El mecanismo paranóico

III) El MECANISMO PARANOICO
Hemos examinado hasta ahora el complejo paterno dominante en el caso de
Schreber y la fantasía optativa central de la enfermedad. No hay en todo ello nada
característico de la paranoia, nada que no podamos encontrar en otros casos de neurosis
y no hayamos encontrado realmente en ellos. La peculiaridad de la paranoia (o de la
demencia paranoide) reposa en algo distinto, en la forma singular de los síntomas, de la
cual no habremos de hacer responsables a los complejos, sino al mecanismo de la
producción de síntomas o al de la represión. Diríamos que el carácter paranoico está en
que la reacción del sujeto como defensa contra una fantasía optativa homosexual haya
consistido precisamente en un tal delirio persecutorio.
Será, pues, muy significativo que la experiencia nos invite a atribuir precisamente
a la fantasía optativa homosexual una relación íntima y quizá constante con la forma
patológica. Desconfiado de mi propia experiencia, he investigado durante los últimos
años, en cuanto a este punto y en unión de mis amigos los doctores C. G. Jung, de
Zurich, y S. Ferenczi, de Budapest, toda una serie de casos de la paranoia en hombres y
mujeres, de raza, profesión y posición social muy diferentes, cuyos historiales
patológicos estudiamos, descubriendo, con sorpresa, cuán claramente dejaban ver todos
ellos, en el punto central del conflicto patológico, la defensa contra el deseo
homosexual, y cómo tales sujetos habían fracasado todos en el sojuzgamiento de su
homosexualidad inconscientemente intensificada. No esperábamos de verdad tan preciso
descubrimiento. Justamente en la paranoia no es nada evidente la etiología sexual,
resaltando, en cambio, en su motivación, y sobre todo en cuanto al hombre, las
contrariedades y las postergaciones sociales. Pero no hace falta profundizar gran cosa
para reconocer que lo realmente eficaz en tales contrariedades de orden social es la
participación de los componentes homosexuales de la vida sentimental. Mientras la
actividad normal nos encubre la visión de las profundidades de la vida anímica,
podemos dudar de que las relaciones sentimentales de un individuo con sus semejantes,
en la vida social, integren, de hecho o genéticamente, relación alguna con el erotismo.
Pero el delirio descubre regularmente tales relaciones y retrotrae los sentimientos
sociales a sus raíces en deseos eróticos groseramente sexuales. Tampoco el doctor
Schreber, cuyo delirio culmina en una evidente fantasía optativa homosexual, mostró en
sus épocas de salud, según todos los informes, el menor indicio de homosexualidad en el
sentido vulgar.
No creo superfluo, ni mucho menos injustificado, intentar aquí la demostración de
que nuestro actual conocimiento de los procesos anímicos, conquistado por medio del
psicoanálisis, puede procurarnos ya la comprensión del papel desempeñado por el deseo
homosexual en la paranoia. Investigaciones recientes han atraído nuestra atención sobre
un estadio de la evolución de la libido, intermedio entre el autoerotismo y el amor
objetal. Tal estadio ha sido designado con el nombre de narcisismo, y consiste en que el
individuo en evolución, que va sintetizando en una unidad sus instintos sexuales
entregados a una actividad autoerótica, para llegar a un objeto amoroso, se toma en un
principio a sí mismo; esto es, toma a su propio cuerpo como objeto amoroso antes de
pasar a la elección de una tercera persona como tal. Esta fase de transición entre el
autoerotismo y la elección del objeto es quizá normalmente indispensable. Según parece,
muchas personas se estancan en ella durante un espacio de tiempo habitualmente
prolongado, y perdura, en gran parte, en los estadios ulteriores de la evolución. En el
propio cuerpo elegido así como objeto amoroso pueden ser ya los genitales el elemento
principal. EI curso posterior de la evolución conduce a la elección de un objeto provisto
de genitales idénticos a los propios, pasando, pues, por una elección homosexual de
objeto antes de Ilegar a la heterosexualidad. En consecuencia suponemos que los
ulteriores homosexuales manifiestos no han logrado libertarse de la condición de que el
objeto elegido posea genitales idénticos a los propios, conducta en cuya determinación
ejerce intensa influencia aquella teoría sexual infantil, según la cual los dos sexos poseen
órganos genitales idénticos.
Una vez alcanzada la elección heterosexual de objeto, las tendencias
homosexuales no desaparecen ni quedan en suspenso, sino que son simplemente
desviadas del fin sexual y orientadas hacia otros nuevos. Se unen con elementos de los
instintos del yo, para constituir con ellos los instintos sociales, y representar así la
aportación del erotismo a la amistad, a la camaradería, a la sociabilidad y al amor
general a la Humanidad. Por las relaciones sociales normales de los hombres no
adivinaríamos nunca la magnitud de estas aportaciones procedentes de fuentes eróticas
con inhibición de su fin sexual. A este contexto pertenece también el hecho de que
precisamente los homosexuales manifiestos, y en primer término aquellos que rechazan
toda actividad sexual, se caractericen por una intensa participación en los intereses
generales de la Humanidad, surgidos de la sublimación del erotismo.
En mis Tres ensayos para una teoría sexual he manifestado la opinión de que cada
uno de los estadios de la evolución de la psicosexualidad integra una posibilidad de
fijación y, con ella, de disposición a la neurosis. Aquellas personas que no han logrado
salir por completo del estadio del narcisismo, integrando, por tanto, una fijación al
mismo, que puede actuar en calidad de disposición a la enfermedad, corren peligro de
que una crecida de la libido, que no encuentre otra derivación distinta, imponga a sus
instintos sociales una sexualización y anule con ello las sublimaciones logradas en el
curso de la evolución. A un tal resultado puede Ilevar todo aquello que provoque un
retroceso de la libido, una regresión; esto es, tanto una intensificación colateral por
desilusiones experimentada cerca de la mujer, como un retroceso directo por fracaso de
las relaciones sociales con los hombres o una intensificación general de la libido,
demasiado poderosa para encontrar derivación por los caminos ya abiertos, y que rompe,
en consecuencia, los puntos débiles de los diques que trazan su curso. Habiendo
descubierto en nuestros análisis que los paranoicos intentan defenderse contra una tal
sexualización de sus tendencias sociales, se nos impone la hipótesis de que el punto
débil de su evolución ha de buscarse en el camino que se extiende entre el autoerotismo,
el narcisismo y la homosexualidad, lugar en el cual se hallaría localizada su disposición
a la enfermedad, que acaso podamos determinar más precisamente aún. Habremos
también de atribuir una análoga disposición a la demencia precoz de Kraepelin o
esquizofrenia (según Bleuler), y esperamos lograr puntos de apoyo suficientes para
fundamentar las diferencias existentes en la forma y el desenlace de ambas afecciones en
diferencias correlativas de la fijación que genera la disposición.
Al considerar así la fantasía optativa homosexual de amar al hombre como el
nódulo del conflicto dado en la paranoia masculina, no habremos de olvidar que para
sentar definitivamente tan importante hipótesis considerábamos indispensable la
investigación previa de un gran número de casos de todas las formas de la afección
paranoica. Hemos, pues, de estar preparados a limitar eventualmente nuestra afirmación
a un único tipo de la misma. De todos modos, resulta singular que todas las formas
principales de la paranoia conocidas hasta ahora pueden ser consideradas como
contradicciones a una única afirmación:
«Yo (un hombre) le amo (a un hombre)», e incluso agoten todas las formas
posibles de dicha contradicción.
La afirmación «Yo le amo (al hombre)» queda contradicha:
a) Por el delirio persecutorio, el cual proclama:
«No le amo; le odio.» Esta contradicción, que en lo inconsciente no podía
aparecer formulada de otro modo, puede no hacerse consciente en la misma forma en el
sujeto paranoico. El mecanismo de la producción de síntomas de la paranoia exige que
la percepción interior, el sentimiento, sea sustituida por una percepción exterior, y de
este modo, la frase «Yo le odio» se transforma, por medio de una proyección, en esta
otra: «EI me odia (me persigue), lo cual me da derecho a odiarle.» El sentimiento
impulsor inconsciente se muestra así como una consecuencia deducida de una
percepción exterior:
«No le amo; le odio, porque me persigue.»
La observación no deja lugar ninguno a dudas en cuanto a que el perseguidor es el
hombre anteriormente amado.
b) La erotomanía elige otro distinto punto de ataque para la contradicción, y sólo
así nos resulta comprensible:
«Yo no le amo a él; amo a ella.»
Y el mismo incoercible impulso a la proyección impone a esta frase la
transformación siguiente: «Advierto que ella me ama.»
«Yo no le amo a él; la amo a ella, porque ella me ama.» Muchos casos de
erotomanía podían hacernos la impresión de fijaciones heterosexuales exageradas o
deformadas si no observásemos que todos estos enamoramientos no se inician con la
percepción interna de amar, sino con la de ser amado, procedente del exterior. Pero en
esta forma de la paranoia puede hacerse consciente también la frase intermedia «Yo la
amo», porque su oposición a la primera frase no es tan contradictoria ni tan inconciliable
como la existente entre el amor y el odio. Siempre es, en efecto, posible amarla a ella,
además de amarle a él. De este modo, puede suceder que la frase sustituida por
proyección: «Ella me ama», aparece de nuevo en la frase del `lenguaje básico': «Yo la
amo.»
c) La tercera forma posible de contradicción estaría en los celos delirantes, cuyas
formas características podemos estudiar en el hombre y en la mujer:
(a) Delirio celoso de los alcohólicos: El papel que el alcohol desempeña en esta
afección es perfectamente comprensible. Sabemos que el alcohol suprime las
inhibiciones y anula las sublimaciones. El hombre es impulsado muchas veces hacia el
alcohol por la desilusión experimentada con las mujeres; pero ello no quiere decir
generalmente, sino que busca la sociedad de los hombres, reunidos. en la taberna o en el
bar, de la cual extrae la satisfacción sentimental que en su hogar y con su mujer echa de
menos. Si tales hombres son objeto entonces de una intensa carga libidinosa en su
inconsciente, el sujeto se defenderá contra la misma por medio de la tercera clase de
contradicción:
«No soy yo quien ama al hombre; es ella quien le ama.» Y acusará de infidelidad
a su mujer con todos los hombres a los que él se siente inclinado a amar.
La deformación provocada por la proyección falta aquí por innecesaria, pues al
cambiar el sujeto amante queda ya, en todos modos, expulsado del yo el proceso. EI
hecho de que la mujer ame a otros hombres continúa siendo una circunstancia de la
percepción exterior. En cambio, el que uno mismo no ame, sino que odie, o no ame a
esta persona, sino a aquélla, son hechos de la percepción interior.
(b) Los celos delirantes de las mujeres siguen análoga trayectoria:
«No soy yo quien ama a las mujeres; es él quien las ama.» A consecuencia de la
intensificación de su narcisismo disponente y de su homosexualidad, la mujer celosa
acusa de infidelidad a su marido con todas las mujeres que a ella misma le agradan. En
la elección de los objetos amorosos atribuidos al hombre se patentiza la influencia de la
época en que tuvo lugar la fijación, pues muchas veces son personas ancianas,
inadecuadas ya para el amor y en las que la sujeto encarna a sus guardadoras, criadas y
amigas de la infancia, o directamente a sus hermanas, en las que ya entonces veía
competidoras.
Pudiera creerse que una frase compuesta únicamente de tres elementos, como la
de «Yo te amo», sólo habría de permitir tres formas de contradicción. Los celos
delirantes contradicen al sujeto; el delirio persecutorio, al verbo; y la erotomanía, al
complemento. Pero también es posible una cuarta modalidad de la contradicción
consistente en la repulsa general de toda la frase:
«No amo en absoluto, no amo a nadie.» Y dado que el sujeto ha de hacer algún
uso de la libido, tal aserto parece psicológicamente equivalente a este otro: «Sólo me
amo a mí mismo.» Esta modalidad de la contradicción produciría, por tanto, el delirio de
grandezas, en el que vemos una supervaloración sexual del propio «yo», y que podemos
situar al lado de la conocida supervaloración del objeto erótico.
El hecho de que en la mayor parte de las formas de la afección paranoica distintas
del delirio de grandezas pueda descubrirse cierto montante de este último, no deja de ser
muy significativo para otro fragmento de la teoría de la paranoia. Tenemos derecho a
suponer que el delirio de grandeza es, en general, infantil, quedando sacrificado luego a
la sociedad en el curso ulterior de la evolución. Y, por otro lado, nada lo sojuzga con
tanta intensidad como un enamoramiento que se apodere enérgicamente del individuo.
«Pues allí donde el amor despierta, muere el yo, déspota, sombrío».
Después de estas consideraciones sobre la inesperada significación de la fantasía
optativa homosexual en cuanto a la paranoia, tornaremos a aquellos dos factores en los
cuales hallamos desde un principio lo característico de tal afección: el mecanismo de la
producción de síntomas y el de la represión.
No tenemos al principio derecho alguno a suponer que tales dos mecanismos sean
idénticos, de manera que la producción de síntomas siga el mismo camino que la
represión, aunque en dirección opuesta. Tal identidad no es tampoco muy verosímil.
Pero preferimos aplazar hasta después de la investigación toda afirmación a este
respecto.
En la producción de síntomas de la paranoia resalta, en primer término, aquel
proceso que designamos con el nombre de proyección. En él es reprimida una
percepción interna, y en sustitución suya surge en la consciencia su propio contenido,
pero deformado y como percepción externa. En el delirio persecutorio, la deformación
consiste en una transformación del afecto: aquello que había de ser sentido interiormente
como amor es percibido como odio procedente del exterior. Nos inclinaríamos a ver en
este singular proceso el rasgo más importante de la paranoia si no recordásemos, en
primer lugar, que la proyección no desempeña el mismo papel en todas las formas de
dicha afección, y en segundo, que no sólo en ella surge en la vida anímica, sino también
en otras circunstancias, e incluso participa regularmente en la determinación de nuestra
actitud con respecto al mundo exterior. Aquel proceso normal en el que no buscamos en
nosotros mismos, como habitualmente, las causas de ciertas impresiones sensoriales,
sino que las desplazamos al exterior, merece también el nombre de proyección.
Advertidos así de que la proyección plantea problemas psicológicos generales, nos
decidiremos a aplazar su estudio y con él el del mecanismo de la producción de síntomas
en la paranoia, y nos preguntaremos, en cambio, cuál es la idea que podemos formarnos
del mecanismo de la represión en la paranoia. Anticiparemos que nuestra renuncia
provisional aparece, además, justificada por el hecho de que la modalidad del proceso de
represión se relaciona mucho más íntimamente con la evolución de la libido y de la
disposición en ella dada que la modalidad de la producción de síntomas.
En el psicoanálisis hemos hecho surgir en general de la represión los fenómenos
patológicos. Examinando más de cerca el proceso así denominado por nosotros, veremos
que es posible dividirlo en tres fases precisamente diferenciales:
1ª. La primera fase consiste en la «fijación», premisa y condición de toda
«represión». El hecho de la fijación puede ser definido diciendo que un instinto, o una
parte de un instinto, no sigue la evolución prevista como normal y permanece, a causa
de tal inhibición evolutiva, en un estadio infantil. La corriente libidinosa de que se trate
conduce, con respecto a los productos psíquicos ulteriores, como una corriente reprimida
y perteneciente al sistema de lo inconsciente. Ya hemos dicho que tales fijaciones de los
instintos integran la disposición a enfermedades ulteriores, y podemos añadir que
entrañan también, ante todo, la determinación del desenlace de la tercera fase de la
represión.
2ª. La segunda fase de la represión es la represión propiamente dicha, a la que
hasta ahora nos hemos referido preferentemente. Tiene su punto de partida en los
sistemas del yo, más desarrollados y capaces de consciencia, y puede ser descrita como
un «impulso secundario». Hace la impresión de ser un proceso esencialmente activo, en
tanto que la fijación representa una demora propiamente pasiva. Sucumben a la
represión las ramificaciones psíquicas de aquellos instintos primariamente retrasados
cuando su intensificación provoca un conflicto entre ellos y el yo (o los instintos del yo)
o aquellas tendencias psíquicas contra las cuales surge, por otras causas, una intensa
repugnancia. Ahora bien: tal repugnancia no tendría por consecuencia la represión si
entre las tendencias ingratas destinadas a ser reprimidas y aquellas que ya lo están no se
estableciera una relación. Allí donde así sucede, la repulsa de los sistemas conscientes y
la atracción de los sistemas inconscientes actúan en el mismo sentido favorable a la
represión. Los dos casos aquí diferenciados pueden hallarse menos separados en
realidad, distinguiéndose tan sólo por un mayor o menor impulso en la aportación
procurada por los instintos primariamente reprimidos.
3ª. La tercera fase y la más importante en cuanto a los fenómenos patológicos es
la del fracaso de la represión, con la «irrupción» y el «retorno de lo reprimido». Esta
irrupción tiene su punto de partida en el lugar de la fijación, y su contenido es una
regresión de la evolución de la libido hasta dicho lugar.
Ya hemos hablado de la multiplicidad de las fijaciones. Hay tantas como estadios
de la evolución de la libido. Ahora debemos prepararnos a encontrar análoga diversidad
en los mecanismos de la represión propiamente dicha y en los de la irrupción (o la
producción de síntomas) y podemos ya suponer de antemano que habrá de sernos
imposible referirlos todos exclusivamente a la evolución de la libido.
Fácilmente se advierte que con estas consideraciones rozamos el problema de la
elección de neurosis, el cual no puede ser atacado sin antes Ilevar a cabo una labor
previa de otro orden. Recordando haber tratado ya de la fijación y demorado, en cambio,
el estudio de la producción de síntomas, nos limitaremos a examinar la posibilidad de
extraer del análisis del caso de Schreber algunos datos sobre los mecanismos de la
represión propiamente dicha que actúan en la paranoia.
En el período culminante de la enfermedad surgió en Schreber, bajo la influencia
de visiones que eran «en parte terroríficas y en parte de una magnificencia
indescriptible» (pág. 73), la convicción de una futura catástrofe que había de acabar con
el mundo. Sus voces le decían que se había perdido la obra realizada en un pasado de
catorce mil años y que la Tierra no duraría ya más que otros doscientos doce, y en la
última época de su estancia en la clínica de Flechsig el enfermo creía ya cumplido dicho
plazo. Se consideraba como el «único hombre verdadero superviviente», y las pocas
formas humanas que aún veía, el médico, los enfermeros y los pacientes, eran tan sólo
«hombres encantados y hechos a toda prisa». Pero también se le imponía a veces la
corriente contraria y afirmaba haber leído en un periódico la noticia de su muerte (pág.
81), pues se había dividido en una segunda forma inferior y había muerto en ella,
apaciblemente, una tarde. De todos modos, la otra faceta de su delirio, que mantenía
subsistente el yo y sacrificada al mundo demostró ser la más fuerte. Sobre la causa de la
catástrofe que amenazaba al mundo, daba distintas explicaciones. Tan pronto pensaba en
un retorno a los hielos perpetuos, provocado por la extinción del Sol, como en una
destrucción por espantosos terremotos, adscribiéndose en este último caso el papel de
autor responsable, como ya hubo de hacerlo otro «visionario» de nacionalidad
portuguesa, con ocasión del terremoto que asoló a Lisboa en 1755 (pág. 91). O también
veía a Flechsig el culpable, por haber difundido el espanto entre los hombres con sus
artes mágicas, haber destruido las bases de la religión y haber provocado una
nerviosidad y una inmoralidad generales, a consecuencia de las cuales habían caído
sobre los hombres terribles epidemias (pág. 91). En todo caso, el fin del mundo era una
consecuencia del conflicto surgido entre Flechsig y él, o, según mostró luego la etiología
en la segunda fase del delirio, de su unión, indisoluble ya, con Dios, y, en definitiva;
siempre la consecuencia necesaria de su enfermedad. Años después, cuando el doctor
Schreber pudo reintegrarse a la vida social y no consiguió descubrir en los libros ni en
los utensilios que manejaba nada compatible con la hipótesis de que hubiera transcurrido
un magno período de la historia de la Humanidad, reconoció la imposibilidad de
mantener su opinión (pág. 85): «No puedo menos de reconocer que, vistas las cosas
desde fuera, todo sigue lo mismo que antes. Pero más adelante examinaremos si no se ha
cumplido en ellas una profunda modificación interior.» No podía dudar de que el mundo
se había hundido durante su enfermedad y que el que ahora veía ante sí no era ya el
mismo.
No es raro hallar en otros historiales clínicos un análogo fin del mundo ocurrido
durante el estadio tormentoso de Ia paranoia. Aplicando nuestra hipótesis sobre la carga
de libido y dejándonos guiar por la estimación de los demás hombres como hombres
hechos a la ligera, no nos es difícil encontrar la explicación de estas catástrofes. El
enfermo ha retraído de las personas que le rodean y del mundo exterior en general la
carga de libido que hasta entonces había orientado hacia ellos, y así todo ha llegado a
serle indiferente y ajeno, teniendo que ser explicado, por una racionalización secundaria,
como «encantado y hecho a toda prisa». El fin del mundo es la proyección de esta
catástrofe interior; su mundo subjetivo se ha hundido desde que él le ha retirado su
amor.
Después de la maldición con la que Fausto se desliga del mundo, canta el coro de
espíritus: «¡Ay! Con ímpetu poderoso has destruido el mundo bello. iUn semidiós lo ha
derribado!… iTú, el más grande de los hijos de la Tierra, constrúyelo de nuevo;
constrúyelo de nuevo, más esplendoroso, en tu corazón!»
Y el paranoico vuelve, en efecto, a construirlo, no precisamente con mayor
magnificencia, pero al menos en forma que pueda volver a vivir en él. Lo reconstruye
con la labor de su delirio. El delirio, en el cual vemos el producto de la enfermedad, es
en realidad la tentativa de curación, la reconstrucción. Ésta es conseguida mejor o peor
después de la catástrofe, pero nunca completamente. El mundo ha sufrido «una profunda
modificación interior», según las palabras del propio Schreber. Pero el hombre ha
recobrado una relación con las personas y las cosas del mundo, relación a veces muy
intensa, aunque de esperanzada y cariñosa se haya convertido acaso en hostil. Diremos,
pues, que el proceso de represión propiamente dicho consiste acaso en que el sujeto
retrae su libido de las personas y las cosas antes amadas. Tal proceso se desarrolla en
silencio; no recibimos noticia alguna de él y nos vemos forzados a deducirlo de otros
consecutivos. El que sí se hace advertir ruidosamente es el proceso de curación, que
anula la represión y conduce de nuevo la libido a las personas de las que antes fue
retirada. Este proceso curativo sigue en la paranoia el camino de la proyección. No era,
por tanto, exacto decir que la sensación interiormente reprimida es proyectada al
exterior, pues ahora vemos más bien que lo interiormente reprimido retorna desde el
exterior. La investigación fundamental del proceso de la proyección, antes aplazada, nos
proporcionará ahora una definitiva certeza.
No nos contrariará comprobar que el conocimiento así logrado nos impone toda
una serie de otras discusiones.
1ª. Una inmediata reflexión nos dice que la retracción de la libido no puede ser
exclusiva de la paranoia ni tener siempre, dondequiera que se desarrolle, consecuencias
tan funestas. Es muy posible que la retracción de la libido sea el mecanismo esencial y
regular de toda represión; pero nada sabremos sobre este punto en tanto no hayamos
sometido a una investigación análoga las demás afecciones en que la represión
interviene. Lo indudable es que en la vida anímica normal (y no sólo en la melancolía)
llevamos continuamente a cabo tales procesos, en los que la libido es retirada de
personas o cosas, sin que por ello enfermemos. Cuando Fausto se desliga del mundo,
maldiciéndolo, no resulta de ello una paranoia u otra neurosis, sino un estado psíquico
especial. En consecuencia, la retracción de la libido no puede constituir por sí sola el
elemento patógeno en la paranoia, debiendo existir un carácter especial que diferencie la
retracción paranoica de la libido, de otras modalidades del mismo proceso. No es difícil
suponer cuál pueda ser tal carácter. ¿Cuál es el empleo que recibe luego la libido
retraída? Normalmente, buscamos en el acto una sustitución de la adherencia suprimida,
y hasta lograr tal sustitución conservamos la libido retraída, flotando en la psique, en la
que produce tensiones e influye sobre el estado de ánimo. En la histeria, el montante de
libido retraída se transforma en inervaciones somáticas o en angustia. Pero en la
paranoia tenemos un indicio clínico de que la libido retraída del objeto recibe un empleo
especial. Recordamos que la mayor parte de los casos de paranoia integran cierto
montante de delirio de grandezas, y que el delirio de grandezas puede constituir por sí
solo una paranoia. Deduciremos, pues, que en la paranoia la libido libertada es
acumulada al yo, siendo utilizada para engrandecerlo. Con ello queda alcanzado
nuevamente el estadio del narcisismo que nos es ya conocido por el estudio de la
evolución de la libido, y en el cual era el propio yo el único objeto sexual, basándonos
en este dato clínico, supusimos que los paranoicos integraban una fijación al narcisismo,
y concluimos que el retroceso desde la homosexualidad sublimada hasta el narcisismo
revela el alcance de la regresión característica de la paranoia.
2ª. En el historial clínico de Schreber (como en otros muchos) puede apoyarse una
nueva objeción. Se dirá, en efecto, que el delirio persecutorio (contra Flechsig) surge
evidentemente antes que la fantasía del fin del mundo, de manera que el supuesto
retorno de lo reprimido precedería a la represión misma, lo cual resulta un contrasentido.
Esta objeción nos obliga a descender de la consideración general al examen detallado de
las circunstancias reales, mucho más complicadas ciertamente. Ha de reconocerse que
una tal retracción de la libido puede ser tanto parcial, limitándose a un único complejo,
como general. La solución parcial sería la más frecuente y serviría de introducción a la
general, ya que al principio puede ser motivada, únicamente, por influencias de la vida.
El proceso puede luego limitarse a esta solución parcial o llegar a la general, la cual se
anuncia entonces claramente con el delirio de grandezas. En el caso de Schreber, la
retracción de la libido de la persona de Flechsig pudo ser el proceso primario, seguido a
poco por el delirio que devuelve a Flechsig la libido (aunque con signo negativo como
sello de la represión habida) y anula así la obra de la represión. Pero ésta se lanza de
nuevo al combate, utilizando ahora medios más enérgicos. En cuanto al objeto en torno
al cual se desarrolla la lucha, llega a ser el más importante del mundo exterior y quiere
atraer así, por un lado, toda la libido, mientras moviliza por otro contra él todas las
resistencias, podemos comparar dicha pugna con una batalla campal, en cuyo curso la
victoria de la represión se manifiesta en la convicción de que el mundo ha quedado
destruido, subsistiendo tan sólo el propio yo. Considerando las artificiosas
construcciones que el delirio de Schreber edifica en el terreno religioso (la jerarquía de
Dios, las almas purificadas, las antesalas del cielo, el Dios inferior y el superior),
podemos estimar qué riqueza de sublimación quedó destruida por la catástrofe de la
retracción general de la libido.
3ª. Una tercera reflexión sugerida por las consideraciones aquí desarrolladas
plantea la cuestión de si hemos de considerar la retracción general de la libido del
mundo exterior como suficientemente eficaz para explicar por sí sola el «fin del
mundo», y si en este caso no bastarían las cargas del yo subsistentes para mantener la
relación con el mundo exterior. Tendríamos entonces que hacer coincidir aquello que
denominamos carga de libido (interés procedente de fuentes eróticas) con el interés en
general, o admitir la posibilidad de que una amplia perturbación en la localización de la
libido pueda provocar también una perturbación correlativa en las cargas del yo. Ahora
bien, éstos son problemas para cuya solución carecemos aún de datos bastantes. Otra
cosa sería si pudiésemos partir de una teoría de los instintos suficientemente afirmada.
Pero, en realidad, no disponemos de nada semejante. Consideramos el instinto como el
concepto límite de lo somático frente a lo anímico; vemos en él el representante psíquico
de poderes orgánicos y admitimos la distinción corriente entre instintos del yo e instinto
sexual, que nos parece coincidir con la dualidad biológica del individuo, el cual tiende a
su propia conservación tanto como a la de la especie.