E-mail: antropos55@hotmail.com
|
RESUMEN Este artículo es un
acercamiento a las interacciones entre conciencia y sociedad. Se ha
investigado las corrientes principales de los conceptos de conciencia y de sociedad que han surgido a lo largo de la historia en las
disciplinas de la filosofía,
sociología, antropología y psicología. En la teoría sociológica, las
conexiones entre la sociedad y la conciencia ha sido objeto de multitud de
investigaciones y es central en la epistemología de las ciencias sociales. Se
añade, así mismo, un esbozo somero del concepto de dominación que se realiza
en la conciencia humana a partir de las estructuras sociales. También se
presentan tres hipótesis acerca de los límites del conocimiento que pretenden
ser un paradigma de circunscripción de la interpretación de los saberes. Palabras clave: conciencia, sociedad, filosofía, sociología,
antropología, psicología, conocimiento. |
|
ABSTRACT This article is an approach to the interactions between conscience and
society. There has been investigation into the main trends concerning the
concepts of conscience and society that have arisen throughout history in the
disciplines of philosophy, sociology, anthropology and psychology. According
to sociology, connections between conscience and society have been object of
many an investigation and are of central importance in the epistemology of
social sciences. Furthermore, this article includes a brief outline on the
concept of domination which is carried out in the human mind according to
social structures. In addition, three hypotheses concerning the limits of
knowledge are presented; these intend to be a paradigm of how to circumscribe
the interpretation of knowledge. Keu
words: conscience, society, philosophy, anthropology, psychology,
knowledge. |
Definimos
ahora una serie de hipótesis sobre el conocimiento/no-conocimiento que sitúa
con claridad las coordenadas del problemas que estamos desarrollando en este
trabajo: 1) Hipótesis de Incompletud Cognitiva: Nuestra hipótesis de partida
postula la posibilidad de que la complejidad del universo[1]
sea mayor que la complejidad de la mente cognoscente. Lo que implicaría la
imposibilidad de un completo conocimiento del mismo. Si un sistema social es el
resultado de un proceso de evolución de los sistemas naturales y manifiesta su
mayor grado de complejidad, entonces dicho sistema social contiene infinitos
grados de complejidad y, por lo tanto, la posibilidad de que una también
infinidad de errores esté presente en la intelección del mismo a través de la
mente humana. Es decir: existe un límite a la capacidad de conocimiento que
tiene el hombre ya que la complejidad de lo real actual está contenida, como
potencia, en la complejidad del orden subyacente del universo. 2) Hipótesis de
Indecibilidad Cognitiva: Es imposible
saber hasta qué grado es posible el conocimiento de los sistemas —incluidos lo
sistemas sociales— y de las pautas de comportamiento relacional de los
individuos dentro de un sistema social dado. Para que ello fuese posible sería
necesario tener un conocimiento previo de la «totalidad» del mismo
conocimiento. 3) Hipótesis de Indeterminación Cognitiva: No sabemos hasta qué
punto lo conocido, con respecto a los diversos sistemas, es relevante o
plausible para el conocimiento de dichos sistemas. Es decir, no sabemos con
certeza si conocemos de forma «adecuada».
Lo
social se manifiesta en lo «interior» del actor social por medio de las
agencias de socialización y de la pregnancia que el sujeto vive como certeza
del único mundo posible, de la única realidad accesible, constituyendo un
absoluto que opera como organización interior, como sistema autocontenido o
conjunto de relaciones estructurales pertenecientes a la realidad privada del
actor social. Es decir, lo exterior volcado en y constituyendo la conciencia es
vivido por el individuo como la «realidad». El desconocimiento profundo de lo
interior que opera tanto en las capas conscientes como inconscientes de ese
individuo posibilita la dominación. Esto supone la posibilidad y el hecho
fáctico del control social y por ende de la gobernabilidad de una sociedad a
través de una serie de instituciones y de la dirección ejercida como regulación
a partir de determinadas instancias (Gobierno, Estado, &.). La dominación
se hace posible por medio del desconocimiento, la desinformación, la
información tergiversada, el mito o el puro y simple engaño social donde los
poderes dirigen la conducta y modelas el carácter de los sujetos[2].
La
relación de los componentes que manejamos es posible esquematizarla en unos
pocos rasgos:
![]()
MUNDO
NATURAL
MENTE/CEREBRO/PENSAMIENTO SOCIEDAD
![]()
![]()
Figura:.
Esquema general de interacciones
Fuente: elaboración propia
Sobre
esa mente/cerebro/pensamiento se ejerce la alienación. La mente resulta
alienada como producto de la dominación. El individuo deja de ser autónomo con
respecto al pensamiento y la acción para pasar a ser heterónomo con respecto a la capacidad de autonomía. El mundo
social se revela al análisis profundo como «apariencia inducida». El mismo
conocimiento se presenta como intento de certeza. En este sentido se tiende a
producir una coherencia informacional acorde con la estructura de esquema de
conocimiento latente antes de la incorporación del nuevo saber.
Desde
la óptica de los diversos saberes, los actores social, pertenezcan a la
comunidad científica o no, tiende a la confirmación de la hipótesis de partida.
La epistemología de K. Popper ha hecho hincapié en el concepto de «falsación»
como profilaxis de la tendencia confirmatorias en las ciencias inductivas que
cargan, en su origen, con el problema de Hume a cerca de la plausibilidad de
las inferencias inductivas en el conocimiento científico natural. Un ejemplo
tipo es el postulado mertoniano de la «profecía que se autocumple» como resultado
de una serie de asertos que los actores sociales realizan sobre determinados
aspectos de la vida social. El Teorema de Thomas[3]
indica que cuando los actores sociales definen una situación como real, es real
en sus consecuencias, da idea de cómo el conocimiento confirmatorio se
configura como una estructura simbólica, de tipo inductivo, asertórico que
realizan los sujetos a cada momento en la vida cotidiana. El principio de
causalidad es aplicado a cada paso confirmatorio de una forma unívoca sin tener
en cuenta la posibilidad de que el componente causal no sea único sino que, por
el contrario, sea múltiple y por tanto sin tener en cuenta las múltiples
influencias previas que estén en la base de cualquier fenómeno social. En este
sentido, es aleccionadora la anécdota que relata Y. Jurgin:
«Si
ponemos una cucaracha sobre una mesa y damos unos golpecitos con el dedo a un
mueble, el insecto se echa a correr. Si después le arrancamos a la cucaracha
las patas, la ponemos de nuevo sobre la mesa y volvemos a dar unos golpes, el
insecto no echará a correr. Por consiguiente, puede hacerse la conclusión de
que la cucaracha oye con las patas.»[4]
La
verdad, y el conocimiento de ella, se constituyen en un compuesto relacional meramente
arquitectónico pero con consecuencia reales en el plano de la vida y de lo
social.
Las imbricaciones, interacciones, sinergias, y demás
modos relacionales, producidos entre el conocimiento, el pensamiento y la
sociedad —grupos sociales, &.—son de unas características tales, que hacen
que estos aspectos de una macrorealidad abarcadora ocupen un puesto de honor en
el modo de ser de lo existente, y en
los supuestos ontológicos de la conformación de lo real-universal. Si bien el
componente conciencia puede estar dotado de una propiedad de inmediatez con
respecto al componente sociedad, en el sentido de ser un presupuesto de ésta,
es cierto que, a la luz de las teorías de la sociología contemporánea, la
propia conciencia ha sido interpretada como el resultado de la existencia del
ser social, es decir, del hecho conformativo que supone la presencia de las
estructuras sociales.
La sociología marxiana parte de un conocido
presupuesto epistemológico cuando sostiene que es la realidad la que determina la conciencia y no la
conciencia la que determina la realidad. Mientras que para Lenin, en una
especie de «realismo ingenuo» de tipo russelliano, la
conciencia reflejaría la realidad subyacente; la conciencia de clase de Marx
supone un agregado de representaciones ideológicas creadas en la mente de los
individuos a través del entendimiento del funcionamiento de las estructuras
económicas —de la «clase en sí» a la «clase para sí»—, y de otras estructuras
sociales, junto con los vínculos que mantienen entre ellas. Por lo tanto, la
sociología marxista prioriza el papel de lo social-económico-cultural —el
«ambiente»— en lo referente a la elaboración del pensamiento.
El comportamiento social, manifestado esencialmente
en los roles sociales, queda así configurado por los componentes ideológicos
—de apariencia ínsita— que permiten al sujeto la sensación de permanencia a una
determinada clase social en exclusión y oposición con otra clase social. Para
los marxistas, y en general para la filosofía materialista, la conciencia es
independiente en cierto modo de lo
real: «la conciencia no determina la vida; es la
vida la que determina la conciencia» (Ideología alemana). Por una parte está el ser real objetivo, y por
otra, el ser social como formas separadas de la conciencia reificada del individuo. Sin embargo —para este
pensamiento—, no es posible hablar estrictamente de dualismo ser-conciencia,
sino, más bien, de que el «ser» es independiente de la conciencia; pero no a la
inversa. Los marxistas hegelianos armonizaron la preocupación de Hegel por la
conciencia, con la de los pensadores deterministas por los aspectos
estructurales de la economía dentro de la sociedad. Al menos desde el punto de
vista teórico, confirman la importancia de la conciencia individual y de la
relación entre pensamiento y acción; sobre todo a través de su principal
exponente: George Lukács. Es Marx el que sostiene que el hombre liga la
conciencia a sus acciones; efectuando una crítica al pensamiento de Hegel y su
análisis de la conciencia como si ésta tuviese entidad independiente del
individuo. La conformación del pensamiento/conocimiento se estructura a partir
de la acción e interacción humana, al ser un producto social; determinado por
las relaciones sociales y de producción material. De aquí el concepto marxista
de «alienación», que es denominado
como distorsión producida por las estructuras sociales capitalistas en la
naturaleza humana. A partir de este supuesto, Marx distingue entre «conciencia
individual» y «conciencia de una “época”» y pasa al análisis, tanto de la
conciencia de clase, como de la falsa conciencia. Esta última, según Marx, está presente tanto en el capitalista
como en el trabajador, al no tener ambos una percepción correcta del modo en
que funciona el sistema y del papel que desempeñan.
El aspecto funcional de la acción ha sido estudiado por los
funcionalistas como T. Parsons donde el funcionamiento del sistema social está
garantizado por el equilibrio y la estática social guiados por una concepción
conservadora de la organización política de la vida comunal.
Uno de los autores que redujo la conciencia a mera
función fue el psicólogo y filósofo norteamericano William James, al considerar
que dicha conciencia no es una entidad; produciendo así una reducción de
aquella a las «realidades de experiencia». En los Ensayos sobre empirismo radical sostiene
que: «existe solamente una materia prima en el
mundo». Para este intelectual los pensamientos
cumplen un papel funcional al conocer y que estos pensamientos están
constituidos de la misma materia que los demás objetos materiales —monismo neutral—. La llamada «duplicidad interior» no existe en los materiales
que conocemos del mundo. La disociación de estos materiales entre, por una
parte, los que tienen la propiedad de conocer y, por otra, los que son
conocidos no suponen una dualidad primordial. Algo similar sostiene la
filosofía analítica de B. Russell al considerar que el acto mental de la
percepción incorpora en sí mismo la vinculación o relación entre el perceptor y
lo percibido. No hay que olvidar el papel puntero de la filosofía analítica en
su íntima relación con el lenguaje, y por lo tanto con la Lógica, y el
entramado de relaciones y vínculos intelectuales con los positivistas lógicos
del Círculo de Viena.
En la sociología norteamericana, Cooley y Mead[5]
rechazaron la separación entre conciencia y sociedad —contexto social— a través
del concepto de «self[6]
especular». Los individuos tienen
conciencia y ésta se va construyendo en la interacción social. Así, para Mead y
su interaccionismo simbólico, la conciencia tiene dos significados diferentes.
El primero es aquel que hace referencia a la subjetividad, a lo que solamente
el actor social tiene acceso. El segundo está asociado a la inteligencia
reflexiva o modo de pensar sobre el mundo social. La conciencia es concebida
como procesual-social. Es funcional —no está definida en términos idealistas— y
está situada en el mundo objetivo; es decir, pertenece al medio «real» en el que estamos ubicados.
La Teoría del intercambio (Homans) no concedió demasiado interés
a la conciencia, centrándose en los aspectos de la recompensa de los individuos. Otra cosa sucede con la Teoría
crítica (Escuela de Frankfurt: Max Horkheimer, J. Habermas, Adorno, W. Benjamín, H. Marcuse, A. Schmidt, W. F.
Haug, R. Reiche, P. Breines, H Berndt, &.) preocupada por los actores
sociales y por la misma conciencia; y que, sin embargo, no efectúa una
separación clara en sus investigaciones entre la conciencia individual y la
conciencia revolucionaria. Esta escuela, heredera del marxismo hegeliano,
realizó aportaciones sumamente importantes a través de sus grandes teóricos
críticos, tales como Habermas o Marcuse, en lo referente a las interrelaciones
cultura-conciencia por medio de la asimilación e incorporación de la teoría
freudiana, en el caso de Marcuse.
Braverman, siguiendo las teorías antropológicas de
K. Marx, afirma que el entorno natural es siempre necesario para el
mantenimiento de la vida, es decir, la utilización de la naturaleza como
posibilidad del existir; pero que lo que caracteriza sustancialmente al hombre
es la conciencia. Desde el punto de
vista nominalista, los fenómenos sociales no ejercen «efectos independientes y
determinantes sobre la conciencia y la conducta de los individuos». Punto de vista opuesto a
la concepción realista que acentúa el efecto de la sociedad sobre el
pensamiento, constituyendo a ésta y controlando los procesos
cognitivos-mentales de los sujetos. La aplicación de estos aspectos en el
conocimiento científico en general viene dado por la implantación de los
científicos en la comunidad de teóricos y sabios —que es así mismo una
comunidad educativa en cuanto realizan roles de maestros y profesores—, de la
cual extraen los paradigmas metodológicos, operacionales y conceptuales
necesarios para la práctica y desarrollo de sus respectivas ciencias. La
comunidad científica se articula como subsistema social, cultural e incluso
ideológico, dotado de unas características que le son propias, dentro de
subsistemas mayores y del sistema social en general. El prestigio social de la
ciencia garantiza el reconocimiento político y presupuestario necesario para
llevar a cabo su labor. Las características internas de los grupos y
comunidades de científicos son susceptibles de estudio histórico y sociológico.
El racionalismo heredado del siglo XVIII, junto con la noción de progreso
social y científico —que lleva aparejado el de dominación y control de la
naturaleza— tiene su ápice social en las estructuras de los diversos
subsistemas de la sociedad que necesitan para su funcionamiento, en una
sociedad cada vez más compleja e interactuante, del saber aportado por la
ciencia de base y por la ciencia aplicada en forma de tecnología. Una sociedad
científica, como es la nuestra, es incapaz de un funcionamiento eficaz sin el
concurso de las fuerzas interpretativas de la naturaleza que, a través de las
ciencias formales y de las ciencias fácticas, «garantizan» el buen funcionamiento de
la misma.
La sociología fenomenológica y la etnometodología
han aceptado la relevancia esencial de la conciencia en sus perspectivas
metodológicas, pero centrándose en conductas que son observables a través de la
investigación empírica. Sin embargo, los etnometodólogos no han adoptado una
posición transparente en relación a su papel y han centrado sus mayores
intereses de estudio en los componentes macro
de la sociedad. La sociología fenomenológica de Alfred Schutz atiende a la
forma de comprensión recíproca de las conciencias —la conciencia es definida
como «estado de alerta»—, es decir, al modo psicológico
en que se produce la relación entre sujetos, y no tanto la mera interacción
física de éstos. Para el sociólogo de origen vienés, lo fundamental era el
análisis de los procesos por los que se adscribe e incorpora el significado y
la comprensión interna en los individuos. Procesos que permiten interpretar los
aspectos conductuales de los otros y los del propio individuo. Schutz traslada
la fenomenología filosófica de Husserl al plano de la sociología, distinguiendo
dos tipos de motivos: los «motivos para» y los «motivos porque». Los primeros
son los que tiene el individuo cuando pretende alcanzar objetivos futuros a
través de ciertas acciones presentes. Los segundos son los que ofrecen al
individuo una panorámica de las acciones pretéritas; siendo más fácilmente
analizables por la sociología científica al ser «objetivos», frente a la subjetividad de los «motivos para». Esta sustancial distinción es
perfectamente aplicable al papel y acciones de la ciencia. Ésta actúa en un
plano reductible a dos dimensiones ontológicas. Por un lado, la necesidad de la
ciencia de incrementar el acervo de conocimientos impulsada por una necesidad
interna, «psicológica», que emana de la curiosidad
de los científicos; un nuclear aspecto de la mente humana. Por otro, la también
necesidad de aplicabilidad de los saberes que la ciencia va logrando, con el
fin de satisfacer las demandas de la sociedad tecnológica. Uno y otro aspecto
se imbrican en fecunda interacción, con la mirada puesta en los aspectos
históricos de la ciencia que el científico incorpora como ethos consustancial de su trabajo y el epistemólogo considera con
sumo cuidado para vertebrar su especulación filosófica con un mínimo de rigor.
Ciencia teórica y ciencia aplicada forman, así, un continuum entretejido por los intereses de la comunidad científica
y por la sociedad en general.
En un punto determinado de su obra, Schutz llama a
la conciencia —sobre todo a la conciencia de la muerte— la «ansiedad
fundamental», es decir, la que hace
posible el proceso anticipatorio de los eventos o aconteceres. Como contrapunto
a la fenomenología de Schutz, el Estructuralismo antropológico de Lévi-Strauss,
critica el intento de la fenomenología por situar la conciencia subjetiva en el
núcleo de la sociología; ya que, la conciencia no es —según el antropólogo
francés— susceptible de un riguroso análisis científico. También el
Postestructuralismo rechaza el interés por la conciencia, es decir, por los
elementos propios de la subjetividad, para pasar a preocuparse por los
elementos estructurales de los sistemas sociales; y no tanto por el papel que
desempeñan los individuos en la creación de esos sistemas sociales.
La Verstehen
—o necesidad de estudiar la acción desde un punto de vista subjetivo— es interpretada
en el pensamiento de Talcott Parsons como una técnica o modo de hacer de
importancia esencial para el análisis de la conciencia y la acción. La Teoría
de la acción de Parsons le conduce al
supuesto de una conciencia entendida como voluntad que elige los medios
adecuados para el logro de determinados fines. Esta voluntad no es libre al
estar determinada —concepción fuerte—
o condicionada —concepción débil— por
los aspectos normativos, valorativos, ideativos, situacionales, etc., de un
determinado sistema social.
El papel del rol
en T. Luckmann y P. Berger está asignado a la capacidad, por parte de éste, de
mediación entre la conciencia y las pautas culturales de una determinada
sociedad. El proceso de socialización,
proceso por el cual los aconteceres sociales y culturales se transmiten a la
conciencia, hace posible la internalización —y su consecuente replicación— de
los elementos valorativos y normativos presentes en un sistema social dado;
actuando como constructo de la
conciencia de los individuos. El proceso, de corte dialéctico, de Berger y
Luckmann procede a partir de tres momentos:
«externalización», «objetivación»,
«internalización»[7]. Sin
embargo, para la Teoría de la estructuración de Giddens, no es la conciencia la
que, mediante la formación social de la realidad, engendra las acciones
humanas; ni es, tampoco, el sistema social las que las crea. Son los elementos
expresivos de los actores sociales
los que, mediante la implicación personal en la praxis, permiten la fulguración
de la conciencia y, en definitiva, del sistema-estructura social. Esta
conciencia toma dos modos en el pensamiento sociológico de Giddens: la
«conciencia discursiva», que hace posible la capacidad de expresión por medio
de la palabra, y la «conciencia práctica»;
esto es, la que posibilita la acción de los actores. Mientras, P. Bourdieu
concibe que la conciencia es independiente de las estructuras objetivas de un
sistema social determinado; y que estas estructuras tienen una capacidad o
propiedad de coacción sobre las prácticas y representaciones mentales de los
actores sociales.
Para la Teoría general de sistemas (Ludwig von
Bertalanffy) —en su aplicación a la teoría sociológica— es importante la
integración de las macroestructuras, los elementos simbólicos, la acción e
interacción social y la conciencia y autoconciencia, en estructuras
relacionantes de sentido (Buckley). Este último autor analiza la conciencia en
términos de la teoría de sistemas con una marcada preocupación por los niveles
y flujos de la interacción. La Teoría general de sistemas se apoya fuertemente
en elementos modelizados que incorporan aspectos sociólogos como forma de
explicación cuantitativa del comportamiento de conjuntos de redes interactuantes
tanto en biología como en el estudio de sociedades[8].
En los estudios de Ritzer sobre los diversos niveles de análisis social, podemos encontrar, tanto un interés por las
acciones de los individuos: la burocracia, etc., como un acercamiento a los
aspectos fenoménicos espirituales,
tales como la propia conciencia. En el plano del análisis micro, propio de la subjetividad, aparece el estudio de los
procesos del pensamiento o procesos
mentales que permiten al actor social la construcción social de la realidad.
Según Emilio Durkheim, la «conciencia colectiva»
sería un conjunto de pensamientos creódicos, desiderativos y de creencias que
son intercambiados y compartidos por los componentes de los agregados sociales.
El pensador francés no pareció interesarse por la conciencia individual, al no
considerarla susceptible de un análisis científico. Estaba, sin embargo,
preocupado por reducir el grado de dominación sobre la conciencia por parte de
las estructuras societales; al considerar —frente a lo que supone la visión
reduccionista del pensamiento durkheimniano— que el poder colectivo —social— no
está situado, en su totalidad, fuera del individuo y que ese poder ha de
penetrar y organizarse en el interior de la mente-pensamiento de los sujetos
para que la sociedad pueda existir. Esta matización a su considerado
sociologismo, choca con la constatación, en todas sus obras, de la conciencia
como variable dependiente implícita, y por tanto, determinada por los aspectos
materiales e inmateriales del sistema social. Matizando esto, la sociedad es
para Simmel representación «dentro» de una mente-cerebro y
depende, en última instancia, de los modos de actividad de la conciencia; no
estando meramente «fuera» de ésta.
Para el filósofo y sociólogo del conocimiento, Max Scheler, la conciencia es
característica de las formas superiores de vida orgánica[9].
La taxonomía de la conciencia de Scheler se cifra en lo siguiente: cualidad,
duración, temporalidad, memoria,
totalidad e historicidad. La conciencia queda, por tanto, asociada a la noción
de existencia real. Es intencionalidad, voluntad y reflexión primitiva de la sensación engendradas
por medio de la resistencia que ofrece el objeto[10].
Las normas de una sociedad, la percepción, las
diferencias que aparecen entre el sujeto, como yo individual y el observador
—es decir, el otro—, las teorías implícitas, entre otros aspectos, explican los
estados de pensamiento del actor y de los grupos sociales hasta expandirse as
la totalidad de la sociedad. El conocimiento, en determinadas corrientes
filosóficas y sociales, han puesto el acento en la capacidad decisoria de los
sujetos —teoría del libre albedrío, &.— frente a los posibles determinantes
situacionales o ambientales. Prima lo interno y la capacidad del actor para
liberarse de las influencias del medio social e histórico a la hora de tomar
decisiones sociales y privadas. Otras corriente más ambientalistas sitúan el
problema bajo las coordenadas de parámetros meramente sociales en la
construcción de la identidad y del pensamiento del actor que no es libre para
elegir, ya que está condicionado por subestructuras conformadoras de sentido y
de la acción social[11].
En el análisis histórico, el peso de la especulación
filosófica ha sido, y sigue siéndolo en gran medida, de índole fundamental y
fundacional, al polarizar la ocupación intelectual de grandes pensadores. Se ha
enunciado que el tema nuclear del pensamiento filosófico está constituido por
el par sujeto-objeto[12],
ya que a partir de estos dos componentes se construye el intento de búsqueda de
la total intelección de ese real-universal. Incluso el plano
metafísico-teológico, con la teodicea como una de las actividades intelectuales
primeras, es posible sentirlo como una reducción, y no como una expansión, de
ese par más arriba citado, al ser este sujeto-objeto una conditio sine qua non de toda posible actividad gnoseológica. Todas
las cosmogonías de las diferentes culturas y civilizaciones parecen, de una u
otra forma, haber tenido un interés absoluto en dilucidar y explicar los aspectos
«ocultos» de lo real; bien a través
de visiones feéricas (gobierno del pensamiento mágico), mitológicas (gobierno
del pensamiento «mitocrático»), sagradas (gobierno del
pensamiento teocrático, hierocrático), etc., o bien a través de visiones racionalistas
tales como la filosofía o la ciencia (gobierno del pensamiento «logocrático»). En un momento de la
modernidad, incluso, ha habido un intento de reducción fundamentadora de los
viejos problemas «epistemológicos» de las religiones bajo el
manto de prestigio social y autoridad intelectual propios de las ciencias que,
partiendo del misticismo numérico y de una geometría hermética, ha proyectado
componentes desiderativos articulándolos en rigor racionalista a través de
nuevas teorías en relación con la
física cuántica, la cosmología y determinadas ramas de la matemática más
formalista. El científico teórico, y también el matemático creativo actual —con
su manejo de símbolos cuasiesotéricos, incomprensibles para el lego— ha sido,
así, asimilado a un nuevo mistagogo, con tintes ilustrados, de fin de milenio.
En
toda realización de lo específicamente humano y el conocimiento es, además del
lenguaje hablado y escrito, uno de los elementos caracterizadores de la
singularidad de la especie, existe también una tendencia que se traduce en
asimilar las conductas positivas a causas internas y las negativas a causas
externas. En este sentido el conocimiento es valorado, desde la óptica de la
positividad, por sí mismo independientemente de los aspectos de eticidad que
lleve incorporado ese conocimiento en cuanto a las repercusiones sociales del
mismo —el caso de la ciencia—. La conducta del científico es positiva por
definición en su afán de conocimientos y emana de las capacidades cognitivas e
intelectivas del hombre de ciencia; mientras que los posibles resultados
deletéreos del saber están atribuidos a agentes exteriores a la comunidad de
sabios; a saber: el político o el militar que usa el conocimiento traducido en
técnica para fines ajenos al conocimiento puro. Aquí aparecen los elementos
clásicos que explican esta postura: lo motivacional —autoestima del sabio—, lo
cognitivo —orientación al éxito en la comunidad de científicos e intelectuales—
y los social —evaluación pública de sanción positiva—.
Dos aspectos, valorativos y primordiales propios de
la ciencia primera que es la filosofía, aparecen en el largo camino de
descubrimiento de qué cosa es esa «cosa» a la que llamamos
pensamiento. Por una parte el pensamiento supone percepción de algo que aparece
a aquel como exterior a sí mismo; como el objeto referente de una realidad
exógena —aquello de que se tiene conciencia; término de un acto consciente— a
la interioridad «intimista» de ese pensamiento. Ese
objeto no es sólo material sino estructural, cualitativo, situacional. Por
otra, las mutaciones o modificaciones del elemento nuclear que ha considerado
el discurrir del pensamiento humano: el yo, que ha optado, en su análisis, por
una estratificación esclarecedora: la visión psicológica por medio de la cual
la conciencia ha sido considerada como la percepción del yo por ese mismo yo,
haciendo un hincapié fundamental en que la conciencia objetual o situacional
supone cambios inherentes del yo[13].
Lo que ha fundamentado una percepción del yo-conciencia como autoconciencia; es
decir conciencia de sí mismo o conciencia de nuestros propios sucesos «mentales»[14]. Esta autoconciencia o
conciencia de sí ha sido fijada como concepto intelectual por I. Kant en su Crítica de la Razón Pura como «síntesis
originaria de la apercepción» vinculada a la noción de categorías de cantidad,
cualidad, relación y modalidad donde el núcleo fundamental del conocimiento
está constituido por un yo que piensa asociado a todas y cada una de las
representaciones y vinculado a dos aspectos primarios de la posibilidad de
representación fenoménica en la conciencia: el espacio y el tiempo. El espacio
produce la síntesis necesaria para la representación geométrica conceptual del
conocimiento topológico y el tiempo, la síntesis necesaria para el entendimiento
de la aritmética originaria, posibilitada por la serie de los números naturales
y su representación simbólica en la recta real. De esta forma es posible la
reducción de los aspectos temporales a una concreción geometrizante como
representación en el plano y conectada en última instancia a los a priori kantianos. Éstos, en la visión
que Kant tiene de la realidad del mundo —en la cual preexiste una síntesis
entre el mundo fenomenológico y las categorías del entendimiento— son
«independientes» de los aspectos culturales; esto es, de algún modo son
«universales» primarios previos a la construcción de lo social. El conocimiento
dado en la conciencia, en su sentido
más prístino es espacio y tiempo que
son las condiciones de posibilidad del entendimiento y de la intelección
ejercida sobre el mundo de la realidad exterior como fenómeno. El noumeno queda encerrado dentro de la
espacialidad y temporalidad originaria de la conciencia que es movimiento y
actividad del pensamiento. La cosa en sí
queda, por lo tanto, incognoscible como posibilidad pura de conocimiento ya que
el agente cognitivo —el individuo— pone en ese conocimiento su construcción
mental apriorística. Nos encontramos así con la imposibilidad de un
conocimiento «esencial» del objeto. En este sentido, la percepción informa del
mundo social a través de la observación conductual del actor social que es el
elemento nuclear de la perceptibilidad. Sin embargo los constituyentes a priori del sujeto sobre el que se
vuelca la intelección es decir, sus estados de conciencia íntimos, permanecen
incognoscibles en la «caja negra» de su mente sólo accesible a propio sujeto a
través de la autopercepción de sus estado psíquicos. Esto supone la diferencia
entre el actor social y el observador, también un constituyente a su vez
social. Mientras el actor tiende a caracterizar a sus actos como determinados
por causas exógenas, el observador de esas acciones lo hace a causas endógenas,
caracterológicas más o menos constantes del actor. Esto supone una división
tajante entre el mundo interior del sujeto-actor, accesible únicamente a él y
el observador e interpretador de sus estados de conciencia inferidos a partir
del comportamiento o de signos verbales y no-verbales.
La visión epistemológica o gnoseológica, donde el
pensamiento ha sido interpretado prioritariamente como sujeto del conocimiento,
ha producido una asociación entre pensamiento-objeto consciente y sujeto-objeto
respectivamente. En la visión metafísica la conciencia ha sido identificada
como Yo; entendido como todo lo existente, como basamento fundacional de todo
espacio psicológico o gnoseológico. En este sentido está vinculada a un
carácter unificador del mundo[15].
A través de estas conceptualizaciones fue posible la extensionalidad del
concepto de pensamiento al de pensamiento moral, al hacerse patente los principios ético-morales del bien y del
mal; que tienen su referente, manifestación, ubicación y adecuación sociológica
en lo que los científicos sociales llaman «sistema social».
Dentro de los modos de entendimiento taxonómicos del
pensamiento, éste ha sido clasificado como pensamiento no intencional e
intencional, reflejo, directo, sensitivo o intelectivo. El pensamiento también
ha sido concebido como «cosa» con unas características
relativamente fijas, susceptible de una cierta comprensión por medio de la
investigación o de la especulación filosófica. Los autores que han negado la
coseidad al pensamiento han mantenido el principio de la intencionalidad de
éste en un haz de funciones o acciones teleológicas hacia el objeto, referente
último hacia el que se dirige la finalidad de ese pensamiento ribeteado de
signos teleonómicos. En este sentido,
la propuesta de Plotino es la consideración del pensamiento como «acto interior» frente a las realidades
exteriores. En San Agustín, el modo intencional del pensamiento lleva
igualmente a un intimismo comprendido como autocertidumbre. Es en la concepción
tomista donde el pensamiento aparece como «realista», como cosa que es; mientras
que en la especulación cartesiana[16]
se presenta, de modo característico, como intencionalidad intimista que lo
separa de la realidad independiente captada por aquel.
Las conceptualizaciones del pensamiento como intencional y no intencional han estado en la línea de la visión metafísica tal y
como fue desarrollada por el idealismo alemán. En Hegel y en Fichte podemos
apreciar el paso de la idea de conciencia trascendental o gnoseológica a la
idea de conciencia metafísica. Es en Hegel —y en absoluta simbiosis con su
concepción filosófica del mundo— donde los modos del pensamiento son momentos
de un proceso de corte dialéctico por el cual el desarrollo de éste es
isomórfico con el desarrollo o despliegue de la realidad. Lo que supone, en el
límite, un elemento de correspondencia entre percepción-conciencia —noumeno— y realidad-fenómeno. Estos
modos del pensamiento transcurren desde la conciencia como tal, pasando por la
autoconciencia, hasta llegar al Espíritu
libre e incondicionado; desenvolviéndose éste en «Razón», «Espíritu» y
«Religión»; hasta constituir el «saber absoluto». De esta forma, la conciencia
ha quedado reconocida en el discurso hegeliano como «la totalidad de sus momentos»: «La conciencia distingue de sí misma algo con lo que,
al mismo tiempo, se relaciona; o,
como suele expresarse, es algo para ella misma; y el lado determinado de
esta relación, o del ser de algo para una conciencia, es el saber»[17]
Los momentos del saber puro son modos o
estructuraciones formales del mismo
pensamiento. Éste se desarrolla internamente para trascenderse, desde dicha
interioridad, superando sus modos anteriores por medio de la reabsorción de sus
constituyentes o modos previos; según la conocida evolución dialéctica
hegeliana. El sentido de conciencia hegeliano es, por tanto, un momento
—proceso temporal— del saber por el cual el sujeto se aprehende a sí mismo de
forma reflexiva como inmanencia. La
permanencia identativa en el
movimiento del fluir; el pensamiento y el ser
están, sin embargo, opuestos. Precisamente esto es para Hegel lo que constituye
una unidad cuando el ser es una categoría del propio pensamiento. Proceso
dialéctico del pensamiento que toma formas arquetípicas en la reflexión del
filósofo de Stuttgart tales como la «conciencia infeliz»: «el alma alienada (enajenada)
que es la conciencia de sí como dividida, un ser doblado y meramente
contradictorio». Este dualismo supone la valoración del
saber, puesto que éste se efectúa interiormente al propio conocer. La Bewusstsein
hegeliana representa al hombre en su concreción y en su facultad de
conocimiento. A través de este conocimiento es posible la realización de la
experiencia de lo real, es decir, del mundo dentro de parámetros espirituales y
significativos realizados por el propio pensamiento que se estudia,
comparándose, a sí misma. En el prefacio de su
Lógica, Hegel precisa que en «la Fenomenología había pretendido describir la conciencia como el
espíritu bajo la forma concreta del conocimiento que ha quedado prisionero de
la exterioridad (Aüsserlicheit)»; mientras es en las páginas
interiores de esta Lógica donde, por
el contrario, trata de describir «el conjunto del movimiento
inmanente del ser que se revela como espíritu».
El pensamiento tal y como está expuesto en la Fenomenología, es también una síntesis
de un yo y un no-yo. El entendimiento se introduce en el fundamento del fenómeno
aprehendiéndolo con lo cual se aprehende a sí mismo. El interés último de la
obra hegeliana consiste en un conocerse a sí mismo que era ya la propuesta
socrática como modo de conocimiento auténtico, basamental, a partir del cual
era posible todo otro conocimiento. Ese autoconocimiento es el acto que realiza
el sujeto-actor de su realidad interior como estado. Como sabemos, este
conocerse a uno mismo no deja de contener una problematicidad aguda. El efecto
de construcción del conocimiento social determinado por el proceso de
socialización hace que el contenido efectivo de la identidad sea la resultante
de diversos vectores sociales que actúan en el campo de fuerzas de la historia.
El conocimiento de uno mismo así como el conocimiento del mundo social y
natural queda impregnado por la atmósfera social que el individuo experimenta
en su ciclo vital. En este sentido no
es sino la consecuencia del estado de opinión que construye formas de
conciencia colectiva. Según Leibniz este sería «el mejor de los mundos
posibles» es decir, el mundo más justo de entre todos los que son posibles
concebir. Esta creencia, que supone un ordenamiento riguroso del mundo, un cosmos, es propia de determinadas
concepciones —en muchos casos científicas— necesarias para la percepción de
control sobre los fenómenos de la naturaleza o de los social[18].
También la dialéctica hegeliana arroja luz sobre el
proceso cultural evolutivo vinculado a la constitución orgánica y estructural
de la dialéctica amo-siervo a través de las nociones de «conciencia noble» y
«conciencia vil». La primera está
relacionada con el mantenimiento del orden existente, lucha por él conservando
el poder a partir del sacrificio y de la disposición a perder la vida. Es el
concepto platónico de thymos que
representa la espiritualidad en relación con un sentido innato de la justicia y
constituye el depósito de las virtudes nobles como la generosidad, la
moralidad, el idealismo, el valor, el sacrificio y la honorabilidad propias del pensamiento noble. Este sentido
de lo noble versus lo vil estará
presente en la concepción nietzscheana del superhombre,
puente tendido entre el hombre actual, que es resultado de una animalidad
primitiva y oscura, y el hombre del futuro que lo es de una superación, de una
transvaloración de los valores morales vigentes en nuestro tiempo. La
conciencia vil sostiene al Estado desde el punto de vista material aunque en
realidad vela por lo universal de la sustancia ética. De este conflicto resulta
el espíritu enajenado de sí mismo que es la Cultura. Es el análisis
poshegeliano de F. Grégoire sobre la Fenomenología
del Espíritu, el que sostiene que esta obra fundamental de la filosofía alemana
analiza la conciencia desdichada en su tránsito a la quietud satisfecha del
saber absoluto. Esta concepción noble, aristocrática de los social, está en la
base del sentido de lo «thymótico» y opera en el hombre de espíritu
aristocratizante que considera que su aportación a la colectividad a la que
pertenece es de la mayor relevancia para el buen funcionamiento de ésta. Se
realiza aquí un sentido de la diferenciación, individuación, del orgullo y de
la mayor autoestima que está diametralmente opuesto al espíritu de nivelación
que se manifiesta en la homogeneización de lo colectivo, raíz del sentimiento
de pertenencia grupal dentro de un territorio y génesis de la nación como
«comunidad de cunas y tumbas» al
compartirse una serie de ideas, sentimientos, creencias y pensamientos dentro
de un imaginario colectivo que comparte una misma visión del mundo.
Vinculado a la necesidad de control que siente el
ser humano al enfrentarse con el caos
primordial, se han gestado a lo largo de la historia concepciones regulativas
que han pretendido incorporar la «arquitectura de la ordenación» como una forma
de dotar de sentido a los acontecimientos inexplicables del mundo y que redunda
en un sentimiento de control que, en muchos casos, no deja de ser una mera
ilusión. En realidad lo enunciado constituye la historia de la Humanidad ya que
ello está en la génesis de las mistificaciones propias del pensamiento
mitomaniaco, de gran parte del científico y del arte. El primero origina las
manifestaciones religiosas tales como el cristianismo. Dado un acontecimiento
inexplicable: el Mundo, lo natural, que es desconocido, la necesidad de control
lleva a la interpretación religiosa a través de la serie de dogmas implantados.
Esto conduce a una ilusión de control. En este mundo desconocido existen una
serie de fuerzas que producen cataclismos. El hombre, miembro de una
colectividad más o menos amplia como organización social realiza una
interpretación, una exégesis del mundo; con ello se tiene una sensación de
control sobre esas fuerzas oscuras cuyo origen se desconoce.
Por otra
parte —y del mismo modo de acuerdo con la totalidad de su pensamiento—, la
filosofía fichteana parte de un concepto de conciencia asociada a la
fundamentación experiencial de la totalidad. Es el Yo de Fichte, identidad autopoiética
que presupone un holismo ontológico y filosófico demarcado del «No-Yo» que es
lo «Otro», lo que no es meramente la identidad del sujeto.
La línea filosófica que va desde Platón, pasa por
Hegel y Fichte y llega hasta los neoplatónicos y neohegelianos, está en la base
de la interpretación platonista o idealista de la realidad. Ya conocemos el
peso extraordinario que esta concepción tiene con respecto a la fundamentación
de lo real; lo que indica el predicamento cultural que, derivado de
concepciones ontológicas, penetra en los modus
operandi del quehacer actual de las
ciencias físicas, más cercanas a la concepción moderna del mundo en cuanto
representan la arquitectura y el esqueleto de la téchne que sustenta la civilización occidental. De este modo,
resulta palmaria la pervivencia de concepciones filosófico-culturales que
tienen su origen en el pensamiento griego aunque éste estuviese revestido de
una racionalidad inmanente al propio intento de interpretación de la realidad
desvinculada de las explicaciones mágicas propias de viejo mundo previo y
periclitado. En este sentido, el peso de la cultura como conformación de
estructuras sociales emanadas de lo filosófico y de la pervivencia del teísmo
no hace sino abundar en el surco del tiempo civilizatorio roturado gracias a un
«eterno retorno» que transita una y otra vez volviendo en cada tiempo para
hablarnos de los misterios articulados en forma de preguntas eternas que el
Hombre se hace a sí mismo. Tempus est
quaedam pars aeternitatis[19].
En la línea de las metafísicas de corte
voluntaristas, tal y como aparecen en Maine de Biran —para el que la conciencia
es una «emergencia» (fulguración)
como producto de una resistencia que presenta el objeto, es decir como
obstáculo del objeto sobre el sujeto— y de Wundt, se ha producido una identidad
entre pensamiento y voluntad; mientras las metafísicas orientadas al empirismo
—cuyo correlato en el desarrollo de la ciencia es difícilmente ponderable— han
colocado la conciencia en un plano de limitación intelectiva-gnoseológica.
La categorización kantiana ya había distinguido
entre una concepción psicologista
(empirista) y una concepción gnoseológica (trascendental) del pensamiento/conocimiento.
El primero está inscrito en el mundo de los fenómenos. La unificación del
pensamiento es posible a través de un proceso sintético-intuitivo de las
nociones de espacio-tiempo mediatizadas por las categorías del entendimiento
puro. El segundo supone un a priori
totalizador amparado en elementos estructurales de índole sustancial, entre el
pensamiento- conciencia empírica y su posibilidad de identidad, que hace
posible el conocer. Para Kant, este elemento de identidad del sujeto tiene un
sustrato trascendental más que empírico. Una conciencia pura no es más que un
elemento formal que se aplica a una realidad objetual que le otorga la
posibilidad de su realización o manifestación por medio de los materiales
presentes en la realidad; materiales de orden sensible extraídos del mundo
fenoménico. Brouwer es, como se sabe, un representante tardío de la filosofía
de Kant en relación a toda su teoría del tiempo (aritmética) y el espacio
(geometría). En algunos puntos, propios del avance filosófico de los decenios
posteriores a kant, Brouwer se separa de éste; pero en aspectos esenciales, es
ininteligible la concepción intuicionista sin los a priori kantianos. La llamada «interpretación idealista-objetiva»
del kantismo, de la Escuela de Marburgo,
asimiló la conciencia a un sistema objetivo de categorías; mientras la
«interpretación realista» es un
acercamiento al pensamiento efectivo del mundo anglosajón, al considerarla como
un evento de percepción (percipient event).
También para la concepción sartreana el pensamiento cobra un carácter intencional por mediación del concepto de direccionalidad. La fenomenología sartreana —al igual que la de Husserl— considera la conciencia como situacional al suponer el objeto presente del pensamiento indistinguible del propio pensamiento. Es en las Investigaciones Lógicas de Husserl donde la conciencia es interpretada como «yo empírico» dotado de reciedumbre fenomenológica; como «autoconocimiento» o visión interior de los estados psíquicos del sujeto o como «denominación conjunta» de todo tipo de estados o actos psíquicos o «vivencias intencionales». El «yo puro» es asimilado a la conciencia, rebajado a las coordenadas histórico-temporales, propias de acontecer de los fenómenos y enmarcadas dentro del tiempo social y cultural; es decir, dentro de la línea evolutiva de la historicidad como ascendencia o proyección sostenida gracias a un impulso hacia delante determinado por la dirección del tiempo. Lo que le interesa al filósofo y psicólogo Husserl es la descripción de los hechos de conciencia. Su estructura es una estructura sintética que produce la unificación noética y noemática a los diversos actos cognoscitivos. Por medio del análisis y la investigación del acontecer de la síntesis es posible el cogito reflejado en la proyección intencional, entendida como algo que se vive, y, por tanto, la «conciencia de»[20]. Los presupuestos nocionales de los que parte el filósofo alemán son: la conciencia: i) «como conjunto de componentes del yo empírico». ii)«como percepción interna de las vivencias psíquicas». iii)