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LA «FAUSSE RECONNAISSANCE» («DÉJÀ RACONTÉ») DURANTE EL PSICOANÁLISIS (*) 1914 SUCEDE con frecuencia durante el análisis que al terminar de relatar el paciente algún recuerdo añade: «Pero esto ya se lo he contado a usted otra vez», mientras que, por nuestra parte, estamos seguros de acabárselo de oír por vez primera. Si así lo hacemos saber al paciente, insistirá repetidamente y con toda energía en su afirmación, declarándose dispuesto a jurarlo, etc. Pero con tales aseveraciones no hace sino confirmar nuestra convicción sobre la novedad de lo oído. Sería totalmente antipsicológico querer decir tal discusión insistiendo con mayor fuerza en nuestra seguridad e imponiendo nuestro convencimiento. Sabemos que este sentimiento de confianza en la fidelidad de la memoria carece de todo valor objetivo, y como necesariamente ha de estar equivocado uno de los dos, la paramnesia puede corresponder tanto al médico como al analizado. Después de reconocerlo así ante el paciente, interrumpimos la discusión y dejamos su decisión para más adelante. En algunos, muy pocos, casos recordamos luego haber oído ya, en efecto, al enfermo el discutido relato y encontramos en el acto el motivo subjetivo, a veces muy lejano, que ha provocado el olvido temporal. Mas, por lo general, el equivocado es el paciente, y no nos es difícil llevarle a reconocer su error. La explicación de este fenómeno parece ser la de que el sujeto tuvo realmente alguna vez la intención de contarnos aquéllo, e incluso se dispuso a iniciar en una ocasión, o quizá en varias, su relato; pero no Ilegó a cumplir nunca su propósito, por impedírselo una resistencia, y ahora confunde el recuerdo del propósito con el de su realización. Dejando a un lado todos aquellos cursos en los que puede caber alguna duda, haremos resaltar otros que entrañan un singular interés teórico. Con algunos sujetos comprobamos repetidamente que la afirmación de haber contado ya algo surge precisamente con especial tenacidad en ocasiones en las que es absolutamente imposible que estén en lo cierto. Lo que en estos casos suponen haber contado ya y reconocen ahora como algo pasado, que el médico debía saber tan bien como ellos, resultan ser recuerdos muy valiosos para el análisis, confirmaciones esperadas hace mucho tiempo o soluciones que ponen un término a una parte del análisis y a las que el médico hubiera enlazado seguramente penetrantes explicaciones. Ante estas circunstancias, el paciente concede pronto que su recuerdo debe de haberle engañado, aunque no logra explicarse la clara precisión del mismo. El fenómeno que en estos casos nos ofrece el paciente merece el nombre de fausse reconnaissance, y es totalmente análogo a aquellos otros en los que experimentamos espontáneamente la sensación de habernos encontrado ya en aquella misma situación de haber vivido ya otra vez aquello (el fenómeno de déjà vu), sin que nos sea nunca posible confirmar nuestro convencimiento hallando en nuestra memoria la huella mnémica de aquella vez anterior. Como es sabido, este fenómeno ha producido una multitud de tentativas de explicación que podemos reunir en dos grupos. En el primero se da crédito a la sensación contenida en el fenómeno y se acepta que se trata realmente de un recuerdo: la cuestión estaría en averiguar de qué. En el segundo, mucho más nutrido, hallamos aquellas explicaciones en las cuales se supone más bien una ilusión de la memoria y a las cuales se plantea, por tanto, la labor de investigar cómo puede producirse tal fallo paremnésico de la función: Por lo demás, estas tentativas abarcan un amplio círculo de motivos, comenzando por la antiquísima teoría, atribuida a Pitágoras, de que el fenómeno de déjà vu contiene la prueba de una existencia individual anterior, siguiendo con la hipótesis anatómica de que el fenómeno depende de una disociación temporal de la actividad de los dos hemisferios del cerebro (Wigan, 1860) y culminando en las teorías puramente psicológicas de la mayoría de los autores modernos, que ven en el déjà vu una manifestación de una debilidad de la percepción, y lo atribuyen a la fatiga, al agotamiento o a la distracción. En 1904 ha dado Grasset al fenómeno de déjà vu una explicación que ha de contarse entre las del primer grupo. A su juicio, el fenómeno indica que el sujeto hizo anteriormente alguna vez una percepción inconsciente que sólo ahora ha llegado a la consciencia bajo la impresión de una nueva percepción análoga. Varios otros autores han aceptado esta explicación de Grasset y han señalado como base del fenómeno el recuerdo de un sueño olvidado. En ambos casos se trataría de la reviviscencia de una impresión inconsciente. En la segunda edición de mi Psicopatología de la vida cotidiana (1907) incluí yo, sin. conocer el trabajo de Grasset, o en todo caso sin mencionarlo, una idéntica explicación de la supuesta paramnesia. Para mi disculpa, he de alegar que mi teoría constituía el resultado de la investigación psicoanalítica de un caso de déjà vu experimentado veintiocho años atrás por una paciente mía. De esta investigación resultó que la situación en la que surgió el fenómeno era realmente muy adecuada para despertar el recuerdo de un suceso vivido anteriormente por la analizada. En la familia a la cual fue a visitar por entonces, teniendo doce años, había un hermano enfermo de muerte, y su propio hermano se había hallado pocos meses antes en igual peligro. Pero a este elemento común se enlazó en esta segunda situación una fantasía incapaz de consciencia -el deseo de que su hermano muriese-, y por esta razón no podía hacerse consciente la analogía entre ambas. La sensación de dicha analogía quedó sustituida por el fenómeno de haber vivido ya aquello, desplazándose la identidad desde el elemento común sobre la localidad. Como es sabido, el nombre de déjà vu comprende toda una serie de fenómenos análogos: el déjà entendu, el déjà éprouvé y el déjà senti, etc. El caso que a continuación reproducimos constituye un déjà raconté que se derivaría, por tanto, de un propósito inconsciente no realizado. Un paciente relata en el curso de sus asociaciones: «Tenía por entonces cinco años, y jugando con un cuchillo en el jardín me rebané el dedo meñique… Bueno, creí que me lo había rebanado… Pero esto ya se lo he contado a usted otra vez.» Afirmo al paciente que no recuerdo haberle oído nada semejante. Insiste, cada vez más convencido, alegando estar plenamente seguro de no equivocarse. Por último, pongo fin a la discusión en la forma antes indicada y le pido que, de todos modos, me repita la historia. Ya veríamos después. «Teniendo cinco años estaba un día en el jardín con mi niñera, y jugaba con una navajita, clavándola en la corteza de uno de aquellos nogales que desempeñan también un papel en mi sueño. De repente advertí, con espanto indecible, que me había cortado de tal manera el dedo meñique (¿el derecho o el izquierdo?), que sólo permanecía unido a la mano por un trozo de piel. No sentía dolor ninguno, pero sí mucho miedo. Sin atreverme a decir nada a la niñera, sentada a poca distancia de mí, me desplomé sobre un banco y permanecí allí, incapaz de mirarme siquiera el dedo. Por fin, al cabo de un rato, me serené, me miré la mano y comprobé con asombro que no me había hecho herida ninguna.» Una vez terminado su relato, el paciente reconoció ya que no podía haberme contado antes aquella visión o alucinación. Comprendía muy bien que, por mi parte, no habría podido dejar pasar sin aprovecharla una tal prueba de la existencia del miedo a la castración. Con esto quedó vencida su resistencia contra la aceptación del complejo de castración; pero preguntó: «¿Por qué he creído tan seguramente haberle contado ya este recuerdo?» Luego recordamos ambos que en diversas ocasiones, pero siempre sin provecho alguno, había relatado los siguientes pequeños recuerdos: «Cuando mi tío salió de viaje, nos preguntó a mi hermana y a mí qué queríamos que nos trajese. Mi hermana le pidió un libro y yo una navajita.» Ahora reconocimos en esta ocurrencia, surgida meses antes, un recuerdo encubridor del recuerdo reprimido y una agregación al relato de la supuesta pérdida del dedo meñique (un indudable equivalente del pene), relato retenido por el influjo de la resistencia. La navaja que aparecía en el relato por tanto tiempo retenido era la que su tío le había traído realmente de su viaje. Creo inútil añadir nada más a la interpretación de este pequeño suceso por lo que se refiere a su aclaración del fenómeno de fausse reconnaissance. Con respecto al contenido de la visión del paciente he de observar que semejantes ilusiones alucinatorias no son nada raras en conexión con el complejo de la castración, pudiendo servir también para la corrección de percepciones indeseadas. En 1911, una persona de formación universitaria, a la que no conozco, y cuya edad no puedo indicar, me escribió desde una ciudad alemana, poniendo a mi disposición el siguiente recuerdo infantil: «Al leer su ensayo titulado Un recuerdo infantil de Leonardo de Vinci, las afirmaciones contenidas en las páginas 29 y 31 despertaron en mí intensa oposición. Su observación de que el niño se halla dominado por el interés hacia sus propios genitales me hizo pensar que, de tratarse de una ley general, era yo, en todo caso, una excepción. Las líneas siguientes, página 31 hasta el principio de la 32, me llenaron luego de asombro, de aquel asombro que se apodera de nosotros cuando se nos da a conocer algo completamente nuevo. Pero en medio de mi asombro, acudió a mí un recuerdo que me demostró -para mi mayor sorpresa- que todo aquello no debía cogerme realmente tan de nuevas. En efecto, durante la época en que me hallaba entregado de lleno a la `Investigación sexual infantil', tuve ocasión de contemplar los genitales de una de mis compañeras de juego y vi en ellos claramente un pene semejante al mío. Poco después; la contemplación de las estatuas y las pinturas de desnudo me sumió de nuevo en confusiones y para escapar a esta discordia «científica» imaginé el siguiente experimento: Apretando los muslos uno contra otro, sujetaba entre ellos mis genitales, haciéndolos desaparecer, y comprobaba entonces, con satisfacción, que de aquel modo se borraba toda diferencia entre mi propio desnudo y los desnudos femeninos. Así, pues, concluí que en estos últimos se hacía desaparecer, por medio de igual procedimiento, el órgano genital. En este punto, acude a mí otro recuerdo que siempre ha tenido para mí gran importancia, por ser uno de los tres únicos que constituyen mi recuerdo total de mi madre, tempranamente fallecida. Mi madre está en pie delante del fregadero y lava en él unos vasos y otros cacharros, mientras yo juego en el mismo cuarto y cometo alguna travesura. En castigo, mi madre me propina unos cuantos palmetazos, y de pronto veo, con horror, que se me desprende el dedo meñique y cae precisamente en el cubo. Como sé que mi madre está enfadada, no me atrevo a decirle nada y presencio con espanto cómo la criada se lleva a poco el cubo. Durante mucho tiempo tuve el convencimiento de haber perdido un dedo, probablemente hasta la época en que aprendí a contar. He intentado muchas veces interpretar este recuerdo, de gran importancia para mí por su relación con mi madre, pero ninguna de mis interpretaciones ha Ilegado a satisfacerme. Sólo ahora, después de la lectura de su trabajo, vislumbro una solución sencilla y satisfactoria del enigma.» Al final del tratamiento, y para satisfacción del médico, surge frecuentemente otra forma de fausse reconnaissance. Una vez que se logra la aceptación del suceso reprimido, de naturaleza real o psíquica, contra todas las resistencias, rehabilitándolo así en cierto modo, suele exclamar el paciente: «Ahora tengo la sensación de haberlo tenido siempre.» Con esto queda cumplida la labor psicoanalítica.
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