|
 |
 |
 |
 |
 |
|
 |
|
I) HISTORIAL CLÍNICO EL doctor Schreber escribe: «Dos veces he estado enfermo de los nervios y ambas a consecuencia de un exceso de trabajo intelectual. La primera, siendo magistrado en Chemnitz, a consecuencia de la actividad desplegada en unas elecciones al Parlamento, y la segunda, a causa de la extraordinaria labor que hube de desarrollar al hacerme cargo del puesto de presidente del Tribunal de Dresden.» La primera enfermedad se inició en el otoño de 1884 y curó por completo a fines de 1885. Flechsig, en cuya clínica pasó el paciente seis meses, diagnosticó su enfermedad, en un certificado ulterior, como un grave acceso de hipocondría. El doctor Schreber asegura que esta enfermedad transcurrió «sin incidente alguno de carácter metafísico». Ni las memorias del sujeto ni los certificados de los médicos en ellas transcritos nos informan suficientemente sobre su historia anterior ni sobre las circunstancias particulares de su vida. No me es siquiera posible indicar cuál era su edad al enfermar por vez primera, si bien el alto grado que ya ocupaba en la Magistratura antes de su segunda enfermedad puede servirnos para fijar aproximadamente un mínimo. Averiguamos que en la época de su hipocondría el doctor Schreber estaba casado hacía ya mucho tiempo. ÉI mismo nos lo dice: «Más intensa aún fue la gratitud de mi mujer, que veía en el profesor Flechsig al hombre que le había devuelto a su marido, y tuvo así durante muchos años su retrato encima de su mesa de trabajo.» Y más adelante: «Una vez curado de mi primera enfermedad, viví al lado de mi mujer ocho años felicísimos, ricos también en distinciones externas y sólo turbados por haberse malogrado repetidamente durante ellos nuestra esperanza de lograr descendencia.» En junio de 1893 le fue anunciado su próximo nombramiento de presidente del Tribunal de Dresden, cargo que ocupó el día primero de octubre del mismo año. En este intervalo tuvo varios sueños a los que sólo ulteriormente hubo de conceder importancia. Soñó repetidas veces que sufría una recaída en su antigua enfermedad neurótica, circunstancia que le apenaba tanto durante el sueño como luego al despertar le regocijaba verla desvanecida. Además, una mañana, en estado de duermevela, tuvo «la idea de que debía de ser muy agradable ser una mujer en el momento del coito», idea que luego, con plena consciencia, rechazó indignado. Su segunda enfermedad se inició a finales de octubre de 1893 con tenaces insomnios que le hicieron ingresar de nuevo en la clínica de Flechsig. Pero esta vez empeoró rápidamente en ella. Un certificado ulterior expedido por el director del sanatorio Sonnenstein describe el desarrollo de su dolencia: Al principio de su estancia en la clínica del doctor Flechsig, el enfermo manifestaba sobre todo ideas hipocondríacas, quejándose, por ejemplo, de que padecía reblandecimiento cerebral y afirmando que no tardaría en morir. Pero ya se mezclaban en el cuadro patológico algunas ideas de persecución fundadas en alucinaciones sensoriales que al principio parecieron emerger aisladas, en tanto se presentaba en el sujeto una intensa hiperestesia y una gran sensibilidad a la luz y al ruido. Más tarde se acumularon ya las alucinaciones visuales y auditivas hasta dominar por completo toda su sensibilidad y todo su pensamiento. Se creía muerto y putrefacto, o enfermo de la peste; se lamentaba de que su cuerpo era sometido a repugnantes manipulaciones y sufría, según manifiesta todavía actualmente, espantosos tormentos que soportaba por una causa sagrada. Las sugestiones patológicas absorbían al enfermo tan por completo, que permanecía horas enteras ensimismado e inmóvil (estupor alucinatorio), inaccesible a toda otra impresión, y, por otro lado, le atormentaban de tal modo, que deseaba la muerte; intentó ahogarse repetidamente en el baño y pedía de continuo «el ácido prúsico que le estaba destinado». Poco a poco, sus delirios fueron tomando un carácter místico y religioso; hablaba directamente con Dios, los demonios le hostigaban, veía «apariciones milagrosas», oía «música divina» y creía, por último, «vivir en otro mundo». Agregamos que insultaba a diversas personas por las cuales se creía perseguido y perjudicado; pero ante todo a su médico anterior, Flechsig, al que calificaba de «asesino de almas» y del que se burlaba Ilamándole repetidamente «el pequeño Flechsig», acentuando intensamente la primera palabra. Se había trasladado desde Leipzig a la clínica Sonnenstein, de Pirna, en junio de 1894, y permaneció en ella hasta la estructuración definitiva de su estado. En el curso de los años siguientes se transformó el cuadro clínico en una forma que el doctor Weber, director del establecimiento, describe así: «Sin entrar más minuciosamente en los detalles del curso de la enfermedad, nos limitaremos a indicar cómo en el desarrollo ulterior de la psicosis aguda inicial, que hubo de ser diagnosticada como una demencia alucinatoria, fue surgiendo cada vez más marcadamente, o, por decirlo así, cristalizando el cuadro clínico paranoico que hoy presenta el enfermo.» Había edificado, en efecto, por un lado, un artificioso sistema de delirios que merece nuestro mayor interés, y por otro, había reconstruido su personalidad hasta el punto de mostrarse perfectamente capacitado para volver a la vida normal, presentando tan sólo algunos trastornos aislados. EI doctor Weber manifiesta en un certificado expedido en el año de 1899. «En la actualidad, el doctor Schreber, aparte de algunos síntomas psicomotores que incluso el observador más superficial ha de reconocer patológicos, no muestra signo alguno de demencia ni inhibición psíquica, y tampoco su inteligencia aparece visiblemente disminuida. Reflexiona bien, su memoria es excelente, dispone de un considerable acervo de conocimientos, no sólo en cuestiones jurídicas, sino también en muchos otros sectores, y puede exponerlos en procesos mentales perfectamente ordenados. Se interesa por la política, la ciencia, el arte, etcétera, y se ocupa continuamente de tales materias, sin que el observador ignorante de su enfermedad pueda reconocer en sus palabras sobre tales temas signo alguno de perturbación. Pero, con todo, el paciente se halla invadido por representaciones patológicamente condicionadas que han formado un sistema total, se hallan más o menos fijadas y no parecen accesibles a una rectificación por la aprehensión objetiva y el enjuiciamiento de las circunstancias reales.» El enfermo, aliviado hasta este punto, se consideraba ya capaz de volver a la vida activa e inició las gestiones necesarias para anular la declaración de su incapacidad y poder salir de la clínica. El doctor Weber se oponía a estos deseos y certificaba en contra de ellos; pero en su informe de 1900 no pudo ya menos de describir favorablemente la conducta y el estado de su paciente: «EI que suscribe ha tenido durante nueve meses ocasión continuada de conversar diariamente, durante el almuerzo en la mesa redonda de la clínica, con el doctor Schreber sobre toda clase de cuestiones. Cualquiera que sea el tema de la conversación, y aparte, claro está, de sus ideas delirantes, el doctor Schreber revela, tanto en cuestiones políticas como en las referentes a la administración de justicia, al arte y a la literatura, un intenso interés, profundos conocimientos, buena memoria, excelente juicio y sanas ideas morales. También en la conversación superficial con las señoras presentes se muestra amable y cortés, e incluso al tratar en forma humorística ciertas cuestiones revela siempre exquisito tacto, sin que jamás haya llevado a la conversación de la mesa cuestiones más bien propias de la visita médica.» Incluso en un asunto de orden económico que atañía a los intereses de toda su familia intervino por entonces con pericia profesional y de un modo perfectamente adecuado. En los repetidos escritos que el doctor Schreber dirigió en esta época a los tribunales en demanda de su libertad no negaba en absoluto su perturbación ni ocultaba su intención de dar a la publicidad sus Memorias. Muy al contrario, acentuaba el valor de sus meditaciones en cuanto a la vida religiosa y la imposibilidad de sustituirla por las doctrinas científicas modernas. Pero al mismo tiempo aducía la absoluta inocuidad de todos aquellos actos a los cuales se veía obligado por el contenido de su delirio. El ingenio y la extremada lógica de aquel hombre, sobre el cual pesaba un diagnóstico de paranoia, acabaron por darle la victoria. En julio de 1902 fue anulada su incapacitación, y al año siguiente aparecieron sus Memorias, si bien previamente sometidas a la censura oficial y con lamentables mutilaciones. En la sentencia que devolvió al doctor Schreber la libertad aparece sintetizado en breves frases el contenido de su sistema delirante: «Se consideraba llamado a redimir al mundo y devolverle la bienaventuranza perdida. Pero sólo podría conseguirlo después de haberse transformado en mujer.» El certificado expedido por el doctor Weber en 1899 integra una minuciosa descripción del delirio en su forma definitiva: «El sistema delirante del paciente culmina en la convicción de hallarse llamado a redimir al mundo y devolver a la Humanidad la bienaventuranza perdida. Afirma haber tenido conocimiento de tal destino por revelación divina, como las que recibían los profetas. Precisamente, los nervios sobreexcitados, como los suyos lo habían estado durante tanto tiempo, tenían la cualidad de atraer a Dios; pero sus revelaciones entrañaban cosas que no era posible expresar, o sólo muy difícilmente, en el lenguaje humano, porque se hallaban fuera de toda experiencia humana, y sólo a él le habían sido comunicadas. EI detalle más importante de su misión redentora era que había de convertirse primeramente en mujer. No era que él quisiese transformarse en mujer, se trataba de algo más coercitivo, de una «necesidad» fundada en el orden universal, y a la cual no podía él escapar, aunque personalmente le hubiera sido mucho más grato seguir siendo hombre y poder conservar así su elevada posición social. Pero la única manera de volver a conquistar el más allá para él mismo y para la Humanidad entera, era por medio de su transformación en mujer, transformación que se realizaría en él por un milagro divino, y al cabo de varios años o incluso decenios. Tenía la convicción de ser objeto exclusivo de milagros divinos, y con ello el hombre más singular que nunca había vivido sobre la tierra. Desde hacía muchos años experimentaba a cada hora y a cada minuto tales milagros de su propio cuerpo, y los comprobaba también por las voces que con él hablaban. En los primeros años de su enfermedad había sufrido, en distintos órganos de su cuerpo, modificaciones que habrían acarreado la muerte de cualquier otro individuo. Había vivido mucho tiempo sin estómago, sin intestinos, casi sin pulmones, con el tubo digestivo desgarrado, sin vejiga o con las costillas destrozadas, y algunas veces, al comer, se había tragado su propia laringe, etcétera. Pero divinos milagros («rayos») habían reconstruido, siempre de nuevo lo destruido, razón por la cual, mientras siguiera siendo un hombre, sería inmortal. Tales fenómenos amenazadores habían desaparecido tiempo atrás, surgiendo, en cambio, en primer término, su «femineidad», resultado de un proceso evolutivo que había de precisar decenios enteros, si no siglos, para llegar a su definitivo perfeccionamiento, y cuyo fin no presenciaría seguramente ninguno de los hombres actualmente en vida. Experimentaba la sensación de que su cuerpo integraba ya «nervios femeninos», de los cuales surgirían, por medio de la fecundación inmediata de Dios, nuevos hombres. Sólo entonces podría morir de muerte natural, después de haber conquistado de nuevo para sí y para todos los demás hombres la bienaventuranza. A veces le hablaban, además del sol, los árboles y los pájaros, que eran algo como «restos encantados de antiguas almas humanas». Le hablaban en lenguaje humano, y por todas partes sucedían cosas maravillosas en torno suyo.» El interés del psiquíatra, práctico en cuanto a tales productos delirantes, queda generalmente agotado una vez que logra determinar la función del delirio y su influencia sobre la vida del paciente. Su asombro no constituye el principio de su comprensión. EI psicoanalítico, en cambio, aporta de sus conocimientos de las psiconeurosis la sospecha de que también tales productos mentales, tan apartados del pensamiento habitual de los hombres y tan singulares, tienen su punto de partida en los impulsos más comprensibles y corrientes de la vida anímica, y quisiera llegar a conocer los motivos de semejante transformación y los caminos por los que la misma ha sido llevada a cabo. Guiado por esta intención, profundizará de buen grado en la historia evolutiva y en los detalles del delirio. a) EI certificado médico señala como los dos puntos capitales la misión redentora y la transformación en mujer. EI delirio de redención es una fantasía con la cual estamos ya familiarizados, pues constituye frecuentemente el nódulo de la paranoia religiosa. Pero el complemento de que la redención ha de tener como premisa la transformación del sujeto en una mujer es inhabitual y harto extraño en sí, pues se aparta considerablemente del mito histórico que la fantasía del enfermo quiere reproducir. Nos inclinaremos quizá a suponer, con el certificado médico, que la ambición de desempeñar el papel redentor es el único móvil del complejo de delirios, no siendo la transformación en mujer más que un medio para tal fin. Aunque así se nos presenta luego en la forma definitiva del delirio, el estudio de las Memorias nos impone una interpretación distinta. Averiguamos, en efecto, que la transformación en mujer fue el delirio primario, siendo juzgada en un principio como una persecución y un grave daño, y que sólo de un modo secundario quedó enlazada con la misión redentora. Vemos también, indudablemente, que al principio había de tener lugar para un fin sexual y no al servicio de elevados propósitos. Nos hallamos, pues, ante una manía persecutoria sexual transformada ulteriormente en una manía religiosa de grandezas. El perseguidor era primero el médico del sujeto, el doctor Flechsig, sustituido luego por el mismo Dios. Transcribiré aquí en toda su extensión los pasajes de las Memorias que así lo prueben: «De este modo se tejió contra mí una conspiración (aproximadamente en marzo o abril de 1894) que se proponía, una vez reconocida o supuesta la incurabilidad de mi enfermedad nerviosa, entregarme a un hombre, de manera que mi alma quedara esclavizada al mismo y mi cuerpo -interpretando erróneamente la tendencia antes mencionada en la que reposa el orden universal- quedase transformado en un cuerpo femenino, sometido a aquel hombre para que lo gozase sexualmente y abandonado luego a la muerte y a la putrefacción. En todo ello, y desde el punto de vista humano, que por entonces me dominaba aún preferentemente, era natural que yo viese siempre y únicamente mi verdadero enemigo en el profesor Flechsig o en su alma (más tarde se agregó a ella el alma de v. W., de la que más adelante trataremos) y considerase la omnipotencia divina como mi aliada natural, a la que recurrí en situación desesperada contra el profesor Flechsig y a la que, por tanto, creía deber apoyar con todos los medios imaginables y hasta con el sacrificio de mi propio ser. El hecho de que el mismo Dios pudiera ser cómplice, cuando no instigador del asesinato de mi alma y de Ia entrega de mi cuerpo prostituido, es una idea que se me ocurrió mucho más tarde, pues, en realidad, sólo emergió claramente en mi consciencia al escribir las presentes líneas. Todas las tentativas de asesinar mi alma, despojarme de mi virilidad para fines contrarios al orden universal (esto es, para la satisfacción de los deseos sexuales de un hombre) y arruinar mi inteligencia, han fracasado. Del combate, tan desigual en apariencia, de un hombre solo y débil con Dios mismo, he salido vencedor, aunque al cabo de amargos sufrimientos y privaciones, y he vencido porque tenía en mi favor el orden universal.» En una nota describe luego la modificación ulterior del delirio de la transformación en mujer y de sus relaciones con Dios: «Más tarde explicaremos cómo mi transformación en mujer puede servir también para un fin conforme con el orden universal e incluso contener quizá la verdadera solución del conflicto.» Estas manifestaciones son decisivas para la interpretación del delirio de transformación en mujer y para la inteligencia general del caso. Añadiremos que las voces que el paciente oía no interpretaban nunca sino como una afrenta sexual la transformación en mujer y se burlaban del enfermo por ella. «Los rayos de Dios creían poder burlarse de mí por la inminente pérdida de mi virilidad y mi transformación en «Miss Schreber»:¡Vaya un señor magistrado que se deja j…! ¿No le dará a usted vergüenza presentarse luego ante su mujer?» La naturaleza primaria de la fantasía de transformación en mujer y su independencia inicial de la idea de redención quedan testimoniadas, además, por la «idea» antes mencionada, emergida en estado de duermevela, según la cual debía ser muy hermoso ser una mujer en el momento del coito. Esta fantasía se hizo consciente en el período de incubación de la enfermedad y todavía antes de los efectos del exceso de trabajo en Dresden. EI mismo Schreber señalaba el mes de noviembre de 1895 como el período durante el cual se estableció la relación de la fantasía de transformación con la idea de. redención, iniciándose así una reconciliación del sujeto con aquella primer idea. «Se me hizo ahora claramente consciente que el orden universal exigía me placiese o no, mi «desvirilización» y que razonablemente no me quedaba otro camino que familiarizarme con la idea de mi transformación en mujer. Como consecuencia de la «desvirilización» sólo podía pensarse en una fecundación por los rayos divinos, encaminada a la creación de nuevos hombres.» La transformación en una mujer fue el germen primero del producto delirante y resultó también el único elemento que sobrevivió al restablecimiento del sujeto y el único que supo conservar su puesto en la actividad real del restablecido. «Lo único que a los ojos de otros hombres puede pasar por irrazonable es el hecho, ya mencionado por los señores peritos, de que a veces se me encuentra ante el espejo, o en algún otro lugar, adornado con preseas femeninas (lazos, cadenas, etc.) y semidesnudo el torso. Pero esto sucede únicamente hallándome solo, y nunca, siempre que me es posible evitarlo, a la vista de otras personas.» El señor magistrado confesaba tales jugueteos en una época (julio 1901) en la que encontraba la siguiente acertada expresión para definir su salud, prácticamente recobrada: «Ahora ya sé que las personas que veo ante mí no son «hombres hechos a la ligera», sino verdaderos hombres, y que, por tanto, debo conducirme con ellos como un hombre razonable ha de conducirse en su trato con los demás.» En contraste con esta perduración de su fantasía de «desvirilización», el enfermo no Ilevó a cabo en favor del reconocimiento de su misión redentora más que la publicación de sus Memorias. b) La actitud de nuestro paciente con respecto a Dios es tan singular y tan llena de circunstancias contradictorias, que hace falta gran confianza para conservar la esperanza de hallar aún, en su «demencia», un «método». Habremos, pues, de intentar orientarnos, con ayuda de sus Memorias, sobre su sistema teológico-psicológico y exponer, en su relación aparente (delirante), sus opiniones sobre los nervios, la bienaventuranza, la jerarquía divina y las cualidades de Dios. En todos los trozos de su teoría hallamos una mezcla singular de ingenio y vulgaridad y de elementos originales y prestados. El alma humana está contenida en los nervios del cuerpo, que debemos representarnos como elementos de extraordinaria sutileza, comparable a finas hebras de seda. Algunos de estos nervios son adecuados para la recepción de las percepciones sensoriales; otros (los nervios del entendimiento) producen todo lo psíquico; cada uno de ellos representa la total individualidad espiritual del hombre, y su mayor o menor número influye tan sólo en el período de tiempo durante el cual pueden ser retenidas las impresiones. En tanto que los hombres se componen de cuerpo y nervios, Dios es, desde un principio, sólo nervio. El número de los nervios divinos no es, como el de los nervios humanos, limitado, sino infinito o eterno. Los nervios divinos poseen todas las propiedades de los humanos, pero en grado enormemente más intenso. En su capacidad de crear, esto es, de transformarse en todas las cosas posibles del mundo creado, se llaman rayos. Entre Dios y el cielo estrellado o el Sol existe una íntima relación. Después de la Creación, Dios se retiró a inmensa distancia del mundo y lo abandonó en general a sus leyes propias, limitándose a elevar hasta sí las almas de los muertos. Sólo excepcionalmente condescendía a ponerse en relación con algunos hombres de suprema inteligencia o intervenir con un milagro en los destinos del mundo. Conforme al orden universal, sólo después de la muerte se establece una relación regular entre Dios y las almas de los hombres. Cuando un hombre muere, las partes de su alma (nervios) son sometidas a un procedimiento de purificación, para ser luego incorporadas nuevamente a Dios como «la antesala del cielo». Fórmase así un giro eterno de las cosas conforme en un todo al orden universal. Cuando Dios crea algo, se despoja de una parte de sí mismo, pues da a una parte de sus nervios una forma distinta. Pero la pérdida que así experimenta en apariencia queda compensada cuando al cabo de siglos y milenios, los nervios, bienaventurados ya de los hombres muertos, le son de nuevo incorporados como «antesala del cielo». Las almas, acentuadas por el proceso de purificación, gozan de bienaventuranza. «Su consciencia de sí mismas se ha debilitado entre tanto, y quedan fundidas con otras almas en unidades superiores. Almas importantes, como la de un Goethe o un Bismarck, conservan la consciencia de su identidad a través de muchos siglos, hasta que pueden desintegrarse en complejos de almas superiores (tales como los «rayos de Jehová» en la antigua religión judía y los «rayos de Zoroastro» en la religión persa). Durante la purificación, las almas aprenden el lenguaje en el que Dios mismo habla, el «lenguaje fundamental»; que es «un alemán algo anticuado, pero muy expresivo y caracterizado por una gran riqueza de eufemismos». Dios mismo no es un ser simple. «Por encima de las «antesalas del cielo» flotaba Dios, el cual, para distinguirlo de estos «reinos anteriores de Dios», es llamado también el «reino posterior de Dios». Los reinos posteriores de Dios se hallaban sometidos (y se hallan aún actualmente) a una singular división en dos partes, según la cual se distinguía un Dios inferior (Arimán) y un Dios superior (Ormuz).» Sobre la significación de esta división en dos partes, Schreber nos dice tan sólo que el Dios inferior favorecía preferentemente a los pueblos de raza morena (a los semitas), y el superior, a los pueblos rubios (a los arios). Pero tampoco es posible exigir a un hombre un conocimiento más detallado de tan elevadas cuestiones. Sin embargo, todavía averiguamos que «el Dios inferior y el superior, no obstante la unidad de la omnipotencia divina, han de ser considerados como seres distintos, cada uno de los cuales, y también en su relación entre sí, posee su egoísmo particular y su propio instinto de conservación, e intenta, por tanto, de continuo, desplazar al otro». Los dos seres divinos se condujeron; efectivamente, de muy distinto modo con el desgraciado Schreber durante el período agudo de su enfermedad. Schreber había sido durante su época de salud un escéptico en materia religiosa, y nunca había llegado a creer firmemente en la existencia de un Dios personal, circunstancia de la que él mismo extrae luego un argumento favorable a la plena realidad de su delirio. Pero cuando averiguamos lo que sigue sobre las cualidades de carácter del Dios de nuestro paciente, no podemos menos de pensar que la evolución en él provocada a este respecto por la enfermedad paranoica no fue, ciertamente, nada fundamental, y que en el nuevo redentor perdura gran parte del antiguo escéptico. EI orden universal presenta, en efecto, una falta, a consecuencia de la cual queda amenazada incluso la existencia misma de Dios. Por circunstancias que permanecen inexplicables, cuando los nervios de los hombres vivos llegan a un alto grado de excitación, ejercen tan intensa atracción sobre los nervios divinos, que al mismo Dios le es imposible sustraerse a ella, quedando así amenazada su propia existencia. Este caso, extraordinariamente raro, se dio con Schreber, y le ocasionó terribles sufrimientos, pues la imperiosa atracción que sus nervios sobreexcitados ejercían sobre los divinos despertó el instinto de conservación de Dios, y resultó que Dios se hallaba muy lejos de la perfección que las religiones le atribuyen. A través de todo el libro de Schreber resuena así la amarga acusación de que Dios, habituado tan sólo al trato con los muertos, no comprende a los vivos. (Pág. 55): «Domina aquí un error fundamental, que desde entonces se extiende a través de toda mi vida, y consiste en que, según las normas del orden universal, Dios no conoce a los hombres vivos, ni necesita realmente conocerlos, ya que, conforme a tales normas, sólo con los cadáveres ha de tratar.» (Pág. 141): «Este hecho… depende nuevamente de que Dios no sabe tratar con los vivos, hallándose acostumbrado tan sólo a tratar con los cadáveres o, en todo caso, con los hombres dormidos y mientras sueñan.» (Pág. 246): «Increíble scritu, nos inclinaríamos a añadir y, sin embargo, todo ello es exacto, aunque los hombres hallarán incomprensible la idea de tan absoluta incapacidad de Dios para juzgar acertadamente a los vivos. Yo mismo he necesitado mucho tiempo para acostumbrarme a ella, aun después de haberla comprobado en innumerables observaciones directas.» Sólo a consecuencia de este desconocimiento divino de los hombres vivos pudo suceder que Dios mismo fuera el instigador de la conspiración urdida contra Schreber, y que le creyera loco y le impusiera las más penosas pruebas. Para escapar a aquel juicio condenatorio de Dios, se sometió el sujeto a una penosa «obligación de pensar». «Cada vez que suspendía mi actividad mental, Dios creía extinguidas instantáneamente mis facultades intelectuales, iniciada la esperada ruina de mi razón (locura) y conseguida así la deseada posibilidad de alejarse. Una de las cosas que más indignación despierta en nuestro paciente es la conducta de Dios en la cuestión de la necesidad o las ganas de defecar. El pasaje es tan característico, que habremos de citarlo íntegro. Para su mejor comprensión, adelantaremos que tanto los milagros como las voces emanan de Dios: esto es, de los rayos divinos. (Pág. 255): «A causa de su significación característica, habré de dedicar aún a la interrogación antes citada: «¿Por qué no c... usted?», algunas observaciones, por indecente que sea el tema. Como todas las demás funciones de mi cuerpo, también las ganas de defecar son estimuladas en mí por un milagro. Ello sucede siendo impulsados los excrementos hacia adelante y luego, a veces, nuevamente hacia atrás, en los intestinos, o cuando yo he realizado el acto de la defecación y no queda material suficiente, ensuciando los escasos restos del contenido intestinal aún subsistentes los bordes de mi orificio anal. Trátese en todo ello de un milagro del Dios superior, milagro que se repite cotidianamente varias docenas de veces cuando menos y con el cual se enlaza la idea, incomprensible para los hombres y sólo explicable por el absoluto desconocimiento en que Dios está de las circunstancias orgánicas de los vivos, de que el acto de defecar es, en cierto modo, lo último; esto es, que con el estímulo milagroso de las ganas de defecar queda conseguida la destrucción de la razón y lograda la posibilidad de una retirada definitiva de los rayos. A mi juicio, para llegar a comprender la génesis de esta idea hemos de pensar en la existencia de una interpretación errónea de la significación simbólica del acto de la excreción; interpretación consistente en suponer que aquel que ha llegado a entrar, como yo, en íntima relación con los rayos divinos, tiene derecho en cierto modo a c… en el mundo entero. Se exterioriza aquí, además, toda la perfidia de la conspiración urdida en contra mía. Cada vez que las ganas de defecar son milagrosamente estimuladas en mí, quedan estimulados simultáneamente los nervios de alguna de las personas que me rodean para obligarla a ocupar el retrete e impedirme realizar el acto de la excreción. Es este un fenómeno que he observado regularmente innumerables veces (millares de veces) durante los últimos años, siendo, por tanto, imposible que se trate de una mera coincidencia casual. La pregunta que entonces se me dirige: «¿Por qué no c… usted?», es contestada en la forma siguiente: «Porque soy así de tonto.» La pluma se resiste a transcribir el formidable disparate en que Dios incurre, llevado por su desconocimiento de la naturaleza humana, al suponer que pueda haber un hombre que de puro tonto no pueda c…, cosa que hasta el último animal hace. Cuando al fin y al cabo realizo el acto de la defecación, para lo cual me sirvo generalmente de un cubo, ya que siempre encuentro ocupado el retrete, dicho acto me produce siempre una intensa voluptuosidad espiritual. El alivio de la presión provocada por los excrementos contenidos en los intestinos se refleja muy agradablemente en los nervios de la voluptuosidad, e igualmente sucede en el acto de la micción.
|
 |
 |
|
 |