Equivocaciones en la lectura

VI. -EQUIVOCACIONES EN LA LECTURA Y EN LA ESCRITURA
El hecho de que a las equivocaciones en la lectura y en la escritura puedan
aplicarse las mismas consideraciones y observaciones que a los lapsus orales no resulta
nada sorprendente conociendo el íntimo parentesco que existe entre todas estas
funciones. Así, pues, me limitaré a exponer algunos ejemplos cuidadosamente
analizados, sin intentar incluir aquí la totalidad de los fenómenos.
I. Equivocaciones en la lectura.
I) Hojeando en el café un ejemplar del Leipziger Illustrierten, que mantenía un
tanto oblicuamente ante mis ojos, leí al pie de una ilustración que ocupaba toda una
página las siguientes palabras: «Una boda en la Odisea.» Asombrado por aquel extraño
título, rectifiqué la posición del periódico y leí de nuevo, corrigiéndome: «Una boda en
el Ostsee (mar Báltico).» ¿Cómo había podido cometer tan absurdo error? Mis
pensamientos se dirigieron en seguida hacia un libro de Ruth titulado Investigaciones
experimentales sobre las imágenes musicales, etc., que recientemente había leído con
gran detenimiento por tratar de cuestiones muy cercanas a los problemas psicológicos
objeto de mi actividad. El autor anunciaba en este libro la próxima publicación de otro,
que había de titularse Análisis y leyes fundamentales de los fenómenos oníricos, y
habiendo yo publicado poco tiempo antes una lnterpretación de los sueños, no es extraño
que esperara con gran interés la aparición de tal obra. En el libro de Ruth sobre las
imágenes musicales hallé, al recorrer el índice, el anuncio de una detallada demostración
inductiva de que los antiguos mitos y tradiciones helénicos poseen sus principales raíces
en las imágenes musicales, en los fenómenos oníricos y en los delirios. Al ver esto abrí
inmediatamente el libro por la página correspondiente para ver si el autor conocía la
hipótesis que interpreta la escena de la aparición de Ulises ante Nausicaa, basándola en
el vulgar sueño de desnudez. Uno de mis amigos me había llamado la atención sobre el
bello pasaje de la obra de G. Keller Enrique el Verde, en el que este episodio de la
Odisea se interpreta como una objetivación de los sueños del navegante, al que los
elementos hacen vagar por mares lejanos a su patria. A esta interpretación había añadido
yo la referencia al sueño exhibicionista de la propia desnudez. Nada de esto descubrí en
el libro de Ruth. Resulta, pues, que lo que en este caso me preocupaba era un
pensamiento de prioridad.
2) Veamos cómo pude cometer un día el error de leer en un periódico: «En tonel
(Im Faß), por Europa», en vez de «A pie (Zu Fuß) por Europa.» La solución de este
error me llevó mucho tiempo y estuvo llena de dificultades. Las primeras asociaciones
que se presentaron fueron que En tonel… tenía que referirse al tonel de Diógenes, y
luego, que en una Historia del arte había leído hacía poco tiempo algo sobre el arte en la
época de Alejandro. De aquí no había más que un paso hasta el recuerdo de la conocida
frase de este rey: «Si no fuera Alejandro, quisiera ser Diógenes.» Recordé asimismo,
muy vagamente, algo relativo a cierto Hermann Zeitung que había hecho un viaje
encerrado en un cajón. Aquí cesaron de presentarse nuevas asociaciones, y no fue
tampoco posible hallar la página de la Historia del arte en la que había leído la
observación a que antes me he referido. Meses después me volví a ocupar de este
problema de interpretación, que había abandonado antes de llegar a resolverlo, y esta
vez se presentó acompañado ya de su solución. Recordé haber leído en un periódico
(Zeitung) un artículo sobre los múltiples y a veces extravagantes medios de transporte
(Beförderung) utilizados en aquellos días por las gentes para trasladarse a París, donde
se celebraba la Exposición Universal, artículo en el que, según creo, se comentaba
humorísticamente el propósito de cierto individuo de hacer el camino hasta París metido
dentro de un tonel que otro sujeto haría rodar. Como es natural, estos excéntricos no se
proponían con estas locuras más que llamar la atención sobre sus personas. Hermann
Zeitung era, en realidad, el nombre del individuo que había dado el primer ejemplo de
tales desacostumbrados medios de transporte (Beförderung). Después recordé que en
una ocasión había asistido a un paciente cuyo morboso miedo a los periódicos reveló ser
una reacción contra la ambición patológica de ver su nombre impreso en ellos como el
de un personaje de renombre. Alejandro Magno fue seguramente uno de los hombres
más ambiciosos que han existido. Se lamentaba de que no le fuera dado encontrar un
Homero que cantase sus hazañas. Mas ¿cómo no se me había ocurrido antes pensar en
otro Alejandro muy próximo a mí, en mi propio hermano menor, así llamado? Al llegar
a este punto hallé en el acto tanto el pensamiento que refiriéndose a este Alejandro había
sufrido una represión por su naturaleza desagradable como las circunstancias que ahora
le habían permitido acudir a mi memoria. Mi hermano estaba muy versado en las
cuestiones de tarifas y transportes, y en una determinada época estuvo a punto de
obtener el título de profesor de una Escuela Superior de Comercio. También yo estaba
propuesto desde hacía varios años para una promoción (Beförderung) al título de
profesor de la Universidad. Nuestra madre manifestó por entonces su extrañeza de que
su hijo menor alcanzara antes que el mayor el título por ambos deseado. Esta era la
situación en la época en la que me fue imposible hallar la solución de mi error en la
lectura. Después tropezó también mi hermano con graves inconvenientes. Sus
probabilidades de alcanzar el título de profesor quedaron por bajo de las mías, y
entonces, como si esta disminución de las probabilidades de mi hermano de obtener el
deseado título hubiera apartado un obstáculo, fue cuando de repente se me apareció con
toda claridad el sentido de mi equivocación en la lectura. Lo sucedido era que me había
conducido como si leyera en el periódico el nombramiento de mi hermano, y me dije a
mí mismo: «Es curioso que por tales tonterías (las ocupaciones profesionales de mi
hermano) pueda salir en un periódico (esto es, pueda uno ser nombrado profesor).» En el
acto me fue posible hallar sin dificultad ninguna en la Historia del arte el párrafo sobre
el arte helénico en tiempo de Alejandro, viendo con asombro que en mis pasadas
investigaciones había leído varias veces la página de referencia y todas ellas había
saltado, como poseído por una alucinación negativa, la tan buscada frase. Por otra parte,
ésta no contenía nada que hubiese podido iluminarme ni tampoco nada que por
desagradable hubiera tenido que ser olvidado. A mi juicio, el síntoma de no encontrar en
el libro la frase buscada no apareció más que para inducirme a error, haciéndome buscar
la continuación de la asociación de ideas precisamente allí donde se hallaba colocado un
obstáculo en el camino de mi investigación; esto es, en cualquier idea sobre Alejandro
Magno, con lo cual había de quedar desviado mi pensamiento de mi hermano del mismo
nombre. Esto se produjo, en efecto, pues yo dirigí toda mi actividad a encontrar en la
Historia del arte la perdida página.
El doble sentido de la palabra Beförderung (transporte-promoción) constituye en
este caso el puente asociativo entre los dos complejos: uno, de escasa importancia,
excitado por la noticia leída en el periódico, y otro, más interesante, pero desagradable,
que se manifestó como perturbación de lo que se trataba de leer. Este ejemplo nos
muestra que no son siempre fáciles de esclarecer fenómenos de la especie de esta
equivocación. En ocasiones llega a ser preciso aplazar para una época más favorable la
solución del problema. Pero cuanto más difícil se presenta la labor de interpretación, con
más seguridad se puede esperar que la idea perturbadora, una vez descubierta, sea
juzgada por nuestro pensamiento consciente como extraña y contradictoria.
3) Un día recibí una carta en la que se me comunicaba una mala noticia.
Inmediatamente llamé a mi mujer para transmitírsela, informándola de que la pobre
señora de Wilhelm M. había sido desahuciada por los médicos. En las palabras con que
expresé mi sentimiento debió de haber, sin embargo, algo que, sonando a falso, hizo
concebir a mi mujer alguna sospecha, pues me pidió la carta para verla, haciéndome
observar que estaba segura de que en ella no constaba la noticia en la misma forma en
que yo se la había comunicado, porque, en primer lugar, nadie acostumbra aquí designar
a la mujer sólo por el apellido del marido, y además la persona que nos escribía conocía
perfectamente el nombre de pila de la citada señora. Yo defendí tenazmente mi
afirmación, alegando como argumento la redacción usual de las tarjetas de visita, en las
cuales la mujer suele designarse a sí misma por el apellido del marido. Por último, tuve
que mostrar la carta, y, efectivamente, leímos en ella no sólo «el pobre W. M.», sino «el
pobre doctor W. M.», cosa que me había escapado antes por completo. Mi equivocación
en la lectura había significado un esfuerzo espasmódico, por decirlo así, encaminado a
transportar del marido a la mujer la triste noticia. El título incluido entre el adjetivo y el
apellido no se adaptaba a mi pretensión de que la noticia se refiriese a la mujer, y, por
tanto, fue omitido en la lectura. El motivo de esta falsificación no fue, sin embargo, el de
que la mujer me fuese menos simpática que el marido, sino la preocupación que la
desgracia de éste despertó en mí con respecto a una persona allegada que padecía igual
enfermedad.
4) Más irritante y ridícula es otra equivocación en la lectura a la que sucumbo con
gran frecuencia cuando en épocas de vacaciones me hallo en alguna ciudad extranjera y
paseo por sus calles. En otras ocasiones leo la palabra «Antigüedades» en todas las
muestras de las tiendas en las que consta algún término parecido, equivocación en la que
surge al exterior el deseo de hallazgos interesantes que siempre abriga el coleccionista.
5) Bleuler relata en su importante obra titulada Afectividad, sugestibilidad,
paranoia (1906, pág. 121) el siguiente caso: «Estando leyendo, tuve una vez la sensación
intelectual de ver escrito mi nombre dos líneas más abajo. Para mi sorpresa, no hallé, al
buscarlo, más que la palabra corpúsculos de la sangre (Blutkörperchen). De los muchos
millares de casos analizados por mí de equivocaciones en la lectura, surgidas en palabras
situadas tanto en el campo visual periférico como en el central, era éste el más
interesante. Siempre que antes había imaginado ver mi nombre, la palabra que motivaba
la equivocación había sido mucho más semejante a él, y en la mayoría de los casos
tenían que existir en los lugares inmediatos todas las letras que lo componen para que yo
llegara a cometer el error. Sin embargo, en este caso no fue difícil hallar los
fundamentos de la ilusión sufrida, pues lo que estaba leyendo era precisamente el final
de una crítica en la que se calificaban de equivocados determinados trabajos científicos,
entre los cuales sospechaba yo pudieran incluirse los míos.»
6) (Adición de 1919.) Hanns Sachs contó haber leído: «Las cosas que impresionan
a los demás son sobrepasadas por él en su Steifleinenheit (erudición pedante). Esta
palabra me sorprendió, continuaba diciendo Sachs, y observándole con detención
descubrí que era Stilfeinheit (estilo elegante)». Este pasaje sucedió en el curso de unas
observaciones por un autor al que admiraba, que alababa exageradamente a un
historiador al que yo no tenía simpatía por exhibir el «modo magistral germano» en
forma muy marcada.
7) El doctor Marcell Eibenschütz comunica el siguiente caso de equivocación en
la lectura, cometida en una investigación filológica (Zentralblatt für Psychoanalyse, I, 5-
6) (1911).
«Trabajo actualmente en la traducción del Libro de los mártires, conjunto de
leyendas escritas en alemán arcaico. Mi traducción está destinada a aparecer en la serie
de `Textos alemanes de la Edad Media' que publica la Academia de Ciencias prusiana.
Las referencias sobre este ciclo de leyendas, inédito aún, son muy escasas; el único
escrito conocido sobre él es un estudio de J. Haupt titulado Sobre el «Libro de los
mártires», obra de la Edad Media alemana. Haupt no utilizó para su trabajo un
manuscrito antiguo, sino una copia moderna (del siglo XIX) del Códice principal C
(Klosterneuburg), copia que se conserva en la Biblioteca Real. Al final de esta copia
existe la siguiente inscripción:
ANNO DOMINI MDCCCL IN VIGILIA EXALTATIONIS SANCTE CRUCIS
CEPTUS EST ISTE LlBER ET IN VIGILIA PASCE ANNI SUBSEQUENTIS
FINITUS CUM AUDITORIO OMNIPOTENTIS PER ME HARTMANUM DE
KRASNA TUNC TEMPORIS ECCLESIE NIWENBURGENSIS CUSTODEM.
Haupt incluye en su estudio esta inscripción, creyéndola de mano del mismo autor
del manuscrito C, y, sin embargo, no modifica su afirmación de que éste fue escrito en el
año 1350, lo cual supone haber leído equivocadamente la fecha de 1850 que consta con
toda claridad en números romanos, e incurre en este error, a pesar de haber tenido que
copiar la inscripción entera, en la cual aparece la citada fecha de MDCCCL.
El trabajo de Haupt ha constituido para mí un manantial de confusiones. Al
principio, hallándome por completo como novicio en la ciencia filológica, bajo la
influencia de la autoridad de Haupt, cometí durante mucho tiempo igual error que él y
leí en la citada inscripción 1350 en vez de 1850; mas luego vi que en el manuscrito
principal C, por mí utilizado, no existía la menor huella de tal inscripción, y descubrí
además que en todo el siglo XIV no había habido en Klosterneuburg ningún monje
llamado Hartmann. Cuando por fin cayó el velo que oscurecía mi vista, adiviné todo lo
sucedido, y subsiguientes investigaciones confirmaron mi hipótesis en todos sus puntos.
La tan repetida inscripción no existe más que en la copia utilizada por Haupt y proviene
de mano del copista, el padre Hartman Zeibig, natural de Krasna (Moravia), fraile
agustino y canónigo de Klosterneuburg, el cual copió en 1850, siendo tesorero de la
Orden, el manuscrito principal C, y se citó a sí mismo, según costumbre antigua, al final
de la copia. El estilo medieval y la arcaica fotografía de la inscripción, unidos al deseo
de Haupt de dar el mayor número posible de datos sobre la obra objeto de su estudio y,
por tanto, de precisar la fecha del manuscrito C, contribuyeron a hacerle leer siempre
1350 en vez de 1850. (Motivo del acto fallido.)»
8) Entre las Ocurrencias chistosas y satíricas, de Lichtenberg, se encuentra una
que seguramente ha sido tomada de la realidad y encierra en sí casi toda la teoría de las
equivocaciones en la lectura. Es la que sigue: «Había leído tanto a Homero, que siempre
que aparecía ante su vista la palabra angenommen (admitido) leía Agamemnon
(Agamenón).»
En una numerosísima cantidad de ejemplos es la predisposición del lector la que
transforma el texto a sus ojos, haciéndole leer algo relativo a los pensamientos que en
aquel momento le ocupan. El texto mismo no necesita coadyuvar a la equivocación más
que presentando alguna semejanza en la imagen de las palabras, semejanza que pueda
servir de base al lector para verificar la transformación que su tendencia momentánea le
sugiere. El que la lectura sea rápida y, sobre todo, el que el sujeto padezca algún defecto,
no corregido, de la visión son factores que coadyuvan a la aparición de tales ilusiones,
pero que no constituyen en ningún modo condiciones necesarias.
9) La pasada época de guerra, haciendo surgir en toda persona intensas y
duraderas preocupaciones, favoreció la comisión de equivocaciones en la lectura más
que en la de ningún otro rendimiento fallido. Durante dichos años pude hacer una gran
cantidad de observaciones, de las que, por desgracia, sólo he anotado algunas. Un día
cogí un periódico y hallé en él impresa en grandes letras la frase siguiente: «La paz de
Görz» (Der Friede von Görz). Mas en seguida vi que me había equivocado y que lo que
realmente constaba allí era «El enemigo ante Görz» (Die Feinde von Görz). No es
extraño que quien tenía dos hijos combatiendo en dicho punto cometiese tal error. Otra
persona halló en un determinado contexto una referencia a «antiguos bonos de pan» (alte
Brotkarte), bonos que, al fijar su atención en la lectura, tuvo que cambiar por «brocados
antiguos» (alte Brokate). Vale la pena de hacer constar que el individuo que sufrió este
error era frecuentemente invitado a comer por una familia amiga y solía corresponder a
tal amabilidad y hacerse grato a la señora de la casa cediéndole los bonos de pan que
podía procurarse. Un ingeniero, preocupado porque su equipo de faena no había podido
nunca resistir sin destrozarse en poco tiempo la humedad que reinaba en el túnel en cuya
construcción trabajaba, leyó un día, quedándose asombrado, un anuncio de «objetos de
piel malísima» (Schundleder -textualmente: piel indecente-). Pero los comerciantes rara
vez son tan sinceros. Lo que el anuncio recomendaba eran objetos de «piel de foca»
(Seehundleder).
La profesión o situación actual del lector determinan también el resultado de sus
equivocaciones. Un filólogo que, a causa de sus últimos y excelentes trabajos, se halla
en controversia con sus colegas, leyó en una ocasión «estrategia del idioma»
(Sprachstrategie), en vez de «estrategia del ajedrez» (Schachstrategie). Un sujeto que
paseaba por las calles de una ciudad extranjera, al llegar la hora en que el médico que le
curaba de una enfermedad intestinal le había prescrito la diaria y regular realización de
un acto necesario, leyó en una gran muestra colocada en el primer piso de un alto
almacén la palabra Closet; mas a su satisfacción de haber hallado lo que le permitía no
infringir su plan curativo se mezcló cierta extrañeza por la inhabitual instalación de
aquellas necesarias habitaciones. Al mirar de nuevo la muestra desapareció su
satisfacción, pues lo que realmente había escrito en ella era Corset-House.
10) Existe un segundo grupo de casos en el que la participación del texto en el
error que se comete en su lectura es más considerable. En tales casos, el contenido del
texto es algo que provoca una resistencia en el lector o constituye una exigencia o
noticia dolorosa para él, y la equivocación altera dicho texto y lo convierte en algo
expresivo de la defensa del sujeto contra lo que le desagrada o en una realización de sus
deseos. Hemos de admitir, por tanto, que en esta clase de equivocaciones se percibe y se
juzga el texto antes de corregirlo, aunque la consciencia no se percate en absoluto de
esta primera lectura.
Un ejemplo de este género es el señalado anteriormente con el número (3), y otro,
el que a continuación transcribimos, observado por el doctor Eitingon durante su
permanencia en el hospital militar de Igló (Internationale Zeitschrift für Psychoanalyse,
II, 1915):
«El teniente X., que se encuentra en nuestro hospital enfermo de una neurosis
traumática de guerra, me leía una tarde la estrofa final de una poesía del malogrado
Walter Heymann, caído en la lucha. Al llegar a los últimos versos, X., visiblemente
emocionado, los leyó en la siguiente forma:
»-Mas ¿dónde está escrito, me pregunto, que sea yo el que entre todos permanezca
en vida y sea otro el que en mi lugar caiga? Todo aquel que de vosotros muere, muere
seguramente por mí. ¿Y he de ser yo el que quede con vida? ¿Por qué no?
»Mi extrañeza llamó la atención del lector, que, un poco confuso, rectificó:
»-¿Y he de ser yo el que quede con vida? ¿Por qué yo?»
Este caso me permitió penetrar analíticamente en la naturaleza del material
psíquico de las «neurosis traumáticas de guerra» y avanzar en la investigación de sus
causas un poco más allá de las explosiones de las granadas, a las que tanta importancia
se ha concedido en este punto.
En el caso expuesto se presentaban también a la menor excitación los graves
temblores que caracterizan a estas neurosis, así como la angustia y la propensión al
llanto, a los ataques de furor, con manifestaciones motoras convulsivas de tipo infantil, y
a los vómitos.
El origen psíquico de estos síntomas, sobre todo del último, hubiera debido ser
percibido por todo el mundo, pues la aparición del médico mayor que visitaba de cuando
en cuando a los convalecientes o la frase de un conocido que al encontrar a uno en la
calle le dijese: «Tiene usted muy buen aspecto. Seguramente está usted ya curado»,
bastaban para provocar en el acto un vómito.
«Curado…, volver al frente…, ¿por qué yo?»
El doctor Hans Sachs ha reunido y comunicado algunos otros casos de
equivocaciones en la lectura motivadas por las circunstancias especiales de la época de
guerra (lnternationale Zeitschrift für Psychoanalyse, IV, 1916-17):
11) «Un conocido mío me había dicho repetidas veces que cuando fuera llamado a
filas no haría uso del derecho que su título facultativo le concedía de prestar sus
servicios en el interior y, por tanto, iría al frente de batalla. Poco tiempo antes de llegarle
su turno me comunicó un día, con seca concisión, que había presentado su título para
hacer valer sus derechos y que, en consecuencia, había sido destinado a una actividad
industrial. Al día siguiente nos encontramos en una oficina. Yo me hallaba escribiendo
ante un pupitre, y mi amigo se situó detrás de mí y estuvo mirando un momento lo que
yo escribía. Luego dijo: `La palabra esa de ahí arriba es Druckbogen (pliego), ¿no?
Antes había leído Drückeberger (cobarde)'.»
12) «Yendo sentado en un tranvía iba pensando en que algunos de mis amigos de
juventud que siempre habían sido tenidos por delicados y débiles se hallaban ahora en
estado de resistir penosas marchas, a las que yo seguramente sucumbiría. En medio de
estos pocos agradables pensamientos leí a la ligera y de pasada en la muestra de una
tienda las palabras `Constituciones de hierro', escritas en grandes letras negras. Un
segundo después caí en que estas palabras no eran apropiadas para constar en el rótulo
de ningún comercio y, volviéndome, conseguí echar aún una rápida ojeada sobre el
letrero. Lo que realmente se leía en él era: `Construcciones de hierro'.»
13) «En los periódicos vi un día un despacho de la agencia Reuter con la noticia,
desmentida más tarde, de que Hughes había sido elegido presidente de la República de
los Estados Unidos. Al pie de esta noticia venía una corta biografía del supuesto elegido,
y en ella leí que Hughes había cursado sus estudios en la Universidad de Bonn,
extrañando no haber encontrado este dato en ninguno de los artículos periodísticos que,
con motivo de la elección presidencial en Norteamérica, venían publicándose hacía ya
algunas semanas. Una nueva lectura me demostró que la Universidad citada era la de
Brown. Este rotundo caso, en el cual hubo de ser necesaria una fuerte violencia para la
producción del error, se explica por la ligereza con la que suelo leer los periódicos; pero,
sobre todo, por el hecho de que la simpatía del nuevo presidente hacia las potencias
centrales me parecía deseable como fundamento de futuras buenas relaciones y no sólo
por motivos políticos, sino también de índole personal.»
II. Equivocaciones en la escritura.
1) En una hoja de papel que contenía principalmente notas diarias de interés
profesional encontré con sorpresa la fecha equivocada, «Jueves, 20 octubre», escrita en
vez de la verdadera, que correspondía al mismo día del mes de septiembre. No es difícil
explicar esta anticipación como expresión de un deseo. En efecto, días antes había
regresado con nuevas fuerzas de mi viaje de vacaciones y me sentía dispuesto a reanudar
mi actividad médica, pero el número de pacientes era aún pequeño. A mi llegada había
hallado una carta, en la que un enfermo anunciaba su visita para el día 20 de octubre. Al
escribir la fecha del mismo día del mes de septiembre debí de pensar: «Ya podía estar
aquí X. ¡Qué lástima tener que perder un mes entero!», y con esta idea anticipé la fecha.
Como el pensamiento perturbador no podía calificarse en este caso de desagradable,
hallé sin dificultad la explicación de mi error en cuanto me di cuenta de él. Al otoño
siguiente cometí de nuevo un error análogo y similarmente motivado. E. Jones ha
estudiado estos casos de equivocación en la escritura de las fechas, hallándolos, en su
mayoría, dependientes de un motivo.
2) Habiendo recibido las pruebas de mi contribución a la Memoria anual sobre
Neurología y Psiquiatría, me dediqué con especial cuidado a revisar los nombres de los
autores extranjeros citados en mi trabajo, nombres que por pertenecer a personas de
diversas nacionalidades presentan siempre alguna dificultad para los cajistas. En efecto,
hallé varias erratas de esta clase, que tuve que corregir; pero lo curioso fue que el cajista
había rectificado, en cambio, en las pruebas un nombre que yo había escrito
erróneamente en las cuartillas. En mi artículo alababa yo el trabajo del tocólogo
Burckhard sobre la influencia del nacimiento en el origen de la parálisis infantil, y al
escribir dicho nombre me había equivocado y había escrito Buckrhard, error que el
cajista corrigió, componiendo el nombre correctamente. Mi equivocación no provenía de
que yo abrigase contra el tocólogo una enemistad que me hubiera hecho desfigurar su
nombre al escribirlo; pero era el caso que su mismo apellido lo llevaba también un
escritor vienés que me había irritado con una crítica poco comprensiva de mi
Interpretación de los sueños, y de este modo, lo sucedido fue como si al escribir el
apellido Burckhard con el que quería designar al tocólogo, hubiera pensado algo
desagradable del otro escritor de igual apellido, cometiendo entonces el error que
desfiguró aquél, acto que, como ya indicamos antes, significa desprecio hacia la persona
correspondiente.
3) Esta afirmación aparece confirmada y robustecida por una autoobservación, en
la que A. J. Storfer expone con franqueza digna de encomio los motivos que le hicieron
recordar inexactamente primero y escribir luego, desfigurándolo, el nombre de un
supuesto émulo científico (Internationale Zeitschrift für Psychoanalyse, II, 1914):
«UNA OBSTINADA DESFIGURACIÓN DE UN NOMBRE»:
«En diciembre de 1910 vi en el escaparate de una librería de Zurich el entonces
reciente libro del doctor Eduard Hitschmann sobre la teoría freudiana de las neurosis.
Por aquellos días trabajaba yo precisamente en una conferencia, que debía pronunciar en
una sociedad científica, sobre la Psicología de Freud. En la ya escrita introducción a mi
conferencia hablaba yo del desarrollo histórico de la Psicología freudiana, observando
que por tener ésta su punto de partida en investigaciones de carácter práctico, se hacía
muy difícil exponer en un breve resumen sus líneas fundamentales, no habiendo hasta el
momento nadie que hubiese emprendido tal tarea. Al ver aquel libro, de autor hasta
entonces desconocido para mí, no pensé al principio comprarlo, y cuando días después
decidí lo contrario, el libro no estaba ya en el escaparate. Al dar en la tienda el título de
la obra recién publicada nombré como autor al doctor Eduard Hartmann. El librero me
corrigió, diciendo: `Querrá usted decir Hitschmann', y me trajo el libro deseado.
»El motivo inconsciente del rendimiento fallido era fácil de descubrir: Yo contaba
ya, en cierto modo, con hacerme un mérito de haber resumido antes que nadie las líneas
fundamentales de la teoría psicoanalítica, y, por tanto, había visto con enfado y envidia
la aparición del libro de Hitschmann, que disminuía mis merecimientos. La deformación
del nombre de su autor constituía, pues, conforme a las teorías sustentadas en la
Psicopatología de la vida cotidiana, un acto de hostilidad inconsciente. Con esta
explicación me di entonces por satisfecho.
»Semanas después anoté por escrito las circunstancias del rendimiento fallido
relatado, y al hacerlo se me ocurrió pensar en cuál sería la razón de haber transformado
el nombre de Eduard Hitschmann precisamente en Eduard Hartmann. ¿Habría sido tan
sólo la semejanza entre ambos nombres la que me había hecho escoger como sustitutivo
el del renombrado filósofo? Mi primera asociación fue el recuerdo de que el profesor
Hugo Meltzl, apasionado admirador de Schopenhauer, había dicho un día lo siguiente:
`Eduard von Hartmann es Schopenhauer desfigurado, Schopenhauer, vuelto hacia la
izquierda'. Así, pues, la tendencia afectiva que había determinado la imagen sustitutiva
del nombre olvidado era ésta: `El tal Hitschmann y su exposición compendiada de las
teorías de Freud no deben de ser nada que valga la pena. Hitschmann debe de ser, con
respecto a Freud, lo que Hartmann con respecto a Schopenhauer.''
»Al cabo de seis meses cayó ante mi vista la hoja en que había anotado este caso
de olvido determinado y acompañado de recuerdo sustitutivo, y al leerla observé que
nuevamente había desfigurado en mi relato el nombre de Hitschmann, escribiendo
Hintschmann.»
4) He aquí otro caso de equivocación en la escritura, aparentemente grave, y que
pudiera ser también incluido entre los casos de «actos de término erróneo» (Vergreifen):
«En una ocasión me proponía sacar de la Caja Postal de Ahorros la cantidad de
300 coronas, que deseaba enviar a un pariente mío, residente fuera de Viena, para hacer
posible emprender una cura de aguas prescrita por su médico. Al ocuparme de este
asunto vi que mi cuenta corriente ascendía a 4.380 coronas, y decidí dejarla reducida a
4.000, cantidad redonda que debía permanecer intacta en calidad de reserva para futuras
contingencias. Después de extender el cheque en forma regular y haber cortado en la
libreta los cupones correspondientes a la cantidad deseada, me di cuenta de que había
solicitado extraer de la Caja de Ahorros no 380 coronas, como quería sino exactamente
438, y quedé asustado de la poca seguridad con que ejecutaba mis propios actos. En
seguida reconocí lo injustificado de mi miedo pues mi error no me hubiera hecho más
pobre de lo que era antes de él. Pero hube de reflexionar un rato con objeto de descubrir
la influencia que había modificado mi primera intención, sin advertir antes de ello a mi
consciencia. Al principio me dirigí por caminos equivocados. Sustraje 380 coronas de
438 y me quedé sin saber qué hacer de la diferencia obtenida. Mas al fin caí en la
verdadera conexión: ¡438 era el diez por ciento de 4.380, total de mi cuenta corriente!
¡Y el diez por ciento es el descuento que hacen los libreros! Recordé que días antes
había buscado en mi biblioteca, y reunido aparte, una cantidad de obras de Medicina que
habían perdido su interés para mí con objeto de ofrecérselas al librero, precisamente por
300 coronas. El librero encontró demasiado elevado el precio y quedó en darme algunos
días después su definitiva respuesta. En caso de aceptar el precio pedido, me habría
reembolsado la suma que yo tenía que enviar a mi enfermo pariente. No cabía, pues,
dudar de que en el fondo lamentaba tener que disponer de aquella suma en favor de otro.
La emoción que experimenté al darme cuenta de mi error queda mejor explicada ahora,
interpretándola como un temor de arruinarme con tales gastos. Pero ambas cosas, el
disgusto de tener que enviar la cantidad y el miedo a arruinarme con él ligado, eran
completamente extrañas a mi consciencia. No sentí la menor huella de disgusto al
prometer enviar dicha suma y hubiera encontrado risible la motivación del mismo.
Nunca me hubiera creído capaz de abrigar tales sentimientos si mi costumbre de someter
a los pacientes al análisis psíquico no me hubiera familiarizado hasta cierto punto con
los elementos reprimidos de la vida anímica, y si, además, no hubiera tenido días antes
un sueño que reclamaba igual interpretación».
5) El caso que va a continuación y cuya autenticidad puedo garantizar, está
tomado de una comunicación de W. Stekel:
«En la redacción de un difundido semanario ocurrió recientemente un increíble
caso de equivocación en la escritura y en la lectura. La dirección de dicho semanario
había sido tachada de `vendida', y se trataba de contestar en un artículo rechazando con
indignación el insultante calificativo. El redactor jefe y el autor de dicho artículo leyeron
éste repetidas veces, tanto en las cuartillas como en las pruebas, y ambos quedaron
satisfechos. De repente llegó a su presencia el corrector, haciéndoles notar una pequeña
errata que se les había escapado a todos. En el artículo se leía con toda claridad lo
siguiente: `Nuestros lectores testimoniarán que nosotros hemos defendido siempre
interesadamente el bien general.' Como es lógico, lo que allí se había querido decir era
desinteresadamente. Pero los verdaderos pensamientos se abrieron camino a través del
patético discurso.»
6) Una lectora del Pester Lloyd, la señora Kata Levy, de Budapest, observó un
caso similar de sinceridad involuntaria en una afirmación de un telegrama de Viena
publicado por dicho periódico el 11 de octubre de 1918.
Decía así: «A causa de la absoluta confianza que durante toda la guerra ha reinado
entre nosotros y nuestros aliados alemanes, debe suponerse como cosa indudable que
ambas potencias obrarán conjuntamente en todas las ocasiones y, por tanto, es ocioso
añadir que también en esta fase de la guerra laboran de imperfecto acuerdo los Cuerpos
diplomáticos de ambos países.»
Pocas semanas después se pudo hablar con más libertad de dicha «absoluta
confianza», sin tener que recurrir a las equivocaciones en la escritura o en la
composición.
7) Un americano que había venido a Europa, dejando en su país a su mujer,
después de algunos disgustos conyugales, creyó llegada, en un determinado momento, la
ocasión de reconciliarse con ella y la invitó a atravesar el Océano y venir a su lado.
«Estaría muy bien -le escribió- que pudieras hacer la travesía en el Mauritania, como yo
la hice.» Al releer la carta rompió el pliego en que iba la frase anterior y lo escribió de
nuevo, no queriendo que su mujer viera la corrección que le había sido necesario
efectuar en el nombre del barco. La primera vez había escrito Lusitania.
Este lapsus calami no necesita explicación y puede interpretarse en el acto. Pero
cabe añadir lo siguiente: la mujer del americano había ido a Europa por primera vez a
raíz de la muerte de su única hermana, y si no me equivoco, el Mauritania es el buque
gemelo del Lusitania, perdido durante la guerra. (Agregado en 1920.)
8) Un médico examinó a un niño y puso una receta en cuya composición entraba
alcohol. Mientras redactaba su prescripción, la madre del niño hubo de fatigarle con
preguntas ociosas. El médico se propuso interiormente no molestarse por tal
inoportunidad, consiguiéndolo, en efecto, pero se equivocó al escribir, y puso, en lugar
de alcohol, achol (aproximadamente, «nada de cólera»). (Agregado en 1910.)
9) A causa de la semejanza en el contenido, añadiré aquí un caso observado por E.
Jones en su colega A. A. Brill. Este último, que es abstemio, bebió un día un poco de
vino, obligado por las obstinadas instancias de un amigo. A la mañana siguiente un
violento dolor de cabeza le dio motivo para lamentar el haber cedido. En aquellos
instantes tuvo que escribir el nombre de una paciente llamada Ethel, y en lugar de esto
escribió Ethyl (Etil-alcohol). A ello coadyuvó el hecho de que la aludida paciente
acostumbraba beber más de lo que le hubiera convenido.
10) Dado que una equivocación de un médico al escribir una receta posee una
importancia que sobrepasa el general valor práctico de los funcionamientos fallidos,
transcribiré aquí con todo detalle el único análisis publicado hasta el día de tal error en la
escritura (Internationale Zeitschrift f. Psychoanalyse, I, 1913):
UN CASO REPETIDO DE EQUIVOCACIÓN EN LA ESCRITURA DE UNA
RECETA
DOCTOR EDUARD HITSCHMANN
«Un colega me contó un día que en el transcurso de varios años le había sucedido
repetidas veces equivocarse al prescribir un determinado medicamento a pacientes
femeninas de edad ya madura. En dos casos recetó una dosis diez veces mayor de la que
se proponía, y después, al darse repentina cuenta de su error, tuvo que regresar (lleno de
temor de haber perjudicado a las pacientes y de atraer sobre sí mismo graves
complicaciones) al lugar donde había dejado las recetas, para pedir que se las
devolvieran. Este raro acto sintomático (Symptomhandlung) merece ser detenidamente
observado, exponiendo por separado y con todo detalle las diversas ocasiones en que se
manifestó.
Primer caso. El referido médico recetó a una mujer, situada ya en el umbral de la
ancianidad, supositorios de belladona diez veces más fuertes de lo que se proponía.
Después abandonó la clínica, y cerca de una hora más tarde, cuando estaba ya en su casa
almorzando y leyendo el periódico, se dio de repente cuenta de su error. Sobrecogido,
corrió a la clínica para preguntar las señas de la paciente, y luego a casa de ésta, situada
en un barrio apartado. Por fin encontró a la mujer, que aún no había hecho uso de la
receta, y logró que se la devolviera, regresando a su casa tranquilo y satisfecho. Como
disculpa ante sí mismo alegó, no sin razón, que mientras estaba escribiendo la receta, el
jefe de la ambulancia, persona muy habladora, estuvo detrás de él mirando lo que
escribía, por encima de su hombro, y molestándole.
Segundo caso. El mismo médico tuvo un día que dejar su consulta, arrancándose
del lado de una bella y coqueta paciente, para ir a visitar a una solterona vieja, a cuya
casa se dirigió en automóvil, pues le urgía terminar pronto su visita para reunirse luego
secretamente, a una hora determinada, con una muchacha joven, a la que amaba.
También en esta visita a la anciana paciente recetó belladona contra igual padecimiento
que el del caso anterior, y también cometió el error de prescribir una composición diez
veces más fuerte. La enferma le habló durante la visita de algunas cosas interesantes sin
relación con su enfermedad; pero el médico dejó advertir su impaciencia, aunque
negándola con corteses palabras, y se retiró con tiempo más que sobrado para acudir a su
amorosa cita. Cerca de doce horas después, hacia las siete de la mañana, se dio cuenta, al
despertar, del error cometido y, lleno de sobresalto, envió un recado a casa de la
paciente, con la esperanza de que no hubiera aún enviado la receta al farmacéutico y se
la devolviera para revisarla. En efecto, recibió la receta, pero ésta había sido ya servida.
Con cierta resignación estoica y el optimismo que da la experiencia fue entonces a la
farmacia, donde el encargado le tranquilizó, diciendo que, naturalmente (¿quizá también
por un descuido?), había aminorado mucho la dosis prescrita en la receta al servir el
medicamento.
Tercer caso. El mismo médico quiso recetar a una anciana tía suya, hermana de su
madre, una mezcla de Tinct. belladonnae y Tinct. Opii, en dosis inofensivas. La criada
llevó en seguida la receta a la botica. Poco tiempo después recordó el médico que había
escrito «extract» en vez de «tinctura», y a los pocos momentos le telefoneó el
farmacéutico interpelándole sobre este error. El médico se disculpó con la mentida
excusa de que no había acabado de escribir la receta y, habiéndola dejado sobre la mesa,
la había cogido la criada sin estar terminada.
Las singulares coincidencias que presentan estos tres casos de error en la escritura
de una receta consisten en que, hasta hoy, no le ha sucedido esto al referido médico más
que con un único medicamento, tratándose de pacientes femeninas de edad avanzada y
siendo siempre demasiado fuerte la dosis prescrita. Un corto análisis reveló que el
carácter de las relaciones familiares entre el médico y su madre tenía que ser de una
importancia decisiva en este caso. Uno de sus recuerdos durante el análisis fue el de
haber prescrito -probablemente antes de estos actos sintomáticos- a su también anciana
madre la misma receta, y, por cierto, en una dosis de 0,03, a pesar de que la usual de
0,02 era la que él acostumbraba prescribir, pensando con tal aumento curarla más
radicalmente. El enérgico medicamento produjo en la enferma, cuyo estado era delicado,
una fuerte reacción, acompañada de manifestaciones congestivas y desagradable
sequedad de garganta. La enferma se quejó de ello, aludiendo, medio en serio, medio en
broma, al peligro de los remedios prescritos por su hijo. Ya en otras ocasiones había
rechazado la madre, hija también de un médico, los medicamentos recetados por su hijo,
haciendo semihumorísticas observaciones sobre una posibilidad de envenenamiento.
De lo que por el análisis se pudo deducir sobre las relaciones familiares entre el
médico y su madre resulta que el amor filial del primero era puramente instintivo y que
la estimación espiritual en que tenía a su madre y su respeto hacia ella no eran
ciertamente exagerados. El tener que habitar en la misma casa con su madre y su
hermano, un año menor que él, constituía para el médico una coacción de su libertad
erótica, y nuestra experiencia psicoanalítica nos ha demostrado la influencia de este
sentimiento de coacción en la vida íntima del individuo.
El médico aceptó el análisis, regularmente satisfecho de la explicación que daba a
sus errores, y añadió sonriendo que la palabra «belladona» (bella mujer) podía tener
también un inconsciente significado erótico. También él había usado en alguna ocasión
anterior dicho medicamento.»
No creo nada aventurado afirmar que tales graves rendimientos fallidos siguen
idénticos caminos que los otros, más inofensivos, antes analizados.
11) El siguiente lapsus calami, comunicado por S. Ferenczi, puede incluirse entre
los más inocentes e interpretarse simplemente como un rendimiento fallido producido
por condensación motivada por impaciencia (compárese con la equivocación oral «el
man…», capítulo 5), mientras un análisis más profundo no demuestre la existencia de un
elemento perturbador más vigoroso.
«Queriendo escribir: Aquí viene bien la anécdota (Anekdote)…, escribí esta
última palabra en la siguiente forma: Anektode. En efecto, la anécdota a que yo me
refería era la de un gitano condenado a muerte (zu Tode verurteilt), que solicitó como
última gracia el escoger por sí mismo el árbol del que habían de ahorcarle y, como es
natural, no encontró, a pesar de buscarlo con afán, ninguno que le pareciera bien.»
12) Otras veces, contrastando con el inofensivo caso anterior, puede una
insignificante errata revelar un peligroso sentido que se quiere mantener secreto. Así, en
el siguiente ejemplo, que se nos comunica anónimamente:
«Al final de una carta escribí las palabras: `Salude usted cordialmente a su esposa
y a su hijo (ihren Sohn).' En el momento de cerrar el sobre noté haber cometido el error
de escribir la palabra `ihren' con minúscula, con lo cual el sentido de la frase era el
siguiente: `Salude usted a su esposa y a su hijo (de ella).' Claro es que corregí la errata
antes de enviar la carta. Al regresar de mi última visita a esta familia, la señora que me
acompañaba me hizo notar que el hijo se parecía muchísimo a un íntimo amigo de la
casa, el cual debía ser, sin duda, su verdadero padre.»
13) Una señora escribía a su hermana dándole la enhorabuena por su instalación
en una nueva casa, más cómoda y espaciosa que la que antes ocupaba. Una amiga que se
hallaba presente observó que la señora había puesto a su carta una dirección equivocada,
y ni siquiera la de la casa que la hermana acababa de abandonar, sino la otra en la que
había vivido a raíz de casarse y había dejado hacía ya mucho tiempo. Advirtió a su
amiga el error, y ésta tuvo que confesarlo, diciendo: «Tiene usted razón; pero ¿cómo es
posible que me haya equivocado de tal modo? ¿Y por qué?» La amiga opinó:
«Seguramente es que le envidia usted la casa cómoda y amplia a que ahora se traslada
ella, mientras que usted tiene que seguir viviendo en una menos espaciosa. Ese
sentimiento es el que le hace a usted mudar a su hermana a su primera casa, en la que
también carecía de comodidades.» «Sí que la envidio», confesó sinceramente la señora,
y añadió: «¡Qué fastidio que en estas cosas tenga una siempre tan vulgares sentimientos,
a pesar de una misma!» (Agregado en 1910).
14) E. Jones comunica el siguiente ejemplo de equivocaciones en la escritura,
observado por A. A. Brill: Un paciente dirigió al doctor Brill una carta, en la que se
esforzaba en achacar su nerviosidad a los cuidados y a la tensión espiritual que le
producía la marcha de sus negocios ante la crisis por la que atravesaba el mercado
algodonero. En dicha carta se leía lo siguiente: …my trouble is all due to that damned
frigid «wave» (literalmente: «… toda mi perturbación es debida a esta maldita ola
frígida.» La expresión «ola frígida» designa la «ola de baja» que había invadido el
mercado del algodón). Pero el paciente, al escribir la frase citada, escribió wife (mujer),
en vez de wave (ola). En realidad, abrigaba en su corazón amargos reproches contra su
mujer, motivados por su frigidez conyugal y su esterilidad, y no se hallaba muy lejos de
reconocer que la privación que este estado de cosas le imponía era culpable en mucha
parte de la enfermedad que le aquejaba.
15) El doctor R. Wagner comunica la siguiente autoobservación en la Zentralblatt
für Psychoanalyse, I, 12 (1911):
«Al releer un antiguo cuaderno de apuntes universitarios hallé que la rapidez que
es necesario desarrollar para tomar las notas siguiendo la explicación del profesor me
había hecho cometer un pequeño lapsus. En vez de Epithel (epitelio), había escrito
Edithel, diminutivo de un nombre femenino. El análisis retrospectivo de este caso es en
extremo sencillo. Por la época en que cometí la equivocación mi amistad con la
muchacha que llevaba dicho nombre era muy superficial y hasta mucho tiempo después
no se convirtió en íntima. Mi error constituye, pues, una excelente prueba de la
emergencia de una amorosa inclinación inconsciente en una época en la que yo mismo
no tenía aún la menor idea de ella. Los sentimientos que acompañaban a mi error se
manifiestan en la forma de diminutivo que cogió para exteriorizarse.»
16) La señora del doctor Von Hug-Hellmuth relata en su contribución al capítulo
«Equivocaciones en la escritura y en la lectura» (Zentralblatt für Psychoanalyse, II, 5
(1912), el siguiente caso:
«Un médico prescribió a una paciente `agua de levítico', en vez de `agua de
Levico'. Este error, que dio pie al farmacéutico para hacer algunas observaciones
impertinentes, puede ser interpretado más benignamente, investigando sus determinantes
inconscientes y no negando a éstos, a priori, una cierta verosimilitud, aunque no sean
más que hipótesis subjetivas de una persona lejana a dicho médico. Este poseía una
numerosa clientela, a pesar de la rudeza con que solía sermonear (leer los Levitas) a sus
pacientes, reprochándoles su irracional régimen de alimentación, y su casa se llenaba
durante las horas de consulta. Esta aglomeración justificaba el deseo de que sus clientes,
una vez terminado el examen, se vistiesen lo más rápidamente posible; vite, vite
(francés; de prisa, de prisa). Si no recuerdo mal, la mujer del médico era de origen
francés, circunstancia que justifica mi atrevida hipótesis de que para expresar el deseo
antedicho usara aquél palabras pertenecientes a tal idioma. Aparte de esto, es costumbre
de muchas personas el usar locuciones extranjeras en algunos casos. Mi padre solía
invitarnos a andar de prisa, cuando de niños nos sacaba a paseo, con las frases: Avanti,
gioventù, o Marchez au pas, y un médico, ya entrado en años, que me asistió en una
enfermedad de garganta, exclamaba siempre: «Piano, piano», para tratar de refrenar mis
rápidos movimientos. Así, pues, me parece muy probable que el médico citado tuviera
esta costumbre de decir vite, vite para dar prisa a sus clientes, y de este modo se
equivocase al poner la receta, escribiendo levítico en vez de levico.»
En este mismo trabajo publica su autora algunas equivocaciones más, cometidas
en su juventud (fracés por francés). Errónea escritura del nombre «Karl».
17) A la amable comunicación del señor J. G., de quien ya hemos citado algunos
ejemplos por él observados, debo el siguiente relato de un caso que coincide con un
conocido chiste, pero en el que hay que rechazar toda intención preconcebida de burla:
«Hallándome en un sanatorio, en curación de una enfermedad pulmonar, recibí la
sensible noticia de que un próximo pariente mío había contraído el mismo mal de que yo
padecía.
En una carta le aconsejé que fuera a consultar con un especialista, un conocido
médico, que era el mismo que a mí me asistía y de cuya autoridad científica me hallaba
plenamente convencido, teniendo, por otra parte, alguna queja de su escasa amabilidad,
pues poco tiempo antes me había negado un certificado que era para mí de la mayor
importancia.
En su respuesta me llamó la atención mi pariente sobre una errata contenida en mi
carta; errata que, siéndome conocida su causa, me divirtió extraordinariamente.
El párrafo de mi carta era como sigue: «… además, te aconsejo que, sin más
tardar, vayas a insultar al doctor X.» Como es natural, lo que yo había querido decir era
consultar.»
18) Es evidente que las omisiones en la escritura deben ser juzgadas de la misma
manera que las equivocaciones en la misma. En la Zentralblatt für Psychoanalyse, I, 12
(1911), comunicó el doctor en Derecho, B. Dattner, un curioso ejemplo de «error
histórico». En uno de los artículos de la ley sobre obligaciones financieras de Austria y
Hungría, modificadas en 1867, con motivo del acuerdo entre ambos países sobre esta
cuestión, fue omitida en la traducción húngara la palabra efectivo. Dattner cree verosímil
que el deseo de los miembros húngaros que tomaron parte en la redacción de ley, de
conceder a Austria la menor cantidad de ventajas posible, no dejó de influir en la
omisión cometida.
Existen también poderosas razones para admitir que las repeticiones de una misma
palabra, tan frecuentes al escribir y al copiar, perseveraciones, tienen también su
significación. Cuando el que escribe repite una palabra, demuestra con ello que le ha
sido difícil continuar después de haberla escrito la primera vez, por pensar que en aquel
punto hubiera podido agregar cosas que determinadas razones le hacen omitir o por otra
causa análoga. La «perseveración» en la copia parece sustituir a la expresión de un
«también yo» del copista. En largos informes de médicos forenses que he tenido que leer
he hallado, en determinados párrafos, repetidas «perseveraciones» del copista,
susceptibles de interpretarse como un desahogo de éste, que, cansado de su papel
impersonal, hubiera querido añadir al informe una glosa particular, diciendo:
«Exactamente el caso mío» o «Esto es precisamente lo que me sucede».
19) No existe tampoco inconveniente en considerar las erratas de imprenta como
«equivocaciones en la escritura» cometidas por el cajista y aceptar también su
dependencia de un motivo. No he intentado nunca hacer una reunión sistemática de tales
errores, colección que hubiera sido muy instructiva y divertida. Jones ha dedicado en su
ya citada obra un capítulo a estas erratas de imprenta. Las desfiguraciones de los
telegramas pueden ser interpretadas asimismo algunas veces como errores en la escritura
cometidos por los telegrafistas. Durante las vacaciones veraniegas recibí un telegrama de
mi casa editorial, cuyo texto me fue al principio ininteligible. Decía así:
«Recibido provisiones (Vorräte), urge invitación (Einladung). -X.»
La solución de esta adivinanza me fue dada por el nombre X., incluido en ella; X.
es el autor de una obra a la que yo debía poner una introducción (Einleitung), la cual se
convirtió en invitación (Einladung) en el telegrama. Por otra parte, recordé que días
antes había enviado a la casa editorial un prólogo (Vorrede) para otro libro, prólogo que
el telegrafista había transformado en provisiones (Vorräte). Así, pues, el texto real del
telegrama debía ser el siguiente:
«Recibido prólogo, urge introducción. -X.»
Debemos admitir que la transformación fue causada por el «complejo de hambre»
del telegrafista, bajo cuya influencia quedó establecida, además, entre los dos trozos de
la frase, una conexión más íntima de lo que el expedidor del telegrama se proponía. H.
Silberer señala la posibilidad de erratas tendenciosas (1922).