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Algunas personas tienen más probabilidades que otras de tener problemas de
ansiedad. Las personas cuyos padres o parientes cercanos tienen problemas de
ansiedad son más proclives a desarrollar este mismo tipo de problemas. Esto
puede obedecer a ciertos rasgos biológicos que comparten con otros miembros de
su familia. Algunos de esos rasgos pueden afectar a los niveles de ciertas
sustancias químicas presentes en el cerebro (neurotransmisores y algunas
hormonas del estrés) que regulan los estados de ánimo, como la ansiedad, la
timidez, el nerviosismo y las reacciones ante el estrés. Algunas personas
nacen con un tipo de personalidad que les hace ser precavidas y muy sensibles a
las situaciones nuevas. Esto puede hacerles más proclives a la fobia social.
Otras aprenden a ser precavidas a raíz de las experiencias que tienen, el modo
en que otros reaccionan ante ellas o los comportamientos que observan en sus
padres y otras personas. La falta de seguridad en uno mismo y la carencia de
habilidades para afrontar el estrés normal también pueden desempeñar un papel en
la fobia social. Las personas que tienden a preocuparse mucho por las cosas, son
perfeccionistas y lo pasan muy mal cuando cometen errores sin importancia
también tienen más probabilidades de desarrollar fobia social.
Pero, ¿qué es la fobia social? La fobia social es el miedo a enfrentarse
a situaciones sociales y a la interacción
con las demás personas. Este trastorno, que también es conocido como ansiedad social
en los círculos médicos, se
caracteriza por el temor a ser juzgado y evaluado negativamente por otros, llevando a sentimientos de vergüenza, humillación y depresión. Si una
persona se siente habitualmente ansiosa en situaciones sociales, pero se siente
bien cuando está solo, entonces se puede estar padeciendo una fobia social.
Hay que mirarlo. Algunos de los síntomas físicos más habituales en
este tipo de trastorno suelen ser: taquicardia, temblor
de manos o cuerpo, malestar abdominal, enrojecimiento, tensión muscular,
sequedad de boca y sudoración excesiva. Estos síntomas suelen ir acompañados de un gran
malestar emocional, donde la baja autoestima y los sentimientos de desánimo
suelen ser permanentes. Un problema principal de este trastorno es la evitación
de situaciones sociales, que en mayor o menor medida, son fundamentales para el
desarrollo de una vida plena y normal. Las evitaciones, así como los síntomas, suelen
comenzar en la infancia o adolescencia. Influyen negativamente en el
desenvolvimiento escolar, reducen la capacidad de interacción con los compañeros
de escuela o instituto y coarta la vida sentimental de muchos jóvenes y adultos.
El ámbito laboral también es una fuente de problemas para el fóbico social, ya
que suelen ser entornos muy jerarquizados con figuras de autoridad, que no hacen
más que incomodar aún más al afectado. Cabe destacar la diferencia que existe
entre fobia social y timidez. Sólo en la primera se produce un gran malestar
psicofísico y se tiende a la evitación recurrente. La timidez, en cambio, es un
rasgo de personalidad y puede ser vivida sin ningún tipo de trastorno porque no
suele limitar en mayor grado la vida cotidiana de las personas. Ambos
comparten una carencia en lo que se refiere a habilidades sociales. Algunos de lo
signos de alerta a tener en cuenta para diagnosticar una fobia social son: -Temor
a conocer gente nueva o gran ansiedad al ser presentados por primera vez. -Ansiedad excesiva en situaciones sociales cotidianas (con gente conocida). -Miedo
a comer, beber o escribir en público. -Utilizar o compartir lugares públicos:
lavabos, comedores, salas de estudio, etc. La fobia social
es una enfermedad real. Se puede tratar con terapia y medicamentos. Si tiene
fobia social, le preocupa mucho la posibilidad de avergonzarse en frente de los
demás. Su temor puede ser tan fuerte que le impide hacer sus tareas cotidianas.
Puede ser que tenga dificultad para hablar con los demás en el trabajo o en la
escuela. Su temor puede ocasionalmente hasta impedirle ir al trabajo o
escuela. Puede ser que le preocupe sonrojarse o temblar en presencia de los
demás. Puede ser que esté convencido de que las demás personas lo están
observando simplemente en espera de que usted cometa un error. Aún hablar por
teléfono, firmar un cheque en la tienda o ir a un baño público le causan
temor. Muchas personas se sienten un poco nerviosas antes de conocer a alguien o
antes de dar un discurso. Pero las que padecen de fobia social se preocupan
semanas antes del evento. Pueden llegar a hacer cualquier cosa por evitar o
cancelar el evento. La fobia social usualmente comienza en la niñez o
adolescencia. Es muy raro que comience depués de los 25 años. Cualquier persona
puede padecer de fobia social, pero es más común en las mujeres que en los
hombres. A veces puede ser hereditario. Sin tratamiento, la fobia social puede
durar por muchos años o incluso toda la vida. La fobia social es mucho más que la timidez normal o la sensación de estar fuera
de sitio que todos tenemos de vez en cuando. La fobia social es la timidez
llevada al extremo, que va acompañada de ansiedad, la cual determina que la
persona evite hacer cosas con las que podría disfrutar o situaciones que podrían
implicar estar o hablar con o delante de otras personas. Cuando una persona es
tan extremadamente tímida o le da tanto miedo hablar con otra gente que deja de
hacerlo con determinadas personas o en determinadas
situaciones sociales, padece el tipo de fobia social conocido como mutismo
selectivo. Esto significa simplemente que la persona no habla (mutismo) en
determinadas situaciones pero sí en otras (selectivo). Las personas que se ponen
demasiado nerviosas para poder hablar porque padecen fobia social o timidez
extrema pueden mantener conversaciones completamente normales con aquellas
personas con quienes se sienten cómodas (como sus padres o hermanos, o su mejor
amigo) o en determinados lugares (por ejemplo, en casa). Pero otras situaciones
sociales les provocan un malestar tan extremo que pueden quedarse completamente
sin habla. Los psicoterapeutas pueden ayudar a las personas que padecen fobia social a
desarrollar estrategias de afrontamiento para controlar su ansiedad. Esto
implica entender y modificar los pensamientos y las creencias que les generan
ansiedad, aprender y practicar habilidades sociales para ganar seguridad en sí
mismas y, más adelante, poner en práctica lenta y gradualmente esas habilidades
en situaciones reales. Uno de los elementos de la terapia puede incluir el
aprendizaje de técnicas de relajación (como la respiración profunda y
ejercicios de relajación muscular). El ensayo conductual, consistente en que
paciente y terapeuta ensayan determinadas situaciones probando nuevas conductas
con antelación, también puede ayudar. Esto puede facilitar y hacer más
automática la puesta en práctica de tales conductas cuando el paciente se
enfrente a situaciones reales y concretas. Una persona también puede aprender a corregir
el lenguaje interno y los pensamientos que le provocan ansiedad, sustituyéndolos
por otros más positivos y que fomentan la seguridad en uno mismo y las
habilidades de afrontamiento. El terapeuta guiará al paciente para que sintonice
con lo que piensa en determinadas situaciones y modifique algunos de esos
pensamientos, sobre todo los negativos. |
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Los pensamientos preocupantes tienen unas características particulares. Suelen
adoptar la forma de preguntas que empiezan con "¿Y si..." y tienden a ser
negativos en vez de positivos. Ejemplos de este tipo de pensamientos son: "¿Y si
no sé qué decir?" o "¿Y si suspendo el examen?". Además, los pensamientos
preocupantes tienden a empeorar hasta el punto de que la persona pasa a esperar
no sólo cosas malas, sino la peor cosa posible. Cuando una persona con fobia social piensa en la posibilidad de que el profesor
le pregunte en clase, lo más probable es que le vengan a la mente pensamientos
del tipo de: "¿Y si contesto mal?" o "¿Y si me equivoco?" o "¿Y si hago el
ridículo?". También puede tener pensamientos como: "No puedo hacerlo. |
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Es
demasiado difícil y me impone demasiado. Meteré la pata. Lo haré mal." A menudo,
el lenguaje interno todavía empeora más la ansiedad y perpetúa el patrón de
evitación de las situaciones temidas. Los principales mensajes que la gente con
fobia social se envía a sí misma son: "Me da demasiado miedo" y "No lo puedo
afrontar". Los psicoterapeutas deben ayudar a las personas que tienen este problema a
identificar y examinar esos pensamientos. Por ejemplo, un estudiante a quien le
preocupa que el profesor le pregunte en clase, puede analizar qué probabilidades
tiene de dar una respuesta incorrecta. Si se da cuenta de que suele saberse la
respuesta, será bastante improbable que se equivoque. Seguidamente, el terapeuta
puede trabajar con el estudiante sobre cómo afrontar la situación en el caso de
que efectivamente dé una respuesta incorrecta y cómo sustituir los pensamientos
de preocupación por otros de calma y tranquilidad cuando tenga que enfrentarse
a
situaciones sociales estresantes. Por ejemplo, se puede imaginar qué le diría a
un amigo que necesita que lo tranquilicen, y aprender a decírselo a sí
mismo. En algunos casos, la medicación puede formar parte del tratamiento de
la fobia social. A veces se utilizan unos medicamentos que ayudan a regular los
niveles de serotonina (una sustancia química presente en el cerebro que ayuda a
transmitir mensajes eléctricos relacionados con el estado de ánimo). A pesar de
que la medicación no soluciona el problema, puede reducir el nivel de ansiedad
de la persona para que ésta pueda poner en práctica algunas de las técnicas que
se acaban de describir. Hay que tener en cuenta que la fobia social es una entidad diagnóstica, es
decir, una etiqueta en la que los profesionales incluyen conductas que se
caracterizan por la evitación de situaciones sociales. La vida y la humanidad es
más compleja. Así, por ejemplo, junto a la fobia social aparece muy a menudo la
depresión, frecuentemente ataques de pánico o crisis de angustia, y, a veces, el
trastorno obsesivo compulsivo. Esta complejidad se debe a que de lo que estamos
hablando es de conductas y no de enfermedades. Los psicólogos, en su
práctica clínica diagnostican, pero tienen muy claro las diferencias de lo
que hacemos con el diagnóstico de una enfermedad típica. Por ejemplo, una
tuberculosis se diagnostica, primero en base a determinados síntomas, tos con
emisión de sangre, cierta fiebre, cavernas en los pulmones, etc. que son debidos
a una causa externa, la presencia del bacilo de Koch. En la fobia social no hay
un agente externo que la produzca. Cuando un médico diagnostica enfermedades
debidas al mal funcionamiento de algún órgano, se basa igualmente en síntomas
externos que son manifestaciones de los problemas en ese órgano. Por ejemplo, si
tuviéramos mal el corazón lo notaríamos en que nos cansamos al mínimo esfuerzo,
nos ponemos morados, etc., etc. En el caso de la fobia social tampoco es así.
Los que leen el diagnóstico y se sienten identificados piensan que les falla su
autoestima, o que los neurotransmisores los tienen desequilibrados. Pero la
autoestima no es un ente con existencia independiente de nuestra conducta, y los
neurotransmisores están al servicio de nuestra conducta y también se
desequilibran debido a como nos comportamos. Lo que los psicólogos saben es
que, en los trastornos de ansiedad, son nuestras propias conductas, nuestras
evitaciones, las que mantienen el problema, independientemente de su
origen. Hay que diferenciar entre lo que llamamos fobia social y lo que
llamamos timidez. La diferencia desde el punto de vista clínico está en el
impacto que tiene en la vida de la persona, por eso hablamos de fobia social
cuando la vida personal o laboral está gravemente afectada. Pero la diferencia
fundamental reside en que el tímido acude a las situaciones en las que está
incómodo, con mucho miedo, pero acude. Y, cuando lo hace sistemáticamente,
finalmente se le aplica la ley universal de la habituación y las situaciones se
le hacen más soportables. Mientras que el que tiene fobia social
suele evitar esas situaciones de manera sistemática o si acude se preocupa más
de intentar estar tranquilo y controlar su ansiedad que de atender, participar o
hacer lo que tiene que hacer en esa situación. El tratamiento psicológico se
basa en la ley de la habituación. Los hombres somos la especie que mejor se
habitúa a cualquier ambiente o situación, por ejemplo, si nos damos golpes
sistemáticamente en el canto de la mano, finalmente se hará callo, nos
habituaremos a ello y seremos buenos karatekas y los golpes dejarán de dolernos.
De la misma forma, si se enseña a la persona a comportarse en las situaciones
temidas y después a dejar de evitarlas y poner en práctica lo aprendido de forma
reiterada, se habitúa, hace callo y su ansiedad se reduce a niveles normales. |

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