Tentativas de interpretación

II) TENTATIVAS DE lNTERPRETACIÓN
POR dos lados podemos intentar aproximarnos a la comprensión de este historial
patológico paranoico y descubrir en él los complejos y las fuerzas instintivas de la vida
anímica que nos son ya familiares; partiendo de las manifestaciones delirantes del sujeto
mismo y de los motivos de su enfermedad.
El primer camino nos tentaría una vez que C. G. Jung nos ha dado el brillante
ejemplo de la interpretación de un caso grave de demencia precoz con manifestaciones
sintomáticas extraordinariamente apartadas de lo normal. También la inteligencia y la
franqueza del paciente habrían de hacernos más fácil la solución por este camino. No
pocas veces nos proporciona él mismo la clave agregando, como incidentalmente, a una
manifestación delirante una explicación, una cita o un ejemplo, o rebatiendo una
analogía en él mismo emergente. En este último caso nos bastará prescindir del disfraz
negativo, como estamos habituados a hacerlo en la técnica psicoanalítica, y considerar el
ejemplo como lo auténtico y la cita o la confirmación como su fuente de origen para
tener ante nosotros la traducción deseada del lenguaje paranoico al vulgar. Expondremos
detalladamente un acabado ejemplo de esta técnica. Schreber se lamenta de las molestias
que le causan los «pájaros encantados» o «pájaros parlantes», a los que adscribe toda
una serie de singulares cualidades (págs. 208-214). Según él, están constituidos por
restos de antiguas «antesalas del cielo»; esto es, de hombres que fueron bienaventurados,
y son hostigados contra él cargados de cadaverina. Poseen la facultad de recitar «frases
aprendidas de memoria, pero cuyo sentido no comprenden». Cada vez que descargan
sobre él la cadaverina de que vienen cargados, esto es, cada vez que le recitan las frases
que les han enseñado, se desvanecen en su alma con las palabras «iMaldito bribón!» o
«¡Maldito!», únicas cuyo sentido les es conocido. No comprenden el sentido de las
palabras que pronuncian; pero poseen una sensibilidad natural para la homofonía de los
sonidos, que tampoco necesita ser completa. Para ellos es indiferente que se diga:
`Santiago o Cartago',
`Chinesentum o Jesús Cristo',
`Abendrot [crepúsculo] o Atemnot [exhausto]',
`Arimán o Ackermann [granjero]'.
Al leer esta descripción no podemos menos de pensar que con ella se alude a las
muchachitas adolescentes, a las cuales se suele calificar, sin la menor galantería, de
pasitas o atribuir cabecitas de pájaro y de las que se afirma que sólo deben repetir lo que
a otros oyen, descubriendo, además, su incultura con el empleo equivocado de palabras
extranjeras homófonas. El «iMaldito bribón!», única cosa que dicen en serio, significaría
entonces el comentario puesto por ellas al triunfo del joven que ha logrado
impresionarlas. Y, en efecto, varias páginas más adelante tropezamos con unas cuantas
frases de Schreber que confirman nuestra interpretación: «A muchas de estas almas de
pájaros les di humorísticamente, para diferenciarlas, nombres de muchachas, ya que por
su curiosidad y su tendencia a la voluptuosidad podían ser comparadas a muchachitas
apenas adolescentes. Tales nombres femeninos fueron luego aceptados en parte por los
rayos divinos y empleados por ellos para designar a las almas de pájaros
correspondientes.» Esta fácil interpretación de los «pájaros encantados» nos procura,
además, un valioso apoyo para la explicación de las enigmáticas «antesalas del cielo».
No se me oculta que al extender nuestra labor psicoanalítica más allá de los casos
típicos de interpretación nos es preciso usar de tacto exquisito y gran prudencia y que el
lector sólo nos acompaña en cuanto se lo permite la familiaridad que ha Ilegado a
adquirir con la técnica analítica. Hemos, pues, de procurar que a nuestro mayor esfuerzo
de penetración no correspondía una disminución de la seguridad y la credibilidad de
nuestras interpretaciones. En esta situación, unos investigadores extremarán la prudencia
y otros la osadía, y sólo después de muchos tanteos y de un profundo conocimiento del
sujeto se hará posible fijar los límites del derecho a interpretar. En la investigación del
caso de Schreber se me impone la mayor prudencia por el hecho de que la resistencia
desarrollada contra la publicación de las Memorias logró al menos sustraer a nuestro
conocimiento una parte harto considerable del material, y seguramente la más
importante para su inteligencia. Así, el capítulo tercero del libro comienza con un
anuncio prometedor: «Me propongo exponer aquí algunos sucesos acaecidos a otros
miembros de mi familia, los cuales sucesos se relacionan probablemente con el
proyectado asesinato de mi alma, y todos ellos presentan un sello más o menos
enigmático, siendo difícilmente explicables con la sola ayuda de la experiencia
humana.» Pero poco después queda cortado con la frase siguiente: «La continuación del
capítulo ha sido tachada por la censura por considerarla impublicable.» Habré, pues, de
declararme satisfecho si consigo referir con alguna seguridad el nódulo del delirio a un
origen en motivos conocidos y humanos.
Con tal propósito expondremos ahora un detalle del historial patológico del que
no se hace mención alguna en los certificados médicos, aunque el paciente hubo de
presentarlo siempre en primer término. Me refiero a las relaciones de Schreber con su
primer médico, el profesor Flechsig, de Leipzig.
Sabemos ya que el caso de Schreber mostró al principio el sello peculiar de la
manía persecutoria, conservándolo hasta el primer viraje de la enfermedad, cuando el
sujeto se reconcilió ya con la idea de su transformación en mujer. A partir de este
momento, las persecuciones van haciéndose cada vez más soportables, y el hecho de que
la transformación en mujer responda a un fin obediente a las normas del orden universal
mitiga el ultraje que en sí encierra. Pero el autor de todas las persecuciones es Flechsig,
el cual continúa siendo luego su instigador durante todo el curso de la enfermedad.
Sobre el crimen de Flechsig y sobre los motivos que le impulsaron a cometerlo, el
sujeto se expresa siempre con una indeterminación y una inaprehensibilidad que
consideraremos testimonios de una elaboración delirante especialmente intensa, si se nos
permite juzgar la paranoia conforme al modelo del sueño infinitamente mejor conocido.
Flechsig ha asesinado el alma del enfermo o ha intentado un acto equivalente a los
esfuerzos realizados por los demonios para apoderarse de la misma, acto que tenía quizá
sus precedentes en sucesos acaecidos entre miembros ya difuntos de las familias de
Flechsig y de Schreber.
Nos complacería averiguar algo más sobre el sentido de este asesinato del alma,
pero de nuevo hallamos vedado el acceso a las fuentes (pág. 28): «No me es posible
decir más sobre la naturaleza peculiar del asesinato del alma ni tampoco sobre la técnica
del mismo. Únicamente podría añadir (sigue un pasaje impublicable).» A consecuencia
de esta omisión no llegamos a averiguar a qué se alude realmente bajo el nombre de
«asesinato del alma». Más adelante citaremos la única indicación que ha logrado escapar
a la censura.
Sea como fuere, no tardó en iniciarse una evolución del delirio, que transformó las
relaciones del enfermo con Dios sin modificar para nada las que mantenía con Flechsig.
Si hasta entonces sólo en Flechsig había visto a su verdadero enemigo y había
considerado a la omnipotencia divina como su más fiel aliada, a partir de este punto no
pudo rechazar la idea de que el mismo Dios era cómplice, si no instigador, de la
conspiración urdida contra él (pág. 59). Pero Flechsig continuó siendo el tentador a cuya
influencia había sucumbido Dios (pág. 60). Había sabido escalar el cielo con toda su
alma, o por lo menos, con una parte de la misma, y erigirse allí, sin haber tenido que
pasar antes por la muerte y la purificación, en «jefe de los rayos» (pág. 56). El alma de
Flechsig conservó tal categoría, incluso cuando el enfermo se había trasladado ya de la
clínica de Leipzig al sanatorio de Pierson. La influencia del nuevo ambiente se
manifestó luego en el hecho de que el alma de v. W., enfermero jefe de aquel sanatorio,
fue a unirse a la del doctor Flechsig en los delirios del enfermo. El alma de Flechsig
pasó entonces por una «disociación», que alcanzó extraordinaria importancia, pues
durante cierto período Ilegó a dividirse en cuarenta o cincuenta almas parciales, dos de
las cuales, las almas importantes, eran designadas por el sujeto como el «Flechsig
superior» y el «Flechsig medio» (pág. 111). Idéntica conducta siguió el alma de v. W.
(el enfermero jefe). EI enfermo se divertía mucho a veces viendo cómo tales dos almas
disputaban entre sí, a pesar de su alianza, pues el orgullo aristocrático de la de v. W.
chocaba con la pedantería universitaria de la de Flechsig (pág. 113). En las primeras
semanas de su estancia en el sanatorio en Sonnenstein (verano de 1894), entró también
en acción el alma del nuevo médico, el doctor Weber, y poco después se inició aquella
evolución del delirio, en la que el sujeto Ilegó a reconciliarse con la idea de su
transformación en mujer.
Durante esta enfermedad, diagnosticada de hipocondría y que, al parecer, se
mantuvo dentro de los límites de una neurosis, fue Flechsig el médico del sujeto.
Schreber pasó por entonces seis meses en el sanatorio de la Universidad de Leipzig.
Averiguamos que una vez restablecido conservó un excelente recuerdo de su médico:
«Lo principal fue que al fin y al cabo curé por completo, después de un largo viaje de
convalecencia, quedando muy agradecido al profesor Flechsig, al cual manifesté después
mi gratitud, satisfaciéndole cumplidos honorarios y haciéndole una visita.» Es cierto que
luego en sus Memorias no alaba ya Schreber sino con grandes restricciones su primer
tratamiento por Flechsig; pero ello se explica fácilmente por el cambio ulterior de su
actitud con respecto a él. La intensidad de su agradecimiento inicial al médico que le
había curado se deduce claramente de la observación que continúa las palabras
anteriormente transcritas: «Más cordial aún fue el agradecimiento de mi mujer, que veía
en el profesor Flechsig al hombre que le había devuelto a su marido, y tuvo por tal
razón, durante muchos años, su retrato encima de su mesa de escritorio» (pág. 36).
Siéndonos imposible averiguar la motivación de esta primera enfermedad,
motivación cuyo conocimiento habría de sernos indispensable para la explicación de la
segunda, mucho más grave, nos vemos obligados a penetrar ahora a la ventura en un
terreno que nos es desconocido. Sabemos que en el período de incubación de la
enfermedad (entre su nombramiento para Dresden y su toma de posesión, o sea de junio
a octubre de 1893) tuvo el sujeto varios sueños, cuyo contenido era la recaída en su
antigua enfermedad nerviosa. Además, hallándose una mañana en estado de duermevela,
tuvo la sensación de que debía de ser muy hermoso ser una mujer en el momento del
coito. Si relacionamos el contenido de aquellos sueños con el de esta fantasía, habremos
de deducir que con el recuerdo de la enfermedad despertó también el del médico y que la
actitud femenina de la fantasía se refirió desde un principio al mismo. O quizá el sueño
del retorno de la enfermedad tuviese, en general, el sentido de un deseo nostálgico:
«Quisiera volver a ver a Flechsig.» Nuestra ignorancia del contenido psíquico de la
primera enfermedad nos impide avanzar por este camino. Es muy posible que de aquel
estado subsistiese aún una adhesión cariñosa al médico, la cual experimentase ahora, por
razones desconocidas, una intensificación que la elevara a la categoría de inclinación
erótica. Surgió en el acto, desde luego, una indignada repulsa de la fantasía femenina,
impersonal aún -una verdadera «protesta viril», según el término, aunque no en el
sentido, de Alfredo Adler-; pero en la grave psicosis que no tardó en aparecer tal fantasía
femenina se impuso por completo, y basta rectificar un poco la indeterminación
paranoica de las manifestaciones de Schreber para adivinar que el enfermo temía ser
objeto de abusos sexuales por parte del médico mismo. La motivación de esta
enfermedad fue, pues, un avance de la libido homosexual, orientada, probablemente
desde un principio, hacia el doctor Flechsig como objeto, y la resistencia contra este
impulso libidinoso creó el conflicto del que surgieron los fenómenos patológicos.
Durante su última estancia en el sanatorio en Sonnenstein, cuando Dios empezó a
guardar mayores consideraciones al enfermo, tuvo efecto una razzia de aquellas almas
tan desagradablemente multiplicadas, a consecuencia de la cual la de Flechsig subsistió
luego en dos formas y la de v. W. en una. Esta última no tardó luego en desaparecer, y
los dos fragmentos subsistentes del alma de Flechsig, que iban perdiendo lentamente su
inteligencia y su poder, fueron entonces designados por el enfermo como el «Flechsig
posterior» y «el partido del según como sea». Por el prólogo de las Memorias, la «Carta
abierta al doctor Flechsig», sabemos que el alma de este último conservó hasta el final
toda su importancia.
En esta singularísima carta el sujeto expresa la convicción de que el médico que le
trataba había tenido también las mismas visiones que él, habiendo sido objeto de iguales
revelaciones sobre cosas metafísicas, y añade la advertencia de que, por su parte, no
tiene la menor intención de poner en tela de juicio la honorabilidad del mismo. Idéntica
declaración es repetida luego, con toda seriedad y máximo interés, en páginas
posteriores. Se ve claramente que el enfermo se esfuerza en separar el «alma Flechsig»
del individuo vivo en igual nombre; esto es, en separar el Flechsig verdadero del que
aparece en los delirios.
Del estudio de una serie de casos de delirio persecutorio he extraído, y han
extraído otros investigadores, la impresión de que la relación del enfermo con su
perseguidor puede quedar explicada por medio de una sencilla fórmula. La persona a la
que el delirio atribuye tan gran poder y tanta influencia, y en cuyas manos convergen
todos los hilos de la conspiración, es siempre aquella misma que antes de la enfermedad
integraba análoga importancia para la vida sentimental del enfermo, o una sustitución de
ella, fácilmente reconocible como tal. La importancia sentimental es proyectada como
poder exterior y, en cambio, el tono sentimental queda transformado en su contrario. La
persona odiada y temida ahora por su persecución es siempre una persona amada o
respetada antes por el enfermo. La persecución estatuida por el delirio serviría, ante
todo, para justificar la mutación de los sentimientos del sujeto.
Observemos ahora desde este punto de vista las relaciones anteriores del enfermo
con su médico y posterior perseguidor, el doctor Flechsig. Sabemos ya que entre 1884 y
1885 padeció Schreber una primera enfermedad nerviosa, «que transcurrió sin incidente
ninguno de carácter sobrenatural».
Mientras estaba en tal estado, descrito como `hipocondría', y no habiendo
superado su neurosis, Flechsig actuaba como su médico. Por esa época Schreber se
internó por seis meses en la clínica de Leipzig. Sabemos que después de su recuperación
tenía sentimientos cordiales hacia su médico. `El asunto principal era que luego de un
largo período de convalecencia, que lo dediqué a viajar, finalmente me mejoré, por lo
que no debería sentir hacia el profesor Flechsig sino un vivo agradecimiento. Di clara
señal de tal sentimiento tanto en una visita que le hice posteriormente como en lo que
estimé ser un adecuado honorario'. En verdad, las alabanzas de Schreber hacia su primer
tratamiento con Flechsig no estaban carentes de reservas, lo que llega a ser prontamente
comprendido si consideramos que en el intertanto había invertido tal actitud. El pasaje
que anotaremos testimonia el cálido sentimiento hacia el médico que lo trató en forma
tan exitosa: `La gratitud de mi esposa era tal vez, aún más cordial, en tanto veía en el
profesor Flechsig al hombre que le restituyó a su marido, de ahí que conservara por años
su retrato sobre su escritorio'.
Puesto que no podemos Ilegar a tener una comprensión interior sobre las causas
de su primera crisis (conocimiento a no dudar indispensable para dilucidar la segunda y
más grave crisis) tendremos que zambullirnos al azar en una concatenación desconocida
de circunstancias. Durante el período de incubación de su enfermedad, según sabemos
(esto es, entre junio de 1893, cuando fue designado para su nuevo cargo, y octubre
siguiente, cuando tomó posesión de sus labores), soñó reiteradamente que le había
vuelto su antigua enfermedad. Una vez más, estando a medio dormir tuvo el sentimiento
que después de todo sería grato ser una mujer copulando. Los sueños y la fantasía son
relatadas por Schreber en inmediata sucesión. Si nosotros también juntamos sus
contenidos podremos inferir que simultáneamente al recordar su enfermedad recordaba a
su médico, y que la actitud femenina que tomaba en la fantasía correspondía a la original
tenida hacia su médico. O que el sueño de retorno de su enfermedad correspondía a un
echar de menos: `Desearía poder ver a Flechsig de nuevo'. Nuestro desconocimiento del
contenido mental de la primera crisis nos impide proseguir en esa línea. Es posible que
ese episodio dejara tras sí una sentida dependencia hacia su médico, y que ahora, por
razones desconocidas se intensificaba hasta el punto de un deseo erótico. Tal fantasía
femenina, que aún se mantenía en forma impersonal, fue enfrentada por un indignado
repudio -una verdadera `protesta masculina'- en un sentido diferente al de Adler (según
Adler la protesta masculina tiene un rol patogénico en el síntoma, en tanto que en este
caso el paciente protesta contra un síntoma ya constituido cabalmente). Sin embargo, en
el brote psicótico que sobrevino poco después la fantasía femenina ocupó el primer
lugar. Requiere una leve corrección de la indefinición paranoica típica del lenguaje de
Schreber para permitirnos adivinar el hecho que el paciente estaba temeroso de un abuso
sexual a manos del propio médico. La causa estimulante de su enfermedad fue una
irrupción de libido homosexual, y el propio doctor Flechsig fue probablemente el objeto
de tal libido, y fue su lucha contra tales impulsos libidinales la causante del conflicto que
terminó por producir los síntomas.
Haremos alto en este punto ante una poderosa ola de reproches y objeciones que
nos amenaza. Todos aquellos que conocen la Psiquiatría actual esperarían ya verla
aparecer de un momento a otro.
¿No es acaso una ligereza, una indiscreción y una calumnia acusar de
homosexualidad a un hombre de tan relevantes cualidades morales como el magistrado
Schreber? No; el enfermo ha comunicado a sus contemporáneos la fantasía de su
transformación en una mujer, sobreponiéndose, por altos intereses científicos, a toda
consideración personal. Nos ha dado así pleno derecho a ocuparnos de tal fantasía, y su
traducción al lenguaje médico no ha añadido cosa alguna al contenido de la misma. Sí;
pero al obrar así estaba enfermo, y su delirio de ir transformándose en mujer era una
idea morbosa. No lo hemos olvidado. Precisamente lo único de que hemos de ocuparnos
es de la significación y el origen de tal idea morbosa. Nos remitiremos a su propia
diferenciación entre el hombre Flechsig y el «alma Flechsig». Nada le reprochamos: ni
que entrañara impulsos homosexuales ni que se esforzara en reprimirlos. Los psiquíatras
podían aprender mucho de este enfermo viendo cómo dentro de su delirio mismo se
esfuerza en no confundir el mundo de lo inconsciente con el de la realidad.
Pero ¿acaso consta expresamente en alguna parte que la temida transformación en
mujer hubiera de ser en beneficio de Flechsig? Claro que no; pero no es fácil
comprender que en unas Memorias destinadas a la publicidad y en las que no se quería
ofender al hombre «Flechsig» había de eludirse una acusación directa. Ahora bien: los
rodeos que semejante consideración imponen no logran encubrir el verdadero sentido de
la inculpación, la cual se transparenta con toda claridad repetidas veces. Por ejemplo, en
el pasaje siguiente: «De este modo se tramó contra mí un complot (aproximadamente en
marzo o abril de 1894) encaminado, una vez reconocida o supuesta la incurabilidad de
mi enfermedad nerviosa, a entregarme a un hombre, de manera que mi alma quedase
esclavizada por el mismo, y mi cuerpo, transformado antes en un cuerpo femenino,
entregado como tal a dicho hombre para que lo gozase.» Parece superfluo hacer constar
que nunca se nombra a persona ninguna por la que pudiéramos sustituir a Flechsig. Al
final de la estancia del sujeto en la clínica de Leipzig surge en él el temor de ser
«entregado a los enfermeros» para que abusen de él sexualmente. Su actitud femenina
con respecto a Dios, abiertamente reconocida en la evolución posterior del delirio,
desvanece toda posible duda sobre el papel atribuido inicialmente al médico. Otro de los
reproches dirigidos a Flechsig resuena distintamente a través de todo el libro. Flechsig
habría intentado asesinar su alma. Hemos vista ya que tampoco el enfermo sabe
claramente en qué habría de consistir tal asesinato, pero también que se halla
relacionado con detalles íntimos impublicables (cap. III). Un único guión nos permite
aquí seguir adelante: el sujeto intentar aclarar la idea del asesinato del alma por medio
de alusiones al Fausto, de Goethe; al Manfredo, de Byron, y al Freischütz, de Weber, y
uno de estos ejemplos retorna luego en otro pasaje. En efecto, al tratar de la disociación
de Dios en dos personas, Schreber identifica al Dios inferior y al Dios superior con
Arimán y Ormuz, respectivamente (pág. 19), y poco después escribe la siguiente
observación: «Además, el nombre de Arimán aparece relacionado, por ejemplo, en el
Manfredo, de Byron, con el asesinato de un alma.» En el poema byroniano no hay nada
análogo al pacto de Fausto con el demonio, ni el concepto de asesinato de un alma
aparece una sola vez en él; pero su nódulo y su secreto es un incesto fraternal. En este
punto se rompe ya el hilo que nos guiaba.
Reservándonos el derecho de volver, en el curso de este estudio, sobre otras
posibles objeciones, consideraremos suficientemente justificada por ahora nuestra
hipótesis de que la base de la enfermedad de Schreber fue la brusca aparición de un
impulso homosexual. Con esta hipótesis armoniza un detalle del historial patológico,
inexplicable en otra forma: el sujeto sufrió una nueva «recaída nerviosa», decisiva para
el curso de su enfermedad, en una ocasión en que su mujer había decidido ausentarse por
breve plazo para atender al cuidado de su propia salud, pues hasta entonces había
permanecido a su lado todo el tiempo que el régimen interior del sanatorio lo permitía. A
su vuelta, después de una ausencia de cuatro días, le encontró lamentablemente
transformado; tanto, que él mismo no deseaba ya verla. «Pasé por entonces una noche
decisiva para mi ruina espiritual, pues durante ella tuve un número extraordinario de
poluciones (quizá media docena)» (pág. 44). No es difícil adivinar que sólo de la
presencia de su mujer podía extraer el sujeto influencias contrarias a la atracción de los
hombres que le rodeaban, y teniendo en cuenta que las poluciones no son jamás posibles
en el adulto sin una participación anímica, habremos de añadir a las de aquella noche
toda una serie de fantasías homosexuales que permanecieron inconscientes.
Ignorando todo detalle de la histeria anterior a su enfermedad, no podemos
adivinar por qué tal explosión de la libido homosexual surgió en el paciente
precisamente en el intervalo entre su nombramiento para Dresden y su traslado allí. En
general, el hombre oscila durante toda su vida entre sentimientos heterosexuales y
homosexuales, y la privación o el desencanto en uno de tales sectores le impulsa hacia el
otro. Nada de esto conocemos en cuanto a Schreber, pero no queremos dejar de llamar la
atención de nuestros lectores sobre un factor somático muy digno de tenerse en cuenta.
Schreber tenía en esta época cincuenta y un años, encontrándose, por tanto, en aquella
edad crítica para la vida sexual, en la cual, y después de una intensificación anterior,
experimenta la función sexual de la mujer una regresión, de cuya influencia no parece
tampoco estar excluido el hombre. Hay, pues, también para el hombre una edad
climatérica, con su disposición consecutiva a la enfermedad.
Imagino muy bien cuán aventurada ha de parecer la hipótesis de que un
sentimiento de simpatía hacia un médico pueda aparecer de pronto, altamente
intensificado, ocho años después y provocar una perturbación anímica tan grave. Pero, a
mi juicio, no tenemos derecho a rechazar una tal hipótesis sólo por su inverosimilitud
interna y sin comprobar antes hasta dónde puede conducirnos. La inverosimilitud puede
ser tan sólo provisional y proceder de que la hipótesis de que se trate no se halle aún
integrada en proceso lógico ninguno, siendo tan sólo la primera con que nos acercamos
al problema. Para aquellos que no sepan mantener en suspenso su juicio y encuentren
totalmente inaceptable nuestra hipótesis señalaremos una posibilidad que la despoja por
completo de su carácter desconcertante. La simpatía hacia el médico puede proceder
fácilmente de un «proceso de transferencia» por el cual haya quedado desplazada sobre
la persona, indiferente en realidad, del médico la carga de afecto dada en el enfermo en
cuanto a otra persona verdaderamente importante para él, de manera que el médico
aparezca elegido como sustituido o subrogado de alguien más próximo al sujeto. O más
concretamente aún: la personalidad del médico hubo de recordar al enfermo la de su
hermano o su padre, a los que de este modo volvió a encontrar en él, y entonces no tiene
nada de extraño que en determinadas circunstancias vuelva luego a aparecer en él la
nostalgia de aquella persona sustitutiva y actúe con una violencia sólo explicable por su
origen y por su significación primaria.
Para el mejor éxito de esta tentativa de explicación sería interesante saber si al
enfermar el sujeto vivía aún su padre, si había tenido algún hermano y si el mismo se
hallaba por entonces entre los vivos o entre los difuntos. Me satisfizo, pues, encontrar en
las Memorias, después de una larga rebusca, un pasaje en el cual el enfermo resuelve
tales dudas (pág. 442): «La memoria de mi padre y mi hermano me es tan sagrada
como…» Así, pues, ambos habían muerto ya en la época de la segunda enfermedad y
acaso cuando la primera.
No creo que debamos resistirnos más contra la hipótesis de que el motivo de la
enfermedad fue la aparición de una fantasía optativa femenina (homosexual pasiva) que
tenía su objeto en la persona del médico. Contra tal fantasía se alzó, por parte de la
personalidad de Schreber, una intensa resistencia, y la defensa, que quizá hubiera podido
adoptar otras formas distintas, escogió, por razones que desconocemos, la del delirio
persecutorio. El hombre añorado se convirtió en perseguidor, y el contenido de la
fantasía optativa, en el de la persecución. Sospechamos que también en cuanto a otros
casos de delirio persecutorio ha de demostrarse aplicable esta interpretación
esquemática. Pero el de Schreber se distingue de los demás en su evolución y en las
transformaciones que durante ella experimenta.
La primera de tales transformaciones consiste en la sustitución de Flechsig por la
propia persona de Dios, y al principio parece suponer una agudización del conflicto y un
incremento de la persecución, ya intolerable; pero no tardamos en ver que en realidad
prepara la segunda transformación, y con ella, la solución del conflicto. Si era totalmente
imposible que el enfermo se reconciliara con la idea de verse convertido en mujer y
prostituido al médico, la misión de ofrecer a Dios la voluptuosidad que el mismo busca
no tropieza con la misma resistencia del yo. La transformación en mujer no es ya un
ultraje, sino algo impuesto por la «ordenación del Universo», entra en una magna
continuidad cósmica y tiene por objeto una nueva creación de la humanidad desgraciada.
«Hombres nuevos creados por el espíritu de Schreber» venerarán en aquel infeliz
perseguidor a su glorioso antepasado. Queda hallado así un expediente que satisface a
las dos partes en conflicto. El yo es compensado por la manía de grandezas, y la fantasía
optativa femenina se impone, habiéndose hecho aceptable. La lucha y la enfermedad
pueden ya cesar. Sólo que la aprehensión de la realidad, robustecida entre tanto, obliga a
desplazar a un lejano futuro la solución; esto es, a satisfacer con una realización que
pudiéramos denominar «asintótica», del deseo. La transformación en mujer tendrá efecto
en épocas muy lejanas y la personalidad del doctor Schreber permanecerá indestructible
hasta entonces.
En los tratados de Psiquiatría se habla frecuentemente de una transformación del
delirio persecutorio en delirio de grandezas conforme a la trayectoria siguiente: El
enfermo atacado primariamente por el delirio de ser perseguido por magnos poderes
siente la necesidad de explicarse tal persecución y llegar así a suponer que él mismo es
una elevada personalidad digna de tanto interés. La aparición del delirio de grandezas
queda así atribuida a un proceso al cual damos nosotros el nombre de «racionalización»,
utilizando un acertado término de E. Jones. Pero, a nuestro juicio, no es nada psicológico
atribuir a una racionalización consecuencias tan intensamente afectivas, y queremos
hacer constar, por tanto, que nuestra opinión es muy distinta de esta que mencionan los
tratados de Psiquiatría. Ante todo no afirmamos conocer la fuente del delirio de
grandezas.