La moral sexual "cultural"

LA MORAL SEXUAL «CULTURAL» Y LA NERVIOSIDAD MODERNA (*)
1908
EN su Ética sexual, recientemente publicada, establece von Ehrenfels (1907) una
distinción entre moral sexual «natural» y moral sexual «cultural». Por moral sexual
natural entiende aquella bajo cuyo régimen puede una raza conservarse duraderamente
en plena salud y capacidad vital. Moral sexual cultural sería, en cambio, aquella cuyos
dictados impulsan al hombre a una obra de cultura más productiva e intensa. Esta
antítesis se nos hará más transparente si oponemos entre sí el acervo constitutivo de un
pueblo y su acervo cultural. Remitiendo a la citada obra de Ehrenfels a aquellos lectores
que quieran seguir hasta su fin este importante proceso mental, me limitaré aquí a
desarrollarlo lo estrictamente necesario para enlazar con él algunas aportaciones
personales.
No es arriesgado suponer que bajo el imperio de una moral sexual cultural pueden
quedar expuestas a ciertos daños la salud y la energía vital individuales, y que este daño,
infligido a los individuos por los sacrificios que les son impuestos, alcanza, por último,
tan alto grado que llega a constituir también un peligro para el fin social. Ehrenfels
señala, realmente, toda una serie de daños de los que se ha de hacer responsable a la
moral sexual dominante en nuestra sociedad occidental contemporánea, y aunque la
reconoce muy apropiada para el progreso de la cultura, concluye postulando la
necesidad de reformarla. Las características de la moral sexual cultural bajo cuyo
régimen vivimos serían -según nuestro autor- la transferencia de las reglas de la vida
sexual femenina a la masculina y la prohibición de todo comercio sexual fuera de la
monogamia conyugal. Pero las diferencias naturales de los sexos habrían impuesto
mayor tolerancia para las transgresiones sexuales del hombre, creándose así en favor de
éste una segunda moral. Ahora bien: una sociedad que tolera esta doble moral no puede
superar cierta medida, harto limitada, de «amor a la verdad, honradez y humanidad», y
ha de impulsar a sus miembros a ocultar la verdad, a pintar las cosas con falsos colores,
a engañarse a sí mismos y a engañar a los demás. Otro daño aún más grave, imputable a
la moral sexual cultural, sería el de paralizar -con la exaltación de la monogamia- la
selección viril, único influjo susceptible de procurar una mejora de la constitución, ya
que los pueblos civilizados han reducido al mínimo, por humanidad y por higiene, la
selección vital.
Entre estos perjuicios, imputados a la moral sexual cultural, ha de echar de menos
el médico uno cuya importancia analizaremos aquí detenidamente. Me refiero a la
difusión, a ella imputable, de la nerviosidad en nuestra sociedad moderna. En ocasiones
es el mismo enfermo nervioso quien llama la atención del médico sobre la antítesis,
observable en la causación de la enfermedad, entre la constitución y las exigencias
culturales, diciéndole: «En nuestra familia todos hemos enfermado de los nervios por
haber querido llegar a ser algo más de lo que nuestro origen nos permitía.» No es
tampoco raro que el médico se vea movido a reflexionar por la observación de que
precisamente sucumben a la nerviosidad los descendientes de aquellos hombres de
origen campesino, sencillo y sano, procedentes de familias rudas, pero fuertes, que
emigraron a la ciudad y conquistaron en ella posición y fortuna, haciendo que sus hijos
se elevasen en un corto período de tiempo a un alto nivel cultural. Pero, además, los
mismos neurólogos proclaman ya la relación del «incremento de la nerviosidad» con la
moderna vida cultural. Algunas manifestaciones de los observadores más autorizados en
este sector nos indicarán dónde se cree ver el fundamento de tal dependencia:
W. Erb: «La cuestión planteada es la de si las causas de la nerviosidad antes
expuestas se hallan realmente dadas en la vida moderna en tan elevada medida que
expliquen el extraordinario incremento de tal enfermedad, y a esta interrogación hemos
de contestar en el acto afirmativamente, pues nos basta para ello echar una rápida ojeada
sobre nuestra vida moderna y su particular estructura.»
»La simple enunciación de una serie de hechos generales basta ya para demostrar
nuestro postulado; las extraordinarias conquistas de la Edad Moderna los
descubrimientos e invenciones en todos los sectores y la conservación del terreno
conquistado contra la competencia cada vez mayor no se han alcanzado sino mediante
una enorme labor intelectual, y sólo mediante ella pueden ser mantenidos. Las
exigencias planteadas a nuestra capacidad funcional en la lucha por la existencia son
cada vez más altas, y sólo podemos satisfacerlas poniendo en el empeño la totalidad de
nuestras energías anímicas. Al mismo tiempo, las necesidades individuales y el ansia de
goces han crecido en todos los sectores; un lujo inaudito se ha extendido hasta penetrar
en capas sociales a las que jamás había llegado antes; la irreligiosidad, el descontento y
la ambición han aumentado en amplios sectores del pueblo; el extraordinario incremento
del comercio y las redes de telégrafos y teléfonos que envuelven el mundo han
modificado totalmente el ritmo de la vida; todo es prisa y agitación; la noche se
aprovecha para viajar; el día, para los negocios, y hasta los `viajes de recreo' exigen un
esfuerzo al sistema nervioso. Las grandes crisis políticas, industriales o financieras
llevan su agitación a círculos sociales mucho más extensos. La participación en la vida
política se ha hecho general. Las luchas sociales políticas y religiosas; la actividad de los
partidos, la agitación electoral y la vida corporativa, intensificada hasta lo infinito,
acaloran los cerebros e imponen a los espíritus un nuevo esfuerzo cada día, robando el
tiempo al descanso, al sueño y a la recuperación de energías. La vida de las grandes
ciudades es cada vez más refinada e intranquila. Los nervios agotados, buscan fuerzas en
excitantes cada vez más fuertes, en placeres intensamente especiados, fatigándose aún
más en ellos. La literatura moderna se ocupa preferentemente de problemas
sospechosos, que hacen fermentar todas las pasiones y fomentar sensualidad, el ansia de
placer y el desprecio de todos los principios éticos y todos los ideales, presentando a los
lectores figuras patológicas y cuestiones psicopáticosexuales y fomentan sensualidad, el
ansia sobreexcitado por una música ruidosa y violenta; los teatros captan todos los
sentidos en sus representaciones excitantes, e incluso las artes plásticas se orientan con
preferencia hacia lo feo, repugnante o excitante, sin espantarse de presentar a nuestros
ojos, con un repugnante realismo, lo más horrible que la realidad puede ofrecernos.
«Este cuadro general, que nos señala ya en nuestra cultura moderna toda una serie
de peligros puede ser aún completado con la adición de algunos detalles.»
Binswanger: «Se indica especialmente la neurastenia como una enfermedad por
completo moderna, y Beard, a quién debemos su primera descripción detallada, creía
haber descubierto una nueva enfermedad nerviosa nacida en suelo americano. Esta
hipótesis era, naturalmente, errónea; pero el hecho de haber sido un médico americano
quien primeramente pudiese aprehender y retener, como secuela de una amplia
experiencia clínica, los singulares rasgos de esta enfermedad, demuestra la íntima
conexión de la misma con la vida moderna, con la fiebre de dinero y con los enormes
progresos técnicos que han echado por tierra todos los obstáculos de tiempo y espacio
opuestos antes a la vida de relación.»
Von Kraff-Ebing: «En nuestras modernas sociedades civilizadas es infinito el
número de hombres cuya vida integra una plenitud de factores antihigiénicos más que
suficiente para explicar el incremento de la nerviosidad, pues tales factores actúan
primero y principalmente sobre el cerebro. Las circunstancias sociales y políticas, y más
aún las mercantiles, industriales y agrarias de las naciones civilizadas, han sufrido, en el
curso del último decenio modificaciones que han transformado por completo la
propiedad y las actividades profesionales y ciudadanas, todo ello a costa del sistema
nervioso, que se ve obligado a responder al incremento de las exigencias sociales y
económicas con un gasto mayor de energía, para cuya reposición no se le concede,
además, descanso suficiente.»
De estas teorías, así como de otras muchas de análogo contenido, no podemos
decir que sean totalmente inexactas, pero sí que resultan insuficientes para explicar las
peculiaridades de las perturbaciones nerviosas y sobre todo que desatienden
precisamente el factor etiológico más importante. Prescindiendo, en efecto, de los
estados indeterminados de «nerviosidad» y ateniéndonos tan sólo a las formas
neuropatológicas propiamente dichas, vemos reducirse la influencia perjudicial de la
cultura a una coerción nociva de la vida sexual de los pueblos civilizados (o de los
estratos sociales cultos) por la moral sexual cultural en ellos imperante.
En esta serie de escritos profesionales he tratado ya de aportar la prueba de esta
afirmación. No he de repetirla aquí; pero sí extractaré los argumentos principales
deducidos de mis investigaciones.
Una continua y penetrante observación clínica nos autoriza a distinguir en los
estados neuropatológicos dos grandes grupos: las neurosis propiamente dichas y las
psiconeurosis. En las primeras los síntomas somáticos o psíquicos parecen ser de
naturaleza tóxica, comportándose idénticamente a los fenómenos consecutivos a una
incorporación exagerada o a una privación repentina de ciertos tóxicos del sistema
nervioso. Estas neurosis -sintetizadas generalmente bajo el concepto de neurasteniapueden
ser originadas, sin que sea indispensable la colaboración de una tara hereditaria,
por ciertas anormalidades nocivas de la vida sexual, correspondiendo precisamente la
forma de la enfermedad a la naturaleza especial de dichas anormalidades, y ello de tal
manera que del cuadro clínico puede deducirse directamente muchas veces la especial
etiología sexual. Ahora bien: entre la forma de la enfermedad nerviosa y las restantes
influencias nocivas de la cultura, señaladas por los distintos autores, no aparece jamás
tal correspondencia regular. Habremos, pues, de considerar el factor sexual como el más
esencial en la causación de las neurosis propiamente dichas.
En las psiconeurosis es más importante la influencia hereditaria y menos
transparente la causación. Un método singular de investigación, conocido con el nombre
de psicoanálisis, ha permitido descubrir que los síntomas de estos padecimientos
(histeria, neurosis obsesiva, etc.) son de carácter psicógeno y dependen de la acción de
complejos inconscientes (reprimidos) de representaciones. Este mismo método nos ha
llevado también al conocimiento de tales complejos, revelándonos que integran en
general un contenido sexual, pues nacen de las necesidades sexuales de individuos
insatisfechos y representan para ellos una especie de satisfacción sustitutiva. De este
modo habremos de ver en todos aquellos factores que dañan la vida sexual, cohíben su
actividad o desplazan sus fines, factores patógenos también de las psiconeurosis.
El valor de la diferenciación teórica entre neurosis tóxica y neurosis psicógena no
queda disminuido por el hecho de que en la mayoría de las personas nerviosas puedan
observarse perturbaciones de ambos orígenes.
Aquellos que se hallen dispuestos a buscar conmigo la etiología de la nerviosidad
en ciertas anormalidades nocivas de la vida sexual leerán con interés los desarrollos que
siguen, destinados a insertar el tema del incremento de la nerviosidad en más amplio
contexto.
Nuestra cultura descansa totalmente en la coerción de los instintos. Todos y cada
uno hemos renunciado a una parte de las tendencias agresivas y vindicativas de nuestra
personalidad, y de estas aportaciones ha nacido la común propiedad cultural de bienes
materiales e ideales. La vida misma, y quizá también muy principalmente los
sentimientos familiares, derivados del erotismo, han sido los factores que han motivado
al hombre a tal renuncia, la cual ha ido haciéndose cada vez más amplia en el curso del
desarrollo de la cultura. Por su parte, la religión se ha apresurado a sancionar
inmediatamente tales limitaciones progresivas, ofrendando a la divinidad como un
sacrificio cada nueva renuncia a la satisfacción de los instintos y declarando «sagrado»
el nuevo provecho así aportado a la colectividad. Aquellos individuos a quienes una
constitución indomable impide incorporarse a esta represión general de los instintos son
considerados por la sociedad como «delincuentes» y declarados fuera de la ley, a menos
que su posición social o sus cualidades sobresalientes les permitan imponerse como
«grandes hombres» o como «héroes».
El instinto sexual -o, mejor dicho, los instintos sexuales, pues la investigación
analítica enseña que el instinto sexual es un compuesto de muchos instintos parciales- se
halla probablemente más desarrollado en el hombre que en los demás animales
superiores, y es, desde luego, en él mucho más constante, puesto que ha superado casi
por completo la periodicidad, a la cual aparece sujeto en los animales. Pone a la
disposición de la labor cultural grandes magnitudes de energía, pues posee en alto grado
la peculiaridad de poder desplazar su fin sin perder grandemente en intensidad. Esta
posibilidad de cambiar el fin sexual primitivo por otro, ya no sexual, pero psíquicamente
afín al primero es lo que designamos con el nombre de capacidad de sublimación.
Contrastando con tal facultad de desplazamiento que constituye su valor cultural, el
instinto sexual es también susceptible de tenaces fijaciones, que lo inutilizan para todo
fin cultural y lo degeneran, conduciéndolo a las llamadas anormalidades sexuales. La
energía original del instituto sexual varía probablemente en cada cual e igualmente,
desde luego, su parte susceptible de sublimación. A nuestro juicio, la organización
congénita es la que primeramente decide qué parte del instinto podrá ser susceptible de
sublimación en cada individuo; pero, además, las influencias de la vida y la acción del
intelecto sobre el aparato anímico consiguen sublimar otra nueva parte. Claro está que
este proceso de desplazamiento no puede ser continuado hasta lo infinito, como tampoco
puede serlo la transformación del calor en trabajo mecánico en nuestras maquinarias.
Para la inmensa mayoría de las organizaciones parece imprescindible cierta medida de
satisfacción sexual directa, y la privación de esta medida, individualmente variable, se
paga con fenómenos que, por su daño funcional y su carácter subjetivo displaciente,
hemos de considerar como patológicos.
Aún se nos abren nuevas perspectivas al atender al hecho de que el instinto sexual
del hombre no tiene originariamente como fin la reproducción, sino determinadas
formas de la consecución del placer. Así se manifiesta efectivamente en la niñez
individual, en la que alcanza tal consecución de placer no sólo en los órganos genitales,
sino también en otros lugares del cuerpo (zonas erógenas), y puede, por tanto, prescindir
de todo otro objeto erótico menos cómodo. Damos a esta fase el nombre de estadio de
autoerotismo, y adscribimos a la educación la labor de limitarlo, pues la permanencia en
él del instinto sexual le haría incoercible e inaprovechable ulteriormente. El desarrollo
del instinto sexual pasa luego del autoerotismo al amor a un objeto, y de la autonomía de
las zonas erógenas a la subordinación de las mismas, a la primacía de los genitales,
puestos al servicio de la reproducción. En el curso de esta evolución, una parte de la
excitación sexual, emanada del propio cuerpo, es inhibida como inaprovechable para la
reproducción, y en el caso más favorable, conducida a la sublimación. Resulta así que
mucha parte de las energías utilizables para la labor cultural tiene su origen en la
represión de los elementos perversos de la excitación sexual.
Ateniéndonos a estas fases evolutivas del instinto sexual, podremos distinguir tres
grados de cultura: uno, en el cual la actividad del instinto sexual va libremente más allá
de la reproducción; otro, en el que el instinto sexual queda coartado en su totalidad,
salvo en la parte puesta al servicio de la reproducción, y un tercero, en fin, en el cual
sólo la reproducción legítima es considerada y permitida como fin sexual. A este tercer
estadio corresponde nuestra presente moral sexual «cultural».
Tomando como nivel el segundo de estos estadios, comprobamos ya la existencia
de muchas personas a quienes su organismo no permite plegarse a las normas en él
imperantes. Hallamos, en efecto, series enteras de individuos, en los cuales la citada
evolución del instinto sexual, desde el autoerotismo al amor a un objeto, con la reunión
de los genitales como fin, no ha tenido efecto de un modo correcto y completo, y de
estas perturbaciones del desarrollo resultan dos distintas desviaciones nocivas de la
sexualidad normal; esto es, propulsoras de la cultura y desviaciones que se comportan
entre sí como un positivo y un negativo. Trátase aquí -exceptuando a aquellas personas
que presentan un instinto sexual exageradamente intenso e indomable-de las diversas
especies de perversos, en los que una fijación infantil a un fin sexual provisional ha
detenido la primacía de la función reproductora, y en segundo lugar, de los
homosexuales o invertidos, en los cuales, y de un modo aún no explicado por completo,
el instinto sexual ha quedado desviado del sexo contrario. Si el daño de estas dos clases
de perturbaciones del desarrollo es en realidad menor de lo que podría esperarse, ello se
debe, sin duda, a la compleja composición del instinto sexual, que permite una
estructuración final aprovechable a la vida sexual, aun cuando uno o varios componentes
del instinto hayan quedado excluidos del desarrollo. Así, la constitución de los
invertidos u homosexuales se caracteriza frecuentemente por una especial aptitud del
instinto sexual para la sublimación cultural.
De todos modos, un desarrollo intenso o hasta exclusivo de las perversiones o de
la homosexualidad hace desgraciado al sujeto correspondiente y le inutiliza socialmente,
resultando así que ya las exigencias culturales del segundo grado han de ser reconocidas
como una fuente de dolor para cierto sector de la Humanidad. Los destinos de estas
personas, cuya constitución difiere de la de sus congéneres, son muy diversos según la
menor o mayor energía de su instinto sexual. Dado un instinto sexual débil, pueden los
perversos alcanzar una coerción total de aquellas tendencias que los sitúan en conflicto
con las exigencias morales de su grado de cultura. Pero éste es también su único
rendimiento, pues agotan en tal inhibición de sus instintos sexuales todas las energías,
que de otro modo aplicarían su labor cultural. Quedan reducidos a su propia lucha
interior y paralizados para toda acción exterior. Se da en ellos el mismo caso que más
adelante volveremos a hallar al ocuparnos de la abstinencia exigida en el tercer grado
cultural.
Dado un instinto sexual muy intenso, pero perverso, pueden esperarse dos
desenlaces. El primero, que bastará con enunciar, es que el sujeto permanezca perverso y
condenado a soportar las consecuencias de su divergencia del nivel cultural. El segundo
es mucho más interesante, y consiste en que, bajo la influencia de la educación y de las
exigencias sociales, se alcanza, sí, una cierta inhibición de los instintos perversos, pero
una inhibición que en realidad no logra por completo su fin, pudiendo calificarse de
inhibición frustrada. Los instintos sexuales, coartados, no se exteriorizan ya, desde
luego, como tales -y en esto consiste el éxito parcial del proceso inhibitorio-, pero sí en
otra forma igualmente nociva para el individuo y que le inutiliza para toda labor social
tan en absoluto como le hubiera inutilizado la satisfacción inmodificada de los instintos
inhibidos. En esto último consiste el fracaso parcial del proceso, fracaso que a la larga
anula el éxito. Los fenómenos sustitutivos, provocados en este caso por la inhibición de
los instintos, constituyen aquello que designamos con el nombre de nerviosidad y más
especialmente con el de psiconeurosis. Los neuróticos son aquellos hombres que,
poseyendo una organización desfavorable, llevan a cabo, bajo el influjo de las
exigencias culturales, una inhibición aparente, y en el fondo fracasada de sus instintos, y
que, por ello, sólo con un enorme gasto de energías y sufriendo un continuo
empobrecimiento interior pueden sostener su colaboración en la obra cultural o tienen
que abandonarla temporalmente por enfermedad. Calificamos a las neurosis de
«negativo» de las perversiones porque contienen en estado de «represión» las mismas
tendencias, las cuales, después del proceso represor, continúan actuando desde lo
inconsciente.
La experiencia enseña que para la mayoría de los hombres existe una frontera,
más allá de la cual no puede seguir su constitución las exigencias culturales. Todos
aquellos que quieren ser más nobles de lo que su constitución les permite sucumben a la
neurosis. Se encontrarían mejor si les hubiera sido posible ser peores. La afirmación de
que la perversión y la neurosis se comportan como un positivo o un negativo encuentra
con frecuencia una prueba inequívoca en la observación de sujetos pertenecientes a una
misma generación. No es raro encontrar una pareja de hermanos en la que el varón es un
perverso sexual y la hembra, dotada como tal de un instinto sexual más débil, una
neurótica, pero con la particularidad de que sus síntomas expresan las mismas
tendencias que las perversiones del hermano, más activamente sexual. Correlativamente,
en muchas familias son los hombres sanos, pero inmorales hasta un punto indeseable, y
las mujeres, nobles y refinadas, pero gravemente nerviosas.
Una de las más evidentes injusticias sociales es la de que el standard cultural exija
de todas las personas la misma conducta sexual, que, fácil de observar para aquellas
cuya constitución se lo permite, impone a otros los más graves sacrificios psíquicos.
Aunque claro está que esta injusticia queda eludida en la mayor parte de los casos por la
transgresión de los preceptos morales.
Hasta aquí hemos desarrollado nuestras observaciones refiriéndonos a estas
exigencias planteadas al individuo en el segundo de los grados de cultura por nosotros
supuesto, en el cual sólo quedan prohibidas las actividades sexuales llamadas perversas,
concediéndose, en cambio, amplia libertad al comercio sexual considerado como
normal. Hemos comprobado que ya con esta distribución de las libertades y las
restricciones sexuales queda situado al margen, como perverso, todo un grupo de
individuos y sacrificado a la nerviosidad otro, formado por aquellos sujetos que se
esfuerzan en no ser perversos, debiéndolo ser por su constitución. No es ya difícil prever
el resultado que habrá de obtenerse al restringir aún más la libertad sexual prohibiendo
toda actividad de este orden fuera del matrimonio legítimo, como sucede en el tercero de
los grados de cultura antes supuestos. El número de individuos fuertes que habrán de
situarse en franca rebeldía contra las exigencias culturales aumentará de un modo
extraordinario, e igualmente el de los débiles que en su conflicto entre la presión de las
influencias culturales y la resistencia de la constitución se refugiarán en la enfermedad
neurótica.
Surgen aquí tres interrogaciones.
1ª Cuál es la labor que las exigencias del tercer grado de cultura plantean al
individuo.
2ª Si la satisfacción sexual legítima permitida consigue ofrecer una compensación
aceptable de la renuncia exigida.
3ª Cuál es la proporción entre los daños eventuales de tal renuncia y sus
provechos culturales.
La respuesta a la primera cuestión roza un problema varias veces tratado ya y
cuya discusión no es posible agotar aquí: el problema de la abstinencia sexual. Lo que
nuestro tercer grado de cultura exige al individuo es, en ambos sexos, la abstinencia
hasta el matrimonio o hasta el fin de la vida para aquellos que no lo contraigan. La
afirmación, grata a todas las autoridades, de que la abstinencia sexual no trae consigo
daño alguno ni es siquiera difícil de observar, ha sido sostenida también por muchos
médicos. Pero no es arriesgado asegurar que la tarea de dominar por medios distintos de
la satisfacción un impulso tan poderoso como el instinto sexual es tan ardua que puede
acaparar todas las energías del individuo. El dominio por medio de la sublimación, esto
es, por la desviación de las fuerzas instintivas sexuales hacia fines culturales elevados,
no es asequible sino a una limitada minoría, y aun a ésta sólo temporalmente y con
máxima dificultad durante la fogosa época juvenil. La inmensa mayoría sucumbe a la
neurosis o sufre otros distintos daños. La experiencia demuestra que la mayor parte de
las personas que componen nuestra sociedad no poseen el temple constitucional
necesario para la labor que plantea la observación de abstinencia. Aquellos que hubieran
enfermado dada una menor restricción sexual, enferman antes y más intensamente bajo
las exigencias de nuestra moral sexual cultural contemporánea, pues contra la amenaza
de la tendencia sexual normal por disposiciones defectuosas o trastornos del desarrollo
no conocemos garantía más segura que la misma satisfacción sexual. Cuanto mayor es la
disposición de una persona a la neurosis, peor soporta la abstinencia, toda vez que los
instintos parciales que se sustraen al desarrollo normal antes descrito se hacen, al mismo
tiempo, tanto más incoercibles. Pero también aquellos sujetos que, bajo las exigencias
del segundo grado de cultura, hubieran permanecido sanos sucumben aquí a la neurosis
en gran número, pues la prohibición eleva considerablemente el valor psíquico de la
satisfacción sexual. La libido estancada se hace apta para percibir algunos de los puntos
débiles que jamás faltan en la estructura de una vita sexualis y se abre paso por él hasta
la satisfacción sustitutiva neurótica en forma de síntomas patológicos. Aprendiendo a
penetrar en la condicionalidad de las enfermedades nerviosas se adquiere pronto la
convicción de que su incremento en nuestra sociedad moderna procede del aumento de
las restricciones sexuales.
Tócanos examinar ahora la cuestión de si el comercio sexual dentro del
matrimonio legítimo puede ofrecer una compensación total de la restricción sexual
anterior al mismo. El material en que fundamentar una respuesta negativa se nos ofrece
tan abundante, que sólo muy sintéticamente podremos exponerlo. Recordaremos, ante
todo, que nuestra moral sexual cultural restringe también el comercio sexual aun dentro
del matrimonio mismo, obligando a los cónyuges a satisfacerse con un número por lo
general muy limitado de concepciones. Por esta circunstancia no existe tampoco en el
matrimonio un comercio sexual satisfactorio más que durante algunos años, de los
cuales habrá de deducir, además, aquellos períodos en los que la mujer debe ser
respetada por razones higiénicas. Al cabo de estos tres, cuatro o cinco años, el
matrimonio falla por completo en cuanto ha prometido la satisfacción de las necesidades
sexuales, pues todos los medios inventados hasta el día para evitar la concepción
disminuyen el placer sexual, repugnan a la sensibilidad de los cónyuges o son
directamente perjudiciales para la salud. El temor a las consecuencias del comercio
sexual hace desaparecer primero la ternura física de los esposos y más tarde, casi
siempre, también la mutua inclinación psíquica destinada a recoger la herencia de la
intensa pasión inicial. Bajo la desilusión anímica y la privación corporal, que es así el
destino de la mayor parte de los matrimonios, se encuentran de nuevo transferidos los
cónyuges al estado anterior a su enlace, pero con una ilusión menos y sujetos de nuevo a
la tarea de dominar y desviar su instinto sexual. No hemos de entrar a investigar en qué
medida lo logra el hombre llegado a plena madurez; la experiencia nos muestra que hace
uso frecuente de la parte de libertad sexual que aun en el más riguroso orden sexual le
concede, si bien en secreto y a disgusto. La «doble» moral sexual existente para el
hombre en nuestra sociedad es la mejor confesión de que la sociedad misma que ha
promulgado los preceptos restrictivos no cree posible su observancia.
Por su parte, las mujeres que, en calidad de sustratos propiamente dichos de los
intereses sexuales de los hombres, no poseen sino en muy escasa medida el don de la
sublimación, y para las cuales sólo durante la lactancia pueden constituir los hijos una
sustitución suficiente del objeto sexual; las mujeres, repetimos, llegan a contraer, bajo el
influjo de las desilusiones aportadas por la vida conyugal graves neurosis que perturban
duraderamente su existencia. Bajo las actuales normas culturales, el matrimonio ha
cesado de ser hace mucho tiempo el remedio general de todas las afecciones nerviosas
de la mujer. Los médicos sabemos ya, por el contrario, que para «soportar» el
matrimonio han de poseer las mujeres una gran salud, y tratamos de disuadir a nuestros
clientes de contraerlo con jóvenes que ya de solteras han dado muestras de nerviosidad.
Inversamente, el remedio de la nerviosidad originada por el matrimonio sería la
infidelidad conyugal. Pero cuanto más severamente educada ha sido una mujer y más
seriamente se ha sometido a las exigencias de la cultura, tanto más temor le inspira este
recurso, y en su conflicto entre sus deseos y sus deberes busca un refugio en la neurosis.
Nada protege tan seguramente su virtud como la enfermedad. El matrimonio, ofrecido
como perspectiva consoladora al instinto sexual del hombre culto durante toda la
juventud, no llega, pues, a constituir siquiera una solución durante su tiempo.