo material. Un día antes había preguntado una
mediadora de un género completamente distinto, a un pariente de la joven, si ésta quería
conocer a cierto caballero, y a la mañana siguiente, pocas horas antes de la visita de la
señora, había llegado una carta de declaración del referido pretendiente, carta que había
producido gran regocijo. Cuando la visitante comenzó después la conversación,
preguntando por su estado de salud a mi paciente, pudo ésta muy bien haber pensado:
«Tú me recomendaste el médico que me convenía; pero si ahora, y con igual acierto, me
ayudases a hallar un marido (y un hijo), te estaría aún más reconocida.» Este
pensamiento reprimido hizo que se confundieran, en una sola, las dos mediadoras, y la
joven alargó a la visitante los honorarios que en su fantasía estaba dispuesta a dar a la
otra. Teniendo en cuenta que la tarde anterior había yo hablado a mi paciente de los
actos casuales o sintomáticos, se nos mostrará la solución antedicha como la única
posible pues habremos de suponer que la joven aprovechó la primera ocasión que hubo
de presentársele para cometer uno de tales actos.
Puede intentarse formar una agrupación de estos actos casuales y sintomáticos, tan
extraordinariamente frecuentes, atendiendo a su manera de manifestarse y según sean
habituales, regulares en determinadas circunstancias o aislados. Los primeros (como el
juguetear con la cadena del reloj, mesarse la barba, etc.), que pueden considerarse como
una característica de las personas que lo llevan a cabo, están próximos a los numerosos
movimientos llamados «tics», y deben ser tratados en unión de ellos. En el segundo
grupo coloco el juguetear con el bastón, trazar garabatos con un lápiz que se tiene en la
mano, hacer resonar Ias monedas en los bolsillos, fabricar bolitas de miga de pan u otras
materias plásticas y los mil y un arreglos del propio vestido. Tales jugueteos, cuando se
manifiestan durante el tratamiento psíquico, ocultan, por lo regular, un sentido y una
significación a los que todo otro medio de expresión ha sido negado. En general, la
persona que ejecuta estos actos no se da la menor cuenta de ellos, ni de cuándo continúa
ejecutándolos en la misma forma que siempre y cuándo introduce en ellos alguna
modificación. Tampoco ve ni oye sus efectos (por ejemplo, el ruido que producen las
monedas al ser revueltas por su mano dentro del bolsillo), y se asombra cuando se le
llama la atención sobre ellos. Igualmente significativos y dignos de la atención del
médico son todos aquellos arreglos o modificaciones que, sin causa que los justifiquen,
suelen hacer en los vestidos. Todo cambio en la acostumbrada manera de vestir, toda
pequeña negligencia (por ejemplo, un botón sin abrochar) y todo principio de desnudez
quieren expresar algo que el propietario del traje no desea decir directamente y de lo
que, siendo inconsciente de ello, no sabría, en la mayoría de los casos, decir nada. Las
circunstancias que rodean la aparición de estos actos casuales, los temas recientemente
tratados en la conversación y las ideas que emergen en la mente del sujeto cuando se
dirige su atención sobre ellos, proporcionan siempre datos suficientes, tanto para
interpretarlos como para comprobar si la interpretación ha sido o no acertada. Por esta
razón no apoyaré aquí, como de costumbre, mis afirmaciones con la exposición de
ejemplos y de sus análisis correspondientes. Menciono, de todos modos, estos actos,
porque opino que en los individuos sanos poseen igual significación que en mis
pacientes neuróticos.
No puedo, sin embargo, renunciar a mostrar, por lo menos con un solo ejemplo,
cuán estrechamente ligado puede estar un acto simbólico habitual con lo más íntimo e
importante de la vida de un individuo sano.
«Como nos ha enseñado el profesor Freud, el simbolismo desempeña en la vida
infantil del individuo normal un papel más importante de lo que anteriores experiencias
psicoanalíticas nos habían hecho esperar. A este respecto, posee el corto análisis
siguiente un cierto interés, sobre todo por sus caracteres médicos:
Un médico encontró, al arreglar sus muebles y objetos en una nueva casa a la que
se había trasladado, un estetoscopio recto de madera. Después de reflexionar un
momento sobre dónde habría de colocarlo, se vio impelido a dejarlo a un lado de su
mesa de trabajo y precisamente de manera que quedase entre su silla y aquella en la que
acostumbraba hacer sentarse a sus pacientes. Este acto era ya en sí algo extraño, por dos
razones: primeramente, dicho médico no necesitaba para nada un estetoscopio (era un
neurólogo), y las pocas veces que tenía que emplear tal aparato no utilizaba aquel que
había dejado sobre la mesa, sino otro doble; esto es, para ambos oídos. En segundo
lugar, tenía todos sus instrumentos profesionales metidos en armarios ex profeso y aquél
era el único que había dejado fuera. No pensaba ya en esta cuestión cuando un día una
paciente que no había visto jamás un estetoscopio recto le preguntó qué era aquello. El
se lo dijo, y entonces ella preguntó de nuevo por qué razón lo había colocado
precisamente en aquel sitio, a lo cual contestó el médico en el acto que lo mismo le daba
que el estetoscopio estuviese allí o en cualquier otro lado. Sin embargo, esto le hizo
pensar si en el fondo de su acto no existiría un motivo inconsciente, y siéndole conocido
el método psicoanalítico, decidió investigar la cuestión.
EI primer recuerdo que acudió a su memoria fue el de que siendo estudiante de
Medicina le había chocado la costumbre observada por un médico del hospital de llevar
siempre en la mano su estetoscopio recto, que jamás utilizaba, mientras hacía la visita a
los enfermos de su sala. En aquella época había admirado mucho a dicho médico y le
había profesado gran afecto. Más tarde, cuando llegó a ser interno en el hospital, adoptó
también igual costumbre, y se hubiera sentido a disgusto si por olvido hubiera salido de
su cuarto, para pasar la visita, sin llevar en la mano eI preciado instrumento. La
inutilidad de tal costumbre se mostraba no sólo en el hecho de que el único estetoscopio
de que se servía siempre era otro doble, que llevaba en el bolsillo, sino también en que
no la interrumpió cuando estuvo practicando en la sala de Cirugía, en la que para nada
tenía que usar dicho aparato. La importancia de estas observaciones queda fijada y
explicada en cuanto se descubre la naturaleza fálica de este acto simbólico.
El recuerdo siguiente fue el de que siendo niño le había llamado la atención la
costumbre del médico de su familia de Ilevar un estetoscopio recto en el interior de su
sombrero. Encontraba entonces interesante que el doctor tuviera siempre a mano su
instrumento principal cuando iba a visitar a sus pacientes y que no necesitara más que
despojarse del sombrero (esto es, de una parte de su vestimenta) y «sacarlo». Durante su
niñez había cobrado extraordinario afecto a este médico y por medio de un corto
autoanálisis descubrió que teniendo tres años y medio había construido una fantasía
relativa al nacimiento de una hermanita y consistente en imaginar, primero, que la niña
era suya y de su madre, y después, del médico y suya. Así, pues, en esta fantasía
desempeñaba él, indistintamente, el papel masculino o el femenino. Recordó también
que teniendo seis años había sido examinado por el referido médico y había
experimentado una sensación de voluptuosidad al sentir próxima la cabeza del doctor,
que le apretaba el estetoscopio contra el pecho mientras él respiraba con un rítmico
movimiento de vaivén. A los tres años había padecido una enfermedad crónica del
pecho, y tuvo que ser examinado repetidas veces, aunque esto ya no lo recordaba con
precisión.
Posteriormente, teniendo ya ocho años, le impresionó mucho la confidencia que le
hizo otro muchacho de más edad de que el médico tenía la costumbre de acostarse con
sus pacientes del sexo femenino. Realmente, existía fundamento para este rumor, y lo
cierto es que todas las señoras de la vecindad, incluso su propia madre, veían con gran
simpatía al joven y elegante doctor. También el médico del ejemplo presente había
deseado sexualmente en varias ocasiones a enfermas a las que prestaba su asistencia, se
había enamorado de clientes suyas y, por último, había contraído matrimonio con una de
éstas. Es apenas dudoso que su identificación inconsciente con el tal doctor fuese la
razón principal que le inclinó a dedicarse a la Medicina. Por otros análisis cabe afirmar
que éste es, con seguridad, el motivo más frecuente de las vocaciones (aunque es difícil
determinar con qué frecuencia). En el caso actual está condicionado doblemente.
Primero, por la superioridad en varias ocasiones demostrada del médico sobre el padre
del sujeto, del que éste sentía grandes celos, y en segundo lugar, por el conocimiento que
el médico poseía de cosas prohibidas y las ocasiones de satisfacción sexual que se le
presentaban.
Después apareció en el análisis el recuerdo de un sueño del que ya hemos tratado
por extenso en otro lado, sueño de clara naturaleza homosexual-masoquista, en el cual
un hombre, figura sustitutiva del médico, atacaba al soñador con una «espada». Esta le
recordó una parte de la saga nibelúngica en la que Sigurd coloca su espada desnuda
entre él y la dormida Brunilda. Igual situación aparece en la saga de Arthus, también
conocida por el sujeto de este ejemplo.
Aquí se aclara ya el sentido del acto sintomático. El médico había colocado el
estetoscopio sencillo entre él y sus pacientes femeninas, al igual que Sigurd su espada
entre él y la mujer a la que no debía tocar. El acto era una formación transaccional; esto
es, obedecía a dos impulsos: ceder en su imaginación al deseo reprimido de entrar en
relación sexual con alguna bella paciente y recordarle, al mismo tiempo, que este deseo
no podía realizarse. Era, para decirlo así, un escudo mágico contra los ataques de la
tentación.
Añadiremos que en nuestro médico, siendo niño, hizo gran impresión el pasaje del
Richelieu, de lord Lytton, que dice así:
Beneath the rule of men entirely great
The pen is mightier than the sword
y que ha llegado a ser un fecundo escritor y usa para escribir una gran pluma
estilográfica. Al preguntarle yo un día para qué necesitaba una pluma de tal tamaño, me
respondió de un modo muy característico: 'iTengo tantas cosas que expresar!...'
Este análisis nos indica de nuevo lo mucho que los actos 'inocentes' y «sin sentido
alguno» nos permiten adentrarnos en los dominios de la vida psíquica y cuán
tempranamente se desarrolla en esa vida psíquica la tendencia a la simbolización».
Puedo también relatar, tomándolo de mi experiencia psicoterápica, un caso en el
que una mano que jugaba con un migote de pan tuvo toda la elocuencia de una
declaración oral. Mi paciente era un muchacho que no había cumplido aún los trece años
y hacía ya dos que padecía una grave histeria. Después de una larga e infructuosa
estancia en un establecimiento hidroterápico, decidí someterle al tratamiento
psicoanalítico. Suponía yo que el muchacho había hecho descubrimientos sexuales y
que, como correspondía a su edad, se hallaba atormentado por interrogaciones de dicho
orden; pero me guardé muy bien de acudir en su ayuda con aclaraciones o explicaciones
hasta haber puesto a prueba mi hipótesis. Tenía, pues, gran curiosidad por ver cómo y
por que manifestaciones se revelaba en él lo que yo buscaba. En esto me llamó un día la
atención ver que amasaba algo entre los dedos de su mano derecha, la metía luego con
ello en el bolsillo y seguía dentro de él su manejo, para volver luego a sacarla, etcétera.
No le pregunté qué era aquello con que jugaba; pero él mismo me lo mostró abriendo de
repente la mano, y vi que era un migote de pan todo sobado y aplastado. A la sesión
siguiente volvió a traer su migote; pero entonces se dedicó, mientras conversábamos, a
formar con trozos de él unas figuritas que despertaron mi curiosidad y que iba haciendo
con increíble rapidez y teniendo cerrados los ojos. Tales figuritas eran, indudablemente,
hombrecillos con su cabeza, dos brazos y dos piernas, como los groseros ídolos
primitivos; pero tenían además entre las piernas, un apéndice, al que el muchachito le
hacía una larga punta. Apenas había terminado ésta, volvía a amasar el hombrecillo
entre sus dedos. Luego, lo dejó subsistir; mas para ocultar la significación del primer
apéndice agregó otro igual en la espalda, y después otro más en diversos sitios. Yo quise
demostrarle que le había comprendido, haciéndole imposible al mismo tiempo la excusa
de decir que en su actividad creadora no llevaba idea ninguna. Con esta intención le
pregunté de repente si se acordaba de la historia de aquel rey romano que dio en su
jardín a un enviado de su hijo una respuesta mímica a la consulta que éste le formulaba.
El muchachito no quería acordarse de tal anécdota, a pesar de que tenía que haberla
leído hacía poco tiempo y, desde luego, mucho más recientemente que yo. Me preguntó
si era ésta la historia de aquel esclavo emisario al que se le escribió la respuesta sobre el
afeitado cráneo. Le dije que no, que ésa era otra anécdota perteneciente a la historia
griega, y le relaté aquella a que yo me refería. El rey Tarquino el Soberbio había
inducido a su hijo Sexto a entrar subrepticiamente en una ciudad latina enemiga. Ya en
ella, se había Sexto atraído algunos partidarios, y en este punto mandó a su padre un
emisario para que le preguntase qué más debía hacer. El rey no dio al principio respuesta
alguna, y llevando al emisario a su jardín, hizo que le repitiese su pregunta y cortó ante
él, en silencio, las más altas y bellas flores de adormidera. El enviado no pudo hacer más
que contar a Sexto la escena que había presenciado, y Sexto, comprendiendo a su padre,
hizo asesinar a los ciudadanos más distinguidos de la plaza enemiga.
Durante mi relato suspendió el muchachito su manejo con la miga de pan, y
cuando, al llegar el momento en que el rey lleva al jardín al emisario de su hijo,
pronuncié las palabras «cortó en silencio», arrancó con rapidísimo movimiento la cabeza
del hombrecillo que conservaba en la mano, demostrando haberme comprendido y darse
cuenta de que también yo le había comprendido a él. Podía, pues, interrogarle
directamente, y así lo hice, dándole luego las informaciones que deseaba y consiguiendo
con ello poner pronto término a su neurosis.
Los actos sintomáticos, que pueden observarse en una casi inagotable abundancia
tanto en los individuos sanos como en los enfermos, merecen nuestro interés por más de
una razón. Para el médico constituyen inapreciables indicaciones que le marcan su
orientación en circunstancias nuevas o desconocidas, y el hombre observador verá
reveladas por ellos todas las cosas y a veces muchas más de las que deseaba saber.
Aquel que se halle familiarizado con su interpretación se sentirá en muchas ocasiones
semejante al rey Salomón, que, según la leyenda oriental, comprendía el lenguaje de los
animales. Un día tuve yo que visitar en casa de una señora a un joven, hijo suyo, al que
yo desconocía totalmente. AI encontrarme frente a él me chocó ver en sus pantalones
una gran mancha que por sus bordes rígidos y como almidonados reconocí en seguida
ser de clara de huevo. El joven se disculpó, después de un momento de embarazo,
diciéndome que por hallarse un poco ronco acababa de tomarse un huevo crudo, cuya
resbaladiza albúmina se había vertido sobre su ropa. Para justificar tal afirmación me
mostró un plato que había sobre un mueble y que contenía aún una cáscara de huevo.
Con esto quedaba explicada la sospechosa mancha; pero cuando la madre nos dejó solos
comencé a hablar al joven, dándole las gracias por haber facilitado de tal modo mi
diagnóstico, y sin dilación ninguna tomé como materia de nuestro diálogo su confesión
de que sufría bajo los efectos perturbadores de la masturbación.
Otra vez fui a visitar a una señora, tan rica como avariciosa y extravagante, que
acostumbraba dar al médico el trabajo de buscar su camino a través de un embrollado
cúmulo de lamentaciones antes de poder llegar a darse cuenta de los más sencillos
fundamentos de su estado. Al entrar en su casa la hallé sentada delante de una mesita y
dedicada a hacer pequeñas pilas de monedas de plata. Cuando me vio, se levantó y tiró
al suelo algunas monedas. La ayudé a recogerlas, y luego corté sus acostumbradas
lamentaciones con la pregunta: «¿Le cuesta a usted ahora mucho dinero su hijo
político?» La señora me respondió con una irritada negativa; pero poco después se
contradijo, relatándome la lamentable historia de la continua excitación en que la tenían
las prodigalidades de su yerno. Después no ha vuelto a llamarme. No puedo afirmar que
siempre se gane uno amistades entre aquellas personas a las que se comunica la
significación de sus actos sintomáticos.
El doctor J. E. G. van Emden (La Haya) comunica el siguiente caso de «confesión
involuntaria por medio de un acto fallido» [Adición de 1919]:
«Al pagar mi cuenta en un pequeño restaurante de Berlín me afirmó el camarero
que el precio de determinado plato había subido diez céntimos a causa de la guerra, a lo
cual objeté que dicha elevación no constaba en la lista de precios. El camarero me
contestó que ello se debía, sin duda, a una omisión, pero que estaba seguro de que lo que
había dicho era cierto. Inmediatamente, y al hacerse cargo del importe de la cuenta, dejó
caer por descuido ante mí, y sobre la mesa, una moneda de diez céntimos.
-Ahora es cuando estoy seguro -le dije- que me ha cobrado usted de más. ¿Quiere
usted que vaya a comprobarlo a la caja?
-Permítame... Un momento.
Y desapareció presuroso.
Como es natural, no le impedí aquella retirada, y cuando, dos minutos después,
volvió, disculpándose con que había confundido aquel plato con otro, le di los diez
céntimos discutidos en pago de su contribución a la psicopatología de la vida cotidiana.»
Aquel que se dedique a fijar su atención en la conducta de sus congéneres durante
las comidas descubrirá en ellos los más interesantes e instructivos actos sintomáticos.
[Este párrafo y los cuatro ejemplos siguientes son de 1412.]
El doctor Hans Sachs relata lo siguiente:
«En una ocasión me hallé durante la comida en casa de unos parientes míos que
llevaban muchos años de matrimonio. La mujer padecía del estómago y tenía que
observar un régimen muy severo. El marido se acababa de servir el asado, y pidió a su
mujer, la cual no podía comer de dicho plato, que le alcanzara la mostaza. La señora se
dirigió al aparador, lo abrió, y volviendo a la mesa, puso ante su marido la botellita de
las gotas medicinales que ella tomaba. Entre el bote en forma de tonel que contenía la
mostaza y la pequeña botellita del medicamento no existía la menor semejanza que
pudiera explicar el error. Sin embargo, la mujer no notó su equivocación hasta que su
marido, riendo, le llamó la atención sobre ella.
El sentido de este acto sintomático no necesita explicación.»
El doctor Bernh. Dattner (Viena) comunica un precioso ejemplo de este género,
muy hábilmente investigado por el observador:
«Un día me hallaba almorzando en un restaurante con mi colega H., doctor en
Filosofía. Hablándome éste de las injusticias que se cometían en los exámenes, indicó de
pasada que en la época en que estaba finalizando su carrera había desempeñado el cargo
de secretario del embajador y ministro plenipotenciario de Chile. Después -prosiguiófue
trasladado aquel ministro, y yo no me presenté al que vino a sustituirle. Mientras
pronunciaba esta última frase se Ilevó a la boca un pedazo de pastel con la punta del
cuchillo; pero con un movimiento desmañado hizo caer el pedazo al suelo. Yo advertí en
seguida el oculto sentido de aquel acto sintomático, y exclamé, dirigiéndome a mi
colega, nada familiarizado con las cuestiones psicoanalíticas: 'Ahí ha dejado usted
perderse un buen bocado.' Mas él no cayó en que mis palabras podían aplicarse a su acto
sintomático, y repitió con vivacidad sorprendente las mismas palabras que yo acababa
de pronunciar: 'Sí; era realmente un buen bocado el que he dejado perderse.' A
continuación se desahogó, relatándome con todo detalle las circunstancias de la torpe
conducta, que le había hecho perder un puesto tan bien retribuido.
El sentido de este simbólico acto sintomático queda aclarado teniendo en cuenta
que, no siendo yo persona de su intimidad, sentía mi colega cierto escrúpulo en ponerme
al corriente de su precaria situación económica, y entonces el pensamiento que le
ocupaba, pero que no quería expresar, se disfrazó en un acto sintomático, que expresaba
simbólicamente lo que tenía que ser ocultado, desahogando así el sujeto su
inconsciente.»
Los ejemplos que siguen muestran cuán significativo puede ser el acto de
llevarnos sin intención aparente pequeños objetos que no nos pertenecen.
1. Doctor B. Dattner:
«Uno de mis colegas fue a hacer su primera visita, después de su matrimonio, a
una amiga de su juventud, a la que profesaba gran afecto. Relatándome las
circunstancias de esta visita, me expresó su sorpresa por no haber podido cumplir su
deliberado propósito de emplear en ella muy pocos momentos. A continuación me contó
un extraño acto fallido que en tal ocasión había ejecutado.
El marido de su amiga, que se hallaba presente, buscó en un momento
determinado una caja de cerillas que estaba seguro de haber dejado poco antes sobre la
mesa. Mi colega había también registrado sus bolsillos para ver si por casualidad 'la
había guardado' en ellos.
Por el momento no la encontró; pero algún tiempo después halló, en efecto, que se
la había 'metido' en un bolsillo, y al sacarla le chocó la circunstancia de que no contenía
más que una sola cerilla.
Un sueño que tuvo dos días después, y en cuyo contenido aparecía el simbolismo
de la caja en relación con la referida amiga, confirmó mi explicación de que mi colega
reclamaba con su acto sintomático sus derechos de prioridad, y quería representar la
exclusividad de su posesión (una sola cerilla dentro).»
2. Doctor Hans Sachs:
«A nuestra criada le gusta muchísimo un pastel que solemos comer de postre. Esta
referencia es indudable, pues es el único plato que le sale bien, sin excepción alguna,
todas las veces que lo prepara. Un domingo, al servírnoslo a la mesa, lo dejó sobre el
trinchero, retiró luego los platos y cubiertos del servicio anterior, colocándolos para
llevárselos en la bandeja en que había traído el pastel, y a continuación, en vez de poner
éste sobre la mesa, lo colocó encima de la pila de platos que en la bandeja Ilevaba, y
salió con todo ello hacia la cocina. Al principio creímos que había encontrado algo que
rectificar en el postre; mas al ver que no volvía, la llamó mi mujer y le pregunto: 'Betty,
¿qué pasa con el pastel?' La muchacha contestó sin comprender: '¿Cómo?' Y tuvimos
que explicarle que se había Ilevado el postre sin servirlo. Lo había puesto en la bandeja,
trasladado a la cocina y dejado en ella 'sin darse cuenta'.
Al día siguiente, cuando nos disponíamos a comer lo que del pastel había sobrado
la víspera, observó mi mujer que la muchacha había despreciado la parte que de su
manjar preferido le correspondía.
Preguntada por qué razón no había probado el pastel, respondió con algún
embarazo que no había tenido gana.
La actitud infantil de la criada es muy clara en ambas ocasiones. Primero, la pueril
glotonería, que no quiere compartir con nadie el objeto de sus deseos, y luego la
reacción despechada igualmente pueril: 'Si no me lo dais, podéis guardarlo todo para
vosotros. Ahora ya no lo quiero'.»
Los actos casuales o sintomáticos que aparecen en la vida conyugal tienen con
frecuencia grave significación y podrían inducir a aquellos que no quieren ocuparse de
la psicología de lo inconsciente a creer en los presagios. [Ad. 1907.]
El que una recién casada pierda, aunque sea para volver a encontrarlo en seguida,
su anillo de bodas, será siempre un mal augurio para el porvenir del matrimonio.
Conozco a una señora, hoy separada de su marido, que en varias ocasiones firmó
documentos relativos a la administración de su fortuna con su nombre de soltera, y esto
muchos años antes que la separación le hiciera volver a tener que adoptarlo de nuevo.