Formulaciones sobre los dos princípios

FORMULACIONES SOBRE LOS DOS PRINCIPIOS DEL SUCEDER
PSÍQUICO (*)
1910-1911 (1911)
HEMOS advertido hace ya mucho tiempo que toda neurosis tiene la consecuencia
de apartar al enfermo de la vida real, extrañándole de la realidad. Este hecho no hubo
tampoco de escapar a la observación de P. Janet, el cual nos habla de una pérdida de la
fonction du réel, como de un carácter especial de los neuróticos, aunque sin indicarnos el
enlace de esta perturbación con las condiciones fundamentales de la neurosis.
La introducción del proceso de la represión en la génesis de la neurosis nos ha
permitido Ilegar al conocimiento de tal enlace. El neurótico se aparta de la realidad -o de
un fragmento de la misma- porque se le hace intolerable. Ciertos aspectos de psicosis
alucinatoria, en los cuales ha de ser negado aquel suceso que provocó la demencia
(Griesinger), nos presentarán el tipo extremo de este apartamiento de la realidad. Pero
todo neurótico se conduce idénticamente con un fragmento de la misma. Se nos plantea,
pues, la labor de investigar la trayectoria de la relación del neurótico, y en general de
todos los hombres, con la realidad, y acoger así, en el cuerpo de nuestras teorías, la
significación psicológica del mundo exterior real.
En la psicología basada en el psicoanálisis nos hemos acostumbrado a tomar como
punto de partida los procesos anímicos inconscientes, cuyas particularidades nos ha
revelado el análisis, y en los que vemos procesos primarios, residuos de una fase
evolutiva en la que eran únicos. No es difícil reconocer la tendencia a que estos procesos
primarios obedecen, tendencia a la cual hemos dado el nombre de principio del placer.
Tienden a la consecución de placer, y la actividad psíquica se retrae de aquellos actos
susceptibles de engendrar displacer (represión). Nuestros sueños nocturnos y nuestra
tendencia general a sustraernos a las impresiones penosas son residuos del régimen de
este principio y pruebas de su poder.
En La interpretación de los sueños expusimos ya nuestra hipótesis de que el
estado de reposo psíquico era perturbado al principio por las exigencias imperiosas de
las necesidades internas. En estos casos, lo pensado (lo deseado) quedaba simplemente
representado en una alucinación, como hoy sucede con nuestras ideas oníricas. La
decepción ante la ausencia de la satisfacción esperada motivó luego el abandono de esta
tentativa de satisfacción por medio de alucinaciones, y para sustituirla tuvo que decidirse
el aparato psíquico a representar las circunstancias reales del mundo exterior y tender a
su modificación real. Con ello quedó introducido un nuevo principio de la actividad
psíquica. No se representaba ya lo agradable, sino lo real, aunque fuese desagradable.
Esta introducción del principio de la realidad trajo consigo consecuencias
importantísimas.
1) Ante todo, las nuevas exigencias impusieron una serie de adaptaciones del aparato
psíquico, sobre las cuales no podemos dar sino ligeras indicaciones, pues nuestro
conocimiento es aún en este punto, muy incompleto e inseguro.
La mayor importancia adquirida por la realidad externa elevó también la de los
órganos sensoriales vueltos hacia el mundo exterior y la de la consciencia, instancia
enlazada a ellos, que hubo de comenzar a aprehender ahora las cualidades sensoriales y
no tan sólo las de placer y displacer, únicas interesantes hasta entonces. Se constituyó
una función especial -la atención-, cuyo cometido consistía en tantear periódicamente el
mundo exterior, para que los datos del mismo fueran previamente conocidos en el
momento de surgir una necesidad interna inaplazable. Esta actividad sale al encuentro de
las impresiones sensoriales en lugar de esperar su aparición. Probablemente se estableció
también, al mismo tiempo, un sistema encargado de retener los resultados de esta
actividad periódica de la consciencia, una parte de lo que llamamos memoria.
En lugar de la represión que excluía de toda carga psíquica una parte de las
representaciones emergentes, como susceptibles de engendrar displacer, surgió el
discernimiento, instancia imparcial propuesta a decidir si una representación
determinada es verdadera o falsa, esto es, si se halla o no de acuerdo con la realidad, y
que lo decide por medio de su comparación con las huellas mnémicas de la realidad.
La descarga motora, que durante el régimen del principio de la realidad había
servido para descargar de los incrementos de estímulo el aparato psíquico, y había
cumplido esta misión por medio de inervaciones transmitidas al interior del cuerpo
(mímica expresión de los afectos), quedó encargada ahora de una nueva función, siendo
empleada para la modificación adecuada de la realidad y transformándose así en acción.
El aplazamiento, necesario ahora, de la descarga motora (de la acción) fue
encomendado al proceso del pensamiento, surgido de la mera representación. Esta nueva
instancia quedó adornada con cualidades que permitieron al aparato anímico soportar el
incremento de la tensión de los estímulos durante el aplazamiento de la descarga. Mas
para ello se hacía necesaria una transformación de las cargas libremente desplazables en
cargas fijas, y esta transformación se consiguió mediante una elevación del nivel de todo
el proceso de carga. El pensamiento era, probablemente, en un principio, inconsciente,
en cuanto iba más allá de la mera representación, y sólo con su enlace a los restos
verbales recibió otras cualidades perceptibles por la consciencia.
2) La tenaz adherencia a las fuentes de placer disponibles y la dificultad de renunciar a
ellas parecen constituir una tendencia general de nuestro aparato anímico, tendencia que
podríamos atribuir al principio económico del ahorro de energías. Con la instauración
del principio de la realidad quedó disociada una cierta actividad mental que permanecía
libre de toda confrontación con la realidad y sometida exclusivamente al principio del
placer. Esta actividad es el fantasear, que ya se inicia en los juegos infantiles, para
continuarse posteriormente como sueños diurnos abandonando la dependencia de los
objetos reales.
3) La sustitución del principio del placer por el principio de la realidad, con todas sus
consecuencias psíquicas, expuesta aquí esquemáticamente en una única fórmula, no se
desarrolla en realidad de una vez, ni tampoco simultáneamente en toda la línea, y
mientras los instintos del yo van sufriendo esta evolución, se separan de ellos los
instintos sexuales. Estos instintos observan al principio una conducta autoerótica,
encuentran su satisfacción en el cuerpo mismo del sujeto, y de este modo no llegan
nunca a sufrir la privación impuesta por la instauración del principio de la realidad.
Cuando más tarde se inicia en ellos el proceso de la elección de objeto, no tarda en
quedar interrumpido por el período de latencia, que retrasa hasta la pubertad el
desarrollo sexual. Estos dos factores, autoerotismo y período de latencia, provocan un
estacionamiento del desarrollo psíquico del instinto sexual y lo retienen aún por mucho
tiempo bajo el dominio del principio del placer, al cual no logra sustraerse nunca en
muchos individuos.
A consecuencia de todo esto se establece una relación más estrecha entre el
instinto sexual y la fantasía, por un lado, y los instintos del yo y las actividades de la
consciencia, por otro. Esta relación se hace muy íntima, tanto en los individuos sanos
como en los neuróticos, no obstante ser de naturaleza secundaria, según resulta de estas
deducciones de la psicología genética. La acción continuada del autoerotismo permite
que la satisfacción en objetos sexuales imaginarios, más fácil y pronto, sea mantenida en
sustitución de la satisfacción en objetos reales, más trabajosa y aplazada. La represión se
mantiene omnipotente en el terreno de la fantasía y consigue inhibir las representaciones
in statu nascendi, antes que puedan ser advertidas por la consciencia, cuando su carga de
energía psíquica pudiera provocar displacer. Este es el punto débil de nuestra
organización psíquica y puede ser utilizado para someter de nuevo al principio del placer
procesos mentales devenidos racionales ya. En consecuencia, uno de los elementos
esenciales de la disposición psíquica a la neurosis es engendrado por el retraso en educar
al instinto sexual en el respeto a la realidad y por las condiciones que han permitido tal
retraso.
4) Así como el yo sometido al principio del placer no puede hacer más que desear,
laborar por la adquisición del placer y eludir al displacer, el yo, regido por el principio
de la realidad, no necesita hacer más que tender a lo útil y asegurarse contra todo posible
daño. En realidad, la sustitución del principio del placer por el principio de la realidad
no significa una exclusión del principio del placer, sino tan sólo un afianzamiento del
mismo. Se renuncia a un placer momentáneo, de consecuencias inseguras, pero tan sólo
para alcanzar por el nuevo camino un placer ulterior y seguro. Pero la impresión
endopsíquica de esta sustitución ha sido tan poderosa, que se refleja en un mito religioso
especial. La doctrina de que la renuncia -voluntaria o impuesta- a los placeres terrenales
tendrá en el más allá su recompensa no es más que la proyección mística de esta
transformación psíquica. Siguiendo consecuentemente este modelo, las religiones han
podido imponer la renuncia absoluta al placer terrenal contra la promesa de una
compensación en una vida futura. Pero no han conseguido derrocar el principio del
placer. El mejor medio para ello habrá de ser la ciencia, que ofrece también placer
intelectual durante el trabajo y una ventaja práctica final.
5) La educación puede ser descrita como un estímulo al vencimiento del principio del
placer y a la sustitución del mismo por el principio de la realidad. Tiende, por tanto, a
procurar una ayuda al desarrollo del yo, ofrece una prima de atracción para conseguir
este fin, el cariño de los educadores, y fracasa ante la seguridad del sujeto infantil de
poseer incondicionalmente tal cariño y no poder perderlo en ningún modo.
6) El arte consigue conciliar ambos principios por su camino peculiar. El artista es,
originariamente, un hombre que se aparta de la realidad, porque no se resigna a aceptar
la renuncia a la satisfacción de los instintos por ella exigida en primer término, y deja
libres en su fantasía sus deseos eróticos y ambiciosos. Pero encuentra el camino de
retorno desde este mundo imaginario a la realidad, constituyendo con sus fantasías,
merced a dotes especiales, una nueva especie de realidades, admitidas por los demás
hombres como valiosas imágenes de la realidad. Llega a ser así realmente, en cierto
modo, el héroe, el rey, el creador o el amante que deseaba ser, sin tener que dar el
enorme rodeo que supondría la modificación real del mundo exterior a ello conducente.
Pero si lo consigue es tan sólo porque los demás hombres entrañan igual insatisfacción
ante la renuncia impuesta por la realidad y porque esta satisfacción resultante de la
sustitución del principio del placer por el principio de la realidad es por sí misma una
parte de la realidad.
7) En tanto que el yo realiza su evolución desde el régimen del principio del placer al del
principio de la. realidad, los instintos sexuales experimentan aquellas modificaciones
que los conducen desde el autoerotismo primitivo, y a través de diversas fases
intermedias, el amor objetivado, en servicio de la función reproductora. Si es exacto que
cada uno de los grados de estas dos trayectorias evolutivas pueden llegar a ser el
substrato de una disposición a ulteriores afecciones neuróticas, podremos suponer que la
forma de esta neurosis ulterior (la elección de neurosis) dependerá de la fase de la
evolución del yo y de la libido en la que haya tenido efecto la inhibición del desarrollo,
causa de la disposición. Los caracteres temporales de los dos desarrollos, aún no
estudiados, y sus posibles desplazamientos recíprocos, presentan insospechada
importancia.
8) El carácter más singular de los procesos inconscientes (reprimidos), carácter al que
sólo con gran esfuerzo se acostumbra el investigador, consiste en que la realidad mental
queda equiparada en ellos a la realidad exterior, y el mero deseo, al suceso que lo
cumple, conforme en un todo al dominio del principio del placer. Por esto resulta tan
difícil distinguir las fantasías de los recuerdos emergidos en la consciencia. Pero
habremos de guardarnos muy bien de aplicar a los productos psíquicos reprimidos la
valoración de la realidad y no conceder beligerancia alguna a las fantasías, en cuanto a la
producción de síntomas, por no tratarse de realidades, como igualmente de buscar un
origen distinto al sentimiento de culpabilidad, por no encontrar ningún delito real que lo
justifique. Estamos obligados a servirnos de los valores en curso en el país que
exploramos, o sea en nuestro caso, de la valuta neurótica. Inténtese, por ejemplo, hallar
la solución del sueño siguiente: Un individuo, que había asistido a su padre durante la
penosa enfermedad que le llevó a la muerte, relata que durante los meses siguientes al
funesto desenlace soñó repetidas veces que su padre se hallaba de nuevo en vida y
hablaba con él como de costumbre. Pero al mismo tiempo sentía, con dolorosa
intensidad, que su padre había muerto ya aunque él mismo no lo sabía. EI único camino
que puede conducirnos a la solución de este sueño es introducir algunas agregaciones a
la última frase de su relato en la forma siguiente: …sentía con dolorosa intensidad que
su padre había muerto ya («como él deseaba» o «a consecuencia de su deseo»), aunque
él mismo no lo sabía («no sabía que el hijo había tenido tal deseo»). Las ideas latentes
del sueño serían entonces las siguientes: constituía para él un recuerdo doloroso haber
tenido que desear que la muerte viniera a poner término a los sufrimientos de su padre y
hubiera sido terrible que el enfermo se hubiese dado cuenta de ello. Se trata, pues, del
conocido caso en que el sujeto se hace a sí mismo los más duros reproches después de la
pérdida de una persona querida, y el reproche retrocede en este ejemplo a la
significación infantil del deseo de la muerte del padre.
Para disculpar los defectos del presente trabajo, más preparatorio que expositivo,
no bastará quizá declararlos inevitables. Al referirnos a las consecuencias psíquicas de la
adaptación al principio de la realidad hemos tenido que indicar opiniones que
hubiéramos preferido reservar aún por algún tiempo, y cuya justificación ha de exigir
considerable trabajo. Pero quiero esperar que los lectores benévolos advertirán sin
dificultad dónde comienza también en este ensayo el régimen del principio de la
realidad.