Parte teórica

II) PARTE TEÓRICA
a) Algunos caracteres generales de los productos obsesivos.
EN el año 1896 definimos las representaciones obsesivas como «reproches
transformados que retornaban de la represión y se referían siempre a un acto sexual
ejecutado con placer en los años infantiles». Esta definición nos parece hoy discutible en
cuanto a su forma, aunque integra elementos exactos. Tendía demasiado a la unidad y
tomaba como modelo el proceso de los neuróticos obsesivos mismos, los cuales, con su
peculiar tendencia a la indeterminación, consideran unitariamente como
«representaciones obsesivas» los más diversos productos psíquicos. Es realmente más
correcto hablar de un «pensamiento obsesivo» y hacer resaltar que los productos
obsesivos pueden equivaler a muy diversos actos psíquicos pudiendo ser determinados
como deseos, tentaciones, impulsos, reflexiones, dudas, mandatos y prohibiciones. Los
enfermos entrañan, en general, una tendencia a desvanecer tal determinación y a
presentar como representación obsesiva el contenido despojado de su índice de afecto.
En una de las primeras sesiones del tratamiento nos ofreció nuestro paciente un ejemplo
de tal laboración de un deseo encaminado a rebajarlo a la calidad de mera «asociación
mental».
Ha de reconocerse también que hasta ahora no ha podido ser estudiada con algún
detenimiento la fenomenología del pensamiento obsesivo. En la defensa secundaria que
el enfermo desarrolla contra las «representaciones obsesivas» que han penetrado en su
consciencia surgen productos que merecen un nombre especial. Recuérdense, por
ejemplo, las series de ideas que ocupan a nuestro paciente durante su regreso de las
maniobras. No son reflexiones puramente razonables que el sujeto opone a sus ideas
obsesivas, sino algo como productos mixtos de ambas formas del pensamiento. Toman
ciertas premisas de la obsesión por ellas combatidas y se sitúan (con los medios de la
razón) en el terreno del pensamiento patológico. A mi juicio, tales productos merecen el
nombre de «delirios». Un ejemplo que los lectores deberán interpolar en el lugar
correspondiente del historial clínico aclarará por completo tal diferenciación. Cuando
nuestro paciente desarrolló durante toda una temporada Ios insensatos manejos que en su
lugar describimos prolongando el estudio hasta altas horas de la noche, abriendo la
puerta de su cuarto al dar las doce para facilitar la entrada al espíritu de su padre,
situándose luego ante el espejo y contemplando en él sus genitales, intentó apartar de sí
aquella obsesión, pensando en lo que diría su padre si realmente se hallase aún en vida.
Pero este argumento no tuvo eficacia ninguna mientras fue expuesto en esta forma
razonable. La obsesión cesó tan sólo cuando el sujeto integró la misma idea en la forma
de una amenaza delirante, diciéndose que si prolongaba tales insensateces, le sucedería a
su padre algo malo en el más allá.
El valor de la diferenciación -justificada, desde luego- entre defensa primaria y
secundaria queda, sin embargo, inesperadamente disminuido por el descubrimiento de
que los enfermos no conocen el texto verbal de sus propias representaciones obsesivas.
Esta afirmación parece paradójica, pero tiene pleno sentido. En efecto, durante el curso
de un psicoanálisis se intensifica no sólo la valentía de los enfermos, sino también la de
su enfermedad, la cual se aventura a exteriorizaciones más precisas. Sucede como si el
paciente, que hasta entonces rehuía con miedo la percepción de sus productos
patológicos, les dedicase ahora su atención y los experimentase más clara y
detalladamente.
Por dos caminos especiales podemos llegar, además, a un conocimiento más preciso de
los productos obsesivos. En primer lugar, nos percatamos de que los sueños pueden
ofrecernos el texto auténtico del producto obsesivo, el cual sólo mutilado y deformado,
como en un telegrama mal redactado, se nos ha dado a conocer en la vida despierta.
Tales textos aparecen en el sueño como manifestaciones orales, contra la regla general
de que las palabras contenidas en los sueños proceden siempre de las pronunciadas u
oídas por el sujeto durante el día. En segundo lugar, la investigaeión analítica de un
historial patológico nos lleva a la convicción de que, frecuentemente, varias ideas
obsesivas sucesivas, pero de texto literal diferente, son, en el fondo, una sola y la misma.
La idea obsesiva ha sido afortunadamente rechazada una primera vez y retorna luego
deformada, no siendo ya reconocida y pudiendo ofrecer así mayor resisteneia a la
defensa. Pero la forma exacta es la primitiva, la cual muestra muchas veces sin velo
alguno su sentido. Cuando, al cabo de penosa labor, conseguimos aclarar una idea
obsesiva incomprensible no es raro oír decir al enfermo que antes de la emergencia de la
idea obsesiva propiamente dicha surgió en él una ocurrencia, una tentación o un deseo,
como las que ahora le exponemos, pero que desaparecieron en seguida de su
imaginación. Desgraciadamente, la exposición de los ejemplos de este género integrados
en el historial de nuestro sujeto exigiría un lugar del que no disponemos en el presente
estudio.
Así, pues, la «representación obsesiva» que pudiéramos calificar de «oficial» integra en
la deformación sufrida con respecto a su texto primitivo las huellas de la defensa
primaria. Su deformación la hace viable, pues el pensamiento consciente se ve obligado
a interpretarla erróneamente en forma análoga a como interpreta el contenido manifiesto
del sueño, el cual constituye el producto de una transacción y una deformación y queda
interpretado erróneamente por el pensamiento despierto.
Tal interpretación errónea por parte del pensamiento consciente puede comprobarse no
sólo en las ideas obsesivas mismas, sino también en los productos de la defensa
secundaria (por ejemplo, en las fórmulas protectoras), hecho del que podemos exponer
aquí dos acabados ejemplos: Nuestro paciente usaba como fórmula defensiva la palabra
aber (pero), rápidamente pronunciada y acompañada de un ademán de repulsa, y en una
de las sesiones del tratamiento manifestó luego que dicha fórmula había sufrido en los
últimos tiempos una variación, pues no decía ya áber, sino abér. Interrogado por mí
sobre el motivo de aquella transformación, indicó que la e átona de la segunda sílaba no
le ofrecía la menor garantía contra la temida aparición de algo ajeno y contradictorio,
razón por la cual había decidido acentuarla. Esta explicación, correspondiente en un todo
al estilo de la neurosis obsesiva, se demostró, sin embargo, inexacta, constituyendo,
cuando más, una racionalización. En realidad, al pronunciar abér lo que hacía era
asimilar dicha palabra a la de Abwehr (defensa), cuya significación psicoanalítica le era
conocida por nuestras conversaciones teóricas sobre el tratamiento. Así, pues, el
tratamiento había quedado aprovechado de un modo abusivo y delirante para robustecer
una fórmula de defensa. Otra vez me habló de su palabra mágica principal, formada por
él, para protegerse contra las tentaciones, con las iniciales de las oraciones más eficaces,
y a la que añadía un fervoroso «amén». Pero no me es posible transcribir aquí dicha
palabra, pues cuando el paciente me la reveló observé en el acto que no era sino un
anagrama del nombre de la señora de sus pensamientos. Tal nombre contenía una s que
el sujeto situaba al final e inmediatamente delante del «amén» agregado formando así la
palabra Samen (semilla, semen). Podemos, pues, decir que había reunido su semen con
la mujer amada; esto es, que se había masturbado pensando en ella. Pero él mismo no
había observado tan evidente relación, y la defensa se había dejado burlar por lo
reprimido. Es éste, además, un excelente ejemplo de aquella regla según la cual los
elementos que han de ser rechazados acaban por penetrar en aquello por lo que son
rechazados.
Una vez sentado que las ideas obsesivas han experimentado una deformación lo mismo
que las ideas oníricas antes de pasar a ser el contenido del sueño, habrá de interesarnos
averiguar la técnica de tal deformación, y nada se opondría a que expusiéramos aquí los
distintos medios de la misma en una serie de ideas obsesivas traducidas e interpretadas.
Pero tampoco podemos dar sino algunas muestras. No todas las ideas obsesivas de
nuestro paciente eran tan complicadas y tan difíciles de interpretar como la del tormento
de las ratas. En otras se había empleado una técnica muy sencilla, la de la deformación
por omisión -la elipsis--, que tan excelente ayuda presta en la producción de los chistes y
que también aquí cumplió su deber como medio defensivo contra la comprensión.
Una de sus ideas obsesivas más antiguas (equivalente a una advertencia o una
admonición) era, por ejemplo, la siguiente: Si me caso con la mujer a la que amo, le
sucederá a mi padre una desgracia (en el más allá). Si interpolamos ahora los elementos
intermedios omitidos descubiertos en el análisis, obtendremos el proceso mental
siguiente: Si mi padre viviera, mi propósito de casarme con esa mujer le haría
encolerizarse tanto como en aquella pretérita escena infantil de manera que también yo
me enfurecería de nuevo contra él y le desearía terribles males que la omnipotencia de
mis deseos haría caer irremediablemente sobre él.
He aquí otro caso de elaboración elíptica de una advertencia o una prohibición ascética.
Tenía una sobrinita a la cual quería mucho. Un día surgió en éI la idea siguiente: Si te
permites realizar una vez más el coito, le sucederá a la pequeña Ella una desgracia (se
morirá). Interpolando lo omitido, resulta el proceso siguiente: En todo coito, incluso con
personal venal, has de pensar que, si te casas, el comercio sexual con tu mujer no tendrá
jamás por consecuencia el nacimiento de un hijo (a causa de la esterilidad de su amada).
Ello te dolerá tanto, que te hará envidiar a tu hermana por su pequeña Ella, y tu envidia
acarreará la muerte de la niña.
La elipsis, como técnica deformante, parece ser típica de la neurosis obsesiva, y por mi
parte la he hallado también en las ideas obsesivas de otros pacientes. Recuerdo, sobre
todo, un caso de duda especialmente transparente e interesante por presentar cierta
analogía con la estructura de la representación de las ratas. Se trataba de una señora que
padecía, sobre todo, de actos obsesivos. Paseaba con su marido por la ciudad de
Nurenberg y entró con él en una tienda en la que compró diversos objetos para su hija,
entre ellos un peine. El marido, a quien aquellas compras aburrían, la indicó haber visto
antes, en el escaparate de un anticuario, unas monedas que le interesaban. Iría, pues, a
comprarlas y volvería luego a recogerla a aquella tienda. Su mujer encontró demasiado
prolongada su ausencia, y luego, al preguntarle a su retorno dónde se había demorado y
decir él que precisamente en la tienda del anticuario, se vio asaltada por la duda
atormentadora de si no había poseído, desde siempre, aquel mismo peine que había
comprado para su hija. Naturalmente, la sujeto no pudo descubrir la sencilla relación
existente entre tal idea obsesiva y la prolongada ausencia de su marido; pero nosotros
vemos en el acto que se trata de una duda desplazada y podemos completar su proceso
mental inconsciente en la siguiente forma: Si he de creer que no has estado más que en
la tienda del anticuario, también puedo creer que poseo hace ya muchos años este peine
que acabo de comprar. Nos hallamos, pues, ante una equiparación irónica y burlona,
análoga al proceso mental de nuestro paciente ante la advertencia del capitán: Sí; tan
cierto es que devolveré el dinero al teniente A. como que mi padre y mi amada pueden
tener hijos. En la señora de nuestro ejemplo, la duda dependía de sus celos
inconscientes, los cuales la hacían suponer que su marido había aprovechado el intervalo
para una visita galante.
Por esta vez no emprenderemos el estudio psicológico del pensamienlo obsesivo, aunque
nos proporcionaría seguramente valiosos resultados y contribuiría al esclarecimiento de
nuestros conocimientos de la esencia de lo consciente y lo inconsciente más que el
estudio de la histeria y de los fenómenos hipnóticos. Sería muy de desear que los
filósofos y los psicólogos que desarrollan ingeniosas teorías sobre lo inconsciente,
basándose en lo que sólo de oídas saben o en sus propias definiciones convencionales,
estudiaran directamente los fenómenos del pensamiento obsesivo, estudio del que
extraerían impresiones decisivas. Pudiera incluso exigírseles tal estudio previo si no
fuera mucho más penoso que los métodos de trabajo a los que en general se atienen. Por
mi parte me limitaré a indicar que aun en la neurosis obsesiva surgen ocasionalmente en
la consciencia, y en forma pura y no deformada, los procesos anímicos inconscientes,
que tal interrupción puede tener su punto de partida en los más distintos estadios del
proceso mental inconsciente y que las representaciones obsesivas pueden ser
reconocidas casi todas, en el momento de la irrupción, como productos existentes desde
mucho tiempo atrás. De aquí el singular fenómeno de que al investigar la primera
emergencia de una idea obsesiva en un sujeto neurótico se vea el mismo obligado a
desplazarla cada vez más atrás en el curso del análisis, hallando siempre de nuevo
primeras motivaciones de la misma.
b) Algunas singularidades psíquicas de los neuróticos obsesivos: sus actitudes hacia la
realidad, la superstición y la muerte.
Me propongo estudiar aquí algunos caracteres anímicos de los enfermos de neurosis
obsesiva, que no parecen importantes de por sí, pero que nos facilitan la comprensión de
algo muy importante. Tales caracteres mostraban intenso relieve en mi paciente, pero sé
muy bien que no deben ser atribuidos a su individualidad, sino a su padecimiento, y que
son peculiares de un modo totalmente típico a otros neuróticos obsesivos.
Nuestro paciente se mostraba supersticioso en alto grado, aunque era un hombre de
aguda inteligencia y amplia cultura y afirmaba a veces no hacer el menor caso de
semejantes tonterías. Era, pues, supersticioso, y al mismo tiempo no lo era,
diferenciándose así, distintamente, de los supersticiosos incultos que se sienten
perfectamente de acuerdo con sus absurdas creencias. Parecía comprender que su
superstición dependía de su pensamiento obsesivo, aunque a veces se mostraba
totalmente identificado con ella. Esa conducta tan contradictoria y oscilante sólo me
pareció admitir una determinada explicación. No vacilé, pues, en suponer que el sujeto
poseía, con respecto a tales cuestiones, dos convicciones distintas y opuestas, y no tan
sólo una opinión indeterminada. Oscilaba, pues, entre tales dos convicciones, y su
decisión dependía en absoluto de su actitud del momento ante su neurosis. En cuanto
llegaba a dominar una obsesión se burlaba de su credulidad, y nada le sucedía que
pudiera preocuparle supersticiosamente; pero en cuanto volvía a hallarse bajo el dominio
de una obsesión no solucionada aún -o lo que es lo mismo, de una resistenciacomenzaba
a ocurrirle toda clase de singulares accidentes casuales que apoyaban su
convicción supersticiosa.
De todos modos, la superstición de nuestro paciente era la de un hombre culto que
prescindía de vejeces tales como el miedo a los viernes, al número 13, etcétera. Pero
creía en los presagios y en los sueños proféticos, tropezaba siempre con aquellas
personas en las que momentos antes había pensado sin saber por qué y recibía cartas de
otras a las que había recordado horas antes, después de mucho tiempo de no haberse
ocupado para nada de ellas. Con todo ello era lo suficientemente honrado, o mejor
dicho, lo bastante fiel a sus convicciones oficiales, para no olvidar aquellos otros casos
en los que no se habían confirmado presentimientos muy intensos, como una vez que
salió de veraneo con la seguridad de que no volvería vivo a Viena. Reconocía también
que la inmensa mayoría de los presagios se referían a cosas carentes de importancia para
su persona, y que cuando encontraba a algún conocido en el que sólo momentos antes
había pensado, después de un largo olvido, tal encuentro no tenía luego consecuencia
ninguna singular y confesaba que todo lo importante de su vida había ocurrido sin que
presagio alguno lo anunciara; por ejemplo, la muerte de su padre. Pero todos estos
argumentos no modificaban en nada la discordia de sus convicciones y demostraban tan
sólo el carácter obsesivo de su superstición, deducible ya de sus oscilaciones de sentido
idéntico a las de la resistencia.
No estaba yo, naturalmente, en situación de explicar racionalmente todas sus
maravillosas historias pretéritas; pero en cuanto a las sucedidas durante el curso del
tratamiento, pude demostrarle que él mismo colaboraba en la fabricación de tales
milagros y logré hacerle ver los medios que en tal labor utilizaba. Tales medios eran la
visión y la lectura indirectas, el olvido y, ante todo, los errores mnémicos. Al final, él
mismo me ayudó a descubrir los pequeños trucos con los que producía tales milagros.
Como interesantísima raíz infantil de su fe en los presentimientos y los presagios,
descubrimos en una ocasión el recuerdo de que su madre, cuando se trataba de fijar la
fecha de algo futuro, solía decir: «Tal día o tal otro no podré, porque tendré que guardar
cama.» Y, en efecto, siempre pasaba acostada tales fechas.
Es indudable que el sujeto sentía la necesidad de hallar en sus vivencias tales puntos de
apoyo de su superstición, y que por tal motivo observaba tan atentamente las corrientes
casualidades inexplicables de la vida cotidiana, y cuando aquéllas no bastaban, ayudaba
al azar con su actividad inconsciente. En muchos otros neuróticos obsesivos he vuelto a
hallar tal necesidad y sospecho su existencia en casi todos. Me parece claramente
explicable por el mismo carácter psicológico de la neurosis obsesiva. Como ya hemos
explicado antes, en esta perturbación la represión no se produce por medio de la
amnesia, sino de la destrucción de las relaciones causales mediante la supresión de los
afectos. Estas relaciones reprimidas parecen conservar una cierta energía admonitoria -a
la que en otro lugar hemos comparado a una percepción endopsíquica-, pudiendo así ser
incorporadas al mundo exterior, o sea proyectadas en él como testimonio de lo psíquico
reprimido.
Otra necesidad anímica común a los neuróticos obsesivos, que entraña una cierta
afinidad con la anterior, y cuya investigación nos adentra muy profundamente en la
investigación de los instintos, es la necesidad de la inseguridad o de la duda. La creación
de la inseguridad es uno de los métodos que la neurosis emplea para extraer al enfermo
de la realidad y aislarle del mundo, tendencia integrada en toda perturbación
psiconeurótica. Los enfermos realizan un esfuerzo evidente para eludir toda seguridad y
poder permanecer en duda. Esta tendencia llega a exteriorizarse a veces en una antipatía
a los relojes, los cuales aseguran, por lo menos, la determinación de la hora, y en hábiles
manejos inconscientes encaminados a inutilizar tales instrumentos que hacen imposible
la duda. Nuestro paciente mostraba especial destreza en eludir todas aquellas
informaciones que pudieran llevarle a una solución de su conflicto. Así, desconocía en
absoluto las circunstancias más importantes de la vida de su amada y pretendía ignorar
el nombre del médico que la había operado y si la operación se había limitado a un solo
ovario o había comprendido ambos.
La predilección que los neuróticos obsesivos muestran por la inseguridad y la duda
constituye para ellos un motivo para adherir preferentemente sus pensamientos a
aquellos temas en los que la inseguridad es generalmente humana y en los que nuestros
conocimientos o nuestro juicio permanecen necesariamente expuestos a la duda. Tales
temas son, ante todo, la paternidad, la duración de la vida, la supervivencia en el más
allá y la memoria, a la que solemos dar fe sin poseer la menor garantía de su exactitud.
La neurosis obsesiva utiliza ampliamente tal inseguridad de la memoria para la
producción de síntomas. No tardaremos en ver cuál es el papel que la duración de la vida
y la supervivencia en el más allá desempeñan en el pensamiento de los enfermos. Antes,
y como transición adecuada, examinaremos todavía aquel rasgo supersticioso de nuestro
paciente que seguramente habrá despertado singular extrañeza en el lector al hallarlo
mencionado en páginas anteriores.
Me refiero a la omnipotencia por él pretendida de sus ideas y sus sentimientos y de sus
buenos y malos deseos. No es, ciertamente, pequeña la tentación de considerar
semejante idea como un delirio que traspasa los límites de la neurosis obsesiva; mas por
mi parte he vuelto a hallar idéntica convicción en otro neurótico obsesivo, restablecido
por completo ha largo tiempo, y que se conduce normalmente, y en realidad todos los
neuróticos obsesivos se comportan como si compartieran tal convencimiento.
Trataremos, pues, de aclarar semejante exageración. Suponiendo por tanto, que en tal
creencia se manifiesta honradamente un trozo de la primitiva manía infantil de grandeza,
preguntamos a nuestro paciente en qué basaba su convicción, y el sujeto nos respondió
acogiéndose a dos sucesos de su vida. Cuando fue por segunda vez a aquel balneario en
el cual había encontrado antes un primer alivio a su dolencia, pidió la misma habitación
que la primera vez había ocupado, y cuya situación había favorecido sus entrevistas con
una de las enfermeras. Pero le dijeron que aquella habitación estaba ya ocupada por un
anciano profesor, y ante aquella noticia, que disminuía tan considerablemente sus
esperanzas de alivio, reaccionó con las palabras siguientes: «¡Así lo parta un rayo!»
Quince días después despertó con la sensación de tener cerca de sí un cadáver y al
levantarse luego supo que el profesor había muerto efectivamente, fulminado por el rayo
y que su cadáver había sido traído a la habitación a la hora misma en que él había
despertado. El otro suceso se refería a una muchacha mayor que él y de intensas
necesidades sexuales, que en una ocasión le había hecho claramente la corte llegando
incluso a preguntarle si no la podía querer un poco. El sujeto le había respondido
negativamente, y pocos días después supo que aquella muchacha se había tirado por un
balcón. Se reprochó entonces su huraña conducta, diciéndose que había estado en sus
manos conservar aquella vida con sólo demostrar a la muchacha un poco de afecto. De
este modo fue como llegó a adquirir la convicción de omnipotencia de su amor y su
odio. Sin negar la omnipotencia del amor… haremos resaltar que en ambos casos se
trata de la muerte y aceptaremos la explicación, inmediata ya, que si nuestro paciente se
ve obligado, como otros neuróticos obsesivos, a exagerar el efecto de sus sentimientos
hostiles sobre el mundo exterior es porque gran parte del efecto psíquico interno de los
mismos escapa a su conocimiento consciente. Su amor -o más bien su odio- es realmente
poderoso, pues crea precisamente aquellas ideas obsesivas cuya procedencia no
comprende el sujeto y contra las cuales se defiende en vano.
Nuestro paciente mostraba una relación peculiarísima con el tema de la muerte.
Condolía cordialmente todas las muertes e iba a todos los entierros, hasta el punto de
que sus hermanos se burlaban de él, diciéndole que era como los cuervos; pero, además,
mataba de continuo en su fantasía a sus conocidos para poder exteriorizar a los
supervivientes su cordial condolencia. La muerte de una hermana mayor, acaecida entre
sus tres y cuatro años, desempeñó en sus fantasías papel importantísimo y se halla
íntimamente relacionada con sus maldades infantiles de aquellos años. Sabemos también
cuán precozmente le preocupó la idea de la muerte de su padre y debemos considerar su
enfermedad misma como una reacción a tal suceso, obsesivamente deseado quince años
antes. La singular extensión de sus temores obsesivos al más allá no es sino una
compensación de aquellos deseos de muerte contra su padre. Emergió cuando la tristeza
causada por la muerte de su padre quedó renovada año y medio después y tendía, en
contra de la realidad y el deseo que se había exteriorizado antes en toda clase de
fantasías, a negar y anular la muerte de su padre. La expresión «en el más allá» aparece
traducida frecuentemente por el mismo sujeto en las palabras «si mi padre viviera».
Pero también la conducta de otros muchos neuróticos obsesivos, a los que el Destino no
ha impuesto un primer encuentro con el fenómeno de la muerte en años tan tempranos,
es, sin embargo, muy análoga a la de nuestro paciente. Sus pensamientos se ocupan
incesantemente con la duración de la vida y la posible muerte de otras personas, y sus
tendencias supersticiosas no tuvieron en un principio otro contenido ni tienen quizá, en
general, otra procedencia. Pero, ante todo, precisan la posibilidad de la muerte para
resolver los conflictos que ellos dejan insolucionados. Su carácter esencial es el de ser
incapaces de toda decisión, sobre todo en las cuestiones amorosas. Aplazan
indefinidamente toda resolución y, penetrados constantemente por la duda de por qué
persona o por qué medida contra una persona han de decidirse, tienen su modelo en
aquel antiguo tribunal alemán, cuyos pleitos terminaban siempre porque las partes
litigantes morían antes que hubieran obtenido una sentencia. De este modo, en todo
conflicto vital acechaba la muerte de una persona importante, y casi siempre querida por
ellos, sea de su padre o su madre, de un rival o de alguno de los objetos amorosos entre
los que oscila su inclinación. Pero con este estudio del complejo de la muerte en la
neurosis obsesiva penetramos ya en la vida instintiva de los neuróticos obsesivos, de la
que ahora vamos a ocuparnos.
c) La vida instintiva de los neuróticos obsesivos y los orígenes de la compulsión y la
duda.
Si queremos Ilegar al conocimiento de las fuerzas psíquicas cuya pugna ha
generado esta neurosis, habremos de volver sobre aquello que el análisis de nuestro
paciente nos descubrió en cuanto a los motivos de su enfermedad en la edad adulta y en
la infancia. El sujeto enfermó a los veinte años, al ser situado ante la tentación de casarse
con una mujer distinta de aquella a la que venía amando desde tanto tiempo atrás, y
esquivó la resolución de tal conflicto retrasando en cuanto de él dependía el
cumplimiento de las condiciones previas a su emergencia, para lo cual le proporcionó
los medios la neurosis. La vacilación entre la mujer amada y la otra puede ser reducida
al conflicto entre la influencia del padre y la fidelidad de su amada; esto es, a la elección
entre el padre y el objeto sexual, tal y como, según sus recuerdos y sus asociaciones
obsesivas, se había desarrollado ya en su temprana infancia. Además, en todos los
detalles de su vida se transparentaba claramente que, tanto en cuanto a su amada como
en cuanto a su padre, existía en él una pugna entre el amor y el odio. Sus fantasías
vengativas y los fenómenos obsesivos, tales como la obsesión de comprender o el acto
de quitar una piedra del camino y volverla a poner, testimonian de la existencia de dicha
pugna, normalmente comprensible hasta cierto grado, ya que la mujer amada le había
dado motivos de hostilidad con su primera repulsa y su frialdad ulterior. Pero también en
sus relaciones con su padre dominaba tal dualidad, según nos reveló la traducción de sus
ideas obsesivas, y también el padre debía de haberle dado en su infancia motivos de
hostilidad, como el análisis demostró luego casi indudablemente. Su relación con la
mujer amada, mixta de cariño y de hostilidad, caía en su mayor parte bajo su percepción
consciente. Cuanto más se engañaba en cuanto a la magnitud y a la exteriorización de
sus sentimientos negativos. En cambio, su hostilidad contra el padre, que en tiempo
había sido intensamente consciente, yacía ahora reprimida desde mucho tiempo atrás, y
sólo contra su más intensa resistencia pudo ser llevada de nuevo a la consciencia. En la
represión del odio infantil contra el padre hemos de ver el proceso que obligó a entrar
todo el suceso ulterior en el cuadro de la neurosis.
Estos conflictos sentimentales de nuestro paciente no son independientes entre sí, sino
que se hallan soldados por parejas. El odio contra su amada hubo de sumarse a su
adhesión al padre, e inversamente. Pero las dos corrientes contrapuestas subsistentes
después de esta simplificación, o sea la pugna entre el padre y la amada y la antítesis de
amor y odio existente en la relación del sujeto con cada una de tales personas no tienen
nada que ver una con otra, ni por su contenido ni por su génesis. El primero de ambos
conflictos corresponde a la vacilación normal entre el hombre y la mujer como objetos
de la elección amorosa, vacilación que es provocada en el niño por vez primera con la
famosa pregunta habitual: «¿A quién quieres más: a papá o a mamá ?», y que luego le
acompaña a través de toda la vida, a pesar de todas las diferencias individuales en cuanto
a la intensidad de los sentimientos y la fijación de los fines sexuales definitivos. Pero
esta oposición pierde pronto, normalmente, su carácter de dilema, haciéndose posible la
satisfacción simultánea de las exigencias desiguales de sus dos términos, aunque
también en el hombre normal la mayor estimación de uno de los sexos suceda siempre a
expensas del otro.
Más extraño nos parece el otro conflicto; esto es, el que se desarrolla entre el amor y el
odio. Sabemos que un principio de enamoramiento es percibido muchas veces como
odio, y que el amor que encuentra negada la satisfacción se torna fácilmente en odio, y
los poetas nos aseguran que en estadios tempestuosos del enamoramiento pueden
subsistir yuxtapuestos, como en una competición, ambos sentimientos contradictorios.
Pero nos asombra encontrar una yuxtaposición crónica de amor y odio, muy intensos
ambos y orientados hacia la misma persona. Habríamos esperado que el amor hubiera
dominado al odio o hubiese sido devorado por él. Realmente, tal subsistencia de los
contrarios sólo es posible bajo especiales condiciones psicológicas y con la colaboración
de lo inconsciente. El amor no ha podido extinguir el odio, sino tan sólo rechazarlo a lo
inconsciente, instancia psíquica en la cual se encuentra a salvo de la acción de la
consciencia y puede subsistir sin mengua alguna e incluso crecer. En tales
circunstancias, el amor consciente suele alcanzar, a su vez, por reacción, especial
intensidad para poder llevar a cabo constantemente y sin descanso la tarea de mantener
en la represión a su contrario. Esta singular constelación de la vida amorosa parece tener
su condición en una disociación muy temprana, acaecida en el período prehistórico
infantil, de los dos elementos antitéticos, con represión de uno de ellos, generalmente el
odio.
La revisión de una serie de análisis de neuróticos obsesivos nos da la impresión de que
esta relación dada en nuestro paciente entre el amor y el odio constituye uno de los
caracteres más frecuentes y manifiestos de la neurosis obsesiva y, en consecuencia, uno
de los más importantes. Pero, aunque habría de ser muy atractivo poder referir a la vida
instintiva el problema de la «elección de neurosis», poseemos razones suficientes para
eludir semejante tentación, y hemos de recordar que en todas las neurosis descubrimos
como substratos de los síntomas los mismos instintos reprimidos. Además, el odio que el
amor mantiene reprimido en lo inconsciente desempeña también un importantísimo
papel en la patogénesis de la histeria y de la paranoia. No conocemos lo bastante la
esencia del amor para sentir aquí afirmaciones precisas. Sobre todo, la relación de su
factor negativo con el componente sádico de la libido nos es aún totalmente
desconocida. Sólo a título de información provisional observaremos que en los casos de
odio inconsciente por nosotros investigados se demostró que el componente sádico del
amor había integrado constitucionalmente una elevada intensidad y, en consecuencia,
había sido objeto de una represión prematura y demasiado fundamental, resultando así
que los fenómenos neuróticos observados se derivaban, por un lado, del amor consciente
intensificado por reacción, y por otro, del sadismo que continuaba actuando en lo
inconsciente en calidad de odio.
Pero cualquiera que sea la forma en que haya de interpretarse esta singular relación del
odio y el amor, su existencia queda indudablemente demostrada por el análisis de
nuestro paciente, y es muy satisfactorio ver cuán comprensibles se nos hacen los
enigmáticos procesos de las neurosis obsesivas en cuanto los referimos a semejante
factor. Si contra un amor intenso se alza un odio casi tan intenso como él, la
consecuencia inmediata tiene que ser una parálisis parcial de la voluntad, una
incapacidad de adoptar resolución alguna en cuanto a todos aquellos actos cuyo móvil
haya de ser el amor. Pero, además, tal indecisión no permanece limitada por mucho
tiempo a un solo grupo de actos, pues ¿qué actos de un enamorado no se relacionan con
su motivo capital? A mayor abundamiento, la conducta sexual entraña un poder
prototípico con el que actúa sobre las demás reacciones del hombre, modificándolas, y,
por último, el carácter psicológico de la neurosis obsesiva tiende típicamente a hacer el
mayor uso posible del mecanismo de desplazamiento. En consecuencia, la indecisión se
extiende paulatinamente a toda la actividad del sujeto.
Con ello queda instaurado el régimen de la obsesión y de la duda, tal y como se nos
muestra en la vida anímica de los neuróticos obsesivos.
La duda corresponde a la percepción interna de la indecisión que se apodera del
enfermo, a consecuencia de la inhibición del amor por el odio, en cuanto el mismo se
propone realizar algún acto. Duda, en realidad, de su propio amor, que debía ser para él
subjetivamente, lo más seguro, y esta duda se difunde sobre todo lo demás,
desplazándose preferentemente sobre lo más nimio e indiferente. Aquel que duda de su
amor tiene que dudar de todo lo demás, menos importante.
Es ésta la misma duda que en las medidas de protección provoca la inseguridad del
sujeto y los obliga a repetirlas una y otra vez para desvanecerla, consiguiendo al fin que
tales actos de defensa resulten tan irrealizables como la resolución amorosa
primitivamente inhibida. Al principio de mis investigaciones hube de aceptar otra
derivación más general de la inseguridad de los neuróticos obsesivos, derivación que
parecía adaptarse más fácilmente a lo normal. En efecto; cuando estamos redactando una
carta y alguien nos dirige entre tanto una o más preguntas, sentimos después una
inseguridad justificada en cuanto a lo que hemos escrito mientras nos hablaban y nos
vemos obligados a releer la carta una vez terminada. Supuse, pues, que la inseguridad de
los neuróticos obsesivos, por ejemplo, en sus oraciones, procedía de que mientras
rezaban eran perturbados incesantemente por fantasías inconscientes. Esta hipótesis era
ya exacta y resulta fácilmente conciliable con las afirmaciones que anteceden. Es cierto
que la inseguridad de haber llevado a cabo una medida de protección procede de las
fantasías inconscientes perturbadoras; pero tales fantasías contienen, además,
precisamente, al impulso contradictorio que había de ser rechazado por la oración. Así
se evidencia en nuestro paciente en una ocasión en la cual la perturbación no permanece
inconsciente, sino que es expresada en voz alta. Cuando quiere rezar, diciendo «Dios la
proteja», emerge de pronto de lo inconsciente un «no» hostil, y el sujeto adivina que se
trata de un trozo de una maldición. Si aquel «no» hubiera permanecido mudo, el sujeto
habría continuado en estado de inseguridad y habría prolongado cada vez más sus rezos;
pero en cuanto lo oyó, suprimió aquéllos en absoluto. Antes de hacerlo así había
probado, como otros neuróticos obsesivos, toda clase de métodos para evitar la aparición
del elemento contradictorio, abreviando sus oraciones o recitándolas rapidísimamente.
Pero todas estas técnicas fracasan más tarde o más temprano, y en cuanto el impulso
amoroso ha logrado realizar algo, después de desplazarse sobre un acto indiferente, es
seguido por el impulso hostil que se esfuerza en anular su obra.
Cuando el neurótico obsesivo llega luego a darse cuenta de la inseguridad de la
memoria, consigue extender generalmente, con su auxilio, la duda, incluso a los actos ya
realizados, que carecieron de toda relación con el complejo del amor y el odio, y a todo
su pasado.
Recuérdese el ejemplo de aquella señora que acababa de comprar un peine para su hija y
que, al ser asaltada por una sospecha celosa contra su marido, empezó a dudar en el acto
de si aquel peine no venía ya siendo suyo desde siempre. Es como si dijera abiertamente:
«Si puedo dudar de tu amor (y esta era tan sólo una proyección de sus dudas sobre su
propio amor a su marido), puedo dudar de todo», revelándonos así eI sentido oculto de
la duda neurótica.
Pero la obsesión es una tentativa de compensar la duda y rectificar el insoportable estado
de inhibición del que la misma testimonia. Cuando, al fin, y con ayuda del
desplazamiento, consigue el enfermo llevar a una resolución el propósito inhibido, tal
propósito ha de ser obligadamente realizado. No es ya, desde luego, el original, pero la
energía estancada no renuncia a la ocasión de hallar un exutorio en el acto sustitutivo. Se
exterioriza, pues, en mandatos y prohibiciones, alternando el impulso amoroso y el
hostil en la conquista del camino conducente a la derivación. La tensión que surge
cuando el mandamiento obsesivo no debe ser ejecutado es intolerable, y el sujeto la
percibe en forma de angustia intensísima. Pero el camino mismo que conduce a un acto
sustitutivo desplazado sobre una minucia es tan ardientemente disputado, que dicho acto
sólo puede ser realizado, en la mayoría de los casos, como medida de protección y en
íntimo contacto con uno de los impulsos que han de ser rechazados.
Una especie de regresión sustituye, además, la resolución definitiva por actos
preparatorios. El pensamiento reemplaza a la acción, y en cualquier estadio previo
mental de la misma se impone, con poder obsesivo, en lugar del acto sustitutivo. Según
que esta regresión del acto al pensamiento sea más o menos marcada, el caso de neurosis
obsesiva toma el carácter de pensamiento obsesivo (representación obsesiva) o de acción
obsesiva en sentido estricto. Estos actos obsesivos propiamente dichos sólo se hacen
posibles por cumplirse en ellos una especie de reconciliación de los dos impulsos
contrapuestos, mediante la formación de productos transaccionales. Los actos obsesivos
se aproximan, en efecto, cada vez más, y con mayor precisión, cuanto más se prolonga
la enfermedad, a los actos sexuales infantiles semejantes al onanismo. EI sujeto llega así
a realizar, en esta forma de la neurosis, actos amorosos; pero sólo con la ayuda de una
nueva regresión, y no ya orientados hacia una persona, hacia el objeto del amor y el
odio, sino actos autoeróticos, como en la infancia.
La regresión primera desde la acción al pensamiento es favorecida por otro de los
factores participantes en la génesis de la neurosis. En los historiales de los enfermos
hallamos regularmente la emergencia precoz y la represión prematura del instinto sexual
visual y de saber, el cual regula también en nuestro paciente toda una parte de su
actividad sexual infantil.
Hemos apuntado ya la participación de los componentes sádicos en Ia génesis de la
neurosis obsesiva. En aquellos sujetos en cuya constitución predomina el instinto de
saber, el síntoma capital de la neurosis es siempre la cavilación obsesiva. La actividad
mental misma queda sexualizada, pues el placer sexual, referido habitualmente al
contenido del pensamiento, pasa a recaer sobre el proceso intelectual, y la satisfacción
alcanzada al llegar a un resultado mental es sentida como satisfacción sexual. Esta
relación del instinto del saber con los procesos mentales le hace especialmente
apropiado para atraer sobre el pensamiento, en las diversas formas de la neurosis
obsesiva en las que participa, la energía que se esfuerza inútilmente en abrirse paso hasta
la acción, allí donde se ofrece la posibilidad de una distinta clase de satisfacción. De este
modo, el acto sustitutivo puede ser sustituido a su vez, con ayuda del instinto de saber,
por actos mentales preparatorios. El aplazamiento de la acción encuentra pronto un
sustitutivo en la demora en el pensamiento, y todo el proceso queda transportado, con
todas sus peculiaridades, a un nuevo terreno.
Con ayuda de las deducciones que anteceden podemos acaso aventurarnos ya a
determinar el carácter psicológico, durante tanto tiempo buscado, que presta a los
productos de la neurosis obsesiva su calidad obsesiva. Se hacen obsesivos aquellos
procesos mentales que, a consecuencia de la inhibición antitética en el extremo motor de
los sistemas mentales, son emprendidos con un desarrollo cualitativo y cuantitativo de
energía destinado tan sólo, habitualmente, a la acción; esto es, aquellos pensamientos
que han de representar, regresivamente, actos. No creo que haya de tropezar con graves
contradicciones la hipótesis de que habitualmente, y por razones económicas, el
pensamiento es impulsado por medio de desplazamientos de energía más pequeños que
los consagrados a los actos destinados a la derivación y a la modificación del mundo
exterior.
Aquello que irrumpe con energía sobrada en la consciencia como idea obsesiva ha de
quedar luego garantizado contra la acción destructora del pensamiento consciente.
Sabemos ya que tal protección es conseguida por medio de la deformación que la idea
obsesiva ha experimentado antes de hacerse consciente. Pero no es éste el único medio.
Sólo muy raras veces se omite alejar a la idea obsesiva de la situación que presidió en
génesis, y en la cual sería fácilmente accesible a la comprensión, a pesar de su
deformación. Con tal propósito es creado, por un lado, un intervalo entre la situación
patógena y la idea obsesiva consecutiva, intervalo que induce en error a la investigación
causal del pensamiento consciente, y por otro, el contenido de la idea obsesiva queda
desligado de sus relaciones particulares por medio de una generalización.
La obsesión de comprensión de nuestro paciente nos ofrece un ejemplo de este orden, y
otro quizá mejor una enferma que se prohibió llevar joya ninguna, aunque la motivación
se refería a una sola joya que la sujeto había envidiado a su madre y esperaba heredar de
ella. Por último, la idea obsesiva queda también protegida contra la labor de solución
consciente por su expresión verbal indetermmada o equívoca. Tal expresión verbal, mal
interpretada, puede quedar incorporada entonces a los delirios, y los sucesivos
desarrollos o sustituciones de la obsesión se enlazarían al error de interpretación y no al
texto auténtico. Pero puede observarse que tales delirios tienden constantemente a
establecer nuevas relaciones con el contenido y el texto verbal de la obsesión no
acogidos en el pensamiento consciente.
Para una única observación volveremos aún sobre la vida instintiva de la neurosis
obsesiva. Nuestro paciente demostró ser también un 'renifleur' (olfativo). Según sus
propias manifestaciones, durante su infancia conocía a las personas por el olor, como un
perro, y las percepciones olfativas tenían todavía actualmente para él mayor
significación que para los demás. También en otros enfermos, neuróticos obsesivos o
histéricos, he observado algo análogo y he aprendido a tener en cuenta el papel
desempeñado en la génesis de las neurosis por un placer olfativo sexual reprimido en la
infancia. En general, puede plantearse la cuestión de si la disminución sufrida por el
sentido del olfato al alejar el hombre su rostro del suelo y la consecutiva represión
orgánicamente condicionada del placer olfativo no participan considerablemente en la
capacitación del hombre para las enfermedades neuróticas. Ello nos explicaría cómo es
que el incremento de la civilización exige represiones cada vez más extensas de la vida
sexual. Sabido es qué íntima relación existe en la organización zoológica entre el
instinto sexual y la función del órgano del olfato.
Para terminar, expresaré la esperanza de que mis comunicaciones, incompletas en todos
sentidos, impulsarán a otros investigadores a profundizar en el estudio de la neurosis
obsesiva con ánimo de lograr nuevos descubrimientos. A mi juicio, lo característico de
esta neurosis, aquello que la distingue de la histeria, no ha de buscarse en la vida
instintiva, sino en las circunstancias psicológicas. No puedo abandonar a mi paciente sin
hacer constar mi impresión de que se hallaba como disociado en tres personalidades, una
inconsciente y dos preconscientes, entre las cuales podía oscilar su consciencia.
Su inconsciente integraba los impulsos violentos y perversos tempranamente reprimidos.
En su estado normal era un hombre bondadoso, alegre, reflexivo, inteligente y
despejado; pero en una tercera organización psíquica rendía culto a la superstición y a la
ascesis, de manera que podía entrañar dos convicciones y dos concepciones del
universo. Esta personalidad preconsciente entrañaba, sobre todo, los productos de la
reacción a sus deseos reprimidos y no era difícil prever que, de haberse prolongado la
enfermedad, hubiera acabado por devorar a Ia personalidad normal. Actualmente se me
ha ofrecido la ocasión de investigar tales fenómenos en una paciente gravemente
enferma de neurosis obsesiva y análogamente disociada en una personalidad tolerante y
serena y otra sombría y ascética. La sujeto presenta la primera de tales personalidades
como su yo oficial, pero vive dominada por la segunda. Ambas organizaciones psíquicas
tienen acceso a su consciencia, y detrás de su personalidad ascética se oculta su
inconsciente, totalmente desconocido para ella y compuesto de antiquísimos deseos ha
largo tiempo reprimidos.