Mis opiniones acerca del rol de la sexualidad

MIS OPINIONES ACERCA DEL ROL DE LA SEXUALIDAD EN LA
ETIOLOGÍA DE LA NEUROSIS (*)
1905 [1906]
A mi juicio el mejor camino para llegar a la comprensión de mi teoría sobre la
significación de la sexualidad en la etiología de las neurosis es seguir paso a paso su
desarrollo. No he de negar, en efecto, que dicha teoría ha pasado por una amplia
evolución, modificándose en su trayectoria. En esta confesión podrán ver mis colegas
una garantía de que mis afirmaciones son la resultante de una continuada serie de
experiencias y no el fruto de una especulación, el cual puede, por el contrario, surgir de
una sola vez en forma ya definitiva e invariable.
Mi teoría se refería en un principio tan sólo a aquellos cuadros patológicos
concretados generalmente bajo el nombre de «neurastenia», entre los cuales atrajeron
predominantemente mi atención dos tipos determinados, que en ocasiones aparecían
también en forma pura y cuya descripción llevé a cabo diferenciándolos con los nombres
de neurastenia propiamente dicha y «neurosis» de angustia. Se aceptaba en general que
en la causación de tales formas patológicas podían intervenir factores sexuales; pero no
había llegado a comprobarse su actuación regular, ni se pensaba siquiera en concederles
algún predominio sobre las demás influencias etiológicas. Por lo que a mí respecta, me
sorprendió desde un principio la frecuente existencia de graves perturbaciones en la vida
sexual de los nerviosos. Conforme fui avanzando en la labor de buscar tales
perturbaciones, guiado por la idea de que los hombres ocultan siempre la verdad en lo
que a la sexualidad se refiere, y según fui adquiriendo mayor destreza en la prosecución
de esta labor investigadora, no obstante la negativa inicial de los pacientes, fue
haciéndose más constante el descubrimiento de tales factores sexuales etiológicos, hasta
convencerme casi de su generalidad. Dada la extrema coerción que en este orden de
cosas ejercen sobre el individuo las normas sociales, la frecuencia de semejantes
irregularidades sexuales era de antemano sospechable, y sólo faltaba por precisar qué
medida había de alcanzar la anormalidad sexual para poder ser considerada como causa
de enfermedad. Había, pues, de conceder al descubrimiento regular de dichas
desviaciones sexuales menor valor que a otra circunstancia que me pareció mucho más
unívoca. Resultó, en efecto, que la forma de la enfermedad -neurastenia o neurosis de
angustia- aparecía en relación constante con el orden de la anormalidad sexual
descubierta. Los casos típicos de neurastenia tenían en general como precedente la
masturbación habitual o continuadas poluciones espontáneas, y en los de neurosis de
angustia se revelaban factores tales como el coito interrumpido, «excitación frustrada» y
otros semejantes, en todos los cuales podía apreciarse, como carácter común, una
descarga insuficiente de la libido generada. Sólo después de este descubrimiento, nada
difícil y constantemente comprobable, me decidí a demandar para las influencias
sexuales un lugar preferente en la etiología de las neurosis. A ello se añadió luego que
en las frecuentísimas formas mixtas de neurastenia y neurosis de angustia comprobamos
también una combinación de las etiologías supuestas para dichas formas patológicas,
pareciendo, además, que tal dualidad de las formas neuróticas armonizaba muy bien con
el carácter polar de la sexualidad (masculino y femenino).
En esta misma época en que comencé a atribuir a la sexualidad una intervención
en la génesis de las neurosis simples, sostenía con respecto a las psiconeurosis (histeria y
neurosis obsesiva) una teoría puramente psicológica, que no concedía al factor sexual
importancia mayor que a las demás fuentes emotivas. En unión del doctor J. Breuer, y
continuando ciertas observaciones por él realizadas diez años atrás en una enferma de
histeria, había estudiado, por medio de evocación de los recuerdos del paciente durante
la hipnosis, el mecanismo de la génesis de los síntomas histéricos, deduciendo
conclusiones que permitían tender un puente entre la histeria traumática de Charcot y la
histeria común no traumática. Llegamos así a la teoría de que los síntomas histéricos son
efectos perdurables de traumas psíquicos, cuya carga de afecto quedó excluida por
determinadas circunstancias de una elaboración consciente, habiendo tenido que abrirse
paso, en consecuencia, por un camino anormal conducente a la inervación somática. Los
términos «afecto coartado», «conversión» y «derivación reactiva» sintetizan lo más
característico de esta teoría.
Las relaciones de las psiconeurosis con las neurosis simples, tan estrechas que el
diagnóstico diferencial no es siempre fácil para el médico poco experimentado, hacían
prever que lo descubierto en uno de tales sectores se diera también en el otro. Pero,
además, la investigación del mecanismo psíquico de los síntomas histéricos nos condujo
a idénticos resultados. En efecto: al investigar por medio del método catártico; obra de
Breuer y mía, los traumas psíquicos de los que se derivan los síntomas histéricos,
llegamos, en último término, a sucesos de orden sexual vividos por el enfermo en edad
infantil, y esto aun en aquellos casos en los que la explosión de la enfermedad aparecía
provocada por una emoción trivial de carácter no sexual. Sin tener en cuenta tales
traumas sexuales infantiles resultaba imposible explicar los síntomas, llegar a la
inteligencia de su determinación y prevenir su retorno. De este modo quedó ya
indudablemente fijada la singular importancia de los sucesos sexuales en la etiología de
las psiconeurosis, hecho que continúa constituyendo una de las bases fundamentales de
nuestra teoría.
Esta teoría podrá parecer extraña si nos limitamos a formularla diciendo que la
causa de la neurosis histérica, prolongada a través de toda una vida, reposa en las
experiencias sexuales; insignificantes casi siempre en sí, vividas por el sujeto en su
temprana infancia. Pero si atendemos a su evolución histórica y concretamos su
contenido esencial en el principio de que la histeria es la expresión de una conducta
especial de la función sexual del individuo, determinada y regulada por las primeras
influencias y experiencias sexuales infantiles, nuestras afirmaciones perderán todo
carácter paradójico y pasarán a constituir un poderoso motivo para orientar la atención
científica hacia los efectos ulteriores de las impresiones infantiles, tan importantes como
desatendidos hasta ahora.
Reservando para más adelante la cuestión de si las experiencias sexuales infantiles
pueden ser consideradas como causa etiológica de la histeria (y de la neurosis obsesiva),
volveremos a la descripción de nuestra teoría tal y como hubimos de presentarla en
algunos breves trabajos provisionales, publicados en los años de 1895 y 1896. La
acentuación de los factores etiológicos supuestos permitía por entonces oponer las
neurosis comunes, como enfermedades con etiología actual, a las psiconeurosis, cuya
etiología había de ser buscada predominantemente en las experiencias sexuales de la
temprana infancia. La teoría culminaba en el principio siguiente: dada una vida sexual
normal es imposible una neurosis.
Aunque las afirmaciones que preceden continúan pareciéndome, en el fondo,
exactas, no extrañará que en diez años de ininterrumpida labor se haya hecho más
preciso y profundo mi conocimiento de la cuestión, siéndome hoy posible corregir los
defectos de que al principio adoleció mi teoría.
El material por entonces reunido, escaso aún, integraba casualmente un número
desproporcionado de casos en cuya historia infantil desempeñaba el papel principal la
iniciación sexual del sujeto por individuos adultos o por otros niños de más edad,
circunstancia que me sugirió una idea exagerada de la frecuencia de tales sucesos, tanto
más cuanto que por aquella época no había llegado aún a poder distinguir con seguridad
los falsos recuerdos infantiles de los histéricos, de las huellas dejadas en su memoria por
sucesos realmente acaecidos. De entonces acá he aprendido a ver en algunas de aquellas
fantasías mnémicas de iniciación sexual tentativas de defensa contra el recuerdo de la
propia actividad sexual (masturbación infantil), habiendo debido abandonar, en
consecuencia, la acentuación del elemento «traumático» en las experiencias infantiles
para retener tan sólo el hecho de que la actividad sexual infantil (espontánea o
provocada) marca decisivamente la dirección de la vida sexual ulterior al adulto. Esta
aclaración, que vino a rectificar el más importante de mis errores iniciales, debía
modificar también mi concepción del mecanismo de los síntomas histéricos, los cuales
no se me aparecieron ya como derivaciones directas de los recuerdos reprimidos de
experiencias sexuales infantiles, pues entre ellos y las impresiones infantiles vinieron
ahora a interpolarse las fantasías mnémicas de los enfermos (recuerdos imaginarios,
fantaseados por lo general en los años de la pubertad), fantasías éstas que, por un lado,
aparecían construidas sobre la base y con los materiales de los recuerdos infantiles y se
convertían, por otro, en síntomas. Esta introducción de las fantasías histéricas nos
descubrió ya la contextura de las neurosis y su relación con la vida del enfermo,
revelándosenos al mismo tiempo una sorprendente analogía entre tales fantasías y
aquellas que se hacen conscientes en los delirios de los paranoicos.
Después de esta rectificación, los «traumas sexuales infantiles» quedaron, en
cierto modo, sustituidos por el «infantilismo de la sexualidad». No se hizo esperar una
segunda modificación de la teoría primitiva. Con la supuesta frecuencia de la iniciación
sexual en época infantil cayó también por tierra la importancia predominante de la gran
influencia accidental de la sexualidad, a la cual me inclinaba yo a atribuir el papel
principal en la causación de la enfermedad, aunque sin negar la intervención de factores
constitucionales y hereditarios. Había llegado incluso a concebir esperanzas de resolver
el problema de la elección de neurosis descubriendo una relación constante entre los
detalles de las experiencias sexuales infantiles del enfermo y la forma de su
psiconeurosis ulterior, y opinaba -si bien con ciertas reservas- que una conducta pasiva
en tales sucesos generaba la disposición a la histeria, y, en cambio, una conducta activa,
la disposición a la neurosis obsesiva. Posteriormente hube de renunciar por completo a
esta hipótesis, si bien existen ciertos hechos que imponen mantener hasta cierto punto la
sospechada relación entre la pasividad y la histeria y la actividad y la neurosis obsesiva.
Con la renuncia a esta influencia accidental de la sexualidad recobraban la supremacía
los factores constitucionales y hereditarios; pero, a diferencia de la opinión por entonces
dominante, la «constitución sexual» se sustituía, para mí, a la disposición neuropática
general. En mi obra Tres ensayos para una teoría sexual (1905) llevé a cabo una
tentativa de describir la diversidad de esta constitución sexual, el carácter compuesto del
instinto sexual en general y su origen en diversas fuentes del organismo.
Siempre, como consecuencia de la rectificación introducida en mi concepción de
los «traumas sexuales infantiles», fue desarrollándose ahora mi teoría en una dirección
iniciada ya en mis publicaciones de los años 1894 a 1896. Por esta época, y antes de
situar la sexualidad en el lugar que le correspondía en la etiología, habíamos indicado
ya, como condición de la eficacia patógena de una experiencia, el que ésta pareciese
intolerable al yo y despertase una tendencia a la defensa. A esta defensa atribuía yo la
disociación psíquica -o, como antes se decía, la disociación de la consciencia- emergente
en la histeria. Si la defensa triunfara, la experiencia intolerable quedaba expulsada, en
todas sus secuelas afectivas de la consciencia y del recuerdo del yo. Pero en
determinadas circunstancias lo expulsado desarrollaba, ya como algo inconsciente, una
intensa eficacia y retornaba a la consciencia por medio de los síntomas y de los afectos a
ellos concomitantes, correspondiendo así la enfermedad a un fracaso de la defensa. Esta
concepción tenía ya el mérito de penetrar en el funcionamiento de las fuerzas psíquicas y
aproximar así los procesos anímicos de la histeria a los normales, en lugar de transferir
la característica de la neurosis a una perturbación enignática o inanalizable.
Cuando la investigación de sujetos que habían permanecido normales nos llevó
luego al resultado inesperado de que la historia sexual infantil de tales personas no
precisaba diferenciarse esencialmente de la de los neuróticos, ni siquiera en lo relativo a
la temprana iniciación sexual, las influencias accidentales fueron cediendo aún más el
puesto a la de la represión (término que comencé entonces a sustituir al de «defensa»).
Así, pues, lo importante no eran ya las excitaciones sexuales que el individuo hubiera
experimentado en su infancia, sino sobre todo su reacción a tales impresiones y el haber
respondido o no a ellas con la represión. En muchos casos de actividad sexual infantil
espontánea pudo demostrarse que tal actividad quedaba interrumpida en el curso del
desarrollo por una represión. Resultó así que el neurótico adulto traía consigo desde su
infancia cierta medida de «represión sexual» que se exteriorizaba luego bajo la presión
de las exigencias de la vida real. Los psicoanálisis de sujetos histéricos mostraron que su
enfermedad era el resultado de un conflicto entre la libido y la represión sexual y que sus
síntomas constituían una transacción entre ambas corrientes anímicas.
Para continuar explicando esta parte de mi teoría habría que desarrollar
previamente una experiencia detallada de mis ideas sobre la represión. Pero me limitaré
a remitir al lector a mis Tres ensayos para una teoría sexual (1905), en los que he
intentado arrojar alguna luz sobre los procesos somáticos en que ha de buscarse la
esencia de la sexualidad. Indiqué en ellos que la disposición sexual constitucional del
niño es mucho más compuesta de lo que podía sospecharse, debiendo ser considerada
como «polimórficamente perversa», y que de esta disposición nace, por medio de la
represión de determinados componentes, la conducta llamada normal de la función
sexual. Apoyándome en los caracteres infantiles de la sexualidad, me fue posible
establecer una sencilla conexión entre la salud, la perversión y la neurosis. La
normalidad resultaba de la represión de ciertos instintos parciales y determinados
componentes de las disposiciones infantiles y de la subordinación de los demás a la
primacía de las zonas genitales en servicio de la reproducción. Las perversiones
correspondían a perturbaciones de esta síntesis por un desarrollo exagerado y como
obsesivo de alguno de aquellos instintos parciales, y la neurosis se reducía a una
represión excesiva de las tendencias libidinosas. La posibilidad de señalar siempre en la
neurosis la existencia de casi todos los instintos perversos de la disposición infantil
como fuerzas productoras de síntomas me llevó a definir la neurosis como el «negativo»
de la perversión.
Creo conveniente hacer resaltar que mis opiniones sobre la etiología de las
psiconeurosis han sostenido siempre, a través de todas sus modificaciones, dos puntos de
vista: la importancia de la sexualidad y la del infantilismo. En cambio, las influencias
accidentales han sido sustituidas por factores constitucionales, y la «defensa»,
puramente psicológica, por la «represión sexual» orgánica. Se nos preguntará quizá
dónde es posible hallar una prueba concluyente de la importancia que atribuimos a los
factores sexuales en la etiología de las psiconeurosis, perturbaciones que vemos surgir
consecutivamente a las emociones más triviales e incluso a estímulos somáticos, ya que,
por nuestra parte, hemos tenido que renunciar a referir a una etiología específica
constituida por determinadas experiencias infantiles. En respuesta a tal interrogación
señalaremos la investigación psicoanalítica como fuente de nuestra discutida convicción.
Empleando este insustituible método de investigación descubrimos que los síntomas
representan la actividad sexual de los enfermos, total o sólo en parte, emanada de
instintos parciales, normales o perversos de la sexualidad. No es sólo que gran parte de
la sintomatología histérica se halle constituida por manifestaciones de la excitación
sexual ni que una serie de zonas erógenas se eleve en la neurosis y por intensificación de
las cualidades infantiles a la categoría de genitales; es también que incluso los síntomas
más complicados se nos revelan como representaciones disfrazadas de fantasías cuyo
contenido es una situación sexual. Sabiendo interpretar el lenguaje de la histeria se ve
claramente que el nódulo de la neurosis no es sino la sexualidad reprimida de los
enfermos, extendiendo, desde luego, la función sexual en toda su verdadera amplitud,
circunscrita por la disposición infantil. En aquellos casos en los que ha de aceptarse la
intervención de una emoción trivial en la causación de la enfermedad demuestra el
análisis que el efecto patógeno ha sido obra del componente sexual, siempre existente,
del suceso traumático.
Inadvertidamente hemos pasado del problema de la causación de las psiconeurosis
al de su esencia. Si se quieren tener en cuenta los descubrimientos psicoanalíticos, ha de
afirmarse que la esencia de estas enfermedades reposa en perturbaciones de los procesos
sexuales, de aquellos procesos orgánicos que determinan la producción y el empleo de la
libido sexual. En último término, no podemos por menos de representarnos estos
procesos como de orden químico, viendo así en las neurosis actuales los efectos
somáticos, y en las psiconeurosis, además, los psíquicos de los trastornos del
metabolismo sexual. La analogía de las neurosis con los fenómenos de intoxicación y de
abstinencia, consecutivos al uso de ciertos alcaloides, y con la enfermedad de Basedow
y la de Addison, se impone clínicamente, y del mismo modo que estas dos últimas
enfermedades no pueden ser ya descritas como «enfermedades de los nervios», también
las «neurosis» propiamente dichas habrán de ser excluidas de tal categoría, no obstante
su nombre.
A la etiología de las neurosis pertenece además todo aquello que puede actuar
dañosamente sobre los procesos que se desarrollan al servicio de la función sexual. Así,
pues, en primer término, aquellas desviaciones que afectan a la propia función sexual, en
cuanto pueden significar un daño de la constitución sexual, variable según el grado de
cultura y educación. En segundo, aquellas otras distintas desviaciones y aquellos
traumas que, dañando en general el organismo, perturban secundariamente los procesos
sexuales que en él se desarrollan.
Pero no debe olvidarse que el problema etiológico de las neurosis es, por lo
menos, tan complicado como el de cualquier otra enfermedad. Casi nunca resulta
suficiente una única influencia patógena. Por lo general, se hace precisa una
multiplicidad de factores etiológicos, que se apoyan entre sí, y no deben, por tanto, ser
opuestos unos a otros. De aquí también que el estado patológico neurótico no aparezca
precisamente diferenciado de la salud.
La enfermedad es el resultado de una acumulación, y la medida de las condiciones
etiológicas puede ser completada desde cualquier sector. Buscar la etiología de las
neurosis exclusivamente en la herencia o en la constitución sería tan unilateral como
elevar tan sólo a la categoría etiológica las influencias accidentales ejercidas sobre la
sexualidad en el curso vital del sujeto, aunque hayamos descubierto que la esencia de
estas enfermedades consiste tan sólo en una perturbación de los procesos sexuales que se
desarrollan en el organismo.
Viena, junio 1905.