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APÉNDICE 1911 [1912] EN el estudio del historial clínico de Schreber me he limitado, de propósito, a un mínimum de interpretación, y confío en que todo lector familiarizado con el psicoanálisis habrá extraído del material comunicado más de lo que sobre él aparece dicho, no habiéndole sido difícil llegar a conclusiones que yo me he limitado a indicar. Una afortunada casualidad que ha atraído la atención de otros autores sobre la autobiografía de Schreber deja adivinar cuánto puede extraerse aún del contenido simbólico de las fantasías y las ideas delirantes del inteligente paranoico. Un incremento casual de mis conocimientos, posterior a la publicación de mi trabajo sobre Schreber, me ha permitido penetrar mejor en una de sus afirmaciones delirantes y reconocer en ella multitud de relaciones mitológicas. Vimos ya las singulares relaciones que el enfermo mantenía con el Sol, y las explicamos como un símbolo sublimado del padre. El Sol habla con él en lenguaje humano y se le da así a conocer como un ser vivo. El enfermo le injuria y le amenaza y asegura que sus rayos palidecen ante él cuando habla en voz alta vuelto hacia ellos. Después de su curación se vanagloria de que puede mirar al Sol sin ser deslumbrado por él, cosa que, naturalmente, no le hubiese sido posible antes. A este privilegio delirante de poder mirar al Sol sin ser deslumbrado se enlaza el interés mitológico. En su obra Cultos, mitos y religiones escribe S. Reinach que los antiguos naturalistas atribuían únicamente una tal facultad a las águilas, las cuales, como habitantes de las más altas capas atmosféricas, se hallaban íntimamente relacionadas con el cielo, el Sol y el rayo. Y las mismas fuentes nos informan también de que el águila somete a sus crías a una prueba antes de reconocerlas como legítimas. Si no consiguen mirar al Sol sin parpadear, son expulsadas del nido. Sobre la significación de este mito zoológico no podemos abrigar la menor duda. Queda atribuida en él a los animales una costumbre humana. Lo que el águila hace así con sus crías es una ordalía, una prueba de legitimidad, tal y como las llevaban a cabo los más distintos pueblos antiguos. Así, los celtas que vivían en las márgenes del Rin confiaban a sus hijos recién nacidos a las aguas del río para convencerse de que eran realmente de su sangre, y los psylos, antiguos pobladores de Trípoli, que se jactaban de descender de una pareja de serpientes, ponían en contacto a sus hijos con tales reptiles. Los legítimos no eran mordidos o se reponían rápidamente de las consecuencias de la mordedura. La premisa de estas pruebas nos adentra profundamente en el pensamiento totémico de los pueblos primitivos. El totem, el animal o la fuerza natural, pensaba en forma animista, en los que la tribu cree descender, respetan a los pertenecientes a ella como a hijos suyos y son adorados y eventualmente respetados por ellos como sus antepasados. Hallamos aquí muchas cosas extraordinariamente apropiadas, a mi juicio, para facilitarnos una comprensión psicoanalítica de los orígenes de la religión. El águila que obliga a sus hijos a mirar al Sol y exige que no se muestren deslumbrados por su luz se conduce, pues, como un descendiente del Sol, que somete a sus hijos a una prueba de su legitimidad. Y cuando Schreber se jacta de que puede mirar al Sol sin ser castigado ni deslumbrado, vuelve a descubrir con ello la expresión mitológica de su relación filial con el Sol y nos confirma de nuevo en nuestra opinión de que su Sol es un símbolo del padre. Recordando que Schreber expresa libremente en su enfermedad el orgullo de su raza: «Los Schreber pertenecen a la más alta nobleza celestial», y que hemos hallado en su carencia de hijos un motivo humano de su fantasía optativa femenina, veremos ya claramente la relación de su privilegio delirante con los fundamentos de su enfermedad. Este breve apéndice al análisis de un paranoico puede contribuir a demostrar cuán fundada es la afirmación de Jung de que las fuerzas productoras de mitos de la Humanidad no se han extinguido, sino que crean hoy en las neurosis los mismos productos psíquicos que en las épocas más antiguas. Retorné aquí sobre una alusión ya hecha en otro lugar, insistiendo en que lo mismo puede decirse de las energías productoras de las religiones. A mi juicio, no puede tardar en Ilegar el momento de ampliar un principio que nosotros los psicoanalíticos hemos sentado hace ya largo tiempo, agregando a su contenido individual ontogénico su complemento antropológico filogénico. Hemos dicho que en el sueño y en la neurosis volvemos a hallar al niño con todas las peculiaridades de su pensamiento y su vida afectiva. Agregaremos ahora que también encontramos en él al salvaje, al hombre primitivo, tal y como se nos muestra a la luz de la Arqueología y la Etnología.
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