Equivicaciones orales

V. -EQUIVOCACIONES ORALES (`Lapsus linguae')
El material corriente de nuestra expresión oral en nuestra lengua materna parece
hallarse protegido del olvido; pero, en cambio, sucumbe con extraordinaria frecuencia a
otra perturbación que conocemos con el nombre de equivocaciones orales o lapsus
linguae.
Estos lapsus, observados en el hombre normal, dan la misma impresión que los
primeros síntomas de aquellas «parafasías» que se manifiestan bajo condiciones
patológicas.
Por excepción puedo aquí referirme a una obra anterior a mis trabajos sobre esta
materia. En 1895 publicaron Meringer y C. Mayer un estudio sobre las Equivocaciones
en la expresión oral y en la lectura, cuyos puntos de vista se apartan mucho de los míos.
Uno de los autores de este estudio, el que en él lleva la palabra, es un filólogo cuyo
interés por las cuestiones lingüísticas le llevó a investigar las reglas que rigen tales
equivocaciones, esperando poder deducir de estas reglas la existencia de «determinado
mecanismo psíquico, en el cual estuvieran asociados y ligados de un modo especial los
sonidos de una palabra o de una frase y también las palabras entre sí» (pág. 10).
Los autores de este estudio agrupan en principio los ejemplos de «equivocaciones
orales» por ellos coleccionados, conforme a un punto de vista puramente descriptivo,
clasificándolos en intercambios (por ej.: «la Milo de Venus», en lugar de «la Venus de
Milo»); anticipaciones (por ej.: «…sentí un pech…, digo, un peso en el pecho»); ecos y
posposiciones (por ej.: «Tráiganos tres tres…, por tres tés»); contaminaciones (por ej.:
«Cierra el armave», por «Cierra el armario y tráeme la llave»), y sustituciones (por ej.:
«El escultor perdió su pincel…, digo, su cincel»), categorías principales a las cuales
añaden algunas otras menos importantes (o de menor significación para nuestros
propósitos). En esta clasificación no se hace diferencia entre que la transposición,
desfiguración, fusión, etcétera, afecte a sonidos aislados de la palabra o a sílabas o
palabras enteras de la frase.
Para explicar las diversas clases de equivocaciones orales observadas atribuye
Meringer un diverso valor psíquico a los sonidos fonéticos. Cuando una inervación
afecta a la primera sílaba de una palabra o a la primera palabra de una frase, el proceso
estimulante se propaga a los sonidos posteriores o a las palabras siguientes, y en tanto en
cuanto estas inervaciones sean sincrónicas pueden influirse mutuamente, motivando
transformaciones unas en otras. La excitación o estímulo del sonido de mayor intensidad
psíquica resuena anticipadamente o queda como un eco y perturba de este modo los
procesos de inervación menos importantes. Se trata, por tanto, de determinar cuáles son
los sonidos más importantes de una palabra. Meringer dice que «cuando se desea saber
qué sonidos de una palabra poseen mayor intensidad, debe uno observarse a sí mismo en
ocasión de estar buscando una palabra que ha olvidado; por ejemplo, un nombre».
«Aquella parte de él que primero acude a la consciencia es invariablemente la que
poseía mayor intensidad antes del olvido» (pág. 106). «Así, pues, los sonidos más
importantes son el inicial de la sílaba radical o de la misma palabra y la vocal o las
vocales acentuadas» (pág. 162).
No puedo por menos de contradecir estas apreciaciones. Pertenezca o no el sonido
inicial del nombre a los más importantes elementos de la palabra, lo que no es cierto es
que sea lo primero que acude a la consciencia en los casos de olvido, y, por tanto, la
regla expuesta es inaceptable. Cuando se observa uno a sí mismo estando buscando un
nombre olvidado, se advertirá, con relativa frecuencia, que se está convencido de que la
palabra buscada comienza con una determinada letra. Esta convicción resulta luego igual
número de veces infundada que verdadera, y hasta me atrevo a afirmar que la mayoría
de las veces es falsa nuestra hipotética reproducción del sonido inicial. Así sucede en el
ejemplo que expusimos de olvido del nombre Signorelli. En él se perdieron, en los
nombres sustitutivos, el sonido inicial y las sílabas principales, y precisamente el par de
sílabas menos importantes: elli es lo que, en el nombre sustitutivo Boticelli, volvió
primero a la consciencia. El caso que va a continuación nos enseña lo poco que los
nombres sustitutivos respetan el sonido inicial del nombre olvidado:
En una ocasión me fue imposible recordar el nombre de la pequeña nación cuya
principal ciudad es Monte Carlo. Los nombres que en sustitución se presentaron fueron:
Piamonte, Albania, Montevideo, Cólico.
En lugar de Albania apareció en seguida otro nombre: Montenegro, y me llamó la
atención ver que la sílaba Mont (pronunciada Mon) apareciera en todos los nombres
sustitutivos, excepto en el último. De este modo me fue más fácil hallar el olvidado
nombre: Mónaco, tomando como punto de partida el de su soberano: el príncipe Alberto.
Cólico imita aproximadamente la sucesión de sílabas y el ritmo del nombre olvidado.
Si se acepta la conjetura de que un mecanismo similar al señalado en el olvido de
nombres intervenga también en los fenómenos de equivocaciones orales, se llegará a un
juicio más fundamentado sobre estos últimos. La perturbación del discurso que se
manifiesta en forma de equivocación oral puede, en principio, ser causada por la
influencia de otros componentes del mismo discurso; esto es, por un sonido anticipado,
por un eco o por tener la frase o su contexto un segundo sentido diferente de aquel en
que se desea emplear. A esta clase pertenecen los ejemplos de Meringer y Mayer antes
transcritos. Pero, en segundo lugar, puede también producirse dicha perturbación, como
en el caso Signorelli, por influencias exteriores a la palabra, frase o contexto, ejercidas
por elementos que no se tiene intención de expresar y de cuyo estímulo sólo por la
perturbación producida nos damos cuenta.
La simultaneidad del estímulo constituye la cualidad común a las dos clases de
equivocación oral, y la situación interior o exterior del elemento perturbador respecto a
la frase o contexto serán su cualidad diferenciadora. Esta diferencia no parece a primera
vista tan importante como luego, cuando se la tome en consideración para relacionarla
con determinadas conclusiones deducidas de la sintomatología de las equivocaciones
orales. Es, sin embargo, evidente que sólo en el primer caso existe una posibilidad de
deducir de los fenómenos de equivocación oral conclusiones favorables a la existencia
de un mecanismo que ligue entre sí sonidos y palabras, haciendo posible una recíproca
influencia sobre su articulación; esto es, conclusiones como las que el filólogo esperaba
poder deducir del estudio de las equivocaciones orales. En el caso de perturbación
ejercida por influencias exteriores a la misma frase o al contenido del discurso, se
trataría, ante todo, de llegar al conocimiento de los elementos perturbadores, y entonces
surgirá la cuestión de si también el mecanismo de esta perturbación podía o no sugerir
las probables reglas de la formación del discurso.
No se puede afirmar que Meringer y Mayer no hayan visto la posibilidad de
perturbaciones del discurso motivadas por «complicadas influencias psíquicas» o
elementos exteriores a la palabra, la frase o el discurso. En efecto, tenían que observar
que la teoría del diferente valor psíquico de los sonidos no alcanzaba estrictamente más
que para explicar la perturbación de los sonidos, las anticipaciones y los ecos. En
aquellos casos en que la perturbación de las palabras no puede ser reducida a la de los
sonidos, como sucede en las sustituciones y contaminaciones, han buscado, en efecto,
sin vacilar, la causa de las equivocaciones orales fuera del contexto del discurso y han
demostrado este punto por medio de preciosos ejemplos.
Entre ellos citaré los que siguen:
(Pág. 62.) «Ru. relataba en una ocasión ciertos hechos que interiormente
calificaba de `cochinerías' (Schweinereien); pero no queriendo pronunciar esta palabra,
dijo: `Entonces se descubrieron determinados hechos…' Mas al pronunciar la palabra
Vorschein, que aparece en esta frase, se equivocó, y pronunció Vorschwein. Mayer y yo
nos hallábamos presentes, y Ru. nos confesó que al principio había pensado decir:
Schweinereien. La analogía de ambas palabras explica suficientemente el que la pensada
se introdujese en la pronunciada, revelándose.»
(Pág. 73.) «También en las sustituciones desempeñan, como en las
contaminaciones, y acaso en un grado mucho más elevado, un importantísimo papel las
imágenes verbales `flotantes'. Aunque éstas se hallan fuera de la consciencia, están, sin
embargo, lo bastante cercanas a ella para poder ser atraídas por una analogía del
complejo al que la oración se refiere, y entonces producen una desviación en la serie de
palabras del discurso o se cruzan con ella. Las imágenes verbales `flotantes' son con
frecuencia, como antes hemos dicho, elementos retrasados de un proceso oral
recientemente terminado (ecos).»
(Pág. 97.) «La desviación puede producirse asimismo por analogía cuando una
palabra semejante a aquella en que la equivocación se manifiesta yace en el umbral de la
consciencia y muy cerca de ésta, sin que el sujeto tenga intención de pronunciarla. Esto
es lo que sucede en las sustituciones. Confío en que estas reglas por mí expuestas habrán
de ser confirmadas por todo aquel que las someta a una comprobación práctica; pero es
necesario que al realizar tal examen, observando una equivocación oral cometida por
una tercera persona, se procure llegar a ver con claridad los pensamientos que ocupaban
al sujeto. He aquí un ejemplo muy instructivo. El señor L. dijo un día ante nosotros: `Esa
mujer me inspiraría miedo' (einjagen), y en la palabra einjagen cambió la j en l,
pronunciando einlagen. Tal equivocación motivó mi extrañeza, pues me parecía
incomprensible aquella sustitución de letras, y me permitió hacer notar a L. que había
dicho einlagen, en vez de einjagen, a lo cual me respondió en el acto: `Sí, sí, eso ha sido,
sin duda, porque estaba pensando: no estoy en situación (Lage).'»
Otro ejemplo. En una ocasión pregunté a R. v. Schid. por el estado de su caballo,
que se hallaba enfermo. R. me respondió: «Sí, esto `drurará' (`draut') quizá todavía un
mes.» La sobrante de `drurará' me pareció incomprensible, dado que la r de `durará'
(dauert) no podía haber actuado en tal forma, y llamé la atención de V. Schid. sobre su
lapsus, respondiéndome aquél que al oír mi pregunta había pensado: «Es una triste
(traurige) historia.» Así, pues, R. había tenido en su pensamiento dos respuestas a mi
pregunta y las había mezclado al pronunciar una de ellas.
Es innegable que la toma en consideración de las imágenes verbales «flotantes»
que se hallan próximas al umbral de la consciencia y no están destinadas a ser
pronunciadas, y la recomendación de procurar enterarse de todo lo que el sujeto ha
pensado constituye algo muy próximo a las cualidades de nuestros «análisis». También
nosotros partimos por el mismo camino en busca del material inconsciente; pero, en
cambio, recorremos, desde las ocurrencias espontáneas del interrogado hasta el
descubrimiento del elemento perturbador, un camino más largo a través de una compleja
serie de asociaciones.
Los ejemplos de Meringer demuestran otra cosa muy interesante también. Según
la opinión del propio autor, es una analogía cualquiera de una palabra de la frase que se
tiene intención de expresar con otra palabra que no se propone uno pronunciar, lo que
permite emerger a esta última por la constitución de una deformación, una formación
mixta o una formación transaccional (contaminación):
lagen, traurig,…schwein.
jagen, dauert, Vorschein
En mi obra La interpretación de los sueños he expuesto el papel que desempeña el
proceso de condensación (Verdichtungsarbeit) en la formación del llamado contenido
manifiesto del sueño a expensas de las ideas latentes del mismo. Una semejanza
cualquiera de los objetos o de las representaciones verbales entre dos elementos del
material inconsciente es tomada como causa creadora de un tercer elemento que es una
formación compuesta o transaccional. Este elemento representa a ambos componentes
en el contenido del sueño, y a consecuencia de tal origen se halla frecuentemente
recargado de determinantes individuales contradictorias. La formación de sustituciones y
contaminaciones en la equivocación oral es, pues, un principio de aquel proceso de
condensación que encontramos toma parte activísima en la construcción del sueño.
En un pequeño artículo de vulgarización, publicado en la Neue Freie Presse, el 23
de agosto de 1900, y titulado «Cómo puede uno equivocarse», inició Meringer una
interpretación práctica en extremo de ciertos casos de intercambio de palabras,
especialmente de aquellos en los cuales se sustituye una palabra por otra de opuesto
sentido. Recordamos aún cómo declaró abierta una sesión el presidente de la Cámara de
Diputados austríaca: «Señores diputados -dijo-. Habiéndose verificado el recuento de los
diputados presentes, se levanta la sesión.» La general hilaridad le hizo darse cuenta de su
error y enmendarlo en el acto. La explicación de este caso es que el presidente deseaba
ver llegado el momento de levantar la sesión, de la que esperaba poco bueno, y -cosa
que sucede con frecuencia- la idea accesoria se abrió camino, por lo menos
parcialmente, y el resultado fue la sustitución de «se abre» por se «levanta»; esto es, lo
contrario de lo que tenía la intención de decir. Numerosas observaciones me han
demostrado que esta sustitución de una palabra por otra de sentido opuesto es algo muy
corriente. Tales palabras de sentido contrario se hallan ya asociadas en nuestra
consciencia del idioma. Yacen inmediatamente vecinas unas de otras y se evocan con
facilidad erróneamente.
No en todos los casos de intercambio de palabras de sentido contrario resulta tan
fácil como en el ejemplo anterior hacer admisible la explicación de que el error
cometido esté motivado por una contradicción surgida en el fuero interno del orador
contra la frase expresada. El análisis del ejemplo aliquis nos descubre un mecanismo
análogo. En dicho ejemplo la interior contradicción se exteriorizó por el olvido de una
palabra en lugar de su sustitución por la de sentido contrario. Mas para compensar esta
diferencia haremos constar que la palabra aliquis no es capaz de producir un contraste
como el existente entre «abrir» y «cerrar» o «levantar» una sesión, y además que
«abrir», como parte usual del discurso, no puede hallarse sujeto al olvido.
Habiendo visto en los últimos ejemplos citados de Meringer y Mayer que la
perturbación del discurso puede surgir tanto por una influencia de los sonidos
anticipados o retrasados, o de las palabras de la misma frase destinadas a ser expresadas,
como por el efecto de palabras exteriores a la frase que se intenta pronunciar, y cuyo
estímulo no se hubiera sospechado sin la emergencia de la perturbación, tócanos ahora
averiguar cómo se pueden separar definitivamente, una de otra, ambas clases de
equivocaciones orales y cómo puede distinguirse un ejemplo de una de ellas de un caso
de la otra. En este punto de la discusión hay que recordar las afirmaciones de Wundt, el
cual, en su reciente obra sobre las leyes que rigen el desarrollo del lenguaje
(Völkerpsychologie, tomo I, parte primera, págs. 371 y sigs., 1900), trata también de los
fenómenos de la equivocación oral. Opina Wundt que en estos fenómenos y otros
análogos no faltan jamás determinadas influencias psíquicas. «A ellas pertenece, ante
todo, como una determinante positiva, la corriente no inhibida de las asociaciones de
sonidos y de palabras, estimulada por los sonidos pronunciados. Al lado de esta
corriente aparece, como factor negativo, la desaparición o el relajamiento de las
influencias de la voluntad que deben inhibir dicha corriente, y de la atención, que
también actúa aquí como una función de la voluntad. El que dicho juego de la asociación
se manifieste en que un sonido se anticipe o reproduzca los anteriormente pronunciados,
en que un sonido familiar intercale entre otros o, por último, en que palabras totalmente
distintas a las que se hallan en relación asociativa con los sonidos pronunciados actúen
sobre éstos, todo ello no indica más que diferencias en la dirección y a lo sumo en el
campo de acción de las asociaciones que se establecen, pero no en la naturaleza general
de las mismas. También en algunos casos puede ser dudoso el decidir qué forma se ha
de atribuir a una determinada perturbación, o si no sería más justo referirla, conforme al
principio de la complicación de las causas, a la concurrencia de varios motivos.»
(Páginas 380 y 381. Las itálicas son mías.)
Considero absolutamente justificadas y en extremo instructivas estas
observaciones de Wundt. Quizá se pudiera acentuar con mayor firmeza el hecho de que
el factor positivo favorecedor de las equivocaciones orales -la corriente no inhibida de
las asociaciones- y el negativo -el relajamiento de la atención inhibitoria- ejercen
regularmente una acción sincrónica, de manera que ambos factores resultan no ser sino
diferentes determinantes del mismo proceso. Con el relajamiento o, más precisamente,
por el relajamiento de la atención inhibitoria entra en actividad la corriente no inhibida
de las asociaciones.
Entre los ejemplos de equivocaciones orales reunidos por mí mismo apenas
encuentro uno en el que la perturbación del discurso pueda atribuirse sola y únicamente
a lo que Wundt llama «efecto de contacto de los sonidos». Casi siempre descubro,
además, una influencia perturbadora procedente de algo exterior a aquello que se tiene
intención de expresar, y este elemento perturbador es o un pensamiento inconsciente
aislado, que se manifiesta por medio de la equivocación y no puede muchas veces ser
atraído a la consciencia más que por medio de un penetrante análisis, o un motivo
psíquico general, que se dirige contra todo el discurso.
Ejemplos:
1) Viendo el gesto de desagrado que ponía mi hija al morder una manzana agria,
quise, bromeando, decirle la siguiente aleluya:
El mono pone cara ridícula
al comer, de manzana, una partícula.
Pero comencé diciendo: El man… Esto parece ser una contaminación de «mono»
y «manzana» (formación transaccional), y puede interpretarse también como una
anticipación de la palabra «manzana», preparada ya para ser pronunciada. Sin embargo,
la verdadera interpretación es la siguiente: Antes de equivocarme había recitado ya una
vez la aleluya, sin incurrir en error alguno, y cuando me equivoqué fue al verme
obligado a repetirla, por estar mi hija distraída y no haberme oído la primera vez. Esta
repetición, unida a mi impaciencia por desembarazarme de la frase, debe ser incluida en
la motivación del error, el cual se presenta como resultante de un proceso de
condensación.
2) Mi hija dijo un día: «Estoy escribiendo a la señora de Schresinger.» El apellido
verdadero era Schlesinger. Esta equivocación se debió, probablemente, a una tendencia a
facilitar la articulación, pues después de varias r es difícil pronunciar la l: «Ich schreibe
der Frau Schlesinger.» Debo añadir, además, que esta equivocación de mi hija tuvo
efecto pocos minutos después de la mía entre «mono» y «manzana» y que las
equivocaciones orales son en alto grado contagiosas, a semejanza del olvido de nombres,
en el cual han observado Meringer y Mayer este carácter. No conozco la razón de tal
contagiosidad psíquica.
3) Una paciente, al comienzo de la sesión de tratamiento y al querer decir que las
molestias que experimentaba le hacían «doblarse como una navaja de bolsillo»
(Taschenmesser), cambió las consonantes de esta palabra, y dijo: Tassenmescher,
equivocación explicable por la dificultad de articulación de tal palabra. Habiéndole
llamado la atención sobre su error, replicó prontamente: «Sí, eso me ha sucedido porque
antes ha dicho usted también Ernscht, en vez de Ernst.» En efecto, al recibirla había yo
dicho: «Hoy ya va la cosa en serio (Ernst)» -pues era aquélla la última sesión antes de
vacaciones-, y, bromeando, había aprovechado el doble sentido de la palabra Ernst (serio
y Ernesto) para decir Ernscht (apelativo familiar de Ernesto), en vez de Ernst (serio). En
el transcurso de la sesión siguió equivocándose la paciente repetidas veces, haciéndome
por fin observar que no se limitaba a imitarme, sino que tenía, además, una razón
particular en su inconsciente para continuar considerando la palabra Ernst, no como el
adjetivo serio, sino como nombre propio: Ernesto.
4) La misma paciente, queriendo decir en otra ocasión: «Estoy tan resfriada que
no puedo aspirar (atmen) por la nariz (Nase)», dijo: «Estoy tan constipada que no puedo
naspirar (natmen) por la ariz (Ase)», y en el acto se dio cuenta de la causa de su
equivocación, explicándola en la siguiente forma: «Todos los días tomo el tranvía en la
calle Hasenauer. Esta mañana, mientras lo estaba esperando, se me ocurrió pensar que si
yo fuese francesa diría Asenauer, pues los franceses no pronuncian la h aspirándola,
como lo hacemos nosotros.» Después de esto habló de varios franceses que había
conocido, y al cabo de amplios rodeos y divagaciones recordó que teniendo catorce años
había representado en una piececilla titulada El Valaco y la Picarda el papel de esta
última, habiendo tenido que hablar entonces el alemán como una francesa. La casualidad
de haberse alojado por aquellos días en la casa de viajeros en que ella habitaba un
huésped procedente de París había despertado en ella toda esta serie de recuerdos. El
intercambio de sonidos (Nase atmen = Ase natmen) es, pues, consecuencia de una
perturbación producida por un pensamiento inconsciente, perteneciente a un contenido
ajeno en absoluto al de la frase expresada.
5) Análogo mecanismo se observa en la equivocación de otra paciente, cuya
facultad de recordar desapareció de pronto a la mitad de la reproducción de un recuerdo
infantil, que volvía a emerger en la memoria después de haber permanecido olvidado
durante mucho tiempo. Lo que su memoria se negaba a comunicar era en qué parte de su
cuerpo le había tocado la indiscreta y desvergonzada mano de cierto sujeto.
Inmediatamente después de haber sufrido este olvido visitó la paciente a una amiga suya
y habló con ella de sus respectivas residencias veraniegas. Preguntada por el lugar en
que se hallaba situada la casita que poseía en M., dijo que en las nalgas de la montaña
(Berglende), en vez de en la vertiente de la misma (Berglehne).
6) Otra paciente, a la que después de la sesión de tratamiento pregunté por un tío
suyo, me respondió: «No lo sé. Ahora no le veo más que in fraganti.» Al siguiente día,
en cuanto entró, me dijo: «Estoy avergonzada de mi tonta respuesta de ayer. Ha debido
usted de pensar que soy una de esas personas ignorantes que usan siempre
equivocadamente las locuciones extranjeras. Lo que quise decir es que ahora ya no veía
a mi tío más que en passant.» Por el momento no sabíamos de dónde podía haber
tomado la paciente las palabras extranjeras equivocadamente empleadas; mas en la
misma sesión, continuando el tema de la anterior, apareció una reminiscencia en la que
desempeñaba el papel principal el hecho de haber sido sorprendida in fraganti. Así, pues,
la equivocación del día anterior había anticipado este recuerdo, entonces todavía
inconsciente.
7) Estando sometiendo a un análisis a otra paciente, le expresé mi sospecha de que
en la época de su vida de que entonces tratábamos se hallaba ella avergonzada de su
familia y hubiese hecho a su padre un reproche sobre algo que hasta aquel momento nos
era aún desconocido. La paciente no recordaba nada de ello, y además dijo que mi
suposición le parecía improbable. Mas luego continuó la conversación, haciendo varias
observaciones sobre su familia, y al decir: «Lo que hay que concederles es que no son
personas vulgares. Todos ellos tienen inteligencia (Geist)», se equivocó y dijo: «Todos
ellos tienen avaricia (Geiz).» Este era el reproche que por represión había ella expulsado
de su memoria. Es un fenómeno muy frecuente el de que en la equivocación se abra
paso precisamente aquella idea que se quiere retener (compárese con el caso de
Meringer: Vorschein = Vorschwein). La diferencia entre ambos está tan sólo en que en
el caso de Meringer el sujeto quiere inhibir una cosa de la que posee perfecta
consciencia, mientras que mi paciente no sabía lo que inhibía, ni siquiera si inhibía
alguna cosa.
8) El siguiente ejemplo de equivocación se refiere también, como el de Meringer,
a un caso de inhibición intencionada. Durante una excursión por las Dolomitas encontré
a dos señoras que vestían trajes de turismo. Fui acompañándolas un trozo de camino y
conversamos de los placeres y molestias de las excursiones a pie. Una de las señoras
concedió que este deporte tenía su lado incómodo. «Es cierto -dijo- que no resulta nada
agradable sentir sobre el cuerpo, después de haber estado andando el día entero, la blusa
y la camisa empapadas en sudor.» En medio de esta frase tuvo una pequeña vacilación
que venció en el acto. Luego continuó, y quiso decir: «Pero cuando se llega a casa (nach
Hause) y puede uno cambiarse de ropa…»; mas en vez de la palabra Hause (casa) se
equivocó y pronunció la palabra Hose (calzones).
Opino que no hace falta examen ninguno para explicar esta equivocación. La
señora había tenido claramente el propósito de hacer una más completa enumeración de
las prendas interiores, diciendo: «Blusa, camisa y calzones», y por razones de
conveniencia social había retenido el último nombre. Pero en la frase de contenido
independiente que a continuación pronunció se abrió paso, contra su voluntad, la palabra
inhibida (Hose), surgiendo en forma de desfiguración de la palabra Hause (casa).
[Ejemplo agregado en 1917.]
9) «Si quiere usted comprar algún tapiz, vaya a casa de Kauffmann (apellido
alemán que significa, además [con una f] comerciante), en Matthäusgasse», me dijo un
día una señora. Yo repetí: «A Matthäus…, digo, de Kauffmann.» Esta equivocación de
repetir un nombre en lugar de otro parecía ser simplemente motivada por una distracción
mía. En efecto, las palabras de la señora me habían distraído, pues habían dirigido Ia
atención hacia cosas más importantes que los tapices de que me hablaba. En
Matthäusgasse se halla la casa donde mi mujer vivía de soltera. La entrada de esta casa
daba a otra calle, y en aquel momento me di cuenta de que había olvidado el nombre de
esta última, siéndome preciso dar un rodeo mental para llegar a recordarlo. El nombre
Matthäus, que fijó mi atención, era, pues, un nombre sustitutivo del olvidado nombre de
la calle, siendo más apto para ella que el nombre de Kauffmann, por ser exclusivamente
un nombre propio, cosa que no sucede a este último, y llevar la calle olvidada también
un nombre propio: Radetzky.