La sexualidad infantil

2.- LA SEXUALIDAD INFANTIL
Negligencia de lo infantil.- De la concepción popular del instinto sexual forma
parte la creencia de que falta durante la niñez, no apareciendo hasta el período de la
pubertad. Constituye esta creencia un error de consecuencias graves, pues a ella se debe
principalmente nuestro actual desconocimiento de las circunstancias fundamentales de la
vida sexual. Un penetrante estudio de las manifestaciones sexuales infantiles nos
revelaría probablemente los rasgos esenciales del instinto sexual, descubriéndonos su
desarrollo y su composición de elementos procedentes de diversas fuentes.
No deja de ser singular el hecho de que todos los autores que se han ocupado de la
investigación y explicación de las cualidades y reacciones del individuo adulto hayan
dedicado mucha más atención a aquellos tiempos que caen fuera de la vida del mismo;
esto es, a la vida de sus antepasados que a la época infantil del sujeto, reconociendo, por
tanto, mucha más influencia a la herencia que a la niñez. Y, sin embargo, la influencia
de este período de la vida sería más fácil de comprender que la de la herencia y debería
ser estudiada preferentemente.
En la literatura existente sobre esta materia hallamos, desde luego, algunas
observaciones referentes a prematuras actividades sexuales infantiles, erecciones,
masturbación o incluso actos análogos al coito, pero siempre como sucesos
excepcionales y curiosos o como ejemplos de una temprana corrupción. No sé de ningún
autor que haya reconocido claramente la existencia de un instinto sexual en la infancia, y
en los numerosos trabajos sobre el desarrollo del niño falta siempre el capítulo relativo
al desarrollo sexual.
Amnesia infantil.- La razón de esta singular negligencia me parece hallarse, en
parte, en consideraciones convencionales de los autores, consecuencia de su propia
educación, y, por otro lado, en un fenómeno psíquico que hasta ahora ha eludido toda
explicación. Me refiero a la peculiar amnesia que oculta a los ojos de la mayoría de los
hombres, aunque no de todos, los primeros años de su infancia hasta el séptimo o el
octavo. No se nos habría ocurrido hasta ahora maravillarnos de esta amnesia, aunque
había gran razón para ello, pues los que durante la infancia nos han rodeado nos
comunican posteriormente que en estos años, de los que nada hemos retenido en nuestra
memoria, fuera de algunos incomprensibles recuerdos fragmentarios, hubimos de
reaccionar vivamente ante determinadas impresiones, sabiendo ya exteriorizar en forma
humana dolores y alegrías, mostrando abrigar amor, celos y otras pasiones que nos
conmovían violentamente, y ejecutando actos que fueron tomados por los adultos como
prueba de una naciente capacidad de juicio. Mas de esto no recordamos nada al llegar a
la edad adulta. ¿Por qué razón permanece tan retrasada nuestra memoria con respecto a
nuestras demás actividades anímicas, cuando tenemos fundados motivos para suponer
que en ninguna otra época es esta facultad tan apta como en los años de la infancia para
recoger las impresiones y reproducirlas luego?.
De otro lado hemos de suponer, o podemos convencernos de ello por la
investigación psicológica, que las impresiones olvidadas, no por haberlo sido, han
desaparecido de nuestra memoria sin dejar hondísima huella en nuestra vida psíquica y
haber constituido una enérgica determinante de todo nuestro ulterior desarrollo. No
puede existir, por tanto, una real desaparición de las impresiones infantiles; debe más
bien tratarse de una amnesia análoga a aquella que comprobamos en los neuróticos con
respecto a los sucesos sobrevenidos en épocas más avanzadas de la vida y que consiste
en una mera exclusión de la consciencia (represión). Mas ¿cuáles son las fuerzas que
llevan a cabo esta represión de las impresiones infantiles? El que resolviera este
problema habría aclarado definitivamente la esencia de la amnesia histérica.
De todos modos, hemos de señalar que la existencia de la amnesia infantil nos
proporciona un nuevo punto de comparación entre el estado anímico del niño y el del
psiconeurótico, entre los cuales descubrimos ya una analogía al inferir que la sexualidad
de los psiconeuróticos conserva la esencia infantil o ha retrocedido hasta ella. ¿Por qué,
pues, no ha de poder referirse también la amnesia infantil a las emociones sexuales de la
niñez?
Esta posible conexión de la amnesia infantil con la histérica entraña máxima
importancia. La amnesia histérica, puesta al servicio de la represión, es tan sólo
explicable por la circunstancia de que ya el individuo posee un acervo de huellas
mnémicas que han sido sustraídas a la disposición consciente y que atraen, por conexión
asociativa, aquellos elementos sobre los cuales actúan, desde la consciencia, las fuerzas
repelentes de la represión. Sin la amnesia infantil puede decirse que no existiría la
amnesia histérica.
Opino, pues, que la amnesia infantil, que convierte para cada individuo la propia
niñez en algo análogo a una época prehistórica y oculta a sus ojos los comienzos de su
vida sexual, es la culpable de que, en general, no se conceda al período infantil un valor
en cuanto al desarrollo de la vida sexual. Un único observador no puede llenar las
lagunas que esto ha producido en nuestro conocimiento. Ya en 1896 hice yo resaltar la
importancia de los años infantiles en la génesis de determinados fenómenos esenciales,
dependientes de la vida sexual, y desde entonces no se ha cesado de llamar la atención
sobre el factor infantil en todo lo referente a las cuestiones sexuales.
(1) EL PERÍODO DE LATENCIA SEXUAL DE LA INFANCIA
Y SUS INTERRUPCIONES
Los hallazgos extraordinariamente frecuentes de impulsos sexuales,
supuestamente excepcionales en la infancia, así como el descubrimiento de los recuerdos
infantiles inconscientes de los neuróticos, permiten bosquejar el siguiente cuadro de la
conducta sexual durante la época infantil.
Parece cierto que el recién nacido trae consigo al mundo impulsos sexuales en
germen, que, después de un período de desarrollo, van sucumbiendo a una represión
progresiva la cual puede ser interrumpida a su vez por avances regulares del desarrollo
sexual o detenida por particularidades individuales. Sobre las leyes y períodos de este
proceso evolutivo oscilante no se conoce nada con seguridad. Parece, sin embargo, que
la vida sexual de los niños se manifiesta ya en una forma observable hacia los años
tercero y cuarto.
Inhibiciones sexuales.- Durante este período de latencia, total o simplemente
parcial, se constituyen los poderes anímicos que luego se oponen al instinto sexual y lo
canalizan, marcándole su curso a manera de dique. Ante los niños nacidos en una
sociedad civilizada experimentamos la sensación de que estos diques son una obra de la
educación, lo cual no deja de ser, en gran parte, cierto. Pero, en realidad, esta evolución
se halla orgánicamente condicionada y fijada por la herencia y puede producirse sin
auxilio ninguno por parte de la educación. Esta última se mantendrá dentro de sus
límites, constriñéndose a seguir las huellas de lo orgánicamente preformado, imprimirlo
más profundamente y depurarlo.
Formación reactiva y sublimación.- ¿Con qué elementos se constituyen estos
diques tan importantes para la cultura y la normalidad ulteriores del individuo?
Probablemente a costa de los mismos impulsos sexuales infantiles, que no han dejado de
afluir durante este período de latencia, pero cuya energía es desviada en todo o en parte
de la utilización sexual y orientada hacia otros fines. Los historiadores de la civilización
coinciden en aceptar que este proceso, en el que las fuerzas instintivas sexuales son
desviadas de sus fines sexuales y orientadas hacia otros distintos -proceso al que se da el
nombre de sublimación-, proporciona poderosos elementos para todas las funciones
culturales. Por nuestra parte añadiremos que tal proceso interviene igualmente en el
desarrollo individual y que sus orígenes se remontan al período de latencia sexual
infantil.
También sobre el mecanismo de esta sublimación puede formularse una hipótesis.
Los impulsos sexuales de estos años infantiles serían inaprovechables, puesto que la
función reproductora no ha aparecido todavía, circunstancia que constituye el carácter
esencial del período de latencia. Pero, además, tales impulsos habrían de ser perversos
de por sí, partiendo de zonas erógenas e implicando tendencias que, dada la orientación
del desarrollo del individuo, sólo podrían provocar sensaciones displacientes. Harán,
pues, surgir fuerzas psíquicas contrarias que erigirán para la supresión de tales
sensaciones displacientes los diques psíquicos ya citados (repugnancia, pudor, moral).
Interrupciones del período de latencia.- Sin hacernos ilusiones sobre la naturaleza
hipotética y la deficiente claridad de nuestro conocimiento de los procesos del período
de latencia infantil queremos volver a la realidad para observar que esta utilización de la
sexualidad infantil representa un ideal educativo, del cual se desvía casi siempre el
desarrollo del individuo en algún punto y con frecuencia en muchos. En la mayoría de
los casos logra abrirse camino un fragmento de la vida sexual que ha escapado a la
sublimación, o se conserva una actividad sexual a través de todo el período de latencia
hasta el impetuoso florecimiento del instinto sexual en la pubertad. Los educadores se
conducen -cuando conceden alguna atención a la sexualidad infantil- como si
compartieran nuestras opiniones sobre la formación de los poderes morales de defensa a
costa de la sexualidad, y como si supieran que la actividad sexual hace a los niños
ineducados, pues persiguen todas las manifestaciones sexuales del niño como «vicios»
aunque sin conseguir grandes victorias sobre ellos. Debemos, por tanto, dedicar todo
nuestro interés a estos fenómenos tan temidos por la educación, pues esperamos que
ellos nos permitan llegar al conocimiento de la constitución originaria del instinto
sexual.
(2) MANIFESTACIONES DE LA SEXUALIDAD INFANTIL
El «chupeteo» del pulgar.- Por motivos que veremos más adelante; tomaremos
como tipo de las manifestaciones sexuales infantiles el «chupeteo» (succión productora
del placer) a la cual ha dedicado un excelente estudio el pediatra húngaro Lindner.
La succión o el «chupeteo», que aparece ya en los niños de pecho y puede
subsistir hasta la edad adulta e incluso conservarse en ocasiones a través de toda la vida,
consiste en un contacto succionador rítmicamente repetido y verificado con los labios,
acto al que falta todo fin de absorción de alimento. Una parte de los mismos labios, la
lengua o cualquier otro punto asequible de la piel del mismo individuo (a veces hasta el
dedo gordo de un pie), son tomados como objeto de la succión. Al mismo tiempo
aparece a veces un instinto de aprehensión, que se manifiesta por un simultáneo pellizcar
rítmico del lóbulo de la oreja, y puede también apoderarse de esta misma u otra
cualquiera parte del cuerpo de otra persona con el mismo fin. La succión productora de
placer está ligada con un total embargo de la atención y conduce a conciliar el sueño o a
una reacción motora de la naturaleza del orgasmo.
Con frecuencia se combina con la succión productora de placer el frotamiento de
determinadas partes del cuerpo de gran sensibilidad: el pecho o los genitales exteriores.
Muchos niños pasan así de la succión a la masturbación.
Lindner ha reconocido claramente y ha hecho resaltar con toda audacia la
naturaleza sexual de este acto. Frecuentemente se considera el «chupeteo» como una de
las «mañas» sexuales del niño. Numerosos pediatras y neurólogos niegan en absoluto
esta hipótesis; mas su contraria opinión, fundada en una confusión entre lo sexual y lo
genital, plantea el difícil e inevitable problema de establecer qué carácter general debe
atribuirse a las manifestaciones sexuales de los niños. Por mi parte, opino que el
conjunto de aquellas manifestaciones en cuya esencia hemos penetrado por medio de la
investigación psicoanalítica nos da derecho a considerar el «chupeteo» como una
manifestación sexual y a estudiar en ella precisamente los caracteres esenciales de la
actividad sexual infantil.
Autoerotismo.- Debemos dedicar toda nuestra atención a este ejemplo. Hagamos
resaltar, como el carácter más notable de esta actividad sexual, el hecho de que el
instinto no se orienta en ella hacia otras personas. Encuentra su satisfacción en el propio
cuerpo; esto es, es un instinto autoerótico para calificarlo con el feliz neologismo puesto
en circulación por Havelock Ellis.
Se ve claramente que el acto de la succión es determinado en la niñez por la busca
de un placer ya experimentado y recordado. Con la succión rítmica de una parte de su
piel o de sus mucosas encuentra el niño, por el medio más sencillo, la satisfacción
buscada.
Es también fácil adivinar en qué ocasión halla por primera vez el niño este placer,
hacia el cual, una vez hallado, tiende siempre de nuevo. La primera actividad del niño y
la de más importancia vital para él, la succión del pecho de la madre (o de sus
subrogados), le ha hecho conocer, apenas nacido, este placer. Diríase que los labios del
niño se han conducido como una zona erógena, siendo, sin duda, la excitación producida
por la cálida corriente de la leche la causa de la primera sensación de placer. En un
principio la satisfacción de la zona erógena aparece asociada con la del hambre. La
actividad sexual se apoya primeramente en una de las funciones puestas al servicio de la
conservación de la vida, pero luego se hace independiente de ella. Viendo a un niño que
ha saciado su apetito y que se retira del pecho de la madre con las mejillas enrojecidas y
una bienaventurada sonrisa, para caer en seguida en un profundo sueño, hemos de
reconocer en este cuadro el modelo y la expresión de la satisfacción sexual que el sujeto
conocerá más tarde. Posteriormente la necesidad de volver a hallar la satisfacción sexual
se separa de la necesidad de satisfacer el apetito, separación inevitable cuando aparecen
los dientes y la alimentación no es ya exclusivamente succionada, sino mascada.
El niño no se sirve, para la succión, de un objeto exterior a él, sino
preferentemente de una parte de su propio cuerpo, tanto porque ello le es más cómodo
como porque de este modo se hace independiente del mundo exterior, que no le es
posible dominar aún, y crea, además, una segunda zona erógena, aunque de menos valor.
El menor valor de esta segunda zona le hará buscar posteriormente las zonas
correspondientes de otras personas; esto es, los labios. (Pudiera atribuirse al niño la frase
siguiente: «Lástima que no pueda besar mis propios labios.»)
No todos los niños realizan este acto de la succión. Debe suponerse que llegan a él
aquellos en los cuales la importancia erógena de la zona labial se halla
constitucionalmente reforzada.
Si esta importancia se conserva, tales niños llegan a ser, en su edad adulta,
inclinados a besos perversos, a la bebida y al exceso en el fumar; mas, si aparece la
represión, padecerán de repugnancia ante la comida y de vómitos histéricos. Por la
duplicidad de funciones de la zona labial, la represión se extenderá al instinto de
alimentación. Muchas de mis pacientes con perturbaciones anoréxicas, globo histérico,
opresión en la garganta y vómitos, habían sido en sus años infantiles grandes
«chupeteadores».
En el acto de la succión productora de placer hemos podido observar los tres
caracteres esenciales de una manifestación sexual infantil. Esta se origina apoyada en
alguna de las funciones fisiológicas de más importancia vital, no conoce ningún objeto
sexual, es autoerótica, y su fin sexual se halla bajo el dominio de una zona erógena.
Anticiparemos ya que estos caracteres son aplicables asimismo a la mayoría de las
demás actividades del instinto sexual infantil.
(3) EL FIN SEXUAL DE LA SEXUALIDAD INFANTIL
Caracteres de las zonas erógenas.- Del ejemplo de la succión pueden deducirse
aún muchos datos para el conocimiento de las zonas erógenas. Son éstas parte de la
epidermis o de las mucosas en las cuales ciertos estímulos hacen surgir una sensación de
placer de una determinada cualidad. No cabe duda que los estímulos productores de
placer están ligados a condiciones especiales que no conocemos. El carácter rítmico
debe juzgar entre ellas un importante papel. Menos decidida aún está la cuestión de si se
puede considerar como «específico» el carácter de la sensación de placer que la
excitación hace surgir. En esta «especificidad» estaría contenido el factor sexual. En las
cuestiones del placer y del dolor anda aún la Psicología tan a tientas, que la hipótesis
más prudente es la que debe preferirse. Más tarde llegaremos quizá a bases sólidas sobre
las cuales podamos apoyar la «especificidad» de la sensación de placer.
La cualidad erógena puede hallarse señaladamente adscrita a determinadas partes
del cuerpo. Existen zonas erógenas predestinadas, como nos enseña el ejemplo del
«chupeteo»; pero el mismo ejemplo nos demuestra también que cualquier otra región de
la epidermis o de la mucosa puede servir de zona erógena; esto es, que posea a priori una
determinada capacidad para serlo. Así, pues, la cualidad del estímulo influye más en la
producción de placer que el carácter de la parte del cuerpo correspondiente. El niño que
ejecuta la succión busca por todo su cuerpo y escoge una parte cualquiera de él, que
después, por la costumbre, será la preferida. Cuando en esta busca tropieza con una de
las partes predestinadas (pezón, genitales), conservará ésta siempre tal preferencia. Una
capacidad de desplazamiento análoga reaparece después en la sintomatología de la
histeria. En esta neurosis, la represión recae principalmente sobre las zonas genitales
propiamente dichas y éstas transmiten su excitabilidad a las restantes zonas erógenas,
que en la vida adulta han pasado a un segundo término y que en estos casos vuelven a
comportarse nuevamente como genitales. Pero, además, como sucede en la succión, toda
otra parte del cuerpo puede llegar a adquirir igual excitabilidad que los genitales y ser
elevada a la categoría de zona erógena. Las zonas erógenas y las histerógenas muestran
los mismo caracteres.
Fin sexual infantil.- El fin sexual del instinto infantil consiste en hacer surgir la
satisfacción por el estímulo apropiado de una zona erógena elegida de una u otra
manera. Esta satisfacción tiene que haber sido experimentada anteriormente para dejar
una necesidad de repetirla, y no debe sorprendernos hallar que la naturaleza ha
encontrado medio seguro de no dejar entregado al azar el hallazgo de tal satisfacción.
Con respecto a la zona bucal, hemos visto ya que el dispositivo que llena esta función es
la simultánea conexión de esta parte del cuerpo con la ingestión de los alimentos. Ya
iremos encontrando otros dispositivos análogos como fuentes de la sexualidad. El estado
de necesidad que exige el retorno de la satisfacción se revela en dos formas distintas: por
una peculiar sensación de tensión, que tiene más bien un carácter displaciente, y por un
estímulo o prurito, centralmente condicionado y proyectado en la zona erógena
periférica. Puede, por tanto, formularse también el fin sexual diciendo que está
constituido por el acto de sustituir el estímulo proyectado en la zona erógena por aquella
otra excitación exterior que hace cesar la sensación de prurito, haciendo surgir la de
satisfacción. Esta excitación exterior consistirá, en la mayoría de los casos, en una
manipulación análoga a la succión.
El hecho de que la necesidad pueda ser también despertada periféricamente, por
una verdadera transformación de la zona erógena concuerda perfectamente con nuestros
conocimientos psicológicos. Únicamente puede extrañarnos que una excitación necesite
para cesar una segunda y nueva excitación producida en mismo sitio.
(4) LAS MANIFESTACIONES SEXUALES MASTURBATORIAS(*)
Comprobamos con satisfacción que ya no nos queda mucho que averiguar acerca
de la actividad sexual infantil, una vez que el examen de una única zona erógena nos ha
revelado los caracteres esenciales del instinto. Las diferencias principales se refieren tan
sólo al procedimiento empleado para alcanzar la satisfacción. Este procedimiento, que
para la zona buco-labial consistía, según ya hemos visto, en la succión, quedaría
constituido por otras distintas actividades musculares, según la situación y las
propiedades de la zona erógena de que se trate.
Actividad de la zona anal.- También la zona anal es, como la zona buco-labial,
muy apropiada por su situación para permitir el apoyo de la sexualidad en otras
funciones fisiológicas. La importancia erógena originaria de esta zona ha de suponerse
muy considerable. Por medio del psicoanálisis llegamos a conocer, no sin asombro, qué
transformación experimentan las excitaciones sexuales emanadas de la zona anal y con
cuánta frecuencia conserva esta última, a través de toda la vida, cierto grado de
excitabilidad genital. Los trastornos intestinales, tan frecuentes en los años infantiles,
hacen que no falten nunca a esta zona intensas excitaciones. Los catarros intestinales
padecidos en la infancia convierten al sujeto -empleando la expresión corriente- en un
individuo «nervioso», y ejercen, en posteriores enfermedades de carácter neurótico, una
influencia determinante sobre las manifestaciones sintomáticas de la neurosis, a cuya
disposición ponen una gran cantidad de trastornos digestivos. Teniendo en cuenta el
carácter erógeno de la zona anal, el cual es conservado permanentemente por la misma,
cuando menos en una forma modificada, no podremos ya burlarnos de la antigua opinión
médica que atribuía a las hemorroides una gran importancia para la génesis de ciertos
estados neuróticos.
Aquellos niños que utilizan la excitabilidad erógena de la zona anal, lo revelan por
el hecho de retardar el acto de la excreción, hasta que la acumulación de las materias
fecales produce violentas contracciones musculares, y su paso por el esfinter, una viva
excitación de las mucosas. En este acto, y al lado de la sensación dolorosa, debe de
aparecer una sensación de voluptuosidad. Uno de los mejores signos de futura
anormalidad o nerviosidad es, en el niño de pecho, la negativa a verificar el acto de la
excreción cuando se le sienta sobre el orinal; esto es, cuando le parece oportuno a la
persona que está a su cuidado, reservándose el niño tal función para cuando a él le
parece oportuno verificarla. Naturalmente, el niño no da importancia a ensuciar su cuna
o sus vestidos, y sólo tiene cuidado de que al defecar no se le escape la sensación de
placer accesoria. Las personas que rodean a los niños sospechan también aquí la
verdadera significación de este acto considerando como un «vicio» del niño la
resistencia a defecar en el orinal.
El contenido intestinal se conduce, pues al desempeñar la función de cuerpo
excitante de una mucosa sexualmente sensible, como precursor de otro órgano que no
entrará en acción sino después de la infancia. Pero, además, entraña para el infantil
sujeto otras varias e importantes significaciones. El niño considera los excrementos
como una parte de su cuerpo y les da la significación de un «primer regalo», con el cual
puede mostrar su docilidad a las personas que le rodean o su negativa a complacerlas.
Desde esta significación de «regalo» pasan los excrementos a la significación de «niño»;
esto es, que según una de las teorías sexuales infantiles representan un niño concebido
por el acto de la alimentación y parido por el recto.
La retención de las masas fecales intencionada, por tanto, al principio, para
utilizarlas en calidad de excitación masturbadora de la zona anal o como un medio de
relación del niño, constituye además una de las raíces del estreñimiento tan corriente en
los neurópatas. La importancia de la zona anal se refleja luego en el hecho de que se
encuentran pocos neuróticos que no posean sus usos y ceremonias especiales,
escatológicos, mantenidos por ellos en el más profundo secreto.
En los niños de más edad no es nada raro hallar una excitación masturbatoria de la
zona anal con ayuda de los dedos y provocada por un prurito condicionado centralmente
o mantenido periféricamente.
Actividad de las zonas genitales.- Entre las zonas erógenas del cuerpo infantil
hállase una que si ciertamente no desempeña el papel principal ni puede ser tampoco el
substracto de las primeras excitaciones sexuales, está, sin embargo, destinada a adquirir
una gran importancia en el porvenir. Tanto en el sexo masculino como en el femenino se
halla esta zona relacionada con la micción (pene, clítoris), y en los varones, encerrada en
un saco mucoso, de manera que no pueden faltarle estímulos, producidos por las
secreciones, que aviven tempranamente la excitación sexual.
Las actividades sexuales de esta zona erógena, que pertenecen al verdadero
aparato sexual, constituyen el comienzo de la ulterior vida sexual «normal».
La situación anatómica, el contacto con las secreciones, los lavados y frotamientos
de la higiene corporal y determinadas excitaciones accidentales (como la emigración de
los oxiuros en las niñas), hacen inevitable que la sensación de placer que puede emanar
de esta parte del cuerpo se haga notar en los niños ya en su más temprana infancia y
despierte en ellos un deseo de repetición. Si consideramos el conjunto de circunstancias
antes apuntadas y pensamos que la aplicación de las reglas de higiene corporal produce
resultados excitantes iguales a los que la suciedad produciría, habremos de concluir que
el onanismo del niño de pecho, al cual no escapa ningún individuo, prepara la futura
primacía de esta zona erógena con respecto a la actividad sexual. El acto que hace cesar
el estímulo y determina la satisfacción consiste en un frotamiento con la mano o en una
presión en los muslos, uno contra otro. Este último acto es el más frecuente en las
muchachas. La preferencia de los niños por el frotamiento con la mano nos indica qué
importantes aportaciones proporcionará en lo futuro el instinto de aprehensión a la
actividad sexual masculina.
Para mayor claridad, distinguiremos tres fases de la masturbación infantil; la
primera de ellas pertenece a la edad de la lactancia; la segunda, a la corta época de
florecimiento de la actividad sexual, aproximadamente hacia el cuarto año, y solamente
la tercera corresponde a la masturbación de la pubertad, que es casi la única a que hasta
hoy se ha dado importancia.
Segunda fase de la masturbación infantil.- La masturbación del niño de pecho
desaparece aparentemente después de corto tiempo, pero puede conservarse sin solución
de continuidad hasta la pubertad, constituyendo entonces la primera gran desviación del
desarrollo propuesto a todo hombre civilizado. En los años infantiles posteriores a la
lactancia, generalmente antes del cuarto año, suele despertar nuevamente el instinto
sexual de esta zona genital y conservarse hasta una nueva represión o continuar sin
interrupción ninguna. Se presentan aquí casos muy diferentes, para cuya explicación
habríamos de analizar cada uno de ellos en particular, pero todas las peculiaridades de
esta segunda actividad sexual infantil dejan en la memoria del individuo las más
profundas huellas (inconscientes) y determinan el desarrollo de su carácter cuando sigue
poseyendo salud, o la sintomatología de su neurosis cuando enferma después de la
pubertad. En este último caso se olvida este período sexual y se desplazan los recuerdos
conscientes con él ligados. Ya he formulado mi opinión de que la amnesia infantil
normal está ligada a esta actividad sexual infantil. La investigación psicoanalítica
consigue volver a traer a la consciencia lo olvidado y hacer desaparecer de esta manera
una obsesión emanada de este material psíquico inconsciente.
Retorno de la masturbación del niño de pecho.- La excitación sexual de la época
de la lactancia retorna en los años infantiles antes indicados, como un prurito
centralmente condicionado, que impulsa a la satisfacción onanista o como un proceso
que, al igual de la polución que aparece en la época de la pubertad, alcanza la
satisfacción sin ayuda de acto ninguno. Este último caso es el más frecuente en las
muchachas durante la segunda mitad de la infancia. No se ha llegado a comprender
totalmente su condicionalidad, y parece ser consecuencia, muchas veces, de un período
anterior de onanismo activo. La sintomatología de estas manifestaciones sexuales es
muy escasa. El aparato urinario aparece aquí en lugar del aparato genital, aún no
desarrollado. La mayoría de las cistopatías que sufren los niños en esta época son
perturbaciones sexuales. La enuresis nocturna corresponde, cuando no representa un
ataque epiléptico, a una polución.
La reaparición de la actividad sexual depende de causas internas y motivos
externos. La sintomatología de la neurosis y la investigación psicoanalítica nos ayudan a
descubrir estas causas y a determinarlas con la mayor fijeza.
Más tarde hablaremos de las causas internas. Los motivos externos casuales
presentan en esta época una importancia extraordinaria y duradera. Ante todo, hallamos
la influencia de la seducción o corrupción, que trata a los niños tempranamente como
objetos sexuales y les enseña, bajo circunstancias impresionantes, cómo lograr la
satisfacción de las zonas genitales, satisfacción que luego permanecen, en la mayoría de
los casos, obligados a renovar por medio del onanismo. Dicha influencia puede ser
efectuada por personas adultas o por otros niños. No tengo que arrepentirme de la
importancia dada por mí, en mi artículo sobre la etiología de la histeria, publicado en
1896, a estos casos de corrupción, aunque entonces no sabía aún cuántos individuos que
no han salido, en años posteriores, de la normalidad sexual, puede también haber pasado
por las mismas experiencias, y atribuí, por tanto, mayor importancia a la corrupción que
a los factores dados en la constitución y en el desarrollo. Es indudable que en los niños
no es necesaria la corrupción o seducción para que en ellos se despierte la vida sexual,
pues ésta puede surgir espontáneamente por causas interiores.
Disposición perversa polimórfica.- Es muy interesante comprobar que bajo la
influencia de la seducción puede el niño hacerse polimórficamente perverso; es decir,
ser inducido a toda clase de extralimitaciones sexuales. Nos enseña esto que en su
disposición peculiar trae ya consigo una capacidad para ello. La adquisición de las
perversiones y su práctica encuentran, por tanto, en él muy pequeñas resistencias,
porque los diques anímicos contra las extralimitaciones sexuales; o sea, el pudor, la
repugnancia y la moral, no están aún constituidos en esta época de la vida infantil o su
desarrollo es muy pequeño. El niño se conduce en estos casos igual que el tipo corriente
de mujer poco educada, en la cual perdura, a través de toda la vida, dicha disposición
polimórfica perversa, pudiendo conservarse normalmente sexual, pero también aceptar
la dirección de un hábil seductor y hallar gusto en toda clase de perversiones,
adoptándolas en su actividad sexual. Esta disposición polimórfica, y, por tanto infantil,
es utilizada por la prostituta para sus actividades profesionales, y dado el inmenso
número de mujeres prostitutas y de aquellas a las cuales hay que reconocer capacidad
para la prostitución aunque hayan escapado a su ejercicio profesional, es imposible no
ver en esta disposición a todas las perversiones algo generalmente humano y originario.
Instintos parciales.- Por lo demás la influencia de la seducción no nos ayuda a
descubrir los primeros misterios del instinto sexual sino que nubla nuestra capacidad de
penetración hasta los mismos, guiando a los niños tempranamente hasta el objeto sexual
del que en un principio no siente necesidad alguna el instinto sexual infantil. Sin
embargo, debemos reconocer que la vida sexual infantil entraña también, por grande que
sea el predominio de las zonas erógenas, tendencias orientadas hacia un objeto sexual
exterior. A este orden pertenecen los instintos de contemplación, exhibición y crueldad,
que más tarde se enlazarán estrechamente a la vida genital, pero que existen ya en la
infancia, aunque con plena independencia de la actividad sexual erógena. El niño carece
en absoluto de pudor y encuentra en determinados años de su vida un inequívoco placer
en desnudar su cuerpo, haciendo resaltar especialmente sus órganos genitales. La
contrapartida de esta tendencia, considerada perversa, es la curiosidad por ver los
genitales de otras personas, y aparece en años infantiles algo posteriores, cuando el
obstáculo que supone el pudor ha alcanzado ya un determinado desarrollo. Bajo la
influencia de la seducción, la curiosidad perversa puede alcanzar una gran importancia
en la vida sexual del niño. Mas de mis investigaciones de los años infantiles, tanto de
personas sanas como neuróticas, debo concluir que el instinto de contemplación puede
surgir en el niño como una manifestación sexual espontánea. Aquellos niños de corta
edad, cuya atención ha sido dirigida alguna vez -y en la mayoría de los casos por medio
de la masturbación- sobre sus propios genitales, suelen encontrar la gradación siguiente
sin auxilio exterior ninguno, desarrollando así un vivo interés por los genitales de sus
compañeros de juego. Dado que la ocasión de satisfacer tal curiosidad no se presenta
generalmente más que en el acto de la satisfacción de las dos necesidades excrementales,
conviértense estos niños en voyeurs; esto es, en interesados espectadores de la expulsión
de la orina o de los excrementos, verificada por otra persona. Tras de la represión de
estas tendencias, consérvase la curiosidad de ver los genitales de otras personas (del
sexo propio o del contrario) como un impulso martirizador que en algunos casos de
neurosis constituye la más enérgica fuerza instintiva de formación de síntomas. Con una
independencia aún mayor del resto de la actividad sexual, ligada a las zonas erógenas, se
desarrollan en el niño los componentes crueles del instinto sexual. La crueldad es algo
que forma parte del carácter infantil, dado que aún no se ha formado en él el obstáculo
que detiene al instinto de aprehensión ante el dolor de los demás; esto es, la capacidad
de compadecer. Aún no se ha logrado realizar satisfactoriamente el análisis psicológico
de este instinto, pero debemos aceptar que la impulsión cruel proviene del instinto de
dominio y aparece en la vida sexual en una época en la cual los genitales no se han
atribuido todavía su posterior papel. Por tanto, la crueldad predomina durante toda una
fase de la vida sexual, que más tarde describiremos como organización pregenital.
Aquellos niños que se distinguen por una especial crueldad contra los animales y contra
sus compañeros de juego despiertan, generalmente con razón, la sospecha de una intensa
y temprana actividad sexual de las zonas erógenas. En igual temprana madurez de todos
los instintos sexuales, la actividad sexual erógena parece ser la primaria. La falta de
resistencia constituida por la compasión trae consigo el peligro de que esta conexión
infantil de los instintos crueles con los erógenos se conserve inmutable durante toda la
vida.
Todos los educadores saben, desde las Confesiones, de J. J. Rousseau, que la
dolorosa excitación de la piel de las nalgas constituye una raíz erógena del instinto
pasivo de crueldad; esto es, del masoquismo, y, por tanto, han deducido, con razón, que
es necesario prescindir de aquellos castigos corporales que producen la excitación de
esta parte del cuerpo de los niños, cuya libido puede ser empujada hacia caminos
colaterales por las posteriores exigencias de la educación.
(5) LA INVESTIGACIÓN SEXUAL INFANTIL
El instinto de saber.- Hacia la misma época en que la vida sexual del niño alcanza
su primer florecimiento, esto es, del tercero al quinto año, aparecen en él los primeros
indicios de esta actividad, denominada instinto de saber (Wissenstrieb) o instinto de
investigación. El instinto de saber no puede contarse entre los componentes instintivos
elementales ni colocarse exclusivamente bajo el dominio de la sexualidad. Su actividad
corresponde, por un lado, a una aprehensión sublimada, y por otro, actúa con la energía
del placer de contemplación. Sus relaciones con la vida sexual son, sin embargo,
especialmente importantes, pues el psicoanálisis nos ha enseñado que el instinto de saber
infantil es atraído -y hasta quizá despertado- por los problemas sexuales en edad
sorprendentemente temprana y con insospechada intensidad.
El enigma de la esfinge.- Intereses prácticos, y no sólo teóricos, son los que ponen
en marcha en el niño la obra de la actividad investigadora. La amenaza de sus
condiciones de existencia por la aparición, real o simplemente sospechada, de un nuevo
niño, y el temor de la pérdida que este suceso ha de acarrear para él con respecto a los
cuidados y al amor de los que le rodean, le hacen meditar y tratar de averiguar el
problema de esta aparición del hermanito. El primer problema de que el niño se ocupa
no es, por tanto, el de la diferencia de los sexos, sino el enigma de la procedencia de los
niños. Bajo un disfraz fácilmente penetrable, es también éste el problema cuya solución
propone la esfinge tebana. El hecho de la existencia de dos sexos lo acepta el niño al
principio sin resistencia ni sospecha alguna.
Para el niño es natural la suposición de que todas las personas que conoce poseen
un órgano genital exacto al suyo y no puede sospechar en nadie la falta de este órgano.
Complejo de castración y envidia por la posesión del pene.- Esta convicción es
enérgicamente conservada por el sujeto infantil, que la defiende frente a las
contradicciones que la observación le muestra en seguida, y no la pierde hasta después
de graves luchas interiores (complejo de castración). Las formaciones sustitutivas de
este pene, que el niño supone perdido en la mujer, juegan en la morfología de numerosas
y diversas perversiones un importantísimo papel.
La hipótesis de que ambos sexos poseen el mismo aparato genital (el masculino)
es la primera de estas teorías sexuales infantiles tan singulares y que tan graves
consecuencias pueden acarrear. De poco sirve al niño que la ciencia biológica dé la
razón a sus prejuicios y reconozca el clítoris femenino como un verdadero equivalente
del pene. La niña no crea una teoría parecida al ver los órganos genitales del niño
diferentes de los suyos. Lo que hace es sucumbir a la envidia del pene, que culmina en el
deseo, muy importante por sus consecuencias, de ser también un muchacho.
Teorías sobre el nacimiento.- Muchos hombres recuerdan claramente la intensidad
con que se interesaron, en la época anterior a la pubertad, por el problema de la
procedencia de los niños. Las infantiles soluciones anatómicas dadas al enigma son muy
diversas: los niños salen del pecho, son sacados cortando el cuerpo de la mujer o surgen
abriéndose paso por el ombligo. Estas investigaciones de los tempranos años infantiles
se recuerdan raramente fuera del análisis, pues han sucumbido a la represión; pero sus
resultados, cuando se logra atraerlos a la memoria, muestran todos una íntima analogía.
Otra de las teorías infantiles es la de que los niños se conciben al comer alguna cosa
determinada (como en las fábulas) y nacen saliendo del intestino como en el acto
excrementicio. Estas teorías del niño recuerdan la forma del parto en el reino animal, y
especialmente la cloaca de aquellos tipos zoológicos de especies inferiores a los
mamíferos.
Concepción sádica del acto sexual.- Cuando los niños son espectadores, en esta
edad temprana, del acto sexual entre los adultos, a lo cual da facilidades la convicción
corriente de que el niño no llega a comprender aún nada de carácter sexual, no pueden
por menos de considerar el acto sexual como una especie de maltratado o del abuso de
poder; esto es, en un sentido sádico. El psicoanálisis nos demuestra que tal impresión,
recibida en temprana edad infantil, tiene gran importancia para originar una
predisposición a un posterior desplazamiento sádico del fin sexual. Los niños que han
contemplado una vez la realización del acto sexual siguen ocupándose con el problema
de en qué consiste aquel acto o, como ellos dicen, en qué consiste el estar casado, y
buscan la solución del misterio en una comunidad facilitada por la función de expulsar la
orina o los excrementos.
Fracaso típico de la investigación sexual infantil.- En general puede decirse que
las teorías sexuales infantiles son imágenes de la propia constitución sexual del niño, y
que, a pesar de sus grotescos errores, indican más comprensión de los procesos sexuales
de la que se sospecharía en sus creadores.
Los niños advierten la transformación producida por el embarazo en su madre y
saben interpretarla muy justamente.
La fábula de la cigüeña es escuchada a veces por ellos con una profunda
desconfianza, generalmente muda; pero, dado que la investigación sexual infantil
desconoce siempre los elementos: el papel fecundante del semen y la existencia del
orificio vaginal, puntos en los cuales la organización infantil aún no está completada, los
trabajos de la investigación infantil permanecen infructuosos y terminan en una renuncia
que produce muchas veces una interrupción duradera del instinto de saber. La
investigación sexual de estos años infantiles es llevada siempre a cabo solitariamente y
constituye un primer paso del niño hacia su orientación independiente en el mundo,
alejándole de las personas que le rodean y que antes habían gozado de su completa
confianza.
(6) FASES EVOLUTIVAS DE LA ORGANIZACIÓN SEXUAL(*)
Hasta ahora hemos hecho resaltar como caracteres de la vida sexual infantil su
esencia autoerótica; esto es, el encontrar su objeto en el propio cuerpo y el hecho de
permanecer aislados y sin conexión todos los instintos parciales, tendiendo
independientemente cada uno hacia la obtención de placer. El final del desarrollo está
constituido por la llamada vida sexual normal del adulto, en la cual la consecución de
placer entra al servicio de la función reproductora, habiendo formado los instintos
parciales bajo la primacía de una única zona erógena; una firme organización para la
consecución del fin sexual en un objeto sexual exterior.
Organizaciones pregenitales.- El estudio psicoanalítico de las inhibiciones y
perturbaciones que aparecen en este proceso evolutivo nos permite descubrir nuevos
agregados y grados preliminares de tal organización de los instintos parciales, que nos
dejan deducir una especie de régimen sexual. Estas fases de la organización sexual
transcurren normalmente sin dejar advertir su paso más que por muy breves indicios.
Sólo en los casos patológicos se activan y aparecen reconocibles a la investigación
exterior.
Denominaremos pregenitales a aquellas organizaciones de la vida sexual en las
cuales las zonas genitales no han llegado todavía a su papel predominante. Hasta ahora
hemos conocido dos de estas organizaciones, que pueden considerarse como regresiones
a primitivos estados zoomórficos.
La primera de estas organizaciones sexuales pregenitales es la oral o, si se quiere,
caníbal. En ella, la actividad sexual no está separada de la absorción de alimentos. El
objeto de una de estas actividades es también objeto de la otra, y el fin sexual consiste en
la asimilación del objeto, modelo de aquello que después desempeñará un
importantísimo papel psíquico como identificación.
Como resto de esta fase de organización ficticia y que sólo la patología nos fuerza
a admitir puede considerarse la succión, en la cual la actividad alimenticia ha sustituido
el objeto exterior por uno del propio cuerpo (chupeteo del pulgar).
Una segunda fase pregenital es la de la organización sádico-anal. En ella la
antítesis que se extiende a través de toda la vida sexual está ya desarrollada; pero no
puede ser aún denominada masculina y femenina, sino simplemente activa y pasiva. La
actividad está representada por el instinto de aprehensión, y como órgano con fin sexual
pasivo aparece principalmente la mucosa intestinal erógena. Para ambas tendencias
existen objetos, pero no coincidentes. Al mismo tiempo actúan autoeróticamente otros
instintos parciales. En esta fase aparecen ya, por tanto, la polaridad sexual y el objeto
exterior. La organización y la subordinación a la función reproductora faltan todavía.
Ambivalencia.- Esta forma de organización sexual puede conservarse a través de
toda la vida y apropiarse gran parte de la actividad sexual. El predominio del sadismo y
el papel de cloaca en la zona anal le prestan un marcado sello arcaico. Otro de sus
caracteres es el de que las tendencias antagónicas son de igual fuerza, circunstancia para
la cual ha creado Bleuler el término «ambivalencia».
La hipótesis de la existencia de organizaciones pregenitales en la vida sexual está
fundada en el análisis de las neurosis, y solamente en relación con estos análisis puede
estudiársela. Debemos esperar que continuadas investigaciones analíticas nos
proporcionen más datos sobre la construcción y el desarrollo de la función sexual
normal.
Para completar el cuadro de la vida sexual infantil debe añadirse que con
frecuencia o regularmente tiene ya lugar en los años infantiles una elección de objeto tal
y como vimos era característica de la fase de la pubertad; elección que se verifica
orientándose todos los instintos sexuales hacia una única persona, en la cual desean
conseguir sus fines. Esta es la mayor aproximación posible en los años infantiles a la
constitución definitiva de la vida sexual posterior a la pubertad. La diferencia está tan
sólo en que la síntesis de los instintos parciales y su subordinación a la primacía de los
genitales no se verifica en la niñez, o sólo se verifica muy imperfectamente. La
formación de esta primacía en aras de la reproducción, es, por tanto, la última fase de la
organización sexual.
Los dos tiempos de la elección de objeto.- Puede considerarse como un fenómeno
típico el que la elección de objeto se verifique en dos fases: la primera comienza en los
años que van del segundo al quinto, es detenida o forzada a una regresión por la época
de latencia y se caracteriza por la naturaleza infantil de sus fines sexuales. La segunda
comienza con la pubertad y determina la constitución definitiva de la vida sexual.
El hecho de que la elección de objeto se realice en dos períodos separados por el
de latencia, es de gran importancia en cuanto a la génesis de ulteriores trastornos del
estado definitivo. Los resultados de la elección infantil de objeto alcanzan hasta épocas
muy posteriores, pues conservan intacto su peculiar carácter o experimentan en la
pubertad una renovación. Mas llegado este período y a consecuencia de la represión que
tiene lugar entre ambas fases, se demuestran, sin embargo, como utilizables. Sus fines
sexuales han experimentado una atenuación y representan entonces aquello que
pudiéramos denominar corriente de ternura de la vida sexual.
Sólo la investigación psicoanalítica puede demostrar que detrás de esta ternura,
respecto y consideración se esconden las antiguas corrientes sexuales de los instintos
parciales infantiles, ahora inutilizables.
La elección de objeto en la época de la pubertad tiene que renunciar a los objetos
infantiles y comenzar de nuevo como corriente sensual. La no coincidencia de ambas
corrientes da con frecuencia el resultado de que uno de los ideales de la vida sexual, la
reunión de todos los deseos en un solo objeto, no pueda ser alcanzado.
(7) FUENTES DE LA SEXUALIDAD INFANTIL
En la labor de perseguir los orígenes del instinto sexual hemos encontrado hasta
ahora que la excitación sexual se origina:
a) Como formación consecutiva a una satisfacción experimentada en conexión
con otros procesos orgánicos.
b) Por un apropiado estímulo periférico de las zonas erógenas.
c) Como manifestación de ciertos instintos cuyo origen no nos es totalmente
conocido, tales como el instinto de contemplación y el de crueldad.
La investigación psicoanalítica regresiva, que descubre la niñez del adulto
analizado, y la investigación directa de la vida infantil, nos han revelado otras fuentes
regulares de la excitación sexual. La observación directa de los niños tiene el
inconveniente de trabajar con objetos en los que fácilmente se incurre en error, y el
psicoanálisis queda dificultado por el hecho de no poder llegar a sus objetos ni a sus
resultados más que por medio de grandes rodeos. Mas con la acción conjunta de ambos
métodos investigativos se consigue un grado satisfactorio de seguridad de conocimiento.
En la investigación de las zonas eróticas hemos encontrado que estas partes de la
epidermis no muestran más que una especial elevación de un género de excitabilidad
que, en cierto modo, es poseído por toda la superficie del cuerpo. Por tanto, no nos
maravillemos de ver que determinadas excitaciones generales de la epidermis poseen
afectos erógenos muy definidos. Entre ellas debemos hacer resaltar las producidas por la
temperatura, hecho que nos ayuda a comprender los efectos terapéuticos de los baños
calientes.
Excitaciones mecánicas.- Debemos añadir aquí la producción de la excitación
sexual por conmociones mecánicas rítmicas del cuerpo, las cuales producen tres clases
de efectos estimulantes, a saber: sobre el aparato sensorial de los nervios vestibulares,
sobre la piel y sobre partes más profundas; esto es, los músculos y las articulaciones.
Antes de analizar las sensaciones de placer producidas por las excitaciones
mecánicas haremos observar que en lo que sigue emplearemos indistintamente los
términos «excitación» y «satisfacción», reservándonos para más adelante precisar el
sentido de cada uno. El que el niño guste tanto de juegos en los que se produce un
movimiento pasivo, como el de mecerse, y demande continuamente su repetición
constituye una prueba del placer producido por ciertos movimientos mecánicos. Sabido
es lo mucho que se usa el mecer a los niños de carácter inquieto para lograr hacerles
conciliar el sueño. El movimiento producido por los viajes en coche y más tarde en
ferrocarril ejerce un efecto tan fascinador sobre el niño ya de alguna edad, que todos los
muchachos tienen alguna vez en su vida el deseo de llegar a ser conductores o cocheros.
Abrigan un misterioso interés de extraordinaria intensidad por todo lo referente a los
viajes en ferrocarril y los convierten, en la época de la actividad fantástica (poco antes
de la pubertad), en nódulo central de un simbolismo exquisitamente sexual. La obsesiva
conexión del viaje en ferrocarril con la sexualidad procede sin duda del carácter de
placer de las sensaciones de movimiento. Si aparece una represión a este respecto,
represión que transforma gran parte de las preferencias infantiles en objetos de
desagrado, estos niños, cuando llegan a ser adultos, reaccionan con malestar y náuseas a
todos los movimientos de carácter de columpio o vaivén, quedan agotados
extraordinariamente por un viaje en ferrocarril o tienen ataques de angustia durante el
viaje y se defienden contra la repetición de la experiencia penosa por medio de aquella
neurosis cuyo síntoma es el miedo al ferrocarril.
Aquí se agrega (sin que aún haya podido llegarse a su comprensión) el hecho de
que por la coincidencia del miedo al movimiento mecánico, con una conmoción
mecánica, quede producida la grave neurosis traumática histeriforme. Debe suponerse,
por lo menos, que estas influencias, que cuando son de pequeña intensidad devienen
fuentes de excitación sexual, hacen surgir, cuando actúan en grado elevado, una
profunda perturbación del mecanismo sexual.
Actividad muscular.- La actividad muscular es para los niños una necesidad de
cuya satisfacción extraen un placer extraordinario. Que este placer tenga algo que ver
con la sexualidad, ya entrañando una satisfacción sexual, ya originando una excitación
de tal carácter, es una hipótesis que podrá sucumbir a las objeciones críticas que se alcen
contra ella y que no dejarán de oponerse asimismo a la afirmación antes expuesta de que
el placer producido por sensaciones de movimientos pasivos es de naturaleza sexual o
actúa como excitante sexual. Pero el hecho es que muchos individuos nos han
comunicado que los primeros signos de excitabilidad de sus genitales aparecieron
durante un cuerpo a cuerpo con sus compañeros de juego, situación en la cual, además
del esfuerzo muscular general, actúa el contacto de la piel del niño con la de su
contrincante. La tendencia a la lucha muscular con determinada persona, así como, en
años posteriores, la tendencia a la lucha oral, pertenece a los signos claros de la elección
de objeto orientada hacia dicha persona. En la producción de la excitación sexual por la
actividad muscular se hallará quizá una de las raíces del instinto sádico. Para muchos
individuos la conexión entre la lucha y la excitación sexual codetermina la posterior
orientación preferida de su instinto sexual.
Procesos afectivos.- Menos dudas aparecen en la observación de las restantes
fuentes de excitación sexual de los niños. Es fácil fijar, por observaciones directas o por
investigaciones posteriores, que todos los procesos afectivos intensos, hasta las mismas
excitaciones aterrorizantes, se extienden hasta el dominio de la sexualidad, hecho que
puede constituir asimismo una aportación a la inteligencia del efecto patógeno de tales
emociones. En los colegiales, el miedo al examen o la tensión ante un deber de difícil
solución pueden tener gran importancia, tanto para la aparición de manifestaciones
sexuales como para su conducta en la escuela, pues en tales circunstancias aparece con
frecuencia una sensación de excitación que lleva al tocamiento de los genitales o a un
proceso análogo a la polucián, con todas sus consecuencias perturbadoras. La conducta
del niño en la escuela, que tantos problemas plantea a los profesores, debe relacionarse,
en general, con su naciente sexualidad. El efecto sexualmente excitante de algunos
afectos desagradables en sí; el temor, el miedo o el horror, se conserva en gran cantidad
de hombres a través de toda la vida adulta y constituye la explicación de que tantas
personas busquen la ocasión de experimentar tales sensaciones cuando determinadas
circunstancias accesorias, esto es, la pertenencia de tales sensaciones a un mundo
aparente, como el de la lectura o el del teatro, mitigan la gravedad de las mismas.
Si pudiera suponerse que también las sensaciones intensamente dolorosas poseen
igual efecto erógeno, sobre todo cuando el dolor es mitigado o alejado por una
circunstancia accesoria, podría hallarse en esta situación una de las raíces principales del
instinto sádico-masoquista, en cuya heterogénea composición vamos penetrando poco a
poco.
Trabajo intelectual.- Es, por último, innegable que la concentración de la atención
en un trabajo intelectual, y en general toda tensión anímica, tienen por consecuencia una
coexcitación sexual en muchos hombres, tanto adolescentes como adultos, excitación
que es probablemente el único fundamento justificado para la de otra manera tan dudosa
atribución de las perturbaciones nerviosas al «surmenage» psíquico.
Volviendo a considerar, después de estas indicaciones y pruebas, no expuestas
aquí en su totalidad ni de un modo completo, las fuentes de la excitación sexual infantil,
pueden sospecharse o reconocerse las siguientes generalidades: parece existir un
especial cuidado en que el proceso de la excitación sexual, cuya esencia nos es cada vez
más misteriosa, sea puesto en marcha, cuidando de ella ante todo, de un modo más o
menos directo, las excitaciones de las superficies sensibles -tegumentos y órganos
sensoriales- y de un modo inmediato los efectos excitantes ejercidos sobre determinadas
partes consideradas como zonas erógenas. En estas fuentes de la excitación sexual, el
elemento regulador es la calidad de la excitación, aunque el elemento intensidad (en el
dolor) no sea por completo indiferente. Pero, además, existen disposiciones orgánicas
cuya consecuencia es la de hacer surgir la excitación sexual como efecto accesorio de
una numerosa serie de procesos interiores en cuanto la intensidad de estos procesos ha
traspasado determinadas fronteras cuantitativas. Los que hemos denominado instintos
parciales de la sexualidad se derivan directamente de estas fuentes internas de la
excitación sexual o se componen de aportaciones de tales fuentes y de las zonas
erógenas. Es posible que nada importante suceda en el organismo que no contribuya con
sus componentes a la excitación del instinto sexual.
No me parece posible, por ahora, lograr mayor claridad y seguridad en estas
deducciones generales, y de esta imposibilidad hago responsable a dos factores. Es el
primero, la novedad de este modo de considerar la cuestión, y el segundo, el hecho de
que la esencia de la excitación sexual no es aún totalmente desconocida. Sin embargo,
no quiero renunciar a hacer constar dos observaciones que permiten ampliar nuestro
horizonte:
Diversas constituciones sexuales.- Así como antes vimos la posibilidad de
fundamentar una diversidad de las constituciones sexuales innatas en la diversa
formación y desarrollo de las zonas erógenas, podemos también intentar algo análogo
con relación a las fuentes indirectas de la excitación sexual. Podemos aceptar que estas
fuentes producen aportaciones en todos los individuos, pero no en todos de igual
intensidad, y que en el mayor desarrollo de determinadas fuentes de la excitación sexual
se halla un nuevo dato para la diferenciación de las diversas constituciones sexuales.
Caminos de influjo recíproco.- Dejando aparte la expresión figurada en la que
durante tanto tiempo hablamos de «fuente» de excitación sexual, podemos llegar a la
hipótesis de que todos los caminos de enlace que nos conducen a la sexualidad partiendo
de otras funciones pueden ser recorridos también en sentido inverso. Si, por ejemplo, la
dualidad de funciones de la zona labial es el fundamento de que en la alimentación surja
simultáneamente una satisfacción sexual, el mismo factor nos permitiría también llegar a
la comprensión de las perturbaciones de las funciones alimenticias cuando las funciones
erógenas de la zona común estén perturbadas. Sabiendo que la concentración de la
atención puede hacer surgir una excitación sexual, podemos llegar a la hipótesis de que
por una actuación en el mismo camino, pero en dirección opuesta, el estado de
excitación sexual puede influir en nuestra disponibilidad sobre la atención susceptible de
ser dirigida. Gran parte de la sintomatología de aquellas neurosis que yo derivo de las
perturbaciones de los procesos sexuales se manifiesta en la perturbación de otras
funciones físicas no sexuales, y esta influencia, hasta ahora incomprensible, se hace
menos misteriosa cuando no representa más que la parte correspondiente en sentido
opuesto a las influencias, entre las cuales se halla la producción de la excitación sexual.
Los mismos caminos por los que las perturbaciones sexuales se extienden a las
restantes funciones físicas tienen también que servir a otras funciones importantes en
estados normales. Por estos mismos caminos tienen que tener lugar la orientación del
instinto sexual; esto es, la sublimación de la sexualidad.
Debemos cerrar este capítulo con la confesión de que sobre estos caminos, que
existen ciertamente y que probablemente pueden recorrerse en ambos sentidos, existe
muy poco seguramente conocido.