Análisis de la fobia de un niño

ANÁLISIS DE LA FOBIA DE UN NIÑO DE CINCO AÑOS (CASO «JUANITO»)
[*]
1909
I
INTRODUCCIÓN
LA presente historia clínica de un paciente infantil no constituye en rigor una
observación directa mía. Dirigí, desde luego, en conjunto, el plan del tratamiento e
incluso intervine una vez en él, personalmente, manteniendo una conversación con el
infantil sujeto. Pero quien llevó adelante el tratamiento fué el padre del enfermo, al que
debo expresar aquí mi agradecimiento por haber puesto a mi disposición su anotaciones,
autorizándome a publicarlas. Y no fué éste su único merecimiento. Ninguna otra persona
hubiera logrado del pequeño sujeto las confidencias que luego veremos, ni hubiera
poseído tampoco el conocimiento de causa que permitió al padre interpretar las
manifestaciones de su hijo -niño de cinco años- y vencer así las dificultades de una
psicoanálisis en edad tan tierna. Únicamente la unión de la autoridad paterna y la
autoridad médica en una sola persona y la coincidencia del interés familiar con el interés
científico, hicieron posible dar al método analítico un empleo para el cual hubiera sido
inadecuado en otras condiciones.
Pero el valor singular de esta observación estriba en lo siguiente: en su labor de ir
descubriendo por capas sucesivas los productos psíquicos, el médico que trata
psicoanalíticamente a un nervioso adulto llega finalmente a ciertas hipótesis sobre la
sexualidad infantil, en cuyos componentes cree haber hallado las energías impulsoras de
todos los síntomas neuróticos de la vida ulterior. En mis «Tres ensayos sobre una teoría
sexual», publicados en 1905, hube ya de exponer tales hipótesis, tan singulares para el
profano como irrebatibles para el psicoanalista. Pero también el psicoanalista puede
confesarse su deseo de hallar una prueba más directa y próxima de aquellos principios
fundamentales y preguntarse si no sería posible descubrir en el niño, en toda su fresca
vitalidad, aquellos impulsos y deseos sexuales que con tanto trabajo logramos extraer a
la luz en los adultos y de los que afirmamos, además, que son acervo constitucional
común a todos los hombres y sólo intensificados en el neurótico.
Con tal propósito vengo excitando hace ya tiempo a mis amigos y discípulos a reunir
observaciones sobre la vida sexual infantil. Entre el material que así ha ido llegando a mi
poder, adquirieron pronto importancia preponderante las observaciones relativas a
Juanito. Sus padres, identificados con mis teorías, habían convenido educar a su primer
hijo con el mínimum de coerción estrictamente preciso para mantener las buenas
costumbres, y como el niño fué haciéndose así una criatura despierta, alegre y juiciosa,
la tentativa de dejarle formarse y manifestarse sin intimidarle pudo ser continuada sin
temores. En lo que sigue reproduciré a la letra las anotaciones del padre, absteniéndome,
naturalmente, de toda tentativa de velar, por motivos convencionales, la ingenuidad y la
sinceridad del infantil sujeto.
Las primeras observaciones sobre Juanito datan de la época en que no había cumplido
aún los tres años. Manifestaba por entonces, con diversas ocurrencias y preguntas, vivo
interés por una cierta parte de su cuerpo a la que llamaba «la cosita de hacer pipí». Así,
una vez dirigió a su madre la pregunta siguiente:
Juanito: -Oye, mamá, ¿tienes tú también una cosita de hacer pipí?
Mamá: -Naturalmente. ¿Por qué me lo preguntas?
Juanito: -No sé.
Por este mismo tiempo entró una vez en un establo en ocasión en que estaban ordeñando
a una vaca, y observó: «Mira, mamá. De la cosita de la vaca sale leche».
Ya estas primeras observaciones justifican la esperanza de que gran parte de lo que
Juanito nos descubría demostrara ser típico del desarrollo sexual infantil. Ya indicamos
en otra ocasión que no había por qué espantarse al encontrar en una sujeto la
representación de la satisfacción sexual «per os». Esta representación repulsiva tiene un
origen inocente, pues se deriva del acto de mamar del seno materno, derivación en la
cual actúa como elemento intermedio de transición la imagen de la ubre de la vaca, la
cual es, por su naturaleza, una mama, y por su forma y situación, un pene. El
descubrimiento de Juanito confirma la última parte de mi hipótesis.
El interés de Juanito por la cosita de hacer pipí no es exclusivamente teórico. Como era
de esperar, le incitaba también a tocamientos del miembro. Teniendo tres años y medio
le sorprendió su madre con la mano en el pene, le amenazó: «Si haces eso llamaré al
doctor A… para que te corte la cosita, y entonces, ¿con qué vas a hacer pipí?»
Juanito: -Con el «popó».
Juanito responde aún sin consciencia de culpabilidad, pero adquiere en esta ocasión el
«complejo de castración», cuya existencia nos vemos forzados a deducir en tantos
análisis de sujetos neuróticos, a pesar de la tenaz resistencia que los enfermos oponen a
reconocerla. Sobre la importancia de este elemento de la historia infantil habría mucho
que decir. El «complejo de castración» ha dejado en el mito (y no sólo en el griego)
huellas evidentes. Ya en mi «Interpretación de los sueños» y en otros varios trabajos he
tratado más o menos detenidamente este tema.
Aproximadamente en la misma época (a los tres años y medio), llevado un día ante la
jaula de los leones, en Schönbrunn, Juanito exclama alborozado: «¡Les he visto la cosita
a los leones!»
Los animales deben gran parte de la significación que han alcanzado en fábulas y mitos
a la naturalidad con la que muestran a las criaturas humanas, penetradas de ávida
curiosidad, sus órganos genitales y sus funciones sexuales. La indudable curiosidad
sexual de Juanito hace de él un pequeño investigador permitiéndole descubrimientos
conceptuales exactos.
Un día, a los tres años y nueve meses, ve desaguar la caldera de una locomotora y dice:
«Mira, la locomotora está haciendo pipí. ¿Dónde tiene la cosita?»
Y después de una pausa, añade pensativo: «Un perro y un caballo tienen una cosita; una
mesa y un sillón, no». Ha descubierto, pues, una característica esencial para la distinción
entre lo animado y lo inanimado.
El ansia de saber y la curiosidad sexual parecen ser inseparables. La curiosidad de
Juanito recae especialmente sobre sus padres.
Juanito (a los tres años y nueve meses). -Papá, ¿tienes tú también una cosita?
Padre: -¡Naturalmente!
Juanito: -Pues no te la he visto nunca al desnudarte.
Otra vez contempla interesado cómo se desnuda su madre al acostarse. La madre le
pregunta:
-¿Qué me miras?
Juanito: -Para ver si también tú tienes una cosita de hacer pipí.
-¡Naturalmente! ¿No lo sabías?
Juanito: -No. Pensaba que como eres tan mayor tendrías una cosita como un caballo.
Retendremos esta idea de Juanito, que adquiere luego extrema importancia.
Pero el magno acontecimiento en la vida de Juanito es el nacimiento de su hermanita
Hanna, teniendo él exactamente tres años y medio (octubre de 1906). Su conducta en
esta ocasión fué inmediatamente anotada por el padre: A las cinco de la mañana siente
mi mujer los primeros dolores y Juanito es trasladado en su camita a una habitación
contigua. A las siete despierta, oye los quejidos y pregunta: «¿Por qué tose mamá?» y
después de una pausa: «Hoy viene seguramente la cigüeña».
En los últimos días le habíamos dicho que la cigüeña nos iba a traer pronto un niño o
una niña y Juanito enlaza exactamente los quejidos inhabituales con la venida de la
cigüeña.
Más tarde se lo llevan a la cocina. Al pasar por la antesala ve el «trousseau» del médico
y pregunta: «¿Qué es eso?» Le responden: «Un maletín». Y vuelve a asegurar
convencido: «Hoy viene la cigüeña». Después del parto, la comadrona va a la cocina y
encarga que hagan una taza de té. Juanito lo oye y dice: «Mamá tose y por eso le dan
té». Le llevan luego a la alcoba, pero en lugar de mirar a su madre contempla una
palangana medio llena aún de agua sanguinolenta y dice extrañado: «Yo no echo sangre
por la cosita».
«Todas las palabras demuestran que relaciona con la cigüeña aquella situación
inhabitual. Lo observa todo con aire desconfiado. Indudablemente, se ha afirmado en él
la primera desconfianza contra la historia de la cigüeña».
Juanito se muestra luego muy celoso de la nueva hermanita y cuando alguien la alaba en
su presencia, objeta en el acto con acento de burla: «Pero no tiene dientes». Cuando la
vió por primera vez, le sorprendió mucho que no pudiese hablar y se figuró que era
porque no tenía dientes. Durante los primeros días pasó, naturalmente, muy a segundo
término. De pronto, cayó enfermo de anginas. En la fiebre se le oía decir: «No quiero
ninguna hermanita».
«Al cabo de medio año desaparecieron ya, dominados, sus celos, y se convirtió en un
hermano tan cariñoso como consciente de su superioridad».
Cuando la recién nacida tenía ya unos ocho días, Juanito presenció cómo la bañaban.
Observó: «¡Qué pequeña tiene la cosita!» Y añadió luego a guisa de consuelo: «¡Ya le
crecerá cuando sea mayor!»
A la misma edad, tres años y nueve meses, nos ofrece Juanito su primer relato de un
sueño. «Hoy, mientras dormía, he creído que estaba en Gmunden con Maruja«.
«Maruja es una hija del dueño de nuestra residencia veraniega en Gmunden. Una niña de
trece años que jugó con él varias veces.»
Poco después, cuando su padre relata a su madre el sueño en presencia suya, observa
Juanito, rectificándole: «No con Maruja, sino solo, completamente solo, con Maruja».
A este respecto ha de hacerse observar lo siguiente: Juanito pasó el verano de 1906 en
Gmunden creíamos que la despedida y el traslado a la ciudad le serían penosos. Para
nuestra sorpresa, no fué así. Se vió claramente que la variación le agradaba y durante
algunas semanas habló muy poco de Gmunden. Sólo después comenzaron a emerger en
él con cierta frecuencia recuerdos vivamentes coloreados del tiempo que había pasado
en aquella localidad. Desde hace próximamente un mes transforma ya tales
reminiscencias en fantasías. Fantasea estar jugando con los niños, Berta, Olga y
Federico; habla con ellos como si estuvieran presentes y se entretiene así horas enteras.
Ahora que le han traído una hermanita y se encuentra evidentemente preocupado por el
problema de cómo se tienen los niños, llama a Berta y a Olga «sus niñas» y en una
ocasión añade: «También a mis niñas Berta y Olga, las ha traído la cigüeña«. El sueño,
acaecido seis meses después de nuestra partida de Gmunden, debe interpretarse,
indudablemente, como expresión de su deseo de volver a Gmunden.»
Hasta aquí el padre. Por mi parte, haré constar que Juanito, con sus últimas
manifestaciones sobre sus hijitas, a las que también habría traído la cigüeña, contradice
abiertamente una duda latente en su interior.
Por fortuna, el padre hubo de anotar muchas cosas que luego llegaron a adquirir
significación insospechada. Por ejemplo: para entretener a Juanito, que en la última
temporada ha ido varias veces al jardín zoológico de Schönbrunn, le dibujo una jirafa.
Me dice: «Píntale también la cosita». Le respondo: «Píntasela tú mismo». Juanito agrega
a mi dibujo un breve trazo (véase la figura adjunta), al que luego agrega otro,
observando: «La cosita es más larga». Paso con Juanito junto a un caballo que está
orinando. Me dice: «El caballo tiene la cosita abajo, como yo». Ve bañar a su hermanita
de tres meses y dice con acento compasivo: «Tiene una cosita muy chiquituca.» Le dan
una muñeca. La desnuda, la revisa minuciosamente y dice: «Ésta sí que tiene pequeña la
cosita». Ya sabemos que esta fórmula le ha hecho posible no renunciar a su anterior
descubrimiento inductivo. Todo investigador está expuesto a equivocarse alguna vez, y
en tal caso, siempre le servirá de consuelo poder disculparse, como Juanito habría
podido hacerlo en el caso siguiente, alegando no ser el único en errar y haber seguido
simplemente los usos del lenguaje. Así, Juanito, al ver en un libro de estampas, dos
monos, señala la cola de uno de ellos y dice a su padre: «Mira, papá, la cosita del
mono».
El interés que le inspira la cosita le lleva a imaginar un juego especialísimo. «Al lado del
retrete hay una leñera oscura. Desde hace algunos días, Juanito entra repetidamente en la
leñera diciendo: «Voy a mi retrete». En una de estas ocasiones me asomo a la leñera
para ver lo que hace en aquel oscuro rincón. Exhibe su órgano genital y dice: «Estoy
haciendo pipí». Juega, pues, a «ir al retrete». Es indudable que se trata de un juego, pues
no sólo se limita a fingir el acto de la micción, sin realizarlo efectivamente, sino que en
vez de entrar en el retrete, cosa mucho más sencilla, prefiere la leñera, a la cual llama
«su retrete».
Seríamos injustos con Juanito si persiguiésemos tan sólo los rasgos autoeróticos de su
vida sexual. Su padre nos comunica minuciosas observaciones referentes a sus
relaciones eróticas con otros niños, de las cuales resulta, como en el adulto, una
«elección de objeto», deduciéndose también, ciertamente, de ellas una singularísima
volubilidad y una intensa disposición poligámica.
«Durante el invierno (a los tres años y nueve meses) llevo a Juanito a la pista de patinaje
sobre hielo y le hago trabar conocimiento con las hijas de N…, uno de mis colegas, dos
niñas de unos diez años. Juanito se sienta a su lado. Conscientes de la superioridad que
supone su edad avanzada, apenas se dignan posar sus ojos en aquel muñeco que las
contempla con respetuosa admiración. A pesar de todo, Juanito, al referirse luego a ellas,
dice constantemente: «mis niñas». «¿Dónde están mis niñas? ¿Cuándo vienen mis
niñas?» y durante semanas enteras me persigue en casa con la pregunta: «¿Cuándo me
llevas otra vez a la pista de hielo a ver a mis niñas?»
Un niño de cinco años, primo de Juanito, viene a visitarlo. Juanito (cuatro años) le
abraza cariñosamente una y otra vez y le dice una de ellas: «¡Cuánto te quiero!»
Es éste el primer rasgo de homosexualidad que hallamos en Juanito. No será el último.
Nuestro pequeño sujeto parece ser realmente un dechado de todas las maldades.
«Nos hemos mudado de casa. (Juanito tiene cuatro años.) La cocina tiene un balcón
desde el cual se ven al otro lado del patio algunas habitaciones de otros pisos. En uno de
ellos ha descubierto Juanito una niña de siete a ocho años. Desde entonces permanece
horas enteras sentado en el escalón que da acceso al balcón esperando ocasiones de
admirarla. Sobre todo, a las cuatro de la tarde, cuando la niña de siete a ocho años.
Desde entonces permanece horas enteras sentado en el escalón que da acceso al balcón
esperando ocasiones de admirarla. Sobre todo, a las cuatro de la tarde, cuando la niña
vuelve del colegio, es imposible retenerlo en otras habitaciones o apartarlo de su puesto
de observación. Una tarde que la niña no apareció en la ventana a la hora acostumbrada,
Juanito se mostró agitado e inquieto y atormentó a todos los de la casa con reiteradas
preguntas: «¿Cuándo viene la niña? ¿Dónde está la niña?», etcétera. Cuando, por fin,
apareció, exultó Juanito de gozo y no apartó ya los ojos de la casa frontera. La violencia
con que surgió este «amor a distancia» tiene su explicación en el hecho de que Juanito
carece de compañeros y compañeras de juego. Para el desarrollo normal del niño es
indudablemente preciso el trato frecuente con otros niños.»
Juanito lo consiguió poco después (tenía cuatro años y medio), en nuestra residencia
veraniega de Gmunden. Sus camaradas allí fueron los hijos de nuestro casero: Francisco
(doce años), Federico (ocho años), Olga (siete años) y Berta (cinco años). Además, los
hijos de un vecino: Ana (diez años) y otras dos niñas de nueve y siete años, cuyos
nombres no recuerdo. Su preferido es Federico, al que abraza a menudo y hace protestas
de cariño. Una vez le preguntan: «¿A cuál de las niñas quieres más?» Responde: «A
Federico». Al mismo tiempo se muestra muy agresivo, viril y conquistador con las
niñas, las abraza y las besa, siendo de todas ellas la pequeña Berta la que más agrado
parece hallar en tales manifestaciones de su cariño. Una tarde, al salir Berta de su cuarto,
la estrechó en sus brazos diciéndole con tiernísimo acento: «¡Cuánto te quiero, Berta!»
Pero ello no le impide besar también a las demás y hacerles protestas de cariño. También
le gusta mucho Maruja (catorce años), otra de las hijas del casero, que alguna vez juega
con él, y una noche, cuando iban a acostarlo, dijo: «Quiero que Maruja duerma
conmigo».
«No puede ser», le contestaron. «Entonces que duerma con papá o con mamá».
«Tampoco es posible. Maruja tiene que dormir en casa de sus papás», volvieron a
objetarle. Y a continuación se desarrolló el diálogo siguiente entre Juanito y su madre:
Juanito: «Entonces me voy abajo a dormir con Maruja.»
La madre: «¿De verdad quieres dejar a mamá para dormir abajo?»
Juanito: «Mañana temprano volveré para tomar café y estar contigo.»
La madre: «Bueno. Pues si de verdad quieres irte de mamá y papá coge tu ropa y vete.
Adiós».
«Juanito coge realmente su ropa y se encamina hacia la escalera para bajar a dormir con
Maruja. Naturalmente es detenido en la antesala y reintegrado a sus habitaciones.»
«(Detrás del deseo de que Maruja duerma en nuestra casa se esconde otro. El de que
Maruja, cuya compañía tanto le gusta, sea acogida en nuestra comunidad familiar.
Indudablemente el hecho de que papá y mamá le acogieran alguna vez, aunque no
frecuentemente, en su cama, hubo de despertar en él sentimientos eróticos, y el deseo de
dormir con Maruja tiene también su sentido erótico. El compartir el lecho con el padre o
con la madre constituye para Juanito, como para todos los niños, una fuente de impulsos
eróticos.)»
En su escena con la madre, cuando ésta le desafió a coger su ropa y marcharse, puesto
que no quería estar ya con ellos, Juanito se condujo como un hombre hecho y derecho, a
pesar de sus indicios homosexuales.
«También en el caso siguiente dijo Juanito a su madre: «Oye; me gustaría mucho dormir
con esa niña». Este caso nos proporciona largo entretenimiento, pues Juanito se
comporta en él realmente como un adulto enamorado. Al restaurante donde almorzamos
diariamente acude también, desde hace algunos días, una niña muy linda, de unos ocho
años. Naturalmente, Juanito se enamora de ella en el acto. Durante el almuerzo no hace
más que volverse en sus silla para mirarla, y después va a situarse en sus proximidades
para coquetear con ella, pero se pone colorado cuando nota que alguien observa sus
manejos. Si la niña responde alguna vez a sus miradas vuelve en el acto los ojos, muy
avergonzado, hacia el lado opuesto. Su conducta causa los días, cuando le llevamos a
almorzar, pregunta: «¿Crees tú que la niña vendrá hoy también?» Y cuando, en efecto,
llega, se pone encendido como en igual situación un adulto. Una vez se acerca a mí,
rebosando alegría, y me susurra al oído: «Oye, papá; ya sé dónde vive la niña. La he
visto entrar en su casa». La agresividad que muestra en sus relaciones con las niñas de
nuestro casero se convierte aquí en una rendida adoración planas y ésta, en cambio, toda
una señorita. Ya anotamos antes que también expresó una vez su deseo de dormir con
ella.»
«Como no quiero dejar a Juanito en la tensión anímica a que le ha llevado su nuevo
amor, he querido procurarle ocasión jugar con él en nuestro jardín después de la siesta.
La perspectiva de su visita provoca tal agitación en Juanito que por vez primera en esta
temporada no logra conciliar el sueño después del almuerzo y se pasa la siesta dando
vueltas en la cama. Su madre pregunta: «¿Por que no duermes?» ¿Es que piensas en la
niña?». «Sí», responde encantado. Ya al volver a casa, después del almuerzo, hubo de
comunicar a todo el que encontró la gran noticia: «Oye, esta tarde viene a casa la niña».
Y Maruja (catorce años) nos refiere luego que le preguntó repetidamente: «¿Crees que
será buena conmigo? ¿Me dará un beso si la beso yo?», etcétera.
«Pero aquella tarde llovió, frustrándose la esperada visita. Juanito se consoló con Berta y
Olga.»
Otras observaciones del mismo verano hacen sospechar que en el pequeño sujeto se
preparan muchas cosas nuevas.
Esta mañana, como todas, la madre baña a Juanito (cuatro años y tres meses), lo seca
luego y le pone polvos. Cuando le está poniendo polvos por la región genital con gran
cuidado de no rozarle siquiera el pene con la mano, dice Juanito: «¿Por qué no me coges
la cosita?»
La madre: «Porque sería una porquería.»
Juanito: «¿Qué es eso? ¿Una porquería? ¿Por qué?»
La madre: «Porque no se debe hacer.»
Juanito (riendo): «Pero es muy divertido».
Un sueño de Juanito en aquellos días contrasta singularmente con el descaro que había
mostrado en la escena antes relatada con su madre. Es su primer sueño incomprensible
por la acción de la deformación onírica. Pero el ingenio de su padre supo interpretarlo.
Un sueño de Juanito (cuatro y tres meses): Hoy me dice Juanito al levantarse: «Oye lo
que he pensado esta noche: Uno dice: ¿Quién quiere venir conmigo? Luego dice otro:
Yo. Después tiene que ponerle a hacer pipí».
«Subsiguientes preguntas demostraron que este sueño carece de todo carácter visual,
perteneciendo al tipo auditivo puro. Juanito y sus amiguitas, las niñas de nuestro casero,
Olga (siete años) y Berta (cinco años) han aprendido estos días a jugar a las prendas.
(A.: ¿De quién es esta prenda que tengo en la mano? B.: Mía. Y luego se determina entre
los demás lo que B. ha de hacer para rescatarla). El sueño incita este juego de prendas,
sólo que Juanito desea que aquel a quien la prenda pertenece no sea condenado como
habitualmente a dar o recibir un beso o una bofetada, sino a hacer pipí, o más
exactamente, a que alguien le ponga a hacer pipí.»
«Hago que me relate otra vez el sueño. Lo cuenta con las mismas palabras, sustituyendo
tan sólo la frase: «Luego dice otro…», por: «Luego dice ella…» Esta «ella» es
claramente una de sus compañeras de juego, Olga o Berta. Así, pues, la traducción del
sueño sería como sigue: juego a las prendas con las niñas. Pregunto: ¿Quién quiere venir
conmigo? Ella (Olga o Berta) responde: Yo. Luego tiene que ponerme a hacer pipí.
(Ayudarle, desabrochándolo, etcétera, cosa que le es indudablemente grata).»
«Es indudable que el acto de ponerle a hacer pipí, en el cual otra persona le desabrocha
el pantalón y le saca el pene, constituye para Juanito un placer. En sus paseos es el padre
quien suele prestarle tales auxilios, circunstancia que da ocasión a una fijación de
inclinaciones homosexuales sobre el mismo.»
«Como ya se ha indicado, hace dos días, cuando su madre le ponía polvos en la región
genital, le preguntó:
«¿Por qué no me coges la cosita?» Ayer, cuando Juanito quiso orinar me dijo, por
primera vez, que le llevase detrás de la casa para que nadie pudiera verle y añadió: «El
año pasado Berta y Olga miraban mientras yo hacía pipí». A mi juicio, esto quiere decir
que el año pasado le era agradable aquella contemplación por parte de las niñas y que
ahora ya no lo es. El placer exhibicionista ha sucumbido ya a la represión. La represión
del deseo de que Berta y Olga le contemplen mientras hace pipí (o le pongan a hacer
pipí) encierra la explicación de su emergencia en el sueño, en el cual ha sabido
proporcionarse un ingenioso disfraz con el juego de prendas. A partir de este día observa
repetidamente que no quiere ser visto en el acto de orinar.»
Con respecto a esto me limitaré a observar que también este sueño se conforma por
completo a una de las reglas integradas en mi «Interpretación de los sueños», esto es, a
la de que las frases emergentes en un sueño proceden de frases oídas o dichas por el
propio sujeto en los días inmediatamente anteriores.
Todavía otra observación anotada por el padre poco después del regreso de la familia a
Viena: Juanito (cuatro años y medio) presencia de nuevo el baño de su hermanita y se
echa a reír. Le preguntan: «¿De qué te ríes?»
Juanito: «De la cosita de Hanna.»
-«¿Por qué?»
-«Porque es muy bonita.»
«La respuesta no es sincera. La cosita de su hermana le parecía realmente cómica y
risible. Es la primera vez que reconoce la diferencia entre los genitales masculinos y los
femeninos, en lugar de negarla.»
II
HISTORIA CLÍNICA Y ANÁLISIS
«SEÑOR profesor: de nuevo me permito enviarle una serie de notas y observaciones
sobre Juanito, y esta vez, desgraciadamente, como aportaciones a una historia clínica.
Como verá usted por ellas, Juanito presenta, desde hace algunos días, trastornos
nerviosos que nos tienen muy intranquilos, pues no sabemos cómo librarle de ellos. En
consecuencia le ruego me dé hora para acudir mañana a consultarle. Por lo pronto le
remito mis últimas anotaciones.»
«Como base de la perturbación nerviosa sospecho una sobreexcitación sexual debida a
los mimos de la madre. Lo que no puedo indicar es el último estímulo que ha provocado
la emergencia de la enfermedad. El miedo a que un caballo le muerda en la calle parece
hallarse relacionado en alguna forma con el susto experimentado por la vista de un pene
de grandes proporciones. Ya sabe usted, por anteriores anotaciones mías, que Juanito
observó, ya en edad muy temprana el pene desmesurado del caballo y dedujo, por
entonces, que su madre, siendo tan mayor debía tener una cosita de hacer pipí como la
de un caballo.»
«Pero no sé qué deducir de todo esto. ¿Ha tropezado acaso con algún exhibicionista? ¿O
se relaciona todo exclusivamente con su madre? No nos es nada agradable que empiece
ya a plantearnos enigmas. Aparte del miedo a salir a la calle y de la depresión de ánimo
que le acomete al anochecer, es el mismo de siempre, alegre y tranquilo.»
Dejando a un lado la comprensible preocupación del padre y sus tentativas de
explicación, examinaremos objetivamente el material comunicado. Nuestra misión no es
«comprender» en el acto un caso patológico. Ello puede venir después cuando ya
hayamos extraído de él impresiones suficientes. Por lo pronto dejamos en suspenso
nuestro juicio y nos limitamos a acoger todo lo observable, con idéntica cuidadosa
atención.
He aquí las primeras anotaciones, procedentes de los días iniciales del mes de enero del
año actual (1908):
«Juanito (cuatro años y nueve meses) se levanta hoy llorando. Interrogado por su madre
sobre las causas de su llanto, responde: «Mientras dormía he pensado que te habías ido y
que no tenía ya una mamá que me acariciase.»
«Trátase, pues, de un sueño de angustia.»
«Ya este verano, en Gmunden, observé algo análogo. Por las noches, al acostarse, se
ponía muy tierno y una vez aludió a la posibilidad de que su madre se marchase,
diciendo: «Cuando no tenga ya mamá…», «Si mamá se marcha…» o algo parecido,
pues no recuerdo exactamente sus palabras. Desgraciadamente, siempre que mostraba
tan elegíaco estado de ánimo su madre, enternecida, le acogía en su cama.»
«El 5 de enero se encarama por la mañana en la cama de su madre y le dice: «¿Sabes lo
que dijo una vez tía M…?» Pues dijo: «¡Qué cosita más linda tiene!» (Tía M… había
pasado con nosotros unos cuantos días del mes anterior. Asistiendo una vez al baño de
Juanito, había dicho, efectivamente, en voz baja, a mi mujer, la frase citada. Juanito la
oyó e intenta ahora aprovecharla)».
«El 7 de enero Juanito sale con su niñera, como de costumbre, para ir a pasear por el
parque. Pero una vez en la calle se echa a llorar y pide que le vuelvan a casa, pues quiere
que su madre le «mime». Interrogado en casa por qué se ha negado a seguir adelante y
por qué ha llorado, no quiere decirlo. Hasta la noche se muestra alegre y risueño como
de costumbre. Pero al llegar la noche se ve claramente que tiene miedo, llora y no hay
modo de separarlo de su madre. Quiere que le «mimen» de nuevo. Luego se tranquiliza
y duerme bien.»
«El 8 de enero su madre se propone salir con él para ver por sí misma qué le pasa.
Quiere llevarle a Schönbrunn, lugar que siempre le ha gustado mucho. Juanito no quiere
salir, llora de nuevo y tiene miedo. Por fin se convence y sale con su madre, pero en la
calle se le advierte visiblemente atemorizado. Al regresar de Schönbrunn y después de
mucho resistirse confiesa a su madre la causa de sus temores: «Tenía miedo de que me
mordiese un caballo». (Realmente su intranquilidad subió de punto en Schönbrunn a la
vista de un caballo). Por la noche tuvo un acceso semejante al del día anterior, con
ansiosa demanda de «mimo». Intentaron calmarle y dijo llorando: «Ya sé que mañana
tendré que salir otra vez de paseo». Y luego: «El caballo entrará en mi cuarto.»
Este mismo día le preguntó su madre si cuando estaba en la cama se cogía la cosita.
Respondió «Sí; todas las noches, cuando estoy acostado».
Al día siguiente, 9 de enero, antes de acostarle a dormir la siesta, se le advierte que no
debe tocarse para nada la cosita. Interrogado sobre ello al despertar, contesta que se la ha
cogido poquito.
Tal sería, pues, el principio de la angustia y la fobia. Observamos ya, que existen
motivos bastantes para considerarlas por separado. Por lo demás, el material dado nos
parece plenamente suficiente para orientarnos y ningún otro período es tan favorable
para llegar a la comprensión de estos trastornos como su estado inicial,
desgraciadamente descuidado o silenciado en la mayoría de los casos. La perturbación
comienza aquí con ideas cariñosas y angustiadas, y luego con un sueño de angustia. El
contenido de este último es que su madre va a marcharse y no podrá ya «mimarle». Su
ternura hacia la madre ha debido, pues, experimentar una enorme intensificación. Tal
sería el fenómeno básico del estado patológico. Recordaremos, para confirmarlo así, las
dos tentativas de seducción de que Juanito hace objeto a su madre: la primera todavía en
el curso del veraneo, y la segunda, reducida a una alabanza de sus propios genitales,
muy poco antes de la emergencia de la angustia al salir a la calle. Tal intensificada
ternura hacia la madre es lo que se convierte en angustia; aquello, que, según nuestra
tecnología analítica, sucumbe a la represión. Ignoramos todavía de dónde procede el
impulso que desencadena la represión. Es posible que haya sido provocada simplemente
por la intensidad del impulso, imposible de dominar para el niño; o también que hayan
colaborado a ella otros poderes que desconocemos. Más adelante lo averiguaremos. Esta
angustia, correspondiente a un deseo erótico reprimido, carece, en un principio, de
objeto, como toda angustia infantil. Es aún angustia y no miedo. El niño no puede saber
de que tiene miedo, y si Juanito, en su primer paseo con la niñera no quiere decir a qué
tiene miedo, es porque realmente no lo sabe. Dice lo que sabe: que echa de menos en la
calle a su madre, con la que puede «hacer mimitos», y que no quiere estar sin ella.
Confiesa aquí, con toda sinceridad, el primer sentido de su repugnancia a salir a la calle.
También sus estados de angustia, repetidos en dos noches consecutivas al llegar la hora
de acostarse, y todavía claramente matizados de ternura, demuestran que al principio de
la enfermedad no existía aún una fobia a la calle, al paseo o los caballos. De otro modo,
sus estados crepusculares serían inexplicables, pues ¿quién piensa en salir a la calle o de
paseo en el momento de acostarse? En cambio, vemos claramente que le da miedo al
anochecer, cuando llegada la hora de acostarse le acomete con redoblada intensidad la
libido cuyo objeto es la madre y cuyo fin pudiera ser, quizá, dormir con ella en su cama.
Sabe por experiencia que tales estados de ánimo suyos movían en Gmunden a su madre
a acogerle en su lecho, y quisiera conseguir aquí en Viena idéntico resultado. No
debemos tampoco olvidar a este respecto que en Gmunden permaneció a veces solo con
la madre, ya que el padre no podía faltar de Viena constantemente durante el transcurso
de las vacaciones; ni tampoco que allí dividía su ternura entre toda una serie de
amiguitos y amiguitas, de los que aquí carece, de modo que su libido ha podido retornar
indivisa y completa a la madre.
La angustia corresponde, pues, a un deseo reprimido, pero no es lo mismo que el deseo.
Hemos de tener en cuenta la represión. El deseo se convierte totalmente en satisfacción
cuando se le aporta el objeto deseado. En la angustia no sirve ya esta terapia. La angustia
perdura aun cuando el deseo pudiera ser satisfecho. No puede ser ya totalmente
retransformada en libido. Hay algo que la mantiene en la represión. Así se demuestra en
Juanito cuando al día siguiente sale ya de paseo con su madre. Va al lado de su madre y
sin embargo tiene angustia, esto es, deseo insatisfecho de ella. Desde luego, tal angustia
es ya menos intensa, pues accede a continuar el paseo, en tanto que el día anterior había
obligado a la muchacha a regresar a casa. Por otra parte tampoco la calle es el lugar más
apropiado para «hacer mimitos» o lo que el pequeño enamorado deseara. Pero la
angustia ha resistido la prueba y tiene que hallar ahora un objeto. En este segundo paseo
es cuando Juanito manifiesta por vez primera su miedo a que le muerda un caballo. ¿De
dónde procede el material de esta fobia? Probablemente de aquellos complejos aún
desconocidos, que han contribuído a la represión y mantienen reprimida la libido
orientada hacia la madre. Esto es un nuevo enigma del caso, cuyo ulterior desarrollo
habremos de perseguir para hallar su solución. El padre nos ha proporcionado ya varios
puntos de apoyo, en los que podemos confiar. Así, el interés que Juanito ha dedicado
siempre a los caballos, a causa del tamaño de su cosita, y su deducción de que la madre
debía de tener una cosita como un caballo, etcétera. Podríamos, pues, sospechar que el
caballo no es más que un sustitutivo de la madre. ¿Pero qué puede significar el hecho de
que Juanito manifieste al ir a acostarse, su miedo a que el caballo entre en su cuarto? Se
dirá que es tan sólo un miedo tonto de una criatura. Pero la neurosis no dice nunca nada
sin fundamento ni sentido, como tampoco los sueños. Cuando no comprendemos una
cosa solemos calificarla de tontería. Es una manera muy cómoda de salir del paso.
De esta tentación habremos de guardarnos también a otro respecto. Juanito ha confesado
que todas las noches, antes de dormirse, juguetea un rato con el pene para
proporcionarse placer. Habrá, pues, quien lo juzgue todo aclarado atribuyendo la
angustia a la masturbación. ¡Pues no! El hecho de que el niño se procure sensaciones
placenteras por medio de la masturbación, no explica en modo alguno su angustia. Por lo
contrario la hace aún más enigmática. Ni la masturbación ni, en general, satisfacción
alguna, provocan estados de angustia. Además, hemos de admitir que nuestro Juanito,
llegado ya a los cuatro años y nueve meses, viene ya procurándose todas las noches
aquel mismo placer desde hace un año, cuando menos, y averiguaremos que
precisamente se encuentra ahora en plena lucha de deshabituación, circunstancia mucho
más propicia a la producción de la represión y de la angustia.
También hemos de salir en defensa de la madre de Juanito, madre excelente y cuidadosa,
a la que seguramente preocupan mucho los trastornos de su hijo. El padre la acusa, no
sin cierto viso de razón, de haber provocado la emergencia de la neurosis con su mimo
exagerado y permitiendo con demasiada frecuencia que Juanito ocupara un sitio en su
lecho. Con igual fundamento podríamos nosotros reprocharle haber apresurado la
represión con su enérgica repulsa de las proposiciones de su hijo («¡Eso es una
porquería!»). Pero debemos tener en cuenta que en todo esto la madre no hace sino
desempeñar un papel marcado por el destino y extremadamente espinoso y
comprometido.
En mi entrevista con el padre, convenimos en que dirá a Juanito que aquello del caballo
es una tontería y nada más. La verdad es que quiere mucho a su mamá y desea que ésta
le acoja en su cama. Si le daban miedo los caballos es porque antes le había interesado
tanto cómo tenían la cosita y ahora se había enterado de que no estaba bien ocuparse
tanto de la cosita, ni siquiera de la suya propia. Además propuse al padre que iniciase ya
el camino del esclarecimiento sexual. Ya que por la historia del infantil sujeto habíamos
de suponer que su libido se hallaba adherida al deseo de ver la cosita de su madre, podía
despojarlo de tal fin comunicándole que la madre y todas las demás criaturas femeninas,
como ya le era conocido por Hanna, no poseían una cosita igual a la suya. Tal
explicación debería dársela en ocasión propicia, aprovechando una pregunta o una
observación del mismo Juanito.
Las primeras noticias ulteriores de nuestro Juanito comprenden desde el 1º hasta el 17 de
marzo. Pronto se verá la causa de tal intervalo de un mes.
«A la explicación de lo que significaba su angustia (sin entrar aún en la relativa al
órgano genital femenino), siguió una temporada de tranquilidad, durante la cual Juanito
no pone grandes obstáculos a salir diariamente de paseo al parque. Su miedo a los
caballos va transformándose cada vez más en una obsesión que le fuerza a mirarlos
atentamente. Dice: «No tengo más remedio que mirar a los caballos y luego me da
miedo».
«Después de un acceso de gripe que le retiene en cama quince días, la fobia se
intensifica de nuevo tanto, que Juanito no consiente ya en salir a la calle. Lo más que
hace es asomarse al balcón. Sólo los domingos sale conmigo para ir a Lainz, pues ese
día hay pocos coches en la calle y además la estación del ferrocarril está cerca de casa.
En Lainz se niega una vez a salir al jardín porque hay un coche parado a la puerta. Al
cabo de otra semana, durante la cual hubo de permanecer en casa por haberle sido
cortadas las amígdalas, la fobia vuelve a hacerse muy intensa.
Se asoma al balcón pero no consiente en salir de casa. Llega hasta el portal y una vez en
él da rápidamente media vuelta.»
«El domingo, 1º de marzo, mantiene conmigo, camino de la estación, el diálogo
siguiente: Trato de explicarle nuevamente que los caballos no muerden. Me dice: «Pero
los caballos blancos sí muerden. En Gmunden hay un caballo blanco que muerde.
Cuando se le ponen delante los dedos, muerde». (Me extraña que diga «los dedos» en
lugar de «la mano»). Luego me cuenta la siguiente historia: «Cuando la Lizzi se marchó,
había a la puerta de su casa un coche con un caballo blanco para llevar el equipaje a la
estación». (La Lizzi es, según me dice, una niña que vivía cerca de nuestra casa). Su
padre estaba cerca del caballo y el caballo volvió la cabeza. Entonces el padre dijo a
Lizzi: «No toques con los dedos al caballo blanco, pues te morderá». Le repongo: «Oye;
me parece que de lo que estás hablando no es de un caballo blanco, sino de la cosita, que
no se debe tocar con la mano». Él: «Pero la cosita no muerde». Yo: «A lo mejor sí». A
continuación intenta demostrarme vivamente que era, en efecto, un caballo blanco».
«El 2 de marzo, ante un nuevo acceso de miedo, le digo: «¿Sabes una cosa? La tontería -
así llama él a su fobia- se te irá quitando si sales más a menudo de paseo. Ahora es tan
fuerte porque has estado malo y no has podido salir de casa.»
Él: «¡Que no! Es tan fuerte porque todas las noches le doy otra vez la mano a la cosita.»
El médico y el enfermo, el padre y el hijo, coinciden, pues, en atribuir al hábito del
onanismo el papel principal en la patogénesis de los estados morbosos. Pero no faltan
tampoco indicios de la intervención de otros factores.
«El día 3 de marzo entra a servir en casa una nueva criada, con la que Juanito simpatiza
en el acto. Como le deja que se monte a caballo encima de ella mientras friega los
suelos, Juanito la llama «mi caballo» y va de un lado a otro agarrado por detrás a sus
faldas, gritando: «¡Arre, caballo!» El 10 de marzo dice a esta criada: «Si hace usted tal o
cual cosa se tendrá que quitar toda la ropa, hasta la camisa.» (Lo dice como un castigo,
pero no es difícil reconocer el deseo oculto detrás).
Ella: «Entonces creerá la gente que no tengo dinero para comprarme ropa.»
Él: «Pero será una vergüenza, porque se te verá la cosita.»
Reaparece, pues, la antigua curiosidad orientada hacia un nuevo objeto y como
habitualmente en épocas de represión, encubierta por una tendencia moralizadora.
«El día 15 de marzo, por la mañana, digo a Juanito: «Oye; si dejas de darle la mano a la
cosita se te quitará la tontería, ¿sabes?»
Juanito: «¡Pero si ya no se la doy!»
Yo: «Pero quisieras dársela.»
Juanito: «Sí, eso sí; pero «querer» no es «hacer» y «hacer» no es «querer» (!!).»
Yo: «Pues para que no quieras esta noche dormirás con un camisón cerrado por abajo
como un saco.»
«Después de esta conversación salimos delante de la casa. Juanito tiene un poco de
miedo, pero visiblemente aliviado por la perspectiva de aquella medida que ha de
facilitarle su lucha contra el hábito de la masturbación, dice: «Mañana, cuando tenga el
saco, se me quitará la tontería.» Realmente le dan ya menos miedo los caballos y no se
altera gran cosa cuando pasan coches a su lado.»
«Juanito me había prometido venir a Lainz el domingo siguiente, 15 de marzo. Llegado
el momento, se resiste un poco, pero acaba por salir conmigo. En la calle, al darse cuenta
de que pasan pocos coches, se tranquiliza casi por completo: y dice: «¡Qué bien! ¡Hoy
ha mandado Dios que no haya caballos!» Por el camino le explico que su hermana no
tiene una cosita como la suya. Las mujeres y las niñas no tienen cosita. Mamá no la
tiene, Hanna tampoco, etcétera».
Juanito: «¿Y tú? ¿Tienes cosita?»
Yo: «Naturalmente. ¿Qué te creías?»
Juanito (después de una pausa): «Pero entonces, si las niñas no tienen cosita, ¿cómo
hacen pipí?»
Yo: «Tienen una cosita distinta de la tuya. ¿No lo has visto cuando bañaban a Hanna?»
«Durante todo el día se muestra muy tranquilo y contento, monta en trineo, etcétera.
Sólo al anochecer parece de nuevo deprimido y con miedo a los caballos.»
«Por la noche, el acceso nervioso y la necesidad de mimo son más débiles que en los
días anteriores. Al día siguiente sale con su madre por la ciudad y tiene en la calle
mucho miedo. Al otro, permanece en casa tranquilo y contento. Pero a las seis de la
mañana siguiente se despierta muy asustado. Le preguntamos qué le pasa, y nos cuenta:
«Le he dado un poco el dedo a la cosita. Y entonces he visto a mamá toda desnuda en
camisa y se le veía la cosita. He enseñado a Grete, a mi Grete, lo que hacía mamá y le he
enseñado mi cosita. Luego he apartado a toda prisa la mano de la cosita.» A mi objeción
de que su madre no podía estar al mismo tiempo «toda desnuda» y «en camisa»,
responde Juanito: «Estaba en camisa, pero la camisa era tan corta que se le veía la
cosita.»
No se trata de un sueño, sino de una fantasía onanista, equivalente a un sueño. La
conducta que atribuye a su madre está destinada a justificar la suya: «Si mamá enseña la
cosita, también yo puedo enseñarla».
Dos cosas nos revela esta fantasía. En primer lugar, que la repulsa de que su madre le
hizo objeto ejerció sobre él, en su tiempo, efecto muy intenso. Y en segundo, que se
resiste a aceptar la explicación de que las mujeres carecían de una cosita como la suya.
Lamenta que haya de ser así y mantiene firme en su fantasía tal creencia. También tiene
quizá sus razones para negar fe a las palabras de su padre.
Informe semanal del padre: «Señor profesor, le envío la continuación de la historia de
nuestro Juanito. Un capítulo muy interesante. El lunes próximo me permitiré acudir a su
consulta y llevaré conmigo a Juanito, suponiendo que no se niegue a ir. Ya hoy le he
preguntado: ¿Quieres venir el lunes conmigo a casa del profesor que puede quitarte la
tontería?»
Él: «No.»
Yo: «Pues tú te lo pierdes porque tiene una niña muy guapa.»
Ante este atractivo se ha declarado ya, alegremente, dispuesto a acompañarme.
«Domingo, 22 de marzo. Para ampliar nuestro programa dominguero propongo a Juanito
que vayamos primero a Schönbrunn y luego, a mediodía, nos traslademos a Lainz desde
allí.
De este modo tendrá que ir a pie no sólo desde casa a la estación del tranvía de la
Aduana, sino también desde la estación de Hietzing a Schönbrunn y luego desde allí a la
estación del tranvía de vapor de Hietzing. Así lo hace, en efecto, apresurándose a volver
la vista hacia otro lado cuando ve algún caballo. Sigue con ello un consejo de su madre.»
«En Schönbrunn le dan miedo algunos animales del parque zoológico que antes no le
asustaban lo más mínimo. Así, no consiente en acercarse al departamento de las jirafas,
ni tampoco al del elefante, que antes le divertía mucho. Le dan miedo todos los animales
grandes. En cambio, los pequeños le entretienen mucho. De las aves le da ahora miedo
el pelícano; seguramente también por su tamaño.»
«Le digo: ¿Sabes por qué te dan miedo ahora los animales grandes? Porque los animales
grandes tienen grande la cosita y lo que verdaderamente te da miedo es eso.»
Juanito: «Pero nunca le he visto la cosita a un animal grande.»
Yo: «Sí; se la has visto al caballo y el caballo es un animal grande.»
Juanito: «Sí; al caballo muchas veces. Una en Gmunden; había un coche delante de casa.
Y otra vez junto a la Aduana.»
Yo: «Cuando eras pequeño entraste seguramente alguna vez en un establo, en
Gmunden…»
Juanito (interrumpiéndome). «Sí; todos los días. Cuando los caballos volvían a casa iba
a verlos al establo.»
Yo: «Y una vez le viste a uno la cosita, y te dió miedo ve que era tan grande. Pero eso
no tiene que darte miedo. Lo animales grandes la tienen grande, y los pequeños,
pequeña.»
Juanito: «Y todos los hombres tienen su cosita. Y la mía me crecerá conforme vaya yo
creciendo. Para eso la tengo pegada al cuerpo.»
Con esto terminó la conversación. En los días siguientes parece haber vuelto a
intensificarse su miedo. Apenas se atreve a salir frente a la casa adonde le sacan después
de comer.
La última frase consoladora de Juanito arroja cierta luz sobre la situación y nos permite
rectificar un poco las afirmaciones del padre. Es cierto que los animales grandes le dan
miedo porque le hacen pensar en su órgano genital de gran tamaño, pero no puede
decirse que sean los órganos genitales de gran tamaño lo que propiamente le da miedo.
La representación de un tal órgano le era antes placiente y procuraba proporcionarse
ocasión de semejante espectáculo. Este placer le ha sido luego arrebatado por la
transformación general de placer en displacer que -en forma aún no aclarada- ha recaído
sobre toda su investigación sexual y, más transparentemente, por ciertas experiencias y
ciertas reflexiones que le condujeron a resultados poco gratos. De las palabras con que
trata de consolarse -«La cosita me crecerá conforme vaya yo creciendo»- podemos
deducir que sus observaciones fueron siempre comparativas y le dejaron muy
descontento del tamaño de su propia cosita. Este defecto le es recordado por los
animales grandes que, por esta razón, le desagradan. Pero como todo este proceso
mental no puede llegar, probablemente, a hacerse claramente consciente, también
aquella sensación penosa se transforma en angustia, de manera que su angustia actual se
basa tanto en el placer pretérito como en el displacer presente. Una vez constituído el
estado de angustia, devora ésta todas las demás sensaciones, y dada una represión
progresiva, cuanto más van aproximándose a lo inconsciente las representaciones
saturadas de afecto que fueron ya conscientes, más fácilmente pueden convertirse en
angustia todos los afectos.
La singular observación de Juanito: «Para eso la tengo pegada al cuerpo», deja adivinar,
relacionada con su frase de consuelo, muchas cosas que el infantil sujeto no puede
expresar, ni expresó tampoco en este análisis. Completaré aquí una parte, por mi cuenta,
conforme a la experiencia lograda en los análisis de adultos, esperando que tal
interpolación de mi cosecha no se juzgue impertinente ni arbitraria. Dice Juanito: «Para
eso la tengo pegada al cuerpo». Interpretada esta frase como desafío y consuelo, nos
hace pensar en la antigua amenaza materna de que le haría cortar la cosita si continuaba
ocupándose tanto de ella. Esta amenaza no tuvo por entonces, cuando Juanito tenía tres
años y medio, efecto alguno. El niño respondió, impertérrito, que en ese caso haría pipí
con el trasero. Correspondería por entero al proceso típico el hecho de que la amenaza
de castración desarrollase ahora, a posteriori, su efecto y que Juanito se hallara en estos
momentos bajo la acción del miedo a perder aquella tan preciada parte de su yo. No es
raro observar tales efectos a posteriori de mandatos y amenazas de la infancia en otros
casos patológicos en los cuales el intervalo entre causa y efecto comprende a veces más
de un decenio. Conozco incluso casos en los cuales la «obediencia a posteriori» de la
represión desempeña el papel principal en la determinación de los síntomas patológicos.
La explicación obtenida recientemente por Juanito de que las mujeres no carecen
realmente de cosita, no puede haber tenido otro efecto que el de conmover su confianza
en sí mismo y despertar el complejo de la castración. Por eso se rebela Juanito contra tal
explicación y por eso también careció ésta de todo efecto terapéutico. Existían, pues,
realmente seres animados, que no tenían cosita. Entonces no era ya tan increíble que
pudieran despojarle de ella y dejarle convertido en mujer.
«En la noche del 27 al 28, Juanito nos sorprende levantándose a oscuras de su cama y
viniéndose a la nuestra. Su cuarto está separado de nuestra alcoba por un gabinete. Le
preguntamos por qué se ha levantado y si es que le ha dado miedo. Dice: «No; mañana
lo diré». Se duerme en nuestra cama y lo llevamos dormido a la suya.»
«Al día siguiente le someto a un interrogatorio para averiguar por qué se ha levantado
por la noche, después de alguna resistencia por parte suya se desarrolla el siguiente
diálogo, que anoto en el acto, taquigráficamente:
Él: «Por la noche había en mi cuarto una jirafa muy grande y otra toda arrugada; y la
grande y otra arrugada; y la grande empezó a gritar porque le quité la arrugada. Luego
dejó de gritar y entonces yo me senté encima de la jirafa arrugada.»
Yo (extrañado): «¿Cómo? ¿Una jirafa arrugada? ¿Qué es eso?
Él: «Sí.» (Busca apresuradamente un papel, lo arruga todo y dice): «Así estaba de
arrugada.»
Yo: «¿Y tú te sentaste encima de la jirafa arrugada? ¿Cómo?» «Juanito me lo muestra
sentándose en el suelo.»
Yo: «¿Y por qué viniste a nuestra alcoba?»
Él: «No lo sé.»
Yo: «¿Y tenías miedo?»
Él: «No. Ninguno.»
Yo: «¿Soñaste con jirafas?»
Él: «No; no lo soñé. Lo pensé. Lo pensé todo. Estaba ya despierto.»
Yo: «¿Qué puede ser eso de una jirafa arrugada? Tú sabes muy bien que no se puede
arrugar una jirafa como un pedazo de papel.»
Él: «Sí; lo sé. Es que me lo figuraba. Es una cosa que no hay en el mundo. La jirafa
arrugada estaba tendida en el suelo y yo la cogí; la cogí en las manos.»
Yo: «¿Cómo se puede coger en las manos un animal tan grande como la jirafa?»
Él: «Pues sí. La jirafa arrugada la cogí en las manos.»
Yo: «¿Y dónde estaba la grande mientras tanto?»
Él: «Un poco más allá.»
Yo: «¿Qué hiciste con la jirafa arrugada?»
Él: «La tuve un rato en las manos hasta que la grande dejó de gritar, y cuando la grande
dejó de gritar me senté encima de la otra.»
Yo: «¿Por qué gritaba la otra?»
Él: «Porque yo le había quitado la pequeña.»
En esto observa que voy anotándolo todo y me pregunta: «¿Por qué lo anotas todo?»
Yo: «Para mandárselo a un profesor que puede quitarte la tontería.»
Él: «¡Ah! ¿Entonces has anotado también que mamá se quitó la camisa y se lo has
enviado al profesor?»
Yo: «Sí. Pero el profesor no entenderá cómo se puede arrugar a una jirafa.»
Él: «Dile que yo tampoco lo sé, y no te preguntará más. Pero si pregunta lo que es la
jirafa arrugada puede escribirnos y le contestaremos. O mejor le escribimos ahora
diciéndole que yo mismo no lo sé.»
Yo: «¿Por qué has venido esta noche a nuestra alcoba?»
Él: «No lo sé.»
Yo: «Dime aprisa en qué piensas ahora.»
Él (en tono humorístico): «En un jugo de frambuesas.» | Sus
Yo: «¿Y en que más?» | deseos
Él: «En una escopeta para tirar».
Yo: «De verdad no soñaste todo eso?»
Él: «No. Seguro que no. Lo sé muy bien.»
Luego sigue contando: «Mamá ya me ha pedido muchas veces que le diga por qué he
ido esta mañana a vuestra alcoba. Pero yo no he querido decírselo porque al principio
me daba vergüenza de mamá.»
Yo: «¿Por qué?»
Él: «No lo sé.»
Ya el mismo día encuentra el padre la solución de la fantasía de las jirafas.
«La jirafa grande soy yo -correlativamente, un pene de gran tamaño (el largo cuello de la
jirafa)- y la jirafa arrugada mi mujer, correlativamente su genital. Todo ello
consecuencia de la explicación sobre las diferencias sexuales.»
«Jirafa: véase la excursión a Schönbrunn. Además, Juanito tiene colgada por encima de
su cama una estampa con una jirafa y un elefante.»
«Toda la fantasía es la reproducción de una escena que se ha desarrollado casi todas las
mañanas en los últimos días. Juanito viene por la mañana temprano a nuestra alcoba y su
madre no puede por menos de acogerle unos minutos en la cama. Por mi parte le
advierto siempre que no debe hacerlo («la grande empezó a gritar porque yo le quité la
pequeña»), replicándome ella alguna vez, irritada, que son tonterías mías, que por
tenerlo allí un minuto no puede pasar nada, etcétera. Juanito permanece entonces un
breve rato a su lado. (« Luego dejó de gritar y entonces yo me senté encima de la jirafa
arrugada.»)»
«La solución de esta escena conyugal transformada en una fantasía, sería, pues, la
siguiente: Juanito ha echado de menos a su madre durante la noche, ha deseado sus
caricias, y ha venido en busca de ellas a nuestra alcoba. Todo ello es la continuación del
miedo a los caballos.»
Por mi parte, sólo puedo añadir a la sutil interpretación del padre lo siguiente: el
«sentarse encima» es probablemente la representación que Juanito se forma de la «toma
de posesión». La totalidad es una fantasía de desafío enlazada a la victoria sobre la
oposición del padre. «Grita todo lo que quieras. Mamá me acoge a pesar de todo en su
cama. Mamá es mía; me pertenece».
III
EPICRISIS
EN tres direcciones distintas habremos de contrastar esta observación del desarrollo y la
solución de una fobia en un niño de menos de cinco años. Habremos de comprobar, en
efecto, primeramente, hasta qué punto confirma las afirmaciones por nosotros sentadas
en nuestra Teoría sexual, publicada en 1905; determinar luego qué es lo que nos aporta
para la comprensión de una forma patológica tan frecuente; y fijar, por último, lo que de
ella puede extraerse para la aclaración de la vida anímica infantil y para la crítica de
nuestras intenciones educadoras.
1
A mi juicio, el cuadro de la vida sexual infantil que nos ofrece la observación del caso
de Juanito, coincide con la descripción que de ella hicimos en nuestra teoría sexual,
basándonos en la investigación psicoanalítica de sujetos adultos. Pero antes de entrar en
los detalles de tal coincidencia habré de rebatir dos objeciones que se elevarán, quizá,
contra la utilidad de este análisis. La primera de tales objeciones sería la de que Juanito
no es un niño normal, sino una criatura predispuesta a la neurosis; un pequeño
«hereditario», como lo demuestra su enfermedad, no siendo correcto, en consecuencia,
aplicar a otros niños normales conclusiones válidas quizá en su caso particular, pero sólo
en él. De esta primera objeción me ocuparé más adelante, puesto que sólo restringe el
valor de la observación, sin anularlo totalmente. La segunda objeción, mucho más
rigurosa, afirmaría que el análisis de un niño por su propio padre, que lo lleva, además, a
cabo plenamente convencido de la verdad de mis teorías y compartiendo todo mis
prejuicios, carece de todo valor objetivo. Un niño se deja siempre sugestionar
fácilmente, y más por su propio padre que por ninguna otra persona; por cariño a él, y en
agradecimiento a lo mucho que de su infantil persona se ocupa, se dejará sugerir toda
clase de cosas, y siendo así, sus manifestaciones carecerán de fuerza probatoria y sus
ocurrencias, fantasías y sueños, seguirán, naturalmente, la dirección en la cual son
orientados. Concretando: todo ello sería, de nuevo, pura «sugestión» y mucho más fácil
de desenmascarar en el niño que en los adultos.
Es harto singular lo que en esta cuestión sucede. Recuerdo muy bien con cuánta burla
acogieron los neurólogos y los psiquíatras de la vieja generación la teoría de la sugestión
y de sus efectos, hace veintidós años, cuando yo empezaba a intervenir en las
controversias científicas. Pero de entonces acá han cambiado mucho las cosas. La
oposición se ha trocado en favor y ello no sólo a consecuencia de los trabajos publicados
en el curso de estos dos decenios por Liébault, Bernheim y sus discípulos, sino también
por haberse descubierto cuánto esfuerzo mental puede ahorrar el concepto de
«sugestión», generosamente aplicado a diestro y siniestro. Nadie sabe, ni se preocupa
tampoco en averiguarlo, qué cosa es la sugestión, de dónde procede y cuándo tiene
efecto. Basta con poder atribuirle todos aquellos fenómenos anímicos para los cuales no
se encuentra una explicación cómoda e inmediata.
No comparto la opinión, muy extendida hoy, de que las manifestaciones de los niños son
totalmente arbitrarias y nada fidedignas. En lo psíquico no existe la arbitrariedad y la
falta de autenticidad de las manifestaciones infantiles proviene de la preponderancia de
su fantasía, como en los adultos de la preponderancia de sus prejuicios. Fuera de esto, el
niño no miente jamás sin causa, y en general muestra mayor amor a la verdad que los
adultos. Rechazar sin formación de causa todas las manifestaciones de Juanito sería
cometer con él una enorme injusticia. Es perfectamente posible distinguir cuándo falsea
o retiene la verdad bajo la coerción de una resistencia, cuándo acepta, indeciso aún en su
fuero interno, las opiniones de su padre, y cuándo comunica sinceramente, libre de toda
presión, su íntima verdad, hasta entonces sólo de él conocida. No ofrecen ciertamente
mayores garantías las manifestaciones de los adultos. Sigue siendo muy de lamentar que
ninguna exposición de una psicoanálisis pueda transmitir las impresiones que el analista
recibe durante su desarrollo, y que la convicción definitiva no pueda adquirirse nunca
por medio de la lectura, sino sólo por experiencia personal y directa. Pero de estos
defectos adolecen en igual medida los análisis de sujetos adultos.
Los padres describen a Juanito como un niño alegre y sincero, y así debía efectivamente
haber llegado a ser gracias al método de educación empleado por sus padres y
consistente esencialmente en la omisión de todos nuestros habituales pecados
pedagógicos: mientras Juanito pudo llevar adelante sus investigaciones, con alegre
ingenuidad y sin la menor sospecha de los conflictos que pronto habían de surgir de
ellas, se expresó siempre francamente y sin reserva alguna, y así las observaciones
anteriores a su fobia no suscitan dudas ni objeciones de ningún género. Luego, en la
época de la enfermedad y durante el análisis, sus palabras dejan ya de corresponder en
alguna ocasión a su pensamiento, incongruencia dependiente, en parte, de la
acumulación de material inconsciente, que no le es posible dominar de una vez, y en
parte de las reservas que le imponen sus relaciones con sus padres. De todos modos, y
sin abandonar la más absoluta imparcialidad, puedo afirmar que tampoco estas
desviaciones fueron mayores que en tantos otros análisis de adultos.
En el curso del análisis hubo que decirle, desde luego, muchas cosas que él no sabía
decir espontáneamente, facilitarle ideas de las cuales no se había manifestado aún en él
indicio ninguno y orientar su atención hacia aquellos caminos por los que el padre
esperaba ver acercarse nuevos elementos. Ello debilita la fuerza probatoria del análisis;
pero también en todo análisis se sigue igual procedimiento. En todo análisis suministra
el médico al paciente, en mayor o menor medida, aquellas representaciones conscientes
que han de permitirle reconocer y aprehender lo inconsciente. La amplitud de este
auxilio varía mucho según los casos, pero en ninguno puede prescindirse de él. Nadie
puede curarse por sí solo más que leves perturbaciones, nunca una neurosis opuesta al
yo como algo ajeno a él. Para curar de una tal enfermedad necesita el sujeto la ayuda de
otro, y la posibilidad de curación estará en razón directa de la medida en que el otro
pueda ayudarle. Así, aquellas neurosis que apartan al enfermo de todo contacto con sus
semejantes, aislándolo por completo, tales como las que reunimos bajo el apelativo
común de la «demencia precoz», resultan totalmente inaccesibles a nuestra labor
terapéutica.
Concedemos, pues, que el niño, por el escaso desarrollo de sus sistemas intelectuales,
precisa de una ayuda especialmente intensa. Pero aquello que el médico comunica al
enfermo procede, a su vez, de la experiencia acumulada en otros análisis, y ya resulta
suficientemente probatorio el hecho de que, por medio de esta intervención médica, se
consiga el descubrimiento y la solución del material patógeno.
A pesar de todo esto, nuestro pequeño paciente ha demostrado también, en el curso del
análisis, independencia suficiente para absolverle de toda acusación de «sugestión».
Como todos los niños, aplica al material de que dispone, sus teorías sexuales infantiles,
sin necesidad de estímulo alguno exterior. Tales teorías son totalmente ajenas al
pensamiento del adulto, y en este caso incurrí en la omisión de advertir al padre que el
camino hacia el tema del nacimiento había de conducir primeramente a Juanito a través
de todo el complejo de la excreción. Aquel período del análisis que, a consecuencia de
esta negligencia mía resulta un tanto oscuro, nos procura en cambio un testimonio de la
autenticidad y la independencia de la labor mental de Juanito. Vemos, en efecto, que
comenzó de pronto a ocuparse de los excrementos sin que el padre, sospechado de
sugestión, pudiera comprender cómo llegaba a ello ni lo que de ello había de resultar.
Tampoco puede atribuirse al padre la menor participación en las dos fantasías del
fontanero, emanadas del complejo de la castración, tan tempranamente adquirido por
Juanito. A este respecto, he de confesar haber silenciado al padre mi esperanza de que
surgiera un tal enlace, movido por un interés teórico y para no debilitar la fuerza
probatoria de semejante testimonio, difícilmente alcanzable de otro modo.
Profundizando más en los detalles del análisis hallaríamos nuevas pruebas de la
independencia de nuestro Juanito en cuanto a la «sugestión». Pero prefiero cortar en este
punto mi respuesta a la primera objeción. Sé muy bien que tampoco con este análisis
convenceré a nadie que no quiera dejarse convencer y prefiero continuar el examen de
esta observación para aquellos lectores que han llegado ya a la convicción de la
objetividad del material patógeno inconsciente, no sin antes hacer constar la grata
certeza de que el número de tales lectores va aumentando de día en día.
*
El primer rasgo imputable a la vida sexual de Juanito consiste en un vivísimo interés por
su «cosita de hacer pipí», interés que hace de él un investigador. Descubre así, una
posibilidad de diferenciar lo animado y lo inanimado, basándose en la posesión o
carencia de la cosita. Presupone la existencia de este órgano importantísimo en todos
aquellos seres que juzga semejantes a su propia persona, lo estudia en los animales de
gran tamaño y lo atribuye tanto a su padre como a su madre e incluso a su hermanita
recién nacida, contra el testimonio directo de sus propios ojos.
El descubrimiento de su falta en algún ser análogo a él echaría por tierra toda su
«concepción del universo»; sería como si le despojaran a él mismo de tan preciado
órgano. Una amenaza de la madre, consistente nada menos que en la pérdida de la cosita
es, por lo tanto, rápidamente reprimida, y queda así facultada para exteriorizar en épocas
posteriores sus efectos. La intervención le la madre fué provocada por el descubrimiento
de que Juanito gustaba de procurarse sensaciones placientes por medio de tocamientos
de aquel miembro. El pequeño sujeto inicia así la forma más corriente -y la más normalde
la actividad sexual autoerótica.
Por un proceso que Alfred Adler ha calificado muy acertadamente de «trabazón de los
instintos» se enlaza el placer proporcionado por el propio órgano genital con el placer
visual en sus formas activa y pasiva. El pequeño desarrolla una intensa curiosidad
sexual; procura ver la cosita de otras personas y gusta de mostrar la suya. Uno de sus
sueños, correspondiente al período inicial de la represión, tiene por contenido el deseo
de que una de sus amiguitas le ponga a hacer pipí, esto es, de que le vea la cosita. El
sueño demuestra que tal deseo ha permanecido hasta entonces irreprimido, y otros datos
ulteriores testimonian de que solía hallar satisfacción. La orientación activa del placer
visual sexual no tarda en enlazarse en él a un motivo determinado. Cuando
repetidamente manifiesta tanto a su padre como a su madre su disgusto por no haberles
visto aún nunca la cosita, le impulsa a ello, probablemente, la necesidad de comparar. El
propio yo es siempre la medida que aplicamos al mundo exterior; una continua
comparación con nuestra propia persona nos enseña a comprenderlo. Juanito ha
observado que los animales de gran tamaño tenían también la cosita mucho más grande
que la suya, supone en sus padres igual proporción y quisiera comprobarlo. Cree que su
madre deberá tener una cosita «como la de un caballo», y para consolarse de su
inferioridad actual piensa que la suya irá creciendo conforme él mismo crezca. Es como
si el deseo infantil de ser grande recayese aquí especialmente sobre lo genital.
En la constitución sexual de Juanito es, pues, desde un principio, la zona genital, la más
intensamente acentuada de placer de todas las zonas erógenas. Fuera de ella sólo
hallamos testimoniado el placer excremental enlazado a los orificios de la micción y la
defecación. Su última, feliz fantasía, con la cual queda dominada su enfermedad, y en la
que tiene niños, a los que lleva al retrete y les limpia el trasero, «haciendo con ellos todo
lo que se hace con los niños», nos fuerza a admitir que aquellas mismas operaciones
constituyeron para él, en su primera infancia, una fuente de sensaciones de placer. Este
placer, emanado de zonas erógenas, le fué procurado por la persona que le atendía, por
su madre, y conduce ya, por lo tanto, a la elección de objeto. Pero ello no excluye la
posibilidad de que en épocas aún más tempranas se hallase él habituado a procurárselo
de un modo autoerótico, siendo de aquellos niños que acostumbran a retener las excretas
hasta que su evacuación puede proporcionarles una sensación voluptuosa. Hablo
simplemente de posibilidad porque el análisis no llegó a poner en claro este extremo. El
acto de «armar jaleo con las piernas» (patalear), que tanto le asusta luego, es lo único
que nos orienta en esta dirección. Por otra parte, las fuentes de placer indicadas no
muestran en Juanito la singular importancia que frecuentemente tiene en otros niños.
Adquirió pronto hábitos de limpieza y la incontinencia nocturna no desempeñó papel
alguno en sus primeros años. Tampoco observamos en él indicio alguno de la tendencia
a jugar con los excrementos, tan repugnante en los adultos cuando surge de nuevo en
ellos al término del proceso psíquico de regresión.
Haremos ya resaltar que durante su fobia se evidencia la represión de estos dos
componentes de la actividad sexual, muy desarrollados en él. Le da vergüenza orinar
delante de otros, se acusa de «darle la mano» a la cosita, se esfuerza en abandonar el
hábito de la masturbación y le repugnan la «caca» y el «pipí» y todo lo que se los
recuerda. En la fantasía de «sus niños» retira luego esta última represión.
Una constitución sexual como la de nuestro Juanito no parece integrar disposición
alguna al desarrollo de perversiones o de su negativo, las neurosis. Por lo que hasta
ahora he llegado a saber (en este punto conviene aún observar una prudente reserva) la
constitución congénita de los histéricos -y la de los perversos, naturalmente- se
caracteriza por la primacía que adquieren sobre la zona genital las demás zonas
erógenas. Una única «aberración» de la vida sexual constituye excepción a esta regla. En
los sujetos ulteriormente homosexuales, que según una hipótesis mía y las observaciones
de J. Sadger, pasan todos en su infancia por una fase anfígena, hallamos igual
preponderancia infantil de la zona genital y muy especialmente del pene. Precisamente
esta elevada estimación del miembro viril es la fatalidad de los homosexuales. En su
infancia, eligen a la mujer como objeto sexual mientras presuponen también en ella la
existencia de aquel órgano, que juzgan indispensable, y luego, cuando se convencen de
que la mujer les ha engañado en este punto, les resulta ya inaceptable como tal objeto.
No pueden prescindir del pene en la persona que haya de incitarles al comercio sexual, y
en el caso más favorable fijan su libido en «la mujer provista de pene», esto es, en el
adolescente de apariencia femenina. Los homosexuales son, pues, personas a quienes la
importancia erógena de su propio órgano genital no consiente prescindir en su objeto
sexual, de una tal coincidencia con la propia persona. En la evolución desde el
autoerotismo al amor a un objeto, han quedado fijados en un punto más próximo al
autoerotismo.
Sería improcedente distinguir un instinto homosexual especial. Lo que hace al
homosexual no es una particularidad de la vida instintiva, sino de la elección de objeto.
Ya en nuestra Teoría sexual indicamos que era un error suponer demasiado íntima la
unión del instinto y el objeto en la vida sexual. El homosexual, de instintos quizá
normales, no puede libertarse de un objeto caracterizado por una determinada condición.
Durante su infancia, mientras supone que dicha condición se cumple generalmente en
torno suyo, puede conducirse como nuestro Juanito, el cual se muestra igualmente
cariñoso con los niños que con las niñas y en una ocasión declara que su amiguito
Federico es su «nena más querida». Juanito es homosexual en un sentido, en el que
todos los niños pueden serlo, puesto que no conocen más que una clase de órgano
genital, un genital como el suyo.
Pero la evolución ulterior de nuestro pequeño sujeto no se encamina hacia la
homosexualidad, sino hacia una enérgica virilidad polígama, que sabe conducirse
diferentemente según las características de sus distintos objetos sexuales, emprendedora
unas veces, tímida y platónica otras. En una época de escasez de objetos amorosos, esta
inclinación retorna a la madre, partiendo de la cual se había orientado hacia otras
personas, para fracasar con ella y en la neurosis. Sólo entonces averiguamos cuánta
intensidad hubo de alcanzar el amor a la madre y por qué destinos ha atravesado. El fin
sexual que Juanito persigue en sus relaciones con sus infantiles amiguitas, procedía ya
del complejo materno. Siguiendo la trayectoria ordinaria, que tiene su punto de partida
en los cuidados prodigados al niño por sus guardadores, Juanito halla el camino hacia el
amor objetivado, y su conducta queda determinada en él por un nuevo placer, el de
dormir junto a su madre, satisfacción erótica entre cuyos componentes haremos resaltar
el placer del contacto epidérmico, al cual integramos todos una disposición de orden
constitucional y que según la nomenclatura de Moll, un tanto artificiosa, habría de ser
designado como satisfacción del instinto de «contrectación».
En sus relaciones con sus padres confirma Juanito, con máxima evidencia, las
afirmaciones que incluímos en la Teoría sexual y en la Interpretación de los sueños,
sobre las relaciones sexuales de los niños con sus padres. Es verdaderamente un pequeño
Edipo que quisiera hacer desaparecer a su padre para quedarse solo con su madre y
dormir con ella. Este deseo surgió durante el veraneo, cuando las alternativas de
presencia y ausencia del padre le revelaron las condiciones a las que se hallaba ligada la
ansiada intimidad con la madre. Por entonces se contentó con desear que el padre se
marchase, deseo al cual pudo enlazarse luego directamente, merced a una impresión
accidental recibida con ocasión de otra partida, el miedo a ser mordido por un caballo
blanco. Más tarde, probablemente a su retorno a Viena, donde no podía contar ya con
ausencias del padre, aquel deseo se convirtió en el de que el padre muriera. La angustia
emanada de este deseo de muerte contra el padre, y por lo tanto normalmente motivada,
fué el mayor obstáculo opuesto al análisis hasta su vencimiento en la visita que Juanito
hizo a mi consulta.
Pero nuestro Juanito no es un malvado ni siquiera uno de aquellos niños en quienes las
inclinaciones crueles y violentas de la naturaleza humana se encuentran aún libremente
desarrolladas en esta época de la vida. Por el contrario, su natural es extraordinariamente
bondadoso y cariñoso. El padre hace constar en sus notas que la transformación del
instinto de agresión en compasión, se desarrolló en Juanito muy tempranamente. Mucho
antes de la fobia se inquietaba cuando veía pegar a un caballo, y nunca dejaba de
conmoverse cuando alguien lloraba en su presencia. En un período del análisis, Juanito
nos revela, en una determinada relación, un cierto montante de sadismo. Pero se trata de
un impulso totalmente dominado, y el curso ulterior de la investigación analítica nos
revela a qué responde y qué es lo que ha de sustituir. Juanito, al mismo tiempo que desea
la muerte a su padre le quiere fervorosamente, y en tanto que su inteligencia rechaza tal
contradicción, se ve forzado a demostrar su efectiva existencia por medio de un acto
sintomático, consistente en darle un manotazo a su padre y besar luego el lugar
golpeado. También nosotros habremos de guardarnos de rechazar la posibilidad de una
tal contradicción. La vida sentimental de los hombres se compone, en general, de tales
antítesis. Si así no fuera, no habría, probablemente, ni represión ni neurosis. Estos
impulsos antitéticos de cuya simultaneidad el adulto sólo llega a adquirir consciencia en
la culminación de la pasión amorosa y que fuera de un tal momento luchan por
sobreponerse recíprocamente hasta que uno de ellos consigue mantener encubierto al
otro, coexisten pacíficamente yuxtapuestos en la vida anímica de los niños, durante todo
un período.
El suceso más importante para el desarrollo psicosexual de nuestro héroe es el
nacimiento de su hermanita cuando él tenía tres años y medio. Este acontecimiento dió
más agudo interés a sus relaciones con sus padres, y planteó a su pensamiento insolubles
problemas, en tanto que el espectáculo de los cuidados corporales de que era objeto la
recién nacida, despertaba en él las huellas mnémicas de sus más tempranas experiencias
de placer. También esta última influencia es típica. En toda una serie insospechadamente
amplia de historias clínicas, nos vemos llevados a tomar como punto de partida esta
eclosión del placer sexual y de la curiosidad sexual, consecutiva al nacimiento de un
hermanito. La conducta general del niño ante el intruso ha quedado descrita en mi
Interpretación de los sueños. A los pocos días del nacimiento de su hermana, Juanito,
enfermo y con fiebre, delata su disconformidad con aquel aumento de la familia. En este
caso, surge en primer término, cronológicamente, la hostilidad; el cariño podrá venir
después. El miedo a que todavía puedan venir más niños ocupa desde este momento un
lugar en el pensamiento consciente de Juanito. Durante la neurosis, la hostilidad ya
dominada, queda representada por un miedo especial, el miedo a la bañera. En el
análisis, Juanito manifiesta francamente, y no sólo por medio de alusiones que el padre
hubiera de interpretar, sus deseos de muerte contra su hermanita. Su autocrítica no juzga
tan perverso aquel deseo como el de análogo contenido contra el padre. A éste y a la
hermanita les da idéntico trato en su inconsciente porque los dos estorban su deseo de
quedarse solo con la madre.
Este suceso y los estímulos a él enlazados dan a sus deseos una nueva orientación. En su
victoriosa fantasía final acumula todos sus impulsos optativos eróticos: los procedentes
de la fase autoerótica y los relacionados con el amor objetivado. Está casado con su
madre y tiene incontables niños a los que puede atender y cuidar a su manera.
2
Juanito enferma un día de miedo a la calle. No puede aún precisar qué es lo que le da
miedo, pero ya al principio de su estado de angustia delata a su padre el motivo de su
enfermedad, la ventaja que la misma le proporciona. Quiere permanecer al lado de su
madre; «hacer mimitos» con ella. El recuerdo de haber sido separado de ella cuando su
hermanita nació, pudo contribuir, como el padre supone, a este ansioso deseo. Pero lo
que tarda en quedar demostrado es que su miedo no puede ya volverse a traducir en
deseo, pues Juanito siente miedo también cuando su madre le acompaña. Entretanto,
vamos vislumbrando cuál ha sido la fijación de la libido convertida en miedo. Juanito
expresa el miedo particularísimo a ser mordido por un caballo blanco.
Damos a un tal estado patológico el nombre de «fobia», y podríamos adscribir a la
agorafobia el caso de nuestro infantil sujeto si esta afección no se caracterizase por el
hecho de que la compañía de una persona determinada o, en caso extremo, del médico,
faculta al enfermo para llevar a cabo aquellos rendimientos que yendo solo le sería
imposible emprender, por impedírselo su incoercible miedo al espacio. La fobia de
Juanito no integra esa condición. Se desvía pronto del espacio y toma cada vez más
precisamente al caballo como objeto. En los primeros días, cuando su estado de angustia
alcanzó su más alto nivel, Juanito expresó ya aquel temor de que el caballo entrase en su
cuarto, que tanto hubo de facilitarme la comprensión de su angustia.
La situación de las «fobias» en el sistema de las neurosis ha sido hasta ahora muy
indeterminada. Parece seguro que sólo deben ser consideradas como síndromes comunes
a diferentes neurosis, no siendo preciso atribuirles la calidad de procesos patológicos
especiales. Para las fobias como ésta de nuestro Juanito, que son las más frecuentes, no
me parece impropia la denominación «histeria de angustia», propuesta por mí al doctor
W. Stekel cuando emprendió su exposición de los estados nerviosos de angustia y que
espero acabará por imponerse, pues queda justificada por la perfecta coincidencia del
mecanismo psíquico de tales fobias con el de la histeria, salvo en un solo y único punto
decisivo, muy apropiado para la diferenciación. En efecto, la libido desligada del
material patógeno por la represión no es convertida, o sea, utilizada, partiendo de lo
anímico, para una inervación somática, sino que queda libre en calidad de angustia. En
los casos patológicos, esta «histeria de angustia» puede mezclarse en cualquier medida
con la «histeria de conversión». Hay también histerias de conversión puras, sin angustia
alguna y también meras histerias de angustia que se manifiestan en sensaciones de
angustia y en fobias sin conversión alguna. De este último género es la fobia de Juanito.
La histeria de angustia es la enfermedad psiconeurótica más frecuente, pero sobre todo
la de aparición más temprana en la vida individual; es la neurosis de la época infantil.
Cuando una madre dice que su hijo es muy «nervioso» puede darse por seguro, en nueve
casos de cada diez, que padece una angustia cualquiera o muchos temores angustiosos a
la vez. Por desgracia, el sutil mecanismo de estas enfermedades tan importantes no ha
sido aún suficientemente estudiado. No se ha determinado aún si la histeria de angustia,
a diferencia de la histeria de conversión y de otras neurosis, tiene su única condición en
factores constitucionales o en los sucesos vividos, o en qué unión de ambos elementos la
encuentra. A mi juicio, es aquella enfermedad neurótica que menos exige una
constitución especial, y por lo tanto la que más fácilmente puede ser contraída en
cualquier período de la vida.
No es difícil hacer resaltar un carácter esencial de las histerias de angustia. La histeria de
angustia evoluciona cada vez más hacia la «fobia». Al final, el enfermo puede haber
quedado libre de angustia, pero sólo a costa de inhibiciones y restricciones a las que
hubo de someterse. En la histeria de angustia se desarrolla desde un principio una labor
psíquica encaminada a ligar de nuevo psíquicamente la angustia libertada, pero esta
labor no puede alcanzar la retransformación de la angustia en libido ni enlazarse a los
mismos complejos de los que la libido procede. No le queda más camino que impedir
todas las ocasiones de desarrollo de angustia por medio de una defensa psíquica tal
como una precaución, una inhibición o una prohibición, y estas defensas son las que se
nos muestran como fobias y forman, para nuestra percepción, la esencia de la
enfermedad.
Puede decirse que el tratamiento de la histeria de angustia ha sido hasta ahora puramente
negativo. La experiencia ha demostrado que es inútil y en algunas circunstancias, muy
peligroso, intentar la curación de una fobia de un modo violento, colocando al enfermo
en una situación en la que tenga necesariamente que pasar por el desarrollo de angustia,
después de haberle privado de su defensa. Se le obliga así a buscar protección donde
cree encontrarla y se le testimonia un desprecio ineficaz a causa de su «incomprensible
cobardía».
Los padres de nuestro pequeño paciente estaban convencidos, desde un principio, de que
el remedio no estaba en reírse de él ni brutalizarle, sino en buscar, por el camino
psicoanalítico, el acceso a sus deseos inconscientes. El éxito recompensó la ardua labor
del padre, cuyas anotaciones nos procuran ocasión de penetrar en la estructura de una tal
fobia y perseguir el camino del análisis al que dió motivo.
*
No me parece improbable que la extensión y la minuciosidad del análisis hayan hecho
difícil al lector su más perfecta comprensión. Por lo tanto, creo conveniente una síntesis
de su desarrollo, prescindiendo de detalles inútiles y haciendo resaltar los resultados
positivos paulatinamente obtenidos.
Comenzamos por averiguar que la emergencia del estado de angustia no fué tan
repentina como a primera vista pareció. Varios días antes, Juanito había tenido un sueño
de angustia: Mamá se había ido y ya no tenía él con quién «hacer mimitos». Este sueño
es ya indicio de un proceso de represión de sospechosa intensidad. Su interpretación no
puede ser, como para otros muchos sueños de angustia, la de que el niño ha sentido una
angustia procedente de cualesquiera fuentes somáticas y la ha utilizado para el
cumplimiento de un deseo inconsciente intensamente reprimido. Se trata, en realidad, de
un sueño de castigo y de represión, en el cual el mismo fenómeno onírico fracasa en su
función particularísima, ya que el niño despierta presa de angustia. No es difícil
reconstruir el proceso inconsciente correlativo. El niño ha soñado con las caricias de la
madre, ha soñado que dormía con ella en la cama, y todo el placer y todo el contenido de
representaciones han sido transformados en sus antítesis. La represión ha logrado la
victoria sobre el mecanismo del sueño.
Pero los comienzos de esta situación psicológica se hallan aún más atrás. Ya durante el
veraneo pasó Juanito por estados de melancolía en los que hubo de exteriorizar ideas
análogas y que le valieron ser acogido en el lecho de la madre. Desde esta época,
aproximadamente, podemos suponerle bajo los efectos de una fuerte excitación sexual
cuyo objeto es la madre y cuya intensidad se manifiesta en dos tentativas de seducción -
la última inmediatamente anterior a la emergencia de la angustia- descargándose todas
las noches en la satisfacción onanista.
APÉNDICE (1922)
HACE unos cuantos meses -en la primavera de 1922- se me presentó un joven,
declarando ser aquel «Juanito» cuya neurosis infantil había yo descrito en 1909. Su
visita me satisfizo mucho, pues dos años después del análisis le había perdido de vista y
en más de un decenio no había sabido nada de él. La publicación de este primer análisis
de un niño había despertado gran interés y aun más indignación profetizándose a la
pobre criatura toda clase de desdichas por haber sido despojado de su inocencia en edad
tan temprana y víctima de una psicoanálisis.
Pero ninguno de estos temores se ha cumplido. Juanito es ahora un apuesto muchacho de
diecinueve años. Afirmaba encontrarse muy bien y no padecer trastornos ni inhibiciones
de ningún género. No sólo había atravesado la pubertad sin daño alguno, sino que había
resistido una de las más duras pruebas a que podía ser sometida su vida sentimental. Sus
padres se habían divorciado y habían contraído, cada uno por su lado, nuevas nupcias.
Juanito vivía solo, pero en buenas relaciones con ambos, y sólo lamentaba que la
disolución de la familia le hubiera separado de su hermana menor, a la que quería
mucho.
Juanito me comunicó algo especialmente singular. Tanto que no me atrevo a arriesgar
explicación ninguna. Cuando leyó su historia -me dijo- le había parecido totalmente
ajena a él; no se reconoció, ni recordó nada. Sólo cuando llegó al viaje a Gmunden
alboreó en su memoria la sospecha de que aquel niño pudiera ser él. Así, pues, el
análisis no había preservado el suceso de la amnesia, sino que había sucumbido también
a ella. Algo parecido sucede, en cuanto a los sueños, a las personas familiarizadas con el
psicoanálisis. Les despierta un sueño, deciden analizarlo en el acto, vuelven luego a
dormirse, satisfechos con el resultado del análisis, y al despertar por la mañana han
olvidado el sueño y el análisis.