La metamorfosis de la pubertad

3.- LA METAMORFOSIS DE LA PUBERTAD
CON el advenimiento de la pubertad comienzan las transformaciones que han de
llevar la vida sexual infantil hacia su definitiva constitución normal. El instinto sexual,
hasta entonces predominantemente autoerótico, encuentra por fin el objeto sexual. Hasta
este momento actuaba partiendo de instintos aislados y de zonas erógenas que,
independientemente unas de otras, buscaban como único fin sexual determinado placer.
Ahora aparece un nuevo fin sexual, a cuya consecución tienden de consumo todos los
instintos parciales, al paso de las zonas erógenas se subordinan a la primacía de la zona
genital. Dado que el nuevo fin sexual determina funciones diferentes para cada uno de
los dos sexos las evoluciones sexuales respectivas divergirán considerablemente. La del
hombre es la más consecuente y la más asequible a nuestro conocimiento mientras que
en la de la mujer aparece una especie de regresión. La normalidad, de la vida sexual se
produce por la confluencia de las dos corrientes dirigidas sobre el objeto sexual y el fin
sexual, la de ternura y la de sensualidad, la primera de las cuales acoge en sí lo que resta
del florecimiento infantil de la sexualidad, constituyendo este proceso algo como la
perforación de un túnel comenzada por ambos extremos simultáneamente.
El nuevo fin sexual, consistente, en el hombre, en la descarga de los productos
sexuales, no es totalmente distinto del antiguo fin que se proponía tan sólo la
consecución del placer, pues precisamente a este acto final del proceso sexual se enlaza
un máximo placer. El instinto sexual se pone ahora al servicio de la función
reproductora; puede decirse que se hace altruista. Para que esta transformación quede
perfectamente conseguida tiene que ser facilitada por la disposición original y por todas
las peculiaridades del instinto.
Como siempre que en el organismo han de establecerse nuevas síntesis y
conexiones para formar un complicado mecanismo, aparece también aquí el peligro de
perturbaciones morbosas por defectuosa constitución de estos nuevos órdenes. Todas las
perturbaciones morbosas de la vida sexual pueden considerarse justificadamente como
inhibición del desarrollo.
(1) PRIMACÍA DE LAS ZONAS GENITALES Y PLACER PRELIMINAR
Ante nuestros ojos aparecen claramente el punto inicial y el final del proceso
evolutivo descrito; pero las transiciones merced a las cuales va constituyéndose este
desarrollo permanecen todavía en la oscuridad y tendremos que dejar sin resolver más
de un problema con ellas ligado.
Se ha escogido como lo esencial en los procesos de la pubertad lo más singular de
los mismos; esto es, el manifiesto crecimiento de los genitales exteriores que durante el
período de latencia de la niñez había quedado interrumpido hasta cierto punto.
Simultáneamente, el desarrollo de los genitales internos ha avanzado tanto que pueden
ya ser capaces de proporcionar productos sexuales, o, en el sexo femenino, acogerlos
para la formación de un nuevo ser. De esta manera queda constituido un complicado
aparato que espera su utilización.
Este aparato debe ser puesto en actividad por estímulos apropiados, los cuales
pueden llegar a él por tres caminos diferentes: partiendo del mundo exterior, por
excitación de las zonas erógenas que ya conocemos; del interior orgánico, por caminos
que aún han de ser investigados, y de la vida anímica, que constituye un almacén de
impresiones exteriores y una estación receptora de estímulos internos. Por todos estos
tres caminos puede surgir la misma cosa: un estado que se denomina «excitación
sexual» y se manifiesta por signos de dos géneros: anímicos y somáticos. Los signos
anímicos consisten en una peculiar sensación de tensión, de un carácter altamente
apremiante. Entre los diversos signos físicos aparece, en primer término, una serie de
transformaciones de los genitales que tienen un sentido indudable, el de hallarse éstos
dispuestos al acto sexual; o sea, preparados para su ejecución (erección del miembro
viril y lubricación de la vagina).
La tensión sexual.- El carácter de tensión de la excitación sexual plantea un
problema, cuya solución se muestra tan difícil como importante sería para la inteligencia
de los procesos sexuales. A pesar de la diversidad de opiniones reinante sobre esta
cuestión en la Psicología moderna, he de mantener mi aserto de que una sensación de
tensión tiene que ser de carácter displaciente. Prueba de ello es que tal sensación trae
consigo un impulso a modificar la situación psicológica, cosa totalmente opuesta a la
naturaleza del placer. Pero si se cuenta la tensión de la excitación sexual entre las
sensaciones displacientes se tropieza en seguida con que dicha tensión es sentida como
un placer. La tensión provocada por los procesos sexuales aparece siempre acompañada
de placer, e incluso, las modificaciones preparatorias del aparato genital traen consigo
una especie de satisfacción. ¿Cómo conciliar, entonces, la tensión displaciente con la
sensación de placer?
Todo lo que se enlaza al problema del placer y el dolor toca en uno de los puntos
más sensibles de la Psicología moderna. Procuraremos extraer del examen del caso
particular aquí planteado la mayor suma de datos posibles, sin abarcar el problema en su
totalidad. Consideremos primero la forma en que las zonas erógenas se someten al
nuevo orden. Como ya sabemos, desempeñan en la iniciación de la excitación sexual un
papel muy importante. Los ojos, que forman la zona erógena más alejada del objeto
sexual, son también la más frecuentemente estimulada en el proceso de la elección por
aquella excitación especial que emana de la belleza del objeto, a cuyas excelencias
damos, así, el nombre de «estímulos» o «encantos». Esta excitación origina, al mismo
tiempo que un determinado placer, un incremento de la excitación sexual o un
llamamiento a la misma. Si a esto se añade la excitación de otra zona erógena, por
ejemplo, de la mano que toca, el efecto es el mismo: una sensación de placer,
incrementada en seguida por el placer producido por las transformaciones preparatorias,
y, simultáneamente, una nueva elevación de la tensión sexual, que se convierte pronto en
un displacer claramente perceptible cuando no le es permitido producir nuevo placer.
Más transparente es aún otro caso: cuando, por ejemplo, en una persona no excitada
sexualmente se estimula una zona erógena por medio de un tocamiento. Este tocamiento
hace surgir una sensación de placer; pero al mismo tiempo es más apto que ningún otro
proceso para despertar la excitación sexual que demanda una mayoración de placer. El
problema está en cómo el placer experimentado hace surgir la necesidad de un placer
mayor (es tocar el pecho de una mujer).
Mecanismo del placer preliminar.- Claramente aparece el papel desempeñado en
esta cuestión por la zonas erógenas. Lo que era aplicable a una puede aplicarse a las
demás. Todas ellas son utilizadas para producir, bajo un estímulo apropiado,
determinada aportación de placer, de la cual surge la elevación de la tensión, que por su
parte debe hacer surgir la energía motora necesaria para llevar a término el acto sexual.
La penúltima fase del mismo es, nuevamente, la apropiada excitación de una zona
erógena, de la zona genital misma en el glans penis, por el objeto más apropiado para
ello; esto es, la mucosa vaginal; bajo el placer que esta excitación produce se gana
ahora, por caminos reflejos, la energía motora necesaria para hacer brotar la materia
seminal. Este último placer es el de mayor intensidad y se diferencia de los demás en su
mecanismo, siendo producido totalmente por una descarga y constituyendo un placer de
satisfacción, con el cual se extingue temporalmente la tensión de la libido.
No me parece injustificado fijar por medio de un término especial esta diferencia
esencial entre el placer producido por la excitación de las zonas erógenas y el producido
por la descarga de la materia sexual. El primero puede ser denominado apropiadamente
placer preliminar, en oposición al placer final o placer satisfactorio de la actividad
sexual. El placer preliminar es el mismo que ya hubieron de provocar, aunque en menor
escala, los instintos sexuales infantiles. El placer final es nuevo y, por tanto, se halla
ligado probablemente a condiciones que no han aparecido hasta la pubertad. La fórmula
para la nueva función de las zonas erógenas sería la siguiente: son utilizadas para hacer
posible la aparición de mayor placer de satisfacción por medio del placer preliminar que
producen y que se iguala al que producían en la vida infantil.
Hace poco tiempo he podido explicar otro ejemplo, perteneciente a un sector
psíquico totalmente distinto, y en el cual un mayor efecto de placer era conseguido por
medio de una sensación menor, que actuaba como cebo. También allí teníamos ocasión
de aproximarnos a la esencia del placer.
Peligros del placer preliminar.- La conexión del placer preliminar con la vida
sexual infantil queda corroborada por la función patógena que el primero puede ejercer.
El mecanismo en que está incluido el placer preliminar entraña un peligro para la
consecución del fin sexual normal; peligro que aparece cuando en un momento
cualquiera de los procesos sexuales preparatorios resulta el placer preliminar demasiado
grande, y su parte de tensión, demasiado pequeña. En este caso desaparece la energía
instintiva necesaria para llevar a cabo o continuar el proceso sexual; el camino se acorta,
y la acción preparatoria correspondiente se sustituye al fin sexual normal. La práctica
psicoanalítica nos ha revelado que esta sustitución indeseable tiene como premisa un
excesivo aprovechamiento anterior de la zona erógena o el instinto parcial
correspondiente, para la consecución de placer, durante la infancia. Si a esta premisa
infantil se agregan luego otros factores que tiendan a crear una fijación, surgirá
fácilmente una coerción de carácter obsesivo, que se opondrá a la inclusión del placer
preliminar de que se trate en un nuevo mecanismo. Muchas perversiones no son, en
efecto, sino tal detención en los actos preparatorios del proceso sexual.
La mejor garantía para este fallo del mecanismo sexual por la acción del placer
preliminar estaría en una preformación infantil de la primacía de la zona genital. Esta
primacía puede comenzar a indicarse en la segunda infancia (entre los ocho años y la
pubertad). Las zonas genitales se conducen ya en esta época casi del mismo modo que
en la madurez, apareciendo como substracto de excitaciones y de modificaciones
preparatorias al ser experimentado un placer procedente de la satisfacción de otras zonas
erógenas, aunque tales efectos carezcan aún de todo fin; eso es, no aporten nada
conducente a la continuación del proceso sexual. Así, pues, ya en los años infantiles
surge en el placer de satisfacción una cierta tensión sexual, si bien menos constante y
más limitada. Se nos hace ahora comprensible cómo al tratar de las fuentes de la
sexualidad pudimos afirmar justificadamente que el proceso de que venimos tratando
actuaba produciendo una satisfacción sexual y, al mismo tiempo, como excitante sexual.
Por último, observamos también que en un principio exageramos las diferencias entre la
vida sexual infantil y la del adulto, debiendo ahora rectificar tales exageraciones. Las
manifestaciones infantiles de la sexualidad no determinan tan sólo las desviaciones, sino
también la estructura normal de la vida sexual del adulto.
(2) EL PROBLEMA DE LA EXCITACIÓN SEXUAL
Hemos dejado sin aclarar el origen y la esencia de la tensión sexual, que surge
simultáneamente con el placer en la satisfacción de las zonas erógenas. La hipótesis más
próxima, o sea, la de que esta tensión surja del mismo placer, no sólo es por sí mismo
inverosímil, sino que sucumbe a la observación de que en el máximo placer, o sea, el
ligado a la descarga de los productos sexuales, no se produce tensión ninguna, sino que,
por el contrario, cesa ésta en absoluto. El placer y la tensión sexuales no pueden, por
tanto, estar ligados más que de un modo indirecto.
Función de las materias sexuales.- Además de que normalmente sólo la descarga
de las materias sexuales pone fin a la excitación sexual, existen otros puntos de apoyo
para relacionar la tensión sexual con los productos sexuales. En una vida continente
acostumbra el aparato sexual descargarse de la materia sexual en períodos variables,
pero no totalmente irregulares; descarga que va acompañada de una sensación de placer
y tiene lugar durante una alucinación onírica nocturna, cuyo contenido es el acto sexual.
En este proceso -la polución nocturna-es difícil negarse a reconocer que la tensión
sexual, que sabe hallar como sustitutivo del acto sexual el corto camino alucinatorio, es
una función de la acumulación de semen en el continente de los productos sexuales. En
el mismo sentido testimonian las experiencias hechas sobre el agotamiento del
mecanismo sexual. Cuando el acopio de semen se agota, no sólo es imposible la
ejecución del acto sexual, sino que también falla la excitabilidad de las zonas erógenas,
cuyo apropiado estímulo es incapaz entonces de producir placer. De este modo vemos
que hasta para la excitabilidad de las zonas erógenas es imprescindible un determinado
grado de tensión sexual.
Nos vemos, pues, impulsados a aceptar la hipótesis -que si no me equivoco está
muy generalmente difundida- de que la acumulación de las materias sexuales crea y
mantiene la tensión sexual quizá por el hecho de que la presión de estos productos sobre
las paredes de los continentes actúa como estímulo sobre un centro medular, el cual
transmite su excitación a centros superiores, surgiendo entonces en la consciencia la
sensación de tensión. Si la excitación de las zonas erógenas eleva la tensión, ello tiene
que suceder en razón a que dichas zonas están en una previa conexión anatómica con
estos centros, en los que elevan el grado de la excitación, poniendo en marcha el acto
sexual cuando la excitación es suficiente o estimulando cuando no lo es la producción de
las materias sexuales.
El punto débil de esta teoría, aceptada por Krafft-Ebing en su descripción de los
procesos sexuales, está en que, habiendo sido construida para explicar la actividad
sexual del hombre adulto, dedica escasa atención a tres circunstancias, cuya explicación
debería igualmente proporcionar. Son estas circunstancias las que se dan en la mujer, en
el niño y en el castrado masculino. En estos tres casos no existe, en el mismo sentido
que en el hombre, una acumulación de productos sexuales, lo cual quita valencia general
a la teoría. Quizá puedan encontrarse, sin embargo, datos que permitan incluir en ellas
estos casos. De todos modos queda indicado que no se debe atribuir al efecto de la
acumulación de productos sexuales funciones para las que parece incapaz.
Valoración de los órganos sexuales internos.- De observaciones verificadas en
algunos castrados masculinos, en los que excepcionalmente la libido no había
experimentado modificación ninguna tras de la castración, parece poder deducirse que la
excitación sexual puede ser en un grado importante independiente de la producción de
materiales sexuales. Además, es ya muy conocido que enfermedades que han destruido
la producción de células sexuales masculinas han dejado intactas la libido y la potencia
del individuo, no produciendo en el mismo más efecto que la esterilidad. No es tan
maravilloso, como supone C. Rieger, el que la pérdida de las glándulas seminales
masculinas en la edad madura pueda tener lugar sin producir influencia ninguna sobre la
conducta psíquica del individuo. La castración efectuada en épocas anteriores a la
pubertad se acerca, en cambio, en sus resultados, a una desaparición de los caracteres
sexuales; mas, también en esto pudiera influir, además de la pérdida de las glándulas
sexuales, una detención en el desarrollo de otros factores, ligado con la desaparición de
aquéllas.
Teoría química.- Los experimentos verificados en animales vertebrados,
efectuando la ablación de las glándulas seminales (testículos y ovarios), y el
correspondiente injerto de nuevos órganos de este género (Lipschütz, 1919, locus citato,
pág. 13) han aclarado, por fin, parcialmente el origen de la excitación sexual,
rechazando aún más la importancia de una supuesta acumulación de los productos
sexuales celulares. Ha sido posible realizar así el experimento (E. Steinach) de
transformar un macho en hembra, y viceversa, experimento en el cual la conducta
psicosexual del animal se transforma al mismo tiempo y en igual sentido que sus
caracteres sexuales somáticos. Esta influencia determinante sexual no es sin embargo,
atribuible a la glándula seminal, que produce las células específicas sexuales
(espermatozoo-óvulo), sino al tejido intersticial de la misma, el cual ha sido denominado
«glándula de la pubertad». Es muy posible que investigaciones subsiguientes descubran
que la glándula de la pubertad posee normalmente una disposición hermafrodita, con la
cual quedaría fundamentada automáticamente la teoría de la bisexualidad de los
animales superiores, y ya es, por el momento muy verosímil que no sea esta glándula el
único órgano relacionado con la producción de la excitación sexual y los caracteres
sexuales. De todos modos, este nuevo descubrimiento biológico se relaciona con el
anteriormente verificado sobre la significación de la glándula tiroides para la sexualidad.
Debemos, pues, creer que en la parte intersticial de las glándulas seminales se producen
materias químicas especiales, que son acogidas por la corriente sanguínea, produciendo
la carga de tensión sexual de determinadas partes del sistema nervioso central. Nos son
ya conocidos varios ejemplos de tal transformación de una excitación tóxica, producida
por sustancias tóxicas, introducidas en el organismo, en una excitación especial de un
órgano. Cómo se origina la excitación sexual por estimulación de las zonas erógenas,
dada una previa carga de los aparatos centrales, y qué mezcla de efectos excitantes,
puramente tóxicos o fisiológicos, aparecen en estos procesos sexuales, es cosa de la que
no podemos tratar ni siquiera hipotéticamente, pues no constituye una labor que pueda
emprenderse por ahora. Como esencial para esta concepción de los procesos sexuales
nos bastará por el momento la hipótesis de la existencia de materias especiales derivadas
del metabolismo sexual. Esta concepción, aparentemente caprichosa, está apoyada por
un conocimiento poco tenido en cuenta pero muy digno de que se le dé mayor
importancia: aquellas neurosis que sólo pueden ser referidas a perturbaciones de la vida
sexual muestran la mayor analogía clínica con los fenómenos de intoxicación y
abstinencia, consecutivos a la ingestión habitual de materias tóxicas productoras de
placer (alcaloides).
(3) LA TEORÍA DE LA LIBIDO(*)
Estas hipótesis sobre el fundamento químico de la excitación sexual se hallan de
perfecto acuerdo con las representaciones auxiliares que hubimos de crear para llegar a
la comprensión de las manifestaciones psíquicas de la vida sexual. Hemos fijado el
concepto de la libido como una fuerza cuantitativamente variable, que nos permite medir
los procesos y las transformaciones de la excitación sexual. Separamos esta libido, por
su origen particular, de la energía en que deben basarse los procesos anímicos, y, por
tanto, le atribuimos también un carácter cualitativo. En la distinción entre energías
psíquicas libidinosas y otras de carácter distinto expresamos la suposición de que los
procesos sexuales del organismo se diferencian, por un quimismo particular, de los
procesos de la nutrición. El análisis de las perversiones y psiconeurosis nos ha llevado al
conocimiento de que esta excitación sexual no es producida únicamente por los órganos
llamados sexuales, sino por todos los del cuerpo. Construimos, por tanto, la idea de un
libidoquantum, cuya representación psíquica denominamos «libido del yo» (ichlibido), y
cuya producción, aumento, disminución, distribución y desplazamiento deben
ofrecernos las posibilidades de explicación de los fenómenos psicosexuales observados.
Esta libido del yo no aparece cómodamente asequible al estudio analítico más que
cuando ha encontrado su empleo psíquico en el revestimiento de objetos sexuales; esto
es, cuando se ha convertido en «libido del objeto». La vemos entonces concentrarse en
objetos, fijarse en ellos, o en ocasiones abandonándolos trasladándose de unos a otros, y
dirigiendo desde estas posiciones la actividad sexual del individuo, que conduce a la
satisfacción; esto es, a la extensión parcial y temporal de la libido. El psicoanálisis de las
llamadas neurosis de transferencia (histeria y neurosis obsesiva) nos permite hallar aquí
un fijo y seguro conocimiento.
De los destinos de la libido del objeto podemos aún averiguar que es retirada de
los objetos, quedando flotante en determinados estados de tensión, hasta recaer de nuevo
en el yo, de manera a volver a convertirse en libido del yo. Esta libido del yo la
denominamos, en oposición a la del objeto, libido «narcisista». Desde el psicoanálisis
miramos como desde una frontera, cuya transgresión no nos está permitida, la actuación
de la libido narcisista y nos formamos una idea de su relación con la del objeto. La
libido del yo o libido narcisista aparece como una gran represa de la cual parten las
corrientes de revestimiento del objeto y a la cual retornan. El revestimiento del yo por la
libido narcisista se nos muestra como el estado original, que aparece en la primera
infancia y es encubierto por las posteriores emanaciones de la libido, pero que en
realidad permanece siempre latente detrás de las mismas.
La misión de una teoría de las perturbaciones neuróticas y psicóticas, fundada en
el concepto de la libido, debe ser expresar todos los fenómenos y procesos observados
en los términos de la economía de la misma. Es fácil adivinar que los destinos de la
libido del yo alcanzarán en tal teoría la máxima importancia, especialmente en aquellos
casos en que se trate de la explicación de las más profundas perturbaciones psicóticas.
La dificultad aparece en el hecho de que el instrumento de nuestras investigaciones -el
psicoanálisis-no nos proporciona, por lo pronto, datos seguros más que sobre las
transformaciones de la libido del objeto, pero no es capaz de separar la libido del yo de
las otras energías actuantes en el mismo. Una continuación de la teoría de la libido es en
consecuencia sólo posible, por lo pronto, en un camino especulativo; pero sería
renunciar a todo lo ganado por medio de la observación psicoanalítica si, conforme a lo
expuesto por C. G. Jung, se huyese del concepto mismo de la libido, haciéndola
coincidir con la fuerza instintiva psíquica.
La separación de las emociones instintivas sexuales de las demás y, por tanto, la
limitación de las primeras del concepto de la libido, encuentra fuerte apoyo en la
hipótesis antes discutida de un quimismo especial de la función sexual.
(4) DIFERENCIACIÓN DE LOS SEXOS
Sabido es que hasta la pubertad no aparece una definida diferenciación entre el
carácter masculino y el femenino, antítesis que influye más decisivamente que ninguna
otra sobre el curso de la vida humana. Sin embargo, las disposiciones masculina y
femenina resultan ya claramente reconocibles en la infancia. El desarrollo de los diques
sexuales (pudor, repugnancia, compasión, etc.) aparece en las niñas más tempranamente
y encontrando una resistencia menor que en los niños. Asimismo, es en las niñas mucho
mayor la inclinación a la represión sexual, y cuando surgen en ellas instintos parciales
de la sexualidad escogen con preferencia la forma pasiva. La actividad autoerótica de las
zonas erógenas es en ambos sexos la misma, y por esta coincidencia falta en los años
infantiles una diferenciación sexual tal y como aparece después de la pubertad. Con
referencia a las manifestaciones sexuales autoeróticas y masturbaciones pudiera decirse
que la sexualidad de las niñas tiene un absoluto carácter masculino, y si fuera posible
atribuir un contenido más preciso a los conceptos «masculino» y «femenino», se podría
también sentar la afirmación de que la libido es regularmente de naturaleza masculina,
aparezca en el hombre o en la mujer e independientemente de su objeto, sea éste el
hombre o la mujer.
Desde que llegamos al conocimiento de la teoría de la bisexualidad consideramos
este factor como el que aquí ha de darnos la pauta, y opinamos que sin tener en cuenta la
bisexualidad no podrá llegarse a la inteligencia de las manifestaciones sexuales
observables en el hombre y en la mujer.
Zonas directivas en el hombre y en la mujer.- Sentado esto, sólo añadiremos las
siguientes observaciones: en la niña, la zona erógena directiva es el clítoris, localización
homóloga a la de la zona erógena directiva masculina en el glande. Todo lo que he
podido investigar sobre la masturbación en las niñas se refería exclusivamente al clítoris
y no a las otras partes de los genitales exteriores, importante para las funciones sexuales
posteriores. Dudo que la niña, bajo la influencia de la seducción o de la corrupción,
llegue a otra cosa que a la masturbación clitoridiana, y si esto sucede alguna vez, ello
constituye una rara excepción. Las descargas espontáneas de la excitación sexual, tan
frecuentes en las niñas, se manifiestan en contracciones del clítoris, y las frecuentes
erecciones del mismo hacen posible a la niña el juzgar acertadamente y sin indicación
alguna exterior las manifestaciones sexuales del sexo contrario, transfiriendo
simplemente al sexo masculino las sensaciones de sus propios procesos sexuales.
Si se quiere comprender la evolución que convierte a la niña en mujer tiene que
seguirse el camino recorrido por esta excitabilidad del clítoris. La pubertad, que produce
en el niño aquel grave avance de la libido de que ya tratamos, se caracteriza en la niña
por una nueva ola de represión que recae precisamente sobre la sexualidad clitoridiana.
Lo que sucumbe a la represión es un trozo de vida sexual masculina. La fortificación de
los obstáculos sexuales creada por esta represión de la pubertad en la mujer constituye
después un estímulo más para la libido del hombre y obliga a la misma a elevar sus
rendimientos. Con el grado de la libido se eleva entonces también la sobrevaloración
sexual, que recae con toda su fuerza en la mujer que se niega al hombre y rechaza su
propia sexualidad. El clítoris conserva entonces el papel de cuando es excitado en el por
fin consentido acto sexual, transmitir esta excitación a los órganos femeninos vecinos,
así como una astilla de pino es utilizada para transmitir el fuego a la demás leña, más
difícil de prender. Con frecuencia es necesario determinado tiempo para que llegue a
verificarse por completo esta transferencia, y durante esta época la joven permanece
totalmente anestésica. Esta anestesia puede ser duradera cuando la zona clitoridiana se
niega a transmitir su excitabilidad, cosa que sucede cuando durante los años infantiles ha
sido excesiva su actividad erógena. Conocido es que la anestesia en la mujer es, con
frecuencia, sólo aparente y local. Son anestésicas en la entrada de la vagina, pero en
ningún modo inexcitables en el clítoris y hasta en otras zonas. A estas causas erógenas
de la anestesia se juntan después las psíquicas, igualmente determinadas por represión.
Cuando la transferencia de la excitabilidad erógena desde el clítoris a la entrada de
la vagina queda establecida, ha cambiado la mujer la zona directiva de su posterior
actividad sexual, mientras que el hombre conserva la suya sin cambio alguno desde la
niñez. En este cambio de las zonas erógenas directivas así como en el avance represivo
de la pubertad que, echa a un lado la virilidad infantil, yacen las condiciones principales
para la facilidad de adquisición de la neurosis por la mujer, especialmente de la histeria.
Estas condiciones están ligadas, por tanto, íntimamente con la esencia de la femineidad.
(5) EL HALLAZGO DE OBJETO
Mientras que por los procesos de la pubertad queda fijada la primacía de las zonas
erógenas, y la erección del miembro viril indica apremiantemente al sujeto el nuevo fin
sexual, esto es, la penetración en una cavidad excitadora de la zona genital, tiene lugar
en los dominios psíquicos el hallazgo de objeto, momento que se ha venido preparando
desde la más temprana niñez. Cuando la primitiva satisfacción sexual estaba aún ligada
con la absorción de alimentos, el instinto sexual tenía en el pecho materno un objeto
sexual exterior al cuerpo del niño. Este objeto sexual desaparece después, y quizá
precisamente en la época en que fue posible para el niño construir la representación total
de la persona a la cual pertenecía el órgano productor de satisfacción. El instinto sexual
se hace en este momento autoerótico, hasta que, terminado el período de latencia, vuelve
a formarse la relación primitiva. No sin gran fundamento ha llegado a ser la succión del
niño del pecho de la madre modelo de toda relación erótica. El hallazgo de objeto no es
realmente más que un retorno al pasado.
Objeto sexual de la época de lactancia.- De estas primeras y más importantes
relaciones sexuales queda gran parte como resto, después de separada la actividad
sexual, de la alimentación. Este resto prepara la elección del objeto; esto es, ayuda a
volver a constituir la felicidad perdida. Durante todo el período de latencia aprende el
niño a amar a las personas que satisfacen sus necesidades y le auxilian en su carencia de
adaptación a la vida. Y aprende a amarlas conforme al modelo y como una continuación
de sus relaciones de lactancia con la madre o la nodriza. Quizá no se quiera aceptar el
hecho de que el tierno sentimiento y la estimación del niño hacia las personas que le
cuidan haya de identificarse con el amor sexual; pero, en mi opinión, una investigación
psicológica cuidadosa fijará siempre y sin dejar lugar a dudas esta identidad. La relación
del niño con dichas personas es para él una inagotable fuente de excitación sexual y de
satisfacción de las zonas erógenas. La madre, sobre todo, atiende al niño con sentimiento
procedente de su propia vida sexual, y le acaricia, besa y mece tomándole claramente
como sustitutivo de un completo objeto sexual.
La madre se horrorizaría probablemente al conocer esta explicación y ver que con
su ternura despierta el instinto sexual de su hijo y prepara su posterior intensidad.
Considera sus actos como manifestaciones de «puro» amor asexual, puesto que evita con
todo cuidado excitar los genitales del niño más de los imprescindiblemente necesario al
proceder a la higiene de su cuerpo. Pero el instinto sexual no es tan sólo despertado por
excitaciones de la zona genital. Lo que llamamos ternura exteriorizará notablemente un
día el efecto ejercido sobre las zonas erógenas. Si la madre comprendiera mejor la alta
significación del instinto para la total vida psíquica y para todas las funciones éticas y
anímicas, no se haría ningún reproche aun cuando admitiera totalmente nuestra
concepción. Enseñando a amar a su hijo, no hace más que cumplir uno de sus deberes.
El niño tiene que llegar a ser un hombre completo, con necesidades sexuales enérgicas, y
llevar a cabo durante su vida todo aquello a lo que el instinto impulsa al hombre. Un
exceso de ternura materna quizá sea perjudicial para el niño por acelerar su madurez
sexual, acostumbrarle mal y hacerle incapaz, en posteriores épocas de su vida, de
renunciar temporalmente al amor o contentarse con una pequeña parte de él. Los niños
que demuestran ser insaciables en su demanda de ternura materna presentan con ello uno
de los más claros síntomas de futura nerviosidad. Por otra parte, los padres neurópatas
son, en general, los más inclinados a una ternura sin medida, despertando así en sus
hijos, antes que nadie y por sus caricias, la disposición a posteriores enfermedades
neuróticas. Vemos, pues, que los padres neuróticos disponen de un camino distinto de la
herencia para legar a sus hijos su enfermedad.
Angustia infantil.- Los mismos niños se conducen desde sus años más tempranos
como si su dependencia hacia las personas que los cuidan fuera de la naturaleza del
amor sexual. La angustia de los niños no es, en un principio, más que una manifestación
de que echan de menos la presencia de la persona querida. Así, experimentan miedo ante
personas desconocidas y se asustan de la oscuridad porque en ella no ven a la persona
amada, tranquilizándose cuando ésta les coge de la mano. Se exagera el efecto de los
relatos terroríficos de las niñeras cuando se culpa a éstas de originar el miedo en los
niños que tienen a su cuidado. Aquellos niños inclinados a terrores infantiles son
precisamente los que pueden ser influidos por tales relatos, que no ejercen, en cambio,
acción alguna sobre aquellos otros no predispuestos. Y precisamente al miedo no se
inclinan más que los niños que poseen un instinto sexual exagerado, desarrollado
prematuramente o devenido exigente por un exceso de mimo. El niño se conduce aquí
como el adulto, transformando en angustia su libido cuando no logra satisfacerla, así
como el adulto se conducirá completamente igual que el niño cuando por insatisfacción
de su libido haya llegado a contraer la neurosis, pues comenzará a angustiarse en cuanto
esté solo; esto es, sin una persona de cuyo amor se crea seguro, e intentará hacer
desaparecer este miedo por los procedimientos más infantiles.
Diques contra el incesto.- Cuando la ternura de los padres hacia el niño ha evitado
felizmente desarrollar de una manera prematura el instinto sexual del mismo; esto es,
despertarlo antes de alcanzadas las condiciones físicas de la pubertad, y despertarlo de
tal manera, que la excitación anímica se abra paso hasta el sistema genital, puede acabar
de cumplir su misión, dirigiendo a este niño en la edad de la madurez en la elección del
objeto sexual. Lo más fácil para el niño será elegir, como objeto sexual, a aquellas
mismas personas a las que ha amado y ama desde su niñez con una libido que podríamos
calificar de mitigada. Mas por la avanzada época en que tiene lugar la maduración
sexual se ha llegado al momento en que es necesario alzar; al lado de otros diques
sexuales, los que han de oponerse a la tendencia al incesto; esto es, inculcar al niño
aquellos preceptos morales que excluyen de la elección de objeto a las personas queridas
durante la niñez y a los parientes consanguíneos. El respeto de estos límites es, ante
todo, una exigencia civilizadora de la sociedad, que tiene que defenderse de la
concentración, en la familia, de intereses que le son necesarios para la constitución de
unidades sociales más elevadas, y actúa, por tanto, en todos, y especialmente en el
adolescente, para desatar o aflojar los lazos contraídos en la niñez con la familia.
La elección de objeto es llevada a cabo al principio tan sólo imaginativamente,
pues la vida sexual de la juventud en maduración tiene apenas otro campo de acción que
el de las fantasías; esto es, el de las representaciones no destinadas a convertirse en
actos.
En estas fantasías resurgen en todos los hombres las tendencias infantiles;
fortificadas ahora por la energía somática, y entre ellas, con frecuencia, y en primer
lugar, la impulsión sexual del niño hacia sus padres, diferenciada, en la mayoría de los
casos, por la atracción de los sexos; esto es, del hijo por la madre y de la hija por el
padre. Simultáneamente al vencimiento y repulsa de estas fantasías claramente
incestuosas tiene lugar una de las reacciones psíquicas más importantes y también más
dolorosas de la pubertad: la liberación del individuo de la autoridad de sus padres, por
medio de la cual queda creada la contradicción de la nueva generación con respecto a la
antigua, tan importante para el progreso de la civilización. En todas las estaciones del
proceso evolutivo por las que el sujeto debe pasar quedan fijos algunos individuos, y así
hay personas que no han vencido nunca la autoridad de los padres y no han conseguido
retirar de ellos por completo o en absoluto su ternura. Estos casos están constituidos en
su mayoría por muchachas que para alegría de sus padres conservan después de la
pubertad todo su amor infantil hacia ellos. Y es muy instructivo comprobar que tales
muchachas repugnan en su ulterior vida matrimonial conceder a sus maridos lo que les
es debido. Llegan a ser esposas frías y permanecen sexualmente anestésicas. Esto nos
muestra que el amor hacia los padres, aparentemente asexual, y el amor sexual proceden
de las mismas fuentes; esto es, que el primero no corresponde más que a una fijación
infantil de la libido.
Cuanto más se acerca uno a las hondas perturbaciones del desarrollo psicosexual,
más innegable aparece la importancia de la elección de objeto incestuoso. En los
psiconeuróticos queda relegada a lo inconsciente, a consecuencia de la repulsa sexual,
una gran parte o la totalidad de las actividades psicosexuales de la elección de objeto.
Para las muchachas de una exagerada necesidad de ternura y un horror igualmente
exagerado ante las exigencias reales de la vida sexual, llega a ser una tentación
irresistible asegurarse, por una parte, la idea del amor asexual en su vida y esconder, por
otra, su libido detrás de una ternura que puedan exteriorizar sin autorreproches,
conservando así, durante toda la vida, su inclinación infantil hacia los padres o
hermanos, que volvió a surgir en ellas al llegar a la pubertad. El psicoanálisis puede
demostrar sin trabajo alguno a estas personas que están enamoradas, en el sentido
corriente de la palabra, de sus parientes consanguíneos, investigando sus pensamientos
inconscientes y atrayéndolos a su consciencia con la ayuda de los síntomas y de otras
manifestaciones de la enfermedad. También en los casos en que una persona,
primitivamente sana, ha enfermado después de una desgraciada experiencia erótica,
puede verse claramente que el mecanismo de tal aparición de la enfermedad es el retorno
de su libido a las personas que prefirió durante su infancia.
Influencia duradera de la elección infantil de objeto.- Tampoco aquellos que han
evitado la fijación incestuosa de su libido puede decirse que han escapado por completo
a la influencia de la misma. Un claro eco de esta fase evolutiva está constituido por el
hecho de que, como suele ser muy frecuente, el primer amor del adolescente recaiga en
una mujer ya madura, así como el de la muchacha en un hombre entrado en años y
revestido de autoridad, o sea, en uno y otro sexo, personas que para el sujeto presentan
analogía con la madre o el padre, respectivamente. La elección de objeto se verifica
siempre más o menos libremente conforme a este patrón. Ante todo, busca el hombre, en
su objeto sexual, la semejanza con aquella imagen de su madre que, en su más temprana
edad, quedó impresa en su memoria. Aquellos casos en los que la madre, viva aún, ve
con hostilidad la elección de objeto realizada por su hijo, constituyen una afirmación de
nuestra hipótesis. Dada esta importancia de las relaciones infantiles con los padres para
la posterior elección del objeto sexual, es fácil comprender que cada perturbación de
estas relaciones infantiles origine después los más graves resultados para la vida sexual
posterior a la pubertad. Los celos del amante no carecen tampoco nunca de una raíz
infantil o, por lo menos, de algo infantil que eleva su intensidad. Las diferencias entre
los mismos padres, los matrimonios desgraciados, producen en los hijos la más grave
predisposición a un desarrollo sexual perturbado o a la adquisición de enfermedades
neuróticas.
La inclinación infantil hacia los padres es quizá el más importante, pero no el
único de los sentimientos, que, renovados en la pubertad, marcan después el camino a la
elección de objeto. Otros factores del mismo origen permiten al hombre, siempre en
relación con su infancia, desarrollar más de una única serie sexual y exigir muy
diferentes condiciones para la elección de objeto.
Prevención de la inversión.- Uno de los requisitos de la elección normal de objeto
es el de recaer precisamente en el sexo contrario. Como hemos visto, no llega a
afectuarse así sin alguna vacilación. Los primeros sentimientos subsiguientes a la
pubertad aparecen -sin que ello constituya una falta duradera como totalmente erróneos.
Dessoir ha llamado muy justificadamente la atención sobre la exagerada inclinación que
aparece regularmente entre los adolescentes por sus compañeros del mismo sexo. El
poder más importante entre los que se oponen a una inversión duradera del objeto sexual
es, ciertamente, la atracción que manifiestan los caracteres sexuales opuestos, unos por
otros. La explicación de este fenómeno no encuentra lugar apropiado dentro de nuestro
estudio; pero sí haremos constar que tal atracción no alcanza por sí sola a excluir
totalmente la inversión, siendo necesario que aparezcan otros factores auxiliares. Ante
todo, el obstáculo autoritario de la sociedad. En aquellos países en que la inversión no es
considerada como un delito, puede verse que corresponde por completo a la inclinación
sexual de un considerable número de individuos. Además, debe aceptarse, con respecto
al hombre, el hecho de que los recuerdos infantiles de las ternuras de la madre y de otras
personas femeninas ayudan enérgicamente a dirigir su elección hacia la mujer y por otro
lado; la restricción de las actividades sexuales tempranamente experimentada por parte
del padre y la posición de competividad con respecto a él desvían al sujeto de las
personas de su mismo sexo.
Ambos factores son valederos también con respecto a la muchacha, cuya actividad
sexual se halla bajo la guarda especial de la madre. De esta manera se constituye una
relación hostil con respecto al propio sexo, que influye decisivamente en la elección de
objeto, orientándola hacia lo normal. La educación del niño por personas masculinas (en
la antigüedad los esclavos) parece favorecer la homosexualidad. En la aristocracia
contemporánea, la frecuencia de la inversión se hace comprensible por el empleo de
servidumbre masculina y por la escasez de cuidados personales de que la madre hace
objeto a sus hijos. En algunos histéricos ha podido demostrarse que la temprana
desaparición de uno de los padres, por muerte o divorcio, motivando la acumulación de
todo el amor del niño en la persona restante, fue la condición para el sexo de la persona
elegida después como objeto sexual, haciendo posible así la inversión duradera.